Casas quemadas - Gema Nieto - E-Book

Casas quemadas E-Book

Gema Nieto

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Beschreibung

Por estas páginas, como por todas las casas, transitan fantasmas. Surgen del pasado que siempre nos persigue y arden, como la memoria, para no consumirse nunca. Sus leves pisadas unen algunos de estos relatos como piezas de un rompecabezas familiar en el que afloran traumas reprimidos, secretos, relaciones paternofiliales o detalles olvidados que explican historias por las que ya nadie pregunta. El abandono, el silencio, la tragedia de los refugiados, la gentrificación urbana, las consecuencias de la catástrofe climática o la alienación laboral son otros temas que ocupan estas vidas solitarias y desprotegidas, siempre a punto de venirse abajo como las casas que les intentan dar cobijo y que absorben su dolor y sus pérdidas hasta hacerlas suyas.

«Llegas hasta mí, hasta el borde de la acera, y te veo levantar la vista hacia mis ventanas (…). Te echo tanto de menos como tú a mí. Sólo soy una casa, estoy hecha de ladrillos y hormigón, pero tengo cimientos como raíces, tuberías como arterias que transportan sangre, corrientes de aire que son mi respiración, ventanas a través de las que observo. Y tengo memoria. La que ha permanecido en mí, la que tú depositaste. Yo soy todos los fantasmas que se han quedado aquí. Los que caminan, los que lloran, los que se esconden asustados o los que te están mirando ahora desde mi terraza, inmóvil en la calle, con la cara levantada y los ojos fijos en ellos pero sin llegar a verlos. Sube, por favor. Te abriré la puerta y verás que todo acaba en mí. Soy una casa, pero también soy habitante: me instalo en las mentes».

«En cada cuento Gema Nieto desenmascara lo que el lenguaje puede disfrazar, ocultar o favorecer y hace algo más, construye la situación capaz de ser casa para un lenguaje otro, preciso, con luz que no ciega sino que da a ver».

Belén Gopegui

« Gema Nieto nos invita a emprender un minucioso descenso hasta las patologías y desajustes del poder en el cuerpo de diferentes grupos sociales. La tensión de estas historias, elegantemente narradas, con rigor y verdad, corre en paralelo con su exquisito manejo de un lenguaje siempre sugerente, atento al matiz y la emoción».

Eloy Tizón

«Casas, incendios, familias que se cuentan, ausencias, silencio, memorias que se filtran en

unos relatos donde se refleja la deshumanización de una sociedad enferma y casi distópica. Con un estilo cuidado y lleno de apuntes líricos, Nieto nos sumerge en un mundo que de tan real parece imaginado».

Irene Reyes-Noguerol

SOBRE LA AUTORA

Gema Nieto (Madrid, 1981) es licenciada en Filología Hispánica y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja desde hace años en el mundo de la edición y colabora en revistas como Pikara Magazine, Qué Leer, Culturamas y Videojuerguistas escribiendo artículos sobre literatura, cómics y videojuegos. También es profesora de cursos de literatura y escritura creativa en Billar de Letras y Cursiva. Su primera novela, "La pertenencia", fue publicada por Caballo de Troya en 2016, y por "Dos Bigotes Haz memoria" (2018), que resultó finalista del Premio Ojo Crítico, y "Quien esté libre de culpa" (2021), una inquietante distopía en torno a los vientres de alquiler y la explotación reproductiva. Los principales temas que trata en sus obras van desde el duelo y las relaciones familiares hasta la memoria histórica, el reconocimiento y aceptación de la propia identidad o los condicionantes, tanto biológicos como sociales y culturales, que conforman quienes somos. "Casas quemadas" es su primer libro de relatos.

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Seitenzahl: 361

Veröffentlichungsjahr: 2025

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primera edición: junio de 2025© del texto, Gema Nieto Jiménez, 2025© Plasson e Bartleboom, S. L., 2025Calle Aldea del Fresno 29, 6ºD28045 Madridisbn: 978-84-10483-19-4código ibic: FAdiseño de colección: Daniel Miraimagen de cubierta: Maksim Polyvianyimaquetación: Alejandro Schwartzcorrección: Daniela Forero y Estela Gómez

La escritura es impotente; como mucho permite plantear preguntas e interrogar a la memoria (...). Incapaz de alejarme por completo de la realidad, produzco una ficción involuntaria (...), busco un espacio que no sea ni la verdad ni la fábula, sino las dos a la vez.Nada se opone a la noche,delphine de viganLa mansión lo comprendía todo, como una enorme tumba de piedra tallada donde se desmoronan los restos de varias generaciones (...). Comprendía también el silencio (...), los recuerdos, la memoria de los muertos que se ocultaban en los recovecos de las habitaciones (...). En los picaportes se sentía el temblor de unas manos de antaño, el fulgor de momentos pasados, llenos de duda, cuando aquellas manos no se atrevían a abrir una puerta. Todas las casas donde vive gente tocada por la pasión con toda su fuerza se llenan de este contenido impreciso.El último encuentro,sándor máraiEste llamado diario, escrito o recordado a través de lagunas y vacíos, no puede ser otra cosa que un mal zurcido de realidades visibles e invisibles, de pasado y presente sombríamente superpuestos. No será posible nunca un auténtico diario, una veraz relación de realidades presentes, sin contar con los espectros de otras realidades (futuras, pasadas, olvidadas, inmediatas). La trampa,ana maría matute

Nuestra gran familia

En lo que pensaba, colgado del vacío mientras alguien que no podía levantarse le esperaba en casa, era en cómo insistieron desde el primer minuto en que nada iba a cambiar para ellos.

No lo quiso admitir en ese momento, pero en realidad sospecharía desde aquella primera vez que les aseguraron que nada iba a cambiar, porque ésas son, como determinadas circunstancias de su propio pasado le habían demostrado y como comprobaría de nuevo más adelante, las palabras que siempre abren el camino de lo irreversible. La afirmación, sin embargo, planearía en varias ocasiones hasta ellos, ligera como una hoja de papel que alguien deja caer desde lo alto, no sólo durante aquella reunión sino también antes y después, inofensiva y blanca y con los bordes afilados, repetida hasta perder su significado y transportada en esa ocasión por una voz que incómodamente se le asemejaba en primer lugar a un instrumento de trepanación y sólo después a una articulación humana, como si tuviera que forzarse a escuchar dos veces para asegurarse de que no se trataba de nada punzante pese a que se introducía en sus oídos con facilidad de instrumental quirúrgico hasta licuarlo y vaciarlo todo.

Acústicamente por encima de la confusión de las presentaciones y el ir y venir de los demás trabajadores por los pasillos de R, una mujer frente a ellos reía con insistencia de gorjeo y parecía contentísima de haberles encontrado. Apuntaba y tachaba sus nombres en una lista y elevaba aún más sus inflexiones a través de lo que le parecían pequeños punteos de un agudo asombroso mientras les guiaba por puertas y vestíbulos. Y en esos intentos contra su voluntad de captar no tanto el sentido de las frases sino la nota insólita con la que se generaban, ese canal robótico seguía extendiéndose durante el recibimiento y más allá, imponiéndose a cuantos espacios abordara, y él, perplejo, se preguntaba cómo era posible que lo emitiera una garganta tan estrecha, un cuerpo tan menudo como el que les había asaltado a las mismas puertas del ascensor y que mientras hablaba, mientras radiaba aquel pequeño y chirriante latido, comenzaba a adquirir frente a sus ojos cierta cualidad de ardilla inquieta o de comadreja.

Allí estaba, en el rascacielos que habían construido para reemplazar aquel otro que se incendió, hacía tantos años. En el momento de la llegada a R ya debería de llevar trabajando dos horas en su casa. Al pensar en su casa, su consternación partía de un mismo punto y se expandía, cada vez más amplia, hasta abarcar todas las posibilidades en todas las horas de la visita. Si intentaba calmarse y la ansiedad se replegaba, minutos después volvía a dilatarse, con una precisión de pulso o de oleaje denso y concéntrico. Cada instante preludiaba un escenario catastrófico: cruzaban unos tornos de seguridad y «ahora es cuando intentará levantarse y no podrá», pensaba, o atravesaban una gran sala de redacción y justo entonces le sobrevenía la angustia del segundo exacto —«mientras doy este paso, dejará de respirar y yo no estaré con él»—, y a cada minuto se repetía la liturgia entera de posibles desgracias sobre las que no iba a ser capaz de actuar. Y ya no eran sólo la angustia y la impotencia, también la furia comenzaba a apretarle un nudo en el estómago. Mientras avanzaban, en un par de ocasiones creyó ver, aunque no podría asegurarlo, sábanas revueltas sobre los sofás de varios despachos antes de que alguien cerrara rápidamente las puertas.

Aturdido, con la sensación, que no le abandonó en toda la mañana, de que no debería estar allí, siguió al grupo hasta una sala acristalada con una mesa enorme en el centro y una pantalla en uno de los extremos. En un despliegue de generosidad y buenas intenciones, habían dispuesto varias bandejas de bienvenida con un surtido de pastelitos, bollos, sándwiches y frutas cortadas y dispuestas por formas y colores. La comadreja les animó a servirse lo que quisieran; también disponían de agua, café o zumo, y a tomar asiento en cada una de las sillas ergonómicas que se alineaban a ambos lados de la mesa y frente a las cuales habían colocado con precisión milimétrica unas gafas de realidad virtual, cortesía de la empresa, a modo de presente para cada recién llegado. El brillante eslogan azul de la empresa («We R») destacaba contra el blanco impoluto de los laterales. «Si queréis, podéis ponéroslas y seguir con ellas la reunión», les había dicho en un momento la anfitriona, pero nadie se colocó sobre los ojos aquellas relucientes diademas de metal. Él ni siquiera tocó la suya.

—Buenos días a todos y bienvenidos a vuestra casa. Me llamo Patricia y voy a ser vuestra PHRC, personal human resources coach. —Asombrosamente, las palabras pronunciadas en inglés alcanzaban un tono aún más irritante, y él miró con disimulo al resto de sus compañeros para intentar descubrir de alguna manera si en alguno más causaba el mismo efecto mental de perforación—. Lo primero que os voy a pedir es que por favor escribáis vuestros nombres en el cartelito que tenéis delante y, más abajo, un valor de esta empresa con el que os sintáis identificados o que querríais ver cumplido. Pero no os preocupéis por nada, ya os hemos dicho que vuestras condiciones no van a verse alteradas ni va a cambiar ninguna rutina de trabajo —Patricia ordenó sus papeles y les observó con la condescendencia de una profesora de aula infantil.

Como alumnos indefensos, obedecieron. Bajo cada uno de los nombres, las palabras que más se repitieron fueron «flexibilidad», «comprensión» y «conciliación». Patricia escribió en su propio cartelito «familia» y pasó revista a todos dando su aprobación con los gestos eufóricos de un animalito que encuentra la mayor bellota jamás vista y se frota las patas delanteras. «¡Todo bueno!», exclamó, sin matiz alguno de sorpresa. Su felicidad, no obstante, seguiría un ascenso continuo hasta alcanzar el grado más alto de paroxismo al final de la proyección del vídeo corporativo que les puso a continuación, donde se explicaban los orígenes de la empresa, las causas de su nacimiento y las necesidades que lo habían impulsado, las difíciles circunstancias vitales de su creador, a las que había sabido sobreponerse para levantar un imperio, y, por último, las características de la fundación humanitaria que R había puesto en marcha con vocación completamente altruista y con el fin de solventar los problemas realmente importantes de la gente más necesitada. ¡No había que olvidarlo!: su propio fundador había sido también un paria, un hijo de la clase obrera que había conseguido costearse sus estudios repartiendo paquetes y periódicos en bicicleta, y de allí, poco a poco, al merecido paraíso de los emprendedores que han tenido olfato y nunca se han rendido.

—Ésta es una de las salas que llevan su nombre en homenaje —anunció Patricia, e inmediatamente guardó silencio.

En el orden sucesivo de una dramática procesión, inmigrantes negros o latinos, trabajadores precarios, cuidadores o enfermos dependientes, madres sin recursos, personas desahuciadas, desempleadas, discriminadas, vulnerables o expuestas a toda condición desfavorecida desfilaron entonces por la pantalla exponiendo sus tristes circunstancias y explicando cómo gracias a la mediación de R éstas habían mejorado considerablemente: la ayuda de R en los momentos más duros y difíciles de sus vidas no sólo les había salvado, sino, lo que era más importante, había puesto de manifiesto lo que para esta multinacional, de cara a sus propios trabajadores, a la sociedad al completo y al desarrollo de una prosperidad más humana y solidaria, contaba como lo verdaderamente importante en la vida.

Durante aquella exhibición de desgracias, él se entretuvo en contemplar, primero curioso y después fascinado, la cara de total arrobamiento de Patricia, que asentía o negaba ante las frases pronunciadas por aquellos figurantes, cambiaba su expresión risueña a una de total gravedad y circunspección si el testimonio lo requería e incluso (lo habría jurado) creyó ver cómo en determinados momentos movía los labios para subrayar palabra por palabra lo que todos escuchaban. Las caras del resto de sus compañeros se mantenían serias y fijas en la pantalla, en ellas bailaban las luces y los colores de las imágenes hasta que una gran «R» azul se proyectó en cada una, desde la frente a la barbilla. Patricia volvió a encender las luces de la sala y apagó el proyector.

—Me alegro mucho de que hayan sido éstas vuestras elecciones iniciales, las que habéis dejado registradas en vuestras etiquetas, porque quiero que sepáis que en R la comprensión y la escucha activa hacia nuestros empleados son la base esencial de nuestra política. Los personalmanagers, heads, chiefs y coaches estaránsiempre dispuestos a atenderos. Podéis plantearnos en todo momento cualquier duda y sugerencia que tengáis. Es normal que ahora mismo estéis un poco descolocados, pero sólo os pedimos unos meses para organizarnos hasta que la situación se normalice por completo; insisto en que el trabajo full remote que estabais desempeñando para vuestra empresa antes de la llegada a R es para nosotros lo más importante y nada va a cambiar para ninguno de vosotros. En ese sentido estoy segura de que vamos a entendernos y todo va a seguir siendo satisfactorio.

Aquella mujer tendría, quizá, una vida real, una puerta alejada de toda estridencia, alguien que la esperara en casa o que llegaría más tarde, una madre mayor, unos hijos despiertos, un hogar que podría ser cáscara impenetrable a menos que la propia estridencia la resquebrajara desde dentro. Mirándola, perplejo, dudaba y se negaba cualquier variante en ella de compasión, de realidad, porque quizá Patricia no tenía nada de aquello o lo había hecho estallar a picotazos.

Le dolía la cabeza por el crepitar del discurso interminable y la falta de sueño, quería marcharse ya. Casi cada media hora había estado mirando el reloj y no podía creerse que les hubieran hecho pasar allí toda la mañana con la de trabajo que le quedaba por entregar esa semana. Y Ori solo en casa tanto tiempo… «ahora mismo me está llamando, me está buscando porque se siente solo y yo no estoy». Para tranquilizarse, intentaba visualizarle en sus cojines como todas las mañanas mientras él trabajaba en su ordenador, dormido y recibiendo el sol igual que un bálsamo que se derrama en silencio, aunque imaginarle inmóvil también era otro motivo de inquietud.

—Y porque la salud es lo primero, R ofrece a todos nuestros empleados una amplia cobertura médica, mayor cuanto más demostrable sea su fidelidad a la empresa, tanto para ellos como para sus seres queridos. ¡R nos cuida y se preocupa!

Sobresaltando sus pensamientos, como el chirrido de una tiza sobre una superficie en calma, de nuevo la voz trepanadora glorificando las virtudes de la realidad virtual al servicio de las personas y de un mundo mejor, celebrando el ambiente inmejorable en el que se expandía la gran familia de R y asegurando el mantenimiento de sus condiciones de teletrabajo y de salario —ahora les hablaba del seguro médico y de los beneficios por maternidad—, pero en su interior crecía el desasosiego y para él, simplemente al cargo desde hacía un año de los servicios digitales de diseño y maquetación, aquella reunión de bienvenida no había extirpado, antes bien todo lo contrario, la preocupación de que las cosas fueran a cambiar desde que R les había comprado.

El alivio inmenso de llegar a casa, cubriendo a la carrera los últimos metros y abriendo con torpeza la cerradura del portal, y correr por el pasillo hasta su respiración. El vacío de su pequeño piso lo llena esa presencia blanda, luminosa, que apenas puede ya levantarse a su llegada pero que alza siempre la cabeza dorada nada más sentirlo y emite un quejido de felicidad exhausto en su camino hacia el ladrido. Con cuidado pero con impaciencia se tiende a su lado, le rodea el cuello con los brazos y le cubre de besos el hocico y la frente. Le pide perdón por haberle dejado solo tanto tiempo, le promete que no volverá a hacerlo, le queda todavía algo de furia residual para maldecir de nuevo la inutilidad de la reunión pero con su contacto va calmándose, con el tranquilo subir y bajar del lomo y los mechones de pelo abarcando sus manos. Y despacio, tiernamente, su boca en el triángulo suave que forma su oreja, va desenredando en un susurro el relato completo de su vida desde aquel primer encuentro, como si curasen las palabras o el recuerdo de la alegría y del golpe de fortuna: «Te habías perdido, Ori, estabas perdido y eras tan pequeño… Y yo te encontré y te recogí, te subí a casa, estabas empapado y te sequé, tenías tanto miedo, ¿te acuerdas?...». Toda su pequeña historia, la gestación de sus días acompañándose y bastándose para vivir, su épica insignificante. El animal cabecea levemente como si comprendiera, buscándole con la lengua las mejillas; después vuelve a encogerse metiendo el hocico entre las patas y parece quedarse a la espera, como cada día desde hace una semana, de la continuación o del final con esa infinita paciencia de quienes no saben o, sabiendo, se resignan. Su dueño aprovecha para levantarse y emprender la rutina interrumpida esa mañana: cambiar los periódicos manchados del balcón (imposible sacarle a la calle), revisar su cuenco de agua, apuntar los gramos de pienso ingerido (y desesperarse si son un poco menos que los de ayer), darle su medicina, rezar no sabe a quién (a quién puede importarle una vida tan pequeña) para que hoy su perrito mejore o por lo menos no se ponga peor, no pensar más allá de hoy, de la siguiente hora, de la siguiente toma de medicación. Envuelve la pastilla en un pedacito de comida blanda, se agacha junto a Ori y con palabras cariñosas le abre la boca e intenta que la trague sin protestar. Le acaricia, felicitándole, y luego prepara en el cuarto de baño la inyección con la dosis diaria de suero. Trata siempre de que el pinchazo entre la piel levantada de los omoplatos sea rápido e indoloro aunque es después, al extraer la aguja, cuando Ori se revuelve un poco más, como sintiendo el minúsculo agujero que ha quedado. Para tranquilizarle mientras el líquido va introduciéndose tararea alguna canción en voz baja; después le frota la zona dolorida y deja a su alcance uno de sus juguetes favoritos. Hundiendo la cara en el pelaje del cuello, se obliga a no proyectar sus pensamientos más allá de la toma siguiente. «¿Te acuerdas, Ori, del hambre que tenías y lo que temblabas cuando te subí a casa, metidito en mi abrigo? Casi me cabías en la palma de la mano… ¿Cómo llegaste hasta esa carretera, dónde estaba tu mamá, no tenías otros dueños? Todavía no me lo has contado…». Ahí está, el andamiaje del mundo sosteniéndose sobre las almas más humildes y viniéndose abajo la noche en que lo trajo de vuelta del hospital, desahuciado. Pasaron, en coche, por el mismo punto a la salida de un túnel en que lo encontró siendo un cachorro, un diminuto punto claro entre los rastrojos del arcén bajo la lluvia, y se detuvo sin pensar pero todavía dudando de sus propios ojos hasta que se acercó a comprobar que aquella bolita empapada se movía y respiraba. La noche en que volvieron del último ingreso en el hospital no quiso mirar aquel punto del arcén, aceleró para dejarlo atrás más rápido igual que intentaba dejar atrás los días, con la esperanza cada vez más apagada pero aún confiando en llegar a alguna parte o al menos en dejar atrás lo peor, de alguna manera dejarlo atrás junto a las noches de desvelo y las horas interminables de cuidados, sin pensar en qué vendría dentro de un mes o si ya no estarían juntos, sin permitirse pensar en nada más que no fuera seguir cuidándole, apropiarse de su dolor y hacer de la enfermedad una sombra igual de suave para poder absorberla, las manos impuestas sobre la calidez del vientre como si a través de ellas penetrara la oración y disolviera los tumores —a veces verdaderamente cree que sólo hacen falta palabras para deshacerlos como si no fueran más que azúcar—, que se calmen los gemidos y rezarle al sueño para que por fin descienda en forma de pequeñas mariposas que perseguir dormido.

Al menos tiene ánimo todavía para levantar la cabeza al sol cada mañana, en los cojines a los pies de la ventana de su habitación, y esperar a los pájaros como si fueran para él otra medicina. No les ladra ni los espanta, los escucha atentamente y sin mover nada más que las orejas hacia ellos, y eso hace que palomas y gorriones de ciudad se entretengan más tiempo apoyados en el alféizar antes de continuar su vuelo hacia otra parte. La mañana, piensa al saludarle cada día, puede ser preludio de sanación o de pasado —tal vez hoy coma mejor o dé un paseo, tal vez hoy empiece todo a ser igual que antes, tal vez hoy desaparezcan los tumores—; y si se aferra a alguna inconsciencia es a ésa en la rutina de los días, sin comer bien, sin descansar, sin permitirse pensar en la injusticia ni en el porqué ni en la pérdida de peso progresiva, únicamente trabajando desde casa y cuidando de Ori.

En el ordenador tiene un mensaje de la empresa informándole de los nuevos cambios en el correo corporativo y en las páginas personales de los empleados, donde todos deben mantener actualizado su perfil. También le instan a conectar sus gafas de realidad virtual con el equipo informático, y al leer esto es la primera vez que piensa en ellas desde que se las dieron. Ni siquiera recordaba haberlas traído a casa desde aquella estúpida reunión en el edificio de R y pasa unos minutos buscándolas en su mochila y sus bolsillos. Al dar con ellas por fin, se asombra mientras las sostiene en sus manos: son extremadamente ligeras y compactas, de un blanco reluciente que daría apuro ensuciar, y las contempla con un interés ensimismado como si nunca antes hubiera visto nada parecido. En uno de los laterales de la banda de metal le llama la atención especialmente la caligrafía del eslogan: una «R» azul contundente y sólida, sosteniéndose a sí misma en sus dos patas como un bloque de construcción, y un poco por encima, superpuesta a ella, la palabra «We» caligrafiada en una tipografía ligera y un tono de azul más claro, queriendo dar la impresión de haber sido escrita a mano.

Conecta el dispositivo a su ordenador, una ventana emergente le recuerda que a partir de ese momento puede realizar todas sus tareas a través de las gafas, y vuelve a olvidarse de ellas mientras adelanta trabajo pendiente y atiende a los horarios de medicación de Ori. Antes de volver a echarse, el animal se ha levantado para beber agua en la cocina —escucha concentrado los lentos lametazos— y acercarse luego brevemente hasta su mesa de trabajo para tocarle la pierna con el hocico. Ésa es toda la felicidad de su dueño esa mañana: el roce húmedo de su nariz en el dorso de la mano, como si le diera las gracias por algo insignificante.

A última hora recibe un correo invitándole a la fiesta que organiza R el próximo viernes por la noche con motivo de su nueva adquisición y de la ampliación del grupo, que por supuesto no es de carácter obligatorio pero en la que esperan verle para disfrutar de su compañía todos juntos. Lo elimina antes de terminar de leerlo.

Las llamadas comenzaron el lunes siguiente a aquella fiesta, que él había borrado completamente de su cabeza, y ya no se detuvieron. No conseguía localizar la procedencia del sonido de la primera de ellas, unas campanillas insidiosas que no identificaba —al principio las creyó provenientes de otra casa o del exterior— pero cuya insistencia y progresiva amplificación le obligaron a dirigir su atención hacia la mesita del salón y las estanterías, algún lugar cercano a él desde donde chirriaba aquel frotar de insecto mecánico. Movió papeles, abrió archivadores, levantó ropa y cojines. Desde su olvidada posición de vigía en lo alto de un estante, candorosas y ajenas, las gafas de realidad virtual emitían un intenso parpadeo azul junto a su aullido. Torpemente, intentando luchar contra la irritación, se ajustó la banda metálica alrededor de la cabeza y pulsó el botón de encendido, y al instante el negro frente a sus ojos se dispersó en lo que antes que imagen fue un sonido que ya había escuchado y que esperaba que su cerebro no tuviera que volver a procesar nunca más.

—¡Qué alegría verte!

Era una voz y era una risa enredada en ella, sin precederla ni seguirla sino envolviéndola o aprisionadas una dentro de la otra, y era a la vez un desgarrón y un silbido de ultrasonidos que la propia máquina reprogramaba y aumentaba hasta elevarlo a la categoría insoportable de un insulto. La cara de Patricia, a tamaño real justo delante de sus ojos —le estaría viendo ella también a él, claro, su expresión de asco y de pánico—, exhibiendo una sonrisa que rozaba casi ambos lados de la pantalla.

—Veo que aún no te has acostumbrado del todo a tus gafas —se escucha una nueva estridencia en la comunicación, ¿posible risa o interferencia?—, no te preocupes, ya lo irás haciendo en adelante. Te llamaba simplemente para preguntarte por qué no viniste a la fiesta del viernes… Por supuesto, no obligábamos a nadie a asistir, pero era una ocasión ideal para conocernos mejor y pasarlo bien todos juntos. Te echamos mucho de menos y nos preocupa que quizá no quieras integrarte…

Estaba tan conmocionado por la cercanía de aquella cabeza parlante materializada ante su propia cara y por la física imposible de los sonidos que parecían salir de ella, ni siquiera en consonancia con el movimiento de los ojos o de las cejas, que por un segundo alucinado pensó verdaderamente que aquella aparición no era una persona de verdad sino un robot, un holograma, una proyección virtual sobre su circuito ocular y su mente —empezó incluso a resultarle divertido intentar descubrir el engaño como en un juego de encontrar las siete diferencias—, y por eso tampoco escuchó del todo el mensaje ni le pareció importante. Otro sonido, además, se interpuso y empezó a adquirir resonancia real en el espacio exterior al creado por las gafas, una serie de chasquidos guturales que se repitieron a intervalos breves antes de que una arcada los rompiera, atravesándolos en un quejido largo y profundo. En un solo movimiento pulsó el botón de colgar, se arrancó la diadema de las sienes y corrió a la habitación junto a Ori justo a tiempo de ver el charco de vómito recién expulsado.

La tarde y la noche las pasó enteras sentado a su lado, la cabeza del animal recostada en su regazo, acercándole su cuenco de agua a cada tanto y dándole a lamer poco a poco con los dedos lo que pudo aceptar de su latita triturada. Las prioridades se imponen en las casas en silencio y sin admitir réplica; la enfermedad establece pautas que desbancan cualquier otra rutina del pasado.

La siguiente llamada no tuvo lugar hasta unos días después y fue todavía más terrorífica. La cabeza flotante y desmesuradamente grande de Patricia estaba más seria que la última vez —él se disculpó por el corte de la pasada comunicación achacándolo a un fallo repentino en la conexión— y le comunicó su mensaje sin preámbulos: la política de R requería que todos los empleados trabajaran juntos y presencialmente, en sus oficinas, fuese cual fuese su labor o su puesto. Aquello sí lo escuchó con claridad, aunque no fue capaz de procesarlo ni de comprenderlo en un primer momento, y sus sucesivas preguntas o protestas fueron despachadas con un automatismo de guion bien aprendido. «¿Cuándo?», se escuchó a sí mismo preguntar en primer lugar. A partir de enero.

Mientras el propio momento acontece —después se daría cuenta de que el tiempo transcurrido fue demasiado escaso como para confirmar que hiló adecuadamente su discurso—, no es capaz de exponer todas las razones que querría desarrollar. Trata de no tartamudear ni dejarse llevar por la impresión pero la realidad parece haberse desdoblado de repente y él se encuentra explicándole obviedades a un androide cuya expresión se ha paralizado y ya no sabe si las está verbalizando o sólo cobran forma en su cabeza una tras otra como en una deducción que le parece incontestable: no existían razones de peso que le obligaran a desplazarse para seguir desempeñando su trabajo como hasta ahora, nadie había expresado quejas sobre sus entregas y éstas no se habían resentido jamás; al contrario, eran revisadas y aprobadas antes del plazo final gracias a su eficiencia. Enumera los proyectos entregados, alega la satisfacción que le produce la flexibilidad horaria del teletrabajo y los beneficios para la propia empresa y, sin entrar en detalles pero cada vez más nervioso, intenta exponer su especial situación de cuidados a un miembro enfermo de su familia que le impide salir de casa. Llega —cree— a suplicar que reconsideren su caso. Se da cuenta, sin embargo, de que Patricia no le está escuchando, su rostro es el de un fotograma detenido hasta que opone a su intervención —o quizá han sido sólo balbuceos— su propia sucesión robótica de razones:

—Sabemos que tu trabajo ha sido muy satisfactorio y productivo hasta este momento y por eso queremos seguir contando contigo, pero hacer bien tu trabajo es sólo parte de tu trabajo. Para R, la otra parte, igual de importante o más, es confraternizar y convivir día a día con tus compañeros para aprender de ellos. No hacemos excepciones. Recuerda que somos una gran familia.

Ha silenciado y guardado las gafas virtuales en un cajón para no verlas ni escucharlas demandar atención constante, pero sigue recibiendo mensajes en su correo electrónico instándole a asistir a otra reunión de carácter no obligatorio, la cena de Navidad que se celebra en la planta baja de un hotel alquilada por R para dar cabida al mayor número posible de empleados. Cada día hay un nuevo recordatorio en su bandeja de entrada, su superior directo llega a contactar con él para solicitarle su confirmación como favor personal, «sólo un par de horas, una hora incluso, lo que quieras, simplemente hacer acto de presencia, saludar, dejarte ver por los jefes y tomarte algo; después te marchas». La presión puede sostenerse hasta cierto nivel, como tapar con las manos un agujero por donde entra agua, luego la fuerza del surtidor empuja hacia atrás, obliga a apartarse y reclama su corona como si le hubiera pertenecido siempre.

Separarse de Ori es como una amputación. Lo deja limpio, con el suero puesto, la medicina dada y los cuencos de agua y comida húmeda a su alcance. «Será solamente un ratito, te lo prometo, antes de que te des cuenta estoy aquí». Sale de su casa con el corazón aplastado, la furia creciéndole en los ojos. Nada más entrar a los salones del hotel —ha tenido suerte para aparcar, al menos— tras dar su nombre en recepción, presencia un espectáculo desconcertante: la mayoría de los asistentes, con las gafas virtuales puestas, parecen transitar por el espacio como si estuvieran solos pero gesticulan y mueven las manos y los brazos en lo que se adivinan posturas de saludo, de baile o de tomar y dejar copas sobre bandejas invisibles. Teclean el aire delante de sus caras o lo desplazan con los dedos en aspavientos suaves o impacientes. Su aislamiento resulta incluso cómico, como si cada uno ensayara distintos actos de una misma puesta en común que intentaran coordinar. Ríen y hablan entre ellos pero a distancias separadas, demasiado lejos unos de otros como para mantener conversaciones con naturalidad; todos se muestran encantados y felices menos un pequeño grupo que identifica de inmediato como los recién contratados o los transferidos desde empresas anteriores, como la suya, que han sido absorbidas por R. Entre ellos reconoce a un par de compañeros a los que se acerca a saludar, intercambian las mismas miradas de confusión y una de las correctoras llega a comentar abiertamente lo ridículo de la situación sin poder evitar una risa que tal vez, le ha parecido, es una expresión nerviosa que se esfuerza en disimular la inquietud.

Su superior directo se aproxima para hablar con ellos, es de los pocos que no lleva las gafas sobre los ojos pero las mantiene colocadas en lo alto de la frente como una diadema presta a descender en el momento apropiado. Su expresión varía indecisa entre la gravedad y la burla, como si no se atreviera a decidirse por ninguna de ellas y tanteara ambas con la misma prudencia. Según relata, la mayoría lleva las gafas puestas para hacer más intensa y placentera la experiencia. Con ellas, les explica, puedes modificar el escenario y tu vestuario, agregar objetos o animales en el entorno, intensificar los colores, variar la música o los sonidos… hasta borrar a determinadas personas de tu campo visual o desaparecer para ellas si no quieres que te vean. «Se abre un mundo infinito de posibilidades que está todavía en los comienzos de ser explorado y eso es algo muy excitante de presenciar, ¿no os parece?». Como toda respuesta del grupo, la correctora pregunta si no es un poco absurdo que los trabajadores deban ir presencialmente a algún sitio para acabar poniéndose unas gafas de realidad virtual.

—Es la política de R —ríe su superior directo—, es su cultura y contra ella no podemos hacer nada, ¿verdad?

Suavemente se atreve a tomarle del brazo y apartarle un instante del grupo con una disculpa porque hay algo que quiere comentarle con urgencia, que no quiere marcharse sin hacerle saber, a él que desde la compra de R les ha insistido en que puede canalizar cada sugerencia o descontento y actuar de puente con los directivos. Él estará con los empleados, siempre, porque él también lo es y recuerda en todo momento de dónde viene. Le escucha en silencio, grave, los ojos un tanto desviados o no lo suficientemente atentos, le da la impresión.

—Es complicado, es complicado, mi puesto no es nada fácil ni cómodo… Entiéndelo, mi posición es difícil, yo debo ser mediador y me encuentro entre dos aguas buscando el equilibrio… —Su superior directo hace un movimiento con las manos para reforzar la idea, después levanta la copa que sostiene para quitarle importancia al resto de matices o dejar clara su despreocupación, como si en ese mismo momento hubiera elegido a quién seguir y no lo tuviera decidido desde mucho antes, desde el principio—. Pero haré lo que esté en mi mano, ¡sois mi equipo! ¡Estoy con vosotros!

Una mujer joven, también risueña, ligera como un troquel de cáñamo que pudiera ser soplado de un lado a otro sin ningún esfuerzo por su ausencia de peso y de materia, idéntica en la ropa y el peinado a todas las demás que continúan sus movimientos silenciosos en la pista central, se presenta, quiere saber por qué no han traído sus gafas para disfrutar todos juntos de una mejor experiencia; si se debe a un olvido involuntario no deben preocuparse, tienen algunos dispositivos de sobra que pueden prestarles durante unas horas. Observa cómo todos abren la boca en un mismo «no» inicial que se queda perdido antes de ser pronunciado pero es él quien responde de la manera más educada que sabe, aunque intuyendo ya que la insistencia va a ser constante, «no es necesario, te lo agradecemos mucho pero no tiene importancia, podemos seguir la fiesta sin ellas».

—¡Oh, no, no os lo podéis perder, la diferencia es increíble! ¡Todos nuestros empleados tienen que experimentarla por sí mismos!

Sin hacer ninguna pausa intenta convencerles de que prueben unas gafas, para lo cual les enseña las imágenes proyectadas en una pantalla gigantesca conectada a uno de los dispositivos.

—Mirad, es maravilloso, ¡y muy sencillo! Tan sólo debéis pulsar estos botones holográficos que se despliegan ante vuestros ojos y aparecen todas las opciones: modificación del entorno, de la apariencia personal, de las percepciones visuales o auditivas… —en la pantalla van cambiando los colores de la sala, las prendas de vestir de los asistentes, la decoración de las paredes o la iluminación del techo al ritmo de la pulsación de las distintas opciones. Una de ellas incluso inyecta la figura de un unicornio pastando justo al lado del grupo—. Estamos perfeccionando el apartado táctil, que será el siguiente en introducirse. ¡Vamos, probadlo!

El unicornio está magníficamente conseguido, ha de reconocerse. Todos se vuelven a mirar el espacio vacío junto a ellos pero sienten la tentación de estirar la mano para tocarlo. Con la pasividad de un ente ajeno a todo, el animal reclina suavemente la cabeza y vuelve a levantarla para contemplarles con indulgente calma, el cuerno reluciente entre unas crines que se van alternando, a capricho de aquella mujer, desde el naranja y el azul hasta el blanco marfil y el rosado. Pese a todo, él reitera: impresionante, gracias, pero no es necesario. Además, ya ha tenido ocasión de ponerse las gafas un par de veces anteriores y no ha podido evitar cierta sensación de mareo.

La mujer hace desaparecer de un toque al unicornio y los colores normales regresan al entorno. Ha cambiado su expresión, al menos en lo que concierne a la boca porque sus ojos siguen cubiertos por la banda de metal.

—¿Mareo? Es cuestión de acostumbrase a ellas. Yo ya no me las quito nunca, ni en la oficina ni en casa, y mi trabajo y mi vida han mejorado enormemente. ¡Incluso tienen una opción que permite conciliar mejor el sueño!

—Bueno, yo sólo hago diseño y maquetación, en realidad para mi puesto no veo necesario… —A pesar de no verle los ojos a su interlocutora, percibe con toda claridad que le está mirando mal a través de lo que sea que sus ojos atraviesan. Intenta arreglarlo por una extraña sensación de compromiso que lo invade de repente pero cree que lo empeora todavía más al añadir—: Es que… no sé, desconfío un poco de realidades que no existen, ¿no te parece?

La ofensa se le hace evidente ahora a la dueña de las gafas.

—Si no te gusta la realidad virtual, no entiendo bien por qué trabajas con nosotros.

El grupo entero continúa en silencio mientras la mujer recoge sus dispositivos y se da media vuelta.

—Ése de allí es el gran jefazo. —Cree escuchar a uno de los diseñadores—. El bajito con cara de pasmado. —Se gira hacia el superior directo para preguntar—: ¿Deberíamos ir a saludarle?

—No, no es necesario, supongo que no os conoce.

En ese momento, antes de poder recuperarse o de fingir interés en seguir la conversación, distingue a Patricia entre la multitud, con su banda plateada sobre los ojos y una sonrisa que abarca todo el resto visible de su cara; apura un vaso y con el mismo esfuerzo que haría para contener una inundación entera sólo con la presión de su cuerpo se acerca a ella dudando si le verá o si en su campo visual aparecerá transfigurado como una silueta borrosa. Cruza con dificultad la sala esquivando a los bailarines y los grupos de gente cuyos movimientos recuerdan a los de los invidentes tras sus gafas negras, y al llegar a su altura le toca levemente en el hombro para obligarla a mirar (no sabe si mirar sería la idea adecuada) hacia donde él se encuentra. Pero parece que sí, le reconoce, la boca vuelve a abrirse desmesuradamente en una risa o un saludo, la misma voz de silbato sale de ella con arrebatado entusiasmo. Él no pretende molestarla. Querría ser muy breve, aprovechar que la tiene delante para comentarle todo aquello que se quedó sin decirle la vez anterior, volver a extender sus argumentos impolutos como los artículos en venta de un escaparate o las cifras insustituibles de una fórmula, de manera serena y muy concisa hacerles entender por fin su error, su equivocación tremenda, recordarles que, tal y como les aseguraron, nada tendría por qué cambiar si todo ha demostrado funcionar perfectamente hasta el momento.

Patricia se inquieta, gira la cabeza a ambos lados como buscando algo o a alguien que no localiza en un océano de cabezas cubiertas, lamenta —dice— no poder hacer nada, ésa es la cultura de la casa, e insiste en que ya le dio las razones de R, las mismas para todos los empleados, pero quizá pueda ayudarle si le explica mejor su situación, si es más concreto con sus necesidades actuales; R estará siempre dispuesta a escucharles. Él titubea, no quiere darle más información, sólo se refiere a un miembro de su familia que necesita cuidados las veinticuatro horas y que su trabajo no requiere ningún desplazamiento ni trato personal con nadie... Patricia le interrumpe, van a comenzar los discursos de los empleados de R, lo siente muchísimo pero ya encontrará otra ocasión más idónea para resolver sus dudas, y antes de alejarse, con su sonrisa inmensa y su tono al límite del chillido, siente que su mirada extrañada traspasa la barrera reluciente de metal y se clava en él como si fuera un ser recién caído de otra esfera en la que resultara imposible reconocer algún anclaje.

Se dispone a marcharse de allí cuando alguien ha subido a un escenario y todos los presentes se han girado para escucharle. Ahora es plenamente consciente de que todo el mundo lleva puestas las gafas menos él, pero no tiene ni que empujar con suavidad los cuerpos para abrirse paso, cada uno de ellos parece detectarle segundos antes y se aparta, tal vez sólo sea un borrón en sus campos de visión virtuales. En su camino a la salida, desde el escenario le llegan fragmentos amplificados del discurso.

—Sólo quiero que sepáis lo afortunada que me siento de haber sido acogida en esta gran empresa… En estos momentos de mi vida vuestra compañía es lo único que me hace sentir bien… No querría quitarme nunca estas gafas… Sois más importantes para mí que mi propia familia.

La sala se viene abajo con un estallido de aplausos.

Qué remanso infinito el lomo de Ori, pese a la debilidad, los vómitos, la pérdida de peso. Qué isla definitiva y última de la religión del mundo. Porque hay sucesos inesperados como un encuentro fortuito a la salida de un túnel, fechas que pueden ser señales, decisiones mínimas que quizá, qué sabemos, cambian el curso entero del universo. Como detener el coche porque acabas de ver algo que no crees posible a un lado del minúsculo arcén, apenas una mancha temblorosa contra los restos de un muro, mientras los demás conductores te rebasan atónitos o admirados, y que sólo sea un segundo lo que tardas en correr para alcanzarlo y apretarlo contra tu pecho pero la resolución ya esté firmada. Hay algo, un engranaje diminuto, que acaba de moverse en algún sitio pero nadie lo ha visto, apenas se ha escuchado en el acelerar indiferente del tráfico, las voces, el tumulto. Justo a esa hora, justo en ese instante, en ese preciso punto del mapa, dos seres coinciden y uno de ellos inicia un gesto. Una rueda se desliza en algún plan incomprensible y una vida ya está a salvo. Mientras perdemos el tiempo, las casualidades van tejiendo de puntillas su tapiz, haciendo su presencia ligera e indispensable como las pisadas de un perro.

Cómo no creerlo. Cómo negarse, aun cuando el miedo y la pena sigan vivos y abiertos como una llaga pero el agradecimiento es más fuerte que cualquier pensamiento de rendición.

Ha trasladado a su dormitorio su centro de trabajo para contemplarle el mayor tiempo posible, observar su evolución y, aunque no quiera reconocérselo a sí mismo, retener su imagen cuanto pueda para cuando ya no esté. La preocupación por su salud se ha extendido hasta un área que él había pensado segura e intocable y se ha transmutado en una angustia que a menudo le exprime hasta la última gota de oxígeno del pecho: el tratamiento es caro, no puede prescindir de su trabajo, tampoco tiene a nadie a quien confiarle el cuidado de Ori durante el día, no quiere dejarle solo, no entiende —es imposible de entender— una política que obliga, cuando no existe necesidad, a la presencialidad diaria por la mera obcecación de unos fanáticos.

Todos los empleados son convocados a las oficinas centrales de R el 24 de diciembre al mediodía para hacerles entrega de un pequeño presente navideño y despedirse antes de las vacaciones, y les piden expresamente que no olviden sus gafas de realidad virtual. «¡Escanea esta zona con tus gafas para ver a los senior sales executives business partners cantando un villancico!», reverbera un recuadro de colores corporativos en el christmas que les han enviado al correo electrónico. Adjunto también, bajo el aviso «¡Otro motivo de celebración!», un artículo que recoge la noticia de que el gobierno de su comunidad autónoma le ha concedido a R el premio a la empresa que mejor vela por la conciliación de sus empleados. Está dispuesto, esta vez sí, a largarse en cinco minutos, en cuanto recoja lo que demonios sea que quieran darle.

El edificio entero está iluminado y adornado con guirnaldas y pequeños abetos azules y blancos. Más gente de la que se esperaba ese día y a esas horas recorre los pasillos irradiando sonrisas vibrantes, en la actitud dinámica de estar ultimando los preparativos de una celebración importante. A él no le conocen, tampoco sabe a dónde debe dirigirse, pregunta en varias salas y le reconducen a otras zonas, cruza las moquetas de amplios vestíbulos a zancadas impacientes mientras redactores, contables, editores, maquetadores, informáticos y gestores de cuentas se reúnen en pequeños grupos y charlan animadamente, algunos de ellos tienen ya vasos de plástico en las manos, muchos otros las diademas blancas de metal cubriéndoles los ojos. Enseguida le atenderán, le dicen, por qué no se queda con ellos y se toma algo mientras tanto. Sí, el regalo navideño, lo están preparando, mejor que se dirija al área de despachos de recursos humanos. Baja un tramo de escaleras de metacrilato, en una sala de reuniones un grupo de personas mira una proyección con las gafas puestas, en otra quedan todavía unos cuantos empleados delante de los ordenadores. No ve a ninguno de sus compañeros ni superiores. Se extraña, pero empieza a cobrar fuerza la ansiedad y piensa en dejar el recado en recepción de que ha tenido que marcharse. Subiendo de nuevo le interceptan. ¿Es de los recién transferidos? Sí. Mil disculpas, tienen un día muy agitado pero enseguida estarán con ellos y podrá irse con su regalo, por qué no les acompaña y bebe algo. La verdad es que no le interesa demasiado el regalo, tiene que irse ya… Insisten, todo sonrisas y amabilidad: sólo serán unos minutos, puede esperar en el vestíbulo de arriba.

Se pregunta si es posible que cada vez haya más gente rondando por los pasillos y las escaleras o será impresión suya al estar allí plantado observando el interminable ir y venir de trajes y tacones; las oficinas parecen no vaciarse sino todo lo contrario, cada vez el ambiente es más festivo y recargado. Quince minutos después ya es plenamente consciente del ridículo que está haciendo y se dirige a los tornos de la entrada; es justo entonces cuando una mano en el hombro lo retiene y al darse la vuelta la amplia sonrisa de su superior directo le pide por favor que le acompañe; hasta ahora se han visto obligados a entretenerse con unos asuntos indispensables para cerrar antes de final de año pero ya está todo hecho, una firma y podrá llevarse su cesta de Navidad. Varios de sus compañeros ya se han marchado, ¿no les ha visto?

Suben en un ascensor, cruzan varias estancias con máquinas de café, pasarelas elevadas y enormes salas comunes rodeadas de