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A la edad de treinta años, Alazne se ve obligada a abandonar su Algorta natal y, junto a su madre, huir de Vizcaya ante la inminente caída de Bilbao en junio de 1937, en plena Guerra Civil. Tras salvarse en Santander de los bombardeos alemanes e italianos y llegar a Hendaya en barco, logran alcanzar París, donde muere su madre, enferma de tuberculosis. En enero de 1941, en Marsella, embarca en el Alsina, un barco que debe llevarle en unos pocos días a América, a salvo de la Segunda Guerra Mundial y del franquismo. Junto a ella huyen también políticos y militantes republicanos y nacionalistas vascos, junto con algunas personas judías que escapaban de la invasión nazi. En el pasaje figuran personajes de gran relevancia histórica, como Niceto Alcalá Zamora o Telesforo Monzón. Pero el viaje se complica cada vez más: tras dos meses en el puerto de Dakar (Senegal), son internados en un campo de concentración en el interior de Marruecos, y, finalmente, un nuevo barco salvador, el Quanza, les llevará a Hamilton (Bermudas), a donde llegan en noviembre de 1941, diez meses después de haber partido de Marsella. La autora construye la novela a partir de un hecho histórico, el viaje del Alsina y del Quanza, barcos en los que viajaron sus propios padres, o través de catorce misivas que Alazne envía a su prima, que decidió quedarse en Algorta y terminó por casarse con un falangista. La primera de las cartas está datada el 12 de enero de 1941 en el puerto de Marsella, y la última, el 27 de marzo de 1942. Han sido escritas en Marsella, Dakar, Casablanca, Sidy El Ayashi, Hamilton, Veracruz, La Habana y el océano Atlántico. En ellas Alazne relata sus vivencias desde su huida de Algorta hasta su llegada a La Habana a finales de 1941.
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Seitenzahl: 357
Veröffentlichungsjahr: 2022
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CARTAS DESDE LA LIBERTAD
Bitartean ibillico dira becatutic becatura amilduaz; oraiñ pensamentubatean, gueroseago itz loyak gozotoro aditzean: oraiñ escuca, edo queñada
batean, guero musu edo laztanetan: oraiñ ipui ciquiñac contatzen, guerodantzan, edo dantza ondoan alberdanian.
J.B. Agirre
1ª edición: septiembre de 2021
Este libro ha recibido una ayuda a la edición del Departamento de Cultura
y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
© 2021, Arantzazu Ametzaga Iribarren
© De la presente edición: 2021, ALBERDANIA, SL
Istillaga, 2, bajoC - 20304 Irun
Tel.: 943632814
www.alberdania.net
Portada: Junkal Motxaile, a partir de una postal del Alsina de autor desconocido y una fotografía de ChunnapaStudio en Shutterstock.
Impreso en Ulzama (Huarte, Navarra)
ISBN digital: 978-84-9868-696-8
ISBN papel: 978-84-9868-695-1
Depósito legal: D. 964/2021
V
CARTAS DESDE LA LIBERTAD
ARANTZAZU AMETZAGA IRIBARREN
ALBERDANIA
novela
A mis nietos/nire bilobentzat.
En homenaje a la Diáspora Vasca y a los barcos que llevaron a nuestros antepasados desde la Euskadi que debieron dejar por la guerra a la tierra de laLibertad americana, donde fueron acogidos con honor.
Este libro cuenta, en forma de novela epistolar, el viaje de mis padres, Vicente Bingen Amezaga y Mercedes Iribarren, de enero a diciembre de 1941 de Europa a América, a bordo de los vapores Alsina y Quanza, coincidiendo con el principio de la Segunda Guerra Mundial. Fueron pasajeros de la Libertad. Heterodoxos en un mundo donde imperaba la ortodoxia fascista. Esta obra está dedicada a cada uno y a todos vosotros: Enekoitz, Pello, Maider, Xabier, Nicolás, Arantzazu, Axular, Aritz, Jon, Belatz y Ander, bihotz bihotzez, y lo escribo en nuestra vieja lengua vasca, que vosotros habláis, tal como ellos querían. Y por lo que sufrieron destierro.
AGRADECIMIENTOS
A Andoni Anuzita Zubizarreta, pasajero que fue del Alsina y del Quanza, y que me relató a sus noventa y tres años los sucedidos tal como él los vivió a sus trece años.
A Mikel Irujo Ametzaga, lector 0.
A Mikel Mikelarena, pelotari que me enseñó a entender el juego de la pelota.
A Marcapáginas Agencia Literaria por su labor .
A todos ellos, eskerrik asko, bihotz-bihotzez.
V
CARTAS DESDE LA LIBERTAD
Primera carta
Marsella. Francia. Sábado, 12 de enero de 1941
Doce del mediodía
Polixene,1 mi querida prima gemela, te echo de menos. Aunque llevo dos años sin comunicarme contigo, no, no he dejado de amarte ni me olvidé de escribirte, sino que las cartas que te envié desde Baiona y París me las devolvieron, una a una, tachadas por la censura de Franco. Me aseguran que esta llegará a tus manos, pues va por otros derroteros, así que me pongo, ilusionada, en la tarea de contarte mis cuitas, desvelos, incidencias y sinsabores, que de todo hay en mi nueva vida, menos alegrías.
¿Me creerás si empiezo contando que te escribo sentada en el mugroso suelo del muelle de Marsella, recubierta con un viejo mantón de lana, ya que un viento gélido, venido del polo, escarcha mis huesos, mientras permanezco a la espera de acceder al barco que promete llevarnos a América? No estoy sola en este desvelo de partida. Me rodea una multitud que aguarda el momento salvador con mi mismo lacerante anhelo. Lo terrible de esta situación es que deseamos partir lejos de lo que amamos; que la palabra y el concepto libertad nos aleja, cada vez más, del hogar natal. De los seres queridos. A mí, de ti.
