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Julia 1043 NO SABÍA NADA DE BEBÉS Pero ahora que la guapa Rebecca Chandler había aparecido en su rancho, con su preciosa niña, J.D. McCoy estaba aprendiendo rápido. ELLA NO SABÍA NADA DE VAQUEROS Pero el rudo J.D. sí que hacía algo en el corazón de Rebecca cada vez que acurrucaba a la pequeña Jessie en sus bien musculados brazos. ¿PODRÍAN APRENDER A SER UNA FAMILIA? Ahora que compartían una casa, una niña y un montón de besos de infarto, J.D. y Rebecca estaban a punto de descubrir lo que significaba estar casados y tener un bebé. El único problema era convencer al reticente vaquero para que diera el "sí, quiero" de verdad.
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Seitenzahl: 204
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1999 Lynn Miller
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Besos apasionados, JULIA 1043 - diciembre 2023
Título original: Did you say baby?!
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788411805353
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
En estos momentos me es imposible cuidar de la niña. Necesito una semana para resolver un asunto. Llévala a casa de mi hermano, J.D. McCoy, en Wildwalk, Texas. Él sabrá lo que hay que hacer.
Rosalie.
Rebecca Chandler volvió a plegar la nota de su cliente y se la guardó en el sencillo traje sastre que llevaba. Se quedó mirando a través de la ventanilla del coche que había alquilado y soltó un suspiro al ver el estado ruinoso del rancho. A pesar de todo lo que Rosalie McCoy le había contado acerca de su infancia, Rebecca se había imaginado una de esas casas enormes y lujosas como las de la serie de televisión Dallas. No pudo evitar sonreírse de lo ingenua que había sido.
«¿Y qué me esperaba? ¿Una casa impresionante y un vaquero alto y guapo que me hiciera desmayar?
El rancho que tenía delante no se parecía en nada al que había imaginado salvo por el detalle de que, bajo esa capa de mugre que lo cubría, sus paredes debían ser blancas. Rebecca se mordió el labio y se dio cuenta de que no podía seguir posponiendo el asunto que la había llevado hasta allí. De hecho, el estado de la casa le daba exactamente igual. Estaba allí para entregar a la hija de Rosalie al tío de la criatura. Y una vez se asegurara de que la niña iba a estar bien atendida, se tomaría sus primeras vacaciones en cuatro años.
Rebecca miró por el espejo retrovisor y vio a la niña sonrosada dormida en su sillita. La pobre debía estar exhausta por el viaje. Apartándose el pelo de delante de la cara, decidió salir a enfrentarse con la realidad. Era un día de verano y estaba en Wildwalk, Texas.
Le impresionó el calor que hacía fuera del coche con aire acondicionado. En Boston jamás solía hacer un calor parecido. Se dirigió a la puerta trasera y sacó a la niña del coche.
—Vamos, preciosa, ya es hora de que veas tu nuevo hogar —después de tapar a la niña con su mantita blanca, Rebecca se encaminó hacia la casa.
Los tacones de sus zapatos se hundían a cada paso en la gravilla del camino que llevaba hasta el porche delantero de la casa.
Luego lanzó una plegaria hacia el cielo. «Espero estar haciendo lo correcto». No estaba segura de si era una buena idea dejar a una niña de seis meses en manos de un hombre, pero no había otra posibilidad.
En el corral que había fuera del granero, J.D. McCoy estaba montando su caballo favorito. Al ver llegar un deportivo rojo, se alzó un poco sobre la silla y se bajó el ala del sombrero para evitar el sol. No pudo reconocer a la mujer que salió del coche. Quizá fuera una joven que se había apiadado de él, sabiendo que era soltero, y había decidido entrar en la familia como cocinera particular. O quizá fuera a ofrecerle otra cosa que echaba bastante de menos. Cualquiera de las dos ofertas le pareció de lo más tentadoras. Demasiado tentadoras para un hombre que presumía de no necesitar a ninguna mujer con la que compartir su vida.
