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Cuidado con los jeques atractivos... y los jardines iluminados a la luz de la luna. En cuanto Kamal Hassan la tuvo entre sus brazos, Ali Matlock le entregó su corazón. Aunque el jeque era el soltero más codiciado del mundo, Ali quería algo más que la apasionada aventura que le ofrecía. Kamal tenía la obligación de casarse y dar un heredero a su país. Y desde aquel mágico beso, supo que Ali era todo lo que deseaba en una mujer... y en una esposa. Y si no tenía cuidado, acabaría pronunciando las dos palabras que ella tanto deseaba escuchar: "cásate conmigo".
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Seitenzahl: 166
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Teresa Ann Southwick. Todos los derechos reservados.
CASARSE CON UN JEQUE, N.º 1872 - febrero 2013
Título original: To Wed a Sheik
Publicada originalmente por Silhouette® Books
Publicada en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-2672-4
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Era igual de fácil amar a un hombre rico que a un hombre pobre.
Si lo que una buscaba era amor.
Ali Matlock no lo estaba buscando. Había decidido tomarse un descanso en eso del romance y centrarse en su carrera profesional. Para ello había viajado desde Texas hasta la otra parte del mundo en busca del trabajo de su vida. Iba a trabajar en un hospital construido por un jeque y ganaría tres veces más de lo que cobraba una enfermera en su país. Pero lo mejor de todo era la oportunidad de correr aventuras en El Zafir, un lugar mágico y misterioso.
Mientras ordenaba el equipo médico en la sala de enfermeras del área de Maternidad, oyó que se abrían las puertas del ascensor y que bajaba Kamal Hassan, el príncipe de la corona y jeque de El Zafir. Llevaba un traje muy elegante y estaba muy atractivo. Seguramente, también lo estaba sin el traje.
Pero ella nunca lo sabría, a pesar de que cinco meses atrás la había besado en los jardines del palacio bajo la luz de la luna. Pero la vida le había enseñado a no confiar en los hombres, y menos en los que besaban a una mujer que estaba a punto de estar comprometida.
Él se detuvo a hablar con uno de los trabajadores del hospital y ella aprovechó para observarlo. Tenía el cabello negro. Era alto y atractivo. Tenía los ojos oscuros y una nariz aristocrática. Los pómulos prominentes y la tez aceitunada. La forma de su boca era maravillosa, y ¡desde luego sabía utilizarla! Al recordar el beso que habían compartido le dio un vuelco el corazón y, al mismo tiempo, recordó que tenía que tener cuidado con los príncipes vestidos de etiqueta.
Ali había conocido a su tía, la princesa Farrah Hassan, en el mes de enero, cuando la mujer visitó el lugar donde ella trabajaba en Texas. La princesa había ido a visitar a Sam Prescott, un viejo amigo de la familia que era el dueño de Prescott International. Mientras estaba allí, sintió un dolor en el pecho que resultó no ser de importancia. Farrah había insistido en que Ali aceptara viajar en marzo con todos los gastos pagados a El Zafir, para hablar sobre un trabajo en el hospital que su sobrino estaba construyendo. A Ali le había resultado imposible rechazar la invitación a pesar de que no tenía intención de aceptar el puesto, y había asistido a un baile benéfico que se celebraba en El Zafir.
Aunque quedó encantada con el país y con el trabajo que le ofrecían, no aceptó la oferta. Porque estaba enamorada. Pero eso era historia pasada. Ya sólo le interesaba su carrera. Al menos, si no podía tener amor, correría aventuras. ¿No estaba bien que pudiera combinar ambas cosas en El Zafir? Trabajo y aventuras, eso era lo que necesitaba.
Y no podía quitarse la sensación de que un jugador clave en su aventura estaba situado a poca distancia de ella. ¿A causa del beso? Al recordar el tacto de sus labios, sintió un nudo en el estómago. Pero estaba segura de que, desde aquella noche, él no había pensado en ella ni una sola vez. Lo más probable era que ni siquiera recordara su nombre. ¿Por qué iba a hacerlo? Ella pertenecía a otro mundo muy distinto al suyo. Entonces, ¿por qué la había besado?
Él terminó la conversación y miró hacia donde estaba Ali.
