Cartas alquiladas - Julieta Ludueña - E-Book

Cartas alquiladas E-Book

Julieta Ludueña

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Beschreibung

Paula Echevere trabaja como diseñadora de interiores en Bahía Blanca y atraviesa una crisis sentimental con su novio. Algo similar ocurre en Córdoba, donde Matías Leite divide su vida entre las guardias en el hospital y las demandas de Sofía. Hace lo que puede. Cuatro historias ocurren en realidades concretas y virtuales hasta que se produce un cambio de destinatario. La duda del qué hubiese pasado si… y las cartas alquiladas que cruzaron vidas doce años atrás llevan a Paula a remover su pasado y actualizarlo. ¿Por qué? Ella espera magia. Si la consigna es no enamorarse: ¿serán capaces de romper la barrera emocional tras las notas de puño y letra? Lejos de las pantallas el amor, la traición y la desconexión harán que más de un personaje necesite vivir de frente, en tiempos de filtros.

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Seitenzahl: 246

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Martina Barbieri.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ludueña, María Julieta

Cartas alquiladas : de frente, en tiempos de filtros / María Julieta Ludueña. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

238 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-397-2

1. Narrativa Argentina Contemporánea. 2. Novela. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2019. Julieta Ludueña.

© 2019. Tinta Libre Ediciones

Gracias.

A vos, por leerme.

A mi abuela, mi querida Oveja, por respetar mis días de inspiración.

A mis hermanos Diego y Charly, por su apoyo y guía en cada paso del camino más honesto que tomé: ser escritora.

A mi mamá, por hacerme respirar realidad y aprendizaje.

A mis sobrinos por darme un poco de inocencia.

A mis amigas, por compartir sus vidas con la mía y alentarme a seguir.

A Dana Heredia, por sostener mis miedos y Micaela Colombo por su incondicionalidad en cada proyecto nuevo. A Eugenia Di Forte por su creatividad inspiradora para este libro.

A Martín Torres, el pilar que me hizo viajar a Bahía Blanca con sus fotografías y crear un mundo para vos.

A Priscila Listello por regalarme palabras de confianza cuando esta historia parecía condenada a un borrador.

Gracias a mis incondicionales de desvelo en el proceso de escritura y a mis colegas de letras Mosqueteros al Diván. En especial a Paola Rimieri por abrirme las alas, hacerme más valiente.

A Silvia Lanza por su trabajo impecable y entender la esencia de lo que quise contar.

A los vistos, a las llamadas perdidas y a quienes me rompieron el corazón GRACIAS. Sigo creyendo en el amor.

Prólogo

El concepto de “ficción narrativa” aplicado al relato con giros poéticos, como el de la autora cordobesa, resuelve mucho de los problemas en que suelen involucrarse las llamadas “novelas románticas” en la actualidad.

Con un realismo auténtico que se deja llevar por las minuciosas correspondencias (los diálogos, las epístolas, la vida cotidiana en una ciudad cualquiera), Cartas Alquiladas nos sumerge en una historia singular y potente, con una técnica narrativa que Julieta Ludueña ha logrado asentar luego de su anterior trabajo Mariposas en el viento.

La escritura funciona como una simbiosis permanente entre lo que se cuenta y cómo se cuenta: esto es un gran logro de la autora, entre otros que conforman la narrativa y que cada lector podrá apreciar.

Paula Echevere es la protagonista de una trama audaz, porque ella es audaz. Sobrevive en los caminos de las miserias con sus valores de una mujer joven, sensible e inteligente que se enfrenta al amor, al desamor, a las traiciones, a su mundo laboral y familiar con la decencia que la caracteriza.

Pero otros personajes van encadenando la trama. Cada historia de amor parece ser hilada como Penélope espera a su prometido. Hay algo de mitológico en la novela que Ludueña resuelve en ese intercambio de escenas de cada capítulo: cada carta es una nueva historia por contar.

Sin embargo, ¿La consigna es no enamorarse? Puede ser. Cada lector y cada lectora hallarán en esta hermosa novela la posibilidad de reflexionar, sobre las inflexiones de los sentimientos y emociones, que guían a Paula a la toma de decisiones y a la convicción de que aquello que aparenta lejano e imposible puede estar más cerca de lo que parece.

