Calle libertad - Joaquín Gómez Carrillo - E-Book

Calle libertad E-Book

Joaquín Gómez Carrillo

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Beschreibung

Las personas somos recuerdos: el polvo del sendero de la vida que se va aposando en nuestra memoria. Este libro contiene cuatro narraciones ficticias, amenas y creativas que, con una prosa exquisita, dibujan el marco social de un pueblo de la retaguardia guberna-mental, en plena Guerra Civil de 1936. De calado costumbrista, son historias de ricos y pobres, de señoritos y medieros, donde los personajes, sobre todo los femeninos, luchan ante la adversidad que supuso, hace ya casi noventa años, el mayor fracaso de convivencia en nuestro país.

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Seitenzahl: 285

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Joaquín Gómez Carrillo

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-471-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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«Aquí no hay bandos,

aquí no hay bandos,

ni rojos

ni blancos

ni egregios

ni plebeyos…

Aquí no hay más que átomos,

átomos que se muerden.»

León Felipe, El hacha (1939)

Introducción

Este es un libro sencillo que trata sobre algunas cosas terribles, pues saca a la luz el lado malo de una sociedad en época de quebranto de normas civiles y morales, y habla de sucesos que a la gente de hace ya casi noventa años le tocó vivir en un pueblo de la retaguardia gubernamental, en la España —dos veces trágica por violenta y pobre— de la última y desgraciada Guerra Civil.

Qué duda cabe de que para muchas personas decidió la geografía, pues habría dado igual de qué lado de la ira hubieran caído, ya que la diferencia entre ambas zonas geográficas (la leal al gobierno y la rebelde de los sublevados), enfrentadas a sangre y fuego, no fue otra, en algunos casos —repito—, que el esgrimir distintas razones para cometer las mismas o parecidas barbaridades; Madrid pudiera haber sido Burgos y Burgos pudiera haber sido Madrid, pero la gente corriente, la humilde, la trabajadora, la exenta de inquina política, no habría dejado de ser la misma en una y otra parte del cisma nacional.

Las narraciones que en las siguientes páginas se desarrollan, ficticias en su conjunto, aunque muchas de ellas inspiradas en sucesos reales, tienen su localización en el tiempo y en el espacio. La franja temporal de estas, comprendiendo referencias a un antes y a un después, abarca principalmente la época aciaga de la contienda española sufrida en la década de los treinta del siglo pasado, con su posguerra larga, gris, hambrienta y amedrentada. Sin embargo, el ámbito geográfico en el cual hunde sus raíces la ficción está fijado en torno a una niebla, con mi pueblo cierto a una parte y mi pueblo imaginario a otra. Ambos, al final, son mi misma patria. Mas la niebla, ni que decir tiene, jamás marca una frontera definida entre ambas repúblicas y los personajes literarios, inspirados o no en seres mortales de carne y hueso, pasan de una región a otra de la niebla con la libertad que yo, su creador, les otorgo y consiento.

Estos relatos son como abrir la tapa de un cofre de nuestros antepasados, de un arca antigua llena de objetos y recuerdos que no corresponden ya al presente, pero que permanecen ahí alzados donde alguien los dejó un día. Ahora los miramos, los palpamos, reconocemos su textura, su olor, su historia, y sabemos que de nada práctico nos sirven ya, salvo para hacernos la imaginación de cómo un pueblo lloró, rio, trabajó, sufrió, se divirtió y amó antes de que lo habitáramos nosotros; mas luego, tras cerrar el cofre, o el libro en este caso, algo va a quedar adherido a las yemas de nuestros dedos, como cuando agarramos por las alas una mariposa.

Son solo cuatro relatos (más un epílogo) los que integran esta pequeña obrilla, aunque he dejado en el cajón otros varios, porque pretendo que sea este un librico ligero, una pincelada de aquella época, de cómo se vivía, cómo se luchaba y en qué se creía; pues un pueblo, con el paso de las décadas y los siglos, convierte en literatura su historia, que es la suma de todas las historias personales de la gente. Pero he tomado nada más que cuatro porque, al igual que la naturaleza humana vive limitada por las cifras de la edad y los libros existen a expensas del número de sus páginas, las narraciones y los cuentos se hallan atados a la finitud de las palabras; de forma que todo lo que aquí se refiere es solo una ínfima parte de lo que llegara a ocurrir en ambos márgenes de la niebla, en un pueblo sencillo y, por mérito propio, ya literario —este libro quizá podría ser una de sus cédulas de identidad—, cuya cárcel, por esas ironías crueles que gasta a veces la vida, se hallaba situada en plena Calle Libertad. Y es tan hermosa esta palabra, antítesis del sustantivo que designa el lugar donde las personas la pierden, que he decidido titular este libro con el nombre, ya olvidado por el pueblo nuevo, que tuvo precisamente esa espléndida y luminosa calle de mi ciudad.

