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Con esta guía de fácil lectura el lector descubrirá las catedrales góticas españolas: su historia, el simbolismo del arte gótico reflejado en ellas, sus singularidades artísticas, sus curiosidades y leyendas. Manuel Crespo nos acompaña a través de sus páginas en una imprescindible visita cultural y religiosa, en cuerpo y alma, a los templos más icónicos de España, que siguen deslumbrando a fieles y visitantes. La guía incluye fotografías, información práctica, etimología y un glosario de los términos que designan sus elementos y dependencias, así como a las personas que están adscritas a ellas.
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Seitenzahl: 253
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Presentación
I. QUÉ ES EL ARTE GÓTICO
Características
Expansión del gótico
Simbología del arte gótico
Elementos de la catedral gótica
II. CATEDRALES EN ESPAÑA
Catedrales-santuario
Catedrales para una exposición
Pueblos con catedral
Las catedrales en la Literatura
Apelativos cariñosos
Catedrales y geografía
Las catedrales, germen de la Universidad
III. CATEDRALES GÓTICAS EN ESPAÑA
ÁVILA. Catedral de Cristo Salvador
BARBASTRO. Catedral de Santa María de la Asunción
BARCELONA. Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia
EL BURGO DE OSMA. Catedral de la Asunción de Nuestra Señora
BURGOS. Catedral de Santa María
CUENCA. Catedral de Santa María y San Julián
LAS PALMAS. Santa Iglesia Catedral Basílica de Santa Ana
LEÓN. Catedral de Santa María
OVIEDO. Catedral de San Salvador
PALENCIA. Catedral de San Antolín
PALMA DE MALLORCA. Catedral Basílica de Santa María de la Asunción
PAMPLONA. Catedral de Santa María la Real
PLASENCIA. Catedral Nueva y Catedral Vieja de Santa María
SALAMANCA. Catedral de la Asunción de la Virgen
SANTO DOMINGO DE LA CALZADA. Catedral del Salvador
SEGOVIA. Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y San Frutos
SEVILLA. Catedral de Santa María de la Sede
SIGÜENZA. Catedral de Santa María de la Asunción
TARRAGONA. Catedral Basílica Metropolitana y Primada de Santa Tecla
TOLEDO. Santa Iglesia Catedral Primada de Nuestra Señora de la Asunción
VALENCIA. Catedral Basílica Metropolitana de Santa María
VITORIA. Catedral de Santa María
ZARAGOZA. Catedral del Salvador en su Epifanía
IV. GLOSARIO ETIMOLÓGICO
Bibliografía
Nacidos entre culturas
Agradecimientos
Biografía del autor
Notas
Fotografías de Shutterstock 2021
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E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-285-6435-9
Depósito legal: M. 23.480-2021
Printed in Spain. Impreso en España
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
A Burgos, la ciudad y su provincia.
Felicidades por la celebración de los 800 años
de la construcción de la catedral.
De una manera especial, dedico este libro
a dos buenos amigos burgaleses:
al sacerdote José María Portillo,
asiduo peregrino a Jerusalén,
y al franciscano fray Ovidio Dueñas,
misionero durante 40 años en la Ciudad Santa.
Que desde la Jerusalén celestial
celebren alegres, como eran ellos,
la gran fiesta de su tierra.
La Vuelta Ciclista a España 2021, bautizada como la Vuelta de las Catedrales, partió de la catedral burgalesa (VIII Centenario) y finalizó en la plaza del Obradoiro, frente a la catedral compostelana de Santiago, en pleno Año Santo Jacobeo. Además pasó junto a lugares religiosos importantes, como el monasterio de Silos y la localidad burgalesa de Caleruega, donde nació santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, que también celebran su VIII Centenario; en la famosa etapa de los lagos, los ciclistas pasaron junto al Santuario de la Virgen de Covadonga, la Santina para los asturianos, lugar de tradiciones y leyendas con referentes a la historia de España, en la época de la Reconquista, que tuvo gran influencia en la construcción de nuevas catedrales por todo el territorio español.
Y si la catedral de Burgos celebra su centenario, también comparte festejo su vecina Palencia, ya que la Bella Desconocida palentina, como llaman a su catedral, también cumple este año el VII Centenario del inicio de su construcción.
