Barco de los sabios - C. Agraz - E-Book

Barco de los sabios E-Book

C. Agraz

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Beschreibung

En el año 2521, la vida me recompensó una espera de cuarenta años. Una noche como tantas otras, mi pluma negra volvió a volar. Supe entonces que el Oráculo del Sur estaba vivo. Desde ese día aguardé, atento e insomne, pues sabía que fuerzas poderosas se habían puesto en marcha. La segunda entrega de la trilogía Las voces de Árgila continúa la historia de la primera parte, La Catedral de los Magos. Después de la terrible batalla en Catedral, los rebeldes emprenden una huida desesperada hacia las montañas. La guerra amenaza con cercarlos. Una ayuda inesperada los guiará hacia su destino, pero también los obligará a tomar decisiones dolorosas que pondrán a prueba su amistad. Mientras tanto, en la antigua ciudad de Barco, Gilbert, Gyz y Dimitri exploran los misterios de los Sabios. El tiempo apremia: Kailos, el Gran Mago de Catedral, ha comenzado su conquista definitiva. Con la magia y la guerra de su lado, nadie parece capaz de oponérsele. El cariño que los amigos se guardan y el valor que puedan reunir son sus mejores armas. La historia se mueve desde las cumbres más altas hasta los mares más salvajes de Árgila. Conoceremos finalmente al Tempestad, el barco legendario que acompaña los sueños de los oráculos, y a su capitán. El reino de Esteparia crece junto con Erio, su príncipe niño. Pero todo en este mundo está amenazado por la misteriosa Niebla, la corrupción del poder y las viejas intrigas. ¿Podrán los protagonistas encontrar su camino en semejantes laberintos? Y, si lo logran, ¿a qué precio será?

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Seitenzahl: 602

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: María Paula Argañaraz.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Argañaraz, Cecilia Magdalena

Barco de los sabios / Cecilia Magdalena Argañaraz. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

436 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-074-0

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Argañaraz, Cecilia Magdalena

© 2024. Tinta Libre Ediciones

A Aura, la verdadera,

por su valor en las tormentas que le tocaron.

Barco de los Sabios

Escribo con prisa, como nunca antes había escrito. Me apremian la edad y la fuerza de los acontecimientos.

Fui lingüista. Las lenguas humanas cambian con lentitud, como todas las cosas que han existido desde siempre. Jamás temí que algo desapareciera antes de poder asirlo, con las manos o con la memoria.

Ahora, sin embargo, escribo crónicas. Por fuerza de las circunstancias y la costumbre, necesito dejar algún registro de los hechos. Por amor y por amistad, intento que esos hechos estén vivos y lleguen a quien necesite conocerlos.

En el año 2521 d. C., la vida me recompensó una espera de cuarenta años. Una noche como tantas otras, mi pluma negra volvió a volar. Supe entonces que el Oráculo del Sur estaba vivo. Que me recordaba y, quizás, aún me amaba. La pluma danzó hasta el amanecer y yo le hablé con palabras dulces, pero luego quedó inerte una vez más. Desde ese día aguardé, atento e insomne, pues sabía que fuerzas poderosas se habían puesto en marcha.

Una estación más tarde, el viento del oeste trajo a cuatro personas a las puertas de Barco: tres eran magos; uno era niño. Todos tienen más de un nombre, elijo aquí el que prefirieron: Amairi es maga y tejedora, Icari y mujer. Kedhra, maga y Oráculo, hermana y discípula. Gyz, mensajero y pescador, aprendiz de lo que quisiera enseñársele y amigo de los Oráculos. Dimitri ha sido mago, traidor, asesino y amante. En qué puedan llegar a convertirse es difícil de decir, pues ninguno cuenta todavía veinte inviernos.

Con los cuatro estoy eternamente en deuda, pues me trajeron noticias del hombre que amo. Gracias a ellos supe qué había sido de aquel llamado Uvlákir, el Cuervo, tomado prisionero por el líder de los Magos de Catedral mucho tiempo atrás. Había intentado escapar y fracasado, pero su existencia era ahora conocida. Y yo que lo pensé convertido en pájaro, volando para siempre lejos de los humanos… cruel destino una prisión para él, más que para cualquier otro.

La maga de ojos grises que llamé Kedhra soñaba como Oráculo y buscaba a sus hermanos para iniciarse. La Tejedora los esperaba en las montañas del oeste, el Cuervo, en su prisión de hielo. Del Oráculo del Norte sé poco y diré menos, pues es cosa peligrosa hablar de lo que se ignora.

La Oráculo del Oeste, ya siendo momia, recibió a los viajeros y les hizo regalos poderosos. Luego, las dos magas cabalgaron al sur, veloces más allá de lo posible. Dimitri, en cambio, volvió a mi casa a tiempo para salvarnos la vida, a mí y al joven Gyz. Somos tres ahora, los amigos de los Oráculos. Nos espera una dura tarea: mientras ellos recorren los caminos de la magia, nosotros seremos su escudo. Qué podrán un viejo, un niño y un mago demediado contra esas grandes fuerzas, no lo sé. Pero los huesos de Barco son antiguos y tienen su propio poder. Yo, que nací aquí, confío en ellos.

¿En qué confiarán los magos? El acero de su líder atravesó el corazón de una niña inocente.

Por proteger a Kedhra murió Enkili. Por liberar a Uvlákir, murió Enkili. Por simple bondad, murió Enkili.

Dicen quienes han viajado al sur que en los bosques del Anillo se escucha todavía el lamento que le cantaron sus amigas. Que la tumba está cubierta de flores blancas y que solo la encuentran los puros de corazón.

Nos esperan muchas batallas. La peor, quizás, sea la que debemos librar contra la amargura.

Gilbert Thigg

Ex Sabio 13º y Primer Lingüista de la Biblioteca

En la ciudad de Barco, año 1043 después de la Caída

Índice

Parte III

Los Oráculos errantes

Tres regalos 17

Las cartas 38

El Oráculo del Sur 41

Las herramientas de la magia 48

El precio de la palabra 54

El oficio de recordar 60

Los desvalidos 77

Noticias 82

El carruaje 88

Entrevista 94

La mujer de ojos dorados 104

La cabaña en el río 110

Leonora Thigg 115

Larga vida 125

Ipalé 139

Emboscadas 149

La comitiva 153

La celda 158

Gabriel 163

Sombras 167

El segundo duelo 173

El juicio 178

Los Siete de Barco 189

La carrera 198

La tierra de los caminos 204

Parte IV

Los hilos de la guerra

Raura 217

Aura 226

Los hijos de la montaña 231

Un lugar seguro 238

La hermana perdida 247

Despedidas 253

El funeral 259

Volontas poppoli 264

Augurios 277

El cazador de pájaros 283

Rodillas blancas 291

La niebla 297

Rin 305

El Gran Mago 314

Un propósito 319

La tormenta 334

Alianzas 341

El Constructor 351

Las Voces 356

La huida 360

Seis truenos 368

Fuerte Soledad 377

Izoqlán 382

La voluntad de los hombres 389

La casa antigua 396

La última pluma 412

Profecías 417

El reencuentro 424

Parte III

Los Oráculos errantes

Tres regalos

Habían cabalgado tres días, en pequeñas etapas, por un bosque que no dejaba de susurrar su lamento de muerte. Fi sentía cómo la tristeza le penetraba junto con el frío húmedo de la llovizna. Ya que no podía escapar de ninguna de las dos cosas, decidió buscar fuerzas recordando por qué estaba allí.

“Bueno, antes que nada, porque la Orden de los Magos está gobernada por un idiota que resulta ser también un asesino”. Como siempre, lo primero en ella era la ira.

Kailos le había desagradado desde el primer día. Ella era una niña, él ya un viejo. Los dos habían matado, la diferencia es que ella lo había hecho sin querer, como todos los niños magos. Frente a la negrura helada de los ojos del líder de Catedral, Fi había retrocedido instintivamente.

Así conoció a Alatea, la herbolaria, maestra de la mayor parte de la gente que habitaba Catedral. Alatea enseñaba lo que casi cualquiera podía aprender de la magia. A ella le había dado un poco más. Aun así, Fi no podía evitar que una pequeña parte de ella se preguntara qué habría pasado si hubiera tenido el valor de pelear aquel día. Quizás, Kedhra no se hubiera enfrentado sola a Kailos. Quizás, no la hubieran derrotado y quizás, la niña Enkili no estaría muerta.

