Casi un diario - Damián Murphy - E-Book

Casi un diario E-Book

Damián Murphy

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Beschreibung

Todos somos uno ante el dolor La pandemia nos empujó a todos a responder sobre la vida y la muerte. Nos unió en un abrazo universal, donde las fronteras humanas cayeron ante el paso silencioso del Covid-19. Caminar este nuevo rumbo de la humanidad será posible a través de la nueva mirada sobre el día a día, y manteniendo vivo el recuerdo de lo que fuimos. Así, seguiremos con la seguridad de ir juntos hacia la concreción de nuestros anhelos. Este libro propone una respuesta humilde para todos los que sienten temor y angustia ante tanto tiempo limitado por el silencio y las dudas sobre el mañana. Pasá, con toda confianza, y que tu paciencia te permita vivir plenamente cada momento…

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Seitenzahl: 232

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gómez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Murphy, Damián Francisco

Casi un diario : cuando la Tierra calló / Damián Francisco Murphy. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

212 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-730-7

1. Memorias. 2. Microrrelatos. 3. Narrativa. I. Título.

CDD 808.883

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Murphy, Damián Francisco

© 2020. Tinta Libre Ediciones

CASI UN DIARIO

Reportaje al autor de Casi un diario

—¿Puedo hacerte unas preguntas, si tenés tiempo?

—Dale.

—¿Por qué el título?

—Es un libro que se va construyendo día a día con los elementos que le da la vida.

—Y ahora, en este momento, ¿qué estás pensando?

—Solo miro las formas bellas de los árboles, a lo largo del viaje, que adornan la ruta. Cambio y miro los colores: el sol al mediodía da más claridad al paisaje. ¡Cuántas maneras de contemplar! Aún queda por decir: ¿qué son esos árboles?, ¿cómo se llaman?, y el contenido de los campos verdes ¿de qué están hechos?

—¡Qué lindo que se te ocurran ideas nuevas en paisajes gastados por la mirada de siempre, la de todas las mañanas!

—Ahora se me presenta la charla de dos chicos al salir del colegio:

—Mi papá mide casi dos metros y pesa mucho más de cien kilos.

—Yo tengo un juguete grande así y lleno de colores.

—Sí, pero mi papá tiene mucha fuerza y fuma en pipa.

—El mío tiene barba y bigotes y cuando quiere, juega conmigo, y trabaja todo el día.

—Entusiasmo: ¡eso es tener pilas! Una fuerza capaz de hacer fácil lo más pesado, una alegría particular ante la vida. Es la pura esperanza que crece inagotable al paso del tiempo. Los niños son eso: una caja de alegría. ¿No te parece?

—¿Te molesta si te cuento cosas que la memoria actualiza en este instante y me cuesta borrarlas?

—Dale, me gustan tus recuerdos desordenados, porque no respetan ni lugar ni tiempo.

—Tengo muchas cosas que decir, pero estoy limitado por mi memoria y porque casi nada sé si no es porque me habían contado y confirmado con las fotos de familia que no siempre se ajustan a la realidad. Por disimular alguna irregularidad de la familia, tal vez alguna desprolijidad moral... tomé la decisión de dejar asentado un cuadro familiar que contenga lo más significativo de la vida, de la historia de los Murphy, siempre alegres, o desde un 31 de diciembre del 49 que unieron apellidos y culturas, provincias y hasta cuatro países diferentes.

—Contame, ¿cómo es eso? Me interesa.

—Mis abuelos maternos eran de Paraguay y Brasil, y los de mi padre, descendientes de irlandeses y criollos. Mis padres son aquellos que aún hoy festejan haberse descubierto, el uno para el otro y ambos para los demás.

—¡Qué lindo lo que decís!

—Se los ve unidos y felices, dispuestos a arremeter la última recta, hacia el disco final de la vida.

—Me imagino que el tema de la muerte está presente en ellos, ¿no?

—Se unen en el tiempo llenos de esperanza de futuro. Solo que algunas sombras, la decisión de sus hijos, más de una vez los hizo preguntarse: “¿En qué nos equivocamos?”.

—Bueno, hasta aquí llegó mi viaje y mis preguntas. ¡Muchas gracias por tu tiempo! Chau.