Encuentros, desencuentros, realidades concretas y virtuales zigzaguean por kilómetros que se van anudando en Cartas Alquiladas.

“Espera magia” que llegará.

Joaquín Bustos, marzo de 2019

CARTAS ALQUILADAS

En tiempos de filtros.

No sos consciente de tu poder hasta que lo escribís y ves que la inspiración no acaba fácilmente. Las ideas se renuevan y el sueño reparador es necesario para mejorar el trazo.

Los detalles, melodías y sentimientos ajenos, son el alimento de cada relato. El poder está en transformar esos detalles en un boleto de colectivo que lleve a escenarios posibles y allí, donde turba la congruencia entre lo que te pasa y le pasa al ser creado, ocurre la magia.

Escribo para compartir. Escribo por gusto. En esta historia hay millas de tinta.

Cada una es una historia.

Cada historia por su lado y a veces cambian de destinatario.

Todas las historias tienen sentimientos que rebalsan de las manos y por eso es preferible, siempre, mirarse de frente.

1

A 38°del hemisferio sur

A treinta y ocho grados de latitud sur, flotan las reflexiones de Paula Echevere. Ella llevaba quince días con la suma de sus intenciones, las certezas que le ofrecían y la locura de hacer algo que espantara al destinatario. Paula quería darle un beso. Es lo que quiso hacer desde el momento en que leyó la última carta antes del encuentro diseñado en coordenadas.

A esta confesión de subconsciente, la pospuso, la dilató, simplemente para no sentirse una osada: es el hombre quien debiera desplegar siempre la táctica de galanteo. Fueron sensaciones mezcladas, gentilezas de sinceridad que tal vez hubiese valorado de haber atravesado la barrera emocional a la que prometió lealtad.

El termómetro marca 38°C a las cinco de la tarde y Paula trata de bailar para despejar la mente intimidada. Con tanto calor, apenas si percibe el color de las evidencias dibujadas en el cemento. Si las lágrimas dedicadas inundaran la habitación, podría descifrar el origen.

Ha recibido cartas durante meses y la ruta para romper la magia le ha jugado un cambio de destinatario. No quiere el cambio, está segura de que los versos que le escribieron no se los regalarán en años… Y sí, es probable que las flores del jacarandá cambien de color en Bahía Blanca.

Por debajo del puente Canesa han cruzado sus memorias, sus historias y las de Matías. ¿Quién hablará? Todavía el calor de esa tarde persigue a su pañuelo. Las gotas fueron guardadas y condenadas a la soledad. Es cruel, pero es la verdad.

El arrepentimiento que agobia a Paula se refleja en sus pupilas: al no verlo, decidió abrazar la cordura y regresar a su casa con el bolso armado. Sin embargo, creyó durante el recorrido que el cielo se vería mejor con él. Se hubiera animado a bajar el termómetro a cero con un beso telepático capaz de cambiar el rol del hemisferio.

Ya, cuando las temperaturas sean diferentes, podrá usar el vestido que hace juego con el mar, el mismo que contempla por las noches desde la ventana. Habrá otra oportunidad en la que parecerá gigante por su carácter, pero esta noche apenas puede remediar lo que hizo mal el destino.

Desde aquel día, pasaron doce años.

Fue un ida y vuelta de postales escritas de puño y letra. La tinta corrida, el papel amarillento sobreviviente a la acción de la luz del sol, la humedad, el aire y el propio roce de las manos de quien escribe y de aquel que recibe.

Todo empezó a partir del error de una carta que recibió Matías. En las hojas A4, se podían distinguir las marcas de las lágrimas que se mezclaban con los signos de puntuación. Paula, como firmaba al final, hablaba de la muerte de un familiar y del proceso legal que se avecinaba.

Matías creyó correcto notificarle, por el mismo medio, que su carta había llegado a la dirección equivocada y así, la tal Paula podría avisarle al destinatario correcto lo antes posible. Recuerda que, por cordialidad, le dio el pésame. Matías entendió acabada la situación.

Dos meses después, la misma letra asomaba del sobre en el buzón para agradecer el gesto de la respuesta. En ese instante vio la oportunidad de la aventura: escribirle a una extraña, descubrirla, sin tecnología de por medio. Así fue como las cartas comenzaron a fluir.

