Cartas a Ricardo - Rosario Castellanos - E-Book

Cartas a Ricardo E-Book

Rosario Castellanos

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Beschreibung

Las Cartas a Ricardo, de Rosario Castellanos, constituyen un tesoro y un documento único en la literatura mexicana de la primera mitad del siglo XX. No sólo son la crónica amorosa de uno de los personajes más logrados de nuestra tradición escritos por sí misma, Rosario, sino el amuleto a través del cual podemos conocer los prejuicios de las instituciones que subordinaban los sentimientos a la luz de la razón. Al leerlas uno se pregunta si de veras se puede sufrir tanto por un amor no correspondido o si Rosario encontró, sin saberlo, su "objetivo correlativo" para escribir con la rabia, la pasión, la inteligencia con que lo hizo, sobre lo que fuera, sin detenerse. "Cada mujer que aparece debe enfrentarse a fuerzas que querrían hacerla desaparecer", dice Rebeca Solnit. Aparecer en estas cartas es el triunfo sobre ese acto de desaparición que opera de forma particular en las mujeres. Y el que en esta edición la UNAM se haya propuesto rescatarla para sus lectoras y lectores es otro acto de resistencia contra el olvido.

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Seitenzahl: 813

Veröffentlichungsjahr: 2024

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CARTAS A RICARDO

COLECCIÓN VINDICTAS

NOVELA Y MEMORIA

ROSARIO CASTELLANOS

CARTAS A RICARDO

PRÓLOGO DE ELENA PONIATOWSKAINTRODUCCIONES DEJUAN ANTONIO ASCENCIO Y SARA URIBE

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICOMéxico 2024

ÍNDICE

DEL “QUERIDO NIÑNO GUERRA” AL “CABELLITOS DE ELOTE”ELENA PONIATOWSKA

EN DEUDA CON ROSARIOJUAN ANTONIO ASCENCIO

LAS ROSARIOS POR VENIRSARA URIBE

CARTAS A RICARDO

1950

1951

1952

1966

1967

NOTAS AL PIE

AVISO LEGAL

DEL “QUERIDO NIÑO GUERRA” AL “CABELLITOS DE ELOTE”*

Hasta la fecha ninguna escritora mexicana había dejado un documento tan enriquecedor como estas cartas que le escribe Rosario Castellanos a Ricardo Guerra de julio de 1950 a diciembre de 1967, con una interrupción de 1958 a 1966, año en que una Rosario deshecha se va de profesora visitante a Madison, Wisconsin.

Ojalá contáramos con documentos semejantes de Sor Juana Inés de la Cruz; pero, claro, entre las dos escritoras median trescientos años y la informática de nuestro siglo. Al menos la carta a Sor Filotea de la Cruz y los sonetos cortesanos a la Divina Lysi son suficientemente reveladores para que no tengamos que lamentarlo demasiado.

Las cartas de Mariana Alcoforado son –la duda ofende– muestra suprema de epistolario amoroso, que no correspondencia, pues a diferencia de Eloísa, quien consigna la voz de Abelardo, la monja portuguesa canta el amor a una sola voz. También Rosario Castellanos canta su amor en un solo sostenido y doliente que conforma su biografía.

De Virginia Woolf tenemos una correspondencia de una extraordinaria complejidad. Virginia nunca olvida que es inglesa y por lo tanto no pierde la ironía, la flema y la distancia frente a los acontecimientos. Nos resulta demasiado intelectual.

Con Rosario Castellanos podemos identificarnos todas las mujeres y su recit de vie, estas 77 [108] cartas (de ellas dos de Gabriel a su papá y dos de Rosario a Gabriel), su lucha con el ángel que es ella misma (nunca palabra más apropiada para calificarla: ángel) nos la hacen irremplazable. Es cierto, cada ser humano es irremplazable, pero unos lo son más que otros y Rosario lo es totalmente.

Las cartas de Rosario son devastadoras, estrujantes, obsesivas, oro molido para psiquiatras, psicólogos, analistas, biógrafos y, ¿por qué no?, críticos literarios. Lo son también para nosotras las mujeres, que en ellas nos vemos reflejadas. ¿Qué mayor prueba de que muchas mujeres lo apostamos todo al amor que este documento epistolar? Nunca hubo otro hombre en la vida de Rosario; sólo Ricardo, siempre Ricardo. La suya es una inmensa carta de amor y desesperación que dura los 17 años de su convivencia y más, porque cuando Rosario venía de Israel solía interrumpir las conversaciones con una pregunta eterna: “Oye, ¿y no has visto a Ricardo?”

Ricardo y Rosario se conocen en México en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en Mascarones, a fines de 1949. Desde su primera carta del 28 de julio de 1950, los términos son de entrega absoluta. Le habla de “usted” antes del matrimonio. “Mire, le voy a decir cómo soy porque usted no me conoce.” Después le habla de tú. Se analiza mejor que cualquier psicoanalista. Se mira débil, hace propósitos de fortaleza; se mira dispersa, hace propósitos de trabajo y los cumple; se mira antisocial, es encantadora, deleita a todos con su conversación. Uno de los rasgos más conmovedores de su personalidad es la conciencia que tiene de su vocación de escritora: “Voy a matarme de trabajo, pero voy a ser escritora”. Otro, desde luego, es su fidelidad amorosa. Rosario confiesa:

Fui tan perfecta, tan plenamente feliz en los últimos 15 días gracias a ti, que esta separación no ha alcanzado a turbarme ni a destruirme. Estoy todavía demasiado llena, rebosante de esta felicidad que me diste; tengo todavía grandes reservas de dicha y espero que no se agoten antes de que tu presencia las renueve.

Se obsesiona: “Todas las noches lo sueño, pero es siempre la misma cosa angustiosa; de saber que usted está en alguna parte, de ir a buscarlo y de caminar y caminar y no alcanzarlo nunca”. Repite: “Nunca pensé que se pudiera necesitar tanto a nadie, como yo te necesito a ti”. Lo raro es que siempre es ella la que se va.

En los años finales de su relación amorosa, 1967, precisa:

Creo que en estos últimos días he tenido una experiencia muy clara de lo que es la fidelidad. Ya ves que me quedé con la miel en los labios porque apenas estaba descubriendo las delicias de la sexualidad [...] Yo te amy eso le da un sentido perfectamente determinado a mi deseo. Mi deseo únicamente lo satisfaces tú. Yo no quiero que nadie ni nada se interponga entre esa nueva realidad que para mí es ahora tan rica y tan importante [...] Es muy mi gusto y mi orgullo y mi alegría y mi seguridad de saber que mi cuerpo no conoce nada más que el placer que tú le has proporcionado. Y te aguarda con muchas ganas y con mucha paciencia [...] Y piensa en mí ahora no como la esposa que exige el débito conyugal sino como la enamorada que quiere decir con gestos, con actos lo que no se puede decir con palabras.

Podría creerse que nos estamos asomando a una intimidad a la que no fuimos convidados y que la vida de pareja de Rosario no debería exhibirse en las plazas públicas. No lo pensó así el hijo de Vita Sackville West al sacar a la luz la relación amorosa de su madre con Virginia Woolf, no lo pensaron tampoco Ricardo Guerra Tejada y Gabriel Guerra Castellanos, quienes tuvieron el buen sentido de permitir que se publicaran estas cartas sin ningún tipo de censura. A ellos, a Raúl Ortiz que las conservó, al editor Juan Antonio Ascencio, tenemos que agradecérselo.

