Cala Verda - Silvia Enrich - E-Book

Cala Verda E-Book

Silvia Enrich

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Beschreibung

En el contexto del nacionalismo catalán de principios del siglo XX y en un bucólico y paradisiaco ambiente que dejó de ser y que ha impulsado la acción de movimientos ecologistas actuales; Cala Verda presenta realidades políticas y sociales a través del relato de sucesos imaginarios. Esta novela sumerge al lector en la geografía y la dura soledad que condiciona la vida de los pescadores de la Costa Brava, así como en la aparente felicidad de mujeres cuyos destinos han sido fatalmente decididos. Política, economía, intriga, añoranza, humanidad, tragedia, familia y miedo se entrelazan para dar forma a un libro memorable.

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Seitenzahl: 460

Veröffentlichungsjahr: 2022

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CALA VERDA

Silvia Enrich Marcet

© Silvia Enrich Marcet

© Cala Verda

Febrero de 2022

ISBN papel: 978-84-685-6373-2

ISBN PDF: 978-84-685-6501-9

ISBN ePub: 978-84-685-6502-6

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

A mi familia y a la memoria de un lugar desaparecido, que tanto quisimos

Índice

Prefacio

Capítulo 1 Fran

Capítulo 2 Ana Maria

Capítulo 3 Teresa

Capítulo 4 Xavier

Capítulo 5 Joanet

Capítulo 6 Aneta

Capítulo 7 El alcalde

Capítulo 8 Josep Canyella

Capítulo 9 Final

Fran

Prefacio

Cala Verda es el nombre inventado de una diminuta playa de la Costa Brava. A pesar de pertenecer a un entorno desaparecido, la cala auténtica sigue existiendo y viene señalada en los mapas de localización. En su obra Aigua Salada, el escritor ampurdanés Josep Pla nos asegura haberse quedado fascinado por su naturaleza «pura e intocada» y la describe como un rincón sombrío orientado al sol naciente, delante del mar y cerrado a poniente por unas montañas que la resguardan de los vientos del norte.

El autor de estas descripciones no añade sin embargo, que se trata de una pequeña bahía o más bien de una especie de puerto natural resguardado en la parte del sol naciente por una falla rocosa de escasa altura a modo de espigón, la cual se precipita hacia el mar en forma de islotes, parecidos a unas bolas de plomo ancladas en el fondo marino. Por eso se los llama Ses Ploms.

Apenas nos dice más sobre esta cala a la que atribuye un color carmín, quizás porque la contempló a la caída de una de esas tardes en que el azul del mar sigue impregnando todo, hasta que la retirada del sol extiende mágicamente sus tonos rojizos sobre las rocas. Tampoco aclara al lector, que la penetración del océano en ella sea estrecha y profunda, como si se tratara de una lengua de mar lamiendo el litoral, o que esta configuración no impida que irrumpan en ella cualquiera de los múltiples vientos que soplan en este punto de la costa catalana, los cuales él mismo describió como «curvilíneos y ondulados, perfilados y diversos». En verdad, todos ellos componen una gran variedad de vientos, la cual en su día y antes de que existieran las predicciones meteorológicas, probablemente determinó el carácter de los pescadores de la zona, puesto que nada más sentir el timón en la mano, muchos de ellos desconfiaban sistemáticamente de sus bonanzas y sintieron la urgente necesidad de diferenciar las medias cuartas del cuadrante de los vientos, dentro de una fabulosa dialéctica entablada con su entorno y provocada por una instintiva capacidad para detectar los cambios atmosféricos, desde unos silencios cargados de razones derivadas, a su vez, de su forma de ser, afable y contemplativa.

Cabe resaltar, que al definir la apariencia inhóspita de la cala, el escritor añadió una soledad pesada y vaga, propia de un lugar en donde la existencia discurría entre dos extremos, «por un lado, el tedio y por otro la curiosidad que se avivaba por cualquier nadería», como si en ella no hubiera nada o como si la vivencia reflejada en estas descripciones proviniera de un aburrimiento inducido, consistente en una suave desconexión de lo cotidiano.

En contraste con estas afirmaciones cobra importancia una breve llamada a la atención del lector al indicarle que allí la soledad no era total, ya que «a lo lejos, desde el mar, se distingue una casa», después de habernos asegurado que ese era un paraje en el cual cualquiera podía sentir la fascinación por una naturaleza virgen, algo muy acorde con su espíritu crítico referido «al afán de la gente por ganar dinero, que se está cargando la costa».

Para él, «el mayor lujo es el del metro cuadrado que no está ocupado», algo meritorio, tanto si hubiera escrito estas impresiones cuando aún resultaba difícil llegar a las playas de su comarca por caminos sumamente accidentados, como si las hubiera comentado nada más aparecer los primeros carteles turísticos de esa costa.

Se podría especular sobre la soledad del lugar descrito, de tal modo que tuviéramos que plantearnos si era total o no lo era, puesto que existía una casa y que por tal motivo la naturaleza habría dejado de ser «pura e intocada». En cualquier caso, la construcción que mencionó, no por estar ahí cambiaba su fisonomía, ni tampoco ésta habría sufrido ninguna mutación sustancial si en vez de una hubiera habido varias, ya que en realidad las hubo y todas ellas formaron parte de un singular complejo paisajístico digno de haber sido preservado, por mucho que su planificación quedara truncada, cuando sobrevino en España la dictadura del general Primo de Rivera, en 1923.

En verdad, si contempláramos la casa observada desde la lejanía del mar y añadiéramos otra en la orilla opuesta, uno podría remontarse a un pasado no demasiado remoto e imaginar que ahí existió una barraca convertida con posterioridad en vivienda de algún pescador solitario, a pesar de que al ser mencionada la cala por el escritor, ésta hubiera sido ya reconvertida para formar parte de ese complejo habitacional. En ambos casos, la simple visión de una rudimentaria catalana varada sobre el lecho de arena y guijarros de la pequeña playa nos habría indicado la presencia de algún personaje solitario y la imagen de su palo arbolado nos estaría indicando que la barquita en cuestión habría estado lista para salir a faenar con todo lo necesario a bordo porque ahí se habría instalado una gran calma. El pescador habitual habría salido a pescar, sabiendo que el viento del sur, el garbí, giraría siguiendo la dirección del sol con un horario perfecto y que al retirarse a tierra antes del anochecer, solo quedarían en el mar sus restos, rizando el agua. Todo ello indicaría, que aquel hombre de mar tenía su propia tabla de medir los vientos incrustada en la mente, como si se tratara de una especie de sexto sentido, en el cual contaran lo mismo la evidencia que la probabilidad ante una hipotética descomposición del cuadro formado por la estrella de los vientos, es decir, por la alteración de las fuerzas dominantes. Para él, estos cambios circunstanciales eran siempre un pésimo síntoma, que no convenía nunca menospreciar a fin de evitar el maleficio de verse inmerso en un colosal laboratorio meteorológico.

