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Narrativa de autoficción escrita por Marina Saura que recorre seis décadas de importantes cambios sociales que apenas han afectado a la compleja relación de las mujeres con los hombres. La narradora de Cara de foto simultáneamente niña, joven y mujer madura, escruta fotografías en busca de su reflejo. Todas le sirven, las de su familia y las de gente que no conoce. Son imágenes con las que reconstruye una vida, rellena los huecos que le faltan y a veces se encuentra con lo que sabía pero no quería ver. En la ficción los personajes no miran a cámara, son observados, en las fotos familiares todos miramos al objetivo. La narradora se empeña en no ser una mujer moderna como su madre y sus abuelas, ni antigua, huye de imágenes y modelos. Se pasa la vida volando en zigzag hasta volver al punto de partida. Crecer tiene sus peligros, pero abrir los ojos sin poner cara de foto, más.
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Seitenzahl: 221
Veröffentlichungsjahr: 2025
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CARA DE FOTO
Marina Saura
Colección ¿qué noscontamos hoy?AUTOFICCIón
Título:
Cara de foto
De esta edición:
© De Conatus Publicaciones S.L.
Casado del Alisal, 10
28014 Madrid
www.deconatus.com
Copyright © Marina Saura, 2025
Título original: Cara de foto
Primera edición digital: marzo 2025
Diseño: Álvaro Reyero Pita
ISBN epub: 978-84-10182-15-8
Todos los derechos reservados.
Esta publicación no puede reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistema recuperable o transmitido, en ninguna forma ni por ningún medio electrónico, mecánico, mediante fotocopia, grabación ni otra manera sin previo permiso de los editores.
La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:
Para Olivier
Devant la seule photo où je vois mon père et ma mère ensemble, eux dont je sais qu’ils s’aimaient, je pense: c’est l’amour comme trésor qui va disparaître à jamais; car lorsque je ne serai plus là, personne ne pourra plus en témoigner: il ne restera plus que l’indifférente Nature.
Roland Barthes, La chambre claire / Note sur la photographie
«Ante la única foto en la que veo juntos a mi padre y a mi madre, de quienes sé que se amaban, pienso: es el amor como tesoro lo que va a desaparecer para siempre jamás; pues cuando yo ya no esté aquí, nadie podrá testimoniar sobre aquel amor; no quedará más que la indiferente Naturaleza».
Sin cronología
El sillín del columpio se balancea hacia atrás y alguien me empuja suavemente. De pronto, la tierra desaparece. Cada tanto, mi cuerpo regresa a unas manos calientes que me sujetan, me retienen unos segundos y me sueltan otra vez. La tierra sube y baja, el cielo lo llena todo. No sé si me gusta más subir o bajar, siento escalofríos en cada vaivén.
Aprieta fuerte las cuerdas y no te sueltes.
Cierro los ojos. Al subir, el aire es fresco y peso menos que una pluma, siento la tentación de abrir las manos y salir volando. Al bajar, veo el suelo acercarse a toda velocidad. No pienso en la caída, sólo en mi nueva facultad de volar. Pronto aprendo a columpiarme sola, a darme impulsos cada vez más fuertes, hasta que las cuerdas del columpio pierden su tersura y me da la impresión de que podría echarme a volar, como lo hago en sueños. Me advierten que la caída es peligrosa, que tengo que aprender a dominar mi fuerza. ¿Mi fuerza? Es la primera vez que pienso que tengo fuerza. Fuerza para mí sola, para procurarme placer. Para hacer lo que quiera. Cuando vuelo no hay padres ni hermanas, estoy sola. Me columpio echando la cabeza hacia atrás en la subida y apuntando al cielo con los pies, siento que el aire me levanta la falda y veo las estrellas. Descubro que el mundo es inmenso y chiquito a la vez visto desde arriba. Me dan ganas de seguir subiendo.
