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Con la sensibilidad de Como agua para chocolate y la profundidad de Los santos inocentes, Canción de mayo nos lleva a un pueblo montañoso del sur de España, donde está a punto de celebrarse la boda del único hijo de un Premio Nobel inglés. La antigua cuidadora del novio en su infancia regresa a la tierra de sus antepasados, obligados a huir por las circunstancias. Esta visita le hará recordar una historia de amor más allá del océano y del tiempo.
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Seitenzahl: 194
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Rosa María Mateos Ruiz
Saga
Canción de mayo
Copyright © 2019, 2021 Rosa María Mateos Ruiz and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726712940
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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Para Benito, Guille, Julia y Teresa,
mi particular canción de primavera.
Hablamos lenguas que no son las nuestras
andamos sin pasaporte ni documento de identidad
escribimos cartas desesperadas
que no enviamos
somos intrusos numerosos desgraciados
sobrevivientes
supervivientes
y a veces eso
nos hace sentir culpables.
Los exiliados IICristina Peri Rossi
Extrapolar.
¿Alguna vez has viajado en una canción?
Si tuviera que definir con un único término la novela que sostienes en las manos, sería «extrapolar» en ese sentido.
Todas las palabras que componen Canción de mayo están vivas. No porque hablen u otorguen movimiento a sus personajes, sino porque cantan a latidos un poema intenso y cercano que nos es muy conocido, calando en nuestro interior sin endurecernos el espíritu. Más bien al contrario.
Pienso que si la literatura tiene una función es la de acariciar Corazones. Rosa no solo los toca sino que les entona un beso al aire que aún sigue flotando como una melodía; una melodía que nunca quieres que termine.
Yo empecé siendo una escritora herida que narraba abrazos. Rosa es una escritora atrevida con una capacidad innata para abrazar con su Alma. Al igual que afirma que hay cosas que no se transmiten por la sangre sino por el querer, nos ha querido transmitir de manera transparente su pasión por los detalles y por conocer los anhelos más íntimos de sus compañeros de aventuras, tan veraces como los escenarios en que bañan sus anécdotas, revelando de forma acogedora realidades tan duras como que las miserias humanas son iguales para los ricos y para los pobres.
La forma impecable de unir los cuatro pilares que destaca en algún momento en su obra ofrece como resultado una novela donde las palabras son acordes que guardan ese halo de poesía vocalizada, dando forma a los sueños que cualquiera de nosotros cobijamos en lo más privado de nuestro ser, otorgándonos de manera muy sutil el valor necesario para prestarles atención. Algo muy poco común, a día de hoy, pero más vital cada minuto que pasa.
La manera en que Rosa nos acerca a las entrañas de sus personajes es tan veraz que, sin percatarnos, somos capaces de sentir dolor en una cojera, marearnos con el vaivén de un barco emborrachado de agua salada o tantear las tinieblas del protagonista al que se le ha negado mirar el mundo con los ojos, pero se le ha concedido verlo con el Corazón. Un consuelo para los que menos gritan, que son los que más sufren.
Leer a Rosa es como leer el mar. Como escuchar el sol estirarse en el horizonte al amanecer. Como sentir el beso de la brisa otoñal sacando sonrisas cuando parece imposible. Voy a ser un poco intrusa y utilizaré una frase mía: «al leer a Rosa parece que en el mundo no se ha muerto nadie».
Empleando su propia voz, a pesar de que la literatura sea un mundo a veces solitario y cruel, a veces desamparado y amargo, Rosa nos hace ver con sincera veracidad que, mientras existan un par de ojos que tarareen melodías hasta los Corazones, ningún escritor —ni ningún lector— se sentirá solo.
Mi consejo: sigue leyendo y déjate llevar para que nunca se te olvide lo importante que es soñar.
Sara Levesque
Escritora
Aroma de membrillo
Desde aquel atisbo de beso que llegó a escuchar mientras gruñía la cerradura de la puerta habrían de pasar ochenta y dos largos años. El Soplillos esperó toda una vida para volver a oír los mismos tonos cantarines que tenía la voz de su Lolita.
Aunque las tardes empezaban a ser frescas, aún retenían esa pesadumbre del verano, como si al aire verdoso del otoño le costara abrirse camino entre el amarillo tenaz de la solana. Juan le había mandado un recado con el joven aprendiz del taller, que volaba de una esquina a otra del barrio con los encargos del maestro. El ayudante era ciego y respondía por el nombre de Fermín Soplillos debido a las colosales orejas que le sobresalían como alerones a ambos lados de la cabeza. En el niño se había cumplido a rajatabla uno de los principios fundamentales de la biología: siempre hay una reacción en el organismo para compensar lo dañado. Desde bien pequeño desarrolló unas dotes sobrehumanas en el arte de oír, y era capaz de predecir una tormenta (con horas de antelación) tras escuchar el movimiento de las nubes. El chiquillo tenía también una inteligencia fuera de lo normal, adquirida de una orfandad prematura y de la pura necesidad de sobrevivir.
