Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La historia nos pone en la cabeza sentimientos y ojos de Isaac, un chico de 17 años que llevaba una vida medianamente normal en Oakville, Canadá. Acudía a clase, salía con su mejor amigo Rogers, hacía skate de vez en cuando... En fin, un adolescente común, aunque siempre llevaba la misma sudadera roja desde hacía años, una vieja y gastada. Un día, la vida del joven dio un vuelco al conocer a una chica... Y menuda chica. Malhumorada, borde y con una mirada furtiva. Debido a una discusión en el pasillo del instituto, ambos se vieron obligados a trabajar juntos en una pancarta de teatro, a regañadientes. Pero aquello no terminó ahí, aquella chica, Megan, ocultaba un secreto. Un secreto que involucró por accidente a Isaac, del que ya no podría salir jamás, su vida no volvería a ser la misma.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 725
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Sergi Martín Gálvez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1181-837-7
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
A mi yo de 16 años, a quien tantas veces
se le ha dicho que no llegaría lejos…
Todo va a salir bien.
Nota del autor
Y aquí estamos, una vez más… Esta vez, lo vamos a hacer diferente, muy diferente. Este libro es el primero que escribí en mi vida, en 2014 para ser exactos. Ha pasado por muchos procesos, y creo que ESTA es la versión definitiva.
Para los que empezasteis por REFLEJO.42, esto es una precuela para vosotros, que es importante para el desenlace de toda esta historia en un futuro. Y aunque al principio todo sea extraño, como si no tuviera nada que ver… Estad atentos.
Para los que empezáis con Bienvenido a Ardis, no importa si no habéis leído el otro libro, podéis hacerlo justo detrás de este y la historia funcionará igual.
Dicho esto… Lo siento Abi y Derek, pero en el mundo de Isaac sí tienen juegos de Sonic.
PRIMERA PARTE LA CHICA DE OTRO MUNDO
1
¿Nunca te has preguntado cómo de rápido se pueden torcer las cosas en tu vida? Ya sabes, cuándo puede aparecer un «algo» o «alguien» de sopetón y a partir de ese momento todo dé un giro. Pues eso es lo que os contaré en estas páginas.
Me llamo Isaac, y todo empezó cuando acabé metido en un lío. Ya sé lo que pensaréis al leer eso: «Pues vaya una novedad, muchos libros empiezan con alguien metido en un lío», pues este también, pero igual os sorprendéis, tanto como yo lo estuve. Acabé en dirección por gritarme con una chalada en el pasillo. Y justo ahí es donde empezó todo, atentos.
[Despacho del director, en algún instituto de Oakville, Canadá]
—Bien, a ver, Isaac, cuéntame lo que ha pasado... —preguntó el director, una vez más. Por lo general, acababa metido en algún que otro asunto, ya sabéis, a veces ocurren estas cosas.
—De acuerdo, Carl —dije, con confianza.
—Para ti Señor Director, chaval.
—Está bien, Señor Director, pues, estaba en el pasillo y de repente…
—Oye, ¿y por qué tiene que empezar este? Yo se lo resumiré encantada. —Me cortó la chalada.
—Aaaagh, está bien, empieza tú, Megan —dijo, acomodándose la corbata. Carl aquel día me odiaba, no tengo pruebas, pero tampoco dudas.
—Bien, Señor Director, es mi primer día en el instituto, no me oriento muy bien aún, y buscaba la clase donde debía ir… Pero este pobre IMBÉCIL iba corriendo por los pasillos y me tiró al suelo, yo solo me defendí, eso es todo.
—¿Que «te defendiste»? ¡Te has lanzado encima de mí y luego casi me muerdes la cara! ¡Has intentado comerme, so caníbal! —Me levanté de la silla mientras le gritaba.
—¡Perdona, pero tú has sido el idiota que iba con el skate por el pasillo, majo! —Sin duda, aquella loca quería que cargase yo con toda la culpa.
—¡Vale, vale, vale! —El Director se levantó—. Se acabó, debería castigarte a ti por ir en monopatín y a ti por defenderte demasiado bien contra el chaval… Pero no lo haré. —Nos mandó a callar a los dos con ese debería.
—Ah… ¿no? —Ambos quedamos algo confusos.
—No, en su lugar, vais a trabajar juntos para hacer la pancarta de teatro de este año.
— ¡¿Que qué!? —Coordinamos nuestra reacción.
—Sí, os vendrá bien a los dos, así igual os hacéis amigos y esas cosas de jóvenes, lo mismo hasta acabáis siendo una de esas parejitas de instituto. —Definitivamente, Carl me tenía echado un mal de ojo.
—Yo no pienso hacer la pancarta con el tarado de aquí, y menos ser su pareja —dijo la caníbal.
—¡Eh! Podría decir lo mismo de ti. —No iba a quedarme callado, por supuesto.
—Bien, podemos hacer otra cosa… Llamo a vuestros padres y volvemos a vernos todos juntos dentro de un rato. ¿Creéis que es necesario? —Volvió a sentarse en la silla—. Anda, largaos, hablad con cualquier chaval del grupo de teatro, ya os dirá qué os toca hacer. —Salimos al pasillo, los dos nos quedamos callados.
—¿Has visto? Todo por tu culpa. —Me soltó con todo el morro.
—¿Quieres que volvamos a empezar este asunto o qué? Ya tengo que hacer la pancarta contigo, bastante me parece. Pensaba que la gente nueva del insti solía ser más amigable.
—Ya, pensar no es lo tuyo, ya lo has demostrado. —Y otra puñalada.
—Agh… Mira, voy a pasarme a ver a los de teatro para que me digan qué se supone que tenemos que hacer. ¿Puedo pedirte el número de teléfono para mandarte un mensaje luego o vas a atacarme otra vez?
—Hmm… Te daré mi Instagram, eso es todo, a ver, apunta...
En fin… Al menos fue amable y me escribió su dirección. No tenía ningunas ganas de preparar la pancarta del grupo de teatro, pero era eso o ser expulsados, así que dimos el brazo a torcer. Volví a mi clase, y esperé a que terminara para marcharme a casa.
Oakville era un lugar bonito en el que vivir, la verdad, la gente solía ser amable, el ambiente era agradable, me gustaba ir impulsándome con mi skate por las calles. Una vez llegué a casa, mis padres estaban en el salón; mi abuelo, que vivía con nosotros, también estaba allí.
—¡Buenas! —dije, intentando simular que todo iba bien.
—Oh, hola, Isaac… —Mi abuelo se levantó como pudo para saludarme, era una persona algo enferma, no estaba en su mejor momento, que digamos.
—Ey, abuelo, no te levantes tan rápido, ya me acerco yo, anda… —Le abracé como cada día.
—¿Cómo te ha ido, cielo? —preguntó mi madre.
—Aaah… ¡Bien! He venido a dejar un par de libros y… me piro otra vez.
—¿Ya? ¿Adónde tienes que ir, chaval? —A mi padre aquello le sonó raro.
—Pueees… A Rogers y a mí nos han encargado un trabajo en la última clase, y como solemos hacerlos juntos… —Y con solemos, quiero decir que suelo hacerlos yo, pero ya hablamos de mi amigo en otro momento—. Bueno, eso, que volveré luego.
—¡Vale, saluda a sus padres si los ves! —comentó mi madre.
—Pero si nunca están en casa, ya lo sabes.
—Bueno, por si acaso.
—¡Genial, vale, hasta luego!
Como os mencioné antes, Megan, la psicópata, me dio su dirección, para que fuera yo quien se acercara a su casa, y tonto de mí, no rechisté. No sabía nada de ella. ¿Y si era una lunática que quería cortarme en pedacitos y meterme en la nevera? Isaac, definitivamente aquella no fue tu mejor idea. La cosa es que los de teatro me habían dado los materiales para hacer la pancarta, nada serio, una tela blanca y algo de pintura.
Finalmente, llegué donde se suponía que vivía la chica. Aquella casa, por fuera me recordó a aquellas historias que contaban en Halloween de hogares encantados cuando era un crío. Llamé a la puerta varias veces, hasta que finalmente abrió.
— ¿Qué? —Tenía una cara de borde impresionante.
—¿Cómo que qué? Tenemos que hacer la dichosa pancarta.
—Ah, sí, eso. Vamos, pasa —dijo, indicándome el camino. Su casa no parecía estar muy habitada, aparte de parecer abandonada, claro. Madera chirriante, muebles muy viejos y hacía falta pasar el aspirador por todo lo que representaba la vivienda en general.
