Buscando el final feliz - Ana Guillot - E-Book

Buscando el final feliz E-Book

Ana Guillot

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Beschreibung

¿Besos consensuados (o no)?, ¿cuestiones de género?, ¿existe el final feliz? Los cuentos maravillosos desde otra mirada, original y sorprendente, con heroínas activas y firmes, absolutas protagonistas de su viaje interior. Y héroes que las acompañan mientras realizan el propio. Una lectura diferente: a través del símbolo, y no lineal como se hizo hasta ahora. Una ruptura del estereotipo de príncipes y princesas.  Un recorrido para aprender a reinar en nosotros/as mismos/as y habitar nuestro castillo interior: mirarnos en el espejo ("Blancanieves") y animarnos a entrar al bosque ("Caperucita"), besar la sombra ("La Bella y la Bestia"), despertar al don (o dones) que tenemos y que tal vez ignoramos ("La Bella Durmiente"), esforzarnos para perseverar en ese don ("La doncella sin manos"), buscar el equilibrio interior integrando las polaridades ("Hansel y Gretel"), abrir la puerta prohibida y revisar nuestros mandatos ("Barba Azul"), sentir la fuerza de nuestra autonomía ("Rapunzel"), descubrir nuestro propio tesoro ("El tesoro embotellado", "Aladino", "Pinocho"), comprender la profundidad del amor incondicional ("La Sirenita") y danzar con la muerte o las muertes cotidianas ("La mujer esqueleto") a fin de renacer de las cenizas como el ave fénix ("Cenicienta"). Un encuentro con los diferentes arquetipos para poder encarnarlos y reconocer a todos los personajes que nos habitan. Y para relacionar cuentos y mitos, que tanto se parecen. "Ser y no ser", al unísono y en paralelo. Cada relato un desafío, como en la vida. Hasta encontrar el final feliz.   Ana Guillot ha realizado un trabajo minucioso y ha arribado a conclusiones originales y sorprendentes. Su aporte es mucho más que una nueva lectura de los cuentos maravillosos, es la fundación desde ellos de una mirada fortalecida sobre la vida.  Interpretaciones reveladoras y conclusiones sugestivas sobre: Blancanieves, La bella durmiente, La doncella sin manos, Pinocho, Barba Azul, La Bella y la Bestia, Las mil y una noches, Hansel y Gretel, Rapunzel, Cenicienta, La sirenita, y otros cuentos.

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Seitenzahl: 934

Veröffentlichungsjahr: 2023

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• Buscando el final feliz •

Ana Guillot

• Buscando el final feliz •

(Hacia una nueva lectura de los cuentos maravillosos)

Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Érase que se era
Capítulo 1. La oralidad y los cuentos infantiles. El viaje como leitmotiv
El viaje, siempre el viaje
Y siempre, siempre la niñez
Viajar y vivir
¿Empezamos?
Algunos viajes literarios
Sintetizamos
Definamos la hermenéutica
Hagamos un poco de historia
El viaje como iniciación
Vayamos hacia lo eterno, hacia el reino de los paradigmas y arquetipos
Viajemos de una buena vez
Capítulo 2. La oralidad y los cuentos infantiles (Tradición y cronología de epopeyas y cuentos)
La oralidad
La huella mnémica (o en busca del limo esencial)
Qué dice la literatura al respecto
Cuentos maravillosos y epopeyas, ¿se parecen?
Qué diferencias hay entre unos y otros
Acerca de las epopeyas y sus héroes
Cerremos
Capítulo 3. Acerca del origen de los cuentos
Breve cronología
Las mil y una noches
Hagamos un alto en el camino
Vamos a conocerlos un poco más
Concluyamos
Capítulo 4. Estructura de los cuentos. Morfología de los cuentos maravillosos
Cuál es la estructura de los cuentos maravillosos
Veámoslo en un cuento bien conocido
Revisemos sus funciones según Propp
Capítulo 5. La bella durmiente o el despertar del don
Ahora según los hermanos Grimm
Lectura simbólica de ambas
¿Sentamos diferencias?
Veamos los números
¿Lo sabe cada autor?
Los números de Perrault
Qué números mencionan los hermanos Grimm
Capítulo 6. La doncella sin manos o las pruebas que acarrea la conquista del don
Un poco de historia
Para sintetizar
Veamos algunas versiones
1- La historia de la paloma de oro y la hija del rey, de Víctor Chauvin recogida de la versión de Breslau de Las mil y una noches)
2- La versión morisca en caracteres latinos
Y hay más versiones aún
Nos centramos en el cuento
Algunos relatos que derivan de este núcleo central
Una gran tentación
Perceval y la doncella sin manos
¿Y cuál es la herida?
¿Y cuál es la pregunta que hay que hacer?
Qué ocurre entonces con la Doncella
Con respecto a los números
Conclusión
Capítulo 7. El espíritu embotellado o la liberación de lo que permanece oculto
Los más antiguos
Detengámonos un momento en el pez
Qué ocurre en los cuentos
De homúnculos y otras yerbas
¿Y Pinocho?
Integremos
En busca del tesoro
Agreguemos un número aún no considerado
Un ejemplo más: Aladino
Hablemos de cuevas
Alí Babá y los cuarenta ladrones (y su cueva)
¿Y por qué Sésamo?
¿Y por qué cuarenta?
Volvamos a la historia
Sinteticemos
Capítulo 8. Barba Azul o el coraje de abrir la puerta prohibida Barba Azul de Charles Perrault
Algo acerca de Nariz de plata
El pájaro del brujo, de los hermanos Grimm
Comparemos los tres cuentos
¿Y por qué la menor?
Sinteticemos
Volvamos a Barba Azul
¿Entramos en territorio prohibido?
Cerremos el capítulo
Capítulo 9. La Bella y la Bestia o la belleza de la sombra
Acerca de la versión
Analicemos
El número seis
Veamos el número diez
Detengámonos un momento para decir algo más respecto de la sombra
Definamos la noche
¿Y por qué a las nueve?
Volvamos al cuento
La clave
Pongámonos el anillo
Sigamos
¿Y las hermanas?
Conclusión
Y colorín colorado...
Dos consideraciones finales
¿Y la varita mágica?
Cerramos el capítulo
Qué importancia tiene la belleza en el relato
Capítulo 10. Hansel y Gretel o la integración de la dualidad
Revisemos algunos pares de hermanos célebres
Veamos quién gana
Cerramos y llegamos a casa
Capítulo 11. Rapunzel o la conquista de la propia autonomía
Hablemos de las versiones y del “síndrome Rapunzel”
Qué es eso de Rapónchigo
¿Y los cabellos?
¿Y la trenza?
Hablemos del desierto
¿Y qué ocurre cuando la encuentra?
Capítulo 12. Cenicienta o el propio don siempre se manifiesta y llega (aún en aquel lugar que nos parece el más miserable)
Hagamos un poco de historia
Veamos la versión de Estrabón
Ahora la de Claudio Eliano, que retoma a Ródope en su libro Varia Historia
Compartamos la versión egipcia de Ródope, ya como cuento de hadas
También hay una versión china
Y una versión vietnamita
La Cenicienta abenaki
¿Pero cuál es la Cenicienta original?
Vayamos a las versiones más conocidas
Analicemos lo que nos dice Perrault
¿Y por qué un zapato y/o una zapatilla?
Volvamos a Cenicienta
Qué es la gracia
Vayamos con los hermanos Grimm
Desmenucemos la ramita
Ahora nos ponemos el sombrero
Primera huida
Segunda huida
Tercera ¿huida?
Primera tentativa
Segunda tentativa
La tercera es la vencida
¿Hay castigo? (Vladimir Propp, función 30)
Conclusión
Capítulo 13. La Sirenita o el amor incondicional
Hablemos de sirenas
Terminemos de definir su origen
Volvamos al cuento
Emerjamos juntos (creo que ya es hora)
Concluimos, concluimos
Capítulo 14. La mujer esqueleto o danzar con la Muerte
¿Nos animamos?
Hagamos historia
Sigamos haciendo historia
¿Bailamos?
Sigamos enlazados
Miremos a este Cuervo
¿Y Sedna?
Concluimos
Cierra Chevalier
Ahora cierro yo y/o nosotros
¡Y colorín colorado!
Bibliografía

Guillot, Ana

Buscando el final feliz : hacia una nueva lectura de los cuentos maravillosos / Ana Guillot. - 1a ed. . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2015.

Libro digital, Amazon Kindle

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-609-607-2

1. Estudios Culturales. I. Título.

CDD 306

© 2014, Ana Guillot

© Editorial Del Nuevo Extremo S.A., 2014

A. J. Carranza 1852 (C1414COV) Buenos Aires, Argentina

Tel/Fax: (54-11) 4773-3228

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

Imagen editorial: Marta Cánovas

Diseño de tapa: Sergio Manela

Diseño interior: ER

ISBN 978-987-609-607-2

1ª edición: octubre de 2014

Primera edición en formato digital: diciembre de 2022

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

• Agradecimientos •

A mis ancestros: abuelos/abuelas, padre/madre y, antes de antes, desde el comienzo de los tiempos, por cada relato que dejaron en mí

A mi príncipe Juan (y a nuestras respectivas sombras), porque reinar/amar/perdurar es mi intención y mi meta

A mis hijos/hijas, nueras y yernos que trenzan amorosamente cada subida y bajada de la torre

A mis nietos: varita mágica, objeto luminoso, dadores absolutos. A sus risas y preguntas y demandas. A cada uno, una corona... ¡y a jugar!

A mis amigas y amigos, que me proveen un corazón generoso y un espacio de reflexión: semillas valiosas para atravesar el bosque y volver a casa sin perderme

A Celina Gerardi y Jessie Souss, hadas madrinas que siempre convirtieron la calabaza en magnífico carruaje

A mis alumnos del colegio Santo Tomás de Aquino, porque me ayudaron a crecer y aún perduran; porque siempre hicieron la pregunta correcta

A mis Tangerinos amados, porque escriben sus historias mientras completan la mía; porque danzamos juntos, con el zapato preciso

A Pablo Coll, Marcelo Mansour, Nora Rousseaux, Lili Saban, Juan Carlos Gossis, que acompañaron el proyecto fértilmente

A Miguel Lambré y Carlos Sáez, mis escuderos; por entender, esperar y alentar mi escritura. A Mónica Piacentini, por su atenta y emotiva mirada. Y a la Editorial Del Nuevo Extremo en general, porque me hacen sentir reina de verdad

A Consuelo, siempre, por su bella transparencia

A Alejandro, el padre de mis hijos; porque, aunque ya no está entre nosotros, sostiene (estoy segura) una parte del Grial

A los poetas y narradores que amo: una larga lista de hermosos encuentros y coincidencias

A la niña que soy

A los personajes de este libro. A cada una de mis lecturas. A todas las historias con final feliz

• Érase que se era •

O “...Había una vez” un libro. Yo era chica y no lo sabía, pero ya estaba escribiéndolo. Cada vez que leía algo o iba a ver las películas de Walt Disney y el príncipe besaba a la princesa, iba incorporándolo, aprendiendo. Y también, cada vez que me demoraba mirando por la ventana de mi dormitorio en la casa de mi infancia, jardín y tilo en el medio, y abuelos y padres viviendo juntos. En esa época había un gato, que me acompañó hasta la secundaria, y no había hermanos (ni hay). Así que yo leía, conjuraba, me iba por ahí, volvía y seguía leyendo y conjurando, embelesada, anárquica, buscando no sabía bien qué. La Universidad puso sistema en el caos y trajo a los griegos con su tremendo caudal: una inundación en el cuerpo. Los respiraba como si fueran parientes: Aquiles, Andrómaca, Tiresias, Helena y Paris, Antígona, Casandra, Odiseo. Todos en mí. A puro placer me dieron forma y me llevaron otra vez por donde quisieron. Y los seguí.

Después, la vida. Con la turbulencia que a todos nos llega. No importan las vicisitudes y las secuencias, pero juro que hice el viaje (y sigo). A los tumbos a veces, agonizante en otras, gozosa y recuperada otras tantas. Como pude. Y siempre escribiendo este libro sin saberlo. Ahora me doy cuenta de que si llegué hasta acá, este es el resultado de cada costura/pulsión/suspiro/desesperación/jadeo/llanto/equivocación. ¿El libro de mi vida? Sí, a pleno. Pero en los aconteceres de otros, y en la reminiscencia de la que soy y fui. ¿En otras vidas? Tal vez, eso siento en el fondo. Pero no importa qué es lo que yo creo ni cómo es la cosa. Lo indispensable es lo que ellos me mostraron.

Los cuentos maravillosos son un enorme reservorio, generoso y agradecido, si nos decidimos a visitarlo. Allí también están los griegos (aunque no lo parezca). Aquiles llora ante Príamo y devuelve el cadáver de Héctor justo cuando Hansel y Gretel se amigan con su padre. Y Odiseo llega a Ítaca porque Penélope hila con los cabellos de Rapunzel. No lo duden: es verdad eso de la historia sin fin (1) porque en el fondo es la misma, invariablemente. Casi me resultó imposible entrar en materia sin contextuar: 1) el viaje en sí mismo (y su héroe y/o heroína buscándose), 2) la relación entre las epopeyas y los cuentos, 3) Vladimir Propp y su aporte gigantesco; y recién entonces, sí, 4) los cuentos en sí mismos, con una simbología que fue abriéndose incluso a medida que escribía. Muchas veces pensé que mi lectura iba hacia un lado y en mitad de la cuestión se me ocurrían otras posibilidades que me llevaron a investigar, buscar, urdir, preguntar y recontarme a través del imaginario de esos símbolos. Por eso menciono a Carl Jung; pero sobre todo a Jean Chevalier, mi escudero literario durante todo el viaje.

Ustedes pueden elegir el trayecto que deseen: abordarlo completo, de a partes, zigzagueando. Cada capítulo puede leerse como un compendio acerca de algunos temas y/o como un viaje reflexivo y amoroso (mente y corazón juntos, como decían los griegos) hacia la profundidad del ser, ahí donde late lo mejor de nosotros. Ojalá las dos maneras sean fértiles. Cada uno de los relatos cubre un tramo del camino y enlaza con el próximo, de tal manera que, al menos a mí, me llevaron en forma paulatina más hondo y, paralelamente, más cerca del palacio.

Ahora, en algún lugar, alguien acontece alrededor del fuego, narrando. Ese ancestro está en mis manos, que tipean. Nada me pertenece en realidad. Es él quien cuenta por mí.

1. La historia interminable, novela de Michael Ende (Baviera, 1929 – Baden, 1995). Recibió el Premio Janusz Korczak.

• Capítulo 1 •

La oralidad y los cuentos infantiles. El viaje como leitmotiv

“La búsqueda del príncipe contiene muchas sorpresas, y una de las mayores es el darnos cuenta de que cada uno de nosotros es al mismo tiempo el príncipe, el dragón, la perversa madrastra, el animal servicial y la amada; y que, también al mismo tiempo, somos el narrador y la búsqueda”.

Guía astrológica para vivir con los demás

Liz Greene

Sintetizamos

Tanto el tiempo como el espacio (o las secuencias narrativas en sí mismas) se configuran en estos relatos como meros andamiajes en los que la verdadera acción (interior, profunda, ontológica y hasta metafísica) toma forma a fin de llevarnos hacia el objetivo ansiado. Entonces, desde algún lugar, parecería razonable minimizar la importancia de ambos vectores (tiempo y espacio), pues podrían considerarse como simples excusas para contar lo que está por detrás, el verdadero tránsito o la verdadera historia. Sin embargo, no es tan así; pues de la misma manera en que no hay vida sin experiencia, no hay historia sin secuencias (en un lugar determinado y/o en una época específica). De modo que son dichas secuencias las que en realidad comienzan a dibujar el mandala personal de cada personaje. Que devendrá y conformará a su vez, qué duda cabe, nuestro mandala personal. Es por eso que, aunque los personajes cambien de nombre, ocupaciones, características físicas o emocionales, siempre nos remiten a una serie de arquetipos básicos, que hablan más del yo al que hay que arribar (como raíz esencial) que de la apariencia (máscara, disfraces, ego) de la cual parten.

Definamos la hermenéutica

Desde pequeños nos han narrado historias. Por suerte siempre hubo una abuela o abuelo, una madre o un padre. Y luego, libros o revistas. Y si bien aún hoy sería posible (y tentador, y más sencillo) realizar solo una lectura literal de los relatos, conocer y reconsiderar su significado más hondo exigirá un abordaje hermenéutico fascinante y enriquecedor; porque leer los símbolos nos permitirá acceder a un espacio suprasensible, más allá de lo que habitualmente creemos percibir (leer, ver, comprender, analizar). Por otra parte, la inmersión literaria (meternos en sus argumentos y bucearlos) nos ayudará a comprender al otro y a las relaciones que juntos generamos. Pero, y por sobre todo, permitirá que nos conozcamos a nosotros mismos; asimilando, comprendiendo y dominando (o armonizando, domesticando, iluminando) las pulsiones internas que, desde niños, nos han deslumbrado y/o aterrado. Cada objeto, cada número, la mayoría de los personajes dicen por sí mismos y, a la vez, esconden capas y capas de significados. Son como inmensas cebollas que nos alientan a ir arrancando sus túnicas para que podamos llegar al corazón (centro, eje, o bulbo).

Hagamos un poco de historia

La hermenéutica, en su aspecto filológico (es decir, desde y a partir del material en sí mismo) surge en Alejandría, ante la necesidad de establecer el sentido auténtico de algunos textos (de los poemas homéricos en particular) y con la intención de rescatar su tono ejemplificador. Es que tanto la Ilíada como la Odisea se constituyen en modelos a imitar, pues narran acontecimientos de una época heroica y fundacional. Por eso ambas retroceden en el tiempo y sitúan la acción unos cuatro o cinco siglos antes de la época en la que vivió Homero... si es que Homero es su verdadero creador, si es que existió, si es que no representa colectivamente en su nombre a más de un juglar. El autor, cualquiera sea (y ojalá se trate de Homero), pertenece al siglo VIII a.C. y la guerra se sitúa entre los siglos XII y XIII a.C. (los datos no son precisos). Igual que en el Quijote, que es producto del barroco pero que reconsidera los valores del medioevo, Homero valida aquella época de intensa lucha y temeraria conquista, enfatizando ante sus oyentes (y luego ante sus lectores) las virtudes que él considera necesario reencarnar (retomar, reconsiderar).

De todas maneras, son evidentes las diferencias entre ambos textos: la Ilíada tiene a la guerra como telón de fondo aunque se centra en la cólera de Aquiles y en su posterior sofrosine (trágica, íntima), catarsis mediante. En cambio, en la Odisea la lucha ha terminado y su protagonista, Odiseo o Ulises, desea volver a su tierra natal, pues allí están sus afectos y sus raíces. Por eso, regresar a la “patria tierra” se entiende, metafóricamente, como el deseo de retornar (también y además) al centro de sí mismo, a su propio reino interior. Para ello emprende un viaje que ha de llevarlo desde Troya hasta Ítaca, y desde la hybris (o ubris) al sosiego. Como héroe será el encargado de instaurar una nueva consciencia (más transparente, más sabia y benévola) en el alma del pueblo griego. En verdad, tanto uno como el otro regresan, pero en circunstancias diferentes: Aquiles va desde la arrogancia hacia el olvido de las pendencias y el perdón; y Odiseo, terminada ya la guerra, va desde la ira hacia el amor (y la fidelidad al otro y a sí mismo). La necesidad de ahondar en estas secuencias y de resaltar lo que de universal y pedagógico tienen, exigió en su momento una lectura y un análisis capaces de atravesar lo lineal (o meramente argumental) para dilucidar y extraer las múltiples dimensiones de sus elementos más significativos.

Es que el dios Hermes (de quien deriva la palabra) sigue haciendo de las suyas y nos habla al oído. En la magna Grecia, el de los pies alados era el mensajero de los dioses y tenía el don de actuar como intercesor entre ellos y los hombres; como una especie de puente desde la vida y lo cotidiano hasta el reino de los muertos (y viceversa), un vocero de lo sagrado, aquel que le permitía al ser humano penetrar en los grandes misterios. En consecuencia, así como antiguamente era él quien se internaba en las plurívocas interpretaciones de las sentencias más oscuras del oráculo, la ciencia que lleva su nombre es la que nos guía en la exégesis de los signos y su valor simbólico. Concluimos, por extensión, que la hermenéutica alude a todo aquello que es hermético (secreto, no develado de manera directa); es decir, refiere a la manifestación de algo mágico, inusual, fantástico, más allá del pensamiento lineal y de la comprensión analítico-racional. Por ende, tiene como finalidad traspasar el símbolo a fin de acceder a su capa más sutil y preeminente. ¡Cáspita!, ¡eureka!,(2) ¡sí, eso es! parece decir. Y es entonces cuando se hace la luz.

El camino para resignificar toda lectura es pantanoso (esta palabra lo trae por un momento al bonito ogro Shrek): somos muchos los hablantes (lectores, críticos, opinólogos, etc.) y además el lenguaje es complejo y plurívoco. Es por eso que siempre podrá llegarse a conclusiones diferentes e incluso hasta contrapuestas. Y es por eso también que el recorrido durante la lectura, decodificación, retextualización y hasta apropiación por empatía de un texto, puede ser largo e intrincado. Pero no hay vuelta atrás: hay que animarse a salir. A pesar de los a pesares, llenos de miedo o de coraje, de ilusión y de fuerza. Es en estos momentos cuando el niño que fuimos habla para mostrarnos que es en el corazón (centro, eje o bulbo) donde ha quedado la impronta, el sello de aquel día en el que, en algún patio de baldosas (jardín, vereda o dormitorio) fuimos Aladino o He-Man o Harry Potter o Frodo Bolsón o Luke Skywalker; o la Bella Durmiente o Cenicienta o Rapunzel o Alicia o la princesa Leia. Es como morder la madeleine, acotaría Marcel Proust... o las vainillas en la leche o en el Nesquik. O como esperar con ansias el helado de Laponia, o empezar a oler la sopa antes de que toda la infancia vuelva y quede encerrada en el círculo mágico del recuerdo. Dasein (ser en el mundo), al decir de Paul Ricoeur, que deberá extraer el lector (con la espada triunfal, o abriendo las zarzas y despertando) para, hermenéutica mediante, aplicarlo a su propia vida.

El viaje como iniciación

No hay dudas entonces: vivir es viajar (y viceversa). Tanto en lo cotidiano/inminente como en la insondable y apasionante búsqueda del verdadero ser. Y, cuanto más consciencia se tenga de ello, más simple y fácil será aprehender y hacerse cargo de lo que vaya ocurriendo en el transcurso. Aprehender en el sentido de leer las señales, apropiárselas, decodificarlas. Los héroes, aún en su espacio bélico o extraordinario, no hacen más que recordarnos que la vida cotidiana es el territorio en el que dicho viaje trascurre. Ellos son, desde los tiempos remotos, los modelos a observar y, en lo posible, a copiar. Ellos son los arquetipos o paradigmas a tener en cuenta. Y es por eso que los viajes (o la lectura de los mismos) es siempre iniciática, pues nos conducen a un nuevo lugar, o a un nuevo estado del ser. Desde luego que comprender no es lo mismo que llevar a cabo: enfrentar, traspasar (un problema, cualquier circunstancia vital). Internarse en el bosque en serio, caer en el abismo varias veces a lo largo de los años; eso sí que es bien difícil. Tampoco es lo mismo pensar o imaginar que poner el cuerpo. Pero al menos conlleva la posibilidad de centrar la atención, la voluntad y el entendimiento con más perspicacia e inteligencia (y hasta indulgencia con uno mismo), a fin de concentrar las potencialidades del ser y beneficiar el proceso integrador o anácrasis. Como consecuencia de esta iluminación, las enseñanzas se manifiestan con mayor transparencia y, por lo tanto, nos consideramos capaces de reparar lo que se perciba como disfuncional y de acentuar lo expansivo-beneficioso.

Vayamos hacia lo eterno, hacia el reino de los paradigmas y arquetipos

En su momento fueron los escolásticos quienes utilizaron estas palabras en el sentido platónico (referido al Mundo de las Ideas), y en combinación con la doctrina aristotélica, retomada por santo Tomás de Aquino para aludir a la “idea primordial” que ha precedido a la creación del mundo. Más tarde, Johann Wolfgang Goethe, en el Fausto, las asimiló a las Madres (¿como paridoras?, ¿como fuente elemental u origen?), quienes, con sus antorchas, símbolo de la luz del buen discernimiento, iluminan la región sombría y van guiando al héroe. Pero es Carl Jung el verdadero introductor del término, al referirse a cada una de las imágenes originarias, constitutivas del inconsciente colectivo (o herencia psíquica). En su opinión, los arquetipos son modelos comunes a toda la humanidad, pues configuran (repiten, muestran) ciertas vivencias individuales básicas o imágenes ancestrales autónomas. Y se manifiestan tanto en los sueños (ensoñaciones, éxtasis, etc.) como en las leyendas, cultos, religiones y/o mitos de todas las culturas. Mircea Eliade, por su parte, habla, desde una perspectiva también neoplatónica, de “paradigmas ejemplares y transhistóricos”. Ambos autores refieren a imágenes dominantes o primordiales, o a la tendencia innata (no aprendida) que lleva al hombre a experimentar las situaciones de una determinada manera y no de otra.

De la amplia gama de arquetipos existentes (incluyendo los que refieren a la Cábala o al Tarot; por lo tanto y además, a la Numerología y a la Astrología, así como a la Alquimia y a las tradiciones similares del hinduismo y del budismo), cinco son los que más se mencionan en los análisis meta-textuales, y ellos son también los que reaparecerán muchas veces a lo largo de estas páginas. A saber: 1) ánima, 2) ánimus, 3) sombra, 4) persona, 5) sí-mismo (o sus imágenes equivalentes). Todos serán considerados en cada uno de los capítulos en función de la narración elegida. Pero pongamos un criterio en común:

1) Ánima significa alma en latín, y en Jung alude a “las imágenes arquetípicas de lo eterno femenino en el inconsciente de un hombre, que forman un vínculo entre la consciencia del yo y el inconsciente colectivo abriendo potencialmente una vía hacia el sí-mismo”. Es la imagen de mujer o figura femenina presente en los sueños del hombre y, vinculada a Eros, refleja la naturaleza de sus relaciones, especialmente con las mujeres. Puede referir a una mujer joven, espontánea, seductora e intuitiva, así como a una mujer malvada (veremos muchas en nuestros cuentos) o a la madre tierra. En su momento, la Donna será la idealización suprema de este arquetipo... pero para eso falta todavía. El ánima representa una imagen viva del alma, y todos los príncipes se esmerarán por llegar a ella. Robert Gravesla asocia a la Diosa Blanca, asumiendo en ella las características de un ánima universal, en sus tres aspectos: como doncella, como matrona y como anciana. La Diosa es para él no solo patrona, sino ama y señora que rige su inspiración y su acción. Y así serán nuestros príncipes, y también nuestras princesas buscando su ánimus. Ambos abrevarán en una misma fuente, pues su final feliz ha de llegar solo cuando se integren ambas polaridades en ese matrimonio que todos esperamos.

2) Ánimus significa espíritu en latín, y en Jung alude a “las imágenes arquetípicas de lo eterno masculino en el inconsciente de una mujer, que forman un vínculo entre la consciencia del yo y el inconsciente colectivo abriendo potencialmente una vía hacia el sí-mismo”. Refleja la naturaleza de su conexión con el Mundo de las Ideas, mientras Eros refleja la naturaleza de lo relacional. Ambos conceptos se corresponden en todas las historias que luego se analizarán; La Sirenita será, sobre todas las demás, un ejemplo potente de la mirada contemplativa de la mujer respecto del ideal masculino. Asimismo, y como dice Jung, las dificultades vitales que se observen en la mujer derivan de la identificación inconsciente con el ánimus o de su proyección en la pareja. Por lo tanto, veremos padres bondadosos y otros castradores, y nuestra heroína se verá empujada a hacer su camino para resolver la ecuación.

3) La Sombra es vista por Jung de dos maneras diferentes: por un lado, como la totalidad de lo inconsciente, manteniendo el postulado de Freud que lo define como todo aquello “que cae fuera de la consciencia”, pero adaptándolo a su propio corpus teórico en el cual tiene, además de la dimensión personal, una colectiva (inconsciente colectivo). En segundo lugar, Sombra designa al aspecto inconsciente de la personalidad, caracterizado por rasgos y/o actitudes que el Yo consciente no reconoce como propios. En tal sentido, Bella y Bestia serán los que con más claridad van a revelar este aspecto, pues su historia alude a esa parte de la personalidad, suma de disposiciones psíquicas personales y colectivas no asumidas por la consciencia al sentirlas incompatibles con aquella que domina en nuestra psique. Como dichos contenidos rechazados no desaparecen, cobran autonomía y se constituyen en antagonistas del yo. Luego veremos que “parece” un antagonista, pero que ciertamente no lo es. “Uno no se ilumina imaginándose figuras de luz, sino tornando la oscuridad consciente”, dice Jung en El árbol filosófico. Por eso Bella deberá conocer a Bestia y empatizar con él. “La figura de la sombra personifica todo lo que el sujeto no reconoce y lo que, sin embargo, una y otra vez lo fuerza, directa o indirectamente; así por ejemplo, rasgos de carácter de valor inferior y demás tendencias irreconciliables”, señala. Y agrega: “Si hasta el presente se era de la opinión de que la sombra humana es la fuente de todo mal, ahora se puede descubrir en una investigación más precisa, que en el hombre inconsciente justamente la sombra no solo consiste en tendencias moralmente desechables, sino que muestra también una serie de cualidades buenas; a saber, instintos normales, reacciones adecuadas, percepciones fieles a la realidad, impulsos creadores, etc.”. Efectivamente, Bestia, ensimismado por Bella, dejará salir sus mejores cualidades. En general, la Sombra se simboliza en figuras como la serpiente, el dragón, los monstruos y demonios; y también las brujas, ogresas y hadas malas que nos aguardan en los próximos capítulos. Asimismo, existiría además una Sombra de carácter colectivo.

4) Persona (o máscara, en latín). En su obra Tipos psicológicos, Jung plantea que un individuo normal no manifiesta una pluralidad de personalidades, pero sí puede potencialmente disociar su personalidad (o carácter) según el modo como dicho sujeto se modifique de acuerdo a determinadas circunstancias o al pasar de un ambiente a otro. A veces espacios distintos hasta exigen actitudes distintas. Tales actitudes generan un desdoblamiento del carácter según el grado de identificación del yo con las mismas. “Mediante su identificación más o menos completa con la actitud adoptada en cada caso, engaña cuando menos a los demás, y a menudo se engaña también a sí mismo, en lo que respecta a su carácter real, se pone una ‘máscara’ de la que sabe que corresponde, de un lado, a sus intenciones y de otro, a las exigencias y opiniones de su ambiente; y en ello unas veces prepondera un elemento y otras el otro”,dice.Y es interesante observar que los verdaderos héroes o heroínas presentan, casi desde el comienzo, una integridad bastante clara, un acuerdo suficientemente firme entre su persona y su sí-mismo; a diferencia de las pérfidas madrastras, los crueles progenitores, los hermanastros y/o hermanastras, etc. En estos últimos la disociación es notable, como si hubieran perdido el rumbo. En cambio, en los protagonistas la fuga (o máscara) es menor (o casi nula) y es la que los impulsa para que ellos/ellas logren alcanzar su excelsitud.

5) Cerremos entonces con el sí-mismo; en alemán, Selbst. Definido por Jung como el arquetipo central de lo inconsciente colectivo, el arquetipo de la jerarquía, la totalidad del hombre. “El sí-mismo es una unión de los opuestos κατ’ εξοχήν (por excelencia)”. Se representa simbólicamente con el círculo, cuaternidad, niño, mandala, etc., y representa el fin último del proceso de individuación. ¡Maravilloso! Si estamos intentando volver a ser niños, entonces el viaje es francamente prometedor: llegaremos a nuestro mandala personal y a cerrar el círculo. Veamos: “El sí-mismo es una magnitud antepuesta al ‘yo consciente’. Comprende no solo la ‘psique consciente’, sino también lo ‘inconsciente’, y por ello es, por así decirlo, una personalidad que ‘también’ somos... No existe posibilidad alguna de alcanzar también una ‘consciencia’ aproximativa del sí-mismo, pues por más que queramos hacerlo consciente siempre existirá una cantidad indeterminada e indeterminable de ‘inconsciente’ que pertenece a la totalidad del sí-mismo”. Lamentablemente así es la cosa; sin embargo, y en aras del mentado final feliz, al menos intentaremos el mayor intercambio entre nuestro consciente y nuestro inconsciente, a fin de crear lazos duraderos y reparadores entre ambos, para que puedan, hacia el final, danzar también entre ellos. “El sí-mismo es no solo el ‘centro’, sino también aquel ámbito que encierra la ‘consciencia’ y lo ‘inconsciente’; es el centro de esta ‘totalidad’ como el ‘yo’ es ‘el centro de la consciencia’”. Centro, o axis-mundi, o corazón de cebolla, o corazón humano, árbol de la vida, montaña... ¡tanto para decir y asociar! “El sí-mismo es también la ‘meta de la vida’, pues es la expresión más completa de la combinación del destino que se llama individuo”, completa. Entonces... si hay meta... ¡hay viaje!, ¿no se los dije acaso?

Concluyamos pues con Jung: “El ‘símbolo de Cristo’ tiene suma importancia para la psicología, porque es tal vez, junto con la figura del Buda, el símbolo más desarrollado y diferenciado del sí-mismo”. Y es por eso que en nuestro derrotero asumirán enorme importancia aquellas figuras sacrificadas, colgadas, descuartizadas, etc.: todas ellas transeúntes momentáneos de una gigantesca fractura, la mayor de las veces, elegida (he ahí la causa de su mérito); y además, asumida por el bien de los demás. “Sin la vivencia de los opuestos no existe experiencia de la totalidad y, por ende, tampoco un acceso interior a las figuras sagradas”, sintetiza. Como vemos, solo cuando lleguemos al matrimonio interior entraremos de lleno en ese ámbito sagrado, utopos o eutopos... ¡ambos! Y completaremos nuestra propia anácrasis.

Por su parte, los arcanos mayores del Tarot pueden también considerarse figuras arquetípicas: 1) El Mago, 2) La Sacerdotisa, 3) La Emperatriz, 4) El Emperador, 5) El Hierofante o El Papa, 6) Los Enamorados, 7) El Carro, 8) La Justicia, 9) El Ermitaño, 10) La Rueda de la Fortuna, 11) La Fuerza, 12) El Ahorcado, 13) La Muerte, 14) La Templanza, 15) El Diablo, 16) La Torre, 17) La Estrella, 18) La Luna, 19) El Sol, 20) El Juicio, 21) El Mundo o El Eón y 22) El Loco. Cabría pensar solo un instante cuántos cuentos refieren a estos nombres directa o tangencialmente. En cuántos relatos existen magos o magas, o reyes y/o emperadores, igual que reinas y/o emperatrices, carros, torres, diablos, estrellas, lunas, etc. En la mayoría, ésa es la verdad. Por otra parte, asumir ese quantum que supone el arcano implica un viaje hacia el sí-mismo. Ya sea a partir de la Numerología o del Tarot como mancia, lo que las cartas nos dicen es desde dónde partimos y/o hacia dónde nos dirigimos; y por lo tanto, qué es lo que debemos ver, comprender, desechar, encarnar, completar, etc. Es fascinante el viaje que el mismo Jung propone con ellos, y mucha la bibliografía al respecto.

Hasta las doce sephiroth o senderos de la Cábala egipcio-hebrea son representaciones de ese campo simbólico, si las entendemos como emanaciones del Dios a través de las cuales se creó el mundo. Su diagrama es el Árbol de la Vida: un sistema de relaciones intersimbólico-místicas que sugieren un recorrido interior (una especie de ruta) a fin de expandir la consciencia de cada ser humano, desde Kether o Corona (igual que las de los reyes y reinas, príncipes y princesas de nuestros cuentos), pasando por Chokman o Jojmá (Sabiduría), Bináh (Entendimiento), Chesed o Jesed (Compasión), Geburáh (Juicio/Estrategia), Tipheret (Gloria y/o Belleza), Nezach o Netsaj (Victoria), Hod (Esplendor), Yesod (Fundación) y Malkuth (Reino)... ¿Reino... reino acabo de decir? Nos acompañará hasta el final este concepto, esto de reinar en nosotros mismos y de usar la corona con la sólida alegría de estar en casa; en el sí-mismo, con el Reino alineado a la Corona luego de haber integrado (o de haber intentado integrar) dichas emanaciones o cualidades del dios. Del reino a la corona... ¿puede haber una síntesis más bella y auspiciosa?

Si pensamos en los elementos que componen mitos y cuentos, y si consideramos a sus protagonistas, no hay duda de que todos estos conceptos (o sus derivaciones y equivalencias) aparecerán mencionados muchísimas veces en los próximos capítulos, y les darán textura a nuestras heroínas y héroes. Pues, tal como señala la doctora Shinoda Bolen, refiriéndose a los dioses y/o diosas (aunque trasladando su conocimiento a este ámbito fundacional), los arquetipos son poderosas fuerzas invisibles que modelan la conducta e influyen en las emociones, y que interactúan afectando a cada hombre y a cada mujer individualmente. Y cada uno de ellos funciona como un principio organizador o esquema básico de conducta sobre cuanto vemos, percibimos y hacemos. Por lo tanto, conocerlos (identificarlos, reconocerse en) es una enorme fuente de poder personal a la hora de querer descubrir y potenciar todos los aspectos que nos integran y de experimentar la dimensión sagrada en nuestras vidas. El objetivo es, pues, que cada uno adquiera la capacidad de utilizar la entidad (o representación) más adecuada en cada situación (como cuando jugaba de niño en aquel patio de baldosas/jardín/vereda o dormitorio), armonizando los dioses/diosas o aquietando las brujas/demonios interiores a fin de ir aceptando y superando los conflictos y desafíos de las diversas etapas. Esto dará como resultado la posibilidad de escribir, finalmente, el mitologema personal.

Conocerlos nos llevará también a descubrir que no siempre somos la princesa y/o el príncipe, sino que también habitan en nosotros la madrastra o la Bestia, las hermanastras, el ogro, la bruja o brujo y hasta el mismísimo narrador, porque... ¿quién sino nosotros mismos escribe nuestro propio libreto? Es claro que cada uno de ellos es (configura, recrea, representa) un personaje autónomo de los demás. Pero resulta apasionante sumergirse y nadar la totalidad de las aguas. Solo así será posible observar e inteligir cada una de las caras del prisma que componemos... ¿o que nos compone? ¿Penetramos o somos penetrados?, nos preguntamos antes; ¿poseemos o somos poseídos? ¡Ambos! concluimos nuevamente: son pulsiones que funcionan en simultáneo danzando entre sí. El caso es que, sea como sea el gran misterio (el enorme galimatías), siempre estaremos encarnando alguno de estos rostros a lo largo de las muchas situaciones que nos toque vivir. Y requerirá de una enorme paciencia y comprensión (amabilidad, consciencia, humildad y capacidad de perdonar) abarcar la complejidad y la suma del personaje que en verdad somos. Finalmente, conectar los paradigmas entre sí permitirá observar que cada cultura (civilización, grupo étnico, religión) le ha puesto diversos nombres a lo que, en realidad, es semejante. Como vemos, la torre de Babel, y las diferencias idiomáticas en las que concluyó su caída, es bastante más que una bella metáfora a la que hay que revertir, aceptando que todas las culturas y religiones nos hablan parecido o aluden a realidades equiparables.

Viajemos de una buena vez

Entonces, manos a la obra: sacamos el pasaje y decidimos el itinerario, que no será otro que revisar juntos el bello material que nos proveen mitos y epopeyas por un lado; y cuentos, por el otro. Y entre ellos, los llamados cuentos de hadas o maravillosos. Descubrir la red que los une será correr el velo, y hacerlo nos permitirá comprobar que nunca los hemos olvidado, pues tanto unos como otros nos han permitido descubrir nuestros más valiosos tesoros. “A través de ellos aprendimos que la lealtad confiere belleza al alma, que la pureza es su mayor dicha y que solo en la pobreza comienza a desplegarse el esplendor más íntimo del alma”, dice Rudolf Meyer en La sabiduría de los cuentos de hadas. “Y también pudimos comprender que a veces se debe arriesgar la vida para conquistar a una princesa”, concluye. ¿Debemos entenderlo literalmente? Bueno, sí… pero también no. Pues será menester traspasar lo lineal para, hermenéuticamente, llegar al corazón del asunto. Y claro, para identificarnos (o no) con los arquetipos que se nos crucen en el camino. El Diccionario de símbolos de Jean Chevalier será nuestro gran aliado, escudero, objeto mágico, casi un álter ego en la historia. Así que, como si fueran niños otra vez, pueden sentarse cómodos que voy a contarles. El viaje está por comenzar...

2. Del griego eurisko: descubrir, encontrar.

• Capítulo 2 •

La oralidad y los cuentos infantiles(Tradición y cronología de epopeyas y cuentos)

“Armonizarse y sintonizarse con el Universo, y seguir así, es la función principal de la mitología”.

Los mitos en el tiempo

Joseph Campbell

La oralidad

Trasmisión oral y espontánea, libros y editoriales, representaciones teatrales o cinematográficas, ¿cuántas historias se habrán contado a lo largo de todos los tiempos? ¿Cuántas peripecias, clímax, desenlaces tramaron el final feliz o trágico o aleccionador? La materia argumental va y viene, se modifica, se exacerba o se comprime, adquiere mayor o menor valor simbólico, responde a las expectativas y estéticas de cada época. Sin embargo, hay entre ellas un fondo interrelacionado (una especie de rizoma o de red), un reservorio o plasma o lecho de río en el que todas se conectan: tienen elementos en común, circunstancias parecidas (o muy similares), arquetipos que apuntan a las mismas enseñanzas, caminos que el héroe deberá resolver cada vez que salga en busca de su propia aventura (rastro, huella digital o desafío). Las inter y meta textualidades son vasos comunicantes de ese gran río que abreva en un mismo limo. Héroes inocentes o virtuosos (algunos de ellos, como Aquiles y Sigfrido, futuras víctimas a causa de alguna zona vulnerable en sus cuerpos), enemigos a vencer (cíclopes, dragones, enanos, brujas, hermanastras, madrastras, pares), escaramuzas y obstáculos, objetos mágicos (bebedizos, anillos, varitas, espadas invencibles, hadas, lámparas maravillosas, mantras, fórmulas cifradas), todo cabe en ese limo en el que cualquiera de estas variables vuelve como por arte de magia (sic) para encantarnos y, sobre todo, para tocar la cuerda en donde ellas mejor resuenan… nuestro interior.

Algo se modifica cuando estamos en presencia de estos relatos que ahora, además, ha retomado el cine. Debemos a Walt Disney y a The Walt Disney Company la recreación de casi todas las heroínas: Blancanieves (1937); Cenicienta (1950); Aurora, en La Bella Durmiente (1959); La Sirenita (1989); Bella, en La Bella y la Bestia (1991); Jazmín, en Aladino (1992); Pocahontas (1995); Mulan (1998): Tiana, en La princesa y el sapo (2009); Rapunzel, en Enredados (2011); y las princesas Ana y Elsa en Frozen, una aventura congelada (2014). Pero también Tim Burton ha realizado una cautivante versión de Alicia en Alicia en el país de las maravillas (2010). Y Woody Allen, con sus exquisitas películas, proveyó al espectador de interesantes guiños a la hora de retornar a los griegos. De tal manera, un deus ex maquina es capaz de descender con forma de helicóptero, como ocurre en el final de Poderosa Afrodita (1995); o las Erinias pueden ser dos mujeres que, a causa de sus remordimientos, se le aparecen en la cocina al protagonista, como en Match Point (2005). Y hasta un carruaje puede llevarse al personaje principal cada noche hacia otro tiempo y espacio, como en Medianoche en París (2011), en la que Allen intertextualiza las transformaciones mágicas de Cenicienta y se permite la confluencia de los tiempos y espacios por fuera de lo lineal. A su vez, también Amelie (2001), de Jean-Pierre Jeunet es guiada a la boca del subte (¿del Hades?) por un ciego (¿el Tiresias de las tragedias griegas?). De modo que, se reconozcan o no las señales y referencias de estos grandes directores, se abran o no las capas de cebolla para llegar al núcleo y tocar la maravilla de esta transversalidad, algo resuena en nosotros, aunque sea subconscientemente, y permite asociaciones y paralelismos. Por eso, El Rey León o Nemo, Harry Potter o El señor de los anillos, tanto en sus versiones noveladas como fílmicas, son la mejor excusa para encontrarnos (hijos, sobrinos o nietos mediante) con el niño que fuimos; el de la tarde en el jardín o en la habitación (o en la vereda o en el patio), cuando decidimos cambiar nuestra identidad para personificar a nuestro héroe o heroína preferidos.

La huella mnémica (o en busca del limo esencial)

Así que, volvamos al principio del capítulo: trasmisión oral y espontánea, libros y editoriales, representaciones teatrales o cinematográficas; cada variedad aportó y aporta lo propio. Pero el limo más profundo, el que da nacimiento al resto es, por supuesto, la tradición oral. Madres, abuelas, padres, juglares, aedos (o el ancestro que hoy tipea en mí) han hilado con exquisitez esa trama (red o rizoma) que después, y solo después, quedó plasmada en un texto. Qué maravilloso poder de trasmisión, y qué fascinante que yo misma pueda relatar ahora lo que ya se narró hace cientos y miles de años. Con variantes, desde luego. Pero el arquetipo y el símbolo han llegado hasta acá, plenos y rozagantes. “Podemos formular la hipótesis de que la literatura oral es una forma básica, unmodo literario esencial en la vida del niño pequeño, porque la palabra está impregnada de afectividad. El cuento, el romance, la lírica, construyen el mundo auditivo-literario del niño, lo incorporan vivencialmente a una cultura que le pertenece, lo hacen partícipe de una creación colectiva, le otorgan signos de identidad”, dice Ana Pelegrín en La aventura de oír