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Los libros están íntimamente ligados a la evolución humana. Siglo tras siglo nos han acompañado, desafiando las limitaciones del tiempo y el espacio, conectando generaciones, sirviendo de instrumento con el que transmitir emociones y sabiduría. En nuestro afán por dejar constancia de la memoria colectiva, hemos escrito en paredes de templos, escondido en cuevas vasijas de barro con papiros enrollados, machacado tallos de plantas para llenarlos de jeroglíficos, desollado delicadas pieles, incluidas las de nuestros congéneres, para que sirvieran de soporte a cuentos y leyendas. Biblioteca inverosímil surge con el afán de adentrarnos en el intrigante mundo de las curiosidades literarias; el libro como centro de interés, y no únicamente como contenedor de ideas. A caballo entre el Gabinete de Curiosidades y un Tratado de Historia, Biblioteca inverosímil es un libro que habla de libros, salpicado de referencias biográficas. Por sus páginas transitan quienes escribieron, editaron, difundieron, quemaron, clasificaron, robaron, defendieron e inspiraron los libros que han dejado huella en la historia de la humanidad.
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Seitenzahl: 279
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Introducción
Recuerdo de un día de verano. La verdadera historia de Alicia
El manuscrito Voynich
Libros en llamas
A la caza del tesoro
Firmado: Papá Noel. Alias J. R. R. Tolkien
La vuelta al mundo en ochenta hoteles literarios
Currículum medieval del maestro de esgrima Hans Talhoffer
Manuscritos robados
La enigmática Biblioteca de Alejandría
Malleus maleficarum: el best seller de los cazadores de brujas
Las book women
La biblioteca perdida de Iván el Terrible
La Biblia del Diablo
El libro que se hundió con el Titanic
Libros y eternidad
Aquí hay dragones y otros tesoros de la Biblioteca de Nueva York
Bibliografía
Créditos
Los libros están íntimamente ligados a la evolución humana. Siglo tras siglo nos han acompañado, desafiando las limitaciones del tiempo y el espacio, conectando generaciones, sirviendo de instrumento con el que transmitir emociones y sabiduría. En nuestro afán por dejar constancia de la memoria colectiva, hemos escrito en paredes de templos, escondido en cuevas vasijas de barro con papiros enrollados, machacado tallos de plantas para llenarlos de jeroglíficos, desollado delicadas pieles, incluidas las de nuestros congéneres, para que sirvieran de soporte a cuentos y leyendas.
El pasado está plagado de historias en las que los libros fueron patrimonio de las élites. Un espacio vedado, solo accesible a quienes ostentaban el poder, que defendían el conocimiento que atesoraban con uñas y dientes, negando su acceso a las masas. Saber leer era un lujo en un tiempo en el que las personas podían pasar toda su vida en una aldea de quinientos habitantes. Los libros eran alas con las que sortear las limitaciones del cuerpo anclado a la tierra. El afán de escribirlos, fabricarlos, copiarlos, protegerlos, difundirlos, e incluso de ocultarlos o destruirlos, estimuló nuestro intelecto y nos da la medida de su importancia. La lectura como llave; los libros como puertas de acceso a los grandes misterios de la humanidad. Leer para alimentar el alma.
Biblioteca inverosímil surge con el afán de adentrarnos en el intrigante mundo de las curiosidades literarias; el libro como centro de interés, y no únicamente como contenedor de ideas. Navegando por las páginas de nuestro pasado descubriremos anécdotas relacionadas con el proceso de creación de algunas de las obras maestras de la literatura, así como los incidentes extraordinarios que se han ido trenzando a las páginas de los libros. Historias escondidas dentro de las historias; cargadas de misterio, emoción y aventuras.
Los libros nos unifican, nos educan y enriquecen. Son el elemento que nos iguala como seres humanos; sin importar la época, la religión o el sesgo ideológico bajo los que fuimos educados. Percibirlos como objetos trasciende su valor intelectual y supone una conexión íntima con quienes somos.
A caballo entre el Gabinete de Curiosidades y un tratado de historia, Biblioteca inverosímil es un libro que habla de libros, salpicado de referencias biográficas. Por sus páginas transitan quienes escribieron, editaron, difundieron, quemaron, clasificaron, robaron, defendieron e inspiraron los libros que han dejado huella en la historia de la humanidad.
Hubo un tiempo en el que encuadernar libros con piel humana estaba socialmente aceptado. Dejarse literalmente la piel con un fin sirvió de excusa para realizar esta práctica que navega entre el morbo, el horror y el suspense. Cada ejemplar encuadernado en piel humana que aún se conserva es una reliquia. Acoge una pieza del pasado, forma parte de la leyenda, de la biografía de una persona, del contexto histórico y social al que pertenece. Analizando las intenciones con las que fueron creados, nos encontramos con castigos ejemplarizantes, perversiones sexuales, historias enternecedoras o incluso con pasión romántica.
«Bibliopegia antropodérmica» fue como el director de la Biblioteca de la Universidad de Kentucky, Lawrence Sidney Thompson, llamó a esta práctica en un artículo publicado en 1946. Tardaron demasiado en ponerle un nombre científico, teniendo en cuenta que curtir piel humana, con idea de darle diferentes usos, venía de lejos.
Dicen que en el siglo XV, el general checo Jan Zizka incluyó en su testamento el deseo de que, tras su muerte, su piel se usase para fabricar un tambor que los soldados debían llevar a las batallas. El general estaba convencido de que su fama de guerrero imbatible dejaría la impronta en los redobles del instrumento, haciendo que el enemigo huyese aterrorizado con solo escucharlo.
Fuera de los márgenes de la leyenda, la primera referencia documentada de la existencia de un libro encuadernado en piel humana es de 1684. El concejal de Londres, Robert Viner, lo donó a la Biblioteca Bodleiana, junto con una serie de objetos entre los que se encontraban «un esqueleto humano, una piel humana bronceada y el cuerpo seco de un niño negro»1.
En tiempos de la Revolución francesa se contaba la historia de cómo las pieles de los aristócratas guillotinados se enviaban a una curtiduría de Meudon que trabajaba para la Asamblea Nacional Francesa. De allí salían listas para encuadernar la recién estrenada Constitución y las obras de Rousseau. Lejos de que esto pueda parecer una leyenda urbana, el escritor Cyril Davenport aseguró que en la biblioteca del Museo Carnavalet de París, existe una copia de la Constitución de 1793 encuadernada con la piel de uno de los revolucionarios asesinados. Y da más datos sobre el tema «la piel humana, sin teñir, parece gruesa de becerro, y es muy difícil deshacerse por completo del vello»2.
Y es que nuestra piel, a la hora de someterse al proceso de curtido, se comporta igual que la de cualquier otro animal. Las pieles humanas, para poder ser utilizadas, debían sumergirse varios días en una solución de alumbre, vitriolo romano y sal común, dejándose secar después a la sombra. Tras ese proceso, la piel aumenta en grosor y puede curtirse siguiendo el procedimiento habitual. Hay quien dice que la piel humana curtida se parece a la de oveja, con una textura firme y cerrada, fácil a la hora de lustrarla. Otros aseguran que es más porosa, similar a la de los cerdos. En cualquiera de los casos, los libros encuadernados en piel humana se diferencian poco de los encuadernados en cualquier otra piel de origen animal. Por eso no es sencillo distinguir unos de los otros.
En ocasiones la decisión de aprovechar la piel humana para encuadernar un libro era una muestra de superioridad moral, una forma de castigar más allá de la muerte a una persona. En Reino Unido se utilizaba la piel de criminales ejecutados para encuadernar libros en los que se narraban sus fechorías, o incluso la descripción minuciosa del proceso judicial de su caso. Es lo que parece que sucedió con el padre Henry Garnet, un sacerdote jesuita que estuvo involucrado en uno de los intentos de regicidio más populares de la historia: la conspiración de la pólvora. Un grupo de católicos planeó asesinar al rey Jacobo I, a su familia, y a un buen número de aristócratas protestantes, con la intención de reinstaurar la monarquía católica. Tenían previsto detonar unos barriles de pólvora que iban a colocar en los sótanos de las Casas del Parlamento el 5 de noviembre de 1605. Pero alguien se fue de la lengua y el complot se descubrió. Buena parte de los involucrados fueron condenados a la pena más cruel que por aquellos tiempos se infringía en el Reino de Inglaterra, a la que debían someterse los culpables de alta traición: hanged, drawn and quartered. Llevado a la práctica suponía ser arrastrado por un caballo hasta llegar al cadalso, ser colgado hasta casi morir para antes poder presenciar al verdugo cercenar sus genitales y arrojarlos al fuego. Los condenados, una vez muertos, eran destripados y descuartizados. Pero ahí no acababa la indignidad. Sus cabezas se colocaban en picas que quedaban expuestas durante semanas en lugares destacados de la ciudad, con lo que se pretendía disuadir a los posibles aspirantes a traidores.
Pese a que la implicación del padre Henry en la conspiración de la pólvora se limitó a escuchar las confesiones de los conspiradores, fue condenado con la misma dureza que el resto, por haber guardado el secreto. Lo ejecutaron el 3 de mayo de 1606 frente a la Catedral de San Pablo. En 2011 se subastó un libro elaborado por Robert Barker, impresor del rey, publicado en 1606, poco tiempo después de las ejecuciones, en el que se incluyen las declaraciones y las pruebas del juicio del crimen que nunca se llevó a término. El ejemplar mide unos quince centímetros de largo y diez de ancho y se entregó al nuevo dueño en una caja de madera. En sus páginas se asegura que está encuadernado con la piel del propio padre Henry Garnet. Según la leyenda, unas gotas de la sangre del religioso cayeron sobre la paja del lugar en el que fue ejecutado. Tiempo después, algunos dijeron que esa sangre fue configurando el rostro del padre Garnet, algo que parece ser también sucede ahora en el libro. El propio subastador, Sid Wilkinson, señala que la cubierta es «bastante espeluznante, porque la piel está moteada o arrugada y parece haber una cara barbuda». El libro lleva por título A True and Perfect Relation of the Whole Proceedings Against the Late Most Barbarous Traitors, Garnet a Jesuit and His Confederates3 y lo adquirió un comprador anónimo por cinco mil cuatrocientas libras.
Otro caso de encuadernación moralizadora es el que se conserva en el Museo de la Cirugía de Edimburgo. En una de sus vitrinas exponen una especie de libreta de bolsillo, con lapicero incluido, en cuya portada se puede leer: Libro de bolsillo de piel de Burke. En la parte posterior hay escrita una nota aclaratoria: Ejecutado el 28 de enero de 1829. La historia de la caída en desgracia de William Burke comenzó un año antes cuando, junto con su compañero William Hare, saqueaba tumbas recientes para robar los cuerpos. En aquellos años las escuelas de medicina necesitaban cadáveres con los que practicar sus estudios anatómicos. Ante la creciente demanda, los dos saqueadores de tumbas decidieron darle un empujoncito a su negocio. Llegaron a asesinar a dieciséis personas cuyos cuerpos más tarde vendieron a un profesor de Anatomía llamado Robert Knox, poco dado a hacer preguntas incómodas. Pronto se levantaron las sospechas. William Hare declaró contra Willian Burke a cambio de inmunidad y sobre él recayó toda la culpa. Fue condenado a muerte. Lo ahorcaron la mañana del 28 de enero frente a una multitud expectante. Tras ello lo diseccionaron públicamente y su esqueleto fue donado al Museo de la Cirugía de Edimburgo, donde permanece expuesto junto a su máscara mortuoria y el libro en cuestión4.
Aunque no todos los libros encuadernados con la piel de delincuentes tenían como finalidad alargar el castigo más allá de la muerte. James Allen, un salteador de caminos norteamericano, donó voluntariamente su piel con un objetivo claro: mostrarle su admiración y respeto al único hombre que consiguió pararle los pies. James Allen vivía al margen de la ley bajo el alias de George Walton. En su adolescencia intentó, sin éxito, conseguir un trabajo digno, de manera que tardó poco en dedicarse al robo. Entre los años 1825 y 1837 Allen cometió todo tipo de fechorías: asaltó a un diácono, provocó varios incendios, quiso atracar un banco, pretendió fugarse de la cárcel… hasta que dio con la horma de su zapato. Su nombre: John Fenno.
Al parecer Allen intentó robarle a punta de pistola el carro que conducía y Fenno, ni corto ni perezoso, se enfrentó a su asaltante. Agarró la pistola justo en el momento en el que Allen la disparaba con tan buena fortuna que la bala chocó contra la hebilla de los tirantes de Fenno. Allen, sorprendido, logró huir en su caballo, aunque lo arrestaron días después. Lo ingresaron en la prisión de Charlestown, donde enfermó de tisis. En su lecho de muerte solicitó la presencia del alcaide, al que confesó todas sus fechorías. Quedaron plasmadas en un libro con un título más que descriptivo: Narrativa de la vida de James Allen, alias George Walton, alias Jonas Pierce, alias James H. York, alias Burley Grove, el bandolero: siendo su confesión en el lecho de muerte, al director de la prisión estatal de Massachusetts.
