Caín - Juan Ignacio Correa - E-Book

Caín E-Book

Juan Ignacio Correa

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Beschreibung

"Caín es la historia maldita de Chile. El hilo conductor de la novela es la violencia, que atraviesa como una flecha nuestro acontecer temporal. Principalmente a través de Cirilo, Salustiano y Anat, Juan Ignacio Correa va develando historias desgarradoras, que finalmente son nuestra propia historia. El rápido ritmo de la novela contrasta con los tiempos detenidos en que habitan los personajes petrificados por el miedo. Los silencios y el suspenso se combinan de forma notable con una pluma mordaz y expresiva a la hora de narrar el horror. Esta novela nos ofrece un rincón distinto desde donde mirar nuestra historia, esa que no queremos reconocer. En esta nueva novela, el autor continúa el impulso narrativo iniciado con Al otro lado, su primera novela (Plaza & Janés, 2005), y profundizado en Devoradas (Catalonia, 2013), inspirado por una mirada crítica del mito de la estabilidad institucional de Chile". Sylvia Eyzaguirre

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Seitenzahl: 292

Veröffentlichungsjahr: 2023

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CORREA, JUAN IGNACIO

CAÍN

Santiago, Chile: Catalonia, 2023

192 p.; 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-077-2

ISBN digital: 978-956-415-078-9

NARRATIVA CHILENACH 863

Diseño de portada: Amalia Ruiz Jeria / Gracia Covarrubias

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Diagramación interior: Salgó Ltda.

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: noviembre, 2023

ISBN: 978-956-415-077-2

ISBN digital: 978-956-415-078-9

RPI: trámite 5tbzmg

© Juan Ignacio Correa, 2023

© Editorial Catalonia Ltda., 2023

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Para Miguel Soto y Marcelo Maturana, in memoriam.

Para mis hijos, José Vicente y Juan Ignacio.

Un relato de hechos y personajes reales e imaginarios entrecruzados según mi mirada y mis prejuicios.

Las personas reviven sus traumas una y otra vez, sin poder olvidarlos cuando no los enfrentan. Incluso cuando en forma inconsciente los esconden en la parte más remota de su memoria.

Cristóbal Jimeno / Daniela Mohor,

La búsqueda

Índice

DEBUT

PLAZOLETA

INFORME

DESTINACIÓN

REENCUENTRO

TROPEZÓN

PATÍBULO

CHONCHÓN

ASONADA

ROMA

A TABLERO VUELTO

ARREBATO

SOBREVIVIENDO

CADÁVERES

EQUIDISTANTE

CAÍN

CRONOLOGÍA

DEUDAS LITERARIAS Y AGRADECIMIENTOS

DEBUT

Encaramado en los taburetes de los lustrabotas de la Galería España, Cirilo oyó: Sí, linda. Te escuché. Sí, te digo que sí. Pero ahora no puedo. Voy entrando a una reunión. Por supuesto que eres lo más importante. ¿Cómo que no? Pero ahora tengo que colgar. Voy a poner el celular mudo, cuando termine te llamo. Tras apagarlo, ese vecino de sitial reanudó la lectura de Las Últimas Noticias, como si nadie lo hubiese oído.

La culpa es de las mujeres. Saben que el mujeriego nunca se enriela, pero insisten en que su caso es diferente. Ahí no hay vuelta. El seductor no cambia. Está enamorado de sí mismo. Él es la droga que lo devora. Ese diálogo no muy diferente a otro de una pareja cualquiera, bien o mal avenida, transportó a Cirilo a la imagen de Anat. Aunque en aquella época ya llevaban veintinueve años juntos, toda una vida, él seguía sintiendo pánico a perderla. No lograba dar con una razón incontrarrestable de por qué ella seguía a su lado. Pero desde hace algún tiempo había dejado de darle más vueltas al asunto. ¿Una revelación cambiaría algo las cosas? Saber ese motivo únicamente le removería más el seso. Solo ante acusaciones gravísimas o situaciones excepcionales podría, y quizá, encararla. Lo prioritario era mantener la paz de su convivencia con Anat. Si ello requería fingir que no se daba cuenta de nada, Cirilo no tenía problema en recurrir a esa máscara. Vivir en esa eterna pausa le resultaba más cómodo que verbalizar lo que intuía.

