Cantares de Iasa - Bernardo García Ramírez - E-Book

Cantares de Iasa E-Book

Bernardo García Ramírez

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Beschreibung

Iasa es una tierra de fantásticos paisajes y mágicas criaturas, donde los dragones están lejos de ser el mayor peligro y donde la muerte acecha en cada rincón. Es en este mundo donde Iloinen, un pequeño niño elfo eterno, comenzará su travesía para ser el primer rey de los aatos y unirlos a todos bajo un mismo estandarte. Después de quedar huérfano, Iloinen se encuentra con Leijona, un espíritu primordial que busca a aquel que será digno de ser rey y tomar su poder; es este espíritu quien lo criará como su hijo y enseñará que ser rey no significa gobernar sobre los demás, sino para los demás. Pero para Iloinen no será fácil, pues Kuolema, el Doem de la muerte, buscará en todo momento evitar que el eterno consiga su cometido y pondrá en su camino a temibles líderes tribales, quienes intentarán arrebatarle la oportunidad de ser rey e, incluso, su propia vida. ¿Qué sucederá cuando un alma eterna enfrente a la muerte?

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Seitenzahl: 514

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Bernardo García Ramírez

Mapas y tablas © Bernardo García Ramírez y Steffany Fayne Lichtle

Fuente Kurjeumot © Steffany Fayne Lichtle

Ilustraciones © Noemi Silva Salinas

Fuente Cardinal Alternate © Dieter Steffmann

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-817-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A mi hijo Bernardo, pues si puedo dejarte algo en esta vida espero que sea la capacidad de soñar con un mundo mejor y el valor para afrontar las adversidades con honor. Quiero que sepas que tú fuiste la inspiración para darle nombre y personalidad a Iloinen.

Este libro no se hubiera logrado sin el apoyo de unas pocas personas a quienes agradezco de todo corazón. A Fany por su paciencia y amor, no solo al leer mis textos una y otra vez, sino en toda nuestra relación. A mi madre, quien dedicó toda su vida a sus hijos, y ahora también a sus nietos. A mis hermanos, que de una u otra forma me han brindado su apoyo. A mi padre, a quien he conocido únicamente por las historias que me han sido contadas, y de quien sé que sentiría orgullo al sostener y leer un libro escrito por uno de sus hijos, lo que se ha convertido en una de las principales motivaciones.

¡Sarcasmo ruin de la suerte

para el alma dolorida,

no ver hermosa la vida

sino al dintel de la muerte!

E. Florentino Sanz

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Descarga el mapa:

En cierto momento no había Vida ni Muerte, Luz ni Sombras, no había Principio ni Fin, no existía Tiempo, ni siquiera había Materia, pero había Espacio y este se sentía solo, pues únicamente sus pensamientos le hacían compañía, y solo pensaba en sí mismo, pensó en su nombre y decidió llamarse Tila. Continuó pensando en sí mismo hasta que en un momento pensó en alguien más, y de sus pensamientos nació el Tiempo, a quien llamó Aika.

Tila miró a Aika y pensó que este era exactamente como él, aunque no alcanzaba a entenderlo; siguió observando y se percató de que dentro de Aika habían nacido dos pequeños seres y que sin ellos Aika no podría existir; uno había impulsado al Tiempo y se habría puesto a dormir, mientras que el otro estaba cerca de despertar, a estos pequeños instantes dentro de Aika los llamó Periaate y Pää. Tila pensó que si uno había dado inicio a Aika, el otro lo terminaría y con esto volvería a quedar solo y eso era algo que no estaría dispuesto a aceptar, así que, sin perder un solo instante se dirigió al primero de estos seres y lo despertó y le explicó que no quería volver a estar solo y que con su ayuda podría evitarlo, quería que lo ayudara a crear a alguien idéntico a Aika, pero que no dependiera de Pää; y así los dos trabajaron, pero Periaate no entendía a Tila, aunque entendía que no quería que Pää estuviera involucrado en este nuevo ser, y sabía que Pää era totalmente opuesto a él y a su vez no podía haber uno sin el otro, por lo que decidió que este nuevo ser no se vería afectado por ninguno de los dos, solo en apariencia, así cuando el Fin llegara, el Principio volvería y le daría una nueva forma.

Cuando todo estuvo listo, Tila vio la creación de Periaate y no era nada de lo que él había dicho, era tan diferente a él y sin embargo sintió en todo su ser que era justo lo que había deseado y que lo llenaría de una forma en que no lo hubiera imaginado, Periaate la había llamado Jutut y desde ese momento Tila la amó y ella lo amó a él.

Tila felicitó a Periaate por su creación tan acertada, pero este le explicó que no habría sido él quien la creara, al menos no en su totalidad, sino que habría tomado un pensamiento de Tila y le habría dado la ilusión de dependencia de Principio y Fin, así mientras no los conociera, estaría sujeta a una constante evolución y si esta se perdiera, también lo haría la Materia.

Tila y Periaate se encontraban platicando, cuando Pää despertó y decidió que era momento de acabar con Aika, pero justo en ese momento observó a Jutut y no le gustó que Periaate la hubiera creado sin su ayuda, así Pää se dirigió a ella y se propuso a terminarla, y sin que Tila y Periaate pudieran hacer algo, este la tocó, pero la Materia que se encontraba distribuida por todo el Espacio no desapareció, en su lugar comenzó a moverse y a juntarse en un solo punto.

Jutut era pequeña, pero desbordaba poder, tanto que en un instante recorrió todo el Espacio en todas sus direcciones haciéndolo crecer aún más y constantemente, tanto que Pää no podía recorrer tan grandes distancias para terminarla. Tila entendió entonces que Jutut también lo amaba y ofreció para ella todo cuanto pudiera darle, pero Jutut solo le pidió una cosa, libertad; libertad para dirigir su camino, libertad para seguir, libertad para volver y sobre todo libertad para crear, y con esto Tila tuvo dudas, pues no sabía qué más podría crear, pero no tuvo inconveniente y este fue su regalo.

Jutut no tardó en cumplir su deseo y se valió de sí misma para crear las estrellas y con ellas nacieron Valo, que resplandecía todo cuanto tocaba y Varjo, que no podía estar donde estaba Valo y todo lo llenaba de oscuridad; de la obsesión de Pää se valió para crear nuevos cuerpos a partir de las estrellas, y cuando llegaba el momento nuevas estrellas aparecían, cumpliendo lo predicho por Periaate, creando un ciclo interminable. Aunque cada vez el desarrollo era diferente, Jutut no se sentía feliz, y Tila al percatarse de esto la cuestionó.

—¿Qué ocurre, Jutut, acaso no te he permitido crear todo cuanto has deseado?

—He cambiado tanto como lo he deseado, mas no he creado nada desde el surgimiento de Valo y Varjo.

Diciendo esto comenzó a llorar y en una roca cercana a una pequeña estrella, arroyos, ríos, lagos, mares y océanos comenzaron a brotar. Al ver esto, Tila tuvo una idea, y a su amada le dijo.

—Tus lágrimas no serán derramadas en vano.

—¿A qué te refieres?

—Tus lágrimas servirán para hacer la mejor de las creaciones.

—¿Cómo sería esto posible? No son más que agua.

—Llamaremos Iasa a esta roca y a la estrella que la domina la llamaremos Sulne, pero necesitaremos otra roca cerca de la primera para poder dar forma a tus lágrimas, y a esta la llamaremos Munle.

—Pero ¿cómo esto podría ayudarme a crear algo excepcional?

—Tus lágrimas se mezclarán con el polvo de Iasa, creando un barro especial que lo permitirá y yo te haré un nuevo regalo que sellará nuestra unión.

Una vez dicho esto, Tila se dirigió con Periaate, pues nadie mejor que él conocía como dar inicio a nuevas formas y eras; para la mala fortuna de Tila, en esta ocasión Periaate no pudo completar su petición, pero Pää, que había estado atento, ofreció su ayuda, aunque lo hizo con una condición, las nuevas creaciones de Jutut serían efímeras, casi imperceptibles. Al no tener otra opción para alegrar a Jutut, Tila aceptó y así obtuvo el secreto del Fin, y con este creó dos nuevos seres, Elämä y Kuolema.

