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El libro es una recopilación de cartas imaginarias escritas con gran belleza. En ellas cuenta, con prosa poética y sátira, a veces, la vida y las penurias de un poeta en Cuba. Se sirve de las metáforas para mostrarnos lo que quisiera decir pero debe esconder tras bellas palabras. El autor es natural de Sancti Spíritus; es políglota y entre otro destacados galardones, ha obtenido los premios Fayad Jamís y Escombray. Asimismo, Manuel González Busto es autor de una importante obra literaria: tiene más de 20 títulos firmados. "Cartas a Giselle" está prologado por el Ministro de Cultura, D. Iñigo Méndez de Vigo, que afirma: "La prosa de Manuel González Busto es literatura de la buena".
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Veröffentlichungsjahr: 2020
Manuel González Busto
SELECCIÓNDEL EDITOR
CARTAS A GISELLE
© Manuel González Busto
© ilustración portada: José Martí Barrachina
© de esta edición: Olelibros.com
Edita: Kalosini S.L.
Grupo editorial Olé libros
www.olelibros.com
ISBN: 978-84-17737-06-1eISBN: 978-84-17737-94-8
DL: V-28-2019
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Alex, hijo mío:siempre habrá una Gisellepara la sublime adoración.
Para María Busto Ledo,por haber amado al prójimomás que a sí misma.
Si la lluvia tuviese un corazón de nardos
La milagrosidad del lirio
Yo he sido lluvia en los peñascos
Un sortilegio para la fuga del mar
Esa cadencia en la eternidad de los violines
Amanecer ebrios como náufragos
Una burbuja apenas, en los dedos de la reina
Entre la palabra y yo hay rituales que convidan
Nunca imaginé que un cerdo costase más que un verso
En la más insular de las metáforas
El calor es una mujer desvergonzada
El rezo más desolado del invierno
Como si la redención fuese un ardid
Sus nueces son el Titanic del siglo
Solo así, la oscuridad me sabe a gloria
Hay galeones en el agua
Un crítico célebre elogió mis versos
Solo siendo únicos seremos perdurables
Borges y la ciudad en una misma barca
Cuando la casa es un rumor de invierno
La más utópica de las nostalgias
Cuando verso sobrevuela reinos y continentes
Lunas bordadas con diamantes del sur
La ingratitud más lacerante
El mar desbordose en el primer trago
Cuando una rosa se deshoja
Ese vals que danzan los deseos
En la más cortante soledad del oro
Venus desciende hasta nombrar milagros
En los más líricos archivos de la villa
Como si no crecieran sus pechos como globos
El latido más sublime de una nostalgia insular
Soy tan solo una fecha de nacimiento
En la más sublime de las óperas
Como un paisaje de invierno
La revelación del siglo
Cuando el país es una lágrima
Cuando Alfonsina se aleja custodiada por delfines
Como si fuese una sortija de invierno
El pastel más codiciado por Betty Davis
Desde la eternidad todo es posible
Cuando el fervor es un velamen
En el palacio del rey sol
Para que crezcan ciruelos en la mesa
Hay océanos en la tristeza que me alumbra
Como si no emergiesen malvas en cada genuflexión
La eternidad me sabe a duende
NUEVAS CARTAS A GISELLE
La tarde es un dilema cuando no llegan noticias
Cena Lezamiana
Si supieras cuánto me duele el río
La eternidad de las sombras
Cuando la tarde es un príncipe
Criaturas de un rebaño insular
Como si la eternidad fuese una pérgola
Cuando el mar es un romance
Cuando la felicidad es un violín
Como si la palabra fuese un boleto
Cuando sumergiose en el silencio asmático
Heridas de luna que la desmemoria escribe
Hay duendes en las lágrimas del príncipe
La delicia del barro
Nostalgias para un romance
Hay orgías fabulosas
Qué hastío la vecina
Si la felicidad fuese un himno
Mientras la gente de mi barrio sueña
El cáliz que degusta Alicia
Como quien esconde un trofeo que solo unge el rey
En 1981 hice mi primer y único viaje a la isla de Cuba. Me encantó la isla y me fascinaron los cubanos.
Acababa yo por aquel entonces de aprobar la oposición a Letrado de las Cortes Generales: era por lo tanto un jurista que trabajaba en y para el Parlamento español. En aquel viaje, un añorado amigo, el senador Fernando Baeza quien conocía mis devaneos con la literatura, me regaló un poema de Nicolás Guillén titulado “Al margen de mis libros de estudio” y que me ha acompañado por los distintos despachos por los que ha trascurrido mi vida profesional.
Guillén estudió Derecho en la universidad de La Habana durante ¡3 semanas! para colgar, tras tan largo espacio de tiempo, los libros y dedicarse a lo que realmente le gustaba, que no era otra cosa que retozar con las musas. Tuvo el valor de hacerlo y seguro que no se arrepintió. Otros, por el contrario, no supimos o no nos atrevimos a apartarnos del destino que también dibujó Guillén, en las dos últimas estrofas del referido poema y que dicen así:
“Y pensar que si entonces la idealidad de una ala musical, en la noche de mi pecho resbala o me cita la urgente musa del madrigal tendré que ahogar, señores, mi lírica demencia en los considerandos de una vulgar sentencia, o en un estrecho artículo del Código Penal”
Y ¿por qué nos cuenta este señor todo esto?, se preguntará el lector que haya llegado hasta aquí. La respuesta está en otro de los versos de Guillén, referido esta vez a los estudios de abogado:
“Deshojar cuatro años esa existencia vana en que París es sueño y realidad La Habana”.