Somos, merced a una orden franquista impía para quien defiende la cristiandad, los enemigos de Dios, de la patria y de la civilización. Todo junto, ni más ni menos. Suspendidos, pues, de nuestros cargos, desalojados de nuestras casas, liquidados de nuestros bienes, carentes de identidad en esta Europa asolada por anticristos que la retornan al feudalismo atroz. Recuerdo haber leído al infame de Fouche: «La sangre del crimen fertiliza el sol de la libertad y fortalece su poder». ¿En nombre de qué libertad hablaba ese miserable, de la misma que el no menos miserable de Isidro Gomá? La libertad no exige fusilamientos, ni persecuciones, ni campos de concentración, ni cañones, ni bombas, no puede exigir eso. Su esencia es el respeto y la tolerancia.
Nos rodean funcionarios de aduanas, que no sé si son malos o buenos, pero exhiben cara de haber apurado vinagre y el aliento malsano del que ha bebido un barril de vino rancio. Enojados por permanecer en la vigilancia nuestra y, quizá para no aburrirse, nos revisan, una y otra vez, la documentación. Escuché hablar a dos de ellos, estrujando mi pasaporte con sus manazas, en alta voz y con desaprensión, como si hablaran delante de ganado. Te lo reproduzco tal como lo oí:
–Que esta gentuza parta a México, o a donde sea, de una vez. Con tantos refugiados en nuestro país, sin oficio ni beneficio, no hay quien aguante. Enferman, vagabundean, roban. Son comunistas, bazofia. ¿Por qué hemos de aguantarlos, con la que tenemos encima? La Legación de México en Marsella aporta gente recluida en los castillos de La Reynarde y Montgrand para engordar este embarque y deambulan por la ya atestada Marsella. Que se vayan… Allez, le cochons espagnols!».
Los hombres de la Gestapo, aunque estamos en la Francia de Vichy, verifican con rigurosidad germánica la documentación aprobada por los franceses. A Telesforo Monzón, nuestro portavoz –y ya sabes de quién te hablo–, le preguntaron a gritos, desplegando ante sus ojos un mapa de Europa, dónde se ubicaba Euskadi. El plano semejaba un cementerio plagado de cruces gamadas pinchadas sobre los territorios ocupados. Como nos identifican con pasaportes (igarobideak) expedidos por el Gobierno de Euskadi, que no existe, aprobado por una República española que tampoco existe, los alemanes no entendieron nada de nada.
Tenemos en nuestra contra, además, el decreto de apretadas cláusulas para los refugiados emitido hace poco por el Gobierno francés, que obliga, entre otras cosas, a los jóvenes exiliados españoles a enrolarse en la Legión Extranjera o engrosar batallones de trabajo. Algunos reforzaron el contingente que mantenía la Línea Maginot, que de poco sirvió ante el desvío desdeñoso de los tanques de la Wehrmacht en la primavera pasada, que llegaron a Dunkerque sin problemas. Otros se han alistado en la Resistencia francesa que alienta De Gaulle, inconforme con el Gobierno de Pétain y su vergonzosa capitulación, alentando, desde Londres, la defensa de una Francia libre.
Tras el encuentro en Hendaia entre Franco y Hitler, enlazados en amistad diabólica, y de las gestiones de su cuñado y embajador Serrano Suñer en Berlín, se ha procedido mediante la colaboración de la policía alemana y española a enviar miles de republicanos a unos campos en Mauthausen, en Austria. Se habla de la muerte de muchos por hambre y enfermedades. Ante esas noticias, el muelle gris al que hemos llegado los supervivientes de tanto horror parece un lugar acogedor.
Los vascos, pastoreados por nuestro Gobierno, estamos mejor, pues se ha logrado, mediante contactos personales y trabajos bien gestionados, evacuar a los hombres de los campos de concentración, sobre todo del de Gurs, donde, de los casi seis mil vascos, la mayoría gudaris, quedan unos seiscientos, ya integrados en la compañía de trabajadores. Creando la Liga Internacional de Amigos de los Vascos y contando en ella con autoridades francesas de prestigio como el cardenal Verdier, logró la creación de hospitales, colonias de niños, refugios, residencias y una red de comunicación, tratando de solventar los problemas surgidos no tan solo de nuestro extrañamiento de Euskadi, sino también los que nos procura esta guerra europea. La Liga ahora funciona clandestinamente y el lehendakari, nuestro guía en este desierto, desde mayo pasado desapareció en la vorágine de la Europa en guerra. No se sabe de su paradero.
¿Recuerdas, Polixene, cuando íbamos a la playa de Arrigunaga, a escondidas de los aitas,2 y nadábamos felices y despreocupadas en aquella bravía marejada? Era nuestro único reto vital por entonces y regresábamos animadas a casa para afrontar nuestros trabajos en el batzoki: tú a las clases de danzas y yo a las de euskera que impartíamos a los niños. Mi familia no había perdido el idioma natal y me era fácil enseñar canciones y oraciones. Cuando las preguntas se tornaban difíciles, acudía a doña María Aresti, la de la avenida Basagoiti, que hablaba un euskera culto.
Era una dama como surgida del fondo oscuro de un tapiz con marco dorado, relucidos sus cabellos plateados, destellantes sus ojos azules, envuelta en un mantón de Manila de seda negra bordado de flores multicolores. Por la exquisita educación que recibió en su juventud, o porque su temperamento era de esa índole, poseía el don de hablar sin inhibición ni ofensa.
