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A principios de la década de los setenta del siglo XIX, un joven matrimonio de la alta nobleza de Aragón decide dar el paso de ser padres. Pero todo se complica, viéndose obligados a replantearse sus vidas y tomar una decisión trascendental para su futuro y su matrimonio, que cambiará para siempre tanto sus vidas como la de un familiar cercano. Una situación similar, pero completamente distinta, es la que se vive en el seno de una familia de grandes empresarios de la minería onubense. Un acto macabro con graves consecuencias lo cambiará todo y desatará un verdadero infierno, culminado con un engaño que terminará por destruir la vida de toda la familia, en especial la de uno de sus miembros. Ambas historias confluirán en un lugar, en el cual ninguno de ellos habría imaginado nunca, donde tendrán que aprender a vivir de nuevo, intentando seguir adelante, mientras luchan contra los fantasmas del pasado y los estereotipos establecidos en la época.
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Seitenzahl: 627
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Castigo o bendición
Una historia de vida, amor y superación
Una historia de vida, amor y superación
Juan Entrelíneas
Castigo o bendición
© del texto: Juan Entrelíneas
© diseño de cubierta: Equipo Mirahadas
© corrección del texto: Equipo Mirahadas
© de esta edición:
Servicios de autoedición Mirahadas, 2024
Editorial Mirahadas, 2024
Avda. San Francisco Javier, 9, 6ª, 24
Edificio Sevilla 2
41018 - SEVILLA - España
Tlfns: 912.665.684
www.mirahadas.com
Primera edición: junio, 2024
ISBN: 978-84-10412-15-6
Producción del ePub: booqlab
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»
Asímismo la editorial no se hace responsable del material fotográfico recogido, ni de las fotografías, sobre los cuales el autor declara y garantiza disponer de todos sus derechos de explotación.
Capítulo 1. Un nacimiento en Zaragoza
Capítulo 2. No sin mi sobrino
Capítulo 3. Un nacimiento en Huelva
Capítulo 4. Te encontraré
Capítulo 5. La vida que descubrimos. (Parte 1)
Capítulo 5. La vida que descubrimos. (Parte 2)
BSO. Castigo o bendición
Εsta es la historia de dos nacimientos, muchas vidas truncadas y la capacidad de aprender a vivir de nuevo luchando con la voracidad de los recuerdos del pasado. «La vida, a veces, te lleva por caminos que nunca planeaste transitar. La virtud está en saber vivir plenamente incluso cuando recorres dichos caminos».Una historia escrita por un joven con parálisis cerebral en la que los protagonistas son jóvenes con discapacidad. «La escribí entre mis dieciocho y veinte años».
En un palacio de Zaragoza, allá por el 1870, vivía un conde y su esposa. Un matrimonio de jóvenes que llevaban poco tiempo desposados.
La vida allí se presentaba tranquila, alegre, placentera… El conde pasaba los días paseando a caballo por sus extensas y fértiles tierras, hablando con sus encargados, revisando y dando alguna que otra directriz sobre las mismas. Mientras, dentro de una habitación de palacio, se encontraba la condesa y señora de palacio. Ella se mantenía ocupada cosiendo, sentada en su sillón, leyendo, tomando pastas con otras nobles de la zona, paseando por los jardines de palacio, entre otras muchas actividades.
La condesa, hastiada de la rutina, pues revivía el mismo día uno tras otro, sentía un gran vacío interior que era incapaz de salvar. Transcurría demasiadas horas, dando vueltas a la cabeza, ideando planes, que luego no ponía en práctica, pues siempre decidía hacerlo en el futuro, pero al final caía en el olvido. La mayoría de estos planes concernían a la decoración y distribución interior de palacio. Gran parte de su tiempo lo dedicaba a observar la vida pasar desde la ventana.
Con tanto tiempo para pensar, tuvo una idea, la cual cambiaría su vida radicalmente. Para llevarla a cabo, ideó un plan. Sin perder un segundo, se puso manos a la obra. Bajó a cocinas y dio orden de que preparasen para almorzar cochinillo, el plato favorito del conde.
Era ya mediodía y el conde llegaba hambriento. Con esto, los señores y el hermano del conde, que era sacerdote católico y los acompañaba en la comida, se sentaron a la mesa. La señora atendía y agasajaba a su esposo mejor que de costumbre y él disfrutaba de su plato, sintiéndose a gusto con las atenciones de su esposa.
Finalizada la comida, la señora ordenó que dispusieran una copa del mejor vino para su marido.
Estaba el conde bebiéndose la copa de vino, cuando su esposa, radiante y entusiasmada, le expuso la idea de tener un hijo. Escuchando la propuesta, el conde, simplemente respondió, con un escueto «vale», con el único propósito de contentar a su esposa. En ese momento, la condesa, saltando de alegría, como una niña, se levantó y besó a su esposo; mientras, el hermano, sonreía incómodo.
Acabada la comida, el conde siguió con su tarea, supervisando sus tierras.
La señora, con la afirmativa de su esposo, rebosaba felicidad.
Acompañada de su sirvienta de confianza, engalanaron la alcoba para tan deseado momento. La condesa preparaba cada mínimo detalle como el más importante. No quería olvidar nada. Andaba de aquí para allá con una sonrisa dibujada en su boca mientras canturreaba.
Aquella noche llovía a mares. Cuando los señores se retiraron a descansar a su alcoba, la condesa dio orden de que no les molestasen bajo ningún concepto.
Se encontraban ya en la alcoba con la puerta cerrada. La señora estrenaba un precioso camisón blanco, el cual reflejaba la luz de la luna que hacía brillar su rostro, iluminando la oscuridad de la noche.
Cuando el conde la vio sentada en la cama, su corazón se aceleró, volviendo a sentir aquel vuelco de la primera vez que la vio, sentada en aquella roca, lanzando piedras al río, cuando apenas cumplían catorce años, volviendo a quedar prendado de ella al instante como aquella vez. Sus ojos brillaban como la luna.
Ella, sentada en la cama con aquel camisón, parecía tan frágil y desprendía tanta ternura, que él ni siquiera se atrevía a acercarse. Mirándola a los ojos, se acercó lentamente y besándole la cabeza, respiró hondo, percibiendo el dulce olor de su cabello que lo embriagó al instante de deseo por ella. Cogió suavemente su mano con tal delicadeza, que parecía tratar con porcelana y la levantó de la cama.
Ella, besándole en el cuello, reclinó su cabeza en el hombro de su esposo y sobre el otro hombro apoyó la mano. Se encontraba tan a gusto que sentía que pasara lo que pasase, nada malo podía sucederle. En aquel momento y en aquel lugar, ambos se sentían seguros.
Él la agarró suavemente de la cintura, le besó la frente calmando todos sus nervios, mientras intentaba disimular los suyos propios y comenzaron a bailar lento. En aquel momento, el tiempo se detuvo en aquel rincón del mundo. No existía la historia, tampoco futuro alguno y de ninguna manera presente más allá del de aquellas cuatro paredes. Solo existían ellos dos que, a su vez, eran uno solo. Todo permanecía en silencio, tan solo se oía el latido de sus corazones que marcaba el compás de cada movimiento, pues era la mejor melodía para un baile que los dos deseaban que perdurara en la eternidad.
Él la beso en el cuello y le susurró al oído un te quiero, que se le clavó en el alma y fue a desembocar en lo que ambos deseaban en aquel instante. Sobraban las palabras. Sus cuerpos se unieron, en aquel baile de placer, movidos por el amor que sus almas se profesaban.
Tras esa noche de amor, la vida en palacio continuó igual, aunque algo cambió después de aquella mágica noche que, aunque perdida en el tiempo, perduró guardada en dos corazones que se renovaron mutuamente. Los señores parecían enamorados como el primer día. Cada beso, cada caricia, cada abrazo, era como revivir aquella inolvidable primera vez.
Después de varias semanas, llegó la esperada noticia: ¡la señora estaba en estado de buena esperanza! Palacio se inundó de dicha. Sus rostros lo decían todo. A partir de aquel momento, un simple encuentro por los pasillos se transformó en una mirada de complicidad, en un cálido abrazo, una suave caricia o en las manos del señor, apoyadas sobre el vientre de su esposa, intentando sentir las pataditas de la criatura, mientras colmaba de arrumacos a la madre.
La felicidad de la señora no tardó en manifestarse y ordenó preparar una gran fiesta, invitando a toda la nobleza de Aragón. El conde, aunque no expresaba su alegría, le invadió un halo de felicidad. Pero, toda esa dicha, se acabaría tornando meses más tarde en tristeza y desgracia.
Amaneció un nuevo día y los señores estaban desayunando. Ella relataba, con todo lujo de detalle, los preparativos de su fiesta. Los sirvientes estaban cansados de oírla, pero el señor, mirándola a los ojos mientras los suyos brillaban como el mismo sol, la contemplaba y escuchaba, como el que escucha el canto de los pájaros por la mañana. En ese momento, llegó el hermano del señor, que se dedicaba al sacerdocio, el cual recibió la gran noticia y la invitación a la fiesta. Este, levantándose alegre de la silla, felicitó de corazón a su hermano y a su cuñada.
Llegó la noche de la fiesta. El salón de eventos de palacio lucía sus mejores galas, al igual que la señora, que andaba inquieta de aquí para allá, supervisando desde los preparativos principales, hasta el más mínimo y complejo detalle. Todo estaba listo para la recepción. La señora hablaba sobre el recibimiento con su sirvienta de confianza. Se acercaron a la ventana para repasar las indicaciones sobre la recepción en el jardín. A través de los cristales observaron cómo un halcón negro sobrevolaba la zona. Al ver esto, la sirvienta se sobresaltó y experimentó un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, comenzando por la cabeza, yendo a parar a los pies. Cuando la señora, extrañada por su reacción le preguntó, esta le explicó con gesto serio que existía una leyenda en la zona. Esta decía que cuando el halcón negro sobrevolaba palacio, la desgracia se encontraba próxima. Escuchando esto, la señora le susurró al oído con tono burlón pero cariñoso: «superchería de la plebe». Diciendo esto, entró el conde. La señora le contó a su esposo la leyenda en tono de broma. Este, riendo, le aconsejó a la muchacha que no se asustara por esas historias de tres al cuarto. Acto seguido, tomó del brazo a la condesa y se dirigieron al jardín para recibir a los invitados, quedando la sirvienta con la cabeza agachada y gesto sombrío.
En el jardín, todo fluía según dictaminaba el protocolo. Una vez dentro, dio comienzo la fiesta. Todos conversaban. Entre los señores, algunos hablaban de caza, otros de política y, por supuesto, también había los que aprovechan para hacer negocios. Por otro lado, las señoras escogían temas como ropa, costura, hijos… En esto, la condesa fue junto a su esposo, lo agarró del brazo y llamó la atención de todos los invitados. Había llegado el esperado momento por parte de la condesa de hacer oficial la noticia entre la corte. Todos felicitaban cordialmente a los señores, el conde atendía a aquellos que le daban la enhorabuena, mientras que la señora compartía su felicidad con las demás mujeres hablando de niños, ropita, etc.
De vez en cuando, entre el tumulto de palacio y conversaciones cordiales, las miradas de los señores se buscaban, como el cálido atardecer busca a la fría noche, intercambiando sutiles sonrisas, que hablaban por sí solas, haciendo gala de la complicidad que mantenían.
Tras varias semanas
Estaban los señores tomando limonada en el jardín.
El embarazo avanzaba correctamente y esto parecía sentarle bien a la señora, que estaba más bonita que nunca. Tenía un brillo especial en la cara y ese día se resaltaba aún más, porque el sol lucía en el cielo azul celeste, esa mañana, tras mucho tiempo, ocultado por las grises nubes. Los rayos de sol que iban a parar al rostro de la condesa, realzaban su cara, que parecía rejuvenecida por el embarazo.
La señora estaba inquieta, pensando en la proximidad del alumbramiento y a pesar de que intentaba disimular de cara a su esposo, este, que la conocía desde niña, lo sabía. Cuando miraba disimuladamente, se percataba del miedo que existía en su semblante, que intentaba cambiar en cuanto se daba cuenta, de que la observaba. Él, aunque no lo demostraba, también sentía nervios por la incertidumbre, de cómo afrontarían aquel nuevo camino en sus vidas. Pero tenía claro una cosa: unidos, lo lograrían.
Para tranquilizar a la señora, el conde le prometió que intentaría traer a un viejo amigo neerlandés, que era un reputado médico en su país. Con esto, la señora pareció quedar un poco más tranquila y en el fondo, también él mismo.
El señor volvió a palacio, entró en su alcoba y escribió pidiendo ayuda a su amigo, que lo necesitaba en palacio; le explicó la situación y que agradecería su visita. Acabado de escribir el mensaje en un papel, se lo dio a un sirviente, al que indicó que debía enviar un telegrama a los Países Bajos cuanto antes.
Meses más tarde
Con el envío de aquel telegrama, los señores estaban más relajados.
El embarazo estaba resultando demasiado pesado para la señora, ya que era primeriza. La mayor parte del tiempo lo pasaba en su alcoba, acostada en su cama. Empezaba a mostrar signos de depresión. Su cara había perdido el magnífico color que reflejaba meses antes. Pasaba las noches dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Algo que le producía tanta desesperación, que se sentía a punto de volverse loca. Había perdido el apetito, que era lo que más miedo le producía al conde, porque sabía que, durante el embarazo, debía estar bien alimentada. Además, como solían decirle las sirvientas preocupadas al conde: «La señora había perdido la color toda».
Ya no paseaba por los jardines, tampoco dedicaba tiempo a la costura y mucho menos, quería ver a nadie. Tan solo se relacionaba con su esposo. Las sirvientas la oían sollozar y preocupadas, se lo hacían saber al conde. Lo que comenzó siendo «una mañana tonta» semanas después empezaba a ser preocupantemente grave.
El conde estaba desesperado. Algunas noches, cuando todos dormían, cruzaba los jardines y se encerraba en las caballerizas. Y estando solo, lloraba, y mientras lloraba, gritaba, impulsado por la desesperación. La impotencia de no tener idea de cómo ayudarla le hacía culparse a sí mismo, por ser incapaz de hacer algo por la mujer que amaba. Sentía que se le iba y lo único que él hacía era observar cómo se dejaba ir. Aquella era una situación insostenible.
Una mañana, el conde se encaminó hacia su alcoba y entró. Allí se encontraba su mujer, tendida en la cama, a oscuras. Le rompía el alma verla en ese estado, sin motivo aparente. Sentía como si ardieran sus entrañas, impotente por no hacer nada, por ayudarla. Aquella zagala dulce, alegre y llena de vida, de la que quedó prendado al instante, se había diluido por completo y no estaba dispuesto a permitir que se abandonase de aquella manera.
Ella lo miraba extrañada, pues iba vestido con su mejor traje, acompañado con una corbata de seda azul oscuro. No entendía nada. Solo deseaba que la dejara dormir de nuevo.
Se dirigió hacia la ventana y la abrió de par en par e intentando resultar imponente, le ordenó que se levantara y vistiera. Aunque esta se negó, acabó cediendo ante la insistencia de su esposo. Él abrió el armario y le dio un vestido blanco precioso. Era el mejor vestido que tenía y lo guardaba para ocasiones excepcionales. Ella, al ver el vestido que había escogido, se negó en rotundo a ponérselo, argumentando que se trataba de su mejor vestido; además, no tenía ganas de moverse de allí.
Movido por la desesperación, por no saber cómo ayudarla ante su nueva negativa, el conde perdió los nervios durante unos segundos y enojado le dijo, poniendo el grito en el cielo: «Lo tienes todo. Somos jóvenes. Estamos recién casados y esperamos nuestro primer hijo, ¿por qué esto?, ¿por qué ahora? No logro comprenderte. Te juro que lo he intentado, pero no lo consigo».
El conde, al ver que no la convencía, se tragó un nudo que le dolió hasta la garganta y aunque lo que estaba a punto de decir le hiciera un terrible daño, le advirtió, diciendo que, si no lo hacía, él mismo salía por la puerta y no lo vería más. Al decir esto, una pausa silenciosa se hizo entre ellos. A continuación, el conde se dio media vuelta y se dispuso a marchar. Sentía terror de que ella no reaccionara, pues a pesar de la amenaza, no concebía una vida sin ella.
Pero entonces, la señora rompió a llorar. El conde, al ver que lloraba, se detuvo pero no se giró hacia ella. La señora, entre lágrimas de impotencia y sollozos, le decía: «¿Crees que no me pregunto lo mismo? Si tengo todo lo que deseaba, ¿por qué me ocurre esto ahora? ¿Crees que no me recrimino cada día estar en esta situación amargándote la juventud? Pero… no… no puedo. No puedo».
El conde, al oír a la señora tan desesperada, no pudo aguantar más su inflexibilidad y dando media vuelta se dirigió hacia ella. Acariciándole la cara, mientras le secaba las lágrimas con sus dedos, le susurró al oído: «Eh, tranquila. Estoy contigo. Te espero en nuestro árbol del gran jardín». Acto seguido, la abrazó, le besó la frente y marchó.
Una vez en el gran jardín, se colocó junto a su hermano, el cual estaba situado ante una fuente, en un arco revestido de flores. Mientras esperaban en silencio, el conde no dejaba de oír su corazón latiendo a toda prisa y movía los pies para intentar calmar los nervios sin éxito. Entonces recordó algo que había leído en el periódico días antes y entabló conversación con su hermano.
—He leído en la prensa que se habéis quedado sin los Estados Pontificios, hermanito —dijo el conde sonriendo.
El hermano, que lo conocía muy bien y sabía que aquello era un pretexto para iniciar un conversación e intentar tranquilizarse, replicó a su provocación:
—Ya sabes lo que pienso. Celebro la noticia. Lo que me apena es que desde los Estados Pontificios hayan puesto resistencia. Incluso el Vaticano, que es lo que nos ha quedado, es demasiado. ¡Si volviera san Pedro…!
—Tú como siempre tan revolucionario. Ya lo decía padre —respondió el conde entre risas. Y los dos rieron juntos.
Ella no estaba bien, pero el miedo a perderlo era superior. Se lavó la cara, se vistió y peinó. Una vez estuvo lista, se encaminó hacia el gran jardín, cabizbaja y sollozando.
Cuando entró al gran jardín, dos hombres comenzaron a tocar el violín. Frente a ella, quince metros la separaban de su esposo, que la esperaba al lado de la fuente, junto a su hermano.
El conde la aguardaba impaciente. Caminaba hacia él y su corazón latía al ritmo de los pasos de ella. Estaba nervioso y le sudaban las manos. Su hermano le tocó el hombro en signo de apoyo. Él le ofreció su mano y ella la cogió, notando cómo temblaba. Estaban frente a frente. En un instante, ella consiguió calmar sus nervios, como siempre lo había logrado. Ella preguntó qué era aquello y él sonrió en silencio.
Él le pidió a su hermano que procediera y este comenzó diciendo que estaban allí reunidos para renovar los votos de aquellos dos jóvenes, que decidían prometerse amor de nuevo. Y continuó diciendo: «Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que toca o unos platillos que resuenan. Aunque tenga el don de profecía y conozca todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tenga tanta fe que traslade las montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque reparta todos mis bienes entre los pobres y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no es presumido ni orgulloso; no es grosero ni egoísta, no se irrita, no toma en cuenta el mal; el amor no se alegra de la injusticia; se alegra de la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera. El amor nunca falla. Desaparecerán las profecías, las lenguas cesarán y tendrá fin la ciencia. Nuestra ciencia es imperfecta, e imperfecta también nuestra profecía. Cuando llegue lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Cuando llegué a hombre, desaparecieron las cosas de niño. Ahora vemos como por medio de un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de una manera imperfecta; entonces conoceré de la misma manera que Dios me conoce a mí. Tres cosas hay que permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande de las tres es el amor. Por eso, abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos, solo uno…».
Mientras el hermano decía esto, los ojos vidriosos de la condesa y su esposo cruzaban las miradas, que iban y venían deseosos del otro que, sin decir palabra, reflejaban el amor mutuo que se profesaban, renovando sus corazones sedientos de aquel amor tan puro como el de la infancia.
El conde se alegró, pues su objetivo parecía más cerca de cumplirse, porque, aunque no del todo, los ojos de su mujer parecían desprenderse poco a poco de la tristeza que antes reflejaban.
A continuación, el hermano les indicó que procedieran con la renovación de sus votos. Entonces, el conde cogió su mano y mirándola a los ojos le dijo sonriendo: «No me he preparado nada, pero lo voy a intentar». Con voz temblorosa, continuó diciendo: «Confieso que, cuando te he amenazado con marcharme, tenía un miedo atroz, por si no reaccionabas, pues no te quiero perder. Mira... yo, cuando era más pequeño, tenía el sueño de casarme con una señorita de la nobleza para aumentar mi patrimonio, formar una familia con pequeñajos, etc. Pero cuando te vi, sentada en aquella roca, algo cambió dentro de mí. A medida que te conocía, me enseñaste que el amor no era como yo pensaba. Comprendí que, si tú no estabas, esa vida que siempre había soñado, no la quería. Y que prefería cualquier otra vida, si tú estabas conmigo. Contigo aprendí, que la vida no se trata de buscar a una persona para llevar a cabo tu plan de vida, sino más bien de buscar un plan de vida común para llevar a cabo con esa persona, que hace que ni siquiera te importe cambiar la vida que habías planeado, desde siempre».
Continuó: «Mis padres no comprendían que me casara con una mujer de tu clase y el único que me apoyó fue el pequeñajo, que hoy oficia esta ceremonia. Poco a poco, enamoraste a mis padres, con tu forma de ser, al igual que hiciste conmigo. Hoy te digo, que todo el patrimonio que atesoro lo cambiaría sin dudarlo por un minuto más a tu lado y verte feliz. Yo, hoy me vuelvo a entregar a ti y prometo seguir amándote y respetándote, todos los días de mi vida, hasta que esta me alcance. Antes he dicho que no te quiero perder, y ahora sé el motivo: es que si te pierdo, me perdería yo mismo y me temo que nunca más me encontraría hasta que lo hiciese la muerte acabando con mi sufrimiento». Y le susurró al oído «te quiero». Le acarició la cara y le secó las lágrimas a su esposa.
Su hermano, sonriendo, dijo: «Doy fe de todo lo que te ha dicho».
La señora, que no pudo evitar dejar escapar alguna lágrima de emoción, con las palabras de su marido, lo abrazó y dijo: «Por esto mismo te quiero tanto. Posees el don, con tus palabras y acciones, de sacarme siempre de los peores momentos. ¿Sabes? Aún recuerdo la primera fiesta de la nobleza a la que me invitaste. Me había puesto mi mejor vestido, aunque no tenía comparación con el de las demás señoras. Todas brillaban con sus mejores joyas, los más caros vestidos y peinados preciosos. Yo me sentía fuera de lugar. Me sentí tonta y me pregunté qué pintaba yo en aquel lugar. Estaba avergonzada y con muchas ganas de llorar. Tú notaste que me ocurría algo, me cogiste de la mano y caminaste hacia un rincón para preguntarme qué me pasaba. Yo quedé en silencio y cabizbaja. No me atrevía a contártelo, pues me daba vergüenza, pero insististe y acabé confesando. Entonces, tú, un poco enojado, me dijiste que jamás me sintiera inferior a aquellas personas, porque eran ellas las que debían tener envidia de mí. Me dijiste que era la más inteligente, guapa y buena de todas las que allí estábamos. Ellas necesitan los vestidos más caros para estar guapas y hacer ver su valía y tú, eres preciosa, hasta recién levantada, con el pelo alborotado y, además, la persona más buena y valiente que conozco. Hoy, te puedo asegurar, que tú si eres el hombre más guapo y la persona más buena que conozco. Por eso te digo: yo, hoy, prometo seguir amándote y cuidándote siempre, todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe. Te quiero».
El hermano, que había quedado emocionado y sorprendido por aquellas palabras que los dos se dedicaron, con un gesto indicó que podían besarse. Ella cogió la mano de su esposo y él posó su otra mano en su mejilla, acariciando la piel de su cara, mientras se acercaban por un beso que, verdaderamente, renovó su amor.
Sin perder un segundo, agarrados de la mano, comenzaron a correr. Ella preguntaba que dónde iban, pero él no decía nada. Entonces, tras un rato corriendo, la señora vio una gran manta en el suelo y no entendía nada. El conde sacó dos tarros de conservas y ayudó a la señora a sentarse en la manta.
Ella lo miraba extrañada y le preguntó qué significaba aquello. Él le respondió: «Te dije que tú valías más que todo el patrimonio que atesoro. Pues hoy quiero darte una pequeña muestra. Esta manta es el mejor colchón y estas conservas, un exquisito manjar, porque estás conmigo. Porque tengo la suerte de poder compartirlo contigo».
La señora, al ver que tenía que dormir allí, en su estado, se puso seria y le dijo que era estúpido. Él quedó en silencio y cabizbajo, pues sabía que, en su estado, aquello era una mala idea. Entonces, la señora se dio cuenta de todo lo que había hecho por ella y riendo dijo que sí, que era estúpido, pero por eso lo quería tanto. Y besándose, se tendieron abrazados sobre aquella manta. Mientras conversaban y reían, comían las conservas.
Tras varios meses
Habían pasado varios meses desde envío del telegrama y el conde no recibía respuesta.
La condesa estaba tan nerviosa, que no era capaz de coser sin pinchar la aguja en su dedo y esto la ponía aún más nerviosa.
Estaban los señores cenando. En la oscuridad de la noche, el cielo tronaba tan fuerte que tenían que levantar la voz para poder oírse. De repente, un relámpago iluminó el cielo nocturno y un fuerte tronido anunció el alumbramiento de la señora que, en ese instante, mojó la silla y se le escapó un quejido.
El conde, sin pensar, se levantó veloz y cogiendo a su esposa entre sus brazos le besó la frente, infundiéndole tranquilidad y marchó a su alcoba, posándola suavemente en la cama.
Ella se quejaba de un terrible dolor en el vientre. Su esposo, nervioso y asustado, le agarraba la mano. Estaba desconcertado, sin saber que hacer. Las sirvientas preparaban el parto rápidamente. La criatura estaba a punto de nacer.
La señora gritaba de dolor, mientras el conde agarraba su mano. Pero, estaba tan nervioso, que le apretaba demasiado. Ella estaba asustada y le preguntó por qué no había llegado su amigo holandés. El conde no había recibido respuesta a su carta, pero, para no preocuparla, únicamente hizo un gesto disimulado.
Las sirvientas iban y venían, preparando el alumbramiento.
El conde no aguantaba parado, un minuto más y salió de la alcoba, para mandar a una sirvienta que fuera en busca de un médico y volvió, junto a su esposa. Estaba preocupado, por si algo iba mal, pero intentaba aparentar tranquilidad para no poner a su esposa aún más nerviosa.
De pronto, un ruido se hizo eco en los pasillos y en la puerta apareció el amigo doctor neerlandés. Por suerte no venía solo, pues traía con él un equipo de médicos con un conocimiento muy avanzado. Se prepararon rápidamente. Por fin, se aplacó un poco los nervios y la congoja que tenían los señores.
El médico amigo procedió a comprobar que todo iba bien. Al instante, su rostro cambió. Sin perder un segundo, le pidió al conde que saliera de la alcoba. Este, que, aunque se negaba a dejar a su esposa, acabó saliendo al pasillo.
El señor, viendo entrar y salir constantemente sirvientes de la alcoba, se percató de que algo iba mal. Caminaba nervioso, de un lado a otro sin parar. Sentía un poco de impotencia por no poder ayudar a su esposa en aquel momento tan importante. Escuchaba sus gritos de dolor, que retumbaban en su cabeza, imaginando el dolor que estaría sintiendo, a la vez que sufría él, a su manera.
Mientras, en la alcoba, el médico pedía a una sirvienta que trajera agua hirviendo y trapos limpios y esta, más veloz que la luz, obedeció.
La alcoba se convirtió de repente en un continuo trasiego de personas, yendo, viniendo, entrando, saliendo... El conde, cada vez más nervioso, aumentaba la velocidad de sus paseos por el pasillo.
La señora gritaba entre lágrimas de dolor. Las sirvientas iban veloces de la alcoba a cocinas y viceversa, con agua caliente, trapos y otro tipo de utensilios. Todos los que en el parto colaboraban se habían dado cuenta de que algo sucedía. Aquella alcoba se había convertido en un lugar apartado del mundo real. Los que allí se encontraban se olvidaron por un tiempo del exterior, como si la vida les fuera en ese nacimiento.
Mientras que la tormenta, el frío y el viento de fuera, azotaban, como si quisieran romper los cristales y entrar en la alcoba, todos sudaban, como si el mismo sol los acompañara.
El tiempo era un lujo que no se podían permitir. Le proporcionaron a la señora un calmante y comenzaron la intervención.
La ataron con muchas cuerdas todo el cuerpo y extremidades a la cama, para que no se moviera. Le colocaron un trapo entre los dientes y dieron paso a la intervención. Ella, al ver aquello, comenzó a temblar y ni siquiera entendía lo que estaba sucediendo.
Procedieron a abrir el vientre. Cuando el objeto con el que estaban realizando la abertura se introdujo dentro de la señora, abriendo casi de lado a lado el vientre, esta lanzó un grito que se oyó en el último rincón de palacio. Se le resaltaban todas las venas del cuerpo, como si fueran a estallar de un momento a otro. El sudor le empapaba todo el cuerpo, como si un barreño de agua le hubiera caído encima. El dolor le resultaba insoportable. Era tal, que se sentía a punto de perder el conocimiento. Resoplaba, para intentar sobrellevar un poco más el dolor. Los médicos sacaron a la criatura del vientre, pero apenas lloraba.
El médico amigo salió al pasillo y dio la noticia de que era un niño y le hizo una pregunta tajante al conde con la frialdad obligada en aquella situación límite, que rompió algo dentro del señor. La cuestión era qué vida prefería salvar, la de su hijo o la de su esposa. Al instante, su corazón se ralentizó, quedando casi parado por completo. Tenía que elegir quién moría entre las dos personas que más amaba. Por más vueltas que le daba, no concebía dejar morir a uno. Sentía que no podía ser el verdugo de su esposa ni de su hijo.