Retrato de los asesinos William Hare y William Burke.
Como su alma seguía intranquila pese a la confesión solicitó que, tras su muerte, le arrancasen la piel. Quería que encuadernaran con ella un ejemplar del libro y que se lo entregasen a John Fenno. En su opinión, él era el único hombre valiente al que se había enfrentado en su vida.
Sus últimas voluntades se cumplieron. Una vez muerto le quitaron un gran trozo de piel de la espalda, la curtieron y la broncearon. Encuadernaron con ella el libro que más tarde entregaron a John Fenno, quien lo conservó durante muchos años. Le encontró una utilidad didáctica: cuando sus hijos y nietos se portaban mal, les golpeaba en el trasero con él.
En la actualidad el volumen se encuentra en las colecciones del Boston Athenaeum. Según la descripción que figura en su catálogo, está encuadernado por Petter Low en la piel de Allen, tratada para que parezca piel de ciervo gris. En la portada del ejemplar aparece escrito en latín: «Aquí está el libro que Walton hizo con su propia piel, estampado en oro sobre un rectángulo de cuero negro»5.
Y es que la bibliopegia antropodérmica alcanzó su máxima popularidad durante el siglo XIX, sobre todo en América del Norte y en Europa.
En ocasiones la piel procedía de pacientes fallecidos en hospitales. Aquí aparece por primera vez el nombre del doctor Ludovid Bouland, relacionado con uno de los libros de la Biblioteca de la Universidad de Harvard, un volumen del siglo XIX del escritor francés Arsène Houssaye que lleva por título Des destinées de l’âme (Los destinos del alma). Trata sobre la vida después de la muerte y, como el título indica, el porvenir de la esencia humana. Al parecer el autor de la obra era amigo del doctor Ludovid Bouland, que a su vez donó el libro a Harvard con una intrigante nota:
Este libro está encuadernado en pergamino de piel humana en el que no se ha estampado ningún ornamento para preservar su elegancia. Mirando detenidamente se distinguen fácilmente los poros de la piel. Un libro sobre el alma humana merecía tener una cubierta humana: me había quedado con este trozo de piel humana tomado de la espalda de una mujer. Es interesante ver los diferentes aspectos que adquiere esta piel según el método de preparación al que se somete. Compare por ejemplo con el pequeño volumen que tengo en mi biblioteca, Sever.Pinaeusde virginitatis notis que también está encuadernado en piel humana pero curtido con zumaque6.
El otro libro al que hace referencia el doctor Ludovid Bouland se encuentra en la Biblioteca Wellcome de Londres, una de las más importantes dentro del ámbito de la medicina. Su fundador, el empresario farmacéutico sir Henry Wellcome, un filántropo apasionado de la historia de la medicina y la anatomía, adquirió en Francia lo que él pensaba que eran tres ejemplares encuadernados en piel humana. En la actualidad ha quedado demostrado que solo uno de ellos tiene ese origen. Se trata del libro del siglo XVII sobre la virginidad femenina al que hace referencia el doctor Ludovid Bouland y que él mismo encuadernó en torno al año 1865. Los datos indican que se trataba de la piel de una mujer que murió en el hospital de Metz.
Otro de los libros del catálogo de la Universidad de Harvard, bajo sospecha de estar encuadernado con piel humana, era el volumen de derecho español del siglo XVIIPracticarum Quaestionum Circa Leges Regias Hispaniae, en cuya última página figuraba un párrafo escrito a mano con letra tenue que decía:
La encuadernación de este libro es todo lo que queda de mi querido amigo Jonas Wright, que fue desollado vivo por los Wavuma en el cuarto día de agosto de 1632. El rey Mbesa me dio el libro como una de las pocas posesiones del pobre Jonas, junto con abundante piel para encuadernarlo. Descanse en paz.
Tras un análisis exhaustivo de esta obra, se comprobó que este último libro estaba encuadernado con piel de oveja.