En 1950 Rosario viaja a Comitán, donde vive con su medio hermano Raúl, y desde allá escribe a Ricardo. Aunque las respuestas escasean y Rosario no cree merecer su atención, no deja de insistir: “...le escribiré mucho sin esperar a que lleguen sus respuestas”. Con que él exista basta. Añade con ironía: “Si usted quiere, haga lo mismo”. A lo largo de los años se repite la misma queja, Ricardo casi nunca responde y no conocemos sus pocas cartas. Sin embargo, cuando parece que Rosario ahora sí ya entendió y está a punto de la renuncia, le llega una tarjetita amarilla de las que vendían en el correo con el timbre ya impreso, misiva que da al traste con sus buenos, para ella malos, propósitos. Cualquier postalita basta para que ella olvide todo su sufrimiento y responda agradecida. Y en qué forma. Se desborda. Su alpiste se vuelve un haz de trigo. El amor tiene entonces a su más encendida panegirista. Como todos los enamorados repite la fórmula de encantamiento: “Teamoteamoteamoteamoteamoteamo”, sólo que ésta, en su caso, no logra abrir puerta alguna.

Sus primeras cartas de Tuxtla y de Comitán son fascinantes porque habla de su tierra, Chiapas, a partir de ella misma. Rosario es una flor de invernadero, una blanca en medio de indios, una terrateniente en medio de desheredados. Más tarde, en 1952, al regresar de Europa, habrá de ir a Chiapas a trabajar por ellos. En sus cartas de 1950 se encuentran los puntos de partida de sus cuentos (Ciudad Real), de sus novelas (Balún Canán) y hasta de su poesía. En la carta del 7 de agosto de 1950 puede leerse casi textualmente el relato del indio que va colgado en la rueda de la fortuna y que ella describe en Balún Canán.

Su apreciación de Tuxtla Gutiérrez es pavorosamente exacta: “...pero además el trópico está sorbiéndome, la selva me traga. Tuxtla es una ciudad para la cual el único calificativo posible es éste: chata”. De Comitán escribe: “Este pueblo es completamente inverosímil, totalmente improbable”. Habla de San Caralampio. “No, no es broma. Así se llama el santo y le tienen una gran devoción y una espantosa iglesia.” Le cuenta a su niño Ricardo, a su “querido niño Guerra”, su propia infancia, que resulta ser la trama de Balún Canán: “Usted sabe que tuve un hermano y que se murió y que mis padres, aunque nunca me lo dijeron directa y explícitamente, de muchas maneras me dieron a entender que era una injusticia que el varón de la casa hubiera muerto y que en cambio yo continuara viva y coleando”.

Ya en su segunda carta aparecen los celos. Desborda impaciencia. Hace hipótesis. La asalta la duda. Sufre.

Si para Sor Juana el amor se perfecciona por los celos, en Rosario es, al contrario. Sus celos son patibularios, la destruyen y a lo largo de su vida se convierten en un refinadísimo instrumento de tortura que ella misma va puliendo y los demás alimentan con sus chismes. En Ricardo Guerra los celos de Rosario encuentran al sujeto ideal y una base muy sólida, tan concreta y voluminosa como el Monumento a la Revolución.

“Monstruo” es una palabra frecuente en sus cartas, las más de las veces atribuida a si misma. ¿Sería una palabra de la época, así como el “grrrrrrrr” de las tiras cómicas para señalar su enojo? Monstruo, monstrua, monstruitos. Le entra “un angustioso deseo de ser perfecta”. Escribe:

Quisiera saber bailar y no ser gorda de ninguna parte y gustarle mucho y no tener complejos. Si usted me lo permite y me da tiempo me corregiré. Quiero ser tal como usted quiere que yo sea. Pero no me diga cuáles son mis defectos sino con mucha lentitud. Porque de otro modo me da tanta tristeza tenerlos que me enfurezco y decido conservarlos.

A punto de la crisis, estalla como un fuego de artificio su esperado sentido del humor. Aun así, la imagen que Rosario da de sí misma es lastimera, patética y, para quienes la conocimos, inexacta: “...soy tan insuficiente, me siento tan necesitada del calor de los demás y me sé tan superflua en la vida de todos. En cualquier casa a la que voy soy una intrusa, me ven como un bicho raro y desarraigado cuando no como un estorbo”.

A Guerra le asegura:

...no me siento, bajo tu mirada, como bajo la mirada de los demás, como un insecto bajo un microscopio sino como una persona frente a otra persona, como una mujer frente a un hombre, como tu mujer. Y soy feliz de serlo, de estar marcada por ti para siempre; y no me arrepiento y no me avergüenzo y no niego ante nadie, ni ante mí misma, que soy tuya.

No hay respuesta: “...escríbame, mi vida. ¿Qué le cuesta? Aunque sea una tarjeta chiquita diciéndome que está bien y ya. Si lo hace, en el cielo ha de hallar sus tarjetitas postales para que esté contento y consolado. Y si no ya lo pagará con Dios”. Salta el autoescarnio: “Pero yo soy indudablemente un monstruo”.

En 1950, al concedérsele una beca del Instituto Hispánico, se embarca en Veracruz con Dolores Castro, su mejor amiga, y permanece en España de 1951 a 1952. Su letra redonda, compleja, nerviosa, es endemoniadamente difícil de leer. Ella lo sabe y prefiere escribir en máquina. En la proa del barco SS Argentina se sienta frente a la máquina portátil de Lolita Castro mientras otros pasajeros se asoman a observarla. Describe todo lo que ve en torno suyo, cómo se pasan las mañanas en cubierta y “las tardes subimos a proa a recibir todo el viento contra nosotros”. “Hay también piscina en las tardes y cuando uno se aburre demasiado organizan un ciclón.” Sus cartas son una preciosa crónica de viaje, describe ahí su relación con Dolores Castro, sus juicios sobre los españoles, sus compañeras en el Instituto Hispánico, su deslumbramiento ante El entierro del conde de Orgaz de El Greco.

Resulta curioso comprobar que, a lo largo de sus cartas, Rosario no escribió sobre política o problemas sociales. Poco dijo cuando estaba en España, en sus últimas cartas no hay una alusión siquiera a los conflictos del país ni en sus artículos en Excélsior enviados desde Israel, aunque el ser embajadora la obliga a tener un buen conocimiento y por lo tanto a hablar y a escribir de política y muy bien (por algo es inteligente). De eso no escribía, pero actuaba. Mucho camino anduvo en Chiapas con el teatro Petul entre las comunidades indígenas. Y en su obra es evidente su preocupación por los problemas sociales, que como tales son también políticos.

Durante su estancia en España, la gran revelación para Rosario Castellanos es Santa Teresa. Decía: “[A] Dios, lo he perdido y no lo encuentro ni en la oración ni en la blasfemia, ni en el ascetismo ni en la sensualidad”. Ahora se abisma en la vertiente mística del amor:

...todo lo que usted me cuenta de que ha estado leyendo su Imitación de Cristo coincide con lo que he estado leyendo yo de Santa Teresa y San Agustín. Es que con este problema religioso yo no sé en qué voy a parar. Desde luego la religión es algo que jamás me ha sido indiferente y mucho menos ahora. Con mi corazón tengo un hambre horrible de ella, pero cuando trato de acercarme a saciarla se me oponen una serie de objeciones de tipo (¡!) intelectual. Yo que jamás razono, que no tengo ninguna capacidad lógica y sobre todo en este caso ninguna instrucción religiosa, me pongo a criticarla y a parecerme todo absurdo e irracional y por eso mismo inaceptable. Ahora estoy empezando a sospechar que estoy usando para entenderla unas categorías equivocadas. Porque no es con la razón, así en frío, como se puede llegar a ella [...] Pero entonces me entró una curiosidad por lo que era la mística y me puse a leer a Santa Teresa. Mire, es uno de los libros que más me han conmovido y que más alcance han cobrado ante mis ojos. Volver a poner frente a uno la humildad y la caridad, con toda su trascendencia, con toda su importancia. Mi primer movimiento fue de total adhesión y el plan de cambiar de vida. Pero, ay, mis propósitos me duraban dos o tres días.