Su trabajo había sido rescatar al prisionero de Kailos. Miró al hombre inconsciente que cargaba en brazos. Era idéntico al Gran Mago, y al mismo tiempo resultaba difícil creer que fueran hermanos. Kailos tenía el cabello casi totalmente blanco, Uvlákir alternaba entre el negro y el gris. Las arrugas de Kailos eran líneas sutiles en un rostro siempre ecuánime; Uvlákir parecía desgastado como una prenda demasiado usada. Ambos eran delgados, pero si el Gran Mago podía pasar por atlético, su hermano era liviano como una pluma. Sin embargo, el prisionero era un hombre de contextura poderosa: se le notaba en los huesos, en las manos, y tenía esa extraña piel matizada de muchos tonos que era típica de los metamorfos.

Cuando pensó en eso, Fi giró automáticamente la cabeza hacia Kedhra, buscando las mismas marcas en el rostro de su amiga. Pero lo que encontró fue la mirada vacía y el rictus de dolor de quien acaba de ver a la muerte, verla realmente, por primera vez.

“No es solo eso” se dijo. “Conozco esa mirada, hermanita, la llevo en un rincón de los ojos desde que soy niña. Fuiste la causa de su muerte, aunque no blandiste la espada. ¿Vas a perdonarte?”.

Después de la segunda noche, Kedhra solo salía de su apatía para cuidar de Uvlákir con toda dedicación. Fi entendía: velar por otra persona es una de esas cosas que permiten mantenerse vivo, funcionar de algún modo aunque el dolor nos consuma. Ella misma se había aprovechado de la idea más de una vez. Pero su amiga no le hablaba, ni con palabras ni sin ellas, y Fi comenzaba a sentirse terriblemente sola.

Se detuvieron de nuevo. El suelo era blando, irregular y cubierto de raíces, los caballos avanzaban con lentitud y se cansaban rápido, además, Kedhra parecía percibir cosas que a Fi se le escapaban respecto del prisionero: cada tanto sentía la suave vibración de la magia de su amiga despertando y era consciente de que estaba intentando hablar con él.

Era difícil decir cuánto quedaba del viejo. Fi solo estaba segura de que había algo. Ira, sin duda, pero no una sed de venganza ciega, sino más bien la voluntad de escapar de una bestia enjaulada. El mago se resistía a desaparecer sin dar batalla. “Quiere volar otra vez” pensó, rozando con su mente la conciencia casi inasible del otro.

Al mismo tiempo, Kedhra descabalgó, se acercó al caballo de Fi, tomó a Uvlákir en sus brazos y lo llevó hasta un árbol enorme, a cierta distancia. Lo acomodó entre las raíces y se arrodilló junto a él. Al igual que los últimos dos días, comenzó a hablar sin palabras.

—Vuelve, te necesito.

Lo que llegó a ella era apenas el llanto de una criatura perdida. Lo llamó de nuevo pacientemente, usó los dos nombres que le conocía, le habló de su historia y de la urgencia que lo mantenía vivo.

—Vuelve, Uvlákir.

—No puedo, desaparezco…. Canta de nuevo, por favor.

—Escucha con cuidado: el bosque sigue cantando. ¿Lo sientes?

—Como un murmullo.

—Aférrate a él como te aferrabas a los hilos de la Tejedora, ¿la recuerdas?

—La recuerdo, era hermosa.

—Ahora duerme con sus hermanas. Ya no es hermosa, sino momia, pero nos espera. No podemos fallarle. Vamos, aférrate al canto.

—Estoy cansado, no puedo pelear, Lavna.

—Me llamo Kedhra. Te devolví tu pluma, aún la tienes.

—Eras el halcón.

—Y tú el Cuervo. No tienes que pelear, solo quédate, te ayudaré.

Dijo lo último sin pensar, pero debía intentarlo. Recordó cómo la Tejedora la había guiado a ella entre los sueños que amenazaban con ahogarla. Tomó un hilo que aún llevaba en los bolsillos. Nunca había intentado lo que iba a hacer: recogió su propia memoria y la mezcló en las fibras de lana blanca. El cordel vibró y la magia de la joven comenzó a fluir a través de él, sin dirección todavía. Lo sujetó de un extremo y colocó el otro entre los dedos inertes del mago.

Una pizca de magia que no le pertenecía se aferró al cordel. Kedhra la acarició con infinita gentileza, ayudándola a crecer, a beber de la sustancia que le estaba ofreciendo.

—Este hilo te conoce —dijo.

—Gyz…

—Bien, tienes memoria. ¿Sabes a dónde está Gyz?

—Al norte. Le pedí que fuera al norte.

—Llegó a Barco y más allá. Nos condujo hasta Gilbert. ¿Lo recuerdas a él?

—Siempre.

—Toma el hilo entonces, síguelo hasta ellos.

—Los veo… uno arde, el otro envejece.

—Pero viven.

—Viven.

—¿Escuchas mejor ahora?

—Sí. Y huelo las hojas. Y siento tu dolor.

—Déjalo, es mío.

—Préstamelo también.

—¿Por qué?

—Es puro y nuevo, me dará vida.

—No te lo lleves, lo quiero conmigo.

—Nadie puede llevarse eso. Préstamelo.

Kedhra le tendió la mano izquierda, la más cercana al corazón, y dejó que toda la pena, el desgarro y la culpa que la llenaban fluyeran hacia el mago. Durante un rato nada ocurrió, pero entonces una única lágrima se deslizó por la mejilla de Uvlákir. El hombre abrió los ojos con lentitud y dijo en voz queda:

—Gracias.

Había vuelto, pero quedaba poco de él. Kedhra se preguntó qué podría ofrecerle. La Tejedora le había enseñado a escapar de los sueños, a navegar en ellos y (ahora lo sabía) a ayudar a otros a hacer lo mismo. También le había regalado un tejido inconcluso.

Lo sacó una vez más y lo observó. El borde inferior, el único completo, era azul. De la base surgían cuatro hilos: dos azules, uno castaño y uno gris. Uno de los hilos azules se entrelazaba luego con uno blanco, venido desde arriba. A ese seguían de cerca otros dos, anaranjado y acero. “Ahí estamos” pensó ella “Anuj e Ilcea como las aguas del Pairí; Aura y yo, azul agua y de magia; Kailos, blanco e impoluto, Fi besada por el fuego, Dimitri del color del hierro”.

Se entrelazaban en un dibujo geométrico junto a otros muchos hilos más finos, grises, rojos, dorados y pardos, azules o blancos que formaban sus propios diseños en segundo plano. El patrón principal incluía luego un hilo negro y uno verde, que se anudaban con el blanco en una esquina. El hilo negro era extraño: comenzaba grueso, pero sus filamentos iban entrelazándose con diferentes partes del diseño hasta que en algún momento el principal se dividía en dos, luego una de las mitades se ovillaba sobre sí misma en un punto del diseño mientras la otra seguía su camino, trenzándose e incluso recuperando algunos de sus filamentos perdidos solo para extraviarlos de nuevo. “Ahí están ellos: Alatea del color del musgo, Uvlákir hecho y deshecho”.

Un pensamiento angustiante la llevó de vuelta a su propio hilo. Comprobó con alivio que mantenía siempre el mismo grosor, pero no pudo evitar un acceso de culpa: junto al suyo, un finísimo hilo dorado se extinguía en un nudo entre el blanco y el azul.

Sintió los pasos casi imperceptibles de Fi acercándose. Por un momento tuvo el impulso de ocultar el tejido: no quería compartir sus pensamientos con ella. De hecho, no quería compartir nada. No sabía por qué, pero una ira silenciosa había nacido en su interior y sentía que si hablaba con su amiga la desataría. No quería hacer eso, Fi no se lo merecía.

Sin embargo, ya estaba ahí y miraba con curiosidad.

—Te lo dio la Tejedora, ¿verdad?

Kedhra asintió.

—Podrías hablarme, ¿sabes?

Ella no respondió inmediatamente, pero el silencio era insostenible.

—No quiero, Fi. Perdóname, pero no quiero hablar.

—Vamos, hace tres días que lo único que escucho es el lamento del bosque. Además, hablaste con él.

Fi señaló la figura dormida de Uvlákir. Cuando volvió a fijar los ojos en su amiga vio la cólera asomar a su rostro.

