Candela - Daniela González - E-Book

Candela E-Book

Daniela González

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Beschreibung

El mundo cambió y los libros ya no son parte de esa nueva realidad. El conformismo de las personas por la monotonía de despertar y encontrar lo mismo de siempre los llevó a aceptar todo. En la oscuridad de la noche estará Luz, una chica con ganas de salir en busca de ese pasado. ¿Dónde están todos esos libros? ¿Quién los cuida? Siempre existirá un motor vital en cada uno, pese a todos los obstáculos que se presenten, pero hay que saber buscar. Luz aprovechó el encuentro con el último bibliotecario en la Tierra para sentir que algo podía hacer. Entonces, ya no hay excusas para vivir sin sentir ni amar. Solo hay que prender la candela y peregrinar hasta hallar eso que no nos deja dormir por las noches. Y luchar, aunque la felicidad sea un delito.

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

González, Daniela Gisela

Candela / Daniela Gisela González. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

206 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-742-0

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Fantásticas. 3. Literatura Fantástica. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Medina Figueroa, Daniela

© 2021. Tinta Libre Ediciones

CANDELA

Prólogo

Hace un tiempo, viajaba en colectivo a estudiar a una ciudad vecina. Un señor muy bien vestido, me preguntó qué estudiaba, ya que era obvio que lo hacía por la gran cantidad de apuntes que llevaba en mi falda.

—Estudio Bibliotecología —respondí entusiasmada.

Él, en un tono burlón, me respondió:

—Y eso ¿qué es? ¿Bibliotecaria? Qué rara carrera elegiste —me dijo—. Yo creo que los libros van a desaparecer, no deberías estudiar eso…

Yo lo miré con una sonrisa triste y me di vuelta, me quedé mirando sus palabras. Sí, las quedé mirando, no quería sentirlas. Y me acordé de Borges y su paraíso en la biblioteca y pensé en mis sueños, esos que tiene todo estudiante cuando estudia lo que le gusta, cuando se ve haciendo lo que le gusta. Me vi como Borges en mi paraíso de libros.

Y no quería escuchar al hombre y su gran discurso de avance. Mi Candela estaba encendida y yo sabía a dónde iba…

Este libro llega con su luz efímera del futuro, nos pega con enorme fuerza y creo que desnuda impiedades, omisiones y falencias humanas de la sociedad a la cual nos estamos acercando cada día. La alegría light de una sociedad vacía. Todos alguna vez nos sentimos aislados frente a la tecnología que nos halla, nos acaricia la mejilla y nos duerme… Aunque siempre hay una luz que emerge y se niega a lo preestablecido.

Ahora entiendo por qué Daniela me eligió para escribir su prólogo; Bibliotecaria y profesora en Lengua, amante de los libros y la lectura. Alguien me presentó alguna vez este mundo vacío que Daniela claramente nos muestra, pero yo elegí creer que podía encender la Candela y continuar mostrando mi Luz.

Espero que sigas brindando luz y letras a este mundo.

Mónica Barrios

Quitilipi-Chaco

I

La bicicleta pesaba más de lo normal. Al parecer olvidó inflarla antes de salir y ahora no tenía ningún sentido esperar con satisfacción un resultado favorable. El calor se presentaba con terrible irritación. Sus sentidos parecían dormirse. Sentía la boca entumecida y sin líquido. Un fuego que la envolvía desde dentro.

Se había acostumbrado a no sentirse tan sola. Pero ahí estaba, en una noche donde el frío pelaba los huesos, esperando que una sola luz acariciara con su presencia el alma de unos cuantos que se refugiaban en la tan temible oscuridad. Parecía sumergida en esa profunda meditación cuando dobló la esquina. Su mirada se posó en aquel lugar enorme que contenía cierta aura. Su ofuscación fue de gran magnitud al comprobar que no veía exactamente lo que había adentro. La oscuridad de la calle y la poca iluminación del lugar hacían que su cabeza diera tumbos en la incertidumbre.

—El patio. El patio. El patio —repetía frenética.

Lugar donde los… los… nadie sabía lo que ocurría cuando las luces eran encendidas. ¿Qué pasó? ¿Por qué lo cerraron? ¿Qué era lo interesante de aquel cuchitril de mala muerte?

Jamás se había despertado en ella el interés de encontrar un lugar al que nunca había asistido e imaginar situaciones. Nunca había ido.

—El patio. El patio. —La única y gloriosa oración que sus labios desprendían a medida que pedaleaba. Cada vez con más fuerza. Cada vez con más hastío.

Hizo una maniobra brusca y la bici le devolvió con buen talante. El conductor de la camioneta puteó o dijo algo displicente. Lo supo al notar sus ademanes exagerados y el contorno de sus labios moviéndose con vehemencia.

La incertidumbre la abrumaba totalmente. Dejó la bicicleta recostada al lado de su pieza. Había dejado la ventana abierta para que nadie sospechara de sus paseos nocturnos. Estaba prohibido. Bueno, las personas prohibieron esto porque así lo querían.

Se sentó en el borde de la cama. Recuperó el aliento y fue al comedor. Allí estaban los otros, ocupados en beber y mirar sus aparatos. Las imágenes se desplegaban en un vaivén sin cordura. Los envolvían en esa nube inconsciente, dejando que el mundo siguiera su curso. Sin esperar nada, sin preguntarse qué pasaba allá afuera, mientras uno se encontraba encerrado.

—¿Qué pasó con ese lugar de la esquina? Ese que está abandonado. El de la esquina —repitió la palabra con aire inquieto.

—¿Por qué te interesa? —preguntó Damián con acritud, levantando la vista y mirándola apenas—. Es un lugar al que nadie… a ver, a ver, mostrame lo último en moda.

—Podés decirme qué pasó y listo —repuso, tocándose la cara con la punta de los dedos.

Él dejó el aparato sobre la mesa. Parecía fastidiado con la presencia de su única hermana.

—El dueño se cansó y dio por terminada la sociedad —dijo. En su rostro, un hilo de transpiración le recorría ligeramente—. Y bueno, ya no había más nada que hacer. Las épocas cambiaron. A nadie le importa…

El ladrillo que había puesto encima de la mesa se encendió de repente. Con expresión de recelo, lo agarró y empezó a teclear furioso, olvidando que hablaba con ella.

—Ah. Pero uno no se cansa y abandona todo porque sí. ¿Hubo alguna disputa entre los socios? ¿Alguien estafó a otro alguien? Digo… porque pasaba antes. ¿O no? —preguntó con impaciencia al ver que su hermano ya no la escuchaba.

—No, no. Bah, no sé, Luz —dijo con expresión azorada—. Buscalo en otras personas esos datos, a mí no me molestes. Ves, ahí está mamá, preguntale a ella. Seguro te ayuda en tus locuras.

Luz miraba atentamente a su madre. Esta levantó con dificultad la cabeza del plato con polenta que comía. Negó suavemente y volvió a posar la vista en la comida. Tomó el plato que la esperaba en una punta de la mesa, muy a pesar de que no la satisfaría. Dejó todo como estaba y empezó a masticar lento. Su mamá preguntaba sobre los artistas que lucían lo último. La televisión respondía con lacónicos gestos que incomodaban a Damián. Sin embargo, ella no quería liberarse de la única intriga del día. Tenía que saber lo que estaba pasando. Aunque eso conllevara atragantarse y casi morir con un pedazo de pan. Lanzó una carcajada ante la estupidez y se levantó.

La cena había terminado.

II

Las luces de la tele se encendieron de pronto. Las voces, el gran palabrerío en fuga que se desató anunciando las últimas noticias. Un tipo había asesinado a otro; el ladrón que había apuñalado a una muchacha porque no quería entregar el celular y, por supuesto, este no estaba dispuesto a regatear con ningún ser. Las cámaras advirtieron algunas de estas situaciones que eran menores y cotidianas. Nadie accedía a darle mayor importancia. Pero en su casa, el único que era capaz de enfurecer ante las últimas era Damián. Él se perdía en cólera cuando los periodistas anunciaban hechos semejantes.

Ella lanzó un grito ante su falta de amabilidad. No podía ser tan cruel ante las tímidas preguntas que le hacía.

El atrapasueños marcaba las ocho y cuarto. Estaba vacía. ¿No había dormido? ¿Había consumido anuncios publicitarios toda la noche? Se enloqueció al creer que esa vida insulsa que llevaba, era también una manera de desperdiciar su tiempo.

Se fue al baño para comprobar que sí había dormido. La verdad pudo distinguirse en ese antiguo espejo que la despeinaba y la volvía a peinar en situaciones remotas. La puerta se abrió apenas. El sonido agudo despertó a su madre y fue a verla. Preguntó algunas veces si se sentía bien o si necesitaba algo. No hubo contestación, bueno, el silencio hizo de las suyas.

Se contemplaba en el vidrio y sentía que no pertenecía. Algo faltaba, tal vez su otra mitad se había ofuscado o se había perdido. Había algo en aquel lugar atractivo. La sensación de sentirse demasiado excitada. Un amor que despertaba desde lo más profundo y que, por desgracia, no recordaba.

Otra vez la voz muerta de su madre le sacó de sus más insistentes cavilaciones.

—Vení a desayunar. Tenés que salir después —anunció detrás de la puerta.

—¡Ya voy! —gritó y luego habló por lo bajo—. Mierda.

Se deshizo de todo. Volvió al reflejo de su rostro sin huellas y sin consuelos. La cama seguía revuelta, dejaría todo como estaba. Para ella era mejor tener recuerdos de una noche como la que había vivido.

Para sorpresa matutina, tenía la desaparición de su hermano. Había salido y su mamá tampoco interrogó demasiado. Vio que ella se mecía en un sillón con la pantallita y los auriculares puestos. Ni siquiera volteó a mirarla, dejó que se sentara e hiciera lo que se le placiera. Llamarla para desayunar o cenar era la única responsabilidad que sentía como madre.

Comió como de costumbre, mientras observaba detenidamente los gestos que su mamá hacía con cada pirueta de luz. No creía que la vida fuera eso únicamente. ¿Había algo más que pudiera despertarla de su eterna monotonía?

Inmersa en esos pensamientos, de pronto el aparato de Damián se prendió. Alertaba un nuevo mensaje. La curiosidad está incluida en todos los actos del ser humano. Una placa que no puede ser removida porque sí. Vicki, Vicki, Vicki. Siempre y la pesada de la cuadra siguiente. Atosigando sin cesar. Quería comunicarse con él. Tal vez él había salido por ese motivo. Tal vez al fin iría para cortar con esa absurda relación. Por eso no la veía hacía días rondar los pasos de Damián. ¿Se habían peleado?

Su hermano tenía un gusto particular con las mujeres. Ellas eran las que debían adaptarse a él, a sus maneras de ver todo. No soportaba la idea de bancarse a alguna revolucionaria o que fuese en contra de lo establecido. Además, en sus planes nunca había incluido vivir con alguien o llevar una convivencia.

Dejó, por supuesto, lo que no le pertenecía y se fue. Había olvidado la bicicleta en el mismo lugar de la noche anterior. Estaba recostada a la espera de una nueva aventura. En términos de autocastigo, a cualquier conducta fuera de lo normal.

El día estaba con probabilidades de llover. El viento sur era lo bastante fuerte para enfriar los pulmones a cualquiera. No cualquiera era capaz de arriesgarse a semejante cambio de temperatura. Sin embargo, ese alguien era Luz. Iría a visitar el lugar abandonado, un poco para encontrar algún rastro de los que antes anduvieron por ahí.

Algunas cuadras la separaban del lugar. Eran alrededor de cinco cuadras o un poco más. Montó la bicicleta y salió en busca de algo desconocido.

Al llegar, miró hacia los costados y tuvo la sensación de no estar sola. Seguramente el temor de ser descubierta le jugaba en contra y de seguro nadie se atrevería a seguirla sin motivos.

El recinto estaba dividido con algunos estantes que cruzaban en varias direcciones y se expandían de manera vertical. Era como ver un espectáculo en solitario, esperando la llegada del artista. Pero en soledad. Estaba completamente sola y a oscuras. Un estremecimiento la recorrió e hizo que volviera la vista donde había dejado la bicicleta.

Las paredes desconocidas y el ambiente deshabitado provocaban en ella cierto ánimo de desesperación, pero por algo o alguien que llenase el vacío de incertidumbre que se desataba en su interior. Estaba ahí. No podía desistir de lo que creía correcto y de lo que le permitiría ver por primera vez algo distinto.

Caminó despacio, sintiendo cómo las piedras chirriaban y se hundían en la tierra húmeda. Adentro hacía un frío atípico, como si el aire hubiera entrado por las ventanas y envuelto todo el lugar. Parecía que estaba sucio, pero no había ningún indicio de desperdicios. Ni siquiera había olor a putrefacción. Sin embargo, las moscas se alteraban y revoloteaban en el cuerpo de Luz. El zumbido era demasiado molesto y a cada paso su mano hacía ademanes raros para espantarlas. Cada paso, más oscuridad. Cada paso y más perplejidad.

En un recoveco que parecía había sido construido para una habitación nueva, había una puerta tirada. Intentó levantarla para ver qué había debajo, pero no pudo debido a su peso. La dejó. La penumbra era insoportable, prefería estar a oscuras completamente y no guiarse por la poca luz.

Un piso sin mucha mugre. Estantes vacíos en posición vertical. Algunas sillas y un ventilador que de vez en cuando giraba con el viento que se escabullía por una ventana trasera. También había hojas esparcidas por todas partes. Sin contenido y sin garabatos que despidieran señal de vida. Alzó una, pero no vio nada. Solo algunas gotas de barro y lo demás era pureza.

Levantó la vista para observar detenidamente la puerta y notó las mismas manchas de barro. Hacían un recorrido desde abajo hasta la mitad de la puerta. Sin dudas, alguien había estado jugando a lo puerco unos días atrás y no se había dado cuenta de que había ensuciado y desparramado todo. Sintió una tristeza repentina que no conocía. El viento era cada vez más feroz y sin duda anunciaba una nueva tormenta. Todas las nubes se arrinconaban para cerrar el cielo y dar paso al aguacero. Pero algo detenía que se desatara.

Buscó a tientas la salida. Casi no recordaba el camino y cuando sus manos se posaban en la pared para verificar, todo se derrumbaba. Pedazos de cemento se deshacían y chocaban en el suelo con vehemencia. Costó encontrar la salida iluminada, pero cuando lo hizo, sintió que se liberaba al fin.

Una capa de transpiración le cubría la frente. Además de la desesperación de verse sola y con el tiempo a punto desmoronarse en su cabeza. Corrió hacia la bicicleta y se marchó. Nada le impediría llegar más rápido que la última vez. Pero la suerte no la acompañó y algunas gotas fueron a parar directamente a su rostro, molestándola durante todo el camino.

III

El día despuntaba con resplandor. No había ningún vestigio de la lluvia anterior. Ni siquiera el olor que desprende la tierra después de que el agua la penetra. Parecía que había vivido un sueño. Se palmeaba con interés para demostrarse que todo lo había vivido. Que allí había estado.

Miró por la ventana y vio que en la vereda estaba Vicki. No fue sorpresa verla, con esa cara de descerebrada y a punto de llorar. La compasión y las ganas de saber qué era lo que ocurría hicieron que saltara por la ventana y se dirigiera a ella. Se decepcionó al ver a Damián sentado algunos pasos lejos de ella.

Frenó y abrió grandes los ojos al sentir que era la tercera en la pelea. Arregló su cabello y mojó sus labios con su propia saliva. Esperó a que su hermano la reprendiera. Nada. Él siguió mirando sus pies y ella buscaba con cara de tonta encontrarse.

—Hola, Vicki. ¿Necesitás algo? —Disimuló haber visto a Damián algunos centímetros alejado.

Ella la miró con recelo. No podía descubrir quién era realmente esa persona a la que su hermano había amado. Todo parecía indecisión u obstinación. Durante las noches escuchaba sus voces y peleas. Y al día siguiente su reconciliación marchita.

—Decile que se vaya —le dijo ella. Le pareció de mal gusto que promoviera su retiro.

Su rostro era perfecto. Tenía una simetría algo extraña, que no encajaba del todo con el contenido de su cabeza. Además, era muy buena actriz; era sorprendente que su hermano la hubiera elegido, sin notar lo que en realidad era, porque se acostaba con todos los que salían a su paso. Lo engañó tantas veces como cabello artificial tenía.

Luz se rio ante su hipocresía. Esta vez sí miró a Damián e hizo una mueca de desprecio. Sus ademanes eran tan contundentes como demoledores. No conseguía despegarse de la mala onda cuando alguien no le agradaba o iba en contra de sus lineamientos. Y no se trataba de envidia ni de rencores pasados. Siempre había sentido la necesidad de actuar de esa manera con cualquiera que saliera con él. Una protección innecesaria.

—¡Ey! Luz. Hablale a tu hermano —Parecía desesperada—. Decile que me hable a mí. No puede estar toda la mañana mirando sus pies sin hablarme.

Estaba dispuesta a darse la vuelta y perderse, pero algo dentro suyo le pidió que no actuara de esa forma.

—Decile algo, Luz —volvió a insistir. Estaba avergonzada de sí misma.

Luz no volvió a mirarlos. Estaba harta de escenas como aquellas. Lo llamó. Sabía que no se iría hasta convencerlo de su amor puro e idealizado. Pero si algo tenía él, era que jamás cedería a los caprichos de ninguna mujer. Damián hizo caso omiso y se fue por la vereda de enfrente. Ni siquiera volteó para mirar o decir algo al respecto. Vicki tuvo que entender que no podía hacer más nada. Él era el único que podía decidir.

Ellas se miraron, consternadas ante la decisión. Pero solo duró unos segundos y Luz se fue. Dejó que Vicki se lamentara en la vereda. Al caminar en dirección contraria, casi pisó la cola de la gata Minina, que se ronroneaba plácidamente.

Los animales tienen un poder extraordinario para captar las sensaciones de su dueño. Y esta no estaba fuera de ese grupo. Seguía todos los pasos de Damián. Pues él, de alguna manera, se había convertido en su salvador al traerla del refugio. Estaba apestosa y mal alimentada la pobre. Le faltaba un diente y parecía haber combatido no solo con los de su especie, sino con perros también. Al no sentir la presencia de su dueño, comenzó el ronroneo. Era triste tener que ver cómo se alejaba y la gata lo observaba.

Luz entró a su habitación por la ventana, pero pronto se reestableció y siguió viendo lo que pasaba afuera, siempre desde un agujero que había en la madera. Pensaba en lo difícil que era tener una relación. Para suerte de ella, jamás había conocido el sentimiento que se requería y, por ende, todo era superfluo.

Entre ellos la cosa no iba para nada bien. Él de seguro no sentía nada más que placer y un alto autoestima por estar con una muchacha linda como ella. Habían cultivado un sentimiento basura y todo terminaba en un ida y vuelta indisoluble.

Vio que Vicki acarició a la gata con una tenue inseguridad de ser también rechazada y encima rasguñada. Se levantó y se limpió las manos por el pantalón corto. Luego, sus manos se posaron sobre su cabello lacio y mal teñido y se fue.

La gata estaba chocha por sentirse halagada. Se habrá fascinado con adivinar el destino de aquel hombre al que debía su fortuna. Se escabulló por debajo del portón y escaló hasta llegar al techo. Sin duda, estaba dispuesta a esperarlo, siempre.

Luz se dejó influenciar por las ganas terribles de saber qué es lo que ocurriría luego. Quedó pasmada al ver que ya había pasado todo. Que nadie advirtió que después de un encuentro fallido, el tercero se queda con más preguntas. Nada le impedía formular algunos interrogantes que al final no importaban. Imaginó un nuevo encuentro donde él la abrazaba, donde ella se convertía para siempre en guardiana de su amor y donde aceptaba que Damián se casara con ella. Asqueada, Luz desterró el pensamiento y lo olvidó.

Los dejó en ese instante y miró donde había estado la gata. Si prestaba mucha atención, se daría cuenta que seguía ronroneando. Esa era su forma de decir que ella también se hacía algunas preguntas.

Volvió a entrar directamente al mundo que le correspondía. Pasó por los cuartos y mamá no estaba. En realidad, dormía, pero era una forma de decir que no estaba. Había cambiado su manera de actuar desde que papá se fue con esa chica artificial. Al principio, hasta Luz se había mostrado amable con la ladrona que mostraba los senos de plástico. Se las había arreglado para cocinar exquisiteces y sonreír con las pavadas que ellos decían.

De a poco se lo llevó. Y ahora mamá duerme. Siempre duerme.

IV

La puerta del lavadero estaba semiabierta y no era habitual que hubiera gente lavando de noche. Ella se acercó para cerrarla, pero esta le pegó fuerte en la cara, dando directamente en su nariz. Se detuvo a corroborar que su cara estuviera puesta aún en su cabeza. Dio la espalda al lavadero y llevó sus manos a la nariz. Admiró su propia sangre, color marrón, que despedía por la nariz. Las manos estaban cubiertas de todo el líquido. Se le hacía extraño que no doliera. No obstante, algunas lágrimas, propias de su sensibilidad, rodaron por su cara.

Se incorporó tan pronto como pudo y vio que su mamá salía. Sus pasos vacíos chocaron contra la puerta, producto de la ceguera que causaba tantas horas con aquella lucecita. No se atrevió a decirle nada. Se comió las pocas palabras, entendiendo que ella ahogaba de esa manera su dolor.

Irene, su madre, no pudo distinguir el golpe que le había propiciado a su propia hija, así que la saludó y siguió su paso. Tantas veces había deseado que se detuviera un instante, la mirara una, dos, tres veces y se diera cuenta de que estaba ahí y no era un objeto. No causaba dolor ni nada. Era su hija.

Su fisonomía era bastante atractiva. Tenía el cuerpo delgado, tez blanca, ojos marrones y cabello castaño. Era lo suficientemente alta, como para pasar por modelo retirada. Además, tenía un carácter débil. Estaba destinada a fracasar pues no tenía el valor de enfrentarse a demasiadas situaciones fuertes.

Hizo caso omiso a todo lo que giraba alrededor de ella. Luz entró al lavadero, buscó no sé qué y se encontró con algunas ropas sucias, el jabón arrojado por doquier sobre el fuentón y el lavarropas en una posición rara. Cualquiera diría que mamá había estado en una batalla con el lavado y no con la intención de limpiar.

Las zapatillas de Damián estaban en un estado deplorable. No estaba segura de si ella los había dejado así a propósito o si su hermano había tenido una pelea y los utilizó como armamento. De todas maneras, era extraño que Irene estuviera sentada en la mugre, siendo ella tan perfeccionista en todo. Realmente era algo fuera de lo común.

Buscó conjeturas que establecieran una relación entre las acciones, pero ella siempre había tenido secretos. Se guardó todo tipo de comentarios. Cerró la puerta del lavadero y cuando estaba por dar la segunda vuelta, Irene la llamó. Su voz áspera e insegura ponía a cualquiera loco. Salió a su encuentro, preocupada, pensando en lo que pasaba.

—¿Qué pasa? —dijo frotándose las manos y la nariz.

Le entregó un chocolate. Sus manos al rozar las de Luz temblaban y estaban frías.

—¿Qué tenés mamá? Tus manos están… —no pudo terminar de decir la frase y ella se rio de sí misma.

—Nada, nada. Deben estar frías porque estaba lavando. —No la miraba a medida que hablaba; bajaba la vista.

—Bueno. ¿Y esto? —Señaló los chocolates—. Decime que no es de Damián, me muero.

—Está pesado con eso de la muerte, al parecer. Creo que fue de su noviecita, pero lo tiró. Y como a vos te gustan esas porquerías. ¡Ah! Y agradecé que no lo tiré.

—Mamá, vos no sos del todo he… —lo decía a regañadientes.

Irene parecía no escuchar bien lo que ella decía.

—Estaba buscando, pero no lo encontré —contestó escudriñando la habitación.

—¿Qué estabas buscando, mamá? —Luz también buscaba, pero no sabía a lo que su mamá se refería.

—Eso, eso… Eso busco —su voz temblaba. Apoyó sus manos en una silla para no caerse.

—No vas a encontrar el arma. Ya te dije que la esconderé en el mismo infierno. Bueno, si aún existe eso.

Irene retrocedió hacia la puerta del lavadero, moviendo la cabeza. Según su intuición, el revólver estaba ahí. No estaba segura para qué lo quería, pero lo necesitaba para sentirse más segura.

Dejó que su hija siguiera hablando y se marchó. Luz se había preguntado muchas veces por el estado mental de su mamá y por qué nada, ni siquiera sus hijos, le importaba. Era más fácil terminar con la vida que adaptarse a lo nuevo.

Hacía años que las cartas habían dejado de existir, y esto debido a que los nuevos romances se establecían de una manera precipitada. Por ende, la situación sentimental que llegara a tener Irene sería complicada. Desde que murió el padre de Luz, unos cuatro años atrás, ella se había arrojado al qué me importa. Y al que me importa verdadero, en todos los sentidos.

Todo texto fue suplantado por una serie de caritas animadas que cada semana traían un movimiento raro. Fue una manera de mostrar lo que uno realmente sentía y cómo se encontraba. Las bribonas imágenes tenían color y animación que llamaban a mirarlos reiteradas veces.

Un estremecimiento le recorrió el cuerpo al evocar sus borrosos encuentros en el lugar. La nostalgia por algo que imaginó y que no ocurrió. En su cabeza llegaron algunas de esas caritas para ponerle “letra” a sus más íntimas sensaciones.

Esa noche no saldría. El tiempo seguía inestable y corría peligro esta vez de que la atraparan. Prendió la lámpara de su habitación y se sentó a la orilla de su cama. Sacó el papel de su pantalón. Este seguía con la mancha de barro, pero con algunos garabatos que no entendía. Al ver eso, se asustó y arrojó el papel. Este cayó en el suelo.

“Señorita de la bicicleta: quería agradecerle su visita a la biblioteca Fontaine y, por supuesto, su amabilidad al no destrozar lo poco que queda de ella. Desde el comité, queríamos invitarla a pasar unos días donde aprenderá el arte de leer. Podrá sumergirse en las profundidades de las palabras que todos conocemos y tememos. Sabemos que al tener estos garabatos en sus manos no entenderá. Pero confiamos en sus nobles sentimientos para volver. Tiene el espíritu de investigador, eso nos agrada.

Esperamos verla pronto. No estamos solos, aunque lo parezca.

Saludos.”

No pudo dominar la emoción. En aquel lugar no había nadie y tampoco había ejemplares de libros. Aunque ella no conocía ese término, estaba segura de que el lugar estaba desprovisto de cualquier objeto. Las personas habían dejado esa actividad hacía mucho tiempo. Solo unos cuantos fueron capaces de guardar ese patrimonio único. Los dirigentes olvidaron conmemorar esa parte importante que es la lectura y dejaron de invertir. ¿A quién le importaba?

Se dejó caer en la cama y extendió todo su cuerpo a lo largo del colchón. Con el rostro pálido y los labios temblorosos, dijo:

—Busqué y encontré. ¡Ufa!

Masticó las palabras de a poco y sintió que la cabeza se le hacía más chica. Se puso de pie y comenzó a pasearse por el cuarto. No tuvo el coraje de levantar el papel y volver a mirarlo.

Jugó al escondite. Volteaba para sortear el destino y ver si al volver esos garabatos desaparecían. Daba algunos pasos y se encontraba nuevamente con la carta abierta y todo su contenido intacto. Aquellas letras lucían una pulcritud envidiable. Estrujaba su cerebro intentando recordar alguna cara, alguna sensación de estar con alguien.