En un acto de honestidad admito que sería más fácil buscarte por internet y decir lo obvio, pero escribir es un desafío contrarreloj. Me arriesgo, a costa de equivocarme.

Marzo 2004.

Paula aceptó la idea, dudó, pero con el tiempo la propuesta le resultó divertida. Creyó en él, en el mundo cotidiano y en los proyectos, en las amantes de pocos meses o en la soledad apremiante.

Él iba adentrándose en el laberinto psíquico de las mujeres a través de una que lidiaba con responsabilidades laborales, que aprovechaba fiestas con amigas y que nombraba una pareja, ocasionalmente, apenas cuando narraba algún viaje.

Carta tras carta, Matías empezó a comprender a su hermana en pleno ciclo hormonal y las respuestas monosilábicas que daba en casa de su madre. Vio que el universo femenino es único, y por eso prefirió jugar al pádelcon los chicos de la secundaria, en vez de enredarse en discusiones con la novia del semestre.

Con intensidad documentada, Paula y Matías podían recibir hasta cuatro cartas al mes. Situación que los incomodaba por igual ante la pregunta: “¿Quién te manda eso?”. Ninguno se animó a develar la identidad del firmante, como tampoco el origen de los códigos postales.

Jamás se lo reprocharon. Todo lo contrario, durante esos meses la ida y vuelta de cartas pareció el desahogo perfecto y secreto de sus realidades paralelas.

Paula atravesaba una crisis profunda con su madre, además de la batalla vocacional entre ser una secretaria ejecutiva o diseñadora de interiores, sin universidad de por medio.

De momento, Matías acababa de terminar una relación laboral. La vida lo encontraba vendiendo tornillos y burletes en la ferretería de su padre, solo y con una montaña de apuntes por leer: el cuerpo humano en toda su variedad.

En ese contexto y tras casi un año de postales, acordaron juntarse al frente de lo que sería la nueva sede del museo de Ciencias Naturales. Era enero de 2005, cuando un puñado de empleados le huía a la falta de vacaciones y los taxistas peleaban por cargar algún pasajero. Fueron dos desconocidos y una historia trunca porque jamás llegaron a verse.

La calle Poeta Lugones vio pasar varios colectivos, pero de ninguno bajó alguien preguntando por Matías. Aquel miércoles de enero en el que planificaron conocerse, un corte en la Ruta Nacional 35 impidió que ella llegara a tiempo. Él lo tomó como un desplante de confianza, típico de mujer cobarde detrás de las cartas, y decidió olvidarla.

Ella, mientras esperaba llegar al destino mediterráneo, supo a mitad de camino que era demasiado tarde para dar aviso y que una carta no remediaría la ausencia.

Trece días después, una epístola con remitente conocido arribó a la casa del joven desilusionado por una trama creada en su mente y con palabras propias. Sintió verdaderamente el peso de la frase… El hombre es amo de sus silencios y esclavo de sus palabras. Le dolió tanto que aferrándose a su orgullo rompió la carta sin abrirla siquiera. No le interesaba la explicación, en caso de que hubiese alguna, para esa insolencia vestida de mujer.

Algo en la atmósfera de dos estimados se había roto simultáneamente: en dirección al mar y a cuadras de Plaza España.

2

Amando a reglamento

—¿Está desocupada la oficina?

—Sí, pasá tranquilo. Revisé las muestras ayer y me mudé a esta mesa que recibe mejor luz —dijo Paula.

El edificio donde trabaja, desde hace ya tres años, ofrece, con sus grandes ventanales, una vista sublime cuando baja el sol en Bahía Blanca. Lejos del puerto, pero con la posibilidad de algo de calidez durante todo el día. En él conviven arquitectos, diseñadores de interiores y el ingeniero: creatividad y detalles.

Cuando entró el arquitecto Altermann a la sala principal del estudio, se lo notó enojado y sin decir una palabra, con una seña, llamó a Paula a su escritorio.

—¿Sí? ¿Pasó algo? —preguntó, reconociendo la tragedia en la respuesta.

—Cuando fueron a instalar los muebles en la casa de Torres, ¿no viste la humedad gigante que había en la pared? Porque no entiendo cómo hicieron todo el trabajo y no dijeron nada.

Altermann se había puesto de pie y, por los nervios, se tocaba la incipiente calvicie. Un cliente tortuoso de conformar era Torres. Paula esperó su turno y explicó lo sucedido dos semanas antes en la casa que debían recuperar.

—Le comentamos que tenía tres problemas: las aberturas hinchadas de las puertas de la cocina, poco espacio para instalarle la alacena y una humedad importante en la habitación donde debíamos colocar la repisa. Nos dijo que había llamado a un plomero y que iba a llegarse el martes pasado para revisarlo.

—Esperá —la interrumpió Altermann—. ¿Me querés decir que él sabía de la humedad en la pared?

—Claro —afirmó Paula—, le propusimos poner las cortinas, hacer todo lo que estaba planificado salvo la instalación de la repisa, por las dudas el plomero encontrara algo para arreglar. Que era lo más probable, porque la marca en la pared tenía al menos veinte centímetros de diámetro. No entiendo qué pasó. ¿Le pidió algo?

El reclamo no era una locura, pensaba Paula, porque Torres no había querido posponer lo pactado con el Estudio. Con la esposa en el extranjero y los hijos de campamento, podía hacer todas las remodelaciones que quería sin consultar.

—Me llamó enfurecido, que tengo un grupo de ineficientes a cargo y que él no sabía de la humedad. Ahora el plomero quiere sacarle la repisa y tiene dos días para resolver el lío que le hicimos. ¡Indignado estoy! —suspiró Altermann.

Entonces miró a Paula.

—Quedate tranquila, confío en tu trabajo pero quería saber qué había pasado. Torres es imposible. Andá, sé que tenés muchos pendientes antes de que te vayas. Mañana hablamos de tus vacaciones.

Era jueves. Paula le agradeció, hizo una mueca de satisfacción y dando media vuelta volvió al salón común. Los arquitectos trabajaban en islas con proyectos de grupos inmobiliarios y los interioristas hacían magia en los ambientes de clientes particulares. Pero Paula solía acompañar a los arquitectos porque era la preferida en la empresa de interiorismo de Altermann. Empresa que, por su parte, hacía de soporte a Maccia Group donde trabajaba Iván González, novio de Paula.

Había logrado una entrevista por un contacto personal y ganó el puesto gracias a su talento sin título de grado. Dos meses de capacitación, noches de propuestas de organización espacial a la basura y muchas tazas de té para inspirar su mejor trabajo, hasta ahora.

Pero el mismo talento le había atrasado dos períodos de vacaciones. Iván estaba enojado y cuando la buscó por avenida Alem, le dijo que las pidiera.

—Le voy a decir pero no lo puedo obligar —dijo Paula, mientras revisaba sus redes sociales.

—Paula, trabajás todo el día. Las tenés que reclamar. Si no, le hablo para que nos acomoden los días —se quejó Iván, una vez más.

Iván había reservado pasajes a Colombia sin consultar con su novia. A Paula las decisiones impuestas, no le gustan y se lo recuerda al arquitecto González.

—No quiero que te metas. Mañana las arreglo con Altermann. No me presionés, sino andate a Uruguay como el año pasado con tus amigos. Nadie va a enojarse acá —habló la bahiense sin vueltas y dio por cerrada la cuestión.

Ironía en estado puro, sin filtros. Esa fue la última discusión más cuerda que tuvieron en Bahía Blanca. Iván viajó a Capital por un proyecto que estaba en concurso y Paula evitó, otro vez, hablar del tema vacaciones. Tres días después, se produjo el desbande emocional.

Paula es la mujer de los ojos marrones, camina con desparpajo y ama el té con jengibre. Su escritorio está ordenado de punta a punta, si hasta el cesto de basura parece haber sentido la manía organizativa de la interiorista. Orden externo que se ahogará después.

Paula dejó una taza de metal sobre la mesa de madera, en el estudio, tomó la bandolera azul y caminó hacia la puerta que da a la avenida Alem. Salió de trabajar. Había dejado el teléfono en su departamento y fue a Plaza Rivadavia a tomar aire. Evitaría cruzarse con Iván cuando llegara de Capital.

Es la etapa en la que el amor empieza a morir.

