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Al abrigo de la noche se desatan los sueños… Lucy se dirigió al balcón que daba al jardín y lo abrió de par en par. Era una noche estrellada, limpia y serena, inmensa en su negrura y abierta a todos los sueños. Una noche para vivirla, no para estar allí encerrada en una habitación que se había transformado de refugio en celda por arte de no se sabe qué clase de magia… No era fácil para ella vivir al margen de la alta sociedad a la que pertenecía por derecho, pero todo lo había compensado el cariño de su padre, un hombre todavía joven, atractivo y orgulloso. Por una serie de circunstancias, su tranquila vida se había empezado a llenar de pronto de nuevas experiencias y dos hombres, cada cual más atractivo, se habían cruzado en su camino. Uno la amaría sin reservas, otro no querría amar ni ser amado, y antes de eso ella tenía que dilucidar a cuál de ellos iba a entregar su corazón… "Una novela romántica clásica. Retrata a la perfección el espíritu de la época sin cargar de datos históricos. Elegantísima. Esta autora promete." Una lectora - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 326
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2015 A.R. Cortés Torrero
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Bella como la noche, n.º 64 - marzo 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Fotolia.
I.S.B.N.: 978-84-687-6124-4
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Dedicatoria
Nota de la autora
Cita
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Epílogo
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
Tú, siempre tú. Tu amor es la luz de mi vida. Este libro es para ti.
Todos los hechos, personajes y títulos nobiliarios de esta familia son totalmente ficticios, si bien están inspirados en algunos aspectos de la historia de mi propia familia. A veces es un nombre, un rasgo de carácter, o un hecho concreto. Esto es algo inevitable para cualquier escritor. Por mucho que fabulemos, no podemos evitar dar vueltas y vueltas en torno a lo que somos.
No obstante, todos los personajes tienen cuerpo y entidad suficiente como para reclamar con total autoridad e independencia su propio lugar en el mundo, aunque en este caso sea el de la imaginación. Aun a riesgo de caer en el tópico, no puedo evitar desear que lleguéis a apreciarlos tanto como yo.
A modo de dicho confirmaré que «el escritor» propone y Dios dispone y, aunque los que escribimos nos sintamos como pequeños dioses manejando la vida de nuestros personajes, no lo somos tanto…
Camina bella, como la noche
de climas despejados y de cielos estrellados,
y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz
resplandece en su aspecto y en sus ojos…
Lord Byron
Londres, 1830
La tormenta, chispeante y explosiva como lo es en sí la primavera, había dejado paso a un sol cálido y resplandeciente. Lucy había estado contemplando desde su ventana el espectáculo, complacida secretamente con el retumbar de los truenos y los dibujos de los rayos en el cielo plomizo del atardecer.
Por fin, aquella algarabía había culminado en una lluvia intensa y fugaz, que había limpiado el aire de Londres, siempre denso y pesado. Ahora, la tarde clara y primaveral resurgía con un manto nuevo de verdor vivificado y los pájaros se atrevían a entonar sus trinos y retomar sus vuelos por el vasto jardín trasero de la casa, a donde daba el dormitorio de Lucy.
No quedaba mucho tiempo para que llegara el invitado de su padre a tomar el té. Pero ya estaba casi lista para recibirlo. Desde que su abuela había fallecido, hacía casi tres años, era ella la anfitriona. Si bien era cierto que no tenían muchas visitas. Solo los amigos de su padre, casi todos mayores que él, ancianos eruditos que solo vivían para sus estudios e investigaciones y que frecuentaban la casa con la asiduidad de amigos íntimos y casi familiares. Si no fuera por ellos y sus tertulias, la vida de Lucy sería muy solitaria.
El ostracismo en que los había sumido su propia familia y la alta sociedad, después del «atrevimiento» de su padre, era el causante de esa soledad. No tenían penurias económicas gracias a la abuela Anne, aunque tampoco nadaran en la abundancia.
La generosidad y buen corazón de la anciana habían permitido que su padre, recién llegado de la guerra en España con el ejército de Wellington, convaleciente de sus heridas y llevando consigo una mujer y una hija de meses, no quedara abandonado a su suerte después del rechazo de la familia.
No le perdonarían nunca, aunque fuera el menor de los hijos del conde, que se hubiera casado con una plebeya, por muy hermosa y educada que esta fuera, y habían cumplido su sentencia hasta las últimas consecuencias.
La abuela Anne, siempre dispuesta a llevarle la contraria al que fuera, se había erigido en salvadora de su nieto preferido, William, y, dueña de una casa en Londres y unas rentas de las que había hecho heredero al mismo, los había acogido en su hogar. Pero la frialdad del recibimiento familiar y la rigidez de una forma de vida tan alejada del sol de su tierra habían hecho mella en la salud de la joven extranjera y había muerto de un resfriado que con la humedad del clima se había complicado.