De Europa regresa a México a fines de 1952 y seguramente no se concreta su relación con Ricardo porque sale de nuevo a Chiapas para permanecer con su hermano Raúl en su rancho de Chapatengo. Allí comete un acto que la asemeja a Sor Juana Inés de la Cruz pero que a mí me parece una autoflagelación espeluznante: se rapa. Más bien dicho, con su complacencia, la rapa su hermano. Para que no se vaya, para que no la vean. Rosario se lo comunica por carta a Ricardo y a mí me suena a broma cruel:

Hoy para entretenernos organizamos una diversión que nos tuvo ocupados toda la mañana: Raúl me rapó, primero con unas tijeras; zas, afuera los mechones de pelo: luego, con otras tijeras más finas, cortarlo hasta dejarlo pequeñito. Por último, con la máquina de afeitar. Me dejó la cabeza reluciente, pulida, lisa. Nos divertimos mucho. Y además así no puedo irme, aunque quiera, hasta que me crezca, aunque sea un centímetro, el pelo. A ver qué jueguito se nos ocurre mañana.

Ricardo no ha tenido a bien informarle que se ha casado en 1951 con Lilia Carrillo y que esperan un hijo: Ricky. Mientras Rosario insiste en sus apasionadas misivas (y habrá de insistir siempre, cualesquiera que sean las circunstancias, salvo en 1967 en que de plano pide el divorcio), Lilia y él, becados en París, dejarán a Ricky con Socorro García, madre de Lilia. Tal parece que Ricardo da vueltas y revueltas como la ardilla de la fábula y resulta difícil seguirle.

En 1954 Lilia conoce al pintor Manuel Felguérez, se separa de Guerra en París, aunque esté embarazada de su segundo hijo, Juan Pablo, y regresa a México. (Más tarde, Rosario tratará a Ricky y a Pablito como propios.) Juan Pablo nace en casa de Socorro García, madre de Lilia, mientras Guerra va de París a Heidelberg. Al regresar él a México se divorcian.

Rosario regresaba de Chiapas, de su trabajo en el Instituto Indigenista, dirigido por Alfonso Caso; volver a ver a Ricardo y casarse es un solo acto. Se desposan a los tres meses de su reencuentro.

Rosario se casa con Ricardo en Coyoacán en enero de 1958, a un año de la publicación de su primera novela, Balún Canán, y cuando cuenta con 33 años. Salió vestida de blanco de la casa de Guadalupe Dueñas en la calle de Puebla 247, que antes fue de Xavier Villaurrutia.

Todo está implícito en las cartas, no es ella la que lo cuenta. Lo sabemos porque Rosario es ya una figura pública, circulan biografías, tesis, sobre su vida y su obra. Lo sabemos también porque el silencio es terriblemente elocuente. Las cartas nos esconden siempre los momentos cumbres, el del reencuentro en México con Guerra después de su estancia en París con Lilia Carrillo, el matrimonio en 1958, la vida en común, la muerte de la primera hija, los abortos, los intentos de suicidio, el nacimiento de Gabriel, la mudanza a la alta y moderna casa de Constituyentes, frente al Bosque de Chapultepec. Si Rosario entonces no escribe cartas por estar al lado de Ricardo, escribe poesía, cuento, novela, ensayo.

No cuesta trabajo adivinar lo que sucede dentro de la casa de Constituyentes. A veces visualizamos una película de suspenso; otras, una de terror. No es que como toda pareja Rosario y Ricardo se peleen, se dañen, se separen, se reconcilien, hagan propósitos de enmienda y se toleren, sino que, ante la incertidumbre y el rechazo, Rosario opta por culpabilizarse. Pide perdón. En realidad, ella es la única responsable por no saber aceptar, por padecer celos desmesurados, por no entender, por caer en estados de rabia, por reclamar. Ella debe comprenderlo todo, buscar la convivencia y, para no volver a hacer nunca más una escena, recurrir a los tranquilizantes. Se piensa fea, gorda, fodonga, histérica. Con toda razón, él busca en otras lo que no encuentra en ella. Todas las demás han de ser mejores. Rosario no lo satisface porque es un “monstruo”. De Ricardo realmente no sabemos sino lo que Rosario nos dice o lo que resulta fácil deducir de las cartas cuando Rosario es explícita. Su desgracia gira en torno a la infidelidad de Ricardo, pero la única responsable es ella. ¿Cómo son las otras? Lilia Carrillo es apenas un fantasma, una aparición momentánea, un único telegrama que avisa que tal día recogerá a sus hijos. Selma en cambio tiene más presencia y Rosario, que a pesar de todo busca siempre la reconciliación, le escribirá a Ricardo que no acepta viajar con él a Puerto Rico porque no quiere herir a Selma.

Y también se sentirá culpable: “Ojalá que yo no pierda los estribos al volver a México y que la gente que tenga que vivir conmigo no tenga que compartir mis problemas que, en última instancia, son míos y nadie más que yo puede ayudarme a resolverlos”.

La atmósfera con la que lidia Rosario en Constituyentes no es precisamente apacible. Se suicida la madre de Lilia Carrillo, Socorro, abuela de los niños que Rosario cuida, y aunque del suicidio se hable mucho en Constituyentes –a tal grado que hasta Gabriel de cuatro añitos en uno de sus berrinches amenace con quitarse la vida–, todos lo toman con calma.

Nada le afecta más al ser humano que el aprendizaje sentimental, que nos tortura hasta el último minuto de nuestra existencia. La vida amorosa de Rosario es una tragedia porque es trágico no obtener respuesta y empecinarse, revolcarse en la esperanza nunca realizada. Rosario vive esa tragedia cotidiana y sin embargo escribe. Su cerebro dividido en dos lóbulos frontales está en realidad habitado por dos propósitos: uno para escribir, otro para sufrir. Aparentemente no se mezclan. Rosario puede pasar de la más pavorosa escena de celos a su mesa de trabajo. Y no se desfoga sobre el papel. Escribe. No se vuelca en catarsis psicoanalítica. Hace abstracción, traza sus signos, al descifrarse descifra al mundo.

Por fin, en 1966, Rosario decide salir y aceptar una invitación como Visiting Professor a Madison, Wisconsin. Ha tenido una muy mala época: jefa de Prensa e Información en la UNAM, la afecta la violenta salida del doctor Ignacio Chávez de la Rectoría, obligado por una runfla de estudiantes. Sin embargo, en medio de su tragedia personal que la lleva a la zozobra y al desfallecimiento, a intentos de suicidio y a estancias en el hospital psiquiátrico, a recurrir incrédula y rechazante a psicólogos y a creer que en el Valium 10 “se condensa, químicamente pura, la ordenación del mundo”, Rosario Castellanos jamás deja de expresarse, decir, comunicar. En los años cruciales se publican 14 libros entre prosa, ensayo, poesía. Nada valen, no importan, a Rosario se le borra por completo su bibliografía cada vez que descubre una nueva infidelidad.

Es admirable ver cómo en la soledad de Madison un ser tan desbaratado va armándose a sí mismo, aprende a manejar sus depresiones, se da cuenta de lo cíclico de sus estados y se previene contra las caídas. Finalmente logra desarmar los mecanismos de sus dolores, que son de la inteligencia, aunque hay marcas que no desaparecen en ninguna de sus cartas, la huella de una infancia que regresa continuamente a perseguirla. En Madison aprende a cargarla, el costal de recuerdos y vivencias dolorosas ya no la tira. Simplemente Rosario se rehúsa a ser víctima.