Este pescador imaginario podría haber sido el guarda de la casa vista por el escritor catalán, la cual estaba y sigue estando en la orilla opuesta, elevada a una altura suficiente sobre el nivel del mar, distanciada del agua por un espacio lúdico cubierto de arena y un muelle que servía de amarre para las barcas de sus habitantes, las cuales normalmente estuvieron varadas en una segunda fila o en un hangar durante el invierno. La función de este embarcadero consistía en mitigar la fuerza de los embates de la tramontana y de las llevantadas, cuyas crestas empenachadas de espuma arremolinada lo cubrían por completo, provocando al chocar contra el cemento armado y contra las rocas un estruendo ensordecedor.

Desde el mismo instante en que la fuerza del oleaje lo desmanteló, el destino de la Cala Verda tomó otro rumbo.

***

—La señora Teresa se enamoró de este lugar nada más verlo —le cuenta el pescador imaginario a su hija—.Y en el tiempo en que ella estuvo aquí, se pasaba horas ordenando sus plantas y sus flores en el invernadero. Para mitigar su pena —le añade.

En verdad, a Teresa, nada más llegar a Cala Verda, le asombran los bancales de viñedos que recorren esos parajes de la costa, arrasados por una epidemia de la filoxera. Tiene la sensación de que sus paredes de piedra abandonadas han inspirado la construcción del parque que se eleva por encima de su casa en la cala, aprovechando un declive de la ladera de la montaña que la encierra por su parte poniente. También le llama la atención, que en lo más alto de su recorrido se eleve una majestuosa escalinata de granito que no conduce a ningún sitio, puesto que al llegar a su cima, tras haber subido por ella, se corre el riesgo de caer en picado sobre lo más intrincado del bosque.

Nadie le ha explicado a Teresa que la escalinata está llamada a ser la protagonista indiscutible del parque, ya que estuvo destinada a convertirse en la entrada principal de un casino.

—¡Un palacio de juego situado por encima del parque y en una zona dominante, abierta a la playa! —exclama al enterarse, imaginándoselo al internarse por ese complejo arquitectónico del cual ha oído hablar de una forma incompleta y que la invita a pasear por un trazado de caminos que han logrado embellecer el paisaje, aún más si cabe, al haberlo fusionado armónicamente con el entorno umbrío y austero, respetando a la vez la flora del lugar, aclimatándola en cerramientos de muros de piedras doradas. A ella el casino proyectado le interesa, por tratarse de una idea vinculada al parque que ella misma cuida.

A pesar de no haber conocido a Teresa, a la niña no le cuesta identificarla con las flores de su invernadero y se la imagina moviéndose entre sus plantas, desplazándose de un lado a otro en el interior de esa estructura modernista de hierro y cristal situada muy cerca de la gran escalinata, destinada a dar acceso a un mítico palacio de juego que aún no existe, y que tampoco existirá.

—Ella se hacía traer la tierra de Cuba y también semillas raras —le sigue contando el guarda a su hija, por más inverosímil que le resulte a cualquier observador una costumbre tan insólita, la cual confirma que casi todo lo que creció en el invernadero vino de muy lejos y que todo quedó protegido por un espacio translúcido, como si esta cualidad hubiera querido evitar la total desaparición del parque.

***

Este es el parque que realmente coronaba la casa contemplada por Josep Pla desde el mar. Al igual que en la narración, trepaba por la montaña y lamentablemente ya no existe. Sin embargo ya existía cuando el escritor describió la cala desde la lejanía, lo cual hace suponer, que al no haberlo escrito, la frondosidad creada a su alrededor debió impedirle percibirlo, pues en verdad y teniendo en cuenta las fechas de las descripciones, éste aún existía.

Hoy en día, cualquiera que pase cerca del lugar donde se ubicaba el invernadero puede ver, sin tan siquiera observarlo, una especie de elevación selvática, un montículo vegetal en forma de tejado a dos aguas, situado en el recodo de una de las curvas, que surcan el paisaje de la urbanización, la cual en su día sepultó el parque. En este punto uno se siente embriagado por el aroma a eucaliptus, el mismo que perfumaba su acceso desde el bosque, por la zona de su pista de baile. Es posible que la intensidad del olor inesperado invite instintivamente al paseante ocasional, a detener su marcha para sumergirse en la fragancia de los pinos y de las higueras, cuyas ramas esparcidas en ese punto del camino buscan incrustarse alocadamente en la intrincada vegetación que recubre, protegiéndolo, al antiguo invernadero. Nadie sospechará, sin embargo, que debajo de esta tupida maleza existe una estructura de hierro que lo soporta, resistiendo con su fuerza el peso de la naturaleza y el paso del tiempo. También se resiste a ser olvidado, ya que la fortaleza de sus hierros oxidados bajo el entramado selvático ha impedido su derrumbe total. Tan solo sus cristales hechos añicos debieron ser barridos hace ya muchos años por los vientos, antes de haberse incrustado en la tierra, sigilosamente, para que al seguir centelleando en su agonía al sol, no llamaran la atención de las máquinas excavadoras. Quizás también para que este faro vegetal no se apague nunca, ofreciendo para conseguirlo su brutal resistencia a ser sepultado en el olvido. A pesar de todo, probablemente ningún paseante se pregunte, al llegar a este punto del camino y después de esta llamada a la atención, lo que realmente esconde el entramado vegetal incrustado en unos hierros retorcidos que no se ven, sino se intuyen, el cual crece de forma desmesurada sobre esa estructura particular, superviviente y sepultada en las profundidades del tiempo, en forma de tejado cada vez más ascendente.

Quizás tan solo produzca indiferencia, porque Cala Verda no deja de ser el marco de una ficción basada en una realidad añorada, o más bien en la nostalgia de un paisaje perdido, el cual existió, por mucho que solo cobre significado para alguien que lo haya conocido y mitificado, ya que hoy no es más que una señalización en los mapas de Google. Ni siquiera se trata ya de una pequeña playa, sino de una plataforma de cemento armado que facilita el tránsito de las embarcaciones en busca de alguna de las más codiciadas boyas de toda la costa catalana, en donde poder atracar.

Por eso, quienes conocimos este lugar «en medio de una naturaleza pura e intocada», tuvimos ocasión de experimentar esa soledad tediosa a orillas de una minúscula playa y también en el interior de un parque tranquilo y silencioso cuando no penetraban en él los temporales. Allí, en ausencia de vientos violentos, la humedad envolvente del mar y sus sonidos se colaban entre las ramas de los árboles, al igual que el aleteo de los petirrojos buscando entrar y salir de sus fuentes, por cuyos caños algunas veces manaba el agua, si por casualidad en alguna remota ocasión alguien las ponía en funcionamiento, contribuyendo inconscientemente con ello, a que el recuerdo de ese simple sonido no se convirtiera, para quienes lo recordáramos, en una expulsión del paraíso si acaso se pusiera en cuestión la consistencia de nuestra memoria como sustrato de los relatos ficticios o de cualquier otra narración.

