Bocanegra - Ignasi Serrahima - E-Book

Bocanegra E-Book

Ignasi Serrahima

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Beschreibung

Interior de Cataluña, 1618. Mientras Europa entera se prepara para desangrarse en una guerra interminable, María Querol, heredera única de las casas de Querol y Monrodon, ve cómo se derrumba su mundo de estabilidad y privilegio. Independiente y valerosa, se atreve a repudiar al hijo del poderoso duque de Cardona, futuro virrey de Cataluña, como marido. Este, furioso por la humillación, azuza a la muchedumbre para que destruya la casa de los Monrodon. Huérfana, arruinada y perseguida, María huye a las montañas y se une al grupo de bandoleros de Perot Rocaguinarda, el sanguinario bandido que aterroriza la región. Con tesón y mucho sacrificio, con el paso del tiempo acabará encabezando a los forajidos junto a su amado Joanot lo Granell. Conocida como Bocanegra, su sentido de la justicia y sus audaces golpes al poder real la transformarán en personaje de leyenda y sus gestas se cantarán por los pueblos. El mismísimo conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV, que ve peligrar la paz y el orden internos, tendrá que tomar cartas en el asunto para intentar acabar con el mito de Bocanegra.

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Seitenzahl: 586

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Primera edición: octubre de 2025

Copyright © 2025 de Ignasi Serrahima Arbestain

© de esta edición: 2025, ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]

ISBN: 979-13-87787-11-0BIC: FV

Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografías de cubierta: Freepik

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Als meus pares.

Índice de contenido

Primera parte

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

Segunda parte

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

39

40

41

Tercera parte

42

43

44

45

46

47

48

49

50

51

52

53

54

55

56

57

58

59

Cuarta parte

60

61

62

63

64

65

66

67

68

69

70

Nota histórica

Agradecimientos

Hitos

Parte

Página de título

Página de copyright

Dedicatoria

Capítulo

Palabras finales

Agradecimientos

Primera parte

1

Envuelto en una bruma helada que apenas dejaba ver el camino por el que habíamos subido a la loma, noté el helado beso del metal sobre la frente y supe que iba a morir allí.

Me hallaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda, tiritando de frío y de miedo, con los faldones de mi elegante casaca inglesa hundidos en el miserable barro. De pie, ante mí, se alzaba Bocanegra, personaje de leyenda cuyo nombre cantaban en los pueblos y cuyas gestas se representaban en los teatrillos ambulantes, apuntándome con el pistolón de chispa y clavando su mirada en mi alma.

—Hoy he visto demasiada sangre… —dijo, de pronto.

Estas fueron las primeras palabras que pronunció ante mí. Y fueron las que me salvaron la vida.

Tras apuñalarme con esos ojos de plata durante interminables segundos, su rostro perdió fulgor a la par que su brazo se vencía. Se desentendió de mí, dio media vuelta y entró en la imponente casa fuerte que era su cuartel general.

A veces un relato biográfico puede acabar siendo un panegírico o una justificación, y no aspiro aquí sino a trillar ese camino. Mas ahora que la región rosellonesa en la que establecí mi residencia ha pasado de manos del rey de España a las del rey de Francia, y que al sur de los Pirineos hay miseria y descontento, ahora que han dejado de oírse por las montañas los cantos que reclamaban al viento que volviera Bocanegra, he decidido publicar el relato de lo que realmente ocurrió, y demostrar que Bocanegra y sus fieles fueron traicionados por todos, y que incluso los que más alabaron sus proezas callaron de manera vergonzosa cuando los vientos se tornaron contrarios.

Mucho se ha dicho y escrito sobre Bocanegra, y mucho más se ha omitido, y no pretendo sino que su memoria sea exacta y su figura atraiga el respeto que merece, más allá de la pátina legendaria que convierte, con el tiempo, lo real en mito. Ruego a Dios que me asista en mi empeño y lo consiga.

Voy a difundir el relato de los orígenes de Bocanegra que oí personalmente de su propia voz, mas permítanme mis lectores que antes establezca mis credenciales, pues puede parecer sospechoso que un doctor y filósofo natural de origen aristocrático procedente de Venecia quiera explicar los sucesos que ocurrieron en las montañas del interior de Cataluña hace ya un par de décadas.

Mi nombre es Pietro Maria Brassavola. Provengo del Véneto, donde la familia de mi padre gozó de un elevado prestigio en tiempos pretéritos, hasta merecer la confianza del doge para ser elevados al rango de la nobleza de la Serenísima República de Venecia. Nuestro apellido aún lleva su peso en la región, pero la fortuna nos ha sido esquiva en las últimas épocas. Nuestras rentas han quedado bastantes menguadas a raíz de algunas malas decisiones de mis antepasados más recientes en tiempos convulsos. Los conflictos con la Santa Sede y la guerra del Adriático, siempre con la poderosa España enfrente, han mermado el poder de Venecia, y algunas familias lo sufrimos más que otras por nuestro mayor compromiso.

Mi abuelo, al que Dios tenga en su gloria, quiso defender sus pagos en Gradisca, la ciudad rebelde que mi amada Venecia quiso reconquistar, pues era nido de malhechores croatas que amenazaban nuestra frontera septentrional. Por ello se endeudó para financiar un cuerpo del ejército que puso sitio a la ciudad. Aunque el Tratado de Madrid de 1617 supuso la retirada de las tropas venecianas y la pérdida de Gradisca, también acabó de hecho con el peligro croata, que era lo que Venecia demandaba. En consecuencia, nadie se preocupó de los intereses particulares de los que allí invirtieron, y mi abuelo murió ese mismo año casi en la ruina. Mi señor padre logró recibir alguna magra compensación al cabo de un tiempo, pero no de la cuantía suficiente como para restablecer nuestras redes comerciales; perdimos muchas tierras, con sus rentas anuales, porque no las pudimos ya mantener. El hombre no desaprovechó la oportunidad de mandarme a Padua a estudiar, pensando que debía ganarme la vida por mis propios medios y que, puestos a trabajar, qué mejor oficio para un noble que la filosofía natural. Como siempre he sido afín al estudio y a las leyes de la física, pues ya de joven leía a Galeno y a Paracelso, no me importó en absoluto el arreglo, y lo acepté de muy buen grado.

Por otro lado, tuve la suerte de contar con excelentes maestros, cuyas enseñanzas saciaron mi sed de cultura y que pusieron a disposición de mi espíritu inquieto todos los medios de la física experimental que podía haber necesitado. Fui estudiante de medicina en la Universidad de Padua a las órdenes del gran cirujano Girolamo Fabrizio d’Acquapendente, y, cuando por circunstancias que más tarde explicaré, hube de marcharme de Italia, pude completar mis estudios sobre el fluido sanguíneo bajo el tutelaje de sir Lancelot Browne en Oxford, en compañía del ínclito doctor William Harvey, del que me hice muy amigo debido a que adquirió sus conocimientos de la física en la misma universidad que un servidor. Harvey es, hoy día, la mayor autoridad del mundo en todo lo relativo a la sangre y al elixir mineral que da la vida, como lo prueba el libro De motu cordis que publicó recientemente en Frankfurt con gran éxito y del que tuvo a bien enviarme una copia.

Tras graduarme en Oxford, practiqué medicina en Londres durante casi un año gracias a unas cartas de recomendación de Sir Browne. Pero el aire inglés, que, aunque allí no se reconozca, causa detrimento en la salud mental, hizo mella en mí, pues mi humor dominante es el melancólico con algo de carácter colérico, la peor combinación posible para ese clima. Me volví huraño y pendenciero, como lo son los ingleses, que solo hallan solaz en las casas públicas en las que, al calor de la lumbre y de la compañía, ahogan sus miserias en cerveza tibia. Allí surgen riñas cada noche, antes de que los condestables, con sus bastones en la mano, disuelvan a la concurrencia, y en una de ellas, un día aciago, me vi envuelto hasta tal punto que di con mis huesos en la cárcel.

Debo decir que soy de constitución más buen fuerte, más alto que el italiano medio, y que, aunque soy pacífico de naturaleza, me hierve la sangre cuando veo una injusticia, o también, lo reconozco para mi vergüenza, cuando he bebido un par de jarras de más de la insípida pero insidiosa ale inglesa.

Cuento todo esto para que aprecien mis lectores la alegría con la que recibí noticia de que el diplomático español en Londres don Guifredo de Claresvalls, del que me hice amigo en una recepción en casa de lady Mountevans, iba a escribirme cartas de recomendación para el un tal Joan Sentís y Sunyer, lugarteniente de Cataluña y arzobispo de Barcelona, primo hermano de él, de ideas modernas y un poco filósofo. Al parecer, el ilustre prelado quería a algún sabio extranjero ducho en la física del cuerpo humano para su gabinete de ciencias, adscrito a la Universidad de Estudio General de Barcelona, y lo había comunicado por carta a las diferentes embajadas.

Arreglé mis papeles y me puse en marcha en cuanto me fue posible. Pagué a la viuda en cuyos aposentos me hospedaba las dos semanas que me quedaban por anticipado y dispuse que mi criado, el alsaciano Thoma, cancelase todas mis deudas con alguna casa pública que no voy a nombrar. Quise empezar de nuevo, llevar una nueva vida en la soleada costa del Mediterráneo, en compañía de hombres sabios, practicando mi ciencia.

Preparé con mucho esmero mi baúl, pues mis libros y tratados, mis aparejos científicos y mi instrumental médico, que un buen dinero me habían costado, eran más preciosos para mí que una bolsa de oro. Viajé hasta Oxford para despedirme en persona de mis maestros y de mi estimado colega William Harvey, y lo hice con lágrimas en los ojos, pues mucho les debía a todos ellos. Harvey tuvo la gentileza de obsequiarme con dos tubos finos de cobre con los que habíamos llevado a cabo unos experimentos él y yo en nuestros años de estudio. Regresé con el tiempo justo de recoger los bultos y partir hacia el puerto de Dover.

El 13 de enero de 1627 zarpé de allí con destino a Calais. El mar y yo nunca hemos sido muy amigos, pero soporté bien la corta singladura a pesar de que el agua tenía tanta espuma blanca y se movía tanto como la cerveza de un borracho bailarín. Y tal vez no quería la Providencia que tuviera un camino fácil, pues al desenlace trágico del final de mi viaje, que luego explicaré, lo precedieron unos miserables días de frío y lluvias, en los que dudo que llegara a estar seco del todo en momento alguno.

Los coches franceses parecen sillas de tortura, con sus ballestas siempre oxidadas y sus capotas con más agujeros que un queso suizo. No había un mal brasero en el que poder meter ascuas para hacer más llevadero el relente. El palafrenero, que apestaba como sus animales, paraba en las posadas que lo sobornaban para ello, con lo que a veces debíamos cenar a las cuatro de la tarde y matar el tiempo hasta la hora de dormir, mientras que otros días nos daban las diez de la noche con nuestros sufridos estómagos vacíos. Las fondas eran aborrecibles, pero al menos suponían un alivio del frío, pues en todas ellas abundaba la lumbre, y, en la mayoría de ellas, los viajeros disponíamos de un brasero o pequeño hogar por habitación. Mi criado trataba entonces de poner a secar nuestras ropas, pero cada mañana debíamos someternos al atroz tormento de vestirnos con las telas mojadas y más frías y tiesas que un témpano.

Alcanzamos por fin los Pirineos, donde nuestra velocidad de paso se vio drásticamente reducida en virtud de la orografía. Entramos en la coqueta villa de Foix, y nos hospedamos en una posada de mayor nivel, puesto que allí debíamos cambiar de coche y esperar por él un par de días. En la ciudad, como en toda la región, se respiraba una cierta tensión. Muchos refugiados de las incesantes guerras catalanas entre facciones aristocráticas irreconciliables aguardaban en esos valles a que les llegase aviso de que era seguro regresar a sus tierras, y las pendencias entre los exiliados alborotaban una zona de tradición pacífica.

Cuando nos reponíamos del viaje con una cena caliente, se me sentó al lado un hombre de gruesa panza, ropas rudas y barba mal afeitada. Me saludó y pretendió entablar conversación, sin duda de buena fe, pero yo, por considerarlo inferior, arrugué el ceño y me opuse a agasajarlo con mi amabilidad. En mi bisoñez de entonces, creía firmemente en las lecciones de vida que me había inculcado mi padre, el cual decía que los gentilhombres debemos ser caritativos y tolerantes con los de clase más baja, pero que nada bueno suele aflorar de tratarlos como a iguales, pues entonces se vuelven engreídos y empiezan a exigir por encima de sus posibilidades. Ahora, en mi vejez, con la riqueza de una vida de experiencias y la sabiduría que otorga la longevidad, yo veo las relaciones sociales entre clases con mayor relativismo e indulgencia. Pero debo ceñirme, en honor a la verdad, a lo que pensaba a la sazón.

El paisano, en cualquier caso, no cejó en su empeño de involucrarme en su perorata, y logró despertar mi curiosidad al hablarme de Joan Sentís y Sunyer, el que había sido lugarteniente de Cataluña, ahora obispo de la archidiócesis, el mismo hombre al que yo debía entregar mis cartas de recomendación.

—¿Vos lo conocéis? —pregunté yo, con cierta sorpresa en mi voz, azuzado de pronto mi interés.

El hombre chascó la lengua con suficiencia y me dijo que había servido con él en la toma de Vic.

—Quizá deba daros un poco de contexto —dijo el hombre, cuya mirada inteligente, aunque algo soez, había adivinado que no sabía nada de la política catalana.

No voy a describir aquí todo lo que me contó, pues nuestra conversación duró algo más de dos horas y ahora no recuerdo las tres cuartas partes de lo que en ella se dijo. Además, mucho de lo que relató no importa a mi relato, mas algo de trasfondo a lo que luego había de ocurrirme querría exponer. Encontré sus explicaciones fascinantes, y hube de corregir mi opinión original sobre su bajeza de origen, pues, aunque desaliñado y tosco, ese buen hombre era, sin duda, educado e inteligente.

Me habló de las luchas entre facciones nobiliarias en Cataluña, entre los llamados nyerros y sus enemigos mortales, los cadells. Ambos, nyerros y cadells, contaban entre sus partidarios con nobles de la más alta alcurnia y cargos eclesiásticos diversos. Las rivalidades se remontaban al siglo xiii, y las adscripciones a cada bando ya no respondían a ideales, sino a inercia social. En fin, que décadas de guerras y un par de epidemias de la peste habían arruinado al país, y la crisis alentaba el bandolerismo y el bandidaje. Mi futuro patrón, su excelencia Joan Sentís, era partidario de los nyerros, y se había enemistado, por ello, con el arzobispo de Vic, que era de origen castellano y favorecido por los cadells, más proclives a la Corona de los Habsburgo.

—No pretendo inmiscuirme en lucha política alguna —aseguré a mi interlocutor, tras agradecerle profusamente su amable exposición—. Tan solo quiero ejercer mi ciencia y aprender de filósofos más sabios que yo.

El hombre apuró su vaso de vino, ya cansado, y se encogió de hombros.

—Vuestra merced sabrá —me dijo—, pero yo me andaría con cuidado, ya que hay espías de ambas facciones en todas partes, y habrá gente que os querrá mal por el simple hecho de que vayáis a servir a un nyerro.

Le agradecí una vez más sus admoniciones y nos despedimos, pues yo quería echarme durante unas horas. Me costó conciliar el sueño; lo que me había contado ese hombre se mezclaba en mi cabeza con las realidades de espías y querellas entre los milaneses y los venecianos y lo absurdo y agotador que era tener que andarse siempre con tino y sospecha ante cualquier contacto con alguien desconocido. En Inglaterra también tienen sus disputas, pero los ingleses son de talante mucho más práctico que las gentes mediterráneas. No me hacía mucha gracia verme de nuevo envuelto en fregados políticos que nada me importaban. Yo quería practicar mi ciencia y, quizá, con la ayuda de Dios, hacer modesta fortuna con mis conocimientos.

Me desperté con dolor de cabeza y de mal humor. Por fin había llegado el coche que debía llevarnos al otro lado de los Pirineos. Tras el desayuno, un paisano me advirtió de que la ruta que pretendíamos tomar era peligrosa, especialmente en los alrededores de comarca llamada Ausona, por la que debíamos cruzar. No quise prestar mucho oído a la advertencia, quizá porque me consideraba, en mi ímpetu juvenil, inmune a los peligros, pero sugerí a Thoma que llevase la pistola cargada por lo que pudiera acontecer.

Cruzamos el puerto de montaña y alcanzamos Ripoll sin novedad. El camino había suavizado mi malestar, pues el paisaje era agradable y el coche, algo mejor que los que había cogido hasta entonces, y llegué a la villa con cierto optimismo. El monasterio que allí se alza me cautivó, y Dios, en su infinita sabiduría, me dio unas horas de paz en él que hubieron de resultar preciosas en vista de lo que poco después me sucedió.

Partimos al alba, tras una noche en la que dormí mal de nuevo, sobre un lecho rígido y demasiado frío, bajo una manta que, a mi parecer, debía de ser la de la burra de la dueña, porque estaba más llena de pulgas que un perro callejero. Quiero decir con esto que mi disposición de ánimo volvía a ser gris, olvidado ya el contento de mis horas en Santa María de Ripoll, y tampoco ayudaba la espesa bruma que sumergía el valle en una especie de sopa de pan congelada.

Thoma iba subido al pescante, como gustaba de hacer, charlando en una mezcla imposible de lenguas con el cochero que, de alguna manera, debía de servirles para comunicarse, pues su verborrea era incesante. Como compañero de viaje yo tenía a un caballero taciturno de barba bien cuidada y afeites baratos que no lograban disimular un cierto hedor corporal, y un jovenzuelo de cara amable que se frotaba las manos sin cesar, quizá por nerviosismo. Me sonrió un par de veces, sin duda buscando establecer conversación, pero yo no me hallaba de humor y siempre desvié la mirada. Lo lamenté luego, en vista de lo que sucedió, pues nunca llegué a conocer siquiera su nombre.

2

El camino era angosto, bordeando una loma yerma a nuestra derecha, con una cuesta que daba acceso a un valle abierto por el que discurría el río Ter. Las travesías son siempre aburridas si no se tiene unos buenos compañeros con los que departir; me encerré en mí mismo y permití que mi imaginación viajara hasta Barcelona, hasta la nueva universidad de la que yo debía formar parte, y me ilusioné con la que iba a ser mi vida a orillas del Mediterráneo. Me temo que todo aquello lo pensé de manera prematura, pues pronto sobrevino la tragedia a sacarme de mis ensueños.

Noté, de repente, que Thoma y el cochero dejaban de hablar, y pensé que se les habrían acabado las historias que compartir. Pero entonces nos detuvimos de manera brusca, y el caballero enjuto soltó una imprecación, la primera palabra que le oí pronunciar. Debía de ser hombre avezado en esas rutas, pues supo antes que nadie que nos estaban asaltando.

Alguien gritó. Yo asomé la cabeza por el lateral y vi a un par de forajidos con sobrepelliz y sombrero de ala ancha que blandían una pistola en cada mano, de esas que llaman xispa en la región. Me percaté de que no estaban solos, pues al lado del camino, en la parte más elevada, se veía un grupo de cuatro o cinco hombres más, y escuché el relincho de alguna de sus monturas algo más arriba.

El muchacho que iba con nosotros murmuró alguna cosa por lo bajo, muy nervioso, y, antes de que nadie más pudiera reaccionar, se bajó del coche apresurado. Yo iba a hacer lo mismo, aprensivo y ansioso por saber qué estaba pasando, pero el caballero me agarró la muñeca, de manera impertinente, y me hizo un gesto de calma con la otra mano. Me salvó la vida, supongo, porque el joven recibió al instante un balazo en la cabeza y rodó monte abajo. El disparo sonó como un trueno, y, como tal, retumbó en el aire durante unos segundos. Me quedé petrificado, pues, aunque había asistido a un duelo con pistolas en Oxford, debo reconocer que he llevado una vida muy resguardada y jamás he debido batirme con armas de fuego; a lo sumo, alguna reyerta con espadín o navaja entre estudiantes borrachines de las que conservo alguna pequeña cicatriz.

Tras un par de minutos, mientras oía voces confusas en el exterior y el latido de mi corazón desbocado en las sienes, se asomó uno de los malhechores y nos apuntó con la pistola. De un gesto nos indicó que saliéramos, y así lo hicimos, con las manos bien visibles para que vieran que éramos gente de paz. Thoma y el cochero estaban de rodillas delante de los caballos. Mi criado temblaba, y tenía algo de sangre en la frente, sin duda por un golpe que le habría propinado uno de los asaltantes. Más abajo, el cuerpo del chico que iba con nosotros yacía sobre la maleza, con piernas y brazos colocados en posición tragicómica y una gran mancha de sangre que le empapaba el pelo y la parte superior del gabán. Quise santiguarme, para rogar por su alma, mas no me atreví a hacer gesto alguno ante aquellos hombres.

—Busca la bossa —dijo uno de los bandidos, el que aparentaba tener más autoridad.

Apenas entendí su catalán, pero no era difícil comprender el sentido de sus palabras: iban a registrar nuestras bolsas y enseres para robar lo que en ellas hubiere de valor. Mi baúl, con mis preciados libros y aparatos científicos, fue lanzado al camino sin contemplaciones. Me vaciaron los bolsillos y se apropiaron de todo lo que consideraron valioso. Hasta nos hicieron quedarnos en paños menores, a pesar del frío, por comprobar si escondíamos algo.

Vi que conversaban entre ellos mientras un mozo desenganchaba los caballos. Hubo algunas risas, pero parecían ansiosos por salir de allí. El cabecilla nos señaló al caballero y a mí con la xispa y otro hombre asintió. Este nos indicó que nos vistiésemos, y después nos ató las manos a la espalda. El caballero chascó la lengua, tras mirar al cochero y a mi criado.

—Pobres diablos… —murmuró.

No comprendí el sentido de aquella palabra, pero mientras yo lo miraba, tratando de entender qué sucedía, un bandolero degolló al cochero con una faca de un palmo. El desdichado, todavía en paños menores, no pudo pronunciar palabra alguna; emitió tan solo un gorgoteo angustioso y cayó muerto ante las ruedas de su medio de vida.

Thoma me miró entonces implorando, y lo comprendí todo a la par que se me erizaba el vello del pescuezo.

—¡No, por Dios! —grité, avanzando unos pasos.

No vi cómo lo mataban a él también, pues de repente se me hizo el mundo oscuro y debí de caer al suelo. Anonadado por el terrible golpe de maza que recibí, casi no noté la diferencia entre el día y la noche cuando uno de ellos me puso una saca basta en la cabeza y me agarró de un brazo para obligarme a andar.

Con la saca en la cabeza y las manos atadas tras la espalda, nos llevaron cuesta arriba durante un buen rato. Mi cabeza palpitaba de dolor, y temí haberme quedado ciego como he leído que les ocurre a veces a los que reciben un golpe en la nuca. Pero poco a poco logré que mi vista se acostumbrara a la falta de luz y vislumbré algo de claridad a través de las fibras del saco.

Es difícil medir el tiempo en esas circunstancias, pero yo diría que estuvimos caminando durante más de una hora, la mayor parte del tiempo montaña arriba. Nos detuvieron al cabo y me arrancaron la bolsa de la cabeza. La luz era tibia, aunque debía de ser cerca de mediodía. Ante nosotros se alzaba una gran casa fuerte con almenas en la parte de poniente, varios establos al sur y un muro bajo de piedra rodeando un patio. A ambos lados se alzaban diversas construcciones, algunas de piedra, otras, simples chamizos de madera. Era un auténtico poblado, rodeado de bosque, en el que rebullía la actividad humana. Oí el golpeteo del herrero en la forja y vi a un carpintero enderezar una tabla. A mi derecha, unos mozos cargaban sacos, supuse que de grano; había puestos de verdura y un par de lechones desollados colgaban de unos garfios; de la parte norte llegaban los efluvios de la porquera y el estercolero. A la izquierda, unas barricas que debían de contener vino, a juzgar por el tono rojizo del borde, estaban siendo descargadas de un carromato tirado por un buey taciturno. Un poco más allá vi a unas comadres lavando ropa en el lavadero comunal, lo que los catalanes llaman el safareig, cuyo chorro de agua clara contrastaba con mi ánimo, pues sonaba como una alegre carcajada. Algunas tenían querellas con otras muchachas, más jóvenes quizá, que, por el atavío, parecían mujeres de vida disipada. Ambos grupos gesticulaban y se maldecían, y algún hombre intentaba mediar, pero yo estaba demasiado confundido y dolorido como para fijarme en el motivo de la riña.

Un escalofrío recorrió mi espinazo al ver el cuerpo de un ahorcado colgado de una rama fuerte de un roble detrás de unos huertos. El desdichado debía de llevar muerto varios días, y algunos cuervos habían vaciado ya sus cuencas oculares.

Supe luego que me hallaba en la masía de Can Batlle, lugar infame en toda Cataluña por ser nido de bandoleros de la peor ralea.

A la aldea nacida al resguardo de la masía se llegaba a través del camino del este, que era por el que habíamos subido nosotros, y por uno al mediodía, algo más ancho, que debía de conectar con los caminos reales de Vic. Sobre una loma rocosa, el sitio era fácil de defender, aunque la proximidad del bosque, si bien servía de camuflaje y abrigo, suponía una oportunidad para un acecho nocturno. Era por ello por lo que había guardias de manera permanente en cinco o seis calveros situados en círculo alrededor de Can Batlle.

El lugar era una fortaleza que infundía miedo incluso a las tropas regulares del virrey.

3

—¡Rocaguinarda, hijo de perra! —se oyó de pronto.

Fue un grito que no era de hombre, tampoco podía decirse que proviniera de mujer. Juro que pensé entonces que aquello surgía directamente de un espíritu infernal.

Por la ladera meridional ascendía una tropa de harapientos soldados, magullados combatientes y desfallecidos compañeros de armas. Era un grupo miserable de seres humanos agotados, todos con la mirada perdida en algún horror de su mente, los más sanos llevando en volandas a los malheridos. Al frente de todos ellos vi ascender a una figura diminuta, una mujer de rostro embarrado y melena rojiza cubierta por un sombrero de fieltro de color indefinido con un pañuelo negro como el azabache anudado alrededor del cuello.

No caí hasta un rato después en lo que creí que era un mito: Bocanegra, el temido forajido, objeto de leyendas y relatos, era, en realidad, una mujer.

No cabía duda alguna; el imperio que emanaba de aquel cuerpo menudo, el respeto en la mirada de todos aquellos rudos hombres que venderían a su madre por un plato de lentejas dejaban bien claro quién los dirigía. Vestía falda corta sobre unas calzas de lana, iba cubierta con una capa de pastor y se cubría la cabeza con un sombrero de hombre. Caminaba erguida, la frente alta, la nariz desafiante, el gesto adusto, dispuesta a mandar y a ser obedecida. Todos sabíamos, incluso yo, un extranjero, que en aquellas montañas solo había dos personajes capaces de comandar un ejército de bandidos: Rocaguinarda y Bocanegra.

El hombre, bandolero de abolengo, bregado en mil batallas y buscado por la justicia real, se llamaba Pere Rocaguinarda, o Perot lo Lladre, «Pedro el Ladrón», como también se le conocía. Era de elevada estatura, anchas espaldas, algo encorvado, de barba bulliciosa surcada por grises cerdas y con una manos enormes y huesudas. Sus ojos eran dos líneas oscuras bajo los pliegues de la piel, y, aunque eran difíciles de ver, uno siempre notaba la dureza de su mirada cuando se fijaba en él.

La mujer se acercó al bandido sin romper el paso, con largas zancadas y la actitud resuelta, y ante mi asombro (y el de muchos de los allí presentes, me atrevo a decir) le propinó un puñetazo en el mentón. La escena tenía algo de comedia, pues ella había tenido que alzar el brazo y pegar un salto para alcanzar el rostro de aquel hombretón. Mas nadie se reía; aquello era un desafío entre dos caudillos, y algo malo había de pasar. Si el carácter catalán es parecido al veneciano, un hombre de posición como Rocaguinarda no podía dejar pasar la afrenta sin mostrarse enérgico, o perdería autoridad frente a sus hombres.

—¡Era una jodida trampa! —le espetó Bocanegra, antes de que el bandolero pudiera reaccionar.

Este no torció el gesto. Aunque no movió la cara ni media pulgada, se adivinaba que estaba escudriñando sus alrededores para evaluar la reacción de su gente, desde la atalaya de sus ojos medio ocultos.

Durante unos instantes, la montaña se sumió en un tenso silencio. Los pocos pájaros que osaban desafiar el frío renunciaron a volar, y hasta diríase que el viento cesó de revolver la niebla en jirones. Ambos cabecillas se miraban fijamente, ambos con las manos en las empuñaduras de las pistolas que llevaban en el cinto. Observé que algunos bandidos tenían los pedreñales cargados y dispuestos. Temí que fuera a organizarse una batalla a muerte allí mismo.

Debo decir que me impresionó el aplomo de la mujer, su arrogancia frente a ese hombre temible, su gesto decidido. Nunca vi en mujer alguna esa fuerza casi masculina, ese arrojo muy por encima de lo habitual en las de su género. Quedé prendado de aquellos ojos de plata, aquella melena de rojas ondulaciones, esa figura diminuta ataviada con ropas de hombre.

Al cabo, Rocaguinarda avanzó unas pulgadas hacia Bocanegra, acercó su rostro al de ella y pronunció una única palabra:

—Parlament.

Hasta los piratas tienen su código de honor, y aprendí poco después que, si alguien, aunque sea en medio de un combate, pide parlamento, se le debe conceder sin menoscabo de su honor. Debe de ser una fórmula equivalente al right of parlay británico, que para los corsarios ingleses es sagrado, incluso entre enemigos.

—En media hora, en el huerto —respondió ella, al cabo de unos segundos, tras resoplar como un animal furioso—. Ahora debo atender a los heridos.

El caballero y yo quedamos de rodillas en medio de la era, hundidos en el frío barro, las manos abotargadas por el frío y por el mordisco de la cuerda en las muñecas, mientras Bocanegra y sus lugartenientes entraban en la masía. Con el grupo venían varios hombres heridos, algunos de ellos caminando por su propio pie, otros en volandas y alguno en toscas parihuelas confeccionadas sobre la marcha. Aquello era un ejército volviendo de una batalla feroz, y no parecían el bando ganador.

Un mozo nos encañonó con el pedreñal y nos obligó a levantarnos. Fuimos empujados hasta la entrada de la masía, una puerta baja, con arco de medio punto hecho de gruesas dovelas, y allí nos hicieron hincar las rodillas de nuevo, esta vez sobre una helada losa de granito blanco.

Salió entonces la cabecilla y nos miró con desprecio. Recuerdo que observó mi casaca, ya sucia y desgarrada, la que me había costado seis chelines en Londres y de la que tan orgulloso estaba. Fue entonces cuando se sacó el pistolón del cinto y me apuntó en la frente, y cuando me dijo, hastiada, que había visto demasiada sangre.

Al verla de cerca, me di cuenta de que tenía aquellos ojos fascinantes rodeados de piel más oscura, grandes círculos grises que revelaban fatiga extrema. Se llevó una mano a la cabeza e inspiró profundamente. Vi un atisbo de humanidad en aquel personaje criminal, y entendí por qué Bocanegra era tan respetada en esas montañas. De un gesto, indicó entonces que nos encerrasen, pues no quería tratar con nosotros en ese momento.

Nos metieron en un cobertizo de madera pegado a la pared de poniente y cerraron la puerta con una cadena enorme. Pensé que sería más fácil romper algunos tablones que desarmar el candado, de lo pesado que aparentaba ser. El caballero se volvió hacia mí, una vez solos, y me sonrió.

—¿De qué os reís? —pregunté yo, algo picado, desde el inicio, por su mala educación, ya que no había respondido a mi saludo inicial ni me había dirigido palabra en todo el viaje o tras la captura.

—Creo que vamos a vivir —me contestó. Tenía una voz ronca, tal vez por ser parco en palabras y no tener las cuerdas vocales habituadas a emitir sonido.

Aunque el catalán y el castellano son lenguas hermanas del italiano, y yo tuve ocasión de escuchar ambas a menudo en boca de mi amigo Claresvalls, a veces algunos las hablan tan cerrado, casi sin mover los labios, que me cuesta comprender lo que me cuentan.

—¿Perdón? —dije.

—Digo que parece que hoy no es nuestro último día.

Incapaz de compartir su optimismo, alcé una ceja, escéptico.

—Van a pedir rescate —me informó, viendo que no entendía lo que me estaba diciendo—. Confío que tendréis a alguien que pague por vos.

Tragué saliva, acongojado, pues entonces me di cuenta de mi delicada situación. El arzobispo Sentís, para quien llevaba yo mis cartas, no debía de saber aún de mi existencia, y tan lejos de mi patria no tenía amigo o conocido alguno. ¿A quién pedirían rescate por mí? ¿A mi padre? Calculé que, en el mejor de los casos, una misiva tardaría dos semanas en llegar a Venecia, se necesitaría otra semana para los trámites y otras tres o cuatro semanas más para que la carta de crédito fuese reconocida por algún banquero de Barcelona. Tenía serias dudas de que esos facinerosos quisieran mantenerme con vida y alimentarme durante dos o tres meses.

Aunque nunca he sido de naturaleza audaz, fue quizá la desesperación de verme perdido la que me empujó a dar un paso adelante en cuanto tuve la oportunidad.

4

El huerto en el que se llevó a cabo el parlamento entre los caudillos malhechores quedaba en la parte de atrás, junto a un riachuelo miserable, muy cerca del chamizo en el que me hallaba prisionero. Oí llegar a Bocanegra, y cómo le pedía a un hombre, sin duda algún guardia personal, que la dejara sola. Apareció unos minutos más tarde la figura imponente de Rocaguinarda. Vi, por una rendija entre los tablones, que ambos seguían luciendo sus respectivas pistolas en el cinto, tal vez por costumbre o tal vez en previsión de que allí se fuese a dar algo más que una conversación.

—Era una trampa —espetó la mujer, sin más preámbulos.

—Eso me has dicho.

—¿Lo sabías? ¿Sabías que íbamos directos a una ratonera? Porque te recuerdo que la información sobre la reata de equinos partió de uno de tus secuaces.

El bandolero se acercó a ella con parsimonia. De pronto, de un gesto veloz, le agarró el brazo con fuerza y se lo retorció.

—Nunca, nunca más te atrevas a humillarme delante de mis hombres, ¿me has entendido?

Bocanegra aguantó sin quejarse y se zafó con cierta habilidad. Se alejó dos pasos y sacó la navaja, cuya hoja pulida brillaba aun cuando no había sol.

—No me has respondido, hijo de perra —le dijo a Rocaguinarda, con hielo en la voz.

Él, aún sin contestar, sacó una pipa de madera de boj de su bolsillo y la llenó de un tabaco negro que llevaba en una bolsita. Sonrió, con un gesto que hacía estremecer.

—¿Cuánto hace que nos conocemos, María? —le dijo, sin asomo de alegría en su voz.

—Lo suficiente para saber que traicionarías al mismo Jesucristo.

El hombre chascó la lengua. Miró entonces a su alrededor, a las montañas, mientras encendía la pipa con un pedernal.

—Pues déjame preguntarte otra cosa: ¿cuánto crees que vamos a durar aquí arriba? ¿Años, meses…, semanas? Los tiempos han cambiado. El rey quiere acabar con el bandolerismo, y las luchas entre nyerros y cadells son cosa del pasado. Hoy día se pelea por inercia, por inquina. Ya es hora de pensar en nuestro futuro, ¿no crees?

—Así que es cierto… Nos has traicionado.

Rocaguinarda arrugó el gesto. Bocanegra seguía con la navaja preparada, nada dispuesta a dejarse sorprender de nuevo por aquel hombretón.

—¡Maldita seas, mujer! —le espetó de pronto el bandolero, muy dado, al parecer, a cambios bruscos de actitud—. No te enteras, ¿verdad? Aún sigues creyendo que eres esa chiquilla maltratada que escapó al monte con romántica sed de venganza, la mozuela desflorada a quien el mundo debía una reparación… ¡Despierta de una puñetera vez! ¡Pues claro que os disteis de bruces contra las tropas reales! Cada vez hay más en la zona. Ayer colgaron a Vallbò y a Casserres en el castillo de Veguers; en Igualada, hace unos días, descuartizaron al cabecilla de los Sala; el grupo de Rimafora ha sido diezmado. ¿De qué te ríes? —añadió, tras una pausa.

Bocanegra estaba sonriendo, pero de manera triste y terrible a la vez.

—Yo nunca te he dicho que hubiera tropas reales en la emboscada.

—¿Y? —respondió él; vi, quizá, un atisbo de rubor en sus mejillas—. Me refería a los soldados que…

—Esto confirma que me mandaste a Sant Guim sabiendo que los soldados de Cardona estaban allí. ¡Eres un miserable traidor! Entonces, son ciertos los rumores.

—¿Rumores?

—¡Se dice que has aceptado un trato ignominioso, que salvas el cuello a cambio de unirte a los tercios en Nápoles, que huyes y nos abandonas a todos los demás a merced del virrey! Supongo que mandarnos a Sant Guim a ser masacrados formaba parte del acuerdo, ¿no? ¿Cuánto te pagan por mi cabeza? ¿Siguen siendo doscientas libras o ha subido ya el precio? ¡Apuesto a que te ha sorprendido verme regresar!

Rocaguinarda blandió el cuchillo, dejando caer la pipa, y ambos se pusieron en posición defensiva. Por Dios que pensé que la mujer no tenía posibilidad alguna ante ese formidable guerrero.

—Esa mujer es muy valiente —oí, a mis espaldas—. Todo lo que he oído de ella es cierto.

Me di cuenta entonces de que mi compañero de cautiverio también estaba siguiendo la escena del huerto por otra rendija entre los tablones.

—¿Puedo preguntaros cómo os llamáis? —dije yo, algo molesto todavía por su falta de civilidad.

—Josep Joan Sulroca, para serviros. Amo de la pedanía de Sant Sever, a donde me dirigía esta mañana.

—Observo que no lleváis sirvientes —dije yo, quizá desconfiando de ese personaje que vestía y hablaba como un noble pero que no me inspiraba mucha confianza.

—No suelo hacerlo en mis viajes cortos —respondió, con un gesto de indiferencia—. ¿Para qué pagar dos pasajes?

Nos miramos unos segundos. Luego me preguntó mi nombre y pareció quedar satisfecho, pues, me dijo, había sentido curiosidad por saber de dónde provenía yo con ese acento.

—¿Qué me impide acabar contigo aquí y ahora? —escuchamos entonces. Ambos volvimos a centrar nuestra atención en lo que estaba ocurriendo fuera.

—No saldrías vivo de esta montaña, Perot —contestó la bandolera—. Lo sabes tan bien como yo. Y, por lo que veo, lo que más valoras en este mundo es tu alma pegada al cuerpo.

—No me costaría nada… —insistía él, amenazante.

—¡Maldito imbécil! ¡Que se te lleve la peste al infierno! ¡Yo ya no soy aquella chiquilla asustada a la que subiste un día a Can Batlle y a la que usaste como te vino en gana! Mando a más hombres que tú, y puedo echarte de aquí cuando quiera. ¡Por ello, porque interfiero en tus planes cobardes, quieres deshacerte de mí!

—Eras una muerta de hambre. ¡No habrías durado ni una semana en las Guilleries! ¡Yo te rescaté, te salvé la vida!

—¿Y ahora me la quieres quitar? Tengo a lo Granell desangrándose aquí al lado, a Joan Jofre muerto en un camino de Gurb; he perdido a cuatro de mis mejores hombres, dos de ellos capturados por las tropas reales…

Bocanegra hubo de interrumpirse. No podía verla bien, pero habría dicho que le tembló la voz de la emoción. Rocaguinarda, enfrente, la miraba impasible, navaja en ristre. Los bandoleros, por necesidad, son gente extremadamente desconfiada.

Tras unos instantes de silencio, el hombre bajó el brazo y se guardó el cuchillo.

—¿Crees que hablarán?

Ella se encogió de hombros. Eran hombres leales los dos, pero no sabía a qué tormentos podían ser expuestos. Los secretos de su escondrijo y de las redes de apoyo con que contaban podían ser revelados.

—María —dijo, al cabo, el bandolero, con cierta calma ganada en su voz—, debes hacerte cargo de la situación. El rey quiere imponer el orden en Cataluña debido a la guerra inminente con el francés. El mismo conde-duque de Olivares ha sido visto en Barcelona últimamente porque quiere que el Principado se adhiera a su Unión de Armas. Los tiempos del bandolerismo están llegando a su fin.

—¿Es eso excusa para traicionar a los tuyos?

Rocaguinarda la escrutó con esos ojos insondables, soltó una bocanada de humo de su pipa, se dio media vuelta y se alejó de ella sin dignarse a contestar.

—¿Qué hago yo ahora con mi pobre Joan lo Granell, que se me muere? —dijo Bocanegra, llena de emoción, a sus espaldas. No obtuvo respuesta, pues el caudillo ya había doblado la esquina y desaparecido.

5

Unas horas más tarde, nos hallábamos el caballero y yo ateridos sobre el suelo embarrado del cobertizo, con las manos aún atadas a la espalda. Pude comprobar que las suyas estaban ya amoratadas, pues la sangre se acumulaba a través de las arterias mientras que las venas, que deben vaciar los órganos, estaban comprimidas. De poco consuelo me servía saber de física, porque las mías debían de verse en un estado similar.

Deberán vuestras mercedes comprender mi triste estado de ánimo. Me encontraba medio muerto de frío, prisionero de unos bandoleros sin compasión, acababa de perder a mi criado, al que tenía cierto aprecio, estaba seguro de que aquellos bandidos pretendían pedir un rescate por mi vida y no tenía a nadie en aquel maldito país que pudiera responder por mí. Con sinceridad pensaba que ese era mi último día entre los vivos, tal era mi congoja. Así pues, me agarré como a un clavo ardiendo a la posibilidad de impresionar a la jefa de los malhechores con mi ciencia cuando oí decir que alguien, en apariencia un hombre de valía, había perdido mucha sangre y se estaba muriendo.

Llamé al guardia, y le pedí entre los tablones del chamizo que dijera a Bocanegra que quizá yo podría ayudar con el moribundo, que había estudiado medicina en Padua y en Oxford y que les ofrecía mi ciencia. No sé qué fue lo que lo convenció, pero, tras mirarme un buen rato por la rendija, mientras yo me desgañitaba para que reaccionase, dio media vuelta y desapareció por la esquina de la masía.

—Sois temerario —me dijo el caballero Sulroca.

—¡No os metáis en mis asuntos! —le espeté, con rabia provocada por mi miedo y mi inseguridad.

El hombre se encogió de hombros.

—Solo digo que, con gente de esta ralea, más vale llamar la atención lo menos posible, tener paciencia y confiar en el buen Dios. Y en que alguien de la familia pague.

—¿Y quién queréis que pague por mí? —pregunté con desesperación en mi voz—. Mi familia no es rica. Y, en todo caso, se halla a varias semanas de viaje.

Sulroca volvió a alzar los hombros e intentó sentarse, a pesar de lo incómodo que era llevar las manos atadas y abotargadas en la espalda.

Unos minutos más tarde, apareció Bocanegra en persona, acompañada de un soldado y del guardia que me había escuchado. La puerta del cobertizo se abrió y la mujer entró y se plantó ante mí con los brazos en jarras. A pesar de su rostro de fatiga y de la pequeñez de su figura, emanaba de ella un cierto halo de poder que imponía respeto. No tuve ninguna duda de que, en otras circunstancias, yo también la habría seguido sin dudarlo.

—Dicen que sois médico —dijo, sin más preámbulo.

—Doctor en ciencias naturales y filosofía —dije yo, con el mentón alzado y algo de orgullo fatuo.

—¿Podéis hacer algo por Joanot?

—¿Se trata del hombre que ha perdido mucha sangre? Veréis…

—¿Podéis o no?

—Hay un procedimiento que ensayé con un eminente colega en Inglaterra que… podría funcionar.

—¿Podría?

—Veréis —repetí yo, notando que, a pesar del relente, empezaba a sudar con profusión; me estaba jugando el pellejo—, solo se ha probado en reos y en animales, y los resultados no son concluyentes, pero…

María resopló con desánimo y se llevó la mano a la frente. Las comisuras de sus labios carnosos se torcieron hacia abajo y sufrió un escalofrío. Vi, por vez primera, en esa expresión, que detrás del mito había una mujer de carne y hueso, una persona que sufría como cualquier otra, y yo diría que llegó a enternecer mi ánimo. Mas pronto recobré mi compostura mental, pues de ella dependía que yo siguiera con vida.

—Se me muere, caballero —me dijo con algo de temblor en la voz—, y vos me decís que podéis hacerle una operación cuyos resultados son inciertos.

—Así es, mi dama —dije yo, algo contrito ante esa muestra de emoción—. Si se me permitiese ver al herido…

La fascinante mujer me miró largo rato, como queriendo escrutar mi alma. Al final, resopló de nuevo y pidió al hombre de armas que la había acompañado que me soltara y me llevase a la masía. Tragué saliva; lo que yo tenía en mente como último recurso para salvar mi vida era una auténtica locura, casi una herejía por la que podría ser condenado al infierno: iba a intentar una transfusión de sangre de un cuerpo a otro.

6

Aquí debo hacer un alto en mi relato para justificar por qué me atreví a proponer tan arriesgada operación. En la universidad de Padua aprendí las teorías y los textos de Galeno, del médico infiel Ibn Al Nafis y también del gran aragonés don Miguel Servet, condenado a la hoguera por hereje en el siglo pasado, pero de cuyo libro Christianismi Restitutio, que describía con detalle la circulación pulmonar, sobrevivieron tres copias, una de las cuales fue reproducida en Milán y ahora se conserva en mi alma mater. Por ellos supe que la sangre no se produce y absorbe en los tejidos, sino que circula por el cuerpo. Y aprendí que la función de la circulación arterial es regular la temperatura del cuerpo. El calor se genera en el corazón, como es sabido, y, de allí, se distribuye a todos los órganos y miembros del cuerpo. La circulación venosa, por otro lado, la descubrió de manera empírica mi admirado Harvey, al comprobar que cuando se sangra a un caballo en la pata la sangre fluye de abajo arriba; se sale por la parte inferior del corte, y no de la superior como sería previsible si llegase del corazón. Así pues, el fluido sanguíneo, una vez distribuido el calor por todo el cuerpo, vuelve a los pulmones, donde expulsa el calor sobrante al entrar en contacto con el aire (por ello nuestro aliento es cálido aunque respiremos aire invernal), y vuelve al corazón para volver a empezar.

Pero hay algo más; en algunos experimentos con animales a los que tuve el privilegio de asistir, Harvey halló que estos morían al perder una determinada cantidad de sangre, normalmente en torno a un tercio de la cantidad total que albergaban sus cuerpos. Esto no se aviene con la teoría de la distribución del calor, pues es sabido que los cuerpos aguantan durante largos minutos la exposición al frío sin que el individuo muera, con lo que no hay explicación en Galeno de por qué un animal tarda tan poco en morir si se drena parte de su líquido vital. Si la única función de la sangre es regular la temperatura del cuerpo, cuando el animal la pierde es de esperar que sienta frío, pero no que necesariamente muera casi al instante, como ocurre todas las veces. Por ello, Harvey propone que la sangre, además de distribuir calor, proporciona a los órganos y extremidades lo que él llama «elixir mineral»; es decir, la esencia misma de la vida. Y expone como prueba que la sangre de la circulación arterial es mucho más clara de color que la de la circulación venosa, prueba de que esta última ya ha vaciado vida en cada uno de los rincones del cuerpo. De dónde procede este elixir mineral y qué lo compone es algo que ni Harvey ni nadie, que yo sepa, han sido capaces de averiguar.

Si eso es cierto, debería poder compensarse la pérdida de sangre con el añadido en el cuerpo de nueva sangre. A raíz de esta hipótesis, que, suena vanidoso decirlo, pero fue un servidor quien la sugirió, Harvey llevó a cabo una serie de experimentos con diferentes tipos de animales. El procedimiento era muy simple, toda vez que los perros callejeros abundan en todas las ciudades y son fáciles de capturar. Al primero de los canes le practicábamos un corte en la femoral y llenábamos una cántara con su sangre de dos sextarios de capacidad, lo cual, calculábamos, era un tercio de la cantidad de su sangre total. El animal quedaba, así, al borde de la muerte.

Entonces hendíamos el cuchillo en el perro sano para obtener su sangre. De inmediato, el líquido empezaba a fluir, pero vimos que, si la recogíamos en un cuenco, se coagulaba enseguida y no podía ser transferido al perro sangrado. Así que Harvey tuvo la brillante idea de conectar ambas venas, la del animal sano y la del receptor, con un tubo, de manera que el corazón del primero bombease la sangre al cuerpo del segundo. Fue maravilloso de contemplar, y funcionó cuando dimos con el material adecuado. Quisimos usar de primeras un vaso sanguíneo extraído de un cadáver canino, mas vimos que no era práctico y lo sustituimos pronto por tubos de metal. El problema con ellos era que no podíamos comprobar si la sangre fluía, al ser completamente opacos, con lo que tuvimos que acoplar a los extremos unas fundas de tripa, que había que cambiar regularmente y cuya naturaleza traslúcida nos indicaba si corría el fluido vital. Los manguitos de tripa, por su parte, los introducíamos en unos cálamos de pluma de ganso, que son gruesos y se pueden afilar hasta hacer con ellos unas puntas perfectas, y así uníamos los vasos sanguíneos de ambos animales. Un método brillante por su sencillez, si se me permite decirlo.

En cuanto a los resultados, tuvimos cierto éxito cuando transferimos sangre de perro a perro de gato a gato y de rata a rata, aunque el cruce de sangres no funciona jamás. Lógico, ya que es imposible que el elixir mineral que da la vida a un gato funcione en una rata, cuya naturaleza es muy diferente. Así pues, concluimos que, para probar en un ser humano enfermo, debíamos usar sangre humana.

Harvey tenía acceso a los reos convictos, que, en esa época de revoluciones en Inglaterra, abundaban. A los que habían sido condenados a las penas más atroces se les ofrecía con discreción una muerte menos terrible si accedían a participar en nuestros experimentos. La mayoría accedían, agradecidos, aunque algunos se dejaban llevar por la superchería y nos echaban de sus celdas con cajas destempladas. Con los pobres desgraciados que quisieron participar, la manera de proceder era similar: sangrábamos al condenado para sacar de su cuerpo cuatro sextarios de líquido vital y después tratábamos de llenar sus venas con sangre de algún voluntario, al que pagábamos medio penique por la operación. Hasta yo me presenté voluntario una vez cuando vi que el donante no moría en ningún caso, y porque se sabe desde tiempos antiguos que el sangrado controlado es beneficioso para restablecer el equilibrio de los humores, con lo que razoné que mi salud se vería incluso beneficiada.

Con precisión y meticulosidad, fuimos anotando los resultados de cada tentativa. Debo decir aquí que toda la operación la manteníamos en secreto, sobornando al magistrado de la corte, hombre ilustrado, para que nos permitiese experimentar en nombre de las ciencias físicas. Todavía existen, en ese templo del saber empírico, almas retrógradas que nos podían haber acusado de herejía. De hecho, el buen Harvey hubo de retrasar la publicación de su tratado durante más de diez años, y acabó editándolo lejos de su universidad, en Frankfurt, porque temía por su reputación y hasta por su vida. Y cuando lo publicó, no mencionó directamente nuestros experimentos, supongo que por miedo a que lo censurasen.

En esos cuatro años pudimos llevar a cabo treinta y tres transfusiones de sangre. Solo siete de los condenados sobrevivieron, pero los que lo hicieron no solo recuperaron el vigor sino que diríase que se volvieron más fuertes y hasta se sintieron rejuvenecer, prueba de que algunas veces el espíritu vital que acarreaba el elixir mineral conseguía aferrarse al nuevo cuerpo. Lamentablemente, los siete hubieron de someterse entonces a su suerte, y fueron ejecutados según estaba previsto, con lo que no fuimos capaces de estudiar los efectos a largo plazo de nuestra idea. Pero antes de que murieran logramos consignar sus sensaciones y pensamientos en el cuaderno de física.

Es evidente que, en algunos casos, la sangre del donante insuflaba vida en el moribundo, pero no sabemos a ciencia cierta por qué no funciona siempre. En la mayoría de las ocasiones, los receptores de sangre ajena convulsionaban y morían, a menudo tras despertar de manera brusca. Observamos, en todo caso, que la experiencia funcionaba mejor cuando Venus estaba en ascendente, ya que cuando esto fue así, cuatro de los cinco reos a los que sometimos a la operación sobrevivieron. Así pues, los astros influyen de manera inequívoca, aunque misteriosa, en la naturaleza del elixir mineral.

Como es de suponer, no había tenido tiempo, en lo alto de esa montaña, de averiguar la posición de los astros, pero confié en mi buena estrella, nunca mejor dicho. Armado con el conocimiento adquirido junto a Harvey, me dispuse, por primera vez, y en un acto desesperado de congraciarme con mi captora, a practicar una transfusión a un moribundo.

7

—Necesitaré dos plumas de ganso —dije.

—¿Cómo?

El muchacho al que llamaban Pesolet tenía las mejillas arreboladas. Algo en su supersticiosa mente le turbaba, pues creía estar participando en algún tipo de ritual demoníaco para salvar al que llamaban Joan lo Granell, y creo que pensó que, después de las plumas, le pediría bigotes de gato, alas de murciélago o babas de caracol.

—¡Plumas de ganso, rápido! De tamaño medio y recién arrancadas, a ser posible, que el cálamo debe estar fuerte y lo suficientemente flexible para no quebrarse. Espera, si tienes un animal a mano, mejor tráeme cuatro o cinco, que más vale que sobren. Mujer —añadí, mirando a la que parecía la sirvienta de lo que allí pasaba por enfermería—, pon agua a hervir, trae paños limpios y el espíritu de vino más fuerte que tengáis.

—¿Vais a poneros a beber? —preguntó María Bocanegra, la mirada noble firme en mí, la voz todavía autoritaria.

Noté cierto poso de temblor en su voz, apenas perceptible, que me indicó que no estaba tan segura de que lo que íbamos a hacer fuera tan buena idea.

—No —respondí yo—, servirá para limpiar las heridas y evitar la infección, aunque según vaya la cosa quizá sí que necesite un trago para consolidar mi pulso.

Pesolet cumplió y me trajo las plumas. Eran fuertes y flexibles; corté el cálamo con un cuchillo muy afilado que siempre acarreo en mis enseres y probé la agudeza de la punta. Satisfecho, saqué de mi bolsa los tubos de cobre que me procuré en Oxford gracias a mi amistad con Harvey, y coloqué en sus puntas el elemento crucial de toda la operación, unos manguitos de tripa de venado de una pulgada de longitud, flexibles e impermeables, cuya tenue transparencia me iba a permitir comprobar que la sangre estaba fluyendo.

Nunca había hecho lo que en ese instante iba a hacer. Siempre asistí a William Harvey en su investigación empírica, pero jamás controlé yo la operación. De eso me daba cuenta en ese momento, y noté que en mis axilas aparecía un desagradable sudor frío. Me percaté de que, en mi inconsciencia, tal vez había firmado mi sentencia de muerte al ofrecerme a llevar a cabo tan alocada idea. ¿Por qué no me limité a examinar al hombre, aplicarle salvas y pomadas y darle alguna poción de alcaravea con tomillo para beber, para acabar diciendo que nada se podía hacer ya por ese desgraciado más que rezar por su alma? ¿Por qué fui tan insensato, tan audaz, tan engreído de pensar que podía retar a la Divina Providencia y burlar la muerte inminente de aquel soldado? Su cara estaba de color gris, sus mejillas exangües, sus labios arrugados como una pasa. Ese hombre estaba ya camino del purgatorio, y yo me hallaba practicando incisiones en su adormecida piel.

Vi a Pesolet santiguarse, y me entró un escalofrío. El problema que tenemos los filósofos de hoy es que muchos nos condenan porque dicen que interferimos con la Creación de Dios Nuestro Señor. Yo soy un hombre piadoso, pero creo que el Todopoderoso nos ha dado raciocinio para que podamos discernir algunos de los secretos maravillosos de su creación, porque, si no, nos habría dado las entendederas de un buey y ahí no habría problemas. En ese momento, sin embargo, fui consciente de que debía andarme con tiento. En Inglaterra, donde el empirismo de lord Bacon empieza a ganar adeptos, ya no suele haber tantos problemas con la religión, quizá también por la herejía innata del anglicanismo. Pero desconocía yo el poder de la Iglesia en tierras españolas; suponía que, al ser país de temperamento parecido al veneciano, muchos no verían con buenos ojos mis experimentos. Confiaba que mi patrón, si algún día llegaba a ponerme a su servicio, fuera hombre de mente abierta, porque, de lo contrario, poco había de avanzar yo con mi ciencia.

Comprobé que la sangre del malherido fluía en el sentido adecuado, del extremo del brazo hacia el corazón, e inserté el cálamo en esa dirección. Esto es fundamental, pues, si se hace al revés, la sangre puede fluir del enfermo al donante, lo cual sería perjudicial para ambos.

Luego practiqué una incisión en el brazo de Pesolet, que sudaba ya con profusión. Sus venas eran gruesas y fuertes, y un chorro de sangre saltó enseguida y manchó algunos de mis trapos. El color era excelente, sin duda animado por un elixir mineral de gran potencia vital. Si Joan lo Granell iba a salvarse, debía ser con una sangre de esa calidad. Metí el cálamo de la otra pluma en la herida y, tras soplar para comprobar que el tubo de cobre no estaba obturado, lo fijé en él mediante uno de los manguitos de tripa.

—Ahora solo cabe esperar —informé.