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Esta es la aventura de un personaje antisocial, cabreado con el mundo y con varias cuentas pendientes. De un hombre que viaja hacia el norte en busca de algo pero no sabe muy bien qué. Da igual. O no. En el camino se cruza con valientes vikingas, corrientes de mar capaces de triturar un oso, unos Monty Python noruegos, una tribu que se resiste a ser colonizada, tiburones que aún no han cumplido la madurez sexual, eternautas que viajan con miniaturas de Lenin, padres que atracan bancos, chamanes devotos de Philip K. Dick e incluso un ebrio pero lúcido Miles Davis. Entre la crónica y la autobiografía, Pedro Bravo comienza su viaje en Å, el pueblo más tranquilo de Noruega (y probablemente del mundo), y termina, o eso cree, en el punto más septentrional de la Europa continental. De eso va este viaje a Cabo Norte. De ese chiste que es, quizás, todo este jaleo llamado vida.
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Seitenzahl: 140
Veröffentlichungsjahr: 2020
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CABO NORTE Pedro Bravo
A mi familia.
Darkness depends on where you’re standingJump the creek and watch the sunshine swimYou found it in a place in the end of northeastGotta a momentary bendGive me dreams, upstream, low and screamingYou gotta learn your placeDon’t let it go to wasteHumble but hungry, need validationCourtney BarnettHelp Your Self
En el pueblo más tranquilo del mundo hay cuatro casas, cien gaviotas y miles de bacalaos secándose al aire. En el pueblo más tranquilo del mundo con el nombre más corto del mundo hay vistas a un mar que es tirando a gris y pintura roja en las paredes de todas las casas. En el pueblo más tranquilo del mundo hay días en los que no se pone el sol y noches en las que no lo ves salir. En el pueblo más tranquilo del mundo llueve de abajo a arriba y en los momentos de calma sopla un viento de tormenta.
He llegado a Å por consejo de una estatua. Gunnar Sønsteby me lo dijo sin que nadie se diera cuenta mientras la vida en Oslo seguía su ritmo y mis compañeros de viaje me fotografiaban junto a su figura de bronce y su bici en Karl Johan Gate. «Tú no lo sabes pero estás buscando algo; yo tampoco sé de qué se trata, pero sí sé que alguien en Å te puede ayudar».
Ya estoy en Å. He subido a un cerro, me he empapado, me he llenado de barro los zapatos. Desde aquí puedo ver el cogote del pueblo más tranquilo del mundo y el rostro del mar helado que se da cabezazos contra él. De momento solo puedo llegar a una conclusión: las estatuas en Noruega son bastante misteriosas. Sigo observando y me doy cuenta de que si continúo caminando hacia abajo por el costado del cerro puedo ascender luego a un pico más alto. Allá voy.
El trayecto es como la vista prometía: un parque de atracciones para mi torpeza. Llego a la cima a mi manera y me tiro un rato admirando el panorama, en parte descansando de la caminata y en parte rumiando si el precio de ampliar la perspectiva ha merecido la pena. Una duda recurrente en mi vida, por cierto.
A pesar de las gotas de lluvia que se me cuelan en los ojos consigo divisar al otro lado del pueblo un fiordo que se clava en la isla como un puñal. La imagen me impresiona muchísimo pero consigo no caerme de culo y eso me permite fijarme un poco más en la postal: en la punta de tierra que toca lo que sería el paladar de esta lengua de mar hay una casa solitaria. He visto muchas así desde el coche: cabañas perdidas para que los noruegos se encuentren a sí mismos en sus vacaciones; el mejor paisaje exterior para gente con mucha vida interior. De repente, me entran unas ganas locas de intervenir la postal.
Me lanzo. Más caídas, más agua, más barro. Llamo a la puerta. Seis veces, diez minutos. Espero, entiendo que la prisa en este lugar tiene otro ritmo, tampoco tengo otra cosa que hacer. Finalmente, se abre, la abre el tipo de hombre que uno no se espera que esté detrás de una puerta así en un lugar así. Bastante bajo, un poco esmirriado, tirando a calvo. Lo único que se mantiene a la altura de mis expectativas es la pipa humeante que chupa antes de preguntarme qué quiero con la voz torpe de quien hace tiempo que no habla.
Le explico que estaba de paseo por los alrededores de Å, que me ha pillado un poco de lluvia, que me he caído a cada paso y que igual un té caliente, porque yo café hace años que no tomo, me vendría bien. Lo que sucede a continuación me sorprende y creo que a él también: me deja pasar. De momento, hasta el umbral.
Es una cabaña de madera con las paredes de madera, el suelo de madera, los muebles de madera y la leña, de madera, ardiendo en la chimenea. En las estanterías hay un montón de tebeos. Suena reggae. Sí, es un panorama raro. Tanto, que tardo en darme cuenta de que mi anfitrión lleva un par de minutos sin decir nada y observa cómo examino cada rincón de su casa pensando, supongo, que el raro soy yo. Seguimos callados otro buen rato. Reviso y descarto miles de cosas que decir. Cada segundo de silencio que pasa me produce un poco más de presión en el pecho, cada posibilidad de conversación desechada me sube un punto la presión arterial. Como tantas otras veces, me salva un superhéroe.
«Huy, el primero de Los Vengadores, yo también lo tengo», digo sin pensar mientras me acerco a la estantería para ojearlo. En realidad, llego poco más allá del «huy» porque mi anfitrión, en cuanto me muevo, me pone el brazo a la altura del pecho para frenar mi avance, y lo consigue. Me tira al suelo.
El dueño de la cabaña pide perdón y me explica que no me puede dejar entrar con las botas llenas de barro. Le miro a los pies para comprobar si es de los que incumple sus propias normas y me encuentro con unas zapatillas de andar por casa, de felpa y con forma de ratón que quizás alguna vez fue elefante. Le digo que no se preocupe, que lo entiendo, que no me ha ofendido al derribarme. Finalmente, me ofrece un té. Me descalzo en señal de agradecimiento.
En la cocina empezamos una conversación en la que el tema principal es el silencio. Hay también asuntos secundarios de cortesía que no nos llevan muy lejos y, por su parte, mil maneras de esquivar las cuestiones personales. Hasta hoy, me consideraba campeón del mundo de la introspección, pero ahora sospecho que mi título es de categoría amateur. Tampoco lo puedo comprobar porque él no muestra ningún interés en interesarse por mí. Decido concentrarme en sus objetos y me doy un paseo por la casa; curioseo sus cuadros, sus muñecos y sus libros.
Para hacerme compañía, y sintiéndome muy tonto, comento y señalo cada cosa que veo, «mira, un libro de Will Eisner como el mío, anda, este muñeco de Bender lo tenía yo, qué bonita esa foto». Hasta que descubro una mesa de dibujo. Sobre ella hay un montón de páginas desparramadas; algunas parecen acabadas, otras tienen pinta de ser esbozos. Hay también desorden en los personajes, como si dentro del mismo cómic diez historias distintas pelearan entre ellas por ser la que cuenta. Hay enanos y superhéroes, melenudos black metal y monstruos viscosos, guerreras vikingas y chicas scout. No sé noruego, pero todo parece encajar en un relato de los que enganchan. Así que paso páginas hasta que me doy cuenta de que mi anfitrión me observa con cara de algo que parece pánico. «Joder, esto está muy bien».
El hombre que no suele decir nada me contesta algo que no consigo oír porque lo expresa bajito y mirando al suelo. «No, en serio —insisto—, estos dibujos son especiales, es como si transmitieran todas las emociones posibles; de verdad, enhorabuena». Mientras hablo me doy cuenta de que mis palabras llegan a él con la intención que no tienen. Es como si le estuviese machacando, destrozando su obra, riéndome en su cara. Esconde la cabeza entre los hombros, chupa intensa y rápidamente su pipa y desaparece detrás del humo que sale de ella. Yo, a lo mío. «Perdona mi ignorancia, pero seguro que eres un autor famoso en Noruega y probablemente en el mundo, yo antes era muy aficionado al cómic pero hace tiempo que no lo sigo tanto, ¿cuál es tu nombre?, ¿qué libros has publicado?».
Antes de acabar la segunda pregunta, la pipa y su dueño se dan la vuelta y escapan hacia la cocina. Doy dos pasos para no perder la distancia. Los mismos que da él para buscar algo en el estante de atrás de la barra. Desde ahí, desde lejísimos, me habla. Muy rápido, muy nervioso. «En realidad mi nombre no importa, no publico nada, nadie me conoce».
Al principio pienso que es falsa modestia, luego atisbo una timidez dura que me es familiar. «Bueno, no publicas nada ahora pero seguro que en cuanto lo vea alguien con criterio empiezas. En serio, lo deberías mover, si no conoces a nadie yo puedo intentar ayudar de alguna manera».
Me acerco para tocarle el hombro pero, en cuanto mi mano roza su camisa de franela, se escabulle de forma violenta.
Nunca me habían dado una contra tan efectiva. Mi anfitrión consigue que toda la fuerza de la ilusión y la alegría por haber descubierto algo que transmite vida me pegue de vuelta y me aplaste contra el aire estancado de esta casa llena de energía negativa. Estoy a punto de lanzar la toalla y largarme pero me recupero. Cojo unos cuantos originales de la mesa y me vuelvo a acercar a él para preguntarle sobre ellos. «Por ejemplo, estas historias son fantásticas, parecen cuentos tradicionales pero…». Llego hasta ahí. En ese momento el dueño de los originales, de los personajes y de la casa nos echa de un empujón a mis botas y a mí.
Me quedo sentado delante de la puerta. Oigo, amortiguada por la madera, la voz del hombre de la pipa. No entiendo lo que dice pero me da igual. Con la lluvia golpeándome la cara, me dedico a disfrutar del paisaje. Estoy así un buen rato hasta que la voz se reduce a sollozos y luego se queda en silencio. Deja de llover.
Hay un bar en Å al que va tan poca gente que a veces no va ni el camarero y el que llega tiene que ponerse detrás de la barra y servirse a sí mismo la cerveza. Lo sé porque, después de volver a mi habitación, darme una ducha caliente y cambiarme de ropa, he estado veinte minutos sentado en un taburete esperando a alguien que ahora ya sé que posiblemente no aparezca. Lo sé porque he visto a un señor mayor y enorme sentarse en una silla, tamborilear dos o tres canciones con sus dedos regordetes sobre la madera de la mesa y levantarse para servirse una pinta que ha coronado con un gesto hacia mí que más o menos contaba todo lo que yo acabo de explicar.
De todos modos, espero otros cinco minutos por si acaso llega el camarero y me libra de hacer algo de lo que no estoy muy seguro. O, más bien, por si acaso viene el camarero y justo me pilla en el momento de servirme y, por segunda vez en el día, me vuelven a empujar al frío de la noche. Antes de que me decida, el señor de la silla, la pinta y los dedos como djembés, se levanta ruidosamente, se pasa de nuevo al otro lado de la barra, sirve una pinta, me la pone delante y me da un manotazo cariñoso que casi me disloca el hombro. Él se vuelve a sentar, yo tomo un trago de cerveza que dura cuatro estaciones y, cuando vuelvo a respirar, me levanto y me siento con él.
Mi nuevo amigo es lo opuesto al enemigo que he dejado al otro lado de la montaña. Grande, ya lo he dicho, con el pelo y la barba blancos y una sonrisa que compite con ese sol que no se pone detrás de la ventana. Theodor era pescador y ahora es pescador jubilado. Él, como todos por aquí en las islas Lofoten, se ha pasado la vida dando saltos sobre la cubierta de un barco meneado por las olas del mar de Noruega en busca del skrei, el petróleo del país antes de que el país encontrara petróleo. El bacalao noruego, eso que cuelga de todas las casas de paredes rojas en Å, es ahora mismo un manjar para los gourmets de todo el mundo pero aquí siempre ha sido una industria. Hace más de 900 años que los isleños persiguen a un pez al que llaman nómada —eso significa skrei—. De siempre, esa pesca les ha servido como moneda de cambio, primero con otras regiones cercanas y luego con el resto, porque solo con el bacalao salado y secado el mundo se ha podido conocer a sí mismo a través de navegaciones de descubrimiento, conquista o como se le tenga que llamar a eso ahora. «De alguna manera —me dice con una sonrisa melancólica Theodor tras la segunda pinta—, con el skrei y su comercio hemos continuado la tradición de nuestros antepasados vikingos».
Me cuenta, además, que también ha sido marino mercante. Me explica algunos detalles de viajes, de puertos, de vidas que vio de forma fugaz y que le impactaron para siempre. Habla de fenómenos naturales y de paisajes que no caben en fotos, narra aventuras que no se tragan los libros, resume en otra pinta más una experiencia que, desde luego, sí parece heredada de esas gentes que construyeron barcos para buscarse en otra parte y a las que la leyenda ha puesto cuernos en los cascos.