No hay fotos de mí columpiándome ni colgada de las barras paralelas o haciendo el pino. Como no hay imágenes prácticamente de ningún otro momento que recuerde como importante. Pero hay fotos anónimas o de otros que me sacuden como si fueran propias. En mis álbumes aparecen personas que no conozco, porque murieron antes de nacer yo, o porque estaban casualmente presentes en el momento del disparo. Me da pena pensar que ya no quedan supervivientes que las puedan identificar. Las otras fotos, las compro en mercadillos. Pertenecieron al álbum de algún desconocido, pero tienen algo que me cautiva, algo de lo que carecía mi familia, lo que me lleva a adoptarlas instantáneamente. Me sirven igual. Las busco, las colecciono, me las apropio todas. Llenan huecos vacíos de mi biografía.
Me interesan sobre todo las que muestran cosas que suceden entre dos escenas, como cuando uno se equivoca de tecla y continúa filmando convencido de que la grabación se ha detenido. Mi cámara apunta hacia un lugar no intencionado y muestra a los personajes cuando se están relajando, por fin liberados del peso de la mirada ajena. Suelen estar algo tristes, porque saben que la imagen que acaban de dejar registrada no reflejará quiénes son realmente y serán inmortalizados poniendo una cara rara con la que no les quedará más remedio que convivir.
No sé si mi familia existió realmente o si me la estoy inventando. De lo que estoy segura es de que una familia, llamémosla equis, se manifiesta a menudo en mi película mental. Solemos encontrarnos cuando me miro al espejo. De pronto me veo con barba, o calva, muy vieja o adolescente, y asoman otros ojos y otras caras debajo de la mía. Nos miramos. A veces tenemos rasgos parecidos, como pasa en todas las familias, aunque siempre surge alguno que no se parece a nadie y no me explico cómo ha podido aterrizar allí. Lo incorporo al elenco. El espontáneo y alguna otra oveja descarriada empiezan a cobrar autonomía. Son mis personajes. La película se pone en marcha. Las épocas se superponen y desfilan en una sucesión de fotos fijas y fotogramas: en sepia, blanco y negro o color, en desorden, sin principio ni fin. Entre los rostros serios de los retratados y las imágenes de grupo surgen otras: las instantáneas, que son menos solemnes, algunas están desenfocadas y tienen los colores saturados. También hay escenas animadas, clips mudos y descartes, instantes de vida.
Me pregunto si somos como nos vemos o como nos ven. Quizá seamos quienes terminamos siendo cuando alguien nos mira bien. Tal vez por ello me he pasado la vida formando alianzas, para encontrar mi lugar en la foto.
Escribo a retazos, sin cronología, siguiendo los caprichos de la invención. Al final lo único que queda es la experiencia de la vida, la vivida y la fabulada.
Me gusta ir al cementerio. Es un camposanto muy pequeño y aislado que la gente no suele visitar los días de diario. Cuando estoy segura de que no hay nadie me recojo un rato frente a una lápida de mármol blanco. Los nombres de mis muertos están grabados en hueco y según les dé la luz del sol son casi invisibles. Pero dibujando las letras con los dedos se leen bien. Parece una lápida anónima, sin fotos incrustadas en medallón. Son muertos privados. Al parecer, corre la voz en el pueblo de que se han visto extrañas huellas de carmín sobre el mármol blanco.
