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Ignacio siente fascinación y deseos de recorrer sobre una moto el desierto cercano a su natal Iquique. Para eso debe terminar sus estudios que cursa en plena pandemia. A medida que avanza, se las ingenia para escaparse y fotografiar lugares cada vez más lejos. Sus posteos en redes sociales lo llevan a conocer a Vania, estudiante de turismo, quien se enamora inmediatamente de esos paisajes, generando en ella la misma fascinación que Ignacio por recorrer, conocer y alejarse de su rutinaria vida. Tan inesperada como se nos presenta la vida en ciertas ocasiones, el desenlace que cambiará la historia de todos los personajes de esta novela, nos deja en claro que la única manera de continuar nuestros caminos, es el ímpetu puesto en el destino que deseamos y que soportar un duro presente puede ser la antesala de algo mejor.
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Seitenzahl: 146
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Caleta Buena © 2022, Alexis Farías ISBN Impreso: 978-956-406-123-8 ISBN Digital: 978-956-406-300-3 Primera edición: Agosto 2022 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Ilustración portada: Camilo Puebla Diseño portada y diagramación: David Cabrera Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
Recostado sobre su cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza, Ignacio permanecía absorto en otra de sus recurrentes ensoñaciones.
Mientras miraba el techo en el que había pegado un mapa de la Región de Tarapacá, movía los ojos, siguiendo todos los recorridos que deseaba hacer alguna vez en motocicleta. Trazaba líneas mentales sobre los caminos que le gustaría recorrer; si se arrepentía o llegaba a un punto sin salida, movía la cabeza de un lado a otro, mientras que otras veces agitaba su pie derecho como si fuera una goma de borrar, y diseñaba una nueva ruta.
Solo conocía algunos lugares cercanos a Iquique. Por el norte había estado en Pisagua y llegó hasta la hacienda Tiliviche. También conocía hacia el sur, hasta el río Loa. Estos recorridos siempre habían sido en auto, mientras conducía su padre, acompañándolo a pescar o simplemente paseos con su familia.
Cuando comenzaba un viaje, Ignacio hundía el botón del cuentakilómetros para dejarlo en cero y se sentaba en el asiento de atrás. Mientras avanzaban por la carretera observaba las formas y colores de los cerros, o miraba las distintas playas y roqueríos costeros. Cuando había un lugar que le gustaba, se asomaba al asiento de adelante y anotaba lo que marcaba el cuentakilómetros. Siempre pensaba que cuando fuera mayor y tuviera su propio vehículo pararía en cada playa que le gustara, o se internaría por caminos polvorientos hacia el desierto para conocer qué había más allá de lo que se veía desde la carretera. A veces les pedía a sus padres que se internaran por alguno de esos caminos desérticos y llegaran hasta alguna oficina salitrera abandonada, a lo que su madre siempre le respondía que no, porque el auto no podía pasar por caminos malos.
Fue así que quedó con una espina metida en la cabeza. Cada vez que tenía ratos libres en el colegio, después de terminar sus deberes, navegaba vía Google Earth y recorría desde su notebook cada rincón de la región para conocer los nombres de los poblados, las caletas más alejadas, caminos sin pavimento, nombres de quebradas y todo lo que le llamara la atención: geografía, distancias, tiempos y tipos de vegetación, caminos oficiales, alternativos y senderos en general. Y entre todo lo que había visto, un nombre siempre le rondaba la cabeza.
Caleta Buena.
¿Por qué se llamará así?, se preguntaba Ignacio. Sus años del colegio en la enseñanza media los había dedicado a leer de la próspera época —para algunos— de las oficinas salitreras, se las sabía de memoria de norte a sur. Descargaba fotos antiguas e información de personas que vivieron en estas, servicios existentes, cementerios, todo lo relacionado a ese apogeo de un grupo de trabajadores que llegaron sin preguntar ni saber realmente a lo que venían.
Cursando el cuarto medio en el colegio Academia Iquique, ya tenía resuelto recorrer todos esos lugares cuando contase con dinero suficiente para comprarse una moto; no le interesaban las camionetas ni los autos de lujo —a la mayoría de los chicos de su edad les gustaban los deportivos—, no le llamaba la atención ningún tipo de vehículo que no fuera una moto. Tampoco podía ser cualquier moto, tenía que ser una que le permitiera recorrer todo tipo de terreno, ya que deseaba andar por lugares que nadie hubiera recorrido, y para eso era necesaria una moto para hacer enduro, una como la que tenía Alan, el novio de su hermana mayor.
Los ojos se le iluminaban al ver las fotos que publicaba su cuñado por Facebook: paisajes desérticos, cerros imposibles de subir o bajar. También se emocionaba cuando Alan aparecía por su casa y le contaba todo el equipo que se calzaba para salir con sus amigos: botas, rodilleras, jofa, guantes, antiparras, casco; y lo mejor de todo era ese sonido que emitía el tubo de escape cuando pasaba a verlos esas mañanas de domingo.
Ignacio se imaginaba vestido con ese equipamiento, conduciendo en solitario por horas y horas a través de lugares abandonados. Él quería ser un fantasma, viajar sin compañía. Sentía que después de dieciocho años viviendo con sus padres era momento de alejarse de casa, sin los ruidos del televisor siempre encendido, sin esos vecinos que escuchaban música a todo volumen o los ruidos de los autos pasando por la calle. Él quería oír su propia voz. Lo que necesitaba era una moto y una mochila para llevar solo lo necesario, para pasar la noche junto a sus pensamientos y eventualmente llegar a algún rincón del desierto o de la costa que lo llamara.
En cuarto medio, y dado que las matemáticas se le hacían relativamente fáciles, pensaba en estudiar ingeniería, pero le molestaba pasar seis años en eso para recibir el primer sueldo. Por otro lado, a sus padres no les sobraba el dinero —ni pensar en irse a Antofagasta o Santiago—, así que tenía que elegir alguna carrera impartida en la ciudad. Optó por estudiar en el Inacap la carrera de técnico en electricidad. La profesión ya se perfilaba hace algunos años como de alta demanda, pues casi todo dependía de esta energía; solo habían cambiado los métodos de generación, mutando desde los tradicionales hidroeléctricos, carbón y gas natural, a eólicos y solares. Así, hasta las cocinas de los departamentos más nuevos ya estaban siendo equipadas con cocinas eléctricas, termos para calentar el agua, entre otras cosas.
La carrera tenía una duración de dos años. Entró en marzo del año 2020 a la sede de calle Bilbao, pero alcanzó a tener un día de clases en sala, ya que ese año se venía desatando el COVID que mandó a todos a hacer clases online.
Lo que era esa clásica vida universitaria de antes quedó atrás, esa en la que se reunían los estudiantes de distintas carreras a fumarse un cigarro en los patios de las sedes, tomarse un café en la casa central o consumir cualquier cosa en el quiosco, ni siquiera se podía vitrinear; todo se reemplazó con avatares e imágenes que obligaban a imaginar las caras de los compañeros de clases.
En esos momentos pareció que la vida universitaria dejaba de existir. Las clases por Teams y Zoom pasaron a ser nuevas redes sociales cerradas, en las que solo algunos podían participar, por supuesto que previo pago de matrículas y mensualidades.
Alan, el cuñado de Ignacio, rondaba los 48 años y solía contarle cómo era la vida universitaria en los años noventa.
“Cumpa, tú sabes que estudié ingeniería en la Universidad Católica de Valparaíso. Me tocaban clases en la facultad de ingeniería en avenida Brasil. La siguiente hora clases era en el Instituto de Matemáticas en el cerro Barón, después tenía que volver a la Casa Central en avenida Brasil con avenida Argentina, al lado del mercado Cardonal. A unas me iba caminando o corriendo para llegar a la hora, a otras me movía en micro o trolebús. También había ratos libres, una conversación entretenida con un café, una mesa de pool con los compañeros nuevos y un pucho en la mano te hacían olvidar todas esas idas y vueltas. Además, en los patios de la universidad se paseaban alumnos de distintas carreras y ciudades que generaban un ambiente entretenido, era pura diversidad y espíritu universitario. Te daban ganas de vivir esa vida. Claro que había que turnarse para usar los computadores, porque casi nadie tenía en sus casas. Yo iba a clases en micros que siempre iban repletas, lo que a veces significaba ir colgando en las pisaderas de subida, sin pagar y cagado de frío. Las vueltas eran más relajadas, eso sí. Con más espacio en las micros, a veces me sentaba y cuando ya no había asientos disponibles se lo cedía a alguna universitaria, y con eso podía iniciar una nueva amistad, una grata conversación. Incluso un romance, Ignacio. ¡Era muy buena toda esa onda!”.
El más joven se quedaba pensando, trataba de ponerse en los zapatos de Alan porque le gustaba lo que oía.
