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Excelente colección de relatos cortos en los que se dan cita la prosa más cuidada y elegante de su autor con los temas presentes en toda su obra: la decadencia, la sombra del pasado, las cuentas pendientes y la búsqueda de la belleza. Hombres adinerados que se reencuentran con su pasado en hoteles de la Costa Brava, ricos dibujantes que capturan el desenfreno de las noches mediterráneas en dibujos secretos, ricas damas que tienen encuentros clandestinos en refugios marroquíes... una colección diferentes e imprescindible.
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Seitenzahl: 263
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Julio Cristellys
Saga
Caminos de ronda
Copyright © 2005, 2022 Julio Cristellys and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728372418
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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Para mi hijo Jacobo, para mi hijo Juan
Son los caminos de ronda unos escarpados senderos abiertos en los acantilados de la Costa Brava. Discurren tales caminos entre rocas, pinos, algún que otro tamarindo y unas muy hermosas casas que, como testigos del esplendor y de la gloria de pasados tiempos, se yerguen altivas y desafiantes frente al mar y al cielo mediterráneos. Paseando por los caminos de ronda, en ocasiones solo, a veces con mi mujer y mis hijos, ya sea en verano o en pleno invierno, he asistido al inicio o al desenlace de alguna que otra historia acaecida al amparo de los acantilados y al abrigo de las aguas que los bañan. Pues, ¿qué otra cosa podrían ser el primor y el esmero de una anciana dama engalanando con la ayuda de su sirvienta el jardín de su casa para la verbena de una noche de San Juan?, ¿y qué decir de una pareja de mediana edad arrojando al mar un ramo de rosas, pues su hijo había preferido el abrazo de las aguas a los besos de una muchacha que le aguardaba tendida bajo la sombra de los pinos de una escondida cala? Fue así por lo que me tentó la idea de escribir unos cuentos mediterráneos, unos relatos batidos por la brisa marina, esculpidos por el diario hacer del océano sobre los acantilados y susurrados por el graznido de alguna gaviota. Creí —¡inocente de mí!— que todas y cada una de las historias que ahora, amigo lector, reposan en tus manos, acaecerían en las casas y en los parques que bordean mis amados caminos de ronda, y que sus personajes hollarían las huellas de los primeros paseantes que con su andar abrieron esos senderos junto al mar. No ha podido ser, pues los vientos que inflan las velas de los navegantes, la sal que irrita el cutis de los nadadores y el perfume de las flores que cubren las fachadas de algunas de las mansiones alzadas sobre los acantilados, me fueron narrando, a la par que escribía, episodios, anécdotas y lances de ciertos hombres y mujeres que, sin haber pisado estos caminos de ronda por los que, amigo lector, hoy paseas, obligados fueron por los caprichos del azar y de las veleidades de los dioses a imaginar y a pensar cómo serían el amanecer y la puesta del sol en las lejanas costas del Mediterráneo.
Verás, pues, querido lector, que algunos cuentos discurren por las huellas de los primeros paseantes de este o aquel camino de ronda, pero no faltan relatos que suceden lejos del litoral de la Costa Brava, porque quizás fueron los sones del mar y el rumor de sus vientos quienes me desvelaron todo cuanto habían visto o habían escuchado en las inmensas profundidades del cielo y del piélago, sin olvidar que mis hijos Jacobo y Juan, siendo unos niños, me preguntaban quiénes eran y cómo vivían los dueños de tan hermosas mansiones, obligando a exprimir mi imaginación y mi fantasía hasta el punto de que, aparte de dedicarles este libro, mucho he dudado acerca de si no hubiera sido más justo cristianarlo como «Las historias de Jacobo y algunos de los cuentos de Juan».
Sólo a ti, mi buen lector, te corresponde juzgar si la conducta de este díscolo padre y veleidoso escritor será o no merecedora del reproche de Jacobo o del enojo de Juan.
A mis amigos del Hotel Condes de Barcelona quienes, no contentos con la amabilidad y el afecto dispensados a este huésped, a mi pluma acudieron con sus nombres y sus personas, pues, a toda costa, ayudarme quisieron en la composición de esta historia.
—Buenos días, señor Zuazo. Ya le echábamos en falta.
Verónica, la señorita Verónica, la joven y simpática recepcionista del Hotel Condes de Barcelona, no ha sonreído al cliente, no, la señorita Verónica únicamente se ha alegrado de atender a don Pablo Zuazo, un huésped de quien nada o casi nada se sabe, ¿edad?, la de un varón pleno y vigoroso, buena facha, educado, afable y siempre solo, aunque muy pocas veces —y de esto hace años— vino acompañado de una bonita dama que nos hizo cavilar si estarían casados, pues delicada y con un ensimismado lunar de tristeza, bien pudiera ser la esposa perfecta, aunque jamás la mujer soñada por nuestro rubio viajero para ser la compañera de sus días y de sus noches. No se le conocen visitas en su habitación. De vez en cuando, una señora mayor, casi una anciana, grave en sus maneras, decorosa en su atuendo y miope, le aguarda a última hora de la tarde en el vestíbulo del hotel. Juan Ignacio, uno de los conserjes, recuerda, pero a nadie relató el incidente, que, cierto día, el azar visitó a tan singular pareja, encarnándose en una copa de agua que se estrella contra el suelo, la apoteosis de una voz rota y contenida, el lacre de unas lágrimas que no brotan, un vendaval de amargura en la suave mirada de un huésped tan querido, la brisa de un sabio consejo: «Olvídalo. No soporto tus lamentos. Además, no olvides que tu mujer te deja hacer cuanto te plazca y que te sacó de un importante apuro... Vamos, basta de quejas, y pide un taxi o llegaremos tarde al Liceo», un conjuro invocado por los finos labios de la amiga de don Pablo para ahogar ese primer sollozo, para encerrarlo en un arca de penares, resignación y desengaños. Herminia, ése es el nombre de la dama pareja de fiesta del señor Zuazo, a quien no se ha visto con mujeres jóvenes y hermosas que, cogidas de su brazo, le acompañen a las funciones de ópera o compartan su mesa en los restaurantes de moda. Siempre solo y en algunas ocasiones visto con doña Herminia, a quien Jordi, otro de los conserjes, la recuerda —ella lo ignora— de sus años como recadero en una gestoría de la Rambla de Cataluña, trabajando como sustituta en un registro de la propiedad, una mujer lista, refinada y muy severa con sus subordinados, ahora jubilada y tan soltera como siempre. «Nací soltera», decía a sus compañeros de oficina. Lo que Jordi ignora es que Herminia, la señorita Herminia —así se le dirigían aquellos funcionarios del legajo y de la polvareda jurídica— tuvo un pretendiente al que desdeñó por ser oficial de una notaría, y no un notario o un abogado del estado, pues de haber sido así, claro que me hubiera casado, pero habría sido una loca para aguantar a un hombre y seguir trabajando. Y lo que son las cosas, hoy sola y vieja, muy sola y muy vieja —quién puede decir si no me equivoqué al rechazar la proposición de aquel buen chico—, del brazo de este desdichado, tan guapo y tan bobo. Mira qué invitar a una anciana como yo, en lugar de enredarse con una buena torda, pero... ¡Señor! ¡Qué cosas se me ocurren y qué palabras digo!
—Señor Zuazo —dice Verónica—, le he reservado su habitación, la que tanto le gusta, la 355, la del chaflán. Acaban de limpiarla. Emilio le subirá el equipaje. Aquí tiene su llave. Bienvenido.
Pablo agradece las atenciones de la señorita Verónica. Pocas son las sonrisas que Pablo ha ido cosechando en el Prado de la Vida, apenas unas raquíticas flores inservibles para anudar un sencillo ramillete de dicha, acaso ciertas aduladoras muecas tan pronto como las monedas de nuestro amigo resuenan en el fondo de la caja de algún lujoso comercio. Porque eso sí, Pablo Zuazo gusta de la ropa cara, de los trajes de buen paño y hechos a medida, de los grabados de época y de los incunables y otros libros de viejo. Nada tan placentero como sus solitarios paseos por las calles y las avenidas a las que abren sus puertas las más exquisitas tiendas, entrar en ellas, comprar y saberse admirado por su natural elegancia y su exquisito gusto, siempre ajenos a los dictados y a los emblemas de laureados escritores, cotizados pintores y confeccionistas en boga.
—Don Pablo, ¿quiere «El País»? —le pregunta Emilio, un dicharachero conserje que ha cogido las maletas del viajero—. Al saber que venía, se lo he guardado.
Pablo se pregunta qué tendrá de especial para merecer tales deferencias, por qué ha de ser tan bien recibido y tan bien considerado. Lo cierto es que nuestro Pablo, aparte de las propinas que, con el aire de una devota ofrenda, deja en las manos de los conserjes que tanta cordialidad le brindan, poco dinero gasta en el hotel, ni un botellín del mini-bar, ni un desayuno, ni, por supuesto, una cena o una comida en el selecto restaurante de esta no menos selecta hospedería.
Pablo no tiene nada de especial, Pablo es especial, así, sin más, pues nadie habla de Pablo, ni la señorita Verónica quien supone que estas visitas mensuales al hotel son para acudir a las funciones de ópera del Liceo, ya que alguna vez, con las tempranas luces de la noche e impecablemente arreglado, su huésped le ha preguntado cuál es la línea de metro que ha de tomar para llegar al famoso teatro. Tampoco Juan Ignacio, Emilio o Jordi han hablado, hablan o hablarán de este singular viajero, para quien más de una vez han llamado a un taxi que transportará al solitario huésped al coliseo donde se han citado las más hermosas artes. Ni, por supuesto, se escapará un comentario de la boca de Miguel, otro de los empleados, siempre encargado de dejar en la habitación de tan afable cliente una botella de vino, una gentileza del hotel para este misterioso y distinguido caballero, a quien no se ha visto con otra mujer que una anciana miope que, en presencia de Juan Ignacio, contuvo el llanto de nuestro hombre y de la que únicamente Jordi sabe el nombre: Herminia, una mujer luchadora, premiada en su vejez con el trofeo de un apuesto acompañante para sus noches liceístas.
Ya en la habitación, con el «Bienvenido, señor Zuazo» de Emilio prendido como una blanca mariposa en una de las solapas de su abrigo, Pablo sale al balcón, mira al firmamento de esta mañana de otoño, un cielo lechoso y tibio, contempla los plátanos de hojas secas y rojizas del Paseo de Gracia, pronto llegará el invierno, me entristece la áspera y ocre belleza de estos meses, quiero azuzar al Tiempo para que regrese el verano, para disfrutar del fin de temporada del Liceo, cuando las mujeres acuden al teatro envueltas en una gloria de sedas, gasas y luz estival, cuando el sol de las últimas horas de la tarde rezuma sangrantes celos por el brillo del rubí que liba un seno de ámbar, por el destello de un zafiro que ciñe una airosa garganta o por el fulgor de una esmeralda besando el blanco y delicado corazón de una mano enamorada.
Parece que suena el teléfono de la mesilla, claro, cómo lo iba a escuchar con el ruido de la calle, pues Pablo se complace con el aire marítimo de la Ciudad Condal enhebrado en el plumaje de esa aturdida gaviota posada en la verja de un balcón de la calle Mallorca, no sé quién llamará, ya empiezo a preocuparme...
* * *
Una mano huesuda, con las uñas impecablemente pulidas y dos alianzas en el anular de la diestra, ha descolgado el auricular arrimándolo a una oreja menuda, no tanto como la criolla de oro blanco y brillantes que adereza su fláccido lóbulo.
—Señora Castro, llamamos de recepción. La esperan en el vestíbulo —es la voz de Olivia, la nueva empleada en prácticas que, para el mostrador, ha contratado doña Verónica, la directora del hotel, una mujer que, siendo una chica, comenzó de recepcionista, y que tiene a gala su condición de empleada más antigua de tan prestigioso apeadero de huéspedes—. Es un señor que dice tener una cita. ¿Quiere que le demos algún recado de su parte?
—Por favor, señorita, sea tan amable de decirle que espere unos diez minutos. Muchas gracias. Adiós.
Martina Castro, viuda de don Pablo Zuazo, una mujer mayor, no vieja, pero sí envejecida y de buen porte, con el ceño marcado por un despiadado pliegue de ansiedad y congoja, se recuesta vestida sobre la cama, poco le importa que se le arrugue la ropa, qué más da... Pablo, ¿querías que viniera a Barcelona? Dime: ¿Por qué ahora y no antes? Sólo una vez, para asistir a una feria de libros antiguos y de ocasión, te acompañé a este hotel. Me diste de lado, dejando que durante una semana errara de tienda en tienda acompañada de tu amiga Herminia. Nadie como ella para enseñarte las últimas novedades y los establecimientos de moda. Puede que sí, pero ¿por qué no pude aguardarte mientras revolvías entre los puestos de los libreros del Paseo de Gracia, por qué no pude ser la centinela de tu ansiedad y nerviosismo por buscar y encontrar la primera edición de una colección de poemas leídos en tu juventud, por qué no pude ser la única testigo de tu sorpresa y tu alborozo por la aparición, entre un montón de viejas revistas, de la novela de un autor chino desaparecida por los estragos producidos por una enorme gotera en la biblioteca de tu abuelo?... Pablo, ya sabes quien me espera en el vestíbulo del hotel. Si reñimos, tuya será la culpa. Pablo... ¡Cuánto le quise!, pero, ¿puedo decir que murió odiándome? Nunca lo sabré. Tan afable con todo el mundo. Tan cariñoso con mis hijos. ¡Qué hábil fuiste para ganártelos! No, chicos, no, si yo no pretendo ser vuestro nuevo padre. Simplemente me he enamorado de Martina, vuestra madre, y hemos de vivir juntos, así que, Luis y Ángel, nos os quepa la menor duda de que haré cuanto esté de mi mano para que todos seamos muy felices. Pues sí, los chicos fueron felices con su padrastro. ¿Y yo con mi nuevo marido? Estuve loca por él. Le pagué todos sus caprichos, sus escapadas a Barcelona, a Nápoles y adonde le viniera en gana para escuchar un concierto o disfrutar de una ópera. Nunca me dejó acompañarle, pues, suave y dulce como era, sonreía y decía que gustaba de la soledad en la penumbra de las salas de música, de los teatros y de los cines. Enviudé de un sinvergüenza, que me había engañado con una de mis hermanas, para casarme con un pobre hombre en bancarrota, un desgraciado que recuperó el crédito y la reputación con mi dinero, pero que, comportándose como un buen padre con los niños y cumpliendo al mínimo sus débitos conyugales, me excluyó de su universo, un edén colonizado por fantasías y grandezas, un jardín de ensueños y utopías al que, eso sí, tenía entrada la alborotada de Herminia, una solterona protegida en su juventud por la abuela de mi marido. Contaba éste que era la hija de una vecina de la casa donde vivían los abuelos de Pablo con su nieto, huérfano desde muy pequeño, pues los padres murieron en un accidente de coche, un niño solitario, dócil y mimado por aquella buena gente, que solían invitar al cine y al teatro a esa pobre chica, retraída y con gafas, a quien su madre, una administrativa de la Jefatura de Policía, daba muy mala vida, derrochando en décimos de lotería su modesto sueldo de funcionaria, y negando a Herminia el más insignificante capricho, aunque fuera un simple chocolatina. La infeliz muchacha estudió la carrera de Derecho y, no sé cómo, logró situarse en Barcelona, a pesar de la terca oposición de la fiera de su madre, pretendiendo amarrarla en casa para manejarle el dinero y utilizarla como una esclavizada sirvienta. Fue Herminia quien llenó de pájaros la cabeza de Pablo, un ingenuo y soñador jovencito, enviándole desde Barcelona unas cartas refiriéndole el brillo de sus veladas en el Liceo, donde una noche había visto a Dalí, vestido de esmoquin y con una capa negra con las vueltas de seda blanca, rodeado por un cortejo de bellas mujeres mientras se paseaba por el Salón de los Espejos, y cómo una noche en el ambigú un importante político se había dirigido a la solitaria Herminia para preguntarle si le incomodaría compartir con él y con su esposa la mesa a la que se había sentado la funcionaria, pues el bar estaba lleno y no se encontraba un hueco donde acomodarse tranquilamente. Pablo le respondía hablándole de sus sueños, prometiéndole que llegaría la noche en que irían juntos a la ópera y, cuando terminara la representación, cenarían en algunos de los restaurantes abiertos hasta altas horas de la madrugada. De modo que Pablo, muertos sus abuelos, heredero de un ruinoso negocio de venta de libros y grabados antiguos, y, a pesar de que Herminia cobraba su buena jubilación, se sentía obligado a invitarla tanto al Liceo como a lujosos restaurantes en algunas de las ocasiones en que venía a Barcelona, de donde regresaba a casa con la maleta llena de ropa nueva, libros y de algún que otro grabado de época. Pablo, ¡qué gastador eras! ¡Cómo te encaprichabas con todo aquello que fuera caro! En fin, perdona, no sé para qué insisto con esta cantinela. Por cierto, Pablo, han dejado de trabajar en este hotel aquellos conserjes que tanto te querían, ¿quererle?, le adoraban, y yo me pregunto ¿por qué? Nunca lo he entendido, porque cuando venía, gastaba lo mínimo, no haciendo ninguna de las comidas en el comedor del hotel, aunque con las propinas acostumbraba a ser generoso. Ahora bien, si se trataba de ropa, libros o entradas para un espectáculo, era capaz de arruinarse. Como se me ocurriera reprenderle, sonreía, enarcaba la ceja derecha y musitaba con sus ojos clavados profundamente en mi rostro: «Tal vez, pudiera ser que estés en lo cierto, será mejor que hablemos de otra cosa.» A continuación, giraba la cabeza y se ponía a leer o a hablar con los chicos, sin ignorarme del todo porque el muy pícaro alzaba de vez en cuando la vista y me miraba de un modo tan especial, besándome con sus ojos... Una noche, en nuestro dormitorio y antes de acostarnos, dejó sobre mi escritorio la última factura del sastre, diciendo: «No corre prisa, págala cuando puedas.» Estuve muy torpe, pues le repliqué airadamente: «Pablo, ¿también ahora quieres que hablemos de otra cosa? Es muy cómodo disponer del dinero ajeno.» Pablo sonrió, me besó con una sobrecogedora dulzura en los labios y dijo: «¿Por qué no habríamos de hablar, Martina? Sin embargo, antes de discutir o de reñir, quiero recordarte que siempre te estaré muy agradecido por haber saldado las deudas de mi librería de viejo, por consentir que, con tu dinero, mantenga un ruinoso negocio, y, por supuesto, reconozco que soy un veleidoso, incapaz de contenerme cuando se trata de saciar uno de mis muchos caprichos. Sí, Martina, tienes razón, es cómodo gastar tu dinero pero reconoce, querida mía, que sabías lo que ocurriría cuando, ya viuda y salvándome de la quiebra, perseveraste para que nos casáramos. Recuerda cómo te advertí del peligro de hipotecar tu vida ligándote a un hombre pobre pero exquisito, humilde pero sibarita. Martina, no te quejes, soy un buen marido, pero probablemente fui mejor como amante. Si así ha sido, lamento tu desengaño, pero, entérate, no cambiaré y quiero que me comprendas: no se puede acoger a un pobre como si fuera el señor de un palacio y exigirle una conducta propia de un lacayo. Dicho esto, tienes dos soluciones: o me aceptas como soy, o dejamos de vivir juntos. Sabes que no he de crearte problemas y que pacíficamente regresaré a la pobreza y a la trastienda de mi librería. Siempre te recordaré, pues mucho te quiero, y piensa que muy dolorosa habrá de ser mi añoranza por los niños. Martina, tú tienes la palabra, ¿qué decides?...» Yo perdí el control de mis nervios, le insulté y quise abandonar la alcoba, pero Pablo, muy ofendido, fuera de sí, como nunca le había visto, me levantó la mano y si no llega a ser porque con semejante bulla aparecieron los chicos, no sé qué es lo que hubiera ocurrido... Ángel, el pequeño, lloraba, decía que no chilláramos, que parecía que nos fuéramos a pegar. Luis, el mayor, estuvo callado, se fue junto a su padrastro y me miró imperturbable, del mismo modo que, siendo un niño de trece años y después de que le hubiera reñido por haber suspendido un examen, se volviera hacía Pablo para decirle: «Explícame dos cosas: ¿Por qué te casaste con mi madre y cómo haces para aguantarla? No me digas que la quieres, pues no te creería. Si me dijeras que la soportas por su dinero, lo entendería perfectamente y no dejaría de estimarte por ello.» Un dejo seco y amargo comenzó a roerme la lengua y el paladar. Bebí agua, mucha agua, pero la bilis no cesaba de empaparme la boca. Comencé a llorar. Pablo me sirvió una copa de vino. Fue un alivio, a pesar de que, hasta entonces, nunca había bebido. Pablo no cesaba de acariciarme el cabello. Martina, ¿te ha gustado el cordial que te he servido? Siempre que no se abuse, es un buen remedio para las crisis de nervios y los ataques de pánico.
* * *
Un hombre esbelto, de cabello abundante y rubio, ha dejado impaciente el ascensor. Mucho le ha inquietado el aviso que le han dado de recepción. ¿A qué habrá venido? Me temo lo peor.
—Señor Zuazo, allí está sentado el joven que le espera —le dice Miguel extrañado por la desazón del afable huésped—. ¿Quiere que les sirvamos algo?
Pablo, sorprendido, pues algo inesperado ha quebrado su dorada rutina, no ha escuchado al servicial conserje, cuyos ojos intercambian un gesto de extrañeza con la serena mirada de Verónica, la recepcionista, la joven que ha atendido a Luis, el hijo mayor de Martina, un crecido y moreno adolescente que ha abandonado su ciudad, su casa, dando un portazo a una madre furiosa, pues debe contar a su padrastro algo que, por fuerza, ha de saber. ¡Por Dios!, ¿qué hace aquí este chico? Y ¿por qué no me ha telefoneado? ¿Qué habrá pasado?
Antes de que Pablo llegue al sofá donde su hijastro está sentado hojeando impasible y ajeno a la zozobra paterna una revista de navegación a vela, Emilio, que hoy cubre el servicio del bar, ha puesto dos vasos de agua en la mesa donde Luis ha dejado su lectura para abrazar a su padrastro.
No hay problema para alojar al chico, un poco más alto que Pablo, un buen mozo de rostro sereno y vigoroso. La habitación es doble, te gustará, siempre me dan la misma, ocupa el chaflán de la casa, se ven el Paseo de Gracia y la calle Mallorca, pero deberíamos regresar a casa, tu madre estará inquieta y el pobre Ángel, dices que lo has dejado llorando, ¡qué criatura!, con razón me dice la señorita Claudia, vuestra profesora de ciencias, que es muy dócil, demasiado bueno, que este niño ha de sacar el genio. Pablo no puede confesar a su hijastro que Ángel, el benjamín, su pequeño, sufrirá mucho como mucho ha sufrido y sufre su padrastro, parece mentira, pero cómo nos parecemos... ni quiere revelar a Luis que Martina, su mujer, la madre de esos hermanos tan diferentes, es una buena mujer, traicionada y maltratada por el padre de los chicos, un tipo de la peor calaña que murió arrollado por un tren cuando, algo bebido y acompañado por su cuñada, trató de sortear con su automóvil la bajada de las barreras de un paso a nivel en un necio alarde ante la hermana de Martina de su pericia al volante y de la velocidad de un coche recién estrenado. Los despojos de los amantes fueron amontonados en un cesto usado por los matarifes de un no muy lejano macelo. Sí, una mujer buena y generosa, que salvó de un concurso de acreedores al ruinoso negocio de libros antiguos de Pablo, un hombre solitario que, en vida del padre de los chicos, cobijó a la desdichada Martina en el agridulce refugio del pecado y en la tierna penumbra de una trastienda de amor y revancha. Cómo hablarle de nuestra dicha por el oportuno accidente de su padre, cómo admitir ante el muchacho que ya no le apetece abrazar y besar a Martina en la mullida paz del tálamo, sería una crueldad desvelarle que su madre está enferma, muy enferma, tal vez sin cura y de por vida, aquejada por terrores nocturnos, angustiosos despertares, Martina, no pasa nada, bebe una copita, o dos, quédate en la cama, diré que tienes una migraña, descansa, tesoro mío, yo me hago cargo de todo... Pero, Luis, te insisto, si no lo haces por tu madre, hazlo por mí, hemos de volver a casa. ¿Qué dices? ¿Mi ópera? Eso ya no me importa. Llamaré a Herminia y le diré... Que ¿qué le voy a decir? Lo que sea... Que si un problema de trabajo, que... Mira, le daré mi entrada para que la acompañe una amiga o quienquiera que sea al Liceo. Todo con tal de no seguir aquí. Con este disgusto se me han ido las ganas de ir al teatro y, además, mañana yo regreso a casa y, tú, ¿qué harás?... En fin, subamos a la habitación. ¡Qué aplomo el de este chico! ¡Cómo le envidio! Mira, Luis, vamos a hacer otra cosa. Me acompañas a comer con Herminia. Le diré que has venido porque..., no sé, lo primero que a ti o a mí se nos ocurra. Apresúrate, que llegamos tarde. Por favor, Verónica, me voy con mi hijo, ¡ah!, es cierto que no se conocen. Luis, por favor, ven, te presento a la señorita Verónica, luego verás al resto de mis amigos del hotel, bueno, a Miguel y a Emilio acabas de conocerlos, son quienes me han avisado de que me esperabas y los que nos han servido el agua. ¿Si sólo tengo este hijo? No, no, tengo otro chico más pequeño que se ha quedado con mi mujer. ¡Ah!, como le decía, ¿podrían subir el equipaje de mi hijo a la habitación? Mira, Luis, por ahí vienen Juan Ignacio y Jordi.
Juan Ignacio se hace cargo del equipaje de Luis. Es una bolsa, no mucho más grande que una mochila de deporte.
* * *
