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Boca salada es una novela que explora temas de desarraigo, viaje, amistad y amor en un contexto de exilio que atraviesa diversas tierras latinoamericanas como Chile, Perú, Venezuela, Colombia y Argentina. Narrada por Miranda, la historia se divide en relatos de amor, familia y memoria, que llevan al lector por caminos serenos que de repente se convierten en abismos emocionales. La obra se transforma en una geografía de memorias donde se entrelazan los recuerdos de la abuela con su boca salada, el hermano en búsqueda de cambiar el mundo, el tío que explora el amor en diferentes formas, y la búsqueda de una pasión elusiva pero poderosa. La narrativa de Jorge Iván Jaramillo es sensible y dolorosa, sumerge al lector en los pensamientos profundos de Miranda y lo enfrenta a pérdidas, muerte y desarraigo. La novela se convierte en una lección de polifonía, donde cada voz adquiere su propio espacio y perspectiva, a la vez que otorga una mirada variada sobre las geografías, ciudades, calles y amores. Boca salada es el resultado de una profunda exploración interior y purga de dolores, pero también muestra la resistencia humana y la supervivencia a través de la escritura como medio para enfrentar la vida con atención y sensibilidad.
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Seitenzahl: 118
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Jorge Iván Jaramillo Hincapié
Boca salada
Jorge Iván Jaramillo Hincapié
Boca salada
Boca salada
Colección Rafue
© Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia, abril de 2024
© Jorge Iván Jaramillo Hincapié
ISBN (IMPRESO): 978-958-760-484-9
ISBN (PDF): 978-958-760-485-6
ISBN (EPUB): 978-958-760-486-3
DOI: https://doi.org/10.16925/9789587604863
FONDO EDITORIAL
Director Nacional Editorial
Julián Pacheco Martínez
Especialista en Edición de Libros
Karen Grisales Velosa
Especialista en Edición de Revistas Científicas
Andrés Felipe Andrade Cañón
Especialista en Gestión Editorial
Daniel Urquijo Molina
Analista Editorial
Claudia Carolina Caicedo Baquero
PROCESO EDITORIAL
Corrección de estilo y lectura de pruebas
Marco Cardona
Diseño y diagramación
Javier Barbosa
Ilustración de portada
Fabián Beltrán
Impresión
Shopdesign S. A. S.
Nota legal
Todos los derechos reservados. Ninguna porción de este libro podrá ser reproducida, almacenada en algún sistema de recuperación o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio –mecánicos, fotocopias, grabación y otro–, excepto por citas breves en textos académicos, sin la autorización previa y por escrito del Comité Editorial Institucional de la Universidad Cooperativa de Colombia.
Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Jaramillo Hincapié, Jorge Iván, 1974- autor
Boca salada / Jorge Iván Jaramillo Hincapié. -- Bogotá : Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia, 2024.
páginas. -- (Rafue)
Incluye datos biográficos del autor.
ISBN 978-958-760-484-9 (impreso) -- 978-958-760-485-6 (PDF) -- 978-958-760-486-3 (ePUB)
1. Novela colombiana - Siglo XXI 2. Emigración e inmigración - Novela
CDD: Co863.5 ed. 23
CO-BoBN– a1136450
A las mujeres de mi casa: Consuelo, Ángela María, María Consuelo, Isabella, Shara, Tere, Sandra, Victoria, Gilma y Patricia en Colombia.
A las mujeres que me inspiraron: Patricia, Bertha y Alejandra en Chile.
Y en Perú, Mercedes.
Contenido
Prólogo
Sobre la ilustración de cubierta
I. Mi abuela
II. Mi madre
III. Mi padre
IV. Mi hermano
V. Mi tío Antonio
VI. Mi ciudad
VII. Mi amigo
VIII. Mi única y efímera convivencia
IX. La última cena
X. Un hombre de ojos claros
XI. Viaje a la semilla
XII. Itinerario
XIII. Yo, Miranda
Sobre el autor
Prólogo
Boca salada es una novela sobre el desarraigo, el viaje, la amistad y los amores que viven y mueren a cada instante. La voz de Miranda nos lleva a un exilio que combina diferentes tierras: Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Argentina, el exilio de la América que ha acompañado a la historia de nuestras cordilleras y mares. Dividida en historias de amor, de familia, de memoria, Boca salada nos conduce de la mano por caminos tranquilos y, de repente, nos presenta abismos profundos y perdidos.