Una de las cartas de Madison, Wisconsin, la de septiembre 14 de 1966, dice:

A esas altas horas de la noche me preocupo porque se fue María, porque Gabriel tiene gripa y se puede enfermar, porque pueden suceder tantas desgracias. Luego me doy cuenta de que lo único que estoy haciendo es sacar el bulto a mi verdadero problema, al que me tengo que enfrentar ahora sin ningún paliativo y sin ningún pretexto: ¿soy o no soy una escritora? ¿Puedo escribir? ¿Qué? Como preparar las clases me lleva mucho tiempo, voy a dedicar los fines de semana a eso, en serio. A ver qué pasa. Si no lo soy no me voy a morir por eso.

Para este momento, Rosario ya había escrito sus dos novelas, Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962), y los libros de cuentos Ciudad Real (1960) y Los convidados de agosto (1964). En poesía había publicado Trayectoria del polvo (1948), Apuntes para una declaración de fe (1949), De la vigilia estéril (1950), El rescate del mundo (1952), Poemas (1953-1955 y 1957), Al pie de la letra (1959), Judith y Salomé (1959) y Lívida luz (1960).

En 1961 había recibido dos premios: su hijo Gabriel y el Villaurrutia. Escribía el prólogo a La vida de Santa Teresa. En 1962, los críticos habían puesto en sus manos el premio Sor Juana Inés de la Cruz. Desde 1963 sus artículos de crítica literaria aparecían con regularidad en Excélsior. Era reconocida, después de la del Centro Mexicano de Escritores le había sido otorgada la beca Rockefeller en 1956, era catedrática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. ¿Será posible que la inseguridad amorosa aniquile lo que debería ser su más íntima convicción: su oficio? Rosario ya ni siquiera se plantea si es buena o mala escritora, lo cual parecería normal, sino si es o no escritora. ¿Se tortura por ello? Quiere comprobarlo a los 41 años en la soledad de su nueva vida en Wisconsin.

Algo tremendamente conmovedor es ver que Rosario trabajó toda su vida; ni en las peores circunstancias, ni en los momentos más duros eludió sentarse frente a su mesa, acudir a su oficina en el noveno piso de la UNAM, dar su cátedra en Filosofía y Letras, impartir conferencias. Trabajó siempre, pasara lo que pasara, y no es que se obligara o fuera estoica, sino que tenía una enorme disciplina y un sentido feroz del deber. En su discurso del 15 de febrero de 1971, en el Museo Nacional de Antropología, Rosario reitera que el ser que trabaja merece el respeto de los demás, y afirma que en México no es equitativo el trato entre hombre y mujer. En la universidad de Madison, como tiene demasiados alumnos, el decano decide que una parte debe pasarse a la clase de otro maestro. Ninguno se quiere ir, protestan y finalmente todos se quedan con ella. Rosario posee en la universidad un séquito de alumnos que la adoran y sin embargo no logra abandonar el lenguaje de la derrota.

La correspondencia de Rosario es un formidable documento vital, un testimonio de primer orden que seduce a las mujeres y a los hombres a quienes les interesa comprender a las mujeres. Después de leerla uno se queda con ganas de comentar, discutir, sacarla del atolladero y, al sacarla, sacarnos también, aunque nuestra situación no sea exactamente la misma e incluso creamos que es mejor.

Las cartas son un proceso liberador y un triunfo, una guerra compuesta de muchas batallas ganadas por ella misma día a día. Me atrevería a afirmar que, si no supiéramos de su prosa ni de su poesía, sus solas cartas harían de Rosario Castellanos un ser humano admirable,

Aspecto notable es el del humor, incluso a costa, o, mejor dicho, sobre todo a costa de sí misma, y esto no abunda entre las escritoras mexicanas, aunque no le gustan los chistes que se hacen sobre su relación con Ricardo y se queja de Sergio Pitol y de Luis Prieto y de que “Ricardo quería un Castillo, pero se lo dieron con Castellanos”, chiste del propio Guerra, que le parece cruel. Antes que ella, María Lombardo de Caso es la única que ha incurrido en el terreno de la ironía. Sólo los inteligentes son capaces de hacer chistes sobre sí mismos. Los tontos son los que repiten chistes ajenos. A Rosario, su inteligencia le hace darse cuenta muy clara de sus procesos y muy pronto aprende cómo penetrar en ella; pero no sólo en ella, sino en su propio hijo, Gabriel, al que conoce al derecho y al revés no porque esto le sea dado o porque su hijo se le parezca como gota de agua, sino porque es una observadora fuera de serie. Sus insights en los demás son más que penetrantes, deslumbrantes y por ello sus críticas literarias resultan muy lúcidas, muy afortunadas. Al único que nunca logra ver porque lo ama de amor loco y ciego de enamorada loca, sorda y ciega es a Ricardo. Ricardo se le escapa en todos los sentidos.

El viaje de su hijo Gabriel a Madison es para Rosario un prodigio, pero nunca tanto como para nosotros lo es la lectura de las cartas de doña Rosario Castellanos enviadas a Ricardo Guerra a partir del 5 de enero de 1967. Digo doña Rosario Castellanos porque no puede uno menos que quitarse el sombrero ante su valentía, el amor con el que trata a su hijo y, de paso, también a Ricardo Guerra.

Gabriel, el niño de cinco años, repite exactamente la misma conducta, pero ahora la “otra” no es Selma, la nueva “pareja” de Ricardo, sino su propia madre, que no merece regresar a la casa de Constituyentes, que no debe tener un Volkswagen, que es una criada a la que su padre corrió a cachetadas. Rosario lo escucha todo con una suprema ironía y con un conocimiento de la gente menuda que ya quisieran los psiquiatras. Aplica su terapia, más eficaz que cualquiera se haya dado en hospital alguno. Su sentido del humor no la abandona ni tratándose de su hijo, no la abandona ni en las peores circunstancias, no la abandona ni cuando el niño, haciéndose eco de otras patizas, la patea una y otra vez mental y emocionalmente o, como dice la propia Rosario, se dedica a chuparle el hígado hablándole de un suceso que Ricardo no ha tenido el cuidado de informarle. Rosario no acepta, como una abnegada madrecita mexicana, el sufrimiento que su hijo le inflige, al contrario, lo combate con una nobleza apabullante.

Si Gabriel ha de salvarse ha de ser por su madre, y precisamente aquí y ahora. Rosario toma el toro por los cuernos. Nunca deja de observarlo. Su inteligencia del corazón es tan vasta que resulta muy difícil entender cómo es posible que no la haya logrado en su relación de pareja. La única explicación parece ser la de que Guerra no la quería, nunca tuvo voluntad ni capacidad de amarla y para que ella lo comprendiera debió embarrarle en la cara no una sino varias veces otras certezas, todas ellas mujeres. Rosario no podía amarlo sino a él; era demasiado entera.

Rosario no sabe lo que ha sucedido en su casa de México durante su ausencia. Gabriel, con sus cabellos de elote y su carita angelical, es su informante.

¿Cómo sobrevive un ser humano cuando se le patean sus más íntimas certezas? ¿Cómo sobrevivió Rosario? No se puede aniquilar a nadie sus razones de vida, las más profundas, la fe en sí misma, en su cuerpo, en su trabajo. A Rosario se las aniquilaron, quedó tendida sobre el tapete bajo el piecito blondo de un querubín y logró no morir. Tan es así que un año más tarde puede escribirle a Ricardo:

Bueno, a Gabriel, no sé por qué lo persiguen los bichos y lo pican sin cesar. Ponemos insecticidas de una marca y otra y amanece con unos conatos de cuernos en la frente (han de ser herencia de su mamá) porque algo le pica en la noche. Y ayer me apostrofó con el más dramático de sus acentos: ¿Para qué ha nacido? ¿Que he hecho yo por el único hijo que pude tener? ¿Siquiera he podido defenderlo de los insectos? ¿Qué voy a hacer para que los insectos desaparezcan? Eso y el otro día que yo tenía una visita de mucho cumplido y se asoma a la sala y después de saludar muy ceremoniosamente dice: “no vine a interrumpir, sólo vine a tomarme una copa y a fumarme un cigarro con ustedes”.

Gabrielito acaba de cumplir seis años. Hay un descubrimiento y una construcción de sí misma a través de Gabriel su hijo, que nos resulta fascinante. Rosario se crece, nunca es tan analítica, nunca toma tanta y tan fabulosa distancia.

Es apasionante ver cómo le va a Gabriel, observado por una narradora más que aguda, una mamá muy atenta a sus procesos. Todas las tardes Rosario permanece con su hijo, lo ayuda en sus tareas, lo acompaña, le cuenta cuentos. Los cuentos que le escribe son una delicia.

Regresan a México a la casa de Constituyentes. Guerra se va a dar cursos a Puerto Rico y Rosario se queda al frente de dos casas, la de México y la de Cuernavaca, y es sorprendente cómo una mujer que se consideraba a sí misma carne de cañón para manicomio maneja las casas y no sólo a Gabriel sino a Ricky y Pablito. En completo dominio de la situación, Rosario resuelve sus propios problemas, los universitarios, los de la docencia universitaria, los psicológicos y los de la creación. Nunca suelta el tema de la familia, las cuentas, el predial, el plomero, los trámites burocráticos. Responsabilizarse de las necesidades de Ricardo y los niños es una constante en la vida de Rosario y aparece en cada página de las cartas.

Finalmente no es la continua infidelidad o la mentira de Ricardo la que importa sino la construcción que hace Rosario Castellanos “de otro modo de ser humano y libre”.

Rosario, en cambio, nunca dice una mentira; sin embargo, magnifica, exagera y lo sabe. Dice, por ejemplo, que no le gustaban las reuniones sociales y lleva la batuta de aquellas a las que asiste. Como era muy ingeniosa, al divertir a los demás hasta se divierte. Extrovertida, brillante, graciosísima, daba la impresión de ser una mujer muy acostumbrada a las reuniones. En público nunca delató su enfermedad nerviosa, al contrario, quizá por ella se propuso conquistar a los demás, echárselos a la bolsa, hacerlos sus aliados.

A las mujeres se nos devalúa. Rosario nació devaluada y sólo deja de acusarse y encontrarse culpable al final de su vida. ¿Es la relación amorosa lo único que hubiera podido darle estabilidad? ¿O es justamente el hecho de que ésta le sea negada lo que la lleva a escribir? ¿Tiene que pagar el precio de ser escritora? ¿Qué hubiera sido de una Rosario Castellanos con un mayor nivel de autoestima? José Joaquín Blanco, al ver sus reflexiones poéticas en torno al abandono, al desamor, al bien inalcanzable, al páramo inmenso, nos dice que es una plañidera. Debió ser para José Joaquín Blanco, hombre al fin, una neurótica insoportable, ya que en su poesía nos damos cuenta cabal de hasta qué grado la han herido el amor y la convivencia, pero hasta hoy no sabíamos cómo. Sus cartas nos lo aclaran. Nunca es más racional que en su poesía. Encuentra la palabra exacta, la pone y ya está. La poesía en ella es una búsqueda de racionalización.

Rosario Castellanos se fue revalorando y éste fue un proceso doloroso porque fue conociéndose. Finalmente, en un acto de autoestima, se separa y pide el divorcio.

Aunque Gabriel es su propio hijo, tampoco se hace muchas ilusiones y su actitud podría resultarnos ambigua. En su poema “Rito de iniciación” dice: “Porque habías de venir a quebrantar mis huesos / y cuando Dios les daba consistencia pensaba / en hacerlos menores que tu fuerza”. Y en “Autorretrato”: “Soy madre de Gabriel, ya usted sabe, ese niño / que un día se erigirá en juez inapelable / y que acaso, además, ejerza de verdugo / mientras tanto lo amo”. Su último artículo, publicado en Excélsior después de su sorpresiva muerte, está dirigido a Gabriel, a quien le pregunta:

¿Te acuerdas de La Guiveret que venía a hacer la limpieza una vez a la semana hasta que estalló la guerra de Yom Kippur y a uno de sus hijos le ocurrió una desgracia muy grande, tan grande que se va a quedar para siempre en un hospital? La Guiveret también estuvo enferma e imposibilitada de trabajar y ahora, apenas convaleciente, vuelve a sus antiguos bebederos.

La primera vez que vino a la casa estábamos solas y yo la observaba con un poco de inquietud mientras ella –rígida, mecánica, ausente– sacudía los muebles, trapeaba el suelo, lavaba los vidrios mientras dos chorros de lágrimas –que no enjugaba porque no los advertía– le rodaban por las mejillas. Llora así, inconscientemente, como nosotros respiramos. Yo me sentía ante ella inerme porque no poseía ninguna palabra que le diera a este sufrimiento una forma, un molde, un cáliz. De la piedad fui transitando, poco a poco, al miedo. ¿Y si está loca y de repente le entra el telele y me estrangula?

La primera jornada transcurrió sin incidente. Y, varios días después, yo estaba en la terraza cuando la veo venir avanzando dificultosamente bajo el sol vertical. Desde lejos me decía algo, me pedía algo, claro que yo le iba a dar lo que quisiera. Pero ¿qué quería? Me llevó de la mano hasta un florero en el que hay esas flores de papel que son tan vistosas y que trajimos de México. Me señaló una y yo le entregué el ramo entero. Lo abrazó como si fuera su hijo recuperado y sano y se fue erecta, radiante, sin memoria de su pena. ¡Somos tan poco! ¡Nos consolamos con tan poco!

Yo por ejemplo, borro todas las cicatrices del pasado, desatiendo todas las presiones del presente, me olvido de todas las amenazas del porvenir con sólo mirar una tarjeta postal a colores que representa el Calendario Azteca y que dice: “estoy muy contento. Saludos”. Y firma: Gabriel.

Rosario dejó de escribirle a Ricardo Guerra sólo siete años antes de morir. Electrocutada por una lámpara doméstica, en la sede de la embajada de México en Tel Aviv, falleció el 7 de agosto de 1974, un día antes de emprender el viaje a México para ser la única oradora en un desayuno oficial en la residencia de Los Pinos.

ELENA PONIATOWSKA

EN DEUDA CON ROSARIO*

“Los sentimientos, considerados como una de las partes esenciales del hombre, se reconocen como lícitos y se enaltecen con el afán de lograr la plenitud, en su lucha contra los prejuicios y las instituciones sociales que tienden a disminuirlos, a subordinarlos a otro tipo de intereses, a hacerles perder su autenticidad.”

Son palabras de Rosario Castellanos, en el prólogo que escribió para la edición mexicana de Las amistades peligrosas, de Choderlós de Laclós, buen ejemplo de ese género tan cultivado en la Francia del XVIII como lo fue la literatura galante, cumbre sin duda de la literatura epistolar.

En Choderlós de Laclós, añade Rosario, “la luz de la razón ilumina hasta los más tenebrosos abismos del instinto, e intenta reducir a su imperio lo que por antonomasia se consideraba irreductible a él: las pasiones”. Y se pregunta después: “¿Frialdad? No, distancia. Esa distancia que según Simone Weill es el alma de lo bello”.

Tal es el trípode, que no admite bailoteos de mesa de cocina, en que Rosario Castellanos escribió estas cartas. Primero, poner las pasiones bajo la luz de la razón; segundo, defender la autenticidad del sentimiento y, tercero, la distancia como alma de lo bello.

El pensamiento de Rosario Castellanos sobre la novela epistolar de Laclós es aplicable a su propia obra y con más justeza a este libro de excepción que el lector tiene en sus manos, y que ella formó sin darse cuenta.

Años después de escritas sus cartas a Ricardo, quien afortunadamente las conservó, al mirarlas Rosario como un todo, supongo que habrá advertido esa feliz combinación de sentimiento flor de piel y lucidez como esqueleto sustentante, sin la menor concesión a sí misma o al destinatario. Cero complacencias. Humorismo a veces; tenacidad y esfuerzo siempre, y reiterada, fervorosa profesión de fe en su vocación de escritora. Única rutina: la soledad, felizmente rota con la llegada de su hijo Gabriel. Sus cartas son la crónica de un crecimiento doloroso, la evolución casi novelesca de un personaje que ella llegó a conocer a fondo: ella misma. Y quiso que después de su muerte fuesen publicadas. Las depositó entonces en las custodias manos de Raúl Ortiz y Ortiz.

El trabajo editorial fue lento, pero sin pausas. Aunque la mayoría de las cartas fueron mecanografiadas, la caligrafía de Rosario exige una paleografía carente de auxiliares. Hace cuatro años, diplomático, según certero vaticinio de su madre, Gabriel vivía en Moscú, después en Bonn. Su regreso a México aceleró el trabajo.

Hoy, a 20 años del fallecimiento de la autora, Ricardo, el destinatario, y Gabriel, su hijo, en una actitud que los honra, y que constituye un homenaje a Rosario, autorizan su publicación.

Las cartas se reproducen con cabal respeto a la integridad del texto. Doy fe de ello.

Una vez más, estamos en deuda con Rosario.

JUAN ANTONIO ASCENCIO

LAS ROSARIOS POR VENIR

Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida.

DELEUZE, Crítica y clínica

¿No les ha pasado nunca eso de sentirse inexistentes?

¿Por qué enviamos cartas, mails, larguísimos audios de whatsapp? ¿Por qué insistimos en narrar la vida, nuestra vida, como si necesitáramos un testigo, una mirada, un espejo que pudiera devolvernos una versión de nuestra existencia más real, con mayor densidad, textura o peso? En una de las primeras misivas de este volumen, Rosario Castellanos expresa una percepción evanescente de sí: “la sensación de ser un fantasma, de estar a punto de desvanecerme en el aire, persiste”. Escribimos cartas para tener la certeza de que somos reales, de que lo vivido puede perdurar más allá de la efimeridad, del vértigo del instante. Escribimos cartas como un método de constatación de quienes hemos sido; como un artefacto hecho de palabras que dota de materia tangible todo lo que, aparcado únicamente en la memoria, se encuentra expuesto al olvido, a la borradura, a la intemperie.

Cuando Rosario Castellanos empezó a escribirle cartas al filósofo mexicano Ricardo Guerra Tejada tenían 25 y 27 años, respectivamente. Era el verano de 1950, hace prácticamente tres cuartos de siglo. Comencé a leer su correspondencia 70 años después, en el verano de 2020, durante el confinamiento a causa de la pandemia. Me hallaba en la mitad de uno de esos bosques selváticos en que se convierte, a veces, el desamor. Paralela a Castellanos, solía percibirme fantasmática, espectral. En aquel momento, no pude dejar de ver la ironía: esa Rosario jovencísima iba hacia el amor, cuando yo, en mis 40, bregaba por salir de él, cual si fuera la protagonista de su célebre poema “Lamentación de Dido”.

Ese verano apareció un extraño calor defeño que, no sabíamos, sólo iría en aumento con los años. En las cartas iniciales de Castellanos las temperaturas de Tuxtla y Comitán eran altas también, sus renglones exhalaban un sopor de tardes llenas de humedad y verdor. Estoy convencida de que ambas atmósferas de bochorno se mezclaron una tarde de aquel agosto de 2020. Que algo del verano de la Rosario de 1950 se filtró hacia el mío, mediante porosidades y vasos comunicantes que sólo el lenguaje es capaz de fraguar y convocar. Que leer las cartas de Castellanos es conjurar una máquina escritural, autobiográfica y/o autoficcional, para viajar en el tiempo. ¿Cómo explicar de otra manera lo vivas, lo frescas que se sienten sus palabras, su fragancia a flores recién cortadas, la sensación de lo que acaba de ocurrir, de lo apenas escrito y metido en un sobre, la inminencia de lo que, habiendo ya acontecido, se percibe aún por suceder?

A esto se refiere Josefina Ludmer cuando “al exponer su teoría de las literaturas posautónomas” habla de producir presente: a la capacidad de hacer de la escritura una “conjunción y yuxtaposición de temporalidades en movimiento cargadas de símbolos, signos y afectos”;1 cuando nos introduce a su noción de tiempo espiralado, ese que nos permite “ir al futuro del pasado y al pasado del futuro sin movernos del presente”.2 Traigo a colación a esta teórica argentina porque pienso este epistolario como una escritura proto-posautónoma que trenza lo íntimo con lo público, el pasado con el presente, lo literario con todo aquello que no lo es. Y, sobre todo, porque este tejido contradictorio genera subjetividades y afectividades nómadas: aquellas que desplazan las palabras de las cartas de Rosario durante décadas o siglos, llevando consigo sus atmósferas y paisajes.

Castellanos continuó enviando cartas de manera intermitente hasta 1967. La correspondencia con Guerra se suscitó en tres periodos distintos. La primera, del 28 de julio de 1950 al 10 de enero de 1952, desde Tuxtla Gutiérrez, Comitán y La Concordia y, posteriormente, a bordo del SS Argentina, así como Madrid, París, Nápoles, Roma, Viena y la hacienda de Chapatengo, en Chiapas. La segunda, del 13 de septiembre de 1966 al 30 de junio de 1967, desde Madison, Wisconsin; Riverside; Bloomington, Indiana; y Boulder, Colorado. Y, finalmente, del 25 de agosto al 11 de diciembre de 1967, desde la Ciudad de México.

Cartas a Ricardo fue publicado en 1994 —y reimpreso, por única ocasión, en 1996— por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. A tres décadas de distancia de esta edición, con seguridad agotada desde hace más de 20 años, y sólo conseguible en bibliotecas o en un pdf pixelado, su reingreso al panorama literario mexicano se vuelve indispensable. Este volumen consolida procesos de valoración del legado e impulsa el diálogo vivo con la obra y la vida de una de las escritoras mexicanas más relevantes y propositivas. Publicar Cartas a Ricardo abre una conversación entre las nuevas generaciones y la escritora chiapaneca, al tiempo que invita a reflexionar sobre el devenir de lo que ha significado ser mujer y ser escritora en los siglos XX y XXI.