¿Por qué ella miraba a otros hombres tan fijamente, incluso a algunas mujeres? ¿Quién sería la moza que una tarde la llevaba tomada de un brazo? Ambos hicieron como si no se hubieran visto. Era inimaginable que Cirilo estropeara su relación con Anat por unas dudas que no tenía ni siquiera el valor de expresar. Más todavía si nunca había tenido una compañía ni parecida a la que había alcanzado con ella. A veces, Cirilo atribuía esos celos y alarmas a sus obsesiones no tratadas. Ahora y tras su internación en el Hospital Metropolitano de Santiago podría hacer un combo y explorarlas conjuntamente con las secuelas síquicas que –según su médico– le habría dejado el coronavirus.

En las tardes de los miércoles, ellos se encontraban en el Café Abarzúa del Barrio Lastarria. Ella habría preferido quedarse arropada en la domesticidad de su departamento, pero él le insistía en que un poco de ruido y aire fresco les haría bien al igual que las clases de tango de los viernes. En el café a esa hora no cabía un alma. Algunas pasaban por ahí para sacudirse del hartazgo de la oficina antes de llegar a sus casas copadas por sus proles. Otras ofuscadas por el estrés laboral iban a ver si se sacaban el pillo con un gancho sin mayor compromiso. A veces ese touch and go las resucitaba por algún tiempo, aunque muy pocas creían que la vida todavía les depararía nuevas sorpresas.

Con esas representaciones en la retina, Cirilo cerró sus ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sitial adyacente al de ese macho alfa que acababa de oír. Desde esa postura recordó sus manos jugueteando libremente sobre el cuerpo desnudo de Anat indiferente a sus pliegues y estrías. Evocó cuando aprovechaba la penumbra del dormitorio para pellizcarle su nalga derecha, la del lunar, en una especie de una afilada caricia, pero igual llena de temores y esperanzas. Era más que un usual preámbulo. Ahí había tensión y apetito. Aunque pareciera algodonosa en sus gestos al aproximarse el instante sublime, ella se ensillaba y lo domaba con absoluta decisión. Anat siempre prevalecía. Él se dejaba llevar. Tan diferente a cuando actuaba en las Cortes donde se mostraba asertivo y fuerte, sin sufrir jamás una zancadilla disléxica. En los estrados su regla de oro fue siempre marcar sus palabras: si la ley lo favorecía, golpeaba con ella; si solo los hechos estaban de su lado, golpeaba con ellos; y, si no lo acompañaban ni la ley ni los hechos, golpeaba igual la mesa. Nunca dejaba de hacerlo. Hay que transmitir convicción, les decía Ciriloa sus colegas más jóvenes. Para que un juez no tenga ninguna duda razonable sobre la inocencia o culpabilidad en juego, aseguraba, uno no puede mostrar titubeos. Podía tener dudas y a raudales, pero –como todos– se cuidaba de airearlas. Escondiéndolas en su consciencia, él corría menos peligro. Enseguida, se vio tumbado sobre la cama reposando del quehacer diario que pocas energías le dejaba. Mientras tanto el Loro, así era conocido, le embetunaba sus zapatos acordonados. Abrió los ojos y le sonrió:

–De nuevo marchan estos pendejos chuchasumadres. ¡Como si las luquitas cayeran del cielo! ¿Quién puta va a venir a lustrarse así, con las lacrimógenas volando para allá y acá? –cerró el Loro mientras observaba los vehículos atascados en la Alameda por las columnas de la llamada Revolución Pingüina.

Antes de responderle, Cirilo se preguntó cuál sería el puerto de destino de esta nueva ola del movimiento estudiantil que repudiaba por la fuerza el mercantilismo en la educación pública y que, de pasada, reprochaba a la centroizquierda el abandono del sueño allendista aceptando gobernar amarrado de manos.

–Así son estos millennials –le respondió, absteniéndose de decirle que estos gallos ni los mocos sabían sonarse y que estaban sedados por el hechizo de la pureza de los cambios radicales reflejado en el eslogan: el reformismo siempre es oposición–.Como tú dices Loro: unos pendejos de mierda nomás.

Sus recuerdos se detuvieron en abril del 77. Para ser exacto: a las 15:17 horas del jueves 28. Cuando Cirilo percibió a sus espaldas un leve chirrido de bisagras. Giró para mirar hacia la puerta que daba a la empinada escalera que –a su vez– conectaba ese segundo piso, donde se encontraba su oficina, con la calle y la Plaza de Armas. Una joven con cara de ángel se asomaba en el vano. Oyó su carraspeo transportado por un airecito que también se colaba por ese acceso. Aquella tarde, unos oscuros y voluptuosos nimbos cargados de lluvia obstruían los rayos solares. Cirilo llevaba algo más de un año coordinando las acciones judiciales que la Vicaría de la Solidaridad emprendía en favor de las víctimas de violaciones de sus derechos humanos. Allí, Cirilo exudaba entusiasmo: llevaba al paroxismo su práctica judicialdel golpeteo. A ver si las cortes despertaban del silencio que les había impuesto la bota militar, se decía lleno de frustración. Estaba orgulloso de formar parte de ese proyecto colectivo que lo hacía pertenecer a algo más sólido que su propio oxígeno. Pero con el paso de los años, el apoyo cardenalicio de Silva Henríquez se fue haciendo insuficiente para neutralizar sus miedos que terminaron por rendirlo.

En un pañuelo improvisado con papel de servilleta, Anat contuvo un supuración amarillenta que provenía del lagrimal de su ojo izquierdo. Entonces el femicidio todavía no se identificaba como un delito autónomo distinto de un homicidio cualquiera o de una simple sacada de cresta. Aún prevalecía el consejo de Maquiavelo de que para retener a las mujeres habíaque castigarlas y maltratarlas.

Anat se dirigió a Cirilo: Ehh…, ¿con quién puedo hablar? Él miró a ambos lados ratificando que nadie más lo acompañaba esa tarde. En aquellos tiempos, todos en la Vicaría, como la llamaban, habían aprendido a disimular sus sospechas y vacilaciones. Al principio la escuchó con displicencia, después de un buen rato musitó algo inaudible, pero su expresión corporal le dio un significado claro a ese fastidio: Agradecería si te fueras. Aquí no te podemos ayudar. Buscó un cigarro y se lo puso en los labios. Lo mantuvo apagado. ¿Quién podía asegurar que Anat no era otra carnada?, como Elisa Escobar, cuya colaboración con la DINA la policía secreta de la dictadura, permitió el primer exterminio de la plana mayor del Partido Comunista. Fue muy natural que Cirilo no dejara de observar el movimiento de sus transparentes y delgados dedos, con unas uñas mordidas hasta dejarlas en carne viva, pero no lo fue que pasara por alto la rigidez de su labio superior, una suerte de leve parálisis facial. Podría excusarse esta omisión arguyendo que habría tenido que mirarla con tal detención y cercanía que Anat se habría sonrojado pese a sus veinticinco años. Ya tenía edad suficiente para no turbarse ante una mirada impertinente, fuera del género que fuera. Ese detalle físico debió ponerlo sobre aviso. Era una marca común en las víctimas de la parrilla, tortura aplicada sobre un somier metálico al que se amarraba desnudo al secuestrado para luego darle descargas eléctricas, o del submarino húmedo, consistente en hundir la cabeza de la víctima en un recipiente de agua mezclada con mierda, manteniéndola así hasta un punto cercano a la asfixia. A los supervivientes de estos tormentos –con los que convivía a diario, incluso tenía pesadilla con ellos– les había contemplado una tiesura semejante que –dicen– nunca abandona a quienes han estado a punto de morir violentamente. Sin embargo, él siguió con sus manos en los bolsillos, como si ese rictus que se había apoderado de la sonrisa de Anat no pudiese ser la huella de una herida similar. En una de esas, su descuido podría explicarse por el abandono que trasuntaba el gastado y desteñido bluyínque vestía. Probablemente también influyó en esa distracción su ligero blusón de lino blanco que traslucía sus pequeños y firmes senos y pezones. Los bordados de hilos fucsias y verdes de esa blusa le recordaron los años setenta, los de la película Love Story, época que a Anat le habría encantado congelar en la eternidad. De otra manera no se explica que esa atrofia haya pasado de largo. Si pudiéramos hurguetear en la memoria de Cirilo nos enteraríamos de que a ella le faltó la respiración al extremo de quebrarse mientras relataba las golpizas que recibía de Jorge, su pareja. Tras una breve pausa logró salvar y seguir su narración más entera. Creo que esa trizadura cubrió de verosimilitud su queja e hizo que Cirilo se interesara en esa violencia contada hasta en los detalles más íntimos, como aquel en que Jorge –una vez más– la maltrató, dejándole como recuerdo –si no como advertencia– una horrible cicatriz al apagarle un cigarrillo en la parte superior de su ingle. Para mostrársela rebajó aún más la pretina de sus jeans, permitiendo que Cirilo vislumbrara el encaje elástico de un calzón de fina manufactura, detalle oculto que difería del resto más jipi de su ropa y que ella cubrió con rapidez.

–¿Quieres un café? ¿O prefieres un cigarrillo? –se adelantó Cirilo para rescatarla de ese apuro.

Anat apenas tuvo ánimo para negar con la cabeza. Él atribuyó su quiebre emocional al cuento del pucho. Casi consumiéndose, ella respondió: Si tuvieras, preferiría un té, por favor. Luego bajó la vista. ¿Qué sentido había tenido contarle la confidencia del cigarrillo? Ni qué decir de haber dejado que se le viera ese elástico ocre. Le pareció que tanta exhibición de sus sentimientos y ropa íntima no iba con su carácter. Pero a Cirilo no le sorprendió. Él sabía que ese tipo de exposición era propia de los tiempos. La veta emocional se había tensado y Cirilo debió presentir que para ganar su confianza debía compenetrarse al cien por ciento en ese relato de abusos y maltratos.

Le sirvió el té en una taza de borde cariado. Nada y nadie no lo está. ¿Quién es perfecto? Reflexión que resurgía cada vez que enfrentaba su espejo casero que no siempre le devolvía una imagen suya agradable. Regresó donde ella. No quiso –seguramente– que el escritorio siguiera interponiéndose entre ellos, como si fuese el muro de contención de una central hidroeléctrica. Acercó una silla para sentarse a su lado, a su derecha, casi rozándola, pero antes fue por su té. También encendió el ventilador. Sintió la necesidad de refrescar el lugar. Se tomó una aspirina. Luego le pasó esa taza junto con un plato con tres o cuatro galletas de agua de aspecto añejo y un paquete de cigarrillos Viceroy sacado del bolsillo descocido de su camisa del que instantes atrás había desenterrado el pucho que aún mantenía en sus labios sin prender.

La postura de ella podría llamarse desganada, a pesar de que mantenía sus ojos fijos en Cirilo, como si lo estuviera escrutando, le confirmó que Anat –en realidad– no quería seguir allí. Parecía que lo estaba a la fuerza. Todo sugería que buscaba una compañía más que denunciar a ese matón. En ese instante sonó el teléfono del escritorio, aún no reinaba la sumisión a los celulares. Esa esclavitud se impondría más adelante, a inicios del nuevo milenio, acelerando la entronización del nuevo orden gobernado por los algoritmos. Cirilo habló con monosílabos, tal como dictaba el protocolo de seguridad al que subordinaba su vida. Se sintió atraído por la mirada de sus ojos rasgados, poseedores de un iris azulado casi celestial que rivalizaba con la frescura del Paraíso. A estos los encuadraban unas largas pestañas dibujadas con esa claridad que marcan los pinceles chinos con que se escriben los ideogramas en el mundo asiático. Imposible observarla y no sentirse ilusionado. Le era difícil estarse quieta. Movía su cabeza de un lado para el otro, como si estuviera fotografiando en modo de ráfagas o escaneando cada rincón del lugar: murallas empapeladas con afiches pro DD.HH., parqué gastado y salpicado de manchas de humedad, lámparas con algunas ampolletas quemadas, escritorios de ocasión, resmas de papel aún en sus envoltorios a medio abrir y arrimadas en el suelo de una esquina curva, los estantes de aluminio llenos de carpetas todavía con espacio libre, la papelera y los visillos que cubrían las ventanas, cuyos sucios vidrios a consecuencia de la lluvia y del polvo los protegían de escrutinios indeseados, pero que también retenían la poca claridad proveniente de la oscuridad del exterior. Luego lo examinó a él: su amplia frente, sus ojos vivos, su despejado rostro; en fin, toda una fisonomía que transmitía que Cirilo aún no había cometido graves errores en su vida ni se había dejado subyugar por el ardiente deseo de triunfo a cualquier precio. Volvió a importarle lo que le comunicaban al otro lado de la línea. Ella presintió que se trataba de algo grave, levantándose de su silla.

–No te avergüences –le dijo él una vez que colgó el auricular, retomando la interrumpida conversación–. El té –continuó– siempre fortalece el ánimo. Vuelve a sentarte, por favor.

–Ehh…, sí –respondió Anat–, gracias, pero ya me iba.

–Antes, tomémonos el té.

–No puedo controlarme. Siempre termino mordiéndome los labios para no llorar.

–¿Llorar?

–Sí, soy muy llorona. Pero es cierto, el té y tu compañía me recuperarán… –Cirilo leyó estas frases de Anat atribuyéndoles una pizca de galanteo, sin detenerse en que unos gramos de coquetería son uno de los ingredientes más frecuentes del pudor.

–El otro día me preguntaba hasta cuándo será gratis pegarles a las mujeres. Hay harta rabia acumulada, ¿qué dices?

–... lógico... –retomó ella sorprendida.

A estas alturas de la entrevista sospecho que el interés de Cirilo había transitado desde la aflicción de Anat a su forma de expresarse. No sé cómo decirlo. Tal vez si la llamo matemática no me equivoco: sujeto, verbo y un funcional predicado simple, y que delataba que el español lo había aprendido en paralelo con otras lenguas. Pero la ausencia de un acento marcado dificultó que Cirilo identificara un origen preciso. Era como norteamericano, pero moteado con un cantito caribeño, quizá cubano.

–Primera vez que leo el nombre Anat –le dijo Cirilo con el formulario rellenado en sus manos–. ¿Algún familiar? –indagó queriendo hacerla hablar más y así descifrar de una la raíz de ese irreconocible tono. Temió la reacción que pudiera tener si le preguntaba de buenas a primeras otros asuntos de su historia sin previamente haberle retribuido con algún detalle personal suyo, como podría haber sido que él jamás conoció a su padre o haberle contado que su madre sostenía: Mi hijo es solo mío.

–No, no. Mi madre a los dieciocho años partió a Israel. Eso fue en los años cincuenta. Vivió en un kibutz. Encontró que su nombre Mariana era muy católico-romano, como decía riéndose. Ahí tomó como suyo Anat.

–¿Qué significa? –preguntó Cirilo como si hubiese oído una herejía, pero también extrañado por lo hilada que resultaba la explicación, como si ya la hubiese repetido en otra oportunidad y con el cuidado y las pausas con que se van desenrollando las capas de una cebolla.

–Una tontería materna. En su origen era una diosa egipcia. Pero mi madre me contó que luego pasó a ser una deidad semita. Creo que de la fertilidad. O algo parecido.

–¡Qué historia!

–Otra de sus ocurrencias... Pero mi nombre de nacimiento es Susan. Yo también prefiero usar Anat. Susan suena como a miss venezolana venida a menos.

Para que volviera, él le pidió que buscara las fechas de las denuncias de maltrato efectuadas en la comisaría del barrio. Incluso se ofreció a acompañarla en esa pesquisa. Así actuamos lo antes posible, la apremió.

–Bueno, si aquí no pueden ayudarme tendré que hablar con mi padrastro. Él sí sabe manejar estas cosas... –alcanzó a decir antes de callarse como si le hubiese caído un rayo en la cabeza.

Al despedirse, Anat sacó fuerzas y le dijo que regresaría. En la precipitada sonrisa que logró improvisar tras su reciente lapsus, Cirilo –probablemente– observó sus perfectos dientes relucientes, como si fuesen de mentira de lo blanco que eran. Poseía algo que la diferenciaba de las restantes mujeres de su edad. No era solo su cabellera rubia, lacia, que no dejaba de mover. No. Era la forma pausada y triste con que exponía su relato lo que la hacía distinta. En esa época se prefería disimular que todo estaba bien, que nada era inusual, que nadie era torturado ni mucho menos desaparecido. Así se podía seguir fingiendo que reinaba una completa normalidad a tu alrededor. Incluso unos diez años más tarde, cuando ya se hizo difícil, imposible, mantener esa comedia, pero como la cuestión económica retomaba impulso, muchas que entonces veían a sus hombres nuevamente con pega, anestesiadas por la bonanza, optaron por seguir haciéndose las lesas. Total, en un año más, en el 88, habría un plebiscito y ahí podrían opinar anónimamente. Para qué apurar las cosas, se excusaban. Por otro lado, estaba la alarma de que volvieran a tocar tu puerta. Ahora para sacar y acarrear, como si fuesen perros callejeros, también a los hijos ya salidos del liceo, algunos universitarios por primera vez en sus familias y otros cesantes por enésima vez. Los adultos no les habían bastado. Para los milicos las mujeres eran casi imperceptibles, sin desafíos laborales por delante, ni mucho menos sueños políticos o ciudadanos, coincidiendo con aquellos que cacarean que en las mujeres siempre termina primando su naturaleza de servidoras, como el polémico Céline. Llenas de resquemores. Sí, eso pensaban. Preferían dejarlas aterradas en su desesperación. ¡Era horrible! Mientras más lejos de la chunga se mantengan, mejor..., las prevenían. No obstante, las más persistentes marchaban en círculos por fuera de La Moneda desafiando a las autoridades con sus pancartas: ¿Dónde están?, implorando para que les entregaran los cuerpos insepultos de sus maridos e hijos. Otras mendigando alguna prueba que les confirmara que seguían vivos.

Mientras Anat, delgada como un látigo, bajaba la crujiente escalera, Cirilo reparó en sus firmes pasos. También en sus caderas estrechas apenas diferenciadas de su cinturita, pero que igual –supongo– debieron parecerle riquísimas, como dirían los hombres que se jactan de llevar las huevas bien puestas. Vaya a saber en qué otros delirios cayó Cirilo al contemplar aquel cuerpo al que no se le podía exigir más, cuyas piernas concluían en unos tobillos y pies perfectamente armónicos, restándole al conjunto una apariencia únicamente carnal. A tal extremo, que aplacaba toda duda sobre si existía la gloria supraterrenal. A la legua se notaba que era una criatura soñadora. Ese escrutinio suyo nada tenía que ver con algún tipo de parafilia. En él no había desvío sexual alguno, todo era muy tradicional. En esos años pudo haber pensado que ese cuerpo era muy femenino, pero hoy, antes que nada, por seguridad –puede haber por ahí una fanática de las políticas paritarias y de las ideologías de género–, prefiere decir de manera más neutra que era muy equilibrado, que es lo mismo que no decir mucho, pero que te salva de ser funado.

Hemos llegado a quetodo lo que no es políticamente correctoestá prohibido, rezongó su inseparable Salustiano, cuya amistad con Cirilo se había tejido en sus caminatas diarias desde el Liceo San Pedro Nolasco. Cirilo, siete años mayor que él, tenía la tarea de regresarlo sano y salvo a su hogar colindante al suyo.Desde ese tiempo que Cirilo sentía simpatía por su peculiar ingenio.

Enredado con la narración de Anat, Cirilo solidarizó con ella. A pesar de que todas las fichas de su relato parecían estar en orden, esa secuencia tan perfecta –decía– le hizo ruido. No tuvo claridad, pero presintió un misterio escondido, como si viviera en un latente desacomodo. Esta conversa le estaba dejando más puertas abiertas que cerradas y empezaba a llenarse de entresijos que no lograba desatar. Su testosterona lo sacó del canal de la racionalidad y forzó una explicación más hormonal, freudiana, a su relato. Una mirada más interior, más sicológica, lo habría obligado a darle una vuelta más al cortocircuito que tuvo Anat al referirse a su padrastro. El estereotipo facilita. Blanco o negro. El policroísmo desorienta. Después de todo, no hay más que una vida. Sale más fácil si lo blanco sigue siéndolo, sin grises. La opacidad es un privilegio que corona a los artistas, pero que aturde a los comunes. Solo los primeros son capaces de crear una realidad paralela, los otros deben atenerse a los duros hechos sin espacios para la apostasía por mucho que en la sombra ocurra lo más interesante. Increíble que la referencia a ese padrastro, que sí sabía manejar estas cosas, no lo hubiera puesto en alerta máxima. Esta nueva distracción confirma que las mujeres están más atentas a las relaciones filiales. ¡Cómo no!, si son ellas las que aún traen al mundo a los hijos.

Cirilo corrió a la calle. Estuvo a punto de rodar escaleras abajo. Lo salvó el pasamanos. Anat ya cruzaba a la vereda de enfrente y caminaba a pie firme sin mirar para ningún lado, como si supiera que el taxi que circulaba pegado a la cuneta y a su ritmo la protegía y que si se lo pedía podría llevarla a la galera materna. Dudó si su madre estaría allí. Ella nunca estaba donde decía. Ni pensarlo en esa casa. El peligro mayor había pasado. Anat tuvo la corazonada de que Cirilo había quedado con el bichito adentro. Con un gesto malhumorado, ella no aceptó la invitación a subirse a ese vehículo de focos encendidos. Cirilo también observó a un Datsun azul estacionado frente al edificio de la Vicaría que igual se había echado a andar y puesto a la cola del taxi, cuyos parachoques casi se topaban. Ambos siguieron muy lentos hasta que Anat llegó al paradero de buses. Cirilo caminaba, casi corriendo, por la vereda encontrada. Justo cuando emparejó a esos automóviles se abrieron sus puertas. Bajaron un par de hombres y una mujer de mediana estatura. Todos calzaban unas zapatillas de lona. Ella también como a contrapelo, según deduje del brusco movimiento de su brazo derecho. Uno llevaba un bolso de tela, tipo las actuales mochilas. Conversaron entre sí y se apuraron para subirse al bus que había tomado Anat. Cirilo tendió a quedarse inmóvil, pero al instante siguiente corrió en paralelo a ese transporte con la mirada fija en él, intentando, sin lograrlo, percatarse de lo que pasaba en su interior. En la próxima esquina, ambos hombres descendieron de ese colectivo. Sin poder discernir si era la misma mujer que recién había abandonado ese taxi, la que entonces los acompañaba lucía una cabellera larga, azabachada, y llevaba sobre sus hombros una liviana chaqueta de color malva. Tal vez esa casaca estaba dentro del bolso que llevaba uno de ellos. Como ella se mantuvo de espaldas a Cirilo, al otro lado de la calle, sin exhibir su rostro, tampoco pudo verle la cara; solo su nuca y por breves instantes. Debió haber sido un momento horrible para él. Todo ocurría como en cámara lenta a través de un lente empañado por la nube tóxica del esmog que esa tarde cubría la capital. Los sonidos de toda clase de obras y trabajos impuestos en oleadas caóticas a las vidas comunes, como la estridencia del hierro siendo cortado por un oxicorte en la construcción que tenía a su costado izquierdo, salpicando unas chispas que dejaban flotando un olor a metales limados, también interfirieron en que Cirilo no pudiera concentrarse del todo en lo que sucedía en ese transporte al que se había subido Anat. Además, seguía haciéndole ruido la llamada telefónica recibida unos minutos atrás. Se quedó ahí parado, petrificado, mientras se alejaba esa micro. No supo si Anat iba sola ni tampoco si completamente libre. Debía regresar a la Vicaría.

En lo que quedaba de esa tarde, Cirilo habría preferido no pensar en Anat, pero un persistente hormigueo le decía que ya la echaba de menos. Había pasado un año desde que la DINA había iniciado la caza sin cuartel de los comunistas. Esa tarde del último viernes de abril del 76 Cirilo estaba en la Vicaría, con el obispo auxiliar de Santiago, Enrique Alvear, cuando llegó Ana María Becerra: se había enterado de la irrupción de los agentes de la DINA en la vivienda de su hermano en el 1587 de la calle Conferencia, en el sector surponiente de Santiago. Contó del secuestro de que eran víctimas sus ocupantes, incluido un niño de diez años. Más tarde se sabría que ellos, tras un rudo ablandamiento, debieron aparentar que seguían trabajando con total normalidad en el taller de marroquinería que funcionaba en el lugar. A medida que iban llegando los dirigentes convocados a esa reunión clandestina, los miembros de la Brigada Purén de la DINA, parapetados en el interior de La Ratonera, como llamaron a esa manufactura de carteras y maletas, los iban reduciendo y amordazando. Con la información obtenida tras esa jornada de recibimiento y tortura pudieron ser raptados los demás miembros de la dirección del Partido Comunista. Los pocos sobrevivientes fueron utilizados por Michael Townley, Mike, el padrastro de Anat, y por el químico Eugenio Berríos, alias Hermes, como conejillos de Indias en sus experimentos con gas sarín. La mayoría fue atormentada hasta la muerte, inyectándoles cianuro, arrancándoles los dientes, quebrándoles los huesos, asfixiándolos con bolsas plásticas, fundiéndolos con un soplete hasta borrarles sus rostros y huellas dactilares, y martirizándolos con un largo catálogo de servicios que proveía el manicurista, otro sádico asignado a ese grupo de élite de la DINA. Finalmente, amarrados a unos rieles lanzados al mar sin importar que algunos siguieran vivos, como lo hicieron con los maricones en los tiempos de Ibáñez y antes los turcos con sus mujeres infieles.

PLAZOLETA

Anat esperando y Cirilo muy suelto de cuerpo absorto en los papeles rescatados desde la caja de seguridad contratada por su madre en el Banco de Chile, junto con aquellos correspondientes a los de su escuálida herencia, como si a través de estos mantuviera vivo a su padre, el abuelo de Cirilo, que había abandonado la partida anticipadamente. Entre esos, un extenso texto manuscrito que su madre veneraba por el solo hecho de provenir de él.

¿Qué bicho lo habrá picado motivándolo a redactarlo?, le preguntó Anat. ¿Impotencia o vaya a saber qué otra ojeriza? ¿O simplemente quiso registrar? Es habitual que los funcionarios públicos inserten su microrrelato dentro de una épica mayor, como si el futuro al pasar ante ellos no siguiera impertérrito su curso. Tampoco se puede asegurar que solo esos funcionarios tienen esa pretensión.

Más adelante, Cirilo ratificaría que había sido su impotencia ante la violencia que lo enfrentaba en cada esquina. Su madre le había prevenido del riesgo a ser avasallado por esa ferocidad si no aprendía a ocultar sus vacilaciones. Terminarás aislado como le ocurre a la mayoría de los hombres buenos, lo alertó.

Tampoco creo que los mandamases se detengan mucho en ese tipo de detalles, le dijo Salustiano. Ellos prefieren preguntar qué pasó tras la tragedia. La ignorancia les permite montar en cólera sin ser acusado de haber estado al tanto. La culpa poco importa. Lo sustancial es a quién endilgársela.

Cirilo visualizó a su antepasado como de media estatura. Tal como era él. Cuando le contó a Salustiano sobre la reconstrucción de su abuelo, él –a modo de chanza– le dijo: A todo dar un metro sesenta y ocho,como el miserable de Fouché. Claro que sí –reafirmó–, también tiene que haber sido escuálido cual faquir. De manos filudasy uñas correctamente limadas. Un cortesano al cien por ciento. Te cuento que cuando yo trabajaba enla Contraloría esos especímenes abundaban. No creo que los rasgos de esa pandilla hayan cambiado.

–¡Qué pesado puedes llegar a ser!

–No lo tomes a la personal. Tienes razón –se rectificó, agregando–: Mayor es la dignidad de un derrotado que es vencido que la de un escalador derrotado.

–¡Puf!

–¿Podrías sacarme una fotocopia de esos papeles? Así, examino en detalle esa letra que la veo tan apretada. No es que quiera fastidiarte, pero generalmente esa caligrafía proviene de personas que se tienen poca fe.

–¿Una copia? Sí, ¿por qué no?

–Llamaremos a ese manuscrito el “Informe Ayala”, ¿te parece? Hay mucho que desenterrar en él.

–¿Por qué lo crees?

–Hay mucha leche ahí. Seguro.

–Mi madre me contó que solo ella lo leyó.

–Eso no importa. Tu abuelo fue muy valiente. El promedio de las personas mientras no ven para dónde sopla el viento prefieren estar en el grupo de los que son más. ¿Para qué correr riesgos que te puedan excluir de transaccionesventajosas? Basta un leve acomodo y ya perteneces al partido del vencedor al día siguiente al del triunfo. Da buenos frutos serlo, como leí el otro día en la novela chilena La sombra desciende sobre el mar.

–Puede ser, pero...

–Si yo hubiera tomado ese camino no habría parado de trepar en la Contraloría –lo interrumpió Salustiano–, pero esa putería no va conmigo.

–¿Cuál putería?

–La pleitesía, Cirilo, la pleitesía..., ¿qué más? Los jerarcas no ven con buenos ojos las ideas propias. Les pican los sobacos las sonrisas que son incapaces de descifrar. Frente a la manada, te identifican como sospechoso. Pero como ese adjetivo tiene connotaciones turbias y para seguir aparentando que son políticamente correctos te encasquetan el mote de conflictivo, aparentemente más inocente, pero con igual mala prensa. La suficiente para justificar tu expulsión y así resguardarse de sus miedos de eunucos –concluyó Salustiano.

Cuando la conversa con Salustiano devenía en la imaginería del poder, una preocupación tan masculina y que deja a los hombres en vigilia pensando qué quiso decir el jefe cuando expresó que era mejor echarle para adelante o por qué le brotaba una gota de sudor en la frente o se refugiaba en una misteriosa inclinación de cabeza o hizo un simple chasquido de dedos o qué discurría cuando fruncía su entrecejo, aparentemente en forma inocua, mirando a su secretario o vocero, pues ese sigilo y esa gestualidad lo decía todo, Cirilo se levantaba de su asiento y lo dejaba divagando mientras él rellenaba su cafetera italiana con una mezcla cargada de café lungo. Le gustaba su aroma amazónico –fanfarroneaba–. En su departamento, Cirilo lo cuela en forma manual. Pero ahora una siempre vatan de prisa por la vida como para detenernos en algo tan arcaico, se excusaba Anat. Impertérrito ante ese retiro táctico de Cirilo, Salustiano confirmaba en sus pensamientos que habíaque estar muy curtido en el arte de la comunicación humana para entender cuando se dice sí para llegar al no. Requetebién sabía que el poder está hecho de minucias. Así, no descuidaba ningún gesto, por ínfimo que apareciera. Ninguno es insignificante, como el abuelo de Cirilo le había oído decir al prefecto Pascual Cabrera, según se verá más adelante. Todos merecen atención: quién figura registrado en el celular o tiene línea telefónica directa con el presidente, ministro u otro mandarín. O quién es invitado a su residencia de veraneo en Viña del Mar. En esos ínfimos fragmentos del caleidoscopio humano se reconoce la cercanía y se define el ostracismo y los éxodos forzados.