Estas celebraciones, en especial la de Burgos, nos animan a recordar otras catedrales de estilo gótico de las muchas que hay en España. Y gracias a la editorial San Pablo podemos ofrecer esta Guía en cuerpo y alma a los lectores, en la que presentamos la historia y el simbolismo del arte gótico en España y en Europa. Hacemos una visita cultural y religiosa a algunas de nuestras catedrales.
Terminamos con un Glosario donde se explica la etimología de la palabra catedral, así como los nombres de las personas adscritas a estos monumentos y los nombres de las dependencias catedralicias.
Catedral de León
Catedral de Salamanca
Características
Expansión del gótico
Simbología del arte gótico
Elementos de la catedral gótica La fachada
Naves y bóvedas
La torre
Las vidrieras
El rosetón
El museo
La sala capitular
El claustro
El coro
Tras un largo período en el que había dominado en Europa el estilo románico con sus diferentes variantes, según regiones y países, surgió a principios del siglo XII una nueva forma de construir los grandes edificios, en concreto los templos cristianos. Fue el nacimiento del estilo gótico.
Los cambios históricos y artísticos tienen un proceso natural. No suceden de repente, sino que siguen una evolución y una sucesión de acontecimientos que dan como resultado el cambio de una era, una nueva forma de hacer política, el desarrollo de las ciudades, los avances de la ciencia, la concepción del trabajo y tantos otros temas relacionados con la vida humana en su vertiente intelectual-espiritual y también material.
Todo esto influyó en la Edad Media para dar este salto cualitativo de un estilo artístico a otro, tan diferentes tanto en su construcción como en su mentalidad. El románico se extendió más bien por zonas rurales, mientras que el gótico pasó a ser el centro de las nuevas ciudades que surgieron al amparo de la nueva economía, los cambios políticos y la expansión demográfica.
La palabra gótico la usaron los humanistas italianos del renacimiento para denigrar este nuevo arte, simplemente porque provenía del norte de Europa, la tierra de aquellos «bárbaros» que fueron los godos. Y aunque los promotores de las nuevas construcciones quisieron llamarlo arte ojival, por la característica de los nuevos arcos apuntados, al final fue aceptado por todos el nombre de gótico para definir el arte más bello que se había hecho hasta entonces.
Pero en el nacimiento del gótico hay un lugar, un hecho y un personaje que son claves en esta historia. El lugar es el municipio de Saint-Denis, al norte de París; el hecho, una abadía benedictina, y el personaje, el abad Suger, considerado el padre del gótico.
No hay muchos datos sobre la biografía del gran protagonista, el abad Suger; ni siquiera se conoce su lugar de origen.
Lo que sí se sabe es que fue nombrado abad de Saint-Denis (San Dionisio, en español), donde estaba sepultado este obispo mártir de la época romana, que fue decapitado en la persecución del emperador Aureliano junto a sus compañeros Rústico y Eleuterio, en un monte de París, conocido más tarde como Mons Martyrum, el actual Montmartre.
San Dionisio fue declarado Patrono de la ciudad y en su honor se construyó una primera iglesia donde se guardaban sus reliquias. Con el paso del tiempo y la creciente fama del nuevo patrón, se construyó una abadía benedictina, que sirvió de panteón nacional para la mayoría de los reyes de Francia.
Llegados al siglo XII, encontramos al protagonista de esta hermosa historia, al abad Suger, como responsable de esta abadía dedicada a San Dionisio. Estamos en 1137, y este clérigo con nuevas ideas pretendía reformar el coro donde rezaba la comunidad benedictina en medio de un ambiente estrecho y oscuro. Él buscaba que sus monjes disfrutaran de más luz y claridad para que el tiempo de oración, que les ocupaba bastantes horas a lo largo del día, fueran momentos de paz y de buenas sensaciones, creando un ambiente propicio para disfrutar de la luz natural como símbolo de la luz de Dios. Donde hay luz hay vida, así se definió Jesús: «Yo soy la luz del mundo... el que me sigue, tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).