—Esperá, aun no terminé de contarte que…

Infancia en Rojas1

ROJAS I

YO NIÑO

Tímido, sin duda. Tenía a mi hermano mayor —lo tengo aún— que se hacía cargo de mis límites de comunicación. Me ponía colorado por cualquier razón. Este color en las mejillas y el calor en todo el cuerpo me acompañaron hasta bien entrada la juventud. Ya me extenderé cuando acuda mi mente a los primeros años de universidad. Ahora me refiero a los tiempos de mi niñez: pantalones cortos, zapatillas Pampero, el dedo gordo a la intemperie y la imaginación en pleno desarrollo cuando de juegos se trataba. Todo bien hasta que asomó a mi vida la vecina de enfrente. No estaba en mis cálculos ver a una niña tan blanca y delicada, que me sonrió sin motivo y con una mano acompañó el gesto alegre de bienvenida al barrio.

—Soy Graciela, pero me dicen Gra, que es más fácil de recordar... ¿y vos?

—¿Yo qué? —Me tomé un tiempito antes de responder tartamudeando mi nombre—. ¿Yo cómo me llamo?

—Y sí.

—Bueno, me dicen Nanán Pelao.

Sentí hervir mis mejillas. Me salió sin pensar lo que nunca me gustó oír: que me llamaran así. Y ella —Gra— se sonrió y me dio un beso en la mejilla y salió corriendo, calculo que a la casa. Seguro que, al llegar, dijo:

—Mamá, conocí al vecino nuevo, se llama Nanán Pelao.

—Eso no es un nombre, nena. Así lo llamarán en la casa.

—Es divino, flaquito, un poco más alto que yo, pero muy muy tímido.

—¿Cómo sabés hija, si apenas lo viste?

—Porque temblaba todo, estaba como un tomate de rojo.

Tal vez no le dijo nada a su madre y guardó el encuentro en silencio y a la despedida y el beso los olvidó para siempre.

A la tarde fuimos todos al arroyo, caminando por el medio de la calle de tierra, pateando el polvo y tirándonos puñados en la cara y el pelo. A mamá no le cayó muy bien ese juego y no sé por qué. Ellos, papá y mamá, caminaban lento, de la mano, detrás de nosotros. Cada tanto nos volvíamos hasta alcanzarlos y reiniciar nuestras corridas, levantando tierra fina, polvo que parecía harina, producto de la extensa sequía de la zona.

Ahí estaba ella, la muy valiente, que salió corriendo sin darme lugar a defenderme. Con una malla celeste, se metía en el agua y salía rápido a la orilla para volver a zambullirse. Y yo, aunque intentaba cambiar la orientación del paisaje que me distraía, no lo lograba. Infeliz de mí. «¿Tan débil soy, tan sensible ante una chica que ayer la vi por primera vez? Me va a conocer», me dije. Y ahí nomás tomé unas piedras, las que uso para la gomera, y con alma y vida, para que vea mi fuerza y destreza en hacer “patitos” sobre la superficie del agua, las fui arrojando de a una. La mejor hizo como cinco saltitos. Desgraciadamente, el último saltito llegó hasta ella, hasta su mismo rostro, y por lo que supe al otro día (salí disparando cuando vi el destino de mi piedrita), le dieron dos puntos en la cabeza. La madre creyó que se había caído entre las rocas, que había resbalado en una de sus aceleradas corridas al meterse al río. Los padres siempre tienen razón, quién los va a contradecir.

ROJAS II

LA CASA HABLA DE ROJAS

La última cuadra para llegar a casa me pareció interminable. Todo me hablaba desde el recuerdo: en las calles de tierra, por tanto polvo, quedaban impresas mis huellas (como cuando seguíamos los rastros de los camellos en las mañanas del 6 de enero), la esquina con la ochava, el almacén de doña Ernesta, de ladrillos amarillos gastados, lo de los catalanes —los Boizart— con su vereda alta y sus cipreses, orgullosos árboles testigos de las tormentas de verano. “Vean, chicos —decía mamá para |—, cómo apenas se mueven aquellos árboles”. Los mirábamos desde lo de Susana, porque la casa era más segura. “Jesús, José y María” era la jaculatoria que brotaba de una miedosa mamá.

Casi llegaba a casa. Vi el portón de hierro, con vidrios de colores y su ruido conocido al abrirse a los golpes.

—¿Querés pasar? —me dijo con una voz muy queda, como esperando mi negación.

Pasé sin agradecerle.

Tres pasos, estiré la mano izquierda y toqué una mandarina ya madura, pero mi vista estaba adelante ante las guayabas que se veían deliciosas. Giré a la derecha, rumbo a la puerta principal por la galería. Sentimientos confusos me aguardaban: quería recordar mi niñez y, al mismo tiempo, sabía que no era cierto, que ya había sido, que apenas eran fotos pasadas, con gente que ya no está.

—Pasá, no te quedes, hace tiempo te esperábamos.

Sobresaltado por la invitación, me detuve sin saber qué se avecinaba. Parecía que querían pelearse por contar cada uno su historia.

—¿Sabés qué lindas charlas se escucharon alrededor mío? —dijo la mesa—. Noches interminables, alegres anécdotas y largas truqueadas hasta que el sueño nos invitaba a despedirnos. Mi papel principal fue siempre ser soporte de los platos y tazas, de los vasos y cubiertos. Mi sólida contextura era la base de una comida tranquila y familiar. Con el tiempo, mis patas no estuvieron de acuerdo entre las cuatro; entonces, fue necesario colocar a presión una… (¿Cómo se dice? Bueno, ya me va a salir) para que deje de hamacarse y se tranquilice. Sí, eso: una cuña a presión.

Me querían contar detalles que, sinceramente, no me interesaban. Deseé, sí, saber qué fue de algunos cuadros que nos acompañaron mucho tiempo, como aquel que nos seguía con su mirada, un Sagrado corazón descascarado, pero con la mirada profunda y comprensiva. ¿Qué será de la higuera?

—Aquí estoy, aún esperando que se suban a mis ramas para esconderse o, lo más seguro, para que me arranquen los frutos maduros, si no se adelantaron los pájaros o las hormigas que no supieron tener paciencia y se dejaron ganar por la gula.

Cada paso, cada minuto, toda una película desde la infancia hasta las canas de hoy se agolpaba en mi mente, llorando en silencio.

ROJAS III

Llovía mucho. Ir caminando por el barro y las accidentadas veredas no era lo mejor en estas circunstancias: los tres mayores iban a tomar la comunión con los vestidos que la liturgia amerita. Fue un 8 de diciembre de 1958. Desde Buenos Aires, vinieron muchos familiares Murphy-Alegre, pero no recuerdo bien quiénes nos visitaron.

Vuelvo al clima. Alguien fue a lo de don Secreto y a lo de don Urbici (¿se escribirá así?) a preguntar si disponían de sus mateos para acercarnos hasta la iglesia. Así nos acomodamos contentos y ajenos a los nervios de los mayores, obsesionados por la puntualidad y la pulcritud de los trajes y vestidos. Atrás quedaron los exámenes que nos habilitaron a dar este paso sagrado. Eran cien preguntas que podían descalificarnos por falta de memoria, por pocas luces o por ausencia de fe suficiente, para acceder a la “sagrada comunión”. “Cuántas máscaras alrededor del misterio”, me respondía. En el camino, íbamos memorizando:

—“Dominus vobiscum”, dice el cura.

—“Et cum spiritu tuo”, responde el pueblo (nosotros).

Llegados a la iglesia San Francisco de Asís, se detuvo el mateo y una “mala palabra” se escuchó clarito de la boca de don Secreto destinada a su caballo, a causa de un fuerte trueno que lo desestabilizó. Los tres pulcros pasajeros nos miramos y, con el balanceo de nuestras cabezas que definían claramente nuestra postura, nos mordimos el labio inferior como señal de reprobación:

—Eso no se dice, y menos frente a la iglesia —dijo Clara.

“Ite missa est, gratias tibi deus”, y volvimos a casa con el propósito de ser mejores.

ROJAS IV

Dos, sí, dos, fueron los males sociales que me atormentaron en mi niñez. Uno, en el barrio San Juan: la parálisis infantil.

—Cuidado, chicos, que el virus está vivo en donde hay agua estancada. En los charcos, en las botellas, en los floreros…

Mi ingenuidad infantil me llevó a espiar detenidamente, cerrando un ojo, para descubrir al maldito escondido en el fondo de una botella que encontré en el fondo de casa. No lo pude ver al que dejó mal parados para toda la vida a unos amigos de la escuela.

Dije dos, sí. Al otro lo encontré más vivo y actualizado en Rojas, con origen en O’Higgins. De ahí, se desparramó por toda la zona maicera del noroeste de la provincia de Buenos Aires. Se daba el lujo de ser llamado de distintas maneras: mal de los rastrojos, fiebre hemorrágica o simplemente mal de O’Higgins, donde nació. A la noche, cuando el temor del día se agrandaba y nos concentrábamos en nosotros mismos, pasaba largas horas pensando en los que morían tan cerca por una fiebre de más de 40 grados “que los hacía reventar”, según escuché a los mayores que se hablaban desde las veredas sin disimulo. “Y les salía sangre de los oídos y de la nariz hasta morirse”. Por otro lado, me dormía tranquilo, porque estaba convencido de que, si no trabajaba en el campo, donde estaban los roedores trasmisores del mal, estaba libre de la enfermedad.

ROJAS V

EL ÁRBOL GRANDE

Más que un simple árbol, era una nave espacial que nos llevaba a recorrer toda la Vía Láctea. Sí, llegamos hasta Dóminus (“Día del Señor”, dijo mamá). Para nosotros era un planeta que seguía a Saturno. De todos modos, el árbol grande no se limitaba a ser solo un cohete. Era una casa original, aérea, cómoda, desde donde divisábamos todo el terreno y hasta la calle Sarmiento, a través del muro gastado que una tormenta tiró abajo.

Supo ser un barco desde el cual pescábamos harto, y quien nos enganchaba los peces era la niña grande de la casa: Clara. Fue sin querer que le tiré la lata de leche Nido para que enganchara un buen pez y quiso “el destino” que la lata se direccionara hacia la misma cabeza de bucles de mi hermana, en la que dejó una huella sensible y sangrienta por unos días. Por las dudas, nos bajamos del árbol.

Creo que nos llaman a comer y a obediente no me ganan así nomás. A comilón, tampoco.

ROJAS VI

LOS BICHOS CANASTOS

—¿Qué son?

—Como los caracoles, andan con sus casas a cuestas, con la diferencia de que las hacen con hojas de plantas.

—¿Como los gusanos de seda?

—Sí, pero esos fabrican como mil metros de un hilo resistente y requerido para la industria textil. Los bichos, que como Caperucita tienen un canasto, no parece que tengan algo positivo. —Habría que preguntarle a un buen profe de Biología.

—¿Conocés alguno?

—Sí, pero vive entre el follaje tupido y agreste del cerro Uritorco… y cobra el asesoramiento. —Así dicen.

Vamos al grano. Eran tantos los bichos que se encaramaban en los árboles frutales, hasta secarlos, que el dueño nos pidió encarecidamente que, a cambio de limpiar las plantas, nos pagaría por unidad. Nos miramos los hermanos y, casi sin dudarlo, asentimos: nos treparíamos hasta la última rama acosada por estos bichos, que desde ese momento nos parecieron tan atrayentes como los duraznos, damascos y ciruelas que estábamos protegiendo.

Llenábamos latas de leche Nido, que no faltaban, y las contábamos minuciosamente frente a papá. Le costaba, seguro, pero nos pagaba matemáticamente un centavo la unidad. Todo lo recaudado, para el cine de fin de semana.

Cuando don Mariano —el vecino de enfrente— vio la eficacia de los vecinos, no dudó en contratarlos. No fue tan fácil llegar a un acuerdo: nos quería pagar con huevos y frutas, y no fue bien visto por nosotros, los interesados cosechadores. La presión materna no se hizo esperar y “aprobamos las condiciones”. Todo sea por la unidad del barrio y de la familia.

ROJAS VII

EL BAÑITO

Hay varias cosas para recordar con cariño de la casa de Avellaneda 689, y una es aquel lugar retirado, al que llamábamos con cariño, en diminutivo: “bañito”. Vivía en soledad, especialmente a la noche. Yo hacía uso de él si Clara me acompañaba, porque un ZZZZ surgía de la oscuridad del árbol grande (una lechuza) deteniendo mi urgencia. Por algo, el colchón amanecía húmedo al día siguiente y mi vergüenza, escondida.

Vuelvo al bañito. Cuando era de día, yo era todo un hombre valiente. En los primeros tiempos, carecía de inodoro. Un cajón de madera, no de cedro, con un agujero en el centro, con las dimensiones suficientes para dar lugar a que el paso dos pudiera recibir adecuadamente las exigencias fisiológicas. ¿Me explico? El papel estaba enganchado por un alambre que atravesaba los trozos de diario (La voz de Rojas) o, en su defecto, el papel del almacén que supo envolver el azúcar, la harina, etc. Se vendía todo suelto. Con el tiempo, un tal Zopi colocó el inodoro Traful, elevando el rango: de retrete a escusado. La cortina que cubría la puerta siguió incólume a través del tiempo.

A usted, si no vivió en casas de campo, le va costar imaginar lo azaroso que implicaba estar sentado, apremiado y concentrado en los menesteres humanos que alivian la jornada, cuando, de repente, oía voces muy cerca. Entonces, tosía, carraspeaba, al tiempo que se inclinaba trabajosamente, sin desprenderse del asiento, para tomar con ambas manos los costados de la cortina, volviéndola tensa y segura ante la inminente entrada de un huésped no invitado a compartir tan limitado espacio unipersonal. La cortina, desde adentro, era testigo silencioso y oloroso de la cercanía de los que dejaban para último momento acudir al indispensable receptáculo. “¡Ocupado!” era el grito frenético que emergía del interior ante el acelerado andar de los urgidos que se abalanzaban despreocupados hacia el interior y después… pedían perdón. El susto ya estaba presente y la urgencia, frustrada. Por eso, estaba prohibido jugar a la escondida y esconderse en el baño, aunque siempre había algún trasgresor que rompía las reglas y la paz interior.

ROJAS VIII

LA TORMENTA

El calor y la humedad eran presagio de cambio brusco del clima: don Mariano, desde los escalones de la puertita de Avellaneda 689 (había otra puerta grande, la del zaguán, que no se abría sino por alguna razón extraordinaria: alguien que llamara con el llamador de bronce),

nos señalaba en el horizonte, bien lejos, una línea bien demarcada, oscura, cargada de una tormenta en ciernes y tan impredecible como la imaginación puede dibujar en la mente infantil. Mamá ya estaba en los preparativos de seguridad: cruzar la calle y todos a lo de Susana, cuya casa era más segura.

Cuando miramos de nuevo la oscuridad gris oscura, ahora cerca y adornada por pinceladas de fuego que delataban sus intenciones siniestras y apocalípticas, según la asustadiza madre, nos apuramos a dejar nuestra endeble casita. Algunas hojas comenzaban a conmoverse disimuladamente, acompañadas por unas gotas grandes que se adelantaban al resto. Los truenos eran el presagio de una batalla seria y amedrentadora. Con los años, aprendí (el ingeniero Poncio Ferrando nos enseñó en la secundaria, Colegio Perito Moreno de Comodoro Rivadavia, año 1967-69) por qué se iluminaba toda la casa y, a los pocos segundos, se estremecía con truenos que realmente nos asustaban muchísimo: la diferencia de velocidad de la luz y el sonido.

Una vez todos en la cocina de Pipí, caímos al suelo en plena tormenta, sacudidos por el impacto de un rayo que ni la antena pararrayos de los Boixart detuvo. Cayó en plena cancha del Club Argentino Parque y mató tres ovejas y calcinó un añoso árbol. Mario no me deja mentir.

ROJAS IX

EL ARROYO

La salida de fin de semana en verano más apreciada por todos era, sin dudas, ir al arroyo. Toda una aventura familiar.

Primera etapa: caminata y carrera hasta el puente del arroyo. Cuenta la leyenda que una muy disputada carrera la ganó sin atenuantes Susana al tío Jackie. Susana hacía competición y estaba entrenada, creo que para salto en largo. “¡Quién la aguanta ahora!” era el pensamiento común.

Segunda etapa: natación en aguas abiertas. Nos divertía nadar de una orilla a la otra (dos metros, como mucho, y una profundidad difícil de calcular, por el color y el barro que contenía). En casa, teníamos que bañarnos todos. De la nariz fluían unos hilos de chocolate y rodaban gotas oscuras por nuestros rostros.

Tercera y última etapa: como no se hablaba del ozono, mamá, tranquila, nadaba a su manera en plena siesta. Antes de que el sol se pusiera detrás del ancho campo sembrado, nos disponíamos a pescar. Papá nos enseñó a hacer anzuelos con agujas de acero. Créase o no, alguna mojarrita curiosa quedaba enganchada al querer comer migas de pan. Había en las aguas del Hardoy otros ejemplares que le hacían frente al curso casi estático del arroyo (viejas del agua y bagres). Alguien dejó correr la voz de que había dorados… Yo solo vi morados. De la caminata, participaron, si la memoria me es fiel, Isabel, Pepa, Jimmy, Susana, Mario, Damián, Clara, Roby, Pin, nuestros padres y el tío ya nombrado. Si alguno está de más, porque aún no había nacido, cuando apenas lo haga, pase a completar sus datos. ¡Gracias!

ROJAS X

MEMORIA

Si les cuento, no me van a creer. Ya me disponía a dejar nuestra ciudad, la que nos acompañó varios relatos de infancia, cuando con mi bolso en una mano y con la otra abría el portón, sentí una presión sobre mi hombro al tiempo que decía con voz nostálgica: “No te vayas, sin vos seré olvido, pasaré al silencio”.

—¿Qué querés?

—Un poco más del pasado, unas flores más de infancia.

Mientras me convencía, miraba la hora: el tren salía a Buenos Aires en poco tiempo y yo aquí, a cuadras de la estación.

—Está bien. Recuerdo a papá cocinando.

—¿Qué dijiste?

—Sí. Aunque no lo creas, cuando por una tormenta se murieron varios pollos, hizo “escabeche” (primera vez que escuchaba esa palabrota de boca de nuestro padre). Otra comida más simple y riquísima fue maní con miel. Era un postre que hizo cuando la querida abuela de trenzas, Nadir, se quedaba en casa, pues mamá se reponía en Morón de algún malestar importante que no se nos compartía. Con mamá, rezábamos el rosario en la esquina del corredor y la guayaba. No había opción: ¡o rezábamos o rezábamos! Después, a jugar.

—¿Me puedo ir? El tren está por partir y no es la memoria que me espera siempre hasta el recuerdo…

Me alejé tarareando a mi manera: “Manha, que bonita manha” (canción brasilera de carnaval)con la voz de mamá en mis oídos, pero mejor entonada.

ROJAS XI

—Aquí —nos dijo papá, mientras caminábamos serenamente, bajando el sendero que nos llevaba a la casa, que acompañó nuestra niñez y adolescencia— había una enredadera que cubría casi toda la galería. Sus flores naranjas guardaban en su interior un agua dulce que nos empalagaba de niños. El sendero, surcado de margaritas y orejas de gatos, lo hacía más atractivo y nos distraía, adornado de esos pequeños soles, con formas de palomitas (retamas). Este eucaliptus —señaló papá—, ahora un árbol capaz de divisar todo el barrio desde su altura, lo planté en una latita de durazno hace varios años.

—¿Cuántos, más o menos?

—Más de treinta, porque estaba el gallinero al fondo y ocupaba hasta aquí. Plantamos algunos frutales, aquellos durazneros y ciruelos; a la guayaba la trajo mamá (un regalo de los tíos de Misiones) para ver si crecían en la zona y mirá qué frutos grandes y sabrosos. Al fondo, vamos para allá —Lo seguimos—. Hay tres higueras —nos dijo, señalando en el centro del terreno—. Ahí ustedes jugaban mucho, se colgaban, saltaban de una rama a otra, competían para ver quién subía más alto. Sus frutos no eran tan sabrosos como en lo de la tía de Buenos Aires —Miró para el árbol grande—. Sí, ese es el famoso árbol grande. Cuántas historias vivieron ahí arriba. Para no ser esclavos de los mandados, se escondían en sus ramas.

Todo nos hablaba de ayer: el muro gastado del que sacábamos el polvo rojo para distintas comidas cuando jugábamos; las plantas, cada una nos contaba su vivencia; el laurel, del que mamá nos pedía unas hojitas para dar sabor al tuco; las calas y los junquillos, los gladiolos y los lirios formaban el ramo que, con vergüenza, regalábamos a nuestras maestras, para decorar el escritorio y satisfacer a mamá; el ligustro nos escondía como indios o policías; al sauce lo usábamos para hacernos arcos y flechas. Llegamos a crear armas peligrosas que satisfacían la imaginación y hasta más de una vez nos lastimamos con las flechas para darle veracidad al juego.

Todos son testigos de nuestro paso por Rojas, pero la gente, los amigos, los compañeros de colegio con los que compartimos los fines de semanas, en la canchita, jugando al fútbol (con o sin barro, eso no nos importaba a nosotros, sí a mamá), ¿dónde están hoy?

ROJAS XII

—¿Qué pongo?