Para Manuel González Busto, el autor de “Cartas a Giselle”, libro escrito en 2010 y que muy oportunamente ha editado en España OLÉ LIBROS gracias al entusiasmo de su director Toni Alcolea, su sueño no es la capital francesa sino la holandesa donde reside su musa. En cambio la realidad del poeta es aquella misma Cuba que cantaba Guillén.
Natural de Sancti Spíritus, miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, políglota, González Busto es autor de una ingente obra literaria desde Magio la rotura de mis flautas, publicada en 1989 hasta Pasajeros del olvido, su poemario más reciente, presentado en la Feria Internacional del Libro de la Habana, en el mes de febrero de 2019, y publicado por la editorial Letras Cubanas.
Con motivo de la concesión del premio literario del periódico Escambray, el autor se refiere a los estados emocionales que lo incitan a escribir en los siguientes términos: “Son múltiples: la melancolía, la depresión, el hecho de saber que estamos rodeados de límites, que vivimos en una realidad que es también insalvable, contradictoria, en muchas ocasiones absurda, inverosímil; a veces al poeta le urge sobrevivir al mundo de la vida cotidiana…”
Bajo el ropaje de la poesía en prosa, “Cartas a Giselle” es el modo de soñar que tiene el poeta. Y si Rubén lo hacía con Margarita Gautier, con unas princesas “Que estaban tristes” o “Con lebreles que no duermen y dragones colosales”, los poemas de González Busto están repletos de metáforas, metonimias, aliteraciones u onomatopeyas para decirnos que “Esperar es pretender la eternidad” o que las lágrimas son como “Salmos en la penumbra de los campanarios”. O para recordarnos que “Las lámparas son límites que nunca se apagan” o proclamar que “El hastío es una cadencia en la eternidad de los violines”.
En ese Ámsterdam donde habita Giselle y que cumple la función del París evocado por Guillén, el poeta se dirige a su musa para confesarle sus pensamientos más profundos: “Toda verdad es cuestionable”; o para preguntarle sus dudas: “¿Es cierto que los aviones saben a chocolate?”; o para darle órdenes: “Nunca te dejes, Giselle, ah, nunca, colonizar”.
Sarcástico, el poeta desnuda a los gobernantes que no siempre cumplen con su deber –tanto así que me alegro de no haber sido Ministro de Cultura en Cuba–; ironiza sobre los premios literarios o sobre el destino de los poetas: “Giselle, cuando uno muere, le ponen su nombre a un certamen, a una enciclopedia y a cuanto ardid precisa del fulgor de una figura”.
Giselle es una obra desbordante, que fascina desde la primera misiva hasta la última.
Un poemario de un autor que “Libera su corazón para que cobre altura y no se contamine. Mientras la gente de mi barrio sueña: lloro y silencio”.
Eso dice el poeta. Nosotros, sus lectores le estaremos inmensamente agradecidos porque sabemos que cuando las dificultades nos acorralan, cuando a la vida hay que ponerle medias suelas, cuando nada parece tener sentido, solo hay algo a lo que aferrarse, solo hay un punto al que dirigir nuestra mirada, solo hay una esperanza que no nos abandona. Cuando esos sentimientos nos invaden, nos atosigan, nos angustian, sólo existe una tabla de salvación: la literatura. Y la de González Busto es literatura de la buena.
Íñigo Méndez de Vigo y Montojo
Ministro de Educación, Cultura y
Deporte del Reino de España
Giselle: Casi nunca llueve. Parece que la lluvia olvidose de la ciudad, o tal vez, la ciudad, cansada, diose cuenta de que esperar es pretender la eternidad. Si la lluvia tuviese un corazón de nardos se desbordaría: único reino cierto, única pulsación cuando nadie danza, ni duerme, ni hace el amor como merece la eternidad que se haga el amor; milagro que aún nombran las estrellas.
¿Tendrá epílogos la lluvia? Parece también que los vecinos olvidáronse de cuanto urge, de cuanto duele, de cuanta paciencia llora: ¿no son las lágrimas salmos en la penumbra del campanario? ¿Será una estatua, su única campana? ¿Será un suspiro, su reloj de nieve? ¿Una sombra, su pórtico de mar? ¿Un espejismo cada imagen, cada ofrenda, cada rezo que luego olvidan? ¿Serán sus templos un desfile de modas, un destello de joyas, una oferta de cáliz como si todo pudiese negociarse? Para venerar un rosario, ¿hay que pagar? ¿Acaso no expulsó Dios a cuanto mercader enriquecíase? ¿Acaso la misericordia, una estrategia para pecar y pecar, y no dolerse, y ser adúltero, y ser rufián, y daga ser: como si los Evangelios fuesen norias y no resplandeciera el corazón de Dios? Ah, Giselle, yo sé de una mujer que enamorose del párroco. Yo sé también de un párroco que enamorose de la tal mujer.