«Es una buena vida —le digo—, esa de andar por ahí buscando, descubriendo, navegando, negociando, peleando; hay quien prefiere quedarse quieto y esperar a que le vengan las cosas pero no sé si eso es vivir, siempre he admirado ese impulso por el impulso mismo».
Acabo mi parrafada convencido de que he conseguido transformar su historia en algo profundo pero mi único oyente se queda callado, concentrado en la cerveza que le queda. Esta vez Theodor no me empuja ni me echa del bar, no me aparta. Se aparta él. Está conmigo, pero muy lejos. No hago caso y sigo hablando.
«Yo siempre he querido ser así, siempre he ansiado ser libre pero nunca me he atrevido, viajo en mi cabeza, pero no me permito partir, estoy en movimiento constante pero no me muevo; nada me lo impide, nada me ata, pero no encuentro el camino, y eso que sé que es mejor salir a buscar algo que quedarse quieto esperando a que nada te pase».
Theodor acaba su cerveza, se levanta y se despide con una mirada triste y un abrazo flojo. «Lo siento, me tengo que ir», dice. Yo me acuerdo de lo que me reveló la estatua de Gunnar Sønsteby en Oslo y no sé si esto es lo que he venido a buscar pero sé que no lo entiendo. Solo puedo salir a fumarme un cigarro y a que me castigue el aire helado del verano del norte de Noruega.
Me siento en el pantalán del pequeño puerto, con las piernas colgando y la mirada fija en ese mar que de gris ha virado a negro a pesar de que son las once de la noche y aún es de día. Estoy casi borracho y perdido del todo en el pueblo más tranquilo del mundo. Miro el agua y pienso en lo bien que me vendría uno de esos mensajes embotellados que surfean las corrientes. Eso es lo que necesito para aclararme, para saber qué hago aquí y, sobre todo, para saber qué voy a hacer allí, en mi vida.
Pienso en Theodor, en su impulso por salir al mar, en su búsqueda constante de algo que, quizás, no sea más que una cómoda y dolorosa soledad. Pienso en el huraño hombre de la pipa y en sus expresivos personajes encerrados en una cabaña perdida en el paladar de un fiordo para que nadie, ni siquiera él, sepa que su autor es capaz de sentir. Pienso en ellos y pienso en mí y siento que el mensaje en la botella soy yo, que estoy perdido en el océano y que nadie me encuentra porque yo he decidido encerrarme aquí.
Decido celebrar no sé qué liándome otro cigarro y, en ese momento, aparece una chica. Es joven y es guapa porque esto es un cuento. Me pregunta con mucha educación y algo de vergüenza si le puedo dar para hacerse uno ella. «Claro», le contesto, y le paso los trastos. «Gracias», me dice. Y se sienta a unos pasos de mis piernas colgantes.
Transcurren unos cuantos minutos antes de que uno de los dos hable. Por supuesto, no soy yo. «Hola, soy Toni, es raro esto de la noche que no es noche, yo no me acostumbro, normalmente vivo en Londres y cuando vengo aquí a ver a la familia, casi siempre en verano, se me hace extraño, ¿tú de dónde eres?». Le cuento con gramática simple algo de mí, quién soy, qué hago aquí y lo bonito que me parece esto. Me responde que sí, que es bonito pero que es demasiado tranquilo. «El pueblo más tranquilo del mundo», pienso. Y pienso también en decírselo porque quizás le puede hacer gracia. Pero, aunque esto sea un cuento, no se lo digo. No le digo nada de lo que me gustaría decirle porque no puedo. Porque nunca he podido. Soy el hombre dentro de la botella, ella no me va a oír, nadie lo hace.
Mi incomodidad le genera incomodidad, mi silencio se hace contagioso y ella también empieza a callar. Noto cómo se cansa de preguntar. Cómo se mueve inquieta sobre la madera. Cómo sus caladas se vuelven rápidas y profundas. De repente, el tiempo decide pasar página. Toni tira la chusta al mar, se levanta y se sacude la humedad del culo. «Bueno, ya me voy, pásalo bien, ¿vale?».
Vale.