***

He aquí, por tanto, un relato basado en hechos históricos, en el cual confluyen ficción y realidad. Paradójicamente, los vacíos derivados de la añoranza de los paisajes perdidos permiten a veces su recreación, ya sea a base de describirlos o mediante la invención de personajes que se mueven por ellos y que se relacionan entre sí movidos por sus propias circunstancias.

En el primer caso, se tiende a reinventar el pasado desde la memoria, sin ánimo de engañar a nadie, ya que se trata de una facultad que actualiza recuerdos en función del presente aunque sin evitar, a veces, las decepciones producidas al constatar que estos recuerdos no se ajustan a lo que se ve.

En cuanto a la segunda posibilidad, la memoria y los recuerdos permiten entrar en el mundo de la ficción. Fiel a estos razonamientos, Cala Verda transcurre en un lugar auténtico que en parte ya no existe. La trama principal se desarrolla en un tiempo muy corto, de apenas unos días, durante los cuales los personajes que componen la narración, encabezando sus capítulos, se van desgranando tras haberse visto enraizados en un contexto más amplio, marcado a su vez y en algunos casos por las vicisitudes del catalanismo político de finales del siglo XIX y su impronta en la forja del nacionalismo catalán en los primeros años del XX. Este periodo de mayor duración se prolonga hasta la irrupción de la dictadura militar del general Primo de Rivera en la cúpula del poder del Estado, avalada por el rey Alfonso XIII.

Capítulo 1 Fran

Esta ciudad, señor, no se siente feliz

Francesc Cambó

Una apacible marinada soplaba por los chaflanes del Eixample de Barcelona aquella mañana de primeros de junio, cuando Francesc Canyella i Subirats decidió iniciar un paseo, antes de entrar en el mítico teatro del Orfeó Gracienc* para asistir a la sesión inaugural de la Conferencia Nacional Catalana.

Allí iban a celebrarse dos jornadas de un insólito debate político, ya que, dadas las circunstancias, se esperaban altercados dignos de mención en el interior del teatro, y fuera también. Pero no fue así y resulta un tanto extraño que no se publicaran tras su celebración, grandes titulares al respecto, o que apenas unas escuetas columnas de prensa se hicieran eco de lo que allí se dijo y discutió, cuando un acontecimiento tan significativo había despertado de antemano en muchos sectores de la opinión pública catalana una gran expectación, debido a que muchas miradas habían estado puestas en aquel evento organizado y propiciado por las juventudes de la Lliga Regionalista. Se trataba del grupo de los desencantados en el seno de ese partido político, cuyas divisiones eran un secreto a voces, pues la amenaza de escisión había encendido la llama de la discordia en las filas de sus propios militantes.

Nadie debió considerar, por tanto, con el suficiente rigor, los graves y trágicos conflictos políticos y sociales que este evento iba a trasladar a las generaciones posteriores.

En principio, el cisma en las filas nacionalistas de la burguesía catalana había provocado cierto interés porque los organizadores se habían colocado a sí mismos en el ojo del huracán, al haber denunciado que la vida parlamentaria se había convertido en un camino estéril para las aspiraciones de autogobierno de los catalanes. En su opinión, había que regenerar Cataluña barriéndola de caciques en Madrid, e incluso se habían atrevido a defender con firmeza la necesidad de transformar España poniendo fin al turno de los partidos de la monarquía. Para lograrlo, debía abandonarse la táctica de los lliguistas, consistente en ir avanzando paso a paso, por el camino del diálogo político, a fin de conseguir los objetivos deseados.

Hasta entonces los descontentos habían insistido en que los mensajes del catalanismo apenas habían penetrado en los sectores más desfavorecidos de la sociedad, porque procedían, según ellos, de una creencia de la burguesía. Además, la represión brutal por parte de las autoridades militares había acabado por fraguar la ruptura entre el populismo y el catalanismo reformista. También habían llegado a afirmar que tanto los ministros como los diputados catalanes eran falsos mesías; tan solo un muro de contención para el Gobierno. Por todo ello se sentían marginados y amenazados.

Además habían llegado a considerar que los catalanes en la capital del reino formaban parte de una maquinaria gubernamental que solo beneficiaba a sus «cachorros» y sostenían que las agrupaciones nacionalistas eran un conjunto de hombres dispuestos a arrancar al poder concesiones y favores sin conceder ninguna importancia a la defensa de sus ideas, ni tampoco a sus demandas. No les importaba nada Cataluña, repetían, porque estaban confabulados con los patronos para someter a los obreros.

No resulta nada extraño que, en esta tesitura entre la razón y la provocación, la ciudad se hubiera nutrido de un tiempo a esa parte con los ingredientes necesarios para convertirla en una auténtica jungla y se hubiera incluso transformado en el reino de la impostura: un lugar de matones a sueldo y de atentados terroristas.

Faltaban pocas horas para el mediodía y las sombras de las fachadas caían casi en vertical sobre las aceras, cuando Francesc decidió indicarle a su conductor que parara el coche porque quería dejarlo e iniciar un paseo.

—Déjame aquí, Pep —le dijo—. Hace muy buena mañana y me sobra algo de tiempo antes de llegar al teatro.

—Como quieras, Fran, pero ten cuidado —le contestó el empleado de la familia, que casi lo había visto nacer.

En esos momentos, cualquiera hubiera podido asociar el sonido de la brisa haciendo batir suavemente el oleaje contra la arena de la playa, con el murmullo del mar y con la luz del pleno día tan tenue y matizada. Todo en aquella atmósfera invitaba a pasear y a nadie parecían incomodarle los ruidos causados por el traqueteo de las tartanas o la estridencia de los primeros coches. Tampoco en circunstancias normales, hubiera sorprendido ver a Francesc apearse del suyo para llegar a donde tendría lugar la conferencia, solo por haberse dado cuenta de que necesitaba liberarse lo antes posible de las tensiones, que de algún tiempo a esa parte, le acechaban. Quería simplemente sumergirse en el anonimato, con tal de no ser reconocido como uno de los principales disidentes de su agrupación regionalista. Necesitaba caminar con relativa calma antes de entrar en el teatro, o llegar cuando la mayor parte de los asistentes invitados hubiera tomado asiento.

No le molestaban el bullicio callejero, ni tampoco los gases que emanaban de los motores mezclándose con el polvo de los carruajes, tan solo disipados por el leve viento apenas perceptible pero significativo, ya que éste le estaba provocando un bienestar enlazado con otras sensaciones, a las cuales no intentó buscar ninguna explicación. «Será que tengo ganas de estar de nuevo en Cala Verda» pensó sin más, restándole importancia a la añoranza por su tierra del Ampurdán. Allí, el paso de coches y carruajes por los caminos solo levantaban pequeñas nubes de arena, sin incomodar, ni tampoco perturbar la belleza del paisaje.

