Cara democracia - Cesar Lopez Trelles - E-Book

Cara democracia E-Book

Cesar Lopez Trelles

0,0
6,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

"Van a volver a vivir en democracia, pero a un costo muy caro…" Esta es la historia de vida de una adolescente y su entorno cercano en una zona muy particular de Buenos Aires, entre los años 1976 y 1978. Cuenta lo común, lo cotidiano, y diversos hechos consecuentes que transcurrieron en un tiempo muy difícil de nuestra historia como pueblo. Inspirada en hechos y personas reales, esta historia tiene los condimentos de la adolescencia: cierta irresponsabilidad, pasión, fortaleza, sueños, rebeldía, inocencia, acción. Y, sobre todo, libertad.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 168

Veröffentlichungsjahr: 2021

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Lopez Trelles, Cesar Alberto

Cara democracia / Cesar Alberto Lopez Trelles. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

176 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-722-2

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Historia Argentina. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Lopez Trelles, Cesar Alberto

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Dedicatoria:

A las y los 30000.

A todas las víctimas del terrorismo de Estado, que son muchas más.

A mis hijas e hijos (nacidos en democracia), Nahuel, Nehuen, Ailin, Maylen y Sayen.

A mi amada compañera, Gaby.

A todas y todos aquellos que forman parte de mi vida, mi historia y, de alguna manera, forman parte de este libro.

Agradecimientos:

A mi hija Ailin.

Diego Pasmanik.

Jesica Bustos.

Daniel De Angelis

Veronica Picco.

Raúl Jaime.

Cara democracia

“Van a volver a vivir en democracia, pero a un costo muy caro”.

En estos tiempos, en los cuales el tiempo no es importante, no define, tal vez no existe. En estos lugares, donde todo es efímero, donde no sabemos dónde estamos, donde el dónde es casi metafórico, donde el dónde no vale porque otro dónde es inmediato o contemporáneo.

A esta altura de mi vida, donde surgen muchas certezas y donde surgen todas las dudas, donde no sé qué es real ni qué es un sueño, donde la montaña rusa me lleva hacia arriba, o me baja estrepitosamente, donde no sé qué vendrá en el próximo milisegundo, donde dudo de la vida y, obviamente, de la muerte. Donde dudo si estoy vivo, donde dudo si la muerte y la vida son tan distintas, o son lo mismo, o son sucesiones.

A esta altura de mi vida, donde los recuerdos se mezclan con la realidad. A esta altura de mi vida, donde el pasado se vuelve presente. Allí, aquí y ahora nos suceden las cosas.

La niebla, el humo, el esmog tapan los grises. Encima una llovizna débil, moribunda, limita aún más nuestros sentidos. Los pasos pesan más que los años, el andar cansino, casi inmóvil, permite un avance imperceptible. La luz del viejo bar es una estrella lejana, difusa, a la distancia cercana.

La risa que se acerca y las voces que invaden el silencio me dan señales de que estoy vivo. Descubro la pareja de jóvenes abrazados, riendo, momentáneamente felices, disfrutando ese pequeño instante que en sus vidas pone luz a toda esta grisura. Me sacan una sonrisa y me traen recuerdos.

I

Chantal

¿Cómo no recordarte, Chantal? Para nuestro mundo occidental, tremendamente hermosa, morocha, cabello muy largo ondulado, levemente rizado, hasta la cintura, libre, despeinado a propósito, volando al viento, haciendo brillar aún más esos ojazos color verde esmeralda, sobre esa piel blanca, casi anémica, casi transparente, donde resaltan esos labios rojos carnosos, llenos de pasión y con una lujuria controlada.

Esa risa sonora, voluminosa, estridente, libre, impertinente, contagiosa, reluciente, preciosa, tan preciosa que se expande en el aire cercano y no tan cercano, que llama a darse vuelta y que levanta tanto sonrisas como otras risas.

Ese escote dominado, controlado, pícaro, insinuante, hábil, lúcido en cuanto a desprender o no un botón más. Corrupto y corruptor escote.

Ese perfume dulce, suave, penetrante, floral, que anticipaba tu presencia, perduraba en tu ausencia y perdura en la memoria.

Aquellos que pudimos conocerte en tu intimidad, cómo no recordar tu bondad, tu humildad, tu sensibilidad, tu compromiso, tu solidaridad. Tu firmeza inquebrantable pero elástica, tu lado débil, de dudas, temores, tu salud franqueable, tu llanto tanto de dolor como de placer.