Me escuchaba con una sonrisa amable, aclarándome los términos verbales que me resultaban confusos, aunque hubo veces que, ignorándolos, subíamos al desván de la casona para consultar los libros de la biblioteca, herencia de su marido y su suegro, sobre todo una gramática de Ixaka López Mendizábal y otra de Arturo Campión, por las que sentía especial aprecio.
Con un paño con unto de espliego quitaba el polvo a los libros de religión y derecho, que formaban el cuerpo fundamental de la biblioteca. Los de poesía –sus preferidos–, y los de historia y gramática –que devoraba su hijo Benjamín–, encuadernados en cuero granate, los mantenía relucientes con una bayeta humedecida con aceite de rosas. El suelo de roble se pulía con cera de abejas. Además, quemaba en un pivote en forma de dragón hierbas aromáticas de su huerto, para espantar polillas y termitas. Varias sillas de paja colmaban el espacio y, en el centro, un monumental escritorio de cedro exhibía su escribanía china de laca púrpura.
No fue en ese recinto sagrado, sino en la solana de su casa, desde la que se veían, más allá de las higueras de su huerto, el mar de acero de Bizkaia, sentadas en las mecedoras de caña de Filipinas y con la radio prendida, donde me fui enterando de los sucesos de nuestro tiempo, que nos enfilaban a la situación actual.
Festejamos el final de la dictadura de Primo de Rivera y el 14 de abril de 1931 la alborada de la República, que prometía a los vascos cosas denegadas desde las guerras carlistas, cuando nos quitaron el fuero por la fuerza militar. Entre tanto, Japón invadía Manchuria y en Alemania Hitler accedía al gobierno. «El anticristo», decía doña María, advertida de la condición abominable del hombre por el modo con que sonaba su voz, cual ladrido siniestro de maldad, por las ondas de la radio, añadiendo apesadumbrada que era un hombre con un mensaje simple. Lo aterrador era que resultaba convincente.
Se fueron sucediendo, en aquel tiempo republicano que debió de ser de gracia, noticias nefandas: nos negaron a los vascos, por una razón o por otra, en las Cortes de la República el estatuto de autonomía, que empezó siendo vasco-nabarro y terminó siendo de las gestoras. En Asturias se sublevaron los mineros y se produjo una matanza para sofocar la rebelión. Escuchamos por primera vez los nombres de los militares malditos: Franco, Mola y Sanjurjo. Nos enteramos de la invasión italiana de Etiopía, de la retirada de Niceto Alcalá Zamora de la presidencia de la República española, del alzamiento de los militares en Marruecos y Pamplona, y de cómo la República nos concedía al fin, en medio de la debacle, un estatuto de autonomía por vía de urgencia.
–¡Ahora les entra el sentido! Con Nafarroa formando parte del estatuto, nuestras fronteras hubieran estado vigiladas, que por ellas han entrado soldados y armas italianas y Mola ha entrenado a sus hombres –mascullaba la anciana con congoja, y añadía–: ¿Sabes, niña, por qué las mujeres no hacemos la guerra? Porque nos toca parir. Seis hijos he tenido y conozco el ramalazo del parto. No hablo de la alegría por alumbrar una vida ni del orgullo de continuar una estirpe, sino del dolor de las entrañas desgarradas, de los huesos quebrantados, de tu vida detenida porque hay otra que depende de ti.
Yo le besaba la frente para suavizarle la hendidura de su dolor, pues la anciana se quedaba ensimismada recordando a sus dos amadas hijas, Blanca y María, las jóvenes más bellas de Bizkaia, que se le habían muerto en los brazos, en la flor de la juventud, infectadas por la gripe española de 1918, efecto de la Gran Guerra.
Escuchamos la voz de Agirre el día de su juramento como lehendakari en Gernika en octubre de 1936 y, en la Navidad que siguió, su primer mensaje de Gabon y la voz quebrada del alcalde Labauria el día del bombardeo, aquel espeluznante 26 de abril de 1937, afirmando que Gernika no existía, pues con una acción combinada bombarderos italianos Savoia SA.79, Heinkel He–111 y Junkers Ju–52 de la Legión Cóndor habían vomitado sobre la villa libertaria bombas incendiarias y explosivas, y la habían reducido a cenizas. Los partes que siguieron, entre ellos el del lehendakari, hablaron de un millar de muertos, rematados por la acción de los cazas, que ametrallaron a los supervivientes que trataban de escapar del círculo de fuego.
Por esa radio escuchamos, con las manos unidas, la terrible afirmación franquista, radiada por Radio Salamanca: «Los rojos vizcaínos y los dinamiteros asturianos incendiaron Guernica». Menos mal que, por esa vez, el mundo atisbó en qué guerra estábamos sumidos, preludio de la que llegaría a Europa. Perdóname por repetirte sucesos que vivimos juntas. Pese a ellos, podíamos caminar alegres por las calles de Algorta, pero me parece necesario hilvanarlos; sin ellos no tendría ninguna explicación estar hoy en este muelle de Marsella, mordiendo las cenizas de la expatriación.
Ahora mismo, Polixene, estoy viendo a Niceto Alcalá Zamora. Lo tengo tan cerquita que extendiendo mi mano puedo tocarle el hombro. Permanece sentado sobre un baúl de cuero, rodeado de sus hijos, con la ausencia de su esposa, muerta en un vericueto del exilio. Padece dificultades en la vista que trata de paliar con las múltiples veces que limpia sus gafas. Mantiene esa prestancia de los que han accedido a cargos importantes, aunque está tan arruinado como cualquiera de nosotros, y más expuesto que todos nosotros. Carga su pasaporte de la República española estampado con los sellos franceses requeridos y el visado mexicano. Para que no lo entreguen a Franco, le salva su edad y la ignorancia nazi de la historia de España.
