Bonita Luxemburgo - Sebastián Suñe - E-Book

Bonita Luxemburgo E-Book

Sebastián Suñe

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Beschreibung

Lucio decide abandonar su pueblo después del escándalo con el Matías. Pero como no tiene plata ni para el colectivo, debe quedarse un año más trabajando de lo que sea mientras junta dinero y valor para contarle sus planes a su abuela Mercé, la mujer que lo crio. En julio del año 2000 llega a Buenos Aires. Viaja por primera vez en subte, mira a los hombres sin ninguna culpa y tiene la certeza de que nunca se sintió tan feliz, tan caliente y tan solo. El encuentro con la Shulia, un hada madrina en versión drag, le presentará una nueva realidad que lo vestirá de lentejuelas y lo bañará de purpurina. Bonita Luxemburgo no es una novela sobre salir del armario, pues Lucio nunca estuvo dentro y porque en la vida de un muchacho gay hay otros momentos mucho más importantes que ese que parecen exigir los demás. Bonita Luxemburgo es una de esas novelas de formación, en las que un jovencito conoce el valor de la osadía, aprende a cachetazos, se descubre en la calentura y en el orgasmo y, sobre todo, se reconoce al concretar aquello que en secreto anhelaba. Con una gran capacidad de observación, cariño por sus personajes y buenas dosis de ternura y sensualidad, Sebastián Suñé ha escrito una historia destinada a permanecer durante mucho tiempo en nuestra memoria. «Le digo [a Seba] que por eso es importante la publicación de esta novela suya. Que por eso lloré cuando la leí, porque me sentí querida y entendida y feliz y amparada. Le doy las gracias por habernos escrito así, por habernos defendido con esta Bonita Luxemburgo lúcida y conmovedora, que nos lleva de las lágrimas a las risas, de la indignación al amor, del alivio al orgullo» (del prólogo de Flavia Company).

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Seitenzahl: 215

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Bonita Luxemburgo

Editorial Dos Bigotes

Bonita Luxemburgo

Una novelita maricona

Sebastián Suñé

Prólogo de Flavia Company

Primera edición: mayo de 2023

Bonita Luxemburgo© 2023 Sebastián Suñé

© del prólogo: Flavia Company

© de esta edición: Editorial Dos Bigotes, s.l.

Publicado por Editorial Dos Bigotes, s.l.

www.dosbigotes.es

isbn: 978-84-126535-4-0

Depósito legal: M-14519-2023

Impreso por Ulzama

www.ulzama.com

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Bonita Luxemburgo es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

A todas las Mostras que he conocido y que,

generosas y divertidas como nadie,

me han señalado el camino.

«Armar fuegos para que solo alguna parte,

mínima e impredecible, fulgure en la pupila

del otro apenas un instante. Imposible saber

qué otro. Imposible saber qué parte».

Federico Falco, Los llanos

Prólogo

La obediencia es complicidad

Nos vamos con Seba a tomar unas cervezas. Buenos Aires, fines de verano. Le digo que quiero hablar del prólogo de esta novela. Hablar para el prólogo de esta novela.

Seba es amigo mío —fue mi alumno en el máster donde inició la escritura de Bonita Luxemburgo, bajo otro título; es actor y director y autor teatral; es abogado y casi químico—. Seba y yo somos amigues del alma. Y somos les Brashan, pero esa es otra historia, o tal vez es la misma, pero habría que dar un rodeo muy grande para incluirla y mejor vamos a centrarnos en lo que acá nos ocupa.

Nada más sentarnos le digo: «Estuve pensando que la renuncia a vivir la propia homosexualidad es no solo obediencia al heteropatriarcado, sino complicidad con su sistema; es una traición, a una misma y a todes les que luchamos por nuestros derechos. Es como quien va a trabajar cuando se acuerda una huelga». Seba sonríe, da una pitada al cigarrillo y contesta: «Totalmente, es preferir las condiciones que te ofrece el entorno, comprometerse con sus normas, dar prioridad a las supuestas comodidades. Es el miedo, es la búsqueda del aplauso, es no atreverse a caminar hacia lo desconocido, es no arriesgar».

Le cuento entonces que recuerdo que mi mamá, cuando le dije que era lesbiana, allá por mis trece años, quiso asustarme y, para ello, utilizó la metáfora de dos caminos que comenzaban en un mismo punto pero que se alejaban a medida que avanzaban, que llegaba un momento en que era muy difícil cambiar de ruta, que lo recorrido pesaba de un modo irreparable. «Qué barbaridad», me dice Seba, «puro chantaje, sí, a eso se dedican los familiares y algunas amistades cuando se enteran, a asustarte, a amenazarte con infiernos variados. Lo cierto es que funciona como decía tu madre, pero en las dos direcciones. Hay gente homosexual que miente y pretende ser lo que no es. Arman una familia heteropatriarcal y de pronto un día se despiertan y se dan cuenta de que tienen una sola vida y de que ya se les pasó más de la mitad, de que no van a haber vivido sus vidas, sino las dictadas por quienes les ofrecieron ventajas sociales y económicas a cambio de su anulación. Un día, de golpe, son conscientes de que es imposible volver a empezar y que lo acontecido es irreversible. Yo de muy jovencito rezaba por volverme hetero —se ríe, da un trago a la cerveza, apaga el cigarrillo—, la presión en mi pueblo era desmedida. Cuánto me alegro sin embargo de haberme sido fiel, de haber sido coherente con mis sentimientos y mis deseos y mis intuiciones, de no haberme metido en la cárcel de la impostura».

«De haber empezado a ser libre desde el principio», le digo yo. «Una mira para atrás desde acá y siente ese descanso, ¿no? Como de haber estado escalando una montaña empinada, hasta arriba del todo, y llegar tan llena de oxígeno y de fuerza y de certeza; de serenidad, de coincidencia. Yo la verdad que nunca quise ser hetero, pero muchas veces me maltraté por no serlo. Superar la batalla que me presentó mi familia, no obstante, es muestra de mi tenacidad y de mi profunda convicción de que no debemos engañarnos ni engañar para encajar. Aceptar quiénes somos y mostrarnos es la más revolucionaria de las militancias».

Seguimos hablando. De los insultos recibidos, de la falta de modelos, de la necesidad de referentes, de la mirada de les otres, de eses otres que son como una. Le digo que por eso es importante la publicación de esta novela suya. Que por eso lloré cuando la leí, porque me sentí querida y entendida y feliz y amparada. Porque nuestra lucha sigue y cada una de nosotras es importante. Porque cada eslabón que se traiciona, nos traiciona y rompe la cadena y debilita su fuerza. Le doy las gracias por habernos escrito así, a todes, por haber descrito el camino que hay que elegir para ser nosotres mismes, por habernos defendido con esta Bonita Luxemburgo lúcida y conmovedora, que nos lleva de las lágrimas a las risas, de la indignación al amor, del alivio al orgullo.

«Gracias a vos, tío Brashan», me dice Seba. «Sos un amor, tía Brashan», le digo yo.

Y la razón por la que nos llamamos así queda para otra historia, porque ahora habría que dar un rodeo muy grande para incluirla.

Flavia Company

Febrero de 2023

—Un día nos vamos a ir de este pueblo de mierda, ya vas a ver —me dijo la Mariana bajo la sombra del aguaribay, el único árbol verde en el baldío de la viuda Jiménez. Como todavía yo no había sido marcado, no entendí lo que me estaba diciendo. Tuvieron que pasar dos semanas para que sintiera en carne propia la necesidad de querer escapar.

Era mediados de enero y el pueblo ardía, pero nosotros preferíamos saltarnos las siestas y dedicarnos a fumar. La Mariana ya había terminado la secundaria, a mí me faltaba un año todavía.

—¿O vos no tenés ganas de irte al carajo y hacerle fakiu a toda esta gente bruta? —Y encendió el primer cigarrillo.

Nos habíamos hecho amigos en los recreos de la escuela primaria. Éramos los solitarios que aprovechábamos esos momentos para leer. «Ahí están otra vez los bichos raros. La morocha y el rusito, el dúo de los callados», nos decían cada día. Se habían armado ese versito y lo repetían a los gritos.

—Porque ¿qué chances te quedan acá? Casarte, parir unos hijos y engordar. Hacerte una pelota humana de grasa y, con suerte, morirte de un ataque al corazón.

Casarme y tener hijos no estaba en mis planes. Morirme, tampoco.

Fumaba con avidez de adulta y eso que tenía solo diecisiete años. Prendía un pucho detrás del otro. Derby suave corto, como los que fumaba la Mónica, su mamá. Uno, si era menor de edad, no elegía la marca de cigarrillos que quería, sino que copiaba la de los mayores para que nadie sospechara. En el pueblo había que tomar los recaudos necesarios para que no se enteraran de lo que uno no quería, pero casi siempre las cosas se acababan sabiendo. Era frondosa la chismografía del pueblo, como la arboleda del camino al río, que se mantenía viva y verde gracias a la lluvia y a los misterios propios de la naturaleza. Misterios que hacían que algo sobreviviera más allá del cuidado de las personas, como si un orden propio les ordenara vivir y expandirse. Los chismes, como esos árboles salvajes, sabían perdurar.

—Vas a ver, Lucio, nos vamos a ir a la ciudad y allá todo va a ser distinto. Allá la gente no tiene tantos complejos. Como son muchos, cada uno anda con su tema. Allá mi cicatriz no llamaría tanto la atención.

La Mariana nació con labio leporino, que «es una deformación congénita. La mía tiene que ver con que el paladar no termina de estar cerrado, porque cuando somos un feto, una de las últimas cosas que se cierra es la cara», explicaba a quien quisiera escuchar. Se lo contaba cada verano a los turistas que llegaban en busca del ansiado descanso serrano. «Entonces, desde chiquita, me operaron un par de veces para que se me cerrara el paladar y por eso me quedó el labio así, como poniendo cara de tujes», decía y se reía sola de su ocurrencia. Hablaba más con los turistas que con la gente del pueblo.

—En la ciudad nadie me miraría como me miran acá. Ojo, yo sé que tengo el respeto por ser la hija del intendente. Pero es un respeto falso. Yo quiero caminar por la calle y que me miren directo a la cicatriz y no intenten hacerse los que no ven nada, como hacen todos estos hipócritas.

Marito Gorrenechea, su papá, era el tercer intendente peronista que había tenido el pueblo. «Toda una osadía para una provincia anclada al radicalismo. Y así estamos: prósperos en una región que naufraga», decía el Marito cada vez que tenía que dar un discurso, para seguir cimentando la confianza de sus votantes. Y aunque el mar estaba a miles de kilómetros de nuestro pueblo, siempre que podía incorporaba alguna metáfora marina.

De los dos mil ciento veintitrés habitantes que tenía Cortaderas allá por 1997, la Mariana era la única con labio leporino.

El motor del Renault 12 de los Soria, que venía a toda velocidad, inundó el momento de un ruido molesto. Los dos miramos la polvareda que había levantado el coche y permanecimos en silencio unos segundos bajo la sombra del aguaribay.

—¿Y? ¿Cuándo querés que nos vayamos? —me preguntó ni bien apagó el tercer cigarrillo, convencida de que su discurso había surtido efecto.

—No sé, Mariana. Yo tengo a mi abuela acá. Si me voy, se queda sola.

—Todos nos vamos a quedar solos alguna vez.

Siempre directa, como una trompada en la mandíbula.

—Quiero decir que yo ahora no puedo. Me queda todavía un año de secundario, tengo que juntar plata para irme. Yo no tengo la suerte…

No pude terminar la frase porque ella me cortó en seco. Siempre que yo sacaba a relucir su desahogada posición económica, en claro contraste con la mía, ella me interrumpía y dejaba mi comentario por la mitad. Pero, pese a quien le pese, esa era la realidad: ella era la hija del Marito Gorrenechea, el intendente de Cortaderas, y su mamá, la Mónica Quiroga, era la dueña de La Hilandera, la única mercería de todo el pueblo. Nosotros subsistíamos gracias a la comida que mi abuela hacía para otra gente y a la pensión que cobraba de mi abuelo Evaristo, quien, habiendo muerto joven, tuvo el decoro de dejarle una pensión de viudez, de esas que da el ejército. Nunca supe bien cómo murió el abuelo Evaristo, ni qué rango ocupaba en el ejército. No me interesó saberlo. Se ve que a mi abuela tampoco le interesó mucho contármelo. Nosotros respetábamos lo que el otro decidía callar.

Cuando mi tía América estaba viva, la casa andaba mejor. Entraba más plata, porque era muy buena con las tijeras y la máquina de coser. Cosía mucho para afuera, pero también lo hacía para nosotros. En la primaria yo era la envidia de todos (o de todas, debería decir. Y cuando digo todas, me refiero a las madres) porque cada mes estrenaba conjunto, cortado y cosido por las manos de mi querida América. Siempre estaba a la moda y muchas veces varios centímetros por delante, siendo directamente vanguardia.

—¡Eh! Tampoco es para que te enojes y te hagas el mudo —me dijo la Mariana y me devolvió a la realidad.

Me solía pasar mucho eso: la cabeza se me iba para un lugar impensado y dejaba de escuchar. Quedaba sumido en mis pensamientos, regido por una ley extraña, que tenía sus propias asociaciones y que hilvanaba historias y personajes a su gusto. Muchos años después aprendí que esto mismo les pasa a otras personas que escriben (¿debería decir «escritores»? Me cuesta todavía la palabra «escritor». Cierro los ojos, la pienso y veo una estatua de bronce sobre un monolito: he aquí, el Escritor. No, yo estaba muy lejos de todo eso. Era apenas un adolescente tímido que leía con voracidad y escribía a escondidas pequeños relatos con personajes llamativos, como el de la niña enana que leía a Jane Austen bajo la parra del patio de su casa y era espiada por los chicos «normales» de la ciudad… Me está pasando de nuevo. Perdón). Con el tiempo nombré el lugar al que yo solía irme durante esos lapsus. Decidí llamarlo Narnia. Sé que no es muy original, pero tiene su sentido: en Narnia pueden convivir un león, un fauno, la reina de las nieves, unos niños de este mundo y un ropero como portal intergaláctico, entre muchísimas otras cosas. Y todo regido, siempre, por un tiempo propio. Confieso que he pasado largas temporadas en Narnia.

—¿Y? ¿Me vas a responder algo o vas a seguir así, mudito?

—¿Qué me preguntaste?

—¡Ves que no me estás escuchando! —dijo indignada.

—A vos hoy te pasó algo y no me lo querés contar. —Notaba que de verdad algo la molestaba más de lo habitual.

—No es de tu incumbencia.

—Soy tu amigo, Mariana. Si no me contás a mí, ¿a quién?

—No tengo ganas. No me obligues.

—Jamás te obligaría.

—Ya sé. Es mi vieja, que está meta joder con una nueva operación. Quiere que me haga una más antes de ir a la ciudad, una más para ver si mejoran el labio, y a mí eso me da mucha bronca… Sabe que no quiero. No entiendo por qué es tan pesada. Que se opere ella si tanto le gusta. Que se ponga las tetas de una buena vez y me deje en paz con mi tema. Yo soy esto, si no le gusta, que no mire —dijo, dando por terminado ese tema dentro de la conversación—. ¿Y ahora qué hacemos?

—¿Y si espiamos al Matías?

—No sé qué le ves a ese tipo. Yo no quiero andar trepándome por los paredones para verlo con esa mallita. Prefiero irme a leer con el ventilador. —Y se fue caminando con paso decidido a su casa, que estaba a dos cuadras del baldío, sobre la vereda de enfrente.

Me quedé solo. El calor de la siesta acompañaba el ritmo de mis hormonas y lo que más deseaba en el mundo era trepar ese paredón y poder espiarlo. Hacía ya unos meses que lo había descubierto y cada vez que podía, me regalaba ese gusto.

El Matías era el hijo de la Marinés García, la almacenera de la calle Alsina, que se pasaba casi todas las siestas tomando sol con una mallita diminuta. En el pueblo nadie usaba una mallita tan chiquita, es más, era imposible encontrar dónde comprarla. «Se la debe haber traído de la ciudad», especulaba la gente. Porque eso también se hacía mucho en el pueblo: se especulaba. Se podría decir que las tres grandes actividades pueblerinas eran: mentir, esconder y especular.

El Matías García tenía veintitrés años y, como muchos en Cortaderas, había abandonado la carrera universitaria que sus padres con tanto trabajo intentaban pagar, para hacer nada. «Es que la ciudad no era para él», decía la Marinés cada vez que le preguntaban en qué andaba su hijo Matías. «Le iba bien. No era una luz en la parte de los cálculos y en la química, pero le gustaba mucho la carrera. Se ve que la ciudad no era para él. Vio, doña Mercé, que hay lugares para cada uno en este mundo, ¿no?», le dijo una tarde a mi abuela. Habíamos ido juntos a comprar dulce de leche para terminar la torta de cumpleaños que estaba haciendo. No me acuerdo de quién era el cumpleaños, pero sí del comentario de la Marinés: «Hay lugares para cada uno en este mundo». Lo cierto es que el Matías García, desde que dejó la carrera de veterinaria y volvió al pueblo, muy pocas veces ayudaba a su madre a atender el almacén. Se pasaba la mayor parte del día jugando al tenis, tomando cerveza con sus amigos y disfrutando del sol furioso de la siesta en su malla diminuta.

Bajé por la calle Yrigoyen hasta General Roca, doblé a la derecha y de ahí una cuadra por la vereda de baldosas grises acanaladas, hasta llegar a la esquina. Apenas doblando sobre Alsina estaba el paredón que me separaba del Matías.

Miré a un lado y al otro y supe que estaba solo. Con la mano derecha me agarré de un ladrillo que sobresalía y que me permitía hacer palanca para comenzar a trepar. Era una construcción de dos metros y medio sin revocar; no era mucha altura, pero había que ponerle algo de destreza. En silencio llegué hasta la cima. Asomé apenas la cabeza y lo vi, estaba acostado boca arriba, sobre el pasto, sin toalla ni lona, con los ojos cerrados para no encandilarse.

Tenía los pectorales peludos y una pequeña línea de pelos que bajaba por el centro del pecho hasta el ombligo y desde ahí hasta perderse en la mallita. Estaba casi dorado de tanto sol. Las piernas largas, flacas y musculosas. Parecía dormido. Respiraba calmo. Un tábano se le posó en el hombro derecho y con la mano izquierda atinó a matarlo. Unos segundos después se giró boca abajo. Asustado por el movimiento, me agaché para evitar que notara mi presencia. Cuando levanté la cabeza para seguir espiándolo, estaba acostado boca abajo, con la cara mirando hacia el paredón en el que yo hacía equilibrio. Con la vista recorrí los brazos que le servían de almohada, su mata negra de cabellos gruesos, los hombros anchos, la cintura pequeña, la curva pronunciada en la parte baja de la espalda y un culo grande y redondo, que parecía querer explotar el traje de baño.

Me puse colorado. Estaba teniendo una erección.

Miré a un lado y al otro, para chequear que nadie me estuviera viendo trepado al paredón, en plena actitud sospechosa y, para colmo, con la pija parada. Un perro negro, seguramente el de los Ricardi, dormía a la sombra de un siempreverde. Ningún humano me veía, podía seguir.

Volví los ojos hacia donde estaba mi bello durmiente y casi me caigo al piso del susto: el Matías me miraba fijo. Era una mirada calma, pero fija. No sabía si bajarme del paredón y salir corriendo, si esconder la cabeza pidiéndole disculpas o si mentirle diciendo que se me había caído algo del otro lado. Decidí callarme y sostenerle la mirada. Nos miramos un rato largo, en silencio. El Matías giró todo el cuerpo hacia el paredón, metió la mano dentro de la mallita y comenzó a acariciarse. Mi corazón era el mismísimo tamborcito de Tacuarí, tenía la boca seca y la respiración alta y rápida.

No sabía qué tenía que hacer. ¿Saltar el paredón y mostrarle que yo también estaba igual? Solo pude quedarme quieto y mirarlo hacer.

Se paró y caminó tranquilo hacia el paredón. Desde su lado el terreno era más alto, por eso no le costó ningún esfuerzo acercarse hasta donde yo estaba. Caminó sigiloso y decidido los metros que nos separaban, sin dejar de mirarme fijo ni de tocarse la pija parada bajo el diminuto bañador. Cuando estuvo cerca de mi cara, se acercó a mi oreja y con voz casi susurrada, me dijo: «Acá no. Mañana a las tres te espero en la arboleda del río. Pero es un secreto esto, ¿sabés?». Solo atiné a mover la cabeza afirmando. «Y ahora, chau», me dijo y yo obedecí: bajé del paredón, me acomodé la pija para que nadie notara que estaba excitado y caminé la cuadra y media que separaba nuestras casas. Los dos vivíamos sobre la calle General Roca: mi abuela y yo al 452 y Matías al 598, haciendo esquina con la calle Alsina.

Entré a casa, fui directo a mi cuarto y me recosté en la cama. Cerraba los ojos y recordaba lo vivido y me parecía que era la vida de otro. Mañana tenía una cita con el Matías. Mañana iba a poder tocar todo lo que hoy solo había podido mirar. Con los ojos cerrados recordé ese pecho, la hilera de pelos perdiéndose en el bañador y me dediqué a disfrutar de mi hazaña en el mayor de los silencios, no quería despertar a mi abuela de la siesta. El cuerpo se me tensó una, dos, tres veces. Cuando la respiración volvió a ser serena, me limpié con un pañuelo de tela azul que tenía bordadas mis iniciales y me dormí.

Suena el timbre.

Me levanto con cuidado para que los puntos no me tiren.

Camino hacia la cocina despacito, como un nene asustado en la noche. No es por miedo que lo hago, es por el dolor.

Atiendo el portero eléctrico y escucho: «¿Tiene ropita para dar?». Respondo que no sin pensarlo y cuelgo.

¿Por qué le dije que no si tengo un montón de remeras que ya no uso?

Levanto el tubo para decirle que me espere, pero no lo hago. Por la ventana veo a Hechicero26 desnudo en su balcón, regando las plantas. Le encanta hacer todo desnudo: cocinar, regar, limpiar, yoga. El culo bien hacia la ventana en la postura del perro es una imagen recurrente.

Me gusta mirarlo sin que sepa que lo estoy viendo. Es flaquito pero con algo de panza. Canoso con corte moderno. Cuando está vestido prefiere usar babuchas coloridas. Es un lindo espécimen. Hay en el barrio muchos como él: modernitos descontracturados que usan zapatillas de basquetbolistas y remeras de animé japonés, o ropa vintage comprada en ferias americanas que mezclan con pantalones cuadrillé. El barrio está atragantado de ferias americanas, de restaurantes gourmets y diseñadores alternativos, para que los modernitos se sientan atraídos y aten amarras en esta zona de la ciudad que ahora se presenta pujante y a la moda.

Hechicero26 mueve las macetas de un lado al otro del balcón. Tiene divinas las plantas. Es dedicado. Se detiene. Se seca la transpiración con el brazo, pone la mano como visera y mira hacia donde estoy. Levanta el brazo en voluntad de saludo. Pego todo el cuerpo contra los azulejos de la cocina.

La concha de la lora, me vio. Voy a tener que dar la cara. Sí, va a ser lo mejor. Quizás hasta me hace la gauchada y me compra los remedios.

Más tarde.

Sí, más tarde le escribo.

A las nueve de la noche, cuando mi abuela Mercé me gritó desde la cocina que ya estaba la cena, me desperté. Comimos los dos en silencio, hipnotizados por la pantalla. Mi abuela amaba las telenovelas de la noche. Ese año la novela estrella era Alén, luz de luna.

El argumento era bastante inusual porque no había una protagonista femenina definida, sino que eran muchas las mujeres que se disputaban el amor de Gustavo Bermúdez. A mí no me parecía tan lindo Bermúdez como para que tantas mujeres se pelearan por su amor, pero a mi abuela le encantaba. «Es tan mono el chico este», decía después de cada escena en la que aparecía el galán.

El gran personaje femenino de la historia no era la heroína, sino el de la madrastra (sí, así de originales suelen ser los guiones de las telenovelas argentinas). Lo interpretaba Silvia Montanari, que hacía de una mala malísima. Sus escenas siempre eran las mejores y, como ya estaba bastante operada de la cara, sus gestos eran mínimos. Toda la intensidad de su interpretación estaba en la voz y, por suerte, la Montanari sabía decir bastante bien sus parlamentos.

Casi todo ocurría en la Patagonia y eso le sumaba otro atractivo: un escenario natural que nos parecía exótico, en contraposición con nuestro pueblo minúsculo y seco. Alén, luz de luna fue la novela que, después de La extraña dama, había logrado atraparnos por completo.

Varios años después descubrí que en Capital Federal a Alén, luz de luna la veían a la siesta, y que la habían estrenado un año antes. Solía ocurrir mucho eso de que al interior del país las cosas llegaran vencidas o caducadas. Si querías novedad, tenías que ir a Capital Federal, porque todo en el interior era rancio y viejo.

Vuelvo a la telenovela.

En mi provincia, a Alén, luz de luna la pasaban a la noche, porque así lo habían decidido los que tenían la licencia de televisión para repetir los programas. Habían comprado la novela entera para repetirla mediante su propia señal, decidieron que era una novela para la noche y llenaban los espacios comerciales con pauta publicitaria propia. No me imagino mirando Alén, luz de luna a la siesta. La maldad de la Montanari quedaría casi como un dibujito animado. No. Esa novela era, claramente, para las nueve de la noche.

—Qué ganas de ir a conocer la Patagonia. ¿Será así como en la tele? —dijo mi abuela, ni bien terminó el capítulo.

—En vivo debe ser más linda. Un día vamos a ir. —Levanté los platos y me puse a lavar.

—Mañana tendrías que cortar un poco el pasto del fondo, que si no, nos va a tapar.

—¿Puede ser el jueves?

—¿Pero no tenés un ratito mañana? No estás haciendo nada. Te pasás todo el día con la chica esta, hablando, y cuando te pido un favor…

—¿Hay nafta para la máquina?

—Sí, me fijé en el galpón y todavía queda un poco en el bidón; total, para lo que hay que cortar, alcanza. Pero no lo hagas muy tarde que si no, se van a quejar de que hacemos ruido.

—No sé pará qué vivimos en un pueblo si al final…

—¿Pasa algo? —me interrumpió mi abuela.

—No.

—Pareciera que sí.

—Me voy a dormir, que estoy cansado. —Puse el último plato a secar y