—Hablé con él para traerlo de vuelta al mundo de los vivos. No viniste a ayudar, por cierto.

Una oleada de indignación recorrió el cuerpo de Fi ante esa acusación. “No es ella misma”, se dijo, intentando controlarse.

—No quería interrumpirlos, tú percibes más de lo que le ocurre…

—Y en cuanto al bosque —siguió Kedhra sin poder detenerse—. Lamento que mi pequeño homenaje te moleste a los oídos. Me imagino que cuando prácticamente me obligaste a cantarle no esperabas eso…

—Kedhra, basta.

—¿Basta? Ojalá el universo entero estuviera de acuerdo contigo. Basta —se rio sin alegría —. Basta, que se detenga, que no haya nada que hacer, nadie a quien llorar, nadie contra quien luchar, ninguna buena causa para moverse. Basta y me iré en un barco lo más lejos que pueda, al Mar Perdido, donde no haya nadie para decirme que debo hacer alguna cosa ni recordarme que la maté.

La voz de Kedhra se quebró al final y Fi aprovechó para hablar.

—No la mataste, deja de decirte eso. ¿Fue acaso tu espada la que…

—Eso no importa.

—Importa.

—NO FI. No importa. Lo que importa es que nunca pensé en ella, ni en Kiril ni en nadie más cuando planeamos todo esto. Fue mi promesa liberar a Uvlákir, fue mi responsabilidad pelear contra Kailos…

—Y fue mi culpa que media torre se derrumbara sobre sus cabezas y que salir me tomara demasiado tiempo como para poder ayudarte. Tampoco pensé que los niños serían tan idiotas como para acercarse en medio de un duelo entre ustedes dos. No sabes…

Fue el turno de Fi de callar y estremecerse. La escena había sido espantosa. Ella no amaba Catedral como Kedhra o Dimitri. La guarida de los magos siempre le había parecido una prisión, hermosa y necesaria, pero prisión al fin. El símbolo de un destino que nunca había elegido.

Pese a ello, cuando logró salir del desastre que ella misma había provocado tuvo tiempo para conmoverse ante la destrucción: la Torre del Hechicero, la más hermosa de las antiguas estructuras, había colapsado sobre sí misma. En su lugar se abría un enorme boquete cuyo fondo desaparecía en el hielo. La gran estructura, al caer, había arruinado patios, muros y casas. El Patio de la Fuente había desaparecido y el agua helada corría entre los escombros. Pero lo horroroso no era nada de eso, sino el duelo sangriento y veloz que se desarrollaba entre los dos magos. Los rayos salían disparados en todas direcciones, la piedra misma parecía apartarse del camino de Kedhra y Kailos. Ella volaba, pero él desplazaba la materia a su paso, sin preocuparse por a dónde iba a parar. Fi, con Uvlákir en brazos, había hecho todo lo posible por desaparecer. No supo el desenlace de la batalla hasta después. Entonces recordó algo que le devolvió las ganas de conversar

—Vi a los demás, Jigra intentó detenerme, de hecho —una sonrisa malévola bailó por un segundo en el rostro de Fi, pero la mirada de su amiga le indicó que su intento de llevar la conversación al terreno del humor no sería bien recibido. Suspiró.

—El punto es, Kedhra, que a nadie se le hubiera ocurrido interferir… ¡o asomar las narices, de hecho! Imagínate, el pobre Gadaal estaba al borde de romperse por su propio juramento: no podía acercarse sin arriesgar el pescuezo y no podía ayudar con el derrumbe desde donde estaba, aun así, no se movió, era suicida. Los dos niños podrían haber muerto por casualidad, incluso si Enkili no…

—Por favor, no hablemos más. No me importa, Fi. No me importa lo que hicieron los demás. No hicieron nada, nunca. Vieron la crueldad y no hicieron nada. Que se pudran, por indiferentes, por complacientes o por crueles. Que desaparezcan, es todo lo que deseo.

—¿También yo?

— Solo déjame.

“También yo, entonces”. Fi no se consideraba una persona sensible, pero algo se estaba quebrando rápidamente en su interior. Discutir era en vano, guardar silencio era irreversible.

—¿Puedo ver eso al menos?—dijo.

Kedhra le extendió el tejido y se tomó la cabeza entre las manos. Había estado más calmada antes de hablar con Fi, pero ahora quería gritar, estallar en mil pedazos como los niños magos. Llevarse al bosque con ella. Pensó en transformarse y salir volando, pero no, no se lo merecía: no merecía el alivio del vuelo ni de la forma animal. Se levantó de un salto y se alejó de Fi casi corriendo. No fue muy lejos, solo lo suficiente como para perderla de vista entre los árboles.

—Nadie debería privarse de volar.

El pensamiento le llegó débil pero claro. Se detuvo, sorprendida.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo siento. Siento ese deseo en todas las criaturas. Es muy poderoso en tu caballo gris.

—Se llama Galfi.

—Es bueno saberlo, me lo pregunté muchas veces. Un bello nombre.

—Te lo dije… hace un tiempo.

Kedhra se detuvo. Había olvidado que Uvlákir había usado a Galfi para escapar de Kailos… y que lo había dejado atrás. Que ella había soñado con su caballo gris, muerto, para luego encontrarlo todavía con vida. Súbitamente la asaltó el deseo terrible de que la muerte de Enkili fuera también un sueño. No cortó el enlace entre sus mentes, pero tampoco formuló palabras. Había una pregunta imposible en su corazón.

—Quieres saber si se detendrá. Si debería detenerse.

—Sí.

—El dolor es como ese regalo que tenías en las manos: hay que hacer algo con él. Si lo dejas intacto te destruirá o te abandonará, y no creo que quieras ninguna de las dos cosas.

—No. ¿Qué debo hacer?

—No soy quién para decírtelo, pero lo que hiciste con el bosque puede ser un buen inicio.

Kedhra escuchó a los árboles repitiendo el eco tenue de la canción que habían compuesto para Enkili. El murmullo eterno del bosque era tan antinatural como la muerte de la niña, pero la melodía era dulce, como ella había sido. La maga sabía que Uvlákir tenía razón, y sin embargo eso no bastaba.

—Una parte del mundo recordará, pero, ¿qué hago conmigo?

—¿Puedo pedirte algo?

—¿De qué se trata?

—Cuéntame sobre ella, sobre la niña maga.

—Enkili —respondió Kedhra automáticamente.

—Nombre de nómade.

—Ellos la trajeron, pero tenía cabellos dorados y piel como nieve. La encontraron cerca del mar, en un puerto desierto. La nombraron y la llevaron a Catedral. Era callada… muy callada, pero apenas llegó se ganó el cariño de dos eruditos…

Kedhra se interrumpió de repente. Los rostros de Alexei y Dríma aparecieron ante sus ojos, llenos de horror, acusadores, destruidos por la pérdida. Pensar en ellos se le volvió insoportable. Lloró de nuevo, cubriéndose la cara aunque nadie la viera, con una vergüenza infinita, corrosiva.

—Háblame de ellos, dime sus nombres. ¿Eran Sabios?

—No, no… Lo fueron, pero preferían llamarse inventores. Dríma y Alexei decían que para ser Sabio había que ser respetable, o al menos parecerlo, que les dejaban ese trabajo a otros. Eran hermanos, Dríma algo mayor. Vivían en uno de los laboratorios de la biblioteca, ¿los recuerdas?

Siguió hablando casi sin darse cuenta, casi sin articular las palabras. Comenzó a transmitirle a su silencioso interlocutor no solo un relato sino también imágenes, sonidos, olores. Narrando la historia de Enkili narró Catedral. Llorando a Enkili lloró la pérdida de su propia vida, pero no lo comprendió hasta mucho después. En ese momento solo supo que recordar algo de la niña que no fuera su horrible muerte era un bálsamo. En lugar de la escena final, que la perseguía incluso con los ojos abiertos, ahora aparecían en su mente su sonrisa, sus gestos suaves y apresurados, las mañanas en el laboratorio, la última charla en su pulcra y silenciosa habitación.

—Ella me ayudó, nos ayudó: cuando tuve que partir, encontró los libros que tú habías leído, que Kailos ocultó y borró. Luchó contra la biblioteca con paciencia de Sabia, encontró un resquicio en el razonamiento del mismo Kailos y consiguió los nombres que necesitaba… apenas pude agradecerle.

—Entonces ella ya había comenzado su batalla, mucho antes del final.

—La incité, Uvlákir. Fui el inicio de todo eso…

—Eligió serte leal.

—¡No tenía por qué!

—No. Exactamente ese es el punto de la lealtad. Dime más. Dime qué descubrió Enkili, qué le fue ocultado. Honra su trabajo con una buena historia, no te distraigas llorando.

Kedhra obedeció. Domó su mente y se obligó a seguir. Ella también sería leal a su amiga, Uvlákir tenía razón: debía hacer algo con ese dolor, muchas cosas, si quería homenajearla. No se detuvo de nuevo en el relato hasta terminar de describir cada detalle de lo que Enkili había hecho para ella y las consecuencias que esos hallazgos habían tenido en Barco. Habló por horas, se sentó sin darse cuenta, completamente concentrada, insensible a la sempiterna lluvia de primavera. De Enkili pasó a Decibelius, de Decibelius a Gilbert, y aunque su paciente interlocutor no dijo nada, sintió la obligación de contarle todo acerca de él.

—Te quiere… como nunca vi a nadie querer.

Hubo un ligero cambio en la mente de Uvlákir luego de esas palabras. No respondió, pero Kedhra supo (y Fi vio) cómo el hombre sentado bajo el árbol se cubría el rostro igual que ella, con vergüenza.

Siguió hablando sin decirle nada. Quería contar el final, tenía la sensación de que si lo lograba derrotaría algo.

—Cabalgamos al sur, a través de los Reinos arrasados por las levas. Llevé volando a Fi hasta la naciente del arroyo por el que escapaste y entramos. Me hice pequeña, del tamaño de un gorrión, ella también tuvo que encogerse, casi se ahoga, pero llegamos. Creíamos haber ocultado bien nuestra presencia, la dejé allí y salí de nuevo, esta vez como rata y como halcón. Llegué a las puertas en escasos minutos, pero nada fue suficiente. Kailos sabía lo que estábamos haciendo y aun así estaba tan seguro de sí, tan seguro de que aceptaría sus términos, que me dejó hablar todo lo que quise, hasta que el sello comenzó a temblar. Peleamos… una grieta se abrió bajo nosotros cuando Fi te liberó, el caos era impresionante, no recuerdo exactamente qué ocurrió después, pero en algún momento me llamaron por mi nombre: Kiril primero, Enkili después. Perdí la batalla contra el juramento, comenzó a aplastarme, no podía aferrarme a mi otro nombre con ellos allí, llamándome. Entonces…

—Entonces apareció el tercer nombre, la otra magia.

—Sí. ¿Te sucedió también?

—Sí. Nos pasa a todos, no siempre en batalla. En algún momento, tu humanidad individual resulta tan insuficiente que la Magia Profunda emerge y habla con su propia voz.

—¿Cuándo te pasó a ti?

—No te incumbe.

La oleada de rechazo que acompañó esa frase fue tan fuerte que por un momento Kedhra sintió la necesidad de defenderse. La sensación desapareció casi al instante.

—Perdona, te interrumpí. Continúa por favor.

Con un acceso de náuseas, tomó valor para narrar lo que quedaba.

—Entonces me ató. Comenzó a sellarme, como a ti. No pude luchar esta vez, entendí que hasta el momento en que le revelé que era el Oráculo se había estado conteniendo, que había podido hacerle frente solo porque contaba con su piedad… No sé cuánto tiempo pasó, perdí toda noción, no sé si Enkili tardó horas o minutos en decidirse, pero en algún momento atacó a Kailos. Debe haber estado muy concentrado, porque lo golpeó de lleno, con fuego. Me soltó, pero no reaccioné a tiempo; lo escuché desenvainar, lo escuché y ni siquiera entonces tuve la entereza para levantarme. La atravesó con la espada. Tuvo que ocurrir eso para que me moviera, para que lo hiciera retroceder. La tomé y volé lejos, pero no pude curarla. Se desangró antes de sanar, aguantó por horas. Me dijo que volar era hermoso, que me quería, que no llorara. No pude hacer nada.

A medida que se acercaba al final, la mente de Kedhra había dejado de evocar colores, olores y sonidos. Solo usó palabras, o le hubiera arrojado a Uvlákir una oleada de emociones desordenadas. Pero cuando llegó a ese momento no pudo evitar que la última imagen de la niña apareciera con toda nitidez: parecía dormida entre sus brazos, pero tenía el manto rojo y los miembros fríos, el olor del bosque se mezclaba con el de la sangre y solo el temblor de sus propias manos delataba vida. Se obligó a desprenderse de ese recuerdo y terminar realmente el relato. Ya sin palabras, viajó con el pensamiento a la tumba llena de flores y allí se quedó.

—Tu historia es hermosa; me devuelve a la vida, aunque termine con una muerte. Tu amiga fue noble de principio a fin. No te diré que no la llores, pero merece ser recordada con amor y respeto: no dejes que el dolor le quite sentido a su lealtad, a su cariño, aunque no creas merecerlos.

—Lo haré, tienes razón, al menos eso debo honrar. Gracias por escuchar… y por pedirme su historia.

—Considéralo un regalo.

Cuando Uvlákir pronunció estas palabras, Kedhra sintió que algo cambiaba sutilmente entre ellos.

—Suman tres: un pájaro de cinco dedos, una historia verdadera y un camino a través del dolor.

No era exactamente ella quien hablaba. El sonido del agua la invadió de nuevo, pero esta vez sabía que él también podía oírlo.

—Suman tres —respondió una voz que tampoco era solo la de Uvlákir—: la pluma, el rescate y el relato que me trajo de vuelta.

—La forma, la libertad y la memoria. Bienvenido, hermano.

—La forma, la memoria y la libertad. Bienvenida, hermana.

Repentinamente, una única ráfaga de viento huracanado les arrojó la lluvia contra el rostro. En el campamento, Fi vio cómo Uvlákir levantaba la cabeza, recibiéndolo. Se reía muy despacio, casi en silencio. El viento duró un momento, pero la risa queda del mago se alargó durante varios minutos. Fi se quedó inmóvil, observando sin comprender, hasta que la silueta de Kedhra volvió a asomar entre los árboles.

Los dos Oráculos se sonrieron, intercambiando pensamientos silenciosos entre ellos.

—¿Acaso estás completo?

—No, pero me devolviste algo. Una parte mía de la que Kailos no puede apropiarse, porque no la tenía hasta este momento: el regalo del Oráculo del Este.

—¿Dónde está el resto de ti?

—Un poco aquí, lo menos. La mayor parte, amputado en el glaciar.

—Aun así, sonreímos.

—Ambos estamos más vivos que ayer.

—Voy a explicárselo a Fi, le debo una disculpa.

Era noche cerrada. Habían pasado muchas horas en el mismo sitio y debían moverse, pero Fi necesitaba entender qué había pasado. Kedhra se volvió hacia su amiga. Al revés que siempre, se miraron primero: las dos estaban cansadas más allá del cansancio y tristes más allá de la tristeza. Fi, sin embargo, se sabía más entera y fue la primera en abrir los brazos. Kedhra la estrechó suavemente, buscando refugio entre los cabellos de su amiga. Sin desprenderse, le dijo.

—No tengo excusas, y lo peor es que temo tratarte mal de nuevo. Pero gracias, Fi.

—Está bien, te soportaré otro poco, hermanita. No para siempre, pero sí por un tiempo. ¿Qué pasó con ustedes?

Volvieron a mirarse y Kedhra le hizo señas para que la acompañara. Tomó algo de comida (otra vez, solo les quedaba carne seca, fruta seca y pan de maíz más seco aún) y la repartió entre los tres. Uvlákir saludó a Fi con una inclinación de cabeza.

—No nos hemos presentado, pero estoy en deuda contigo. Supongo que Fi no es tu nombre.

Fi sonrió de oreja a oreja.

—Amairi, un placer conocerte finalmente.

Kedhra levantó las cejas y la miró largamente.

—¿La Tejedora?

—Sí. Deberías haberlo adivinado antes. Fue ella quien me liberó del juramento: me devolvió el nombre que me puso mi madre y, junto con eso, un pasado que puedo amar.

—Tu tercer regalo es poderoso —dijo Uvlákir, mirando a Kedhra.

—¿El mío? El nombre es de Fi… em, perdón, ¿prefieres que te llame Amairi?

—No. Me gusta Fi cuando tú lo usas. Déjame paladear el nuevo nombre antes de decidir.

—Perdonen, pero esto es importante —terció Uvlákir—. Cuéntenme qué sucedió cuando visitaron el Oeste.

Kedhra y Fi narraron entre las dos, sin interrumpirse: sabían exactamente cuándo la otra iba a detenerse, hasta el punto de que no dejaban que creciera el silencio antes de cambiar de voz. El mago las miró como si viera una maravilla. Cuando terminaron, dijo:

—Los Oráculos intercambiamos regalos, para eso viajamos. Nunca son exactamente los mismos y al mismo tiempo sí. El primer regalo es siempre igual: yo también recibí un tejido inconcluso, aunque lo perdí hace tiempo. En cambio, los otros dones son diferentes para cada quien. Lo segundo que hizo por ti la Tejedora, a su manera, lo hizo por mí el Oráculo del Norte: la primera iniciación. Te mostró el camino a través de los sueños, te enseñó cómo entrar y salir de ellos y cómo ayudar a otros extraviados… aprendiste bien.

Al decir esto, el mago se estremeció visiblemente y una sombra le recorrió el rostro demacrado. Se la sacudió con un gesto brusco.

—En cambio, el tercer regalo es exclusivamente para ti, algo único que se convierte en un don y un lazo entre la Vieja y la Joven. En este caso, la Tejedora le devolvió una sombra de magia a Dimitri y un nombre a Amairi, en otras palabras, les proporcionó a tus amigos herramientas para ayudarte: te regaló compañía, Kedhra.

Ella sonrió y apretó brevemente la mano de Fi, pero ésta bufó.

—La hubiéramos acompañado sin eso.

—Y probablemente hubieran muerto en el intento —terció el Cuervo—. No desprecies la sabiduría de la que es anciana entre los videntes: probablemente tejió más de un hilo cuando te devolvió tu nombre.

—Es posible, pero soy la única que puede regalar mi inapreciable compañía —dijo ella, con un guiño travieso.

Para su propia sorpresa, Uvlákir sonrió.

—Tienes un espíritu poderoso, Amairi. ¿Quién te educó?

—Alatea.

—Vaya sorpresa.

Al escuchar el nombre de la maga, Kedhra recordó algo que quería preguntar hacía mucho tiempo.

—Uvlákir, antes de que sigamos adelante hay algo que necesito saber. He soñado muchas cosas que no comprendo y la Tejedora me dijo otras… Preferiría no pensar en eso —miró a su amiga con aprehensión—. Fi, ella me dijo que había un futuro en el que tú morías enfrentando a Kailos. He soñado con muertes que no ocurrieron todavía y con tragedias tan grandes que no puedo imaginarlas. Siento que nuestros sueños son verdaderos y sin embargo…

—Son cosas distintas —terció Uvlákir—: puedes soñar un futuro que ocurrirá y malinterpretarlo, o puedes soñar algo que tal vez ocurra y tal vez no, o algo que pasó hace mucho tiempo y quizás vuelva a suceder en otro ciclo del mundo. Incluso puedes actuar intentando evitar un futuro y provocarlo, Kedhra. Mi consejo es que evites soñar con el futuro.

—No elijo mis sueños.

—Todavía no has podido, querrás decir. ¿Cuántos años tienes?

Kedhra se sorprendió con la pregunta. Había cumplido años mientras cabalgaban por la estepa y no se había dado cuenta. En Catedral debía haber tres cartas para ella, de su familia, que probablemente no leería nunca. Se encogió y demoró en responder.

—Dieciocho, desde hace poco.

—Bien, viajas rápido. Yo me demoré: había comprendido más que tú cuando emprendí el camino, sabía soñar y había hablado con los tres, ellos me ayudaron, pero dudé mucho más antes de partir, temía al juramento… tú llegarás a tiempo al Norte y finalmente estaremos completos.

Al decir esto, el mago cerró los ojos con cansancio, como si las energías se le agotaran ante la sola perspectiva de ese alivio. Fi no los dejó guardar silencio:

—Hablando de eso, debemos movernos. Podemos seguir la reunión mientras cabalgamos. Se pasaron la mitad del día y de la noche conversando, por si no lo saben.

—¿Estás en condiciones? —preguntó Kedhra.

—En el peor de los casos, confiaré en que me carguen como a un bulto otra vez —dijo Uvlákir encogiéndose de hombros.

—Montemos juntos un poco más, entonces —dijo Kedhra, y para felicidad del mago preparó a Galfi para ellos.

Uvlákir se incorporó lentamente y, mientras Kedhra y Fi ensillaban a los animales, extendió la mano hacia el enorme caballo gris. Galfi lo saludó como a un viejo amigo, y las dos amigas observaron como el color de la piel del Cuervo cambiaba imperceptiblemente, casi como si los contornos de su cuerpo se definieran un poco mejor. El hombre alzó la vista. Una sonrisa mitad de niño, mitad de hiena le florecía en el rostro.

—¿Cómo se llaman los otros?

—Ella es Upaqui. Estas dos nacieron en Barco, son Bruma y Mancha —respondió Fi mientras las ensillaba.

—Les gustan sus nombres —afirmó él.

—¿Ah sí? Son fáciles de complacer.

—Creí que no podías hablar con animales —terció Kedhra.

—No puedo, pero sé cómo mirarlos.

Avanzaron un rato en silencio. Uvlákir cerró los ojos en cuanto lograron tomar velocidad, pero no estaba del todo dormido: Kedhra sintió la extraña textura de su poder alrededor. Al cabo de un rato preguntó:

—¿A dónde vamos?

—Al Oeste —respondió Fi—. Pensé que lo más prudente era cruzar las montañas y buscar refugio con Alatea, al menos hasta que ustedes dos decidan qué hacer. Está en los pantanos de Duera, al otro lado de las montañas —añadió dirigiéndose a Uvlákir.

—¿Nos siguen de cerca?

Kedhra y Fi negaron con la cabeza.

—De cerca, no —respondió la primera—. Pero Kailos no nos dejará ir tan fácilmente.

Mencionar el nombre de su maestro pareció despertar de nuevo todo el dolor dormido. Kedhra calló de inmediato, pero Fi decidió compartir en voz alta las especulaciones que había guardado para sí en esos días, mientras guiaba al grupo:

—No creo que pueda perseguirnos físicamente. En estos bosques, necesitaría un rastreador, uno bueno. Vivimos tan aislados que encontrar a un no-mago le tomaría demasiado tiempo, y resulta que el único mago que puede derrotarme en los bosques del Anillo… bueno, digamos que me tiene bastante aprecio.

—¿Dices que Caz no te perseguiría?

—Digo que me perseguirá, porque es lo bastante cobarde como para no querer romper su juramento, pero que no lo hará con el suficiente esmero como para encontrarnos a tiempo.

Uvlákir se volteó para mirar a Kedhra a los ojos.

—Tu camino es hacia el norte: sea por donde sea, debes llegar a la selva. Lo mejor que puedes hacer es terminar tu viaje, una vez que eso suceda muchas cosas tendrán remedio.

—No puedo esfumarme mientras Kailos azuza al rey Ledas como a un perro rabioso. No se detendrán en las montañas: irán al norte, a Barco, a Silveira, quién sabe a dónde los llevará la codicia. Los dos quieren poder y gloria, parecen hechos el uno para el otro.

—Eso es una guerra de conquista, puede tomar años y tú no puedes esperar años. Si de algo sirve, te prometo una cosa: en cuanto seas un Oráculo completo haré todo lo que esté en mis manos por terminar con la locura de mi hermano.

Al decir esto último, la voz del Cuervo se transformó. Ya no era el susurro débil de un hombre cansado, sino un sonido cavernoso, profundo, que no parecía pertenecerle del todo. Había ira en sus palabras, propósito, voluntad… pero también daba la impresión de que algo acababa de forjarse en el mundo, como si un hilo invisible creciera a su alrededor. Fi se estremeció y miró a su amiga.

Ésta no le devolvió la mirada. Tenía los ojos clavados en Uvlákir, pero no había miedo ni sorpresa en ella, sino cálculo. Y un odio frío, muy diferente de la fuerza turbulenta que emanaba de Uvlákir. En ese momento, Kedhra era la viva imagen de Kailos. Sus palabras surgieron duras y precisas como una navaja:

—Kailos me derrotó, y yo puedo vencerte sin esfuerzo. ¿Cómo piensas cumplir esa promesa?

—Creo que hay una manera, pero aún no puedo ponerla en práctica.

Entre ambos Oráculos, el entendimiento parecía crecer cada segundo. Miró con ojos de maga y vio la hendidura en el pecho de ambos, pero el parecido iba más allá de eso: si Uvlákir era hermano de Kailos, Kedhra era su heredera. Ambos lo odiaban, ambos habían sufrido en sus manos de maneras que otros no podían comprender. En una fracción de segundo, Fi se sintió colmada de compasión; luego, llegó de nuevo la soledad. Habló para espantarlas:

—Kedhra, honestamente estoy de acuerdo con Uvlákir, pero por motivos distintos: ustedes dos correrán menos peligro mientras más al norte se encuentren. Deja que los demás nos ocupemos de la guerra: dudo que los señores de Umbra, los Icari, los mercaderes y los Sabios se dejen conquistar sin oponer resistencia. Yo ayudaré y sospecho que algunos otros de los nuestros también.

La maga guardó silencio. El recuerdo de Enkili volvía a desgarrarla por dentro, pese a las palabras del Cuervo: si viajaba al norte y estallaba una guerra, si había magos en ambos bandos, alguno más moriría. Y si ese alguien era Kiril, o Erio, o Dimitri… en Fi no se atrevía a pensar.

No continuaron la conversación. El sol aún no salía de nuevo en esas latitudes, pero una luz rosada se mezclaba con la llovizna e indicaba el amanecer. Llegaron a un sitio incluso más pantanoso que lo habitual y tuvieron que ayudar a las monturas con magia. Kedhra agradeció el silencio que la libraba de decidir.

Salieron del lodazal bien entrada la tarde. Estaban en el borde exterior del Anillo, finalmente al pie de las montañas. Subieron una loma deliciosamente pedregosa y seca. Los árboles crecían allí más separados, hasta dar paso a un matorral desvaído y luego a la piedra desnuda. Acamparon en la pendiente y cocinaron lo mejor que pudieron con lo que tenían. Comieron en un silencio opresivo, hasta que su amiga le espetó:

—Deberías volar.

Kedhra tragó todo lo que tenía en la boca y sintió cómo se convertía en una piedra en su estómago.

—No quiero, Fi…

—Ya sé. Deberías de todos modos. Vuélvete quetzal, algo hermoso y veloz, escapa un rato.

Las cartas

Kailos desgarró con estudiada lentitud las cartas con el sello de los tres navíos. Una patética y pequeña venganza, pero la disfrutaría igual. Dejó que las llamas se escurrieran entre sus dedos y quemó los pedacitos uno por uno hasta reducirlos a nada. El último llevaba una firma que había visto crecer: la letra de Aura había llegado a Catedral en forma de garabatos enrevesados primero y de borrones de tinta después. Ahora era una caligrafía firme y enérgica, de letras grandes y claras. Cuando el nombre de la hermana gemela ardió en sus manos, sintió un dolor punzante en el cuello. Maldijo sin poder contenerse y se levantó de un salto.

Cruzó a las habitaciones que había tomado para sí. Eran las mejores de la biblioteca. Tres días atrás las ocupaban los dos eruditos. Dríma y Alexei se habían marchado antes de que él terminara de sanarse, habían tomado caballos sin pedir permiso… volvió a temblar de indignación y se lavó la cara con agua helada.

Se miró al espejo, más para calmarse que por ninguna otra cosa, pero los ojos negros le devolvieron una mirada furibunda, más parecida a la de su hermano que a la suya. Desvió la vista y se encontró con la cicatriz blanca que no había podido quitar. Se había curado rápidamente, ejemplarmente, pero su piel se negaba a volver al castaño. La mocosa había sido hábil, lo había tomado por sorpresa… bien, había pagado, por eso no tenía que preocuparse. Pero cualquier oportunidad de hacer la paz con Kedhra estaba irremisiblemente arruinada.

Volvió a caminar con un nerviosismo que no podía contener, odiando el escozor en el cuello, el temblor de sus manos, el desorden de su mente. La ventana no le devolvió más que imágenes de ruina: la Torre del Hechicero hecha pedazos, los patios llenos de escombros y el suelo agrietado, las paredes todavía dejando caer cada tanto algún bloque de hielo o de piedra. Gadaal tenía tres aprendices a su cargo y aun así en tres días habían sido incapaces de poner las cosas en orden. Debería hacerlo él mismo, como siempre terminaba ocurriendo. “Cada vez estás más solo” le dijo una voz insidiosa que se parecía demasiado a la de Alatea. “Estás solo y envejeces, tus discípulos han abandonado Catedral, la Orden de los Magos morirá contigo. Su memoria se perderá entre Sabios, artimañeros y contadores de leyendas. Serás el último, Kailos. Y por ser el último, serás culpable de la extinción.”

En el preciso instante en que iba a ceder a la desesperanza, sus ojos se posaron en un punto. Algo se movía sutilmente en el suelo, en medio de las ruinas. Una sonrisa lenta se pintó en su rostro.

Nadie había osado limpiar todavía la sangre de Enkili. “Patético”, dijo una parte de su mente, pero fue acallada rápidamente: gracias a la pusilanimidad de su gente, una pluma de halcón se sacudía con el viento de la montaña, sin poder echar a volar. Alzó la mano y emitió una orden veloz y perentoria. La pluma voló en su dirección oponiendo la más débil de las resistencias. Una vez más había sucedido: él era el único capaz de ver el camino entre las ruinas.

Tomó la pluma y lavó la sangre con precisión de mago. La apartó cuidadosamente para que se secara por medios naturales, debía evitar toda intervención innecesaria sobre el material. Su lucidez había vuelto, pero necesitaba pensar.

Se apoyó en los bordes de la pila de agua, obligando a su cuerpo y a su mente a responderle. Comenzó acallando el dolor del cuello, prosiguió, como siempre, forzando a su espina dorsal a mantenerse enhiesta; se cimentó firmemente en los pies y abandonó el soporte de las manos, arregló sus vestiduras y volvió a mirarse al espejo. La cólera había vuelto a lo más profundo de sus ojos, a donde pertenecía, y el semblante era de nuevo impasible. “Bien”, se dijo.

Nada había cambiado en realidad. Solo Dimitri estaba perdido. Enkili jamás había demostrado potencial, era una lástima enterarse en el mismo instante de su muerte que después de todo podía utilizar la magia. Los demás jóvenes seguían siendo aptos: Kedhra, Fýjna y Kiril perpetuarían la Orden, solo debía encontrar el modo de que lo hicieran. Tenía tiempo todavía.

“Si muero aquí y ahora, Alatea y Fýjna transformarán Catedral en un bonito jardín de hierbas, incapaz de defenderse, de expandirse, de buscar la gloria. Si yo desaparezco, Kedhra se convertirá en Oráculo y abandonará a los nuestros para servir a una voluntad que no es suya. Kiril es un niño de talento mediocre, Jigra un adulto más mediocre aún. Pero con un niño algo puede hacerse, y con dos jóvenes rebeldes también. No desapareceré entonces, y ellos tendrán que crecer.”

Era urgente traerlas de vuelta, a las dos amigas y a su indeseable hermano. Sabiendo que Kedhra era un Oráculo, muchas puertas podían abrirse a la experimentación. La conexión entre esos cuatro seres había sido siempre el misterio fundamental, la piedra contra la cual habían chocado sus intentos de domar el poder que fluía a través de Uvlákir. Ahora quizás fuera diferente.

Se tomó un momento más para evaluar sus fuerzas. Se sentía cansado, por más que le costara admitirlo. Debía esperar un poco más, pero podía hacer algunos preparativos mientras tanto. Volverían, a toda costa. Tomó la pluma y abandonó la habitación con paso rápido.

El Oráculo del Sur

Uvlákir comía en silencio, algo apartado de las dos amigas. Había pasado todo el día intentando soñar: no podía hacerlo bien desde que Kailos lo mutilara hacía años, pero después de su conversación con Kedhra algo le había sido devuelto y quería probar exactamente qué.

Al principio había habido solo imágenes y sonidos desordenados, como en los primeros tiempos, cuando era poco más que un niño. Poco a poco, con infinita paciencia, había logrado deshilvanar algunos fragmentos. La mayor parte de lo que le quedaba eran retazos de pasado, inútiles para todo menos para la nostalgia, pero entre las cosas irrelevantes había algunos hilos de los que pudo tirar. Gilbert era, como siempre, el más fuerte de todos ellos.

“¿Cómo te las arreglas para estar en todas partes, mezclado en todos los eventos importantes, sin moverte de esa pequeña cabaña?” le preguntó al rostro armonioso del anciano. “No eres una de mis criaturas, definitivamente debes pertenecerle a ella, tú que viajas sin andar. Te quiero…”

Ni siquiera en su mente pudo decirlo sin encogerse de dolor y de vergüenza. No podía permitirse esas palabras. ¿Cómo podía querer, qué podía ofrecerle él? La última vez que se vieran, esa sensación de insignificancia había sido tan fuerte que había despertado al Oráculo en su interior. “Y en aquel tiempo al menos me decías que era bello…”. Al presente, esa idea era tan absurda que lo divirtió.

Se apretó los párpados con los dedos, tratando de volver a concentrarse, pero no hubo caso: no podía reconstruir ninguna otra cosa, debería intentar de nuevo más tarde. Era difícil obligarse a soñar como Oráculo, todo lo que su cuerpo quería era descansar y olvidar. Dejó el cuenco a un lado y se hizo un ovillo donde estaba, como era su costumbre.

—No es muy comunicativo, ¿verdad?

Los pensamientos de Fi se sentían gatunos: una mezcla de curiosidad y alerta. Kedhra no tenía ánimos para responder.

—Bueno, habla bastante cuando debe.

—Es cierto, no puedo negar eso, pero hay algo inquietante en él, algo vacío y algo demasiado lleno, no sé si me explico.

—Estuviste en la cueva, sabes por qué.

Los pensamientos, igual que las palabras, tienen tono. Kedhra le había respondido como si espantara a una mosca. Y mientras tanto, el recuerdo de esa caverna de piedra y hielo, del hombre suspendido contra la pared, atrapado por un sello casi invencible, de la criatura emplumada, ni viva ni muerta, cautiva a su lado… Fi se estremeció, y las palabras de su amiga dolieron todavía un poco más. Obligándose a pensar, respondió.

—La primera vez que escapó, Uvlákir dejó atrás mucho de lo que era. Ese algo tomó forma: mitad ave, mitad hombre, mitad pluma y mitad hueso. El vacío se explica… pero detrás de eso hay algo demasiado vivo.

—Es un Oráculo, Fi.

—Sí. Eso es lo que me preocupa.

No pudo evitar que, junto con esas palabras, se colara el parecido entre los dos Oráculos que percibía cada vez con más fuerza. Y también se deslizó el miedo, y una pizca de rechazo.

Kedhra se levantó como impulsada por un resorte.

—Tomaré tu consejo —dijo, y se transformó en quetzal.

Fi se maldijo por dentro. No había querido dejar que el flujo de sus pensamientos llegara hasta allí, pero algo le había impedido detenerse. Quizás hablar sin palabras no fuera la mejor manera de comunicarse con Kedhra, en las condiciones en las que estaban. Las emociones de su amiga eran un caos que se palpaba en cuanto sus mentes se tocaban.

Pero Fi había estado en la cueva. Había visto esa forma grotesca y sentido el parentesco entre la cosa emplumada, el hombre demacrado que dormía hecho un ovillo y su propia amiga. Algo que se sentía como un abismo en los dos primeros y apenas una grieta en ella: una hendidura por la que soplaba el aire gélido de un mundo desconocido.

No podía evitar que algo de eso se colara en sus pensamientos. No quería saber en qué se estaba convirtiendo la mujer a la que llamaba hermana, y cada vez esquivaba más sus ojos.

Kedhra voló por dos horas sin detenerse: las palabras de su amiga la habían herido profundamente. ¿La miraría pronto con desconfianza? ¿la temería y la odiaría como a Kailos?

Desde arriba, el murmullo del bosque perdía su carácter tétrico. En lugar de rebotar haciendo ecos, las palabras de la canción se mezclaban en el aire y se disolvían hasta ser incomprensibles. “Podría ser una canción de cuna” pensó con su mente de ave, más propensa a encontrar la belleza en el mundo.

Se distrajo así un largo rato, hasta que una sombra oscura entre las sombras llamó su atención: una mancha inmensa, sin luces, pero con la forma inconfundible de un campamento se alzaba en un valle estrecho al pie de las montañas. Era grande, aunque no inmenso. Los ojos del quetzal no le permitían ver más, de modo que se transformó en halcón. Inmediatamente, vio los estandartes de Esteparia ondulando suavemente bajo la brisa nocturna, como murciélagos atrapados.

Al mismo tiempo sintió un dolor agudo en el ala: le faltaba una pluma.

En el campamento, Uvlákir se despertó sobresaltado.

—¡Amairi! —exclamó en voz baja.

Fi también estaba inquieta, pero no había podido distinguir exactamente por qué.

—¿Qué pasó?

—Nos rastrean. Con una pluma, como a mí. Kedhra debe haberla perdido en la batalla. Es una pluma de halcón…

—Kedhra está volando. Prepararé los caballos, ¿sabes dónde está?

—No es necesario buscarla, viene hacia nosotros.

—Esa tormenta también —respondió ella—. Es Kailos.

Era cierto. El cielo se había encapotado repentinamente y ya los primeros rayos destellaban sobre el cielo. Los colores eran antinaturales: violeta, rosado y un azul demasiado brillante.

—Malaquia —dijo Fi— sabe que no puede alcanzarnos a tiempo, tratará de derribarnos.

Uvlákir montó a Galfi antes de que estuviera ensillado. Se abrazó al cuello del animal y le habló al oído en una lengua que Fi no conocía. El caballo salió al galope de inmediato, dejándola atrás. Maldiciendo, la joven terminó de ensillar y montó, llevando a Bruma y Mancha consigo. No había hecho diez pasos cuando un rayo cayó sobre la hoguera del campamento y otro muy cerca, en el sitio donde Kedhra había estado sentada. Los caballos no necesitaron que los azuzara, estaban aterrorizados. Pensando a toda velocidad, Fi se desvió de la ruta por la que desaparecieran los otros dos: los rayos seguían ese camino.

Adelante, Uvlákir cabalgaba olvidado de su debilidad.

“No me dejes caer; esta vez te prometo que correremos la misma suerte, Galfi” le había susurrado al caballo en su lengua materna. Los nómades hablaban con sus corceles como con sus hijos, o mejor, sus hermanos.

Galfi deseaba lo mismo que él: ante el peligro, el animal buscaba instintivamente a su dueña. Lo dejó galopar sin apenas conducirlo, confiando en ese lazo. Mientras tanto, comenzó a transformarse lentamente.

Le tomó un tiempo que parecía infinito, sobre todo con los rayos cayendo a su alrededor, adelante y detrás y un poco a la derecha. Necesitaba forma de pájaro, debía dejar de pensar y sentir el viento en las alas…

Cayeron doce rayos antes de que pudiera remontar vuelo. Era cuervo de cinco dedos y ojos humanos. No era su forma favorita, pero sí la más fuerte.

Le costó elevarse: el viento no corría, solo existía en torno a las nubes, con el único propósito de hacerlas chocar. El resto del aire estaba liviano, tibio e inmóvil, no ascendía. Era peligroso acercarse a las nubes, pero solo allí podía hacer algo. Aleteando con todas sus fuerzas logró impulsarse hasta la primera ráfaga y se precipitó hacia adelante.

Extendió las alas y las dejó estáticas.

“Ven conmigo” le dijo al viento enloquecido “haces falta en otro sitio”.

Sintió cómo algunos filamentos de brisa se aferraban a sus alas, dispuestos a seguirlo. Eran pocos: la voluntad de su hermano se olía alrededor. Casi pudo verlo, en alguna torre, rodeado de sellos y polvo de malaquia, ordenando la tormenta.

La ira pudo más que su cansancio. Los vientos del Sur le pertenecían. Como hombre, como pájaro y como Oráculo, él también podía ordenar. Una corriente de aire poderosa se reunió en torno a su cuerpo, dispuesta a seguirlo a donde él la llevara.

