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Concebida como una historia coral, Barranco city mon amour retrata los usos y costumbres de una generación que vivió su juventud a inicios de los malogrados años 2000, entre noches, cantinas y humo de tabaco. Atendiendo la barra de una discoteca o las mesas de un bar, escuchando música o leyendo poesía en voz alta, los seres que habitan esta novela buscan un salvavidas al final de la madrugada. El amor, el descubrimiento sexual y la pérdida de la inocencia son los ejes principales de este canto al inevitable paso del tiempo. * Pedro Casusol (Lima, 1986). Licenciado en Periodismo, fue un joven incendiario en cierta escuela de escritura y en talleres de narrativa que frecuentaba desde el colegio. Paralelamente, se educaba en parques y pasajes aprendiendo mejores formas de perder el tiempo. Ha estado obsesionado con poetas tan disímiles como Allen Ginsberg y María Emilia Cornejo, llegando a publicar investigaciones sobre ambos. Publicó un libro de relatos y una nouvelle en la que se retrata como un obeso asesino en serie que acaba con sus antiguos compañeros de promoción. Su ensayo publicado en el libro Soy la muchacha mala de la historia (2019) mereció comentarios positivos por parte de la crítica. Sus tempranas excursiones a Barranco lo llevaron a alucinar las historias que presenta en este libro.
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Seitenzahl: 361
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Pedro Casusol (Lima, 1986). Licenciado en Periodismo, fue un joven incendiario en cierta escuela de escritura y en talleres de narrativa que frecuentaba desde el colegio. Paralelamente, se educaba en parques y pasajes aprendiendo mejores formas de perder el tiempo. Ha estado obsesionado con poetas tan disímiles como Allen Ginsberg y María Emilia Cornejo, llegando a publicar investigaciones sobre ambos. Publicó un libro de relatos y una nouvelle en la que se retrata como un obeso asesino en serie que acaba con sus antiguos compañeros de promoción. Su ensayo publicado en el libro Soy la muchacha mala de la historia (2019) mereció comentarios positivos por parte de la crítica. Sus tempranas excursiones a Barranco lo llevaron a alucinar las historias que presenta en este libro.
Barranco city mon amour
Primera edición electrónica: junio de 2022
© Juan Carlos Cortázar
© Paracaídas Soluciones Editoriales S.A.C., 2022
para su sello editorial Narrar
APV. Las Margaritas Mz. C, Lt. 17,
San Martín de Porres, Lima
http://paracaidas-se.com/
Composición: Juan Pablo Mejía
Arte de portada: Augusto Carrasco
Retrato del autor: Archivo personal
ISBN ePub: 978-612-48825-4-8
Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio sin el correspondiente permiso por escrito de la editorial.
Producido en Perú
Los sucesos narrados aquí ocurrieron únicamente en la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Si este recuerdo se puede enlatar,
espero que nunca caduque.
Y si hubiera que ponerle una fecha,
que sea en diez mil años.
El agente 223 en Chungking Express
FAKIN MADER FREN
Kevin apagó el cigarro y sacó de su canguro un pequeño pomo negro. En la piscina unas chicas se bañaban en ropa interior. Se metió una pastilla a la boca y me extendió otra.
Es una rola, dijo.
Él era uno de los pocos que me caían bien de la época del colegio. Lo había encontrado después de años en esa fiesta. Todavía recuerdo la kermese en la que se subió al escenario con su guitarra solamente para recibir pifias y botellas de la gente, y luego bajarse y empezar a repartir puñetazos. Kevin era ese tipo de pata.
Esa noche lo encontré flaco, demacrado. Vestía una casaca negra y unos jeans rotos. Se había rapado la cabeza y lucía un piercing en la nariz. Me senté con él en un sillón y compartimos una cerveza que alguien había dejado abandonada. Eran las tres de la mañana y los platos con bocadillos parecían llenos de hongos grises. Kevin me comentó que seguía en el rollo de la música. Ahora era la voz y primera guitarra de un grupo llamado Fakin Mader Fren, pero sobrevivía trabajando en el restaurante de su familia. La vida del músico es dura, renegó. Llevaba el rostro cubierto por una barba desprolija y los ojos inyectados de sangre. Prendió un cigarrillo y me miró de arriba para abajo, como si acabara de notar mi presencia. Frunció el ceño y preguntó:
¿Tú qué haces?
Soy periodista, respondí. Pero nunca estudié nada.
Un autodidacta, dijo Kevin. Me gusta cómo suena eso. Las universidades no hacen más que arruinar el talento de las personas.
La verdad es que me hubiera gustado estudiar algo, agregué. Pero mi familia no podía pagarme una carrera. Nunca fui muy aplicado, así que cuando postulé a una universidad pública, simplemente no la hice. Era demasiada presión. Siempre he creído que hubiera podido estudiar sociología o antropología...
Las cosas pasan por algo, murmuró Kevin.
Después de un rato me pidió que los acompañe afuera a fumar. Nos protegimos bajo las ramas de un floripondio de flores grandes y amarillas como campanas de iglesia. El sabor dulzón de la marihuana me hizo pensar en épocas remotas. Hacía tiempo que no fumaba. Se lo comenté, pero Kevin no me hizo caso. Se limitó a mirar en dirección a la piscina.
Dejamos la fiesta poco antes del amanecer acompañados por el Ruso, otro excompañero al que nos encontramos ahí. Estábamos borrachos cuando nos subimos a la camioneta Suzuki del Ruso, que ahora inhalaba un polvo que sacaba de una bolsita. Un intenso temor sacudió mi cuerpo cuando me di cuenta de que íbamos a cruzar el cerro entre Surco y La Molina. En un grifo cerca al óvalo Higuereta el Ruso paró para echar gasolina y comprar más cerveza. Kevin y yo nos bajamos y lo dejamos sin decirle nada y empezamos a caminar en dirección a Barranco.
¿Por qué no paramos un taxi? Tengo sueño y frío.
Si tienes sueño es porque todavía no te agarra la pepa.
¿Qué pepa?
¡La rola!
Kevin sacó de su canguro el pomo otra vez y vertió sobre el dorso de su mano un polvo blanco y grumoso.
No me gusta la coca, le dije decepcionado.
No es coca, dijo Kevin. Es lo mismo que tomaste antes, pero en polvo.
Nos sentamos en la banca de un parque.
Tuve que pensarlo un buen rato. Las pocas veces que probé coca o ketamina terminé llorando en mi cama, convencido de que iba a morir.
Pero vamos a ir a tu casa, ¿no?
Normal, susurró Kevin.
Esta vez el colocón fue intenso. Llegamos a Barranco como una parodia drogui de nosotros mismos. El efecto hizo que ya no tuviera sueño ni frío. Podría lanzarme al mar y nadar hasta la isla San Lorenzo, pensé.
¿Te invito desayuno?, dije para evitar quedarme colgado.
No tengo hambre, respondió Kevin.
Te veo muy flaco. Tienes que comer más. Una papa más al caldo. Mira, ya se hizo de día. Desde aquí todo se ve diferente.
Quise seguir hablando, pero como no sabía qué más decir, pregunté lo primero que se me ocurrió:
¿Piensas a menudo en el colegio?
Kevin negó con la cabeza. Se quitó la casaca y caminamos hasta un parque cerca al acantilado desde donde contemplamos la playa y el mar. Él parecía estar mucho más tranquilo que yo.
Hace unas horas, en la fiesta, todos estaban contentos y borrachos, pero yo ni siquiera sabía por qué tenía que estar en ese lugar de mierda. ¿Tú por qué fuiste, Kevin?
Por la cerveza gratis, dijo, y se sentó sobre la grama y prendió el último cigarro de una cajetilla de diez.
¿Qué esperabas encontrar?, preguntó.
No esperaba nada. Es que a veces pienso que debería sentir algo por las personas. Me siento culpable por no sentir nada. Creo que algo me falla aquí, dije, y señalé mi cabeza.
Kevin levantó los hombros y despidió una nube de humo por la boca.
No digas cojudeces. Nadie siente nada por nadie.
Hace poco conocí a una chica, continué.
¿Y qué tal?
Bebimos unas cervezas en un bar y luego de unas horas me invitó a su casa. Terminamos tirando en el piso de su sala. Fue todo tan fácil, tan rico. Los días siguientes me dediqué a trabajar como loco. Esa misma semana me tocó escribir una nota sobre un entrenador de fútbol involucrado en un escándalo sexual. Acudí a la entrevista decaído. El entrenador vestía un conjunto plomo y caminaba por la cancha con las manos pegadas a la espalda. El cielo estaba oscuro y parecía que en cualquier momento iba a empezar a llover. Por algún motivo, la imagen del entrenador pateando una pelota al arco me hizo pensar en la inutilidad de la vida. Cuando llegué a mi cuarto me senté frente a la computadora con la mente en blanco. Tenía que afrontar la realidad, no sentía nada por esa chica... ¿Nunca te has sentido vacío?
Kevin me miró a los ojos y empezó a toser. Era un espasmo ronco, un sonido hueco, como si estuvieran perforando sus pulmones.
¿Estás bien, huevón?
Solo estoy un poco cansado, dijo.
En ese instante me di cuenta de que estaba temblando.
¿Tienes frío?
No, no tengo frío, susurró. Es que hace días que no duermo.
Lo acompañé a su cuarto. Una habitación austera, un colchón viejo en el piso, una radiocasetera anacrónica, un estante repleto de libros. Ese día Kevin tampoco pudo dormir. Calentó un poco de café en una pequeña hornilla a gas y se desparramó sobre el colchón. Eran las once y me había pasado toda la mañana hablando mientras Kevin fumaba. De un estado de euforia inicial pasé a otro en el que me sentía flotar por toda la habitación. Durante varios minutos ninguno de los dos dijo nada. Kevin cogió su guitarra eléctrica y rasgó las cuerdas.
Tengo que ir a trabajar, dije. ¿Tú no tienes nada que hacer?
Kevin me dirigió una mirada fría. La luz del día había vuelto su piel pálida y sus ojos estaban enmarcados por unas profundas ojeras.
¿Te quitas?, preguntó sin dejar de tocar su guitarra.
Sí, debo ir a trabajar, tengo varias entrevistas que hacer.
Kevin se puso de pie.
¿Qué ruta harás?
No sé, saldré por Grau y tomaré un micro a Miraflores.
Te acompaño, dijo.
Abrió su armario y sacó una camisa de franela.
Afuera nos topamos con un sol de primavera. Kevin tenía puestos sus anteojos oscuros y se mordía las uñas con ansiedad. Después de caminar un rato llegamos a un pequeño restaurante en el que entró sin decir nada. Ahí me presentó a una señora rubia de unos cincuenta años que resultó ser su madre. Decidí cancelar la entrevista y me senté a almorzar con Kevin. El menú consistía en un pedazo de pastel de acelga, bistec con arroz, ensalada y postre. El efecto de la anfeta había menguando y al acabar me di cuenta de que estaba deshidratado. Bebí todo el refresco que pude. Kevin prendió un cigarrillo.
¿Te sientes bien?
Sí, solo me ha dado un poco de sueño.
El humo del cigarrillo formaba signos de interrogación sobre su cabeza.
Yo tengo que quedarme, ¿tú te vas a hacer tus entrevistas?
No, ya fue. Creo que mejor iré a dormir.
¿Por dónde vives?
Lejos, le respondí. Muy lejos.
Pensé que iba a quedarme dormido sobre la mesa.
¿Por qué no te quedas en mi jato?
Tiró algo sobre la mesa. Era un llavero con una banderita de Jamaica.
¿Estás seguro?
Huevón, si estás que te cagas de sueño.
Había un mostrador con algunos postres y una pizarra con el menú del día. En la pared un letrero con un dibujo de Fontanarrosa rezaba: Hoy no se fía, mañana sí. El barrio era pobre y solitario. Este negocio no puede dar mucho dinero, pensé.
Entonces nos vemos más tarde, se despidió al ver que cogía sus llaves y me ponía de pie.
Espero poder encontrar tu depa, dije en tono de broma.
Me despedí de la mamá de Kevin y me alejé. El sol de primavera alumbró mi camino mientras me alejaba por la vereda. Estaba tan contento que hacía sonar las llaves agitándolas en una mano.
Dormí toda la tarde sobre el colchón de Kevin. De tanto en tanto me despertaba sobresaltado. En mi noica aluciné que alguien entraba y me encontraba ahí tirado. Me levanté cerca de las seis de la tarde y después ya no pude dormir. ¿A qué hora regresará Kevin? ¿Y si lo voy a buscar al restaurante? Maté el tiempo revolviendo entre sus cosas. La ropa de Kevin era monocromática. Predominaban el negro y las camisas de leñador. Tenía un par de zapatillas, aparte de las que llevaba puestas, y lo demás eran polos viejos y pantalones gastados.
Kevin llegó a las ocho y media. Estaba apurado.
Fakin Mader Fren toca a las diez en el Sargento y no hemos llevado los instrumentos. ¿Me ayudas con esto?
Cargué el amplificador y salimos con prisa a la calle.
Tengo que llamar a estos huevones de la banda. Hablé con ellos hace rato y me dijeron que se estaban yendo al Callao a computar.
Entré como plomo al Sargento y me quedé esperando a que empezara el concierto. Unos minutos después llegaron los de la banda.
¿Consiguieron?
El bajista, un tipo gordo y con afro, había sorteado un operativo policial, con cámaras de televisión incluidas, para conseguir varias cajas de Preludin en una farmacia informal del Callao. Kevin se dirigió al baño y yo lo seguí sin saber muy bien por qué. Ahí se tragó un puñado de pastillas y se inclinó para beber agua del caño. Acepté un par y me las metí a la boca.
Cuando Kevin salió al escenario, yo estaba eufórico. Mis dientes rechinaban, no podía estar quieto, hacía cola, regresaba al baño, bebía agua, sostenía una botella de cerveza y saltaba. Fakin Mader Fren era telonero de un grupo argentino que emulaba a los Sex Pistols. Cerca de mí una chica bailaba y parecía querer llamar mi atención. Vestía una falda escocesa, pantis rotos, un polo negro de Iron Maiden y una casaca de jean. Yo estaba contento de poder escuchar a Kevin, su música era como un huracán y él no cantaba: gritaba, lloraba. Uno de los guitarristas, un chico delgado cuyo rostro se ocultaba en una maraña de pelos, se arrodilló para cambiar los efectos de su guitarra varias veces.
Al de Kevin le siguió otro grupo. En pleno concierto, los empujones de la multitud me trajeron otra vez a la chica de falda escocesa y pantis rotos.
¿Cómo te llamas?, me preguntó.
No tengo por qué responderte, pensé.
Yo me llamo Mara, se escuchó por encima de la bulla. Te gusta Kevin, ¿verdad? He visto cómo lo miras. Mara sonrió. Convídame un poco de cerveza, dijo, y extendió su enorme vaso de plástico.
Le serví todo lo que quedaba de mi botella.
Ya te invité, ahora vete.
Entonces apareció Kevin.
¿Ya conociste a Mara?
Estaba bañado en sudor y olía a marihuana.
Estás hecho un asco, dijo Mara, y lo apartó de un empujón.
¿Qué te pareció?
Tragué saliva, entrecerré los ojos.
Me gustó, has mejorado mucho desde el cole, me reí.
Mara nos miró fascinada.
¿Se conocen del colegio?
El local estaba repleto y apestaba.
Bueno, ¿qué hacemos?
Tomemos chela y vamos por ahí, propuso Mara.
Acompáñame, dijo Kevin antes de perderse entre la multitud. Guapa, ¿no? Rico culo, ricas tetas. Lleva la concha depilada y es una gloria en la cama. Kevin me arrastró con él hasta el baño. ¡Estoy arrecho, conchesumare! Hundió su cara en el lavatorio. El baño de hombres olía a orines y a semen.
¿Te la estás tirando?, pregunté.
Cada vez que la veo.
¿Una groupie?
Mi novia. Igual nos hemos dado un tiempo.
Sacó su cabeza del lavatorio y regó agua por todo el piso. Un tipo de unos cuarenta años, rojo y gordo como un tomate, se puso a inhalar mientras miraba su reflejo en el espejo del baño.
¿Sigues high?, preguntó Kevin, y me ofreció otro speed, al tiempo que él se tragaba uno.
No, gracias. Se me han quitado las ganas.
Afuera del baño nos topamos con Mara, que hacía cola para comprar más cerveza.
¿Nos vamos? Los chicos quieren quedarse hasta que termine el concierto y la chela aquí está cara. Hay que movernos, dijo Kevin.
Abandonamos el Sargento y caminamos en dirección a su departamento. Antes pasamos por Wahio’s y La Noche, donde intentamos entrar pese a que cobraban. A Kevin se le veía demacrado. Llevaba el polo húmedo y la camisa de franela amarrada a la cintura. Parecía resistir el frío de Lima como un monje budista. Terminamos comprando vino de caja en una bodega y nos instalamos en un parque. Kevin se alejó caminando por el malecón. Mara me miró con curiosidad.
¿Cómo era Kevin en el colegio?
A los seis años, recordé, Kevin era rubio y regordete. Todos lo envidiábamos porque era la viva imagen de los niños de las películas gringas.
A veces el cabello solo se oscurece, dijo Mara con tristeza. Ahora, si te das cuenta, lo tiene un poco castaño. Antes lo tenía largo y lleno de rulos. El día que terminamos se fue a chupar a la casa de Buba, el chico que toca el bajo en la banda. Ahí encontró una máquina de afeitar y se rapó.
Mara le dio un largo sorbo a la caja de vino. Era bonita pero cojuda. No se daba cuenta de nada. Había un tufillo molesto en toda su historia. Me la había contado en voz baja, como si me confiara un secreto. Al rato volvió Kevin. Estaba pálido, tartamudeaba, no sé si por el frío o por el speed.
¿Qué pasó?
¡Nada! ¡Vámonos!
Nos pusimos de pie y nos fuimos.
¿Nos están siguiendo?
No, huevón, nadie nos está siguiendo.
En su cuarto, Kevin puso un casete de Joy Division y prendió lo que quedaba de un troncho. Mara sacó del armario un par de vasos de vidrio y nos dedicamos a tomar en silencio. Una vez que nos terminamos la caja de vino, Mara empezó a besar a Kevin. Estábamos tirados sobre el colchón, muy juntos, y podía sentir la piel de Mara bajo los pantis. La acaricié. Mara me besó y después regresó a la boca de Kevin. Al rato nos estábamos besando los tres. Kevin le bajó los pantis a Mara y yo busqué con desesperación su bragueta. La verga de Kevin era grande y rosada, empecé a lamerla y a tragármela hasta que lubricó un líquido transparente y dulzón. Luego lo comencé a besar en la boca y lo tumbé sobre el colchón. Kevin tenía las pupilas dilatadas, los ojos rojos, su barba raspaba. Mara nos contempló fascinada. Le quité el pantalón y empecé a masturbarlo con una mano. Mara se deshizo de su falda escocesa, de sus pantis y de su ropa interior. Efectivamente, su pubis estaba depilado. Se sentó sobre la cara de Kevin como si fuera su trono y yo la miré largo rato mientras hacía mi trabajo. Tenía la piel cuidada, suave, y su cabello lacio caía por ambos lados ocultando parte de sus tetas. La entrepierna de Kevin era una selva negra que se extendía por su cuerpo entero.
¿Tienes condones?, pregunté a Kevin.
Señaló el viejo mueble donde se posaba la única lámpara que alumbraba la habitación.
Mara estaba en cuclillas y recibía las arremetidas de Kevin. Sus pezones, pequeños y rosados, eran como flores que no han brotado todavía. La habitación se había llenado de calor. Entonces Mara buscó mi verga con sus manos y me la empezó a chupar. Siguió así hasta terminar y caer exhausta sobre el colchón. El casete de Joy Division había dejado de sonar. Desde el piso de abajo alguien golpeaba con una escoba el techo.
Descansamos y me concentré en Kevin, en su cuerpo blanco y lleno de pelos. Al final, se puso boca abajo y me pidió que se la metiera. Abrí uno de los condones con los dientes, apreté la punta y me lo puse. Escupí un poco de saliva y humedecí la superficie del látex. Mara nos miraba desnuda desde el colchón. Intenté metérsela, pero su culo era prieto y él se quejaba. Mara se dispuso a ayudarme, lamiéndole el ano y colocando mi verga en posición. Kevin continuaba quejándose, pero sus gritos ahora tenían visos de placer. La lengua de Mara inspeccionó nuestras bolas y acabó chupando la verga de Kevin. Me enteré de que había terminado solo cuando Mara sacó un pedazo de papel higiénico para limpiarse la cara. Nos quedamos dormimos y a la mañana siguiente volvimos a hacerlo todo de nuevo, solo que esta vez yo se la metía a Kevin mientras él se la metía a Mara. Las posibilidades eran casi infinitas, solo era cuestión de armar bien las combinaciones.
Un día llegó el Ruso. Solía buscar a Kevin por las mañanas para gorrearle pastillas y quedarse pegado mirando el techo el resto de la tarde. Al mediodía Kevin debía alistarse para ir a trabajar, así que me tocaba a mí aguantar al Ruso y su psicosis anfetamínica. Debo admitir que no me caía mal el tipo, pero me hacía perder demasiado tiempo. Por esa época ya no trabajaba en la revista y me había mudado al cuarto de Kevin. Llevé mi bolsa de dormir, mi laptop y unos libros que consideraba indispensables. Todo lo demás había ido a parar a un depósito en casa de mis padres. Así que comía poco, tomaba mucho y perdía las tardes de mi vida hablando con el Ruso. Hasta que Buba ya no pudo conseguir más pastillas. El tipo que las vendía simplemente desapareció. Decían que se había ido, que había muerto, que había dejado el planeta. Kevin caminó por las paredes preocupado. Tenía la idea fija en la cabeza de que sin speed ya no iba a poder tocar por lo que los integrantes de Fakin Mader Fren andaban angustiados.
Este podría ser el final de nuestras increíbles aventuras, decía el Ruso.
Los días siguientes fueron terribles. Kevin enfermó. Le daban unas tembladeras, sus ojos se derretían, vomitaba saliva, sudaba frío. Por las mañanas venía su madre y lo obligaba a tomar un caldo de pollo que él despreciaba. Estaba segura de que Kevin sufría una fuerte infección estomacal producto de un extraño virus veraniego. El negocio va mal, me decía la señora. Con el verano la gente se muda a la playa y el comercio baja. Al tercer día Kevin seguía tirado sobre el colchón. Por algún motivo a mí la abstinencia no lograba cogerme. Una mañana me estaba alistando para salir cuando llegó el Ruso.
¡Lo tengo!, exclamó.
Se tiró al piso y vació el contenido de su mochila. La imagen de una bolsa con un montón de cápsulas me entristeció.
¿Y esto?
¡Adderall!, gritó el Ruso. Cinco horas de speed, tío. Estoy loco desde la mañana.
¿Cómo las conseguiste?
En un hospital en Pueblo Libre, mi contacto es un practicante que vende de todo. Dice que puede conseguir otra docena para mañana.
Cogió un libro del estante y vertió el contenido de las cápsulas encima. Prendí la radio y sintonicé una asquerosa canción de Hombres G. No me gustaba la idea. A pesar de todo, ahora Kevin dormía y tragaba algo del caldo que le traía su vieja.
El Ruso inhaló con una cañita y le pasó la posta a Kevin, que se reincorporó e hizo lo mismo. Después de un rato ya era el de siempre. Se sentó y buscó sus cigarrillos entre la basura acumulada alrededor del colchón. Me echó la culpa de habérmelos fumado, pese a que no soporto la nicotina, y le exigió al Ruso que le diera más.
Necesito para la noche, voy a tocar con el grupo en el centro, nos informó mientras se disponía a aspirar otra vez.
¿Quieres?, preguntó el Ruso ofreciéndome una línea.
No. Justo estaba por salir a comprar.
El día pasó rápido. Regresé al cuarto y Kevin ya estaba listo. Subimos a la camioneta del Ruso y atravesamos la ciudad. El concierto era en una casa semiderruida del Centro. Habían improvisado un escenario en un viejo solar. Eran casi las dos de la mañana cuando Kevin subió al escenario. El público era un mar agitado de brazos y piernas. A las cuatro, más o menos, decidimos regresar a la camioneta y coger la Vía Expresa con el Ruso acelerando a ciento ochenta kilómetros por hora. Son las cuatro con trece cuando Kevin, con una lata de chela en la mano, empieza a recriminarme por algo. Una parte de mí sabe que todo se ha ido a la mierda. Estoy seguro de que discutíamos, pero no logro recordar sobre qué. Tenía que ver con Mara y con un rumor que alguien había sembrado. Estoy borracho, así que tampoco entiendo nada. Kevin está molesto, colérico, y se levanta del asiento para patearme. Son las cuatro y veintitrés cuando el Ruso pierde el control, se sube a la berma y choca contra una de las paredes de la Vía Expresa. En algún momento, durante la pelea, me había abrochado el cinturón de seguridad. Intenté despertar al Ruso, que tenía la cara hundida en el timón cubierto de sangre. Logré salir de la camioneta y vi a Kevin, que había atravesado el parabrisas y ahora estaba tendido en un charco de sangre sobre el pavimento.
La abstinencia me encontró en el cuarto de un hostal. Los recuerdos que tengo de aquella época son borrosos. Me veo a mí mismo retorciéndome de dolor, sufriendo de pesadillas en las que mis padres me recriminan por algo que no entiendo. No fue hasta la tercera o cuarta semana que pensé en el suicidio. Salí a caminar agobiado. Una parte de mí no quería, pero otra me arrastraba hasta las tiendas donde miraba de reojo el raticida y huía sin comprar nada. Otras veces rondaba la idea de conseguir Preludin, pero volver a aquel círculo vicioso me aterraba aún más que el suicidio. La muerte, a fin de cuentas, era un lugar tibio y abstracto en donde podría reencontrarme con Kevin.
Terminé comprando una botella de ron y encerrándome en el hostal a beber. A la mañana siguiente, con una resaca espantosa, me di cuenta de que había olvidado cómo era mi vida antes de Kevin. Recordaba los meses que pasamos juntos, la forma en que se sentaba en su cuarto, con sus anteojos oscuros, la cabeza rapada, su guitarra en el regazo, tocando tranquilo y en silencio. Las tardes en que llegaba del restaurante con un paquete de comida porque sabía que iba a estar esperándolo. La dosis exacta de alcohol que tenía que beber para animarse a tener sexo conmigo. Todos esos recuerdos regresaron a mí esa mañana y me ocasionaron un profundo dolor en el pecho.
Barranco era una fiesta a la que yo no estaba invitado. Me encontraba en un local infestado de gente en busca de una sombra familiar entre la multitud. Pagué mi entrada y el vaso de cerveza que tenía en la mano. Estaba solo y aburrido. Hacía meses que Kevin había muerto y desde entonces no volví a Barranco ni a sus casas derruidas, a sus locales hacinados y sus pistas repletas de orines. El restaurante ya no existía y la familia de Kevin tampoco. A veces me preguntaba si todo no era más que un mal sueño.
Me detuve en una esquina a orinar. Unos chicos de la calle me ofrecieron marihuana y cocaína, pero cuando les pregunté si tenían speed, se alejaron en silencio. Antes del malecón me abordó un tipo que resultó muy conversador. Desde mi borrachera solo alcancé a ver una sombra gris y deforme. No soy cabro, pero te la puedo meter, dijo en voz baja.
Terminé en una discoteca bulliciosa, en Nicolás de Piérola, bailando solo y hablando con desconocidos. Eran casi las tres de la mañana cuando la encontré en El Tizón. Mara tenía mal aspecto. Había bajado de peso y perdido belleza. En El Tizón todos estaban tiesos. Por lo que pude notar, Mara también. Compartimos unas cervezas y evitamos hablar de Kevin. Cuando salimos, Barranco parecía un éxodo. Por ordenanza municipal, los locales cierran a las tres de la mañana. La gente termina vagando por las calles, los taxis se amontonan, el tráfico se complica.
Caminamos por Bolognesi. Mara tocó una puerta. Ingresamos a un bar lúgubre con mesas de madera y pintas en las paredes. Ahí tomamos más y hablamos de Kevin. La escena era triste, pero ninguno quería llorar. Lo odiábamos.
¿Pero se puede odiar a alguien muerto?
A mí no me gusta pensar que está muerto, me siento tranquilo creyendo que me ha dejado, que se ha ido, que algún día lo volveré a ver.
¿Hay alguien nuevo en tu vida?
Sonreí.
Está este chico de mi antiguo trabajo que me busca todo el tiempo, pero sucede algo raro con la gente que me busca.
¿Qué?
Nunca los puedo querer.
Mara rio. Tenía un cigarrillo en la boca.
¿Y tú?
A veces salgo con chicos, pero no me encariño con ninguno.
Salimos al amanecer tomados del brazo. Era reconfortante estar con Mara. Nos sentamos en la banca de un parque lleno de árboles. Nunca antes había estado ahí. Podíamos sentir la brisa del océano, verde por el fitoplancton, sucio por la contaminación de Lima. Los postes seguían encendidos. Mara y yo nos abrazamos. Era extraño estar así. Le pregunté si había ido al velorio de Kevin. Mara dijo que no. Yo tampoco. Me sentía mal por eso.
Podía sentir su cuerpo caliente junto al mío. Nos quedamos largo rato abrazados. Luego me pidió que la acompañara. Tenía una pequeña habitación a unas cuadras de ahí. La coca la iba a mantener despierta y no quería estar sola. En su cuarto, se quitó la ropa, se puso un pantalón de pijama y se acostó. La vi tomar unas pastillas que extrajo del cajón de su mesa de noche.
Son para dormir, dijo, pero yo no le había pedido explicaciones.
Me metí vestido a su cama y fingí dormir. Me quedé así largo rato, hasta que su respiración se hizo monótona y aproveché para irme. Caminé por Barranco. La neblina en Pedro de Osma avanzaba densa entre los árboles. Las raíces se erguían destrozando pistas y veredas. Vi un lugar abierto frente al Parque Municipal, un bar detenido en el tiempo. Las paredes eran celestes, olía a vinagre y cebolla. Atendía un chico al que le dediqué una sonrisa. Pedí un café y me quedé en la barra, dispuesto a que ocurra cualquier cosa.
EN EL JUANO
Seis meses después de la muerte de Kevin, Gonzalo me habló de ella. Era de noche y el bar estaba casi vacío, tal vez dos o tres grupos a lo mucho. Desde donde estábamos podía escuchar lo que decían en cada una de las mesas. Había empezado a garuar y, más allá de la puerta, el Parque Municipal lucía cubierto por una densa neblina. Pese a todo, no sé si era invierno. Ese año hubo un desfase en el clima e hizo frío desde mayo, pero en Lima no hay medias estaciones, y Barranco, por su cercanía al mar, se convertía en un barrio atrapado en una nube gris.
Mientras Gonzalo hablaba, yo contemplaba las paredes del bar repletas de afiches. El Juano, así se llamaba, era un negocio regentado de Rodo, el papá de Gonzalo, y su mayor atractivo era haber permanecido incólume al paso del tiempo. No aceptaban Visa, el baño era sucio y el polvo se acumulaba en los estantes y en las botellas. El piso, en proceso de desintegración, se convertía, con el pasar de la gente, en una masa negra que uno tenía que sacar de las suelas de los zapatos con un palito.
En la mesa seis, la más cercana a nosotros, una pareja comía patitas. Una pezuña de cerdo partida por la mitad y servida con ajo, vinagre y cebolla. En el bar lo ofrecíamos en un plato acompañado por un pan sobre un papel de manteca que siempre terminaba mojado de grasa y jugo de cebolla. Ver a alguien comer patitas era un espectáculo desagradable. Y este era un hombre de más cincuenta años junto a una chica mucho menor. Juntos devoraban esa masa rica en colágeno.
En la barra, Gonzalo hablaba de música. El otro día se había puesto a husmear entre sus cosas y encontró un disco de Fito Páez que había olvidado por completo. Era un auténtico ejemplar pirata de la década de los noventas. Caja de plástico, papel cuché a full color. En fin, una calidad que haría sonrojar a las disqueras de hoy en día. En la portada, Fito viste un terno plomo en un plano picado. Sintió curiosidad por el nombre de una canción que había escuchado mucho en su adolescencia, pero de la que ya no recordaba nada.
Sacó el CD y lo puso en su computadora.
La canción le trajo a la chica. Fue como retroceder en el tiempo. Y más que a ella, evocó largas caminatas atravesando parques y pasajes por una calle paralela a la avenida. Era verano, o al menos eso creía recordar. Los papás de la chica no estaban. La casa era pequeña, en una quinta enrejada, y a él le gustaba pasar por ahí. El sillón estaba cubierto con una manta de diseños prehispánicos, había adornos, cuadros, estantes con libros. Solía ir con la excusa de escuchar música, y entonces ella sacaba un vino, de botella o de caja, y luego se besaban.
Hasta esa noche solo había llegado a entrar a su cuarto una vez, pero un ápice de arrepentimiento o culpa hizo que se detuviera toda la transacción. El espacio era pequeño: un escritorio y una computadora encendida, una cama de una plaza junto a la ventana, un armario. Había también luces amarillas que pasaban a través de un cable por sobre la ventana, encima de la computadora, en el estante donde estaban apoyados libros de ciencias sociales.
Después de eso pasaron varias semanas sin que Gonzalo volviera a saber de la chica. Ella era algo mayor que él, estudiaba en la universidad, y lo veía como un experimento. Empezó a sentirse mal. Lo único a lo que atinó fue a encerrarse en su cuarto y escuchar música. Era la época de Sumo, un tiempo en el que solo escuchaba a Luca Prodan, ese italiano pelado que cantaba en inglés o en un español muy masticado. Tampoco estaba de ánimos para ver a sus amigos. Al fin y al cabo, Cas y Walter no lo entenderían ni lo apoyarían en su sentirse-una-mierda. Empezó a caminar solo, bajo el ardiente sol del verano, con Luca en sus audífonos. Hasta que su piel se quemó y las hebras de su cabello se abrieron y se secaron.
Cuando parecía que todo había acabado y que Gonzalo seguiría hundido en el mar de la nostalgia, la chica le escribió para explicar su desaparición: había estado ocupada. Entre sus salidas con el novio y las exigencias de sus padres, no había encontrado un momento para sus acostumbradas visitas. Pero esa noche estaría sola y le pidió que pasara por ahí. De pronto, toda su rabia lucaprodanesca no fue suficiente para decirle que no.
Se puso su mejor atuendo —una camisa de leñador y un jean roto— y salió a buscarla, caminando entre parques y pasajes de Surco con la voz aguardentosa de Luca Prodan en los oídos. No fue necesario tocar el timbre. La chica asomó la cabeza por la ventana y le dijo que esperara. Una vez adentro, lo hizo subir al segundo piso, como si retomaran lo que dejaron pendiente la última vez. La habitación estaba intacta. En la computadora sonaba una música a la que Gonzalo no prestó mucha atención al inicio. La chica sacó el vino habitual y se sentaron en la cama. Después de un par de frases, recordó que nunca habían tenido muchos temas en común. Solían conversar de libros, pero la verdad es que Gonzalo no había leído nada ese verano y no tenía ganas de hablar de eso con ella. Tampoco le pareció que estuviera tan bonita, ahora que la veía después de varias semanas. En fin. Tal vez estaba metiendo la pata.
La vio ir por más licor: dos botellas de cerveza y media caja de vino. A su regreso, se concentró en sus lentes —ella era bastante miope— y en su pronunciado escote. Esas tetas que tanto había querido tocar, lamer.
¿Qué escuchas?, preguntó ella mirando sus audífonos.
Sumo.
¡Aj! ¿Tú también?
Gonzalo reconoció la música en la computadora. Era «Cosas imposibles», de Cerati, que acababa de salir y que sonaba en la radio día y noche. La cortina electrónica era pegajosa y le hizo recordar el videoclip con los bebés mecánicos que arman una fiesta hasta las últimas consecuencias. Ese verano lo pasaron en el canal de videos musicales. Ya no recuerda si era MTV, VH1, lo más probable es que haya sido en Uranio 15.
¡Eso es un asco!, soltó por fin.
¿Qué tiene de malo?
Es demasiado comercial. No me gusta la tonadita.
A ti no te gusta nada.
Me gusta Sumo.
¡No todo puede ser Sumo!
Sin que él lo esperara, la chica, que había estado todo el rato sentada sobre una almohada, se puso de pie y se acercó para abrazarlo. Había algo incómodo en toda la situación. A ella parecía no importarle y se besaron. Gonzalo entendió que había ido para eso y pensó en el paquete de condones que guardaba en el bolsillo de su pantalón. A eso se resumía todo.
Se dejó caer sobre la cama y ella se subió a horcajadas sobre él. Sus manos recorrieron la espalda de la chica, por debajo de su blusa, hasta encontrar el broche de su sostén. Mientras esto pasaba, se preguntó si realmente lo harían. Si de verdad iban a tirar. Después de muchos intentos, Gonzalo consiguió abrir el broche. Detuvieron todo para que ella se sacara la ropa, mientras él le daba pequeños sorbos a la caja de vino. Las botellas de cerveza traspiraban y dejaban círculos húmedos sobre el parqué.
Cuando estuvo en ropa interior, la chica le ordenó que entrara en la cama, donde se encontró con un cuerpo caliente y húmedo. El olor de su perfume y el desodorante femenino, su piel suave y entrada en carnes. Le sorprendió, al pasar la mano por su entrepierna, encontrar un pubis liso. Siempre había pensado en vaginas cubiertas de vellos, como había visto en las revistas. Mujeres que se exhibían en páginas brillantes. Tal vez por eso tocar aquella entrepierna lo distrajo.
Gonzalo dice que, años más tarde, en el epicentro de una relación, lo comprendería. Entendería que, antes de tirar, uno se puede perder en absurdas cavilaciones. Si se pagó el recibo de la luz, si se acabó el gas... Se llama estrés y es la epidemia del siglo. Pero, en aquel momento, a los dieciséis años, a punto de hacerlo por primera vez, en la cama con una chica de al menos veinte que se ha quitado la ropa y le ofrece su culo, él solo puede pensar en Sumo.
Me empecé a reír a carcajadas. Las personas que tomaban voltearon a mirarnos. La chica de la mesa seis, como para que Gonzalo y yo nos diéramos cuenta, le dio un beso a su acompañante, aquel hombre que le doblaba la edad.
Fue horrible. No pude seguir, me levanté de la cama, incómodo, y ella volteó para mirarme.
¿Qué te pasa?, le preguntó mientras se cubría las tetas con las sábanas.
Me acerqué a su computadora y busqué canciones de Sumo. Pero no había ni una sola, puta madre. Entonces elegí cualquiera al azar y terminó sonando Fito...
¿Y qué pasó?
Nada. Nos tomamos las botellas de cerveza que quedaban y después de eso me fui.
No es ni la una de la mañana cuando Gonzalo y yo arrastramos la puerta de metal y con un palo hacemos girar la manivela para que baje la cortina metálica. Recuerdo que teníamos que cargar unos pesados fierros que colocábamos en los bordes del rectángulo vacío, para después colgar de ahí la puerta de metal con unas bisagras. Con el bar cerrado era poco lo que teníamos que hacer. Solo esperar a que las mesas terminaran de tomar y se desocuparan, cobrar la cuenta y limpiar todo lo que quedara por limpiar.
Le dije a Gonzalo que no entendía esa fijación por Sumo.
Para eso tendrías que conocer mi evolución musical, explicó. Cuando era niño todo venía heredado de mi hermano. Yo era más de ver televisión y jugar con mis muñecos, pero mi hermano Tiago solo escuchaba música. Yo podía comulgar, a la edad que tenía, con algunos sonidos de Green Day, que en esos años estaba en su mejor momento, y ahí paramos de contar. Además, siempre fui muy pegado al idioma español. En mi mente me preguntaba: ¿Para qué saber otro idioma? Sufría en clases tratando de comprender los tiempos verbales y conjugando el verbo to be.
Fue en ese trance que Kurt Cobain se disparó en la cabeza y todos los niños fuimos inmediatamente fanáticos de Nirvana, con el respectivo escándalo de nuestros padres. De niños idealizamos todo lo que aparenta ser malo. Entonces Tiago perforó la manga de su chompa para pasar por ahí su dedo pulgar, como había hecho Kurt y como hicieron todos los chicos de su salón en 1994. Tiago estaría en los primeros años de secundaria cuando yo escuchaba atento esas canciones mientras descubría las bondades de la televisión por cable. No me consideraba un fanático de Nirvana, pero trataba de entender la onda. Después de esa etapa, mi hermano siguió escuchando música en inglés, hasta que cayó en los brazos de los Beatles. Ese fue el momento en que nuestros gustos se separaron por completo. No por los Beatles, que tienen su lugar en la Historia de la música y yo los escucharía más tarde en la vida, sino porque a cierta edad yo quise escuchar mi propia música y viré al rock en español. Esas canciones sí las podía entender. Una tarde fuimos a una galería junto a la universidad Ricardo Palma para que Tiago grabara música en un CD y yo pagué diez soles para que me hicieran uno con las canciones en español que pasaban por la radio y que a mí me gustaban. Luego, ese mismo CD lo grabaría en casetes por partes y lo combinaría con otras canciones que grababa directamente de la radio...
Había perdido el rumbo, caía en canciones melosas de Maná y Los Rancheros, solo porque las pasaban en la radio y yo las quería escuchar extrañando a alguna chica que nunca había conocido. Y me creía mejor que los demás porque al menos no escuchaba Rossy War o Skándalo, que era lo que escuchaba todo el mundo en esa época, a finales de la década de los noventas, con Fujimori en el poder bailando el ritmo del chino. Sin querer, había grabado una canción de Andrés Calamaro que se llama «Flaca», con esa tonadita y estribillo tan pegajosos.
En cuarto o quinto año de secundaria, un chico del salón con el que no me unía nada se enteró de mi afición por el rock argentino y me prestó un disco doble de Sui Generis, ese en cuya portada salen Charly y Nito, los dos muy jóvenes, tomados de la mano y caminando por un sendero de lo que parece un bosque. A Charly se le ve muy flaco, con el cabello largo sobre sus hombros y vistiendo un polo de mangas anchas como un vestido. Sui Generis fue la revolución musical para mí.
Bueno, estaba en la onda de escuchar ese tipo de música y hacía poco que mi hermano había conocido a unos chicos que vivían cerca de casa. Los vi juntarse en el parque, por el barrio, y también en mi casa, en reuniones de mi hermano, o cosas así. Por esa época, Tiago ya estaba en la universidad y ellos debían de tener su edad, más o menos, y solían pulular por ahí. Mi mamá nunca los vio con buenos ojos: le parecían vagos, borrachos, viciosos, pero al menos eran chicos del barrio, sabíamos dónde vivían y con quiénes andaban.