Cartas a Ricardo es un libro que ha sido leído —además de como el archivo epistolar que evidentemente constituye— como una obra literaria de género epistolar, debido a su alto grado de oralidad, literariedad y poeticidad, como afirma Silvia Álvarez Arana.3 Esta académica propone también que Cartas a Ricardo es una novela epistolar —la compara con Werther de Goethe y Las amistades peligrosas de Laclós—, dado que posee una disposición cronológica (inicio, desarrollo y fin), un orden y coherencia en la trama, personajes, un lenguaje literario en el que abunda la prosa narrativo-ensayística, así como una atmósfera emocional novelística. A esta nómina de categorías me gustaría añadir una última, el nombre que Silvana Vignale les da a las escrituras cuyo fin es “la constitución de sí mismo”. Vignale llama “escrituras de sí”4 a aquellas que transforman a quien las escribe. Y si “escribir cambia el destino”, como alguna vez me dijo la poeta Nadia López García, este conjunto de cartas es una muestra de que la indagación que Castellanos hace de sí misma transforma a las Rosarios por venir.

En otra de esas cartas iniciales en que está de paso por Tuxtla, Rosario se derrite bajo el sol y, para matar el tiempo, se compra un ejemplar de El amante de Rilke porque Ricardo se lo había recomendado con anterioridad. Le escribe: “lo leí con tus ojos, no con los míos. Sentí que era un modo de estar próximos y cercanos [...] Vine leyéndolo en el camino. Era como si hubieras venido a mi lado, hablándome”. Escribimos cartas —o mandamos audios de whatsapp, que a veces parecen podcasts— para generar una proximidad y una complicidad con lo ausente. Porque tal vez, como apunta, en su Breve ensayo sobre la carta, Laía Argüelles Folch: “la carta consista en hacer de la distancia la condición para la cercanía más íntima: decirte algo que, de otro modo, no me atrevería a decirte. Preguntarte algo que, de otro modo, no me atrevería a preguntarte. Después de todo, hay cosas que sólo pueden decirse por carta”.5

¿No te importa saber que soy una persona terriblemente hambrienta de ternura?

La Rosario veinteañera que envía sus primeras cartas a Ricardo tiene apenas un par de años de haber quedado huérfana de padre y madre, de haber publicado su primer libro de poemas, Trayectoria del polvo, de haberse graduado como maestra en filosofía en la UNAM. Mientras se embarca hacia España, en compañía de su amiga, la poeta Dolores Castro, y durante su estancia para realizar estudios de filosofía, podemos rastrear en su escritura una potente mezcla de fragilidad y vitalidad que suele desbordar sus páginas. Se trata de una joven que viene de haber enfrentado la pérdida de las ramas de su árbol genealógico más inmediato y que, sincrónicamente, está abriéndose al amor, a los viajes, a la profesionalización de su escritura.

A veces se muestra como la chica insegura que puede llegar a ser: “¿era cierto lo que había sucedido entre nosotros? ¿Habíamos, de verdad, estado juntos? ¿No era todo producto de mi imaginación? ¿No lo había yo soñado?” Otras, aparece invadida de una suficiencia e insolencia juvenil que suele manifestarse en comentarios irónicos o sarcásticos. Con Ricardo tiene, en realidad, poco tiempo de noviazgo. Se habían conocido un año antes, en 1949, en la Facultad de Filosofía y Letras. Así que, en esa correspondencia inicial, se trata de una relación que se construye más bien a distancia y que la novel autora nos dibuja y desdibuja en su complejidad y a veces en su poca o nula reciprocidad de parte de Guerra.

En esta primera etapa de correspondencia leemos a una Rosario que se permite la expresión más íntima, vehemente y desmedida de sus sentimientos hacia Ricardo. Pero, admitámoslo, ¿quién no fue amorosamente cursi en la década de sus 20? ¿Quién no se volcó y se entregó, de manera apasionada, a sus enamoramientos juveniles como si en ello se le fuera la vida? “Lo amo, niño Ricardo, lo amo, hasta la pared de enfrente (y conste que estoy a la orilla del mar) [...] Usted me hace falta, lo necesito [...] Y ahora, otra vez, quiero decirle que lo amo. (¿No le importa que sea monótona?) [...] Hágame usted el favor de no escasearse”. Tiren la piedra si no escribieron o han escrito, incluso después de esa edad, declaraciones de amor como las suyas. O como también escribió Mary Oliver en uno de sus poemas: “no hay nadie que diga: ‘voy a ser prudente y astuto en materia de amor’ / que diga: ‘voy a elegir con calma’”.6

Además de la Rosario enamorada, las cartas de 1950-1952 nos permiten conocer también a una serie de Rosarios a las que me ha dado por llamar Las Castellanos brillantina y presente —parafraseando un verso de una canción de Leiva—. La que —como yo— querría saber bailar. La que vio El ladrón de bicicletas en el mes de su estreno y vislumbró ternura y profundidad. La paseante a la que la aguda belleza de las cosas le provocaba ganas de llorar. La que a veces se sentía heroica y valiente. La que en ocasiones contrarias se percibía profundamente cobarde. La que profería, a la menor provocación, insultos ñoños como “infecto” o “chocante reptilcito”. La que leía las obras completas de Calderón de la Barca y poemas de Coleridge, Wordsworth, Valéry y Keats. La que se preguntaba por qué a veces “las palabras son tan pobres y tan insuficientes y tan inútiles”. La que percibía la hostilidad hacia las mujeres que “viajan solas”. La que mientras cruzaba el Guadalquivir notó en los muros del puente un soneto de Góngora. La que bordeaba los “abismitos” en los que temía caer. La que a veces dudaba de si era poeta o no porque no conseguía escribir nada y luego pasaba días haciéndolo “como una endemoniada”. La que se preguntaba si “es posible que una muera de nostalgia”. La que escribió en una de sus cartas: “quiero ir a todas partes, estudiar mucho, leer mucho, conocer mucho [...] siempre querré estar caminando, yéndome a alguna parte”.

Si pudiera, sería feliz. Pero soy monstrua. No puedo

“Cada vez me siento más distinta, más extraña, como un ser de otro planeta”, le escribe Rosario a Ricardo al inicio de su segundo bloque de cartas, que comienza en septiembre de 1966. Castellanos tiene 41, está casada con Guerra, con quien atraviesa un periodo de separación, es madre de Gabriel y se encuentra en Madison como profesora invitada para el periodo de primavera por la Universidad de Wisconsin; en el otoño irá a Bloomington, a la Universidad de Indiana. Castellanos sigue siendo Castellanos y al mismo tiempo es otra. A veces se asoma en sus palabras una chispa de Las brillantina y presente, pero sin duda, está entrando a los 40 y quienes estamos en esa década sabemos todo lo que eso implica. Una ya no tiene la vida por delante, una recorrió, para bien o para mal, la mitad o poco más de la carrera. ¿Qué sigue ahora? ¿Quién queremos ser? ¿Todavía podemos virar la marcha? ¿Qué nos atrevemos, aún, a soñar como posible?

“¿Qué harías tú si tuvieras rota por dentro la cabeza? ¿Qué harías tú si te ahogaras y no supieras cómo se expresa?”, canta Silvana Estrada y esas dos preguntas me hacen pensar en las Rosarios que escriben desde Estados Unidos. A ellas he dado por nombrarlas Las Castellanos hagamos un nudito al corazón —otra vez citando a Leiva— porque la naturaleza de los asuntos que les ocupan y les preocupan suelen amagar su ánimo y hacerlas atravesar territorios emocionales de inestabilidad de los que logran salir avante, pero, sin duda, con rastros de la zozobra, de la tormenta existencial que les aqueja.

