Caravana para cuervos - Eminé Sadk - E-Book

Caravana para cuervos E-Book

Eminé Sadk

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Beschreibung

Nikolay Todorov, profesor de Geografía en una pequeña ciudad de Bulgaria, ha ganado un proyecto europeo para renovar el contexto educativo de la escuela local. El alcalde y el director del instituto, que entienden dicha renovación como una preservación del statu quo, celebran a lo grande tan insólita noticia, y Todorov se ve arrastrado a un banquete para pronunciar un discurso sobre tradiciones rancias en las que no cree en absoluto. La sensación de estar fuera de lugar y la náusea que le provoca el inmovilismo de su entorno llegan al paroxismo cuando Todorov, incapaz de decir en voz alta lo que de verdad piensa, vomita encima del director del instituto. Es entonces cuando decide dejarlo todo y marcharse a cualquier otra parte. Todorov se embarca en un viaje emocional y vital por los pueblos olvidados de la región búlgara del Ludogorie (Deliormán), conocerá la realidad de sus habitantes, se reconciliará con su pasado y encontrará el amor. Sin embargo, a veces, la búsqueda parece no tener fin. Esta novela fue el gran debut de la joven Eminé Sadk, una obra cargada de ironía, sátira y ternura, una tragicomedia que nos muestra la encrucijada multicultural de este rincón olvidado de Europa.

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Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2025

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TÍTULO ORIGINAL: Керван за гарвани

 

Publicado por

AUTOMÁTICA

Automática Editorial S.L.

Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid

 

[email protected]

www.automaticaeditorial.com

 

 

© Eminé Sadk, 2021 (publicado por primera vez en Bulgaria por la editorial Faber)

© de la traducción, María Vútova, 2025

© de la presente edición, Automática Editorial S.L., 2025

© de la ilustración de cubierta, Javier Boullosa, 2025 (IG: _javitxuela)

 

Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.

 

Este libro se ha publicado con el apoyo de National Culture Fund of Bulgaria.

 

 

ISBN digital: 978-84-10141-15-5

 

Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors

Composición: Automática Editorial

Corrección y revisión: Automática Editorial

Edición digital: Álvaro López

 

Primera edición en Automática: marzo de 2025

 

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.

CARAVANA PARA CUERVOS

EMINÉ SADK

TRADUCCIÓN DEL BÚLGARO Y NOTAS DE MARÍA VÚTOVA

Índice

PARTE I

Nikolay Todorov

Mila

El guardabosques

Durach. La casa de las palomas

Aló-aló. La boda

PARTE II

Día 99

Y en aquellos rincones

Algunos titulares

Todorov, completamente desolado

Un hombre viajó cuarenta y seis años en el tiempo, pero nadie sabe si fue hacia delante o hacia atrás, pues vivía en el Deliormán.

PARTE I

Nikolay Todorov

A pesar de todos los intentos de los socialistas por construir una ciudad en lugar de esta burda y pesada broma, los cambios del nuevo milenio no han llegado hasta aquí, y la gente continúa su desarrollo cultural solo en la agricultura.

La ciudad no sería nada sin los floridos y cuidados jardines, cuyos dueños miman con gran esmero. Así es como las mujeres se distraen de las horas indolentes que a todos acaban pesando. Los hombres lo tienen más fácil, en la medida en que se pueda contar con las apuestas, los créditos bancarios, el alcoholismo del barrio y el doméstico, que, inevitablemente, conducen a sufrimientos atroces para la familia, el hígado y el estómago.

Al parecer, solo la vida de los ancianos está colmada de una libertad ilimitada. Percibo su noble sensación de soledad consciente y su falta de toda esperanza o temor de que algo pueda cambiar.

Philipp Kanitz, junio de 2018

De La ciudad inexistente, de Félix Kanitz[1]

[1]La ciudad inexistente es una mistificación de la autora. Cuando el etnógrafo, geógrafo y arqueólogo austrohúngaro Félix Philipp Kanitz (1829-1904) recorría los Balcanes para hacer detallados registros de la vida social de pueblos y ciudades y cartografió Bulgaria, pasó por alto la ciudad de Isperih (la ciudad natal de la autora), en la región nordeste del país llamada Ludogorie —o Deliormán, su nombre original en turco—, y no lo registró en sus mapas. «Imaginé a un bisnieto suyo colocando los mapas de su bisabuelo sobre los mapas contemporáneos y descubriendo una ciudad inexistente en la que, no obstante, sí que hubo vida a pesar de que su abuelo la pasara por alto. Así es como a día de hoy se sigue pasando por alto todo el Ludogorie». (Eminé Sadk).

Era un mes de octubre contundentemente cálido. Sin nubes ni dudas, el mundo volvió a florecer y solo unos pocos empezaban ya a hartarse del verano. La tenue brisa nocturna traía un aire nuevo, más fresco y, en mañanas como aquella, los tallos de la hierba brillaban deslumbrantes, y el pecho de la gente de camino al trabajo se henchía de alegría y pureza. La ciudad era tan pequeña que algunos individuos estaban por todas partes.

—¡Atención! ¡Atención! ¡Atención! —irrumpió la voz del muecín por la ventana abierta de Todorov—. Anoche falleció Ismail Refaat Kyamil, hijo de Refaat de Nozhárevo, nieto de Kyamil el Carretero de Nozhárevo. ¡Atención! ¡Atención! ¡Atención! —repitió la voz, más insistente y alta—. ¡Falleció el nieto de Kyamil el Carretero de Nozhárevo! ¡Falleció el hijo de Refaat de Nozhárevo! ¡Falleció Ismail Refaat Kyamil! ¡Atención! ¡Atención! ¡Atención!

—¡Claro! —refunfuñó Todorov—. ¡En esta ciudad ni siquiera puedes morirte en paz!

El anuncio de la muerte del desconocido Ismail sorprendió a Todorov en pijama. Estaba atrapado por los resortes del viejo sofá cama, con una taza de café vacía en la mano. Intentaba ver el telediario de la mañana. Mostraban imágenes dramáticas de enfrentamientos en la capital entre los manifestantes y las fuerzas del orden.

«Parece que vivimos en países paralelos», pensó Todorov, y apagó el televisor.

Deambuló un rato más por el salón, pero sentía que aquel no era su sitio. De hecho, se encaminaba hacia el cuarto de baño con la intención de afeitarse la escasa barba y ducharse cuando consideró que era mejor comer algo. Si tenía que mancharse, que al menos fuera antes de la ducha.

Con las sobras de la nevera, se preparó el típico desayuno de soltero. En la tabla de madera, que también le servía de plato, cortó un poco de queso, un cuarto de tomate y un huevo duro. Los espolvoreó con sal abundante. Estiró la cabeza como un ganso y lo engulló todo en varios bocados. Tragó con dificultad, sin ningún placer, y, como solía ocurrir, sintió dolor y unas ligeras náuseas a causa de ese hábito biológico.

De camino al baño, rumió algo sobre el instituto donde era profesor de Geografía desde hacía veinte años. Ninguno de sus compañeros daba crédito a que justo él hubiera conseguido redactar y ganar un proyecto europeo para renovar el entorno escolar, que el propio Todorov a menudo acusaba de «provocar apatía hacia el proceso de aprendizaje».

El acontecimiento resultó tan insólito y sobrenatural que el director del instituto sintió una vanidad provinciana sui géneris y decidió inmortalizarlo celebrando la adjudicación del proyecto con todos los honores. A falta de otros conocimientos sobre inmortalizaciones, el director declaró el día en curso —que además era día de mercado— como no lectivo, y la noche, velada de banquete. Esto agradó a todo el equipo docente y, sobre todo, a Todorov, que hacía años que no se dejaba caer por el mercado.

El ruido de la maquinilla se deslizó por su rostro pálido y resonó en el cuarto de baño como un cortasetos en un zarzal. Todorov centró toda su atención en conseguir un afeitado bien apurado, pues no quería que ningún pelito hirsuto le recordara con sorna que todo lo que hacía quedaba así: inacabado.

Después de afeitarse, Todorov repasó su cara en el espejo. Estaba todo bien. Pero volvió a mirarse un momento y decidió que así tampoco se gustaba. Le atormentaba el doloroso sarpullido rojo que brotó enseguida en lugar de la barba.

Le vino a la memoria, a saber por qué, aquella franqueza ebria de un amigo suyo. El colega afirmaba que Todorov parecía el tipo de persona a la que quieres arrear una bofetada en cuanto la ves. «¿Todo el mundo piensa eso al verme?», se preguntó, y enseguida le entraron ganas de arrearse una bofetada a sí mismo. «¡Podía haberme puesto música en vez de afeitarme! ¡Ni que tuviera que impresionar a alguien!», volvió a mirarse las mejillas irritadas. «Y este maldito sarpullido»…

Salió a la calle con un atuendo que, así lo imaginaba él, no incitaría a los demás a arrearle bofetadas. La camisa clara se fundía con el tono de su piel y, de no ser por los pantalones marrón oscuro, que además eran demasiado holgados para sus piernas esmirriadas, Todorov seguiría siendo completamente traslúcido. Sin duda, la gente se iría chocando con él y ni siquiera le pediría perdón.

