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Bollo, novela corta, pequeños capítulos. Ingredientes: 8 tazas de lesbianas. 400 gramos de referentes. 17 cucharaditas de relaciones sexuales. 1 clínica de deshomosexualización. Toda la fiesta que puedas. 1 ITS. 6 trazas de Nat. 1 Madrid. Porciones de Ratja, Kelly, Karen, Perla, Charlie, Leda, María… Resto de ingredientes, buscar en la novela. Ingerir cuando y como se quiera. En meriendas con amigas, que cada una lleve su bollo.
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Veröffentlichungsjahr: 2021
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Melani Penna Tosso
Primera edición: abril de 2021
BOLLO © 2021 Melani Penna Tosso
© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.
Publicado por Dos Bigotes, A.C.
www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-122617-6-9
Depósito legal: M-8232-2021
Impreso por Kadmos
www.kadmos.es
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de Bollo es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
A mi madre, que me animó a dejar de estudiar ysalir a la calle, cerca del río y las serpientes.A Y., que me lame las heridas y se corre con ellas.A todas esas areperas, cachaperas,tortas, tortilleras, bolleras…
«Contar en este mundo incierto con algún apoyo que no pueda ser destruido es de la mayor trascendencia».
Adrienne Rich, Qué clase de tiempos son estos
1. Nat
2. Charlie
3. María
4. Santiago
5. Rakel
6. Sara
7. Rosario
8. Mayca
9. Ratja
10. Leda
11. Nat y Flor
12. Ratja, Kelly y Quelly
13. Rakel
14. Nat, Juan y otros
15. Ratja
16. María y Rita
17. Sara
18. Rosaria
19. Ratja y Nat
20. Julio
21. María y Nat
22. Santiago
23. Flor Steiman
24. Graciela
25. Clau
26. Perla
27. Charlie
28. La primera cena
Glosario Bollo
TÍTULOS DE DOS BIGOTES
Le gustan sus tetas, aunque de lejos. De cerca están llenas de pelos, resultan flácidas. Siente que a sus amantes nunca les han gustado sus tetas, aunque también de lejos. De cerca, recuerda a amantes emocionadas con sus senos, que se los devoraban, se atragantaban y se olvidaban de respirar.
Lo de cerca y lejos es algo que la despista y no termina de entender. No solo en ella, también en las otras personas. Como cuando hace el amor. A Nat le parece gracioso acercarse tanto a alguien, meterle la lengua en la boca, en el ano, en la axila. ¿Para qué? Para estar cerca, sentirse dentro.
Ratja le había hablado de eso la última vez que se acostaron. Le había dicho que se sentía distante.
Esa conversación sobre la distancia, en la cama, no había terminado bien. Desde que Ratja había regresado de Brasil, nada entre ellas parecía funcionar. Al día siguiente, la última noche que se vieron, se despidieron sin más después de cenar en el Maceira. No se besaron hasta llegar al portal de Ratja. Nat libraba al día siguiente. Podía haberle dicho algo, pero ella, por lo general, en esas circunstancias, no dice nada. Siempre es Ratja la que, un poco borrachas, le empieza a decir las ganas que tiene y le propone ir a su casa. Esa noche, se despidieron en el portal. Se besaron, Nat le tocó el coño, pero la cosa no fue a más.
Definitivamente, hoy está negativa. Ni sus tetas, ni Ratja, ni la distancia están a salvo cerca de ella. Termina el porro y, medio tambaleándose, se levanta del sofá y se dirige al cuarto de baño. Ducha, espabile, maquillaje —el justo, apenas algo de color y la raya en los ojos—, se remueve el pelo. Hoy, antes de ir al Queers, tiene que pasar por la médica para recoger la analítica, y quiere aprovechar y comentarle su miedo a la bici, que aún no ha superado a pesar de que ha pasado más de un año desde el accidente.
Hay quien piensa que antes de un suceso importante en tu vida te das cuenta. Que sueñas algo la noche anterior o que tienes un presentimiento de que algo va a ocurrir. Nat no lo tiene. Si la vida le está hablando, lo hace en un idioma que ella no entiende. Como con lo de la distancia.
Nat no es el nombre que aparece en su documento de identidad. Ahí se llama Natalie. Su padre, inspirado en que su hija hubiera nacido un 24 de diciembre, le puso ese nombre a los pocos minutos de haber salido de la entrepierna de su madre. A Nat no le gusta. Pasó toda su infancia aceptando que la llamaran así pero, al llegar a la adolescencia, el cambio de nombre fue una de sus primeras microrrevoluciones sexo-genéricas.
Su madre es de Argentina; su padre, holandés. Artesana y economista. Nada que ver. Se conocieron en Ámsterdam y, al año de relación, nació Nat. Han pasado treinta y ocho años de eso y Stella y Niek siguen viviendo juntos. Nat siente que, de alguna manera, se respetan. No sabe si follan, seguramente no, tampoco le importa. Son mayores, no le dan nunca la tabarra ni parece que se la vayan a dar, se cuidan mutuamente. Cuando se jubilaron, se trasladaron a vivir a Alicante. Ella los visita todo lo que puede de una manera irregular, y a ellos les parece bien.
Nat ha tenido bastantes novias desde que, con veintiuno, se centró en las chicas. Trabajando en el Queers desde los treinta y dos, ha ligado y liga todo lo ligable pese a sus tetas con alguna estría, su mal humor y sus adicciones.
Si no eres muy selectiva, el «efecto barra» existe, igual que existe el «efecto tarima» en las profesoras o el «efecto escenario» en las actrices de teatro. Todo el mundo lo sabe y Santiago Espino, su jefe, también. Por eso le paga tan poco, bastante que le paga, dice él, cualquier lesbiana pagaría por estar un día detrás de su barra, dando de beber a todas esas bolleras.
Nat tiene carisma, cae bien. Es generosa con sus cosas, aguanta bien las drogas y sabe escuchar. No es ni muy guapa ni muy fea. Un punto medio. Nariz grande, orejas pequeñas, cutis un poco descuidado, pelo corto sin apenas canas. Viste bien y huele bien. Su rasgo más llamativo es su boca, tiene unos preciosos dientes blanco marfil y unos labios sensuales acentuados por el típico lunar a lo Marilyn. Es bajita y musculosa, da la impresión de tener un cuerpo sólido, ojos verde oscuro y piel con tendencia al amarillo. Casi siempre lleva vaqueros y botas, alternando las camisas a cuadros con las camisetas y jerséis de cuello bajo. Por lo general, ropa ancha, monocromática, tonos suaves.
Sale de la ducha, se pone el primer vaquero que encuentra y una camiseta de manga larga color borravino de la marca unaluna en la que se puede leer:
TRANS
FUGAS
DEL PATRIARCADO
Jersey de cuello alto gris, calcetines de lana fina, botas de cuero negras. El frío de los primeros días de enero es estricto en cuanto a la indumentaria de los transeúntes, piensa Nat.
La consulta de la doctora Camino es diferente de las consultas de las otras médicas que trabajan en ese ambulatorio. Camino decora sus diez metros cuadrados con dibujos y fotos de árboles. Almendros, brezos, cinamomos, espantalobos, fresnos, granados, laureles, madroños, olmos, pinos, robles, sabinas. En ese espacio, mientras espera a que la médica revise en el ordenador su breve historial antes de empezar a hablar, Nat piensa en lo que se parecen las copas de los árboles a todas nuestras células. Se siente chopo y mira a la doctora desde su copa. Es un chopo grande que está cerca de un río, brilla al sol llena de hojas y el viento le hace temblar y cambiar de colores.
La doctora tiene una cara distinta ese día. También está cerca del río, mira al chopo seria y habla. Nat se hizo una analítica general hacía un mes, de manera rutinaria; suele hacerlo todos los años. Siendo flexivegetariana, para ella es una manera de controlar su cuerpo. Los árboles no comen carne, doctora.
—Natalie, ¿entiendes lo que te estoy diciendo?
Nat ha dejado de escucharla, habla muy rápido, hace mucho viento. Pasan unos segundos, empieza a oírla, pero no la entiende.
—Hasta la fecha, solo hay documentado un caso de una mujer que lo contrajera en una relación con otra mujer. Era una joven canadiense y digo era no porque haya muerto, sino porque debe tener casi sesenta años. Con los tratamientos, puedes conservar un buen nivel de vida. Si la enfermedad permanece en la fase indetectable, apenas deberás tomar una o dos pastillas al día. Eso sí, es importante que mantengas la adherencia. Esa mujer, al parecer, se infectó a principios de los noventa. ¿De qué manera? Vía sexual. Desde hacía varios meses, su pareja tenía VIH, lo sabía pero no le dijo nada, y ella se terminó infectando. En tu caso, no sabemos cómo puede haber sido, aunque lo más probable es que se produjera en alguna de las relaciones que tuviste el verano pasado, cuando viniste aquí con el hongo, pero tú eres la que lo puede tener más claro.
El verano pasado, Nat había disfrutado mucho, había sido un verano maravilloso. Ratja estaba en São Paulo, mantenían una relación abierta y Nat había follado como una sáfica; bromeaba diciendo que había sido el mejor verano de su vida.
La doctora continúa hablando del tratamiento, de las pruebas, de la posibilidad de participar en un grupo terapéutico. Le habla de cuestiones éticas, le pregunta si ahora tiene pareja, si recuerda a las personas con las que ha estado desde la última analítica de hace seis meses, con cuántas personas se ha acostado en el último año y medio; sería conveniente que pudiera hablar con todas ellas.
Nat no responde nada, no quiere seguir en la consulta. Las piernas le pesan, mueve los pies, las raíces suenan a rotura al desprenderse, el suelo se abre, el chopo tiene raíces finas, venas llenas de grumos de tierra. Se tiene que ir. La doctora Camino lo entiende, debe darse tiempo, Nat promete volver la semana que viene, no hace falta, la llamarán del especialista.
Fuera, en Ventura Rodríguez, hace sol, apenas es mediodía, entra en el Queers dentro de una hora, esa noche le toca cerrar. Desde el final de Princesa, se pueden contemplar los edificios de la Gran Vía que lucen un gris homogéneo. Nat camina lento. Ratja no puede enterarse de nada de esto, no pueden volver a follar nunca más. En Plaza de España, las palomas le bloquean el paso, no tiene fuerza para encararlas, se desvía para seguir. Ratja seguro que está bien, apenas lo han hecho desde que regresó de São Paulo, lo habían hecho poco y muy flojo, ¿y el resto?, ¿podía estar tranquila?, ¿desde cuándo estaba enferma? No recordaba que la doctora le hubiese hablado de nada de eso, ¿o sí? Le había hablado de la chica de Canadá que fue el primer caso.
El ruido de los coches suena como en diferido en su cabeza. ¿Hasta cuándo se extiende la mala suerte? ¿Hasta cuándo y de qué manera? ¿Tiene algún límite o, una vez que empiezas a pifiarla, la cosa va siempre a peor?
Nat llega al Queers pasados unos minutos de su hora de entrada; no se ha parado a comer nada por el camino, se sirve un ron solo en un vaso chato que se bebe de un trago. El estómago se le revuelve y le brillan los ojos, es un estado parecido al llanto.
Todas las historias hablan de vencedores y vencidos. Al menos es lo que piensa Charlie. Alguien siempre gana y, por lo tanto, alguien siempre pierde. La vida es un ejemplo permanente de esto. Su padre se lo había explicado hacía muchos años, cuando él apenas era un niño y su padre aún le hablaba. El pequeño Charlie, al principio, no lo había entendido. Miraba al conductor de autobuses, a la señora de la tienda de helados, a su maestra, al panadero o incluso a su propio padre, y no podía dilucidar si eran ganadores o perdedores. Se hacía un lío. ¿A quién ganaban esas personas?, ¿contra quién perdían? Los videojuegos le fueron ayudando a entenderlo. Las clases de educación física, los exámenes.
Luego su madre murió y Charlie pensó que quizá era eso: su madre era una perdedora.
Se lo preguntó a su padre unas semanas después del entierro. Estaban los dos solos en casa, en el salón de la tele, viendo Crónicas marcianas. Su padre no le respondió, estaba metido en sí mismo, con la mirada ida y el cuerpo medio hundido, como con joroba. José María no le dijo nada y Charlie pensó que ese silencio le daba la razón. Su madre había perdido contra el cáncer. Ahora, ya con treinta y tres años, desde hace cinco trabaja de promotor para una marca de ropa deportiva. Visita tiendas, medianas y pequeñas, y les ofrece sus productos. Les intenta convencer de que su marca es la mejor, la marca de los ganadores.
Charlie tiene buena presencia, y por eso vende más que otros de sus compañeros: piel blanca, pelo negro y lacio, altura media, nariz recta y larga, un poco respingona, ojos también negros brillantes y unas pocas pecas en las mejillas. Tiene un aire seductor que les pone a las tías. Su otro punto fuerte es su cuerpo. Pectorales hinchados, brazos musculosos y un culo durísimo.
A finales de año, los vendedores que más se aplican reciben su recompensa. Se van de viaje durante una semana a destinos paradisiacos. Así, Charlie había conocido Bora Bora, Ankara y Bayahibe, y este año estaba convencido de que conocería Madeira.
Se lo había dicho a Chema la última vez que comieron juntos, pero su padre, desde hacía tiempo, no parecía ilusionarse con nada. Su padre también era un perdedor, le habían prejubilado en el banco, no había sido capaz de ascender en sus treinta años trabajando para la entidad. Ahora anda con ropa gastada, no provoca ningún respeto cuando habla, parece que está siempre triste o con miedo, para Charlie es difícil diferenciar un sentimiento de otro, su padre habla bajo y parece que ni a él mismo le importa lo que tenga que decir.
Charlie es el único de su familia que se ha salvado, no le ha resultado fácil. Todos los días lucha por ser quien es, ahorra todo el dinero que puede, va al gimnasio, cuida su alimentación y su imagen, solo se relaciona con amigos que tienen dinero, que están bien posicionados socialmente.
Quizá su novia sea el único aspecto mediocre de su vida. Desde hace siete meses, sale con Leda, una niña pija de izquierdas que está estudiando su segundo máster. La conoció al poco de que le dejara el amor de su vida, una arquitecta pibón que a las semanas de ser destinada a Catar cortó la relación con Charlie en cuanto este le hizo la primera visita. Fueron diez días de mierda en Catar, con lo cara que es esa ciudad y lo inhóspita que resulta para el que es de fuera. A Charlie lo dejaron en mitad del desierto y las heridas del amor generan efectos inesperados, los cuerpos se descolocan, pierden su sentido. Se quedó muy tocado tras esa ruptura y Leda entró en su vida por esa herida, contra todo pronóstico.
De entre todas las cosas que posee, realmente la que más le pone a Charlie es su coche, se la pone ladrillo. Le pisa fuerte por la A6, escucha violines y él sabe que está volando. Al Audi, Charlie le llama su Sultana. Fue de las primeras cosas que se compró cuando empezó a manejar dinero. Conduciéndolo de camino a Boadilla, piensa que su esfuerzo ha merecido la pena, está donde tiene que estar. También está lleno de rabia. Siente una rabia cada vez más pronunciada por todos los que no han llegado donde él, rabia hacia casi todo el mundo. Por las mañanas, muchos días le sangran las encías. Andando por la calle o en los atascos, se imagina golpeando a la gente y, si bebe un poco de más o se mete algo de coca, le resulta cada vez más difícil controlar ese impulso. El otro día le terminaron echando de un bar que solía frecuentar justo por ese motivo. Fueron tres pintas, a la cuarta no podía seguir aguantando las gilipolleces de sus dos vecinos de barra. Primero les había advertido, les había dicho que se rieran más bajito, que le dolía la cabeza. No le habían hecho caso y Charlie había terminado estrellando la cuarta pinta al más enano de ellos. El impacto del vaso lleno de cerveza sobre la cara de ese capullo le había parecido espectacular, la espuma por la frente, el labio medio abierto, la encía sangrando. El idiota se había quedado noqueado y Charlie le intentó rematar con un gancho, pero el dueño del bar se abalanzó sobre él y lo echó a trompicones. El capullo sangrante le intentaría denunciar al día siguiente, pero nadie en ese bar sabía el nombre exacto de Charlie, era imposible que pudiera pasarle nada y, aunque le denunciara, se la sudaba lo que pudiera suceder con esa denuncia. Él había hecho un bien a la sociedad. Le daba igual no volver nunca a esa bazofia de sitio.
Esas situaciones, los cristales rotos, le dan la vida. La noche del bar terminó yendo a casa de Leda, había follado con ella con todas sus fuerzas, apretándole las caderas, no soltándola aunque ella le dijera que fuera un poco menos brusco. A Charlie nunca le han frenado las lágrimas.
Los miércoles no suele haber mucha clientela en el Queers, es un día flojo. A Nat le gusta trabajar estos días porque puede poner música tranquila y tiene tiempo para hablar con las clientas. De jueves a sábado, el Queers es otra historia. Tienen conciertos, «Las noches en vivo del Queers», y luego sesión de DJ. Pueden estar hasta seis camareras currando y no dan abasto. Normalmente, los miércoles trabaja con Claudia hasta las once, luego se queda sola hasta las doce que echa el cierre. El Queers tiene una zona de mesas bajitas con lámparas rojas y sillas afelpadas que llaman el living y una zona de baile. Hay dos barras, una detrás de las mesas y otra al lado de la pista. Esta noche, Nat está en la barra del living.
A las once en punto, Claudia cierra su barra y se acerca a despedirse de Nat, le da un pico y se chocan las manos. Clau le desea que pase una noche de perras y Nat la ladra. Las dos se ríen.
En la pista hay un grupo de tres chicas que parecen francesas y no paran de hablar, otro grupo de amigas un poco más serias y dos o tres parejas que se están dando el lote y apenas bailan. Sentadas en el living, hay un grupo de siete Sabias, lesbianas veteranas, que conversan animadamente sobre la última manifestación del 8 de marzo y los cambios que están notando con el auge del movimiento. María, Caren y Emilia están en la barra del living y charlan con Nat.
Nat se siente a salvo trabajando. Se siente tranquila detrás de la barra. Además, hoy le gustan las tres clientas con las que está hablando, son tías interesantes, a Caren y a Emilia las conoce desde hace años, son de la misma quinta y antes de que Nat trabajara en el Queers, habían coincidido muchas noches saliendo por lugares de ambiente.
