Bandeja de entrada - Escritores de miércoles - E-Book

Bandeja de entrada E-Book

Escritores de miércoles

0,0

Beschreibung

Los personajes de los relatos que integran Bandeja de entrada. Doce relatos (des)conectados se enfrentan de golpe a una revelación, en algunos casos sutil pero significativa; en otros, tremenda y desoladora, la cual establece vínculos o rupturas que nos señalan los vestigios de enlaces rotos y, sin embargo, vueltos a unir a partir de sus anhelos. A veces la muerte es la encargada de echar a andar la máquina de la memoria, ese lugar donde el pasado se inspecciona con la sabia mirada de quien se reconoce como un sobreviviente y en el que a menudo se encuentran pistas esclarecedoras. En otras ocasiones la revelación proviene del presente: la soledad, el desasosiego en las relaciones amorosas, el desarraigo social o geográfico, el cuestionamiento de la ética o el choque repentino con la vida adulta. Y es esta disyuntiva (conexión y desconexión, pertenencia y exclusión) la que opera misteriosamente en nosotros, los lectores, y nos orilla a la incesante búsqueda de la fisonomía de nuestras más profundas emociones.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 141

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



BANDEJA DE ENTRADA

Doce relatos (des)conectados

Primera edición digital, diciembre de 2023

© De las autoras y autores, 2023

© Paracaídas Soluciones Editoriales S.A.C., 2023

para su sello PSE

APV Las Margaritas, Mz. C, lote 17,

San Martín de Porres, Lima, Perú

[email protected]

www.paracaidas-se.com

+51 966 4574 07

Dirección editorial:

John Paolo Mejía Guevara

Diseño y arte de portada:

Talento Creativo

Cuidado de edición:

Escritores de miércoles

ISBN: 978-612-49287-4-1

Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, bajo ninguna forma o medio, electrónico o impreso, incluyendo fotocopiado, grabado o almacenado en algún sistema informático, sin el consentimiento por escrito de los titulares del copyright.

Como cada miércoles...

That is part of the beauty of all literature.

You discover that your longings are universal longings,

that you’re not lonely and isolated from anyone. You belong.

F. Scott Fitzgerald

¿Para qué escribimos? ¿Por qué pasamos horas frente a nuestras pantallas contando entreveradas historias que no sabemos si serán leídas? ¿Queremos realmente que las lean? Estas son algunas de las preguntas que los autores de este libro nos hemos hecho alguna vez, tanto en grupo —en las sesiones del taller cada miércoles— como en soledad frente a las testarudas páginas en blanco. ¿Para resolver algún asunto pendiente y entender mejor nuestro mundo interno? ¿Por mera diversión? ¿Para dejar un legado, una marca en el mundo? ¿Para pertenecer a una tribu?

Bandeja de entrada. Doce relatos (des)conectados es la segunda publicación que realizamos en conjunto. Borrones y cuentos nuevos (2021) marcó el inicio de nuestra aventura literaria, de la mano de Raúl Tola, periodista y escritor peruano. Él nos animó a publicar los escritos generados en los talleres que dirigió durante los dos años pandémicos. Fue en ese espacio donde nos conocimos quienes ahora nos autodenominamos «Escritores de miércoles», pues religiosamente seguimos reuniéndonos, ya sin Raúl, en ese sagrado día de la semana para continuar en el campo de batalla que es la escritura.

A diferencia de aquella primera incursión editorial, donde cada participante entregó su mejor relato sin ninguna temática en particular, en Bandeja de entrada quisimos, desde un inicio, establecer un hilo conductor que le dé unidad al conjunto de cuentos. En esa búsqueda, discutimos sobre los asuntos que nos motivaban e interesaban, hicimos sondeos de opinión y hasta consultamos con el ChatGPT para inspirarnos.

Así llegamos a la conclusión de que queríamos escribir sobre el sentido de pertenencia. Dado que muchos somos o hemos sido migrantes, tanto dentro como fuera del Perú, vimos mucho potencial en desarrollar las historias a partir de este eje central.

Como es sabido, el sentido de pertenencia es una particularidad humana y es indispensable para asegurar nuestra supervivencia como especie. Su funcionalidad requiere algunas condiciones: ser reconocidos por el resto, que nuestros logros sean valorados, que podamos expresarnos libremente, sentirnos seguros y cómodos con nosotros mismos y con nuestra comunidad, sociedad o país.

Pero, ¿qué sucede con las personas que no se sienten parte de un todo, que por una u otra razón son incapaces de conectar física y/o sentimentalmente con alguien? ¿Seríamos capaces de sobrevivir de esa manera?

Estas preguntas intentaron ser contestadas en los diversos relatos que escribimos en los últimos seis meses. Lo que descubrimos cuando empezamos a compartirlos es que ‘el sentido de pertenencia’ es un tópico muy amplio, que cada autor interpretó a su manera, apelando a sus diferentes significados y acepciones, lo que dio como resultado las variopintas historias que hoy tienes entre manos.

Bandeja de entrada. Doce relatos (des)conectados es entonces una compilación de cuentos sobre personajes que transitan sus vidas entre la conexión y la desconexión con sus seres queridos, comunidad, país o, incluso, la realidad. Personas que son funcionalmente disfuncionales (¿o disfuncionalmente funcionales?), que no se pueden (¿o no quieren?) adaptar a nuevas realidades, relaciones o situaciones en particular. Presentamos en estas páginas a hombres y mujeres que intentan pertenecer y entender un mundo a veces inhóspito, sobre todo incierto, y casi siempre injusto.

Igual que las historias pendientes de leer en la bandeja de entrada de algún correo electrónico, o en el escritorio de una oficina perdida, esta colección de relatos intenta acercar a los lectores con los miedos, anhelos, esperanzas, frustraciones y deseos de protagonistas que quieren pertenecer y dejar huella. Probablemente, los autores de esas historias estén en la misma búsqueda. Porque es a través de la escritura que somos capaces de conectar nuestros mundos interno y externo, de entender la realidad y reinterpretar nuestro pasado, con el objetivo de vivir el presente de la mejor forma posible.

Y es así que persistiremos, como cada miércoles, en la lucha por escribir para pertenecer o, si lo queremos ver de otra forma, entender que pertenecemos a una tribu de locos soñadores justamente porque escribimos.

Escritores de miércoles

Elmer Farro

Nací en Lima, en 1968. Estudié ingeniería mecánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Antes de participar en la producción colectiva de Borrones y cuentos nuevos, mi experiencia editorial se había limitado a un tratado en colaboración sobre acuicultura de tilapias. Mi vida laboral me ha dado la oportunidad de viajar intensamente, y en ese caminar entre minas, ferrocarriles, barcos y fábricas he conocido personas que me compartieron historias fascinantes, atesoradas a lo largo de sus vidas. De ellas, las que recuerdo con más aprecio son las que hablan de espíritus inconformes que asumen con naturalidad (o un estoicismo inconsciente) que vivir, en esencia, es aprender a navegar contra corriente, con compañeros de travesía muchas veces escasos o efímeros, y que los monstruos tienen la manía de emerger sin avisar en momentos de soledad. El reto es transformar esas vivencias en relatos que me ayuden a entender el mundo.

Mientras cae la lágrima

La descarga provocó que Julio perdiera el equilibrio y se desplomara sobre el suelo de madera como un oso herido. Debió bajar las llaves del tablero, pero el exceso de confianza y la prisa pudieron más. «Los ingenieros y los nadadores mueren por sobrados» era un mantra que él repetía a su equipo de electricistas en las charlas de seguridad al empezar cada día. Esta vez había escupido al cielo y ahora miraba sin ver, en pleno infarto, el rostro pálido del nieto.

Todo había ocurrido muy rápido: el pedido del pequeño Ignacio, la escalera de tres pasos ubicada en el centro de la habitación, la mano derecha desenroscando el foco quemado, y el súbito sacudón que recorrió su cuerpo hasta los pies provocando su caída. Julio quedó recostado sobre su brazo izquierdo, rodeado de autos de juguete de todos los colores.

Intenta hablar para pedirle al nieto que corra a buscar ayuda, pero sus músculos no obedecen. Su cuerpo se ha convertido en un recipiente inerte que lo contiene y aísla del exterior. Sólo le funciona la vista, que le entrega la imagen de Ignacio arrodillado frente a él, con la boca abierta como si lanzara un grito en una dimensión alterna porque el silencio se yergue omnipresente e inmutable. El del niño es un rostro trigueño, redondo, el cabello negro, rebelde, y una nariz que parece un modelo a escala de la de su abuelo. De pronto ve cómo el miedo provoca que una lágrima se empiece a formar en uno de los ojos enrojecidos del pequeño, activándose en Julio el recuerdo de un llanto solitario que había creído sepultado irreversiblemente tras medio siglo. Escenas de tiempos en los que él es el chiquillo que ve con pánico e impotencia el cuerpo inerte de un anciano.

«Dios mío, otra vez no», piensa mientras una avalancha de imágenes brota de los confines de su mente al observar cómo esa gota salina amenaza con iniciar su recorrido sobre la mejilla de Ignacio: Una finca en los límites de las montañas y la costa, un cielo azul donde era posible divisar en el horizonte el mar escondido bajo un manto de nubes, la madre alejándose para tomar un bus que la llevaría a la capital para buscar trabajo, el rostro duro, inexpresivo, de una tía Florencia que recién conocía y que velaría por él. Pero, sobre todo, el cuerpo seco del nonagenario don Andrés postrado en una cama, junto a la que unos sacos rellenos de paja y cubiertos por pieles de carnero hacían las veces de colchón para el descanso de un niño que era él, que sin llegar aún a los nueve años había recibido la obligación de alternar sus mañanas escolares con los cuidados del viejo patrón. Su madre no había encontrado otro camino: si Julio quería sobrevivir a su niñez, tenía que perderla.

No olvida las llamadas de atención de Florencia si encontraba a don Andrés con la camiseta con rastros de comida, o si las sábanas tenían manchas amarillas. Piensa también en las noches inundadas por los gemidos lastimeros del anciano que provocaban su somnolencia en la escuela. Rememora el cuerpo ligero del patrón que él era capaz de dar vuelta a pesar de su breve edad para limpiarle la espalda y las nalgas llenas de pliegues. Y sobre esa imagen se impone otra vez el pánico de Ignacio sintetizado en esa maldita lágrima que lo devuelve a la única noche de su vida que preferiría olvidar.

Recuerda que fue un viernes porque no tenía escuela al día siguiente. Florencia había ido a la ciudad y no regresaría hasta la tarde del sábado. Don Andrés duerme apaciblemente y eso le permite al pequeño Julio apagar la lámpara de kerosene antes de las doce. Ya está acostumbrado a la irregularidad de su colchón improvisado y se queda dormido, abrigado por una manta que —asume— le sobra al patrón. Es mediados de mayo y las noches ya son frescas. A eso de las dos de la mañana un sonido que no le es familiar lo despierta. Es don Andrés que trata de respirar por la boca como si estuviera ahogándose, emitiendo ruidos guturales de desesperación. Julio se levanta, enciende la lámpara y se acerca a la cama donde yace el anciano. Encuentra un semblante espectral con la boca abierta y las mejillas hundidas que parece mirarlo, extendiendo los brazos huesudos hacia él, provocando que el niño retroceda un par de pasos. Entre los gemidos cree distinguir un pedido de ayuda, pero no hay nadie más en la casa y se queda paralizado, impotente, asustado porque jamás había visto el rostro de la muerte. Son minutos en los que no atina más que a llorar mientras observa cómo los brazos del patrón caen rendidos.

Transcurren los minutos y los estertores del anciano se comienzan a diluir en el silencio. Julio, aún con las piernas temblorosas, observa dubitativo desde cierta distancia, hasta que finalmente se anima a acercar la cabeza al pecho aún caliente de don Andrés. No distingue ningún latido. Lo llama por su nombre, pero solo regresa el sonido de su propia respiración. Poco a poco toma conciencia de que está frente a un cadáver y teme que esto haya ocurrido por culpa suya.

Desde el fondo de su agónico aislamiento, la memoria de Julio recupera imágenes del niño que sale a un patio y que llora arrodillado sobre un piso frío de lajas. El breve resplandor de una fracción de la luna permite distinguir la intimidante silueta fantasmal de los árboles que acentúan el vacío que siente en el estómago. Es una noche sin consuelo en la que no puede dejar de pensar en los golpes que había recibido de su madre al perder una oveja mientras él las llevaba a pastar en una colina cubierta de ichu. ¿Cuál sería el castigo que recibiría entonces por la muerte de don Andrés?

Se respira mejor en ese lugar abierto, lo que ayuda a aplacar su llanto, pero el rocío de la madrugada se suma al miedo que aún persiste y Julio siente un intenso frío que lo obliga a buscar abrigo. Entonces regresa al cuarto, toma la manta, se la pone sobre la espalda y se dispone a salir nuevamente al patio. Dirige su mirada hacia la cama y contempla el cadáver del anciano. Está casi en posición fetal, con los brazos doblados hacia arriba protegiéndose de algo. Tiene la boca abierta como si hubiera muerto emitiendo un grito. Lleva la bata blanca de algodón con la que Julio lo había vestido aquella tarde y que no puede ocultar las huesudas piernas del hombre, inútiles desde hacía varios meses. Como un acto reflejo cubre el cuerpo con una sábana y las dos colchas con las que lo había arropado antes de apagar la luz y se pregunta si la manta que lleva sobre sus hombros lo hubiera mantenido con vida.

Ese último pensamiento termina de dar certezas al sentimiento de culpa que inunda el ánimo de Julio. La palabra asesino no aparece porque aún la ignora, pero, para él, don Andrés aún estaría vivo si no hubiera caído en la tentación de abrigarse mejor con una de sus mantas. Serán horas donde el miedo natural que un niño podría sentir ante la muerte se sumará al temor de haber fallado en una responsabilidad adulta que lo hacía merecedor a un castigo en lugar del consuelo.

Horas después, cuando Florencia regresa y contempla el velorio improvisado, Julio intenta explicar que el anciano dejó de respirar cuando él dormía. «Algo malo habrás hecho, pues», sentenció la mujer, en medio de un lamento extemporáneo, mientras observaba al niño con una mirada cargada de odio. Al día siguiente, Julio sería enviado con su madre, como quien expulsa a un peón caído en desgracia.

En los años posteriores, la muerte de don Andrés habría de provocar en el pequeño Julio innumerables noches de desasosiego, despertándose tembloroso, asustado, con la imagen del patrón reclamándole por la manta arrebatada, sintiéndose humillado y despreciado por una mujer convencida de que, de alguna manera, él tenía parte de la culpa, si no toda.

Nadie está preparado para ver la muerte cara a cara. Julio sabe que, si muere, le esperan a Ignacio años de remordimientos injustos por tan solo haber pedido a su abuelo que cambie una bombilla. Por eso ve con desesperación que la lágrima ha iniciado su camino por la tersa mejilla del niño y que aparecen otras como un dique que empieza a ceder. Trata de mantenerse vivo, pero no depende de él. Sigue catatónico y comienza a sentir que, mientras cae la lágrima, se le apaga la conciencia, maldiciendo ser la próxima pesadilla de su nieto que lo sigue mirando con pánico e impotencia. De pronto ve que una sombra se aproxima, toma al pequeño de un brazo y se lo lleva, luego otras siluetas giran su cuerpo inerte y queda con la mirada hacia el techo, apuntando al agujero roscado donde había empezado todo. Sabe que lo tratan de reanimar y su último hálito de conciencia lo dedica a la esperanza de que no sea demasiado tarde.

Emma Martínez

Nací en Lima, Perú, en 1953, en el seno de una familia policial. Empecé a escribir cuando ya había superado la sexta década de vida, gracias al taller de literatura que comparto con el grupo de autores del presente libro. Es así que, con mis tres hijos como sponsors, autopubliqué en 2021 mi primer libro Cuentos a cuenta, un resumen de relatos, algunos de los cuales están escritos en inglés porque nacieron como resultado de mi participación en el curso Writing for children and teens del ICL, en Connecticut. Además de ser ciudadana del mundo, profesora de inglés, madre y abuela, ahora pertenezco al universo literario y allí quiero seguir mientras tenga algo que contar. En mi tiempo libre disfruto leer a otros autores, acompañada de una taza de café peruano en uno de los 268 coffee mugs —jarritos de café— de mi colección.

La nueva arca

—Es indispensable que desarrollemos un banco de genes con todas las especies que pueblan nuestro planeta —dijo la doctora Hunter, encargada del área de propagación del Centro Interamericano de los Tubérculos Andinos—. Las constantes amenazas a la estabilidad del planeta como resultado del calentamiento global, el mal uso de los recursos, la excesiva contaminación, los movimientos sísmicos y la actividad volcánica —y acaso una nueva guerra mundial— probablemente nos lleven a un segundo diluvio o a algún tipo de destrucción masiva en el corto plazo.

—Creo que todos estamos de acuerdo en eso —intervino la representante del Centro Español de Estudios Veterinarios.

—Lo que falta decidir es de qué especies y de qué lugares tomaremos el ADN —dijo el médico principal del Hospital de Primeros Auxilios del DC.

La reunión se desarrollaba en la sala del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas y las discusiones, esta vez, no giraban en torno a los problemas políticos internacionales ni al bienestar de los países de escasos recursos.