Si digo que estas Rosarios se anudan el corazón y prosiguen con la vida es porque enfrentan sus demonios más hostiles, los miran cara a cara y, en esa incesante búsqueda de indagar qué es lo que verdaderamente desean para sí, los confrontan sin pudor. Las Castellanos de 41 escriben de su relación siempre en pugna con su cuerpo, que se expresa en su intención de hacer dieta y lucir esbeltas; pero también en su necesidad de ternura y de seguir siendo deseables, de continuar ejerciendo su sexualidad. Introspectivas y retrospectivas, desmenuzan, agudas y punzantes, todo aquello que pareciera ser la causa de su separación matrimonial. Escudriñan, una y otra vez, en su salud mental: sus depresiones, sus angustias, sus miedos, sus insomnios, sus celos, sus autosabotajes, sus ataques de furia y de pánico, sus tentativas de suicidio, su consumo de antidepresivos.

Castellanos se describe a sí misma como “una exquisita máquina de sufrimiento” y muestra, a veces con aplomo y otras tantas con resignación, sus costuras más íntimas: “quiero convertirme en mujer y no alcanzo [...] Caminé como una imbécil, bajo la llovizna, helándome con el viento”. Sin embargo, Las Rosarios hagamos un nudito al corazón se echan una lloradita y luego caminan y caminan como una forma de hallar un poco de calma. Se hacen “grandes declaraciones de amor a sí mismas y se aceptan, a pesar de todo”. Leen Nada de Carmen Laforet, a Below, a Dinesen, a Proust. Imparten un Seminario de novela mexicana, otro de Civilización hispanoamericana y uno más de Novela hispanoamericana contemporánea. Van al cine, al teatro, a cenas con sus colegas de la universidad. Hallan de confidente a Luisa Popkin. Configuran y reconfiguran su relación con el pequeño Gabriel: “aunque este niño tenga feroces galgos morados, tiene también sus mieses, también sus pájaros”.

Después del giro afectivo de los años noventa comprendemos la clase de emociones que estas Rosarios describen en sus cartas desde epistemologías feministas. A partir de estas líneas de pensamiento podemos leer sus expresiones de vulnerabilidad y de sus afectos más dolientes como la construcción de una subjetividad política que reivindica su y nuestro derecho a mostrarnos como seres con debilidades, contradicciones, asimetrías e inestabilidades. Rosario Castellanos, que siempre fue más una precursora que una adelantada a su tiempo, como bien señala Olivia Teroba, nada sabía del giro afectivo, pero de alguna manera intuía que mostrar su fragilidad más íntima ante el otro, léase la mirada de Ricardo Guerra o la de sus posibles lectoras y lectores en el futuro, implicaba siempre una búsqueda identitaria, una reinvención de sí misma.

Valium y Cuernavaca

Al regreso de Castellanos a México, en el verano de 1967, Guerra viaja unos meses a Puerto Rico, con lo que da inicio la tercera y última temporada epistolar. Rosario asume el cuidado de Gabriel, además del de Ricky y de Pablo, los hijos que Ricardo tuvo con Lilia Carrillo en su primer matrimonio. A la par, da clases en la UNAM y se hace cargo del tráfago de tareas que implica mantener en pie las casas de Constituyentes y Cuernavaca.

El recibo de la luz, la descompostura del refrigerador, las cuentas por pagar, las inscripciones escolares de los hijos y los frecuentes cortocircuitos se mezclan en estas misivas con la negociación marital que Rosario propone acerca del tipo de vida cotidiana y sexual que desea reconfigurar con Ricardo; de los acuerdos en los que está dispuesta a ceder y los que no; así como de los esquemas del amor romántico que estaba empezándose a cuestionar: “independientemente de que yo sea tu esposa o no, soy también una persona, una persona que está enamorada de ti, que te necesita, que quiere dar y recibir amor”. A esta mixtura entre la domesticidad y el amor, se añaden también sus continuos reportes sobre los sucesos de su entorno cercano y del contexto nacional: el discurso del presidente, la situación estudiantil de la UNAM, la violencia en el país, los escándalos del mundillo cultural. Sus lecturas de Cien años de soledad, Paradiso, Leopoldo Marechal y Agatha Christie. Finalmente, se suma a lo anterior su visión crítica acerca de cómo funciona el sistema literario mexicano. Rosario es capaz de percatarse que le han dado un premio, además de por su notable trabajo como escritora, porque es “inofensiva y mujer”, porque dárselo a ella constituye una jugada estratégica para balancear los mecanismos del prestigio en favor de ciertos grupos.

A las de las últimas cartas me ha venido bien aludirlas como Las Castellanos dan ganas de comprarse un arca y navegar —la frase es suya—. La tristeza, a la que alude desde la primera carta de este volumen, sigue asediándola. A veces parece no darle respiro. Sin embargo, Rosario sigue intentando encontrar formas de allegarse una barquita metafórica —como diría mi querida Nidia Cuan— y hacerse a la mar: “esta semana voy a ir a la Lagunilla y me voy a dar vuelo comprando chácharas y babosadas. Eso me levanta mucho la moral”. Hubiera querido decirle a esas Castellanos que pronto, apenas en unos tres años más, tomarían un avión que las llevaría al otro lado del océano, que contemplarían con deleite el Mediterráneo y que de esas tristezas empezaríamos a leer —en sus artículos, sucedáneos de sus cartas— cada vez menos.

A ver qué fragmentos encuentras de mí

Qué son las cartas —y los extensos audios de whatsapp— sino dispositivos del yo, del yo frente al tú. Mecanismos de narración de un sí mismo, una sí misma, une sí misme, y, por tanto, procesos de autodeterminación en los que mediante la elaboración de un relato una persona produce identidad, su identidad. Dice: éstas he sido, soy yo, somos nosotras. Al plantear su individualidad en sus propios términos, todas las Rosarios Castellanos que habitan estas misivas se autodeterminan, se articulan y rearticulan, se hacen un poquito más dueñas de sí.

Este epistolario es para mí una victoria y una rebelión. Lo es porque concuerdo con las palabras de Rebecca Solnit acerca de que “cada mujer que aparece debe enfrentarse a fuerzas que querrían hacerla desaparecer” y que, por tanto, “la capacidad de contar tu propia historia sea en palabras o imágenes, supone una victoria o una rebelión”.7 Las cartas de este volumen constituyen, además, una suerte de hypomnemata. Los hipomnemata fueron cuadernos que en tiempos de Platón se utilizaban para hacer anotaciones de vida. El término hipomnemata proviene del griego hupomnema que alude a recordatorio, nota, registro, borrador o copia: “una especie de escritura sobre la marcha, donde asentaban memorias sobre lo hecho, lo leído, lo escuchado, lo visto e incluso lo que podría hacerse en un futuro”,8 apunta Sebastián Rizzo.

A este respecto, Michel Foucault señala que una de las vías de construcción de subjetividad política se resume en un principio griego que dicta: “hay que decir la verdad sobre uno mismo”. La epístola y los hipomnemata son, para el filósofo, ejemplos de ese decirse con veridicción, mediante la parrhesia, virtud que define como: “la franqueza, la libertad, la apertura que hacen que digamos lo que tengamos que decir, como nos da la gana decirlo, cuando tenemos ganas de decirlo, y en la forma que creemos necesario decirlo”.9 La victoria de Castellanos es, pues, ejercer esa parrhesia foucaultiana: nombrarse y contarse como le da la gana hacerlo, cuando le da la gana hacerlo y en la forma en que necesita decirlo. La rebelión de las Rosarios consiste entonces en erigirse íntimas y públicas, pasado y presente, fantasmas y cuerpos tangibles, monstruas y sujetas políticas. Las que siempre están enviando borradores de sí. Las que siempre están renaciendo. Las ya por siempre en devenir.

SABA URIBE

CARTAS A RICARDO

1950

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 28 de julio de 1950

Mi querido Ricardo: