Bajo cielo - Alfonso J. Ussía - E-Book

Bajo cielo E-Book

Alfonso J. Ussía

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Beschreibung

   I.                 LA CIUDAD QUE SE PIERDE – Aquello que somos – Y Sabina dejó de cantar en los bares – Madrid como excusa para seguir escribiendo     1.      LOS DOMINGOS QUE FUIMOS   Las terrazas se ocupan a medias. Solo los fumadores aguantan el frío de la sierra. Viene para quedarse. Le pasa a noviembre. El ruido y la furia se paran hoy domingo, porque hasta en eso guardamos tradiciones. Incluso quienes las detestan. Y me vienen a la cabeza aquellos domingos largos, los que eran cuando nada dolía. A veces calculábamos el tiempo que duraba la misa de once, sentados los dos en la cafetería esa que no te gustaba nada de Miguel Ángel.   Tú leías la prensa despacio. Yo trataba de ver la página que habías recortado para leerte. A menos veinte pedías la cuenta. A veces pasábamos después por Mónico y nos llevábamos medio mostrador. Tenemos la misma gula. No he vuelto a probar una croqueta como esa. A ti te pirraban los huevos encapotados. Quizá, por eso, ninguno de estos domingos es como los de entonces. Aunque no han cambiado tanto porque hoy Madrid tiene la misma luz blanca que hiela un poco. Aunque todo sea distinto. Recuerdo que esos domingos no tenían reuniones ni manera de alejarnos. Eran nuestros. Como también lo era el tiempo.   Madrid no tiene playa, y eso es una realidad que hay que celebrar. _Alfonso J. Ussía 

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Seitenzahl: 269

Veröffentlichungsjahr: 2025

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De esta edición: © Círculo de Tiza

Primera edición: octubre 2025

© Del texto: A. J. Ussía

© De la fotografía del autor: A.J. Ussía, cedida por @JEOSM

© De la ilustración: M. Torre

Título: Bajo cielo

Diseño de cubierta: Miguel Sánchez Lindo

Corrección: Alberto Honrado

Maquetación: María Torre Sarmiento

Impreso en España por Gómez Aparicio Grupo Gráfico

ISBN: 978-84-129912-1-5

E-ISBN: 978-84-129912-2-2

Depósito legal: M-9854-2025

Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra ni su almacenamiento, tratamiento o transmisión de ninguna manera ni por ningún modo, ya sea electrónico, óptico, de grabación o fotocopia sin autorización previa por escrito de la sociedad.

A mi padre, Alfonso Ussía Muñoz-Seca, que me enseñó el valor de las palabras

Índice

Nota del autor

Antes de empezar …..

i. la ciudad que se pierde

1. Los domingos que fuimos

2. La semana y sus veinticuatro horas

3. Un margarita, por favor

4. Cantar por los cuatro costados

5. La poetisa de Barceló

6. Aquella Malasaña del ilustre Pigüi

7. Resaca de la fiesta nacional

8. De porteros, conserjes y lo poco que nos queda

9. El adiós amargo del chocolate

10. La Semana Santa canalla

11. De procesiones y bares

12. Háganse la Feria, merece la pena

13. Las mil vidas de los objetos

14. La madre de los gatos callejeros

15. ¿Quién da la vez?

16. El final de los rodríguez

17. El Cock como modo de vida

18. Del ultramarinos a la pena del supermercado

19. Un domingo cualquiera

20. Se llama arraigo

21. Lotería como terapia

22. Antonio Escohotado o la libertad

ii. la ciudad que se estrena 

1. Chinos, los nuevos taberneros del viejo Madrid

2. De perros y perras

3. Barajas, sin billete de vuelta

4. La absurda plaga de lo minimalista

5. El fin de los paseos

6. Manadas que pasean maletas

7. El homocéntricus, ciudadano de todas partes

8. Las minas verticales de Madrid

9. Con los ojos bien cerrados

10. Barcelona se pasea por Madrid

11. Una calle

12. De bandas, bandos y bandidos

13. Pícara, lúcida, nocturna y eterna

14. De pisos turísticos y sus derivados

15. Las nuevas formas de moverse

16. Azoteas, palomares y trajes de baño

17. ¡Aquí no hay playa!

18. La estafa del bikini

19. Madrid se come de noche

20. Algo se cuece en el Trocadero

21. Nacho Vegas y el placer 

iii. la ciudad de los mil pueblos

1. Las Salesas, el refugio donde se casan los “gatos”

2. Plaza de Oriente, lo que queda del imperio

3. San Isidro en Las Ventas, tardes de vino, puro

4. Lavapiés del Bronx

5. Olavide, la plaza donde salen a vivir los jugadores

6. La Ruta de los Cardenales: tres “bares de viejo”

7. Un parque que se ha quedado pequeño

8. Little Caracas, el viejo barrio de Salamanca

9. Retiro, el barrio donde se bebe la vida

10. San Francisco de todos los Madriles

11. De verbena

12. La Puerta del Sol, la casa de todos

13. De figuras, fantasmas e inocentes por la Plaza Mayor

14. La Latina, Buenos Aires

15. Jacinto Benavente o la plaza más fea

16. El otro rastro

17. La prospe

18. Por el Bernabéu

19. El barrio de la Conce: vírgenes y colmenas

20. Los PAU del Norte, barrios sin alma a pie de campo

21. Tetuán, el barrio mestizo

22. Carabanchel, el Village

23. Algunas calles como Valderribas

24. Vallecas, el barrio obrero que hizo Madrid

25. Villaverde, la cercanía de lo lejano

26. Cañada Real: reservado el derecho de admisión

27. Urbanizaciones, la república dependiente de tu casa

Para terminar …. 

Nota del autor

Mi padrino Javier Hornedo, siempre dice que lo que nos construye es el arraigo. La RAE lo define como: Establecerse de manera permanente en un lugar, vinculándose a personas y cosas. No se me ocurre mejor ejemplo para explicar Madrid como el lugar donde personas y cosas echan raíces para tener un lugar al que volver, una ciudad con balcones a la calle que te pide gastarte un poco la vida mientras la vas descubriendo a golpe de vista.

Yo nací en Madrid y mis padres también. Pero como la mayoría de los que viven aquí, mis abuelos eligieron esta estación de tren llegando de distintas partes del país. Muñoz-Seca vino desde el Puerto de Santa María, Ussía de San Sebastián y Llodio, los Hornedo de Santander y Comillas y los Muguiro de Navarra. Podría decirse que tengo un veinticinco por ciento del Sur y un setenta y cinco por ciento del Norte, lo que viene a ser un ADN cien por cien madrileño.

A Madrid se viene a triunfar o a fracasar, no hay término medio. Lo que no está del todo claro es en qué consiste exactamente cada uno de estos términos. Esta ha sido la razón por la que, desde hace siglos, artistas, campesinos, escritores, toreros, músicos, camareros, periodistas, empresarios, bandidos y mangantes eligieran la Villa para crear eso tan importante del arraigo y, al toque, construir una ciudad de sueños y derrotas, de alegrías y penas, como urbanistas del escenario de un paisaje al que siempre se vuelve.

Que Madrid sea así, es porque está hecha de todos los rincones de España, y desde hace un tiempo, del mundo. Una ciudad con mil acentos donde nadie pregunta de dónde vienes sino a dónde quieres llegar. Una ciudad que no se acaba, aunque todo esté a media hora de paseo en cada barrio, porque la vamos ensanchando hasta retorcerla.

En Madrid los niños juegan en los parques y otros juegan a ser niños en los bares, aunque algunos hayan alcanzado la edad en la que el médico les ha prohibido el alcohol y otros aun no acrediten los años para probarlo. En Madrid se ponen macetas con plantas y se planta hierba en las cañadas reales que apagan la luz de cinco mil y pico que no importan a nadie. Los poetas añoran los cafés de entonces, las monjas pasean su fe en solitario y los cantantes sueñan con llenar algún día un estadio de fútbol. El bar, siempre el más cercano. La noche, el día más largo. Se pintan de rojo las tabernas porque antaño servía de aviso para que los muchos iletrados supieran sin leer que allí se servía vino. Los mentideros son una forma de vida y no hay jugador que no se lamente volviendo de Torrelodones de lo que pudo haber sido y no fue. El centro hierve de turistas arrastrando ruidosas maletas y algún suicida trata de encontrar una grieta en las mamparas del viaducto de Segovia. Se come mejor pescado que en puerto, las bravas son una religión y Mahou es el Santo Patrón que financia las terrazas y sostiene a los feligreses de una religión que es la noche que no acaba. En Madrid hay lugares donde se escucha el silencio y otros que no se callan nunca; hay esperanza, resaca, pereza, nostalgia, a veces desesperación, pero, sobre todo, hay arraigo.