Aquellos que pudimos discutir contigo, cómo no vamos a recordar y alabar tus pensamientos, tan claros como el agua de aquella playa caribeña donde los peces danzaban alrededor de tus pies perfectos y donde hasta las sirenas venían a verte para endiosarte y envidiarte.

Esos pensamientos tan claros y contundentes, alimentados y formados por tanta lectura dispar, tantos autores distintos y opuestos, que, licuados en tu cabeza, surgían firmes, sólidos, convincentes, de tu boca, con un sonido suave, musical, agradable, seductor, con tanta seguridad y firmeza que no era necesario subir el volumen para confirmar y que generaba silencios para ser escuchado, tanto por uno, como por cientos, tanto diciendo en secreto, en la intimidad, como levantando y movilizando multitudes en alguna reunión. Tanto en vivo, como en esa magia radial, que nos permite escuchar sin ver, con el solo sentido del oído.

Al seguir recordando, me surge un mediodía húmedo, calurosísimo, transpirado, tremendamente soleado y brillante. Caminando con Aquiles por las angostas y antiquísimas calles de esa barriada descolorida, con historia, galera, carruajes, grises, adoquines y tacos de madera en las calles. Con ese característico olor a cebo, a aceites, a vejez enquistada.

Casonas antediluvianas, algunas cuidadas, otras no, otras no tanto, con balcones inmensos, pórticos inmensos, todo desproporcionadamente inmenso y viejo. Vereda angosta, donde el grandote Aquiles apenas me dejaba un pequeño espacio contra la pared, donde asomaban viejas rejas de balcones que debía ir esquivando para no chichonear mi frente, las baldosas rotas o flojas, el perro dormido frente a la puerta altísima de dos hojas talladas, con esos bochones de bronce imponiendo su presencia y dando más portentocidad a esa ya portentosa entrada, culminada a sus pies con un escalón de mármol blanco, agrisado y gastado por el paso de tanto tiempo.

Las vidrieras llenas de cosas viejas, que te transportaban a todos los tiempos pasados. Alguna frase en algún idioma extraño, pero tan habitual en el barrio.

No solo era un malabarismo físico caminar con el Aqui, sino, y aún peor o mejor, el equilibrio mental para interpretar su decir revolucionario, su decir de lucha, por la justicia social, por la falta de derechos, por las desapariciones forzadas, por eso de ser derechos y humanos, “Los argentinos somos derechos y humanos”, decía el eslogan de la dictadura. Y mentirosos, asesinos, ladrones, usurpadores, violadores, me decía Aquiles.

El gran diario argentino decía: “Las Fuerzas Armadas ejercen el Gobierno”, decía que un grupo de patriotas vestidos con uniformes se vieron obligados a tomar el poder ante tanto desastre democrático y que todo iba en vías de solución. Aquiles transmitía que ese reciente golpe de Estado había destruido todos los derechos y que estaba desapareciendo gente.

Así, entre ese fórceps Aquiliano que forzaba mi apertura mental y esas gambetas de baldosas, perros, basura, pozos, soretes, vagos tirados en las calles, borrachos tirados en la calle, mujer con bebé en brazos tirada en la calle, desocupados tirados en las calles, policía revisando a un joven apretado contra la pared, así llegamos a ese espacio verde, ese oasis en el cual nos recibía una imponente nave de granito con un español espada en mano. Otro genocida, afirmaba Aquiles.

Caminamos por la vereda del parque, hacia abajo, en esa calle que según tu perspectiva subía o bajaba, pasamos por la puerta del museo, en el que nos muestran mentiras, decía Minerva, la hermana de Aquiles, más radicalizada aún en su postura política y social.

Llegamos a la calesita, donde de chicos dábamos vuelta mirando un mundo extraño que también giraba delante de nosotros, veíamos pasar el tiempo en el pochoclero, que iba pintando sus pelos de gris, en la nena que vendía globos, a la cual le empezó a crecer la panza algún verano y así durante no sé cuántos veranos más, se iban acumulando mocosos alrededor de los globos. El policía que fue perdiendo su amabilidad con este tiempo, o estas circunstancias político sociales que nos rodeaban.