Cuando Paula volvió de caminar, no estaban ni los zapatos de Iván como señal. Con el afán de librarse de las ideas perturbadoras, se despeinó primero y, después, anotó con indignación en la bitácora bordó:

¿Cómo hacerle entender lo que veo si ya no le hablo? Amando de a momentos, en emergencias o en la festividad anual. Una conjugación propia del español, de lo que sucede aquí y ahora. Mañana no se sabe.

Amando a reglamento, es decir que la emancipación sentimental está bloqueada y la dependencia que se cuenta va de dos en dos. Suele pasar.

Nadie deja de luchar pero siempre al límite de lo necesario y no más. No se habla de futuro, de fotos que perturben el sueño ante el atrevimiento. Si amás a reglamento y se filtra la frase de la necesidad, simplemente dejás ir.

Esta modalidad de comportamiento humano tiene valor para quien lo decide y pone a prueba la paciencia de aquel o aquella que la padece. Es una valla, un freno a lo que no se siente, pero se puede deducir si se avanza dos meses después.

Las canciones dedicadas, cenas con algo de emoción y el roce leve de los labios quedaron atados del lado de adentro del picaporte de casa. Quedaron prohibidas esas miradas que entendían sin emitir palabra, como hablar de fracaso.

Amando a reglamento ¿qué expectativas podría tener? Si no sabemos qué ocurrirá, solo queda disfrutar del agasajo del cuerpo temporal, pero si esperé otra cosa, el reglamento no me dio el aval.

Paula acomodaba el pelo ondulado y castaño que apenas le roza la espalda. No podía más y notaba el ambiente plagado de mensajes sin responder. Algo de luz entraba todavía por la ventana tipo bow windows, un mirador exquisito a Bahía Blanca.

La interiorista no entiende qué pasó, qué hizo o dijo para generar alguna ofensa. El mundo divagaba y su mundo giraba alrededor del planeta Iván. Dejó la birome, pero siguió pensando que ese paquete de reproches pudo haberse resuelto de otra manera, si hubiera descubierto antes el reglamento. Era cuestión de admitir verdades, mirar dentro y asumir que ya no era el mismo ser que tiempo atrás.

Se hicieron las nueve de la noche. Ni noticias de Iván. Paula miró el teléfono que no mostraba nuevas notificaciones. Se prepararía algo para comer, si es que había algo frizado y etiquetado como provisión de emergencia. La intuición le dijo que esta vez sería igual. Desaparecer y volver.

Era un poco tarde para un martes en agosto. Cada cual se fue a su cama. Habían liberado mucha bronca para un solo día. Ella estaba en el tercer piso con pertenencias compartidas y el arquitecto en la oficina del estudio de Maccia Group. Ninguno se preocupó en revisar los perfiles de las redes sociales para conocer el paradero del otro. No saber es señal de no querer enterarse de que los cimientos se están moviendo.

Paula se quedó pensando en las notas de su bitácora: por momentos pareciera que lo conoce desde hace rato y por otros la desconcierta su falta de tacto. Todo claro o confuso y Dios sabe. Aquel martes se cansó y despertó a un Iván de sueño pesado, cuando lo llamó por teléfono.

—O tenés intenciones con otra, o conmigo tu caballerosidad se ha ido de vacaciones. No entiendo. De indirectas no vivo: de frente. Siempre. Si sentís, decilo; conmigo o con otra. Nadie se va a enojar excepto que juegues a hacerte el interesante para saber qué me pasa. Necesito dormir, descansar.

La incertidumbre la saluda desde la vereda. Las hipótesis son variadas y todas lo tienen de protagonista presente o tácito. Sucede que Paula anda con poco tiempo en el bolsillo para interpretar sentimientos ocultos.

—Lo que sentís decilo, sin vueltas. Ya sé que soy un rosario de pretensiones por lo que no pido ni reclamos ni perdones. Es que tus frases son desordenadas, a destiempo, ininteligibles. Si supieras que de la decepción no se vuelve, no intentarías saber a qué hora abro mis ojos —le dijo en esa llamada.

—Te contesto por cortesía o no sé bien por qué. Mirá la hora, Paula —se quejó Iván.

—Yo sé por qué. Querés recuperar algo que nunca tuviste, o sí, mi atención. El éxtasis que generaba un mensaje de tu boca, hoy me hace reír al descolocarme. Tu sonrisa creo que ahora es lava derramada sobre una piedra. Tu calidez se ha convertido en estupidez humanizada. La paciencia de la novata que conociste se terminó.

—Estoy cansado, hablamos más tarde —se excusó Iván sin entender la verborragia del otro lado, tan inesperada como prevista, pero no a las tres de la mañana.

—Como sé que te da lo mismo lo que te diga, que elegís el juego del histeriqueo detrás de un teléfono, prefiero correrme. Contestarte cuando quiera, darte la menor cantidad de información posible y hacer de mi vida algo más interesante que verte por última vez.

Paula había perdido el control de sus palabras, enderezó su cuello desde la almohada y siguió hablando mientras la remera XL le bailaba sobre las piernas.

—¡Qué cosa patética soy! Advertí que esto no iba a funcionar desde el inicio. Estuve apurada y el momento de cortar llegó. No vamos a abrir heridas si compartimos nuestras vidas hasta hoy. ¿Viste cuando dicen es mejor no mezclar? Hagamos así. No mezclemos, no unamos nuestras miradas por la mañana —terminó casi sin aliento y al borde del llanto.

—No sabés el esfuerzo que hago para que esto funcione —apenas pudo contestarle Iván, sin comprender el desborde sentimental de Paula.

—¿Esfuerzo es amarme?

El latigazo verbal había sido terrible. La rabia ante la soberbia de su novio la superó. Le cortó el teléfono y se fue a dormir. Agosto se veía terrible.

Sin máscaras, lo único que quedaba era dar vuelta una página garabateada sin claridad y en la que ninguno de los dos arriesgó nada: por miedo o porque simplemente era más fácil fingir que no pasaba nada. Esa semana Iván no durmió en el departamento que compartía con Paula y desapareció como otras tantas veces.

Iván era talentoso en su profesión y torpe en las relaciones humanas. Inversamente proporcional a su metro ochenta de estatura y con la simpatía de oferta cada tanto. De pocos amigos cuando discutía con Paula, prefería estar solo y calmar sus miedos mirando escombros del pasado.

Aquella discusión lo puso en jaque.

Ahora el empapelado en tonos azules de la habitación tiene suspiros que quieren ser olvidados y la duda no deja dormir a Iván. Se aferró al reglamento, se limitó a cumplir lo que había dicho y dejó a un lado lo que construyó durante cuatro años. Había una obra a medio construir y un terreno nivelado que esperaba por un balcón, el arquitecto frenó la labor y escapó con la rabia del dolor inevitable, diciéndose que no podía.

Es que no es extraño que amando a reglamento todo quede a mitad de camino. El cemento se seca y cuando se lo quiere retomar es imposible de moldear. Amando a reglamento es un invento humano para confundir lo que se siente con lo que se requiere en una verdadera historia de dos; o quizá es la historia de un impar no correspondido. Sea cual fuere el caso, no sería en vano sacar el empapelado que había elegido Iván. Paula lo había visto horrible desde el día uno, pero el arquitecto supo ganar la negociación.

Empapelado y sofá beige cercando la ventana. Tazas blancas y parqué. Estampas, no; y vista al exterior. Condiciones para crear un ambiente funcional para Iván e inspirador para Paula. Claramente la lucidez que tuvo Paula en ese momento se relacionaba con las ganas de organizar una vida lejos de su madre.

Nada de lo que ve Paula hoy la enamora visualmente. Mira su celular y contesta un “Ok” vacío de contenido. Es Iván. Indignada consigo misma, sale del departamento que huele todavía al perfume del arquitecto González.

3

HTTP

Los capullos de Lola Mora custodian a Paula que está sentada, impaciente, en el playón de la Universidad Nacional del Sur. Para la diseñadora de interiores es un trámite por resolver, como la humedad en el techo de Torres. Su mente se desvía y piensa en las posibilidades de remodelación y en los costos que tendrán.

Luz blanca, vibra el teléfono y atiende.

—No te veo —se oye del otro lado.

—Estoy en la fuente, Iván. Te lo dije por mensaje —responde.

Paula, que normalmente da vueltas para hablar, muestra una simplificación atípica de su lenguaje.

—Hola.

—Hola —Iván no sabe qué decir o cómo ordenar lo que siente—. ¿Estás bien?

