Bajo el influjo implacable de los sueños - Hernández Ituarte Manuel - E-Book

Bajo el influjo implacable de los sueños E-Book

Hernández Ituarte Manuel

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Beschreibung

Un río de riberas desiguales, como una metáfora de las diferencias que conviven en la humana existencia, es testigo de historias que se remontan a los tiempos de la conquista española de las tierras del Tucma. Soldados del siglo XVI se embarcan en una odisea que desencadenará en la reencarnación del siniestro deseo de Caín. Una novela en la que se entremezclan una abuela que brega por conservar el legado de la familia, el poder de los saberes ancestrales, mujeres que luchan contra adversidades, el amor por los clubes de fútbol y hombres que heredaron la clarividencia emanada de los sueños. "El fin del mundo duerme en cada uno de nosotros. Un día se despierta y todo termina." Ante ello, la esperanza sueña y resiste. Todo fenece y todo renace Bajo el influjo implacable de los sueños.

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Seitenzahl: 345

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Fotografía del autor: Daniela Ferreyra.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Hernández, Manuel

Bajo el influjo implacable de los sueños / Manuel Hernández. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

264 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-921-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Hernández, Manuel

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Dedicatorias

A la memoria de mi amado hijo Darío, quien vivirá en mí para siempre.

A mi amada hija Marisol, quien brilla con su amor y hace más llevadera mi vida.

A mi nieto Bautista.

A mi hermana María Isabel.

A mi amiga Daniela Ferreyra.

Al Club Atlético Tucumán y a la Real Sociedad de Fútbol, S.A.D.

Agradecimientos

A mis amados hijos, Darío y Marisol, por todo su amor y por apoyar mis proyectos.

A Gotzon Batikon Etxegarai y a Teresa de Zavaleta, por sus valiosas colaboraciones con las expresiones en euskera.

A la Real Sociedad de Fútbol, S.A.D. y a Oihana Arregi, en particular, por la valiosa colaboración y deseos de éxito relacionados con este sueño.

A Patrizia Anfossi, por su valiosa colaboración con las expresiones en italiano.

A Roque Luna, con quien comparto la pasión por Atlético Tucumán, por valorar esta iniciativa.

Soñé que soñaba un sueño del cual desperté y descubrí que, bajo su influjo, experimenté lo que me condenó para siempre a no dejar de vivir.

INTRODUCCIÓN

Estas historias están enmarcadas, en parte, tanto en forma geográfica como histórica, en el mundo real; como así también, en un escenario imaginario al que mi mente dio vida, sirviendo ambos, el literal y el ficticio, para ambientar los relatos. Tanto Frondabría del Confín como el río de los Tristes Árboles no representan simbólicamente ni aluden a ninguna población o río real. En lo que respecta a los personajes protagonistas de las narraciones, todos ellos son ficticios y no guardan ninguna similitud ni están inspirados en personas de la vida real.

Bajo el influjo implacable de los sueños

Manuel Hernández Ituarte

I

De sonámbulas y desdichadas

Bartolomé y Adelia se conocieron cuando eran niños, correteando por las calles recién pavimentadas del pueblo. Los años de la inocencia, tantas tardes en bicicleta por las rúas y aceras esquivando con astucia los árboles hasta que las luces del día se apagaban, fueron sucedidos por los juegos de la pubertad. Aquellos ensayos que él imaginó consumados en las orillas de algún arroyo, al tiempo que ella los proyectó compartiendo como secretos junto a las íntimas amigas, finalmente se terminaron concretando. Fue en un cañaveral una tarde de otoño, cuando los tractores habían acallado el rugir de sus motores y los machetes habían dejado de herir y derrumbar los endebles tallos de las cañas, infinitas y dominantes, sobre aquellas extensiones de la llanura tucumana, como una alfombra verde desplegada hasta los confines del horizonte. Fue una experiencia que ambos recordarían como única, mágica, soñada; pero al mismo tiempo, plausible de ser mejorada. Con el tiempo, terminarían por aceptar que eso tienen las primeras veces: son, aunque supliquen la absolución y el segundo intento, condenadamente irreversibles.

Con poco más de veinte años de vida, y mientras el cierre de los ingenios en Tucumán provocaba una abrumadora desocupación y el éxodo de miles de personas, los jóvenes se casaron. Fruto de aquella unión nacieron Antonio, Homero y Mariana.

El matrimonio, entre luces y penumbras, disfrutó de remansos de paz y dicha. Su situación económica no era holgada, pero tampoco padecían estrecheces. Del almacén del padre de Bartolomé, único heredero, siguió saliendo el principal sustento. Lo atendían él y su hijo, sobre todo el primero; en especial en lo referido a la caja, habida cuenta de que no se fiaba de la tendencia descuidada de su sucesor con los gastos superfluos. Bartolomé también trabajaba media jornada en una carpintería. Del anterior buen pasar de la familia de Adelia, solo quedaron unas pocas hectáreas que eran arrendadas.

La casa nueva que construyó el matrimonio fue realizada con los aportes de sus padres en un terreno donado por don Alejo, el suegro de Bartolomé. Allí florecería la familia recientemente constituida, sustentada a veces por los progenitores de los flamantes cónyuges. Una familia sin abuelas, que como amargamente solía reflexionar Adelia, era «como una pared solo recubierta de revoque grueso, sin la fina terminación que se necesita para matizar las miradas y las voces del diario convivir».

Para quienes compartieron infancia y adolescencia con Bartolomé y su futura esposa, parecía estar claro que el destino había unido indefectiblemente sus vidas desde que se habían visto por primera vez. Él, de chiquillo, no solía dejar pasar un día sin observarla, aunque fuese algún breve momento. Como en aquella ocasión cuando, sabiendo que la niña estaba convaleciente tras unas fiebres terribles, saltó con disimulo la verja de la casona de los Sangero, y atravesó sigilosamente el patio poblado de naranjos y palmeras para llegar, casi gateando a través de la galería colonial, hasta la ventana de su cuarto. Allí la vio, dormida, rodeada de muñecas y peluches, tan tierna e indefensa como una frágil gacela sobre la hierba. Alcanzó a dejarle una flor en la ventana antes de comenzar a correr despavorido al escuchar los ladridos de los amenazantes mastines que se acercaban a cazarlo. Apenas alcanzó a saltar la verja y encontrarse a salvo, cuando vio asomarse, desde el umbral, la figura del dueño de casa. Entonces, emprendió una veloz carrera hasta esfumarse al doblar en la esquina siguiente.

Por su parte, ella también tenía los minutos contados para verlo. Como en aquella oportunidad cuando, ante la negativa de su padre para permitirle ir al debut de su amado en un campeonato entre pueblos, fingió, con la complicidad de una tía, ir a visitar a parientes a una ciudad cercana. Las groserías que tuvo que escuchar guarecida en un recodo de las tribunas, y el posterior castigo de don Sangero, furioso al saber que lo había desobedecido, no empañaron la dicha de haber compartido aquel momento tan importante con Bartolomé. No solo se quedó sin salidas los sábados; tampoco hubo vacaciones en la playa para ella ese verano.

No obstante, en la profundidad de sus sentimientos, había algo esencialmente diferente entre lo que ambos experimentaban. Adelia, en el fondo de su alma, se había prometido no ser como su madre. El amor se puede acabar, pero ella no quería ser la víctima en una relación. Ese temor fue una especie de gusanillo que empezó a carcomerle la tranquilidad cuando ya se habían casado. Será, quizás, que paradójicamente el certificado de muerte de la felicidad se firma cuando por fin se la consigue. Finalmente llegó aquel verano clave que cambiaría sus vidas sin retorno.

Más de una década y media después de celebrado aquel enlace, llegó de vacaciones al pueblo una rubia infartante. Se trataba de la sobrina del Tano, el dueño de la pizzería frente a la estación del ferrocarril. En la primera ronda dominguera que hizo junto a su tía y sus primas alrededor de la plaza, terminó robando el corazón del guapo carpintero, oficio que el esposo de Adelia desempeñaba en aquel momento. Giró de improviso y, desde el respaldo de un banco de cemento donde se encontraba con un par de amigos, la vio venir. Al instante se quedó prendado del andar acompasado de esa esculpida anatomía femenina que se coronaba en forma excelsa con dorados rizos y esmeraldas cautivadoras e irresistibles bajo el abanicar seductor de sus prolongadas pestañas pintadas de azabache.

Primero, lo hechizó. Empezó a quitarle el reloj de su tiempo y acompasó los latidos de su corazón, para luego conducirlo como una marioneta y terminar de calibrar las agujas de la esfera de su existencia junto al río y bajo el puente viejo del ferrocarril. Allí le hizo descubrir un mundo de sensaciones que lo hipnotizó; lo sedujo perdidamente y le permitió manejarlo a su antojo. Así logró inducirlo a tomar un tren, junto a ella, rumbo a Buenos Aires, y dejó a Adelia sumida en la vergüenza social. La historia de fracaso que ella tanto temía repetir finalmente se había consumado. Aquel desenlace tenía ya varios prólogos que anunciaban su inminente arribo.

Coincidentemente con el nacimiento de su hija menor, llegaron la creciente apatía y el desinterés más acentuados por la vida conyugal por parte de ella, cada vez más sumida en un mundo interior pleno de contradicciones. Comenzó una búsqueda sin brújula en pos de sí misma. Sin saber cómo, por ejemplo, se había encontrado en un cuarto de hotel vistiéndose después de hacer el amor con un desconocido, con el cual había coincidido casualmente en un bar de la capital, mientras se refugiaban ambos del terrible tornado que se abatía aquella tarde de octubre sobre San Miguel de Tucumán. Le había sido infiel a su marido por primera vez y aquello le sabía a nada, como el transcurrir vacío que empezaba a teñir su existencia.

Tiempo después de la partida de su esposo, volvería a intentar reencontrarse con su ocasional amante. Cuatro misivas le había enviado, y solo la última tuvo respuesta para encontrarse en el bar donde se habían conocido. Luego de veinte minutos de esperarlo allí, un niño se aproximó a ella:

—Buenas tardes, ¿es usted Adelia Sangero?

Al responderle afirmativamente, el pequeño le entregó un sobre en blanco.

—Ábralo, por favor, cuando yo me haya ido.

—¿Quién me lo envía? —preguntó mientras el chiquillo se alejaba raudamente sin responderle.

Quiso ponerse de pie para alcanzarlo, pero ya había desaparecido entre la maraña de gente que circulaba por la acera. Con los dedos temblorosos, abrió con dificultad el sobre y extrajo un papel con una nota escueta: “Sé quién es usted y he leído todas las cartas que envió. Hoy le escribo. No me obligue a hacer algo peor. No habrá más palabras, solo le pido que mire hacia la vereda”.

Dejó el papel ceremoniosamente reposado sobre la mesa y, de soslayo, miró hacia su derecha donde, tras los vidrios del bar, sus ojos se encontraron con dos puñales que parecían emerger debajo de unas cejas tensadas de odio. Junto a aquella diminuta mujer, el niño que le había entregado la nota no dejaba de contemplarla, imperturbable, como una figura de cera, al igual que su hermana. En brazos, un bebé lloraba ante la máscara guerrera e impasible de su madre. Mantuvo la compostura fingiendo indiferencia. Con un sutil ademán, llamó al camarero para solicitarle otra taza de café. Luego sacó pausadamente un espejo y el pintalabios de su cartera. Con el rostro imperturbable, se dio a la faena de maquillar la vergüenza que sentía reflejada en su cara. Cuando por fin se atrevió a mirar nuevamente hacia la calle, la mujer y sus hijos ya no estaban allí, pero aun así le costó mucho poder salir del local y sumergirse velozmente en un taxi, como una fugitiva que se deja el último aliento en la desesperada fuga.

En aquellos años, jugó con el embelesamiento que su esposo sentía por ella. En su interior, él se culpaba al comprobar que la pasión, en la alcoba conyugal, cada vez se iba apagando con mayor intensidad. Le puso toda la creatividad que estuvo a su alcance en aquellos momentos íntimos, pero no alcanzó para revertir la situación. Tampoco sumaron aquellas vacaciones en las sierras cordobesas, que le permitieron al matrimonio estar a solas, lejos de los hijos, quienes habían quedado al cuidado de sus abuelos. Aquellas noches tendrían, para el esposo, el repetido final. Horas de desvelo, fumando sentado en el borde de la cama, con la sensación de haber hecho el amor con una autómata programada, cuyos engranajes de simulación, a aquellas alturas, hacían agua por todas partes. Sin embargo, le seguía siendo fiel; apostaba a recuperar el fuego entre ambos y desechaba las oportunidades de buscar más afecto en otros lechos, las cuales, por cierto, nunca le habían faltado.

Lo que vino luego de la desaparición de Bartolomé era harto conocido en el pueblo. La mujer abandonada por su marido se encerró primero para evitar la humillación, los chismes, las miradas incómodas, los consuelos y apoyos que le resultaban tan inútiles como el regalar alas a una roca pretendiendo que remonte vuelo. Dentro de su universo, no cabía la más mínima probabilidad de que su marido la fuese a abandonar. No importaba que ya no le despertara deseos dormidos; él era de ella y así tendría que haber sido hasta el final. Pero el destino parecía decidido a ensañarse con las mujeres de su familia y ella venía a engrosar la lista de las perdedoras. Los celos condujeron a los deseos de venganza, pero cuando pudo dominar sus impulsos, y después de haber destrozado todas las fotografías y demás recuerdos de su esposo, empezó a comprender que el epílogo lo había escrito ella misma y que su autosuficiencia le había clavado una estocada mortal.

Después de agotar las lágrimas del dolor y la rabia, sobrevino la resurrección de su espíritu combativo para sacar a su familia adelante. Mucho se habló, por aquellos años, de sus continuas visitas a la tienda de Paco Gutiérrez, apodado “el Rengo” por un accidente ecuestre en la juventud, que le había dejado una leve cojera en la pierna derecha. Era el dueño de uno de los negocios más grandes de la localidad. No faltaron los comentarios mal intencionados que hablaban de que Adelia era la “mujer” del viudo, y que de aquella relación clandestina emanaba el dinero para pagar la educación de sus hijos en un instituto privado de la capital. Pero los afines a la despechada no tardaron en refutar tales calumnias afirmando que ella solo se valía de trasnochadas labores de costura, bordados, tejidos, y del alquiler de tres cuartos que Bartolomé había alcanzado a construir; esto llevaba su esfuerzo hasta los altares místicos, propios de las heroínas anónimas.

Alejo Sangero había vuelto a las andadas y, en otra apuesta clandestina, había finiquitado las escasas hectáreas que le quedaban. Una vez que falleció su suegro y, tal como este lo había predicho, sin él, el almacén se fundiría. El ama de casa no tenía cabeza ni la voluntad para encargarse de esos menesteres; sus hijos tenían que estudiar y su padre ya estaba muy mayor para echarle una mano con ello. Los números, a simple vista, no cerraban; mucho menos cuando la casa recibió una refacción general y la familia adquirió el primer coche.

Otra historia que se corría por aquellos tiempos, y que terminó transformándose en una leyenda que trascendió los límites del pueblo, fue la de los relatos sobre el sonambulismo de la esposa de Bartolomé. En vida de la mujer, existían escasos y disimulados rumores sobre los trastornos de sueño que padecía, pero al poco tiempo de partir de este mundo, los comentarios se incrementaron notoriamente. Algunos ancianos, que en sus tiempos mozos supieron vivir en aquel pueblo, afirmaban bajo juramento haber visto a la desdichada mujer caminando en camisón por las calles desiertas a altas horas de la noche, bajo la luz de la luna llena, ante el imperio cruel del corto pero implacable invierno tucumano, rumbo al cementerio. Perjuraban haberla visto abrir las puertas del camposanto tan solo levantando sutilmente su mano y haciendo saltar por los aires los candados de sus portones, para luego dirigirse hasta el sepulcro de Paco. Él había sido asesinado en oscuras circunstancias, luego de salir ganancioso de una pequeña fortuna en una clandestina apuesta de cartas celebrada en una recóndita finca. El delito nunca fue esclarecido, y el hecho dio lugar a innumerables conjeturas sobre sus autores, como así también sobre la cantidad de dinero en danza y el destino que este pudiera haber tenido.

Volviendo a los relatos de las andaduras de la sonámbula, que corrían de boca en boca en aquellos años, se decía que ella se encaminaba, una vez traspasados los umbrales de la necrópolis, hasta la lápida de su amado difunto. Él prontamente emergía de su morada sepulcral para fundirse en un apasionado abrazo con su anhelada visita. Mientras tanto, las aves nocturnas entonaban sacrílegos himnos y un voraz viento hacía temblar todo en derredor, al tiempo que los amantes consumaban la fusión de sus cuerpos en un acto apasionado. Se comenta que el viejo Zacarías se había dejado conducir por la curiosidad, atraído hasta contemplar aquella escena, y había sido advertido por los amantes. Fue hallado muerto a pocos metros de la tumba de Paco, y dicen que había perecido inmediatamente después de verlos. No hubo testigos del hecho, pero lo que resultó extraño y aterrador fue que, después de ser sepultado en el mismo cementerio, su féretro fue encontrado tres veces desenterrado, y con las flores —que le habían colocado sus deudos— totalmente calcinadas. Por esta razón, su viuda terminó optando por enterrarlo en el camposanto de una ciudad cercana, donde actualmente sus restos descansan en paz. Son historias que cuentan, santiguándose hasta el cansancio como quien realiza un ritual protector, personas de muy avanzada edad.

Otros, escépticos, sostienen que todo aquello era invención de desocupados charlatanes y comadres alcahuetas que, amparándose en el comprobado sonambulismo de la mujer engañada, tejieron historias para alimentar la leyenda popular. Algunos, que refutaban el misticismo que encierra la vida de la infortunada dama, afirmaban que ella, condenada a deambular dormida, solía subir a la terraza donde un jefe de personal de la fábrica recientemente inaugurada, que alquilaba una pieza en su casa, solía aprovecharse de ella en su estado inconsciente para pasar noches apasionadas con la indefensa mujer. Aunque cabe aclarar que otros sostenían que el sonambulismo era apenas un disfraz de la fémina para consumar, socialmente absuelta si llegaba a ser descubierta, su romance con el citado jefe. Quienes apoyaban esta última versión no dudaban en afirmar que la señorita siempre se había destacado por sus cualidades actorales, tanto en la escuela como en el ateneo cultural del pueblo.

Lo cierto es que algunos de los más ancianos, originarios de la localidad, nunca dejaron de recordar algunos hechos de los antepasados de Adelia. Así fue que le adjudicaron, tanto el carácter de despechada como el deambular sonámbulo, al factor de la herencia. El viejo sargento Rubiales, luchando contra las secuelas de las heridas de guerra, que muchas veces le impedían levantarse de su lecho, contó en más de una ocasión que Soledad Voltanera, esposa de don Alejo Sangero y madre de la cuestionada dama, supo padecer de sonambulismo después de producírsele su segundo aborto. Tras ello, el viejo cañero, harto de soportar vivir junto a alguien a quien en realidad aborrecía, y temeroso de que su mujer no pudiese darle descendencia, estuvo a punto de provocar que el caballo en el que su mujer montaba mientras recorrían un sinuoso camino, se precipitase hacia el abismo en una zona del piedemonte. En la mente y el corazón de aquel hombre, todo lo que abundaba en ambición no superaba su alarmante falta de nobleza. Se decía que ya hasta tenía en vista una hermosa joven de la capital, a quien cortejaba en secreto, para hacerla su nueva esposa. Justiniano, oriundo de otros pagos y quien trabajaba para los dueños de aquellas tierras, había presenciado circunstancialmente el intento fallido de su patrón, al tiempo que su esposa no se había percatado —o tal vez intentó disimular no haberlo hecho— de sus nefastas intenciones. Después de que el peón le contara sobre el suceso en cuestión a una de las muchachas que servía en la casona de los patrones, y además era su amante, Justiniano desapareció súbitamente de la zona. Quienes lo vieron por última vez, viajando en un tren, afirmaban que lucía feliz contando una buena suma de billetes.

Finalmente, Soledad dio a luz a su única hija, pero ello debilitó notoriamente su salud, la cual nunca pudo recuperar totalmente. Sin embargo, logró vivir lo suficiente como para verla alcanzar su juventud. Lamentablemente, también presenció la debacle familiar por la afición de su esposo al juego, que fue paulatinamente minando la otrora opulencia hasta tornarse en una resignada familia de clase media. Quizás hubiese preferido criar a su hija con apenas lo indispensable para sobrevivir, y no tener que padecer las constantes infidelidades de su esposo. Una de aquellas amarguras impregnadas de humillación terminó por abatir su lastimado corazón. Un amanecer, sus ojos no alcanzaron a ver la luz del nuevo día en aquella primavera excesivamente fría, como hacía años no se observaba por esas latitudes. Así la encontró su hija en su cama, más delgada aún de lo que era, casi etérea, liberada al fin de sus implacables pesares.

Desde niña, Adelia se había sentido atraída por lo misterioso y a menudo intentaba encontrar algún argumento sobrenatural, tanto para los acontecimientos en la vida de los hombres como para la naturaleza. La había cautivado desde siempre la notoria diferencia de altura entre las dos riberas del río de los Tristes Árboles, notablemente más baja donde el pueblo estaba establecido. Su abuelo le había contado que, siglos atrás, cuando aconteció la conquista española de aquellas tierras, existía un asentamiento de un pueblo originario en aquella parte de la llanura, el cual se hacía fuerte en la orilla alta y al que les costó mucho a los europeos poder doblegar. Una vez que consumaron la victoria, intentaron levantar un poblado cristiano sobre el existente, pero finalizaron desistiendo. Sobre los nuevos moradores se ensañaron graves y extraños infortunios, entre los que se contaban desconocidas y aterradoras enfermedades, desapariciones de personas que nunca más fueron halladas, raros y amenazantes sonidos desde la oscuridad circundante en las interminables horas nocturnas, visiones fantasmagóricas y un aguacero fastidiosamente persistente que lo enlodaba todo hasta volver el suelo prácticamente intransitable. Cuando por fin cesaba, se instalaba una neblina que impedía que el sol alumbrase completamente. Tampoco había concordia en el poblado. Las disputas y la desconfianza eran una constante.

Hartos de las desdichas y los contratiempos, los españoles terminaron por concluir que aquel lugar estaba maldito y, finalmente, lo abandonaron. La mala fama de aquella ribera perduró a través del tiempo y los colonizadores, cuando lograron dominar a todas las tribus de la llanura, optaron por fundar Frondabría del Confín, en la margen derecha del río, la más baja de ambas. Allí la localidad consiguió, después de un duro comienzo, por fin prosperar. La parte alta junto al río siguió desierta y con los años se volverían tierras cultivadas sin que los extraños fenómenos adversos volviesen a presentarse por allí.

Para Adelia, al igual que para su abuelo y muchas personas más, no cabía duda de que una vez que los propietarios originarios fueron derrotados y expulsados, sus dioses impidieron que quienes los habían desplazado pudiesen asentarse. Al pasar los años tampoco la nueva localidad había extendido su crecimiento hacia esa parcela de tierra.

Finalmente, muchos años después, se edificó allí una vivienda, que habitó un matrimonio con una hija. Ellos eran los nuevos propietarios de toda aquella vasta extensión de hectáreas al norte del pueblo. Era conocido por todos que la madre de la muchacha era descendiente de una tribu ancestral. Era una mestiza de mediana estatura, fuerte temple, color cobrizo de piel, cabellos oscuros y unos ojos azules que brillaban enigmáticos, trasluciendo autoridad sobre los adarves de sus huesudos pómulos. La hija había heredado los rasgos de ella. Tenía una edad similar a la de la señorita Sangero y pronto quedó huérfana de padre. Cuando la familia se había instalado en la ribera alta del río, el hombre ya había llegado allí muy enfermo.

Las dos muchachas apenas se habían cruzado ocasionalmente en el pueblo y contrajeron matrimonio en fechas cercanas. Rebeca, la heredera de aquella finca, también había perdido a su progenitora seis meses después de contraer nupcias, debido a un cáncer fulminante. El esposo de la joven provenía del este de la provincia y, paulatinamente, el nuevo matrimonio fue ampliando la posesión de los campos. Se extendían desde el poniente, tomando como referencia una ruta provincial, hasta donde comenzaba el monte y las primeras ondulaciones, conocidas como el Alto del Caballero, hacia el oeste; y desde la ribera alta del río hasta ocho kilómetros hacia el norte.

La joven y su esposo, Juan Fusandez, tuvieron dos hijas: Patricia y Laura. Sumisa y callada la mayor, locuaz la menor, eran de edades similares a los hijos de Adelia. Hacia el sur, siete kilómetros después de que el pueblo terminase, el relieve se elevaba casi hasta alcanzar la altura de la barranca alta del río. Es por ello que muchos le llaman familiarmente a aquel territorio La Hondonada: por lo bajo de su suelo en relación a las tierras adyacentes, tanto septentrionales como meridionales. Es una depresión alargada, que va desapareciendo al hacerse sus límites norte y sur más bajos, pocos kilómetros antes de que el río entregue sus aguas a un tributario del Salí, el hermano mayor.

La hija de Soledad Voltanera fue una destacada alumna, tanto en la escuela primaria como en la secundaria. Empezó a cursar el Profesorado en Biología en la capital, pero nunca logró terminarlo. Desde joven, e imitando a su madre, intentó persuadir al jefe de familia para que no despilfarrase tanto dinero en el juego, y logró apenas resultados medianamente satisfactorios a sus ruegos. Después de casarse, paulatinamente fue perdiendo amistades y distanciándose de ellas. No era precisamente que Bartolomé fuese un hombre que intentase absorberle más tiempo de lo prudentemente requerido por un esposo. Era ella quien cada vez fue circunscribiendo su mundo y centrándolo casi todo en su pequeña familia. Además, los años le trajeron un acentuado toque rancio a su carácter. Terminó fatídicamente comprobando que su confidente, la que siempre se ofrecía a hacerle compañía, la que nunca le fallaría era, lamentablemente, la soledad. Aquellos fueron los años de su apego extremo al pragmatismo. Se empezó a aferrar a certezas e intentó sepultar el interés por lo místico. Se vistió con la gruesa túnica coherente de la lógica, bebió sorbos del elixir de la razón, se dedicó a transitar en su mente planicies en busca de aciertos sin espacio posible para intentar escalar laderas sembradas de ilusiones. Los sueños habían recibido varias bofetadas de realidad que la volvieron más trivial. La opulencia familiar estaba perdida y ella, consciente de que no podría recuperarla, se abocó a resguardar un retazo de porvenir hasta lo que fuese alcanzable. Fruto de ello fueron los dos lotes que habían conseguido que don Alejo comprase en el pueblo antes de que el dinero destinado a dicha adquisición terminase en las garras de la ludopatía de su padre.

También suyo fue el acierto de conseguir que comprase algunas hectáreas que salieron a la venta por parte de la familia Rosales ante la decisión de estos de mudarse a La Rioja, las cuales fueron arrendadas con prontitud. Sangero ya no quería saber nada del trabajo de campo, aunque con el tiempo también se perdería esa adquisición. Nunca había sido una mujer de grandes aspiraciones, salvo en el plano amoroso. Desafortunadamente, el tiempo derrumbaría esa torre de anhelos. Se había casado enamorada, pero la desdicha terminaría marcando su vida conyugal, tal como le había sucedido a su progenitora. Se sabía bella y, aunque las líneas irrefrenables que el lápiz siempre puntual del tiempo dibuja sobre los rostros, no se había olvidado del suyo, no había podido hacerle mella a la beldad con que había sido favorecida.

Tras la muerte de Paco, Adelia se volcó nuevamente a lo sobrenatural. Empezó a leer libros referentes a esa temática y a asistir a reuniones y cursos que trataban sobre el tema. Todo aquello lo abordó con disimulo y sin que su familia lo supiera, hasta que Mariana, en cierta oportunidad mientras limpiaba el dormitorio de la despechada, encontró un libro sobre ciencias ocultas, que había sido olvidado sobre la mesa de luz. Se lo comentó a sus hermanos, pero ninguno jamás le preguntó a su propietaria al respecto. El conocer sobre aquello les llevó a los tres a concluir que el sonido de extrañas pisadas durante la noche y el abrir ocasional de alguna puerta sin que nadie lo provocase podrían estar asociados con alguna práctica ocultista realizada por su madre.

Aquella etapa de la vida de la hija de Alejo es, quizás, sobre la que menos conocimiento se tiene. Antonio le había comentado a Homero que una noche, al despertarse para ir al baño y atravesar una galería de regreso a su cuarto, la había observado dormida dando vueltas alrededor del aljibe del patio. Había perdido la cuenta del tiempo que la mujer había deambulado en ese estado antes de retornar a sus aposentos. Al pasar junto a él, extrañamente sintió que no solamente se escuchaban las leves pisadas de ella, sino también otras más contundentes, más allá de que avanzaba sin compañía visible. Cuando los días más negros llegaron a su vida, luchó, renació, se reinventó en el amor y se levantó desde las cenizas. Se había convertido en una pertinaz sobreviviente que se oponía tenazmente a la derrota y, en ese combate a muerte contra la adversidad, buscó armas y recursos, tanto de la luz como del reino de las tinieblas.

Muchos soles y lunas brillaron, desde entonces, sobre el pueblo al este del cerro, junto al río de los Tristes Árboles. También llovió mucho sobre los campos, las mujeres y los hombres. A veces, con tanta intensidad, que aquello parecía ensañamiento. ¡Si tan solo hubiese diluviado agua! Adelia y sus hijos perdieron la vida en un trágico accidente aéreo cuando la avioneta en la que se desplazaban se precipitó a tierra. La única que no pereció en el instante fue la progenitora de los tres vástagos, calcinados junto al propietario de la aeronave. La mujer cayó sobre la copa de un árbol desde una altura considerable, pocos instantes antes de que la máquina se estrellase. El impacto sobre su cuerpo fue terrible, ya que sufrió múltiples fracturas y la desfiguración de su bello rostro. Su agonía duró casi dos interminables semanas en la terapia intensiva de un hospital.

Fallecido el viejo Alejo hacía ya unos años, ahora también desaparecía toda su simiente. El pueblo poco había logrado crecer durante el siglo XX. Seguía aún viviendo de las promesas incumplidas de los candidatos a las elecciones de turno. Aún el cañaveral cernía su férreo cinturón en derredor suyo. Lo que tampoco había cambiado era su legado de leyendas, entre las cuales destacaba la de La sonámbula. Afirmaban que quien se la encontraba por las calles desiertas del pueblo, especialmente en invierno, en las sendas entre las plantaciones de caña o quizás próxima a las riberas del río, se exponía a no ver despertar el día, pues podía terminar conducido hasta la morada de la fantasmagórica figura, dentro del añejo cementerio, hacia la tumba que nunca nadie sabía cómo se mantenía en un estado de pulcritud. La sepultura de Paco Gutiérrez ya no existía: sus restos habían sido trasladados a otra provincia, sin que nadie supiese o quisiese especificar quiénes se habían encargado de costear los gastos ni su destino.

Después de practicar los correspondientes exorcismos, sobre ese solar se había levantado la capilla que el cementerio no tenía. Nunca más se escuchó hablar de relatos extraños en su entorno. No obstante, cerca de la tumba de Adelia, jamás ningún sepulturero ni el cuidador se atrevieron a transitar después de que el crepúsculo se anunciaba. No hubo conjuros ni rituales que alejasen al fantasma de allí. Se comentaba que, luego de esa hora, su propietaria era implacable con quien osaba aproximarse a sus dominios. En aquellas tierras del Tucumán parecía que el mundo de los vivos y el de los muertos se fundían en una simbiosis añeja e indisoluble, tan remota como el río que corría a la vera de las desiguales riberas; el que jamás había dejado ver su lecho desnudo, ocultando con celo los secretos más íntimos de su existencia; tal vez, la raíz de su destino.

II

El destierro

El tren avanzaba cansinamente, y las quejas eternas de los rieles tras el paso de las ruedas quebraban el silencio dentro del camarote. El hombre se ató los cordones de los zapatos y giró para mirar a la esbelta mujer que, fumando, observaba con desinterés el desfile de los edificios al paso del convoy. Cada vez más altos, inevitablemente, más cercanos a su hogar.

—¿Mañana a las seis? —le preguntó sin poder ocultar su ansiedad.

—No sé… Llamame. Tengo que ver si puedo. —Se recogió delicadamente con su inmaculada mano diestra la larga melena perfectamente rizada, y con la izquierda la dejó atrapada con una extensa traba al tono. Luego le dirigió una mirada cariñosa mientras contemplaba con satisfacción las pronunciadas ojeras de su acompañante. Sin duda había tenido éxito en no dejarle conciliar el sueño durante la noche anterior.

—Hace rato habías dicho que podías mañana a las seis.

—Dijiste. —Insinuó un reproche adoptando una pretendida posición de instructora.

—¿Qué?

—Tenés que decir dijiste, no habías dicho.

—¿Por?, ¿porque estamos en Buenos Aires nomás?

La mujer cerró los ojos y estiró sus carnosos labios como lanzándole tiernamente un beso.

—¡Creeme! Es mejor así.

Meneó la cabeza mientras terminaba de abrocharse el cinturón de su pantalón. Dibujó una sonrisa y ella se la retribuyó mientras el tren disminuía paulatinamente la velocidad. La mujer terminó el cigarrillo y volvió a contemplar el exterior. Una jungla de pisos y escenas parecían pasar delante de ella en forma incesante e irrepetible, como el agua debajo de un puente. Al frente, un anciano regando las plantas en un balcón. Sobre él, una pareja dándose mimos sin prestar atención al niño cerca de ellos, que intentaba infructuosamente acertar un escupitajo sobre los desprevenidos transeúntes. En la terraza, una mujer resignada mientras observaba cómo el viento le había arrebatado una prenda que había descolgado del tendedero hacía unos segundos. Todo matizado por el ensordecedor concierto de motores en marcha, frenadas y bocinazos incontables sobre el infierno de las atestadas calles. «Bienvenida a casa», se dijo antes de volver nuevamente a la sinfonía rutinaria de la agitada colmena ciudadana. Su compañero la abrazó por la espalda y comenzó a besarle el cuello. Ella lo dejó hacer, complacida.

—Mañana a las seis. —Insistió casi susurrando.

La mujer sonreía y giró para besarlo, pero en ese momento el tren frenó, ella trastabilló y terminó aprisionada entre la ventanilla y él.

—¡Una pena! Se terminó el viaje —dijo resignadamente.

El hombre asintió. Asió un sweater y se lo ató a la cintura. Luego tomó las maletas y, tras controlar que no se dejaban nada olvidado, abrió la puerta del camarote. La estación Retiro bullía como un hormiguero ante la presencia de una amenaza. Voces, empujones, altavoces, pitos de tren. Bárbara logró llegar hasta el final del andén, donde la esperaban sus padres y una hermana. La vio alejarse con premura mientras él se encargaba de retrasar su marcha. Cuando logró llegar a la calle, tuvo que esperar un rato hasta conseguir un taxi. Había comenzado a llover. Observó el entorno con sorpresa y le pareció que en aquel laberinto de cemento y vidrio todo parecía haber sido barnizado caprichosamente de gris.

Empezó a soplar un viento frío que se le metió en las carnes y le produjo un escalofrío. En la plaza, los longevos árboles se resignaban a soportar las implacables ráfagas que los sacudían sin piedad, mientras el reloj de la Torre de los Ingleses anunciaba las cinco de la tarde, y un vendedor ambulante pasaba corriendo despavorido —junto a la vetusta estructura— en pos de hallar refugio para proteger la mercancía que ofertaba. Unos gritos provenientes de su derecha lo alertaron. Se acercó unos pasos y observó que un hombre de edad similar a la suya sujetaba por la espalda a un muchacho, al tiempo que una mujer le extraía de uno de sus bolsillos una billetera y gritaba alterada en un español, con notable acento francés, diciendo que el joven le había robado. Dos policías acudieron inmediatamente al lugar, justo en el preciso momento en el que un taxi se detuvo y Bartolomé se subió.

—De Tucumán, mire qué bien. Mi señora es de Salta. ¿Conoce usted Salta?

—He id… fui un par de veces. —Se corrigió a tiempo, siguiendo el consejo de su amante—. ¿Y usted?

—No, yo laburo hasta en verano. Tengo cuatro pibes, ¿sabe? Todos en la escuela ya. Muchos gastos, no da para vacaciones. ¿Tiene hijos?

—Sí. Tres. ¡Que yo sepa!

El taxista soltó una carcajada cómplice y un diente de oro brilló en el retrovisor. Una frenada, en coincidencia con la de un vehículo que circulaba en perpendicular, evitó el choque y provocó el ida y vuelta de insultos con el otro conductor; sus espesos bigotes parecían saltar como resortes impulsados por la furia que provenía de su boca.

—¿Adónde aprendiste a manejar, pedazo de animal?

La respuesta fue inminente y seguida del arranque del motor para alejarse raudamente de allí sin percibir los posteriores insultos:

—¡Adonde te enseñan a que no te choquen los pelotudos como vos, imbécil!

Hubo un silencio que acompañó el trayecto de las siguientes cuadras hasta que el conductor pareció olvidarse del incidente anterior:

—¿Ya tiene trabajo?

—Sí, tengo. También tengo una jefa.

—Entonces tiene suerte, mi amigo.

—Eso no se sabe nunca —dijo el recién llegado arqueando las cejas mientras recibía la mirada cómplice de su interlocutor a través del reluciente espejo.

El taxista se rascó el cuello, hizo una mueca y no volvió a hablar hasta que arribaron a destino.

—Llegamos. Última estación: Boedo —dijo con tono simpático mientras buscaba su billetera por si tenía que dar vuelto al pasajero.

Al descender del auto, Bartolomé comprobó que, tras la lluvia la temperatura, había disminuido mucho más. La pensión funcionaba en una casa de puertas y ventanas vetustas, pintadas hacía ya mucho tiempo, de color verde oscuro. Cuatro peldaños de mármol desgastado permitían ascender desde el estrecho vestíbulo, que contaba con un piso ocre matizado de tonos negros. Además, filigranas con motivos florales enmarcaban las paredes, y una lámpara colgante que contaba con un solo foco, ya estaba encendida. Cuando intentó ascender, se resbaló y se lastimó la rodilla derecha al golpearse contra un peldaño de la escalera. La pequeña rotura del pantalón celeste dejaba ver una incipiente mancha de sangre.

Llegó hasta un reducido mostrador, que lucía un jarrón inmenso con alegorías chinescas, y tocó la campanilla. Se miró en el espejo, donde el paso del tiempo y la humedad habían dejado sus implacables cicatrices. Trató de acomodarse el pelo y se pasó la mano por la barba, de tres días sin afeitar. El viaje de dieciocho horas era el más largo que había hecho en su vida; la mirada cansina y las notorias ojeras daban cabal cuenta de aquello. Escuchó toser a alguien al tiempo que el sonido de unos pasos acercándose lo hicieron abandonar la decepcionante contemplación de sí mismo. Una mujer de aspecto eslavo, de unos cincuenta años, con un vestido blanco suelto, pañuelo al cuello, anteojos con marco dorado, largo collar, aros y pulseras al tono, se presentó de inmediato.

—¡Buenas tardes! Disculpe la espera. Estaba dándole los remedios a la abuela.

—¡Buenas tardes! ¿Tiene alguna habitación desocupada?

—¿Es para usted solo?

—Sí, yo solo, nomás.

La mujer hizo la pantomima de buscar, en un viejo y grasiento cuaderno, si había disponibilidad de hospedaje. Al cabo de unos segundos, señaló con el índice varios renglones y movió afirmativamente la cabeza. Hizo un breve y poco disimulado recorrido con la vista sobre el aspecto un tanto desalineado de su futuro huésped, y finalmente expresó:

—Tengo varias, aunque solo me queda una con baño privado. Es más cara, claro. Aquí tiene los precios —le dijo mientras le acercaba un cartón que dejaba observarlos.

Le parecieron un poco excesivos, pero no emitió opinión al respecto.

—¿Puedo verla? Digo… a la que es con baño privado.

—Sí, claro. Ahora mismo. —La mujer descolgó la llave con el número siete y le solicitó que la siguiera.

Comenzaron a transitar por un pasillo adornado con helechos y cuadros pequeños que daban un toque más acogedor a las paredes pintadas de amarillo claro. Al final del corredor, se observaba una fila de tres personas malhumoradas esperando su turno para ingresar al sanitario. Antes de llegar hasta ellos, la propietaria dobló hacia la izquierda por otro pasillo y se detuvo frente a la primera puerta que se encontraba en este. La abrió y, luego de encender la luz, le solicitó al caballero que ingresase.

Bartolomé se paró en el centro de la habitación y dejó apoyada su pequeña maleta sobre el piso azulado. «Podría haber tenido tres por cuatro metros cuadrados», pensó. La cama era de una plaza con respaldo de bronce. Una mesa de luz de nogal le hacía compañía. Sobre ella, una base de vidrio, y entre este y la madera, un escudo de San Lorenzo. Sobre todos ellos, una lámpara de aluminio con pantalla de color beige de la que colgaban brillantes flecos dejando ver que era nueva y reluciente. El piso, por el contrario, carecía de todo brillo, aunque se encontraba en buen estado; lo mismo que las paredes, al tono con la pantalla de la lámpara. El baño era reducido, pero al menos no dejaba ver goteras ni manchas de humedad. Una pequeña ventana con rejas daba a un patio interior salpicado de macetones donde destacaban rosas y geranios, rodeando a una mesa de cemento recubierta con trozos de azulejos de diferentes colores que lucía en el centro. Debajo de una galería techada con mohecidas tejas españolas y apoyadas sobre columnas de hierro con capiteles corintios, una anciana se balanceaba lentamente sobre una silla de mimbre. Un gato atigrado y peludo le hacía compañía, adormilado sobre su regazo.

—¿Qué le parece? ¿Le gusta? —preguntó la propietaria con tono impaciente mientras cruzaba un brazo sobre su pecho, y con la mano derecha jugaba con el redondel del aro de su oreja izquierda.

El hombre se rascó la frente y frunció el ceño al tiempo que meneaba la cabeza.

—Gustar, lo que se dice, me gusta. Pero es un poco cara. ¿No me haría una rebaja?

—No, no puedo. Si quiere le muestro las otras con baño para compartir.

El futuro huésped pensó al respecto y finalmente se quedó con la habitación. La mujer se acercó a la ventana y comprobó que comenzaba a llover nuevamente. Luego se quejó meneando la cabeza:

—¡Con esta humedad no hay arreglos que duren!

El caballero asintió, mientras comprobaba si encendía la lámpara de la mesa de luz.

—Si quiere se lo despego del vidrio. Bah, no sé si usted es simpatizante de Los Gauchos de Boedo —le dijo señalando el escudo de San Lorenzo.

—No, no soy, pero déjelo ahí. No me molesta.