Búfalos salvajes - Ana Paula Maia - E-Book

Búfalos salvajes E-Book

Ana Paula Maia

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El fin del mundo que tanto se pronosticaba no sucedió. Sin embargo, fueron tiempos oscuros, en los que solo unos pocos se animaron a hacer lo que nadie podía. Edgar Wilson figura entre estos elegidos, pero ya está cansado de recorrer las rutas recolectando animales muertos. Cuando encuentra el cadáver de un payaso al costado del camino cree que la situación no da para más, y entonces le llega una propuesta inmejorable: Espartacus tiene una importante cantidad de búfalos salvajes que desea criar en el matadero de Milo. Edgar Wilson acepta volver a su viejo trabajo de aturdidor junto con Bronco Gil y el exsacerdote Tomás, pero las cosas se complican. El matadero de Milo ahora está regenteado por Rosario, su viuda, quien le alquiló la mitad del terreno al Circo de las Revelaciones, un macabro espectáculo que tiene como principal atracción a Azalea, una joven que predice el futuro. En esta zona compartida entre el matadero y el circo, Ana Paula Maia encuentra la ocasión perfecta para indagar en la relación entre lo humano y lo animal, la explotación y la precariedad de la vida, lo sobrenatural siempre en tensión con lo religioso. Búfalos salvajes se vuelve un libro vertiginoso y atrapante que nos desafía a enfrentar aquello que no vemos porque solo nos permitimos ver lo conocido.

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Seitenzahl: 150

Veröffentlichungsjahr: 2025

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BÚFALOS SALVAJES

ANA PAULA MAIA

Matar, legalmente o no, es lo que siempre ha movido a Edgar. Quizás por eso la muerte persigue sus pasos, porque estar cerca de él es estar cerca de las cosas finales. Matar para comer o para extirpar algún mal no pesa en su alma ni en su conciencia.

El fin del mundo que tanto se pronosticaba no sucedió. Sin embargo, fueron tiempos oscuros, en los que solo unos pocos se animaron a hacer lo que nadie podía. Edgar Wilson figura entre estos elegidos, pero ya está cansado de recorrer las rutas recolectando animales muertos.

Cuando encuentra el cadáver de un payaso al costado del camino cree que la situación no da para más, y entonces le llega una propuesta inmejorable: Espartacus tiene una importante cantidad de búfalos salvajes que desea criar en el matadero de Milo. Edgar Wilson acepta volver a su viejo trabajo de aturdidor junto con Bronco Gil y el exsacerdote Tomás, pero las cosas se complican. El matadero de Milo ahora está regenteado por Rosario, su viuda, quien le alquiló la mitad del terreno al Circo de las Revelaciones, un macabro espectáculo que tiene como principal atracción a Azalea, una joven que predice el futuro.

En esta zona compartida entre el matadero y el circo, Ana Paula Maia encuentra la ocasión perfecta para indagar en la relación entre lo humano y lo animal, la explotación y la precariedad de la vida, lo sobrenatural siempre en tensión con lo religioso.

Búfalos salvajes se vuelve un libro vertiginoso y atrapante que nos desafía a enfrentar aquello que no vemos porque solo nos permitimos ver lo conocido.

Búfalos salvajes

ANA PAULA MAIA

Traducción de Mario Cámara

A mi padre.

Onde o tempo é uma espada

ruminamos ferozmente

a ideia de acabar.

CACASO, “DESTRUIÇÃO”

1

Edgar Wilson termina de calzarse las botas cuando la alarma de su reloj de pulsera llama su atención. La apaga mientras se levanta y observa el día a través de la ventana de su dormitorio. Enciende su primer cigarrillo de la mañana y toma la billetera y las llaves de su camioneta antes de dar un portazo y salir de la casa.

El sol ya brilla en el horizonte, entre la ruta y las montañas. La previsión del clima indica tiempo seco con pocas nubes. Edgar Wilson termina su cigarrillo mientras comprueba los neumáticos de la camioneta. Tiene que calibrarlos. Se estira un poco, escucha los chasquidos al extender la columna y arroja lo que queda de su cigarrillo.

Sube a la camioneta y la arranca. El rugido del motor le molesta. Baja y abre el capó. Verifica el motor y sabe lo que tiene que hacer en cuanto encuentre una estación de servicio. Vuelve a ponerse al volante, arranca la camioneta y se dirige a la ruta.

La radio emite un pitido. La voz entrecortada de Nete resuena en la cabina. Edgar espera a que se establezca el contacto, pero tras unos cuantos ahogos y ruidos seguidos, solo oye el sonido del viento y el rugido del motor acelerando para el viaje.

La estación de servicio, con su nueva fachada y sus surtidores recién instalados, es visible a lo lejos, unos metros antes de la curva. Un enorme cartel con la imagen de una costilla grasienta en un espeto de acero inoxidable indica que sirven comida las veinticuatro horas del día. Coches, autobuses turísticos y camiones que transportan mercaderías de todo el país ocupan parte del estacionamiento.

Edgar Wilson encuentra un hueco cerca de la bomba de calibración. Toma su termo antes de bajar de la camioneta y consulta la hora en su reloj de pulsera: las seis y media. Todavía faltan un par de horas para que se produzca la primera explosión en la cantera.

Allí mismo estaba la pequeña tienda de la antigua estación. El hombre menudo y delgado que solía entrar con su perro perezoso ya no está, pero Edgar Wilson se fija en una pequeña veleta blanca y amarilla, símbolo tanto de la antigua estación como de la actual. El recuerdo de la conversación que mantuvo con aquel hombre en una ocasión todavía reverbera en sus huesos.

El hombre bajito dijo que la veleta había dejado de girar durante más de una hora porque no había viento, nada se movía y ni siquiera el perro parecía respirar. Todo permanecía en suspensión. De un modo extraño, Edgar Wilson siente esa suspensión a su alrededor cuando una oleada de electricidad atmosférica le eriza el vello de los brazos.

Vuelve a mirar la veleta amarilla y, por un momento, deja de moverse. Respira profundo y cierra los ojos. Permanece unos instantes en la oscuridad y, cuando abre los ojos, siente que el viento toca todos los objetos, mueve cabellos, faldas y la veleta. Todavía estamos en movimiento y seguimos vivos.

Dentro del restaurante de la estación, unas cuantas personas comen con avidez, otras desayunan moderadamente y algunas se limitan a ver las noticias en la televisión. El olor a carne asada, a grasa y la acidez del sudor de los viajeros se mezcla con el olor a café recién hecho.

Detrás del mostrador del restaurante, solo una empleada espera los pedidos. Edgar Wilson apoya su termo y la empleada le sonríe, como todas las mañanas desde hace un año.

‒Cambiamos la marca del café, Edgar ‒dice la mujer.

‒¿Por qué?

‒Para reducir costos. Pero no está mal.

La empleada le acerca un paquete de café y Edgar Wilson comprueba la marca. Se encoge de hombros y suspira antes de decir:

‒Sí. No es de los peores.

‒Te lo dije.

Toma el termo y lo llena de café. Luego guarda un pan de queso en una bolsa de papel. Deja todo en el mostrador y espera a recibir el pago de Edgar, que se mete la mano en el bolsillo trasero del pantalón y saca la billetera. Toma algunos billetes y monedas y se los entrega a la joven.

‒¿Sabías que eres de las pocas personas que pagan en efectivo? ‒comenta la empleada.

Edgar no responde. Esas conversaciones casi siempre le parecen inútiles. La chica le da el cambio a Edgar y sonríe con picardía.

‒Escúchame, ¿cuándo vas a invitarme a salir? ‒dice en voz baja.

Edgar Wilson mira a su alrededor y se da cuenta de que es a él. Se queda pensativo unos instantes antes de contestar.

‒¿Y por qué lo haría?

La sonrisa de la mujer se va reduciendo hasta convertirse en un labio fino y reseco. Traga en seco. Edgar Wilson saluda con la cabeza y se marcha.

Fuera del restaurante, apoyado en su camioneta, Edgar sorbe su café y come su pan de queso. Espartacus se acerca, abrazado a su termo, con un mate en la mano. Se apoya en la camioneta junto a Edgar y ambos observan el amanecer y el resplandor del firmamento.

‒¿Mucho trabajo? ‒pregunta Espartacus sin pretensiones.

‒Sí.

‒Días difíciles.

‒Han sido peores.

Espartacus piensa un momento y concluye:

‒Es verdad.

‒¿Vas a reabrir el bar? –quiere saber Edgar.

‒Creo que no. Casi me estalla el corazón. Necesito una vida más ordenada, sin tanto ajetreo.

‒¿Qué vas a hacer?

‒Me ofrecieron un negocio. Alquilan el matadero de Milo.

Edgar se asombra al oír que Milo pretende vender su matadero.

‒Milo murió ‒concluye Espartacus.

‒No lo sabía.

‒La epidemia ‒murmura Espartacus.

Espartacus sorbe el mate hasta que la yerba chilla. Lo llena de nuevo y se lo ofrece a Edgar, que lo acepta porque se ha terminado el café.

‒Fui a verlo. Es un buen sitio. Sé que trabajaste allí antes.

‒Bronco también.

‒Sí, él también.

Espartacus hace una pausa, reflexiona.

‒¿Se puede confiar en ese hijo de puta, Edgar?

‒Con los ojos cerrados. Es el hijo de puta más digno de confianza que conocí. Pero es un poco intempestivo.

‒Intempestivo... ¿Quién habla así? ‒murmura Espartacus.

‒Tomás ‒Edgar Wilson se calla‒. También es otro hijo de puta muy confiable ‒subrayó.

‒¿Intempestivo? ‒pregunta Espartacus.

‒No. Tomás es temeroso.

Espartacus se encoge de hombros, pero le gusta lo que oye. Sin mirar directamente a Edgar Wilson, le habla al viento:

‒Voy a necesitar gente que trabaje conmigo.

Edgar Wilson suspira. Recuerda la época en que trabajó en el matadero.

‒¿Han vuelto a criar ganado ahí? ‒quiere saber.

‒El lugar está abandonado. Ya no crían nada. Milo utilizó el matadero como crematorio durante la epidemia, pero ahora su mujer quiere alquilarlo. Estoy intentando hablar con ella. No quedó nada vivo en ese lugar.

El silencio envuelve a ambos. Espartacus parece ligeramente ansioso y siente que su corazón se acelera levemente mientras termina su mate.

‒¿Aceptarías volver al matadero, Edgar?

Edgar Wilson se siente sacudido y no contesta enseguida. No sabe qué decir. Estuvo en el matadero de Milo hace poco más de un año. Hay pesar en sus recuerdos cuando rememora el hedor a muerte que se cernía sobre el lugar. La pila de cuerpos enfermos que arrojaban al fuego día tras día.

Finalmente, Edgar Wilson mira a Espartacus y le pregunta:

‒¿Para qué quieres ese lugar?

‒Búfalos. Quiero criar búfalos. Necesito empezar de nuevo.

Espartacus frunce el ceño y los labios unos instantes antes de continuar:

‒Parece que hay un circo montado en el matadero. Odio los circos. La viuda de Milo les alquiló parte del lugar...

La radio emite un pitido. Edgar Wilson se mueve para abrir la puerta de la camioneta. Antes de alejarse, Espartacus dice:

‒Piénsalo. El indio y el cura también pueden venir.

Edgar Wilson se sienta al volante y responde a la llamada de Nete.

‒Unidad quince cero ocho.

‒Edgar, ven aquí ahora.

‒¿Qué pasa?

‒Lo de siempre. La trituradora se atascó.

‒Voy para allá.

Edgar Wilson llama a Espartacus, que vuelve unos pasos hacia atrás.

‒¿Por qué búfalos?

‒Menos colesterol, menos grasa y calorías. El búfalo es mucho mejor que el ganado vacuno. Es el futuro ‒responde Espartacus, que guiña un ojo y vuelve a alejarse.

Edgar Wilson abre la caja de la bomba de calibración y pone el manómetro en cuarenta PSI para inflar los neumáticos delanteros. Cuando tira de la manguera, se da cuenta de que hay una pequeña grieta en la goma. Da la vuelta al camión y toma cinta aislante negra. Arranca un fragmento con los dientes y lo pega a la manguera antes de agacharse e inflar los neumáticos. Repite la misma operación con los neumáticos traseros y aumenta la presión de los PSI. En rutas con curvas y depresiones más grandes, los neumáticos de diecisiete aros como los de la camioneta son más seguros cuando no están al límite.

Levanta el capó y mide el agua del radiador. Completa el aceite con un poco que le queda en una botella casi vencida tirada en el piso del vehículo. Sube a la camioneta después de fumarse otro cigarrillo y maneja por la ruta en dirección al galpón de la empresa que recoge animales atropellados.

Por el camino observa las rutas recién asfaltadas. El brillo resinoso del asfalto se refleja en sus ojos como diminutas estrellas en el cielo nocturno. Las horas oscuras de las largas noches que le hicieron estremecerse tras sucesivos acontecimientos inexplicables reverberan a diario en sus recuerdos. La oscuridad que envolvía la tierra, llevándola a los abismos de un dios, no era más que el sol cubierto por el humo de los graves incendios que asediaban los pueblos y avanzaban hacia las florestas, el fuego lamiendo todo a su paso, para detenerse solo al llegar al mar.

Los vientos convergían de todas partes formando densas nubes que durante tres días impidieron que el sol brillara sobre la tierra, y luego provocaron una lluvia oscura que lavó los residuos contaminantes del aire. Parecía que toda la inmundicia de la tierra, una vez llevada a los cielos, caía sobre nuestras cabezas, como una purga y una maldición.

La epidemia perdió fuerza, los muertos fueron recogidos y eliminados, los escombros de los pueblos pulverizados se cubrieron de hiedra, moho e insectos. Sí, los insectos regresaron. La vida floreció en abundancia. El cielo se hizo más brillante en las noches de invierno y más dorado en los calurosos días de verano.

Antes había silencio, la desaparición de los gusanos carroñeros y la inminencia del fin de todas las cosas. Pero ese fin cayó sobre la tierra como rayos diluidos. Todo no fue más que una secuencia de fenómenos largamente explicados por toda clase de expertos.

Edgar Wilson sabe lo que vio y sabe lo que no se puede explicar. Mientras conduce su camioneta con las ventanillas bajas, a través del viento cálido que indica el calor de las próximas horas, piensa en lo que dijo Espartacus. Imagina lo que sería volver al matadero de Milo. Tal vez debería seguir en las rutas y recoger los animales que han vuelto a poblar la región y mueren tras el aumento del tráfico en las autopistas.

Frena la camioneta cuando ve a Tomás al borde de la ruta juntando partes de un perro muerto. Se estaciona adelante. Se baja y se acerca sin apuro.

‒¿A dónde estás yendo, Edgar? ‒pregunta Tomás, mientras levanta el último trozo del perro.

‒La trituradora se atascó. Voy a arreglarla.

Tomás se encoge de hombros. Se quita los guantes de goma mientras termina el trabajo, saca la colilla de un cigarrillo del bolsillo de la camisa y lo enciende.

‒Será mejor que tengas cuidado, hará mucho calor ‒comenta Tomás, mirando al cielo.

‒Me encontré con Espartacus. Quiere alquilar el matadero de Milo. Ofreció trabajo.

Tomás permanece en silencio. Resopla y escupe al suelo.

‒¿No te basta con esto? Mejor muertos que tener que sacrificarlos ‒dice.

Edgar Wilson no responde. Tomás se dispone a volver a su unidad y seguir trabajando. Pero algo le remuerde el alma como si estuviera hurgando en un avispero. El terror que asoló la tierra durante días todavía sigue sus pasos. Como la muerte que reverbera del suelo y del cielo, como la boca de las profundidades que desampara a los hombres que caminan bajo el sol.

Tomás se detiene. Se vuelve hacia Edgar Wilson y se queda pensativo unos instantes hasta que dice:

‒¿Sabes qué día es hoy?

Edgar asiente.

‒Tengo la sensación de que esto aquí no está ocurriendo ‒dice Tomás.

‒¿De qué estás hablando?

Tomás extiende las manos, indicando todo lo que le rodea.

‒¡Esto!

Edgar Wilson baja los ojos y siente que se le comprime el pecho. Es como si un solo espíritu llenara toda la inmensidad del cielo y de la tierra. Pero, sobre todo, la inmensidad que vive dentro suyo, junto al alma, medida por la pulsación de la sangre.

‒Edgar, ¿no te parece extraño todo esto? ‒insiste Tomás‒. Toda esta gente yendo y viniendo. Toda esta normalidad...

Edgar Wilson se aleja unos pasos. Usualmente opta por no contestar. Frente a lo que dice Tomás, siente una ligera presión en los oídos, como si se le aceleraran los latidos del corazón.

Tomás intenta contenerse. Mira directamente a Edgar Wilson y continúa:

‒¿Sabías que están construyendo un parque de atracciones cerca de la BR-18? Se está montando un circo cerca de aquí. Un circo, Edgar.

Edgar Wilson respira hondo. Camina hasta el centro de la ruta y mira a un lado y a otro. No dice nada hasta que Tomás se detiene frente a él y concluye:

‒¡Fue justo aquí! Había un avión monomotor estrellado y un jeep militar volcado. ‒Tomás habla agitando los brazos y señalando en varias direcciones‒. Aquí mismo nos tragó la oscuridad.

Edgar Wilson interrumpe.

‒Todavía estamos aquí, Tomás.

Tomás mira seriamente a Edgar Wilson y dice:

‒¿De verdad crees que estamos aquí? ¿En la misma vieja ruta, recogiendo animales muertos?

‒Si no es aquí, ¿dónde estamos? ‒dice Edgar, mirando fijamente a Tomás.

Tomás aparta la mirada, irritado de forma contenida, porque no sabe la respuesta.

‒Esto es real, Tomás ‒insiste Edgar.

‒En todas partes y en ninguna parte ‒murmura Tomás.

Edgar Wilson procesa en silencio cada palabra que Tomás acaba de decir. Recuerda el puente inacabado suspendido sobre el abismo, que no llevaba a ninguna parte. No puede distinguir entre hombres y demonios después de que las estrellas se consumieron durante varios días.

‒Aún no sé nada de él ‒dice Edgar Wilson, mirando hacia la ruta.

‒Ni siquiera sabemos si está vivo ‒añade Tomás.

Edgar Wilson siente pena en el alma y en los ojos cada vez que recuerda a Bronco Gil, que desapareció durante el segundo día de oscuridad. Ni una nota, ni un rastro. Para ellos, lo único que ocurrió fue la apertura de las puertas del cielo y del infierno. Todo lo que había en medio se consumió.

Pero no hay un infierno bajo nuestros pies, ni un cielo protector sobre nuestras cabezas. Lo que existe es el vacío que llena nuestros pensamientos. Por encima y por debajo, el intervalo del espectro adopta formas y contornos para hacernos creer que no nos gobiernan el vacío y la soledad. Tan vastos como el infinito son nuestros anhelos, como despreciables y amorales nuestras insatisfacciones.

Finalmente, son espectros estos registros fantasmales de nuestras proyecciones. Si estamos vivos, seguimos vivos. Si estamos muertos, seguiremos así, inertes, bajo el polvo de estrellas.

‒Bronco se ha ido, pero volverá.

‒¿Cómo lo sabes, Edgar?

‒Siempre vuelve.

Edgar Wilson gira sobre sus talones y se dirige a su unidad. Sube a su camioneta. Está tomando un sorbo de café recién hecho cuando suena su reloj de pulsera. Suspira. Mira por el parabrisas el espectáculo que se producirá. La primera explosión del día. La intensidad del desplazamiento del aire sacude el camión. La lluvia de pequeñas piedras que saltan de la cantera y la nube de polvo envuelven el vehículo. Termina su café y, cuando el ruido de la explosión ya no produce ecos, arranca la camioneta y maneja por la ruta ahora vacía.

Algunas rutas quedaron completamente bloqueadas tras desprenderse el asfalto; desaparecieron puentes y pueblos enteros fueron arrasados. Se imprimió y distribuyó gratuitamente un nuevo mapa de rutas. Nuevas rutas que conducen a antiguos destinos. A través de su espejo retrovisor, Edgar Wilson observa a un animal agonizando al borde de la ruta. Ve sus patas suspendidas en el aire moviéndose angustiosamente.

Detiene el camión y pone marcha atrás. Retrocede unos metros antes de volver a frenar. Se baja de la unidad quince cero ocho y se acerca al animal moribundo: un perro. Un callejero robusto, de color fuego, con manchas irregulares en el lomo. El perro llora. Tiene un clavo incrustado en la pata trasera izquierda y abrasiones en parte de la cabeza. Puede haberse golpeado con las pequeñas piedras de la cantera. El collar, roto, deshilachado y manchado de sangre, yace junto al animal.

Edgar Wilson lo levanta y lo lleva en brazos hasta el asiento del acompañante de la camioneta. Lo cubre con una manta y lo acurruca lo más cómodamente posible. Al cerrar la puerta del acompañante, observa un cuerpo humano caído a través del espejo retrovisor.