No sonreír
Maya, mi madre, no sonreía en las fotos. En cuanto veía una cámara se ponía seria. Entre triste y enfadada. Decía que no sabía, que no le habían enseñado a hacerlo. Cada vez que se veía retratada con la boca abierta desgarraba la sección de la foto que le correspondía. Insistía en que tenía demasiados dientes, además de torcidos, que no le cabían todos en la boca y que al querer disimularlos hacía cosas raras con los labios y le salía una mueca. Que se hacía un lío con la lengua y no soportaba ver la cara que ponía de tonta. O de creída, que era peor. Mírala, por quién se habrá tomado. Nada más aparecer una cámara fotográfica en el horizonte, se giraba bruscamente de espaldas, inclinaba la cabeza y se revolvía el pelo, una de sus múltiples estrategias para esconderse, o se levantaba las solapas del abrigo y apretaba mucho los labios. Le encantaba el cine; había devorado Buenos días tristeza, La aventura, La noche, El eclipse y Desierto rojo, películas en las que las mujeres guapas no sonreían nunca. Lo sensual era poner cara de pocos amigos y tener aspecto de estar recién levantadas de la cama. Contagiada de la apatía de las intelectuales, salía siempre melancólica, a lo Mónica Vitti. Como ella, llevaba la melena corta y despeinada justo por encima de los hombros con el flequillo revuelto, medio tapándole los ojos. Y se pintaba la raya con delineador negro, lo que daba a su mirada clara una oscuridad de mujer fatal. A pesar de sus esfuerzos por impresionar y marcar su rebeldía, no había nada agresivo en ella; su gesto era más bien un tímido mohín de disgusto, casi de aburrimiento, y no dejaba adivinar que odiase su boca por encima de todo. Sin embargo, por mucho que aparentase estar dispuesta a fugarse a la aventura pisando sin miedo el acelerador de un coche deportivo, con un cigarrillo encendido en la mano (a diferencia de los hombres que lo llevaban siempre colgando entre los labios), le aburría hacer y pensar lo mismo que la Vitti.
Mi madre no era moderna ni falta que le hacía. Bastante tenía con haber sido educada por una madre adelantada, producto de la escuela Montessori, para quien lo más importante era que sus hijas trabajasen lo mínimo, se alejaran lo más posible de labores femeniles y tuvieran independencia económica para no tener que vivir colgadas de un hombre. Pero, por encima de todo, valoraba que supieran hacerse respetar. Palabras mayores para una ecuación enrevesada. De felicidad, regular. En mi casa no era tema. ¿Para qué? ¿Alguien creía todavía en cuentos de hadas? Sus amigas Catherine y Eva hacían lo posible por llevar la contraria a sus madres y abuelas. Cathy se pintaba las uñas de granate oscuro —las llevaba cuadradas y cortas, a ras de dedo—, se cardaba la melena escasa en un moñete alto, aliñaba la ensalada con más pimienta que sal, pero no sabía conducir y aguantaba a un marido médico pesadísimo que se jactaba con voz estentórea de ser el padre biológico de todos los hijos de sus amigas, conocidas o por conocer. Eva era una hucha ambulante, no comía, sólo bebía vino blanco y se pesaba tres veces al día, antes y después de orinar o defecar, la última, antes de acostarse.
Los nuevos mandamientos de las mujeres se declinaban más o menos alrededor de una misma resistencia: no complacer, no servir, no someterse a ningún hombre; oponerse y exigir los mismos derechos que ellos. Sin embargo, el aburrimiento estaba de moda y no había modo de escapar a su influencia. Una mujer que no habla es más interesante que una que dice tonterías. Sois belle et tais-toi (Sé bella y cállate) era la orden sin gracia que ellas aceptaban sonriendo sin despegar los labios. Ese ennui francés que tantos estragos hizo en la cuenca mediterránea. Aunque Gainsbourg lo cantase con ironía en varias versiones: Tedio, mortal y maravilloso tedio / Tedio, tedio, no man’s land entre la vida / Y la muerte, morirse durante horas y medias / Sin moverse, sin pensar en nada / Tedio, ni feliz ni infeliz / Inmóvil / Una maravillosa nada que adormece las facultades / Una tras otra…, no dejaba de reforzar, a golpe de canciones pegadizas, la imagen de una feminidad petrificada y asfixiante. La versión carpetovetónica era más rústica: En boca cerrada no entran moscas. Tus labios me vuelven loco, pero calladita estás más guapa. Mientras que las películas francesas parecían sugerir algo diferente: Si no sonríes, es porque eres misteriosa y no una tonta fácil de comprar.