Sin embargo, para cualquier observador, él no era precisamente la persona más indicada para andar callejeando de aquella forma en apariencia despreocupada, sin exponerse a sufrir algún atentado, por mucho que hubiera intentado disimular quién era, ya que cualquiera que se fijara medianamente en él aquel mediodía mientras paseaba, lo hubiera reconocido nada más verle. Vestía con simplicidad y su traje de color claro era de lana fresca. Por debajo de la chaqueta apenas resaltaba el blanco impecable de su camisa y solo algunas arrugas estropeaban la caída nítida de la tela. Todo en él se regía por un desenfado muy personal, sin que nada hiciera suponer que solo quería tranquilidad.

«Todos podemos ser víctimas del terrorismo» se había dicho a sí mismo, después de haber tomado aquella improvisada o caprichosa decisión, aunque el paseo que había decidido dar pudiera convertirle en un perjudicado más de la violencia desatada en la ciudad de un tiempo a esa parte.

Quizás deseó convertirse aunque solo fuera por unos minutos en un paseante cualquiera integrado en la vida de la calle a pesar de que nada ni nadie podría evitar, llegado el momento, que fuera el blanco de algún ataque terrorista por el simple hecho de su destacada labor intelectual o por su intachable trayectoria como activista del catalanismo político desde la plataforma brindada por La Veu de Catalunya, el diario del partido regionalista, en el cual aquella mañana todavía militaba.

Tratándose de quien era y como miembro de una adinerada familia de la burguesía catalana, sus más allegados consideraban que su trabajo procedía de una brillante vocación encaminada a crear opinión y que su éxito no solo derivaba de su innato instinto político, sino también de la forma con la que se cargaba de razones antes de confrontarlas con sus adversarios. No se andaba con rodeos que perturbaran la percepción de lo que para él era la realidad, cuando el nacionalismo catalán contaba ya con líderes carismáticos cuyas cualidades, sin embargo, eran vistas por Francesc con cierto escepticismo.

—Dudo que los líderes y la maraña de entidades catalanistas por toda Cataluña sean los mejores trampolines para alcanzar el éxito —sostenía antes de que alguien se hubiera sentado a analizar, con el rigor necesario, que el exceso de carisma podría convertirlos en el peor de los lastres—. El nacionalismo ha venido arrastrando demasiadas divergencias a medida que se ha ido expandiendo. Y no nos engañemos: sin aunar fuerzas y sin aprovechar los últimos estertores del régimen de la Restauración, no seremos capaces de cambiar las cosas.

Uno de los temas candentes en aquellos días era la incompatibilidad del ejercicio del poder con la verdad y él se había atrevido a denunciar el discurso de las élites ante la diversidad cultural, por haberlo planteado con falsos argumentos.

—¿Qué relación podemos tener con el otro cuando no se le presta la suficiente ayuda? ¿Acaso no se le está ofendiendo de manera irreparable? ¿Qué tipo de inteligencia cabe esperar si seguimos por este camino? — preguntaba a sus seguidores reconociendo que, por formar parte de la alianza entre el reformismo conservador y el catalanismo político, faltaba explicar a fondo que los escenarios tenían necesariamente que moverse para convencer; y él estaba dispuesto a llegar hasta el fondo de su compromiso.

Sus discrepancias con el partido en el cual militaba y la falta de sintonía se habían hecho insostenibles porque algunos planteamientos elitistas de la Lliga Regionalista le resultaban hirientes, al no dirigirse hacia quienes convivían con los aspectos menos idílicos de la vida. No pretendía ser calificado como un tipo moralmente superior, sino ser reconocido como defensor de las personas menos favorecidas por la vida.

Él no era un predicador, pero tampoco pensaba quedarse encerrado en sus cuatro paredes y eso le había granjeado enemistades entre las filas más cultas del nacionalismo catalán con las cuales se codeaba mientras, al otro lado de la barrera, los anarquistas practicaban la acción directa y el abstencionismo electoral.

«Necesito liberar tensiones», había decidido antes de bajarse del coche y despedirse de su chófer, y es posible que la necesidad de dar un paseo respondiera a ese motivo, puesto que quería desprenderse de algunas decepciones motivadas por lo que él consideraba una apuesta equivocada de los argumentos nacionalistas, que reducían la experiencia con el prójimo a encuentros agradables con la faz amable de la vida sin tener en cuenta la fuerza erosionante de la miseria y del analfabetismo.

En el fondo, él también se había recriminado por ello.

Además, aquella mañana de junio tenía que cansar un poco el cuerpo antes de permanecer el resto del día sentado, pues temía que tanto la inmovilidad física como las previsibles presiones de la propia conferencia chocaran la una con las otras e impidieran hacer frente a peligrosos ventajistas dispuestos a cortar cualquier canal de comunicación con los organizadores, uno de los cuales era él.

Es comprensible, por tanto, admitir que antes de satisfacer su deseo de iniciar aquel paseo para airear sus preocupaciones, Francesc se engañara a sí mismo, dando por descontado que si alguien quisiera hacerle daño, debería haber pensado, con toda seguridad, que él solo se movería siguiendo planes premeditados, en absoluto improvisados. Nadie habría podido intuir, por tanto, su trayecto para seguir sus pasos, por lo que dentro del cálculo de probabilidades le cupo anteponer su propia lógica y reducir a una mera casualidad el riesgo de sufrir un atentado mientras paseaba. Eso era un peligro que en esos momentos prefirió ignorar.

Al mismo tiempo, al pretender descargarse así de su estrés, se había dado cuenta de que le sobraba bastante tiempo para llegar al teatro. No deseaba ser demasiado puntual, sino justo lo necesario y le horrorizaba la idea de sentirse prisionero de largos saludos, o de tener que contestar a las preguntas de los periodistas sobre uno de los temas más candentes de aquel evento: las ponencias de sus amigos los conferenciantes, cuyas conclusiones y su posterior votación iban a provocar la expulsión de todos ellos —y la suya propia— del partido al cual pertenecían.

«El peligro no está en la calle esta mañana, sino en el interior del teatro», pensó mientras caminaba. Las ponencias de la conferencia en las cuales él había participado, contenían una carga explosiva de largo alcance y temía que su discusión llevara a la autoridad a desalojar el teatro. Seguía vigente la Ley de Jurisdicciones y los autores de cualquier acto considerado ofensivo para España y sus símbolos pasaban a ser enjuiciados por la justicia militar. Y daba la causalidad de que allí se iban a discutir nada menos que la organización y la propaganda de la doctrina nacionalista, la actuación del nacionalismo en las corporaciones públicas y su capacidad de influir fuera y dentro de Cataluña.

Él era uno de los firmantes de la convocatoria a la conferencia, un manifiesto redactado para la polémica, y su compromiso con los disidentes, que procedían de diversos sectores del catalanismo, iba más allá de su presencia en el teatro, ya que había dejado bien claro que él no intervendría en los debates, pero que participaría en la formación de un nuevo partido, Acción Catalana.

A lo largo del texto, la política de la Lliga Regionalista se cuestionaba por primera vez de forma tan abierta. Se iba a exigir la vuelta a los orígenes, retrocediendo hasta encontrar el camino frecuentado por Prat de la Riba*, basándose en afirmaciones tan contundentes como que forasteros dictan las leyes a los catalanes o que administran sus caudales de manera injusta y que además se les gobierna de forma autoritaria*.

También se plantearían algunos interrogantes derivados de estas declaraciones, y que lo hagan bien o no, no es una cuestión de competencias, porque el problema de Cataluña es de libertad y de autodeterminación.*

Francesc sabía que durante las dos jornadas de la conferencia se iban a poner en tela de juicio la conducta y la estrategia del propio partido, todavía sin escindir, por haber colaborado con el Estado español y por haber contribuido a la falta de alternativas al bipartidismo del régimen de la Restauración. También sabía que se iba a plantear la necesidad de internacionalizar el problema catalán y la oportunidad de transmitir a la ciudadanía la llamada pasión nacionalista. Sabía que se iba a defender la superioridad moral de los catalanes frente a la actitud de un Estado podrido de arriba abajo, y que se clamaría por hacer de todas las fuerzas nacionalistas dispersas, una suprema unidad viviente. ¡El nacionalismo no es una propuesta de sabios, ni una especulación de ricos; tampoco una liberación para los jóvenes, sino una plenitud!,* le pareció estar oyendo ya, mientras caminaba.

¡A sus cuarenta y siete años había conocido tantas formaciones catalanistas! «Demasiadas», pensó con escepticismo, temiendo una vez más que el pensamiento liberal y democrático que alimentaría su nueva plataforma republicana de centro, aspirante a convertirse en una alternativa real a las teorías demagógicas y populistas de los radicales, pudiera sufrir una fuerte distorsión por haber abrazado el credo nacionalista. Era algo que separaba a la nueva formación de los socialdemócratas europeos, a quienes aspiraba parecerse.

Dada la situación, no sería descabellado adivinar que Francesc aquella mañana dudara: «¿Acaso el nacionalismo no adopta con sus rituales y con sus prácticas lingüísticas un mensaje autoritario? ¿Cómo se podría depurar la política de tentaciones opresoras? ¿No acabará la exaltación nacionalista por convertirse en un látigo?», se preguntó.

Estos eran algunos de los interrogantes que le preocupaban mientras se comportaba como un transeúnte cualquiera.

Estaba a punto de llegar al teatro abarrotado de gente, por lo que antes de entrar se quitó el sombrero, dispuesto a saludar, alisándose el pelo con la mano que le quedaba libre, valiéndose de un gesto que hacía gala de su estudiada naturalidad. Era consciente de su atractivo y de su don para despertar simpatías de una manera espontánea.

Normalmente, quienes le saludaban caían de inmediato bajo el impacto de los tópicos más habituales, condensados en unas simples expresiones como «¡Cuánto tiempo!», o «¿Cómo le va?», o «¿Vive Usted en

Barcelona?», las cuales contenían, a pesar de su simpleza, una rara energía que transmitía a su vez una capacidad necesaria para acaparar atenciones y, a la larga, movilizar voluntades. No cabe duda de que Francesc Canyella poseía carisma, un don innato que sabía utilizar moderadamente, sin arrogancia ni egocentrismo. Era, sin quererlo, el candidato ideal para liderar un partido, si no fuera porque él no explotaba sus habilidades para ascender hasta la cúspide de la pirámide del poder. En ese sentido, no tenía ninguna ambición; en el fondo se sentía solo.

El motivo había que buscarlo en lo que más le dolía: la persistente imagen de su mujer, cuya ausencia dolorosa por el hecho de haberle abandonado no era sentida como una certeza, sino que increíblemente con el paso de los años se había dulcificado hasta haberse convertido en su única fuente de luz.

***

En cuanto entró en el teatro, Francesc se dio cuenta de que la calima de junio se había colado también en el interior y que incluso flotaba en la penumbra del patio de butacas. En un ambiente opaco y viciado por el humo de los cigarros, las senyeras que adornaban la platea apenas lucían. «Están tensas y parece que van a estallar. Como la conferencia», vaticinó, pensativo, mientras comprobaba que la escasa iluminación no dejaba distinguir las cruces de san Jordi en los escudos de armas incrustados en las estiradas y raídas telas. Apenas se percibían los campos de plata llenos de gules apolillados y se alegró con la esperanza, más o menos ficticia, de que tanto banderas como estandartes no sirvieran ya para convocar a las tropas a combate, sino solo para guiarlas y para dar fuerza a los símbolos. «Ojalá supieran orientar a la gente», pensó.

Intentó localizar su butaca, pero se lo impidieron sus amigos de la Unión Federal Nacionalista Republicana, los cuales se habían unido a los críticos de las juventudes regionalistas después del sonado fracaso de la llamada Solidaritat, la malograda coalición parlamentaria catalanista en las Cortes, o quizás por haber sido movidos por una misma indignación desde que el Parlamento hubiera rechazado la tramitación del estatuto de autogobierno para Cataluña.

—Ven a sentarte con nosotros, Fran —le sugirieron. Así le llamaba todo el mundo, y le invitaron a dirigirse hacia uno de los palcos más cercanos al escenario. Existía sin duda cierta afinidad de Fran, aunque salvando las distancias, con los republicanos radicales de izquierdas puesto que también ellos consideraban que la participación de ministros catalanes en los gobiernos de España había sido un error y un enorme fracaso de imprevisibles consecuencias. Este sector del republicanismo había llegado a la conclusión de que los intereses de Cataluña no se resolverían mientras el turno de partidos de la monarquía siguiera vigente y quizás con esa invitación pretendían sonsacar a Fran algo que aún no conocían, pero que de algún modo muchos de los asistentes intuían: que la Comisión de Acción Política, el órgano rector de la veterana Lliga Regionalista, había advertido a los conferenciantes de sus juventudes y a todos sus simpatizantes que los primeros serían expulsados del partido si durante las sesiones se tomaban acuerdos de carácter político. Fran estaba, por tanto, a punto de entrar en un limbo político a pesar de ser un protagonista en acción de aquellas jornadas tan emblemáticas para la cuestión catalana.

«Dejemos, pues, que todo fluya», se dijo sonriendo a quienes le sonreían en la distancia, saludándole. Y en cuanto se acomodó en su asiento, intentó relajarse antes de que se apagaran las luces del teatro. El silencio que se instaló en el interior del recinto, le invadió sin que se diera cuenta, invitándole a entornar los ojos y en cierto modo a seguir meditando.

El paseo que acababa de dar le había sentado bien, pero lamentablemente la quietud tan placentera que le había embargado por momentos, pronto se vio interrumpida. En el patio del teatro la copla del orfeón comenzó a interpretar a media voz, sin estridencias, el Canto de los Segadores, sin que el público se atreviera a corear el cántico patriótico de los catalanes por temor a ser desalojado en virtud de una posible llamada al orden por parte del representante gubernamental, que se encontraba entre los asistentes. Su presencia dejaba bien claro que aquellas voces melodiosas corrían el peligro de ser interpretadas como una ofensa a la marcha real y a la bandera española.

Cataluña triunfante volverá a ser rica y plena. ¡Echemos a esta gente tan ufana y tan soberbia!

Fran consideró que el contenido del himno resultaba hiriente y violento, a pesar de que el coro tan envolvente le trasladara una vez más y tan solo por unos instantes a su comarca del Bajo Ampurdán. Entornó los ojos y le pareció estar contemplando las cimas del Canigó desde lo alto de Monvent*, su villa natal, impregnadas todavía de hilillos de nieve fundiéndose a lo lejos, dejando sus huellas sobre la costa.

Así, bajo los efectos de la ensoñación producida por la música patriótica, no pudo evitar el recuerdo de su primera visita al Centro Escolar Catalanista de la mano de su padre, Josep Canyella, cuando aún era un niño. Aquella visita le había dejado una huella imborrable por haberle invadido algo que en su mente infantil no supo discernir con exactitud y que interpretaría más tarde. Había sido una especie de intuición de que aquellos lúgubres espacios albergaban los atributos de una secta.

El centro estaba ubicado en un viejo caserón y padre e hijo tuvieron que atravesar un patio antes de entrar en un salón de actos repleto de filas de sillas bien alineadas, las unas delante de las otras hasta el fondo, donde se levantaba una tarima sobre la cual reposaba una gran mesa cubierta con la bandera de las cuatro barras. Por detrás del sillón presidencial colgaba otra bandera de Cataluña y a su derecha una lápida de mármol blanco con una fecha incrustada (1714), seguida de un espacio vacío.

—Que debería contener el decreto de restauración de las libertades catalanas—le matizó su padre en aquella ocasión, sin tener en cuenta que su hijo aún no entendía sus explicaciones. Fran simplemente se fijó en otra lápida de mármol negro en el lado izquierdo, con una simple inscripción de un fragmento de la proclamación del Conseller en Cap Rafael Casanova dirigida a los barceloneses poco antes de la rendición de la ciudad. Para él, esa exaltación de la patria aún no significaba nada, ya que solo la captaría, tras haber comprendido la carga simbólica de la acción política con sus alusiones, sus múltiples significados, sus intenciones y su marco ritual de aceptación más o menos resistente al paso del tiempo. Pero en aquella lejana ocasión y a pesar de que Fran no entendiera todavía lo que significaban aquellas inscripciones, su padre continuó enseñándole el lugar. Para ello, le encaminó hacia la sala donde se reunía el consejo general del centro en torno a una mesa redonda.

—Es la mesa de los sabios, a quienes llamamos los puros, porque son nuestros oponentes más conservadores, es decir, contemplativos, mucho menos exigentes y atados a la vieja política, que nosotros hemos abandonado para poner nuestras miradas en el futuro —le dijo anticipándole, antes de proseguir, que quienes se consideraban tan virtuosos, solo se aprovechaban de las ventajas que les ofrecía el caciquismo, sin darse cuenta que esa actitud dañaba la imagen de la doctrina catalanista y que tan infame disposición también perjudicaba a la realización de sus ideales políticos.

—Somos los guardianes y los defensores del posibilismo —siguió explicándole—. Es una forma de actuar que guía a los diputados y ministros catalanes de nuestro partido y que consiste en la táctica del paso a paso para conseguir los objetivos que en cada situación nos trazamos. Los que consideramos trascendentales para Cataluña —trató de aclararle, consciente de que Fran aún no era capaz de comprender, aunque sí tal vez de intuir el fenómeno de la irrupción de las distintas corrientes catalanistas en el tablero político de su comarca, ya que al igual que para cualquier otro niño, su infancia no había sido una etapa para el análisis sino para la captación, en una época en la que los bosques de alcornoques que rodeaban Monvent todavía tenían su razón de ser al margen de existir o cuando aún se preguntaba por qué durante el verano todos sus árboles quedaban pelados.

—Antes de que lleguen las lluvias —le contestaban en cuanto se interesaba por aquellas peladuras—, se extraen estas cortezas que sirven para producir corcho y para fabricar trefines. Eran los tapones más finos del mundo y nadie le tuvo que explicar que en paralelo a la aparición de la fábrica había emergido en Monvent, al igual que en el resto de Cataluña, una nueva burguesía industrial y comercial que muy pronto tendría su propia residencia de inspiración modernista. Fran aprendió por sí solo a distinguir, guiado por la fisonomía de su villa natal, que existía un mundo de grandes empresas y de casas de comercio distinto al que él frecuentaba en verano, además de algunos domingos y días festivos, cuando descendía desde la villa encaramada en lo alto de una montaña cercana a la propiedad de los Canyella en Cala Verda.

Esta geografía abrupta e inhóspita le predispuso a sentir una relación profunda con un mar que se extendía a simple vista, resplandeciente bajo el sol del verano, mientras los árboles de las alturas quedaban despojados de sus cortezas de corcho, para entrar en el vertiginoso proceso de producción. Era una época en la cual se confundían sus dos almas infantiles, como si el razonar y el sentir no pudieran llegar a darse la mano nunca. Allí estaba el bosque que producía riqueza a pesar de ser destruido y, contrastando con él, un mar cercano donde solo se originaba marginación y pobreza a pesar de su grandeza.

Fran aún no era consciente de que el horizonte temporal de las personas fuera determinante dependiendo de dónde se encontraran. Él daba por descontado que el tiempo venidero se extendería en un más allá protegido y enmarcado por líneas regulares, fueran del color que fuera. Sería igual a todo lo que veía y que sus leves cambios serían parecidos al movimiento de la marea en primavera, cuando el nivel del océano quedaba sellado a lo largo de la costa rocosa con huellas de color blanco y rojizo. Todavía creía que allí, donde el agua golpeaba suavemente contra las rocas, seguirían existiendo sellos inconfundibles como la uniformidad de los colores producidos por los restos de la sal y por la sutil cadencia de las algas. Aún no visualizaba un porvenir no exento de los temporales que daban una fisonomía blanquecina a todo el litoral; hasta que la llegada de la calma convertía las olas en una cadencia plana del mar, en forma de plataformas líquidas y ondulantes que rompían sobre la costa, recubriéndola con ribetes formados por los restos de espuma blanca.

Durante toda su infancia y antes de ingresar en el internado, Fran solo había accedido a Cala Verda cuando hacía buen tiempo, ya fuera verano o invierno. Allí vivía Joanet, el hijo del guarda de la casa familiar situada al borde de la diminuta playa, un adolescente desgarbado y libre, cuya apariencia representaba para Fran la imagen ideal de alguien a quien parecerse.