Aunque J.D. era un hombre de acción, decidió estudiar la situación un poco más antes de actuar. Y la situación incluía unos zapatos de tacón sobre los que se sostenían dos largas piernas y un cuerpo bien formado bajo un traje de color caqui, que hacía que pareciese una mujer tan fría como el hielo. Era morena y su cabello negro brillaba bajo la luz del sol poniente. J.D. notó la boca húmeda y un nudo en la garganta.
«Dios, hacía tiempo que no veía una mujer como ésa».
Decidió abandonar toda prudencia y bajó del caballo. Al fin y al cabo, una cosa era necesitar a una mujer y otra, disfrutar de ella. Tranquilizó al caballo dándole unas palmadas y lo ató a un poste. Luego, saltó la valla y se dirigió al porche. Deslumbrado por el sol, no pudo ver lo que la mujer llevaba en los brazos, pero tampoco le importó. Lo que más le interesaba era descubrir si esa mujer le gustaría tanto de cerca como de lejos.
Al oír el ruido de pasos combinados con un sonido metálico sobre la grava, Rebecca se volvió, apretando el bebé contra ella de un modo instintivo, y se quedó boquiabierta al ver al hombre que se dirigía hacia ella.
«Un vaquero».
El vaquero llevaba unas botas con espuelas. Era alto y delgado y parecía creerse el dueño del mundo. Y de hecho, debía ser el dueño de ese rancho ya que no podía ser otro que el hermano de Rosalie. Se parecía mucho a ella, a pesar de que no le pudo ver perfectamente el rostro debido al reflejo del sol. Lo que sí pudo ver perfectamente fue su cuerpo atlético de dios griego, sólo que, para decepción suya, con un poco más de ropa. El hombre llevaba camisa y pantalones vaqueros, y, sobre los pantalones, llevaba unas cubiertas de cuero de las que se utilizan para montar a caballo. Se detuvo al pie de la escalera, observándola.
Se quitó el sombrero y le sonrió. El sol hizo que algunos mechones rubios de su cabello castaño claro brillaran.
—Buenas tardes, señora. ¿Se ha perdido o hay algo que pueda hacer por usted? —dijo él, mostrando sus dientes relucientes.
Ella se quedó tan impresionada que no supo qué contestar.
—Yo… quiero decir… —balbució, aturdida. Luego, extendió el bebé hacia él.
—Bueno, aquí tiene a su niña.
—¿A mi niña? —J.D. retrocedió un paso—. Pero si yo a usted no la he visto en mi vida —añadió, frunciendo el ceño—. Es imposible, estoy seguro de que me acordaría de una mujer como usted.
Asombrada por el comentario, Rebecca trató de recobrar la calma. Esa calma a la que la obligaba su profesión, aunque fuera fingida en muchas ocasiones. Así que, tomó aliento mientras observaba a ese hombre sonriente. Era un tipo impresionante, ésa era la palabra. La frente despejada, los pómulos bien marcados y la mandíbula fuerte. A eso había que añadirle unos ojos maravillosos de color avellana… como de color verde claro punteados con motitas de color oscuro. Cuando esos ojos se encontraron con los de ella por primera vez, Rebecca estuvo a punto de perder el sentido. Sintió tal escalofrío que hubiera jurado que estaba parada bajo un aparato de aire acondicionado.
—Será mejor que empecemos de nuevo —dijo ella, esforzándose por mantener la calma—. He venido aquí en busca de J.D. McCoy.
—Pues lo ha encontrado.
—Entonces, le puedo entregar a la hija de Rosalie.
—¿Qué? —preguntó él, al tiempo que palidecía.
—Señor McCoy, ¿se encuentra bien?
El hombre sacudió la cabeza.
—¿Ha dicho usted la hija de Rosalie? ¿De mi hermana Rosalie?
Rebecca se apiadó de él.
—Así es. Siento haber sido tan brusca. Normalmente suelo ser más cuidadosa.
J.D. se quedó mirando largo tiempo a la niña que ella tenía en sus brazos. Luego, volvió en sí.