Años más tarde, las hijas de aquellas madres escuchábamos canciones que nos ordenaban hacer todo lo contrario: abre la boca y cierra los ojos, pero no lo estropees,nena, lo estás haciendo muy bien, muy bien, muy bien. Si estás triste, ven, acércate, yo te consolaré, y si estás seria es porque piensas en cosas que te turban, que no entiendes. Ven aquí, no tengas miedo, yo te las explicaré, ya verás como todo irá bien, muy bien, muy bien, muy bien. ¡Cuánto nos parecíamos a ellas sin saberlo!
Mi madre y sus amigas recibían los piropos de los hombres con un agradecimiento rabioso cargado de humillación. Un hastío impostado las volvía impenetrables, mudas, y parecían siempre cansadas o aburridas. No te cases nunca, hija, sé libre. Ya, ya, vale, pero, ¿libre como quién? ¿Como tú, que no puedes ni siquiera sonreír con libertad?
Era tan fatalmente bella, con sus dientes torcidos y su melena despeinada.
El hermetismo de aquellas mujeres no era una pose frívola, en aquel entonces lo sexy era la angustia. Y lo auténticamente moderno, una mujer que piensa encerrada en su concha y rebelde (dentro de un límite). Una mujer que fuma, ama, conduce, bebe, baila y huye buscando lo que sólo unos pocos hombres saben darle.
No sonreír era el acto de resistencia pasiva de mi madre.
La lente
Mi hermana Laura posaba en bikini a cuadros rojos y blancos de vichy, con volantes en la braguita, delante del laurel que crecía en una esquina del patio, con la montaña al fondo. Delgada y oscura, frágil pin-up adolescente, la mirada aciaga a pesar de su edad, dirigía sus ojeras moradas hacia el objetivo amante del padre. Cauta en su manera de posar, como aguantándose las ganas de entregarse totalmente. El rostro del padre desaparecía tras la cámara —no del todo, pero casi—. Sus ojos se apagaban y sólo brillaba la lente del objetivo.
Primer sujeto
Tomé mi primera fotografía un sábado de invierno en la ciudad universitaria de Madrid, frente a la fachada del Museo de América, con mi recién estrenada Instamatic. Acababa de empezar un año bisiesto y me parecía que sólo por eso mi vida iba a dar un cambio radical. Me habían retratado muchas veces, sola o en compañía de otros, desde la cuna hasta la última foto de clase de fin de curso, pero lo distinto de aquel día de Reyes era que la cámara era mía. La llevaba colgando de su correa de nylon alrededor de la muñeca y la veía balancearse como un coqueto bolsito de mujer mientras espiaba mi reflejo en los cristales de los escaparates. Hacía poco me había atrevido a ponerme un sostén de mi madre relleno de calcetines y no me cansaba de admirar el efecto. Pero ahora miraba el reflejo de mi cámara con timidez y anhelo. La cajita mágica no era un juguete de quita y pon cualquiera, sino una herramienta nueva, algo muy especial que me habían echado los Reyes y que iba a servirme nada más y nada menos que para disparar.
Recuerdo el momento en que elegí lo que quería fotografiar cuando miré por primera vez a través del visor, y cómo, instantáneamente, la imagen me atrapó. No me asusté, al contrario, mantuve el ojo abierto y fijo. Es difícil explicar la sensación, pero sería algo así: de pronto, se descorría ante mis ojos la cortina de una nueva dimensión, un telón propio que podría abrir y cerrar a mi antojo. Esperé muy quieta a que sucediera algo, como si el simple acto de mirar a través de la máquina fuese suficiente para acceder a otra realidad en la que todo sería distinto y maravilloso. Calculé el ángulo y la distancia, dudé en colocar al sujeto en el centro de la imagen o a un lado y opté por desplazarlo un poco hacia la izquierda, buscando equilibrar un cielo inmensamente azul, sin bordes, y un pavimento gris, también sin fin. Intentaba entender por qué se me torcían todas las líneas paralelas a la vez. Parecía imposible encajar las del suelo con las del tejado y alinearlas simultáneamente con las de las ventanas del edificio del fondo. Finalmente, aguantando la respiración, disparé.
Mi primer sujeto fue un perro. Un perro callejero que pasaba por allí y se sentó al sol, de perfil. Un perro que no me conocía de nada y ni siquiera se acercó a olisquearme.
69
Me vi retratada en una foto cuadrada con reborde blanco de 9 x 9 cm quemada por la luz. Los colores estaban pasados, como lavados con lejía. Sin rastro del negativo ni indicación alguna sobre quién podía haberla sacado. Sólo tenía la fecha, 69, que figuraba en un lateral. El borde del papel había virado al amarillo. Tenía, pues, doce años recién cumplidos. Vestía un conjunto de pantalones cortos y niqui de rizo azul marino. Tenía la cabeza gacha, seria y triste, y estaba sentada sobre la hierba rala de un jardín semiabandonado. Acariciaba un perro sin collar. Detrás de mí se veía una balaustrada carcomida por el salitre, engordada con muchas capas de cal que alguien había aplicado sin mucho miramiento, por donde asomaban varillas de hierro oxidado. Un decorado atemporal para dos jóvenes mutantes: un cachorro sin vacunar de la última camada de los guardianes del bar-restaurante El Balneario, en primera línea de playa, y yo, de vacaciones con mis abuelos. Aún no me habían informado de que mis padres estaban separándose. O de que él, porque se había enamorado de otra, estaba en trance de abandonar a la única que contaba. Sus hijas no sabíamos nada ni podíamos influir en las decisiones que nuestros padres estaban tomando a tientas, como todas las parejas que se separan, salvo cuando la razón —ese milagro tan luminoso y vertical— interviene, en casos francamente excepcionales. Fue el último verano de mi infancia. No he cambiado nada. Sigo igual, sólo que sin perro.
Rescoldos
Nuestro padre asomaba la cabeza por el ventanuco del dormitorio y nos despertaba silbando. ¡Arriba, meninas! Nosotras, tumbadas sobre colchones de rayas rellenos de virutas de corcho, en medio de un desorden descomunal de sábanas y juguetes, bajo una cometa japonesa de tela azul, un Koinobori de cinco metros con forma de carpa, suspendida al techo con varios hilos de nylon como una nube, no reaccionábamos. Excepcionalmente añadía: Niñas, poneos guapas. Hoy, sesión de fotos. Emergíamos del blando sueño bostezando y dando tumbos, pero nada más escuchar la orden, en un pispás, ya estábamos dando vueltas como locas en un remolino de excitación máxima. Revolvíamos los armarios en busca de telas bonitas, adornos y abalorios para componer los disfraces que nos probábamos frente al espejo. Luego bajábamos las escaleras del jardín lentamente, contoneándonos como vedetes de revista, haciendo gestos finos con las manos, levantando el meñique mientras él nos acribillaba a disparos. En un abrir y cerrar de ojos nos habíamos transformado en princesas. Después, pasada la explosión de alegría, nos hacía fotos de grupo en las que siempre salíamos lánguidas y ojerosas, quizá imitando a nuestra madre y, por último, se dedicaba a tomarnos primeros planos. Era difícil que saliésemos todas bien a la vez, sin posar en exceso, pero poníamos cuidado en no cerrar los ojos ni hablar en el momento del disparo. Lo mejor era no pensar en nada, eso nos decía nuestro padre. Olvidaos de mí, pensad en otra cosa, pero era imposible. Yo, nada más ver la cámara, ponía cara de foto como mamá. Gesticulaba como si tratara de ahogar un bostezo, o cerraba los ojos. Lo peor era que se me hinchaba la lengua y me daba la impresión de que, si seguía creciendo —¿y por qué dejaría de hacerlo?, no me cabría en la boca y, también, que mi propia lengua carecía de frenillo y podía tragármela. Me recordaba a las lenguas de ternera que colgaban de enormes ganchos en la carnicería, con esos pliegues gordos de carne esponjosa rosa pálido, casi blanco, que les crecían en la base como tubérculos. Intentaba olvidarme del ojo del objetivo, pero enseguida me entraba una risa floja incontrolable, y cuando intentaba ahogarla intervenía la lengua y lo estropeaba aún más. Sin duda, el mejor disfraz para las fotos era el de mora, porque me tapaba la cara entera menos los ojos. Ahí la lengua se estaba quieta o no se notaba si se movía. Estupendo, nena, así estás bien.
A pesar de todos estos problemas, nada nos producía más alegría que cuando nuestro padre nos fotografiaba. Lo hacía muy en serio, aplicándose. Medía la luz con el fotómetro, encuadraba y disparaba.
Por fin nos miraba. Nunca de frente, sino a través de su Rolleiflex.
Queríamos ser fotogénicas por encima de todo, quedar bien en una imagen fija que condensara lo que éramos en movimiento, niñas vivas. Buscábamos en la mirada del padre nuestro reflejo, nuestro verdadero rostro. Como carecíamos de experiencia y malicia, nos escudábamos en el atrezo arramblando con la mayor cantidad de colchas, cortinas, manteles, cinturones, sombreros, antifaces, plumas, collares y boquillas de cigarro que podíamos encontrar y lo combinábamos todo para componer escenas estáticas. Las improvisábamos intentando estar siempre perfectas, sin pestañear ni hacer muecas, y dejábamos de respirar para no estropear la foto hasta que oíamos el chasquido del disparador. Pasaba un ángel y durante unos segundos, que se nos hacían eternos, el silencio se llenaba de trinos de pajaritos y rumores de lagartija correteando por la yedra. Tras la expectación y las ganas de agradarle, no sabría decir por qué, aquello a lo que nuestro padre nos había arrastrado escondido tras su cámara, nos dejaba tristes e inermes, como animales disecados.
La mayoría de esas fotos han desaparecido. Se las tragó un incendio criminal que arrasó gran parte de nuestro archivo familiar además de miles de documentos, colecciones de cerámica y correspondencia. El rostro de nuestra madre se derritió, carbonizado en el fondo de las cajas amarillas de las diapositivas Kodak. Lo único que quedó de ella en la casa, tras la separación, fue una masa gelatinosa y pestilente. Al final, dio igual que se le vieran los dientes o no.
El pulpo
Un día encontré una maleta en el desván. Estaba junto a otras, algunas muy viejas de cartón y otras de cuero, e incluso algún ejemplar de los primeros modelos Samsonite de dos ruedas, de caparazón duro y tirador retráctil. Era más bien un bolsón de viaje de cuero con cremallera y correas muy gruesas. En su interior había una bolsa de tela atada con varios nudos. Una fragancia antigua, que instantáneamente asocié con mi madre, empezó a aflorar entre los olores normales del desván (a chamusquina, a polvo y a resina de vigas recalentadas por el sol). La reconocí nada más abrirla. ¿Era posible que fuera su perfume tras tantos años de ausencia? Desenrollé temblando los sostenes negros de encaje de media copa, los ligueros con cangrejos forrados de satén y las medias de rejilla negra agujereadas. Todo bien usado y sin lavar. Camuflada entre las fibras más secretas de la ropa íntima había una fragancia densa a sudor, perfume y a algo más, hasta entonces desconocido para mí, que sólo años más tarde descifraría. Abandoné el amasijo en su bolsa ahumada. Parecía un pulpo muerto. Pero el rastro del perfume de mi madre permaneció un tiempo flotando en el aire, mezclado con el del incendio.
Es posible que no fuera una distracción ni un acto fallido, que la maleta no hubiera sido olvidada ni abandonada en el desván por casualidad sino colocada precisamente para ser descubierta un día, como venganza por la traición y el abandono. Sin duda, yo no era la calculada destinataria del hallazgo, sino la víctima de un juego de casualidades. La persona que debía haberla encontrado no había tenido la misma curiosidad que yo, el mismo agujero en mitad del pecho, reflejo del tenebroso orificio que se abría, como el ojo de un cíclope, en la entrepierna de los pantis de rejilla. El mensaje no le llegó a ella, a la novia nueva, diana previsible que podría haber sufrido de celos retrospectivos, sino a mí. La mina enterrada encontró un hueco propicio y estalló en mis manos en ausencia de testigos, invisible su daño colateral.
Emulsión
Los ojos azules, grandes y redondos de Ángela, mi hermana pequeña, asomaban por encima del tazón de loza blanco en el que bebía su colacao de las mañanas. Parecía seguir soñando mientras miraba al cielo por la ventana de la cocina. Dos lagunas quietas y profundas que lo absorbían todo hasta que se daba cuenta de que estaba siendo observada. Entonces, achinaba los ojos con una sonrisa pícara que borraba de golpe la fijeza anterior. Cuando iba a sentarse en su silla y se la encontraba ocupada, decía: Qué bien se está en mi sillita, ¿verdad? Era la payasa, la chispa, el solete, el lucero del alba. Sus fotos de niña la muestran con el pelo cortado a lo paje y el flequillo torcido, sus pequeños dientes mordiendo una rodaja de blancura en mitad de una cara de luna y los ojos inmensos y vivos, siempre brillantes. No existió niña más alegre, polvorilla, dispuesta a jugar y a conformarse con las soluciones más peregrinas, con tal de evitar conflictos, como tolerar que Laura la arrastrara tumbada sobre una manta, pasillo arriba pasillo abajo, en el muermo de las tardes de invierno. Las baldosas lisas, rojo hígado, estaban calientes en cortos tramos del pasillo, por donde pasaban los tubos de la calefacción. Daba gusto tumbarse sobre el suelo en esos islotes de calor. En nuestra casa, diseñada por un arquitecto contemporáneo que quiso borrar las barreras entre sexos, edades y clases, casi no había pasillos. En aquel espacio único y conectado se podían oír las palabras, fluía la luz y circulaban el aire y la música. Ella, la pequeña, lo reunía todo. Era el eslabón que suavizaba las rivalidades entre padres y hermanas mayores. Mi hermana Ángela, pasillo anacrónico. Se reía con voz cascada, como de bebedora de cazalla, guiñando los ojos. Cuando se hizo adolescente decía: No soy guapa, no soy lista. Soy normal. Aprendió a conducir antes de acabar el colegio, se sacó el permiso a la primera, y murió a los veintiún años de un traumatismo craneoencefálico al ser expulsada de su asiento de copiloto en un choque frontal. No conducía ella, sino un ligue clandestino a quien le cedió el volante, y que salvó la vida gracias a su gentileza. No llevaba puesto el cinturón de seguridad. La foto de su cabeza, sin otro rastro de muerte que una mancha morada en la sien, no existe impresa en papel, pero no he conseguido borrarla de la emulsión sensible de mi cerebro.
Cara de foto
Posaba de maravilla, casi siempre serio (era de la generación que asociaba sonrisa con debilidad), la barbilla hundida en la palma de la mano con los dedos doblados para esconder las uñas mordidas hasta la sangre, y miraba fijamente a cámara desde abajo, en contrapicado, como ocultando algo, pero sin avergonzarse. Taladraba el papel fotográfico con el fuego negro de sus ojos. Él sí que ponía cara de foto, pero hay caras y caras de foto, y la suya, con su arrogancia disfrazada de hermetismo, quedaba siempre bien. Se había construido una máscara a base de eliminar sonrisas y vestir sobriamente.