–Hola –le dijo.
–Alteza –dijo ella, y apretó el bolígrafo que tenía en la mano.
Él se acercó y se detuvo a su lado sin dejar de mirarla. El aroma de su loción de afeitar invadió la habitación y Ali sintió que se le humedecía la palma de las manos.
–Me alegro de verla de nuevo, Alexandrite.
–Gracias. Recuérdeme que no subestime su capacidad de recordar detalles insignificantes, como un nombre que no deberían haberle puesto a nadie.
–Al contrario. Su nombre es precioso. Es una joya, ¿no es así?
Ella asintió.
–Pero Ali es mucho más sencillo.
–Al contrario. Creo que Ali es muy complicado –al cabo de un instante, miró a su alrededor–. ¿Qué le parece?
–¿El hospital? En una palabra, impresionante.
El primer día de trabajo se lo habían enseñado. Recordaba las columnas y los suelos de mármol del recibidor, el mostrador de la recepción de madera de cerezo... La sala de urgencias, el laboratorio y la sala de rayos X que se encontraban en la planta baja. Las oficinas en la primera, y más arriba, las habitaciones y la UCI, con el equipo más moderno del mercado. Era un edificio de siete plantas con tecnología punta.
–Una buena palabra. La más apropiada –comentó él con una sonrisa y arqueando una ceja.
El brillo de sus ojos denotaba el orgullo que sentía y Ali comprendía por qué. Hasta los ascensores estaban enmarcados en oro. Ali no podía decir si era de catorce quilates, pero eso no tenía importancia.
La familia real de El Zafir tenía mucho dinero. El príncipe estaba decidido a proporcionarle a su país la mejor tecnología médica de Occidente, para ofrecerle a su pueblo los mejores cuidados en tema de salud. Era casi como una obsesión, y Ali se preguntaba por qué.
En su última visita, había hablado durante largo rato con la princesa Farrah, pero la tía del jeque no le había contado los motivos, si es que los había, de la obsesión del príncipe. Después de que su tía fracasara, él trató de convencer a Ali para que aceptara el trabajo, pero, entonces, había rechazado.
–Esta mañana, mi tía me informó de que había llegado –dijo él, mirándola fijamente.
–Hace una semana –confirmó ella.
–¿Ha conocido a la enfermera jefe? –le preguntó.
–Me ha caído muy bien.
–Siento haber tenido que contratar a otra persona para el puesto que le ofrecí en un principio. Pero cuando rechazó mi oferta...
–Estoy encantada de que todavía quedara algún puesto vacante, Alteza. El puesto de enfermera responsable del área de Maternidad es una oportunidad estupenda.
–¿No está desilusionada por el hecho de no poder añadir algo más prestigioso a su currículum? Por lo que recuerdo, eso le resultaba tentador –dijo esbozando una sonrisa.
Ali sintió que se le aceleraba el pulso al ver que su comentario no hacía referencia alguna a que él le resultara tentador. No iba a decirle que con uno de sus besos podía tentar a cualquiera. Probablemente ya lo supiera. Después de todo, tenía fama de ser un playboy.
Metió las manos en los bolsillos de la bata blanca que llevaba sobre unos pantalones verdes.
–En realidad, la idea de aceptar ese trabajo me ponía un poco nerviosa.
–No lo comprendo. Tiene una licenciatura en Enfermería, ¿no es así?
–Sí. Una licenciatura de cinco años. Pero un título no sustituye a la experiencia. Cuando llegue a lo más alto de mi profesión, necesitaré ambas cosas.
–¿Cuándo? –los ojos le brillaban con inteligencia–. ¿Está segura del futuro?
–He estudiado mucho y trabajado duro. Soy buena en lo que hago. La princesa Farrah insistió en que estoy preparada. Quiero pensar que tiene razón. Pero me da la sensación de que me ha ofrecido este trabajo porque es difícil conseguir que alguien venga a trabajar aquí desde la otra punta del mundo. Sé que mi edad podría ser un problema. A los veinticinco, encontraré dificultades a la hora de dirigir a enfermeras que tendrán mucha más experiencia que yo.
–Mi padre accedió al trono de este país a la misma edad.
–Eso es diferente.