La solución la encontró levantando más los muros e intercalando en ellos amplios ventanales que dejaban pasar a raudales la luz del día. Al ver los buenos resultados, decidió seguir el mismo trabajo en el resto de la iglesia, tomando como referencia el nuevo estilo que ya se percibía en la catedral de San Esteban, en la ciudad de Sens, al sur de París.
Esta catedral y la abadía de Saint-Denis son los primeros edificios de configuración gótica en el mundo y en la historia.
Con este cambio de mentalidad y de construcción, se pasó de un ambiente lúgubre y triste a un entorno de claridad y belleza. Según el abad Suger, la contemplación de la belleza material permite elevarse al conocimiento de Dios, de la luz natural se trasciende a la luz divina. La luz es la gran protagonista del nuevo arte: será un referente ideológico y práctico del gótico. Parece que hubo un clamor unánime entre los primeros constructores y promotores: ¡todo sea por la luz!
Con este pensamiento se iniciaron las primeras obras del nuevo estilo.
París se convierte entonces en el centro de la vida gótica. Aquí, unos años después, en 1163, se colocó la primera piedra de Notre-Dame, siendo obispo Maurice de Sully. Esta catedral es hoy todo un símbolo de la capital francesa y de todo el país, ejemplo artístico, referente de la fe cristiana, protagonista literaria y, junto a la más moderna Torre Eiffel, principales objetivos del turismo mundial.
Y la catedral no era solo su compañía, era su universo, era toda su naturaleza. No soñaba con otros setos que los vitrales siempre en flor, con otras umbrías que las de los follajes de piedra que se abrían, llenos de pájaros, en la enramada de los capiteles sajones, otras montañas que las colosales torres de la iglesia, otro océano que París rumoreando a sus pies1.
Como hemos visto, a principios del siglo XII, hubo una revolución técnica de las formas que se usaban en el románico: las columnas empezaron a hacerse más altas, los muros laterales también suben en altura y, para distribuir el peso, tanto los arcos como las ventanas y los contrafuertes son de forma ojival apuntados. Así, la arquitectura del románico con su mecánica estática, que consistía en oponer peso contra fuerza, deja paso a la novedad del gótico, cuyo sistema es oponer empuje contra empuje, lo que hace que una iglesia gótica sea complicada en su construcción ¡pero a la vez tan perfecta!
La mayoría de las catedrales góticas tienen tres naves, con la central más alta que las laterales. Esa gran nave central se apoya en contrafuertes exteriores, los arbotantes, que permiten abrir grandes ventanales en los altos muros que descansan sobre los arcos que separan las naves laterales de la central, haciendo posible que entre la luz a raudales en el interior. Todo un símbolo de la nueva época, que luchaba contra el oscurantismo medieval y la tenebrosidad del románico.
Con estas formas, el gótico consigue unas construcciones más esbeltas, de gran belleza. Una belleza desconocida hasta entonces, porque cambia también la decoración: se buscan en la naturaleza formas que adornen las molduras, los arcos y las agujas del edificio con flores y plantas, como el trébol, la hiedra y la vid; con hojas de árboles autóctonos, como el roble y la encina; así como pájaros y seres fantásticos, como en las gárgolas que desaguan la lluvia caída sobre los tejados.
Las fachadas de las nuevas catedrales se convierten en exquisitas obras de arte, donde abundan las esculturas de personajes bíblicos: profetas, apóstoles, evangelistas. Y en la parte superior, el edificio se abre al exterior a través de grandes rosetones con vidrieras coloristas por donde penetra la luz de poniente, hacia donde se orientan las fachadas.
Los laterales de la fachada, que coinciden con las naves laterales, albergan dos torres-campanario que son los elementos más altos de la catedral. Encuadran la silueta característica que se divisa en la lejanía, al no haber todavía edificios altos en las ciudades de esa época.
Pero la novedad más característica del gótico es la bóveda de crucería, que consiste en apoyar la bóveda –sostenida por nervios apuntados– en cuatro pilares que le sirven de refuerzo, liberando la carga sobre los muros. Así, entre los pilares del interior y los refuerzos (arbotantes) del exterior se permite a las catedrales góticas ganar altura en los muros y abrir espacios a los grandes ventanales cerrados con vidrieras de colores. Este sistema arquitectónico no solo consigue hacer edificios más altos, sino también más anchos. La nueva bóveda permite soportar techos más amplios y, por tanto, hacer unas naves más grandes, consiguiendo unos templos hasta entonces desconocidos; las primeras catedrales francesas tienen estas dimensiones: París, 127 m de longitud por 34 m de altura; Chartres, 130 x 35 m y Amiens, 145 x 44 m. En España la catedral más grande es la de Sevilla, con estas medidas: 130 m de longitud, 76 m de anchura y 40 m de altura.