La lectura se transforma en una geografía de memorias en donde se entremezcla la abuela y su boca salada, el hermano que quiere salir a cambiar el mundo, el tío que explora el amor de diferentes maneras y en diferentes cuerpos y la búsqueda de una pasión que parece esquiva pero que, cuando aparece, moviliza el alma para volverla a sosegar.
Por eso leerla es una montaña rusa, nos podemos perder en los pensamientos profundos de Miranda, sus miedos, sus días incompletos, sus sueños sin cumplir, y luego, sin previo aviso, estamos enfrentados a las pérdidas, la muerte y el desarraigo.
Ese entre tejido de recuerdos, de vivencias y de almas convierte la novela en una lección de polifonía, cada voz tiene un lugar que trasciende la voz de la narradora y la sitúa en su propio lugar, las voces se hacen dueñas de las descripciones, las ciudades, las calles y los amores. Funcionan como una suerte de heterónimos que adquieren un espíritu propio y nos muestran las geografías con miradas variopintas.
Jorge Iván Jaramillo nos ofrece una escritura sensible, fina, delicada y dolorosa, nos sentimos arropados y luego con un frío inmenso que nos regresa a la lectura como único modo de recuperar la posibilidad de estar vivos.
Boca salada es, sin duda, el resultado de una larga ruta interior, de una purga de los dolores y la incomprensión que puede albergar la historia de una familia exiliada, pero también es una muestra de la resistencia humana, de la supervivencia de las almas que solo puede ser posible a través de la escritura como un modo en el que el ser humano es atento con la vida.
Diana Paola Guzmán Méndez
Sobre la ilustración de cubierta
En la composición circular de la ilustración, cada elemento se fusiona para dar forma a una narrativa que resalta la poesía como su núcleo más vibrante. Dentro de este entramado, la figura central es la abuela, cuyos relatos rebosan de experiencia y emotividad.
A través de sus escritos, nos sumerge en un mundo donde sus arrugas y la rigidez a causa de la artritis son testigos de su trayectoria vital y familiar.
La imagen se impregna de símbolos como los claveles y las aves migratorias, que representan tanto la muerte como el renacimiento, el dolor y la esperanza de un viaje a un nuevo lugar.
Fabián Beltrán
Podría entrar a un espacio tan amplio y quizá tan reducido como su alma, y solo encontrar tristezas…
Hay tres antecedentes que marcaron mi vida:
La corta estancia de aquel hombre de ojos claros en la cabaña de la Calle Romerillo cuando yo tenía quince años, la boca salada de mi abuela durante mis primeros años junto a ella y la desdicha de ser la hija “oscura” de un blanco en un país de blanco-mestizos y ajeno.
Inmigrantes peruanos, nos podríamos llamar, cuando el mismo destino, ese que se encarga de encajar y desencajar, nos llevó a Santiago, por allá entre los años 89 y 90, cuando se aprobaron en plebiscito 54 reformas constitucionales que, de alguna manera, le devolvieron la “democracia” al país de la cueca. Pero ahí empezó la lucha más fuerte para el pueblo chileno: los fantasmas de la dictadura revoloteaban por todos lados y cada ciudadano hacía su parte. Desde las artes representativas hasta las actitudes más triviales daban a entender ese momento de transición para un pueblo que aguantó 17 años de dictadura. El presidente Patricio Aylwin rearmaba ese tejido social resquebrajado y los chilenos, a pesar de su esfuerzo, no lograban disimular la mezquindad, la envidia, la arrogancia y el rechazo no solo a los extranjeros que estábamos allí, sino también a sus mismos congéneres que regresaban, pues no era un país con todas las fortalezas en empleo para ir acomodando a los del eterno retorno.
A nosotros, o nosotras, más bien —por identificarme todo el tiempo con mi abuela y mi madre— nos tocó ser fieles testigos de la reconstrucción, de la cura de las heridas y del temor a la bota militar, pues estos despertaban odios y temores en mucha gente, desde el Carlos, mi vecino que tenía una peluquería en las Condes, hasta la Natalia que, para cobrar la desaparición de su hermano, se enroló con un carabinero solamente para darle el golpe de gracia.
Todos los domingos nos reuníamos en Plaza Mayor para saludar a los conocidos: esos días, la plaza era una pequeña patria, una Lima en miniatura, era un encuentro de los ausentes, de los desterrados, de los olvidados. Y en ese espacio encontrábamos algo de nosotros, un olor, un color, un sabor, un acento, un aliento; era la abuela quien siempre me llevaba a esta cita inconclusa de todos los domingos. En una calle paralela comprábamos ropa en una tienda americana según la temporada estacional. Y en esa misma calle había un restaurante de comida típica donde cada tanto comía toda la familia, consumo de algunas gaseosas propias del Perú profundo y en un emotivo saludo nos quedábamos en esa isla de fraternidad donde recordar era la tarea de cada día.
I. Mi abuela
Y en esa, la última mirada, me quiso…
Ella vivía en la calle Romerillo en un barrio de clase media baja llamado La Florida. La casa estaba construida en madera, calentaba poco en otoño, pero en invierno llegábamos a cero grados y no había estructura por donde el viento perdiera fisgoneada. La pequeña cabaña estaba un poco descuidada, se mantenía sobre sí misma gracias al equilibrio natural de sus paredes. Al entrar a casa al mediodía, luego del colegio, un olor a condimentos se sentía dentro; en la tarde mi abuela no había perdido la costumbre del pan, el paté, algo de té o café —lo que ella le llamaba “la lonche”—, y en la noche se respiraba un aroma a jamón fresco, a té, a carnes blancas. De entrada, se encontraba la sala con dos sillas antiguas de mimbre, un tocador, un cuadro desteñido del corazón de Jesús apuntando ahí, justo donde está la herida, y una mesa de centro donde reposaban una cantidad de fotos familiares, lo que se había convertido en el mayor tesoro de la abuela en los últimos tiempos.
El resto de la casa estaba compuesto por tres habitaciones, una cocina, un patio con uvas y algo de cítrico, y un deteriorado baño que siempre me dio desconfianza, pues allí los miedos se arrancaban inmediatamente se asomaban a la puerta. Pero lo que más llamaba la atención era que dos de los cuartos estaban clausurados —según la abuela— para no dejar escapar los recuerdos. En el tercer cuarto dormía ella rodeada por un armario antiguo, una lámpara de noche y una cama de madera que hacía juego con el armario.
La Bertha me cuidaba en las tardes y en la noche me llevaba a casa junto con mi hermano cuando uno de mis padres ya hubiese regresado del trabajo. Me quedaba todo el tiempo para contemplarla, para mirarla a los ojos cuando me hablaba por el requisito explícito de ella. A través de los ojos, mi abuela conocía a las personas e intuía sus secretos y quehaceres. Eso sí, nunca salían lágrimas de ellos.
Alta, de cabellos blancos, ojos cafés semirrasgados, de mirada intensa y triste, donde en algunas oportunidades podía mirarla fijamente y ver en sus ojos esa tristeza infinita, pero me repetía que yo era muy niña para entenderla. Ella lograba esa combinación de lo dulce y lo fuerte, como esas matronas latinoamericanas que no lloran, así su interior sea un invierno permanente. Al conocerla, una de las cosas que más llamaba la atención de la abuela era que con el paso del tiempo sus manos se fueron torciendo a causa de la artritis heredada de mi bisabuela.
Siempre había una mañana que mi abuela sentía nostalgia por sus recuerdos, hacía ya una década se había separado de su país para irse detrás de un recuerdo, de un espejismo y, al querer dar vuelta atrás, sus pasos la anclaron y se quedó en un país extraño, desterrada de sus propias laderas. Siempre había una mañana que mi abuela iniciaba el eterno retorno a la ciudad de sus ancestros, no se veía morir lejos de donde estaban sepultados los suyos. “Uno no debe irse nunca de donde están sepultados sus muertos, allí están nuestras raíces, nuestras esencias”, decía. Viajaba constantemente a la inmensa galería de sus recuerdos, evocaba la imagen de sus hijos arrancados de su pecho a temprana edad, y solo poderlos observar de lejos; hasta que cumplieron los 18 años y fueron ellos mismos quienes decidieron conocer a su verdadera madre, quien ya tenía otro hogar constituido por mi madre, mis dos tíos y mi abuelo. El mayor de sus hijos, como lo recuerdo, mi medio tío Rafael, logró recuperar el tiempo perdido al conseguir una pega en Santiago como chef, viviendo en su casa de La Florida con la tía Milly, su esposa, quien a la vez trabajaba en casa de una famosa actriz preparándole comida peruana, a la cual era adicta la estrella de televisión.
Un día le pregunté a la abuela por su primer esposo y me dijo que, para tener un hombre como él, hubiese sido mejor ser madre soltera sin esa mano que apuñeara todo el tiempo su rostro y tener que aguantarse al lado un hombre que, además de robarle a sus hijos, le robó la alegría. En este punto experimentaba una gran nostalgia que reflejaba bajando el rostro y buscando un no sé qué cable a tierra.
Mi abuela tenía la boca salada. Cuando le deseaba algo a alguien se cumplía de verdad; se le cumplió a mi madre cuando se fue de su casa con aquel hombre y la abuela le dijo: “Ese solo te va a hacer sufrir y pagar las canas que tengo”. Cuando mis tíos se iban de casa sin pedir permiso, la abuela les decía “Dios quiera y no los roben”, o en otras ocasiones deseaba que les pasara algo por desobedientes, y llegaban a casa con un pie fracturado o heridas de peleas callejeras en el Callao. Ella renegó todo el tiempo de ese don, no lo supo aprovechar, cosa que le trajo muchos problemas con sus allegados, aunque los más damnificados eran sus hijos.
Un 30 de mayo, Bertha Eunice murió con mucho odio en su corazón. Odiaba profundamente a su primer esposo y nunca se entendió con mi madre, mientras que sus otros hijos hombres la toleraban. Desarrolló un apego inmenso conmigo, siempre me acogió en sus brazos desde que mi madre, al no poder tenerme en Santiago, me envió al Perú para que ella me criara. Al cabo de dos años mi madre llamó a Lima para que me trajeran de regreso, a lo que la abuela contestó: “La niña se va, pero conmigo”. Así fue hasta que murió en el invierno anterior, con el cuerpo encorvado, las manos inservibles, los ojos abiertos, y prometiendo hasta su último momento cuidarme más allá de su tumba.
Al morir mi abuela, me sentí sola e inicié una ardua búsqueda en sus cosas personales, tal vez buscando una despedida que nunca se escribió, un atisbo de su dulzura hacia mí, o algo que me hiciera creer que en algún tramo de su existencia pudo perdonar y ser algo más que odio. Encontré varios escritos sin fecha alguna, donde hablaba de sus pesares y los cuales me atrevo a leer hoy, por ser la depositaria de sus recuerdos. El primero estaba remitido a mi abuelo:
Tengo miedo de tanta vejez junta, Efrén
este cuerpo ya no resiste una gota más de años
las motas de algodón se pavonean en mi cabeza
surcos interminables cruzan mi frente y mi rostro
dolores añejos retornan en la hora del dolor
palabras remotas hacen retornar las lágrimas secas que se llevó el viento
tanta vejez, tanta soledad, tanta ansiedad de nada
me atan a esta silla que conforme se mece
me extirpa las últimas esperanzas de vida
esta vida que a altas horas de la noche
ya me es prohibida.