Mirando hacia arriba, se tapaba los ojos deseando terminar con una pesadilla que era muy real. La desesperación hacía mella en él y le resultaba imposible tomar una decisión.
Le preguntó a su amigo que cómo se decidía una persona entre dejar morir a su hijo o su esposa. El amigo, que lo comprendía, solo supo guardar silencio y apartar la mirada, porque pensándolo, él tampoco sería capaz de escoger en aquella situación. Y es que a veces, es imposible saber qué harías en una situación así, hasta que se planta ante ti y tienes que afrontarla realmente. Y elijas lo que elijas, no eres mejor ni peor. Simplemente, eres una persona y no es justo culparte de algo así.
El señor, que estaba desesperado y fuera de sí, agarró a su amigo y le ordenó gritando que salvara a los dos. Su amigo, que comprendió su dolor, dejó caer su mirada al suelo y entró de nuevo en la alcoba.
Al instante, un grupo de médicos salió corriendo por el pasillo con el niño en brazos. Otro grupo permaneció con la condesa.
Los médicos de la alcoba, con un paño y agua caliente, le limpiaron el vientre a la señora, que lo tenía cubierto de sangre y siguieron cosiéndoselo. La señora, que había perdido el conocimiento, dejó de respirar. Su estado auguraba lo peor. La escena parecía catastrófica. Todo estaba cubierto de sangre. Incluso los médicos estaban manchados de rojo.
Los médicos intentaban reanimar a la señora a toda costa. Primero, le daban palmadas en la cara, pero no reaccionaba. La vida se le estaba escurriendo entre los dedos. El médico comenzó a realizar una novedosa maniobra de reanimación. La señora seguía sin reaccionar. Los peores augurios estaban sucediendo. El rostro de los médicos comenzó a reflejar la rendición.
El médico, angustiado, insistía desesperado, cada vez con más fuerza. Sentía que estaba a punto de fallar a su amigo, el cual había depositado su confianza en él. La angustia de estar haciendo todo lo posible y no ver el más mínimo atisbo de vida en la señora, lo estaba cegando. Ya nadie lograba confiar en la salvación. Sus rostros reflejaban ese sentimiento que existe desde los albores de la humanidad: impotencia, además de un enojo dirigido a un objeto indeterminado: Dios, la vida, el destino...
La señora se aferró al último aliento de vida, que se escaba de su cuerpo y cuando todo parecía perdido, comenzó a respirar, aunque parecía que le costara un mundo. Enseguida, todos respiraron aliviados. El médico, emocionado, felicitaba a todo el personal, consciente de que habían logrado la épica y todos reían entre lágrimas de emoción.
Dejaron pasar al conde que, al entrar y ver a su esposa, tendida en la cama, como antes de salir, sintió alivio y paz pues, sin saber lo que realmente ocurría, sabía que algo no había ido bien. La sangre en el vientre, sábanas y personal hablaba por sí sola. Se sentó en el filo de la cama, le agarró la mano y le tocó la frente a su esposa.
Se sentía incapaz de mirar hacia el vientre de su esposa, porque, hasta observarlo, resultaba doloroso.
La condesa intentó incorporarse en la cama, desconociendo su estado y terrible dolor que removió sus entrañas. Su esposo, rápidamente la ayudó a tenderse de nuevo, diciéndole que no podía moverse.
Se encontraba desorientada y con un dolor en el vientre insoportable.
No paraba de preguntar por su bebé. El conde, sin saber qué contestar, porque ni él estaba seguro de lo que sucedía y tampoco conocía el estado del bebé, ni siquiera si estaba vivo, tragó saliva. Comenzó a sudar, porque no sabía qué decirle y tampoco quería preocuparla en su delicado estado. Empezó a mirar a todos lados y ella, al ver su reacción, ya imaginaba la gravedad del caso.
El silencio se hizo en la alcoba. Los dos cruzaban sus miradas temerosas, sin querer expresar en palabras sus malos presagios. Los minutos parecían horas y la incertidumbre se hacía mayor, pasando factura en ellos, que imaginaban lo peor y eso empezaba a pasar factura, porque estaban a punto de estallar. Aunque nadie lo expresara verbalmente, la supervivencia de su hijo era algo que todos habían descartado.
Un médico entró en la alcoba, con la criatura entre sus brazos. Este lo puso en brazos del conde. En ese momento, no pudo evitar sentir una mezcla de sentimientos, entre amor y el miedo, al ser consciente de que, a partir de ahí, aquella personita dependía de ellos, para todo y en todo momento. Pero fue algo único e incomparable. Besó su frente y sentándose junto a su esposa, se lo colocó con mucho cuidado en el regazo y esta rompió a llorar de felicidad, sacando todo lo que había padecido antes, durante y después del parto. Con su hijo entre sus brazos, solo podía sentir felicidad y un amor nuevo e inconmensurable, que hizo que, aunque el camino no fuera fácil, el sufrimiento cobrara sentido.
Todos los que habían ayudado en el parto, tanto médicos como sirvientes que estaban exhaustos, se relajaron y se miraron unos a otros, con gesto de enorme satisfacción, pues habían logrado salvar al bebé y a la madre, una gesta que en principio se antojaba del todo imposible. Nadie podía creer que los dos estuviesen vivos.
Todo el que allí se encontraba le daba sus felicitaciones. Por la mejilla de la señora bajaban dos lágrimas de felicidad.
Más tarde, se quedaron los señores solos con su hijo. El conde estaba recostado en la cama, al lado de su esposa, contemplando a su hijo. Lo besó en la mejilla y, a continuación, posó sus labios en la frente de su esposa, y así se quedó un rato, para que la señora no lo viera sacar el llanto que tanto necesitaba. Porque, aunque no físicamente, como su esposa, también le tocó afrontar momentos duros, en los que, ni siquiera había imaginado estar nunca, viéndose obligado a improvisar y no dar cabida al miedo a equivocarse. Y aunque el camino fue duro, como siempre, supieron caminar unidos.
A pesar de todo, aquella alcoba rebosaba amor y cierta felicidad.
Un año después
Había transcurrido un año y pocos meses desde que naciera el niño, y todo había cambiado en palacio.
El conde ya no montaba en sus caballos, dejo de supervisar las tierras, no acudía a reuniones, etc. La señora no cosía, tampoco tomaba pastas con sus amigas, ni bajaba a revisar en cocina... Sus vidas cambiaron por completo y estaban encantados. Desde el alumbramiento, sus vidas giraban en torno a su hijo. En palacio, no tenía cabida una gota más de alegría.
Un día, el hermano del conde que, a su vez, era padrino del niño, se presentó en palacio, llevando con él una preciosa cuna de madera de melis, que él mismo había encargado hacer a uno de los mejores carpinteros de la zona, que años antes había trabajado en la restauración del altar de su catedral. Estaba ilusionado con el nuevo miembro de la familia y como todos, deseaba que tuviese lo mejor. La señora le agradeció el regalo y lo invitó a acompañarlos en la cena y él accedió encantado.
Como quedaba un rato para cenar, el conde fue a resolver unos asuntos pendientes en las tierras, la señora decidió terminar de tejer unos patucos y mientras, el padrino, se quedó jugando con el niño.
Estaban jugando. El padrino hacía cucamonas y arrumacos y el niño no paraba de reír. No podía dejar de mirarlo, mientras reían, porque transmitía pura felicidad. Entre todo esto, observó que el niño se comportaba de manera distinta, en comparación a los niños de similar edad, a los que él mismo bautizaba normalmente. Le parecía que no se movía fácilmente por la cuna, hacía gestos inusuales con la cara, al ofrecerle su mano no la podía agarrar bien, etc. Viendo esto, quedó un poco preocupado.
Estando sentados a la mesa, preparados para cenar, quiso compartir su observación con los padres del niño. Estos, al oírlo, no le dieron mayor importancia y comenzaron a comer. El padrino, que no estaba muy seguro de su observación, de acuerdo con los padres, también lo olvidó.
Una mañana se encontraba en el salón el conde con su hijo en brazos. Le hacía carantoñas al niño, que respondía riendo y alzando sus bracitos, le tocaba la cara a su padre, que se le caía la baba, al instante, sin evitar colmarlo de besos.
A continuación, entró su amigo, que se sentó a hablar un rato con él. Mirando al niño, resopló diciendo que tenía en sus brazos un verdadero milagro. El conde replicó diciendo que hasta donde alcanzaba a entender, era un milagro, que él mismo había hecho posible.
Los dos reían, recuperando recuerdos de cuando eran mozos, mientras acompañaban la conversación con el mejor vino de la bodega del conde. El amigo le preguntó si era posible coger al niño en brazos un rato. El señor, entre risas, dijo que cómo podría negar algo así, al hombre que salvó su vida. Dicho esto, el conde se levantó y colocó a su hijo en los brazos de su amigo. Este, lo mecía suavemente, mientras le hacía carantoñas y reían jugando. El amigo, de pronto, se puso serio. Le preguntó al padre si le permitía hacer a su hijo unas pruebas médicas. El conde, con cara de preocupación, preguntó el porqué de dichas pruebas, a lo que este respondió que no tenía de qué preocuparse, solo era una rutina para volver a su tierra tranquilo. El conde, habiendo escuchado esto, quedó más tranquilo, y accedió a que le practicara las pruebas. Sin esperar, el médico colocó al niño en la cama y comenzó a practicarle al niño la rutina de pruebas, mientras que el conde iba a informar a su señora.
Esperaban los señores en el pasillo, hablando con mucha ilusión de planear un viaje a Madrid, el cual sería su primer desplazamiento con el niño. La señora decía ilusionada que irían de nuevo al Parque del Retiro. El conde, sonriendo, dijo que no hacía mucho había leído en el periódico que lo habían convertido en público. Así que suponía que ahora sería más fácil acceder. Y continuó diciendo que aún recordaba el primer viaje que hicieron juntos. Ella nunca había salido de la provincia. Cuando le propuso el viaje, ella daba saltos de alegría, porque, aunque siempre soñó con viajar a Madrid, jamás hubiera podido pensar que iría realmente. Continuó diciendo que, aun hoy, cuando se sentía agobiado por los asuntos de la finca, su mente volvía a aquel viaje y conseguía despreocuparse de todo, como hizo ella. Avergonzada de la anécdota que su esposo estaba a punto de rememorar, le pidió que no siguiera, pero él, riendo, hizo oídos sordos. Contaba: «Éramos dos jóvenes acostumbrados a una relación de niños. Yo viajaba mucho con mis padres, aquí, allá... Era tu primer viaje, lejos de Aragón y el primero para mí, sin mis padres. Nos costó convencer a tus padres para que te dejaran ir, pero me puse tan pesado, que acabaron accediendo solo para que me callara. Cuando llegamos a Madrid, te miré y tus ojos observaban todo, cual niña que pasea en brazos de su madre por primera vez. Estabas tan emocionada, que no pudiste evitar correr y saltar». Interrumpiéndolo, prosiguió ella: «Estaba feliz. Todo era nuevo para mí. Comencé a brincar y correr, hasta que me percaté de que todos los que por allí pasaban estaban mirándome, mientras señalaban, y agaché la cabeza, sintiendo una vergüenza terrible, pues hice un ridículo espantoso. Quería desaparecer en aquel mismo instante, pero entonces tú hiciste algo que, en otras circunstancias, nunca te hubieras atrevido a hacer», y sin poder evitar reír a carcajadas, continuó diciendo: «Inesperadamente me acompañaste, brincando y riendo». Y añadió irónicamente: «Acaparaste toda la atención de los espectadores, eclipsándome». Él se ruborizó, al recordar aquel bochornoso momento, pero ella, que seguía riendo sin parar, le acarició la cara y él no pudo evitar acompañarla en las risas. Los dos reían tanto que hasta el cuerpo les dolía.
Los dos reían, cuando salió el médico con el semblante serio y la frente sudorosa. Parecía ensimismado y a juzgar por su rostro, se trataba de algo con enjundia. Hizo pasar a los señores y les pidió que tomaran asiento.
Él suspiró, tratando de hallar la mejor forma de comunicarle lo que había descubierto. Pero no encontraba las palabras adecuadas para transmitir algo de ese calibre y disimulando los nervios que sentía, comenzó a explicar lo que estaba sucediendo. Les contó que su hijo presentaba una tara motora, causada probablemente por el incidente del parto y añadió que, habiendo visto algunos casos similares, estaba sentenciado a una vida postrado en la cama. Se lo podía asegurar, habiendo asistido a partos similares en los que tan solo uno había logrado seguir viviendo y «ojalá no lo hubiera hecho», fueron sus palabras exactas. Los ocho años que logró vivir, si aquello se podía llamar vivir, fue sin moverse de una cama, sin poder hablar y haciéndose sus necesidades encima.
Una rimbombante bomba cayó dentro de ellos, haciendo saltar sus vidas por los aires, llenando sus corazones de restos de bruma y espanto, que desprendían un humo aturdidor, que los dejó completamente entumecidos. Sus cuerpos estaban tan rígidos, que sentían hormigueos recorriendo todo su cuerpo, dejándolos inmovilizados. La señora estaba soportando tal presión, que sufrió un desvanecimiento, siendo trasladada a su cama y atendida por el médico.
El conde se quedó perplejo y sin reaccionar siquiera con el desmayo de su esposa. Cuando por fin volvió en sí, se dirigió a la alcoba y desde la puerta, le preguntó si el problema tenía alguna solución. A lo que el médico respondió preguntándoles si creían en Dios. Él afirmó con la cabeza y el médico dijo que lo único que le podía decir era que rezaran lo que supieran. Un dolor muy grande anidó dentro del señor. Sentía rabia. Tenía un enorme enojo y coraje y sin saber con quién pagarlo salió de palacio. Se dirigió a las caballerizas, ensilló un caballo y cabalgó a la mayor velocidad a la que al caballo le era posible. Una caída, a tal velocidad, podría ser mortal. Además, todavía sentía el hormigueo por sus cuatro extremidades y visiblemente, en aquellos momentos, no estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Pero, era tal lo que sentía, que, al contrario de detener el caballo, cada vez quería más velocidad.
Días más tarde
El médico había partido rumbo a su tierra. Desde el día que aquella inesperada noticia dejara los corazones de aquel matrimonio rotos en mil pedazos, los señores no habían vuelto a ser los mismos. El conde pasaba los días lejos de palacio. Recorría las tabernas de la zona, ahogando las penas en alcohol, de pelea en pelea. La señora observaba las horas pasar, encerrada en su alcoba, sin parar de llorar. Una sirvienta se hacía cargo del niño todos los días, pues sus padres no eran capaces de cuidarlo.
Cerca ya de la medianoche, se encontraba la señora en el salón. Tenía un libro en sus manos que miraba fijamente, pero en realidad no estaba leyendo. Únicamente se autoculpaba de lo que estaban viviendo y pensaba que, a lo mejor, si hubiera vivido el embarazo de otra manera, no hubiera sucedido nada. Pensamientos como ese le inundaban la cabeza de ideas estúpidas, que lo único que conseguían era que se sintiera culpable de una desgracia, en la que ella solo era una de las víctimas.
Un golpe en la puerta rompió el silencio de la noche. Entró el conde en la alcoba. La señora alzó su mirada y vio a su marido con la ropa llena de polvo, tambaleándose, sin ni siquiera ser capaz de guardar el equilibrio.
La señora, mirándolo con asco y desprecio, salió del salón y se marchó por los pasillos. En un momento se detuvo, recordando lo que hizo cuando ella cayó en la depresión. Comprendió que, aunque siempre aparentara ser fuerte, él también sufría. Entonces, frotándose los ojos, dio media vuelta y entró de nuevo en la alcoba.
Allí vio a su marido, en uno de los peores momentos de su vida. Estaba en la cama, tendido bocabajo, con la cabeza fuera del colchón, vomitando. Ella sentía un asco enorme, pero sabía que la necesitaba. Así que, sacando fuerzas de su interior, le acarició la cabeza y lo ayudó a sentarse. Él le suplicaba que se marchara, para que no lo viera así, pero esta lo agarró del cuello de la camisa, diciendo: «Escúchame, estúpido orgulloso. Nunca. ¿Me oyes? Nunca te voy a dejar solo. Porque, que seas un hombre, no quiere decir que lo tengas que tragar todo para ti». Lo que sucedió, a continuación, dejó a la señora sorprendida, pues no lo esperaba. En toda su vida, había visto muy pocas veces llorar a su esposo, ni siquiera cuando eran niños. En aquel instante, el conde, que no aguantaba más, se echó a sus brazos llorando, mientras decía: «No puedo más. No tengo ni idea de cómo vamos a afrontar esto. Tengo pánico, porque esto, a mí, también me queda grande». Al ver a su esposo en ese estado, lo sintió realmente indefenso y aunque ella también sentía mucho miedo y no sabía cómo lo haría, le dijo que ella se encargaría de todo y añadió que se tomara un descanso. Él, sin decir nada, se acostó en la cama, tapándose hasta la cabeza.
La señora estaba aterrada, pues no tenía idea de cómo afrontaría este grave problema. Pero sabía que ahora su esposo era quien la necesitaba a ella y no le iba a fallar.
Un día, los señores se encontraban en el salón, cada uno sentado al lado del otro, acompañados de un amargo silencio. El conde leía para intentar evadirse de la realidad. La señora miraba fijamente a la pared, intentando dejar su mente en blanco. Aunque se encontraban en la misma alcoba, sentados uno junto al otro, parecía que, en medio, habían construido un muro que, estando muy cerca, los alejaba cada vez más.
El conde, sin mediar palabra, se levantó, cogió la mano de su esposa y la guio hacia donde estaba el niño.
Parados ante su cuna, el conde dijo que debían ser capaces de coger en brazos a su propio hijo, de no ser así, no habría nada que hacer. Le cedió el turno a su esposa, que se dispuso a cogerlo.
Él le tocó el hombro y ella le agarró la mano con fuerza.
Ella iba sintiendo cada vez más nervios. Extendió los brazos, cerró los ojos, y el conde le acarició la espalda para darle ánimos. El niño reía y pataleaba. Lo agarró, con sus temblosas manos. Era el momento de acomodarlo en su regazo. Su corazón decía que sí, pero la lucha contra su cabeza, que le decía una y otra vez que no, era demasiado fuerte. Sentía mucho miedo y una presión asfixiante. Todo estaba en silencio. Tan solo, se oían los latidos de sus corazones que se disparaban, acompañados de los soniditos de alegría que el niño hacía, al ver a su madre. La presión ya resultaba inaguantable y la señora rompió a llorar, saliendo a correr de aquella alcoba. Se culpaba por ser incapaz de coger a su propio hijo y sentía que era una pésima madre.
El conde quedó solo frente a su hijo, sin nadie que lo apoyara, en aquel vital propósito. Mirando hacia la puerta, se sentía inseguro. Miró a su hijo y a continuación, hacia la puerta. Sabía que, si no lo conseguía, el futuro de su hijo sería incierto, Dirigió su mirada de nuevo a su hijo, extendió los brazos y consiguió cogerlo. Estaba nervioso. Sentía una terrible inseguridad y miedo. El niño, sonriendo, le tocó la cara y en ese mismo instante, la baba se le caía literalmente. Mirando a su alrededor, por primera vez, fue realmente consciente de que estaba solo. Al verse solo, con su hijo entre sus brazos, sus nervios aumentaron, mientras sentía los latidos de su corazón que cada vez iba más deprisa. Su mente sobrepasó el límite. Según le había dicho su amigo el doctor, el niño estaba condenado a pasar la vida postrado en la cama sin ni siquiera poder hablar y eso, al igual que a su esposa, le llevaba al límite la mente. Ya no podía más. La inseguridad le ganó la batalla. Dejó al niño en la cuna y justo antes de salir por la puerta, lo miró, dejando escapar una lágrima, sintiéndose un vil verdugo, pues sabía que acababa de sentenciar a su hijo. Un niño inocente, sin culpa de nada.
Se encontraban en el pasillo. No habían sido capaces de coger a su propio hijo. Sus abatidas miradas se cruzaban. Ella dijo: «Acabamos de sentenciar a nuestro propio hijo». Y él, que se sentía del mismo modo, tan solo pudo asentir con la cabeza, sintiendo dolor al oír en palabras, lo que él también pensaba. Buscaban mutuamente consuelo en la mirada del otro. Un consuelo que no encontraban, pues los dos estaban igual de rotos. Y es que, ¿cómo encontrar consuelo en una persona que está igual de rota que tú?
Una tarde, el hermano del conde los visitó. Este, al comprobar el ambiente de palacio que era irrespirable y que los señores se encontraban sumidos en el fondo de un pozo, en el que solo había amargura y depresión, se sentó a hablar seriamente con ellos.
Estaba frente a ellos. Buscaba en sus miradas un atisbo de la felicidad de la que antes gozaban, pero le fue imposible. En sus ojos, solo pudo encontrar el reflejo de una sombra eclipsante de desdicha, depresión y miedo. En aquel momento, supo que aquellos dos hermanos mayores, que siempre admiró, se habían marchado y aunque, los tuviera enfrente, ya no eran ellos. Era como ver a dos muertos vivientes.
Les intentó hacer ver que su situación era crítica. No podían seguir así y debían seguir adelante. Que al menos lo intentaran, por deferencia a su hijo. No podía crecer sin sus padres. Y es que, en los funerales que solía oficiar había visto difuntos con más vida en sus ojos que ellos.
Las palabras del hermano hicieron pensar al matrimonio que ese mismo día tendrían una crucial conversación, que para bien o para mal, podría cambiar sus vidas para siempre.
Horas más tarde
Sonaba la campana de la torre, anunciando la inminente noche. El conde volvía de la finca, como cada día. Pero esta vez, aunque no sabía explicar qué, presentía que algo iba a suceder.
La señora estaba en el salón, esperando a su esposo para cenar. Sentada a la mesa, miraba un reloj con la mirada perdida. Cuando el conde llegó, los señores se encerraron solos, en el salón, dando orden de que no molestasen y comenzaron una tendida y vital charla.
El conde, presintiendo que no iba a ser una conversación nada fácil, se sirvió una copa de vino, ofreciéndole otra a su señora, pero ella prefirió un vaso de agua.
Sentados a la mesa, sus tristes miradas se cruzaban, acompañadas de un amargo silencio que hacía visible el distanciamiento, que cada vez se hacía más grande, entre ellos. Algo se rompió dentro de ellos, que veían cómo ante su magnífica relación, ahora simplemente se sentían dos desconocidos. «El desconocido que duerme de espaldas junto a mí en la cama». Un sentimiento que los llenaba de impotencia y sabían que no les favorecía y tampoco al niño.
El conde rompió el silencio, diciendo que no podían seguir así. La señora, sin pronunciar palabra, asintió con la cabeza. Él prosiguió diciendo que al niño no lo estaban cuidando como debían y que no podía estar toda la vida recibiendo los cuidados del servicio. Ella tomó la palabra, replicando que tampoco era justo para el niño ni para el servicio y que la situación iba acabar por enterrar su matrimonio, a lo que añadió que iban a pasar a ser el hazmerreír de la corte.
El conde dijo que no quería perderla, pues ella era su vida y no concebía una vida sin ella. La señora expuso una idea que venía cavilando de un tiempo a esa parte y aunque, solo por pensarlo, ya se sentía la persona más fría y cruel de la faz de la Tierra, no lograba hallar otra manera. El conde la abrazó secundando la idea.
Estaban llorando, abrazados, cuando la señora le preguntaba a su esposo si eran las peores alimañas por hacer aquello, pero él no dijo nada, pues también se preguntaba lo mismo.
Tras pasar tres horas hablando, salieron del salón con una decisión tomada. Estaban cabizbajos. Tenían los ojos rojos e hinchados, las mejillas empapadas y sus rostros eran demoledores.
Los sirvientes quedaron desconcertados al verlos. Pues reflejaban sus ojos, desgracia y tristeza. Murmuraban entre ellos que algo terrible había debido suceder, ya que nunca habían visto a los señores tan demacrados, pues siempre habían sido dos jóvenes llenos de vida y aunque tenían una ligera idea de lo que había sucedido, pues los que asistieron al parto no olvidaban aquella noche y tampoco la cara de los médicos, nadie se atrevía a pronunciarse.
A la mañana siguiente, el conde despertó cuando aún no había amanecido. Saliendo de la cama, volvió a tapar a su esposa con cuidado, para no despertarla. Se dirigió a la cuna, colocó al niño dormido en su regazo, lo arropó con dos mantas, cogió víveres de cocina, se dirigió a las caballerizas, enganchó un carro al caballo y salió de palacio.
Cabalgaba por los caminos. Entretanto, aprovechaba que nadie lo veía, para dejar escapar las lágrimas que tanto tiempo llevaba conteniendo y le estaban ahogando el corazón. Miraba a su hijo, imaginando cómo hubiera sido la vida si todo hubiera salido bien. Sin poderlo evitar, una sutil sonrisa asomó entre sus dientes. Pero al instante, levantó la mirada al frente, abandonando absurdos sueños que nunca sucederían.
Cabalgó muchos días, pasando las noches en distintas posadas.
Todas las noches, acababa ahogando sus penas en alcohol y por unas horas, sus problemas desaparecían y todo volvía a perecer como antes. Pero siempre sin descuidar al niño. Para su desgracia, cuando desaparecía la borrachera, el muro de sus problemas volvía ante él, más rígido y robusto. Así, el proceso, volvía a comenzar.
Después de muchos días recorriendo caminos, llegó a Huesca, donde se dirigió al norte de la provincia. Los Pirineos.
Recorriendo caminos, a través del campo, pareció divisar a lo lejos una especie de monasterio y se dirigió hasta allí para pedir agua. Se detuvo en la puerta, bajó del carro, amarró al caballo en un árbol y se acercó a la gran reja, donde pudo observar un precioso y gran jardín con estanques de agua, parque, un lago... y en el centro, un gran edificio color blanco.
Al otro lado de la reja se acercó una señorita alta, bonita como una rosa. Su pelo rubio caía sobre su espalda, asemejándose a una cascada de oro líquido, en contraste con su piel, blanca como la nieve. La señorita preguntó si le podía ayudar en algo. El conde, que había quedado unos instantes enmudecido por su belleza, reaccionó y le pidió agua, que se le había agotado. La señorita amablemente le pidió que esperara allí y entró. Tras cinco minutos, volvió cargando con un cántaro. Al verla tan cargada, el conde se acercó rápido y cargó él con el cántaro. Una vez en la puerta, el conde bebió un trago de agua, le dio un poco al niño y con la sobrante, bebió el caballo.
La señorita le preguntó que dónde se dirigía y por qué llevaba un niño tan pequeño con él. Este contestó que iba en busca de un lugar para que viviera el niño. Ella le dijo que no buscara más, porque había encontrado el sitio perfecto. Y diciendo esto, le dio la bienvenida a Nuestra Señora del Pilar, el mejor orfanato de la parte norte del país. Él cogió a su hijo y la siguió.
La señorita le enseñó el orfanato. Aquello se trataba de un lugar maravilloso, bonito. El conde miraba a su alrededor. Había grandes jardines con los más altos árboles y las más preciosas flores, un gran parque infantil, un lago y un edificio. Era más amplio que su palacio. En definitiva, el sitio perfecto, pues ya que iba a abandonar a su propio hijo, qué menos que buscar un sitio acorde a su clase. Antes de que la mujer se quedara al bebé, el padre cogió un broche de oro con el escudo de la familia, se lo colocó al niño en la manta que lo arropaba y secándole una lágrima de la carita que había caído de su propia mejilla, le dijo: «Cuídate. Siempre serás uno de los nuestros». Le pidió a la cuidadora que guardara bien el broche y se lo diera cuando cumpliera los dieciséis.
La señorita cogió al niño en sus brazos y amablemente guio al conde hasta la oficina del director. Por el camino, el conde miraba a su alrededor: era aquel un lugar grande, lujoso y parecía acogedor.
Seguía a la señorita y mientras, su mirada se perdía mirando al suelo. Sus pasos marcaban los latidos de su corazón, que retumbaban dentro de él como un tambor que marca el paso del reo hacia el garrote. Respiraba hondo, tratando de tranquilizarse, pero resultaba inútil.
El director se levantó de su sillón, al ver entrar al conde y le dio la mano, tomaron asiento y entablaron una conversación.
El conde le expuso la situación y le hizo saber su interés porque su hijo ingresara allí y el director accedió encantado. Se aseguró de que lo iban a tratar bien e iba a recibir buenos cuidados. Finalmente, el director sacó el tema del precio, haciendo ver que se trataba de uno de los mejores centros de toda Europa, a lo que el conde respondió que los cuartos no era un problema, ya que estaba dispuesto a pagar lo que fuera necesario siempre que el niño estuviese en las mejores manos.
Dicho esto, el conde cogió su pluma y leyendo los papeles rápidamente, se dispuso a firmar la ficha de ingreso. Le sudaba la frente y la mano le temblaba. Los nervios, por lo que estaba a punto de hacer, lo dominaban, y la inseguridad lo estaba ahogando.
El director, al ver su estado, le dijo que se tomara el tiempo que necesitara. A continuación, se levantó del sillón para abrir la ventana y que pudiera correr el aire fresco. Abrió un cajón y cogió una botella del mejor whisky escocés, lo sirvió en dos vasos y se lo dio al conde, diciendo que ayudaría a calmar sus nervios. Este se aseguró de nuevo de que tratarían bien a su hijo, miró fijamente el vaso y lo tomó de un trago. Acto seguido, y sin pensar, firmó. Se despidió con un apretón de manos y encaminó sus pasos hacia la puerta, sin mirar atrás.
Le invadía una gran tristeza y la culpa lo asfixiaba. Subió al carro y se detuvo un rato, mirando el orfanato con la mirada perdida. Su corazón latía deprisa. Se quitó la chaqueta. Se deshizo de la corbata, para respirar con más facilidad. Se secó el sudor de la frente y mirando hacia el orfanato, se dispuso a bajar del carro para volver, pero agitando la cabeza, empuñó las riendas e inició el camino de vuelta.
Horas más tarde
Iba en camino, cuando inconscientemente dirigió su mano a donde hasta hacía poco llevaba a su hijo con él, tocando una cesta que estaba vacía. Entonces, fue consciente de lo que acababa de hacer. En ese instante, algo se rompió dentro de él, un dolor muy grande le invadía las entrañas. Paró el caballo, se bajó
