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Rosa es una señora feliz. Jubilada de una de las pasiones de su vida –enseñar matemática a «sus pichoncitos» en el colegio–, vive sola en un departamento lleno de luz que da a la calle, visita con regularidad a su médico de cabecera y se preocupa por su vecina Norma, que tiene unos años menos que ella pero peor salud y bastantes más angustias. Aunque nunca se casó, tuvo varios novios, a quienes le gusta recordar con lujo de detalles. Quizás el gran amor de su vida haya sido, y todavía sea, Sandro: adorablemente vanidosa, a veces se emociona fantaseando con que el cantante también se enamora de ella. Tiene buena mano para la cocina, la pone contenta recibir noticias de sus alumnos y, sobre todo, disfruta de un don que no oculta a nadie: puede hablar con las flores y los pájaros. Budín del cielo propone algo totalmente original: una novela sin grandes conflictos ni sobresaltos. Ligera, animada y colorida como sus dibujos, esta nueva creación de la artista y escritora María Luque le da voz a un personaje inolvidable que nos cuenta cómo es habitar un mundo pequeño con la mirada abierta a la belleza, a la sorpresa y a las maravillas de todos los días.
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Desde el balcón vi dos palomas. La hembrita iba para allá y el macho la perseguía. No les daba vergüenza hacer sus cosas enfrente de mí. El macho se le subía y la hembra movía los ojos en todas direcciones. Abría las alas y se acomodaba, parecía molesta. ¿Será grande lo que tienen las palomas? Porque se ponen tan pegaditas que no llega a verse nada. Duró un segundo, después siguieron comiendo las migas que les dejé. No sé si en ese ratito llegan a hacer un huevo. A lo mejor se le tiene que subir varias veces. No me gusta que armen los nidos en mi ventana. Me encariño con los pichones y si después no nacen fuertes se mueren. A veces les cuesta aprender a volar y se caen desde los balcones. Piensan que están listos pero no, se dan cuenta en el aire. Las palomas jóvenes sí me gustan. Si mi balcón les parece un lugar romántico para enamorarse yo las dejo.
Rosa, ¿vos sabés reconocer pájaros solo por la silueta?, me preguntó Norma hace unos días.
Ella es más joven que yo, pero tiene pésima salud. Ya no ve nada. Tiene una de esas enfermedades de la vista que te vuelven todo nebuloso. Ve bien solo para los costados. Se asusta con los movimientos, no sabe distinguir pájaros de víboras. Los gorriones saltan, como los sapitos, le dije para calmarla.
Norma está cada vez más miedosa. Su departamento no da a la calle, entonces a veces me toca la puerta. Me pregunta si hay gente, si ya está abierto el supermercado. Y yo le digo sí, Norma, hay personas, la verdulería está abierta, andá tranquila. Ella se esconde billetes en todos los bolsillos. Ya no usa cartera, sale con una bolsa de mandados rota. Dice que mientras más feas mejor, así nadie va a querer robarle. Todo le da miedo: las veredas flojas, los ladrones, la cebolla cruda.
Norma piensa que estoy obsesionada con los pájaros. Dice que antes tenía historias para contarle, romances del edificio, o chismes que me enteraba por la manicura. Mirar pájaros es más divertido que los cuentos de la manicura. Hay chismes en la vida de los pájaros también. Pero hay que estar atenta para entenderlos. Norma no tiene suficiente paciencia, yo me quedo mirando por la ventana y entiendo todo. Si el benteveo tiene un mal día porque no encuentra gusanos me doy cuenta. Canta raro el benteveo cuando tiene hambre. Se posa en la rama más alta del fresno para que lo escuchen en toda la manzana. Habla con los benteveos que están más lejos, les pregunta si ellos consiguieron cosas ricas para desayunar. Después de un ratito los benteveos de la otra cuadra le contestan. Si no pasan muchos autos llego a escucharlos. A veces le responden que ya desayunaron todos, que se están por ir a pasear. Y el benteveo de mi fresno se llena de bronca. Se le inflan los cachetes de la envidia. Baja al cantero y entierra el pico. Bien profundo lo entierra. La hembrita se queda en el nido y se disgusta. Le dice que ya desayunaron los parientes, que se apure. Lo reta desde la rama. Es brava la hembrita, no sabe esperar. El benteveo solo vuelve al nido cuando encuentra algo para llevarle, una lombriz o un escarabajo. Le cuento estas cosas a Norma, pero no le interesan mucho. Dice que yo lo invento todo, que el lenguaje de los pájaros no lo podemos entender.
Llegó una carta del consorcio. Piden plata para comprar pinchos antipalomas. Dicen que la fachada está llena de caca. ¿Servirán esos pinchos? Porque las palomas parecen tontas pero son vivas, se dan cuenta de todo. A mí me gusta que el edificio esté repleto de palomas, su canto me ayuda a dormir. Cuando me acuesto y cierro los ojos, si hay una paloma soltando ese sonido, yo me duermo. Si son varias, cantan al mismo tiempo, como los grillos o las chicharras. No tenemos otro sonido de la naturaleza cerca. Solo se escuchan autos o persianas de locales, ambulancias que pasan.
Más importante me parece comprar una goma para los escalones. Norma ya se patinó una vez, porque ese mármol está muy gastado. No quiero tener que ir al doctor por culpa del piso resbaloso. Aunque a mí me encanta ir al doctor. Todas las secretarias me conocen. Me tratan tan bien. El doctor se parece a Sandro. No es morocho, aunque debe haber sido morocho de joven. Ahora es pelado, pero tiene una cabeza redondita. De las piernas estoy mejor, de la espalda no. Me dijo que es porque paso mucho tiempo mirando para abajo. No puedo tejer más, me lo tiene prohibido. Van a quedar las bufandas sin terminar. Tampoco me deja mirar la novela desde la cama, dice que me está saliendo una jorobita.
Hizo unos dibujos en un papel para mostrarme. Me dijo que estoy encorvada, que esa joroba va a quedarse para siempre si no me siento derecha. Dibujó unos círculos y unas flechas y le dije que me recordaba a las clases de geometría. Cómo me gustaba enseñar los polígonos, hacía unos gráficos hermosos en el pizarrón. El doctor me dijo que entonces pensara en los polígonos, que tendría que pasar la mayor parte del día con el cuello recto. Me recomendó convertirme en un triángulo escaleno: con la mirada bien para arriba y la nuca hacia atrás. Dijo que así voy a dejar de estar encorvada y se me va a borrar la joroba. Pienso que son macanas. Igual me guardé el papel con los dibujos.
Norma no quiso acompañarme a misa, fui sola. No estaba el cura lindo, ahora hay uno que no me gusta. Habla lento y me distraigo. Me quedé rezando por mi cuenta. Sentada desde el banco de la primera fila puedo hacer un triángulo escaleno cuando miro hacia el altar. La iglesia tiene un techo muy alto, entonces los santitos quedan lejos. Tiro la cabeza para atrás, como me dijo el doctor. Pedí que se me vaya el dolor de las piernas y la joroba. También le pedí a santa Lucía que sane a Norma de su problema de la vista.
A la salida pasé por el parque. Hacía frío pero había lindo sol. Me senté cerca de la araucaria y el pasto estaba lleno de cotorritas, comían los restos de un pícnic. Cuando no quedó nada se fueron a las ramas más altas. Ahí arriba tenían sus casas. Llena de nidos estaba la araucaria. Para mirar cotorritas también me vuelvo un triángulo escaleno. Me quedé como un triángulo un rato largo. Algunas cotorras se querían dormir porque habían comido demasiadas migas. Las cotorritas jóvenes no tenían sueño. Me di cuenta después de mirarlas bastante: las jóvenes tenían las plumas más prolijas, más verdes. Gritaban, era un escándalo. Del nido salió un cotorrón que parecía ser el abuelo de todas. Una cara de malo tenía, las plumas medio desteñidas. No sé qué les dijo pero funcionó: las jóvenes bajaron al pasto y se quedaron en silencio.
Qué hermosos mensajes me mandaron mis alumnos, todavía se acuerdan de mí. Se sacaron una foto y me la enviaron. Pero no recuerdo sus nombres. Margarita era la que escribía lindos poemas. ¿La rubia será Renata? Renata era una chica fea. Era burra y fea. Ahora se casó, trabaja en una agencia de viajes y tuvo dos pichoncitos. Había otro que se sentaba en el primer banco. Los ojos claros que tenía, le decían el Siamés. Sigue soltero, tiene una empresa de computadoras. Desde el primer banco me miraba y sonreía, nunca hacía la tarea. Pero tenía esos ojos de siamés y yo le perdonaba todo. A Renata no. Lo que deben ser los hijos de Renata, horribles como ella.
Cuando está nublado no me dan ganas de ir al parque. Voy a dar una vuelta, porque el doctor me dijo que tengo que caminar para que mejoren mis piernas. Pero no quiero ser un triángulo escaleno cuando hace frío. Si estoy temblando no disfruto de mirar cotorritas. Entonces me dan ganas de ser un paralelogramo. Quiero estar en la cama bien tapada, quieta y con las manos al costado del cuerpo. Las piernas las pongo dobladas, inclinadas. Me quedo como un paralelogramo pensando en los ravioles de la cena. En lo ricos que estaban, lo bien que cocinan en la casa de pastas. Usan espinaca fresca, se nota.
Los triángulos son los polígonos con menos lados que puedan existir. Tres lados y tres ángulos, una figura imaginaria perfecta. ¿Cuáles son las propiedades del triángulo? Así empezaba la clase para mis pichones. Algunos me miraban desorientados, no entendían el significado de la geometría. Para que el triángulo exista tiene que haber alguien que lo piense, alguien que lo dibuje. En un papel o en un pizarrón, no importa dónde. El triángulo puede ser el principio de una casa. Un techo estupendo en lo más alto de una estructura rectangular. Por cada diagonal de la casa geométrica podrían caer gotas de lluvia, o nieve, si el invierno fuera muy frío. En el centro del triángulo dibujaría una ventana cuadrada. El triángulo y el cuadrado son buenos amigos. A veces les gusta competir pero en el fondo se tienen cariño. Debajo de la ventana cuadrada podríamos sumar dos más, para que la casa sea luminosa. El cuerpo de la casa, donde viven las matemáticas, podría formarse con todo tipo de figuras: unas ventanas diamantadas, otras con forma de paralelogramo o trapecio. Si los pichones afilan sus lápices pueden pintar esos vidrios de colores. Por dentro, la casa se irá tiñendo de un color diferente en cada habitación. Rojo para el living comedor, azul la cocina, lila el baño y celestes los dormitorios. Es importante que el dormitorio no se pinte de colores saturados, para evitar pesadillas.
Algunos alumnos eran vagos para colorear. El Siamés aseguraba que prefería vivir en una casa blanca, pero yo sabía que en realidad tenía la cartuchera desolada. Los lápices de colores le duraban el primer mes de clases, después los iba olvidando por ahí. Ponele algún color, pedile prestado a tu compañero de banco, le decía. Y el Siamés hacía unas líneas chuecas que intentaban ser ladrillos. Margarita dibujaba las casas más coloridas, agregaba jardines formados por árboles pomposos. Al final de la clase pegábamos las casas geométricas en la pared del salón. Una al lado de la otra se transformaban en una ciudad.
Podaron todos los árboles de la cuadra y los zorzales empezaron a cantar raro. La voz era la misma pero estaba entristecida. Como había menos ramas, la luz de los faroles se notaba más. Apenas se prendieron, los zorzales empezaron a cantar, como si estuviera amaneciendo. Creo que estaban confundidos. Hacían las melodías de la mañana pero a las seis de la tarde. Después de un rato notaron que el sol no salía. A mí se me partía el corazón. Debe ser difícil para el zorzal dormirse otra vez. La cuadra quedó llena de pájaros con insomnio. Les hablé desde la ventana, son faroles, no es el sol, les dije. Y me miraban con esos ojitos. Puse migas en la ventana para que fueran a comer. Entonces con la panza inflada de pan les dio sueño otra vez. Cantaron un poco más, charlaron con los zorzales del árbol de enfrente. Pero ya era un canto de resignación. Cantaron hasta que se quedaron dormidos.
Norma me tocó la puerta furiosa. Como tiene problemas en la vista desconfía de todo. Dice que en la verdulería le dan las frutas más feas, las que se están por pudrir. Me mostró un montón de bananas llenas de abollones. A mí me gusta la banana firme, no esta cosa derretida, me decía. >Yo traté de calmarla y prendí el horno para hacer un budín. El budín de banana me sale delicioso. Le serví té y la dejé quejarse. Todas mis opiniones le molestaban, ella no quería mejorar su día. Quería seguir enojada. Me decía que el verdulero se lo había hecho a propósito y yo le respondía que las bananas son difíciles de transportar. A lo mejor estaban duras cuando te las dieron, pero quedaron abajo de todo en la bolsa y se aplastaron, le dije. Ella se enfurecía cada vez más, no le gustaban mis ideas. Le puse poco azúcar al budín, porque las bananas tan pasadas son muy dulces. Norma me ayudó picando nueces y pedacitos de chocolate. Sentada en mi cocina y conversando se calmó. A ella le gusta mi cocina porque da a la calle. Envidia un poco mi balcón, desde su departamento solamente ve vecinos. Son un montón de ventanas, todas pegaditas, parecen canales de televisión. Cada casa con sus cortinas, sus plantas, algunas son un desastre. Así Norma se enteraba de todo, se pasaba el día mirando a los vecinos. Desde que tiene el problema de la vista no sabe qué hacer con el tiempo. Porque las cosas chiquitas no las distingue y los vecinos le quedan lejos. En cambio la calle está cerca de mi ventana. Ella se pone de costado y mira con el borde de los ojos, como una palomita. Para adelante no ve nada, pero por los costados distingue formas. Le pedí que dejara las migas de las nueces en la ventana, para los gorriones.
¿A vos desde cuándo te gustan los pájaros?, me preguntó Norma.
Yo era cruel con los pájaros. Las palomas se escondían cuando me veían llegar. La casa de mis padres tenía un jardín con flores: pensamientos y conejitos. Árboles no había, pero algunos pájaros iban igual. Mis hermanos eran ya mayores y yo me aburría, nadie quería jugar conmigo. Me divertía con los bichos, pero hacía cosas malas. Juntaba pan viejo y entre las migas escondía tornillos y alfileres. La vergüenza que me da contarte esto, Norma, le dije. Ni al cura en la confesión se lo diría. Ella opinaba que eran travesuras, que todos los niños eran crueles. Me arrepiento tanto, tanto de las cosas que hice. Pájaros no sé si maté, palomas sí. Mamá siempre se quejaba, pensaba que las palomas se morían en nuestro patio por una maldición. Nunca le conté que las mataba yo. Pobres palomitas, me entristece recordar esto. Fui mala hasta que vi algo que me conmovió. Unas palomas habían armado el nido en la medianera. No estaba muy bien armado ese nido, se ve que se había juntado de apuro esa pareja. Ella puso el huevito sobre tres ramas escuálidas. Parecía un nido incómodo y frágil. Apenas se distrajeron las palomas, les tiré el huevo al piso. Primero se dio cuenta la hembra, empezó a largar unos sonidos espantosos. Nunca había escuchado a una paloma hacer ruidos así. El palomo llegó volando y ella le explicaba. Le señaló el huevito roto y el palomo giraba en círculos. Bajaron los dos a mirar el huevo roto y siguieron conversando en el pasto. A ella no se le pasaba la conmoción. En un momento, el palomo se acercó para ponerse bien pegadito. Levantó un ala y la abrazó. Él la abrazaba y ella parecía llorar. No sé si las palomas pueden fabricar lágrimas, pero esa madre lloraba. Me impresionó tanto, me sentí muy mal ese día. Quedé impactada, se abrazaban como una pareja de verdad. Siempre quise encontrar un hombre que me abrazara así, con esa fuerza, como el palomo. Después de ver eso no volví a ser cruel.
Pero ahora también desarmás los nidos, me dijo Norma. Los desarmo antes de que pongan el huevito, le contesté.
Lo que me divertí mirando una pareja de horneros que se querían hacer la casa. Venían a robar tierra. Me dejaron las macetas con huequitos. Les gustaba sacar tierra de los malvones, se ve que era la planta más rica. La tierra se la metían en la boca, la chupaban toda. Se iban con los cachetes inflados, parecían gorditos. La casa la estaban haciendo en el poste de luz. Bajaban a buscar algún charco a la vereda. Ahí escupían la tierra de mis malvones y la volvían barro. No sé si los pájaros tienen saliva. ¿Pueden fabricar saliva los pájaros? El agua del charco les resultaba mejor. Y cuando la tierra ya estaba disuelta volvían a llenarse los cachetes. Subían otra vez hasta el poste de luz para vaciar el barro de sus bocas. La paciencia que tenían me impresionó. Horas me quedé mirando a los horneros. Pero desde el living, porque si estaba en el balcón les daba desconfianza. Mi tierra les encantó, el malvón quedó moribundo. Después tuve que ir al vivero. A la tarde hay un jardinero antipático. No le gusta hablar. Yo quería contarle la historia de los horneros pero no le importaba nada. Sola hablaba, mientras él miraba el celular. Qué maleducado que era, maleducado y feo. Me vendió una bolsa de tierra muy gruesa. Le puse al malvón hasta rellenar la maceta. Pero esa tierra gruesa no les gustó a los horneros. Nunca más volvieron.
Norma piensa que necesito una reposera. Le mostré el papel con los dibujos que hizo el doctor. Me dijo que la reposera es un triángulo escaleno natural, que si me siento en esa posición el triángulo va a ser perfecto. Las reposeras ahora son de aluminio, no pesan una tonelada como antes, opinó Norma. Entonces podría caminar las dos cuadras hasta el parque y estaría cómoda para mirar las cotorritas. Porque cuando me reclino en los bancos de madera después me queda la nuca como un ladrillo.
Norma dijo que las cotorras no le interesaban, pero igual quería acompañarme. Creo que prefiero ir sola. En el parque ya tengo otros amigos. Todos los paseadores de perros me conocen. Me saludan, saben mi nombre. Buen día, Rosa, me dicen. Les hablo a los perritos, algunos se paran en dos patas y me hacen una fiesta, mueven la cola de acá para allá. Los vendedores de tortas fritas también me conocen, a veces les compro. Me gusta tener algo dulce para tomar la leche. La merienda es mi comida preferida.