Agarramos la diagonal hasta llegar al supuesto barco de metal negro, del cual salía, desde mi propia perspectiva, un inmenso pene sin cabeza, ese día nos sentamos a ver la vida pasar, la vida y el 29, la vida y los taxis, la vida y el olor a galletita que venía de la fábrica de enfrente, de la cual empezaba a salir una maraña de hormigas, corriendo tras el 29 para subir, amontonarse e ir quién sabe con qué destino. Enfrente otros, muchos más, corriendo tras el 33 para amontonarse aún más e ir quién sabe con qué destino, pero en este caso hacia el sur, siempre más populoso, pobre, con menos derechos y mucha más injusticia.

En ese transcurrir vimos un Falcon de la Federal entrando al parque por el pasto y llegando hasta un grupito de gente, amontonados como abejas al panal, Aquiles me tomó del brazo, me levantó cual pelota de rugby, y ya estábamos yendo hacia el enjambre. Un comisario gordo, desalineado, gritó: “¡Llevate al roñoso y llevate a la zurdita!”, mientras se iba caminando raudamente hacia otro patrullero que estaba en la calle que subía (o bajaba).

En medio del enjambre vi a Calixto, un amigo nacido en la isla, al otro lado del inmundo Riachuelo, gran jugador de fútbol, zurdo habilidoso, con piolines en sus zapatillas con orificios de respiración impuestos por el tiempo, invisibles piolines donde ataba la Pulpo y la llevaba adonde quisiera, hasta el hartazgo, hasta que él decidiera en qué rincón del arco hecho con cascotes la iba a clavar, un duende de risa clara e inmensa, que dejaba relucir las ventanas a su boca, por algún diente perdido, quien sabe en qué circunstancia policial, con esos vaqueros de Eduardo Sport, que algún cheto alguna vez le había donado, con esos vaqueros manchados por el barro, aceite y otras tantas circunstancias de su vida, con la camiseta de San Telmo que alguna vez le había regalado una de esas hermosas chicas que hacían trabajo social bajo la tribuna.

Su gorro de lana negro, empiojado y agujereado cual panal por el tiempo y las polillas, con esa escarapela ya negra, gris y negra. Al lado, el escudo impecable del Partido Justicialista que le había regalado su abuelo, al cual se lo había regalado Evita en persona, la vida por el escudo. La vida por Perón. La mochila oscura, que en ciertos lugares denotaba que había sido color arena y la bolsa de almacén roída también por la vida.

Al lado de Calixto, parado firme como otras tantas estatuas del parque, reluciente, con su gorra donde el sol encandilaba aún más que el propio sol, con su cara de indio mal llevado, serio como busto de Sarmiento, jugando al malo, estaba Atahualpa, otro gran jugador de fútbol, wing derecho, como le gustaba presentarse, rápido, escurridizo, desbordador, se autodefinía como “el Houseman de la arenera”, nacido en un conventillo con muchos colores, agujeros, ratas, gatos y carencias. Jugábamos con lo que sea a patear debajo de la magnolia que dominaba el patio y, de vez en cuando, rompíamos la única bombita que servía para ir al baño del conventillo. Aunque me llevaba unos años, casi crecimos juntos, en ese inquilinato en el cual vivía mi tía.

Recuerdo la desilusión de los pibes cuando dijo que se metía de cana, en el fondo del conventillo, de su alma y de su corazón, el Ata era buen pibe, “con códigos”, decía el panadero que levantaba quiniela clandestina frente al convento.

“¿Qué pasa, Ata?”, se me ocurrió preguntar, mientras Aquiles me miraba azorado. “¡Hermano!”, y me tiró un abrazo dejando toda su postura de lado. “El taquero quiere que lleve al roñoso y a la zurdita”. “¡Boludo!, el roñoso es el Calixto”, el que una vez llevé a jugar para nosotros a Olivos, allá cerca del río, contra los chetos, y te tiró el centro para que vueles en palomita y la claves en el ángulo. Ganamos como para comprar la Pintier nueva. Después se fue de la casa, cuando murió la vieja. Algunos dicen que al viejo se le fue la mano, otros dicen que se fue porque no soportó más las borracheras y de ahí es que anda en la yeca, sobreviviendo, durmiendo de a ratos, como perro sin cucha, en el puente bajo la escalera mecánica, el parque, en el hall del teatro. Morfando cuando sobra en algún tacho de las cantinas.

“LLevalo, decile que se raje”. En un impulso de valentía, amor a primera vista, agrande inconsciente, o quién sabe qué locura interna, agarré del brazo a la zurdita, le clavé los ojos al Ata y empecé a caminar para el centro del parque, hacia la glorieta, al lado Aquiles; del brazo, la zurda que me miraba atónita, como escudriñando quién es este flaquito desgarbado, pelo largo, despeinado. Cerca el Calix, atrás Atahualpa, sonriendo y levantando la mano orgulloso con ese acto de rebeldía, justicia, inconsciencia de su amigo, pese a que sabía que le vendrían quince días de castigo.

Así era el barrio, había códigos.

II

La casona

“A las nueve frente a la cale”. Dijiste descontando mi presencia, con esa seguridad que te caracterizaba. Me diste un besote atrevido, medio cachete, medio labio, que me congeló, te fuiste corriendo, riendo y gritando “¡Gracias!”, hacia el bajo.

Casi tuvimos que levantar los ojos del grandote, que se desorbitaban, y la risa del Calix era el sonido dominante en esta ruidosa ciudad.

Sin decir palabra, Aquiles nos abrazó a los dos y rumbeó silbando La marcha de la bronca, con paso lento y satisfecho, hacia la casona, ahí nomás en la calle que subía o bajaba. Nos abrió Minerva, con esa sonrisa espléndida y esa presencia de mujer firme, bien pensada, radiante, con esos ojos verdes que encandilaban, con esos pelos rubios ensortijados que iluminaban. En ese instante los encandilados y desorbitados fueron los negros ojazos de Calixto.

Nos instalamos en la cocina inmensa, práctica, cómoda, que abarcaba todo el ancho de la propiedad, en el fondo, con grandes ventanales que daban al jardín, sobresaturado de plantas que tapaban los altísimos paredones que separaban y protegían la casa del resto del mundo.

Minerva sacó de la heladera jamón y queso, buscó unos panes tan grandes como sabrosos. Cuando le alcanzó el rebalsante de mayonesa y recargado sándwich al Calix, casi tuvimos que levantar su maxilar del suelo. Esos ojos negros llorosos y brillantes llenos de agradecimiento, la sonrisa cómplice de Mine nos alegraron ese instante de vida.

El café clásico de la casa, fuerte en demasía. La habilidad de Minerva para invitar a Calixto a pegarse un baño de inmersión, con esa agua tan caliente como extraña, con esa paz y seguridad, tan placentera como extraña para él. Pasamos casi una hora con café, Perón, el Che, los milicos, Boca, River, y pese a que no estaba, Chantal.

Hasta que apareció un extraño, fachero, peinado, perfumado, afeitado, con una remera que le quedaba grande, pero pintada. “¡A Hollywood!”, gritó el grandote. Las risas, la alegría, la amistad, la solidaridad nos llenaron el alma.

Me fui caminando a los saltitos, cantando Gracias a la vida, esas diez cuadras que me separaban del pequeño departamento de dos ambientes donde nací y fui creciendo junto a mis viejos. Le pegué un abrazo poderoso a la vieja, haciéndola partícipe de tanta felicidad.

III

El principio

Después de los mimos de la vieja, la siesta en su cama con el ventilador al máximo, el silencio sepulcral porque el nene estaba descansando, los lambetazos amorosos del peludito, la lectura obligada del libro de Historia con más mentiras que verdades, me levanté a las siete y me preparé para la que sería, según mis suposiciones, sueños y deseos, una noche que me marcaría. Un hito en mi vida. Mucho tiempo después me enteraría de que tu nombre significaba justamente eso: hito.

Mangazo a la vieja, ocho y media salí caminando y saltando por los adoquines de la diagonal que me llevaría ansiosamente hasta la avenida y de ahí hasta la cale.

Llegué a la calle ancha, doblé a la derecha y el aroma de la yerbatera despertó aún más mis sentidos, no me importó el ruido ni el calor, me atrajo el olor a los clásicos bizcochos que emanaba desde la fábrica de galletitas y me hizo dar cuenta de que ya estaba en el parque. Fueron quince minutos antes. Me senté en la parecita que daba a la calle que sube o baja, frente a la casona, espalda a la calesita, intuí que el grandote podría estar espiando desde la ventana de la planta alta. ¿A qué hora se habrá ido el Calix, o todavía estará ahí?

