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Estamos en Ciudad Juárez. En la periferia, Reyna regenta un prostíbulo que es refugio para muchas mujeres. En él conviven entre la desconfianza y la camaradería, y a todas Reyna les cuenta su historia. No muy lejos vive Alicia, quien tras ser abandonada de niña dos veces, asume que su futuro es vivir de los desechos. Con coraje y destreza busca entre los escombros y se vuelve la líder de un grupo de mujeres y niños. Al otro lado de la frontera, en El Paso, reside Griselda, una médico que investiga el vertedero municipal de Ciudad Juárez a la vez que se enfrenta al deterioro de la persona que la crio. Sylvia Aguilar Zéleny es dueña de una oralidad magnífica y consigue insinuar la brutalidad más que narrarla. Basura, con dosis de suspense y momentos de inaudita ternura, explora la marginalidad, el abandono, la violencia y todo aquello que sucede en territorio fronterizo. «El vertedero de Ciudad Juárez, donde tanta gente encuentra su medio de vida, es un terreno fronterizo en el que siempre puede haber alguien que está peor... y no siempre hay una mirada para registrar lo que le sucede a ese alguien». —Elena Sierra, Pérgola
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Seitenzahl: 246
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Sylvia Aguilar Zéleny, 2018
© de esta edición, Editorial Tránsito, 2022
DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama
DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama
FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Edith Cota
IMPRESIÓN: KADMOS
Impreso en España – Printed in Spain
IBIC: FA
ISBN: 978-84-124401-8-8
eISBN: 978-84-126039-4-1
DEPÓSITO LEGAL: M-6477-2022
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sylvia aguilar zéleny
Para mi hijo Juan,porque sí, porque puedo.
Trash don´t know the meaning of use.Just like you kids.
DOROTHY ALLISON
UNO
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
DOS
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
TRES
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
La casa era pequeña. Una de esas casas con comida a diario. Tenía las cuatro paredes. Firmes todas. Tenía ventanas, puerta y chapa. Una buena chapa. Tenía dos catres, tres sillas, una mesa y una estufita; tenía tazas, platos, cucharas, cuchillos. La casa tenía chapa.
En esa casa vivía yo con ella.
Si cierro los ojos la veo a ella. La cara como recién lavada. El cabello recogido en una coleta. El delantal siempre sobre su ropa, sus bolsas delanteras llenas de llaves, monedas, billetes de a veinte, una estampita de la virgen, hilo. Una aguja ensartada en el carrete de hilo.
Ella trabajaba limpiando casas en el otro lado, ahí, con los gringos o para mexicanos que vivían como gringos, no sé. Sólo sé que cruzaba el puente del centro todos los días para llegar a gringolandia. Es una chinga ese ir y venir, pero una chinga bien pagada, decía a quien se le cruzara. El delantal guardado en la bolsa, para que los migras no creyeran que trabajaba allá. A veces empujaba un carrito de esos de supermercado que agarraba de no sé dónde. Un carrito cargado de cosas. Los gringos, o los mexicanos que vivían como gringos, siempre le daban comida, ropa, zapatos, así. Era raro que llegara con las manos vacías. Y no importa lo que trajera yo siempre me ponía feliz.
Porque si cierro los ojos me veo también a mí, pero no como soy ahora, sino como era entonces, chiquita, pendeja, bien lela, viéndola, adorándola. Pendeja.
En una de esas casas para las que trabajaba había niñas. Lo sé porque a veces llegaba con cosas sólo para mí: zapatos, juguetes, libros, camisetas con la cara de la Barbie. Las niñas ya no usan esto, las niñas ya no juegan con esto, las niñas ya no quieren esto, me decía. Todo, les dan todo. Nomás estiran la mano y tienen lo que quieren. Ve nomás, todo lo dejan nuevo, has de cuenta que estás estrenando, Alicia, a ver mídete esto, ahora póntelo con estos tenis, te digo, bien nuevitos.
A mí la ropa me daba como igual, pero más me gustaban los libros que también me traía. Ya los leyeron decía. Y yo feliz, feliz porque en los libros había hadas, sapos encantados, conejos con reloj. También traje juguetes, decía, mira ni parece que los tocaron alguna vez. Los juguetes no eran juguetes, eran juegos de mesa para dos o más, cosas para ponerte a pensar, rompecabezas dificilísimos de armar a solas. En cambio, los libros no te necesitan más que a ti. Se leen a solas.