Hay conocidos nuestros en el grupo apelotonado en este gélido muelle: el hijo pequeño de María Aresti, Benjamín, y su esposa Mercedes, de las Iribarren de Las Arenas, tan delgada y silenciosa como una niña; Tellagorri, el escritor algorteño, que tanto conocimos en aquel tiempo, enflaquecido y desmerecido, junto a su potente esposa, Joaquina, poseedora del temple de las mujeres del puerto viejo de Algorta; y la hermana del lehendakari, María Teresa, con su sonrisa franca y dispuesta, su cutis rosado y sus negros ojos brillantes, acompañada de su marido, el arquitecto Juan Madariaga y sus dos preciosas niñas, las que vimos bebés en el último Aberri Eguna que pudimos celebrar en el batzoki de Algorta.
Y el diputado Francisco Basterretxea, delgado y nervioso, junto a su alta y egregia esposa, Fernanda, y sus cuatro hijos adolescentes; el guapo y atildado Telesforo Monzón, con su reservada cónyuge, María Josefa; Lucio Aretxabaleta con su esposa, Katheriñe, y sus tres niños, no tan guapo como cuando lo veíamos representar Pedro Mari de Campión en los escenarios de los batzokis, pero sin perder su encantadora sonrisa; y Luis Bilbao, el médico alto y rubio con su mujer, María Dolores, enfermera, y su preciosa hija Jaione y un bebé alicaído a quien su padre dedica cada segundo de su tiempo. Cada uno cuenta la historia de su partida de Euskadi. Recuerdo la mía.
Ama y yo dejamos Algorta, ante la inmediata entrada de las tropas italianas, mediado junio de 1937. Decidiste quedarte con la tía abuela Paca, que se resistía a partir. Os advertimos de que los italianos, venidos de Derio, donde profanaron el cementerio buscando los dientes de oro de nuestros muertos, tomarían Algorta, que podían ser peligrosos, pero la tía se negó, asegurando que ningún italiano podría con ella, que te iba a proteger, y tú cediste. Nos abrazamos aquella última vez, ignorando cuál iba a ser nuestro destino. Tras un intento frustrado de agarrar un bote en la playa de Las Arenas, que, aunque zona franca, era bombardeada, trajinamos por la vía de Santander, sobreviviendo a las bombas de los aviones alemanes en vuelo rasante, tirándonos de cabeza al fondo de las cunetas del camino, multitud tan desesperada e indefensa. En Santander nos refugiamos en un convento abandonado, con las despensas vacías y las camas plagadas de pulgas. Dormimos en el duro suelo de baldosa de la cocina, que apestaba a excrementos de ratas, sin comer nada. Ama comenzó a toser.
En la ciudad cántabra, agredida por los bombardeos, vi por primera vez a Benjamín de Iturrieta fuera de Algorta, al frente de quinientos niños evacuados de Bilbao que iban a refugiarse al castillo de Donibane Garazi, en la Baja Nabarra, cedido por el Gobierno francés al vasco. Mucho le debemos a la Liga Internacional de Amigos de los Vascos, que había logrado facilitar la instalación de colonias y hospitales que con tanta urgencia necesitábamos. Los niños, con los ojos abiertos por el asombro de los terribles sucesos, marchaban en formación, custodiados por algunas maestras y un sacerdote. Cerraban aquel trágico desfile Benjamín y Mercedes, casados en la iglesia de Las Arenas dos días antes de la caída de Bilbao, para acceder al exilio. Embarcaron en un buque de bandera inglesa con rumbo a Donibane Lohitzune.
Benjamín me confió que su madre se había negado a dejar su casa de Algorta, considerando que era demasiado anciana para que le hicieran daño.
–Se ha quedado sola en ese infierno en que han convertido Euskadi –musitó con un temblor en la voz.
Luego me enteré de que a la anciana le habían expropiado la casa nada más entrar las tropas en el pueblo y le habían dejado en la calle, a la caridad de los vecinos.
Nosotras, al atardecer del día siguiente, partimos en una txalupa a Hendaia con unos papeles que nos había entregado el delegado vasco que organizaba la evacuación. El capitán, maniobrando en las agitadas aguas cantábricas, nos dejó en el malecón al filo de la madrugada, advirtiéndonos de que tuviéramos cuidado, pues los oficios del consulado español eran activos. Los gendarmes que vigilaban la playa nos detuvieron. Ama mantenía los pasaportes del Gobierno de Euskadi con su sellado francés, así que, tras ojearlos y darlos por buenos, nos llevaron a la casa del párroco.
Uno de ellos nos guiñó un ojo al despedirnos. Más tarde supe que su hermana, sirvienta en la mansión del cónsul español y que hablaba a la perfección castellano, francés y euskera, mientras sacaba el polvo de los libros de su despacho echaba vistazos a los papeles de su mesa y, al serviles la sopa caliente en bandejas de plata, escuchaba las conversaciones y se enteraba de sus malvadas intenciones. En su tarde de descanso semanal, en casa del párroco, informaba a la red de espionaje vasco de sus descubrimientos y, junto a su hermano, activo gendarme, preveían la llegada de refugiados vascos a las playas. «En tierra vasca todo vasco tiene derecho a vivir», era su lema.
El párroco nos abrió la puerta de su casa, al lado de la iglesia. Nos ofreció leche caliente con miel y nos advirtió que no le gustaba la tos de ama, seca y persistente. Examinó su faz macilenta, sus ojos hundidos en las cuencas, sus labios exangües. Ella, aguerrida, afirmó que era un catarro causado por las penalidades sufridas, pero el hombre aseguró que de un catarro mal curado deviene una tuberculosis y decidió llevarnos en su coche al pueblo de Bidart, a La Roseraie, hotel de lujo hasta hacía unos meses y que el Gobierno francés, en parte gracias a los oficios del obispo de Dax, Clément Mathieu, sensible al caso vasco, había cedido a nuestro Gobierno, que lo había transformado en hospital en setenta y dos horas. Está situado en lo alto de un acantilado desde donde se contempla el mar de Bizkaia, cercano a un viejo palacete construido por un pirata labortano para transcurrir sus años de vejez, en la remembranza de sus viajes corsarios por los mares del mundo.
Nos recibió Luis Bilbao –ahí le conocí–, quien, al ver a ama, le recetó penicilina y unos jarabes, con recomendación de reposo. Ella replicó que debía ir a París, donde tenía una amiga costurera, que pensaba trabajar en su taller, pues necesitaba dinero para mantenerse y mantenerme. Bilbao meneó su rubia cabeza, se asentó los lentes sobre el puente de la nariz y le pidió que se tomara las medicinas prescritas y un descanso antes de partir a ningún destino si no quería morirse. Entonces «sí que no podría mantenerse ni mantenerme», recalcó. Nos dijo que en La Roseraie, trabajando como costurera, pues se necesitaba ayuda para los remiendos de ropa, y yo planchando, podíamos quedarnos. Como al día siguiente llegaban gudaris, «todas las manos eran necesarias», dijo con brusquedad.
No recibíamos sueldo, pues teníamos lo esencial: techo, comida y compañía. Nos ubicaron en dos catres en la parte superior del edificio, al lado de las antiguas cocinas convertidas en quirófanos. Ama trabajaba cortando y recosiendo vendas mientras yo mantenía calientes las planchas sobre las tarimas de la cocina, para alisar las sábanas de algodón. Ama se repuso de su tos y ganó peso. Al atardecer solíamos pasear por la playa, hundiendo nuestros pies en la cálida arena dorada, respirando aquel aire puro, caminando bajo un cielo azul libre de aviones bombarderos.
Me enteré del principio de la guerra europea por el anuncio de una vida que nos llegó. Al entregar unos paños planchados a la enfermera jefe, María Dolores, una mujer alta y rubia, y en avanzado estado de gestación, nos interrumpió otra enfermera para decir, apurada, que llamara al doctor Bilbao, pues una nabarra, Pilar Elizalde, cuñada de Manuel Irujo, estaba de parto inminente. Que la estaban subiendo ya al paritorio en una camilla. Bilbao llegó corriendo a examinar a una hermosa mujer de espeso cabello castaño, tez rosada, con los ojos cerrados y un rosario aferrado entre sus delicados dedos. Su marido, un apuesto hombre moreno, permanecía a su lado, desconcertado. Bilbao se rio con esa risa fuerte y reconfortante que es la suya, diciendo con sorna al futuro padre, mientras le palmeaba la espalda, que dejara el parto en sus manos y que se fuera a contemplar la marejada de septiembre.
–La marejada nazi está aquí mismo, Luis. Está declarada la guerra en Europa, tal como lo predijimos. No sé qué va a ser de nosotros –contestó el hombre moreno, pero añadió con viveza–: Nos arreglaremos, claro que sí, pues ¿qué otro remedio nos queda? De mi farmacia confiscada en Lizarra remataron hasta los corchos de mis botes de botica. ¿Puede pasarle algo peor a un hombre?
A las pocas horas nació un varoncito rosado y robusto al que llamaron Pello, en honor a su tío paterno, detenido en el fuerte de San Cristóbal de Iruñea y condenado a muerte. Se corrió el rumor de que vendría Aniana Ollo, la madre de Manuel Irujo, lo que armó un alboroto, pues era una anciana de 74 años, que finalmente no pudo acceder a La Roseraie, lo que nos causó decepción.
Se pensó en bailarle un aurresku y el coro de los gudaris inválidos iba a cantar en su homenaje una canción de bienvenida y despedida, porque tal era nuestra situación en esos momentos. Íbamos y veníamos como la marea de la playa. Aniana es madre de un hombre implicado en la causa de los derechos humanos, nabarro de ley donde los halla y ministro de la República, que quiso humanizar la guerra y acabar con las matanzas. Mayor honor no cabe.
Días después Pilar, recuperada y rebosante de felicidad –tenía tres hijitas–, salió con paso majestuoso del hospital, portando a su precioso niño en los brazos, tal como si trajera una joya de valor incalculable, mientras el marido, orgulloso, la escoltaba. Lo han perdido todo, Polixene: casa, farmacia y honor, pero nadie, ni los potentes militares franquistas ni los prepotentes alemanes, han podido restarles humanidad. Eso transportaba en los brazos la madre orgullosa y brillaba en los ojos oscuros del padre victorioso. Humanidad y dignidad.
La familia Irujo, casi al completo, vive en una casita en Cap Bretón. Don Manuel permanece en Londres. Fue él quien llamó a la familia para aconsejarles, aquel 8 de septiembre, que se prepararan para otra evacuación, alertando con urgencia, sobre todo a sus hermanos, para que tomaran rumbo a América en el primer barco que consiguieran. Fue la primera vez que escuché el nombre de mi destino, Polixene maitia. América, tierra de gracia. El paraíso original.
Los franceses requisaron el hospital para la guerra que les venía y los vascos nos despedimos unos de otros con pena, pues la vida en comunidad y en semejantes circunstancias creó lazos de sólida amistad. Ama siguió en el empeño de ir a París, pese a los consejos de que era meterse en la ratonera, pero allí estaba la costurera que le ofrecía trabajo en su taller, repitiendo que era imposible que Hitler nos hiciera mayor daño que Franco. Y al llegar a París nos percatamos del gentío que aguardaba en los andenes para acceder a los trenes que anunciaban su partida al sur de Francia y que nosotras éramos de las pocas personas que descendían del vagón llegando del sur.
Nos miraban con extrañeza, ya que nadie quería quedarse en la Ciudad de la Luz, pues se hablaba de un bombardeo inmediato con gas mostaza. Nos alojamos en el sótano del taller de costura de Tasia Gorostegi, una mujer enteca y reservada. Ama trabajaba cosiendo los dobladillos de unos vestidos tan hermosos como nunca podrás soñar que existan: metros y metros de blondas, encajes, sedas, brocados y tafetanes para envolver a mujeres bien alimentadas que acudían a las pruebas rodeadas de sirvientas, atendidas como reinas de una corte fastuosa.
Arrogantes, reflejaban sus espléndidas siluetas en los espejos del salón del primer piso, reservado a las pruebas. Daban vueltas como bailando un vals vienés al son de violines, expidiendo olor a lirios, exhibiendo medias de seda en sus esbeltas piernas de nácar, pulseras de brillantes en sus delicadas muñecas y collares de oro en sus cuellos gráciles. Pedían champán para aguantar la fatigosa prueba, fumaban pitillos en boquilla de marfil y revisaban, con mayor atención que Miguel Ángel los detalles de su Capilla Sixtina, las alforjas de sus vaporosos trajes. Y si los alfileres que ajustaban las costuras rozaban sus pieles perfumadas, emitían grititos. Yo solía mirarme al espejo cuando apartaba la vista de ellas y veía a una joven delgada en extremo, vestida sin primor, con el cutis ceniciento y grandes ojeras bajo unos ojos tristes. Ellas eran la opulencia; yo, la desesperanza.
La guerra hizo decrecer el negocio de Tasia. La clientela menguó y no pudieron pagarnos el sueldo convenido. Nos permitió dormir en unos camastros, que teníamos que plegar al punto de la mañana, al arribo de las costureras. Yo salía a la compra de pan blanco con cremoso queso de Normandía que se podía encontrar en París. La guerra parecía detenida en el horizonte. Ama enflaquecía, todo el día bajo tierra, dándole al pedal de la máquina de coser. Le llevaba los domingos a pasear a un parque, hasta que se negó a salir, pues las piernas no la sostenían y habían comenzado los esputos. Me encargué de realizar su trabajo, pues ella se quedaba en un rincón, tosiendo, tosiendo, tosiendo… Llegó la primavera y siguió tosiendo, tosiendo, tosiendo.
Todos confiaban, pese al pánico que había provocado la huida en masa de la ciudad, en la muralla invencible de la Línea Maginot. Por la radio se escuchaba, para alentar la esperanza, la voz aterciopelada de Chevalier cantando repetidamente una canción, uno de cuyos párrafos decía: «Iremos a tender nuestra colada en la línea Sigfrido». Pero Tasia se quedó sin clientas ni costureras, pues huyeron al sur, aterradas por la anunciada presencia alemana. Hitler y su Estado Mayor se fotografiaron al pie de la torre Eiffel, donde colgaron su infame bandera, se llevaron el vagón de tren en el que se realizó la rendición alemana en la Gran Guerra. La ciudad de la luz era ahora la ciudad de la sombra. Declarada capital abierta, sí parecía a salvo de los bombardeos.
Una tarde se nos presentó una joven en la que Tasia tenía puesta su esperanza, pues le habíamos confeccionado un hermoso traje de novia para su boda en diciembre. Era alta y opulenta, y solía desfilar majestuosa en las pruebas con su dorado cabello recogido en un moño adornado con flores de terciopelo azul. Nos llegó con el rostro demacrado, el cuerpo encogido y recubierto con un abrigo de hombre, los cabellos desaliñados y canosos bajo un gorro de lana gris. Ni resto de la antigua arrogancia prevalecía en la mujer, que farfulló disculpas, anunciando que su hombre había muerto y que se iba a vivir a la granja de su abuela, en la meseta de Francia; que el precioso traje de novia en el que habíamos trabajado cien horas ya no le servía. Extendió con mano temblorosa unos billetes que no cubrían ni la mitad del costo, tartamudeando que era cuanto tenía y alegando, con un resto de la antigua altivez, que nos pagaba eso porque tenía conciencia. Se marchó sin echar una mirada al vestido de satén con su escote de tul bordado y la flor de encaje púrpura flotando en el hombro derecho.
Tras otras visitas parecidas, Tasia cerró el taller y escondió en el cuarto de la plancha, tras una puerta trampa, las máquinas Singer y las costosas telas en las que habían invertido un capital. Lo único que no pudo entrar en el cubículo fue el traje de novia, que continuó en su maniquí. Como tenía pagado el alquiler hasta diciembre, nos dejó la llave del piso y partió rauda a Burdeos. Nos quedamos sin saber qué hacer, hasta que un amanecer el agua se congeló en las tuberías y, después de mucho toser, ama cerró los ojos de repente y comenzó a jadear. Le di agua con azúcar, pero ella no pudo tragar. Entró en el estertor de la agonía y murió en mis brazos.
La dejé tendida en el camastro y corrí a llamar desesperada a la portera, una mujerona a la que todos temían, rogando ayuda. Madame Cloé se conmovió ante la emergencia, sus ojos de buitre carroñero se empañaron. Meditó un momento, luego tosió y, finalmente, llamó a gritos a su marido, un pobre hombre que apenas osaba levantar sus ojos del suelo. Le ordenó que llevara a la muerta al sitio donde debía estar.
–Si es que no estamos todos ya en el cementerio –añadió malhumorada, recordando la otra guerra, en la que murieron su padre, su hermano y su primer marido, en el barro inmundo de las trincheras de Verdún.
Soltó una maldición y detalló a continuación los francos que me iba a costar el entierro, aunque aseguró conformarse con una de las máquinas de coser, cosa a la que accedí con alivio.
Para envolver el amado cuerpo de ama, tras besar su frente, que contuvo una inteligencia brillante, sus manos que trabajaron una vida y sus pies que trajinaron exilio, recurrí al traje de novia de satén. Con él la envolví, aunque sobraba tela para su cuerpo esmirriado. Más parecía una muñequita de cera que la animosa madre que había tenido la suerte de tener. Así, vestida como para una boda, con la rosa de tela púrpura sobre el corazón, la dejé partir en la noche terrible al camposanto de París, en una carretilla conducida por un mísero ser.
Dios no nos abandona del todo, Polixene, pues al día siguiente un hombre de buena pinta, según observé por la mirilla, tocó la puerta. Se presentó como Pantaleón Arregi. Guapo, bien vestido, tocado con una boina azul, asegurando ser el secretario de la delegación vasca. Sabían que Tasia vivía allí, mantenían el registro de los vascos en París, y venía a avisarle de que abandonara la ciudad, pues ella, que había sido miembro de la Asamblea Patriótica de Mujeres (Emakume Abertzale Batza), tenía expediente en el Tribunal de Responsabilidades Civiles, por lo que le aconsejaban partir hacia América. Le podía esperar, si regresaba a Euskadi, que le cortaran el cabello, o le hicieran ingerir aceite de ricino para que se hiciese sus necesidades en la calle, o meses de cárcel.
Le dije que estaba en Burdeos. Pantaleón respiró aliviado por saberla a salvo. Fue entonces cuando pareció darse cuenta de que yo existía. Me preguntó quién era. Le conté mi penosa historia y él, sobrecogido, me urgió a que tomara el tren a Marsella. Un barco mercante francés zarpaba en enero; debería haberlo hecho en diciembre, pero hubo un retraso que resultó salvador, pues permitía desviar a un grupo de vascos rumbo a América.
Me urgió a hacer la maleta, a ponerme el abrigo, la bufanda y el gorro de lana, y me hizo marchar con él, que llevaba en la mano un tique del tren reservado para Tasia. Conmocionada por los acontecimientos, actué como una autómata. Sin saber cómo me encontré en el interior de un vagón repleto de gente, rumbo al sur. Tuve suerte de coger ese tren, porque mucha gente tuvo que caminar de París a Burdeos o a Marsella en una enmarañada hilera humana donde se perdían los unos de los otros, desfilando por los pueblos. En cada estación en que se detenía el tren vi cómo la multitud pegaba en las paredes carteles para localizarse unos a otros.
Francia estaba empapelada de pasquines blancos, tratando de no perder la pista de un padre, madre, hijo o amante. Nada de eso tenía yo y no los miré. Descendí del tren en Marsella y me dirigí a la pensión cercana al Muelle de los Belgas, indicada por Pantaleón, en la que residía un grupo de vascos. Me llamó la atención la multitud que deambulaba por las calles de la ciudad portuaria: judíos de largos abrigos, sombrero de copa y rizos oscuros; belgas opulentos; checos y polacos de tez marfileña; ruidosos africanos. Además de francés, en Marsella se podían escuchar varias lenguas, entre las que estaba el euskera, habladas por una población que tenía fija una idea: conseguir un barco que zarpase a América.
América. Sonaba como algo lejano, extraído de nuestras clases de Geografía, Polixene, apenas descrita en algunas de nuestras tonadas. ¿Recuerdas la canción?
Ameriketara joan nintzan xentimorik gabe,
handik etorri nintzan, maitea, bost milioen jabe.3
Pues allá nos decidimos a ir, sin un céntimo y sin pensar en hacer otra cosa que ganarnos la vida, pues el bien que nos ofrecía América era la Libertad.
Mientras me dirigía a la pensión, presencié un alboroto en una cola de abastecimiento: unos hombres tumbaron a un italiano al suelo. Se reían de su cobardía y amenazaron con poner un cartel que dijera que estaban en Francia. El hombre se levantó con cierta dignidad, se limpió el barro de la ropa y miró a sus agresores para decirles con voz bastante firme que ellos, al menos, no habían partido Italia en dos, con lo cual se hizo un silencio penoso.
Apuré el paso hasta llegar a las puertas de la pensión, donde Luis Bilbao me recibió. Logró reconocerme, pese a que yo había enflaquecido tanto que solo era un montón de huesos y que mi cabello, del que había estado orgullosa en aquel tiempo remoto de Algorta, era una madeja desgreñada. Me miró de arriba abajo con sus azules ojos, sin disimular su disgusto, meneando la cabeza rubia, para mascullar, dirigiéndose a su mujer:
–Dolores, dale de comer a esta chica.
Su mujer, la enfermera rubia y de ojos azules que recordaba de La Roseraie, con una amable sonrisa me adelantó un caldoso plato de pasta. Luego supe que era su ración. Me contó que había dado a luz a su hijo Joseba, el último de los niños vascos nacidos antes de cerrar las puertas del hospital para devolverlo a Francia y en el que se había conseguido el milagro de que los ciegos vieran y los cojos anduvieran.
El grupo, como precisó Pantaleón, me dio una buena acogida, haciéndome un hueco en la cama de las niñas. Antes hizo que pasara por el baño y me dio una pastillita de jabón con olor a esas lavandas benditas y aromáticas que crecen en la Provenza de Francia. Reconocí a Teresa Agirre, me recordaba mucho a su hermano. Estando la familia en Dunkerque, contó, los sorprendió el avance de los alemanes. En la vorágine se separaron unos de otros y el lehendakari siguió un rumbo desconocido. Nada se sabe aún de él, y han pasado más de seis meses.
–La luz del día en Marsella es un derroche inútil de colores –aseveró Tellagorri, nuestro escritor de Algorta, delgado y ojeroso, mirando aquel cielo encendido de tonalidades púrpuras, ocres, violetas y rosáceas.
Me duelen los dedos, la espalda, las rodillas, las piernas, el corazón. Te dejo, Polixene. Quizá consiga dormirme sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra mi maleta de cartón, pero atenta a cualquier ruido, no sea que mi barco zarpe sin mí.
Tuya, Alazne.4
1 Nombre vasco proveniente de la voz griega ‘polixenos’, puede interpretarse como ‘huésped’.
2Forma coloquial de referirse a los padres en el castellano hablado por personas vascas (sean o no vascohablantes).
3 A América fui sin un céntimo. De allí vine, querida, dueño de cinco millones.
4 Nombre femenino vasco equivalente a ‘Milagros’.
Segunda carta
Marsella, Francia. Miércoles, 15 de enero de 1941
Una de la tarde
Sigo sentada en el muelle, sobre mi maleta. Una enfermera de la Cruz Roja me ha dado un vaso de leche caliente con azúcar. «¿De dónde la sacarán?», me pregunto mientras lo saboreo a sorbos lentos, calentando mis manos con el líquido precioso. Me activo y sigo escribiendo, porque nada se mueve en derredor. El Alsina sigue amarrado en el espigón. Al verlo por primera vez me decepcioné, Polixene. No es un gran barco. Parece vetusto, con las dos chimeneas ladeadas y negras de hollín. Unos marineros cetrinos colgados de unas sirgas limpian desganadamente sus laterales. Monzón, optimista, afirmó que era «el hermoso barco de nuestra salvación», y que pasados quince días nos trasladaría a Venezuela. O a México. O a Cuba. O a Argentina, a donde uno quisiera ir, pues el puerto final es lo menos importante, lo urgente es partir.
–Nuestro barco posee dos hélices, dos chimeneas, dos palos, tiene popa de crucero y su velocidad de servicio es de cinco nudos –aseguró, demostrando su sapiencia náutica y mirándolo con respeto–. Sus camarotes de primera ostentan cómodas camas, lavabos y sillas de bambú. Pero no os hagáis ilusiones, insensatos, pues somos gente de tercerola. –Entonces suavizó la voz, agregando en tono nostálgico–: Ya sabéis lo que decía el poeta Rubén Darío: «Lo difícil no es vivir, sino navegar».
Gabon, nuestra Navidad, la celebramos en 1940 en La Canebière, sitio pintoresco y peligroso cuyos restaurantes ofrecen comida barata. Uno de los refugiados nos dijo que, por radio clandestina, había captado el mensaje del lehendakari Agirre, en paradero desconocido, que nos conminaba a vencer nuestra desgracia, pronosticando el pronto final de esta guerra; nos exhortaba a perfeccionar el ideario de nuestra lucha libertaria, a mantenernos unidos en el infortunio; aseguraba que ningún pueblo ha padecido tanto como nosotros y que, por eso, veremos al final del negro túnel la luz de la Libertad.
–Optimista como siempre –masculló uno de los hombres y los otros asintieron.
Sin embargo, Teresa, su hermana, aliviada de saberle vivo, opinaba convencida que los nazis abarcaban más de lo que podían y, sobre todo, más de lo que debían, por la fuerza de las armas y alentados por el mandato militarista de Hitler, que había sido víctima, sin éxito, de diferentes atentados. Los alemanes estaban sufriendo su dictadura también. Asentimos en silencio, aunque se nos hacía difícil empatizar con el pueblo alemán en esas circunstancias y después de lo de Gernika. Teresa añadió:
–Europa se rindió ante Hitler en 1938 al firmar el plebiscito de los Sudetes y Checoslovaquia. Creo que Hitler no es, pese a sus triunfos militares y a Dios gracias, un gran estratega, pero sí que por el momento supone una nueva fuerza demoníaca desatada sobre nuestras cabezas.
Después de Navidad nevó, nevó y nevó. No había calefacción en la posada y estábamos helados, tanto por el tiempo que hacía como por las novedades: la invasión de Finlandia; el bombardeo de Róterdam; la superioridad de los submarinos alemanes, denominados Jauría de Lobos, deambulando por el Atlántico, con puerto franco para repostar en nuestro golfo de Bizkaia. Churchill, el primer ministro inglés, parece temer más a los submarinos nazis que a sus aviones, y tal cosa afirma pese a los bombardeos sufridos en Londres, en los que bombarderos escoltados por cazas, en gran número y una y otra vez, rematando el acoso con bombas incendiarias, repitieron, a mayor escala, la operación aprendida en Gernika. Los ingleses tienen su RAF y aviones en menor número que los alemanes, pero resultan más ágiles y pudieron derribar a alguno de los atacantes. Incluso hicieron una incursión en Marsella hace unos días. Ahora los aviones vuelan de noche.
Alguna alegría hemos tenido en esos días de espera, Polixene mía. Unos vascos recibieron sus maletas y las tuvieron que dejar en la estación de Austerlitz de París, tan atestada de personas que no se permitió subir equipaje a los vagones, pues Jesús de Leizaola, el único miembro del Gobierno vasco que permanece en París, se encargó, con esa paciencia infinita que forma parte de su carácter, de revisar los enseres abandonados en la estación. Los encontró, los reunió y se los reenvió a sus compatriotas de Burdeos y Marsella, lo que fue una suerte, porque los que recibieron las maletas pudieron vender ropa a los judíos, activos en su oficio tradicional de traperos. El día de Reyes, Benjamín y Mercedes nos invitaron a una sopa caliente de verduras con trozos de pescado, una especie modesta de bullabesa, ensu cuarto del hotel Du Rhone, en el número 20 de la Rue des Feuillants, donde se alojaban.