“Yo anotaba los teléfonos fijos en la tapa del cuaderno, incluso escribía la dirección si quedábamos de ir a alguna fiesta para pasarla a buscar. Más de alguna vez me hacía el caballero y me bajaba en el mismo paradero que ellas, y las acompañaba hasta su respectiva pensión o casa. ¡Esa era vida universitaria, Ignacio! No como ahora, que tienes que esperar a salir de cuarentena, avanzar de fase y comerte el toque de queda. Ahora ni siquiera se pueden hacer fiestas mechonas para conocer chicas de otras carreras y ciudades”.
“¿Fiestas mechonas?”, preguntó muy interesado Ignacio.
“Claro, viejo. En las primeras semanas de clases se hacían las semanas mechonas, en que a los hombres nos agarraban entre varios y nos cortaban el pelo, dejándonos la zorra en la cabeza y obligándonos a pelarnos, usar pañuelo o jockey. También nos quitaban una zapatilla, con la condición de devolverlas después de reunir cierta cantidad de dinero que teníamos que pedir en los semáforos. Todas las noches había fiesta de distintas carreras y con otras universidades. Se iba de universidad en universidad conociendo gente, te encontrabas con gente de Iquique y hacías más amigos. En ese tiempo no había celulares, con los compañeros te ponías de acuerdo en clases o por teléfono fijo: acordabas la hora y lugar para juntarse y listo, nada de andar enviando mensajitos ni excusas. El que no iba era un chueco y punto, él se lo perdía. Porque las fiestas eran verdaderos intercambios de realidades, caños, experiencias, conversaciones profundas y otras bien locas. Caras y sonrisas que hoy ya no existen, para mala cueva tuya. Incluso en esa época se presentaban bandas en vivo potentes, de hecho, vi a Lucybell y La Ley en sus inicios, bandas que tú cachai. Imagínate todo lo que te has perdido con la pandemia”.
Ignacio se quedó pensando. Alan tenía razón. La impersonalidad de las clases vía remota hacía que todo fuera más difuso en cuanto a relaciones personales. ¿Quién podía decir que conocía a sus compañeros de curso, o que había conocido de verdad a una chica? Si todo era foto o mensaje, todo parecía calculado, la espontaneidad de una conversación al paso, la conversación gestual ya no existía: esos silencios comprometedores, miradas y sonrisas que hablaban por sí solas; nada de eso existía, era una especie de catástrofe social. Y si a eso le agregábamos el famoso virus, ¿qué futuro optimista podría deparar?
Alan insistía en que las relaciones ahora eran demasiado calculadas, nada de espontáneas. Eran relaciones prácticas, insensibles y sin mucho sentido, pues la idea de vivir ciertas etapas de la vida era precisamente enfrentarse a lo inesperado. Todo había dejado de ser como antes, y de seguro seguiría siendo así por un buen tiempo más. La vida universitaria había dado un giro tremendo, el futuro era remoto, absurdo y nada de presencial.
Ignacio oía con mucha atención a Alan, pues, aunque los separaban unos treinta años de edad, lo consideraba un tipo maduro, pero joven de espíritu. Pololeaba con su hermana hace varios años, era independiente porque vivía solo y tenía su propio negocio. El tipo se había alejado de su familia para iniciar su propio camino. Y eso era todo lo que Ignacio anhelaba, por lo que siempre le pedía su consejo u opinión.
Todo esto que le comentaba Alan le hacía sentido. Porque Ignacio ya cursaba un semestre y solo conocía a unos pocos compañeros por su nombre; en ningún momento los profesores se preocuparon de preguntarles por qué habían elegido esa carrera, si eran de Iquique u otras ciudades, si practicaban algunas actividades deportivas o culturales. La enseñanza no tenía nada que ver con gestar un clima sociable. El estudio le parecía vacío.
En su primer semestre de clases, a Ignacio se le ocurrió crear una red social interna a la que solo pudieran acceder estudiantes de la sede Inacap Iquique. La idea era tratar de replicar en parte una vida universitaria, con horas pedagógicas, horas de recreo, un quiosco virtual donde pudieran compartir una mesa, un café, un cigarro, en la que existiera sonido ambiente, en fin; le planteó la idea al Departamento de Informática y fue aceptada, aunque el desarrollo estaría basado en alguna plataforma tecnológica ya conocida para no demorarla tanto. Las únicas condiciones que había que completar eran los datos básicos: nombre, edad, una foto, carrera y aficiones o gustos y tendencias personales.