Por insólito que pueda parecer, había quien encontraba el mismo placer al deslizar la mano por el lomo de uno de estos libros que al acariciar la turgente espalda de un amante. Incluso se podría elevar la apuesta: encontrar placer al imaginar que la propia piel encuaderne el libro que ha escrito el ser amado. Parece muy retorcido, pero no deja de ser real. Y lo explico. Pongámonos en situación; finales del siglo XIX. El célebre astrónomo Camille Flammarion entabló una relación platónica con la joven condesa de Saint-Ange, aficionada a la astronomía. Una cosa llevó a la otra y la aristócrata decidió invitar a Flammarion a unas vacaciones estivales en su castillo, situado en las montañas del Jura. Desde ese privilegiado lugar, según le dijo, la inmensidad de la bóveda celeste queda a la disposición de los observadores. Juntos pudieron comprobarlo durante varias noches de vino y estrellas. Lamentablemente la condesa enfermó tiempo después de tuberculosis y murió joven.
Anuncio de la ejecución de William Burke en el periódico Edinburgh Courant fechada el 28 de enero de 1829.
La sorpresa llegó a la casa del astrónomo una mañana de 1880. En una carta, que tiempo después fue publicada en el periódico Le Temps, el médico personal de la condesa le informaba del trágico deceso de su paciente, así como de las últimas voluntades de la dama7.
Querido maestro:
Estoy cumpliendo aquí el deseo de una muerta que os amaba. Me hizo jurar enviarle, al día siguiente de su muerte, la piel de esos hermosos hombros que usted tanto admiraba «en la noche de las despedidas», dijo, y su deseo es que tenga unida esta piel al primer ejemplar de la próxima obra que publique tras su muerte.
Le traslado, querido maestro, esta reliquia como juré hacer, y le pido que la acepte.
Doctor V…
La carta iba acompañada de un paquete. Dentro se encontraba una piel que, según Camille Flammarion, desprendía cierto magnetismo. Llegado ese momento, el astrónomo se vio obligado a confesarle a su esposa que, efectivamente, durante aquellos días, le mostró a la condesa su admiración por la piel de sus blancos hombros. Como le parecía descortés devolver semejante ofrenda, la envió a un curtidor. Tiempo más tarde, la utilizó para encuadernar su siguiente libro: Terres du Ciel.
El padre de los estudios en sexología, Iwan Bloch, a comienzos del siglo pasado, consideraba la bibliopegia antropodérmica una suerte de fetichismo: «Existe una singular variedad de fetichistas del pecho que emplean el pecho separado del cuerpo para la encuadernación de libros»8.
Hasta hace pocos años, verificar si un libro estaba encuadernado en piel humana no era cosa sencilla. En ocasiones se examinaba el patrón de folículos pilosos para tratar de diferenciarla de una de procedencia animal, lo cual era una prueba bastante subjetiva. En cuanto al análisis de ADN, puede no dar resultados fiables tras los procesos de curtido. Pero en vista de la fascinación que despierta este tipo de libros, y de que hay al menos una docena de bibliotecas y museos repartidos por todo el mundo que aseguran contar en su catálogo con ejemplares encuadernados con la técnica de la bibliopegia antropodérmica, estudiosos del tema se han unido en The Anthropodérmic Book Project9. Su objetivo es elaborar un censo mundial de este tipo de libros. Para identificarlos buscan el PMF, las siglas en inglés de huella de péptidos de masas. El proceso requiere extraer una pequeña muestra de la cubierta para analizar el colágeno, consiguiendo así identificar la variedad de proteínas características de las diferentes especies. No solo quieren determinar su origen de manera científica, también buscan recopilar información histórica sobre los mismos. Según los últimos datos que figuran en su página web, hasta el momento han contabilizado cincuenta supuestos libros encuadernados en piel humana. Dieciocho de ellos ya han sido autentificados. Trece estaban encuadernados en otros tipos de piel. El resto aún se encuentran en proceso de análisis.
Para nuestros ojos de hoy, la práctica de la bibliopegia antropodérmica resulta controvertida. En el Reino Unido hay una distinción legal entre lo que se consideran «restos humanos» (con los que está prohibido comerciar) y objetos que, mediante técnicas artísticas, se confeccionan a partir de los mismos. Entre estos últimos se incluirían: joyería con dientes o huesos, distintos objetos tribales y los libros encuadernados con piel humana, que serían considerados objetos culturales. Otros países, entre los que se incluye Estados Unidos, han ilegalizado traficar con libros encuadernados en piel humana.