Toda la semana se turnaba entre casas en el otro lado y una que otra casa acá, casas de los ricos. Muy lejos de nuestro rumbo. Las dos vivíamos del sueldo que le daban por limpiar y de cosas extra que hacía. Tienes suerte, me decía, yo a tu edad ya trabajaba. A veces llegaba con ropa que había que planchar, dejar lisita, como nueva. O ropa para remendar, un dobladillo, una costura aquí, muchos botones. En eso se le iban la tarde y los fines de semana. Remendar, planchar, y luego otra vez desde el principio.
Por las noches, después de dejar listo mi uniforme y la estufa bien limpia, se sentaba y me pedía que la sobara y yo lo hacía con gusto porque me gustaba el olor de su crema de pies, me gustaba dejar caer el chorrito y deslizar la crema por el empeine, luego en la planta, después entre sus dedos. Jálamelos, me decía, truénamelos todos. Y yo bien obediente lo hacía, uno porque ella me lo pedía y otro porque me gustaba ese sonido, el cric crac de cada uno. Ella cerraba los ojos, sonreía, yo sentía que le daba gusto masajeándole los pies, lo hacía, movimientos lentos, suaves, como con amor.
Bien pendeja yo.
No sé qué hacía conmigo cuando yo todavía no iba a la escuela, como que mi memoria inicia en el primero de kínder, ella llevándome de la mano y yo con una falda azul, una blusa blanca y un delantal de esos de cuadritos. Luego tengo otras imágenes, las dos caminando hombro a hombro cuando yo ya no era de esas niñitas que corren y cruzan la calle sin fijarse. Pórtate bien, estudia mucho, pon atención, me repetía antes de decirme adiós. Y yo lo hacía, me portaba bien, estudiaba mucho, ponía atención, levantaba la mano para contestar, entregaba mis trabajos antes que nadie. Leía en voz alta mejor que nadie.
De la escuela pocas veces me recogía, porque ya dije, ella trabajaba. Así que me encargaba con una de las vecinas y con sus hijos. Me tenía que quedar con ellos hasta que ella llegara por mí. Me entretenía viendo la tele con los otros niños o haciendo la tarea. El estómago me crujía, me acuerdo, pero yo no tenía permiso de comer ahí y mejor, a mí lo que me gustaba era comer con ella. Pasarle el tomate, quitarle las capas a la cebolla, mezclar la sal y la pimienta a la carne molida, poner la mesa: dos platos, dos vasos, cucharas, tenedores, un solo cuchillo que era el que ella usaba para cortarme la carne. Nunca he vuelto a comer una sopa de fideos como la suya. Su chile colorado con carne y papas. Las albóndigas.
Lo primero siempre era quemar las tortillas de maíz. Nos gustaban mucho. Les embarraba mantequilla, les ponía un poquito de sal. Me comía yo una o dos antes de que la comida estuviera hecha. Porque había comida. Comida, calientita, recién hecha.
Las tortillas quemadas quitan el hambre y el frío. Eso era lo que ella decía. También decía que era mentira que comer maseca cruda hacía daño. Me acuerdo que a mí me gustaba ayudarla a hacer las tortillas, revolver el agua tibia con la maseca, mover los dedos. Y luego cuando torteaba siempre cantaba una canción, ¿cómo iba? Ella cantaba todo el tiempo, a veces todavía creo que la oigo cantar cuando en la noche no se escucha nada. Mientras cocinaba, planchaba o lavaba, ella cante y cante. Me gustaba su voz, las canciones de moda salían de su boca, pero se oían diferentes. No mejores, diferentes.
En sus canciones favoritas siempre se repetían palabras como amor, culpa, olvido, se sentían más así, como que ella era la que sentía amor y culpa y olvido. Había canciones que no cantaba, sonaban en la radio y me decía: súbele, súbele más. Su boca decía una tras otra las palabras de la canción, nomás que sin sonido. No sé qué canciones eran ni quiénes las interpretaban, pero todavía hoy cuando una de ellas se aparece en la radio la veo clarito. Pinche vieja, hasta siento que la extraño. No era que cantara bien, era que lo hacía con ganas, como que todo desaparecía cuando ella se entregaba a sus canciones. Cuando me sorprendía oyéndola cantar, apagaba el radio de golpe y me decía: basta de holgazanear, a ver, lee en voz alta.
El hábito de la lectura me lo formó ella. Yo le leía y ella remendaba: una bastilla, una costura, botones. O planchaba: un vestido, una camisa, la línea de un pantalón. No sé si ya lo dije, pero ella aparte de limpiar y cuidar niños, era costurera, hacía composturas de todo tipo a la ropa de sus clientes. Gente de esa, de la que paga para que le hagan todo. Ella no me enseñó ni a lavar ni a planchar ni a remendar. Estás muy chica. Así me decía. Ya habrá tiempo, se ve fácil pero no lo es. Hay que saber cuánto jabón, qué tan caliente la plancha. Hay que hacer la costura invisible. Un día te enseño porque nunca sabes cuándo tus manos son las que te van a sacar de apuros, repetía.
Yo ni lavo ni plancho ni zurzo, pero mis manos son las que me sacan de apuros. Porque ella me enseñó a pepenar. Fue gracias a ella que yo aprendí dónde estaban las mejores cosas, las que todos querían, las casi nuevas. Basura fina, decía ella. Veía el reloj y me decía: Vente niña, niña, así me llamaba. Vamos de cacería, que a esta hora no hay nadie. Cacería, así lo decía.
Yo lo llamo trabajar.
Voy a trabajar le digo a nadie en cuantito me levanto.
La cacería, esa la hacen otros. La hacen por mí.
En esa época no hacíamos lo que ahora yo hago todos los días. No pasábamos la mañana acá esperando que llegara el camión de la basura. No nos poníamos bajo la carga, bajo la cascada de cosas para agarrar primero. No nos peleábamos por esta cosa o aquella. No agarrábamos cosas para luego venderlas. No. Nosotras íbamos al basurero por la tarde, cuando ya casi no había nadie, cuando a quién le importa qué te llevas. Cuando hay poco que escoger y te tomas el tiempo para hacerlo.
Apenas llegábamos, ella ponía en práctica su método. Primero caminar y caminar, empujar con el pie un montón y luego otro. Ver lo que de ahí se desparramaba. Más caminar. De pronto, alto. Miraba al horizonte de izquierda a derecha y de arriba abajo. Ella era un pirata buscando su isla del tesoro. Y cuando la encontraba, señalaba con el índice y decía, ahí, ahí mero, niña. Y ahí, ahí mero era donde, después de abrir una y otra y otra bolsa de esas de las grandes o de escarbar y escarbar, encontrábamos algo, un sartén, una colcha, ropa, chanclas disparejas o no, latas de comida. El tesoro.
Increíble lo que la gente tira, abandona y olvida. Hasta lo más privado de las casas termina acá. Lo que unos dejan a medias acá nos completa.
Ella era una experta para las latas de comida, era como si las oliera y supiera dónde se escondían. Las latas vienen por épocas, eso lo aprendí después. Hay épocas en que si acaso una o dos por semana, de esas, sin etiqueta. Luego, te encuentras muchas de atún en verano. Latas golpeadas que los supermercados gringos descartan. Bueno y es que aquí uno encuentra todo lo que los gringos y los mexicanos descartan. Entre noviembre y diciembre, te encuentras otro montón de esas con sweet potatoes, que son camotes y con salsa gelatinosa de cranberry, ingredientes de la época de fiestas en el otro lado. Yo no sé qué es, pero sé que se la puedes untar a un pan y te endulza la panza bien machín.
Ella no vendía lo que encontraba, todo era para nosotras. Así que un chingo de nuestras cosas venían o de los clósets de sus clientes o del basurero municipal. Vivíamos de los otros. Sí señor, ya desde entonces vivía yo de los restos de otros. Yo misma era un resto de otros.
Las latas de soda ni las tocaba, era como si no supiera lo que todos sabemos aquí, que esas significan dinero rápido. Tampoco recogía botellas de plástico. PETS, les llamamos los que sabemos. No sabía lo valiosas que eran, lo mucho que se podía sacar con ellas. Lo de las latas de soda, lo de los PETS y lo de los metales lo vine a descubrir cuando ella ya no estaba. Bueno, no lo descubrí. Me lo enseñó don Chepe. A ese viejo todos le temen. Pero cuando entras a su círculo, te cuida y ve por ti.
Don Chepe cuida y ve por mí. Yo soy del círculo.
De acá ella sólo sacaba lo básico. Nosotras, que te quede claro, no tenemos necesidad de esto. Así me decía todo el tiempo. Lo hacemos solamente porque sí, porque está ahí, pero tú y yo vivimos mejor que esta gente. ¿Por qué? Porque yo tengo un trabajo que paga y mi ingreso nos cuida. Que nadie te haga creer que eres como cualquiera de las peladitas que están ahí, míralas, rasque y rasque en la basura para ver qué consiguen. Y no voltees, no levantes la mirada, tú a lo tuyo. No mirar a los demás mientras estábamos pepenando era, en realidad, una manera de creerse que nadie la veía, que nadie nos veía, que nadie se daba cuenta de que nosotras, también, sacábamos de ahí para vivir.
Pero la neta es que nosotras también le entrábamos al rasque y rasque en la basura. Especialmente cuando ella agarraba la fiesta un viernes o cuando faltaba a una o dos de las casas en las que trabajaba. Entonces sí, como no había pan, queso, huevo, tortillas, veníamos aquí. Cruzábamos todos los baldíos que separaban nuestra casa de este lugar y a buscar, pizcar, pepenar.
Cazar.
Así fue como aprendí a separar lo que todavía sirve y lo que se puede arreglar. Lo que todavía se puede comer y lo que ni para los perros. Sus lecciones me mostraron a vivir a fuerza de nada, me hicieron quien soy.
Por ella soy quien soy.
Y por ella, pinche vieja, estoy donde estoy.
Nos han aprobado la segunda fase de nuestra investigación. Mis compañeros están asombrados, porque después del cierre de la clínica móvil, todo indicaba que el proyecto sería cancelado. Yo sabía que era cuestión de apelar a su orgullo. Es una vergüenza, pero en este país sigue triunfando la narrativa del colonialista: Vamos a salvarlos de su barbarie, exclaman todas sus acciones.
Decirle a los miembros del comité que nuestros estudios alrededor de la vida en el basurero de Ciudad Juárez eran: A unique way to understand la frontera and its multiple effects in our community’s health los comenzó a convencer. Desperté al superhéroe que habita a ese puñado de médicos-inversionistas cuando les expliqué que los resultados nos ofrecerían una mejor aproximación a la salud, al medio ambiente y, por tanto, a su salvación.
—¿Medio inversionistas?
—Peor, tía: medio médicos y medio inversionistas.
En la junta, la preocupación principal era nuestra seguridad y los riesgos de trabajar dentro de una zona peligrosa con una población as such. Henry les dijo que en todo caso eso abría otra línea de investigación: la rudeza en el basurero debía responder a las circunstancias que rodeaban a la gente dentro y fuera de ese lugar. La violencia como consecuencia del espacio: setting-based behaviour.
—Henry dijo línea de investigación, tía, pero en realidad es una línea de oportunidad.
—Oportunidad la que les estás dando tú a los del hospital con este voluntariado que seguro les estás regalando —dijo mi hermana Norma, que todavía no saludaba y ya tenía críticas hacia mí.
—Me da gusto por ti, nena. Lo traes de herencia. ¿Les he contado que un tiempo a tu mamá le dio por dar catecismo en uno de esos barrios que investigas?
—Sí —decimos Norma y yo. Ninguna de las dos le dice a la tía que nos lo ha repetido montones de veces. Eso y que papá.
—Tu papá alfabetizaba. Decía que antes de la palabra de Cristo venía la del día a día.
—Tía, imagino que no nos invitaste a tu casa a que escucháramos sobre la basura de Gris, ¿o sí?
Desde que comencé a idear esta investigación a Norma le ha dado por construir oraciones con la palabra basura sólo para molestarme. O intentar molestarme.
—No, no las invité para eso. Siéntense, tengo una noticia.
La tía mira nuestros teléfonos, sin atreverse a decirnos que los silenciemos o los guardemos. Y aun sin decir algo, lo hacemos. Norma mete el suyo a su bolsa, yo volteo el mío y lo pongo en la mesa de centro. Estamos en la sala de la tía, que tiene los mismos sillones de hace años, en perfectas condiciones, donde no nos sentamos a excepción de alguna reunión social o evento especial.
—Me voy a retirar.
Lo primero que viene a mi mente es una serie de imágenes de la tía saliendo tempranísimo de casa o regresando, entrada la noche, a seguir trabajando en la mesa del comedor. La tía siempre al teléfono, siempre resolviendo algo para alguien, siempre ocupada. Como yo, ahora.
—Estoy enferma. Lo he estado desde hace tiempo. Había logrado mantener mi vida como hasta ahora, pero esto se ha vuelto más complicado.
Norma y yo nos miramos. Mi hermana estudia a la tía como a un todo, como tratando de descubrir qué es esa enfermedad que la obliga a retirarse. ¿Su corazón? ¿Su estómago? Yo me concentro en verla de frente, yo debería saber qué es lo que tiene.
Cuando nos explica lo que es, me reprocho no haber prestado atención a esos pequeños detalles que ahora tienen todo el sentido. Sus olvidos, esas pausas demasiado largas entre una palabra y otra. Ese repetir y repetirse.
La tía nos adoptó a mí y a mi hermana cuando quedamos huérfanas. No sólo porque era la mayor de la familia, sino porque era la que más solvencia tenía: manejaba su propio despacho, había comprado una casa para los abuelos en Juárez y al poco tiempo se había comprado la propia en El Paso. ¿Quién si no ella para cuidar de nosotras? Nadie estuvo de acuerdo, había otros tíos y tías con hijos de nuestra edad, parientes que se creían más capaces de cuidar a dos niñas. Mi tía les demostró lo que nuestra sociedad se niega a entender: una mujer sola es capaz de mucho. De todo.
Nos trajo a vivir a El Paso. La ciudad que sólo servía para pasear o hacer las compras de navidad se volvió nuestro hogar. El inglés, nuestro idioma del día a día. Aunque sólo estaríamos a unos cuantos kilómetros más allá de casa y aunque éramos apenas unas niñas, dejar Juárez fue dejar una vida. La que tuvimos y la que hubiéramos tenido.
—Bueno, pues te vienes a vivir conmigo —dijo Norma—. Hay suficiente espacio y estarás cómoda. Yo puedo ir y venir del despacho si necesitas algo.
—De ninguna manera —dijo la tía y luego un no rotundo con la cabeza.
—¿Qué has pensado? —le pregunté, segura de que la tía ya tenía bien decidido los pasos a seguir. Imposible imaginar que no tuviera todo ya perfectamente tramado.
—Trabajé toda mi vida para pagar imprevistos como este. Así que.
Imprevistos, así llama a su enfermedad, como si se tratara de un techo caído o la inundación por una tubería rota. Norma seguro piensa que lo que ocurre en su cabeza es como un techo caído, tal como una tubería rota. La conozco, sé que se muere por sacar el teléfono de su bolsa y googlear todos los síntomas y características de la enfermedad de la tía.
—Voy a quedarme en mi casa, pagaré a alguien para que me atienda 24/7. Y llegado el momento me voy a.
—De ninguna manera —dice Norma sin siquiera dejarla terminar la oración.
—Un asilo —digo.
Las ideas de la tía las termino mejor yo. Los planes de la tía los comprendo mejor yo. It takes one to know one.
—Es la mejor decisión, Norma. Hay personal especializado que sabrá cómo manejar las necesidades de tía Mayela.
Siento la mirada de mi hermana acusándome de frialdad. Lo hace todo el tiempo, como cuando teníamos la clínica móvil.
—No estás ayudando a la gente de esa colonia, estás estudiándolos como ratas de laboratorio.
—Ratones —la corregía yo.
La tía siempre ha pagado para que alguien más se haga cargo de ciertas cosas: la comida, la limpieza, el cuidado de dos huérfanas. Y ahora, de su salud. Se lo recuerdo a Norma y se enoja. Me dice que no es lo mismo.
—Nos toca hacernos cargo a ti y a mí, Gris. Le debemos todo a la tía.
Le doy la razón, pero Norma no entiende que en ocasiones hay que dejar que otros se hagan cargo.
—Ni tú ni yo sabemos cómo cuidar a alguien en su estado.
—Tú eres doctora.
—Pero no me especializo en.
—No las traje para que decidieran por mí, sino para que estén al tanto y me ayuden a hacer los arreglos necesarios.
La tía decide que Norma se hará cargo del despacho y de contratar a una litigadora para que tome su puesto. Yo, de hacer ajustes e instalaciones a su baño y su habitación para que esté más cómoda y buscar a alguien que pueda quedarse con ella en casa.
—Alguien de tu hospital.
—Pero es que yo no trabajo en el hospital, trabajo para el hospital y.
—Estoy cansada, me acuesto. Un beso.
Norma se queda quieta, puedo ver que se aguanta las ganas de llorar. Por un segundo tengo deseos de abrazarla y decirle que todo va a estar bien. Porque sí, porque todo va a estar bien. Entonces se levanta, saca el teléfono de su bolsa, lo mira y lo vuelve a guardar. Pasa a mi lado y dice: Un beso.
Con la tía las llamadas o las visitas siempre terminan en lo mismo. Un beso. Uno. Incluso cuando estás a su lado y se despide de ti te dice: Un beso, aunque no termina de dártelo cuando ya se apartó. A veces ni siquiera lo da. Yo lo entiendo así: su amor hacia nosotras siempre estuvo encaminado hacia la educación y las experiencias. Libros. Ropa. Viajes. Educación. Siempre cuidó que no nos faltara nada, se preocupaba por lo que comíamos, por nuestras calificaciones, por alimentar nuestras habilidades. Se aseguraba de que tuviéramos buenas amistades y excelentes profesores. Fuimos a las mejores escuelas, disfrutamos de campamentos, intercambios, deportes. Todo para asegurarnos el éxito.
El espacio que habitamos y la educación que se nos ofrece nos define. Setting-based behaviour, como dijo Henry. Hablaba sobre los niños y niñas habitando alrededor o dentro del basurero municipal, pero a la larga aplica a todo. Y eso es lo que más me interesa estudiar. ¿Quién es la persona que vive de nuestros restos? Y, más específicamente, ¿qué nos hace lo que somos?
A veces me pregunto quiénes hubiéramos sido si nuestros padres no hubieran muerto. Si nos hubiéramos quedado en Juárez. Sin duda no seríamos las que somos ahora. Me imagino una vida normal, las dos creciendo en la mueblería, empleadas por papá. Cada una convenciendo a un cliente de comprar ese colchón o llevarse ese sofá donde, tal vez, la una o la otra tuvo sexo con algún novio justo la noche anterior. Una embarazada a los diecisiete, la otra alfabetizando o catequizando en barrios de la periferia.
Las dos un futuro incierto, como el de la tía.
Esta será tu esquina. Nadie más tiene derecho a usarla, pero nunca falta alguna pendeja que se arrima porque no sabe, porque se hace la que no sabe o porque sabe que tú no sabes. Ponte lista. Tienes que marcar tu territorio, tu esquina es tu territorio y si no la defiendes, no sirves para esto, punto. ¿Cómo que quién? Pues cualquiera, mija, cualquiera que parezca de las nuestras pero que no es de las nuestras. Ay pues lo sabes: las ves y lo sabes. Sabes que no tienen nuestra clase, nuestro estilo. No, no pasa seguido, las reglas aquí hace mucho fueron hechas; quieras que no, todas las respetan, pero de que pasa, pasa. No te creas que eres la única que ha decidido meterse en esto para salir del hambre. Porque por eso estás aquí, a mí no me vengas con el cuento que al taloneo le entras porque estabas aburrida. Ah, ¿ya ves? Por eso tienes que ponerte trucha, haz de cuenta que si te roban tu esquina te roban el pan. Entonces, si alguien te la hace de pedo en esta esquina, tú les dices que se vayan a chingar a su madre y listo. Y si no se van, porque nunca falta la dientona que se hace la sorda, tú diles que se averigüen con la Reyna y ya verás cómo desaparecen. Sí, la Reyna soy yo. Reyna Grande, aunque oigas a la Bibi llamándome Treyna Glande o a la Tijeras preguntando a grito pelado: ¿Dónde está Mi Reyna Trande? Pinches morras, a todo mundo le ponen apodos. Así fueran de creativas con la chamba. Ya las conocerás, pueden parecer cabronas, pero son de una buenaondería bárbara. También son buenas pa los trancazos así que, si no estoy yo y estás en apuros, tú diles a ellas y verás cómo le parten el hocico a quien sea que te esté molestando. Ay, pero quita esa cara, mija, hasta parece que vas a llorar. ¿Estás segura de que estás lista para esto? Mira pues por si las dudas, te tendré en período de prueba. A estas alturas no estoy para cuidar pollitas.
Antes de venirte a la esquina tienes que reportarte conmigo todos los días a más tardar a las seis; si no estoy en la casa, me vas a encontrar allá enque el Javier, digamos que ahí está mi oficina. Es ese lugarcito de allá, ¿lo ves?, el del techo caído. Yo no sé por qué no lo arregla, de veras que afea la vista. Es más, vamos, ahí platicamos. Ya es hora de mi clamatito y hace calor. Yo no sé cómo le hace el Javier, un clamato con cerveza no tiene ciencia, pero a él le quedan deliciosos. Es un pinche experto en poner la cantidad exacta de jugo de limón, de salsa Maggie y de Tabasco. El Javier sirve desayunos, así que si un día no tienes ganas de cocinar, te vienes con él. El Javier es de los nuestros, if you know what I mean. Me refiero a que también es un volteado de piña, o sea que antes era piña, pero se volteó, sí me entiendes, ¿verdad? Pues transexual, mija, tran-sex-ual como tú. ¿Que cómo supe? Mija, luego luego me di cuenta, en cuanto me preguntaste si… oye, pero ¿estás llorando? Te vas a arruinar el maquillaje y te ves muy chula, mira yo te lo noté porque pues it takes one to know one, pero se ve que te has trabajado bastante, ya te enseñaremos aquí más cosillas. Poco a poco serás toda la tú que quieres ser, como el Javier.
Sí, el Javier antes era Javiera. Me queda claro que comprendes eso de crecer inconforme con el cuerpo y lanzarse a ser lo que se es. Un buen día se decide dejar pueblo, familia y vida, para ser la tú que quieres ser. Y ser la que tú quieres ser sale caro, mija, seguro ya lo sabes. Pues bueno, así el Javier. Lo dejó todo, lo cambió todo, lo olvidó todo para hacerse acá una nueva vida. A veces la cadera lo delata, depende el pantalón que traiga puesto. Pero eso sí mija, nada de andar de mirona que si estás tratando de estudiarlo se emputa. Fíjate que eso le pasó a la Bibi cuando recién llegó. Lo veía como a ratón de laboratorio, nomás faltaba que directamente le preguntara oye Javier y tú, ¿pa dónde bateas? Pinche Bibi.
No, el Javier no trabaja con nosotras, ni nosotras para él, digamos que es una relación de clientes. Nosotras somos sus clientas y, de vez en cuando, si no hay nadie en su vida, pues él es el nuestro. Claro que a él sólo le gustan las mujeres, esas las bendecidas por la madre naturaleza con tetas de verdad y sin pito de novedad, como tú, como yo y como la Bibi. Sí, la Bibi también. Igual que tú tenía la p de pendeja cuando llegó pero fue agarrando la onda. Te va a caer bien. Al Javier también le agarrarás cariño, es retedecente, ¿no te digo que hasta me deja hacer mi oficina ahí? Mucho me dice que por un precio más que nada simbólico, me deja quedarme con el cuartito de trebejos. Un escritorio, un par de sillas, una pintada y aquí puedes trabajar, Reynita, me dice. Si no le he tomado la palabra es por huevona, la mera verdad, por puro huevona. Este horario volteado a mi edad está acabando conmigo… Aquí es cuando tú me interrumpes y me dices, pero si usted se ve bien joven Reynita, cómo va a ser. Ya quisiera yo verme como usted a su edad… Ay, mija, que se me hace que no sólo pareces medio bruta, sino que también lo eres.
Bueno, sigamos.