—Que fuiste a encontrarte con tu ciudad, después de treinta años. Que querías ver a tus amigos, tu colegio, la campana, el aula y el banco donde te sentabas, las maestras de la primaria, las calles de tierra, las casas altas de ladrillos gastados, los cercos de ligustro y retamas. Poné también, no te olvides, cómo en verano se llenaba de mariposas de todos los colores y, como papelitos en un río flotante, pasaban y pasaban, desde el campo a la ciudad, sin cesar, incansables. No dejes de recordar, cómo olvidarse, las tardes de pileta, llenas de calor y agua, cansancio alegre y vuelta a casa, juntos con los primos de Buenos Aires y una madre que nos recibía con un licuado de banana y una taza grande de huevo batido con leche. No había televisión ni dibujitos ni jueguitos. Tampoco muñecos articulados. Apenas, y para qué más, un camioncito de madera con ruedas de rulemán, una pelota de trapo para los días de lluvia, o de cuero, cocida por todos lados, para los días lindos. A la noche, bajo la luz del sol de noche o de la lamparita de kerosén, jugábamos a las cartas —casita robada o escoba del quince— o a dibujar hasta la hora de comer. Luego, nos cepillábamos los dientes, afuera, con agua fría de la bomba y descansaba nuestra niñez al abrigo de papá y mamá, “en los brazos de Jesús, José y María” y no nos aburríamos.

ROJAS XIII

LA ESCUELA N.° 3 REMEDIOS DE ESCALADA DE SAN MARTÍN

Gracias a nuestra escuelita, conocimos un montón de lugares. La estancia San Jacinto era de los Alvear-Unzué, un bello castillo del siglo XVIII, creo. Pasamos con los compañeros de la escuela un día de otra época. La imaginación que el castillo nos inspiraba obligaba a remontarse a las cruzadas o a alguna película con soldados, ballestas en mano, dispuestos a tomar el lugar por asalto, escalando los muros e incendiando con catapultas el interior, casi infranqueable por las gruesas paredes de piedra y cemento.

Otro lugar visitado fue Buenos Aires: el centro, el Cabildo, la Casa Rosada, el Congreso (entramos y nos dejaron sentar en la Cámara de Diputados), y después fuimos a Gonett, la Ciudad de los Niños, en La Plata. Ahí pasamos dos o tres días de novela. En serio, todo estaba planeado, como para saltar las barreras del tiempo y del espacio, y creernos duendes o gnomos, señores de la realeza, que nos hizo olvidar nuestro origen sencillo, agrícola-ganadero, a 250 kilómetrosde la Capital.

Muchas veces fuimos a Trinidad o a Ferré. Nos invitaba para el Día de la Primavera una escuela agrícola de los Salesianos. Al llegar, nos recibían con un vasito de dulce de leche bien casero. Había juegos, teatro y un minicampeonato de fútbol. La idea de evangelizarnos estaba en los objetivos: ahí conocimos a Don Bosco, a Domingo Savio y al Lirio de las Pampas, Ceferino Namuncurá; me olvidaba de María Auxiliadora, que también es la Virgen María o madre de Jesús, con otra ropa.

ROJAS XIV

AUTITOS DE CARRERA

Aquí los detalles de cómo construir un verdadero turismo de carretera: comprar un autito de plástico y deshuesarlo (se sacan los ejes, con las cuatro ruedas). Puede servir el eje delantero o el trasero, que debe ser reemplazado por uno de unos cinco centímetros, como mínimo. En lugar de las ruedas nuevas, se usan tapitas de goma de los frasquitos de penicilina, que presionarán las nuevas gomas hechas de cámaras de bicicletas, bien recortadas y unidas, respetando que las de mayor círculo queden en el inicio de los ejes, contados desde adentro hacia afuera. Aun así, si se los manda a la ruta, no aguantarán el empujón, y la velocidad que se les imprima los hará volcar, sin duda alguna. Es normal, no hay que asustarse.

—¿Entonces?

—Hay que darles peso, para que se apoyen al suelo y mantengan estabilidad. Cuando niños, con todos los riesgos, derretíamos el plomo de los tubos de pasta dental (dentífrico) en un jarrito y, con mucho cuidado, con un repasador, vertíamos el contenido en un agujero en la tierra, con la forma del interior del cochecito. Una vez frío, lo introducíamos en la carcasa y atravesábamos de lado a lado por el techo con un clavo, o lo sujetábamos con alambre bien firme el peso de plomo.

¡Ahora sí! Listo para competir por las veredas y algunas calles solitarias del barrio.

P. D.: Puede el plomo ser reemplazado por masilla compacta, con la forma del interior del autito. Es menos peligroso.

Casi un diario