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Como las flores del árbol africano, cada historia de este libro despide un delicado aroma, suave pero intenso, que intuye y comprende los contrasentidos de la vida. Los relatos están transidos de humanidad y de una cierta ternura que a veces, como la vida misma, roza la crueldad y el absurdo, como un cartón mal pintado. Sin embargo, y pese a las desgarraduras del alma, los textos destilan una bruma de mar en calma, un celaje poético que todo lo impregna y que nos invade. Sin pretensiones, sin justificaciones, nos hace salir de la lectura, perturbados por el prodigio de la narración. Sus personajes hacen posible que nos reconozcamos en ellos, porque nos aúna una parecida psicología, más allá de las fronteras del tiempo y del lugar en que a cada uno nos toca vivir. La tía le había contado del peregrinar ancestral de su pueblo en busca de algún lugar donde echar raíces y parir hijos, escribe Nadia Isasa, con un tono mítico que, por fortuna, profana la ficción contemporánea. Realidad y ficción son una misma cosa al fin. Porque ambas se contienen, porque ambas se retroalimentan la una de la otra. De este modo lo defiende esta autora en sus narraciones a través de los cristales del caleidoscopio con el que observa. Lo legendario y lo contemporáneo, lo cotidiano y lo mítico conviven en el imaginario individual y colectivo de estos cuentos.
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Seitenzahl: 85
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Nadia Isasa
Boab
Cuentos
Baltasara Editora
Isasa, Nadia
Boab / Nadia Isasa. - 1a ed. - Rosario : Baltasara Editora, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-3905-87-2
1. Cuentos. I. Título.
CDD A863
Diseño Tapa: GJC
Foto de tapa: Cintia Ceballos
Prólogo: ©Luisa González
© Nadia Isasa
© Baltasara Editora – Año 2020
2000 Rosario - Prov. de Santa Fe – República Argentina
Teléfono/Fax: +54 341 4210465
E-mail: [email protected]
www.baltasaraeditora.com
Libro de edición argentina. Impreso en Argentina.
Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma y por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Esta obra resultó ganadora en la
Convocatoria Editorial 2019 – Cuentos
del sello Baltasara Editora.
Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina, 4 de octubre de 2019.
A mis abuelos
Prólogo
Hay un árbol africano que es sagrado para los pueblos de la sabana. Su flor es blanca y carnosa, y sus frutos pueden ser recogidos sólo por los sabios de la tribu. Está prohibido maldecir bajo sus ramas. Son altos y longevos, y su estructura en forma de anillo reúne a su alrededor a los miembros de la comunidad y les susurra su herencia. Ese árbol se llama baobab. Se pronuncia como una invocación a lo fantasmal en el orden de las cosas –de la casa, de la familia, del campo o de la ciudad–. Incluso del caos y sus leyes.
Los pueblos de la llanura son así, encerrados en el campo, dice Nadia. Como el baobab, que crece en la planicie yerma y lluviosa donde las polillas nocturnas polinizan sus flores carnosas, metáforas de la herida en este libro. El fruto no cae lejos del árbol madre. Pero cae, apostilla la autora.
Los pequeños baobabs son reabsorbidos por el sistema familiar, honrando a sus antepasados en un principio, para poder reconocerse más adelante en la constelación de sus ancestros. El tiempo les dará después la libertad de elegir la repetición atávica de los hábitos y las tradiciones. Sin renegar de su origen, podrán liberarse de las cargas dolorosas e inútiles de sus estirpes.
Nadia, como el baobab, toma cuanto es útil de la herencia y desecha patrones y dogmas limitadores. Libre de prejuicios, encara los cinco cuentos que componen este libro. Así los relatos de Boab elijen su propio camino y cumplen su propio destino.
Como las flores del árbol africano, cada historia despide un delicado aroma, suave pero intenso, que intuye y comprende los contrasentidos de la vida. Los relatos están transidos de humanidad y de una cierta ternura que a veces, como la vida misma, roza la crueldad y el absurdo, como un cartón mal pintado. Sin embargo, y pese a las desgarraduras del alma, los textos destilan una bruma de mar en calma, un celaje poético que todo lo impregna y que nos invade. Sin pretensiones, sin justificaciones, nos hace salir de la lectura, perturbados por el prodigio de la narración.
Últimamente, se teme la soledad, dice la autora. Teixeira de Pacoaes escribió: “Sólo los poetas entienden el alma humana, porque les duele”. Es ahí donde nos damos cuenta de que Nadia narra desde la poesía misma: entiende y comprende a sus congéneres y, por lo tanto, a sus personajes, a los que tras mostrarles las razones de su rebeldía y fracaso, les tiende un cable hacia el futuro.
No en otra cosa consiste el antiguo arte de fabular. Y la autora de Boab lo sabe. Sus historias cuentan todas las historias. Sus personajes hacen posible que nos reconozcamos en ellos, porque nos aúna una parecida psicología, más allá de las fronteras del tiempo y del lugar en que a cada uno nos toca vivir.
La tía le había contado del peregrinar ancestral de su pueblo en busca de algún lugar donde echar raíces y parir hijos, escribe Nadia, con un tono mítico que, por fortuna, profana la ficción contemporánea. Realidad y ficción son una misma cosa al fin. Porque ambas se contienen, porque ambas se retroalimentan la una de la otra. De este modo lo defiende esta autora en sus narraciones a través de los cristales del caleidoscopio con el que observa. Lo legendario y lo contemporáneo, lo cotidiano y lo mítico conviven en el imaginario individual y colectivo de estos cuentos.
La sabiduría del Baobab reside en su tamaño: su altura no permite juegos en su copa, ni ilusiones temporales. Se impone rudo y señala para abajo. Sus flores blancas, sus boabs, permanecen en sus ramas el tiempo necesario. Luego se hacen fruto, y se desprenden. No caen lejos del árbol, pero caen. Esa misma premisa del baobab le conviene a la literatura. Ni juegos de altura ni ilusiones temporales. Que el fruto se desprenda y que caiga, pero cercano y verdadero.
Algo parecido a la certeza –dice uno de los cuentos– aparece para decirle al personaje que, si no hace nada, posiblemente nazca de nuevo.
Tal vez por eso Nadia escriba Boab.
Celebremos la epifanía de su nacimiento.
Luisa González
Tarragona (España)
Noviembre 2019
El árbol sagrado retiene agua en su tronco de botella.
Las polillas nocturnas polinizan sus flores.
El fruto no cae lejos del árbol.
Pero cae.
Lo verde llano se abulta
1
El delantal blanco, entallado, se despegaba del fondo borroso verde. El perro negro, también.
Todas las mañanas igual: un pie después del otro —talón, arco, punta—; derecho, izquierdo, derecho izquierdo, derecho izquierdo. Mateo no se le despega, salvo alguna corrida para espantar a los benteveos, como si limpiara la banquina. Monotonía silenciosa, ritual pedestre. Ahora, los ladridos insistentes del perro, que corre en círculos a alrededor de ella, interrumpen la atención en nada y la obligan a quedarse quieta. Se para y dirige el hocico ruidoso al borde opuesto de la ruta. Cruza, vuelve y sigue ladrando. La secuencia se repite. Amparo se altera. Mira hacia ambos lados. También cruza.
Lo verde llano se abulta a lo lejos. Perro y mujer aminoran la marcha. A unos diez o quince metros de la banquina, la del otro lado, hacia adentro del campo, próximo a un eucaliptal, yace un hombre. Las formas rígidas de lo inerte se sospechan desde la ruta. Una vez que Amparo llega al cuerpo, Mateo se calma y se echa en guardia. La mujer mira el cadáver boca arriba. Sabe que es un hombre por la ropa y el pelo de los brazos. Una flor carnosa desfigura su cara, probablemente, un tiro a quemarropa de nuca a entrecejo. Ella había escuchado de estas cosas.
Cuando amaneció, ya estaba mirando el cielo desde el patio. En invierno esa hora es más difícil. Pero con la llegada del calor, madrugar resulta un beneficio. Además, tiene que salir con tiempo: pasa un colectivo cada dos horas, sin horario fijo, y casi ningún auto como para hacer dedo. Encima la acompaña Mateo, hijo del ovejero de la tía Elvira y la perra silvestre del vecino. En su pelaje oscuro rebotan los primeros rayos de sol cálido, lo despiertan más temprano que de costumbre. Cuando es así, observa todos los movimientos de Amparo, de principio a fin ,y después la acompaña hasta la ruta y camina con ella un buen tramo. “Perro de mierda” suele decir entre dientes, porque es su gran compañero pero anula toda posibilidad de que la levante algún auto y llegue rápido al trabajo. “Nadie carga una mina sola con un perro”.
Por suerte en la salita no le hacen problemas por el horario mientras cumpla con la jornada, así que Amparo evita el estrés matutino de sentir que está llegando tarde. Que la suerte te encuentreandando, le decía su bisabuela. Ella lo aplicaba a casi todo, por eso no se plantaba en la ruta a la espera de algún vehículo y emprendía la marcha por la banquina.
Los pueblos de la llanura son así, encerrados en el campo. Entre uno y otro se camina llano y largo. Se respira hondo y fresco. Y, últimamente, se teme la soledad. Desde hacía algunos meses la cosa se había puesto rara… la gente estaba triste o sulfurada, sin grises. Se decían muchas cosas, pero después nadie sabía nada, nunca.
Ya no era lo mismo caminar por la Ruta 10 a las 6 de la mañana. La claridad perturba porque puede verse todo. Las sombras de los árboles y la luz solar aún cerca del horizonte convergen en algunas ilusiones ópticas, proyecciones sobre el asfalto o los sembradíos que desaparecen la tranquilidad. Pero no queda otra que andar para poder llegar a destino. “Es una sensación” se dice. Y se convence.
El paso firme y tranquilo había sido el mismo durante cinco años; el recorrido, también. Algunas mañanas llegaba a la salita caminando sin que hubiese pasado el lechero seguramente demorado en alguno de los pueblos a los que ingresaba. No le importaba caminar tanto. La tía le había contado del peregrinar ancestral de su pueblo en busca de algún lugar donde echar raíces y parir hijos, así que la genética la había preparado para caminar grandes extensiones.
Pero ahora está quieta. Mira algunos segundos más el agujero deforme y, aunque hubiese querido cerrar los ojos, los párpados se han vuelto estalactitas que cuelgan de la frente, fríos y duros. Gira sobre su eje, llama al perro con dos chasquidos de dedos, vuelve a la ruta y sigue caminando.
2
—La que volvió es la Lea —cuenta la tía Elvira mientras le alcanza el mate.
Amparo la mira, semisentada en la cama. El último día que fue a trabajar, salió temprano y se fue a lo de la tía, con mucha fiebre y dolor de cuerpo. Se quedó ahí tres días casi sin levantarse de la cama, hasta la mañana del cuarto, en la que se incorpora un poco para matear y charlar. Está pálido-verdosa y flaca, pero se siente mejor. La tía Elvira es pura calidez y olor a levadura, un hogarcito minúsculo. La mayor parte del día tiene puesto un delantal tableado al que le añadió un bolsillo donde suele poner el mate cuando necesita las dos manos para otra cosa.