A veces se hace preciso escribir y entonces hay que tomar el lápiz de la humildad y abrir de par en par las puertas de la ficción, que es el mundo más real de nuestros deseos, de nuestros miedos, de nuestros logros, de nuestras angustias, de nuestras creencias, de nuestra felicidad, de nuestra prudencia y, llegado el caso extremo, ¡Dios nos libre!, de nuestra ira y de nuestra perdición. Yo, para estos relatos, he enhebrado el hilo de unas familias que se conocen entre ellas, que se relacionan y que hasta emparientan —emparentar es un logro para las sociedades, además de una de las razones para perpetuar la vida—; y en estas familias he contado con mujeres dispuestas, en su condición de esposas, de madres y de abuelas, que nos llevarán de un tiempo a otro con su sabiduría y su ánimo. ¡Ay, qué sería de los pueblos de todas las épocas y lugares sin la importancia y guía de las mujeres…!

Por otra parte, advertiré de que, como los hechos a los que se alude en los relatos de este libro pertenecen a un mundo partidista y profundamente cismático, cuya política elevó en su día a la máxima potencia el sentimiento agresivo entre la razón y la sinrazón y durante décadas aquella sociedad convaleciente referenció como estandarte el concepto tribal y maniqueo de buenos y malos, es posible que todavía algunas personas, al encontrarse con los personajes que en estas páginas habitan, sientan inquietud y busquen entre líneas la presencia de señas, coincidentes o contrarias, con una posición personal preconcebida; es decir, pretendan descubrir si los acontecimientos de las narraciones desarrolladas, como en muchos de los libros cuyos autores presumen de objetivos y neutrales, están tratados desde una u otra vertiente de la ira; pues todas las sociedades son portadoras de un carácter hereditario, de un gen inherente a la condición humana que trasciende de padres a hijos, renovándose de generación en generación: la dicotomía conceptual de pensamiento. Sin embargo, en estos cuatro relatos he pretendido mostrar que, cual las edades geológicas de la Tierra llegaron a convertir un día en piedra a animales y plantas que otrora respiraron y tuvieron funciones vitales como nosotros, también el tiempo ha fosilizado y concedido estatus literario a aquellos funestos sucesos de la incívica guerra que pasó. Cerca de noventa años, pues, sería el tiempo merecido para perder la inocencia, para romper todo mito sobre buenos y malos o desterrar cualquier odio subyacente. Sería lo deseable. Sin embargo, soy consciente de que en una guerra civil muchos creyeron tener al menos media verdad que contar o media razón que proclamar; algunos pretendieron justificar su parte de la ira y, argumentando razones diversas, manejaron hasta la mitad del odio; y asimismo estos, en cualquier determinado momento, quisieron hacer valer su parte de la justicia y reclamaron su derecho a escribir, al menos, una porción de su historia, que continúa salpicando generaciones.

Una guerra civil, como la última que asoló España —material y moralmente— en el siglo pasado, no acaba nunca cuando cesan los combates en las trincheras ni la sociedad naciente queda nunca cauterizada de sus malignos efectos, aun cuando transcurridos los años y las décadas mueren todos los combatientes que fueron, ya que muchos llegaron a trasmitir en herencia a sus sucesores aquella media verdad que presumían, aquella mitad de la razón que creían tener, aquella visión particular, subjetiva, sesgada, sobre la justicia y la injusticia, sobre el valor y la cobardía o sobre el amor y la traición; aquella parte de su derecho a interpretar la historia y, cómo no, aquella porción de la ira que, sin ser conscientes quizá, albergaban en el lado malo del corazón. Mas, en contra de esgrimir la razón de una media razón, propongo desde estas páginas la tolerancia como visión general sobre aquellos lejanos y pasados acontecimientos, ya que nadie, ¡absolutamente nadie!, de entre los agresores o los agredidos vivos puede ser hoy la misma persona que entonces fue. Y todo esto, cuando aún muchas de las víctimas no han sido restituidas a la memoria decente de los vivos, lo cual es deber de todos, justicia histórica y ejercicio de perdón social, el contribuir al derecho personal y familiar de honrar cada cual sus muertos, ¡aunque sea un solo hueso o la pura y simple calavera!

Así que, salvando la historia para los libros del género, pretendo con este, y con el ingrediente de aquella memoria, proclamar la república imaginaria de las letras, patria común de los seres inteligentes, donde la feliz libertad de creación destruya el sentimiento agrio, deshonesto, visceral y lejano de los dos bandos; pues todo ha de entenderse en su contexto y aquel fue un pasado al que hoy no podemos viajar —ni desearíamos hacerlo—, salvo con la ficción de las letras y la imaginación creativa, tanto del lado del que escribe un libro como del que lo lee: ambos pueden sentir entonces la conexión, el roce y la temperatura de la piel de los personajes, de aquellos que ruedan, humildes como las piedras de los caminos, o de los que imponen dominio cual sillería de las torres.

Lo que el lector hallará a continuación no es otra cosa que un relato novelesco en su conjunto. Casi toda la narración del libro, aunque basada en sucesos reales y quizá conocidos por crónicas bien documentadas o la viva voz de los viejos, es ficticia: no es mi intención aquí ceñirme a los hechos tal y como fueron, pues me interesa más tocar, y resaltar, la debilidad o fortaleza del ser humano mediante la creatividad desinhibida, aunque cimentada en aquellos infaustos sucesos y en aquella convulsa sociedad.

El autor

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A la tolerancia, el mejor antídoto

contra el germen de la guerra.

El tren del fin del mundo

Por años que pasaran, la Pascuala la Curra se acordaría siempre de aquel verano aciago de 1937, cuando los demonios de la guerra vinieron en mala hora a visitar su casa, situada junto a la escuela rural provisional de Las Praderas y a un tiro de piedra del paso a nivel del ferrocarril, que cortaba a bisel la carretera general Madrid-Cartagena. No olvidaría nunca que estos azotaron los muros de piedra con el furor de cien batallas y que arrancaron el tejado de cuajo, llevándoselo en volandas por los aires. Y referiría también la pobre que entonces, los cinco que eran de familia, quedaron atónitos, sin saber qué hacer, acostados en sus camas y con la visión confusa de las estrellas de media noche. (Así nos lo contaría múltiples veces la Josefa del Rojo, con el amor y el misterio que solo las abuelas de entonces ponían al evocar los sucesos reales y los cuentos antiguos hasta quedar estos grabados en nuestras mentes de niños; y siempre con aquel saber ancestral para narrar la historia fiel de los pueblos, mucho antes de que nadie fuera capaz de escribirla para los vencedores.)

La Pascuala la Curra había estado haciendo por la mañana la conserva del tomate en botellas de cristal. Esta era una faena agotadora, pues coincidía con el amasijo del pan en la época más calurosa del estío; pero ella era una mujer dispuesta y nada le podía en los quehaceres de su casa, en el cuidado del averío, en el sacar adelante a sus tres hijas en momentos tan difíciles como aquellos o en el duro trabajo de las tierras de la señorita doña Olalla García-Fuentes, siempre hombro con hombro junto a su marido, Paco del Ringondango. Era la rueda de la vida, Pascuala, y eran los tiempos convulsos en los que muchas cosas se habían vuelto del revés y no se comprendían del todo; tiempos en los que, día a día, había que renovar la lucha por la existencia cual un asunto de fe.

«Con la revolución de 1936, nos decían que íbamos a salir de pobres; ¡qué lástima…!», se lamentaba aún varias décadas después la Josefa del Rojo, mujer que nunca perdió su fe en las Ánimas Benditas del Purgatorio, a las que se encomendaba siempre en las tribulaciones de la vida, que fueron muchas, y a las que honraba con mariposas de luz dentro de un tazón de aceite que ponía en un rinconcito del dormitorio antes de rezar para acostarse. Ella era crédula de lo invisible, aunque, sin embargo, ya en su vejez, jamás se tragó la llegada del hombre a la Luna: «¡Se caerían!», argumentaba convencida, pues no concebía que pudieran posarse como las moscas en un astro plano que, redondo, se iluminaba pegado en el techo mágico de la noche.

«¡Camaradas, la tierra es pa quien la trabaja!», iban algunos políticos locales proclamando en los mítines que celebraban por los caseríos de los campos, calentando los ánimos a los medieros fieles de toda la vida y advirtiéndoles bajo la consigna del miedo que no entregaran el terraje a los señoritos.

«¿Acaso los habéis visto alguna vez empuñando l’azá o el arao?», les preguntaban a bocajarro a los pobres campesinos analfabetos, gente sencilla que se ceñía a las tradiciones sin más. Y muchos de estos, como le ocurriera a Juan Carriles (de lo cual hablaremos en este libro más adelante), creyendo a pies juntilla en aquellas promesas mesiánicas, importadas en su mayoría de la propaganda del nuevo paraíso comunista soviético, harían caso y se tomarían por su mano justiciera lo que la tan cacareada Reforma agraria de la República nunca pudo lograr con sus leyes.

«Eran tiempos malos —solía referir en su ancianidad la Josefa del Rojo—, pero nadie quiere acordarse ya de eso, por vergüenza», aseguraba ella. Y qué verdad que es, Josefa, pues a muchas personas no les gusta reconocer ahora que fueron tan pobres como las ratas y que llegaron a echarse a la boca las mondas de las patatas y las cortezas de las naranjas recogidas del suelo; aunque aquello, bien sabe Dios, llegaría después, en la dura y hambrienta posguerra, cuando se acabara el mal comer de las ollas comunitarias y del reparto de alimentos en los locales de El Común y media España se aplicara con rigor, con saña si cabe, a someter a España entera.

Contaba también la Josefa del Rojo que en las afueras del casco urbano, por donde arrancaba la llamada entonces Senda de Alicante, y cerca de unas casuchas de mala fama en las que había mujeres que ejercían el comercio más antiguo del mundo, los del Comité poseían un local donde repartían guisote con carne de burro a los evacuados del frente. «A los del pueblo, sin embargo, nos daba cierto regomello el catarla», argumentaba ella. «¡Pa ellos!», nos contaba que decía la gente al pasar por allí, pues todavía a los del pueblo les quedaba cierta dignidad gastronómica; aunque luego, tras la derrota nacional de 1939, desatado ya el Jinete del Hambre del Apocalipsis, llegarían a comer algarrobas como las bestias, disputándolas incluso a estas en el pesebre.

Sin embargo, ellos, los refugiados, parecían distintos, pues soportaban de forma silenciosa una tragedia mucho mayor. Ellos pertenecían a los pueblos arrasados de la España ardiente, de la tierra quemada, de las cosechas arruinadas, de los animales desperdigados a su suerte, de las mujeres violentadas; a la España de los combates encarnizados a sangre y fuego; ellos, los que habían partido de noche y con lo puesto, dejando casa y pertenencias para el saqueo.

«¡A los camiones, camaradas!», les habían urgido los milicianos bajo el rumor amenazante de la artillería enemiga. Ellos luego se pasaban allí las horas sentados en el suelo, callados como muertos vivientes, con un jarrillo de lata en la mano en espera de una ración de la triste bazofia. Era por lo que al hablar se referían a ellos con la solidaridad, la comprensión y el arropo de la acogida que les daban en sus propias casas. No obstante, persistía el sentido tribal y pueblerino de la diferencia, aun en la corta distancia que existía entre sus respectivas miserias, que no otra cosa los podía separar, o unir, a ellos y a los de aquí del pueblo.

Así, aquella callecica de casas techeras, de suelo polvoriento, de olores a bacín, a estiércol y a carne cruda de asno, descuartizada con un hacha sobre un posete de madera, en los aledaños de la que fuera la primera plaza de toros de la villa, se convirtió entonces en un lugar doblemente miserable: por el deshonroso comercio de ellas, mujeres con el corazón frío que vendían gozos fugaces a hombres sin honor, y por las colas de damnificados de la guerra que formaban ellos para coger un cazo de rancho que atufaba a carne de bestia apaleada. («Ellas y ellos… Ellos y ellas…») Quizá por eso, pasadas las décadas, cuando el olvido formara ya una costra dura en la memoria colectiva del pueblo y solo los muy viejos mantuvieran conciencia de la tragedia que se vivió, también en la profunda retaguardia, a esta insignificante callecica le pondrían por nombre en el callejero oficial la inexplicable palabra ello.

Los del Comité se desplazaban entonces por los diversos parajes del término municipal con un camión destartalado, de los que habían requisado por las bravas a los industriales del esparto, buscando alimentos para las ollas comunitarias, que de forma provisional habían instalado en el atrio de San Pedro de la iglesia mayor, alimentando el fuego bajo los trébedes de hierro con maderas sacras de los retablos destruidos y tablas de los confesionarios desgajados; pues las imágenes de culto de los santos, en el día de la ira del fin del mundo en que los quemaiglesias camparon a sus anchas sin dejar títere con cabeza, contaba la gente que las habían llevado arrastrando por mitad de la calle y las habían quemado en la gran hoguera iconoclasta, a los pies de la Muralla Vieja. (El pobre Lázaro, muchos años después y muy a bonico por no despertar voces dormidas, nos mostraría un día las piedras calcinadas, que aun con el paso de las décadas no habían perdido la coloración ocre del fuego exterminador.)

«¡Lo que sea, camaradas! ¡Pa que to dios pueda comer un plato caliente!», y se llevaban animales de corral, huevos, patatas, alubias, grano, aceite…: lo que lograban por las casas del campo, pues en el pueblo abundaban las bocas hambrientas y no había con qué taparlas.

«¡Lo que sea, compañeros!», decían algunos concejales de los más activos en la lucha contra la injusticia social, sostenida y amarrada al destino de los pobres como un lastre desde siglos atrás. (Lázaro, según nos contó una vez, cargaría entonces dos ovejas machorras en el serón de pleita de la mula y las llevaría hasta el pueblo, y se presentaría voluntario en el Comité con el fin de evitar la visita confiscatoria en el Estepar.)

Ni que decir tiene que los del Comité, en pleno segundo año de la contienda, influían decisivamente en la política municipal, pues tras la victoria del Frente Popular en las elecciones generales de febrero del 36, algunos políticos nacionales habían trazado las líneas confusas de una añorada reforma agraria con el fin de paliar el hambre de los jornaleros, de los simples braceros de la tierra que habían sido siempre esclavos perpetuos del sistema de ricos y pobres (en el mejor de los casos, de señoritos y medieros), y dar con ello trabajo a muchos padres con familias llenas de hijos y piojos, los cuales jamás lograrían sacar los pies del tiesto ni con aquellas medidas atropelladas ni después cuando las aguas turbulentas volvieran a sus viejos cauces de rencores, miedos y desesperanzas. De este modo, se incautarían fincas incultas a algunos terratenientes del municipio con el fin de explotarlas en beneficio de la comunidad y se daría preferencia a los del pueblo a la hora de ser contratados para echar peonadas en cumplimiento de la Ley de Laboreo Forzoso, y haciendo valer la Ley de Términos Municipales.

El ayuntamiento entonces, en una decisión sin igual en la historia del municipio, llegaría a emitir papel moneda en remedio de la desastrosa economía local. ¡Hasta doscientas cincuenta mil pesetas!, en billetes de pequeño formato, que iban de los 10 céntimos hasta las 2 pesetas. «Pancharras, les llamábamos entonces a aquellos billeticos de juguete», nos contaría muchas veces la Josefa del Rojo, con su gesto de humor trágico. «¡Pancharras!», repetía ella, por el mote que le decía la gente al alcalde, un hombre puesto por la CNT en febrero de 1937, cuando quitaron de un plumazo y mediante decreto del Ministerio de la Gobernación a los concejales elegidos por el pueblo en abril de 1931.

Sin embargo, cuando los del Comité, a principios del curso anterior, habían propuesto para impartir clase en la escuela rural improvisada del paraje Las Praderas a uno de los refugiados, de los de ellos, de los que habían aparecido de pronto en el pueblo como la hojarasca seca empujada por el viento, los concejales de la corporación municipal nada tuvieron que decir. Se trataba de un hombre cojo con acento aragonés, calvo y más bien bajo, de unos cincuenta y pocos años de edad, llamado don Hernando, que había llegado al pueblo algo después de empezar la guerra con mujer y dos hijas mocicas, a quienes habían alojado de urgencia en la casona palaciega de los Blázquez García-Fuentes, señoritos de cuna y blasón desde varias generaciones atrás, estirpe de doña Olalla, la señorita de Paco del Ringondango y la Pascuala la Curra; y estirpe también de la señorita doña María Lourdes García-Fuentes, la dueña de la finca del Estepar, donde Lázaro trabajaba en aparcería de los esquilmos y moraba con los suyos. Ya iremos hablando de ellos.

«¡Vosotros aquí!», ordenaron aquel día los del Comité y no había nada que objetar por parte de los señores de la casa (¡más les valía!). Para ello, colocaron de urgencia unos catres en la buhardilla y la señora de don Hernando, mediante un hornillo improvisado, que alimentaba con piñas secas que recogía en un saco de esparto por la Sierra del Cobre, cocinaría lo poco que podían obtener en las colas del racionamiento. En cambio, la familia Blázquez García-Fuentes, rica de tradición, se hallaría en el punto de mira del Comité Local de Depuración de la Retaguardia, órgano creado por el pleno del ayuntamiento con el fin de confeccionar listas negras de supuestos enemigos del régimen (lo mismo que hacían en otros pueblos). Aparte, estaban las camarillas de malhechores incontrolados, que daban los paseos a los señoritos; escopeteros del odio que organizaban sus cacerías en pos de personas marcadas por el sambenito de fascistas, las cuales tenían que escapar con la oscuridad por caminos y senderos del monte. Y en esa vorágine deshumanizada de la guerra cobarde de retaguardia, a finales de setiembre del 36, don Jerónimo Blázquez García-Fuentes sería conducido como un vulgar malhechor por la Calle Libertad hasta la cárcel, sin más cargo quizá que su ideología de derechas; el cual, junto a otros inocentes, sería fusilado en el día de la ira, cuando los exaltados de la política envenenada decidieron que la sangre del primer miliciano del pueblo caído en el frente clamaba absurda venganza; pues la llama del odio, que devora la razón, había prendido en el lado malo del pecho de muchas personas.

A don Hernando, sin embargo, se lo veía pacífico, bonachón y resignado en la vida, y con el corazón limpio de rencores. Así, el primer día, cuando le preguntaron los del Comité que a qué se dedicaba, él respondió que a la enseñanza.

«A ver, tú, camarada, ¿a qué te dedicas?»

«Soy maestro.»

Era, allá en su tierra aragonesa, de la noble profesión de maestro de escuela, el pobre don Hernando.

A las galerías bajo tierra del polvorín del Valle, repleto de bombas y demás munición bélica traída desde el Puerto de Cartagena, o de las industrias Santa Bárbara, que estaban a pocos kilómetros de allí, los hacían entrar calzados con alpargatas de lona y suela de cáñamo para que anduvieran pisando suave como los gatos, no fuera a ser que el demonio, que nunca descansa, hiciera chiscar la pólvora esturreada por el suelo… Sin embargo, años después, ¡lo que son las cosas!, cuando faltaba poco ya para la celebración a bombo y platillo de los veinticinco años de pax en la España del pensamiento único, aquel viejo polvorín del Valle explotó, no se supo cómo, y causó tal conmoción en los habitantes de la pequeña localidad que, para hacer perdurar en un futuro el recuerdo terrible, y la alegría, si cabe, de sentirse todos salvos tras la hecatombe, tomarían la decisión de convertir en fiesta local dicha efeméride; y aún traspasados luego los umbrales del siglo, cuando ya la democracia real había tomado asiento en la sociedad, la seguirían celebrando con cierto orgullo pueblerino, siendo denominada con el nombre de Fiesta del Polvorín.

Pero en el segundo año de la Tragedia Nacional, el pueblecico aquel del Valle, muy distante de los enconados frentes de lucha, se había convertido en un oasis de tranquilidad y recreo para el descanso de jefes y oficiales combatientes. Hasta allí viajaban estos en tren desde las líneas de fuego, con salvoconducto y billete de ida y vuelta pagado por el Estado Mayor del Ejército de la República. Allí disfrutaban durante algunos días de su clima benigno, de su sol generoso del sur entre huertas de naranjos y limoneros perfumados de azahar, y de su maravilloso balneario de aguas termales: tan calientes manaban estas de las entrañas de la tierra que, en el nacimiento, presumían algunos de que pudiera hacerse un huevo pasado por agua en noventa segundos de reloj. Pero a su vez, y a pesar de hallarse este pequeño municipio a muchos kilómetros en la retaguardia, había allí destacados grandes refuerzos militares de infantería, aviación y carros de combate; además del importante polvorín mencionado, punto de abastecimiento de las caravanas calientes de camiones que se dirigían, de noche y con las luces apagadas, por la carretera nacional hacia la zona centro de la península, donde se libraban las grandes batallas y el monstruo despavorido de la guerra consumía sin tregua toneladas y toneladas de munición.

El día en que el teniente Pinilla visitó una de las brigadas de tanques soviéticos enviadas por Stalin a cambio del tesoro nacional del Banco de España (Negrín, a la sazón ministro de Hacienda, le había entregado el otoño anterior más de quinientas toneladas de oro en lingotes; del oro que durante siglos había sido transportado en recuas de mulas a través de las selvas de Centroamérica y traído en galeones reales trasatlánticos hasta Sevilla en los sucesivos viajes de la flota de Indias), se fijó entonces —el Teniente Pinilla, decimos—, en los numerosos carteles de la reciente campaña del Gobierno de la República alertando contra el insidioso espionaje de los rebeldes: «¡ESPAÑOL! —ponía en estos con letras mayúsculas—, ¡OJO AVIZOR: LA QUINTA COLUMNA ACECHA EN TODAS PARTES!». Pues ya se había acuñado para el uso internacional, llegando hasta nuestros días, la célebre afirmación de Mola, uno de los cuatro generales que tramaron la sublevación contra el Gobierno de la República (Mola, Queipo de Llano, Sanjurjo y Franco, por ese orden de importancia), cuando declaró jocosamente en referencia a la pretendida toma de la capital de España: «¡Tengo cuatro columnas dispuestas para atacar Madrid y una quinta que ya está dentro!».

El teniente Pinilla, miliciano sin tacha y convaleciente de una herida sin demasiada importancia en la cabeza, se encontraba de permiso aquel verano de 1937, descansando en el pueblecico del Valle, en la residencia militar para oficiales, cercana al balneario. Antes de marcharse de nuevo a su destino en el frente de Guadalajara, decidió visitar las instalaciones militares de la localidad: el aeródromo, que se hallaba en unos bancales polvorientos, junto al apeadero del ferrocarril; el polvorín y la Brigada Internacional de carros de combate, donde soldados tanquistas y mecánicos voluntarios de otros países reparaban y ponían a punto los blindados T-26 rusos, estropeados el otoño antes en la heroica defensa del «¡No pasarán!» del Puente de los Franceses, de la Casa de Campo y de la Ciudad Universitaria, en Madrid, cuando el Gobierno de la República, temiéndose lo peor, había huido en aquellos días a Valencia como alma que llevara el diablo y dejado la capital en manos de una improvisada Junta de Defensa que presidiría de urgencia el general Miaja, y de cuya Consejería de Interior estaría a cargo un jovencísimo Santiago Carrillo, marcándose dicho «gobierno autónomo», entre otros objetivos de la odiosa política de guerra, el de vaciar las cárceles trasladando en autobuses a miles de presos hasta unas inmensas fosas comunes con el pasaporte de una bala en el corazón.

Enterado de la salida inminente de un cargamento de explosivos hacia los frentes, el teniente Pinilla hizo gestiones para realizar su vuelta en uno de los vehículos, en lugar de hacerlo en el tren, donde siempre viajaban los jefes y demás oficialidad; pues dicho teniente, hijo de un escribano de banca y una costurera de un pueblecito de Salamanca, que al parecer había cruzado las líneas de fuego una mañana de niebla para integrarse en el ejército popular llevando un pañuelo rojo al cuello y gritando con el puño en alto: «¡Viva el comunismo libertario!, ¡no disparéis camaradas!», demostraba ser un entusiasta de la revolución bolchevique rusa y la dictadura del proletariado, cuyo modelo pretendían reproducir en España algunos políticos, asistidos por los comisarios de guerra soviéticos, que con sus recias chaquetas de cuero, sus gorros a la moscovita y sus pistolones al cinto, habían sido enviados por Moscú como estrategas. (Nos contaría la Josefa del Rojo que cuando llegaron al pueblo los rusos, rubios, de ojos azules, o rasgos caucasianos, las mujeres se quedaban sorprendidas al ver como en pleno mes de enero, cuando el agua rociada en las calles de firme de tierra se convertía en cristales y hacía crujir el suelo al pisarlo, ellos bajaban todas las mañanas a bañarse al río en cueros vivos.)

El teniente Pinilla, por su parte, había demostrado ser un joven combatiente de mente fría y calculadora, temido y respetado en su unidad, y con el arrojo suficiente para usar su pistola del nueve largo contra cualquiera de los suyos que vacilara o retrocediera un palmo en la batalla; pues los había ilusionados: se habían alistado voluntarios creyendo que matar fascistas era coser y cantar («…Querido padre, ¡vamos a dar matarile a tos los fascistas!», escribían a la familia en sus cartas primerizas antes de ver el rostro helado de la muerte). Sin embargo, era muy duro, mi teniente, hallarse en terreno batido por las ráfagas de las ametralladoras y ante la ferocidad con que luchaban las tropas moras y los legionarios traídos de África, los cuales, para entrar en batalla, llevaban los detentes bala de la Virgen María y del Corazón de Jesús clavados con alfileres en la carne del pecho y cuya consigna, como estrategia de terror y dominación de los generales sublevados, en su avance imparable hacia el centro de la península, era diezmar con las armas pueblos y ciudades o ametrallar carreteras repletas de población civil huyendo despavorida.

Aun así, una vez recuperado de la supuesta lesión en la cabeza y aunque, en el arrebato del vivir tiempos en los cuales contaban para la felicidad o la desgracia del ser humano todos los minutos y todos los segundos de cada hora, se había echado allí una novia de urgencia, estaba claro que se sentía más soldado que turista y deseaba volver pronto a la trinchera, el teniente Pinilla.

La Pascuala la Curra había madrugado aquel mal día de la memoria. Se levantó con el primer canto del gallo y comprobó que la creciente había fermentado y estaba a punto de desbordarse de la fuente de barro lañada, donde la había preparado la noche antes con un poco de masa madre de la última vez. Entonces sacó la artesa y la masera; puso en la lumbre una olla grande con agua a calentar, colocó el cedazo sobre la cernera y empezó a cernir la harina. Luego, con los brazos remangados hasta los codos, vertió dicha creciente o masa madre en la artesa de madera, echó en ella el agua tibia y empezó a remover con una mano mientras añadía harina poco a poco con la otra. Cuando hubo terminado de hacer la masa, colocó encima la masera, que era una pieza blanca de lienzo grueso, y aún sobre esta echó la manta del tendido, un tejido de lana a cuadros rojos y blancos de su ajuar de matrimonio. Luego salió al barracón del horno, que estaba situado en la esquina de la casa, junto a las paleras de los ejidos del mediodía, y encendió este con un puñado de raigón de esparto que Paco del Ringondango había recogido de noche en los atochares del monte sin que lo vieran los guardas y, con un haz de ramas secas y sarmientos que ella misma había encontrado en los ribazos y traído a cuestas, echó la primera calda para que empezara a tomar temperatura la pequeña bóveda de adobe del horno, de los que llamaban morunos. Entonces fue cuando comenzó los preparativos para la conserva: colocó en mitad de la casa los dos canastillos de mimbre llenos de tomates de pera, maduros, que su marido le había subido de la huerta con la burra al amanecer.

Paco del Ringondango era labrador en la finca Las Praderas, cuyos bancales, de doña Olalla García-Fuentes, araba y sembraba con un par de mulas; sementera que, mediando el cielo con sus lluvias, sus soles y sus vientos, había de segar luego a golpes de hoz y trillar con fatigas en la era. Además, también ejercía de hortelano con tan solo tres cuartas de tierra propia que él cavaba con ahínco. Este pequeño terreno era una herencia de su suegro, el Tío Curro, y estaba situado en la fértil huerta de la ribera, bajo los quijeros de la Acequia Larga, de la que bebían agua y comían peces los huertanos; parcela que estaba no lejos de la Casa Alta en que vivía la Josefa del Rojo, la que luego, siendo niños nosotros, nos contaría con amor tantas historias en voz baja, en el rincón de la cocina y ante los leños, crepitando con furia, de la lumbre. En aquella minúscula heredad (no más extensa que la necesaria para revolcarse una burra, según el decir jocoso de la gente del campo) plantaba Paco del Ringondango las hortalizas para el gasto del hogar: dos reguericas de tomates, cuatro caballones de patatas, dos rastrones de alubias o una tablica de panizo moruno; aunque aquella tierra, destruido el registro de la propiedad, la perderían al finalizar la guerra por no poder acreditar su titularidad, ya que se hallaba lindero por medio de otra finca mucho más extensa: la de doña Patrocinio de Nuestra Señora, y esta, llena de ruindad, alegaría que era suya en los días de aguas revueltas tras la victoria de la sinrazón del 39.