Al volver Tila con Jutut, encontró muchas y variadas esculturas de barro, así pues, solo faltaba que él aportara el ingrediente etéreo para que, aunque fuera por un instante, Jutut viera su sueño cumplido. Así pues, Tila procedió a imbuir en los cuerpos inertes su propia fuerza a la que llamó aatos. Los primeros espíritus que intentó mezclar fueron demasiado grandes y poderosos, y no consiguieron entrar en ninguna de las vasijas; realizó un segundo intento, y en esta ocasión los espíritus lograron entrar en las vasijas, pero tenían tanta fuerza que la promesa a Pää sería quebrantada, pues estos espíritus no abandonarían sus recipientes a no ser que estos fueran destruidos, y aun cuando aquello ocurriese, los espíritus buscarían un nuevo recipiente digno para habitarlo. Habiendo fallado en dos ocasiones, Tila hizo un último esfuerzo, y en esta ocasión tuvo éxito, y Jutut y Tila quedaron asombrados y en extremo felices, y al ver esto, Aika, que había parecido dormido y que era un misterio para los demás, intervino activamente, y con su poder hizo que para estas nuevas criaturas un instante fuera una eternidad.

Los primeros creados fueron conocidos como espíritus primordiales y aunque eran seres etéreos, podían tomar la forma que ellos quisieran, por lo general optando por la forma de algún animal salvaje, y en ocasiones podían habitar en recipientes con una resistencia suficiente a los que llamaban alús; a los segundos se les llamó ikuinen y entre ellos se encontraban los dragones y los elfos eternos, aunque había algunos que habían elegido recipientes menos llamativos. Por último, fueron creados los mortales, todos los animales y plantas que habitarían Iasa; entre ellos los más sobresalientes eran los hombres, los elfos, los enanos y los vaisto, todos ellos muy parecidos, pero con diferencias que en ocasiones les provocarían conflictos. Los hombres siendo los que más se parecieran al resto de las razas, los habría pequeños y altos, gordos y delgados, peludos y lampiños, fuertes y débiles, sus cabellos rojizos, castaños, negros y rubios, y al llegar a la vejez, estos colores tan intensos, siempre se apagarían perdiendo su brillo; sus ojos podrían tener diferentes tonos marrones, azules o verdes; sus pieles de tonos tan variados, pero todos marrones, aunque ansiosos por señalar las diferencias se llamarían desde blancos hasta negros, aun cuando esto no fuera verdad. Tantas serían sus diferencias que en ocasiones a algunos hombres se les consideraría como una raza totalmente diferente.

Los elfos, cuyo aspecto se podría confundir con el de los elfos eternos, con la única diferencia en su musculatura, pues los elfos, aunque ágiles y resistentes, no tienen mucha masa muscular, a diferencia de los eternos quienes tienen una gran fortaleza. Los elfos, siendo considerados los mortales más hermosos, tendrían sus cabellos dorados, plateados, rojizos o negros, eso sí, sin un solo vello fuera de su cabeza; su piel parecida a la de los hombres más claros, aunque más tersa. Los ojos de los elfos, pudiendo ser marrones, azules, verdes, amarillos, grises, rojos e, incluso, violetas, serían los más variados entre los mortales. Y aunque su aspecto físico es llamativo, sería debido a la calidez de su corazón y lo agudo de sus pensamientos que los elfos serían queridos por todos.

En el extremo opuesto a los elfos, se encuentran los enanos, seres de corta estatura, de piel marrón, blanca, gris, negra o azul; con músculos tan grandes que con frecuencia se diría que es imposible encontrar un elfo gordo, pero aún más difícil encontrar un enano débil. Los enanos tienen tanto vello facial y en sus brazos, piernas y pecho, que en ocasiones se les confundiría con animales sin intelecto, pero esto no podría estar más alejado de la realidad, pues serían los enanos la única raza mortal que podría comparar su inteligencia a la de los ikuinen, mas a pesar de su inteligencia su rasgo más distintivo sería su codicia, pues no les importaría vender a su propia madre a cambio de un poco de poder.

Los vaisto, quienes parecieran tener por padre a un hombre y por madre a un animal, serían con frecuencia despreciados por el resto de las razas, y esto queda claro al apreciar que los vaisto no son una raza, sino un conjunto de ellas, habiendo hombres y mujeres felino, ave, lagarto, canino, y muchas más. A pesar de ser constantemente maltratados, los vaisto nunca guardarían rencor alguno, y, tal vez, esa sería su mayor virtud.

Los espíritus primordiales, ikuinen y mortales conocerían a sus predecesores como los Doem.

Al despertar los aatos en Iasa contemplaron las montañas y los valles, los ríos y los mares, las praderas y los cielos y todo cuanto había a su alrededor, y ellos mismos comenzaron a crear, pero al hacerlo herían y trataban con crueldad a sus similares, así los hombres talaban bosques enteros y cazaban de forma desmedida; los dragones devoraban a todo aquel ser que sucumbiera a su fuerza; y los primordiales se alimentaban de las almas ikuinen y mortales, aún sin necesitarlo.

Los aatos no tardaron en percatarse de sus diferencias y comenzaron a dividirse en grupos según sus similitudes, así los mortales al ser mayores en número se expandieron más rápido por toda Iasa y pese a su condición inmortal los ikuinen sintieron celos aislándose y creciendo su poder. Los primordiales fueron los primeros en entender el sufrimiento del resto de los aatos, pues la conciencia de aquellas almas devoradas se mezclaba con las suyas, así el mayor de ellos, Karhú, decidió poner fin al banquete que se daban a expensas de los ikuinen y los mortales.

Mientras los ikuinen y los mortales se multiplicaban de forma desenfrenada, los primordiales no llegaban a una veintena, pero su conocimiento y poder eran muy superiores, algunos de ellos incluso habían llegado a entender la existencia de algunos Doem. Conscientes de esto, decidieron ayudar en el entendimiento al resto de los aatos y servirían como guías, instructores y pacificadores.

Para realizar esta empresa, Karhú reunió a los primordiales y encomendó a cada uno de ellos buscar la forma en que pudiesen ayudar a los aatos y así evitar las matanzas que se estaban llevando a cabo. El primero en encontrar su tarea fue Yökyöpeli, quien al tener una mirada tan profunda era capaz de conocer los secretos de los Doem y conocía el origen de todos los aatos, por lo que se ofreció a ser guía de aquellos aatos mortales de vuelta hacia Tila, además enseñaría a todo aquel aatos que así lo quisiera a ver los secretos de Periaate y Pää, pudiendo así adivinar su destino o conocer su pasado.

Leijona, molesto por no haber sido el primero en hablar y decidir su tarea, dio un rugido que llamó la atención de los presentes; con los ojos puestos sobre él no tuvo más remedio que decidir su favor hacia los aatos, en ese momento llegó a su mente una idea, si el búho los guiaría en muerte, él los guiaría en vida.

—¡Yo los reinaré! —aseveró confiado.

Pese a lo atrevido de su declaración y bajo la duda de su capacidad, el resto de los primordiales estuvieron de acuerdo, era cierto que necesitaban un guía y ningún otro deseaba esa tarea, pues esto significaba tomar un cuerpo mortal o ikuinen como su alús y a su vez los llevaría a devorar el alma de ese cuerpo, algo que ya no estarían dispuestos a hacer.