–Sin duda –dijo él, y metió las manos en los bolsillos del pantalón–. Ser enfermera jefe es un juego de niños en comparación.
–Quizá sí, comparado con gobernar un país. Pero sigue siendo un reto –dijo ella, tratando de no ponerse a la defensiva.
–No lo discuto. Y no estoy subestimando lo que usted hace. En mi país no hay suficientes profesionales de la salud para cubrir los puestos del hospital. Da igual cuál sea el salario, tiene razón acerca de que es difícil encontrar personal cualificado que esté dispuesto a dejarlo todo para venir aquí a trabajar. Estoy en deuda con usted.
Ella no tenía nada que dejar y, desde que su madre murió un año atrás, tampoco tenía familia. Excepto un padre al que no veía desde hacía años.
–Estoy deseando enfrentarme a los retos de mi nuevo trabajo.
–Mi tía confía plenamente en su capacidad para ejercerlo de manera ejemplar.
–La princesa Farrah es muy amable.
–Y al parecer, más persuasiva que yo. Puesto que fue ella quien la convenció de que aceptara el trabajo en El Zafir.
–Es cierto que cambié mi opinión acerca del trabajo –dijo Ali–. Hace unas semanas me puse en contacto con ella para ver si había algún puesto vacante. La princesa fue muy amable y me ofreció uno diferente.
–Su prometido debe echarla mucho de menos.
Ella lo miró con incredulidad. ¿Es que no tenía nada más importante que hacer aparte de recordar lo que ella le había dicho hacía más de un año?
–¿Mi prometido?
–Sin duda. La noche en que la acompañé al baile benéfico mencionó que estaba a punto de comprometerse. Si no recuerdo mal, sus palabras exactas fueron que su prometido no daría saltos de alegría si usted aceptaba un trabajo en la otra parte del mundo.
«El príncipe se acuerda demasiado bien», pensó Ali. Por desgracia, al regresar a su país, había descubierto que Turner Stevens, y ella no tenían la misma idea acerca del compromiso.
–Alteza, resulta que...
–Llámame Kamal.
–No me parece apropiado.
–En privado, como ahora, es perfectamente admisible. Y si yo lo deseo, así será.
–Kamal –dijo ella, preguntándose si él siempre conseguía lo que deseaba–. Resulta que...
–¿Qué? –preguntó él.
Ella suspiró.
–Que las noticias de mi compromiso fueron algo exageradas.
–¿Cómo?
–Rechacé su oferta de trabajo porque creía que el hombre con el que llevaba saliendo mucho tiempo iba a proponerme matrimonio.
–¿Y lo hizo?
Ali sintió un nudo en el estómago y notó que la rabia y el dolor se apoderaban de ella, además de un fuerte sentimiento de vergüenza. Pensó en contarle una mentira, pero enseguida descartó la idea. Mentir al futuro rey no sería cosa buena.
–Sí, lo propuso. Pero no a mí.
Kamal frunció el ceño y comentó:
–¿Así que la estupidez del canalla hizo que El Zafir saliera ganando?
–Que frase tan bonita.
–Resulta que, después de todo, te conozco bien.
Ali recordaba que él le había dicho que ella no habría ido a visitar su país si tuviera claro que no deseaba aceptar la oferta de trabajo. Ella le había preguntado que si creía que la conocía tan bien. Y resulta que estaba en lo cierto. Ni siquiera la princesa Farrah la habría convencido de visitar El Zafir si ella no hubiera estado interesada en la oportunidad que le ofrecían. ¿Es que en el fondo contaba con la posibilidad de que la propuesta de matrimonio no fuera para ella? No. De haber sido así, la traición de su prometido no la habría afectado tanto.
–Qué bien que con una sola noche puedas saber cómo soy –dijo, con mayor brusquedad de lo que deseaba–. ¿Y qué te trae por aquí hoy? –preguntó para cambiar de tema.
–Vengo aquí todos los días –dijo él, y entornó los ojos.
Entonces, ¿cómo no lo había visto antes? Quizá su tía acababa de contarle que Ali había llegado. Su idea de correr una aventura se trasladaba a terrenos exóticos. Y no incluía enamorarse de un hombre que besaba a una mujer que estaba comprometida. Era demasiado inteligente para eso.
–Ya veo –Ali agarró una carpeta que estaba sobre las cajas que los separaban–. Me alegro de volver a verte, Kamal. Ahora, si me disculpas, tengo mucho trabajo que hacer.
–Haré todo lo posible para que tu estancia en El Zafir sea lo más agradable posible.
–Gracias.
Mientras lo observaba marchar, Ali no pudo evitar desear que no tuviera la espalda tan ancha y la zancada tan larga. Porque hombre rico, hombre pobre, ladrón... daba igual. Amar a un hombre no era fácil. Punto.
Aunque sus vidas no tenían nada en común. Él era gobernador de un país. Y a ella la habían contratado para dirigir el área de Maternidad de su hospital. Y si eso no le bastaba para convencerse, ninguna de las fuentes que había consultado acerca de El Zafir, hablaba de la posibilidad de que su aventura en el extranjero incluyera un romance con un apuesto príncipe.
Ali Matlock era una distracción.
Kamal había llegado a esa conclusión porque su reunión había durado más de lo habitual. Y la culpa era de ella. Los ministros de educación y finanzas le habían tenido que repetir las cosas dos o tres veces porque él no podía concentrarse por culpa de la atractiva estadounidense. Era una debilidad que le costaría mucho superar.
Cuando salió de la sala de reuniones y se dirigió a la zona del palacio donde se encontraban los aposentos familiares, miró el reloj. Sin duda, se había perdido la revisión preparto de su hermana Johara. La joven estaba embarazada de ocho meses, consecuencia desafortunada de su rebeldía adolescente. Tras un primer enfrentamiento, el rey había ignorado a su hija. Y el padre del bebé había tenido la audacia de matarse en un accidente de moto antes de que Kamal pudiera obligarlo a que se casara con su hermana. A cambio, Kamal le había prometido a Johara que siempre podría contar con él.
Ese día no había roto la promesa, pero la había estropeado.
Se detuvo frente a la puerta de las habitaciones de su hermana y llamó antes de entrar. Cuando su tía le dio permiso para que entrara, obedeció, contento de que la mujer estuviera allí con su hermana.
Atravesó el recibidor y entró en el salón. Su tía Farrah estaba sentada en el sofá semicircular que había en el centro de la habitación y Penny y Crystal, sus cuñadas, estaban con ella.
–¿Ha venido el doctor? –preguntó Kamal a su tía.
La mujer lo miró sujetando una taza de porcelana en la mano.
–Sí.
–Ha venido y se ha ido –dijo Penny–. Se disculpó por no esperarte. Pero tenía que regresar al hospital.
La pequeña mujer rubia de ojos azules había cautivado el corazón de su hermano cuando trabajaba de secretaria para él. Rafiq, el encantador de la familia, se había enamorado enseguida y le había pedido que se casara con él. Aunque todavía no se le notaba, Penny estaba esperando un hijo.
–Me he retrasado –explicó él.
–Qué buena excusa –dijo Crystal–. Creo que te valdría cualquier excusa para evitar un cosa así.
–¿Qué cosa?
–Ya sabes –Crystal sonrió y demostró que lo estaba pinchando–. Los cuidados de la embarazada, tobillos hinchados, retención de líquidos.
–Ah –dijo él, con media sonrisa.
Se fijó en la melena rojiza de Crystal. La habían contratado como niñera de los gemelos de su hermano Fariq y, enseguida, su hermano y ella se habían enamorado. Ambos esperaban un hijo para finales de año, pero apenas se notaba que estaba embarazada.
Kamal sintió un poco de envidia. Sus hermanos ocupaban el segundo y tercer puesto para subir al trono. Podían permitirse enamorarse. Él no. No tenía intención de permitir que nada lo distrajera de las responsabilidades que tenía con el país y su pueblo. Para él, el matrimonio era sólo un deber que había que cumplir, pero el amor no se vería implicado.
–¿Dónde está Johara? –preguntó Kamal.
–En la otra habitación –contestó Farrah.
–¿Qué ha dicho el doctor?
–Que quiere verla una vez a la semana hasta que dé a luz.
–¿Por qué?