Todos estos textos que van a leer a continuación son Madrid, porque la ciudad, más que un género literario que decía Paco Umbral, es un personaje que está vivo. Más vivo que nunca.

ABC es mi periódico. Y tal y como hicieron Camba o Josep Pla, en las mismas páginas que Azorín o Ruano escribieron su ciudad, me ha tocado la suerte, la responsabilidad y la osadía de ser quien cuente, en este tiempo, la crónica de un Madrid que es de todos.

“Hoy, que la suerte quiere que te vuelva a ver

Ciudad porteña de mi único querer

Oigo la queja de un bandoneón

Dentro, mi pecho pide rienda al corazón”

Carlos Gardel

Antes de empezar …..

Alfonso es preciso y no exento de ternura cuando disecciona el reciente disco de Nacho Vegas, cuando hace verbo breve a la memoria del incalculable Escohotado, cuando cuenta un recorrido por la calle Valderribas, que urge a uno a recorrerla y comprar una nave para reconvertirla en loft bohemio, sin dejar de mezclarse entre los vecinos añejos. Alfonso apela al elogio de la sabiduría que encierra el preludio de una conversación en un bar de talante andaluz. Leve como la pluma de A Felicidade como emotivo en sus retratos de Eusebio o las palomas, el azul del cielo de Madrid, las vacaciones, los cruceros y Los Días Felices que se presentan como cuento sensible y dulcemente doloroso.

Reseña a Azorín para enmarcarlo, y con el Cura Bandolero, el perfume de castañas en noviembre y La Latina vestida de gala, escribe (construye o recopila) este álbum de fotografías literarias madrileñas para nuestro deleite lector. Quizás Alfonso se adhiera a lo que dice Hemingway: «Este libro contiene material de los remanentes de mi memoria y mi corazón. Aunque uno de los dos haya sido manipulado y el otro no exista». porque este Ussía sobrevuela tachos de basura y lugares elegantes, quizás luminoso en su propia sombra. El autor es una caja de Pandora, que igual llega a tu casa con El Cossío que escribe un discurso para «presidenciables» sentado en el cordón de la vereda o la contrabarrera del Tendido Nueve. Un novelista que vuelve su mirada sobre el tan madrileño Puente de los Suicidas, el viaducto oportunamente mencionado por Juan Manuel de Prada en el consagratorio Las Máscaras del Héroe; o recorre los caseríos cuidando a Polo Targo, su héroe y amigo.

Si la literatura breve impresa en el periódico de ayer —ese paréntesis entre el periodismo y la literatura que son «las columnas»— sobrevive mordaz e inquieto, entonces alguien va a escribir algunas para Alfonso J. Ussía. Hijo de su padre y de su madre.

Andrés Calamaro

Septiembre 2025

ILA CIUDAD QUE SE PIERDE

Aquello que somos – Y Sabina dejó de cantar en los bares – Madrid como excusa para seguir escribiendo

1. Los domingos que fuimos

Las terrazas se ocupan a medias. Solo los fumadores aguantan el frío de la sierra. Viene para quedarse. Le pasa a noviembre. El ruido y la furia se paran hoy domingo, porque hasta en eso guardamos tradiciones. Incluso quienes las detestan. Y me vienen a la cabeza aquellos domingos largos, los que eran cuando nada dolía. A veces calculábamos el tiempo que duraba la misa de once, sentados los dos en la cafetería esa que no te gustaba nada de Miguel Ángel.

Tú leías la prensa despacio. Yo trataba de ver la página que habías recortado para leerte. A menos veinte pedías la cuenta. A veces pasábamos después por Mónico y nos llevábamos medio mostrador. Tenemos la misma gula. No he vuelto a probar una croqueta como esa. A ti te pirraban los huevos encapotados. Quizá, por eso, ninguno de estos domingos es como los de entonces. Aunque no han cambiado tanto porque hoy Madrid tiene la misma luz blanca que hiela un poco. Aunque todo sea distinto. Recuerdo que esos domingos no tenían reuniones ni manera de alejarnos. Eran nuestros. Como también lo era el tiempo.