Unamuno describía así la catedral gótica:
Todos sabéis que las catedrales góticas son vertebradas, es decir, tienen un esqueleto de columnas y crucerías recubierto de carne de piedra, y que el peso todo de las bóvedas se echa hacia afuera, sosteniéndolo los contrafuertes con sus arbotantes.
Gran viajero y observador, Unamuno considera la catedral gótica como un ser vivo, con el bosque de columnas como esqueleto y los muros de piedra y vitrales como la carne que lo recubre, buscando el apoyo necesario en otros seres, como la catedral lo busca en los arbotantes.
Estas características del gótico que se reflejan en las nuevas catedrales forman un nuevo arte que, como la liturgia y la música, son un discurso sobre Dios. Quizás para nosotros, en estos tiempos de baja espiritualidad, visitar una catedral sea un objetivo turístico, una experiencia estética, más que una experiencia religiosa, como era en los primeros tiempos.
La catedral, con toda su carga artística, estaba al servicio de la fe. La escultura y la pintura ayudaban a comprender el mensaje de la Biblia, a entender las parábolas y los discursos de Jesús. La atmósfera de belleza y de luz que irradiaban las nuevas construcciones hacían disfrutar a las personas de la Luz del Evangelio, expresión que usó Jesús para definirse como la Luz del mundo.
No en vano, las catedrales, tanto románicas como góticas, fueron promovidas por órdenes religiosas, como las de Cluny y del Císter, que, en su afán de predicar y promover el conocimiento del Evangelio, tenían en las catedrales un marco extraordinario donde acoger a cientos de personas y mostrarles el mensaje evangélico a través de su construcción y de las imágenes representadas en las pinturas y esculturas.
Detalle de la fachada de la catedral de Sevilla
Los resultados del recién inaugurado arte gótico satisfacen a todos. Resalta la belleza tanto en el exterior como en el interior de las iglesias. La luz interior contagia de alegría a los fieles y se respira otra forma de rezar y de creer. Surge una nueva espiritualidad.
También se contagia el afán de construir nuevas catedrales e iglesias en otras ciudades; todos quieren tener una réplica de la iglesia de Saint-Denis. Así, poco a poco, van surgiendo nuevas construcciones: en Chartres, ejemplo de precocidad y rapidez en la construcción; en Amiens, considerada la catedral francesa más perfecta, y en Reims, que tuvo un desarrollo más lento, por lo que quedó parte de la decoración sin terminar. La catedral de Narbona, grandiosa, tuvo que ser ampliada en el renacimiento.
Surgieron catedrales góticas por toda Francia, así como iglesias y capillas. Entre las más conocidas destaca la Sainte-Chapelle, en París, destinada a custodiar reliquias de la Pasión. En vez de muros tiene grandes ventanales, con preciosas vidrieras por donde penetra la luminosidad exterior creando un efecto muy especial debido a la variedad de colores que la iluminan. Parece como si la bóveda estuviese soportada por las frágiles vidrieras, no sobre columnas de piedra.
En Normandía, otro ejemplo muy conocido y sitio turístico es el islote del Monte Saint-Michel, espectacular por su situación geográfica, pero sobre todo por la construcción, en lo más alto de la roca, de la iglesia gótica del monasterio del siglo XV, conocida como «la Maravilla».
En Francia, el arte gótico no se limitó solo a la construcción de templos (catedrales, iglesias, capillas), sino que también influyó en la arquitectura civil, con edificios como ayuntamientos, casas nobles, castillos y palacios. Uno de ellos fue «el palacio de los Papas», en Aviñón.