Nueve en punto. Dos manos con un perfume floral agradablemente dulce, suave y penetrante, me atraparon desde atrás y me taparon los ojos, una voz suave, tierna, susurrante, me dijo: “No dejes nunca la espalda al descubierto”.

Esas mismas manos se deslizaron por mis brazos y en una maniobra yudesca quedaron en mi nuca, con una increíblemente hermosa mujer frente a mis ojos, sentada en mis piernas.

Quedé impávido, duro, quieto, sorprendido durante algunos segundos que en mi mente fueron horas. Hasta que, sin querer, en un grado de inconsciencia total, a puro reflejo, deslicé mis manos por su espalda sugiriendo un abrazo hermoso, fuerte, sincero, libre, deseado, eterno. Un “gracias”, susurrado, penetró por mi oído derecho y aún hoy retumba en todo mi cuerpo, en todo mi ser. Estábamos frente a frente, mirándonos a los ojos, abrazados, nuestras bocas muy cerca, nuestro primer beso fue consecuente, inevitable, tempestuoso, salvaje, dulce, tierno, infinito, inolvidable.

Nos levantamos casi sin darnos cuenta, lentamente y de la mano, mirándonos, comunicándonos solo con los ojos, transmitiendo sentimientos por nuestras manos. Comenzamos a deslizarnos por la calle que sube, hacia arriba, al viejo y tan amado barrio. Cruzamos frente al museo, ignorando todo a nuestro alrededor, incluso al consigna que estaba en la puerta. Pasamos por la esquina, frente al monumento al conquistador, y ella, girando levemente su cabeza, con su sonrisa al frente, le susurró un “feo”, como saludo al gallego marmolizado.

Así en silencio fuimos empezando a jugar con el esquive de bolsas de basuras, soretes, escombros y todo lo que el hermoso barrio nos ponía delante en sus veredas angostas. Era nuestra primera complicidad, nuestra rayuela citadina.

En la plaza central, el ruido de los autos se confundía con la poliglotería de los turistas, frente a una vidriera una estatua imitaba una bailarina, Chantal me soltó y posó tal como la estatua, haciendo que nuestra risa sonara en la vía angosta. Abrazados, doblamos y en esa calle que iba hacia el bajo, con adoquines irregulares, fuimos jugando nuestro juego, hasta llegar a esa pequeña esquina, muy antigua, donde habían puesto hacía poco tiempo un barcito muy arrullador, muy lindo, sin exageraciones, con su puerta de dos hojas en la ochava, su piso damero, en grises y blancos, ya no tan blancos, la barra de madera con copas colgadas y multitud de botellas atrás contra un espejo, tenue luz, mesas viejas, de madera vieja, al lado de las ventanas más viejas aún, con marcos de madera marcada por las termitas y un piano allá al fondo.

Lo interesante de todo esto es que sin hablarnos, los dos habíamos decidido ir a “La Poesía”. Saludamos y nos dimos cuenta que ya había gustos en común.

Ella fue directo al piano, acomodó su larga pollera hindú entre sus piernas, recogió su larga cabellera y con suavidad indescriptible comenzó a cantar Imagine, logrando un silencio total en todas los presentes y una atención tal que transformó el lugar en un templo. Hasta para pedir un café la gente lo hacía solo por señas, el índice haciendo pinza sobre el pulgar, a distancia de pocillo, la birra levantando la botella vacía. Y así siguió Let it Be, Naranjo en flor y muchas canciones más. Mientras, me colé en la barra y preparé, como habitualmente lo hacía en ese lugar, dos americanos batidos con azúcar en el borde de los vasos, con rodajitas de limón también al borde y el de ella con una rosa que robé de un florero.

Me acerqué y me senté en el cajón peruano como premonitoriamente, probó el trago como besándolo y acomodó la rosa en su pelo. “Para vos, lindo” y comenzó a cantar “de tu querida presencia comandante Che Guevara…”, sin miedo, libre, sentida y yo percibí que con amor.

Cantó una hora, cuatro vasos largos y mil miradas, sonrisas y aplausos. Se paró, fue a la barra, dejó la plata de los tragos sin preguntar, me agarró de la mano y dijo “a domani”. Saludé del mismo modo, porque era mi modo habitual de saludar. Y “a domani”. Salimos y me hizo enfilar hacia la avenida más ancha del mundo, fuimos jugando, esquivando escombros, baldosas, soretes, basura.