–Es lo habitual durante el último mes de embarazo –frunció la frente–. Tiene la tensión un poco alta. Todavía cree que no es para preocuparse, pero nos ha pedido que lo llamemos si tenemos alguna duda o preocupación.
Él asintió. El embarazo y el parto eran lo más natural del mundo. A menos que hubiera una complicación. Él había visto morir a la madre de Johara cuando había dado a luz. Tratando de no pensar en ello, miró a las tres mujeres que estaban en el sillón. Dos de ellas tenían un brillo inconfundible.
–¿Puedo preguntar por vuestras revisiones?
–Todo bien –le informó Penny–. Ya no tengo náuseas y estoy bien.
–Yo también. –dijo Crystal–. Mi único problema está en el peso. Tengo que comer menos postres y más proteínas.
–Comprendo, bella mujer.
–Kamal, eres un adulador desvergonzado. Igual que tu hermano. Aunque Fariq no permitía que me diera cuenta en un principio.
Penny se rió.
–Eso era antes de que descubriera tu disfraz.
«Una época interesante», pensó Kamal. Su tía había ido a una agencia selecta de Nueva York para contratar a una niñera para los niños de su hermano, preferiblemente una mujer corriente que no llamara la atención para evitar que se rompiera la armonía del palacio. Había regresado con dos empleadas que habían cautivado a sus hermanos. Kamal se dio cuenta de que su tía también era la responsable de haber llevado a Ali Matlock para que trabajara en el hospital, y se preguntaba si debía estar preocupado. Decidió no estarlo. Ya había conocido a la mujer que conseguía distraerlo de su trabajo. Ali no era más que eso, una distracción y él no permitiría que fuera algo diferente.
Pero se suponía que debía tener herederos. Y pronto. Su padre y su tía Farrah le lanzaban indirectas cada vez más claras.
Crystal suspiró.
–¿Sabes que la primera vez que conocí a Fariq me dijo que las mujeres bellas eran una mala distracción?
–No –se apresuró a decir Kamal. No podía permitir que ella se enterara de que minutos antes él había pensado lo mismo. Pero Ali había hecho que perdiera la concentración. Por fortuna, ella trabajaba en el hospital y no en el palacio. Era poco probable que lo distrajera por segunda vez.
Justo entonces, la risa de una mujer llegó hasta sus oídos, antes de que la princesa Johara llegara al salón. Tras ella, entró la mujer que él consideraba una distracción no bienvenida. Ali Matlock.
–¡Kamal! –su hermana se acercó a saludarlo.
Él la besó en ambas mejillas.
–¿Cómo estás, pequeña?
–No tan pequeña –dijo, y se cubrió el vientre con las manos–. ¿Te ha contado la tía Farrah lo que ha dicho el médico? ¿Lo de mi tensión? –preguntó con un brillo de preocupación en la mirada.
–Me han informado –él miró a Ali.
Iba vestida igual que horas antes en el hospital. Llevaba la melena color caoba recogida en un moño, pero varios mechones caían alrededor de su rostro y acariciaban su largo cuello. Sus ojos de color marrón verdoso, con brillos dorados, lo miraban con atención.
Seis meses antes, él la había visto vestida con traje de noche. Durante los meses siguientes, había pensado en ella muchas veces, pero no comprendía por qué. Era una mujer como cualquier otra. Entonces, ¿por qué no había sido capaz de olvidarla?
–Volvemos a encontrarnos –dijo al fin.
–Así es. Puesto que trabajo en el área de Maternidad, el doctor McCullough quería que hoy fuera su enfermera. Él ha regresado al hospital, pero mi turno ya ha terminado y la princesa Johara insistió en que me quedara con ella después de la visita a domicilio –miró a su alrededor y se rió–. Y vaya domicilio.
–La primera vez que vi el palacio pensé que debía dejar un rastro de miguitas para encontrar el camino de regreso –dijo Penny.
–Ya me lo han contado –dijo Crystal–. Pero créeme, caminar es bueno para la cintura.
–A menos que seas tan grande como una casa –dijo Johara.
–Mientras no haya ninguna complicación, caminar es bueno cuando se está en estado. O debería decir: en vuestro estado –Ali sonrió mirando a las demás–, conjunto de princesas embarazadas.
Todos se rieron. Incluido Kamal.