El flujo del dinero proveniente de la industria del corcho ya se había extendido por toda la comarca. En pocos años, los payeses se habían adaptado a su nueva condición de obreros de las fábricas y se habían convertido en una fuerza social capaz de compartir con los taponeros liberales y progresistas una naturaleza grandiosa de cielo y de mar y una visión prosaica de la vida, al tiempo que Fran descubría que se podía vivir cerca del mar, disfrutando de unas formas hedonistas, nada sofisticadas, ligadas a las cosas más sencillas y agradables de la vida, en contraste con el encorsetado mundo en el que se había criado.

Allí Joanet le enseñaba a pescar y a navegar y le descubría que dormir la siesta en una barraca cerca del agua, en un rincón resguardado de la playa, podía ser una forma de plenitud entre cuatro paredes con un tejado encima. Afuera, unos fogones y un banco de piedra, y por encima de la puerta una sombra de ramas de pino. Era todo cuanto aquel chico tan pobre poseía, además de la caña de pescar.

La cala se llenaba los domingos de familias que bajaban desde las alturas de Monvent para hacer el arroz con la pesca que los hombres conseguían y los mejillones que arrancaban de las rocas. Las mujeres bañaban y vigilaban a los niños, ya que la tarea de cocinar el sofrito de acompañamiento era cuestión exclusiva e indiscutida de los maridos. El almuerzo era el punto álgido de la jornada y, si el tiempo acompañaba, se dormía la siesta a la sombra de algún bote hasta que el sol comenzaba a esconderse y la arena se humedecía. Entonces se recogían los restos y todos emprendían el regreso en carretas hacia la villa, ascendiendo hacia su meta por un tortuoso camino entre montañas. El resto de la semana bajaban algunas pandillas de hombres solos, trabajadores del corcho, que aprovechaban cualquier motivo para una comilona al aire libre, rociada al final con vino de moscatel.

Había sido una época en la que el guarda aún le trataba de tú a tú y unos tiempos en los que la manufactura del corcho había representado la prosperidad de su tierra. Los payeses dejaban los campos para ir a trabajar como taponeros, y los pescadores cansados de su trabajo agotador e incierto colgaban las cañas. En las fábricas cobraban sus buenos jornales, que generaban un mundo confortable en el que proliferaban las fiestas gastronómicas, los bailes y el ambiente general de pasarlo bien. Se construían casinos, ateneos y centros culturales donde los taponeros celebraban sus tertulias con un lenguaje descriptivo, propio de los artesanos. Y al contrario que el hijo de su guarda, Fran vivía entre personas cultivadas, las cuales disfrutaban de la música y del teatro en Barcelona. Era gente que no tardaría en construir casas de verano en idílicos lugares de la costa para evadirse los domingos y en la época estival. En este aspecto, su familia había sido una pionera, antes incluso de que la filoxera invadiera el litoral.

Cuando esto sucedía, la casa de los Canyella ya existía y Fran estaba siendo testigo de la construcción del parque que coronaba la casa de sus ancestros. Su padre formaba parte de la burguesía que lideraba los primeros movimientos catalanistas.

Sin embargo, la capacidad de análisis crítico de Fran todavía no se había desarrollado lo suficiente, como para percibir que la emancipación cubana iba a causar una crisis institucional de gran calado en el entorno en el cual se había criado, aunque para entonces él ya se habría convertido en un hombre casado. Su mujer, cubana, había huido de una guerra y defendía como buena criolla emancipada la independencia de su isla, sin imaginar que aquella crisis iba a afectar personalmente tanto a su marido como a ella, puesto que, a partir de esa circunstancia, Monvent iba a quedar circunscrita al núcleo azotado por la pérdida de la colonia, la cual se llevaría por delante su industria y su comercio e inspiraría, con todas sus consecuencias, la génesis de múltiples controversias en el seno de los movimientos catalanistas.

Al filo de los recuerdos y mientras se iluminaban las luces del escenario del teatro para recibir a los ponentes de la conferencia, Fran fue consciente de haberse sumergido en su niñez con la intención de buscar algún punto de encuentro en el pasado que sustentara las convicciones de su padre y fueran válidas en el presente. «Él y su grupo también fueron jóvenes y transgresores», pensó trazando un paralelismo entre la actitud rompedora de su padre y la suya. «Y se escindieron del Centro Catalán, que había sustituido al Centro Escolar, para fundar la Lliga de Cataluña».

Se sentía observado por la mirada lejana de su progenitor y se miró en ella durante unos instantes, como si en su propia persona se estuviera repitiendo una experiencia parecida, aún reconociendo que las circunstancias no se repetían del todo igual y que ni tan siquiera era posible vivirlas de nuevo de la misma manera que la primera vez. Entonces, y a lo largo de un buen rato, fue analizando, impulsado por un razonamiento relacionado con el tiempo pasado bajo la tutela intelectual de su padre, los hitos de la ideología catalanista con implicaciones políticas en los centros de su comarca, llegando a la conclusión de que éstos existían por el hecho de ser catalanistas, como si se tratara de una cualidad uniformadora que tan solo pretendiese tapar las divergencias ideológicas de cada uno en beneficio propio, dando lugar a una transversalidad situada al margen y por encima de todos ellos. «Como si todos estuvieran tocados por el Espíritu Santo», se dijo cuando ya había desarrollado su espíritu crítico y después de haber llegado a la conclusión de que cada centro albergaba sus propias ideas programáticas, más allá de su capacidad para crear un sentimiento; a la postre, el mismo para todos. «El catalanismo es algo que penetra en el sentir de las personas sin más razones», había decidido después de admitir que nadie podía discernir cómo o de qué manera la razón aplicaba sus divergencias en esa intrusión sentimental que invadía la mente de unos y otros como si fuera una ola penetrando en la arena de una forma sutil pero implacable.

Mientras tanto, los aplausos de bienvenida habían ido ahogando la voz de los cantores del orfeó,

…que tiemble el enemigo al ver nuestra señal, del mismo modo que hacemos caer espigas de oro, cuando conviene segamos cadenas...

y, entre aplauso y aplauso, Fran siguió dialogando con ese padre ausente, como si un hilo invisible fuera el conductor de sus pensamientos cargados de reproches: «También os opusisteis —le dijo— a la transversalidad sostenida por Valentí Almirall, nada más ni nada menos que el fundador del propio centro, a quien todos considerabais el padre del catalanismo político en su tránsito hacia el nacionalismo, aunque al final se quedara solo», le echó en cara a su progenitor. «Sabías muy bien que su lema era la movilización del pueblo catalán bajo la batuta de la burguesía industrial y urbana, la cual nunca estuvo a la altura de las circunstancias. Recuerda que no funcionó el afán de una persona tan ilustre por integrar a todas las agrupaciones catalanistas. Aquello resultó un auténtico fracaso porque las obligaba a subordinar sus diferencias internas a una condición superior: que en la catalanidad cupieran todos, tanto los monárquicos como los republicanos o los revolucionarios y los tradicionalistas, porque todos debían tener por bandera única el amor por Cataluña».

La crítica interiorizada y silenciosa de Fran quedó entonces interrumpida por las palabras de uno de los diputados provinciales, dando la bienvenida al público por medio de un micrófono, y aclarando que el objetivo de la conferencia era una nueva tendencia, una renovada ofensiva nacionalista. Y antes de que los aplausos acabaran de enmudecer la voz de los cantores, Fran concluyó aquel diálogo mental con su padre: «Tú, en el fondo, siempre te comportaste como un gran propietario rural. Pero en nuestro rincón del Ampurdanet las cosas se veían de manera diferente, porque los grupos catalanistas en las poblaciones importantes apenas provocaron curiosidad política. Fueron escasos, hasta que llegasteis vosotros con vuestras virtudes y vuestras deficiencias. No cabe duda de que tu fábrica de tapones de corcho en Monvent y tu casa de comercio en Barcelona, incluso tu proyectado gran casino de juego en Cala Verda, te colocaban al lado de la poderosa burguesía industrial y comercial. Pero en el fondo echabas de menos tus extensos viñedos arruinados por la filoxera».

Si alguien hubiera podido descifrar los pensamientos de Fran en esos momentos, habría quedado convencido de que su espíritu crítico le había inducido a alejarse en cierta medida del ala posibilista del catalanismo; la que reclamaba gradualmente y paso a paso una mayor autonomía para las regiones, puesto que la apuesta de su nuevo partido, Acción Catalana, se encuadraba en los parámetros de un republicanismo moderado, liberal y democrático, el único que a su entender sería capaz de erigirse en una auténtica alternativa al nacionalismo conservador, así como a los republicanos federalistas de izquierdas. En cualquier caso, el hecho de que hasta aquel día Fran y sus correligionarios hubieran transitado por la opción conservadora del espectro político significaba que no pensaban tender puentes con la izquierda radical para facilitar la creación de un Estado catalán. Mucho menos, atajar por un camino violento.

En el escenario iluminado ya iban apareciendo los primeros ponentes de la conferencia, además de algunos concejales y diputados de la Mancomunidad de Cataluña. A continuación, y mediante votación, fueron elegidos el presidente y los vicepresidentes de la mesa, los cuales agradecieron sus respectivas elecciones. Asimismo, dieron las gracias al público por haber acudido con plena libertad y entusiasmo al llamamiento de los organizadores. Quizás por ello el presidente quiso contrarrestar una hipotética euforia, y añadió que Cataluña atravesaba por un momento de pesimismo:

—¡Porque después de la guerra del diecinueve, aún no había conseguido sulibertad! —dijo a modo de introducción, antes de seguir adelante con su discurso—: ¡La culpa de ello es colectiva! —se explayó con énfasis— . Creyeron muchos —siguió diciendo— que con unos cuantos vivas y unos lacitos lo conseguiríamos todo. Pero hay que darse cuenta de que debemos seguir otros caminos. Tenemos que parecer fuertes para imponernos por la violencia cuando sea necesario. El nacionalismo ha hecho electoralismo, pero no ha luchado por dar un ideal a nuestro pueblo. Esta ha sido la causa del materialismo que sienten tanto nuestras masas como nuestros capitalistas. Así nació una lucha social que ha perturbado la vida ciudadana. Al perseguir beneficios puramente materiales, la libertad de Cataluña ha quedado olvidada, y hoy todo el oro que entró durante la guerra se ha vuelto a marchar. Y estamos ahora sin el oro que ambicionábamos y sin ideales patrióticos.

Hay que rehacer, por tanto, la espiritualidad catalana: este es el objetivo de la conferencia.*

Con estas palabras y entre ovaciones, quedó inaugurada la Conferencia Nacional Catalana. Fran observaba con atención cómo los oradores se sucedían en el escenario y se colocaban de pie detrás del atril donde extendían a continuación, con manos más o menos seguras, los textos de sus ponencias. Lo que nadie conocía aún era el dominio de la comunicación de los ponentes, por lo que Fran temió que sus dotes pudieran convertirse en un arma de doble filo, puesto que lo mismo podrían fomentar el coraje cívico y el sentido de la responsabilidad, que despertar los peores instintos y las pasiones más bajas para fanatizar a la gente y llevar a Cataluña a un infierno. Precisamente, éste había sido uno de los temas de discusión más acalorados entre él y su mujer, Teresa, antes de que ella le abandonara hacía ya diecisiete años, para dar a luz a su hijo en Cuba, su isla natal, de la cual no había regresado.

«Si ella estuviera a mi lado —pensó— adivinaría, que en cuanto terminen los discursos apasionados y comiencen los debates más o menos demagógicos, con algo de suerte, se conseguirán resultados». Fran reconoció que ella habría intuido que la conferencia podría desembocar en una funesta manipulación de ideas y que lamentablemente iba a resultar difícil, por no decir imposible, trazar líneas rojas para rechazar las propuestas de quienes estaban allí como invitados con el vago deseo de pervertir su espíritu.

Por eso siguió atento, aplaudiendo cuando había que aplaudir, esperando con ansiedad que la conferencia llegara a término al día siguiente, después de que las ponencias hubieran sido discutidas y enmendadas. Deseaba más que nada en el mundo desplazarse a Monvent, como cada verano, con Xavier, su hijo adolescente. Allí siempre flotaba en el aire un olor a corcho quemado, lo cual provocaba la sensación de un incendio recién apagado. En el interior del teatro las llamas de la discordia entre unos y otros pronto se iban a convertir en cenizas y desde su asiento se iba a permitir disfrutar de los rescoldos de un fuego que se iría apagando lentamente, antes de dar paso a un merecido descanso.

Tenía previsto aprovechar los últimos días del mes de junio para descansar en Cala Verda, antes de que Acción Catalana le encomendara sus tareas. Era la mejor época del año para salir a pescar y para navegar, durante las largas y persistentes calmas del viento, causantes en gran medida de las suaves tonalidades del mar. Al fin y al cabo, la organización del nuevo partido había quedado esbozada, y con toda seguridad la conferencia iba a dar paso a la creación de los órganos de su nueva ejecutiva. Él iba a quedar adscrito a la delegación comarcal del Bajo Ampurdán y a la edición de La Publicitat, el nuevo diario de la formación.

A pesar de la penumbra instalada en el palco y en medio de las sombras grises, resaltaba su pelo rubio al igual que, en una lejana tarde de la víspera de San Juan, Ana Maria le viera por primera vez avanzando hacia ella por el embarcadero de la pequeña cala, cuando aún era una niña.

A lo largo de los últimos años y en más de una ocasión, la joven hija de Joanet, el guarda de su finca en la costa, le había comentado que en aquella tarde de su niñez el azul del mar lo impregnaba todo excepto su pelo rubio, como si fuera una mancha de oro.