Lucy solo tenía tres años. Entonces, su bisabuela se convirtió en una madre para ella y así había sido hasta hacía poco, cuando su corazón se había agotado y había dejado suavemente de latir mientras dormía. Lucy ya solo contaba con Bessie, su fiel doncella, amiga secreta y testigo y partícipe de todos sus sueños.
Como si la hubiera conjurado, Bessie llamó y entró en su cuarto.
—Señorita Lucy, le traigo los lazos que me pidió, ya planchados —comentó, y se acercó, dispuesta a darle los últimos retoques a su pelo.
—Gracias, Bessie, ¿has recordado a la señora Hopkins que tenga las galletas de mantequilla recién horneadas para el té?
—Sí, todos están avisados, estará todo perfecto —comentó la joven, sonriendo ante la excitación de Lucy—. Ah, tenía razón, estos de color rosa quedarán perfectos con el tono corinto del vestido.
Se dispuso a colocar el lazo en el moño bajo en que había recogido la rebelde melena rizada y morena de Lucy.
Aunque su familia no quería saber nada de su madre, en ella habrían tenido un recuerdo constante de la joven española. Sus ojos oscuros de largas pestañas, su tez trigueña, sus pómulos altos y su cara redondeada de labios generosos y rojos. Solo su altura y complexión esbelta, no exenta de ciertas curvas y un busto generoso, hacían recordar la herencia inglesa de su padre que corría por sus venas.
Un retoque más y estaría lista para bajar al salón a recibir a ese invitado tan especial y averiguar quizá el asunto tan importante del que nada le había dicho su padre.
Solo había comentado con aire misterioso que tenía que estar atenta y con todo preparado para aquella cita tan singular de la que parecía depender su futuro.
Hacía mucho tiempo que no veía a su padre tan contento, ya que la muerte de la abuela lo había sumido en una melancolía solo igualada por la pérdida de su esposa.
Pero esa mañana, mientras cabalgaban por Hyde Park a esas horas tan tempranas en que los jinetes pueden tener libertad de movimiento y no cruzarse con los paseantes, su padre había parecido rejuvenecido.
Bien era cierto que cuando cabalgaba perdía el aire taciturno que lo acompañaba constantemente; entonces parecía ser el joven lord vital y valiente que había ido a una guerra en un país lejano y había bañado con su sangre los campos de cebada de Badajoz.
Todavía era joven, ni siquiera tenía cuarenta y cinco años, y la naturaleza había sido generosa con él. Tenía unos hombros anchos, una figura esbelta y una altura que intimidaba a cualquiera que se pusiera a su lado.
Solo su pelo rubio y rizado y sus suaves ojos verdes daban una nota de dulzura a aquel hombretón tan serio.
Todo lo que había vivido en el campo de batalla y lo que había sucedido después en su propia familia había dejado la huella de unas arrugas en su frente y entrecejo, pero su mirada seguía siendo limpia y sincera, y había sido para Lucy el mejor padre del mundo.
Durante su más tierna infancia había jugado con ella y le había contado los cuentos más maravillosos. Había inventado para ellos dos las aventuras más osadas, aventuras que seguramente él habría emprendido gustoso si no la hubiera tenido a su cargo. De manera que no le podía negar lo que le pidiera.
Estaría radiante y solícita y sería la anfitriona perfecta para su visita.
El sonido de unos cascos rasgó la recién encontrada calma de la tarde. Lucy corrió a la ventana de la salita de enfrente, desde la que se divisaba la entrada principal de la casa, seguida de Bessie.
Un carruaje acababa de parar frente a la puerta. El escudo nobiliario le era desconocido, pero se trataba de alguien importante, de eso no cabía duda. Quizá algún anciano mecenas dispuesto a proporcionar fondos a las investigaciones científicas y literarias de su padre y su círculo de amigos.
No le había dado tiempo apenas de cifrar ese pensamiento, cuando un hombre joven y apuesto bajó atléticamente del carruaje.
Su porte elegante revelaba la nobleza de su cuna a la perfección, pero aquella agilidad y soltura de movimientos reflejaban un poderío y un empuje muy alejado de los atildados nobles que veía paseando por Hyde Park.
Tenía el aire quizá de un libertino, pero eso solo quedaba para su imaginación, ya que no había visto a ninguno cuando cabalgaba a esas horas tan tempranas en que frecuentaba el parque y su experiencia en sociedad era muy limitada.
Los rasgos eran perfectos, su boca bien cincelada, el mentón cuadrado. El pelo era castaño oscuro, algo revuelto.
Y él se paró un instante para alisarlo y colocarse el sombrero.
Al hacerlo, alzó los ojos y la descubrió observándolo. Unos ojos claros, fríos como el agua del mar más azul, se posaron en los de Lucy y una sonrisa burlona acompañó el leve arquear de una de sus cejas.