—¿Y dónde diablos está Rosalie? ¿Está bien? ¿Que ha hecho usted con ella? —preguntó él, subiendo las escaleras a toda velocidad.
Ella retrocedió.
—No… no he hecho nada con ella. Le dije que… pero no pensé que… —balbució Rebecca, viendo como el hombre se quedaba frente a ella con las manos en las caderas, dispuesto a averiguarlo todo—. Bueno, la última vez que la vi, su hermana se encontraba bien.
—Gracias a Dios —los hombros de él se relajaron—. Pero cuando le ponga la mano encima…
Rebecca no sabía qué decir. Después de todo, ella había sido quien había animado a Rosalie a que se decidiera a cumplir sus sueños. A ella le habría encantado que, con la edad de Rosalie, alguien la hubiera animado a ello. Aunque nunca se habría imaginado que le iba a dejar la niña a su cuidado.
Sabía que tendría que explicárselo todo a J.D., pero en esos momentos no se veía capaz de hacerlo. Rosalie le había contado que ella y su hermano se habían separado en unas circunstancias algo tensas. Y ése era uno de los principales motivos por los que Rebecca se había prestado a ir hasta allí.
—¿Y por qué me envía a su hija? —preguntó él finalmente.
—Porque es su hermano. Además, si no, habríamos tenido que mandar a la niña a un centro de acogida. Y a Rosalie le habría costado mucho trabajo recuperarla después… de que pareciera que la había abandonado.
—Abandonarla… —se quedó pensativo un instante—, ¿no le ocurrirá algo al bebé?
—¿Qué?
—Bueno, es que no se mueve.
—Está dormida. Una vez se duerme, no hay quien la despierte. Además, hoy no había dormido nada hasta hace un rato.
—Así que mi hermanita ha tenido un bebé… —dijo él, apartando la vista. Luego, volvió la atención hacia el bulto que Rebecca tenía en sus brazos y alargó la mano para tocar la manta, pero se lo pensó mejor y se llevó el pulgar a su cinturón—. ¿Y dónde está Rosalie? ¿Y usted cómo ha venido hasta aquí?
—Me la dejó a la puerta de mi casa ayer por la mañana con una nota. En ella decía que usted sabría qué hacer.
J.D. soltó una enorme carcajada.
—Debe ser una broma. Nunca he sabido qué hacer con Rosalie, así que no sé por qué iba a saber lo que hacer con su hija…
—No creo que ella se refiriese a que usted tenga que cuidar a la niña para siempre. Estoy segura de que ella regresará pronto —aseguró.
—¿Eso cree usted? Bueno, lo cierto es que hace tres años que se marchó y por mucho que la he buscado no la he vuelto a ver desde entonces. Así que, ¿por qué piensa que va a volver ahora?
—Eso parecía querer decir en su nota —Rebecca se metió una mano en el bolsillo de la chaqueta para sacar la nota que Rosalie le había dejado—. Puede usted comprobarlo si quiere.
Leyó la nota y, después, la dobló cuidadosamente.
—¿Le importa si me la guardo?
Rebecca sacudió la cabeza mientras él se la guardaba en un bolsillo de los vaqueros. Luego, después de morderse el labio, el hombre apartó la manta de la niña dormida y se acercó hasta que Rebecca pudo oler el aroma a caballo, cuero y calor de Texas que emanaba ese hombre. Lejos de repelerle, le encantó aquel olor tan masculino, aquel olor a hombre de verdad. No se parecía en nada a aquellos sucedáneos que solía presentarle su madre en Boston.
J.D. tocó con delicadeza la mejilla infantil, sorprendiéndose al ver que la niña se movía. Luego, esbozando una sonrisa volvió a acariciarla.
—¿Cómo se llama?
—Jessie.
Como si reconociese su nombre, la niña se removió. Rebecca levantó la mirada hacia J.D. y se sorprendió al ver el gesto impresionado de él.
—¿Qué ocurre?
—¿Ha dicho usted Jessie?
—Eso es. Rosalie me dijo que le había puesto ese nombre en honor de alguien a quien ella quería mucho.
El bebé se estiró y abrió lentamente los ojos. Los ojos que estaban comenzando a ser de un azul oscuro.
—Eso es imposible. Yo me llamo Jesse. Jesse Delaney McCoy. Y lo último que mi hermana me dijo fue que me odiaría hasta el día en que muriese.
Rebecca no supo qué decir. De pronto, la niña miró hacia su tío y, ante la sorpresa de ellos, le dedicó una amplia sonrisa desdentada.
—Pues es evidente que su hija no opina lo mismo —dijo ella, tratando de contener la risa.
J.D. sonrió a su vez.
—Bueno, parece que vas a ser una niña encantadora, ¿verdad, cariño?
—Es una niña muy buena. No le causará ningún problema.
—De eso nada —dijo él, retrocediendo—. La niña no puede quedarse aquí.
—Por supuesto que puede quedarse. Usted es su tío.
—Quizá sí, pero yo no tengo ni idea de cómo se cuida a un bebé.
Rebecca soltó un suspiro.
—Ya me imaginaba que tendría que quedarme unos días para enseñarle lo esencial. Ése es mi trabajo, precisamente. Enseñar a la gente a cuidar a los niños. Y así fue como conocí a Rosalie.
—¿Rosalie acudió a usted buscando ayuda?
—No, la agencia de servicios sociales para la que trabajo la envió a mí.
Justo en ese momento, la niña pegó un grito que debieron oír en Arizona. J.D. miró horrorizado a Rebecca.
—Esta pequeña es más ruidosa que un corral lleno de yeguas parturientas.
Rebecca miró a la niña con cierta inquietud. Sólo llevaba ejerciendo ese trabajo unos pocos meses y no sabía qué le ocurría a la pequeña. Nunca se había comportado antes así.
Como Jessie seguía llorando, la mujer levantó la mirada de la cara enrojecida de la niña hasta J.D., temerosa de que él pudiera descubrir su inexperiencia. Después miró a su reloj.
—Quizá tenga hambre.
J.D. se dirigió a grandes zancadas hasta la puerta de la casa.
—Entremos, entonces —dijo, abriéndola—, y veamos qué está preparando Smoke de cena.
Rebecca entró en la casa, parpadeando para ajustar la vista ante el cambio de luz. El vestíbulo estaba en semipenumbra. Pudo ver que enfrente había unas escaleras que subían a la segunda planta. A la derecha de donde estaban, se veía una mesa cubierta con todo tipo de objetos. Cuerdas, un par de espuelas rotas, la brida de un caballo y lo que parecía un hierro de marcar ganado. A medida que la vista se le acostumbró a la oscuridad, pudo ver que una capa de polvo cubría toda la casa, incluida la cornamenta que adornaba una de las paredes y que J.D. estaba utilizando para colocar su sombrero Stetson en ese preciso momento.
—Entremos y le enseñaré la casa, señorita… —se detuvo y la miró sorprendido—. Por cierto, todavía no sé cómo se llama usted.
Ella sonrió mientras apoyaba a la niña, que seguía llorando, sobre su hombro.
—Me imagino que tenía otras cosas más importantes en la cabeza. Me llamo Rebecca Chandler.
—Rebecca —ella vio cómo él recorría lentamente su cuerpo con la vista.
En ese momento, la niña comenzó a removerse y ella tuvo que sujetarla con fuerza.
—Podíamos ir a la cocina. Quizá encontremos allí algo…
—Claro que sí. Está justo debajo del vestíbulo.
El hombre la condujo por el vestíbulo hasta una habitación enorme que parecía abarcar todo el ancho de la casa. En un extremo, había una mesa y sillas suficientemente grandes como para una familia de gigantes. En el mismo lado de la habitación, un ventanal enorme se abría a un jardín lleno de plantas y flores. La mirada de Rebecca se deslizó hacia su derecha, donde estaba situado un armario de madera de pino con la vajilla y una encimera grande con jarras, cazuelas y sartenes, así como un frasco lleno de lo que parecían recetas extraídas del periódico. Rebecca frunció el ceño. Todas aquellas cosas deberían estar en el armario o metidas en cajones, no en una encimera.
—A Smoke le gusta tener las cosas donde pueda encontrarlas fácilmente —explicó J.D., señalando al hombre que estaba al otro extremo de la cocina—. Dice que no se puede agachar debido al reuma.
Rebecca dio unos golpecitos cariñosos a la niña que llevaba a la espalda al tiempo que contemplaba la enorme cocina de carbón. Debajo de ella, había un viejo horno de color negro.
En ese lugar, inclinado sobre una enorme olla de la que salía vapor, había un hombre que parecía haber salido de una película de vaqueros de John Wayne. Era fuerte y enjuto, vestido con una camisa de franela y unos pantalones marrones sujetos por unos tirantes pasados de moda. Rebecca se sorprendió de que llevara el sombrero puesto y miró a J.D. confusa.
—Nunca se lo quita —aseguró J.D.
Era el sombrero más grande que Rebecca hubiera visto jamás.
—Smoke, ésta es Rebecca Chandler y nos ha traído a la hija de Rosalie unos días.
—Unos días no, para siempre —corrigió Rebecca.
Smoke, sin darse la vuelta, giró la cabeza, con una expresión preocupada.
—¿La mocosa?
—Exacto. En estos momentos la mocosa está en paradero desconocido —contestó J.D.
Smoke miró a Rebecca y a la niña, que seguía chillando.
—¿Ésa es la pequeña de Rosalie? Hace tanto ruido como su madre.
Jessie comenzó a patalear y a tratar de agarrarse al hombro de Rebecca para escapar de allí. Luego, dejó de chillar y se metió una de las manitas en la boca, como si estuviera hambrienta.
—Siéntese —sugirió Smoke, señalando la mesa—. Siéntese, señorita. Mi guiso terminará con esos gritos, ya lo verá.
—¿Guiso? No creo que esté preparada para comer guisos —replicó la mujer mientras contemplaba cómo el hombre metía en un recipiente una pasta densa que parecía barro. Aunque tuviera que admitir que olía estupendamente, a especias. Desprendía un aroma sólido y penetrante, como la conversación de Smoke.
—Oye, Reb, ¿no necesitará la niña un biberón? —sugirió J.D.
—Llámame Rebecca —replicó ella, corrigiéndole automáticamente.
J.D. se rascó la cabeza al tiempo que miraba hacia Smoke.
—Hay por ahí un biberón que yo utilizaba para alimentar a los terneros abandonados. Creo que eso valdrá.
—¡Dios mío! ¿Cómo puedes decir…? —Rebecca vio la mueca de la boca del hombre y se sintió ridícula—. Era una broma, ¿verdad?
Sin embargo, él la miró en ese momento con una expresión tan inocente, que la hizo dudar. Salvo por un brillo fugaz en sus ojos, al que ella se resistió, devolviéndole una mirada fría. Después de todo, los niños eran un tema delicado. Especialmente cuando no sabes mucho de ellos. Rebecca, además, había aprendido que los libros te decían una cosa, pero que la realidad era totalmente diferente. En ese momento, se preguntó, y no era la primera vez, por qué se habría metido en ese lío.
Rebecca acunó a la niña, tratando de tranquilizarla. De pronto, miró a J.D.
—Tengo en el coche la bolsa de la niña con su biberón. Si la sujetas un momento, iré a buscarla —dijo, acercándose y dejándole la niña en los brazos.
Luego, salió corriendo hacia el coche.
Rebecca bajó los escalones de dos en dos.
«No es posible que J.D. hablara en serio acerca de dar de comer a la niña con el biberón de un ternero, ¿verdad?», pensó. Luego, se dijo a sí misma que tenía que dejar de comportarse como una idiota. Él estaba bromeando, por supuesto. ¡Caramba! Tenía que aprender a tomarse las cosas más a la ligera, pensaba mientras se daba cuenta de que ese había sido uno de sus mayores problemas. Ella siempre buscaba el lado serio y se olvidaba de que, en muchas ocasiones, la línea que separaba la tragedia de la comedia era muy delgada.
Abrió la puerta trasera del coche y recogió la bolsa que Rosalie le había dado. Metió la mano dentro, rezando por que estuviera allí el biberón de reserva, junto con el sobre para hacer la mezcla. Allí estaban, al lado de la caja de cereales y el zumo de melocotón que le había dado para comer horas antes. Agarró la botella y sentándose, miró hacia el rancho. Todas sus dudas anteriores habían vuelto. No sólo sobre su capacidad para desarrollarse en su carrera, dado el rumbo que estaba tomando, sino también sobre si había sido inteligente llevar a la niña con su tío.
—¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo voy a poder marcharme dentro de unos días y dejar aquí a esa niña?
Durante su última sesión, Rosalie había sugerido que su hermano sabía todo sobre la niña… que incluso había estado esperando que fuera allí una temporada. Pero evidentemente, no era cierto. Así que había empezado a pensar que debería haber llevado a la niña a algún centro de acogida, pero ya era tarde para eso. Estaba segura de que Rosalie no deseaba otra cosa que ser una buena madre, a pesar de las circunstancias. Rebecca se imaginaba en la misma situación. Había visto demasiadas familias destrozadas, incluida la suya, y quería dar a esa joven madre y a su hija una oportunidad. En ese momento, se preguntaba si no se habría equivocado. Si su jefe lo descubría, podrían incluso echarla del trabajo. Su jefe siempre se ceñía a las normas.
Hasta los oídos de Rebecca llegó el llanto de Jessie, mezclado con el canto de los pájaros y el zumbido de los insectos. Por primera vez en su vida, era consciente de los sonidos de la naturaleza. Se preguntó si habría otras cosas en las que no se hubiera fijado hasta entonces. Miró hacia el sol, que bajaba lentamente a reunirse con el horizonte y se sintió invadida por la calma del día que termina. Había en ese lugar una paz que nunca había sentido en Boston.
Se sentía bien. Aspiró el aire caliente y limpio. Luego, miró pensativamente hacia la casa. Recordó a Smoke y la última imagen de J.D. con Jessie en sus brazos. ¿Podía confiar en ellos para que cuidaran de la niña? ¡Probablemente no! Aunque ella no fuera mucho mejor. Ella no tenía mucha experiencia con niños tampoco.
Se mordió el labio inferior. No estaba segura de qué hacer, algo bastante extraño en ella, que siempre se enorgullecía de su capacidad de decisión. O por lo menos, así era antes de que su jefe la obligara a aceptar ese nuevo trabajo con los niños. Ella siempre se había encargado de casos que se resolvían en los tribunales. Pero en ese momento, su inseguridad no importaba, su único objetivo consistía en asegurarse de que Jessie iba a estar bien cuidada.
Rebecca contempló el biberón. Tenía dos semanas de vacaciones y estaba segura de que Rosalie aparecería en cualquier momento. Con un gesto de decisión, Rebecca se puso la bolsa al hombro y salió del coche para ir a rescatar a J.D. McCoy.
LA niña no paraba de estirar los brazos y las piernas y tenía la espalda rígida, de manera que J.D. no podía sujetarla adecuadamente. Además, como tenía miedo de hacerle daño, extendió sus brazos y la mantuvo suspendida en el aire.
—¿Qué crees que le pasa, Smoke?
—No tengo ni idea —contestó Smoke, echándose hacia atrás el ala de su sombrero—. Pero lo que es seguro es que tiene buenos pulmones, ¿verdad?
J.D. cerró los ojos cuando un chillido particularmente agudo penetró en su oído.
—Me parece que es el temperamento McCoy.
Smoke soltó una carcajada.
—Si tiene la misma sangre que tú y tu hermana, es inevitable, ¿no te parece?
—Creo que sí. La verdad es que ninguno de la familia puede evitarlo. Al fin y al cabo, fue mi carácter lo que hizo que Rosalie se marchara.
Smoke siguió echando guiso en el recipiente y miró hacia atrás por encima del hombro.