Después de transcurrido un largo tiempo sin que se mencionara una palabra, Kettu rompió el silencio, él les mostraría el arte de la transmutación para que pudieran progresar y tener un mayor entendimiento, lo que les acercaría a los Doem, además les protegería a todos contra cualquier peligro que les acechara, al mismo tiempo se mantendría cerca para vigilar al león y asegurarse de que cumpliera su tarea pues era sabido por los primordiales que aquel que se hacía llamar rey, aunque confiable, era egoísta y no dudaría en cumplir con lo dicho de forma en que se beneficiara primeramente él mismo. Con las palabras del zorro todos los primordiales, excepto uno, quedaron tranquilos. Esto molestó a Leijona quien reclamó que las medidas del zorro no eran necesarias y que esto solo demostraba que el concilio era una farsa. Para calmar al espíritu felino, Kilpikonna intervino y pronunció firme y calmadamente, el zorro no debería intervenir con el favor del león, pues, aunque este último fuese impaciente y soberbio no existía un motivo para estar preocupados por sus intenciones. Aunque la tortuga no había aún ofrecido su favor, los demás primordiales solicitaron a este espíritu fuese el juez de todos los aatos, ya que su sabiduría y paciencia le permitían intervenir de forma concreta y concisa ante las adversidades, y a esto no pudo negarse.

Así los dieciséis primordiales, uno a uno, entregaron su favor a los aatos y al mismo tiempo acordaron todos enseñarles las artes de la magia en pos de la paz.

El último en hablar fue Karhú, quien estuvo atento a todos los favores de sus hermanos y notó que ninguno ofreció su ayuda para evitar que Pää terminara definitivamente con ellos, así fue que el oso juró entregar todo su ser para evitar que todos los aatos fuesen borrados de la existencia. Ante estas palabras los primordiales sintieron un gran alivio, pues Karhú tenía un lugar especial en la creación de Tila, y si existía alguien capaz de confrontar a un Doem, ese era el espíritu del oso.

A esta reunión, donde los primordiales decidieron dar su apoyo a los aatos, se le conoció como el Concilio de las Bestias.

Una vez finalizado el concilio, Leijona, quien estaba apurado por demostrar su valía, comenzó a buscar algún aatos que pudiera serle útil como recipiente de su poder, este debía tener un cuerpo fuerte que le permitiera contener el espíritu de un primordial sin romperse. Así Leijona vagó en las grandes praderas y bosques sin parar de buscar y sin tener éxito, hasta que un día encontró un grupo de elfos eternos dedicados a la guerra. Entre ellos el más grande y fuerte era un guerrero de nombre Sota. Leijona observó con atención al elfo, pues creyó haber encontrado en él aquel recipiente digno de ser su alús.

Pasaron días, incluso meses y Leijona se convencía cada vez, pues en sus batallas siempre resultaba vencedor sin requerir de mucho esfuerzo. Así llegó el día en que Leijona se dispuso a presentarse ante Sota, pero esa misma noche, el campamento de Sota fue atacado por sorpresa y Leijona tuvo curiosidad por saber cómo su elegido saldría de tan desventajosa situación. Pero Sota al verse rodeado por varios mortales fue asesinado, pues muy a pesar de su gran físico, todo guerrero está en desventaja si se le ataca por la espalda. Su cuerpo fue mutilado y humillado por una elfa eterna quien parecía estar cumpliendo un sueño de venganza.

Sorprendido, pero no decepcionado, Leijona comenzó a seguir a aquella mujer quien habría liderado el ataque contra los elfos eternos y a quien le conocían como Kostoa. Al estar pendiente de esta mujer, el felino supo que aquel que le serviría como cuerpo para ser rey entre los aatos no solo debía ser fuerte, sino también audaz en su pensamiento y Kostoa lo era.

Una vez más Leijona se habría decidido por un alús y mientras caminaba por el bosque pensaba en la mejor forma de presentarse ante ella sin causar un revuelo, cuando un olor a sangre llegó hasta él y tan veloz como un rayo, regresó donde la tribu de Kostoa se encontraba, pero nada parecía haber ocurrido, entonces se acercó a la choza donde su elegida habitaba y la encontró tumbada sobre la mesa con la cara metida en su comida y la sangre le brotaba por cada uno de sus poros. Kostoa había sido envenenada por su propia gente, pues solo la seguían por miedo, pero el miedo y el respeto no son lo mismo.

Leijona pensó entonces en tomar como alús a una de las criaturas más fuertes entre los ikuinen, así fue como buscó y buscó a uno de los pocos dragones eternos que aún habitaban Iasa y durante un año no tuvo noticias de ninguno de ellos, hasta que un día durante una tormenta vio en el cielo una figura peculiar que parecía moverse en consonancia con los fuertes vientos y decidir a dónde estos debían soplar. Entonces Leijona dirigió uno de sus grandes rugidos hacia la tormenta, despejando el cielo y dejando al descubierto a un gran dragón blanco, quien, creyendo que los primordiales se habían extinguido, decidió bajar y enfrentar a aquel que le había puesto en descubierto, pero cuando hubo tocado el suelo y estuvo frente a Leijona pudo presenciar al gran león, tan grande como los más grandes pinos que hubiera visto, de pelaje albino y ojos tan azules como las tormentas que siempre le seguían, solo su gran melena parecía no concordar con el aspecto del león, pues esta desprendía un tenue brillo dorado que lo coronaba, y al reconocer al primordial se sintió intimidado por su presencia y recordó el temor a las bestias que habían devorado a tantos de los suyos y sintió miedo, pero era ya tarde, se había acercado demasiado y le sería imposible huir. Leijona vio el miedo que había provocado en el gran dragón y se dispuso a hablar.

—¿Tan grandes somos los primordiales que el más poderoso de los ikuinen tiene miedo de solo estar parado frente a uno?

—El temor que provocan nada tiene que ver con su grandeza, sino con su insaciable voracidad.

—Si mi apetito fuese el de antes, tú ya no estarías aquí y no quedaría rastro alguno de tu paso por esta tierra.

—¿Entonces qué piensas hacer conmigo?

—Te convertiré en rey. —Al escuchar estas palabras la expresión del dragón cambió y pensó en todos los tesoros que podría conseguir, pero también se llenó de dudas.

—Estas tierras no tienen rey y su gente no quiere uno.

—Es por eso que serás tú, alguien a quien no puedan rechazar, ni puedan envenenar, ni apuñalar por la espalda.

—Viejo león, lo que tú deseas no es más que un títere y mi orgullo no me permitirá ser tratado de esta forma.

—Tal vez prefieras ser devorado.

—Ven a mí y desaparéceme, sé que no tengo opción contra ti, pero tú no obtendrás de mí lo que en verdad deseas.

Leijona estuvo tentado a devorar al dragón de las tormentas, pero recordó el motivo por el cual buscaba a un rey, para enseñar al resto de los aatos que podrían ser mejores, pero ¿cómo podría hacer esto, si él mismo seguía siendo la bestia a la que todos temían? Después de reflexionar un momento, permitió al dragón retirarse, pero su orgullo había sido herido y le amenazó con devorarlo si lo volviese a encontrar o si alguien supiera lo que allí había ocurrido. Aun cuando el dragón blanco supo que esto era mentira, no contó a nadie de lo sucedido, pues sintió en las palabras del primordial la calidez de quien quiere proteger a los débiles.

Habiendo pasado cinco años desde su encuentro con el dragón, Leijona aún no habría conseguido su objetivo y había comenzado a desesperar. Sumido en sus pensamientos el león comenzó a refunfuñar mientras caminaba a las orillas del Olëmën Vosu, entonces escuchó una risa que parecía hacer burla a las quejas del primordial. Volteó en todas direcciones, pero no alcanzaba a ver a nadie, y pensó que su mente le había jugado una broma, tan pronto se convencía de esto, la risa volvió a escucharse, en esta ocasión más cercana y más clara, era la risa de un niño. Leijona detuvo la marcha y de entre sus patas un niño elfo harapiento, golpeado y sucio, de cabellos negros, piel blanca, con rasgos finos, pero de cuerpo fuerte, y ojos que, como la hierba, a ratos eran verdes y a ratos amelados, salió caminando sin percatarse de que el león se había detenido. Entonces Leijona le cuestionó.

—¿Por qué las risas, niño, te gusta burlarte de aquellos en desgracia?

—No es eso, es solo que es gracioso cómo un enorme león, como tú, llora más que mi amiga Sade.