Este parecía tener más horas, más minutos. Aprovechábamos para visitar a los abuelos. Eran tan mayores que parecían eternos, que siempre estarían ahí de la misma forma, esperándonos para verles el domingo que viene. Luego me di cuenta de que estaban en el otoño de su tiempo, como ahora vosotros. Y la de cosas que les hubiera preguntado si hubiera sabido antes de qué iba esto de vivir. Por eso ahora intento que los míos se den cuenta. Que después del otoño viene el invierno y es posible que entonces duelan las primeras ausencias. Seguro que también piensan que durará siempre. Ahora temo que les haga daño entenderlo, aunque sea inevitable. Que su cuadro no tendrá el mismo paisaje. Que todavía están a tiempo de mirar cada detalle. Que no tengan prisa. Que ahora es lo que toca.

Después venían las tardes inabarcables entre las páginas de Wilbur Smith o los cuentos de Dickens. De seis a nueve parecía un día entero. Tú veías el fútbol en la televisión mientras escuchabas la radio. La ventaja de un solo mando, ninguna otra pantalla, y una biblioteca repleta de series y plataformas que ahora se consumen en pantallas y roban el aburrimiento de los pequeños. Y el olor de las páginas de papel. Y encontrar otro tesoro que no había visto antes, en la misma estantería que tantas veces había mirado, sin percatarme de ese lomo que escondía entre sus páginas otro caso resuelto por Plinio.

Lo mejor de noviembre, de un domingo como el de hoy, es tener la certeza de que te pertenece. Que Madrid baja el ritmo. Que todavía la ciudad se acuerda de respirar un poco. Aparca la prisa. Te brinda una oportunidad de hacer las cosas a su tiempo, despacio. Ya sea disimulando el tiempo que dura una misa, cocinando, o saliendo a comer con quienes también te regalan su domingo como quienes te dan un trozo de ellos mismos. Que no durará siempre y que por eso debes aprovecharlo. Para que luego te acuerdes de los domingos que fueron. De los que ya no volverán, aunque haga el mismo frío de noviembre que hizo entonces. Aunque también la luz de hoy sea más blanca porque las nubes se confunden y no saben si llover o solo tapar el sol.

Decía Carlos Chaouen que madurar es regresar a tu padre”, aunque yo no vea el fútbol ni escuche la radio los domingos. Casi no me pongo chaquetas, pero sí que compro el ABC y veo a Pedro impaciente por coger la página que acabo de recortar. Esta cafetería nos gusta a los dos. Y encima me dejan fumar en la terraza, medio vacía por el frío de la sierra que escribí arriba. Mónico cerró, pero nos vale la Pastelería América aquí en Menéndez Pelayo. Y es muy probable que algún día él se acuerde de todos estos domingos en los que nada ni nadie nos separa. Son suyos. Como los de entonces fueron míos.

Madrid se despierta y está nublado. Hay jaleo en el Rastro y se empieza a llenar el centro con eso de diciembre. Está a la vuelta de la esquina. Por eso deben hacer algo que luego ellos recuerden. Algo que no quepa en una foto de Instagram. Algo que les dé calor cuando el frío no les deje salir de casa. Antes de que su paisaje sea ya distinto.

2. La semana y sus veinticuatro horas

Madrid era un lunes a domingo tradicional, de siempre. Se compartimentaba en horarios, normas y costumbres que ordenaban los usos y los ajetreos de la villa. Un domingo era domingo todo el día. La gente se recluía en sus penas, se viajaba de vuelta, apenas se escuchaba un ruido. El centro tenía la música del Rastro, pero solo hasta medio día. Ni siquiera en La Latina se escuchaba al argentino pedir un poco más de mate. Era un desierto de luces tras la puerta, de edificios repletos de sofá y manta, de sopa de cocido y de una barba de dos días que mañana se afeitará. Una cena de sobras, un libro acabándose, otra vez la película esa y el atasco de entrada a sesenta kilómetros de casa. De fondo, siempre un Carrusel Deportivo y la quiniela esperando a que se haga el milagro. La rutina.