Paula lo mira y las pupilas marrones estallan. Iván acaba de entender la respuesta a una pregunta tan tonta como sus pretensiones de pedir disculpas. Ella se sienta en un banco y observa la fuente. Los labios de Paula se despegan y respira hondo antes de hablar.

—De cuando en cuando, tus actos te impulsan a convertirte en un amor de temporada, pero demoran en aparecer y después son como el tiempo que usás para quitarte la ropa. Porque te vas y van… La cantidad de huidas ya no las recuerdo. Pretendés volver cuando te hacen falta abrazos, un poco de calor o tu realidad está un tanto pálida, sin buenas noticias.

—No es así, Paula —se quiso explicar Iván.

—Y resulta que ahora yo pretendo estar sola antes que lidiar con tu personalidad irreversible tipo HTTP. Experto en desenamorar. Esta vez, digas lo que digas, no voy a retroceder. Hasta ahora jugaba a fingir que no había pasado nada, cuando era predecible la Ausencia Típica de Tu Pasado. ¿Qué creíste? Estemos juntos pero no revueltos, cada uno navegando en su propio protocolo con el reglamento más pertinente a sus intenciones. Parece que el invierno te complica la transferencia de emociones y en primavera sigue igual. Por eso te digo que sos un sujeto HTTP.

Paula ha surfeado en aguas parecidas cada vez que sonó su teléfono con un chamuyo de excusas que argumentaban vaivenes emocionales.

Bahía Blanca no ha pospuesto el atardecer en el puerto, pero esta declaración trae un mar revuelto. Iván está inmóvil y se siente incapaz de contrarrestar la estampida de Paula. Nunca la vio tan convencida de algo y tampoco él se había sentido tan abrumado por su pasado.

—Es una época complicada y lo sabés.

—¿Para eso querías las vacaciones? Para que vos te despejés y hagamos como que no pasa nada. Así no funciona, Iván. Cuatro años y es agosto de tortura. Te noto distante, pero es peor aún para vos, porque el desconcierto en el que vivís es el resultado de combatir una herida añeja de la que no soy responsable. Pensás que es más fácil esfumarte y jugar al misterioso sacando el horario de conexión de WhatsApp. Basta. Me cansé.

El tono en que dijo las últimas dos palabras cerró el reciente pasado de Paula.

—Si lo preferís así, no sé qué decirte —habló abatido Iván.

—Te aviso para que busques tus cosas —dijo Paula, mientras una lágrima le recorría la mejilla izquierda.

Iván se levantó y en un suspiro admitió la derrota por primera vez. A los dos les dolía por igual.

El pronóstico no es bueno si uno se aferra al pasado y el otro quiere avanzar, sin mirar los defectos del amor de cada tiempo.

La vuelta de Paula al departamento fue tensa. Caminó despacio porque las piernas le pesaban a pesar de llevar sus cómodos borcegos negros. Su inconsciente se despertó. En automático, la mano abrió la puerta, dejó el bolso en el perchero amurado a la pared, y al desplomarse en el sofá, una imagen le recordó su pasado con candado. Aquello que le reclamara a Iván, minutos después le jugó en contra porque recordar no siempre tiene retorno.

En este final de agosto, Paula se pregunta qué habrá sido de ese joven, si se casó, si tuvo hijos, dónde lo encontrará la vida. Es que no recuerda otro calor infernal como el que sintió ese miércoles de enero y tampoco los dos párrafos que fueron escritos para ella doce años atrás.

En los versos destartalados que recibía estaba la luz de lo que ella buscaba: alguien que la declarara deidad con solo nombrarla y permaneciera a pesar de las arrugas de la joven belleza exterior. Nada que ver con la escena que había protagonizado en el playón de la Universidad.

La conocía por completo. Él traspasaba sus ojos al sonreír en cada párrafo y ella inclinaba la cabeza hacia el costado, con su mejor perfil. Sabía que la luna le tocaba la puerta cuando ella preguntaba por sus pasos ausentes. A veces la respuesta era instantánea; en otras ocasiones, tardaba semanas.

En esos versos destartalados se confesaron oleadas de perspectivas, pasiones y luchas contra el mismísimo destino. “Te veo a vos, quisiera ser Teseo”, le dijo al compararla con Ariadna. El resto de las rimas se perdieron en el camino hacia el sur, en el kilómetro 933.