Leijona no pudo más que sentir vergüenza al escuchar las palabras del niño quien no tenía más de seis años de edad, y para disimular su rabieta adoptó una pose majestuosa y habló con elocuencia dirigiendo sus palabras al niño.

—Tienes razón, pequeño, no es propio del rey de los primordiales quejarse de esa forma.

—¿Qué es un rey?

—Verás, un rey es alguien que dirige a sus amigos e incluso a aquellos que no lo son, con el fin de vivir mejor y todos juntos apoyarse.

—¿Y qué es un primordial?

—Eres un caso perdido, niño, no me sigas más.

Después de pronunciar estas palabras Leijona reflexionó, el pequeño infante habría mostrado el valor que le faltó a quien fuera el más fuerte de los ikuinen, pero cuando volteó para cuestionarle, el niño había desaparecido, entonces la curiosidad había pasado al lado del león, ahora era él quien quería saber más de este niño y le buscó en cada rincón entre el Ojo del Landis y la cadena montañosa de Këërmo Viarujana. Cansado Leijona decidió acercarse al lago para refrescarse con la brisa y cuando se acercó a este vio en su reflejo al niño que tanto buscaba, montado sobre él.

—¿Cómo haces eso?

—¿Cómo hago qué?

—Esconderte de mí, un primordial.

—Tal vez le das mucha importancia a esas cosas primordiales de las que hablas.

—Los primordiales somos los más fuertes entre todos los aatos, claro que somos importantes.

—Yo nunca había escuchado de ustedes.

—Eso explica por qué no me temes.

—No te temo porque eres amable, más amable que cualquier otro con el que me haya topado.

La vergüenza que Leijona había sentido al ser regañado por el niño había desaparecido al recibir estas palabras. Entonces el león pensó en este niño como su alús, pero su cuerpo no parecía lo bastante fuerte para retenerlo sin causarle estragos y aún quería saber más de él.

—¿Niño, en dónde están tus padres?

—No tengo. Mi padre fue asesinado por mi madre y ella fue envenenada por la gente del pueblo porque no les gustaba que les gritara.

—Oh, entonces no habrá problema.

—No sé a ti, pero a mí sí me ha parecido un problema no tener padres.

—Lo siento, no me refiero a eso. Si me lo permitieras yo sería un padre para ti.

—¿Por qué el rey de los primordiales querría tener un niño ikuinen como hijo? Ni los míos, ni los mortales me quieren… ¿Seré tu mascota?

—¡Claro que no! Tú mismo serás un rey, pero no solo de los primordiales, sino de todos los aatos.

—¿Entonces cuidarás de mí para que yo cuide de todos?

—Es una forma de verlo. Pero niño, aún no conozco tu nombre.

—Puedes llamarme Iloinen.

Leijona entonces lo entendió, no solo había encontrado a su alús, había encontrado a alguien digno de ser rey. A partir de ese momento el león se hizo cargo de Iloinen, lo educó, alimentó y enseñó todo cuanto sabía, y mientras el niño crecía, su cuerpo se tornaba más y más fuerte e Iloinen aprendió a obtener ventaja de esto convirtiéndose en un gran guerrero. Así Iloinen alcanzó la adolescencia y a la edad de catorce años Leijona le guio para acercarse a otros mortales e ikuinen, pero estos, dirigidos por los guerreros más veteranos, a quienes conocían como venhe, eran celosos de sus tierras y no permitían a ningún extraño siquiera vagar cerca de estas.

Un día, creyendo estar apartado de la supervisión de Leijona, Iloinen fue a pescar al Ojo de Landis y allí vio a una hermosa joven de cabellos plateados, sus ojos azules parecían dos grandes lobelias, y su piel era blanca y suave como las nubes de un día soleado que lastiman con solo mirarlas. Nervioso por el sentimiento que en él surgía, Iloinen se escondió detrás de un arbusto para poder observarla sin que esta lo descubriese, pero de nada le sirvió, pues tal era su nerviosismo que el sigilo no le acompañó y la joven observó cuando tropezó y cayó detrás del arbusto y rodó hasta el lago, quedando completamente empapado. La joven no pudo evitar reír de forma escandalosa e Iloinen sintió que mil espadas atravesaban su corazón, pero ella se acercó y le tendió la mano para ayudarle a salir del fango, y con el brillo del sol sobre su piel Iloinen pensó que se trataba de la propia Munle quien habría descendido hasta Iasa para consolarle.

—¿Es que no quieres salir de allí? Vamos, toma mi mano.

—Disculpa, hace mucho tiempo que no estoy con un mortal y había olvidado su belleza —mencionó Iloinen mientras tomaba la mano de la hermosa elfa.

Cuando Iloinen intentó salir, la joven no pudo resistir el peso de su cuerpo y ambos cayeron al fango y fue en esta ocasión Iloinen quien no pudo resistir y rio a carcajadas. La joven, molesta por haber quedado en ridículo, intentó levantarse, pero Iloinen sujetó su mano firme y suavemente, y le dijo.

—Al menos dime tu nombre.

—¿Por qué querrías saberlo, para conocer el nombre de aquella de quien te burlas?

—Para conocer el nombre de aquella a quien pediré a Munle me permita volver a ver.

—Intentas enamorarme después de reír a expensas mías y además lo haces inventando cosas.

—Mi intención no es enamorarte, sino que tú misma decidas hacerlo al conocerme. Con respecto a la risa, lo lamento, solo estaba feliz por haberte conocido. De lo otro no sé de qué hablas, no he inventado nada.

—Munle, ese es tu invento —afirmó sonrojada e intentando no dar importancia al resto de lo dicho por Iloinen.

—Munle no es un invento, es uno de los Doem y cada noche la has visto, aunque no seas consciente de ello.

—No sé qué son los Doem y no creo haber visto a ninguno de ellos, tal vez te refieras a los primordiales, pero estos se extinguieron hace muchos años.

—No, los Doem son seres a los que todos debemos nuestra existencia, incluso los primordiales, quienes por cierto aún viven entre nosotros. A Munle la puedes ver en el firmamento, y es ella la responsable del movimiento de los mares.

—¿Te refieres a esa gran roca que puede observarse durante las noches?

—Sí, ella es Munle y, si me permites decirlo, fue por haber confundido tu belleza con la de ella que no me atrevía a darte la mano.

—Tal vez no debería permitirlo. Mejor explica aquello de las bestias primordiales —precisó de nuevo sonrojada.

—Como lo dije, los primordiales no pueden morir.

—Todos pueden morir, incluso los ikuinen mueren si el acero atraviesa sus cuerpos, aun si después su alma eligiera a otro cuerpo para regresar.

—Los primordiales no, pues no tienen un cuerpo, podría contarte todo lo que sé, solo pido, a cambio, conocer tu nombre.

—Como parece que tienes información valiosa —manifestó incrédula, pero queriendo complacerlo—, te recompensaré con lo que pides. Mi nombre es Sade.

Así Iloinen recordó a su amiga de la infancia, aunque no dijo nada de esto, y explicó a Sade el motivo de la desaparición de los primordiales durante tantos años y habló también de la existencia de los Doem y con cada historia Iloinen no perdió oportunidad de señalar la belleza de Sade. Pasaron tantas horas conversando que la noche se posó sobre ellos y ambos observaron a Munle.

—La luz de Munle no es propia —señaló Iloinen—, es proporcionada por Sulne para que sea reflejada hacia Iasa y así evitar que las tinieblas de Varjo reinen durante la noche.

—Tal vez Munle tenga luz propia, pero Sulne esté celoso de ella y por eso la ilumina para opacar su brillo.

—No creo que sea así, pues Sulne ama a su hermana, más de lo que ama a las plantas y a ellas las provee de su luz para que puedan crecer.

Tanto fue el tiempo que Sade e Iloinen conversaron que la tribu de Sade, preocupada, comenzó a buscarla y al encontrarla con un extraño y cubierta de barro, se enfurecieron al creer que este la había atacado; sin previo aviso y sin dar tiempo a explicaciones, atacaron al joven Iloinen, rodeándole y sin dejar forma alguna de defender su vida, pero cuando creían que le vencerían, un rugido cruzó todo el río Landis, dejando a todos los atacantes y a Sade paralizados por el miedo, entonces Leijona, quien había atendido en todo momento los movimientos de Iloinen, se dejó ver y su presencia era tal que los mortales cayeron de rodillas, entonces el león habló.

—Tal es su cobardía que no pueden escuchar motivos. Él es Iloinen, hijo de Kostoa, muerta por ustedes, y de Sota, muerto por Kostoa ayudada por ustedes.

Al escuchar esto, el padre de Sade, Dasde, quien fuera el líder de los venhe de la tribu, buscó valor en todo su ser haciendo frente al león y pronunció.

—Entonces a eso ha venido, a tomar venganza por la muerte de sus padres. Pero ambos fueron asesinados por el terror que causaban.

—Sus vidas siempre han sido guiadas por el miedo y el odio, pero no la de Iloinen; a él lo encontré cuando era apenas un niño pequeño y nunca ha dejado de maravillarme lo fácil que le es perdonar, él siempre ha sido consciente de lo que ocurrió a sus padres, sin embargo, nunca ha buscado venganza, y tienen mi palabra de que nunca lo hará.

—¿Cómo podríamos confiar en la palabra de un primordial? Ustedes son seres corruptos que no pueden hacer otra cosa sino satisfacer sus más bajos deseos, aun cuando esto represente acabar con el resto de nosotros. El único motivo por el cual estás hablando con nosotros es por miedo, deben de quedar muy pocos de los tuyos, o puede ser que seas tú el último y no quieras pasar tus días finales solo como la bestia que eres.

Al escuchar estas palabras, Leijona sintió una ira que recorría todo su ser, no porque el anciano hubiera exagerado en sus palabras, sino porque estas estaban justificadas, los primordiales habían causado mucho daño al resto de los aatos.

—Tienes razón y a la vez no la tienes, los primordiales cometimos muchas atrocidades, pero la llama de nuestro espíritu no puede extinguirse, a no ser que Tila así lo deseé. Los eternos tomaron su nombre debido a su arrogancia, y ustedes, mortales, tomaron su nombre porque creen en su debilidad. Nosotros tomamos nuestro nombre pues fuimos los primeros creados por Tila y Jutut y conocemos la desgracia de nuestro destino, pues seremos los últimos en abandonar Iasa.

»No, los primordiales no estamos cerca de la extinción, nosotros tendremos que vivir hasta el final de los días con el peso de nuestros errores, una carga que día con día se hace más pesada. Es por eso que intentamos remendar algunas de nuestras faltas pasadas, es por eso que estoy con Iloinen, porque no hay entre ustedes nadie que pueda guiarlos de mejor forma.

—¿Crees que tus errores te dan derecho a elegir quién debería guiarnos?

—Creo que mis errores me han enseñado a estar más cerca de la verdad, y la verdad es que Iloinen debe ser su rey, tal vez no lo entiendan ahora, pero si le dieran la oportunidad de demostrar su valía, jamás dejarían de agradecer a este eterno.

—Kostoa nos dejó en claro que los mortales no podemos depender de ningún eterno… ¿Qué pasare si nos negáremos?

—Nosotros buscaríamos otra tribu que pudiera entender lo que les he dicho y a ustedes los dejaríamos en paz, pero veo en los ojos de Sade que no iríamos solos.

El pensar que su hija se hubiera enamorado de un eterno y que estaría dispuesta abandonarlo, hizo sobresaltar a Dasde.

—Tus amenazas no sirven de nada, ustedes saldrán de inmediato de nuestra villa y no se acercarán a Sade.

—Aparentemente no sabes cómo suena una amenaza, anciano, si así lo quisiera, podría acabar con todos ustedes antes de que pudieran parpadear. Si no somos bien recibidos aquí, nos iremos, pero si Sade quiere ir con nosotros, tú no la detendrás. Volveré mañana por la mañana a escuchar su respuesta, pero les digo esto, Iloinen será rey y ni ustedes ni nadie podrán evitarlo.

Tras la sentencia, Iloinen hizo una reverencia a Sade para después dar media vuelta y retirarse junto con su mentor, y mientras se alejaban escuchaban el murmullo de la gente de la tribu que parecía incrédula de lo que sus propios ojos habían sido testigos.

Una vez habiéndose retirado el primordial, los venhe comenzaron a debatir. El impacto de su encuentro con Leijona había sido tal que ni siquiera pudieron regresar al sitio donde se encontraban sus chozas; los guerreros se sentían como niños indefensos, las mujeres temían por sus hijos, y los venhe sentían que todo su saber era ínfimo ante las palabras del león.

Aunque para Dasde era evidente que debían despreciar a Iloinen y la propuesta de Leijona, quiso conocer la opinión de su hija, no para convencerse de su decisión o cambiarla, sino para saber las medidas que debería tomar para retener a Sade. Así Dasde se acercó a su hija quien había encendido una fogata para acabar con la oscuridad en que se encontraba el campamento de la tribu, pues parecía que Munle se había marchado junto con Iloinen, y la gente comenzaba a acercarse al cálido fuego de Sade. Mientras el anciano apreciaba los esfuerzos de su hija, le dijo.

—Hija mía, me gustaría saber qué fue todo lo que platicaste con el eterno.

—Me enseñó muchas cosas, cosas que no creí hasta que escuché el rugido de Leijona.

—¿Qué fue eso que te enseñó que parecía tan poco creíble?

—Me habló de los Doem y su creación; de cómo los ikuinen, los mortales e incluso los primordiales somos parte de un todo, y ese todo se llama Tila, quien es el mayor de los Doem.

—¿Qué sinsentidos son esos, Sade?

—Ya te lo dije, padre, yo también lo creí así, pero ver a Leijona me hizo cambiar de opinión.

—¿Esa bestia, que amenazó con asesinarnos a todos, te hizo cambiar de opinión?

—Leijona solo reaccionó como tú lo hubieras hecho si un grupo de guerreros amenazaran con acabar con mi vida. Leijona actuó como lo que es, un padre que cuida de su hijo.

—El padre de Iloinen era Sota, un maldito asesino, pero tú… ¿Ahora incluso defiendes al primordial? ¿Sabes siquiera todo el daño que hicieron esas bestias, acaso no has escuchado las historias?

—Las he escuchado, padre, y, hasta el día de hoy, creía que eran leyendas, había mucha información que nuestras historias no nos habían contado, pero Iloinen llenó todos los huecos en esas historias. Es cierto, los primordiales eran unas bestias que solo buscaban satisfacer sus deseos, pero se han cansado de esa vida, ¿acaso tú no escuchaste la sinceridad en las palabras de Leijona?

—Tienes razón, sus palabras parecían honestas, pero no podemos confiar en alguien que acabó con tantas vidas mortales e ikuinen.

—Si Leijona así lo hubiera querido, nos hubiera devorado a todos, ¿por qué no lo hizo?

—¿Tú crees que en verdad Iloinen pueda ser el rey que una a todas las tribus?

—Creo que Iloinen es especial y que deberíamos darle la oportunidad de demostrarlo.

—Entonces debo suponer que esa bestia tenía razón…

—¿Padre?…

—Si te damos la oportunidad escaparás para unirte a ellos…

Al decir esto, Dasde dio media vuelta y llamó a dos de sus guerreros más audaces.

—¡Belvar, Kaira! Lleven a Sade al pueblo y vigilen que no salga de allí, si es necesario encadénenla, y que por ningún motivo se acercare a Iloinen ni a la bestia.

Aunque había entre la gente de la tribu quienes creían que había motivos para confiar en lo dicho por Leijona, ya fuera porque apreciaran a Sade o porque sus palabras les hubiesen parecido sensatas, no hubo quien se atreviera a desafiar a Dasde, pues aun entre los venhe era él quien más poder tuviera.

De lo ocurrido Leijona estaba al tanto, pues los primordiales al no tener un cuerpo físico son compensados por Jutut haciendo que Iasa les cuente lo que ellos mismos no pueden percibir; así el viento le susurró al espíritu del león los planes de Dasde, y el león le contó a Iloinen.

—Mañana iré solo a hablar con Dasde —comentó el león.

—Sé que no es necesaria mi presencia para que los convenzas, pero me gustaría hacerte compañía.

—No, tú deberás hacer algo más importante que discutir con viejos que no quieren despertar de una pesadilla.

—¿Qué es eso que debo hacer más importante que concentrarme en hacer aquello para lo que me has preparado?

—Demostrar que no me equivoco y que eres digno de ser su rey.

—¿A qué te refieres, padre?

—Sade, tu amiga de la infancia, creo que hoy pasó a ser algo más que una amiga ¿no es así?

—No puedo negarlo, ahora sé que viste y escuchaste…

—Y olí —interrumpió Leijona.

—Y oliste todo lo que ocurría entre ella y yo, pero no entiendo qué tiene que ver ella con demostrarte que soy digno de ser rey.

—No es a mí a quien debes demostrarlo, sino a ti mismo. ¿Cómo podrías cuidar de todos, si ni siquiera puedes cuidar de la mujer que amas?

—¿De qué hablas? Sade es la hija de Dasde, él no le haría daño.

—Dasde, en su afán de alejar a su hija de ti, la ha enviado de vuelta al pueblo custodiada por dos guerreros, una es Kaira y el otro es Belvar.

—Kaira, aunque es fuerte, jamás haría daño a uno de los suyos, pero Belvar está más cerca de ser una bestia que de un hombre.

—¿Quieres ser rey? Comienza por proteger a los más cercanos a ti.

—¿Qué debo hacer? Si asesinara a Belvar para proteger a Sade, la tribu no confiaría jamás en nosotros, pero tal vez sea la única forma que tenga de evitar que Belvar mancille el honor de Sade.

—Ve a tu antiguo hogar, y haz lo que creas que te haga seguir el camino del rey. Debes marchar pronto, pues debes regresar a mí antes del mediodía.

—¿Qué ocurriría si no lo hiciera?

—No seré capaz de protegerte, no soy la bestia que un día fui, no puedo devorar a nadie más, ni siquiera por salvarte.

—Tus errores del pasado evitan que seas un rey completo, padre, pero te prometo que yo lo seré en tu lugar.

Acabando de decir esto, Iloinen echó a correr dirigiéndose al sur hacia el que una vez hubiera sido su pueblo y mientras hacía esto, por su mente desfilaban los recuerdos de lo ocurrido con sus padres, los horrores que los primordiales habían provocado en el mundo, lo que debería hacer con Belvar si intentara hacer algo a su amada, y, al pensar en todo esto, sus pies le parecieron más pesados. ¿Es este el camino que debe recorrer un rey? ¿Es esto lo que yo quiero hacer? Estas preguntas se cruzaron por su cabeza, Iloinen no quería ser una pesadilla más para su pueblo, ni para nadie más. Mientras estos pensamientos daban vueltas en su mente y su paso se hacía cada vez más lento y pesado, le pareció ver entre los árboles una gran sombra que lo observaba, y mientras se acercaba se hacía cada vez más grande. Aunque este ente era misterioso y sombrío, Iloinen sintió en él algo familiar y no tuvo miedo de acercarse. Cuando por fin llegó ante su presencia, Iloinen tuvo que frenar su marcha pues la gran estampa de este ser no lo dejaba avanzar más, y teniendo que voltear su cabeza casi tanto como cuando hablaba con Leijona notó en este ser plumas, pico y ojos tan negros como la noche misma.

—Así que por fin aparece, su majestad.

—Eres Varis el espíritu del cuervo, ¿no es así?

—Lo soy —afirmó el cuervo girando su cabeza de un lado al otro.

—Debes dejarme seguir avanzando, debo llegar donde Sade.

—No soy yo quien bloquea su camino.

—¡A qué te refieres? ¡Estás justo enfrente de mí y rodearte me llevará algo de tiempo, puedes echar a volar y dejarme seguir mi camino!

—El camino por el que se dirige, lo llevará a un fin que no busca.

—Leijona ya me ha hablado de ti, sueles hablar para confundir.

—Me siento honrado de que el autoproclamado rey haya hablado de mí. ¿Qué más mencionó?

—¡No tengo tiempo para esto, por favor déjame continuar!

—Como usted lo desee, su majestad —expresó Varis sin mover una sola pluma.

—¡Qué esperas, por qué no te mueves? Aceptaste dejarme seguir mi camino.

—Así es, pero este no es su camino, al menos no aún. Tal vez Leijona haya mencionado otra cosa acerca de mí, intente recordar, su majestad.

—¡Me ha contado demasiadas cosas, pero ahora no tengo tiempo para recordarlas todas!

—No es necesario que recuerde todo, solo lo importante.

—¡Dijo que eras molesto, pues tienes el mal hábito de presionar a los demás para llevarlos por un camino que solo tú conocías porque eres…! Porque eres el mejor adivino entre los primordiales.

—Entonces el felino sí dijo cosas importantes.

—¿Por qué no debo seguir este camino?

—Debe seguir por este camino, su majestad, pero primero debe despejar su mente de toda duda. La duda no nos permite actuar en pos de un buen futuro.

—¿Sabes lo que estaba pensando?

—Solo conozco las posibilidades y probabilidades. Es posible y muy probable que tenga dudas de lo que puede hacer, pero dudar de sí mismo solo puede llevarle a su muerte y esto acabaría con toda esperanza para los aatos.

—¿Seré el rey que los aatos necesitamos?

—Será el rey que decida ser.

Al escuchar estas palabras, Iloinen imaginó una gran ciudad cubierta por una tierra blanca, y esto lo llenó de ilusión y esperanza.

—Eso que está en su mente, será el resultado de haber sido paciente conmigo y haber decidido ser el primero en darse la oportunidad de ser el rey que necesitamos. Mantenga esa imagen fresca, pues le será necesaria, nunca pierda la esperanza.

Al terminar de pronunciar estas palabras, Varis echó a volar y se perdió en el cielo nocturno. Con el ánimo renovado, Iloinen continuó su camino, seguro de que encontraría la forma de salvar a Sade y convencer a su tribu de darle una nueva oportunidad a un eterno.

Mientras Iloinen corría, el cielo comenzó a despejarse y la luz de Munle brilló sobre un claro en el bosque con algunas chozas, y con esto Iloinen comenzó a reconocer su antigua aldea, era un poco más grande que la última vez que la había visto, pero no tenía ninguna duda, Munle lo estaba guiando con su amada.

Al acercarse a la aldea, Iloinen comenzó a buscar en cada choza a Sade y a sus captores, pero no parecía haber señas de ellos, tal vez la habían llevado a otro lado o tal vez Belvar había hecho lo que Iloinen más temía en ese momento, pero al salir de una de las chozas comenzó a escuchar unas voces que se acercaban y parecían discutir, Iloinen entonces reconoció la voz de Sade y decidió acercarse a ella; así el eterno se movió cuidando sus pasos hasta que llegando al camino principal de la aldea, vio a las dos elfas y al hombre; Sade tenía grilletes en sus manos y estaba siendo amordazada por Belvar; era Kaira quien guiaba el camino con una antorcha en una mano y las cadenas que retenían a Sade en la otra; Belvar, quien resaltaba más pues además de su gran estatura llevaba en su cabeza las astas de un ciervo, iba detrás de la fila y no perdía la oportunidad de empujar a Sade si ella no caminaba al ritmo que el guerrero deseaba, aunque esto parecía solo ser un pretexto para poner sus manos en la tersa piel de la elfa. Los tres siguieron caminando hasta que llegaron a la choza más grande de la aldea, dejando la antorcha en la entrada, y encendiendo con esta, algunas velas de junco para iluminar el interior del recinto, el cual tenía solo un par de ventanas y lo único en su interior eran un tronco en el centro que llegaba hasta el techo de madera y la paja que cubría el frío piso. Al entrar al recinto Kaira y Belvar dejaron sus armas posadas en una pared, y Kaira amarró a Sade al tronco. Iloinen no entró de inmediato, pues quería esperar la mejor oportunidad para rescatar a Sade sin tener que enfrentar directamente a los dos guerreros quienes, aunque no contaban con una mayor protección que los avambrazos, las grebas y las pieles que vestían, sí tenían sus armas cerca y eran tan hábiles que podían combatir incluso sin ellas, así que Iloinen esperó y escuchó todo lo que sucedía dentro de la choza.

—Niña, no deberías hacer enojar a tu padre si no quieres tener castigos como estos.

—Belvar, no todos son unos cobardes como tú —sentenció Kaira.

—Me gustaría verte enfrentando a Dasde, vieja bruja. Estoy seguro de que, si tan solo le retaras con los ojos, tu cabeza terminaría en una estaca.

—Tal vez eso sea cierto, pero yo no contradigo a Dasde pues le respeto. Tú en cambio solo le sigues por miedo.

—Vieja bruja —declaró Belvar entre risas—, siempre sabes qué responder, aunque en esta ocasión te equivocas, claro que Dasde me vencería, pero no le temo a lo que pueda hacerme.

—¿Entonces será que le temes a la humillación que te podría hacer sentir?

—Deberías callar, Kaira… Tal vez debería demostrarte que no le tengo miedo a ninguna represalia de Dasde.

—¿Y cómo pretendes hacer eso?

—Tenemos aquí a su hermosa hija.

—Eres un imbécil, Belvar —dijo celosa Kaira—. Si te atrevieras a hacerle algo a Sade, no solo Dasde, sino todo el pueblo te haría pagar.

—Entonces deberías ayudarme a dejar de pensar en ella.

—Tal vez a Sade no le vendría mal aprender un poco.

Mientras los guerreros discutían Sade no podía dejar de temblar, pues sabía que Belvar hablaba en serio, aunque intentara hacer parecer que sus palabras eran solo una broma; sabía que si quedara a solas con ese hombre tal vez no podría volver a ver a Iloinen, pero su temor se disipó al ver la cabeza del eterno asomándose por la entrada. Al notar la reacción de Sade y levantándose Kaira dijo a Belvar.

—Sube tus pantalones y prepárate, parece que alguien se coló en el pueblo.

—Estás loca, nadie se atrevería a entrar al pueblo sabiendo lo que yo y Dasde les haríamos. Sigue en lo tuyo.

—Iré a revisar, tú quédate con Sade y cuídala.

Al escuchar esto, Iloinen se apartó un poco de la choza para guiar a Kaira hasta un lugar donde pudiera lidiar con ella sin tener que enfrentarla, así cuando Kaira salió de la choza, Iloinen comenzó a hacer ruidos valiéndose de ramas y piedras que encontraba en el camino y Kaira seguía precavida esos ruidos, pero de pronto Kaira dio media vuelta y regresó. Iloinen pensó que no volvería a tener otra oportunidad en que ambos guerreros estuvieran separados y que tal vez no podría vencerlos estando juntos, y cuando Iloinen se disponía a atacar a Kaira, escuchó un grito que provenía de la choza donde se encontraba su amada, era Sade pidiendo ayuda a Kaira. La elfa echó a correr y detrás de ella le seguía Iloinen, quien comenzaba a pensar lo peor. Al llegar a la choza, Kaira vio a Belvar encima de Sade, a quien había desatado e intentaba resistir el ataque del guerrero.

—Vamos, niña, pon mayor resistencia, el viejo Dasde no estaría orgulloso de ti si viera lo poco que te esfuerzas por mantenerte a salvo.

—Maldito cerdo, déjame ir —farfulló Sade mientras pataleaba e intentaba golpear a su agresor.

Al ver esto, Kaira tomó su archa y dirigiéndola a Belvar, le amenazó diciendo.

—Belvar, será mejor que te alejes de Sade inmediatamente o cortaré tu virilidad y se la daré de comer a los cerdos.

—Kaira —dijo mientras se levantaba—, no te preocupes, podré seguir contigo cuando acabe con ella.

Belvar no terminó de pronunciar estas palabras, cuando Kaira esgrimió su archa contra él, pero Belvar rápidamente esquivó el golpe y tomó el archa por el asta jalando hacia él a la elfa y golpeándola en el rostro, dejándola inconsciente. En ese momento Iloinen llegó apresurado y vio lo que Belvar había hecho con Kaira y supo entonces que esta era la oportunidad que necesitaba, sin pensarlo dos veces, Iloinen tomó el martillo de guerra que Belvar había dejado recargado en la pared, y atacó con este al hombre quien aún tenía en sus manos el archa de Kaira, y detuvo con esta el ataque de Iloinen y respondiendo con una patada arrojó a Iloinen hacia atrás quien tropezó y se golpeó la cabeza.

Belvar, quien era en verdad una bestia salvaje, al ver que Iloinen y Kaira se encontraban inconscientes y que podría causarle a Dasde sufrimiento a través de su hija, clavó el archa en el piso de la choza, tomó la antorcha que se encontraba fuera y la arrojó a la paja seca donde se encontraban tumbados Sade, Iloinen y Kaira. Mientras el fuego crecía dentro de la choza, Sade, quien era la única despierta, pero aún con las manos encadenadas y no queriendo abandonar a los dos que habían intentado salvarla, comenzó a suplicar a Belvar por la vida de los que se encontraban inconscientes frente a él.

—Belvar, por favor, deja que ellos vivan y te dejaré hacer conmigo lo que quieras.

—Pequeña Sade, no me interesa lo que puedas darme.

—¿Entonces por qué me asaltaste de la forma en que lo hiciste?

—¿No escuchaste a Kaira? No puedo hacer frente a Dasde, pero sí lo puedo hacer sufrir de otras formas.

—Puedes entonces dejar que las llamas me consuman, ¿pero acaso no sientes nada por Kaira? Al menos sálvala a ella.

—Ese es el problema con ustedes, creen que, porque se entregan a nosotros, debemos amarlas. Aquello de lo que fuiste testigo fue solo para satisfacer mis deseos y nada más. Por mí, esa vieja bruja puede arder junto contigo y el pequeño rey.

—Si Leijona se enterase de lo que pretendes hacer a su hijo, estoy segura de que tendrías un destino peor que la muerte.

—¿No lo notaste? Leijona es un gatito al que le han quitado las garras. Más allá de su imponente presencia, no conserva nada de fuerza.

Mientras Belvar se negaba a las peticiones, Iloinen, quien solo fingía, vio por fin la oportunidad de librarse de Belvar, así que en un solo momento se puso de pie y desclavó el archa que Belvar había abandonado. Belvar sorprendido intentó correr hacia Iloinen para acabar con él de una vez, pero mientras corría, Iloinen lanzó el archa que atravesó el pecho de Belvar como un relámpago, y Belvar cayó de rodillas, y su sangre escurría por la hoja afilada del arma de Kaira, pero Belvar, agonizante, seguía vivo, aunque sin la esperanza de ver la luz de un nuevo día, así que Iloinen, en un acto de misericordia, tomó el martillo de Belvar y con este rompió su cráneo dándole una muerte inmediata. Entonces Iloinen buscó entre las pertenencias de Belvar las llaves de los grilletes que mantenían prisionera a Sade, pero más allá de las pieles y la cabeza de ciervo que vestía, no tenía nada más. En ese momento, aún alterada y mareada por el golpe que había recibido, Kaira despertó y, rodeada por las llamas que se hacían cada vez más intensas, vio a Iloinen registrando el cuerpo sin vida de Belvar, e intentando levantarse dijo a Iloinen.

—¿Qué le has hecho a Belvar, desgraciado?

—He hecho lo que debía hacer para mantenernos con vida.

—¿Es así como Leijona pretende que nos gobiernes?

—¿Sientes las llamas que queman todo a nuestro alrededor? Fueron encendidas por Belvar para acabar con nuestras vidas.

—¿Y qué pretexto tienes para registrar su cuerpo sin vida?

—Sade aún tiene los grilletes alrededor de sus manos.

—Podrían escapar aún con sus manos atadas.

—Ahora que has despertado y no debemos cargarte, tienes razón.

En ese momento Kaira entendió lo mismo que Leijona había entendido años atrás, Iloinen, aunque tuviera motivos para despreciar, no podía albergar odio en su corazón, o al menos no quería hacerlo, y esa era una cualidad digna de un rey. Habiendo entendido esto, Kaira se puso de pie, se acercó a Sade y sacando la llave de uno de sus avambrazos, liberó sus manos.

—Deben huir y nunca más volver.

—Pero no quiero abandonarlos, no quiero abandonar a mi padre —expresó Sade.

—Si no te marchas, tu propio padre te castigará y solo con muerte puedes pagar la muerte.

—Pero fui yo quien acabó con la vida de Belvar —contestó Iloinen.

—Ambos son responsables, pero a ti te esperará un destino peor que la muerte si Dasde te encontrara, pues no solo has asesinado a Belvar, también le has robado una hija, y no hay peor crimen que interponerse entre un padre y sus hijos.

—Entonces daré la cara y enfrentaré mi castigo, pero tú, Kaira, debes escapar con Sade para evitar que su padre acabe con su vida.

—¿Sade, es conmigo con quien deseas escapar?

—Yo no quiero escapar —contestó Sade—, yo quiero quedarme con la tribu y con Iloinen.

—Entonces diremos lo sucedido —afirmó Kaira—, pero seré yo quien habrá dado muerte a Belvar.

Ante lo dicho por Kaira y no pudiendo demorar más el escapar de las llamas los tres elfos salieron de la cabaña, y al hacerlo pudieron observar que el fuego se había extendido a las chozas de alrededor, y entendieron entonces que el pueblo estaba condenado, pues las otras tribus no tardarían en descubrir que Dasde y su gente ya no tenían resguardo, y, aunque el responsable del incendio hubiese sido Belvar, a él ya no se le podría castigar, pero alguien debía pagar por el peligro en el que se encontraría la tribu. Y aunque buscaron una forma de extinguir las llamas, no tuvieron éxito, pues esta tarea no se podía realizar con tan pocas manos, así entonces, con los primeros rayos del sol, comenzaron a caminar hacia el Ojo del Landis, en donde Leijona se encontraría nuevamente con Dasde.

Mientras Iloinen y compañía se dirigían al lago, Leijona llegó donde la tribu de Dasde, apareciendo entre los árboles con un porte majestuoso y solemne, y aunque la gente de la tribu ya le había visto y esperaban su llegada, volvieron a quedar impresionados, pues la presencia del león hacía parecer que la vida se les escapaba con tan solo mirarlo; mas a pesar de la impresionante presencia de Leijona, había entre la gente de la tribu quienes no le temían más, pues sus palabras y la confianza en Sade habían hincado en su corazón la certeza de que el león buscaba lo mejor para ellos y para todos. Así, los miembros de la tribu, quienes habían establecido un campamento a las orillas del lago, comenzaron a salir de sus refugios improvisados, y aunque confiaban en el espíritu del león, nadie se atrevía a acercarse a él, pues sus cuerpos temblorosos y consumidos por su instinto de supervivencia no reaccionaban a lo que su mente deseaba. De esta forma se mantuvieron en silencio durante varios minutos, mientras todos esperaban que Dasde se encontrara con Leijona, pero Dasde no se encontraba en el campamento, él había decidido caminar los caminos del bosque para despejar su mente y descubrir de esta forma la mejor manera de tratar con el león. Y mientras Leijona y la tribu esperaban por Dasde, la tensión crecía entre ellos, pues nadie se atrevía siquiera a exhalar una palabra; hasta que una pequeña niña de cabello negro, piel pálida, ojos violeta y por nombre Loruviel, llena de inocencia, y sin entender lo que allí ocurría, se acercó a Leijona para acariciar una de sus grandes patas, lo que enterneció al león, quien no pudo hacer otra cosa que recostarse y sonreír a la niña, dejando que ella jugara con la melena que lo coronaba y de la cual se sentía tan orgulloso. Al ser testigos de lo ocurrido, aquellos que habían confiado en las palabras del gran espíritu sintieron una mayor seguridad, mientras que aquellos quienes aún guardaban dudas, vieron estas desvanecer al ver a una pequeña niña domar al león con tanta sutileza.

La tribu comenzó a acercarse para interrogar a Leijona. «¿Por qué los primordiales desaparecieron? ¿Cuántos de ustedes existen? ¿Qué fue lo que reconociste en Iloinen? ¿Qué ocurrirá cuando tengamos un rey?» Estas fueron solo algunas de las preguntas con las que Leijona fue cuestionado; y estaba complacido de escuchar a los mortales con tanta hambre de saber, tanto que él mismo comenzó a emocionarse, y queriendo dar respuesta a todas sus dudas deseaba contar lo ocurrido en el Concilio de las Bestias algunos años atrás, pero no había comenzado a hablar, cuando Dasde, como una sombra, apareció entre los árboles y les interrumpió.

—¿Qué ocurre? ¿Acaso todos han caído ante el hechizo del primordial?

—Lamentablemente, yo no soy un gran hechicero, como sí lo son algunos de mis hermanos —habló el león.

—Tal vez a los demás puedas engañarlos, pero a mí no, yo sé lo que sucede con las almas mortales e ikuinen que son devoradas por ustedes, los primordiales.

—Si eso es cierto, tuviste que haber conocido a alguna bestia, y de ser así, tienes mi respeto por sobrevivir, pero nosotros tenemos años sin atacar al resto de los aatos.

—Es cierto que ustedes desaparecieron hace algún tiempo, y aunque el momento en que cierre los ojos debe de estar lejos, también es cierto que he recorrido esta tierra por algunos siglos.

—¿Entonces a quién encontraste?

—No estoy seguro de conocer su nombre, pero se hizo llamar Kyyn y solía tomar la forma de una gran víbora, tan grande que un basilisco pareciera una pequeña lombriz a su lado, y con plumas de tan variados colores que el arcoíris no alcanzaría para describirlos.

—Ahora entiendo el motivo de que sobrevivieras.

—Sobreviví porque logré engañarle.

—Sobreviviste porque esa víbora gustaba de dejar un sobreviviente en cada tribu que atacaba, pues amaba alimentar su ego, con las historias de los juglares y escaldos.

—La víbora intentó engañarme para devorarme junto con mi tribu, pero yo la engañé para no estar incluido en su festín.

—Kyyn te engañó con su elocuencia para que entregaras a tu gente y le llevaras hasta ellos, y creyeras que al hacer esto estarías a salvo, pero sin importar lo que hubieras hecho, los resultados hubieran sido los mismos, tú hubieras conservado tu alma, y toda tu gente habría echado a dormir en el sueño profundo de las bestias.

—Ese sueño tan asqueroso del que no puedes despertar, y en el que tu corazón sigue latiendo, pero tus ojos pierden su brillo y tu carne se pudre poco a poco, y de forma tan horrible que ni los gusanos prueban bocado alguno.

—Entonces en verdad sabes lo que ocurre cuando un primordial ataca a otro aatos.

—El alma mortal o ikuinen abandona su cuerpo y se mezcla con el espíritu primordial, alimentando a la bestia.

—Tienes razón, los aatos mortales e ikuinen nos han alimentado a los primordiales, pero al tiempo de alimentar nuestro espíritu, también alimentaron nuestra conciencia.

—¿Qué mentiras quieres decir?

—Todos los recuerdos, todo lo que alguna vez sintieron aquellas almas devoradas, lo hicimos nuestro, incluido el temor de ser devorados, y esto no es ninguna mentira.

—Ustedes no pueden ser devorados.