—Oye y… ¿Tus padres? —pregunté por hablar de algo.
—¿Y a ti qué te importa? ¿Eres de los que preguntan si están los padres para estar a solas y hacer manitas?
—¿Q-qué? ¡No! ¿Tú estás tonta? —No sabía que responder a eso exactamente.
—Te estoy tomando el pelo, bobo… —Se dio la vuelta. Creí que la cosa había vuelto a la normalidad, pero no fue así—. Pues vaya, y yo que pensaba que eras un tío divertido, eres un fiasco ¿eh?
—¡Quieres dejarlo ya! De verdad, eres insufrible —Prefería el silencio a toda costa, con tal de evitar aquella situación.
Luego de dejar ese tema tan embarazoso, empezamos a trabajar en la pancarta, empezamos a discutir por el color y el tamaño de la letra, pero al final nos quedó algo bastante bueno, incluso a mí me gustaba. Utilizamos colores pastel, para que no fuera demasiado agresiva y no pareciera sacado de la típica película de instituto. Megan parecía concentrada, cuando estaba callada, parecía incluso amable. El pelo largo y castaño, con una coleta baja, unos ojos color café… En mi cabeza pasó la fugaz frase de «Oye, tiene su encanto», y luego me dije a mí mismo: «Nooo, no seas así, está loca, te matará cuando te despistes».
—Bueno, pues esto ya está, no ha quedado mal, la verdad —dijo mientras mirábamos el resultado.
—Sí, nada mal —añadí, mirando desde lo alto la frase. «La vida no es una carrera, echa el freno».
—Eso va por ti, que lo sepas. —Arqueó una ceja.
—Ya estabas tardando…
—Buff, me muero de sed, ¿quieres algo? —mencionó, dirigiéndose a la cocina.
— Oh, ah… claro —Me lanzó un “zumo de ciruela”, no lo había visto en la vida. Lo probé, mi puntuación a aquella cosa fue muy baja—. ¡Puaj! ¿Pero qué es ESTO? —Me gustaría haber visto mi cara de asco en aquel momento.
—¿No sabes leer, cabeza hueca? —dijo entre risas.
—Sabe a pota de rata atropellada en la autopista…
—Gracias por la imagen Isaac, bonita manera de acabar el día —Su sarcasmo recorrió todo el lugar. Pero sí, llevábamos un par de horas con la pancarta.
—No hay de qué —respondí, haciendo una mueca.
Estuvimos en silencio unos minutos, algo incómodo la verdad, pero pudimos ver cómo se iba el sol. Quizá hacía meses que no me paraba a verlo, fue gratificante. Poco a poco, dejó de haber tensión, no había sido tan grave como parecía, no discutimos en todo el rato. Pensé que quizá me había pasado un poco con ella, la había prejuzgado tal vez, no parecía estar tan chalada. Aunque entre vosotros y yo, aún estaba esperando el momento en que sacase un cuchillo y me lo clavase en la tráquea.
—Oye, Megan.
— ¿Hm-hm? —Me miró de golpe.
—Perdona por haberte atropellado con el skate, iba tarde y en fin… Que lo siento y eso.
—Ya bueno, no pasa nada, yo siento haber intentado morderte el cuello. —Se acercó a la nevera a por otro de aquellos zumos, ignorando lo extraño que pudiera sonar lo que había dicho.
—Ah... ¿cuello? Yo creí que ibas a por mi cara, en general.
—Ya, tuviste suerte de que cambiara de parecer. No te acostumbres. —Rompió el plástico de la pajita.
—Creo… Creo que no lo entiendo.
—Mejor, no le des importancia, olvídalo ¿vale?
—Ah… Sí, vale, como quieras. —Decidí ignorarlo y pasar.
—Bueno y… ¿Qué pasa contigo? ¿Qué puedes decirme de ti?
—¿De mí? Pueees… No mucho, soy bastante aburrido, a decir verdad.
—¿Duermes mucho?
—¿Qué clase de pregunta es esa? —Me quedé extrañado.
—Por las ojeras que tienes, las tienes muy marcadas.
—Ah, eso… Sí, me lo dicen a veces, pero duermo como cualquier persona normal.
—Entiendo… ¿Y haces skate, entonces? Se ve divertido.
—Bueno… Empecé de niño, y después de hacerme un esguince, no pude parar.
—Claro… Hacerse daño suele ser un motivante para seguir haciendo eso, muy bien —Su sarcasmo llegó hasta la otra punta de Oakville.
—¿Y tú? ¿De dónde has salido? —Me tocaba a mí preguntar.
—Mmm… De lejos. Muy lejos.
—¿Y qué haces aquí, en Oakville?
—Me pareció un buen sitio para empezar de cero, eso es todo.
—¿Y te mudas a una casa roñosa?
—Bueno, con el tiempo ya la iremos arreglando.
—¿Con tus padres?
—Algo así, digamos que mi tutor legal.
—Entiendo… —Le di otro sorbo al zumo—. Puaj, esto está asqueroso.
—Sí, pero te lo estás bebiendo —Soltó una ligera risa.
— No es como si me hubieses ofrecido otra cosa para beber, ugh… —Tragué con asco—. ¿Ya has conocido a alguien en tu clase? Es decir, algún compañero o…
—No, cuando llegas a mitad de curso, cuesta un poco más. Sí, hay gente que te deja un boli o una goma de borrar, pero… No pasa de ahí. Tampoco me hace falta, no te preocupes —respondió con la cabeza en alto.
—Ya, vale, ah… ¿Y cómo es que querías empezar de cero…?
—¿Sabes? Haces un montón de preguntas.
—S-sí, lo sé… Es algo mío, me lo dicen mucho. Perdona.
—No, no te preocupes, solo me sorprende.
—Ya, bueno… Oye, sé que hemos empezado con mal pie, pero, me preguntaba si, en caso de que nadie se acerque a conocerte en tu clase…
—Me encantaría —respondió sin dejarme terminar—. Pareces majo, se puede hablar contigo. Aunque paso de hacer otra pancarta de esas…
— Sí, yo también, ah… Guay —Le sonreí.
— Esa sudadera roja se ve vieja, ¿cuántos años tiene? —Se fijó en mi ropa.
—Oh, pues… Bastante tiempo.
Sonó el timbre, Megan se dirigió a la puerta. Mientras, fui a coger un par de zumos más, sigo sin saber por qué, si no me gustan. Oí que abría la puerta, pero luego, solo silencio. Pensé en asomarme, ver quién era.
—Oye Megan, ¿pasa algo? —De camino a la puerta con los zumos en la mano, me detuve de golpe, había dos tipos en la entrada, Megan no dejaba de mirarlos.
—Isaac, ¿tienes la mochila a mano? —dijo, sin quitarles el ojo de encima.
—Yo, pues ah… s-sí —La busqué con la mirada, estaba en un escalón de la casa.
— Bien, ¡pues corre! —Golpeó de una patada a uno de los hombres lanzándolo contra el otro, de repente.
No entendía nada, pero hice lo que me dijo, ella cerró la puerta y los dos corrimos hacia el piso de arriba, hasta el desván. Mi corazón iba a mil, ¿¿acababa de arrearle una patada a un tío?? Me puse nervioso, como comprenderéis, nadie va a hacer una pancarta a casa de alguien y prevé que algo así pueda suceder.
—Oye, pero ¡quiénes son esos y qué te han hecho! —Le grité, alterado.
—¡Calla y escucha! Bien, esos tipos van a intentar matarnos, ¿de acuerdo?
—¿C-cómo que DE ACUERDO?
—Sí, y es cuestión de segundos que lleguen, así que veas lo que veas, pase lo que pase a partir de ahora, no te pongas histérico y no digas nada, ¿vale?
—P-pero, ¡qué estás…!
—¡Isaac! —me gritó, poniendo sus manos en mis mejillas.
—V-vale, me estás asustando. —Estaba cagado de miedo, o lo siguiente.
—Genial, asustarse está bien, eso demuestra que no eres un idiota. —Me miró a los ojos.
Megan agarró mi mano con fuerza, y juntos, corrimos hacia la ventana que había en el desván, una ventana circular con un símbolo extraño dibujado en ella. Rompimos con nuestro cuerpo la ventana, fue una locura. Pensé que acabaríamos cayendo al suelo, desde una altura considerable, pero no, pasamos por una especie de «luz» por así decirlo, y al abrir mis ojos de nuevo, estaba en un lugar totalmente diferente.
2
Habíamos atravesado aquella luz extraña, no podía ver bien al principio, todo estaba muy desenfocado, sentía mareos y me faltaba el aire. Caí al suelo sin casi darme cuenta, lo último que recuerdo fue una silueta acercándose a mí, luego me desmayé. Cuando empecé a despertarme, las cosas empezaron a verse algo nítidas.
—Agh… ¿Dónde estamos? —Estaba mirando a mí alrededor, algo confuso, todavía.
—Vaya, ya era hora, ¿estabas cómodo soñando? —El tono cínico de Megan me inspiró tranquilidad, todavía no sé cómo, solía ser irritante.
—Ah… Perdona, ¿qué?
—Nada, olvídalo, ¿cómo te sientes?
—Bueno, algo mareado. ¿Qué ha pasado? Y… ¿Qué es este sitio? —Miraba a todas partes, era un lugar donde no entraba la luz del día.
—Está bien, me vas a tomar por loca je, je… Ah… ¿Recuerdas a esos hombres de la entrada que han tratado de matarnos hace nada? —dijo, soltando una mueca.
—Pues solo recuerdo que has abierto la puerta y le has dado una patada a uno de ellos, ¿cómo sabes que querían matarnos?
—Porque lo sé ¿Y qué iba a hacer? ¿Dejar que atacaran primero? Ni en broma. Bueno, cállate. Esos tipos venían a por mí, tú no deberías haber estado…
— ¿Le debes pasta a alguien o qué? —Me puse en pie.
—Qué tierno… No, nada de eso.
—Vale… ¿Y dónde estamos? ¿Cómo nos hemos movido de sitio? Esto no es tu casa.
—No, no lo es. A ver cómo te digo esto sin que se te vaya la olla… —Comenzó a dar vueltas en círculo.
—Megan… Oye… ¡Tía, me estás poniendo de los nervios, estate quieta y dime, ve al grano! —Comencé a impacientarme.
—¡Agh, hemos saltado a otro mundo a través de aquella ventana! Ya no estamos en la Tierra ¿vale? —lo dijo como si fuera lo más normal del mundo, algo rutinario.
—¿Que qué? Me tomas el pelo, mira, ha sido un bonito efecto de luces, y no sé qué le echarías a ese zumo de ciruela, pero me dejaste K.O. Vale, muy buena broma, pero ya me aburre. Sabía que en el fondo eras una loca… Si no te importa, me quiero ir a casa. —Me daba bien igual si le importaba como si no, yo quería alejarme de ella y de sus tonterías, definitivamente sí era una chalada.
—Sal.
—¿Qué?
—Que salgas. Vamos, vuelve a casa, te dejo ir en paz. —No se lo pensó siquiera.
—¡Oh vale, pues me largo, psicópata! No te digo, todo el día aguantando a una loca que intenta morder a la gente por el pasillo, pues anda y que te… —Abrí la puerta mientras hablaba, me callé de golpe. No podía asimilar lo que veían mis ojos.
—Bueno ah… —Megan salió segundos después que yo—. Bienvenido a «Ardis Nebulosa», supongo.
Lo que estaba presenciando no tenía precio. Un mundo colorido, lleno de tonalidades por todas partes, el suelo, los árboles, hasta el cielo, con pequeños vórtices que reunían paletas de color increíbles. El paisaje era muy agradable, tranquilo y cálido. Se podía respirar paz en aquel lugar. Estaba impresionado, en ese mismo instante empecé a creer todo lo que Megan me había dicho hacía unos segundos.
—Esto es… increíble —dije, asombrado.
—¿Increíble? No recuerdo la última vez que reconocí este lugar como algo «increíble». —Cambió su cara por completo.
—¿A qué te refieres?
—Déjalo Isaac, no lo entenderías.
—Yo ah… ¿Cuándo te has puesto eso? —Llevaba una especie de capa y un pañuelo en el cuello.
—Mientras estabas frito. —Su mirada era demasiado seria—. Deberíamos irnos a casa, esos tipos ya se habrán ido.
—De acuerdo… —Me quedé extrañado.
Dibujó algo en el suelo, no sabía muy bien qué era, acto seguido, comenzó a brillar. Sin casi darme cuenta, habíamos vuelto a su desván, me giré para ver la ventana, pero estaba intacta, como si nunca la hubiéramos roto. Me percaté de que lo que había dibujado en el suelo, era el mismo logotipo de aquella ventana. Megan se quitó el pañuelo, la capa y las tiró al suelo, furiosa.
—Vete a casa, y olvida todo esto. —Bajó las escaleras del desván.
—¿Olvidarlo? ¿Cómo? Ha sido una pasada. ¡Tienes que contarme de qué va todo esto!— Quería saber lo que acababa de pasar con detalles, pelos y señales. Parecía sacado de una película de fantasía.
—Isaac, por favor, vete. Ya hemos terminado la pancarta, aquí ya no tienes nada que hacer.
—Sinceramente, creo que me debes una explicación. —Quería echarme de mala manera sin dejarme saber lo que había pasado, y necesitaba respuestas.
—Ja… ¿Una explicación? ¿Tú? —Dio un paso al frente—. Mira, escucha, todo esto ha sido por el estúpido castigo que no tendría que haber ocurrido. ¡Así que ahora déjame en paz y no vuelvas a dirigirme la palabra! —Me cogió del brazo, abrió la puerta y me echó de mala manera, luego cerró y me dejó ahí.
Me fui, estaba enfadado, no entendía por qué estaba tan cabreada desde que comenté lo fascinante que era aquel mundo, del cual aún no sabía nada. Llegué a casa, todo seguía normal, cené con mi familia y estuve un rato hablando por teléfono con mi mejor amigo. No le comenté nada a nadie, tampoco sabía cómo explicarlo, aunque recuerdo la de vueltas que pegué en la cama aquella noche, no dormí nada, no podía, necesitaba respuestas y ella se negaba a dármelas. A las tantas de la madrugada, mi abuelo me escuchó moverme.
—¿No deberías estar durmiendo, muchacho? —pronunció con una voz débil.
—Sí, yo… no lo consigo. —Ambos comenzamos a susurrar, me giré en dirección a él, desde mi cama. Para vuestra información, en mi habitación había dos camas, al vivir mi abuelo con nosotros, y no haber una habitación de invitados, pusimos otro colchón en mi cuarto. Fue idea mía, no me era una molestia para nada, quizá penséis «Pero Isaac, no debes tener mucha intimidad». La tengo, mi abuelo solo dormía ahí, la mayor parte del día, estaba en el salón, con sus cosas.
—¿Te preocupa algo?
—Es… nada, no te preocupes.
—¿Cosas de adolescente? —preguntó, sonriendo.
— Sí… cosas de adolescente. —Dudo que contase lo de un mundo totalmente colorido y que no es la Tierra.
Al día siguiente Megan se pasó el día evitándome, había entregado la pancarta al Director y se ciñó a no encontrarse conmigo en toda la mañana, de modo que decidí ir a su casa y esperar en la puerta a que me dijera lo que quería saber. Pasó un rato, pero al final llegó, la verdad, estaba nervioso, no tenía ni idea de lo que le iba a decir.
— Puff… —Se quedó mirándome, y luego se dirigió a la puerta para entrar en casa, ignorándome.
—Ah… ¿hola? Estoy aquí.
—Ya lo veo.
—¿Y entonces? ¿No vas a esperar a que te pregunte sobre ayer y todo lo que sucedió?
—Creí haberte dicho que lo olvidaras —Entró en la casa.
—Ya, como que iba a hacerte caso —La seguí.
— ¿Quién te ha dado permiso para entrar? —Mientras abría la nevera.
—Ah… Yo mismo. —La verdad es que ni me di cuenta de que estaba dentro.
—Mira que eres pesado… Por cierto, ya he entregado la dichosa pancarta.
— Sí, ya la he visto colocada en la entrada. No me cambies de tema. —Me puse serio. Pasó un rato, intentaba que Megan me contara algo, pero seguía esquivándome, de modo que me fui al desván, allí había empezado todo—. Rompimos esa ventana, ¿por qué ahora está intacta? —La miraba desde la distancia.
—La ventana se regeneró al salir de Ardis, se repara al volver a hacer contacto.
—Sigue siendo raro.
—Isaac.
—¿Sí? —Me giré curioso.