El gótico cautiva a Europa y trasciende las fronteras francesas. Resumimos algunos ejemplos de entre los más conocidos. En Alemania se construyen varias iglesias, y entre las catedrales destacan la de Friburgo, de tres naves, con una magnífica torre en la fachada, y la de Colonia, que sigue el esquema de Amiens, aunque es más amplia, con cinco naves y la central muy alta. Tiene dos torres coronadas con sendas agujas altísimas que, a veces, quedan ocultas entre la bruma que provoca el clima húmedo del cercano Rin. La catedral de Colonia guarda, en un sitio preferente, un precioso relicario dorado con las reliquias de los Reyes Magos, que tras un largo periplo llegaron a la catedral alemana. También son relevantes las catedrales alemanas de Núremberg y Ratisbona, entre otras.
En Austria, la catedral de Viena, dedicada a San Esteban, con tres grandes naves y una torre alta y elegante, pertenece al estilo gótico flamígero del siglo XV.
En la actual República Checa destaca la catedral de San Vito, en Praga, donde intervinieron artistas de varios países cercanos, entre otros el alemán Peter Parler, arquitecto de los pabellones góticos que mandó construir el emperador Carlos IV en ambos extremos del puente sobre el río Moldava, conocido como el Puente de Carlos.
En Bélgica, la catedral de Amberes es la más monumental, de siete naves y una enorme torre con 123 m de altura. La de Bruselas, muy parecida al estilo francés, se comenzó a construir en 1226; en la fachada tiene dos torres sin rematar.
El gótico también llegó a las islas británicas, dejándonos muestras tan elocuentes como la catedral de York, la de Canterbury y la de Wells, que, consagrada en 1239, es considerada la más hermosa de Inglaterra. En su fachada, parecida al modelo francés, destaca la abundancia de estatuas, simulando un tapiz escultórico.
Grandiosa es la iglesia de la abadía de Westminster, centro histórico de la monarquía inglesa, donde se coronan todos los reyes de Inglaterra.
Italia se resiste al nuevo estilo arquitectónico que se extiende rápidamente por toda Europa. Sus catedrales conservan en arquitectura las formas clásicas romanas y, en algunos casos, los cambios llegarán con el renacimiento. Caso único es la catedral de Milán, el único templo italiano enteramente gótico, a pesar de que su construcción duró varios siglos, desde 1386 hasta 1965. Es un templo de grandes dimensiones, de cinco naves, la central con una altura de 45 m. En el exterior, en los tejados, destaca un bosque de pináculos, chapiteles, estatuas y cresterías. El punto más alto es una aguja que sostiene una imagen de María Assunta, realizada en cobre dorado por Carlo Pellicani. Es conocida por los milaneses como La Madonnina, su principal protectora.
Es verdad que hay más catedrales góticas en Italia, como Orvieto o Siena, pero siguen los esquemas de las propias escuelas repartidas en las diferentes regiones.
Los italianos tenían sus propios criterios, que no se avenían muy bien con el equilibrio razonado de las construcciones góticas. Por ejemplo, dejaban las fachadas lisas revestidas de mármoles preciosos y sustituían los contrafuertes reforzando los arcos ojivales de separación entre las naves por unos tirantes metálicos, como sucede en la catedral de Florencia.
Quienes más influyeron en promover el arte gótico en Italia fueron los dominicos y los franciscanos, órdenes religiosas que estuvieron más en contacto con el sur de Francia y dejaron su impronta gótica en alguna de sus iglesias, como la basílica superior de San Francisco, en Asís y la iglesia de la Santa Croce, en Florencia. La iglesia de los dominicos, Santa María Novella, también en Florencia, es un edificio de formas góticas, revestido de esculturas y pinturas del renacimiento y con una bella fachada ya claramente renacentista.
El gótico se propagó por toda Europa, y los cruzados, en su avance hacia Tierra Santa, dejaron sus huellas en Chipre, Rodas, Jerusalén y Siria.
La catedral gótica se concebía como símbolo de la Iglesia espiritual. Tenía que destacar la fe robusta de los fieles basada en la tradición apostólica, fundamentos para alcanzar la divinidad y disfrutar de su luz y belleza. Según el abad Suger, se alzan doce columnas en el centro de la catedral que corresponden a los doce apóstoles y otras tantas en las naves laterales para indicar el número de los profetas.
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento quedan reflejados en el interior del templo, como base indispensable para levantar la iglesia material y la espiritual. Esta debe sustentarse en la fe, representada en los fustes que se elevan fuertes y robustos hasta 30 m de altura.
La simbología se convierte en teología. Los pensadores del gótico quieren reflejar en sus obras la visión del Apocalipsis sobre la Nueva Jerusalén: «El ángel me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo enviada por Dios, resplandeciente de gloria [...]. Tenía una muralla grande y elevada, y doce puertas con doce ángeles custodiando las puertas en las que estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas daban a oriente y tres al septentrión; tres al mediodía y tres al poniente. La muralla tenía doce pilares y grabados en ellos los doce nombres de los apóstoles del Cordero» (Ap 21,9-14).
El gótico invita a la trascendencia, a mirar hacia las alturas, a Dios, el que ha dado la vida al hombre y quien ha de venir a juzgar al fin de los tiempos. Las vidrieras, las esculturas, la fachada, la torre, todo es una catequesis, una explicación de la visión cristiana de la vida, de la muerte y del futuro de la humanidad. Hay que tener en cuenta que la mayoría de la población era analfabeta y su catecismo eran las pinturas, esculturas y los diseños de los grandes ventanales de los templos góticos.
Con estas características, nadie se resiste a contemplar y admirar estas maravillas que representan la altura, los arcos elegantes, la claridad de las vidrieras, el trabajo virtuoso de los canteros, escultores y demás maestros. Así se expresó Jovellanos al presentar su Elogio de las Bellas Artes en la Real Academia de San Fernando:
Al entrar en estos templos, el hombre se siente penetrado de una profunda y silenciosa reverencia, que apoderándose de su espíritu, le dispone suavemente a la contemplación de las verdades eternas.
El papa Pablo VI, en la constitución apostólica Mirificus eventus, enseñaba lo siguiente:
La catedral de la diócesis, que es frecuentemente luminosa expresión de arte y de piedad de los siglos pasados y contiene no pocas veces admirables obras de arte, se distingue especialmente, como su vetusto nombre indica, por la dignidad de tener la cátedra del Obispo, la cual es quicio de unidad, orden, autoridad y auténtico magisterio en unión con Pedro. Además, la catedral, en la majestad de su arquitectura, es señal del templo espiritual que se edifica en el interior de cada alma y brilla en el esplendor de la divina gracia, como dice el Apóstol Pablo: «Vosotros sois templos del Dios vivo» (2Cor 6,16).
Tanto la catedral como su entorno forman en nuestras ciudades una isla donde encontrar el ambiente propicio para orar y contemplar el mejor arte que nos legaron nuestros mayores.
Fachada de la catedral de Toledo
La fachada
La fachada da la bienvenida al feligrés, al peregrino, al visitante. Es la puerta de entrada al gran espacio que abarca en su interior la catedral.
Las fachadas góticas disponen de tres cuerpos con sus puertas, que se corresponden con las tres naves del interior. Sobre las puertas hay una galería ocupada por esculturas de personajes bíblicos o santos locales que ofrecen al que llega toda la riqueza material y espiritual de la catedral. Elevando la vista encontramos un gran rosetón, con una vidriera de colores, que ilumina el interior de la nave central.
Formando parte de la fachada se encuentra la torre central, o bien dos torres, una a cada lado, rematadas con agujas o chapiteles de gran altura, lo que acentúa la verticalidad de la arquitectura gótica.
Las fachadas presentan una gran riqueza escultórica, que no solo desempeña una función decorativa, sino también catequética. El visitante está ante un edificio religioso que le ofrece arte y mensajes espirituales.
El principal protagonismo de la iconografía escultórica se basa en la figura de la Virgen María, que ocupa un lugar especial en la portada; suele ser una figura grande en el parteluz. De hecho, la mayoría de las catedrales góticas están dedicadas a la Virgen, bajo el título de Santa María, Virgen de la Asunción, etc.
Naves y bóvedas
Las naves son las zonas reservadas a los fieles, y se llaman así por su forma de nave invertida. En general, las catedrales góticas tienen tres o cinco naves.