Algunas de las instituciones que dicen poseerlos los mantienen ocultos al público. No es sencillo acceder a ellos, ni siquiera de manera on line, e incluso consideran la posibilidad de retirarlos de sus colecciones. Pese a todo, estudiarlos, analizar sus orígenes y las historias que esconden no es más que otro capítulo en la historia de la humanidad. La eterna inquietud por dejar una huella en el mundo. De recordar y ser recordados.
1 Macray, William Dunn, Annals of the Bodleian Library, 1868.
2Davenport, Cyril, The Book, Its History and Development, 1907.
3 Una relación verdadera y perfecta de todo el procedimiento contra los últimos traidores más bárbaros, Garnet, un jesuita, y sus compinches.
4https://museum.rcsed.ac.uk/the-collection/key-collections/key-object-page/pocketbook-made-from-burkes-skin
5https://catalog.bostonathenaeum.org/vwebv/holdingsInfo?searchId=57389&recCount=50&recPointer=0&bibId=353244
6https://iiif.lib.harvard.edu/manifests/view/drs:499243337$8i
7https://www.retronews.fr/journal/le-temps/16-janvier-1893/123/636039/3
8 Bloch, Iwan, Sexual Life of Our Time, 1909.
9https://anthropodermicbooks.org/
Existen en el mundo unos cuantos tesoros bibliográficos custodiados con verdadero celo. En la Biblioteca Británica de Londres guardan el manuscrito original de Alicia en el país de las maravillas o, como su autor lo tituló en un principio, Alice’s Adventures Under Ground. Ese delicado ejemplar esconde entre sus páginas una historia que justifica la creación de la propia historia.
Si cada libro es un viaje, Alicia en el país de las maravillas surgió precisamente cuando su autor se embarcó en uno. Y sin duda el verbo «embarcar» se adapta a la perfección a los hechos, ya que uno de los cuentos infantiles más célebres de todos los tiempos tomó forma el 4 de julio de 1862, en un bote de remos que remontaba el Támesis. Ese día, Charles Lutwidge Dodgson (alias Lewis Carroll), un profesor de Matemáticas de ojos azul intenso, llevaba de excursión a Godstow a las tres hijas del decano de la Universidad de Oxford: Lorina, de trece años, Edith, de ocho y Alice, de diez. Había conocido a la familia de las niñas seis años antes, cuando el padre, Henry George Liddell, acababa de ocupar el puesto de decano en el Christ Church College de Oxford.
Dodgson, por su parte, era algo extravagante. Vestía de forma pulcra, pero nunca llevaba abrigo y tenía «la curiosa costumbre de usar siempre, en todas las estaciones del año, un par de guantes gris y negro de algodón10». Llevaba años como residente, impartiendo clases de Matemáticas, y acababa de ascender a catedrático. Para celebrarlo, adquirió una cámara fotográfica con la que se dispuso a inmortalizar la Catedral de la Iglesia de Cristo. Acompañado de un amigo, se acercaron al decanato y fue ese el momento en el que conoció a las niñas, incluida a la del medio, Alice Plesance Liddell, que estaba a punto de cumplir los cuatro años de edad.
Aquel encuentro, sin lugar a dudas, determinó el destino de ambos. Era 25 de abril de 1856. Dogson describió en su diario ese primer contacto con todo lujo de detalles: «Fui en la tarde, con Southey, hasta el pabellón del deán para intentar fotografiar la catedral; las dos tentativas resultaron fracasadas. Las tres pequeñas permanecieron casi todo el tiempo en el jardín y nos hicimos excelentes amigos: tratamos de agruparlas en el primer plano de la fotografía, pero eran demasiado impacientes para mantener la pose. Señalo este día con una “piedra blanca”11».
Y es que otra de las extravagancias del joven profesor Dodgson era hacer suya la vieja tradición romana de marcar en el calendario, con una piedra blanca, los días especiales.
Pero volvamos al bote que navegaba por el Támesis en un día de verano.
Alice Liddell, tiempo más tarde, contó que el señor Dodgson solía vestir traje negro clerical, pero que lo cambiaba por pantalones blancos de franela y sombrero de paja cuando iban de excursión al río. El calor comenzaba a hacerse insufrible, así que decidieron parar para sentarse bajo un árbol. Una vez instalados allí, las niñas insistieron en que les contase una historia. Dodgson comenzó entonces a dar vida a una niña llamada Alicia que, aburrida de estar sentada a la orilla de un río junto a su hermana, observaba las evoluciones de un conejo blanco de ojos rojos, vestido con chaleco, que consultaba un reloj de bolsillo con evidentes signos de tribulación.
Poco a poco, Dodgson fue dándole forma a una historia en la que él mismo se convirtió en uno de los personajes. Su leve tartamudeo al hablar (y su predisposición a burlarse de sus defectos) determinó que en el cuento apareciese como el extinto dodo dod… dod… Dodgson, ya que, en otra excursión anterior, había llevado a las niñas al Museo de Historia Natural de Oxford, donde vieron un ejemplar disecado que les impresionó bastante. Edith fue el aguilucho. Añadió un loro por Lori (Lorina), la hermana mayor. Y por supuesto Alice, la impetuosa Alice, la primera en convertirse en lo que el señor Dodgson llamó más tarde child-friend (niña-amiga), pasó a interpretar el papel protagonista: el de la jovencita que se cuela por la madriguera de conejo que conduce directamente al país de maravillas.
Al regresar a casa, Alice estaba más entusiasmada que otras veces con el cuento, y le pidió a Dodgson que lo escribiera para ella. Muchos años después, recordaba ese día de esta manera:
«Creo que el principio de Alicia lo contó una tarde de verano en la que el sol quemaba tanto que tuvimos que desembarcar en los prados junto al río, abandonando la barca para buscar refugio en el único trocito de sombra que encontramos, al pie de un almiar recién hecho. Aquí surgió de las tres la sempiterna petición de “cuéntenos un cuento”; y así empezó el delicioso cuento. A veces, para hacernos rabiar —y quizá porque estaba verdaderamente cansado—, el señor Dodgson terminaba de repente, diciendo: “Y colorín, colorado, hasta la próxima vez”. “¡Ah, ya es la próxima vez!”, exclamábamos las tres; y tras insistirle un poco, lo reanudaba nuevamente. Otras veces, a lo mejor empezaba el cuento en la barca; y el señor Dodgson, en medio de su emocionante aventura, fingía quedarse dormido para consternación nuestra12».
Por entonces Charles Dodgson ya había escrito varios tratados matemáticos con los que pretendía ayudar a los estudiantes a que cumplieran con los exigentes requisitos de Oxford. Su primer libro se publicó en 1860, cuando contaba veintiocho años, y continuó escribiendo otras obras que aún tienen vigencia en la actualidad. Con su trabajo Euclides y sus rivales modernos, de 1879, pretendía que Euclides se hiciese accesible a las mentes de sus contemporáneos. Haciendo alarde de su talento como narrador, y de su buen uso de la fantasía, construyó la obra como una comedia en cuatro actos en la que plantea un diálogo platónico entre Minos y Radamantis, dos de los tres jueces del Hades (inframundo griego), el propio Euclides, que diserta con humildad sobre la calidad de sus estudios y el profesor alemán Herr Niemand, que se alza como portavoz de los trece autores de los libros que se analizan (los «rivales modernos» nombrados en el título de la obra). Dodgson echa mano de su ingenio para darle la razón a Euclides. Tiempo más tarde, con el artículo que escribió para la revista Mind, titulado «Lo que la tortuga le dijo a Aquiles», y con La paradoja de la barbería, deja constancia de su particular ingenio dodgsoniano, creando escuela sobre cómo hacer accesibles trabajos sesudos sirviéndose de bromas y juegos de palabras. Aquellas publicaciones matemáticas las firmaba con su nombre de bautismo: Charles Lutwidge Dodgson.
A partir de 1854 comenzó a publicar poemas, piezas en prosa y acertijos en diversas revistas literarias, pero fue en su poema Solitude, cuando adoptó su célebre seudónimo. Lo compuso traduciendo su nombre de pila al latín: Charles Lutwidge (Carolus Ludovicus), y después retraduciéndolo al inglés. Así nació Lewis Carroll.
Retrato de Lewis Carroll realizado por Oscar Gustav Rejlander, 1863.
Es curioso que fuese el poema que le dio origen al seudónimo el que parece aludir a aquella tarde en la que empezó a nacer la historia de Alicia. Como si se tratase de una premonición, los últimos versos dicen así:
Daría toda la riqueza acumulada por los años,
el lento resultado de la decadencia de la vida,
por ser una vez más un niño pequeño
en un brillante día de verano.
I’d give all wealth that years have piled,
The slow result of Life’s decay,
To be once more a little child
For one bright summer-day.
En una entrada del diario de Dodgson, del 13 de noviembre de 1862, dejó el testimonio de cómo brotó la idea de la universal obra: «Empecé a escribir el cuento de hadas para Alice, que les conté el 4 de julio, yendo a Godstow. Espero terminarlo para Navidad».
Se retrasó.
Según sus propias anotaciones, el texto quedó terminado en febrero de 1863, pero aún le faltaban las ilustraciones, que él mismo tenía pensado hacer, y para las cuales había dejado espacios en blanco.
Comparando la letra del manuscrito con la que Dodgson utilizaba en el día a día, podemos observar que elimina los ángulos, forzando redondear las grafías, seguramente con la idea de que resultase más atractiva para los ojos infantiles.
Así lo dejó registrado en sus diarios:
«En esa ocasión conté el cuento de hadas de Las aventuras subterráneas de Alicia, que me comprometí a escribir para Alice, y que ahora está terminado (en cuanto al texto), aunque las imágenes aún no están terminadas».
Ilustrar el manuscrito no fue una labor sencilla para Dodgson. En la última página intentó dibujar a la niña, pero no le debió de convencer el resultado. Pegó sobre el dibujo una fotografía de cuando Alice contaba siete años de edad, a pesar de que, a esas alturas, ella ya pasaba de los once.
El 13 de septiembre de 1864 dejó la constancia escrita en sus diarios de que había terminado al fin con el manuscrito. Las siguientes semanas las dedicó a encuadernar el volumen en cuero. Finalmente lo envió a la casa familiar de Alice Liddell bajo el título Alice’s Aventures Under Ground, el 26 de noviembre de 1864, con la dedicatoria: Un regalo de Navidad para una querida niña, en recuerdo de un día de verano.
El novelista Henry Kinsley, que tuvo acceso al libro en casa de los Liddell, quedó encantado y le incitó a que lo editase. Asimismo, Dodgson le pidió a la esposa del poeta y novelista escocés, George Macdonald, que leyese el manuscrito a sus hijas. La pequeña Greville, que por entonces tenía seis años, recordaría ese hecho años más tarde en su libro George Macdonald and His Wife, declarando que deberían hacerse sesenta mil copias del cuento.
Animado por tan efusiva acogida de su obra, se puso en contacto con el editor Alexander Macmillan. Fue el mismo Carroll quien se hizo cargo de los gastos de impresión. Consciente de sus limitaciones como dibujante, le propuso a John Tenniel, que por aquel tiempo ya era un afamado ilustrador y caricaturista político, que le diese forma a la imagen que guardamos en la actualidad de Alicia, que nada tiene que ver con la Alice Liddell morena, con flequillo recto y rostro fascinante, que le sirvió de inspiración a su creador.
Alice Liddell, disfrazada de mendiga, fotografiada por Lewis Carroll, 1858.
El cuento vio la luz bajo el título Las Aventuras deAlicia en el país de las maravillas, en noviembre de 1865, con el doble de páginas del manuscrito que el autor le entregó a la niña la Navidad anterior. La obra fue todo un éxito. Revistas especializadas del momento como The Reader,The Press, The publisher’s Circular,The Bookseller o The Guardian la calificaban como un tesoro artístico escrito de forma entretenida; un antídoto contra la melancolía.
Sin embargo no todo era dicha para Dodgson en ese momento. Algo provocó la ruptura entre el profesor de Matemáticas y la familia Liddell a finales de junio de 1863. Se ha especulado mucho con la posibilidad de que el escritor declarase su amor por Alice, y pidiese su mano. Según se cuenta en Alicia anotada:
«Sabemos que la señora Liddell notó algo fuera de lo normal, tomó medidas para desalentar el interés de Carroll, y más tarde quemó todas sus primeras cartas a Alice. Hay una misteriosa referencia en el diario de Carroll, correspondiente al 28 de octubre de 1862, según la cual había perdido por completo el favor de la señora Liddell, “desde el asunto de lord Newry”. Cuál es el asunto de lord Newry al que se refiere, sigue siendo hoy un sugestivo misterio13».