Al poco tiempo de ser creada, la red comenzó a hacerse popular entre los estudiantes, gustó y sirvió para replicar parcialmente lo que Ignacio buscaba. Había un espacio nuevo en donde convergían jóvenes de distintas carreras, que desde sus casas compartían y se iban haciendo subgrupos: algunos dedicados a la fotografía, otros comenzaban a planificar desde ya sus viajes a lugares arqueológicos —esperando el cambio de fase por la pandemia—, otros intercambiaban datos de ufología, incluso se formó un taller de literatura con la colaboración de algunos profesores y también estaba el grupo de los aventureros y deportistas. Ignacio se cruzó con gente que amaba el desierto, tal como él, y con sus compañeros de ramos también logró más interacción.
Los estudios de Ignacio avanzaron bien en general, tenía buenas notas, era uno de los mejores alumnos del curso, participaba activamente en clases online: aportaba, consultaba, de verdad quería ser un buen profesional eléctrico. Sabía que si estaba entre las mejores notas sus profesores le presentarían una oportunidad de trabajo al terminar la carrera; quería salir con pega segura y juntar plata para su moto, para su anhelo de conducir por el desierto y al fin sentirse libre.
En el segundo año de carrera su red de amigos era abundante, tanto en la plataforma universitaria como en las redes sociales comunes. Tenía una creciente cantidad de contactos con los que compartía todo lo referente a ubicaciones de sectores interesantes de visitar: senderos para trekking, geoglifos no publicados, cementerios pequeños que ni los buscadores de antigüedades ni los ladrones conocían. Además de esto, estaban las anécdotas, mitos y conversaciones varias con gente ya de edad, los viejos pampinos, que tenían colecciones de antigüedades y que Ignacio iba a visitar para investigar más. Uno de los mitos que más le apasionaba y que había oído de distintas personas era el “tren fantasma”. Se decía que si pasabas la noche en alguna de las oficinas salitreras tenías que mantenerte despierto, ya que a las tres de la madrugada se oía pasar un misterioso tren que hacía temblar la tierra. Muchos aseguraban que lo veían pasar a lo lejos, y recién con la luz del amanecer iban a revisar las marcas que supuestamente había dejado.
Además de esto, Ignacio formaba parte de un grupo de ufología que intercambiaba imágenes, mitos urbanos, avistamientos en esas noches de acampadas en el desierto y los pueblos del interior. De hecho, hasta participó en una reunión con el vocalista de Happy Mondays, Shaun Ryder, quien vino a visitar años antes el gigante de Atacama y ahora compartía imágenes y experiencias con el grupo de ufólogos.
Durante el último semestre de la carrera, Ignacio hizo una nueva amistad virtual con Vania, estudiante de turismo que había arribado hace poco de Santiago para vivir en Iquique, según le decía, porque su novio se cambió de trabajo a una empresa minera. Ignacio no dudó en aceptar la solicitud de amistad que le envió Vania, pues en sus fotos se veía guapísima. Además, hizo lo típico: entrar a darle un vistazo al perfil de su nueva amiga y revisar algunas fotos publicadas, dándose cuenta de que su novio era bastante mayor y que Vania realmente era una mujer muy atractiva. Tenía el pelo castaño claro, ojos pardos y una sonrisa perfecta. Ignacio se quedó prendado de ella, ya que además compartían varias aficiones, gustos e intereses.
Con el pasar de los días las cosas fueron creciendo. Ambos intercambiaban comentarios e iban forjando una amistad. También se agregaron a otras redes sociales, como Instagram y Facebook.
Al ver las fotos de ella con su novio, Ignacio advirtió un cierto parecido con este. El tipo era una versión más vieja de él, y las mayores diferencias iban por el lado de las canas y su estatura, pues Ignacio andaba por el metro sesenta y cinco, mientras que el novio de Vania se veía grandote. Ignacio pensó y asumió que Vania también lo podría encontrar atractivo, aunque claro, con la fealdad de no tener un puto peso.
La confianza que mantenía con su cuñado Alan lo llevó a contarle que se había enganchado de aquella chica, y en una de sus tantas visitas a su hermana lo llamó desde su dormitorio, mientras se mantenía recostado mirando el techo con los brazos cruzados detrás de la cabeza.
—¡Alan, porfa ven!
—¿Qué te pasa, pendejo gritón? ¿Cómo estai?
—¡Excelente, cumpa! ¿Y tú?
—Bien, aunque con más ganas que la cresta de salir a andar en moto. ¿Cómo va la universidad?