La nave es un antiguo símbolo de los orígenes del cristianismo. Significa el viaje hacia el puerto de la eternidad sobre el que brilla un faro que va iluminando la ruta. Ese faro es la fe, que conduce con seguridad a la Iglesia y sus fieles hacia la patria celestial.
Esta nave está representada en el Antiguo Testamento por el arca de Noé, que se salva del diluvio (Gén 7–8) y por la barca de los pescadores en el mar de Galilea, que supera la tempestad cuando Jesús logra calmar los vientos (Mt 8,23-27).
Sobre las naves de la catedral se elevan a gran altura las bóvedas, adornadas con elementos dorados y con estrellas. La altura obliga a mirar hacia arriba y contemplar tanta belleza y admirar tanta sabiduría para crear esos efectos que nos recuerdan las primeras páginas de la Biblia: «E hizo Dios el firmamento y lo llamó cielo [...]. E hizo Dios dos lumbreras grandes para regir el día y la noche; y las estrellas. Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, para regir el día y la noche y separar la luz de la tiniebla» (Gén 1,6-14).
Nave central
de la catedral de Santiago
Cuando los fieles reunidos en asamblea (ecclesia) participan de la liturgia, se sienten navegantes de este barco a cuyos mandos va Jesús de Nazaret, mientras disfrutan contemplando el cielo de las bóvedas, ese cielo que prefigura la promesa del cielo nuevo y la tierra nueva. «Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo [...] y oí una gran voz que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres... ellos serán su pueblo» (Ap 21,1-3).
La catedral es, por tanto, la morada terrenal del pueblo de Dios, la Iglesia, que un día será la morada celestial convertida en la nueva Jerusalén.
La torre
Por ser la parte más alta, es lo que más llama la atención. Y suele ser la seña de identidad de las catedrales.
Como se ha dicho antes, las catedrales góticas pueden tener una sola torre o dos, siempre formando parte del cuerpo principal de la fachada.
En todas las culturas, la torre ha tenido principalmente un carácter defensivo. Así sucedía en los castillos, en las ciudades amuralladas, en los palacios, en las costas, para avisar la llegada del enemigo.
En el arte gótico y sobre todo en España, como veremos más adelante, las construcciones de las catedrales góticas se iban haciendo a la par que el territorio conquistado a los árabes quedaba libre y despejado de peligros. Por eso la torre ya no es defensiva, es campanario y, a la vez, símbolo de la presencia cristiana en la ciudad. Es un elemento teológico: la torre, por su altura, trata de unir al hombre con Dios, al cielo con la tierra.
Nos recuerda el sueño bíblico de Jacob, en el que vio «cómo una escalera unía el cielo con la tierra y por ella subían y bajaban los ángeles de Dios» (Gén 28,12). Es decir, Dios entra en comunicación con los hombres y, para ello, no duda en ir a su encuentro. La torre de la catedral evoca, por su invitación a mirar hacia el cielo, el lugar desde donde Dios escucha y perdona.
Y ese mensaje lo recordarán las campanas, alojadas en la torre, cuando repiquen los domingos y en las fiestas para dar gloria y alabanza al Señor, cuando inviten a los feligreses a la asamblea, cuando emitan sus tañidos a la hora de la muerte, recordando que, tras el paso fugaz por la tierra, nuestro destino está en las alturas, en el cielo. Su forma de copa invertida es un símil de la generosidad de Dios que se desborda sobre la ciudad, que abraza al pueblo y lo acompaña con sus sonidos a lo largo de su vida.
Por otro lado, el afán por hacer la torre más alta que los demás puede simbolizar la soberbia humana, que pretende demostrar más poder político, religioso o económico. Así nos lo recuerda el pasaje de la Torre de Babel en el libro del Génesis: «Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance el cielo, para hacernos famosos, no sea que nos dispersemos por la superficie de la tierra» (Gén 11,4).
Algunas torres de nuestras catedrales han sido puntos de referencia en obras literarias como La Regenta, de Leopoldo Alas «Clarín», donde la torre de la catedral de Oviedo es protagonista porque, desde su altura y con ayuda de un catalejo, el Magistral, don Fermín de Pas, vigilaba la ciudad.
La Giralda de Sevilla, la torre más famosa de España, es citada con cierta sorna y humor en el Quijote:
