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Buscando a Eva es un viaje conmovedor que comienza cuando la protagonista recibe la autorización para desterrar su identidad masculina y mostrarse al mundo como la mujer que siempre ha querido ser. Un momento vital, que remueve los cimientos de una vida de éxito construida por el hombre que fue, el mismo que cada día la obliga a conciliar su pasado como hombre con la mujer que tanto ha deseado ser. Una aventura en la que luchará por no perder el amor de sus hijos, donde descubrirá qué es ser mujer en un mundo de hombres, en la que deberá reconstruir su carrera profesional, y donde sus miedos, los estereotipos de la sociedad y un pasado lleno de dolor intentarán hundirla cada día. La narración está compartida en dos voces que son la misma persona: Enrique y Eva y que tendrán que aprender a aceptarse y superar el miedo de dejar de ser la parte conocida, (Enrique), para emprender un camino iniciático en solitario (Eva) y volver a reunirse más adelante en una mujer que es la suma y más de ambos.
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Seitenzahl: 519
Veröffentlichungsjahr: 2024
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CONSTRUYENDO LA MUJER QUESOY DESDE EL HOMBRE QUE FUI
Eva Díaz Oñoro
Autor: Eva Díaz Oñoro
Título original: Buscando a Eva. Construyendo la mujer que soy desde el hombre que fui
Edita Medialuna www.medialunacom.es
Promoción, Relaciones Públicas y Marketing Digital: Medialuna
Maquetación y diseño: Medialuna
eISBN: 978-84-127584-6-7
Reservados todos los derechos
Medialuna
Av. Asturias 44, 28050, Madrid
Tfno: 91 578 46 53
www.medialunacom.es
INTRODUCCIÓN
Capítulo 1MIEDO A LA LIBERTAD
Capítulo 2UN MUNDO NUEVO
Capítulo 3BAJANDO AL INFIERNO
Capítulo 4MI CASA
Capítulo 5CONSIGUIENDO UN SUEÑO
Capítulo 6¿Y SI NO ES SUFICIENTE?
Capítulo 7DESCUBRIENDO A EVA
Capítulo 8EL REENCUENTRO
EPÍLOGO
BIOGRAFÍA
Muy joven me enamoré de los grandes escritores; me fascinaban y me siguen fascinando las grandes historias y su capacidad para hacerme vibrar a través de las páginas de un libro. Mi adolescencia es una ingente cantidad de cuadernos con mi vida, mis historias, mis miedos, mis sueños y mis dramas. Siempre escritos con una caligrafía abigarrada y dura. Aún conservo algunos. Pero publicar mi libro era uno de esos sueños que sabía que nunca se cumpliría.
Sin embargo, los caminos de la vida nos pueden llevar a lugares soñados, aunque inesperados y hoy, lector, estás aquí empezando a acompañarme en el viaje a mí misma, que supuso mi transición de género.
No he escrito mi historia para generar lástima ni pena por lo que he vivido. Tampoco para quejarme amargamente de mi destino o de la sociedad en la que he crecido. No creo ser más importante, ni más valiente, ni más desgraciada que nadie. Soy afortunada: la vida me planteó un reto enorme y he tenido la capacidad de enfrentarme a él y ganar. Durante muchos años, cómo nací fue mi desgracia, ahora sé que se convirtió en el regalo que me dio la vida para buscar y conseguir a quien soy hoy.
Mi transición es un viaje a mi autenticidad: me obligó a entender quién soy realmente, cuáles son mis sueños, qué me impedía alcanzarlos y por qué. Y ese proceso de aprendizaje personal, ese viaje a mi interior, un interior que fue desconocido hasta para mí durante tanto tiempo, quizás pueda servir a uno solo de los que me leéis para ayudaros con los fantasmas interiores que todos tenemos. Y eso, solo eso, ya justificaría sobradamente mi vida y el esfuerzo de abrirme aquí para todos vosotros.
En este viaje he aprendido que todos tenemos sueños, pero no todos nos sentimos capaces de luchar por ellos. En ocasiones, los reducimos a pequeñas cosas fáciles de conseguir para evitar la frustración del fracaso. Otras, los conservamos en nuestra imaginación mientras nos refugiamos en la idea de “solo son sueños” y los ponemos nosotros mismos fuera de nuestro alcance conformándonos con soñarlos en las noches de vigilia. Y así, nos justificamos y no luchamos por ellos, ni por nosotros mismos.
He aprendido que la magia de los sueños no es conseguirlos sino el viaje. La lucha descarnada, dura, imposible a veces por llegar a ellos. La felicidad reside en ese viaje, en esa batalla. Porque el viaje, nuestros miedos, nuestra lucha y las decisiones que tomamos son los que nos construyen como las personas que somos. La responsabilidad de nuestras vidas nunca está fuera, reside en nuestros corazones, en nuestras decisiones, en nosotros. Los sueños solo son la excusa para encontrarnos con nuestra esencia. Si decidimos buscarlos.
Estoy en mi pequeño santuario en casa, sentada delante de un cuaderno en blanco, la pluma que viaja conmigo desde hace años y mi Mac. Me acompañan Linda y Kiara, mis dos gatitas, una catarata de recuerdos y la ilusión de compartir mi experiencia con los que queráis leerme y que, quizás, a algunos os sirva en vuestro propio viaje y al resto para disfrutar de compartir mi relato. Empiezo la fascinante aventura de poner mi vida en palabras para todos vosotros.
Bienvenidos.
Aunque mi vida era una cruenta batalla entre el sueño de ser mujer y la amarga realidad, abandonar mi vida masculina nunca fue una posibilidad real. Ni para mí, ni para él. Sin embargo, todo cambió un día cualquiera sin esperarlo, como empiezan las aventuras que merecen ser vividas.
Era el 17 de noviembre de 2014.
El zumbido del despertador me saca con violencia de una noche de pesadillas, como muchas otras. Un cielo gris y mortecino se filtra por mi ventana al amanecer. Y como siempre al alba, odio la pereza que me invade.
En el sopor del despertar, donde confluyen los sueños y la realidad del nuevo día, empiezo a ser consciente de mi expectativa para hoy, una expectativa tan gris como el cielo. Es un lunes cualquiera de noviembre y me espera la obligada visita trimestral al endocrino para el control de mis niveles hormonales. Mi destino: el Ramón y Cajal a través de un viaje infinito por el subterráneo de Madrid, entre cientos de personas anónimas y sin alegría. Y al llegar, los pasillos fríos e impersonales del hospital para terminar en una consulta rutinaria, repetida ya eternamente, en la que nunca nada distinto se produce. Definitivamente, no tengo suficientes motivos para poner los pies en el suelo.
No sé cómo he llegado a la cocina, pero el café, mi compañero de despertares, me trae a la realidad. Y, envuelta en su aroma, me hago consciente de los dos años de hormonación en mi cuerpo, de los riesgos que conlleva y de la importancia de cuidarme: resignada, trato de poner buena cara a las próximas horas.
Abro el armario y revuelvo en el pequeño espacio donde mi ropa se esconde, asustada, junto a los trajes de Enrique. Escojo mi mejor vestido y me arreglo como la ejecutiva que no soy. Solo se trata de una visita al hospital, pero mi vida en sociedad como Eva resulta tan inexistente que cualquier situación se convierte en un día especial. En realidad lo es. Todos los pequeños momentos en que venzo a Enrique y conquisto su cuerpo lo son.
Emerjo del metro y me sumerjo en la aglomeración habitual de los hospitales; los voluntarios de Médicos Sin Fronteras a la entrada tratan de enredarme en sus sonrisas para conseguir una aportación, pero los alejo sin mirarlos. Recorro sin emoción los pasillos tantas veces andados, llego a la Unidad de Tratamiento de Género. Me siento apartada de esas personas que llenan la sala de espera y paseo distraída por sus miradas. Una sala repleta de rostros cansados, abrumados; miradas tristes que me esquivan escondiendo sus complejas vidas. Miradas como la mía, vidas como la mía.
Aparece la enfermera y me llama: “Eva, adelante”. Escucho Eva y sonrío de inmediato, es el único consuelo en este lugar.
Consulta rutinaria, preguntas de rigor y respuestas reiteradas. Escucho atenta, sonrío educada, espalda recta, rodillas juntas; la misma escena repetida cada tres meses. El endocrino me comunica que mis analíticas están bien. Fantástico, es lo único que me interesa. Me recuerda las pautas de hormonación, los riesgos y los cuidados que debo tener. Los mismos mensajes eternos e insistentes. El día de la marmota.
Me informa de que llevo más de dos años de hormonación. No era necesario, imposible olvidar aquellas primeras dosis de hormonas y la ansiedad de comprobar si obraban el milagro de cambiar mi cuerpo en un instante. No lo hicieron, tuve que esperar. Aún no lo han conseguido plenamente, sigo aguardando. Qué lejos queda ya aquel día de octubre.
Y sin avisar, tras un breve silencio, se altera el guion repetido en bucle perpetuo. Me mira, me sonríe y en diez segundos me da a mí la responsabilidad de mi destino, de mi vida.
—Eva, en Administración tienes el certificado que te autoriza legalmente a cambiar tu género y tu nombre en el Registro Civil. Puedes ser mujer a todos los efectos. Felicidades.
Mi sonrisa se vuelve pétrea, balbuceo un casi inaudible gracias, nos damos la mano, camino torpemente al despacho de la secretaria, le pido el documento, también me sonríe, me lo entrega, leo en su mirada que piensa: “Felicidades, lo has conseguido”, sonrío, no soy capaz de articular una respuesta. Mi única preocupación es sostenerme sobre los tacones.
Me despido y al abandonar la Unidad, camino de la salida, mi mente se desbloquea repentinamente y comienza a girar desbocada. Y en ese rueda una angustiosa pregunta se abre paso y se clava en lo más hondo de mi ser: “¿Y ahora qué?”. Me obligo a pensar que debe ser una gran noticia para mí, debo estar feliz. Pero no atiendo a órdenes racionales, mi corazón late sin control y mi cuerpo empieza a temblar.
Debería, pero no estaba preparada para algo así. Busco en mi banco de memoria momentos en los que me hubiera planteado vivir como mujer en el mundo real, pero no los encuentro. Y me hago consciente del triste juego al que he estado jugando desde que inicié la hormonación. Nunca he pensado seriamente en la posibilidad de afrontar mi cambio definitivo de identidad, o quizás nunca he querido hacer frente a las consecuencias. Solo he estado jugando a ser mujer.
He venido preparada para una consulta rutinaria, no para que me den el pasaporte a una nueva vida, no para que me digan: “¡Adelante, cumple tu sueño! ¡Eres libre de decidir cómo quieres vivir!” Y vuelvo a preguntarme: “¿Y ahora qué?”
Y mientras deambulo por los pasillos del hospital, una algarabía irracional de felicidad se adueña de mi corazón y borra cualquier sombra de duda. El cielo sigue gris, pero algo mágico ha pasado en el Ramón y Cajal; de repente los colores rebosan en sus paredes y en la marabunta que se mueve por sus enrevesados pasillos. La frialdad se ha convertido en ilusión, luz, alegría, felicidad. Tan exultante estoy que, sin necesidad de sus sonrisas forzadas, los chicos de Médicos Sin Fronteras consiguen una suscripción más. El viaje de vuelta pasa rápido, con una sonrisa inocente iluminando mi rostro mientras mi mente, sin atender al corazón, sigue en la pregunta en la que se ha quedado anclada: ¿Y ahora qué?
Entro a casa apresuradamente, me desprendo de mi vestido y mis tacones; en la ducha ahogo mi cuerpo en gel, elimino todo resto de maquillaje con furia y me embebo en la colonia masculina de Enrique para disimular cualquier rastro de la mujer que he sido por unas horas.
Y de la ducha surge él; se enfunda en un traje elegante, profesional, perfecto con el que vuelve a la vida para tratar, un día más, de olvidar a esa mujer que vive en él, para olvidarme, para vivir su vida sin sueños.
Él llegó a su oficina y, como siempre, yo me quedé en casa; sin cuerpo y sin vida, pero presente.
Ha sido un día extraño, vuelvo a mi casa fría y en silencio sin mis hijos. La corbata me ahoga, el traje me estorba, estoy agotado. Como siempre después de que esa mujer que habita en mí gana mi cuerpo por unas horas, la tensión me ha dominado. Me aterra que restos suyos de maquillaje, de carmín, de lápiz de ojos o de su colonia los puedan percibir alguno de mis compañeros. Hoy, al terror habitual le ha acompañado ese corto texto bailando en mi mente: “Puede proceder al cambio registral de nombre y género”. Y el texto viene con una pregunta aún más devastadora para mi vida: “¿Y ahora qué?”
Arrojo la chaqueta y la corbata encima de la cama, abro la mesilla y allí está. Resbalo hasta el suelo y leo. Una, dos, tres, cien veces. Un simple papel que me derrota en la batalla de mi vida; un papel que me permite desaparecer y dejar que viva esa mujer que ha sembrado mi existencia de dolor. Busco en mi pasado anclajes de felicidad suficientes para olvidar el papel, pero solo recuerdo años eternos de tortura, tantos que ahora, en el suelo junto a mi cama, no me importaría que ella se hiciera cargo de mi vida, de todas mis obligaciones, de todos mis proyectos. De mi cuerpo. Un cuerpo que ya no reconozco como mío, esa mujer lo está conquistando.
Tengo el papel entre las manos, lo miro con odio, pienso en destruirlo y seguir como hasta ahora, aunque hasta ahora ha sido un camino de dolor, de lágrimas, de lucha cruenta y salvaje contra mí mismo y contra ella. No sería capaz de explicar esta lucha a nadie. Y nadie sabe nada, siempre solos, ella y yo solos frente a nuestro desgraciado vivir.
Se desliza el papel de mis manos, mis brazos han caído rendidos, miro fijamente al suelo, no soy capaz de pensar. Y empiezo a sentir que se me acaban las fuerzas, que ya no puedo más, que he luchado con toda mi energía para ser ese hombre que se me exigía, para cumplir con todos: con mis padres, con mi esposa, con mis hijos, con mi entorno, con toda la sociedad. Con todos… menos conmigo.
Toda mi vida en guerra contra ella y aquí estoy, en el punto final de un viaje que me ha traído donde nunca quise llegar. El perfecto retrato de una derrota.
Tengo miedo, pánico, terror. ¿Y ahora qué?
Y lo único que hago es llorar; una vez más.
Como toda mi vida.
Cobijada en una esquina de la habitación le veo, aunque no sé cómo. No tengo cuerpo, pero existo en él, aunque fuera. Él y yo leyendo esas nueve palabras que nos ponen ante el destino. El punto final de un viaje que nos ha traído a donde ninguno de los dos quisimos nunca llegar.
He sentido su dolor constantemente, he sido testigo de su lucha contra mí, de su permanente tristeza, de su amor por su mujer y sus hijos, de sus logros, de su esfuerzo. He vivido su vida, siendo compañera privilegiada de todo su viaje.
Me siento culpable de su desgracia tanto como de la mía. Somos dos almas arrasadas en una lucha despiadada por un cuerpo y una vida donde solo uno puede ganar. Enemigos irreductibles.
Leo el papel a través de él y siento con un escalofrío la oportunidad de ser Eva, de ser real. Y su oportunidad de descansar.
He vivido soñando existir como mujer y sin embargo ahora todo son preguntas y dudas aterradoras. ¿Por qué no me puedo imaginar cómo sería vivir en el mundo real? ¿Qué sentiré al vestirme todos los días? ¿Qué sentiré al pasear como una mujer más? ¿Qué sentiré sentada en un despacho? ¿Con amigos? ¿Al ir de compras? Y, sobre todo, ¿qué sentiré viviendo con sus hijos?
En la oscuridad de la habitación, doy la espalda a ese hombre derrotado, derrotado por mí, y dejo que mi corazón se ilumine desbordante de sueños y de ilusiones. Le dejo volar a un mundo de fantasía, ese mundo en el que llevo no viviendo 52 años. Un mundo donde no existen ni el dolor ni la tristeza.
Se le cae el papel al suelo y ese ligero sonido me trae de vuelta a la realidad. Una realidad en la que Eva nunca existirá.
Tengo miedo, pánico, terror. ¿Y ahora qué?
Y lo único que hago es llorar, una vez más.
Como toda mi no vida.
Hacía dos años que me hormonaba. Mi yo masculino mantenía un estricto control sobre mi yo femenino. Pero cuando por cualquier razón se hundía, Eva surgía y lo hacía cada vez con más fuerza. En una de las innumerables crisis de Enrique, Eva encontró energías para iniciar el proceso de hormonación, pero, si soy sincera conmigo misma, nunca pensé que llegaría un día en que pudiera ser mujer. Era un juego, un juego que me permitía soñar con ser la princesa en el baile. Pero como las princesas de los cuentos, mis sueños solo eran eso: sueños. Terminaban cuando las obligaciones de vivir de Enrique me exigían desaparecer.
Durante toda su vida, Enrique había buscado quién era el culpable de su dolor; porque él no lo era, no podía serlo. Dios, el destino, el karma, la sociedad, sus padres. Cualquiera servía para no asumir la realidad de su vida y poder transitar entre la angustia de esa realidad y la queja permanente.
Sorprendentemente, la amargura que le acompañaba todos los días se había convertido en su zona de seguridad y comodidad. En ella, sufría, pero había aprendido a sobrevivir con el padecimiento como compañero de viaje. Fuera, solo existía la incertidumbre. Y la incertidumbre es más pavorosa que la realidad conocida de un terror experimentado desde niño.
Aquel día Eva y Enrique comprendieron que tenían la libertad para decidir cómo querían vivir. Y que lo que sucediera en adelante, fuera lo que fuera, solo sería responsabilidad suya. Y descubrieron, con pavor, que la libertad de vivir sus vidas era aterradora. Porque frente a la queja permanente, la libertad de decidir qué vida queremos vivir nos hace responsables de nuestro futuro y sus consecuencias, y nos impide culpar y quejarnos de algo externo y ajeno a nosotros. La libertad de decidir quién eres da miedo.
Sin fuerzas para mantenerme despierto, me dejo llevar por el sueño. Y en ese sopor, una antigua pesadilla acude a visitarme. Solo que mi pesadilla se compone de recuerdos reales.
Sueño y vuelvo de nuevo a la vieja casa de mis padres, a su alcoba, a ese primer recuerdo de mi niñez que nunca olvido. Distingo claramente la imagen, es imposible olvidar, aunque con el tiempo ya no sé si es real. Tampoco importa. Si no pasó así, sería muy parecido.
En mi sueño todo es oscuro, no hay ninguna luz, solo un foco lúgubre sobre mí.
No sé por qué estaba ahí, solo recuerdo o sueño estar en la cama de mis padres jugando con un oso de peluche y las medias de mi madre. No soy más que un niño, no tengo más de 7 años. Pero sin entender en qué, sabía que no era como los demás, y sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Después de tanto tiempo, aún siento en el sueño el placer y el miedo de esa tarde. El placer de tocar las medias de mi madre, el miedo de tocar las medias de mi madre.
¿Qué puede saber un niño de 7 años sobre el bien y el mal? ¿Cómo puede un niño de 7 años entender lo que siente? Pero yo lo sabía, sé que lo sabía. Sabía que lo que estaba haciendo los adultos lo llamaban pecado. Aún no conocía lo que era el pecado, pero pronto se encargarían de enseñármelo.
Y junto a la felicidad de tocar aquellas medias, nació la culpa. Y la vergüenza. Y el desprecio por mí mismo. Culpa, vergüenza y desprecio que ya me acompañarían siempre. Que iban a condicionar mi vida y mi forma de ser.
Y en el sueño vuelvo a sentir esa angustia sin forma por mi futuro, por mi vida, por lo que era y lo que sería. Con 7 años vivía con miedo a mí y con miedo a los demás. Sin entender muy bien la razón de ese miedo. Pero la sensación, la angustia, eran reales, las podía sentir en mi corazón y tocarlas en las lágrimas que, cada vez con más frecuencia, se escaparían de mis ojos a lo largo de mis días.
Aquella tarde de hace tantos años, entendí sin saberlo que era distinto a los demás. Aquella tarde de hace tantos años supe que no quería ser distinto a los demás. ¿Qué sabía un pequeño niño asustado de transexualidad, de sexo, de género, de roles, de comportamientos válidos y no válidos, de mujeres y hombres? Yo no sabía nada de todo eso, pero estaba seguro de lo que sentía: miedo.
Han pasado semanas desde aquel día de noviembre. El documento sigue en la mesilla. Pero ni él ni yo somos capaces de decidir qué hacer; nos negamos que existe y nos negamos pensar en ello, aunque está en cada segundo de nuestra vida. Al menos de la mía.
Durante años, mientras Enrique dormía, despierta fantaseaba una vida como mujer; y aunque me resultaba imposible creer que algún día sería realidad, me recreaba en mi mundo imaginario donde sí tenía un cuerpo. Mi única forma de existir era existir en mi imaginación.
Ese mundo imposible es un mundo de luz donde mi cuerpo de mujer se torna casi etéreo. Donde puedo vivir en libertad, donde no hay cadenas, ni tristezas. Un mundo conformado por las imágenes de mujeres brillantes que llegaban a mí a través de Enrique y moldeado con mis inocentes sueños de la adolescente que nunca he sido ni seré.
Un mundo donde esa mujer poderosa que sin saber cómo he llegado a ser conquista su entorno y su espacio. Que llega donde ni siquiera me atrevo a imaginar. Un entorno con el que él, Enrique, tampoco se atreve a soñar que puede conseguir. Una mujer rodeada de amigos y brillante en su profesión. Y madre de sus hijos. Una mujer feliz. Triunfadora.
Amanezco en habitaciones femeninas rodeada de mis pequeñas cosas, paseo por salones llenos de luces de cristal, camino por calles llenas de pétalos de rosas, danzo en bailes y fiestas, navego al viento envuelta en un espectacular cuerpo moreno, corro. Corro en un mundo donde nadie me dice: “No puedes”.
Cada momento que vislumbro es distinto. Pero siempre hay movimiento y luz. Hay vida. En mayúsculas.
Otras noches, enroscada en mí misma, abandono los sueños y soy consciente de mi cruel realidad. Y sé que nunca llegaré a existir, nunca. El mundo real me da miedo, me resulta inhóspito y complejo. Intuyo que vivir no tiene nada que ver con mis sueños.
En instantes aislados, Enrique se rinde y me permite salir al exterior, y lo hago llena de vergüenza y temor. Así aprendí muy rápido que ahí afuera nada iba a ser fácil. Ni siquiera iba a ser posible.
Aprendí muy rápido de las burlas y del miedo, sobre todo del miedo. La noche es oscura y amenazadora cuando vas vestida de mujer sin cuerpo de mujer. Cada persona que se cruza es una amenaza, cada momento se siente como un peligro. Procuraba pasear por sitios solitarios para evitar las miradas que me hicieran sentir más ridícula de lo que ya me sentía. Y cuanto más me alejaba de las calles pobladas, más miedo llegaba a tener. Siempre miedo, miedo a no parecer mujer y que se rieran, miedo a parecer mujer y que me agredieran. Miedo, siempre miedo.
Y hoy, en este diciembre que ya huele a Navidad, estoy ante la posibilidad real de existir. Ante la libertad de ser quien quiero ser. Quien soy.
Pero ¿quién soy? ¿Quién quiero ser?
He estado brevemente en contacto con el submundo de personas en transición. Paro, trabajos precarios, desarraigo familiar y social, tristeza vital que empaña la felicidad de vivirse como mujeres.
He vivido a través de Enrique lo que la sociedad opina sobre las mujeres transexuales. El desprecio, la burla y la humillación que sufren y que las excluye de esa sociedad.
¿Me vale? No, definitiva y absolutamente, no. Si ese es mi futuro, prefiero seguir en esta forma incorpórea. Soñar no duele, vivir así sí.
Nunca he tenido una imagen concreta de la mujer que podría llegar a ser. Más allá de mis fantasías de princesa y de las extravagantes vivencias como mujer en mis pequeñas escapadas, admiraba y admiro a las mujeres ejecutivas con las que Enrique comparte proyectos, trabajo y despachos. Mujeres que han luchado por ser quienes son en un mundo de hombres sin dejar atrás su feminidad. Las veo desde fuera, vivo lo que Enrique vive y siente en su mundo de hombre, veo el lado que ellas no ven, pero seguro que lo perciben y entiendo la complejidad del reto al que se enfrentan. De los estereotipos, de los sesgos, de los comentarios, de las barreras que la sociedad levanta todos los días. Y puedo imaginar su esfuerzo y su batalla personal.
Siempre me he preguntado: ¿Qué sentirá una mujer liderando una reunión o una empresa? ¿Serán conscientes de lo relevante de su posición? ¿De lo complejo de lo que han conseguido?
Me gusta imaginarme con vestidos y tacones maravillosos, pero soy más, y quiero ser más que como me visto. Las imágenes de princesa bailando en palacios llena y calma mis momentos de soledad y angustia, pero no es mi futuro, si es que alguna vez existo.
Querría ser como las mujeres que veo en la vida de Enrique, una mujer fuerte, valiente, poderosa. Aunque me sueño en un mundo de fantasía, me vivo en un mundo real. En el mismo mundo de Enrique, pero como Eva. Y si algún día pasa, así querría vivir.
Me sueño feliz, atractiva, femenina, ejecutiva, rodeada de amigos y amor y siendo la madre de mis hijos. No quiero tener un cuerpo solo para ponerme tacones y vestidos. Siento y sé que ser mujer tiene que suponer mucho más que eso.
Pero cuando mi realidad se impone, sé que esa vida es imposible y que si alguna vez Enrique se rinde, me deberé conformar con mucho menos. Una vida simple, anónima, sin brillo. Lejos de las reuniones ejecutivas y lejos de una sociedad brillante. Aspirar a más es creer que las princesas son reales y los sueños se pueden conseguir.
Pero las princesas no existen y los sueños solo son eso: sueños.
Han pasado semanas desde aquel día de noviembre. El documento sigue en la mesilla. Pero no soy capaz de decidir qué hacer; me niego que existe y me niego a pensar en ello, aunque está en cada segundo de mi vida.
Vivo en un estado de nervios constante. Mi historia ha sido luchar contra esa extraña mujer que llevo dentro de mí. He tratado de negarla con todas mis fuerzas, pero poco a poco ha ido ganando terreno en mi interior. No soy consciente de cómo lo ha conseguido, aunque lo ha hecho.
Y ahora estoy aquí, donde nunca quise llegar, y no sé cómo continuar. Me gustaría poder apoyarme en alguien, pero solo pensar en abrir mi demonio al mundo muero de vergüenza. ¿Qué pensarían quienes me escucharan? La respuesta es simple: se alejarían de mí, me despreciarían. La sociedad me ha demostrado que rechaza lo que soy, sea eso lo que sea.
He pasado toda mi vida escondiendo mi interior. Desde niño cargo con la ignominia de lo que llevo dentro. Durante noches eternas le rogué a ese Dios al que rezaba mi madre que me liberara, pero nunca me escuchó. En algún momento de mi juventud, muy pronto, aprendí que estaba solo: sin amigos, sin familia, sin nada.
Y entendí que era despreciable, que era basura. Que no merecía vivir. Y aprendí a hacer lo que fuera necesario para buscar un afecto y una aprobación de los demás que yo nunca he sentido por mí mismo. O que no me han dejado sentir. No se me ha dado mal. Aunque no me ha dejado sino migajas de felicidad. Cuando mendigas aceptación poca felicidad puedes obtener. Solo una palmada falsa en la espalda. Falsa, pero suficiente para mi alma cargada de culpabilidad.
No me queda más remedio que seguir viviendo y tratar de no pensar en ese papel que aún está en la mesilla. Así llevo 52 años.
Se acerca la Navidad, en mi niñez estas fechas tenían un poso de tristeza. En mi casa había pocos recursos, mis padres trabajaban hasta la extenuación y las fiestas se convertían en un esfuerzo extra, especialmente para mi madre. Una carga económica y de trabajo. Las recuerdo con una amalgama entre la nostalgia y la tristeza.
Una noche, un poco antes de Reyes, mis padres no habían tenido tiempo de comprar los regalos y me llevaron a un mercadillo para comprar lo que me gustara. Una escopeta de bolas con la que, aunque era un juguete simple y barato, pasé momentos muy felices jugando con mi padre. Bienvenido al golpe de realidad. Mensaje: hijo, la vida es dura y no estamos para tonterías. Siempre he aprendido rápido, lo bueno y lo malo. Y esto lo grabé en mi mente tan a fuego como el miedo de aquella tarde con las medias de mi madre.
Luché y trabajé por sacar adelante mi carrera como ingeniero industrial; luché y trabajé por despuntar en mi trabajo y dar un entorno de felicidad a mi familia, aunque mi corazón viviera torturado por esa mujer que habitaba en mí. Los demás ven un trabajador incansable y un triunfador, yo solo observo fracaso. Quizás algún día sepa cuál es el Enrique real. Quizás algún día sepa quién soy.
Cuando nacieron mis hijos todo cambió. Ver sus miradas llenas de ilusión y alegría con cada pequeño detalle en estos días me llenaba de felicidad. Su madre ayudaba muchísimo a mantener la magia, es mejor que yo en eso. Ahora, divorciados, nos toca hacerlo cada uno por separado, aunque tratamos de mantener una mínima coherencia.
En realidad, mis hijos son la razón de mi vida. Lo son todo.
Cuando nació mi hija no estuve en la sala de partos, no recuerdo por qué. Supongo que no era costumbre, hace demasiado tiempo. Pero esperando fuera, de repente la matrona la puso en mis brazos y la llamé por su nombre. Estaba llorando, me miró y se tranquilizó. Desde ese día mi corazón es suyo.
De mi hijo no tengo un momento así. Sin embargo sí mil pequeños recuerdos juntos: construyendo en Reyes los legos que le apasionaban, jugando al fútbol en el parque o paseando a nuestra perrita Nela. Él fue el gran culpable de que la trajéramos a casa. Complicidad, ternura, su sonrisa, sus miradas. No podría vivir sin él.
Pero Enrique, déjate de recuerdos y melancolías. Es tiempo de vivir y vivir con ellos estos momentos tan únicos. Vienen en breve a casa a celebrar la Nochevieja. Me esperan vibrante y feliz, y es el padre que van a tener.
La noche transcurre como siempre, estamos los tres juntos y es el mejor regalo que me pueden hacer. Convertimos la cocina en un caos, pero forma parte de la tradición. Risas, complicidad, muchos recuerdos de cuando eran niños. Les encanta volver a ciertos momentos del pasado, especialmente a mi hija. A mí no me importa, tiendo a la melancolía, el futuro siempre me ha dado miedo y recordar me hace feliz. Aunque no sé si es bueno.
Tienen ya 19 y 16 años, su futuro empieza a ser un tema importante y hablamos de lo que quieren ser y hacer. Criminología, mi hija, y Tecnología, él. Me hincho de orgullo de verlos tan mayores. Me preocupa su futuro, pero es emocionante percibirlos responsables y centrados.
A medianoche hemos seguido la tradición familiar y han llamado a su madre. He hablado con ella: nada relevante, unos minutos sencillos, cordiales, el cariño entre nosotros sigue ahí.
Puestos a la melancolía tan propia de estas fechas, recuerdo cuando siendo los dos casi unos niños la conocí. Teníamos 18 años, un mundo por delante, miles de preguntas, miles de sueños, unas familias humildes y trabajadoras detrás de nosotros y la ilusión de compartir una vida.
La encadené a mí y conmigo venía esa lucha contra la mujer que vivía en mi interior. Nos encadenamos durante 26 años. No lo conseguimos, perdimos. Pero le estaré eternamente agradecido. Necesitaría varias vidas para devolver todo lo que me amó y aún me da.
Vuelvo a la realidad, los niños se marchan. Abrazos eternos, besos donde trato de darles todo el amor que puedo. Despedida. Me quedo con la casa revuelta, alegría en el corazón y la sensación de felicidad que siempre me envuelve cuando estoy con ellos.
Mañana recogeré, ahora voy a intentar dormir. El único momento en que no pienso en ese papel en la mesilla. Aunque las pesadillas me asalten, son mejor que mi realidad posible.
Yo también los veo, yo también los quiero. Yo también cocino y ceno con ellos. Sin saber cómo, pero estoy ahí y se queda en mi bagaje de vivencias.
No me conocen y nunca me conocerán. Lo que Enrique no sabe es que veo su vida y amo su vida. Amo a sus hijos, amo a quien fue su mujer. Y, si pudiera, yo misma desaparecería. Sé que vivirían más felices sin mí, los cuatro. He sido la sombra que ha amargado siempre su vida.
Pero no puedo. No puedo desaparecer. Es mi condena.
Finales de enero, un comité de dirección más, como tantos en mi vida. Solo que esta vez la situación de la compañía es compleja. Problemas ya vividos tantas veces nos condenan a decisiones iguales tomadas en tantas ocasiones. No estamos creciendo desde hace dos años y, nos guste o no, tenemos que reducir el tamaño de la compañía. No nos hemos preguntado por qué hemos llegado hasta aquí, ni si podemos hacer algo distinto. Culpamos al mercado y a la competencia, y así conservamos nuestra estima como ejecutivos de prestigio. Nada que no haya vivido, nada que me sorprenda.
Estando solo en casa y cenando en silencio es un momento ideal para volver a la pregunta que mañana tenemos que responder: ¿Quiénes? Repaso sin emociones la posible lista, barajo pros y contras y preparo posibles candidatos, siempre profesional y ejecutivo.
Y en la soledad de mi casa he convertido en costumbre leer todas las noches, ya en la cama, el documento; poco a poco he asimilado que existe, pero que no va a cambiar mi vida. La agitación de los primeros días ha ido desapareciendo, durante tantos años vividos he ido acostumbrándome y superando todo tipo de situaciones extrañas, y en este caso he conseguido naturalizar que solo es un papel más. O simplemente he logrado cortocircuitar los pensamientos de lo que implica. Sin embargo, esta noche por un momento pienso: “¿Y si dimito y desaparezco?”. Sacudo el pensamiento con fuerza. Es absurdo. Apago la luz y trato de dormir.
En la oscuridad del dormitorio intento no pensar en nada, pero vuelve la pregunta: ¿Y si…? Y mi mente empieza a descontrolarse en escenarios muchas veces pensados, pero nunca deseados. El tornado de preguntas crece y crece y con él aumenta la tensión. ¿Y si desaparezco? ¿Qué será de mis hijos? ¿De mí? ¿Cómo viviré si ella toma mi cuerpo? ¿O no viviré. ¿Será como la muerte? En el silencio de la noche y con el estruendo de mis pensamientos me siento cansado, infinitamente cansado de vivir. Mi mente gira sin parar y no obedece mi orden de detenerse, aunque me hace daño.
Por fin el sueño me vence y con él vuelven las pesadillas.
Y en mi pesadilla me veo levantando voluntariamente barreras a una mujer extraña que sale de dentro de mi cuerpo y cabalga amenazadora contra mi infligiéndome derrota tras derrota y superando todo lo que interpongo entre ella y mi vida. Y en la pesadilla soy consciente de que entre ella y yo ya solo quedan mis hijos y mi miedo.
La pesadilla gira y recojo todos esos momentos que me enseñaron que ser mujer es imposible, y con ellos construyo un muro en su camino hacia mí esperando que los miedos la detengan. El desprecio de mis compañeros del colegio por un niño afeminado, el terror de mis padres ante mi comportamiento, los comentarios de burla en mi día a día hacia personas como ella, el mundo de poder masculino en el que vivo. Pero no para, los derriba y sigue avanzando.
De repente estoy con mis hijos y su madre, veo sus caritas tristes mientras les decimos que nos separamos. En el sueño siento mi mano en la de ella dándonos fuerzas y la tristeza de los dos. Todo gira y soy una mujer que no conozco delante de ellos, les explico que soy su padre aún, me miran con odio y se marchan. En su ausencia lloro y no tengo a nadie.
La angustia de la pesadilla me despierta de un sobresalto en medio de la madrugada. Abro los ojos aterrorizado y confuso. Respiro con dificultad. Como tantas noches iguales, me hago un ovillo tratando de superar la angustia.
Y sin atreverme a moverme ni abrir los ojos procuro poner en orden mis pensamientos.
¿Qué pasaría con todo lo que he conseguido? Llegar hasta aquí no ha sido fácil, pero he llegado. Me gustaría ser el CEO de una gran empresa, aunque nunca lo he conseguido, realmente no lo he intentado. Pero en cualquier caso, disfruto con mi trabajo, soy feliz. ¿Podría seguir ella con mi carrera profesional? Solo pensarlo me parece absurdo. ¿Una mujer transicionada llegar a directiva? Imposible.
He pasado toda mi vida persiguiendo ser el hombre que se esperaba de mí. Lo que esperaban mis padres, lo que se esperaba después en mi matrimonio, lo que la sociedad me demanda y lo que yo mismo me exigía. Fuerte, valiente, inteligente, un hombre de éxito, buen marido y buen padre. He tratado de copiar los modelos que veía, responder a lo que me pedían. A veces ha sido fácil, muchas complicado, siempre una tortura. Creo que lo he conseguido y estoy orgulloso de ello. Aunque la batalla interna me haya desgastado enormemente y haya requerido unas dosis tremendas de energía que quizás podría haber usado de otra forma.
Cuando era niño vivía en el colegio lo que se pensaba de los chicos afeminados. Podías ser cualquier cosa: feo, gordo, empollón, torpe, pero ser afeminado era la última escala social en el colegio. Lo comprobé de cerca y decidí que nunca me verían así. Sentía una inmensa sensación de culpa, ya desde aquella tarde en la habitación de mi madre, aunque en el colegio se acrecentó de una forma rotunda.
Como adulto he vivido en un mundo masculino. Y he podido ver lo que se piensa de las personas “trans” en directo. Nunca he querido ser consciente de lo que pasaba cuando ella me ganaba y salía a la calle con mi cuerpo vestida de mujer. Aunque oigo lo que se habla. Sexo, depravación, vicio, prostitución, desprecio. Un submundo abyecto. O al menos así lo veo yo y parece que lo ven los demás. No sé si es cierto o no, me mantengo alejado. Pero qué importa más, ¿la realidad o lo que perciben aquellos que la juzgarán si me rindo y ella vive?
No consigo concebir que ella fuera una continuidad de mí mismo bajo otro nombre y otra identidad. Han sido tantos años de enfrentarme a ella que me resulta imposible imaginar que somos la misma persona. Quizás si la viera como mi otro yo, o como yo mismo con otra forma, sería todo más fácil. Pero solo observo los riesgos y estoy aterrado.
Si existe ella, todo por lo que he luchado se perderá. Y por eso, ella solo puede ser mi amenaza, mi enemiga. Y la odio con todas mis fuerzas, y quizás le hago un favor si no dejo que exista. A ella y a mí. Su seguro fracaso será mi fracaso.
Convencido de que negar su existencia es la decisión acertada para ella y para mí, dejo que el sueño me venza de nuevo. Y por una vez duermo sin pesadillas.
Suena el despertador temprano, como siempre. Y, como siempre al amanecer, odio la pereza que me invade, hay cosas que no cambian.
Viernes. Por fin llega el fin de semana. Reunión de equipo con el cliente y reunión con los socios, debemos decidir quién. Un día como otro cualquiera. Desayuno, me visto con un traje anodino, me baño en Aqua de Gio, subo al coche y me dispongo a pelear con el mundo un día más. Como desde siempre.
He vuelto a casa. Desde hace un par de horas estoy en el paro. Tengo 52 años. Cómo se ha producido no tiene mayor importancia. Pero ha sucedido. No sé por qué. Aún no lo entiendo. Solo puedo decir que he decidido que ya está bien. Aunque no sé por qué ya está bien. Tensión, cansancio, estrés, la mente en ebullición, la complejidad de la situación en la empresa, mi propia complejidad personal, ese insoportable documento. Mil causas sin ninguna claramente importante. Me gustaría pensar que he tomado una decisión racional, pero ni siquiera soy consciente de haber tomado ninguna decisión. Simplemente ha pasado.
Me quito el traje impecable, no he comido. Necesito no pensar un rato o mejor dejar de pensar.
Estoy sentado en la cama; como hace dos meses y medio, leo y releo el documento que me dice que ella gana. Lloro, lloro hasta que ya no quedan lágrimas, hasta que no quedan ni fuerzas. No puedo más, ya no puedo más. He intentado todo, he gastado mi vida luchando y todo tiene un límite.
¡Mujer, te llames como te llames, me has ido ganando poco a poco y yo ya no sé cómo pararte y, sobre todo, no sé si quiero!
Toma mi vida, mi trabajo, mis hijos, mis amigos. Todo. Me rindo. Este no es el final que quería, pero puede que fuera el único posible, al que estaba destinado. Si es así, solo espero que mi madre no tuviera razón cuando dijo: “Hijo, por aquí vas al desastre”. O aquel cura que siempre he odiado: “Vuestro compañero ha cometido un pecado imperdonable”.
Ya da igual, me voy. Todos tenemos un límite y he llegado al mío. Me voy con la certeza de haber hecho hasta lo imposible por evitar llegar a esto. Hijos, perdonadme.
Adiós.
Ojalá pudiera hablar con él; ojalá pudiera decirle: “No lo hagas”. Ojalá quisiera hablar con él. Ojalá quisiera decirle que no lo haga. Pero ni puedo ni quiero. Durante 52 años ha sido mi carcelero. Ahora me toca a mí vivir.
Siempre he estado gobernada por él, primero negándome, después encerrándome y ahora liberándome.
¡Nunca me has preguntado! ¡Nunca has tratado de entenderme! Joder, y ahora me dejas a cargo de tu cuerpo, de tu vida, de tus obligaciones, de tus hijos cuando ni siquiera sé cómo ser mujer. Siempre me has cargado con la culpa de tu desgracia. ¿Esta es tu venganza? ¿Tanto me odias? ¿Tanto daño te he hecho? Yo no quise existir así, soy tan víctima como tú. Contesta, por favor, por una vez en tu vida, háblame. Te odio y te odiaré siempre.
Pero no responde y no tengo elección. Mañana su cuerpo y su vida serán mías. Y no sé qué hacer ni cómo voy a vivir.
Y entre lágrimas me duermo camino de un mañana aterradoramente maravilloso. Y me pregunto: ¿Y ahora qué?
Despierto sin prisas, mi nueva realidad se va haciendo un hueco entre la confusión del despertar y aleja la angustia de ayer. El corazón se desboca según adquiero conciencia de mi existencia física, mis labios esbozan una sonrisa ligeramente incrédula y algo infantil y en el pequeño caos de nuevas sensaciones una pregunta sobrevive de la noche anterior: ¿Y ahora qué? No tengo que hacer el esfuerzo de desterrarla, queda engullida por una realidad nunca esperada y siempre deseada. Hoy no es el momento de pensar en el futuro, es el momento de vivir cada minuto de mi primer día. Disfrutar de mi libertad es demasiado embriagador como para preocuparme por el mañana cuando nunca he esperado tener un hoy. Hoy puedo ser mujer y Eva sin ataduras.
Cuando supero mi sempiterna pereza a despertar, salto de la cama con una única intención: llenar los armarios, el baño y toda la casa que fue de él con mis pequeños tesoros. Durante años he comprado mi ropa fingiendo regalos para una esposa o una hermana. Sin la ilusión que a toda mujer le produce encontrar un precioso vestido nuevo, disfrutar de probármelo, de verme deslumbrante y volver ilusionada a casa pensando cuándo y con quién lo estrenaré. Un rincón oculto del armario, maletas viejas ya olvidadas en trasteros, cajas desvencijadas en fondos de armario y bajo la cama son los guardianes de mi ajuar; triste, pero no había alternativas. Me dispongo, con la ilusión de una jovencita que estrena su primera casa, a hacerla mía a través de mis humildes posesiones.
Conquistar el espacio de él es conquistar un territorio ajeno y hostil. Y a ello me entrego con frenesí. Cuando termino no me resisto a abrir y cerrar armarios solo por el placer de contemplar mi brillante, qué ilusa, vestuario. Es una sensación absolutamente adolescente, soy consciente, pero es como me siento. No he experimentado nada de lo que toda jovencita vive, ni he vivido lo que toda mujer experimenta. Me robaron la niñez, la adolescencia y la juventud, me robaron todo y necesito desesperadamente recuperar todo lo perdido. Con 52 años empiezo mi vida y estoy decidida a consumir mi tiempo con voracidad, con toda la intensidad y fuerza que durante tantos años de reclusión he acumulado. Solo puedo ver, solo quiero ver, el mundo como un espacio pleno de posibilidades; es mi tiempo, es mi momento, el momento en el que por fin voy a vivir y haré realidad todos los sueños soñados en tantas noches mientras él dormía.
Acabo de nacer a la vida como mujer, tengo la libertad para ser cómo he deseado tanto tiempo y puedo serlo cuándo y cómo quiera. Nada malo me puede pasar, soy invulnerable.
Amanezco sin cuerpo, pero sin saber cómo, estoy encadenado a lo que ella hace. Escucho sus pensamientos, siento sus emociones. ¿Ella ha vivido así 52 años? No puedo imaginar su tortura.
La veo conquistar mi casa, mis espacios, y una profunda pena se apodera de mí. Empiezo a desvanecerme.
En esos momentos todos los miedos y las prevenciones desaparecieron.
Aunque había conquistado el espacio de mi hogar, no tuve valor para deshacerme de todo lo que Enrique aún tenía en la casa: trajes, zapatos y tantas cosas. Nunca he entendido por qué no lo tiré o lo destruí. Pero no lo hice, había demasiados recuerdos en esa casa. Y aunque esa mañana no lo quería reconocer, llevaba en mi interior tantos días vividos en aquel lugar con sus hijos, tantas situaciones experimentadas a través de Enrique que me costaba deshacerme de todo su pasado. Un pasado del que me costaba aceptar que yo también estuve. Habíamos vivido en esa casa desde el divorcio. Era mía ahora, pero no podía evitar la sensación de sentirme una intrusa. Y allí se quedó todo lo suyo. Aunque aquella mañana me negaba a reconocerlo, aquel pasado también era mío, Enrique había sido mi carcelero, pero solo mucho tiempo después lo entendería. Entendería que, en realidad, nunca fuimos dos.
Cuando acabé de hacer mío el castillo, llegó el momento de disfrutar como Eva un domingo cualquiera. Sin grandes planes, cosas sencillas que para mí eran un gran triunfo. Iba a estar sola, pero iba a estar. Me brillaban los ojos en mi primer día en libertad. Cuando Enrique cedía y me permitía salir por unas horas, era algo perecedero. Un paréntesis en su vida en el que, al cabo de ese breve espacio de tiempo, yo volvía a desaparecer. Ese fin de semana podía hacerlo, por fin, sin la limitación de cuándo volver a ser él, sin tener que volatilizarme después, sin pensar que estaba usurpando el tiempo de nadie. Y lo hice a conciencia.
Tengo un vestido sin estrenar desde hace casi un año, gris y blanco de vuelo, y unos preciosos tacones en gris. No me atrevo a llevar nada que pueda ser excesivamente llamativo; aunque me siento fuerte, me queda algo de cordura, o quizás el miedo que siempre me ha acompañado todavía está conmigo y no quiero llamar excesivamente la atención. El maquillaje es un arcano para mí; intento imitar tantas imágenes de modelos perfectas, pero no lo consigo. Tengo que apuntarme a un curso de maquillaje. Estoy lista para conquistar el mundo, un repaso rápido en el espejo del recibidor y salgo al mundo.
Al mirarme al espejo antes de salir, una sombra pasó por mi alma: algo no encajaba. Un breve escalofrío de inseguridad sacudió todo mi cuerpo y me quedé allí parada un breve, pero intenso instante frente a la imagen de la mujer que el espejo me devolvía.
Cuando salía a escondidas por las noches, no pensaba en un mañana, porque no existía un mañana, solo ese momento. El único objetivo era disfrutar ese breve espacio de tiempo sintiéndome mujer, aunque sabía que era una gran mentira; después volvería a no existir y nada de lo sucedido habría sido real ni tendría impacto en Enrique y su mundo perfecto. Por tanto, nada tenía importancia. Sin embargo, salir esa mañana de la casa en la que había vivido Enrique significaba cruzarme con vecinos que le conocían, con el vigilante de seguridad, estar en las terrazas y lugares donde él y sus hijos vivían y reían. E iba a hacerlo todos los días.
Si esta vez ocurría algo, fuera lo que fuera, no iba a desaparecer como en el pasado. Iba a seguir allí en mi vida y, siendo la casa donde residían sus hijos, iba a tener consecuencias. Y no solo para mí.
Sin yo saberlo, el espejo me estaba advirtiendo: “No eres suficiente mujer”.
¿Suficiente? ¿Para quién? Con unas horas de existencia y la efervescencia emocional en su punto álgido, era imposible para mí entender qué estaba pasando en esos segundos. Solo sentí la sombra y un escalofrío que traté de olvidar inmediatamente.
Han pasado muchos años y he vivido mucho desde entonces. Y ahora sí tengo respuesta. Comprendí sin saberlo que no era, ni parecía, una de esas mujeres ejecutivas y brillantes que yo quería ser; que no era la mujer que la sociedad demanda en sus estereotipos: alta, elegante, sensual, pero comedida, atractiva, pero distante, sexy, pero inaccesible. O bien sencilla, modesta, simple, sin nada que llame la atención. Y lo peor: en mucho, respondía al estereotipo de mujer transicionada imperante en la sociedad y del que siempre había deseado huir. El que nunca quise ser.
Y allí, delante del espejo del recibidor, se manifestó de nuevo violentamente el miedo a no ser aceptada como mujer, el miedo por mi futuro, el miedo a fracasar. Aunque no entendí, o no quise entender el mensaje del espejo, desde muy temprano había aprendido a sentir el frío helador del miedo en mí. Y a ese sí le percibí.
No le presté demasiada atención, solo había sido un breve aleteo de sombras. Lo aparté de un manotazo y por supuesto salí, tampoco tenía sentido esconderme. Si lo hubiera hecho, habría tenido que llamar a Enrique y rendirme definitivamente. No tenía elección.
Disfruté como una niña de un tiempo en una terraza, de un paseo por el parque, de sentir el aire y el sol en mi cuerpo viviendo en libertad. Siempre que recuerdo aquellas horas las asocio con imágenes de la sonrisa de un bebé al ver a su madre después de un tiempo, o la risa de una niña debajo de la lluvia o al sentir la hierba húmeda. La pureza de las sensaciones de aquellos momentos fue irrepetible. La vida nos abruma con amargas realidades que momentos tan simples y plenos desaparecen. Afortunadamente, el recuerdo de esos momentos no ha desaparecido nunca de mi alma.
No me preocupé si era escrutada por los demás. El mundo empezaba y terminaba en mí, el resto eran simplemente actores secundarios que componían el atrezo necesario para ese primer acto de mi vida. El mundo había pasado, por unos momentos, de ser mi enemigo a ser mi escenario.
Volví a casa en estado de efervescencia. La sensación de sentirme libre a pleno día era demasiado intensa y podía con todo; incluso con la sombra que pasó por mi mente, que se había quedado en mi corazón y que con el paso de los días llenaría mi presente. Por encima de todo estaba la posibilidad real de alcanzar mi sueño: iba a luchar por ser la mujer que deseaba ser, no había alternativa.
Y para ser esa mujer debía empezar por el principio: visibilizarme con mis hijos y con los amigos de Enrique. Visibilizarme en sociedad, no había nada más urgente que eso.
Tenía problemas más graves. Estaba sin trabajo y mi situación económica no me iba a permitir aguantar mucho tiempo en esa casa alquilada y con los gastos de la vida que llevaba.
Pero antes de enfrentarme a problemas tan mundanos como el dinero, necesitaba que el pequeño mundo que había heredado de Enrique me conociera y me reconociera. Ni podía vivir aislada eternamente ni quería. Sabía lo que tenía que hacer.
Mi deseo de vivir, de ser Eva, era una fuerza que me empujaba hacia el futuro sin pensar mucho en el presente y sin meditar las consecuencias. Era un deseo vital, pasional, esencia pura. Si lo hubiera pensado detenidamente, quizás no habría vivido lo que viví después. A veces para conquistar el futuro la inconsciencia y vivir solo el presente son las mejores armas. O las únicas.
Veo lo que ella ve, oigo lo que ella oye, siento lo que ella siente. El pub irlandés donde tantas tardes de verano he cenado con mis hijos, el parque donde paseábamos a nuestra perrita o en el que entrenaba temprano en la mañana. Caras conocidas se cruzan con ella, conmigo, con nosotros. Y duele, duele infinito en mi extraño ser sin cuerpo.
Tardé un par de semanas en ser capaz de encontrar el momento para enfrentarme a mis hijos. Aunque no podía dilatarlo mucho tiempo, me resistí todo lo que pude. Enrique vivía por y para ellos. La mujer que iban a encontrar de frente sería una extraña que había matado a su padre. O eso pensaba.
El rechazo de mis hijos era una barrera con la que estaba segura de que no habría podido avanzar. Había heredado muchas cargas de la vida de Enrique que se irían haciendo visibles con el tiempo. Pero sus hijos eran mis hijos, no eran una carga. Eran lo que yo, como Eva, más amaba en este mundo.
Habían pasado por un divorcio siendo aún pequeños, pero ahora tenían la capacidad para entender y sentir lo que sucedía en sus vidas. Enrique siempre se consideró culpable de aquella separación y yo había heredado esa culpa, y ahora la iba a aumentar con un nuevo golpe a su estabilidad emocional. Era impredecible cómo soportarían algo tan brutal.
Intenté prepararme para verlos: cómo vestirme, qué decirles, cómo explicarles lo que sentía y la mujer que deseaba ser, pero fui incapaz de alcanzar la tranquilidad que da el tener una situación bajo control. No poseía referentes de mujeres transicionadas que hubieran afrontado una situación similar. En realidad, no tenía referentes: ni de esa situación ni de ninguna. Nunca entré en contacto estrecho con asociaciones, organizaciones o personas en situación similar. Pasé de puntillas por el submundo del travestismo, “cross dresser” y otras variantes. En lo poco que viví en esos entornos, cuando me escapaba de Enrique, entendí inmediatamente que ese no era mi mundo. Tampoco había estado, ni estuve después, cerca de asociaciones u organizaciones de apoyo a personas en transición o activistas. Hay demasiada política, demasiado pensamiento imperativo en el que yo no encajo. Conocía la historia de mujeres transicionadas, mujeres con vidas complejas y heroicas en muchos casos. Pero no eran mi modelo. Mis referentes eran tantas mujeres ejecutivas con las que había convivido Enrique y a ellas quería parecerme. Nunca encontré en el colectivo transexual quien me inspirara ni el apoyo necesario.
Como resultado, me encontraba sin ninguna herramienta para explicar a mis hijos en qué me había convertido. En realidad, no tenía importancia, todo iba a depender de su capacidad para asimilar la situación y de mi capacidad para hablar desde el corazón. Solo podía confiar en mi amor por ellos, en su madurez y su amor por mí.
Finalmente, quedamos a cenar en uno de sus sitios favoritos junto a nuestra casa. Durante días probé todo mi armario para decidir cómo vestirme en ese momento, pero no tuve suficiente valor para presentarme a ellos como Eva, o tuve un destello de lucidez y prudencia. Prefiero pensar que fue lo segundo. Unas semanas después de llenar los armarios con mi ropa de mujer, desempolvé un vaquero y una camisa de Enrique, renuncié a cualquier tipo de maquillaje y travestida de hombre me dispuse a afrontar la conversación.
No recuerdo muchos detalles de aquella noche, es todo muy confuso en mi memoria. No dejé de repetirles que los quería con toda mi alma y hasta los postres no pude sincerarme. Y lo que había imaginado como un discurso suave y progresivo fue más bien un disparo.
—Chicos, sé que no es fácil para vosotros, pero no quiero que os enteréis por otro camino. De vez en cuando me gusta vestir de mujer y sentirme mujer. Sois ya mayores y puedo compartirlo con vosotros. ¿Qué pensáis?
—Papá, no pasa nada. Si es lo que sientes, para mí está bien. Como si decides ser transexual —mi hija siempre comprensiva.
—Ya lo sabía. He visto ropa de mujer en casa y no tienes novia, así que tenía que ser tuya. No pasa nada —mi hijo en su fina ironía. O no tan fina.
Durante unos breves segundos no pude articular palabra y los tres nos sumimos en nuestros silencios. Iba preparada para todo menos para estas respuestas. Superado el primer impacto, traté de entender un poco más cómo lo sentían, tenía el presentimiento de que sus reacciones solo eran superficiales. Pero no conseguí nada más.
Cuando subí a casa, ya sola, sentía que una gran piedra de la mochila con la que viajaba se había quedado en el restaurante. Era consciente de que tenía que presentarme a ellos como era realmente, pero ni ellos ni yo teníamos fuerzas para afrontar tanta complejidad en un único instante. Ellos y yo necesitábamos tiempo. Había dado un primer gran paso, ellos sabían una parte de la verdad y no habían renegado de mí. No era perfecto, pero era un principio.
Os pido perdón, hijos, por todo. Siempre he deseado construir una familia, cuidaros y quereros. La mía fue muy imperfecta. Y siento que os he fallado. No lo siento, es cierto.
Mis mejores momentos han sido leyendo tus cuentos, hija, mientras me mirabas con esos ojos tan expresivos que sonreían de felicidad desde la cuna o sentada en mis rodillas. O jugando contigo, mi niño, en el parque, o construyendo esos legos que tanto te fascinaban.
En el conflicto permanente de mi vida contra ella, habéis sido mi isla de alegría y paz. Supongo que como para cualquier padre. Pero para mí era aún más importante. Y ahora os dejo desamparados y he desaparecido de vuestras vidas.
La derrota frente a esta mujer que dice llamarse Eva y que tiene mi cuerpo, mi vida y mi casa me duele por mí. Pero sobre todo me duele por vosotros.
No entiendo por qué me he rendido, no entiendo por qué no he sido capaz de seguir viviendo aunque fuera sufriendo, no entiendo por qué he dejado que ella tenga mi cuerpo y mi vida. Me rendí y no debía haberlo hecho.
Ni siquiera entiendo ni acepto por qué me tocó esta vida. Nunca he creído en nada que no sea lo que puedo percibir con mis sentidos, pero a veces pienso que estoy pagando pecados de un pasado remoto que no conozco.
Desde aquel día tan lejano en la habitación de mi madre, la vida ha sido luchar desesperadamente contra esa mujer que vivía en mí. Y a la que acabé odiando. Aún hoy, derrotado, la odio.
Traté de buscar explicaciones, pero nadie me las dio.
Lo intenté con mis padres, pero ni supieron ni pudieron tener una respuesta. Su vida solo consistía en darme todo lo que ellos no habían podido tener. Mi éxito era su éxito. Y mi éxito estaba claramente definido, el camino estaba marcado a fuego desde muy niño. Tenía que “triunfar” y eso significaba éxito profesional, una esposa “adecuada”, hijos felices y estabilidad económica. Yo importaba poco.
