Boda irlandesa - Norah Hoult - E-Book

Boda irlandesa E-Book

Norah Hoult

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Beschreibung

«Si había algo que nunca la había defraudado era el placer que sentía al volver a casa». Un inmigrante irlandés en Londres se propone organizar una boda siguiendo las costumbres de su país; una joven tiene que elegir entre un futuro brillante en América o el matrimonio que le espera si se queda en Irlanda; una viuda descubre la tiránica vida social en la aparentemente apacible urbanización a la que se ha mudado; un próspero empresario quiere ganarse el aprecio de la gente de su pueblo y una niña que trabaja en la pensión barata de su madre traba amistad con una elegante y misteriosa huésped inglesa. Con incisiva delicadeza, los relatos de Boda irlandesa, publicados en 1950, muestran la situación de las mujeres a principios del siglo XX, la estricta moralidad irlandesa, la soledad de quienes emigraban y de los que se quedaban, los muros que erigían las clases sociales y la complejidad de las relaciones humanas. En este clásico moderno de las letras irlandesas Norah Hoult consiguió retratar una época y a la vez adelantarse a ella. «Leer a Norah Hoult por primera vez es lo más parecido a desenvolver un regalo precioso». LAURA RIÑÓN SIRERA – LIBRERÍA AMAPOLAS EN OCTUBRE

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Seitenzahl: 293

Veröffentlichungsjahr: 2025

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LA AUTORA

Norah Hoult, seudónimo de Eleanor Lucy Hoult, nació en Dublín en 1898. Su madre, una irlandesa católica, y su padre, un inglés protestante, murieron cuando ella tenía solo nueve años y creció junto a su hermano en diferentes internados del norte de Inglaterra. Empezó a escribir como periodista en el Sheffield Daily Telegraph, la Pearson’s Magazine y el Yorkshire Evening Post. Su primer libro de relatos, Poor Women!, donde aborda la situación de las mujeres, se publicó en 1928 después de ser rechazado diecinueve veces. Obtuvo tal éxito entre los lectores que Hoult se convirtió en una escritora tan celebrada como polémica por los temas que abordaba: el matrimonio, el alcoholismo, la prostitución y las diferencias de clases. Esto hizo que la Junta de Censura de Irlanda prohibiera hasta diez de sus obras. En 1939 publicó There Were No Windows, inspirada en la escritora Violet Hunt, que vivía cerca de ella en Londres. Hoult también vivió en Nueva York antes de instalarse definitivamente en Irlanda. En 1950 publicó el libro de relatos boda irlandesa. Pasó sus últimos años en Greystones, en el condado irlandés de Wicklow, donde murió en 1984.

LA TRADUCTORA

María Valdunciel Blanco es traductora, investigadora y docente. Estudió Traducción e Interpretación en la Universidad de Salamanca y la Université Catholique de l'Ouest. Movida por su interés por la literatura, cursó el máster en Traducción para el Mundo Editorial de la Universidad de Málaga, y desde entonces se ha dedicado a traducir y a enseñar. Entre los títulos que ha traducido, destaca la colección de relatos escandinavos Cuentos del Norte, con ilustraciones de Kay Nielsen; la novela gráfica Paisaje con perro rojo, del célebre autor francés Bruno Le Floc'h, o la serie de cómics Historias de la guerra.

En la actualidad, se dedica a investigar la difusión en España de autoras como Norah Hoult, que escribieron ficción de corte realista durante el periodo de entreguerras. Además, ejerce como profesora asociada en la Universidad Complutense de Madrid.

BODA IRLANDESA

Primera edición: enero de 2025

Título original: Cocktail bar

© 2018 Herederos de Norah Hoult

De esta edición en colaboración con New Island Books y la Agencia Literaria Antonia Kerrigan

© de la traducción: María Valdunciel Blanco

© de esta edición:

Trotalibros Editorial

C/ Ciutat de Consuegra 10, 3.º 3.ª

AD500 Andorra la Vella, Andorra

[email protected]