Se arrojó en picada. Por donde él pasaba la atmósfera recuperaba algo de su normalidad y la tormenta perdía fuerza. Cayó diez, doce, quince metros… pero era tarde: todo su cuerpo se erizó y supo que el próximo rayo lo golpearía. Su esfuerzo había sido insuficiente. Sin disminuir la velocidad, intentó preparar el mismo escudo plateado con el que se defendiera de Kedhra, meses atrás. Demasiado tarde, recordó que estaba cansado. Cerró los ojos, listo para el impacto.

La luz del rayo lo encandiló incluso con los párpados apretados, pero no sintió ningún dolor.

—¡Abre las alas, te vas a matar!

En lugar de responder, se dejó caer diez metros más y recién entonces obedeció. Llamó a la ráfaga que lo había seguido y la liberó allí abajo. Ascendió a toda velocidad, impulsado por el viento amigo, buscando a Kedhra con los ojos. No tuvo tiempo de sorprenderse al ver un ave casi gemela de la suya, a manchas grises y blancas, porque inmediatamente la maga fue golpeada por otro rayo. Lo repelió, y al mismo tiempo evitó que un tercero impactara sobre él.

—No puedo protegerte, ¡vete! ¡Nos vas a matar a los dos! Tenemos que ayudar a Fi…

—Detén las nubes, ¡cómprame tiempo! – respondió él.

—¿Qué?

—Los vientos son mis amigos.

Uvlákir había hablado con voz de Oráculo. Una vez más, Kedhra no pudo evitar confiar en él. El viejo sintió el tacto afilado y brillante de la magia de la joven extendiéndose a su alrededor. El poder de Kedhra crecía mientras se concentraba: había dejado de pensar en su amiga y su caballo, en otras amenazas que podían aparecer. Su mundo se había reducido a ellos dos, al vuelo y a la tormenta enloquecida.

El Cuervo abrió el pico y rio salvajemente: no estaba solo. Kedhra era pájaro igual que él, la sentía cerca, como nunca había sentido a otros Oráculos. Su risa se esparció alrededor, colándose en la tormenta, en el ritmo de los rayos y el ulular del viento.

Las nubes cercanas a ellos comenzaron a disminuir la velocidad casi de inmediato. Se elevó a toda velocidad, persuadiendo, llamando, invitando al aire encantado a volver a su curso natural. Cada vez que creía triunfar, una nueva oleada de relámpagos y nubes violáceas lo desafiaba. Cada vez que se sentía desfallecer ante la voluntad invisible de su hermano, el halcón de cinco dedos se interponía en el camino de un rayo mortal y la voz de Kedhra lo obligaba a seguir peleando.

Para cuando Fi los alcanzó, la tormenta de extraños colores se deshacía. El aire, muy cargado, olía a malaquia y a algo indefinible, metálico, parecido al aroma de las manos luego de tocar dinero.

Kedhra venía hacia ella, a lomos de Galfi. Llevaba un horrible animal negro entre los brazos, que sin duda era Uvlákir. Fi no pudo reprimir una mueca de desagrado, aunque había visto a Kedhra adoptar una forma muy parecida meses atrás, cuando tuvo que cruzar las montañas con ella.

—¿Qué pasó? ¿Derrotaste la invocación de Kailos? ¿Se cansó? No creo que…

—Ninguna de las dos cosas. Domamos la tormenta… es largo de explicar, vamos, hay un sitio que quiero explorar.

Al poco rato, una lluvia torrencial se descargó sobre sus cabezas, como si el mundo quisiera lavar el extraño evento al que lo habían obligado.

Las herramientas de la magia

A mucha distancia de allí, Kailos volteaba de un manotazo sus instrumentos, que se esparcieron por la mesa emitiendo vibraciones agudas y molestas. Las acalló con un gesto y se dejó caer en una alta silla de madera.

Se había mudado a un antiguo laboratorio mientras Gadaal y los suyos seguían intentando reparar la Torre del Hechicero. Les tomaría mucho trabajo, eran pocos y mucho peores que sus ancestros. Él mismo había ayudado a colocar los cimientos, pero no podía agotarse allí mientras dos Oráculos escapaban frente a sus narices… ¡a caballo!

Era indignante. Si al menos se hubieran aprovechado de ser metamorfos, podría entenderlo, pero no: habían sido inteligentes, esperaron hasta ponerse fuera de alcance para intentar volar. También para eso había estado preparado: con dos días de anticipación había dejado lista la poderosa invocación. Había grabado el conjuro en piedra y rellenado el dibujo con malaquia, trabajo largo y difícil; había hecho y colocado en posición las delicadísimas esferas de hilo de plata que harían circular los vientos, había colocado las plumas en el centro y en el momento en que activó el enlace, había superpuesto su conjuro con el mapa a toda velocidad. Pocas veces había estado tan cerca de la perfección y, aun así, había fallado.

Lo peor de todo, había sentido el escozor odioso de la magia de su hermano. Se había recuperado lo suficiente como para ayudarlas… y Kedhra, su propia discípula, trabajaba con él como si se conocieran de toda la vida. La magia combinada de los dos Oráculos se había sentido como una danza, una red precisa de extraña belleza.

Se sentía traicionado, no solo por ella sino por el mundo. Era una broma cruel… había educado a su peor enemiga, le había dado todas las herramientas para luchar. En cinco años más sería capaz de enfrentarlo verdaderamente. “Antes”, pensó, “si la Magia Profunda sigue creciendo en ella”.

Una sola cosa le daba esperanzas: Kedhra no había luchado con ese poder. Excepto al romper el juramento, cuando había perdido el control, sus armas habían sido las de siempre. Fuera lo que fuera que poseyera, aún no sabía o no quería usarlo. Eso le daba algo de tiempo.

“Mis planes no han cambiado, Kedhra. Heredarás la Orden de los Magos. Pero antes deberás entender que el mundo debe ser gobernado; gobernado por nosotros, no por un poder que no comprendemos ni elegimos. Si para inculcarte esa idea debo sacrificar la vida, que así sea, pero solo moriré seguro de que mi tarea está completa, no antes”.

Suspiró y tocó una piedra-sello que llevaba en el bolsillo. Se puso de pie y buscó las plumas que había dejado caer: halló la gris y blanca fácilmente; pero la pluma negra, con una astilla de hueso en el lugar del cálamo, se había extraviado. “No importa” se dijo “justamente de esas tengo suficientes”.

Debería descender de nuevo. Con una mueca de desagrado, se dispuso a abandonar la habitación. En el momento en que abría la puerta vio aparecer a los tres aprendices jadeando por las escaleras.

—Limpien todo, no toquen la malaquia con las manos desnudas, no intenten nada con el sello o no me hago responsable de los resultados. Tienen dos horas.

Los niños se inclinaron y asintieron, como siempre, pero él no pudo dejar de notar cómo tres pares de ojos se detenían un instante más de lo necesario en la cicatriz blanca que le cruzaba el cuello y la mandíbula izquierda.

Salió sin dedicarles otra mirada. Notó cómo uno de ellos se protegía débilmente de su furia, conjurando una leve aura a su alrededor. “Bien, eres juicioso, Gwár. Recordaré eso”.

Debería controlarse, pero no tenía la menor gana de hacerlo. Por hoy, si los aprendices se encogían ante su ira, mejor.

Se obligó a concentrarse y descendió hasta los patios. La grieta había sido cerrada y la estructura de la torre se alzaba hasta tres cuartos de su altura, pero definitivamente había un deslucimiento en el hielo opaco, una falta de elegancia en los ángulos que delataba la manufactura inferior. Frunció el ceño y entró sin hablar a nadie.

Llevaba meses sacando plumas del ser que Uvlákir dejara atrás. Conjurando la tormenta acababa de comprobar una teoría: los fragmentos de este ser funcionaban como rastreadores, pero de mala calidad. Lo cual quería decir que había algo en él que no pertenecía completamente a su hermano: si lograba destilar ese algo, purificarlo, podría apropiárselo por fin… tal vez la huida fuera beneficiosa después de todo. Arrancó tres plumas, quebrando sin delicadeza los cáñamos de hueso sólido. El ser tembló ligeramente, pero él no prestó atención: vivo o no, monstruo o no, estaba sellado y sellado se quedaría.