El alfarero le recogió de las calles en un estado de abandono, comido por los mocos, la mugre y los piojos. De eso hacía ya siete años. El huérfano se había quedado con una talla pequeña por las hambres de la infancia, pero gracias a los cuidados del artesano y de su sobrina se había convertido en un jovenzuelo fornido y risueño. Además de recadero y chico para todo, el niño llevaba la cuenta de los encargos del taller, que anotaba con resaltes de lápiz grueso en los cuadernos usados del maestro. Su escritura en relieve era inventada, un jolgorio de puntos y rayas indescifrables, pero conseguía apuntar hasta el más mínimo detalle del cliente y de su encomienda. Se había hecho tan imprescindible en el negocio que no entraba ni salía objeto alguno sin antes pasar por los registros manuscritos del Soplillos.
A sus catorce años, Fermín Soplillos tocaba la guitarra de oídas con buena ejecución. Su repertorio consistía en una retahíla de coplillas y fandangos picantones, aprendidos del callejeo nocturno y de rondar por los burdeles y tabernas clandestinas de la ciudad. Tenía una tendencia innata a curiosear en la intimidad de los demás y a registrar sin reparo las conversaciones ajenas. Le gustaba camuflarse en el lavadero de la Placeta del Sol para no perder un detalle del parloteo de las mujeres. La palabra «cotilla» se le quedaba corta: conocía los embarazos antes que los maridos, las enfermedades, las rencillas familiares y los secretos de alcoba de todo el vecindario. Mantenía también la costumbre de desaparecer durante algunos días sin previo aviso, para desesperación del tío Juan. En esas huidas acompañaba a los neveros hasta las cumbres blancas de la sierra, para regresar días después a la ciudad camuflado entre la procesión de burros y mulas cargados con los serones de hielo. De sus andanzas serranas había aprendido a diferenciar el ruido de cada animal y sabía reproducir a la perfección el canto de todos los pájaros.
—Dice el maestro que si puede usted pasarse a la tarde.
—Dile que sí, que me acercaré después de darle la merienda al niño y de repasar un par de vestidos que aún me quedan por terminar.
Cuando sabía ya muerta la hora de la siesta, la Encarni subió la cuesta a trompicones. Tiraba de la mano del hijo que sorteaba los baches del empedrado saltando con sus pequeñas piernas. Al marido se lo habían llevado la misma noche del 23 de julio, como represalia por contribuir a la organización de la resistencia que opuso el barrio al Alzamiento. Arramblaron en el sueño de la casa y le subieron a la camioneta de lona, como hicieron con los otros cabecillas. Su hombre era de mucho hablar y poco trabajar; un señorito de malas tierras que escribía panfletos comunistas y poesías de medio pelo. Tanto verso y tanto discurso le señalaron, desapareciendo para siempre aquella calurosa noche de verano, pocos días después de estallar la guerra. Durante semanas se comentó en el barrio que alguien le había delatado, porque los militares se fueron derechos a los documentos que escondía en el hueco del retrete y conocían su rutina de cenar a las nueve en punto de la noche. Cuando subió a la camioneta, el «Ruinas» aún no se había terminado la sopa de cebolla y se resistió haciendo gala de una elocuencia tan vacía como su cabeza. La Encarni sabía que tarde o temprano irían a por él, y sintió un cierto alivio inconfesable de que por fin se lo llevaran.
El tío Juan estaba al acecho de su llegada y le abrió la puerta del zaguán arrastrando su leve cojera. Se le veía muy triste y nervioso, girando con la mirada hacia todas las direcciones. En la Puerta de las Granadas vio bajar al cartero por la acera de la sombra. En aquéllos primeros meses de la guerra el miedo se había adueñado de todos los rincones, y ya estaba instalado también en su cabeza. Las banderas blancas ondeaban todavía en las balconadas de bronce, y la algarabía de chiquillos, comadres, gatos, gallinas y borricos había desaparecido por completo de las calles para dar paso a un triste llanto de silencio.
En el barrio todo el mundo conocía los planes de marcha del alfarero. Se decía que su nombre estaba en la lista negra por haber celebrado la República con vehemencia y participado en algunos actos del sindicato. El Soplillos había espiado conversaciones de bar donde se hablaba del «Cojo rojo», y alertó al maestro del peligro que corría.
A diferencia del Ruinas, su compadre Juan era parco en palabras y tenía las manos marcadas por el trabajo. Sin festivos ni descansos se levantaba antes del alba para encender el horno y dejar preparadas las pellas de arcilla junto a los tornos, mientras el resto de la casa dormía hasta las campanadas de las siete. Entonces aparecían el Soplillos y la sobrina en un dúo inseparable de mutua devoción.
Los huérfanos se habían apadrinado en la desventura como dos hermanos de leche. Lolita, la sobrina de Juan, era unos años mayor que el Soplillos y ejercía su autoridad con ciertos ramalazos maternales. Solo ella entendía la alocada letra del muchacho y se ocupaba de que éste fuera siempre limpio y bien peinado. Antes de que saliera para cualquier mandado, Lolita le retocaba la raya del pelo dejando que una sarta de rizos colgantes le tapara las orejas. No consentía que nadie se burlara de él.
Desde que perdió a sus padres durante la gripe del 25, la joven se había criado con el tío solterón, entre el desorden del taller y el abandono de la vivienda. Para el tío Juan había sido una revolución hacerse cargo de la sobrina, acostumbrado como estaba a repartir libremente las horas del día entre el taller, el sindicato y la taberna. La paternidad asumida le cambió las rutinas, haciendo lo posible por llevar una vida más ordenada (según su parecer) para adaptarse a las necesidades de la chiquilla. A pesar de la aversión que le despertaba la Iglesia, mandó a Lolita a la escuela de las monjas del Realejo y no escatimó en gastos para su formación. Pero la niña no despertó curiosidad alguna por las misas y los rezos. En cuanto regresaba del colegio, corría ligera al taller para pasar las tardes trajinando con las faenas más sencillas: esponjar las piezas, limpiar las alpañatas, mantener los albañales con agua, dar la primera capa de vedrío y añadir la leña al horno de cocción, entre otras muchas tareas. El tío guardaba las piezas rotas o deformes para que ella las pintara, reservándole un espacio en el taller que durante muchos años se llamó «El rincón de la niña». Allí hacía acopio de los restos de engalba, de los pinceles desechados y de las materias primas que necesitaba para fabricar los colores, que iba acumulando en pequeños tarros de barro cocido. Aunque aprendió las técnicas observando el proceder de los trabajadores, tenía una intuición natural para el dibujo, y muy pronto comenzó a destacar. De sus manos salía una cerámica verde, blanca y manganeso, con la herencia adquirida de geometrías almohades y enramados nazaríes, pero con un toque tan refinado que los pájaros y las flores parecían escapar de la pintura. Al acabar la primaria las destrezas de la niña eran tales que el tío reservaba para ella los mejores encargos: delicadas piezas por las que el maestro cobraba el doble de lo habitual.
Cuando las tardes ya empezaban a alargarse con la primavera, Lolita salía a pintar bajo la higuera del patio. Se la veía sentada en una silla baja de enea con su tira de cuero sobre las piernas, para apoyar y girar la pieza, mientras el Soplillos le repasaba uno por uno todos los cotilleos del barrio. Con su habitual desparpajo, el muchacho no dejaba títere con cabeza, acompañándose de gestos teatrales para despertar la sonrisa de la muchacha. Durante el resto de sus vidas ambos habrían de recordar aquellas tardes de felicidad.
Juan invitó a la Encarni a sentarse bajo el emparrado, de donde ya colgaban los primeros racimos de uvas a punto de cuajar. Le acercó la silla junto a la mesa y soltó de golpe una carpeta de cuero sobre el tablero, dejando al aire gran cantidad de documentos.
—Siéntate mujer, tengo que hablarte —le dijo con determinación.
La sobrina salió para llevarse al niño pequeño, con la promesa de llenar juntos una cesta de higos y buscar los huevos de las gallinas en el corral.
—Me imagino que a estas alturas ya sabes que nos marchamos. Partimos rumbo a México en un par de semanas y he querido dejar las cosas bien atadas. En estos documentos verás que he puesto todo a nombre de tu hijo, bajo tu tutela hasta su mayoría de edad. Tendrás que ir mañana al notario de Plaza Nueva a firmar los papeles que faltan. Todo lo que poseo: el taller, la casa, el corral, el carro, las dos mulas y las siete horas semanales de agua de la acequia, están a vuestro nombre. Te dejaré también algo de dinero para el comienzo. He pensado que con unos dos mil duros bastará.
—Pero Juan... ¿Te has vuelto loco? —dijo la Encarni con los ojos abiertos como una lechuza.
—Sabes muy bien la razón Encarnita, no te hagas ahora la sorprendida. Vienen muy malos tiempos y no quiero que a ti y al niño os falte de nada.
—Juanito, por favor, ¡llévanos contigo! No nos dejes aquí, te lo pido por lo que más quieras.
—No puede ser, chiquilla. Es muy peligroso. Tenemos que cruzar el frente varias veces y sólo Dios sabe si llegaremos a Lisboa con vida para embarcar. ¿Te imaginas? Dos mujeres, un niño pequeño, un muchacho ciego y un cojo. No llegamos ni a Sevilla. Escucha Encarni, tienes que prometerme que te quedarás a cargo de la casa y el negocio, y sobre todo, que cuidarás del Soplillos como una madre. No puedo confiar en nadie más que en ti.
—¿Y tu sobrina?
—Lolita se viene. Le prometí a mi hermana en su lecho de muerte que cuidaría de ella. Un cojo y una muchacha, ya ves el panorama. Será un milagro si llegamos.
Entonces La Encarni se acercó al tío Juan para acariciarle la espalda de abajo arriba, como había hecho otras veces cuando el alfarero aún era un muchacho.
—Juanito. Siempre nos hemos querido, desde pequeños, cuando mi madre cosía para la tuya y me traía a esta casa para que me enseñaras a leer. Solo aceptaré esta locura si me prometes que regresas; ése es el trato —le dijo mientras le agarraba la mano.
—Quizás no pueda volver en muchos años. Ya ves cómo nos ronda el peligro. Esta vez nos han colocado en el centro de la diana. Nos atrapó la guerra en el lugar equivocado.
—Por lo pronto, mañana me despido de coser para las solteronas y me vengo aquí con el niño.
—Pero Encarnita, ¿qué va a decir la gente?
—¿Y qué nos importan las habladurías? Una viuda y un exiliado. ¿Te parece poco castigo? Los dos solos de nuevo, Juanito, pero esta vez con un océano por medio. —Le agarró por las orejas y le dio un beso sonoro en la frente—. Anda, deja que me venga.
En las dos semanas previas a la marcha de Lolita, la casa brillaba como los chorros del oro. La Encarni había iniciado una actividad frenética y tenía todo bajo control. Desde que murió la abuela no se comía tan bien en esa casa, a pesar de las carencias del momento. El olor a pimentón de los guisos se colaba por los rincones y la leche frita reposaba desde bien temprano sobre la mesa de la cocina. La mujer había lavado también los cobres de la chimenea y remendado los visillos de las ventanas, que dormían con una capa de polvo desde los tiempos de Alfonso XIII. El pequeño Hilario se convirtió de repente en la sombra del Soplillos, al que perseguía por la casa y acompañaba a los recados como un perrillo faldero. Indistintamente, ambos recibían las collejas y las regañinas de la Encarni, y así fue como el tío Juan tuvo la certeza de que su beneficiaria cumpliría la promesa.
En el taller, los cuatro obreros asumieron el mando de la modistilla sin rechistar y, aunque fueron reticentes al principio, acabaron por aceptar algunas propuestas de la nueva jefa. Entre otras, el diseño de ollas con mejores agarraderas y cántaros más livianos para facilitar las tareas a las mujeres.
—Que solo pensáis en vosotros —les increpó.
El Soplillos y la sobrina sortearon como pudieron las innumerables órdenes de la Encarni. Aunque hacían todo lo posible por esconderse de ella, se vieron en la obligación de volver a la realidad con el encargo de acondicionar la tierra del corral para sembrar un huerto de subsistencia. Había que estar preparados para lo peor. Entre los esquejes de cebollas, los repollos y las zanahorias, también se hicieron promesas: una carta mensual con el código del Soplillos y el juramento de un regreso, que ella nunca cumplió.
Al tío Juan, pese a la inminente marcha, nunca se le había visto tan contento. Ella tenía la belleza de las pobres: limpia y genuina, con los ojos más bonitos de aquella parte de la ciudad. Desde la primera noche, la modistilla se coló en su cama, buscando remendar la soledad que las circunstancias habían dejado en sus cuerpos. Durante esos días el maestro no madrugó y las campanadas de la iglesia repicaron en oídos sordos hasta casi las nueve. Ante la dicha, Juanito intentaba convencerse de que el peligro había desaparecido y que quizás podría retrasar la huida unos meses más, pero los sonidos de las ráfagas de disparos al amanecer le devolvían tristemente a la realidad.
El tío Juan había asumido la soledad desde bien pequeño. El lastre congénito de su cojera le había condenado a una vida sencilla sin demasiadas pretensiones. Desde niño se refugió en los libros, los tebeos de la Familia Ulises y las meriendas en solitario de pan con aceite y azúcar, sin tener apenas amigos con los que compartir unos ratos de juegos y risas. Durante las largas convalecencias de sus operaciones, su madre le había puesto un maestro particular, don Telesforo, que además de llenarle la cabeza con sumas, restas y rimas asonantes, le adoctrinó en el ateísmo y en los cuatro principios del buen anarquista: ni dios ni rey ni amo ni ley. Sobra decir que Juanito fue un alumno ejemplar y que don Telesforo ganó un fiel adepto a su causa libertaria.
Entre la arcilla, el agua y la leña giraba el universo doméstico de la infancia del tío Juan. Durante siglos, el alfar había ofrecido una ocupación digna a los artistas del barrio y buenos ingresos a los Medina. El horno, de planta circular y cúpula abovedada, tenía la particularidad de conservar elementos extraños traídos por los moros de la lejana Persia, razón por la que era considerado un objeto de culto por los historiadores. Juanito se haría cargo un buen día de todo este legado milenario, porque así estaba establecido en la tradición familiar.
No obstante, todas las esperanzas de sus padres estaban puestas en los logros musicales de su hermana Isabel. La voz de soprano de la muchacha había encandilado a media ciudad y sus dotes melódicas ya eran bien conocidas por los altos cargos de la curia.
Encarnita llegó a la vida de Juanito cuando éste dejaba atrás los últimos ramalazos de la infancia y su hermana se había convertido en un modesto personaje público. La niña se presentó en la casa con un vestidito verde de volantes, que le había cosido su madre con cuatro retales y una tira de encaje bordado. Llevaba el pelo negro recogido en dos sencillas trenzas y olía a jabón de lavar la ropa. La Encarni tenía unos ojos verdes gatunos que llamaban la atención y unas pestañas tan largas que abanicaban el aire cuando las movía. Era la hija de la modistilla de la calle del Agua. Pobres pero decentes.
—Una criatura huérfana de padre pero más lista que los ratones coloraos —le comentó al tío Juan su propia madre.
Desde aquel día, y a lo largo de casi una década, las dos modistillas, madre e hija, vinieron a la casa de Juan todos los martes y jueves con el propósito de arreglar pantalones, cortar camisas, zurcir medias y, fundamentalmente, para preparar el ajuar de Isabelita, que ya paseaba durante las tardes de los domingos del brazo de su futuro marido.
La niña cambió por completo la vida de Juanito. No solo fue su alumna, ya que el muchacho se encargó de enseñarle a leer y a escribir, sino su compañera de juegos, lecturas y meriendas, llenando la existencia del tímido cojito con una alegría que no había conocido antes. De esta forma, las enseñanzas de don Telesforo fueron transmitidas con la misma contundencia también a la niña, que asimiló sin filtros tanto la parte académica como la política. Viendo tan feliz a su hijo, la madre de Juan hizo todo lo posible por retener a Encarnita; de esta forma se inventaba tareas de costura para que las modistillas tuvieran siempre un motivo para venir.
Nadie se esperaba la boda de la Encarni, y mucho menos con aquel señorito de tres al cuarto. Su madre se empeñó en casarla con un pelele sin escrúpulos, un relamido que presumía de gastar el dinero de su padre en ropa nueva y brillantina para el pelo. Según les contaba el galán, era hijo de un terrateniente de la Vega que se había hecho medio rico con el tabaco y la remolacha. Luego resultó que todo era una farsa; bien cierto era que el padre del Ruinas tenía tierras, pero de secano; un centenar de hectáreas en un pedregal que solo daba para criar unos olivos esmirriados e hileras de almendros más secos que el ojo de un tuerto. Pero de eso se enteraron cuando la pobre muchacha, para complacer a su madre y con apenas dieciocho años, le había dado ya el «sí» al chulito del barrio, en el mismísimo altar mayor del Monasterio de Santa Isabel la Real.
Al enterarse de la boda, Juanito pensó morir. Tras el entierro de su padre se había hecho cargo de la alfarería y tomó la decisión de encerrarse en el oficio para matar su pena. Se agarró una tristeza crónica que apenas soltaba los viernes por la noche en la penumbra de la taberna, donde tenían lugar las reuniones semanales del sindicato. Ni siquiera conseguía olvidar a la joven modista mientras dormitaba en los brazos de aquellas mujeres de vida alegre, que buscaba alguna noche por las viejas casas de la calle Jazmín.