www.trotalibros.com

Este libro ha sido publicado con el apoyo de Literature Ireland

ISBN: 978-99920-76-84-2

Depósito legal: AND.556-2024

Maquetación y diseño interior: Klapp

Corrección: Marisa Muñoz

Diseño de la colección y cubierta: Klapp

Impresión y encuadernación: Liberdúplex

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

NORAH HOULTBODA IRLANDESATRADUCCIÓN DE

MARÍA VALDUNCIEL BLANCOPITEAS · 33

Para mis amigos, Eva y Eddie Lipman

BODA IRLANDESA

Aunque la boda no se celebraría hasta las once en la iglesia, Joe Maginnis se había levantado a primera hora de la mañana. Como era el padrino, sabía de sobra que todas las responsabilidades iban a recaer sobre sus hombros. Al fin y al cabo, el novio, Johnny Mullen, que llevaba varios meses viviendo con él y su mujer, solo tenía veintitrés años y, a pesar de que atendía con bastante eficacia la barra del Three Feathers, donde trabajaba, se comportaba de una forma casi infantil fuera del trabajo. A alguien nacido y criado en Belfast, como era el caso de Joe, podía parecerle que Johnny era demasiado joven y que no había ahorrado lo suficiente como para andar pensando ya en el matrimonio. Sin embargo, había dejado a un lado sus reservas, y más aún en aquella bonita mañana de junio, en la que el sol londinense lograba filtrar sus rayos hasta la cocina del sótano donde él se afanaba limpiando los zapatos. Tanto era así que tuvo que soltar el trapo sucio, salir por la puerta, subir la escalera que llevaba a la calle y asegurarse de que hacía tan buena mañana como parecía.

Empujó la herrumbrosa verja hasta abrirla de par en par, salió a la acera y levantó la vista hacia el cielo, por encima de las chimeneas de las grises casas victorianas, que iban cayendo tristemente en el abandono de la vejez. Estaba azul y despejado, y en ese momento de silencio previo a que los niños y niñas, y también los adultos, salieran apresurados a la calle para empezar su jornada, no había nada que interfiriera en aquella bendición. Porque Dios, en su Gracia y Misericordia, les había enviado un hermoso día para la boda, así que Joe rezó una plegaria en silencio para que la vida de casados de Johnny Mullen y Angela Riley fuese tan hermosa, feliz e intachable como ese nuevo día de verano que Dios había creado para sus criaturas. Entonces, una anciana subió desde el sótano de enfrente y, un poco avergonzado de sí mismo por andar perdiendo el tiempo, se apresuró a retomar la limpieza de los zapatos.

Había muchos zapatos que limpiar. En ese momento, estaba con los de su suegro, a los que Joe aplicó un poquito más de betún, pues albergaba sentimientos encontrados hacia el viejo Johnny Larkin, un anciano que podía llegar a ser todo un incordio. Por supuesto, los zapatos del novio debían limpiarse y lustrarse al máximo; además, los trató con cierta reverencia pues, al ser el matrimonio un Sacramento, aquellos zapatos pertenecían a un hombre que estaba a punto de participar en uno de los misterios sagrados. Luego estaban los zapatos de los dos hermanos del novio, que habían viajado desde Dublín el día anterior. Se preguntó si los de ante marrón serían de Patsy o de Martin, pues en cualquier caso le ponían en un aprieto, y los estaba mirando con cierta reprobación cuando oyó pasos en las escaleras.

Su esposa, Mary, entró en la habitación, y cuando él vio su cabello negro, que se había rizado especialmente para la boda; sus delicadas y rosadas mejillas; la sonrisa que le entreabría la boca; y el conjunto de su adorable y conocida figura, sintió que se le ablandaba el corazón, aunque por eso mismo adoptó un tono algo áspero:

—Pensé que lo mejor sería limpiarlos ya para que queden listos.

Mary contempló el rostro huesudo y cuadrado de Joe, y sus ojos oscuros y hundidos tras las gafas. Sabía que su brusquedad no significaba nada. Asintió y dijo:

—Ay, Joe, ¿sabes qué? ¡Va a hacer un día precioso! He mirado por la ventana y no hay ni una mota en el cielo.

—Mira qué zapatos tan elegantes. Apuesto a que son del joven Martin. ¿Me traes ese cepillo metálico tuyo, a ver si funciona?

—Uy, ¿dónde lo habré puesto? ¡Ah, ya sé!

—Y tráeme tus zapatos, ya que subes. Se me han olvidado.

—Voy a ponerme los negros nuevos, así que mejor usa el betún especial que compré.

—Bueno, pues tráelo —dijo Joe con sequedad, mirando el reloj.

Al ver que, justo como había temido, Joe empezaba a ponerse nervioso, Mary subió las escaleras en silencio.

—He oído a padre moverse. Se va a levantar —anunció a su regreso.

A Joe casi se le cayó al suelo el cepillo que ella acababa de darle. Lo agarró con firmeza y exclamó:

—¡Pues claro, cómo no! ¿No podía estarse tranquilo precisamente hoy y quedarse en la cama sin molestar?

—No pensarías que hoy se iba a mantener al margen —dijo Mary, encogiéndose de hombros.

Conocía a su padre y, por lo general, podía aguantar sus manías, pero entendía que fuese más difícil para Joe. Aquel había sido el único escollo en los dieciséis años que llevaban casados. Se acercó deprisa al fregadero para llenar el hervidor.

Johnny Larkin entró en la habitación en calcetines. Era un hombre robusto, de pelo cano y rostro enrojecido que había recorrido el mundo sirviendo en el Ejército y que todavía se movía con bastante garbo. Miró a Joe desde debajo de sus pobladas cejas grises y dijo:

—Conque me has quitado las botas, ¿eh, Joe?

—Las cogí anoche para dejárselas limpias. Aquí las tiene, ya están listas.

Johnny agarró las botas y las examinó con atención.

—Podría haberlo hecho yo, como siempre.

—Pensé que así no tendría que mancharse las manos. Es mejor que uno limpie los de todos. ¿Por qué tanta prisa? Se ha levantado muy temprano.

—Son casi las ocho, y tú llevas despierto desde hace un buen rato. Te oí bajar las escaleras.

«Pues claro. Lo oye todo», pensó Joe. Sin embargo, apretó los labios y se puso a limpiar los zapatos de Mary. Su suegro cogió el par de ante y dijo:

—Estos son los del joven Martin. ¡Pero si parecen de niña! ¿Por qué querría un jovencito ponerse algo así?

Joe se escuchó a sí mismo replicando:

—Que haga lo que quiera, ¿no? —Y se le escapó una mueca de arrepentimiento en cuanto hubo pronunciado aquellas palabras.

—Sí, que haga lo que quiera. Aquí todo el mundo hace lo que le viene en gana. Están las viejas costumbres y las modernas, y cada cual es libre de elegir. Pero eso acabará siendo nuestra perdición —dijo el anciano.

Luego empezó a refunfuñar mientras se agachaba a ponerse la bota.

—Tus zapatos están listos, Mary —anunció Joe, y ella salió de la trascocina.

—Voy a subir una taza de té a los chicos —respondió—. Así se levantarán de buen humor.

—Ya me encargo yo de subir la bandeja —dijo Joe al momento—. Prepara tú algo de comer para nosotros tres, y luego podemos subir a cambiarnos y así no molestamos mientras ellos desayunan.

Cuando regresó del piso de arriba, traía un gesto de cierta perplejidad, por lo que Mary preguntó:

—Bueno, ¿ya están despiertos?

—No estoy muy seguro —dijo Joe despacio.

Ella se quedó mirándolo, así que él añadió:

—Los he despertado, pero han puesto el grito en el cielo. ¡Hasta Johnny! Me ha preguntado qué hora era y le he dicho que eran casi las ocho. Patsy ha mascullado algo de que aún no había amanecido y se ha dado media vuelta. Eso sí, antes de bajar, le he dicho a Johnny: «Te recuerdo que hoy es el día de tu boda, muchacho».

—Bah, no te preocupes —dijo Mary para tranquilizarlo—. Patsy y Martin bebieron de lo lindo anoche, pero ya sabes que Johnny tiene poco aguante. Enseguida se levantará.

—Espero que tengas razón —intervino el anciano, que había estado escuchando con atención—. Pero ese Johnny Mullen no ha madrugado ni una sola vez desde que vive en esta casa. No me sorprendería que sea el tipo de persona que llega tarde a su propia boda.

—Acerque la silla a la mesa, padre —dijo Mary—. Le voy a dar una loncha del beicon que han traído los chicos. Es auténtico beicon irlandés, le va a gustar.

El anciano acercó la silla a la mesa, y siguió hablando.

—Aunque hay un acontecimiento al que ninguno llegaremos tarde: nuestro propio funeral. Ya seamos irlandeses o ingleses, católicos o protestantes, pues eso es cosa de Dios, no nuestra.

Los miró fijamente, procurando hacerles entender que un funeral era en sí mismo más importante que una boda, y que en aquella casa él encabezaba la cola para la extremaunción. Pero Mary se limitó a decir:

—¿Quién piensa en funerales un día como hoy? ¡Debería darle vergüenza! —Y se volvió hacia Joe para decirle—: ¿No te parece que el beicon huele distinto?

Joe asintió devolviéndole la sonrisa, aunque en realidad estaba pensando que no era nada normal que el día de su boda un joven se quedase amodorrado en la cama cuando ya había salido el sol. Es más, cuando Mary le alargó su taza de té la miró y pensó que en su caso había sido al revés: embargado por la solemnidad y la emoción del momento, casi no había pegado ojo la víspera de la boda. Pero, bueno, el joven Johnny no era más que un crío, y siempre había tenido una vida fácil, o eso decía él. De hecho, ser camarero no dejaba de ser una ocupación bastante llevadera.

Sea como fuere, cuando los tres hubieron desayunado y Mary y él estaban terminando de fregar, empezó a preocuparse otra vez por ellos. Consultó el reloj, que había avanzado bastante, pues marcaba las nueve menos cuarto. (El anciano también lo miró, ¡y asintió con la cabeza!). Joe volvió a la trascocina y dijo en voz baja:

—Pero ¿qué estarán haciendo?

—Espera un momento, voy a subir a decirles que se pongan en marcha —contestó Mary.

Se secó las manos en el paño enrollable y él oyó que subía corriendo las escaleras canturreando California, Here I Come! Pero tardaba demasiado para su gusto, así que se acercó a esperar al pie de las escaleras, donde escuchó una carcajada y la voz de Mary, que se había puesto de cháchara. «Les está dando mucha cuerda», pensó, pero se avergonzó de ser tan criticón y regresó a la cocina a sacudir el mantel y volver a ponerlo.

Mary bajó corriendo las escaleras.

—Enseguida vienen —anunció—. Les he dicho que, menos Johnny, mejor que se afeiten luego. Él ya se estaba aseando. ¿Puedes subirle agua caliente, Joe?

Joe dejó la jarra en el cuarto de baño, donde Johnny se estaba enjabonando, y bajó a toda prisa. La siguiente remesa de agua caliente tenía que ser para él, ya que estaba claro que le iba a tocar encargarse de todo lo que faltaba por hacer. Había que pedir un taxi e ir a la floristería a recoger los obsequios para los invitados, que tenían que estar listos a primera hora de la mañana. Se lo recordó a los otros dos y Mary dijo:

—No te pongas nervioso, Joe.

—Yo iré contigo —sugirió el anciano—. Espera un momento, que me pongo una camisa limpia. Necesito un poco de agua caliente. ¿Ha salido Johnny del baño?

—Sube a ver y diles que el desayuno está listo y se está enfriando —dijo Mary.

Patsy y Martin entraron dando tumbos en la habitación antes de que Joe acabara de afeitarse; a Patsy se lo veía especialmente despeinado y soñoliento, pensó. Se alegró de subir al piso de arriba y de ponerse su mejor traje azul que, según vio en el espejo, no le quedaba nada mal. Pero, por desgracia, ahora tenía que esperar al anciano, pues por mucho que quisiera dejarlo en casa sabía que él no se lo permitiría.

—Las flores ya están pagadas —dijo Patsy cuando salieron por la puerta.

Primero fueron a la floristería a recoger los obsequios para los invitados: rosas sin abrir para las damas y claveles blancos para los caballeros. Pero no estaban listos, así que se marcharon a la cochera, donde indicaron al conductor que debía pasar a recogerlos a las once menos cuarto, ni un minuto más.

—Es que es para una boda —dijo Joe.

—Confíe en mí, señor —respondió el hombre.

A Joe le complació que lo llamara señor, pues demostraba que aquel tipo sabía que estaba ante una persona responsable. Cuando volvieron a la floristería, ya habían preparado los obsequios.

Así que estaba de buen humor cuando llegaron a casa a eso de las diez menos algo. En la cocina solo quedaba el joven Martin, ya que Patsy y Johnny estaban arriba y Mary también debía de estar arreglándose. Sin embargo, hubo algo en la forma en que Martin estaba allí sentado, despatarrado sobre la silla leyendo la sección de deportes del periódico de la tarde anterior como si tuviera todo el tiempo del mundo, que lo irritó un poco. Cuando Joe le enseñó las flores, parpadeó confuso, como si apenas supiese lo que eran.

—¿Todavía no te has afeitado? —preguntó Joe después de un momento.

—Estoy esperando a que termine Patsy.

—¿Has cogido tus zapatos?

—No.

—Toma. ¿Por qué no te los vas poniendo?

Martin cogió los zapatos sin darle las gracias y se quedó mirándolos con la boca algo entreabierta, por lo que Joe tuvo que marcharse para evitar hacer algún comentario mordaz. Subió al piso de arriba, donde al menos fue bien recibido por Mary, que se estaba mirando en el largo espejo de su dormitorio y que al darse la vuelta dijo:

—¡Qué bien que ya estés aquí, Joe! —Y, con la timidez y la ternura de una chiquilla, le preguntó—: ¿Qué te parece? ¿Estoy guapa?

Con aquel vestido negro de georgette y falda plisada y amplia, que le había dado la señora para la que trabajaba por las mañanas, estaba más que guapa. La observó grave y detenidamente, y le dio un vuelco el corazón al pensar en el día de su boda y en lo buena esposa que había sido durante tantos años, aunque Dios no les hubiera dado un hijo.

—¡Estás preciosa! —exclamó.

Pero eso no era suficiente, pensó al verla sonreír. Tuvo que rodearla con los brazos, con cuidado de no estropearle el peinado, y decirle:

—En serio, Mary, estás igual que el día en que te llevé al altar.

—¡Anda ya!

—De verdad, Mary.

Sin embargo, el momento no duró mucho. Escucharon a Patsy salir del baño canturreando, y Mary se soltó y le dijo:

—Tú tampoco tienes mal aspecto. Pero pásate el peine otra vez. Y luego, ¿harás el favor de subirme los zapatos, Joe?

Patsy ya estaba en la cocina cuando Joe volvió a bajar. Al entrar, oyó alboroto; por algún motivo, no se sorprendió cuando vio que Martin le devolvía a su hermano una botella de media pinta de whisky Jameson. El anciano negaba con la cabeza.

—Yo ni lo toco —decía—. No intentes convencerme o estaremos aquí hasta que las ranas críen pelo.

Patsy se volvió hacia él.

—¡Hombre, Joe! Tómate un trago, que te lo has ganado.

Joe podía tomarse una copa como el que más, pero había un momento y un lugar para cada cosa. Dijo que no con la cabeza.

—Cuidado con lo que haces, Johnny. Espero que no hayas tomado nada. No estaría bien, y menos aún cuando en un rato vas a estar enfrente del cura.

—Solo he mojado los labios —aseguró Johnny, que luego frunció el ceño—. ¿Qué hora es?

—¿No ves el reloj? El taxi llegará en menos de media hora. Colócate la flor. No, así no. Quítale el papel de aluminio.

Tuvo que enseñarles a los tres cada condenado paso antes de subirle los zapatos a Mary. Cuando volvió, se encontró con que Martin seguía allí y Patsy estaba discutiendo con el anciano sobre si iba a beber o no, pero cuando intentó interrumpir entró Mary y, cómo no, Patsy tuvo que hacer la gracieta: se puso en pie e hizo una reverencia.

—¡Madre mía! —exclamó—. ¡Ya ha llegado la novia! ¡Pero si está espectacular! Señora, ¿me permite besar su inmaculada mano?

Mary le siguió el juego, por lo que volvieron a sacar el whisky y ella se tomó solo un sorbito, mirando a Joe arrepentida por hacerlo.

Bueno, tampoco pasaba nada, era lo normal en un día alegre. ¿Acaso no existían dos tipos de felicidad? Estaba la felicidad bulliciosa que a veces se siente en el pub cuando se improvisa una canción, y que la esposa de uno sabe que se ha ganado porque ha cumplido con la jornada o con la semana de trabajo; y luego estaba el tipo elevado y solemne que acompaña al amor verdadero y atemporal, y que a veces se siente al arrodillarse ante el Santísimo Sacramento. Sin duda, el inicio de un día de boda debía estar teñido del segundo tipo.

No obstante, esperó un momento para asegurarse de que su voz sonaba tranquila antes de decirle a Martin:

—Como te descuides, nos iremos sin ti. Anda, date prisa y ve a vestirte.

Y se alegró al ver que Johnny se unía exclamando:

—¡Largo de aquí! No pienso permitir que vayas a mi boda con pinta de indigente. —Lo agarró por los hombros y lo sacó de allí.

En cualquier caso, el taxi llegó antes de que estuvieran listos porque, cuando le pidió a Johnny que le diera el anillo de boda, este respondió que lo tenía Patsy. Y Patsy se dio una palmada en la frente.

—¿Dónde narices lo puse para que no se perdiera? —dijo, y subió corriendo las escaleras.

Martin se retrasó por ayudarle a buscarlo, hasta que al final Patsy lo encontró en el bolsillo de sus pantalones y empezó a relatar una larga historia sobre por qué había olvidado que lo había puesto allí. Joe se impacientó tanto al saber que el taxi estaba fuera esperándolos que interrumpió la historia.

—Eso ya da igual —dijo—. Lo tenemos, que es lo importante. ¿Ya estamos todos listos?

De repente, Patsy se volvió contra él.

—¡Deja de dar la lata! —estalló—. Llevas toda la mañana hecho un manojo de nervios, nos tienes fritos a todos. Hay tiempo de sobra: no se tarda ni tres minutos en llegar a la iglesia, según me ha dicho Johnny, ¡y solo son las once menos diez! ¡Para de quejarte, por el amor de Dios!

—La responsabilidad es mía, y no pienso permitir que el cura tenga que esperar ni por ti ni por nadie.

Oyó cómo le temblaba la voz al pronunciar aquellas palabras, y luego al anciano decir:

—Joe tiene razón. Deberíamos haber llegado a la iglesia hace un buen rato para que vieran que estábamos allí. Todo el mundo sabe que el novio siempre llega antes que la novia.

Sin embargo, por el rabillo del ojo Joe vio que Mary le decía algo a Patsy en voz baja. Sabía de sobra que le estaba explicando que él tenía un carácter serio y que Patsy no debía sentirse ofendido. No le gustó nada que su esposa se disculpara por él de aquella forma, pero de repente todos se echaron a reír porque Martin comentó, con un deje lastimero en la voz:

—Estoy harto de preguntar si alguien tiene un alfiler para esta flor. Le he quitado el papel de aluminio, como nos ha dicho Joe. Pero ¿para qué sirve una flor sin su alfiler?

—Toma —dijo Mary, de manera que Joe pudo sacarlos a todos de allí, escaleras arriba.

Al salir a la luz del mundo exterior, fueron conscientes de la ropa y las flores que llevaban puestas, y miraron a su alrededor con timidez, deseando al mismo tiempo que los observaran y que no lo hicieran.

En cuanto se bajaron del taxi, el fotógrafo se acercó corriendo desde las escaleras de la iglesia.

—Acabo de fotografiar a la novia y a la dama de honor —dijo—. ¿Podrían colocarse por aquí, caballeros?

Pero Joe se lo quitó de encima.

—Luego, luego —dijo—. Llegamos un poco tarde.

Y, aunque Patsy ya estaba repeinándose el cabello hacia atrás para ocupar su posición, siguió a Joe en dirección a la iglesia sin rechistar. En cuanto entró, Joe supo que llevaba razón, pues el cura ya asomaba la cabeza por la puerta de la sacristía.

Sentada en el primer banco de la iglesia, donde se relajó después de una mañana frenética, Mary pensó que Joe se había portado de maravilla: los había reunido a todos, había respondido al gesto del cura con la cabeza y luego, en el momento preciso, había sacado el anillo. Ahí estaba, de pie detrás de Johnny, con la cabeza gacha y el pelo claro que se le había puesto un poquito de punta en la frente, pues nunca conseguía que se quedase en su sitio; así y todo, se lo veía tan serio y tan bueno que sin duda no había nadie en el mundo al que no inspirase respeto. Era una pena que hubiera discutido con Patsy, pero al final no era más que un crío, y Joe no se lo tendría en cuenta.

Como Johnny no había pagado por una misa nupcial, ya que había preferido gastarse el dinero en el almuerzo, que había abonado por adelantado, la ceremonia terminó enseguida. Es más, a Mary le pareció que los novios y los testigos tardaron más en firmar y todo lo demás frente al registrador en la sacristía que en casarse. Se quedó sentada escuchando a la tía de Angela, una mujer de constitución delgada y piel pálida que, en opinión de Mary, se había pasado un poquito con el colorete. Llevaba un traje azul intenso y un sombrero con una pluma azul. La señorita Riley le dijo que la mejor amiga de Angela, Rose Donovan, los tenía muy preocupados porque no había aparecido. Debía de estar enferma, pero en ese caso tendría que haber avisado, aunque ella no descartaba que fuera una cuestión de celos, ya que Angela le había pedido a Sheila Keating que fuera su otra dama de honor, y Sheila nunca se había llevado bien con Rose, ni Rose con ella. ¡Y con razón! Aun así, Rose no debía haberlos defraudado a todos de aquella manera. Si ahora le daba por aparecer, ya no habría sitio para ella porque habían invitado al cura a la boda, como correspondía. El cura era el padre Maclaren, y no era irlandés, sino escocés, pero eso no quitaba que fuese muy agradable.

Mary se quedó algo inquieta: ¿sabría Joe que venía el cura? Pero se le pasó en cuanto salieron de la iglesia, ya que entonces el fotógrafo no dejó que se les escaparan. Primero los fotografió en grupo y luego solo a Johnny y Angela, que estaba monísima con su vestido gris y su sombrerito negro. Después, quiso hacer una de Angela y Johnny con el padrino y la dama de honor, pero hubo un poco de jaleo porque pensó que el padrino era Patsy, y no Joe, y excepto a Mary, a todos les hizo mucha gracia el error. Es más, bromearon mucho con el fotógrafo, cuyo acento delató su origen londinense, y debió de quedar impresionado con aquellos auténticos salvajes irlandeses.1 Al final, Johnny, Angela, la señorita Riley y Sheila se metieron en el taxi que los estaba esperando, aunque Sheila estuvo un rato pidiéndole a Mary que se subiera porque a ella no le importaba caminar.

Sin embargo, Mary dijo que no y se marchó detrás de Patsy y Martin, con Joe y con su padre. Joe no dijo gran cosa; en realidad, todavía estaba recordando las bonitas palabras que se habían pronunciado en el altar y le apretó el abrazo a Mary según caminaban, mientras que el anciano refunfuñaba porque la señorita Riley había hablado tan alto en la iglesia que había distraído a los pocos devotos que estaban rezando.

A pesar de que Joe creía que ya había terminado todo y podía quedarse con la cabeza en las nubes, había una sorpresa esperándolo. En cuanto entraron por la puerta de la cafetería donde se iba a celebrar el almuerzo, vio que había estallado una especie de trifulca entre Johnny y el taxista. Pero, como Patsy y Martin ya estaban con él, pasó de largo y subió las escaleras a la sala reservada, pensando que tal vez sería por el precio, aunque le parecía un poco miserable que se pusiera a discutir el día de su boda.

Sin embargo, Mary y él se acababan de acercar a Angela, y Mary le estaba preguntando si ya le había dado un beso a la novia, cuando notó que alguien lo agarraba del codo. Era Patsy, que murmuró:

—Joe, ¿puedo hablar contigo?

—¿Qué pasa?

Patsy lo llevó a un aparte, y Joe vio que el padre Maclaren acababa de llegar.

—¿Sabes lo que pide el ladrón del taxista? ¡Dos libras y cinco chelines! —dijo Patsy enseguida.

—Eso es una barbaridad —dijo Joe pasmado, muy a su pesar.

—Dice que ha estado esperando más de una hora. Pero no estaba conduciendo.

—Eso da igual. Cobran lo mismo. No hay nada que hacer, tendréis que pagarle. Bueno, Johnny tendrá que pagarle.

—Ese es el problema, Joe: no tiene dinero. Y Martin y yo tampoco podemos prestárselo. Solo nos queda para pagar el billete de vuelta de mañana.

—¡Seguro que Johnny tiene!

—No, no tiene. Se ha quedado a dos velas después de pagar esta fiesta, solo tiene una libra para llevar a Angela al cine esta tarde. Y dice que a eso no puede renunciar. Le quedan cinco chelines, y se los ha ofrecido al hombre de propina.

—¿Y con eso no le basta? Decidle que lo demás queda a deber.

—¿Vienes tú a decírselo, Joe? Puede que a ti te escuche, porque a nosotros no nos hace caso.

Mary se acercó y preguntó qué andaban tramando, así que se lo contaron. Y, cómo no, el anciano también se enteró de todo, mientras que Patsy bajó corriendo a ver si la sugerencia de Joe funcionaba. Al poco volvió negando con la cabeza.

—No hay manera, Joe. Ha amenazado con armar jaleo si no le pagamos.

Entonces apareció Johnny y les dijo a ambos con impaciencia:

—Vamos a ver, ¿tenéis o no tenéis el dinero?

Joe solo llevaba unos pocos chelines encima. No les quedó otra opción que hacer una colecta de la forma más discreta posible para que el padre Maclaren no se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo. Mary tenía algo menos de media libra; el anciano, para sorpresa de todos, sacó cinco chelines, y la señorita Riley aportó una libra completa. Como había que evitar que ella hablase con el cura, Joe se acercó a él con Martin.

—Disculpe, padre, pero quiero presentarle a un joven que está de visita en Inglaterra por primera vez. Por cierto, señorita Riley, ¿podría venir conmigo un momento para discutir un asunto relacionado con las fotografías...?

Al final, con un par de chelines sueltos de Patsy, les llegó. Joe bajó con él para pagar al taxista. No pudo evitar decirle:

—Sabe que nos está cobrando de más. No nací ayer: se está aprovechando.

—No les estoy cobrando ni un penique de más. Llevo a su servicio desde las once menos veinte, y ya son más de las doce. Podría haber aceptado una carrera a Brighton, pero la rechacé por su culpa.

—Lo siento mucho, Joe, de verdad —dijo Patsy cuando se dieron la vuelta para regresar a la fiesta—. Pero ¿cómo iba a saber yo que Johnny andaba tan apurado?

—No es culpa tuya —dijo Joe, a sabiendas de que lo razonable no era culpar a Patsy.

Johnny los estaba esperando con dos copas llenas.

—¿Os lo podéis creer? ¡A eso llamo yo un ladrón sin escrúpulos! ¡Son todos iguales! —dijo en voz baja.

—Déjalo estar —respondió Joe, con un gesto de la mano.

Era algo que sencillamente no debía haber pasado, igual que nadie debía dejar una alfombra sucia sobre una sábana blanca. Procuró olvidar lo ocurrido en la medida de lo posible, y justo apareció la camarera con la sopa, así que hubo que indicar a los invitados dónde debían sentarse.

Johnny y Angela se pusieron juntos presidiendo la mesa, mientras que Joe se sentó a la derecha de Johnny, y el cura a la izquierda de Angela como su homólogo. Joe puso a la señorita Riley a su lado, pues para entonces el cura ya debía de estar harto de su parloteo, y a la señorita Keating, la dama de honor, a la izquierda del cura. El anciano se colocó junto a la señorita Riley, mientras que Mary se sentó por voluntad propia al lado de su padre. Por consiguiente, Patsy y Martin acabaron juntos, pero daba igual porque Patsy se encargaba de servir el vino y tenía que sentarse al final de la mesa. Lo cierto es que lo hizo muy bien, y hasta fue a por una naranjada cuando el anciano se negó a beber ni una copa de sauternes. El almuerzo se desarrolló con decencia y decoro, y lo único que molestó un poco a Joe fue la llegada del fotógrafo con las imágenes reveladas, que costaban cinco chelines cada una y ni Mary ni él pudieron comprar ninguna. Menos mal que vio por el rabillo del ojo que la señorita Riley encontró algo de dinero en su bolso, o todo el trabajo de aquel hombre habría sido en vano.

En cualquier caso, las fotografías fueron pasando de mano en mano y les brindaron un motivo para exclamar sobre ¡lo rápido que las habían revelado! Todos, menos Joe y el padre Maclaren, quien por supuesto no salía en ninguna, observaron su propia imagen, primero con curiosidad y luego con ojo crítico. Joe se dio cuenta de que, al contemplarlas, en sus rostros se dibujaba una especie de asombrada ingenuidad, y una vez más sintió que se le ablandaba el corazón. Había recuperado su anterior estado de ánimo, el de aquella mañana sacramental, así que al mirar a aquellas personas —menos al cura, aunque los hubiera bendecido con su presencia— vio a su gente, a verdaderos irlandeses, tanto si provenían del norte como del sur; a personas que, pese a todo lo demás, habían conservado la Fe. Y se le ocurrió que todos los chicos y chicas irlandeses exiliados en Londres formaban un torrente de agua viva en un entorno hostil y yermo. Entonces se acordó de su discurso y pensó que tendría que darlo pronto porque debía volver al trabajo esa misma tarde.

Así que cuando estaban tomando el helado y la fruta y las voces aumentaron considerablemente de volumen se acercó al padre Maclaren para explicárselo. No quería imponerse, pero ¿le importaba si él, Joe, hablaba primero, puesto que debía volver al trabajo? El sonriente y colorado rostro del joven cura rubio lo miró desde abajo, asintió con la cabeza y dijo que faltaría más, que a él no le importaba: de hecho, prefería no tener que dar ningún discurso.

Pero Joe le contestó que no estaría bien que el cura no dijera al menos unas palabras; luego volvió a su sitio y llamó la atención de Mary mientras miraba el reloj. Ella cayó en la cuenta y se inclinó hacia Patsy para explicarle que Joe iba a proponer un brindis por los novios, de manera que este recorrió la mesa rellenando las copas. Después, dio unos golpecitos en la mesa y se impuso el silencio. Cuando Joe se levantó, vio que todos se habían vuelto expectantes hacia él.

Sin embargo, Mary enseguida volvió a bajar la mirada porque cuando lo vio ahí de pie, tan recio, con aquellos ojos penetrantes que resplandecían tras las gafas, sintió que el cariño la embargaba de tal modo que fue incapaz de seguir mirándolo. Se pertenecían el uno al otro, así que en cierto modo ella también estaba allí de pie frente a todos, y hasta la camarera escuchaba desde la puerta. Oyó que Joe empezaba a hablar.

—Reverendo padre, señoras y señores —dijo—; en estos tiempos de herejía y dificultades, para nosotros es un enorme y raro placer habernos reunido hoy aquí para celebrar el Sagrado Sacramento del Matrimonio entre un joven irlandés y una joven irlandesa, que se han unido en la inmaculada pureza de su amor para hacer los votos solemnes que todos hemos podido escuchar: en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe. Nosotros sabemos que sienten estos votos mucho más que ningún actor o actriz de Hollywood, a juzgar por lo que leemos en los periódicos sobre el espectáculo que hacen de sí mismos...

Mary se perdió las siguientes palabras porque vio que en el rostro de Patsy, que se sentaba enfrente, asomaba una sonrisa, si bien bajó la vista hacia la mesa al notar que ella lo estaba mirando. Volvió a escuchar a Joe decir:

—Ojalá la joven novia sea una digna hija de santa Brígida y el novio, un auténtico hijo de san Columba, pues nunca hemos de olvidar que los nombres de los santos irlandeses son como una resplandeciente galaxia de estrellas en el cielo: san Kevin, san Patricio, san Cutberto, san Aidan y san Oliver Plunkett. Todos ellos, y muchos más, hacen recaer sobre nosotros la gracia del cielo, y hasta el fin de los tiempos le han reservado a nuestro querido país el nombre de Isla de los Santos y los Sabios. Nadie ha de avergonzarse de ser irlandés...

—¡Bien dicho! —exclamó el anciano, sentado junto a Mary, tan de repente y tan alto que ella no pudo evitar avergonzarse un poquito cuando todos se dieron la vuelta para mirarlo, igual que no podía evitar avergonzarse cuando él gritaba con fervor en la capilla. No obstante, la señorita Riley asintió con aprobación, de manera que la pluma azul de su sombrero se movió arriba y abajo, y empezó a aplaudir hasta que todos se unieron.

Cuando Mary pudo volver a oír algo, escuchó a Joe decir:

—Y aunque una oscura sombra se cierne ahora sobre nuestra hermosa tierra, y me refiero, claro está, a la oscura sombra de la Partición, que rompe los lazos entre hermanos, hemos de confiar en que esta Perversidad y, sí, digo perversidad, pues se merece una palabra fuerte...