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Botón es un perrito que el azar quiso que se cruzase en el camino de Luis Gutiérrez, nuestro autor. A través de una serie de reflexiones tan sensibles como lúcidas, conoceremos a Botón, su relación con el autor y el filtro por el que pasa la vida. Una historia tan sencilla como emotiva, tan particular como universal, tan íntima como trascendente.
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Seitenzahl: 48
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Luis Gutiérrez del Arroyo
Saga
Botón
Copyright © 2015, 2022 Luis Gutiérrez del Arroyo and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728372401
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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Botón es un perrunchete. No todos los perros lo son. Hay algunos grandes, incluso muy grandes, y otros diminutos. El tamaño de Botón es el adecuado. El adecuado para ser un perrunchete. Más bien pequeño. Es blanco, con mucho pelo rizado; tiene las patitas muy cortas, de manera que su tripa va cerca del suelo, y si hay hierba mojada en el parque, vuelve a casa empapado. Por la calle nos mira cada pocos pasos, comprueba que va acompañado. Es muy cariñoso.
Pertenecía a una familia que decidió comprar un segundo perro y, entonces, por capricho, dejaron de quererle, y pensaron que lo mejor sería abandonarle. Lo mejor para ellos, claro. No hubiera sobrevivido solo, el pobrecillo; tendría que buscar comida en las basuras, y no sabría cruzar las calles, entre tanto coche, sin que le atropellaran.
María, una niña monísima, amiga de esa familia, dijo que se lo dieran, que ella le buscaría nuevos dueños. Eso fue la salvación de Botón. Como María ya tenía dos perros, se lo llevó a casa de su tía Ángela, para que pasara allí la primera noche, al menos. Ángela lo vio entrar, Botón llevaba una pelotita en la boca, el único juguete que pudo sacar cuando le echaron; los antiguos dueños no le habían tratado bien, el niño le hacía rabiar quitándole sus cosas, y Botón se ponía nervioso, gruñía y se hizo posesivo. Además de la pelotita, venían en una bolsa dos jerséis y dos capitas impermeables, con corchetes, para los días de lluvia.
Ángela colgó el collar y la correa detrás de la puerta de la cocina, y le puso una toalla en el suelo, debajo de la mesa, para que pasase la noche. Pero al verlo tan silencioso y quieto, al mirar la incertidumbre en sus ojillos negros, humildes y agradecidos, lo adoptó.
No le cambió de nombre, sigue llamándose Botón. En unos certificados lo dice. Le sienta muy bien, no sabemos por qué se lo pusieron. Pensamos algunos motivos, pero ninguno está claro.
Botón se ha quedado a vivir en la cocina de Ángela. Además de la toalla, tiene ahora una camita blanda, de esas que venden para que duerman los perros sin pasar frío, con barandillas de tela gorda y huesos pintados. Se mete dentro, y así evita las corrientes de aire que van a ras del suelo.
Desde la cocina, sale a ver qué está sucediendo en el resto de la casa. Es muy curioso, todo lo mira fijamente. Un señor dijo, en la calle:
—Este perro se queda “mirandito”.
Y es verdad. Si tuviera apellido, se llamaría Botón Mirandito.
Le gustan mucho las toallas, lo que más. Todas las considera suyas, las coge con los dientes y las arrastra hasta donde están sus juguetes. Algunas ya son suyas, definitivamente. Pero hay que convencerle de que las demás no son para él.
Tiene una a los pies de la cama de su dueña, y allí va a dormir casi siempre. A veces, empuja su camita con el hocico, por toda la casa, y la deja allí también, para dormir más cómodo a su lado. Duerme toda la noche, sin molestar a nadie.
Cuando voy a casa de Ángela, se pone muy contento; oye el timbre, ladra varias veces muy excitado, da saltos y se alza en dos patas, apoyándose en mí para recibirme. Me siento en el suelo del pasillo, y él se tumba boca arriba para que le acaricie la tripa, y cierra los ojos, sabe que no tengo prisa y vamos a estar así mucho rato.
Suelo llevarle algún regalo: pelotitas pequeñas blandas o muñecos que pitan, con colores chillones. Lo pongo siempre en una bolsa de plástico blanco, para que él la reconozca y sepa que será otro juguete. Salta al verla, para alcanzarla, y se asoma dentro, muy obcecado, para coger lo que contenga. Ya no lo suelta, porque es suyo. Y gruñe si alguien se lo intenta quitar. Al poco rato, me lo da para que se lo tire por el pasillo, corre a buscarlo y lo trae. A veces, es tan rápido que lo coge en el aire antes de que caiga. Cuando se fatiga de repetirlo, se tumba a descansar, sujetando el nuevo juguete entre las patas, y lamiéndolo para sentirlo propio.
Si tengo que hacer allí algún trabajo casero, como colgar un espejo, un estante o ensamblar un armarito, viene a ayudarme. Está muy atento a todo lo que hago, me mira desde su poca altura hasta donde yo esté subido; dentro de poco le pediré que me acerque la herramienta adecuada; es muy listo y las va a distinguir enseguida. Al bajarme, apoyo el pie con cuidado en el suelo, para no pisarle, porque se cambia de sitio a cada momento para ver mejor. Le agradezco la buena voluntad que pone en su ayuda:
—Botón, ya hemos terminado este trabajo.
Ve que volvemos a las caricias, y dejamos los martillazos y el taladro, tan molestos.
A Botón lo que más le gusta es salir a la calle y pasear.
—Botón, ¿vamos a la calle?