Los sábados, en cambio, se celebraban en la calle sabiendo que un día de ventaja amortiguaría la resaca de una comilona de amigos, de ponme otra, primo y todo aquello. Un sábado por la mañana tenía el superpoder de la eternidad. Cualquier plan, por lejano que fuera, tenía cabida en ese sábado que era un mes de junio. Con todo el verano por delante. Y se venía un viernes que siempre pareció una terminal de tránsito entre dos vuelos que nos llevaban lejos para volver demasiado pronto. Los viernes siempre han perdido minutos. Porque el jueves se los fue robando a medida que nos hacíamos mayores. Por eso les dicen “juernes”. Así, los “gatos” comenzaron a salir también los jueves y dejaron que el viernes fuera cada vez más pequeño.

De esa semana que fuimos poco nos queda. Hoy se mezclan las noches con los días y cualquier día es el mismo. El lunes puede ser un miércoles o incluso un viernes cualquiera. Y nadie lo notaría. Pero de pronto llega el sábado y quién no le dice a usted que es jueves. Es algo evidente, cualquiera que pasee la ciudad lo ha notado. Hasta los barrios de oficinas, aquellos de mesón y mesa larga de lunes a viernes, tienen ahora tardeos y hora feliz mientras se hacen reformas de pisos con dinero prestado por padres de provincia. Las oficinas se agrupan en rascacielos y muy pronto serán viviendas, al estilo neoyorquino, donde la gente sigue trabajando en zapatillas, con chaqueta por arriba y pantalón de pijama por abajo, alimentándose de comida china traída por algún inmigrante en bicicleta.

Por el centro, hay domingos por la tarde que lo mismo son jueves. Y hasta a los museos les ha dado por abrir algunas noches entre eventos privados de buena marca y noches blancas que hacen cola. Se baila mucho y se sale de fiesta. Colón y alrededores aglutinan a una generación que no piensa en irse a la cama, y que vive en las redes sociales. Pueden llevar sandalias en invierno y botas en pleno ferragosto. Trata de explicarles la importancia de los horarios y verás cómo te miran ¿Qué más da lunes, martes o domingo? ¿Acaso no sabes que eso ya no importa? Proclaman.

Me gusta que las cosas no cambien, que aún queden sitios en Madrid en los que hay personas que te miran cuando les hablas, que tienen su propio clima, su propia estación del año que te absorbe. Como cuando la acera estaba desierta. O cuando no encontrabas un taxi y caminabas veinte manzanas sin cruzarte con nadie. La ciudad era entonces solitaria, como un búho de la EMT, pero ahora se ha empeñado en quedarse despierta, y también tiene su cosa. Antes era difícil encontrar una cocina abierta a eso de las cuatro de la tarde. Hoy abren todo el día sin descanso, como rezan los carteles que anunciaban menús a diez euros con primero, segundo, postre y café. El chupito, de parte de la casa.

Ayer mismo me invitaron a la presentación de un libro el próximo lunes a las ocho de la tarde, ¿Cómo explicar que los lunes son de uno mismo, que no se comparten, no se prestan a la ligera? Será que no quieren que vaya mucha gente, pensé. O quizá, lo que sabe ese buen editor es que el lunes es en realidad jueves. Madrid, imparable, ya no distingue días ni estaciones. ¿Qué será lo siguiente, casarnos en domingo?

Aunque como dice mi amiga E., después de ver al monstruo gritando en directo y rompiendo siglos de diplomacia en una hora, tampoco hay ya ninguna diferencia entre una taberna y el despacho de un presidente.

3. Un margarita, por favor

Madrid sabe a tequila y se bebe de punta a punta en diez mil locales que nos hacen sentirnos más hispanos que romanos. Desde el Alamillo a Españoleto, se cuentan milagros que se toman sorbo a sorbo, remadre, y un susurro se hace runrún, mientras termina siendo un canto a la libertad —que me partan la camisa—. Los hay con granizado, mucho más peligrosos porque entran solos, como si tuvieran en nuestra garganta una pulsera de “todo incluido” que arrasa con la mesa del bufé. Como les pasa a los desayunos de los hoteles.

Subo calle Atocha arriba, pasando por hoteles que han decidido poner los comedores a la vista de curritos y andantes. Hay quienes hacen de su plato un cuadro modernista con pinta de bodegón obsceno: bacon, huevos, fruta, salchicha, tomate, alubias, tostadas, cake; y cabreado porque le han dicho que no se sirve marisco en el desayuno incluido. Pues eso me pasa con los Margaritas. Se hacen humedeciendo el borde de un vaso con una rodaja de lima y posándolo en un plato de sal para obtener ese toque perfecto. Después, en una coctelera, mezclen el tequila blanco, el triple sec y el zumo de lima con hielo. Cuelen la mezcla con un doble colado en el vaso preparado con sal y hielo, y listo. Es tal la devoción que los “gatos” sienten por esta bebida, que muchos restaurantes de moda lo preparan entre su bullicio de etiqueta y las aspiraciones de bragueta (no era buscado este ripio). Así, en los 33 o Trafalgar, como en otros tantos locales que están a reventar, se preparan los margaritas mientras la brasa y la música suben el precio de la cuenta. Aunque no son baratos los margaritas. Ni para el bolsillo ni para la cabeza. Luego la discusión del masculino o femenino. Unos dicen “los margaritas”, otros, “las margaritas”. Aunque yo no dejo de imaginarme ese ramo de flores blancas y amarillas que me deprimen desde niño. Por eso siempre digo “un margarita”.

Y porque es un cóctel, una bebida preparada con mimo y precisión, un trago de la tierra que sabe a sal y a rayo; ácido, cítrico; un tanto lujurioso, incluso. Me gusta que Madrid tenga ese sorbo en sus barras. No vean cómo se lo hacen en el Del Diego, en la calle de la Reina. Si es que no se puede ser más hispano en esa frase. “Un margarita en Del Diego en la calle de la Reina”. Ahí tienen a México y España, el Atlántico, la Corona y la tajada asegurada. No me digan que no era inevitable siendo lo que fuimos. Al lado, en el Cock de mi amiga Teresa Nieto, te hacen el margarita como si todos los barman conocieran el secreto de la tierra prometida. No debe de estar lejos de allí. Pero no se crean que esto de los margaritas es cosa de lugares de noche. El de Richelieu sabe tan bueno como el de la Casa de Méjico. Y sí, sigo diciendo “Méjico” y no “México”, como también pido “un margarita” y no “una margarita”.

Esa es otra de las cosas que se van perdiendo, como el jotabé con cocacola. El cubata se ha marchado y ha dejado sitio a los margaritas. Del mismo modo que la equis va comiéndole el terreno a esa jota que va dejando de sonar. Como en la canción de Richard Cocciante. Vaya Margarita esa. Todas las estrofas parecen escritas con jota de lo que rasca con su voz rota pero insaciable. No hace falta escuchar narcocorridos para disfrutar de un buen margarita. Al final éramos imperio también hacia el Mediterráneo y algo nos queda. De lo que sí que estoy seguro es de que un margarita es lo que se bebe hoy en esta tierra que vive “una movida” de cócteles y tardeo. Una ciudad que ya tiene mañanas de niebla y resaca punzante. Ese Madrid que de noche se va a los años veinte y que paga en las cuentas más por la bebida que por la manduca. Pero qué bien lo pasamos. O “la pasamos”, que para eso de gozar las reglas siempre fueron más flexibles.

Madrid sabe a tequila porque se bebe en margaritas. Y aquí, como decía Paco Umbral, con Madrid como excusa para seguir escribiendo.

4. Cantar por los cuatro costados

Clamores, Galileo, Libertad 8, el Búho Real, Costelo, la sala Sol, el Rincón del Arte Nuevo, Candela, Moby Dick, Caracol, la sala Aqualung, Revolver, el Clandestino…; son muchas las salas que fueron, las que programaban a diario bolos que permitían mirar a los ojos a los cantantes. Conciertos que reunían a cincuenta o cien personas, otras veces a una veintena, pero que nos permitían elegir entre una oferta de cantantes que plegaron sus maletas para no volver a ponerlo tan fácil.

Un martes cualquiera, uno podía pasarse por Clamores y ver a Germán, el dueño, cómo terminaba de preparar un concierto de Antonio Vega. Entradas disponibles, claro, porque ese Madrid no se apuntaba en lista de espera ni en colas de puerta para un segundo turno de cena. No se escuchaba ni una tos. El único santo era Antonio, y los demás devotos del milagro que comenzaba a eso de las nueve de la noche. O a Darío, el mítico fundador del Búho Real, que programaba los conciertos en la barra de su templo, que fue primer escenario de gigantes como Bebe. La recuerdo cantando mientras miraba fijamente a Borja, mi amigo. No éramos más de quince o veinte personas antes de que Virgin se diera cuenta de que esa mujer detenía el tiempo cuando hacía temas como Tanto tiempo sin sentir, canciones que se perdieron porque no fueron grabadas en sus primeros álbumes. Luego Carlos Jean y Javier Liñán la hicieron gigante con una producción musical que la sacaría del Búho Real para llenar las plazas de España entera. Pero fue nuestra algunos años.

En Libertad 8 ensayaba un joven Quique González que, en más de una ocasión, vino acompañado por Enrique Urquijo con aquella obra maestra de Aunque tú no lo sepas. Dolía cuando la cantaba el madrileño líder de Los Secretos. La noche parecía entonces un atardecer lleno de magia que regalaba oportunidades repartiendo emoción cada dos calles. A Galileo subía del sur Carlos Chaouen. Hasta que no lo tuve delante por primera vez no entendí de qué iba eso de cantar a pelo con una guitarra. Sus cuerdas vocales se rasgaban y se confundía el sonido del instrumento con su propia garganta. Te dejaba pasmado enlazando versos que se grababan en la memoria mientras los vasos de las copas se colaban entre sus frases al posarse en las mesitas. Era casi un ritual, con un silencio atronador que se partía cuando comenzaba a arpegiar su Semilla en la Tierra. Un artesano de canciones vestido de negro, al que después tenías al lado de la barra porque Madrid se bebía entera sin distinguir entre unos y otros.

El Candela, que ha vuelto a ver de nuevo la luz de su cueva, era la frontera que muchos no tenían el coraje de cruzar. Para mí era un sueño ver a Joselín Vargas hacer percusión a golpes con la mesa, mientras su primo Antonio Carmona entonaba a capela una letra a medio tiempo que hipnotizaba a todos los que allí paraban. Por eso amanecía de noche. Porque el duende se despertaba a eso de las doce y se pedía un whiskey con hielo para que se calentaran las gargantas.

El Clandestino de la calle Barquillo era una bóveda de ladrillo a la que el humo de los cigarros le hacía parecer un valle de Norteña despertando en la neblina. Halloween no se celebraba, y quizá por eso te topabas con algún que otro muerto en vida que gastaba sus noches en la prórroga de sus días. Allí de pronto comenzaban los conciertos bien entrada la madrugada porque nadie tenía prisa por volver. Solo por llegar. Antes de dormir uno podía tomarse unos espaguetis o una fabada en Lady Pepas, y encima, igual te llevabas a casa un recuerdo de ver a Krahe sobre sus tablas.

Ese Madrid que cantaba por los cuatro costados no entiende de reguetón ni de autotune. Los jóvenes prefieren ahora fumar shisha de fresa y escuchar monotemas con sus teléfonos móviles mientras se escriben por whatsapp lo que no se dicen a la cara. Por eso ahora de noche suena casi todo a lo mismo. Y Sabina dejó de escribir en los bares y Antonio se fue al cielo. Y Carlos Chaouen a la India y Bebe a otro ritmo y tiempo. Quique González a Cantabria, Joselín a Nueva York, Darío traspasó el Búho y Germán se cansó de programar conciertos. Isaac de Lady Pepas, Miguelito de El Candela… Madrid sigue mirando cómo crece todo mientras algunos huecos no se llenarán jamás.

5. La poetisa de Barceló

En los años ochenta y noventa, una mujer caminaba por el Madrid del centro arrastrando un carro de la compra. Tenía el pelo rubio, tanto, que casi parecía más bien blanco. Su postura encorvada con la cabeza siempre hacia abajo no la dejaba mirar hacia arriba porque, en realidad, ese suelo era su propio cielo mientras buscaba dentro de ella otro atisbo de creatividad. Se la podía ver en las puertas de los cines Roxy, bajando hasta la glorieta de Bilbao o incluso por la calle Fuencarral hasta la altura del viejo mercado. Los que no la conocían se cambiaban de acera. Los que sí, esperaban que de ella salieran otras palabras que les hicieran más fácil la vida esta.

Era un Madrid en el que se te agarraban a los parachoques de los coches los patinadores. Algunos se estampaban; otros, te pasaban de lado cuando parabas en un semáforo. Era un Madrid lleno de chutas y pena, pero también de talento, humo, bares y conciertos que llenaban las calles de gente y de tribus urbanas. Un Madrid que tuvo y retuvo el talento de los que no querían irse pero que siempre daba segundas oportunidades.

Una de estas personas era la mujer dickensiana del carro. Ella, concretamente, se dedicaba a escribir. Vendía chistes de amor a veinte duros, no siempre, porque también encauzaba a sus clientes pidiéndoles la voluntad en el caso de que los veinte duros fuera demasiado caro. Solía pararse a escribirlos en el parque de Barceló frente al Pachá y la sala But de los “skins” y los “sharperos”. Allí gastaba parte de su mañana y cuando conseguía tener los suficientes versos para ganarse el jornal, acudía a las colas de los cines y allá donde el comercio funcionase por bullicio. Llevaba una chupa de cuero desgastado que le quedaba grande. Su patria era la plaza de San Ildefonso, aunque por las noches se dejaba ver por la de la Luna.

A medida que la Movida avanzaba y los ochenta mutaban a noventas, el estilo de sus poemas también lo hacía al tiempo costumbrista que respiraba. Era una narradora del amor, una mujer que no se lamentaba por la crudeza de su día a día y que no aceptaba la voluntad de la caridad a cambio de nada.

Los que tengan canas la recordarán, pero también decenas de parejas que se dieron un chusco entre verso y verso de la poetisa de la calle. Y claro, terminó siendo una parte fundamental del paisaje de Fuencarral y del barrio de Alonso Martínez. También paraba en la puerta de la Biblioteca Nacional, Recoletos o la puerta del Café Gijón, mientras dentro, Umbrales, Celas y aspirantes discutían si “sólo” llevaba tilde o solo cuando ellos la pintaban. Si el afilador sonaba el flautín o chiflo, la vendedora de poemas llegaba al grito de “vendo chistes de amor, poemas de amor, poemas de amor para enamorados”. Como si eso de escribir fuera una cola donde dar la vez para ver si por fin la vida te sonreía.

Algunos la llamaban “la Rusa”, por su aspecto indistinguible: pelo largo con raya al medio. En verano gastaba sandalias y una falda larga que se completaban con un bañador de señora sobre el torso; en invierno, botas y su escueto cuerpo arropado con una gabardina de color claro indefinible. En entretiempo, el gabán atado a su cintura y siempre calcetines de colores desacompasados y un fular para encubrir un cuello decaído. Algunas veces gorro o boina, pero en general, un cierto decoro desarrapado, prendas de temporadas eternas para apantallar a un personaje innegable, como recién salido de una película de Berlanga o del cuento de los personajes más castizos que ninguno de los plumillas de entonces retrataran.

Un día en estos “dosmiles” dejó de escucharse su oferta literaria. Preguntando por ahí me dijeron que se fue de Madrid, pero no me lo creo. Cuando quiero recordarla de cerca me siento en alguno de los bancos del parque Barceló, en los mismos que ella usaba para escribir poemas de amor que después los más cortados utilizaban para encandilar a sus parejas. Madrid le debe una estatua, una placa, un algo que nos recuerde a todos que algunas personas forradas de dignidad, pero huérfanas de techo, también se gastaron la vida haciéndole más fácil a otros la suya. La poetisa de centro, la vendedora de versos, la “Rusa” que vendía poesía en un Madrid que tiene tanta prisa, que a veces esconde lo que nos hizo mejores.

6. Aquella Malasaña del ilustre Pigüi

Madrid tuvo un ilustre vecino al que llevo demasiado tiempo sin ver. No importa si se llamaba Juan, Luis o Ramón. Todos le decían Pigüi. No medía más de metro setenta. Era rubio, con los dientes podridos y torcidos, los ojos azules y con la cara llena de marcas, como de adolescencia perenne o de una viruela pasada que le dejara de esa manera. Llevaba una chupa de cuero desgastado que le quedaba grande. Su patria era la plaza de San Ildefonso, aunque por las noches se dejaba ver por la plaza de la Luna. Siempre andaba con prisa el Pigüi. De un sitio a otro, como si cada recado que hiciera fuera de una extrema importancia. Como si se tratara de algo más, de una misión secreta.

De día se dedicaba a ayudar a las señoras mayores del barrio. Le trataban como a un hijo. Él tenía en todas ellas una madre, una abuela o una pena.