Camino rural - Regina Ullmann - E-Book

Camino rural E-Book

Regina Ullmann

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Beschreibung

Una obra y una autora que permanecía inédita inexplicablemente hasta ahora en español. Ullmann es el espejo y en ese espejo se refleja el mundo. Rilke fue uno de los primeros en reconocer y admirar la singularidad de Regina Ullmann, al que luego se añadieron grandes autores como Hesse, Musil o Mann. Sus delicados personajes —niños, feriantes, campesinos en el fondo de los valles perdidos, violinistas jorobados, sirvientes— pueblan un mundo solitario, frágil y único. Un lugar donde todos parecen aparentemente resignados a su destino. Su estilo consigue transformar lo simple en trascendental, dotando a lo cotidiano de una dimensión mística. Se sabe que Regina Ullmann tuvo una vida difícil y se dice que su propio sufrimiento se refleja en su obra. Leyéndola es fácil imaginar que así es, pues su mirada introspectiva probablemente no podría ser tan lúcida de no haber experimentado ella misma mucho dolor en carne propia. En Camino rural, la autora explora magistralmente la complejidad de la vida rural y la tensión entre la espiritualidad y la realidad. Nada escapa a su mirada.

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Seitenzahl: 232

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Derechos exclusivos de la presente edición en español

© 2025, editorial Rosamerón, sello de Utopías Literarias, S.L.

 

Camino rural

Primera edición: abril de 2025 © 2025, Anna Rossell por la traducción © 2007 Nagel und Kimche, grupo editorial HarperCollins Deutschland GmbH, Hamburgo

 

Imagen de cubierta: © Krit Kongjundee / iStock

 

Imágenes de interior: Páginas 12 y 13: Verano en Eisenhammer, cerca de Bad Schmiedeberg (1899) / Emil Zschimmer (1842–1917) / Óleo sobre cartón, 30 × 50 cm / Obra de dominio público / Imagen procedente de Historia Auctionata, Berlín, 8 de noviembre de 2021.

 

ISBN (papel): 978-84-128716-8-5 ISBN (ebook): 978-84-128716-9-2

 

Diseño de la colección y del interior: J. Mauricio Restrepo

Compaginación: M. I. Maquetación, S. L.

 

Todos los derechos reservados. Queda prohibida, salvo excepción prevista por la ley, cualquier forma de reproducción, distribución y transformación total o parcial de esta obra por cualquier medio mecánico o electrónico, actual o futuro, sin contar con la autorización de los titulares del copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal).

 

Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por tanto respaldar a su autor y a editorial Rosamerón. Te animamos a compartir tu opinión e impresiones en redes sociales; tus comentarios, estimado lector, dan sentido a nuestro trabajo y nos ayudan a implementar nuevas propuestas editoriales.

 

[email protected]

www.rosameron.com

Índice

 

Camino rural

Prólogo a Regina Ullmann. Anna Rossell

Camino rural

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

De un antiguo cartel de mesón

El ratón

El viejo

De las fresas

El globo aerostático

Visita navideña

Así me lo contaron

El jorobado

La muchacha

Susanna

Epílogo. Morir feliz por haber vivido. La recurrencia en Regina Ullmann. Nora Gomringer

Notas

 

 

 

 

A mi admirada Ellen Delp

PRÓLOGOA REGINA ULLMANN

Anna Rossell

 

 

 

 

AGRADEZCOALAEDITORIALROSAMERÓN la publicación de estos relatos de Regina Ullmann. Es el primer paso en lengua española para dar el reconocimiento que merece una autora casi olvidada en los propios países de habla alemana, su lengua materna. Solo desde hace demasiado poco se rescata allí en cierta medida del olvido. Solo en cierta medida. Pero sabemos lo que pasa con los laureles: no es oro todo lo que reluce y, desde luego, no todo lo que reluce es oro ni mucho menos. Contar con una traducción de Ullmann al español es, pues, un privilegio.

Regina Ullmann (* 14 de diciembre de 1884, St. Gallen, Suiza; † 6 de enero de 1961, Ebersberg, Baviera), que se dio a conocer con su primer libro de relatos Die Landstraße (Camino rural), fue apadrinada por Rilke y entró en contacto con reconocidos escritores de su época: Thomas Mann, Robert Musil, Max Pulver y Albert Steffen, y después, en 1923, con Carl Jacob Burckhardt. En 1936, por su ascendencia judía, fue expulsada de la Asociación de Escritores Alemanes (Schutzverband Deutscher Schriftsteller) y tuvo que abandonar Alemania.

Traducir a Regina Ullmann es una tarea ardua, porque también leerla y comprenderla lo es. Y lo es precisamente por la extrema originalidad y autenticidad de su escritura. Autenticidad, porque la escritura a la que estamos acostumbrados, de corte lingüísticamente realista, y la otra, la que procede de los repliegues más recónditos del alma, conviven como si tal cosa. Ullmann combina lenguaje de diversa índole, realista y onírico, no porque articule ambos lenguajes como una construcción artificiosamente pensada, sino porque su modo de pensar, imaginar y percibir el mundo bebe más directamente de la imagen que de las palabras que se esfuerzan por expresarla. Imagen que lleva un personalísimo sello y exige del lector penetrar un ignoto modo de ver y de sentir. Lo abstracto y lo intangible (los sentimientos y las emociones) se funden y confunden con lo concreto y lo tangible. Es especialmente remarcable el uso de la metàfora, en el que los espejos y los reflejos de unos personajes en otros tienen un papel preponderante, y del símil, donde destaca sobre todo la comparación con los pájaros, por los que la voz narradora siente especial empatía, hasta el extremo de adoptar a veces su punto de vista o confundirse casi con el protagonista humano.

Pero la escritura de Ullmann presenta otras características igualmente singulares: diríase que desgrana situaciones y personajes a partir de indicios muy sutiles que anticipa a pequeños sorbos y que solo mucho más adelante el lector puede aprehender cabalmente. Así, sucede que a menudo, en un principio, provoca la extrañeza del lector, que no sabe situarse en la historia o no comprende la naturaleza de un personaje hasta bien avanzada la lectura.

No, Regina Ullmann no nos lo pone fácil. Su capacidad de observación es enorme e igualmente enorme es su capacidad de interpretación de lo que observa que sucede en el interior del alma humana. Su mirada incisiva llega a conclusiones que conforman una filosofía de la vida que pone en boca de la voz narradora omnisciente. Una voz narradora que sentencia qué puede suceder o sucede en tal o cual situación a partir de la manera de ser y de actuar de sus personajes.

Se sabe que Regina Ullmann tuvo una vida difícil y se dice que su propio sufrimiento se refleja en su obra. Y leyéndola es fácil imaginar que así es, pues su mirada introspectiva probablemente no podría ser tan lúcida de no haber experimentado ella misma mucho dolor en carne propia. Sucede sobre todo, por ejemplo, en su primer relato, Camino rural, que nos narra, en tres estaciones, el devenir de una mujer que, con un simple hatillo, transita por un polvoriento y desangelado camino sin un destino conocido. La historia está narrada en primera persona y el personaje parece como expulsado de alguna parte, lanzado u obligado a recorrer sin destino un mundo que se nos antoja lúgubre y amenazador. El destino de esta mujer, una mujer, solitaria y hosca, es precisamente la ausencia de destino; probablemente el sentido de su vida sea deambular de una parte a otra con el único objetivo de observar gente y paisajes. La inercia de la vida adquiere protagonismo en la existencia misma del personaje. De hecho, ya en las primeras líneas aparece sentada en lo alto de una colina desde la que tiene una vista panorámica de lo que sucede a sus pies y desde este punto de vista nos lo describe. Pero ella no desentona en el ambiente, parece pertenecer al paisaje inhóspito como una pieza más.

Muchos personajes de Ullmann son solitarios; aun cuando viven o han vivido un tiempo acompañados, se encuentran solos o casi solos en el marco de sus respectivas historias. Hasta cuando están aparentemente acompañados siguen estando solos. La autora explora el mundo de los márgenes. Casi todos sus protagonistas viven inmersos en ellos; son los marginados, la gente humilde, el objeto preferente de su atención: mendigos, ancianos, personajes de farándula, de circo, jorobados, enfermos, impedidos por alguna carencia física o/y económica… Y cuando su mirada describe escenas burguesas, no falta el humor en forma de finísima y zahiriente ironía. Aunque la crítica no está solo relacionada con el ambiente burgués; la autora la aplica en muchas otras ocasiones, cuando el comportamiento humano aparece conducido por la hipocresía. Ullmann no renuncia a la crítica irónica; cuando quiere criticar, no perdona. Los entornos en los que sitúa a sus personajes son rurales; allí es donde se concentran los temas de su interés y donde afloran los aspectos más oscuros y siniestros del alma humana. De ahí que describa los paisajes naturales y rústicos con extrema precisión. El ojo de Ullmann indaga a menudo en lo más hondo del alma humana. Sus personajes aparecen tocados de un aura casi escalofriante, un aura que traduce para el lector los más recónditos repliegues de sus criaturas de ficción. Los cuentos de Camino rural son un retrato de muy diversos tipos humanos y reflejan las conclusiones a las que su creadora llega cuando observa y se adentra en su naturaleza. Ello le permite proyectar y concluir una determinada filosofía de la vida. Si bien su simpatía se decanta del lado de los marginados, las víctimas de su agudísima ironía son también gente sencilla. Sus historias no son en absoluto moralizantes; sus criaturas están hechas de luces y sombras. Ullmann no sucumbe a la candidez del maniqueísmo. Cuando hace uso de la ironía, esta se manifiesta por partida doble: en el modo sutilmente crítico en que la voz narradora omnisciente describe la actuación de los personajes y en la manera en que estos dejan entrever los verdaderos motivos de sus acciones. Ullmann se recrea en dejar hablar directamente a sus criaturas, utilizando sus palabras textuales, o bien indirectamente, cuando la autora habla por ellas en el frecuente estilo indirecto libre que aplica a la narración y que pone su alma al descubierto. Diríase que la escritora trabaja lo grotesco con suprema maestría, pues retrata ambientes lúgubres, amenazadores y situaciones aciagas que con frecuencia sumen al lector en biografías grises y desafortunadas, pero le regala también momentos de expansión cuando censura ciertos comportamientos o relata historias amables que nos deleitan por su delicadeza natural y su sencillez.

Nora Gomringer, en su epílogo, centra el análisis de la obra de Ullmann en la recurrencia, y con razón. Gomringer nos hace ver que la recurrencia en la autora no se limita a la frecuencia con que echa mano de cierto prototipo de personajes, sino que se manifiesta sobre todo a través de la utilización en sus textos de expresiones que Gomringer representa a través de la imagen de un vector que describe un círculo y vuelve sobre sí mismo. En efecto, así es. Y da pie a la reflexión esta insistente percepción de objetos, fenómenos meteorológicos o situaciones que, por decirlo así, se repliegan sobre sí mismos y que lingüísticamente se manifiestan en el frecuente uso del pronombre reflexivo. Así, por ejemplo, el tictac del reloj es «un ruido que se reproducía a sí mismo», o la niebla, que «en cierto modo vive inmersa en su propia luz», en El ratón, o «el daño que el propio sol se ha ocasionado particularmente a sí mismo», también en El ratón; el roedor es «un ratón, que se dedica ensimismado a una ocupación que se consagra a sí misma»; la infancia de la protagonista, que ha «transcurrido encerrada sobre sí misma, en su propio mundo», en Camino rural, «Tercera parte»;el payaso jorobado del circo, que corre pareciendo «un círculo al que él se hubiera integrado, una cinta con la que se hubiera fundido y en la que finalmente desaparecía por completo», en El jorobado; en la vida parece que «las mismas historias se repiten, como si los ancestros, la abuela, la madre, el abuelo, el padre y los hijos vivieran la misma vida», en De las fresas; en este mismo relato se dice que el huerto es «como si existiera por y para sí mismo»; del sonido de la vejiga de cerdo se dice que «se extingue incesantemente», en Camino rural, «Segunda parte». Si no fuera porque sabemos que Ullmann nació en el seno de una familia judía y abrazó el catolicismo, lo cual hace pensar que era una persona creyente en la trascendencia, diríase que la escritora de estos relatos reduce la existencia humana y animal al absurdo. De esta percepción parece inferirse una filosofía alejada de todo idealismo: la vida se repliega sobre sí misma, se justifica a sí misma conformando un círculo vicioso. Como decía antes, los espejos y sus reflejos también forman parte de este mismo universo simbólico del que Ullmann echa mano por la infinita riqueza de matices que pueden llegar a desplegar. En De las fresas leemos: «Era suficiente con que el espejito que había en su interior nos mostrara los productos de la tierra en su reflejo: el puesto cargado de frutas y verduras»; no en vano se les ha concedido en la mitología un lugar preferente. Y en Así me lo contaron se dice de la matrona, uno de los personajes femeninos: «[…] ella era como un espejito cóncavo. Cuando este se mantenía firme y orientado hacia objetos y personas, estos comenzaban a encenderse, zaheridos por la franqueza de su reflejo». Lo mismo pudiera decirse de la autora: nada escapa a su mirada. Ella es el espejo, y en ese espejo se refleja el mundo.

CAMINO RURAL

Regina Ullmann

Camino rural

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Primera parte

 

 

 

VERANO. PEROUNVERANOANTERIOR a aquel, un verano que en aquel entonces tenía aún la misma edad que yo. Sin embargo yo no era feliz, en el fondo no lo era, aunque hubiera debido serlo, como todo el mundo. El sol me abrasaba, se solazaba en la verde loma, que tenía casi una forma sagrada y en la que yo había querido protegerme del polvo del camino. Estaba cansada. Lo estaba porque estaba sola. Aquel largo camino delante y detrás de mí… Ni las ondulaciones que trazaba alrededor del altozano, ni los chopos, ni siquiera el mismo cielo, reducían su carácter siniestro. Tenía miedo porque tras un corto paseo me había envuelto en su miseria y su depravación. Era un camino aciago. Un camino omnisciente. Por allí andaba gente que había sido de algún modo abandonada.

Para recobrarme, saqué mis provisiones de mi modesto equipaje. La canícula las había echado a perder. Tuve que tirarlas. Ni los pájaros se las hubieran comido. No tener nada añadió un sentimiento de hambre y de sed a mi situación. A mi alrededor no había ninguna fuente. Únicamente el altozano parecía esconder el secreto de una fuente en sus profundidades, para mí inalcanzables. Y aunque hubiera albergado la esperanza de que existiera alguna fuente cerca, yo no hubiera intentado alcanzarla. Estaba cansada y no lloraba, pero estaba a punto de hacerlo.

¿Dónde quedaban las imágenes que me habían acompañado inocentemente en mi niñez? Se parecían al altozano. Aunque no exactamente, porque yo estaba ahora sentada en lo alto. Sin embargo, yo ya no formaba parte de la imagen. Me inventé otra, porque la realidad, ineludible para mí, había convertido mi vida en la de una mendicante empedernida. Yo quería perseguir un ideal, un ideal (los que había tenido antes me los habían arrebatado) que se adaptara a mi existencia. Y recordé una imagen del joven Rafael, que representaba a un muchacho soñando. La pureza de la imagen siempre me había fascinado. Ahora, también. Pero ya no me pertenecía. En el altozano se recreaba de algún modo aquella imagen de mi infancia y me empujaba al camino polvoriento. Pero yo no estaba aún del todo desfallecida.

Entonces apareció en mi fantasía, en lo alto de la colina, la bóveda del enorme lecho de santa Ana. Un ángel sostenía el cabecerosuperior de la cama llevándola al interior de las nubes. Abajo, las mujeres, muchas, todas ellas entregadas con celo a su trabajo, bañaban a una recién nacida, María. Unas entraban trajinando cántaros, otras ofrecían lienzos. En la imagen todo era amor y alegría, la más pura alegría terrenal. Mecánicamente, aparté la mirada del cuadro y la dirigí hacia abajo, al camino. Nada había de todo aquello a mi alrededor. Estaba sola en la cima del altozano, como proscrita de mí misma. Nadie puede saber si un arbusto o un árbol le sirve de refugio, de lecho, de baúl, de ubicación; cuando a alguien en todas las etapas de la vida se le ha ofrecido una dádiva es seguro que la dádiva, iba destinada a él. ¿Era Dios, era su padre, su hermano menor quien sostenía la dádiva en su mano desde el principio?

Mis zapatos estaban polvorientos, agostados por la canícula. Mi vestido, en un estado lamentable. Si alguien hubiera pensado por un momento que mi vestido le gustaba, habría cambiado enseguida de opinión. Deben recordársele a una estas cosas. Los peces en el agua o el canto de un pájaro o el amor, tal como se presenta en la naturaleza; algo debiera recordárnoslo. Pero yo ya me había olvidado de mí misma.

Abajo transitaban vendedoras cansadas. Ya rodeaban el lugar donde yo estaba y seguían su camino, como describiendo una media luna. Un rebaño llegaba envuelto en la nube de polvo que él mismo levantaba. Unos niños, con cestos vacíos en las manos macilentas, lo seguían. Se sentían culpables. Se veía desde arriba que habían aplacado el hambre con la frugal cosecha de arándanos. Era dinero lo que habían devorado. No mostraban el regocijo de los zagales rústicos que buscan bayas y que, una vez en casa, después de comerse el potaje de la olla, se dan un gusto adicional…

Yo seguía ensimismada con mi recuerdo y la mirada fija. Un organillero, anciano, se acercaba, el camino… Llevaba el mudo organillo colgado al hombro. Un perrito iba siguiéndole, y caminaba tan concentrado en sus pasos que parecía que anduviera debajo de sus piernas como bajo un carro, igual que los perros que miran fijamente solo aquello que deben custodiar.

Un pescador se aproximaba, pues cerca de allí había un estanque artificial.

Finalmente se acercaba un ciclista de aspecto detestable. Era un hombre de lo más corriente. Yo solo veía ondear con claridad el pañuelo rojo que asomaba del bolsillo de un chaleco. ¡Qué infeliz me hizo sentir aquel extraño ciclista! Ni aunque la filantropía me lo hubiera hecho ver con simpatía y hubiera hecho más benigna mi mirada, habría sido yo capaz de sonreír. ¿Y no provocaba risa aquel ciclista? ¿Había ido perdiendo yo el sentido del humor?, ¿la esperanza?

A tientas, con la mano, había arrancado una asperilla; era mayo. ¿No estábamos en julio o en agosto?, ¿no en el día más cálido del año? Desde lo alto, contemplando aquel camino había perdido la noción del tiempo. Sostenía la flor como si fuera un oráculo. Después la dejé en mi regazo. Jadeaba un poco. Puede que fuera un suspiro.

El paisaje alrededor no era bonito, no; era el lánguido paisaje de un camino desangelado. Siempre cubierto de polvo, polvo en el que los pies se hundían, arenisca deshecha por las piedras de molino del sol y de la luna llena saliente.

Una noche crepuscular, aún sofocante, y un día como aquel, resplandeciente como la malaquita más hermosa, nos lo habían triturado, habían cubierto de polvo todo alrededor. Era como si Dios Padre nos hubiera dejado aquel polvo, como se lo dejara a la serpiente del Paraíso. Aquel polvo era la canicie nívea prematura de los árboles.

«¡Dios mío!». Mis labios pronunciaban sin cesar aquella llamada de socorro desatendida. Hacía tiempo que no tomaba conciencia de aquella expresión. En realidad la había olvidado por completo.

Y a Dios hay que haberlo sentido en carne propia.

Bien es verdad que yo sabía que el nombre de Dios lo llevaban esculpido todos los animales, que cada tallo tenía de Él una minúscula inscripción. También la corola de las flores lo atestiguaba. ¿Y qué era su perfume sino otro indicio viviente de la mano creadora? Yo pretendía no tener Dios, pero entonces tomé en mis manos la asperilla. La bondad que emanaba de la flor me conmovió. Guardé silencio y observé.

Abajo en el camino, ante un hostal, esperaba una carreta. Ni siquiera me había dado cuenta de que había un hostal. Inmersa como estaba en mis pensamientos, había pasado por alto la carreta. Estaba bajo un castaño, esperando. El caballo comía hojas del árbol y tiraba del carromato. Una voz le mandó parar. Eso fue todo. En lo alto de la casa había un cartel. «Pensión El Sol», rezaba. Pero yo no alcanzaba a leerlo. El dibujo del cartel desvelaba su nombre. Me levanté; se me había ocurrido que probablemente el carromato podría ahorrarme una parte del trayecto. Estaría bien ir a cualquier otro lugar. Comencé a bajar. Tuve la sensación de llevar encima cargas de todo el mundo, cargas desconocidas. Y, sin embargo, era solo mi propia existencia, que me había jugado una mala pasada. De repente comprendí aquella expresión metafórica. También podía aplicarse al camino.

Recogí mis cosas. Eché una última mirada al paisaje desde mi atalaya: ¿era bello o no?

Desde algún lugar llegaba el lamento de una criatura; sollozaba como los niños más pequeños, de los que puede decirse que aún no tienen ojos. Solo le faltaba aquello al camino.

Me detuve junto a la orilla y esperé. El caballo se acercó al trote, como en un número de circo, como si el mundo fuera un tiovivo que no para.

El hombre del asiento delantero fustigaba al animal ligeramente con el… látigo. No era zafio. Era joven. Además de él, en la tabla iban sentadas algunas mujeres macilentas. En la parte trasera habían cargado bultos de todo tipo. Los observé. Miré al joven y a las mujeres. No tuve que decir casi nada. Vieron que no podía más. La compasión no es algo tan raro como se piensa, pero cuando beneficia a alguien, ya no impresiona a ese alguien. Desde su endurecimiento una piensa que aquellos que la sintieron son de su misma condición. Así acaba una cuando pasa extrema necesidad… Las mujeres me alargaron la mano para que subiera y me dejaron elegir asiento.

Me acerqué al baúl más recio de la carreta. «Sí», dijeron, «ahí también puede sentarse si no le da miedo la serpiente dormida que va dentro».

Hasta tuvieron el detalle de levantar la tapa. Estaba bajo unas telas sin inmutarse. Líneas paralelas, amarillas, verdes, algunas rojizas, se repetían (a mí me pareció que de forma endemoniada) sobre el cuerpo del animal, que se había aovillado en sinuosos meandros como símbolo de sus intransitables caminos. Polvo, polvo del desierto, trashumante, y sin embargo se me antojaba un lujo, comparado con aquel al que aquí yo estaba expuesta. Pues qué importancia tenía si la serpiente me hacía sentir miedo o no, cuando estaba proscrita por su propia naturaleza y la gente se había acostumbrado a construir a su alrededor una especie de jaula invisible. Sentía escalofríos, pero ya no por la serpiente. Me había quedado mirándola hacía rato hasta que los colores se fueron perdiendo y la imagen se desvaneció.

Colocaron otra vez las mantas sobre el baúl, cerraron la tapa con cuidado. Me senté encima.

La carreta se zarandeaba. Tras de mí se levantaba una polvareda. Me envolvía completamente. Me eché sobre el baúl, librada por completo al traqueteo, al polvo y a la serpiente.

Estaba a punto de quedarme dormida, apoyada la cabeza sobre mi brazo. Un ciclista encorvado, a velocidad frenética, nos adelantó otra vez. Reinaba el silencio: el camino, los chopos, nosotros y el cerro. Solo este se movía; quedaba ya infinitamente lejos. ¿A dónde iría el diablo?

Camino rural

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Segunda parte

 

 

 

CUANDOPIENSOENLAEXPULSIÓN del Paraíso tengo la sensación de que hace poco tiempo que sucedió. Es una buena historia, es confortante. Y se ha transmitido de un modo aún más confortante de lo que es en realidad. En el relato, muchos episodios se omitieron. Porque ya no se trata de algo que les sucediera a dos ni a muchos, ni siquiera a todo un pueblo, ni a las tribus que fundaron aquel pueblo.

Tal como empieza actualmente, todos los días, con cada nueva vida humana, es algo que acontece a un individuo único (no al elegido, no me malentendáis). También puede ser una mujer, una humilde vendedora en cualquier lugar, puede ser un caniche, un árbol. Algo debe abrir camino a la inocencia de estar solo. Debemos aprender a ser modestos, una pequeñez que acaba en la nada. ¿Y el Paraíso? El Paraíso no es seguro. Al principio lo tuvimos, al menos lo trajimos con nosotros. Cuide cada cual de no arruinarlo por completo. Se debe morir feliz sintiendo que se ha vivido. Después cerraremos los ojos. Esta será la última recompensa visible que alcanzaremos a tener en este mundo, este es el premio de los cielos.

La carreta se detuvo. Los viajeros se apearon. Debían entrar en la casa del alcalde. Debían negociar con él el permiso para trabajar allí y poder ganar dinero.

Y quizá no se lo diera fácilmente, porque se lo pedía mucha gente que iba de paso. Yo podía seguir mi viaje. Me acerqué a una pensión. ¿A qué otro lugar hubiera podido ir? Por allí solo había casas modestas. Para gente de mi condición, en el camino solo había la pensión.

El huerto estaba polvoriento, también era sombrío. Si bien era un día muy soleado, allí parecía que era de noche. Estaba vacío. Busqué un lugar adecuado para mí. Es decir, me refugié en una de esas mesas en las que nadie se sienta. Es muy propio de mí.

Sin embargo, allí no había nada que hacer. Parecía que la vaciedad del tiempo me esperaba. Entonces miré hacia el interior del huerto; una criatura, cuya naturaleza he olvidado por completo, se dirigía con su comida a uno de los asientos que había en la sombra. Al lado había alguien sentado. Yo no lo había visto. Tampoco entonces lo advertí de inmediato. La persona se detuvo delante. Solo tosió; aquello anunciaba de algún modo la presencia de un huésped, como disculpándose.

Entretanto, yo estaba sedienta y necesitaba con urgencia comer algo. El polvo no había conseguido alimentarme ni saciar mi sed. Y ahora podíamos vernos, el huésped y yo: era la muerte. Sí, ¡era la muerte! Pero quedaban en su cuerpo despojos de piel y carne, como en un moribundo. Tenía las horas contadas. Quizá ya desde hacía años y meses. La muerte de los tísicos es lenta. Pero tal como estaba, sentada en la oscuridad, con un impermeable, era, como he dicho, la misma muerte. Yo estaba al borde del llanto. Creo que carraspeé un poco. Entonces aparté la comida. El huésped me había impresionado profundamente, por así decirlo, había tocado lo que entonces era mi fibra sensible. Porque a veces es la cabeza del ser humano o su sugestivo y desordenado cabello; otras veces son las manos o el pecho (como sucede si vemos a hombres trabajando), o en el de las mujeres, cuando aún nada las aflige, lo son sus brazos, que todo lo abarcan. Pero nada de esto era mi fibra sensible. Había sido solo una advertencia de la muerte y su visión. Porque yo había querido estar a gusto como todo el mundo y comer tranquilamente. Y entonces fue cuando apareció la muerte. Y no se marchó, como afirma la leyenda. Se quedó. Es decir, se presentaba cada vez que llegaba la hora de comer, aquella especial hora de comer que yo deseara con avidez. Pero siempre sucede lo mismo. De hecho, aquello lo demostraba con funesta certeza (desde entonces sé cuál es la palabra). Pues si bien, por un lado, la vida me anticipaba todos los placeres libres de preocupaciones, por otro lado, también me hacía sentir la importancia de aquella privación. Con el tiempo aprendí que aquella privación era para mí más importante que la mayor riqueza de la vida, a la que yo creía haber aportado tantas cualidades naturales.

Sin embargo, no debéis hablarme a gritos y amargarme la vida como pájaros cuyas palabras de pronto comprendemos; no debéis afirmar que conocer este sufrimiento anticipaba mi recompensa por existir en este mundo. Porque tuve que resarcir la recompensa muchas veces a diario. Lo que me ayudaba a levantarme al reconocerla como recompensa la primera vez me hundía cuando se repetía por primera vez los días siguientes. En realidad, ni lo oía ni lo veía, sencillamente estaba ahí. Y digo «lo» porque me refiero a mí y a la muerte, y a muchas otras cosas que existían alrededor, aunque fuera solo la existencia de la hecatombe. Aunque quizá tampoco únicamente la de la hecatombe, pues vivimos demasiado poco para poder valorarlo.