—¿No tienes nada mejor que hacer? No sé, ve a estudiar, a comprar, a dar de comer a las palomas del parque, me da igual.
—No pienso irme hasta que me des algo, tenlo claro desde ya —me puse firme.
—¿De verdad quieres que te lo cuente? —Me miró de una forma muy fría, incluso por un momento, no sabía qué responder, me hizo dudar.
—C-claro, por eso mismo he venido. —No sonó muy convincente por mi parte que digamos.
—Bien, vale, pues coge cualquier parte del suelo y siéntate. —Me senté en una esquina, Megan me prestó un cojín para estar más cómodo, y entonces empezó a hablar.
—Ardis Nebulosa. Cuéntame en cinco palabras cómo lo definirías tal y como lo viste.
—Yo ah… cinco palabras, vale… grande. Ah… colorido, mágico, alegre, Mm… interesante —Intenté recordar lo poco que vi, y esas fueron las palabras que me vinieron a la cabeza.
—Bien, entiendo, pero ahora te voy a contar cómo es ese mundo en realidad. Es cruel, gris, peligroso, triste y… doloroso. —Apartó la mirada en aquella última palabra.
—¿Por qué lo dices? —Estaba más que claro que ella y yo no pensábamos igual.
—No vuelvas a mirar a esa ventana con curiosidad, porque no es un buen sitio al que ir.
—Vale, pero… ¿Quiénes eran esos tipos de ayer? —Yo tenía más preguntas, acababa de empezar.
—No son nadie importante, simplemente intentan que vuelva a ese sitio… Pero ya me encargué de ellos.
—¿Qué les has hecho? Bueno, mira, no quiero ni saberlo. ¿Por qué venían a por ti? —Bien colega, directo al grano, sin rodeos… Suelo irme por las ramas, así que, fue un logro para mí.
— Yo no soy de aquí Isaac, pertenezco al otro lado de la ventana. —Acto seguido hice un acto reflejo de mirarla. Estaba realmente confuso, ¿cómo podía ver Megan a ese mundo con tan poca vida? Cuando me di la vuelta, ella tenía como la mente fijada en algún pensamiento único, supongo que estaría recordando algo de aquel lugar, por lo que decidí cambiar de tema.
— Bueno, ah… ¿Y qué tal las clases? —Mi imaginación no fue más allá.
—¿M-me preguntas por las clases? —Entre risas. Había cambiado su cara de golpe, a mejor.
—Claro, ¿por qué no? —Forcé una sonrisa.
—Porque lo último que quiero al salir de ese sitio es que me recuerden que he estado allí, ¿entiendes? —Arqueó una ceja.
—Oh, ya veo. —Me quedé pensativo, aunque, lo cierto es que la mayoría de adolescentes pensábamos igual.
Entonces vi una foto, en un marco muy antiguo, lleno de polvo, el cristal estaba roto. Me acerqué y la cogí para ojearla, salían tres personas, deduje que era Megan con sus padres. Ella se acercó sin darme cuenta y la tomó de mis manos, la dejó en su sitio.
—¿Son tus padres?
—Sí.
—Guay, ¿dónde están? —Sentí miedo de cagarla de nuevo.
—¿Ellos? No lo sé, pero no me importa lo más mínimo —lo dijo en un tono resentido, me hizo sentir incómodo.
—¿Vives sola?
—La mayoría del tiempo, mi tutor legal, está en Ardis ahora mismo, así que... —Suspiró.
Decidí dejar el tema aquel día, no pensaba que fuera a responderme desde un comienzo, con lo cual ya era suficiente. Le dije que tenía que estudiar, me acompañó a la puerta, salí y me miró desde la misma.
—Isaac, será mejor que no vuelvas, por tu propia seguridad.
—¿Por qué tanto secretismo?
—Intento protegerte, eso es todo. No me pareces mal tío, ¿vale? Así que, déjalo. — Cerró la puerta.
¿Qué se supone que debía pensar sobre eso? ¿Qué estaba en peligro? Creo que eso ya no sería tan raro, decidí descansar la mente un poco mientras volvía para casa. Llegué hasta mi cuarto, tiré la mochila en la cama y aparté todo el desorden del escritorio. Conecté el ordenador y no pude evitar la tentación de buscar e investigar sobre aquel mundo y ver si había alguien más que sabía sobre él en Internet.
Ardis Nebulosa, nada. Pensé en buscar más cosas, pero prácticamente no tenía nada más. Mi madre me dijo que fuera a comprar, iba a coger el móvil y los auriculares, pero…
—Mierda. ¡Están en la cocina de Megan! —Me puse las bambas y avisé a mi madre de que iría a otro sitio más tarde, después de comprar.
Me dirigí primero a casa de Megan, ya que no quería molestarla más tarde. Una vez allí, me quedé parado, la puerta estaba en el suelo, el parqué con gotas de sangre bastante grandes y un rastro que desaparecía al llegar a la acera. Estaba asustado, muy asustado, entré corriendo en la casa para buscarla, pero no estaba allí, miré arriba en el desván. Lo único que encontré fueron la capa y el pañuelo que llevaba puesto en Ardis, intuí que se la habían llevado allí.
Estaba asustado, pero realmente quería ir tras ella, porque era el único que podía ayudarla, aunque no supiera llegar hasta allí. Intenté romper la ventana, pero fue en vano, ni un rasguño. Por un momento, pensé en mirar en las cajas de Megan para ver si había alguna papeleta u hoja en la que pusiera como llegar hasta allí. Empecé a encontrar fotografías de todo tipo, casi todas viejas, eran fotos hechas en Ardis Nebulosa, todas muy peculiares. Al final encontré, por estúpido que parezca, la hoja que andaba buscando, arriba del todo ponía «Cómo llegar a casa», era vieja, supuse que acabaría en Ardis, cogí el pañuelo y la capa de Megan, después la hoja.
3
Aquella hoja parecía un mapa, había que caminar siguiendo algunos pasos, los leí en voz alta y así aproveché para calmarme un poco. «4 pasos mirando al frente, 2 izquierda en forma diagonal hacia atrás, 4 a la derecha y 2 hacia atrás en forma diagonal en izquierda». Volví al mismo sitio, pero me di cuenta de que había algo más escrito.
—¿«Tierra trágame»? —Acto seguido, la madera del desván se rompió en pedazos únicamente por donde yo estaba pisando. Me hundí en un segundo, estaba cayendo por uno de esos portales por los que entramos a través de la ventana. Estaba alucinando, era como un agujero de gusano de los que hablaban esos documentales tan siniestros en la televisión, sobre viajes espacio-temporales. No paraba de gritar, no sabía dónde estaba yendo, una vez llegué a un suelo donde pisar, caí de culo, me hice bastante daño, la verdad, pero las he pasado peores. Una vez salté del tejado del granero de mi abuelo creyendo que era un pájaro y me rompí la pierna, aquello no era nada. Me fui levantando poco a poco, intentando buscar un punto de referencia.
—Agh… «Tierra trágame», qué graciosa… —En cierto modo me hizo gracia, pero lo vi innecesario. ¿No bastaba con un «vas a caer por un portal hasta caer de culo en otro sitio»? Una vez en pie, me puse a buscar a Megan, entré en una especie de pueblo pequeño, parecía poco habitado—. ¡Megan! ¡Me-gan! —Sabía que no iba a funcionar, pero tenía que intentarlo. Aquella zona era igual de colorida que en la que había estado, pero no era el mismo lugar. Me daba pereza llevar el pañuelo y la capa de Megan en la mano, así que me puse ambas cosas. Vi gente, decidí acercarme a ellos para preguntar.
—Ah… hola, estoy buscando a una persona, ¿podríais ayudarme? —Intenté ser educado.
—Claro, chico, ¿a quién andas buscando? —Me respondieron con gusto, y parecían humanos como yo, menos mal.
—Bueno, la verdad… Sé poco de ella, antes vivía aquí, pero se… mudó.
—¿Que se mudó? Bueno, ¿y cuál es su nombre? —Curiosos.
—Se llama Megan, tiene el pelo largo y…
—¡¿Megan, ESA Megan?! ¡Oh no! ¡Ha vuelto! —Aquel pequeño grupo de personas dejó caer sus herramientas de trabajo al suelo y salieron corriendo, se metieron en sus casas y cerraron puertas y ventanas.
—¡Eh oigan! Pero qué… —¿Qué acababa de pasar? Parecían aterrados, vi perfectamente cómo les temblaba el cuerpo entero. Decidí que era mejor no preguntar y salir de aquel sitio.
Acabé entrando en un bosque, aquello era mágico, cada árbol que iba viendo me parecía aún más vivo, con sus hojas y sus frutas, aunque eran frutas normales, como en la Tierra, manzanas, peras, naranjas, en fin, lo de siempre. Lo gracioso eran los cambios de tono, jamás había visto un plátano morado. Después de cruzar todo el bosque, me topé con algo que nunca pensé que iba a encontrarme allí, era un edificio enorme, tanto como un castillo, de hecho, lo parecía más bien.
Había dos guardias en la puerta, con lanzas, poco amigables, pero como soy tan inteligente decidí acercarme.
—Disculpen, ¿qué es este sitio? —Otra vez apareció el «señor educado».
—Es una cárcel, chaval, aquí están encerrados los presos más peligrosos de Ardis Nebulosa, bueno, algunos de ellos. Imagino que no eres de esta zona, ¿no?
—Yo ah… ¡Sí, eso mismo! Y… ¿Qué clase de presos hay ahí? —Intenté sacar un poco de información, además, tenía curiosidad.
—Uy chico, pues, todo lo malo que puede haber en este mundo está dentro de esta fortaleza impenetrable, llena de rejas y rejas con cientos de criminales y a cada cual más peligroso… —El hombre empezó a contarme su vida y la del castillo detrás suyo, me aburrí.
—Ya veo… Bien gracias, ¿saben qué más hay por aquí cerca para visitar? —Quería pirarme y dejar a esos pesados atrás, tanto tiempo en la puerta no debía ser sano.
—Pues… hay un río todo recto, no tiene pérdida, cuando veas agua, ya sabes, llegaste —Me hizo sentir imbécil.
—Sí, sí, vale, ¡adiós y gracias! —Aquellos dos seguían hablando mientras me alejaba, pero seguía con la oreja puesta.
—Oye, ¿y quién narices ha sido al que han entrado hoy? Ha habido mucho jaleo desde dentro.
—Pues ha sido ni más ni menos que aquella chica de hace unos años, ahora no recuerdo su nombre, pero he oído que hizo una gran «masacre» en uno de los pueblos cercanos.
—Aaah… Sí, creo que sé de quién me hablas, es bastante famosilla por aquí cerca. ¿Cómo es que la han atrapado? —Deseaba que nada de eso tuviera que ver con ella, que no pudiera relacionar nada.
—Verás, al parecer se ha ocultado un tiempo en otro mundo, alguien la vio entrar por un portal y la siguió, una vez localizada, se pidieron refuerzos, y listo. Ya era hora ¿verdad?
—¡Sí, que pague por lo que hizo! —Ambos vigilantes empezaron a reírse.
No pude negarlo en mi mente, era ella, sin duda, así que di la vuelta al castillo y conseguí colarme por un conducto, allí no había ni seguridad ni nada que se le pareciera. Intenté que nadie me viera, aquello estaba lleno de personas gritando y causando dolor a otros presos. Justo cuando pensaba que mis tácticas de sigilo funcionaban, pude ver cómo aquellos presos llevaban observándome desde que había entrado, en silencio, desde las rejas. Aquello era demasiado incómodo, tenía miedo de que alguna de ellas estuviera abierta y que pudieran agarrarme y romper mis huesos a tirones como hacían los Hunos en los libros de historia.
—Eh, criajo. —Se dirigió a mí un hombre enorme y con una voz muy profunda, daba bastante mal rollo.
—¿S-sí? —Parece ser que me volví tartamudo al instante, el miedo se me iba por la boca.
—¿A quién buscas? Dudo que seas un recluso. —Directo al grano, sí señor, aunque me daba miedo decir el nombre de Megan en voz alta, ya que parecía tener una reputación algo mala.
— Yo… Estoy buscando a una chica, Megan. —Casi me hago pis encima al decirlo, pero acto seguido, el silencio pasó a otro nivel, nunca había percibido algo así de siniestro.
—Hm… No la encontrarás aquí, la han encerrado en una celda aparte, tendrás que pillar esas escaleras del final del pasillo. Pero ten cuidado, ahí sí que hay seguridad, criajo. Como te vean, aunque solo sea tu sombra, te matarán.
—¿E-encerrada? ¿Matarme? —dije, con miedo.
—Esto es una cárcel, ¿qué esperas, una piruleta?
—N-no… ¿Por qué me ayudas?
—Porque llevo aquí mucho tiempo y me aburro un montón. —Vaya, sinceramente esperaba otra cosa, al menos más motivación.
—Vale… Pues nada, voy a subir y… Ver si me matan o no, gracias. —Mi cerebro empezó a echar humo. Me fui corriendo hacia las escaleras. Aquel recluso tenía razón, eso estaba armado de guardias hasta el techo, necesitaba un plan. Se me da bien lanzar piedras en el río y hacer que reboten, así que pillé lo primero que vi por el suelo y distraje a los guardias a base de ruidos, pero no funcionó, volvían a su sitio una vez comprobaban que no era más que un ruido. Por lo que bajé las escaleras de nuevo con un Plan B.
—Eh, escuchadme —Y volvía el silencio siniestro de hacía unos minutos. El grandullón de antes se abrió paso entre los demás.
—¿Cómo va la cosa por arriba? —Ese tío tenía una confianza conmigo que no sabía de dónde la había sacado.
—Hay un montón de guardias y a base de ruiditos no consigo que se muevan más de dos metros, ¿qué puedo hacer? —Sí, mi Plan B era acudir a los siniestros reclusos del piso de abajo, muy ingenioso.
—Vamos a ver, criajo, te cuento, nosotros la armamos en un segundo, te escondes en esa pared de la derecha, cuando bajen a ver qué pasa, subes y cierras la puerta de arriba, ¿entendido? —Este hombre tenía un plan en la cabeza desde hacía ya tiempo y estaba deseando contárselo a alguien de fuera, es decir, yo.
Empezaron a pegarse unos a otros, no sé por qué, pero me pareció que no era la primera vez que lo hacían. Decidí dejarme de tonterías y esconderme. El plan funcionó, bajaron todos los guardias a ver qué pasaba, incluso los dos de la puerta principal, aproveché y subí.
Cerré la puerta y busqué la celda de Megan. Susurraba su nombre y rebotaba por las paredes del lugar, pero nada. Al final del pasillo encontré una puerta, aunque estaba cerrada. Intenté golpearla varias veces, pero no era capaz de tumbarla, tampoco es que tuviera los músculos para hacerlo así que… Me fijé en que la puerta tenía una especie de contraseña con números, requería cuatro dígitos.
Se me vinieron a la cabeza los pasos que hice para llegar hasta Ardis. 4242. La puerta hizo un sonido, abierta. Dentro estaba oscuro, había muy poca luz, mis ojos necesitaban adaptarse, había una silueta en el suelo, en el rincón derecho, al final de ese cuadro gris y con poca luz.
—¿Q-quién eres? —Levantó un poco la cabeza, veía el reflejo de su ojo, sin duda, era ella, estaba encogida y temblando en aquel rincón.
—S-soy yo, Isaac. —Me acerqué lentamente y me agaché.
—¿I-Isaac? Pero… ¿P-por qué estás tú aquí? Cómo… —Tartamudeaba del miedo que tenía, estaba muy asustada, lo noté mientras la ayudaba a levantarse.
—Es una larga historia, bueno, no tanto, pero es igual. ¿Tú estás bien? Un segundo… Pero qué… —La poca luz que había, dejó ver el cuerpo de Megan, estaba llena de magulladuras y moretones, la habían golpeado en el ojo y tenía sangre seca en la frente —Pero… ¿Qué te han hecho? ¿Quién te ha hecho algo así?
—¿…Por qué has venido? —Se apartó de la luz.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Ver cómo habías desaparecido y dejarlo como si nada? Yo era el único que podía ayudarte, por lo menos en la Tierra.
—Y has… ¿traído mi pañuelo y mi capa? —Parecía sorprendida, me miraba de forma radiante.
—S-sí. Te pusiste esto cuando vinimos la última vez, así que pensé que… —Me cortó, se acercó a mí y me abrazó, aunque no podía ver su cara en aquel momento, noté como lloraba, en silencio. Me abrazó con fuerza, debió de sentirse a salvo cuando me vio.
Fue como sentir dejar de soplar el viento, como si un reloj de arena dejara de tener su propia gravedad. Megan me soltó, agachando la cabeza para que no viera su rostro lleno de lágrimas, me pidió la capa y el pañuelo, se lo puso otra vez ocultándose en la oscuridad.
—Bueno y… ¿Qué hacemos ahora? —Me sonrió con una mirada sincera.
—Ah… Vale pues… Abajo están armando jaleo los presos, me han ayudado a distraer a los guardias, aprovechemos para darnos el piro.
—¿Los presos te han…? Bueno mira, me da igual, salgamos de aquí.
Fuimos sigilosos, bajo las escaleras aún había mucho ruido, con lo cual podíamos salir con facilidad, pero no fue así. Nos pillaron, el ruido acabó de golpe, todos los guardias corrieron a por nosotros, pero entonces ya aluciné todo lo que podía alucinar, Megan se lanzó encima de ellos y los tumbó con una fuerza que no era normal, ¿estaba viendo a Wonder Woman?
—¡Isaac, abre la puerta, corre! —Siguió dando bandazos.
Corrí hasta la puerta grande de la entrada, la abrí, pero con dificultad, pesaba cantidad. Megan salió de ese sitio dando un enorme salto, casi parecía que planease. Yo estaba asombrado, pero decidí mover mis piernas lejos de aquel lugar. Mientras corríamos me quedé mirándole, no podía ocultar mi fascinación.
—Oye… ¿Eres un superhéroe de Marvel o qué?
—¿Qué es Marvel? —preguntó extrañada.
—Madre mía, se nota que no eres de la Tierra…
Nos metimos en el bosque, nos paramos en un sitio despejado de vegetación. Megan me preguntó por el papel que había usado para llegar a Ardis, lo tenía en mi bolsillo guardado, se lo di.
—Vale, apártate un poco. —Siguió los pasos del papel y luego extendió su brazo hacia el frente. De repente, se abrió un portal delante nuestro, empezaba a pensar que ese era el detalle que me dejé para abrir el portal como había que abrirlo, aunque no lo ponía en la dichosa hoja así que… Mi cara era demasiado descriptiva como para no notar que la había liado entrando al mundo de Megan.
—No me mires así, vamos, aprisa. —Entré por el portal, detrás estaba el desván de siempre, era como si no hubiéramos salido de ahí, como si nada hubiera ocurrido. Megan entró detrás de mí, la oí respirar profundamente, estaba agotada, se tumbó en el sofá que había por ahí colocado. A los pocos segundos, abrió la ventana y salió hacia arriba subiendo al tejado de la casa, diciéndome: «Ve a la nevera y pilla algo de beber». Hice lo que me había dicho y la seguí. Además, cogí del congelador algo de hielo. Me senté a su lado, el sol se estaba poniendo, parecía una de esas pelis de los 80 en las que una pareja contemplaba cómo se iba el día y venía la noche en unas vacaciones de verano.
—Bueno, esto no está tan mal ¿no? —Megan dejó caer desde allí arriba el pañuelo y la capa hasta el jardín de la casa.
—Supongo que no. Oye, no es por presionar, pero… —Estaba más confuso que el primer día, demasiadas cosas en mi cabeza.
—Tranquilo, te lo contaré todo mañana, ¿de acuerdo? —Me sonrió, transmitiéndome así una confianza que antes no notaba entre nosotros, lo cual me gustó.
—Oh, ah… Vale, guay. ¿Y ese cambio? Creía que no querías que me quedara por aquí.
—Me has sacado de ese sitio… Eres un tremendo imbécil.
—Vaya, hombre, gracias…
—Pero… Pero, me has sacado de ese sitio. Tienes agallas, eso lo valoro. —Mencionó, mirando al cielo.
—Bueno… Te he traído algo de hielo, para el ojo y… eso. —Se lo acerqué.
—Gracias… —Lo agarró y se lo puso en el moretón.
—¿Un zumo? —Se lo di y se lo quedó mirando.
—¿Zumo de ciruela? Creía que sabía a «pota de rata atropellada en la autopista» —dijo, arqueando una ceja.
—Bueno… Supongo que podré acostumbrarme a esto. —Se me escapó una sonrisa demasiado sincera.
—Seguro que sí. —Abrió el zumo y empezamos a beber cada uno del nuestro, contemplando la cara de la noche.
Sinceramente, no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. ¿Por qué perseguían a Megan? ¿Acaso aquella «masacre» que mencionaron era real? Tenía una fuerza y velocidad descomunal, jamás había visto nada igual. Y Ardis Nebulosa… Ese mundo era increíble, aunque ya tenía claro que no todo iba a ser un camino de rosas, aunque bueno… ¿No es la Tierra algo así?
4
Pasé la noche en vela deseando llegar a casa de Megan tan pronto como fuera posible, pensando en todo lo que iba a contarme. Deseaba poder ordenar mi cabeza por completo, jamás pensé que viviría algo como aquello.
Al ser fin de semana no había que ir al instituto, y menos mal. Me levanté a las ocho de la mañana, ya no podía estar en la cama sin hacer nada, por lo general soy de los que les gusta aprovechar el día, así que no me quedo en la cama hasta la hora de comer. Mi abuelo no estaba en su cama, «qué raro», pensé. Recibí una llamada en el móvil, contesté con voz adormecida.
—¿Diga? —No tenía ni idea de quién podía ser.
—Hey, ah… ¿Sabes quién soy? —Resultó ser Megan, yo no le había dado mi número de teléfono, fue extraño…
—Claro que sé quién eres, ¿cómo has conseguido este número?
—Quería tenerlo así que te cogí el móvil mientras no mirabas ayer —lo dijo como si fuera una cosa normal, de cada día.
—Ah… pues muy bien. ¿Y para qué me llamas? Son las ocho de la mañana, podrías haberme despertado.
—Nah, no lo creo, estabas despierto. —Aquello fue algo siniestro.
—¿Y-y tú qué sabes? —Acto seguido oí golpes en la ventana, era Megan, lanzando piedrecitas desde la calle—. ¿Qué haces?
—Bueno, tenía pensado que si no te sonaba el móvil por algún motivo lanzaría piedras para despertarte, pero estabas despierto y has cogido la llamada, algo tenía que hacer con ellas. —Sonrió mirando desde abajo.
—¿Y no podías dejarlas en el suelo? —Me parecía una solución más sencilla.
—¿Y qué tendría eso de divertido? —Ahí tuve que darle la razón.
—Ah… Vale, dame un segundo y ahora bajo. —Me vestí, me calcé y bajé a por algo de comer para saciar mi hambre de buena mañana. Mis padres habían dejado una nota. «Hemos acompañado al abuelo al hospital otra vez, tienes el desayuno en la mesa». Suspiré y cogí la comida, me dirigí a la puerta y cerré con llave.
—Sí que has tardado —decía con impaciencia.
—Estaba leyendo una cosa… Bueno, ¿adónde vamos? —dije, comiéndome una rosquilla.
—Pues… he pensado en ir al parque de atracciones y darle patadas al hombre que va disfrazado de panda en la entrada. Me pone de los nervios.
—Perdona, ¿qué? —¿Qué problema tenía con el panda de la entrada? Mejor no entrar a un zoo con ella, desde aquel momento, descartado.
—Solo bromeaba idiota, ¿o quieres que también entremos al túnel del amor? —Ya empezaban las incomodidades.
—Yo, ah… N-no.
— Qué ingenuo eres. —Se rio—. Vayamos a algún lugar tranquilo. ¿Sabes de alguno? Con poca gente y eso.
—Bueno pues… mirándolo bien… no creo que sea un lugar muy acogedor, pero, hay una fábrica abandonada no muy lejos de aquí, pero lo dicho, no sé si…
— Es perfecto. —Estaba decidida por completo.
Y así, Megan y yo fuimos a la fábrica abandonada que había por la zona, me habían contado miles de historias diferentes sobre aquel lugar, muchos decían que allí vivía algo que no era humano, y la verdad, me daba mal rollo, me arrepentí de haber dado aquella idea. La fábrica cerró en 1984 según me contó mi abuelo, con lo cual allí no había más que mugre y polvo. Una de las historias que más recordaba, era la de un supuesto monstruo que vivía en los túneles de aquella fábrica, eso explicaría por qué no hay vigilancia. No andábamos lejos del lugar, pero por el camino tuvimos una conversación entretenida.
—¿Y qué hacían en aquella fábrica? —preguntó Megan sin siquiera mirarme.
— Pues… creo que algo normal y corriente, cosas de fábricas, no sé.
—Entiendo. Si te digo la verdad, Isaac, me da miedo contarte todo. —Se paró en mitad de la calle.
—¿Miedo? Pero… ¿De qué? —Me detuve allí también y me giré hacia atrás.
—Miedo de que te asustes y salgas corriendo… —Fue difuminando su tono de voz mientras agachaba la cabeza.
—¿Y por qué iba a hacerlo?
—Es igual, sigamos. ¿Por aquí? —Señaló una de las calles que se veían a nuestros ojos.
—S-sí. —La seguí.
Continuamos nuestro camino hasta la fábrica. Una vez en la puerta aupé a Megan con mis manos para ayudarle a subir la valla de delante y luego fui yo. Entramos con sigilo, no fuera a ser que allí de verdad hubiera un «algo» peligroso. Registramos un poco la zona, una vez comprobamos lo solos que estábamos, decidimos sentarnos en unas tuberías grandes del lugar. No sabía si estaba preparado para lo que tuviera que decirme Megan, pero al mismo tiempo, tenía demasiada intriga como para pararlo.
—Bueno y… ¿qué hacemos ahora? —pregunté incitando un poco a que me contara lo que tuviera que contarme.
— Qué impaciente. —Me sonrió.
—Soy… curioso, sí, eso.
—Está bien… ¿Por dónde empiezo…? No quiero que digas nada hasta el final, ¿de acuerdo? Yo te avisaré.
—Vale, sí, me parece bien —asentí con la cabeza como un estúpido.
—Que sepas, que te cuento esto por haberme salvado, nada más.
—¿Por qué tienes tanta insistencia y seguridad de que me iré nada más me cuentes todo?
—Porque no es algo que sea agradable de oír. Mira, es igual vamos a dejarlo.
—¡No, no, espera! Cuéntamelo. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que salga corriendo y se lo cuente a alguien? Sabes dónde vivo, y nadie me creería con lo poco que he visto, así que…
—¿Sabes que proporcionas una tranquilidad impresionante a las personas? —Me dijo, sin venir a cuento.
—Alguien me lo dijo una vez, sí… en fin, te escucho.
—Está bien, a ver… Hace bastantes años, vivía en una casa de uno de los pueblos de Ardis Nebulosa, con una buena familia y unos vecinos que eran muy buena gente, creo que «armonía», es lo que uno respiraba allí. Pero no creas que en Ardis es todo un arco iris de felicidad, allí residen monstruos y salvajes con los que no se ha convivido nunca en paz.
—¿Todo eran pueblos en Ardis? Lo poco que he visto no parece ser de un mundo muy «avanzado».
—Las hubo, sí, pero eso ya queda muy atrás. La cosa es que todo cambió en mi pueblo uno de esos días… —Tomó aire y prosiguió—. Lo que más asustaba en mi zona, eran los vampiros… —Sé que es un mundo raro, ¿pero también existían los vampiros? Mi cerebro empezaba a estresarse pensando que no podría seguir a Megan. Ella continuó hablando.
—No venían mucho, pero cuando lo hacían, destrozaban todo el pueblo y mataban a mucha gente. Viven en las Montañas Heladas del Norte, un lugar tan frío que allí un humano no puede llegar sin morir de hipotermia. En fin… Yo tenía doce años, me parece. Ese día, tuve que ir a buscar a mi hermana pequeña a la guardería, nadie sabía que iba a haber un ataque de vampiros, por lo que cuando llegaron, nosotras dos no estábamos con nuestros padres, les obligaron a encerrarse en casa, ese era el protocolo del pueblo. No siempre habían venido a matar, a veces robaban dinero o prendían fuego a algo, pero aquella vez no se sabía a qué habían venido. —Ni ella misma parecía entender del todo lo que estaba contándome.
¿Una hermana? ¿Megan tenía una hermana? Mi mente empezó a atar cabos, en aquella foto donde aparecían sus padres, la niña de la foto no era ella, sino su hermana pequeña. Realmente se parecían mucho.
—Cuando había alerta de vampiros, sonaba una campana que retumbaba por todos lados, gracias a eso corrí con mi hermana de la mano por el bosque, para escondernos en algún lugar, pero al parecer sabían que podía haber gente por allí, uno de ellos nos encontró. Recuerdo que en aquel momento le dije a mi hermana «todo irá bien»… Ojalá mis palabras hubieran sido verdad. Yo… intenté defender a mi hermana, pero…
—Pero… ¿qué?
—Morí, Isaac, eso es lo que pasó. —Giró la cara hacia otro lado. Aquello empezaba a no gustarme, Megan… ¿muerta? Era difícil de creer teniéndola delante—. Mordió mi cuello, y luego me golpeó dejándome tirada en el suelo. Me sentí… muy fría, llena de dolor por todas mis venas, estaba muriendo, lenta y dolorosamente. Dejé de respirar, no sé por cuánto tiempo, pero prácticamente había muerto. Volví a abrir mis ojos, pero no miraba a nada igual que antes, solo tenía… mucho odio, ira y despecho por todo. Aquel vampiro se acercaba lentamente a mi hermana, iba a hacerle lo mismo que a mí, aunque no sé si habría funcionado. En resumidas cuentas, los vampiros pueden morderte, pero no siempre acabas como ellos, depende, si coincide tu grupo sanguíneo sí, si no, no eres más que un muñeco sin vida.
—E-está bien, creo que lo entiendo.
—Me notaba más poderosa, de modo que me levanté sigilosamente y me lancé a la espalda de aquel monstruo que intentaba atacar a mi hermana, poco a poco me di cuenta de lo que estaba pasando y lo que estaba haciendo. Solo un vampiro puede matar a otro, un humano no tiene nada que hacer, por lo que tenía posibilidad, y así lo hice, lo estrangulé con fuerza hasta tumbarlo en el suelo… Desde ese momento, mi mente hizo que dejara de ser quien era, solo podía observar lo que hacía y aun así no era consciente. El vampiro estaba muerto, mi hermana se alegró de que estuviera bien, pero ella seguía sin estar a salvo, por suerte oí los gritos del pueblo, y me dirigí allí sin dudarlo, mi hermana se dignó a seguirme. Llegué al pueblo, y todos los vampiros se fijaron en mí como su siguiente presa, pero yo tenía claro que ellos eran la mía. Cuando un vampiro acaba de «nacer», su fuerza es incontrolable y sus ansias de sangre son lo peor, por lo que pude defenderme. Ellos se abalanzaron sobre mí, todos ellos, creyeron que atacando en grupo lo lograrían, pero yo fui la más rápida, acabé con todos…
—¿Los… mataste? —Estaba perplejo.
—Sí, todos ellos acabaron sin articulaciones y hechos un fiasco. La gente salió de sus casas, entre ellos mis padres, se dieron cuenta de que había sido mordida y que ya no era la de antes. Pero mi hermana… —Empezó a venirse abajo, le temblaba la voz y se cortaba todo el rato—. Ella era demasiado pequeña para entender lo que me había pasado, se acercó a mí, vio todo aquello… Yo me di la vuelta y, bueno... —Se hizo la dura, no soltando ni una lágrima.
— Vale, vale, vale… —Me acerqué y la abracé, sin casi pensarlo—. Oye, ya está, no sigas contándome, me hago una idea…
—¿S-se puede saber qué haces...?
—L-lo siento, no… No debería haberte preguntado.
—Está bien, no te preocupes… Pero puedes soltarme ya.
—Ah, ya, sí… perdona.
—Después de lo de mi hermana… mis padres me llamaron «monstruo», yo salí corriendo y… n-no sabía qué hacer…—. Subió su mirada hasta mis ojos.
Sentía demasiada lástima por ella, por haberla forzado a contarme todo aquello. Las cosas empezaban a cuadrarme, aquel pueblo en el que pregunté, la gente al oír su nombre huyó a sus casas y se encerraron, los guardias de aquella cárcel comentaron algo sobre una «masacre» y sobre la chica que estaba encerrada dentro. Megan odiaba Ardis Nebulosa por aquel suceso, y aún seguían buscándola. Cuando acabé de analizar muchas de aquellas cosas ella formuló una pregunta.
—¿Qué vas a hacer? —dijo, desanimada.
—¿A qué te refieres?
—¿No te vas a alejar de mí? ¿No vas a dejarme sola, y salir corriendo? —Ella buscaba una respuesta clara, era como si la esperara, aunque le extrañaba que yo siguiera allí.
— No. —Creo que fue la cosa más decidida que había dicho en mucho tiempo.
—¿N-no? —Megan se sorprendió, volvió a mirarme a los ojos—. ¿Tienes idea de dónde te estas metiendo? Isaac, soy una asesina, no soy más que un problema, no quería establecer contacto contigo porque sabía que luego pasarían cosas peores y que volvería a quedarme sola, como hasta ahora…
—Eh, Megan, escúchame bien, ¿vale? Te lo dije una vez y te lo volveré a decir las veces que haga falta, «yo soy el único que puede ayudarte aquí», y dado que en el otro lado por el momento no hay nadie, yo voy a quedarme a tu lado. ¿E-estás de acuerdo?
—Je… No sabía que fueras tan sentimental.
—No dejo que todo el mundo lo vea, siéntete afortunada. —Intenté hacerle olvidar un poco todo aquel mal trago, al menos por un rato—. Anda, salgamos de esta fábrica pocha y vayamos a por unos zumos con sabor a rata…
— Sí vale, no hace falta que lo vuelvas a decir. —Me cortó.
Nos fuimos de aquel sitio, ya que mi casa no andaba lejos, le invité a pasar el día allí, iba a pasar el día solo, y ella también, así que… Pero de camino a casa, yo tenía mis preguntas tontas de por medio.
—Oye y, ¿entonces en el insti cuando te tiraste sobre mi cuello…?
—Mm, sí, estaba un poco alerta y tú casi me llevas por delante, así que…
—Oh, ¿y qué me dices sobre el pañuelo y la capa que llevabas en Ardis?
—El pañuelo me cubre la herida del cuello, pero en este mundo no se ve, lo cual ayuda bastante, al igual que los colmillos.
—Qué fuerte, en Ardis se ve, y en la Tierra como si fueses una humana normal… ¿Y la capa?
—Me gusta, es guay.
—Vale…
—¿Alguna pregunta más?
—Nop. Me has desarmado por completo.
—Bien.
5
Al cabo de un par de días, yendo a clase, tratando de llevar la vida normal que llevaba antes, la cosa hasta el momento funcionaba, pero… Al día siguiente, Megan no había venido a clase o, al menos, no la había visto por los pasillos. Le había dejado algún que otro mensaje, pero no respondía, así que decidí que me pasaría más tarde al acabar las clases.
Caminé hasta casa, escuchando música como siempre solía hacer. ¿No os pasa que en ciertas épocas estáis como mega obsesionados con una canción? La mía en aquel entonces era Erase / Rewind de The Cardigans. Tío… Adoro a ese grupo, es mi favorito, en aquella época solía escucharlos muchísimo.
—¡Hola! —dije al entrar por la puerta de casa.
—Hola, Isaac —respondió mi abuelo.
—Ey, viejo carcamal… ¿No están mis padres?
— No, han salido un segundo a comprar algo, ¿cómo estás? Siéntate. —Estaba viendo la tele, en su sillón, como un rey.
—Vaale… —Me espatarré en el sofá—. Estoy bien.
—Ja, ja… Sí, ahora que has dejado la mochila en el suelo ¿no?
—¡Uff, cómo lo sabes, jaja! ¿Tú qué, qué estás viendo?
—Pues… no sé, ¿qué dirías que es eso? —Señaló al televisor, confuso.
—Oh, es un anime. Dibujos japoneses.
—Pues para ser dibujos, hay mucha sangre… ¿Y por qué hay un chico con el pelo blanco y orejas? Va con un traje rojo muy raro.
—El traje rojo es chulo.
—Claro, como tu sudadera roja con cremallera ¿no? —Arqueó una ceja.
—Supongo… oye, voy a dejar la mochila en el cuarto de arriba y voy a pasarme a ver… a alguien.
—Cuánto misterio… ¿Tienes novia y no me lo has contado? —Mi abuelo no tenía pelos en la lengua.
—¿Qu-qué? No hombre, no… Si la conozco de hace unos días, ni siquiera va a mi clase. Es que no la he visto hoy por los pasillos y me he preocupado.
—Pues para conocerla de hace unos días, te veo nervioso de más.
—Ya, bueno… Cosas mías. —En mi cabeza ya me estaba emparanoyando con que la habían vuelto a secuestrar.
—Bueno… Pues te dejo a lo tuyo, ¿nos vemos para la cena?
—Seguro que sí.
Subí a mi habitación, dejé la mochila y fui al lavabo. Después de eso, cogí mis llaves y mi cartera, y bajé de nuevo al salón, le di un beso a mi abuelo y salí aligerando algo el paso. El camino hasta la casa de Megan fue rápido, realmente no vivíamos muy lejos uno del otro. Aquella casa parecía tener mejor aspecto por fuera, al menos, las malas hierbas habían sido quitadas.
—¿Megan? —Toqué el timbre—. ¿Hola?
De pronto, alguien abrió la puerta, pero no era ella. Se trataba de un hombre algo bajito, mayor, con una barba blanca y unas cejas voluminosas. El tipo vestía un peto verde a cuadros, y una camisa marrón debajo, era como ver una versión diferente de Papá Noel.
—¿Puedo ayudarte, hijo? —Parecía amable.
—H-hola. Estoy buscando a Megan, ¿está aquí?
—Sí, pasa… ¿Eres algún compañero de clase? —Supuse que debía ser aquel tutor legal del que hablaba ella.
—Algo así… ¿Está bien?
— Tiene algo de fiebre, eso es todo, no te preocupes. ¡Pasa, seguro que se alegra de verte! Oh, soy Jeff, por cierto. —Me dio un apretón de manos.
—Encantado, soy Isaac.
— Oh… ¡OOOH! Eres ese Isaac. —Aquello sonó raro.
—Ah… ¿Disculpe?
—Por favor, trátame de tú, jojo. Megan me ha hablado de ti. Eres el chico de la pancarta.
—Ah… ¡Sí, eso es! —De acuerdo, no sabía nada de lo de Ardis.
—Pues oye, es todo un placer. Su habitación está ahí, ¿quieres tomar algo?
—No, gracias, estoy bien —Me acerqué en dirección a su puerta, estaba entrecerrada, así que la empujé un poco, diciendo un tímido «Hola», pero… allí no había nadie, y la ventana estaba abierta—. Vale… Esto es raro.
—¿Ocurre algo?
—Sí, no está aquí.
—Hmm… en el lavabo tampoco está —Revisó varias habitaciones—. Ay, madre… Creo que ya sé dónde ha ido.
—¿Ah sí?
—A comprar, creo. —Me extrañé.
—Cómo que a comprar… si está enferma ¿no?
—Sí, pero… lleva días encerrada aquí, no le gusta nada eso…
— Créeme, lo sé… —Recordé aquella prisión.
—Efectivamente… se ha llevado la lista de la compra que había en la nevera. Debería ir a por ella…
—¿Y si voy yo? He venido a verla, y me conozco esta ciudad bastante bien, sé llegar al supermercado rápido.
—¿Seguro? Vaya, casi me haces un favor… Estas piernas ya no son lo que eran. —Me sonrió—. Gracias Isaac.
—No hay de qué. ¿Compráis en el Whole Foods Market?
—Creo que sí.
—Genial, pues salgo para allí.
Y me puse rumbo al supermercado. Jeff parecía buen tipo. No sabía qué relación tenían Megan y él, pero, supuse que ya me enteraría más tarde. Ella me dijo que aquel hombre había estado fuera, imaginé que había vuelto aquellos días para cuidarla. ¿Sabría algo sobre Ardis? ¿Sobre el pasado de Megan? Mientras seguía preguntándome cosas, al final llegué al supermercado. Entré, pero de primeras no había rastro de ella, tenía que revisar todos los pasillos. Finalmente la encontré, y os aseguro que es real lo que voy a decir a continuación… Estaba durmiendo, apoyando la cabeza en un estante.
—¿Se puede saber qué te pasa? —dije, dándole un par de toques en el hombro.
—Hmm… ¿Isaac? Buff… ¿Qué te pasa a ti? ¿Me estás siguiendo? —Respondió con un temblor en la voz, tenía las mejillas rojas y apenas podía abrir los ojos de par en par.
—He venido porque estás mala, ¿por qué estás aquí teniendo fiebre? Mírate, estás fatal —le agarré la comida que llevaba en las manos.