La sonrisa había dado un poco de calor al momento, demasiado, para que Lucy lo admitiera. Y se alejó de la ventana bruscamente, pensando en quién sería aquel arrogante engreído que la tomaba por una jovencita fisgona.
Bessie se había quedado con la boca abierta contemplando la aparición desde su espalda, y no parecía reaccionar cuando Lucy se volvió algo acalorada hacia ella.
—Vamos, Bessie, ni que hubieras visto al diablo —le recriminó, casi sin pensar lo que decía, a la joven que estaba también entre aturdida y embelesada.
—No sé, señorita, pero es bello como un ángel, nunca había visto a un hombre tan guapo… Puede que sea un ángel caído… —añadió, con una sonrisa pícara y volviendo a ser la de siempre.
Ese era el problema de tener una doncella instruida.
Bessie era la sobrina de Hobbes, el mayordomo. Había entrado a su servicio siendo apenas una niña de once años y su padre la había enseñado a leer y a escribir.
Aunque poco ortodoxo tratándose de la servidumbre, Bessie había sido casi una amiga para ella, una compañera de juegos a la par que doncella, y aunque al crecer su padre había querido hacer de la joven una señorita de compañía para su hija, Bessie no había permitido que nadie ocupara su puesto de doncella personal, así que era una mezcla de ambas cosas.
Nada era muy ortodoxo en aquella casa.
—Bueno, dejémonos de charlas, tengo que bajar —comentó, intentando parecer más compuesta de lo que se sentía.
La verdad era que aquella sonrisa había alterado todo su mundo. Había puesto cuerpo y cara al hombre de sus sueños, el héroe romántico de todas sus lecturas, el anhelo secreto de sus ensoñaciones de adolescente.
—Se parece un poco a ese tal Lord Byron que tanto le gusta —comentó la joven, sin cejar en su empeño de hurgar en la herida abierta ya con su anterior comentario.
Así era Bessie, alegre y parlanchina. Y con una imaginación tan desbordante como la suya propia.
Pero tenía razón, había algo intrépido y desafiante, y muy pecaminoso, en la sonrisa de aquel hombre.
Sin embargo, no debía demorarse más. Hacía unos segundos que había sonado la campanilla de la puerta. Su padre ya habría recibido al invitado y debía reunirse con ellos.
Así que hizo acopio de valor y se dirigió escaleras abajo, en busca de su destino.
Lucy bajó los últimos escalones con algo menos de decisión y se paró para tomar aire y serenarse al final de la escalera.
De repente, el vestido que llevaba, que era el mejor que tenía, se le antojaba demasiado austero, demasiado serio para su edad. Solo los lazos rosas daban un aire más juvenil a su aspecto.
A sus diecisiete años, casi dieciocho, ya debería haber sido presentada en sociedad, ya tendría que estar acostumbrada a los bailes, las cenas, las meriendas. Pero, salvo las reuniones con los habituales contertulios de su padre y alguna visita ocasional de sus antiguos compañeros de armas, no había tenido todavía ocasión de lucirse en ningún acontecimiento de verdadero relieve social.
Cierto era que algunas amigas de su bisabuela la visitaban antaño con frecuencia, pero la abuela Anne había decidido repudiar también a una sociedad que le cerraba las puertas a su nieto y su esposa y no había querido corresponder a esas visitas, ni asistir a ninguna reunión social.
Si hubiera vivido más, seguramente habría utilizado esas amistades para, a su debido tiempo, poder presentar a su bisnieta en sociedad, aunque fuera discretamente.
Pero de nada servía lamentarse, la abuela ya no estaba y ella era la anfitriona de su padre, que la esperaba con su invitado en el salón, así que no podía retrasar más su llegada.
En eso la anciana había sido toda una maestra. Lucy sabía perfectamente cómo debía comportarse una dama.
Dio unos golpecitos en la puerta y entró con aire sereno y decidido en la estancia. Los dos caballeros se levantaron educadamente para recibirla.
—Ah, ya estás aquí, Lucía—comentó su padre, que era el único que la llamaba así, por su nombre completo, y lo pronunciaba con cierto acento español lleno de añoranza, puesto que era el nombre también de su madre—. Excelencia —añadió, dirigiéndose al otro hombre—, le presento a mi hija, Lucy.
—Señorita Havisham —dijo el invitado haciendo una leve inclinación de cabeza y acercando ligeramente los labios a su mano extendida.
—Hija, te presento al duque de Stratton, sir Alexander Grantham.
—Excelencia —dijo ella haciendo una ligera reverencia y retirando la mano del suave agarre de la suya.
—Si le apetece, vamos a tomar el té y luego hablaremos de los detalles concretos de la propuesta, mi hija nos lo servirá en la mesita que hay junto a la ventana. Ese es nuestro rincón preferido de la sala.