Ya era mediodía. El sol colgaba en medio del cielo y quemaba los azafranes a los que se les había ocurrido florecer de nuevo. Unos gatos perezosos se habían estirado a lo largo de las vallas metálicas de las casas uniformes, que solo se distinguían por el color de los gatos, el largo de los visillos y lo acicalado de sus jardines paradisiacos. El habitual aroma a mierda de cerdo, procedente de la porqueriza junto a la ciudad, había sido reemplazado temporalmente por el del asfalto recién vertido. Las nuevas calles, orgullosamente trazadas y brillantes como el plumaje de un cuervo joven, junto con los destellos del sol, achicharraban los ojos de Todorov.

«¡Y yo voy y me dejo las gafas de sol!», murmuró, entornando los ojos como un esquimal. Alzó la cabeza para buscar la calma en el cielo azul, pero había olvidado que era mediodía y el sol se le clavó en los ojos con mayor virulencia: «En el cielo igualito que en la tierra», musitó, y trató de encontrar consuelo en otro sitio: «¡Qué otoño tan cálido! ¡Y ni siquiera se huele la mierda de cerdo de las porquerizas!».

Mientras aspiraba el perfume del asfalto recién vertido, oyó a sus espaldas una voz de mujer que conocía:

—Nikolaycho, ¿eres tú?

Todorov se dio la vuelta y vio a la tía Tinka. Una mujer flaca y menuda de setenta y pocos años, tan sana como innecesariamente parlanchina. Su madre y ella habían sido compañeras de trabajo. Las dos habían sido auxiliares médicos en urgencias y compartido las mismas preocupaciones familiares y profesionales. Debido a los turnos de noche, a menudo una de ellas había tenido que sustituir a la otra en el cuidado de los niños. En un momento dado, la imagen de las madres había llegado a estar tan fusionada que Todorov llamaba «mamá» a las dos.

—Por desgracia, sí, tía Tinka, ¡soy yo! —respondió Todorov molesto, pues conocía bien a su tía Tinka y sabía que detrás de su pregunta, «Nikolaycho, ¿eres tú?», se escondía algo más: una indirecta sobre el tiempo imperdonablemente largo que llevaban sin verse.

Era como si hubieran envejecido por separado, cuando no debería haber sido así. Y puesto que llevaban tanto tiempo sin estar juntos, a esas alturas casi ni se reconocían. Todorov sabía que para la tía Tinka la culpa de todo la tenía él, y eso le molestaba. La anciana hizo caso omiso a su respuesta, porque lo había agarrado resueltamente del brazo y lo arrastraba como a un niño hacia la sombra del castaño más cercano. Era evidente que quería seguir en compañía de Todorov, quien, incluso antes de que empezaran a hablar, ya estaba aburrido y nervioso. Mientras lo acomodaba bajo el castaño, la mujer observaba con el rabillo del ojo a su Nikolaycho, al que había criado. Le pareció que seguía igual de paliducho y enfermizo que siempre, y no encontró nada alegre en él.

—Tú también has envejecido un poco, Nikolaycho, ¡mírate el pelo! —empezó diciendo con su lenta voz de anciana, exagerada hasta la extenuación—. Ya tienes cuarenta y seis, ¿verdad? Eres un año menor que mi Lili, pero tu madre y yo decidimos matricularte en el colegio a la vez que a ella, un año antes del que te tocaba, para que no os separaseis…

Todorov dejó de escuchar. Se sabía de memoria todo el repertorio de la tía Tinka: una breve retrospectiva de su vida en común, unas palabras sobre sus padres, el énfasis recaería en su frustrada vida familiar, antes de pasar a compararla con la vida de Lili y los nietos…

«¡En esta ciudad no puedes ni morirte ni vivir en paz!», pensó Todorov mirando a la anciana, que le pareció que había encogido a una tercera parte de como la recordaba de niño. Todo lo que quedaba de la exuberante melena rizada, que llenaba cada estancia a la que entraba la tía Tinka, era un puñado de telarañas blancas que apenas se sujetaban sobre su cráneo.

—¡Al menos te hiciste maestro como tu padre! —continuó la tía Tinka—. ¡Qué feliz se habría puesto si te hubiera visto casado y con hijos! Se habría ido tranquilo, ¡que en paz descanse! ¡Ni él ni tu madre llegaron a verte casado! ¡Con lo buena gente que eran! Ojalá al menos yo pueda verte casado, Nikolaycho, ¡y así podré contárselo cuando vaya a reunirme con ellos!

«En realidad, ¡en esta ciudad uno no puede morirse nunca! ¡Siempre habrá quien te recuerde!», pensó Todorov, y consideró que la anciana ya había dicho todo lo que tenía que decir.

—¡Saluda de mi parte a Lili! —se despidió Todorov, lo más amable que pudo.

Se dio la vuelta y empezó a caminar bajo la fresca sombra otoñal de los castaños.

Como cualquier día de mercado, la ciudad se había transformado en una colmena. Las mesas de las cafeterías estaban abarrotadas. Las camareras —tensas, abrumadas, desbordadas— trajinaban entre rodillas, zapatos, codos, bigotes y, sin derrochar amabilidad, servían pedidos de lo más peculiar. Sol era café soluble. Zup respondía a 7up. A veces se oía algún «café mediano largo», solo la Fanta limón seguía siendo Fanta limón.

La gente venida de ciudades y pueblos vecinos zumbaba distraída de aquí para allá con bolsas de plástico con sus nuevas compras. Comían döners, gözlemé, bánitsa, kebapche y albóndigas calieeeeentes y volvían locos a los conductores que iban dando frenazos nerviosos con sus coches pegados tras ellos.

Los niños recibían rosquillas y helado del Furgón de Helados y Rosquillas Esponjosas de Kazanlak, propiedad de un tuerto cuya sonrisa no lograba parecer tan candorosa y afectiva como él imaginaba. Y, contrariamente a todas las imágenes esponjosas rellenas de azúcar y dulzura que se difunden por todo el planeta, esos helados y rosquillas provocaban pesadillas a los críos.

Todorov pasó con la prontitud y la sonrisa de quien está acostumbrado al tempo y a los ruidos del gentío en el mercado. El mundo incluso se le antojaba inusualmente bello, lleno de algarabía, hasta que vio a la dueña de uno de los doce casinos de la ciudad. La mujer apoyaba su cuerpo rechoncho bajo el cartel: «Casino. Auténtico Piano de Cola», siempre iluminado en rojo. Observaba con sorna a la multitud que pululaba delante de ella y, de tanto en tanto, interceptaba a algún conocido para gastarle alguna broma.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Todorov al pasar por delante del casino. Se sintió en peligro. Agachó la cabeza hacia las baldosas de la acera. Intentó aparentar que tenía un recado importante para el que ya llegaba tarde.

—¡Proofeee! —gritó la dueña del casino.

Pero Todorov no se volvió, y eso que estaba convencido de que era a él a quien llamaba.

—¡Todorov! —bramó la mujer vocinglera—. ¡Te follaré hasta que la muerte nos separe! —se echó a reír mientras su cuerpo se ondulaba de pies a cabeza.

La gente se giraba compadecida y curiosa por averiguar quién era el desafortunado Todorov. Algunos incluso parecían dispuestos a acudir en su ayuda, pero Todorov no se delató. Pasó de largo frente al casino, murmurando para el cuello de su camisa: «¡Me follarás si te afeitas antes el bigote!». Se avergonzó un poco de haber pensado aquello, pero lo atribuyó a su buen humor inducido por la libertad de aquel día y por la ilusión de haberse vestido adecuadamente.

Antes de entrar al mercado por uno de los ramales, Todorov se topó con el Zapatero, un compañero de clase que había conseguido alcoholizarse tras haber vuelto a la ciudad para ayudar a su padre en el oficio. «Otra víctima de las ­circunstancias», pensó Todorov mientras veía acercarse al Zapatero, que parecía una fruta marchita del color de una meada rancia.

—¿Dónde andas, amigo mío? —preguntó el Zapatero con su tono afable, y añadió: —¿Has descubierto los continentes que faltaban? ¿O es demasiado tarde para eso? —Con la ayuda de sus manos ásperas y pringadas de betún trazó un globo terráqueo imaginario entre Todorov y él.

—¡Todo ese trabajo ya está hecho, Vanka! Dime, ¿cómo estas? —Todorov intentaba disimular la preocupación que sentía por dentro ante el aspecto desmejorado del Zapatero.

«¿Que cómo estoy?», reflexionó el Zapatero, y entornó los ojos. Su rostro se tensó como si intentase resolver un problema aritmético. Parecía confuso, culpable, avergonzado, todo en uno, y al parecer olvidó que tenía delante a Todorov esperando una respuesta a tan complicada pregunta. El gentío los empujaba y el tiempo transcurría como hasta hacía un momento, pero para el Zapatero todo se detuvo y se quedó solo en las calles de una ciudad inexistente y desierta, abrasada por el sol.

Al cabo de un rato, el Zapatero regresó a la misma calle, entre la misma multitud, al mismo día de mercado. Sin embargo, su rostro se había transformado. Denotaba pena. Hizo un gesto con la mano manchada y, sin mirar a Todorov, sin decir una palabra más, se zambulló en la multitud.

Mientras Todorov observaba al Zapatero alejarse, un recodo más arriba, el mundo se alteró. Se oyó el golpeteo rítmico de una piedra sobre el metal. Las ramas de los árboles se agitaron y cientos de cornejas sobrevolaron las cabezas de la gente.

Ta-tara-ta, ta-ta, ta-ta, ta-ta-ta, ta-ta-ta, ta-tara-ta, ta-ta, ta-ta-ta…

Una frenética voz masculina, procedente más de una caverna que de la garganta de alguien, gritó:

—¡Girasooool! —el traqueteo rítmico cesó—. ¡Me cago en tu madre!

El gentío se paralizó ante el peligro que se avecinaba. Se oyó una estampida, como si una manada de jabalíes atravesara el monte al galope. El mar de gente se agitó y se abrió bíblicamente. Por el pasillo humano que se formó pasaron dos hombres en una persecución. El perseguidor era gordo, tenía la cara roja y todo apuntaba a que corría con total desgana, más bien por rabia. Delante de él, con los brazos pegados al cuerpo y los pies apenas rozando el suelo, volaba con la fruición de un niño que ha cometido una travesura un hombre con gafas del tamaño de su cara y que no paraba de repetir:

—¡Alboroto! ¡Esto es un alboroto! ¡Un verdadero alboroto!

El gordo se detuvo jadeando, apoyó las manos en las rodillas y se replegó como un balón medicinal. Quiso insultar a Girasol, que ya se le había escapado, pero no le quedaba aliento. El mar humano se juntó tragándose al chorbadzhiya[2] fatigado.

«¡El Girasol!», murmuró Todorov. «Otra víctima de las circunstancias».

Un cielo azul profundo se extendía sobre el mercado. Varios gorriones se perseguían en una nube de gorjeos que a veces se dispersaba en todas direcciones y luego volvía a juntarse. Las hojas de nogal amarillas, como un péndulo silencioso que midiera la belleza de las postrimerías del verano, caían despacio sobre los puestos y la gente. El mercado bullía. ¡Ay de todos los niños que se agarraban con fuerza a las manos de sus padres por miedo a ser arrollados por las pisadas que avanzaban como martillos!

Un puesto de pantalones bombachos, chalecos y telas bordadas con motivos florales plateados se erigía solemne. Todorov se detuvo, hipnotizado por los colores y la textura de las prendas.

—¡Bindalli! —le informó la vendedora teñida de rubio, que enseguida desplegó varios modelos como muestra.

Sobre su cabeza colgaban manojos de largas y gruesas trenzas de pelo castaño artificial y pañuelos rojos con monedas doradas. «Todo esto debe de formar parte de algún tipo de ritual...», imaginó Todorov.

—¡Para las mujeres! —contestó la vendedora, como si le hubiera robado el pensamiento—. ¡Para la noche de henna y la boda!

Todorov se abochornó por parecer un turista y necesitar que alguien le explicara lo que se vendía en su ciudad. Dio las gracias cordialmente a la mujer, sin dejar de inclinar el cuerpo hacia delante de forma antinatural. Y como si hubiera perdido por completo la orientación, giró la cabeza confundido a derecha e izquierda, luego otra vez, derecha e izquierda. La vendedora se echó a reír ante su ingenua reacción. Todorov enrojeció por completo y se quedó aún más azorado, así que simplemente se marchó a otra parte.

«¡Soy un imbécil!», se regañó a sí mismo. «¿Qué sé yo de la vestimenta y de las bodas de mis conciudadanos? Nada. Eso es lo que sé. Sin embargo, si me preguntan cuál es la capital de tal país, o dónde se encuentra…». Enumeró para sus adentros varios países de los que nadie había oído hablar, sus capitales, sus países vecinos, uno o dos de sus principales ríos, sus montañas más altas, hasta que se quedó sin aliento y continuó: «Ahora bien, si me preguntan por su ropa y sus costumbres, ¡no puedo decir nada de nada!».

Mientras caminaba entre pirámides de ropa de segunda mano, zapatos con logotipos invertidos de marcas famosas, cortinas colgando como novias sin cabeza, cientos de rollos de hule con estampados horrendos, productos comestibles y detergentes turcos baratos, artículos domésticos y de gran consumo, puestos de antigüedades y bicicletas, Todorov devolvía los saludos de sus alumnos, sorprendidos de verlo en el mercado.

En los rostros de los adolescentes se leía el asombro: «Profe, ¿es usted? ¡Nunca imaginamos que pudiera existir fuera del instituto!», decían sus ojos. Todorov saludaba furtivamente con la cabeza, mientras su mirada respondía: «Sí, qué pasa, también yo soy humano». Pero los alumnos seguían con cara de perplejidad. Tras cruzarse con él, se carcajeaban a sus espaldas. Todorov intentaba ignorarlos, aunque sentía curiosidad por saber qué apodos le habían puesto. Conocía uno, La Todorka, pero le parecía soso.

De repente, la mirada de Todorov se clavó en algo familiar. Se detuvo junto a un puesto como hechizado. El puesto consistía en una sábana de algodón, que parecía curtida como una piel de oveja, de tanto usarla. De entre un espejo retrovisor, una pata de cabra oxidada, una pantalla de lámpara de madera, un despertador digital, un soporte para doce pipas de fumar, varias cucharillas de plata para el té y decenas de cables que se entrelazaban como kadaif,[3] Todorov desenterró un vinilo de Pink Floyd.

«¡Wish You Were Here!», leyó con la complacencia de un arqueólogo que ha dedicado su vida a encontrar aquello en lo que ni él mismo creía. Levantó el vinilo y miró al chico moreno que estaba sentado en la furgoneta amarilla detrás del puesto:

—¿Kach pará por esto?[4] —preguntó.

El joven, sonriendo ante la pregunta, le contestó amigable:

—Para ti, bate,[5] solo cincuenta céntimos.

Todorov, empapado en sudor por la excitación, hurgó en el bolsillo profundo de sus pantalones marrones, palpó una de las monedas más grandes, la sacó tembloroso, entregó la leva y rechazó el cambio. El vendedor tenía sentimientos encontrados. Intuía que la había cagado, pero no entendía cómo. Se acordó de que tenía otra banasta entera de vinilos y, para no perder al generoso cliente, metió medio torso en la furgoneta, se enterró allí dentro, algo retumbó, algo metálico y grande. Luego algo grande y pesado cayó. Al final, el joven extrajo una banasta llena de vinilos. Los dejó caer a los pies de Todorov y anunció:

—¡Aquí tienes, bate! Pero estos son mejores y están a dos levas.

Impresionado por el entusiasmo y la amabilidad del vendedor, Todorov se admiró, además, de su vigor y juventud: «¡Parece una exquisita máquina humana!», pensó. Sin darse cuenta, dedicó al chaval una sonrisa campechana, algo mantecosa. Hasta se asombró de sí mismo: «¿A qué ha venido esa sonrisa? Vaya pringado», se regañó mientras se acuclillaba abochornado para rebuscar entre los vinilos.

No tardó en darse cuenta de que no eran mejores en absoluto. Schlagers alemanes. El alemán de Todorov se limitaba a algunas frases sueltas del porno que había visto de adolescente. Para no evocar aquellos recuerdos, decidió pasar de los vinilos. Pero tampoco quería abandonar enseguida el puesto y decepcionar al buen chico. Se quedó mirando el soporte con las doce pipas labradas con maestría en diferentes tipos de madera. Algunas de ellas tenían incrustaciones de nácar. En el centro del soporte había una pequeña chimenea de la que asomaba un juego de limpieza metálico. «¿Quién va a comprar semejante chisme? —se preguntó Todorov—. Toda esa pomposidad e incordio para el fumador. Y qué tufo más cargante suelta el tabaco de pipa…».

—¿Kach pará? —Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una voz masculina bronca y un dedo enorme que señalaba el soporte de las pipas.

Todorov seguía en cuclillas junto al puesto. Le pareció de mala educación girar la cabeza directamente hacia el caballero que había señalado las pipas, y probablemente no lo habría hecho si el dedo del caballero hubiera apuntado a la pata de cabra oxidada, pero no era el caso.

Todorov recorrió el dedo delicadamente con la mirada hasta llegar a la gran mano velluda. Se detuvo un instante en los gemelos dorados con las iniciales B. J. grabadas. Siguió subiendo la mirada por la manga del traje azul oscuro coronado por un cuello blanco almidonado y la cara rubicunda del Alcalde.

—¡Anda, Todorov! —se sorprendió el Alcalde—. ¿Qué hace usted aquí? ¿No se está preparando para esta noche? ¿Para el banquete? —sonrió con picardía y enarcó las gruesas cejas negras—. ¡Que conste que ha hecho un gran trabajo! ¡Grande! Este proyecto…

No terminó la frase porque el vendedor de los schlagers alemanes le extendía las pipas envueltas en una bolsita de plástico rosa.

—Este proyecto… —intentó proseguir el Alcalde mientras le devolvían el cambio—. Decía que… ¡este proyecto es algo grande!

El Alcalde volvió a callar y contó las vueltas. Luego miró la bolsita de plástico y se imaginó en el despacho fumando despacio en sus pipas mientras observaba orgulloso el centro de la ciudad, como si lo hubiera construido con sus propias manos.

—En fin… que este proyecto…

Tampoco pudo acabar esta frase, pues no dejaba de fantasear cómo aspiraría despacio, con toda la calma, el humo de sus pipas, igual que un chamán de la tribu de los dakotas. Al final, el Alcalde soltó sin querer:

—¿De qué decía que iba exactamente ese proyecto, Todorov?

Por un instante, el Alcalde se sintió aturdido por haberse mostrado ignorante en esa materia, pero enseguida se otorgó el aspecto de quien está ardiendo en curiosidad.

—De renovación y mejora del entorno escolar, de eso va el proyecto —respondió Todorov resignado, intentando entretener la mirada en el despertador digital del puesto.

—Cierto, cierto, correcto. ¡Va bien encaminado, Todorov! ¡Esta ciudad necesita gente como usted! ¡Siga trabajando! ¡Siga trabajando en la preservación de las tradiciones! —dijo el Alcalde.

Se despidió del vendedor y de Todorov, al que consideraba una rara avis.

Para disipar el interés del Alcalde por su persona, Todorov fingió estar verdaderamente ocupado y se puso de nuevo a hurgar entre los vinilos de la banasta. Pensaba: «Me cae bien el Alcalde, aunque diga estupideces. De todos modos, es más inteligente que los demás. Pero ¿de qué tradiciones ni de qué niño muerto habla? ¿Cómo puede haber tradiciones en una ciudad cuyo nombre e historia le fueron dados por los socialistas? Qué tradiciones ni qué tradiciones… Si ni siquiera tenemos nuestro propio dialecto. ¿Y qué tiene que ver nada de eso con el proyecto de renovación del entorno escolar?». Se acordó de la publicación en las redes sociales que el Alcalde había compartido hacía unos días:

Con el objetivo de incentivar la presencia turística en la ciudad y de reforzar el relato histórico de nuestra región, hemos decidido colocar esculturas de todos los kanes búlgaros en parques y jardines.

«¡Tonterías! ¡Tonterías! ¡Y mil veces tonterías! —Todorov se enfadó y hurgó con furia entre los schlagers alemanes—. ¿Esas son sus tradiciones, señor Alcalde? ¡Debí habérselo preguntado! —Se enfadó aún más por no haberlo pensado a tiempo—. ¿Continuar con la tradición de la desfachatez socialista? Bautizaron con nombres de kanes y tribus protobúlgaras la mayoría de las ciudades y los pueblos de la región ¿para crear una “conciencia histórica en las minorías étnicas”? Tradiciones… ¡Idioteces como la copa de un pino!».

Mientras Todorov rebuscaba entre los vinilos, el vendedor de schlagers alemanes no apartaba la vista de su cabello canoso mal cortado. Se preguntó qué clase de persona era, cómo pasaba sus días, en qué pensaba: «¡Probablemente en algo serio! Si el Alcalde ha dicho que Todorov es alguien grande, entonces fijo que piensa en cosas serias…».

En efecto, el rostro de Todorov se tornó fruncido y severo. El sarpullido rojo de las mejillas le daba incluso un aspecto viril. Todorov se incorporó y solo entonces se fijó en que sus pantalones marrones tal vez le quedaban demasiado holgados. Dio un paso atrás con la idea de irse, pero el joven lo detuvo:

—¡Espera un poco, bate Todorov! —le suplicó—. ¿No te ha gustado nada?

—Nada.

—Venga, ¡te los dejo en una leva, bate Todorov!

Todorov echó la cabeza hacia atrás en señal de que no quería.

El vendedor intuyó que, si no actuaba en los próximos segundos, perdería la oportunidad de deshacerse de la banasta que venía arrastrando los últimos meses. Miró a su alrededor y empezó:

—Todo… —reflexionó mientras calculaba—. Venga, bate Todorov. Te dejo toda la banasta por cinco levas. ¡No es nada! —Hizo una mueca rara, como alguien que come pepinillos en vinagre.

Todorov se echó a reír. Extendió un billete de cinco levas solo por la teatralidad del vendedor y se arrastró de vuelta a casa cargado como un verdulero.

«¡Vaya! —suspiró el joven—. Este Todorov sí que es un gran tío. Cómo regatea…». Aún sentía que la había cagado, pero esta vez de un modo más reflexivo y sabio, como si hubiera pagado por una lección universal que aliviaría los pesares de la vida.

Con la banasta de schlagers alemanes levantada en alto para evitar que se chocara con la cabeza de alguien, Todorov recordó cómo le había llamado el chaval: «Bate Todorov». Se rio y repitió: «¿¡Bate Todorov!? Quizá porque el Alcalde había dicho que me llamaba Todorov, si no cómo iba a saberlo… ¡Qué chico más majo!».

Todorov saludó con la cabeza a un grupo de alumnos del instituto que pasaron a su lado, extrañados: «Sí, también soy humano», pareció querer decirles con la mirada mientras ellos se carcajeaban a su espalda. Pensó que podrían ponerle el apodo de «El Banastas», aunque «El Schlager» o «El Alemán» también serían apropiados, no supo decir cuál de los dos lo era más.

En otro de los puestos, Todorov volvió a ver al Alcalde, que sujetaba con la mano izquierda la bolsa de plástico con las pipas, mientras que con la derecha se rascaba la cara recién afeitada. El regidor de la ciudad no apartaba la vista de un llamativo paisaje al óleo que representaba las estribaciones de un soleado pueblo alpino. Pensaba: «Voy a colgar este cuadro en mi despacho. Cuando reciba visitas, lo miraré de vez en cuando para distraerme. Y cuando esté solo, fumaré despacio en mis pipas imaginando que estoy allí», y entre una cosa y otra, terminó comprando el cuadro.

La muchedumbre raleaba. Quedaban sobre todo los profesionales de mercadillo que daban vueltas hasta el último minuto, cerrando los mejores tratos por chismes que no necesitaban. El laberinto de los tenderetes se había resquebrajado. Gran parte de la mercancía ya estaba recogida. Los comerciantes se reunían alrededor de las furgonetas para echarse unas risas y contarse las anécdotas de la jornada. Poco después de su partida, la ciudad volvería a quedarse desierta.

Antes de que la tristeza lo paralizara todo a su alrededor, Todorov se abrió camino a grandes zancadas entre las cajas de cartón, las lonas y los trozos de papel de envolver que se quedarían allí para recordar la ya lejana algarabía del día de mercado.

La banasta con los vinilos empezó a pesarle, así que Todorov decidió hacer una parada. Se sentó en un banco soleado de la Rosaleda. Se quedó mirando al gran perro pelirrojo que dormía entre las flores, parecía que lo hubieran degollado. La Perra Perezosa de las Rosas. Así la llamaban los locales. De entre los incontables chuchos callejeros de la ciudad, era la más ­popular. Se ­pasaba todo el día durmiendo en la Rosaleda, y por las noches recorría la ciudad con las jaurías. «¡La Perra Perezosa de las Rosas! —Todorov le dirigió una sonrisa mientras cruzaba las piernas en sus pantalones holgados—. ¡La madame de todos los perros callejeros! Seguro que hoy ha habido nuevas incorporaciones a tu burdel canino».

Arrastrados por la alegría del día de mercado, los habitantes de los pueblos y municipios vecinos habían adquirido la insólita costumbre de abandonar a sus propias mascotas embarazadas o recién paridas. La población de perros callejeros de la ciudad crecía en progresión geométrica y, antes de que asfaltaran las calles, solía haber un perro aovillado en cada uno de los miles de baches, de modo que conducir se había convertido en todo un desafío para los nervios.

«Han pasado muchos años y la infraestructura sigue siendo como de principios del siglo XX. Y con lobos urbanos». Todorov recordó la contaminación, la incomodidad de moverse por la ciudad y los ladridos constantes. «¡Quizá todo era para preservar las tradiciones! ¡Esto es lo que voy a decirle al Alcalde! No, mejor, le voy a preguntar lo siguiente: señor Alcalde, ¿por qué asfaltó las calles de la ciudad destruyendo el suelo original y cubriendo las piedras de nuestro Ludogorie? ¿Por qué convirtió en cecina y se comió a todos los caballos de la ciudad, en vez de seguir viajando en su carromato? ¡Esto es lo que pienso preguntarle la próxima vez!».