Lucy esbozó una sonrisa y miró cariñosamente a su padre. Tenía la habilidad de hacer fáciles las cosas. Allí estaba, con todo un duque, y lo animaba a compartir el té amistosamente contemplando el jardín y haciendo más fácil para ella la situación.
Claro que su padre era hijo de un conde y, aunque caído en desgracia, no tenía por qué sentirse amilanado en compañía de nadie, aunque fuera alguien de tan alta alcurnia como el duque de Stratton.
—Me encantará contemplar el jardín en tan agradable compañía —comentó el duque amigablemente y con aire desenfadado.
Entonces, cruzó levemente su fría mirada con la de Lucy y sonrió, esta vez sin la ironía de su primera sonrisa, y eso le dio a sus facciones un aspecto tan radiante que fue como si la habitación entera se llenara de luz.
En los libros, a veces, hablaban de amor a primera vista. Lucy no sabría decir si aquello que acababa de sentir se trataba de amor, pero era como si el sol hubiera nacido en su pecho. Aunque, por otro lado, aquel era el primer hombre joven aparte de los criados que tenía ante sí, y además muy guapo.
Quizá fuera solamente la impresión de un momento.
Él debía rondar los treinta, no tenía el candor de los veinte años, eso seguro, sino cierta madurez, que se reflejaba en su mirada y en la seguridad de su porte.
Unas ligeras arruguitas habían asomado a sus ojos al sonreír y, fijándose bien, su tez tenía el rastro de un tono moreno que hablaba de aire libre y lugares más cálidos.
Estaba claro que era un hombre de mundo.
Ella era inexperta, pero tenía una marcada capacidad de deducción. En eso había tenido de ejemplo a su padre.
Su cabello, aunque bien cortado, tendía a caer sobre su frente con abandono y él se lo retiraba con una mano esbelta y morena, bien cuidada pero fuerte y de movimiento rápido y decidido.
Aquel no era un duque frívolo y banal. De eso estaba segura.
Sus maneras eran intachables y su tono amistoso, pero la frialdad de su mirada hablaba de un hombre que arrastraba un conflicto interior. Parecía ligeramente atormentado y algo contenido, como fuera de lugar en su papel.
Todo esto lo iba pensando Lucy mientras se acomodaban en la mesa y ella llamaba al servicio.
Su padre estaba charlando con el duque de los pormenores de los jardines. La botánica era su pasión.
—Este es solo el jardín delantero y para mi gusto demasiado convencional —comentaba su padre—, es en el jardín trasero, que es mucho más grande, donde me permito mis experimentos botánicos. Allí, y en el invernadero, es donde intento aclimatar flores y árboles de otras latitudes. Es mi pasatiempo favorito.
—Vaya, es una agradable sorpresa encontrar a alguien aficionado a la botánica como yo —respondió el duque—. Acabo de volver de Jamaica y he traído algunas semillas de flores pero, dadas las circunstancias, no he tenido tiempo de hacer nada con ellas.
El criado y el mayordomo entraron con el servicio de té y las maravillosas galletas escocesas de mantequilla de la señora Hopkins.
No era el acompañamiento del té más tradicional pero, una vez más, no se ajustaban en nada a los cánones de la sociedad.
Vivían en una especie de burbuja fuera de la realidad.
Quizá fuera momento de pinchar aquella burbuja, pensó Lucy, que de pronto se había topado con una realidad inesperada, en forma de apuesto caballero.
«Jamaica», había dicho él. Con razón tenía aquel tono de piel dorado… y de pronto se ponía a hablar con su padre de plantas…
—Allí hay una vegetación tan colorida y exuberante que resulta imposible no caer bajo su hechizo y, al venir, quise traer conmigo algo de aquel colorido. También me hubiera gustado traer algunos retoños de árboles, pero para eso no tuve tiempo —comentó el duque, dejando a Lucy en suspenso y preguntándose qué sería lo que hacía allí y qué lo había traído de vuelta tan precipitadamente.
—Sí, algo he leído de aquellas tierras, tengo entendido que los esclavos a veces se alimentan con los frutos del árbol del pan —replicó su padre.
Lucy no pudo evitar entrar en la conversación. Ella odiaba la esclavitud. Había oído hablar a su padre de la situación en las plantaciones de caña de azúcar y de las revueltas de esclavos que había habido en la isla.
—Es horrible la vida de esa pobre gente en las plantaciones…
—Sí, tiene razón, señorita Havisham —atajó él posando de repente su mirada en ella con algo de asombro por su intervención—, pero la situación ha llegado a un límite tal que no creo que tarde mucho en explotar. Al final, la esclavitud tendrá que ser abolida, no hay otra salida. La caña de azúcar tendrá que ser cultivada por mano de obra asalariada, es cuestión de poco tiempo…
Los dos hombres se enredaron en disquisiciones políticas y Lucy no quiso volver a intervenir por no encontrarse otra vez con la mirada de sus ojos solo para ella.
Era demasiado intensa, le hacía casi perder la compostura.
Así que se retiró discretamente una vez que hubieron tomado el té.
No sabía a qué había ido el duque, pero ciertamente no sería a hablar de plantas, ni de política.
Se retiraría a la biblioteca, dejaría a los caballeros tratar de sus asuntos tranquilamente y esperaría a que su padre fuera a contarle en qué consistía el misterio de la visita de aquel hombre que en unos instantes había vuelto todo su mundo del revés.
Lucy cerró la puerta de la biblioteca y sintió un escalofrío recorrer toda su espalda. No tenía sentido. Tenía las mejillas ardiendo.
El fuego chisporroteaba alegremente en la chimenea y la estancia estaba tan cálida como siempre. Allí pasaba sus tardes en compañía de Bessie, cosiendo, leyendo, contemplando el vasto jardín.
Fue hasta el amplio ventanal y atisbó el cielo del atardecer, que se había oscurecido una vez más de repente.
Otra vez amenazaba lluvia.
Al fondo, divisó a Bessie arrancando de un arbusto flores tempranas de primavera, ya marchitas. A su lado, quitando malas hierbas, estaba Sam, el joven cochero al que su padre había convertido también en jardinero y con el que pasaba largos ratos trabajando en el jardín.
No tenían mucho servicio y algunos criados tenían que desdoblarse en sus tareas.
A Lucy le gustaba ver a su padre manchado de tierra agachado en los parterres, que convertía siempre en una maravilla de aroma y color. Le recordaba su infancia, cuando iban a la zona cerca de Bath los veranos con la abuela Anne.
La anciana tenía por costumbre alquilar una pequeña mansión en un pueblo cerca de la playa y mientras ella iba a Bath a tomar los baños, todas las mañanas su padre la llevaba a ella a correr, saltar las olas y hacer castillos de arena, en la que acababan a menudo rebozados.
A veces su padre se quedaba absorto mirando el horizonte, con una cara muy extraña, pero ella llamaba su atención con cualquier cosa y enseguida retomaban sus juegos.
Qué alegre y fácil era todo entonces… pero no habían vuelto allí desde que murió la abuela.
La lluvia comenzó de súbito y la arrancó de sus pensamientos, dando otra vez vida al presente. Lo cierto fue que en ese instante, al fijarse en el jardín, el verde le parecía ahora más verde, el rosa de las flores más encendido y de pronto comprendía de verdad a Julieta, la escena del balcón del drama de Shakespeare cobraba para ella un nuevo sentido…
¿Qué le estaba ocurriendo?
Cogió su ejemplar de El viaje de Childe Harold de Lord Byron. Su poeta preferido, aquel noble ebrio de placeres y libertad que había amado España, había cruzado a nado el Bósforo y había escandalizado a toda la sociedad, para después redimirse un poco a ojos de esa misma sociedad luchando por la independencia de Grecia contra los turcos.
Suspiró dramáticamente. Había gente que moría por un ideal. Qué monótona y aburrida se le antojaba sin embargo a ella su vida.
Siempre se había refugiado en los libros, que su padre le permitía leer sin restricciones, para mitigar la soledad. Allí, desde la biblioteca, podía vivir mil vidas diferentes. Podía ser un caballero sediento de justicia como Ivanhoe o correr las mismas aventuras de Rob Roy o los otros héroes de Walter Scott.
Ya de pequeña, su padre le hacía memorizar allí los versos de Elparaíso perdido, de Milton, mientras ella contemplaba los grabados de ángeles y serpientes.
Y allí, el profesor de español, un anciano hijo de un noble de España venido a menos, leía con ella El Quijote y los sonetos de Garcilaso.
Lucy no tenía apenas recuerdos de su madre, pero su idioma le hablaba al corazón, y lo había aprendido con inusitada facilidad.
Su madre se había dirigido a ella en su idioma desde que nació, y era su voz y sus canciones españolas el único recuerdo claro que ella tenía de su paso por la vida. Eso, y el retrato que llevaba en su pecho guardado en un camafeo de oro y nácar.
¿Habría sido su madre quizá parecida a la joven que describía Lord Byron en su poema de una joven de Cádiz?
Ella solía ponerle su rostro cuando lo leía.
No me habléis del frío Norte
No me habléis de inglesas damas
No habéis visto, no habéis visto
A la gentil gaditana…
En la biblioteca, también, se había aburrido mucho aprendiendo latín, historia, francés y otras materias con su institutriz, la señorita Blake, cuyo único rasgo atractivo para ella, ya convertida en una jovencita, era que le gustaban las novelas de Jane Austen, a las que también ella se había aficionado desde entonces, lo mismo que Bessie. Claro que hasta el mismísimo Jorge IV era gran admirador, ya desde su época de Príncipe Regente, de la señorita Austen
La lluvia estaba arreciando y Bessie y Sam habían corrido a refugiarse en el invernadero. Qué bien se llevaban esos dos. Estaba claro que se gustaban.
Bueno, Bessie siempre lo tenía todo muy claro. No era como ella, que le daba mil vueltas a las cosas. Para Bessie todo era blanco o negro. Y luchaba siempre por lo que quería. Era muy decidida.
Sam no tenía escapatoria, pensó Lucy con una sonrisa.
Se sentaría un rato a leer hasta que llegara su padre y Bessie apareciera al fin con su costura.
Y, efectivamente, al cabo de un rato, nada más cesar la lluvia, irrumpió en la biblioteca Bessie, algo mojada y con un brillito delator en la mirada.
—Lo siento, señorita Lucy —se disculpó la joven—, pensé que tardaría más y salí un rato al jardín. Luego ha empezado a llover… Si quiere continuamos ahora con el bordado del mantel que empezamos la otra tarde…
—No te preocupes, Bessie. Ya he visto que estabas muy ocupada —replicó ella conteniendo a duras penas la risa—. Anda, ve a secarte y no bajes hasta la cena. Mi padre no tardará en llegar y supongo que querrá hablar a solas conmigo y contarme al fin en qué consiste todo este asunto.
Bessie hizo una ligera reverencia y se alejó, algo ruborizada y aliviada de no seguir siendo objeto de las miradas burlonas de su señora.
Era muy parlanchina y perspicaz, pero para sus sentimientos era también muy reservada. Hablaba continuamente de todo menos de sí misma. Casi como si no se considerase digno objeto de conversación. Y, por mucho que Lucy intentase sonsacarla, ella no se abría.
Había barreras sociales muy sutiles, que eran más difíciles de abatir que si fueran sólidos muros de piedra.
Aunque ella la considerase una especie de confidente y amiga, para la joven era su señora y había límites que no se podían traspasar; no importaba que ella estuviese dispuesta a permitirle que se tomase algunas confianzas, ni que estuviese necesitada y deseosa de tener una amiga y una igual.
En el fondo, Lucy no le hacía ningún favor colocándola en esa difícil disyuntiva. Bessie prefería las cosas blancas o negras, ya lo sabía.
Era mejor dejarlo estar.
Retomó la lectura y dejó su mente vagar por su gastado ejemplar de Childe Harold.
A su padre, aunque no lo confesara, también le gustaba Lord Byron, y lo leía con frecuencia, tanto, que entre los dos habían acabado por hacer envejecer sus páginas.
Alexander Grantham, duque de Stratton muy a su pesar, salió como alma que lleva el diablo de la pequeña y decadente mansión de High Street.
Todavía le ardía la piel de recordar el rubor de la hija de William Havisham. Y no necesitaba ese problema añadido a su ya de por sí problemática situación.
El padre, en cambio, era la persona que necesitaba, estaba absolutamente convencido.
Tal como le había comentado James, era un noble algo apartado de la sociedad, pero de exquisita educación y una bien merecida reputación de hombre docto, tanto en las ciencias como en las letras, y muy aficionado a los libros, que era lo que a él le importaba.
Personalmente, además, se había ganado su simpatía al instante. Era un hombre que inspiraba confianza, dato muy a tener en cuenta para su menester.
Su casa era el fiel reflejo de lo que sabía de él. Una mansión relativamente pequeña, situada en un barrio discretamente bueno pero algo descuidada, sin mucho servicio por lo que se había visto, pero decorada con un gusto exquisito, aunque algo anticuado.
Eso sí, era una casa que irradiaba calor de hogar, de eso no había duda, y algo de falta de dinero.
Él había sugerido con delicadeza, para no ofender a su anfitrión, que estaría dispuesto a pagar una buena suma por su labor. Y William Havisham había declinado elegantemente su sugerencia.
Había ofrecido su ayuda desinteresadamente, solo había impuesto una condición a cambio. No se separaría de su hija. Si viajaba, ella iría con él.
Y ahí estaba el problema.
Lo último que necesitaba Alexander era tener a una jovencita a su alrededor, ruborizándose cada vez que posara su mirada en ella… y ciertamente, merecía esas miradas.
Era no solo bella, sino llena de una sutil vitalidad, una luz interior que irradiaba a través del fuego de sus ojos negros de mirada inteligente.
Uno podía perderse en aquellos ojos… pero estaba claro que él no.
Conocía bien esa pasión contenida. Su propia madre había tenido esa mirada cuando miraba a su padre, y bien sabía él que había sido su perdición.
A lo que él estaba acostumbrado era al ardor de las mujeres de Jamaica, mulatas de piel dorada que vivían el placer sin la virginal inocencia de aquella muchachita romántica.
Ese placer y esa fuerza de la naturaleza que eran las mujeres del Caribe era lo que lo había mantenido atado a la vida después de los trágicos acontecimientos que lo llevaron a esas latitudes.
En aquellas bellezas tan diferentes de las inglesas había volcado toda la fuerza de sus pasiones desatadas. Todo el rencor y algo de la culpa habían quedado mitigados en brazos de aquellas dulces amantes, que le habían enseñado no solo a buscar su placer, sino a saciar y adorar sus cuerpos voluptuosos.
Nunca había faltado alguien en su cama para mitigar la soledad. Ellas lo amaban simplemente por el hombre que era, no por el título que escondía en su pasado, y él las amaba a su manera, sin poner en riesgo su corazón, atado por unos lazos de hielo que ni siquiera el exquisito ardor de tanta pasión había sido capaz de deshacer.
Había aprendido muchas cosas de la vida a lo largo de aquellos años.
Cuando llegó a la isla solo pensaba en trabajar en lo que fuera para ganar su sustento y no tener que gastar todo el dinero que le había dado su hermana.
Después de toda una vida dedicada a no hacer nada, salvo divertirse con sus amigos, todos hijos de la nobleza como él, a emborracharse y jugar a las cartas. Después de dedicarse a saciar su sed de placeres con alguna viuda algo madura o incluso jóvenes casadas con viejos y aburridos maridos llenos de títulos, sus primeros tiempos en Jamaica habían sido brutales.
Por primera vez no era nadie, solo un hombre con las manos vacías y cuyo único valor era su fuerza y su empuje para desarrollar un trabajo.
La experiencia, desde luego, había sido enriquecedora. Y tras un tiempo descargando mercancías de los barcos, algo casi relegado solo a los esclavos y los parias, había conseguido trabajo en una pequeña compañía que se dedicaba a la exportación del café que tan abundantemente producía la isla.
Su educación y buenas maneras le habían hecho la persona ideal para tratar todos los asuntos de la compañía con las autoridades, gestionar contratos y llevar asuntos de ese tipo.
Ahora, todo aquel mundo se le antojaba tan lejano, tan irreal. Estaba de vuelta en la vieja Inglaterra, detentando el título que su odiado padre le había dejado en herencia.
Si su hermana hubiera tenido algún hijo varón antes de enviudar, seguro que el viejo lo habría nombrado gustoso su heredero, con tal de no tener que dejarle el título a él.
Pero no había sido así, y puesto que no había más familia en aquella maldita saga y su hermana lo había reclamado insistentemente para que fuera a ayudarla y se hiciera cargo de su legado, no había tenido más remedio que volver.
Ella era la única persona en el mundo que lo quería, su único puerto seguro.
Aunque solo dos años mayor que él, siempre había sido su protectora en las desavenencias con su padre, su aliada. Si no hubiera sido por ella, no habría podido huir de Inglaterra aquella terrible noche…
Su vida se habría sumido en la miseria.
Así que había vuelto a cumplir con su deber y tomar las riendas del patrimonio que tan abandonado había dejado su padre desde la larga enfermedad que había acabado con su vida.
Pensándolo desde otra perspectiva, a Elisabeth, su hermana, le vendría bien algo de compañía femenina, aunque para él fuera un inconveniente, el arreglo podía conllevar algo positivo.
Y además, si seguía en Londres más tiempo, con la Temporada en pleno apogeo, ya no podría esquivar las invitaciones de las matronas de la alta sociedad, ávidas de tener a un duque como posible objeto de sus planes casamenteros.
Qué equivocadas estaban. Él no tenía ninguna intención de casarse. Por nada del mundo tendría un heredero para aquel maldito título. Que su estirpe muriera con él.
Lo mejor, de todos modos, era irse al campo y no desairar a nadie.
Solo tenía que mantenerse un poco al margen e ignorar la suave tentación de la virginal jovencita que iba a ser su invitada.
Ay, cómo echaba de menos Jamaica…
William Havisham llamó suavemente a la puerta de la biblioteca y entró con aire jovial en la estancia. Estaba muy contento. Hacía tiempo que Lucy no lo veía tan animado, hasta parecía más joven.
—Bueno, papá, ya está bien de tenerme en ascuas —dijo ella con fingido enfado—. O tendré que hacerte cosquillas en las plantas de los pies, si no confiesas lo que te traes entre manos —añadió echándose a reír.
—Confieso, confieso, no será necesario que me hagas cosquillas, Lucía —respondió él sonriente.
—Bueno, siéntate conmigo y cuéntame. Le he dicho a Bessie que no baje hasta la hora de la cena. ¿Quién es ese hombre tan misterioso y qué quiere de nosotros? —añadió intentando parecer serena y disimulando el estremecimiento que le producía hablar con su padre de él.
—El asunto es bastante sencillo —empezó a contar—: El duque acaba de volver de Jamaica para hacerse cargo de su herencia. Al parecer, todo está un poco abandonado tras los últimos años en que su padre estuvo muy enfermo y entre las cosas que tienen que organizarse está la biblioteca, que según me ha contado perteneció a su abuelo y tras un incendio ha quedado algo deteriorada, con algunos ejemplares perdidos del todo, otros solo algo estropeados pero que se pueden arreglar y otros que hay que ir buscando y comprando para completar.
—Ah —dijo Lucy, que no veía adónde quería ir a parar todo aquel relato—. ¿Y qué tienes tú que ver en todo eso, papá?
—El duque necesita a alguien de confianza y con los conocimientos suficientes para que ponga orden en aquel desastre. Nos ha invitado a su propiedad en el campo para que yo pueda reorganizar su biblioteca.
—Pero, padre… —dijo Lucy mortalmente seria, pareciendo de repente una niña perdida.
Estar bajo el mismo techo que aquel hombre sería un infierno. Un infierno de anhelo y deseo si hacía caso al pensamiento que surgió en el último recodo de su mente.
—Lucía, es una oportunidad que no podemos dejar pasar —argumentó su padre poniéndose serio también—. Yo disfrutaré enormemente organizando esa biblioteca, que tiene fama de ser una de las más importantes colecciones particulares de toda Inglaterra. De ahí el interés del duque de encontrar a una persona de absoluta confianza.
Esbozó una sonrisa indulgente y añadió:
—Y, por otro lado, es la oportunidad perfecta para tu presentación en sociedad. Es cierto que será en el campo, y con la nobleza local. Pero de la mano de todo un duque. No podrías soñar una ocasión mejor. Esta oportunidad se ha presentado en nuestro camino y no vamos a ignorarla.
Lucy no se sentía capaz de argumentar nada en contra de aquella vehemente exposición que acababa de hacer su padre, pero hizo un último intento. Aunque tímido.
—Pero, papá, no tengo el guardarropa apropiado…
—Ah, cariño, lo tengo todo pensado. Mañana mismo, si puedo concertar la cita, vamos a ir a la modista.
Lucy abrió la boca con asombro.
Su padre hablando de modistas era algo que se salía de lo habitual, y eso que no era un hombre muy convencional y estaba acostumbrada a hablar con él de todo.
Al ver su expresión, William sonrió con picardía
—Hija, no siempre he sido un ratón de biblioteca. Hubo un tiempo en que supe muy bien cómo tenía que vestirse una dama —y desvestirse, pero eso no se lo dijo a su hija, como era natural—. Solo es cuestión de ponerse al día y, según me han comentado algunas esposas de mis amigos, cuando les he contado estos días mis intenciones, esta modista francesa es la más adecuada para hacerte un vestuario elegante y a la última moda, para no desmerecer en la casa del duque.
Lucy empezó a contagiarse un poco del buen humor de su padre.
Sí, él había sido un joven muy popular en sociedad hasta que, libre de compromisos nobiliarios por ser el hijo pequeño, decidió entrar en el ejército tras acabar sus estudios en Cambridge y luego se marchó a la guerra.
Y entonces, también contó con el respaldo y el beneplácito de todo su entorno.
Aquella lucha de los españoles, que hasta entonces habían sido enemigos de Inglaterra y ahora se habían convertido en sus aliados en la guerra contra Napoleón, despertaba muchas simpatías en la sociedad de la época.
Luego todo había terminado mal por culpa de la boda con su madre…
—Lucía, ¿qué me dices? —inquirió su padre algo preocupado por su falta de entusiasmo—, no quiero verte tan meditabunda. El duque es un hombre honorable. Salvo alguna desavenencia con su padre, goza de las mejores credenciales. Es además un hombre de mundo y su conversación y compañía muy gratificante.
Ella le sonrió haciendo un esfuerzo por controlar sus inquietudes
—Y en su mansión está su hermana, una viuda con la que puedes trabar amistad y que puede serte de gran ayuda en esta nueva etapa de tu vida —continuó diciendo, y luego preguntó—: ¿No te parece una perspectiva magnífica?
Lucy no tuvo corazón para seguir decepcionando a su padre, que tan interesado parecía en su proyección social.
Y ella que creía que no le prestaba ninguna atención a esas cosas.
Hubo un tiempo, hacía más o menos un año, en el que había anhelado tener una presentación en sociedad en toda regla. Pero, ahora, la verdad era que casi se había resignado, aunque no quería contrariar a su padre
—Sí, papá, tienes razón, es que me ha pillado por sorpresa, pero me parece bien. Mañana, si quieres, iremos. Pero el dinero…
—No te preocupes por eso, no somos tan pobres. Las rentas de la abuela no dan para vivir con muchos lujos, pero sí para hacer una excepción cuando la ocasión lo merece, y esta es una de ellas.
Hizo una pausa y, mirando su atuendo, añadió:
