Catorce segundos para una vida - Mar Mores - E-Book

Catorce segundos para una vida E-Book

Mar Mores

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Beschreibung

Algunas veces el miedo no nos deja volar, pero el destino suele encargarse de que nos crezcan las alas   Nora es una mujer fuerte y realista que mantiene su vida ordenada a cada segundo, pero en ocasiones nota que pierde esa entereza y seguridad, sobre todo cuando se trata de su novio Dani y sus constantes idas y venidas. Artesana de profesión y vocación, dedica su vida a crear de la nada, a hacer que la arcilla cambie de forma una y otra vez, aunque ella sea una persona con cierto temor a que las cosas cambien. Eva, una mujer decidida, independiente y pragmática, tiene las ideas muy claras y le pone pasión a todo lo que hace sin dejar nunca nada a medias. Periodista y fotógrafa, concibe la vida a través de historias increíbles y que intenta plasmar en cada uno de sus reportajes. Dejó el romanticismo a un lado tras una gran decepción, pensando siempre dónde pisar antes de meterse en un lodazal, no vaya ser que se hunda. Nora pasa por el mismo puente cada día con su viejo coche y ve a la chica del pelo rojo caminar con paso firme. Eva, con la música en sus auriculares, siempre lo atraviesa ajena a todo lo demás. Ambas cruzan siempre el puente a la vez, pero nunca en la misma dirección. ¿Sus vidas tomarán el mismo camino en algún momento?

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Seitenzahl: 770

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2024 María del Mar Escobar Morcillo

© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Catorce segundos para una vida, n.º 23 - junio 2024

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Elit y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9788411808293

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

1

 

 

 

 

 

Levantarse a las siete de la mañana cada día era algo que ya no le molestaba. Se había acostumbrado tanto que ni el frío le impedía salir de entre las sábanas. Le gustaba mantener sus horarios, su rutina, y en ella estaba levantarse temprano para poder disfrutar tranquilamente de su café antes de ir a trabajar. Era una persona sumamente organizada, pero sin su dosis de cafeína diaria no funcionaba. Y aquella mañana no fue diferente a las demás.

Nora se levantó y, tras lavarse la cara y vestirse, se sentó en la mesa de la cocina con sus tostadas y su café mientras ojeaba las noticias en el móvil. No es que estuviese muy pegada a la actualidad ni nada de eso, pero le parecía importante tener una mínima consciencia de lo que pasaba en el mundo al menos una vez al día. Repasó sus redes sociales, aunque se aburrió rápido, pues las tenía bastante abandonadas y tan solo las usaba para ver las fotos y los comentarios de sus amigas y familiares; poca cosa, en realidad. Revisó también sus mensajes y abrió y cerró los grupos sin leer nada, dirigiéndose a la conversación que tenía con Dani. Al parecer le había escrito la noche anterior, pero ella ya estaba dormida y no vio el mensaje, ganándose así un nuevo y absurdo enfado por parte de su novio por no prestarle la atención que requería cuando a él le apetecía.

Resopló con hastío y apartó el móvil a un lado. Se terminó el café y se levantó para dejarlo todo en el fregadero y marcharse al trabajo antes de que el reloj marcase la hora en la que tendría que salir de casa. Por muy temprano que se levantase, al final siempre se entretenía de más con el desayuno, y ya iba apurando segundos.

Bajó al garaje y abrió su viejo y casi destartalado coche, montándose en él y arrancando el motor para poner la calefacción a tope antes de salir a la calle. Su padre siempre le decía que debía cambiarlo, que el coche pasaba más tiempo en el taller que usándolo y que un día iba a tener un susto, pero Nora siempre se negaba a deshacerse de aquel cacharro. Había sido de su abuelo y ella se lo quedó cuando él murió. Tenía la sensación de que aún seguía oliendo a él, que allí estaba su esencia, así que jamás podría abandonarlo a su suerte en un desguace cualquiera mientras siguiese funcionando. Sería como abandonar a su propio abuelo y no estaba dispuesta a cargar con aquello en su conciencia.

Salió de la cochera y serpenteó por las calles del centro de la ciudad mientras por los altavoces sonaba una cinta de Perales. También cosa de su abuelo. Escuchar aquellas canciones por las mañanas le traía buenos recuerdos y la ponía de buen humor, así que se había acostumbrado también al gusto musical del viejo don Antonio. Aquellos quince minutos que duraba el trayecto desde su casa hasta el trabajo, veinte si se encontraba tráfico, los disfrutaba de verdad, dejando que su mente se relajase antes del estresante día que seguro le esperaría en el taller.

Se fijaba en las calles, en los comercios y bares abriendo. Se fijaba en el cielo, en si había nubes o si estaba despejado, pensando si tendría que coger el paraguas que siempre llevaba en el asiento de atrás o lamentándose si había dejado la ropa tendida. Se fijaba en las aguas tranquilas del río cada vez que cruzaba el puente, en cómo el sol se reflejaba en ellas. Se fijaba en las personas que veía cada día paseando por las aceras, apresuradas por llegar a sus destinos, perdidas en sus pensamientos y preocupaciones, caminando y nada más. Y se fijaba en la chica del pelo rojo que veía cada día a la misma hora y en el mismo lugar.

La chica del pelo rojo era una constante en sus mañanas, pues cada día se cruzaba en su camino, atravesando el puente en sentido contrario a ella. Y, desde la primera vez que advirtió su figura, le llamó la atención. Parecía fuerte y segura de sí misma, siempre caminando con firmeza, ajena a todo lo que la rodeaba. Eran apenas unos segundos, pero la veía con sus cascos, con su ligera sonrisa en la boca, a veces cantando lo que iba escuchando, y se sorprendía a sí misma albergando el deseo de ser un poco más como la chica del puente.

El reloj en el salpicadero marcaba las ocho de la mañana cuando aparcó el coche y se bajó, caminando unos metros con las manos en los bolsillos del abrigo hasta la puerta del taller. Siempre llegaba la primera y era la que se encargaba de abrir, pues ser la jefa le generaba una responsabilidad y un deber que desde luego no iba a exigir a Sandra, su única empleada y amiga. Se metió en la trastienda dejando la puerta principal cerrada, pues la tienda no abría hasta las diez, y encendió los hornos. Se fue directa a su mesa y se sentó para repasar lo que tenía apuntado en la agenda para ese día. Envío de pedidos, repaso de la web, cocer algunas piezas nuevas…, un poco lo de cada día, pero si no lo apuntaba para ella no existía y era muy fácil que algo se le olvidase. Había aprendido a funcionar así, a hacer rodar su negocio igual que hacía rodar su vida, y por el momento no había tenido ningún problema.

Se levantó y se colocó el delantal, se frotó las manos dispuesta a comenzar y se recogió el pelo en un moñito desprolijo del que se le salían casi todos los mechones mientras miraba de nuevo el reloj. Se dirigió a una de las estanterías donde dejaba las piezas a medio hacer para echarles un último vistazo antes de meterlas en el horno. Alcanzó una serie de bustos de cerámica que había estado moldeando la tarde anterior y revisó las formas y los detalles. Una vez estuvo conforme con el resultado los metió al horno y lo programó para que no se le pasase sacarlos a su hora, centrándose en otra de las muchas tareas que tenía que hacer antes de abrir la tienda.

Ser alfarera era algo con lo que siempre había soñado, y aunque muchos intentaron quitarle la idea de la cabeza, y aún intentaban hacerlo, Nora había perseguido su sueño haciendo oídos sordos a las recomendaciones agoreras de los que le decían que aquello no tenía futuro. La artesanía, el trabajar con las manos y ver cómo de la más absoluta nada crecía algo hermoso, siempre había sido para ella el camino a seguir y no la meta, como todos creían. Para Nora crear era como respirar, algo natural. Y si con ello podía ganar lo suficiente para vivir, se daba por satisfecha.

Y de nuevo la culpa de aquello la tuvo su abuelo, don Antonio. Cuando era pequeña pasaba mucho tiempo con él y hacían miles de cosas juntos, lo que provocó que crease con él aquel vínculo que a día de hoy aún le costaba romper. Pero es que, en realidad, tampoco quería romperlo.

Un verano en el que Nora pasaba más tiempo en casa de sus abuelos que en la suya propia, su abuelo se apuntó con ella a un taller de alfarería, y ahí fue donde empezó a sentir aquellas mariposas en la tripa cada vez que veía alguna pieza crecer entre sus manos. Aunque fuese un estropicio, daba igual. Su abuelo le decía que estaba genial y ella se quedaba con eso.

Y así continuó cada verano apuntándose al mismo taller, ya sin su abuelo, creciendo ella sola en lo que había descubierto como su posible vocación, llenando las casas de sus padres, sus tíos y de sus propios abuelos de piezas inservibles que concebía con toda su ilusión. Ahora se había desarrollado sola, mantenía aquella ilusión cada vez que se manchaba las manos de arcilla o de cerámica para moldear, imaginando las casas que ocuparían, las vidas de quienes las comprarían, los ojos con los que las mirarían. Las piezas salían de sus manos para adornar la vida de los demás y con eso le bastaba.

Estaba concentrada pintando un juego de platos y tazas cuando escuchó la puerta a su espalda y supo que en aquel instante se le había terminado la paz.

—Buenos días, mi corazón de melón.

—Hola, Sandra —habló sin apartar el pincel del plato.

—Uy, qué calentito se está hoy aquí —dijo quitándose el abrigo y poniéndose su delantal.

—Normal. Los hornos llevan encendidos dos horas. —Levantó la cabeza para mirarla y vio su gesto de cansancio.

—No sé cómo decirte que no hace falta que vengas tan temprano, que las piezas se van a hornear igual a las ocho que a las diez.

—No soy capaz de estar en casa hasta las diez sabiendo todo lo que tengo que hacer aquí.

—Pues déjame venir a mí también a las ocho para ayudarte. —Se apoyó sobre la mesa con las dos manos y el ceño fruncido.

—No, tú eres la encargada de la tienda —señaló poniéndose en pie—. Y la tienda se abre a las diez, así que tú vienes a las diez. No tengamos otra vez esta conversación, Sandra, por favor.

—Pero también soy orfebre, y esas piezas no se hacen solas.

—No tenemos tanta demanda de joyería y lo sabes.

—Mira que eres pesada… —negó dejándola por imposible—. En fin, voy a abrir la tienda. Ahora vuelvo y veo si hay que preparar pedidos.

—Sí, hay cinco. La lista está sobre tu mesa. Y tienes que llamar al repartidor para que venga a recogerlos esta tarde, a ser posible.

—Sí, jefa. —Puso los ojos en blanco por cómo lo tenía todo controlado al milímetro. ¿Delegar? Nora no sabía lo que era eso.

—No me llames así. —La miró seria.

—Perdón, pero es que me estresas tan temprano con tanto control.

Sandra salió del taller y Nora resopló. Sí, era amante del orden y le gustaba que todo estuviese organizado, así era como siempre le habían salido las cosas bien y Sandra lo sabía, pero también entendía que su amiga fuese todo lo contrario, más volátil y ligera, sabiendo así todo lo que se esforzaba por cumplir sus reglas en el trabajo, y quizás por eso se complementaban tan bien. Una era el cerebro y la calma, y la otra la espontaneidad y la locura. El tándem perfecto.

Se conocían desde el instituto y ya desde entonces habían encajado a la perfección. Nora se encargaba de frenar un poco los disparates de Sandra, y Sandra de alimentar un poco el espíritu travieso de Nora, que por aquel entonces era un pelín más acentuado. Pasaban el día juntas y lo hacían todo de la mano, por lo que cuando Sandra se marchó a la universidad a estudiar administración de empresas, lo vivieron como un verdadero drama adolescente. Nora se quedó en la ciudad y se dedicó a formarse con más talleres, cursos y una instrucción especializada que la terminaron por acreditar como maestra artesana; los fines de semana también viajaba para asistir a seminarios y clases magistrales que le sirvieron para coger experiencia y perfeccionar sus técnicas. Trabajó como dependienta unos años en una tienda de ropa para pagarse los estudios, pero su abuelo le echó una mano siendo el único que apoyó su meta de futuro desde el principio. Pero Nora nunca tocó ese dinero hasta que le hizo falta para montar su taller y, años después, su tienda de artesanía, Nunkui.

Tan solo llevaba un año con su negocio abierto, mucho más pequeño en producción y capacidad que ahora, cuando Sandra regresó a la ciudad y Nora, al verla cansada de buscar una oportunidad que nunca le llegaba, le ofreció trabajar con ella. Y así, nueve años después, habían conseguido entre las dos crear una marca reconocida a nivel nacional y que cada día adquiría más prestigio. Se podría decir que Nora, en el ámbito laboral, se sentía completamente realizada.

—¿Esta es la lista de pedidos? —preguntó Sandra entrando de nuevo en el taller.

—Sí —respondió Nora, mirándola—. ¿Vas a poder encargarte de prepararlos tú sola con la tienda abierta?

—Sí, no te preocupes. Además, ahora no hay nadie, tengo tiempo de sobra.

—Vale. —Bajó la vista de nuevo a la taza que estaba pintando—. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes…

—Me avisas… —la interrumpió intentando imitarla—. Nora, pinta tranquila que esto está controlado.

—Vale.

—Y, oye, Nora, ¿sigue en pie lo de esta noche?

—¿Qué? —La miró de nuevo con el ceño fruncido.

—La cena… con Dani y Marcos. ¿Se te ha olvidado?

—No…, no se me ha olvidado —mintió. No lo había apuntado, así que sí, se le había olvidado—. Pero no sé si Dani estará por la labor.

—¿Otra vez habéis discutido? —preguntó Sandra acercándose a ella.

—No, ni siquiera nos ha dado tiempo —negó con resignación—. Anoche me escribió y yo ya estaba dormida, pero cree que lo ignoré y, bueno…, ya sabes.

—Lo que no sé es cómo sigues aguantando eso, tía —soltó cruzándose de brazos—. Llevas tiempo mal con él, ¿por qué no terminas con eso?

—Porque lo quiero, Sandra —dijo de manera directa—. No podría.

—Y a mí también me quieres y me mandas a tomar por culo cada dos por tres. No me sirve esa excusa.

—No es una excusa, es la verdad —recalcó Nora—. Es solo… que estamos pasando una mala racha.

—Sí, una mala racha de dos años, guapa —apuntó—. Pero a ver, Nora, cariño mío, ¿tú no estás enamorada de él, verdad?

—Sandra…

Nora apartó la mirada, intentando evitar que su amiga viese en sus ojos las dudas que desde hacía tanto tiempo bailaban en su interior, pisoteando con fuerza con cada giro, con cada cambio de paso. La relación que mantenía con Dani no era la mejor, eso lo tenía claro, pero para ella era lo seguro, lo estable, lo que siempre había conocido y lo que le iba bien. Lo quería, y mucho, y sabía que había estado enamorada de él. Pero al escuchar la pregunta que le hizo su amiga, al oírla en voz alta y viendo que era una realidad prácticamente palpable, se le formó tal nudo en el estómago con todas las verdades que no se atrevía a reconocerse a sí misma que fue incapaz de contestar.

—Está bien, no te digo nada más —se dio Sandra por vencida—. Pero esto lo tenemos que hablar tú y yo mejor, no te creas que te vas a librar de mí.

—No hace falta.

—Sí que hace —la cortó—. Así que esta noche nada de chicos, quedamos tú y yo y hablamos más tranquilamente. Y no me digas que no —dijo al ver que Nora iba a hablar—. Me voy a preparar los pedidos que hay mucho curro, jefa.

Sandra salió del taller dejando a Nora con la palabra en la boca y con una sensación de desasosiego en el pecho con la que ya estaba familiarizada. Noches en vela después de las discusiones, preguntándose si verdaderamente tenía ella la culpa de que aquello no estuviese funcionando como se había esperado, o las veces que su familia le preguntaba por él y ella se tenía que inventar cualquier excusa, le habían dejado una huella parecida en el cuerpo. Estaba acostumbrada, pero aun así le molestaba.

 

 

Aquel día Nora no tuvo el ánimo suficiente como para irse sola a su casa a comer. Llamó a su madre antes de salir del taller, y la mujer, más contenta que unas castañuelas, le dijo que siempre iba a tener un plato en su mesa. En realidad, si por su madre fuera, Nora no se habría ido de casa todavía, pero había llegado a entender con el tiempo que con treinta años tenía edad suficiente para tomar sus propias decisiones.

Entró en casa con sus llaves y lo primero que hizo fue ir a saludar a su abuela plantándole un par de besos en la cara.

—Hola, yaya, ¿cómo estás?

—Muy bien, hija —asintió la mujer—. Y tú estás en los huesos. Tienes que venir más a casa a comer, que te alimentes como se debe, que seguro que solo comes porquerías.

—Yaya, como bien, no empieces.

—Hola, cariño. —Entró su madre en el salón—. ¿Te has cortado el pelo otra vez?

—Un poco. —Se tocó su melena negra por encima de los hombros y sonrió por primera vez en el día–. Lo tenía muy largo y se me estaban quitando los rizos del peso.

—Me gusta así. —Le acarició su abuela la mejilla.

—Pues a mí me gusta más cómo te queda larguito —replicó su madre metiéndose otra vez en la cocina.

—Tú ni caso, que así estás muy guapa.

—Gracias, yaya. —Le sonrió otra vez—. ¿Laura ha llegado ya?

—Tu hermana llega más tarde, más o menos como tu padre.

—Vale. Entonces voy a ayudar a mamá en la cocina.

Nora siguió los pasos de su madre y se puso a ayudarla con la ensalada que estaba preparando. Hablaron de cómo estaban, del trabajo y de la próxima reunión familiar que tendrían ese mismo fin de semana. Su familia era mucho de juntarse para todo, y eso a ella le encantaba. Podría parecer que no, pero Nora era una chica muy familiar y estar rodeada de los suyos siempre le había hecho mucho bien. El sábado celebrarían el cumpleaños de una de sus tías, hermana de su madre, y se juntarían cerca de treinta personas entre tíos, primos y allegados. Lo normal para ellos, vaya.

Rato después llegaron su padre y su hermana y se sentaron a la mesa para comer los cinco juntos como hacía mucho tiempo que no sucedía.

—Me alegro de que hayas venido a comer, Nora. Hacía días que no te veía.

—Eso le he dicho yo, Paco. Y que tiene que venir más, que está muy canija —habló María, su abuela.

—Estoy como siempre, yaya.

—Yo te veo igual. —La miró su hermana en un intento de analizar su figura—. Te ha salido algún que otro grano, pero igual.

—Idiota. —Nora puso los ojos en blanco.

—Luego te llevas un táper de lentejas para casa, Nora. Y si quieres, tengo croquetas que hice el otro día.

—Marisa, que ya es mayorcita para ir con tus táperes para allá y para acá —rio Paco.

—¡Anda ya, qué tontería! —Le dio un manotazo a su marido en el brazo—. ¿A que tú quieres croquetas, cariño?

—Claro que quiero, mamá. —Nora le sonrió viendo cómo se giraba hacia su padre para chincharle.

—¿Ves? Claro que quiere, si las croquetas de una madre son lo mejor del mundo.

—Y las de una abuela —intervino María, arrancando una carcajada a todos.

—Pues claro. ¿De quién crees que he aprendido, mamá? —le concedió Marisa.

—Ah, entonces sí.

Rieron de nuevo y aquel sonido fue como una cura para el alma de Nora. Se había presentado en aquella casa con los ánimos casi por los suelos, y su familia, con tan solo cuatro tonterías, había conseguido que la presión se le rebajase un poquito.

Se consideraba una mujer fuerte y valiente, pero había veces que ese brío que le nacía de las tripas se quedaba en nada cuando no sentía el apoyo de los suyos, de quienes la rodeaban. No es que hubiese estado buscando la aprobación de los demás con cada cosa que hacía, ni mucho menos, pero se sentía a gusto cuando la animaban o le decían que había tomado una buena decisión. Y eso, por ejemplo, no sucedió cuando abrió su taller, pues toda su familia le dijo que estaba loca, que aquello era un suicidio y que desde el principio estaba abocado a la ruina.

Habían pasado nueve años y les había demostrado a todos que no tenía por qué ser así. Además, había sido la única vez en toda su vida que se había dejado llevar un poquito por su intuición, por lo que verdaderamente le decía su corazón y no su cerebro, lanzándose al vacío sin red. Aquello le produjo mucha ansiedad a todos los niveles, pues no estaba acostumbrada a la incertidumbre de no saber cómo saldrían las cosas. Su necesidad de tenerlo todo bajo control se intensificó con aquella huida hacia delante, pero cuando la situación se estabilizó y vio que su disparate daba sus frutos, se relajó. Como ya había dicho antes, en ese aspecto Nora se sentía completamente realizada.

Aquella tarde regresó al taller más animada y se centró en la cantidad de trabajo que tenía por delante. Lo tenía todo calculado al segundo, como siempre, y lo cumplía salvo que hubiera imprevistos. Sobre las ocho menos cuarto comenzó a recoger y apagar los hornos y se sentó en su mesa, como cada día, para organizar la agenda de la jornada siguiente. Sandra se despidió de ella y le aseguró que iría a su casa en un rato para cenar juntas y que ya había hablado con Marcos, amigo de las dos, para avisarlo de que finalmente no habría cena de cuatro. Aquello recordó a Nora que no había contestado en todo el día al mensaje que le había mandado Dani, pero es que ni había tenido ganas ni se había acordado. Ahora tendría que explicarle que la cena se había cancelado y, probablemente, se ganaría un nuevo enfado. Le daba mucha pereza.

Llegó a casa y, tras quitarse el abrigo y dejar sus cosas en la entrada, cogió el móvil y con un suspiro se dispuso a contestar. Iba a llamarlo, pero prefirió no tener que escuchar sus gritos de molestia. No estaba de humor para eso.

 

Nora:

Hola

Perdona, pero he estado muy liada todo el día

Anoche me quedé dormida

 

Dani:

¿Tanto como para olvidarte de mí?

Venga ya, Nora…

 

Nora:

Hemos tenido la tienda a tope

Y tengo muchos pedidos

No he venido ni a casa a comer, estaba saturada

 

Dani:

Ya da igual

En un rato te veo y hablamos

 

Nora:

Eso te quería comentar

Al final no hay cena esta noche

 

Dani:

¿Y me lo dices ahora?

Yo flipo, Nora

 

Nora:

Perdona, cuando he podido

Sandra quiere una noche de chicas

 

Dani:

Estoy un poco harto de que Sandra siempre esté por delante

 

Nora:

¿Perdona?

 

Dani:

Que soy tu novio, Nora, pero no lo parece

 

Nora:

Pues lo mismo digo yo

Me parece muy fuerte que te pongas celoso por esto

 

Dani:

No son celos, son prioridades

Y tú me dejas muy claras las tuyas

 

Nora:

¿Y tú no?

Te recuerdo que te has pasado la última semana fuera y sin apenas dar señales de vida

No tienes derecho a echarme nada en cara

 

Dani:

Estaba trabajando

 

Nora:

Por las noches no trabajas

Pero que eso me da igual ahora

Lo siento, pero esta noche no vengas

 

Dani:

¿Resulta que ahora voy a tener que pedir cita para verte?

¿A quién llamo? ¿A Sandra?

 

Nora:

Ya empiezas a comportarte como un imbécil, Dani

Mira, mejor hablamos en otro momento

 

Dani:

Claro que sí, siempre como tú quieras

El insulto era lo que te faltaba para terminar esta conversación de buena manera

Que te cunda la noche, Nora

 

Cerró la conversación y lanzó el móvil sobre el sofá sin contestar a aquel último mensaje. Hablar con Dani cuando estaba molesto por algo siempre le consumía muchísima energía, pero que se hubiese mostrado receloso porque había quedado con Sandra había sido la gota que llegó a colmar su paciencia.

Decidió ignorar el sentimiento de culpa que comenzó a invadir su cuerpo por haberlo dejado plantado de aquella manera y se metió en el baño para darse una ducha y relajarse un poco antes de que Sandra llegase y le pusiese los ánimos de nuevo patas arriba. Se miró en el espejo y no le gustó lo que vio. Tenía las ojeras marcadas y el cansancio se hacía visible en su rostro. Los ojos, de un marrón oscuro, se reflejaban más opacos que nunca. Se dio cuenta, además, de que quizás su abuela tenía algo de razón y sí que había perdido peso, pero últimamente estaba tan metida en el trabajo e intentando hacer malabares con su vida personal que supuso que se había descuidado un poco.

Resopló otra vez y se metió bajo el chorro de agua caliente, esperando que aquella corriente se llevase las malas vibraciones que había ido acumulando durante todo el día. Se preparó mentalmente para el interrogatorio con el que Sandra la bombardearía, pues sabía que le preguntaría por Dani y la situación en la que estaban. Tan solo le consolaba que antes haría mil tonterías para destensar el ambiente.

Nora tenía claro que su amiga no soportaba a su novio, pero tenía que concederle que lo disimulaba todo lo bien que podía. Aunque había veces, como aquella noche, que le era imposible esconder lo evidente.

—¿Pero ese tío es tonto? —preguntó Sandra poniéndose rígida en el sofá—. Sinceramente, Nora, no sé cómo lo soportas.

—Sé que lo ha dicho porque estaba molesto —intentó excusarlo sin saber muy bien por qué.

—Ah, no, ni se te ocurra tratarlo con pañitos calientes. Ni de coña. Dani sabe muy bien lo que dice, cuándo lo dice y cómo lo dice —respondió Sandra, evidentemente molesta.

—Me he pasado el día sin contestarle, es normal que esté enfadado. Y al decirle que quedaba solo contigo…

—Pues ha visto la oportunidad perfecta para ponerse como un burro celoso y echarte la culpa de los males del mundo, como siempre.

Nora miró cómo se dejaba caer contra el sofá con gesto airado y no quiso, ni pudo, quitarle la razón. Aquella conversación la habían tenido miles de veces, pero Sandra había terminado por explotar justo en el momento en el que ella misma se empezaba a plantear las cosas de otra manera. ¿Por qué tenía que ser siempre ella la culpable de todo lo malo que les pasase en su relación? No era justo.

—Mira, sé que me vas a decir que lo quieres y todo eso —habló su amiga, incorporándose de nuevo y dedicándole una mirada que Nora identificó como lástima—, pero no puedes dejar que te trate como le dé la gana. Últimamente solo discutís, Nora. ¿De verdad te merece la pena?

—Tú lo has dicho —se encogió de hombros y agachó la mirada—, lo quiero.

—Pero a veces eso no es suficiente, cariño.

Nora levantó la vista y la clavó en los ojos verdes de su amiga, unos ojos que le pedían a gritos que dejase a un lado los sentimientos y que racionalizase la situación. Pero lo que Sandra no sabía era que Nora ya miraba su realidad desde aquella perspectiva, siempre de una manera cerebral, temerosa incluso de lo que podría suceder si dejaba de intentar que su relación funcionase, algo a lo que estaba acostumbrada. Dejarse llevar por los cambios no era algo que entrase dentro de sus planes de vida. No. Más bien era ella la que controlaba las variables de lo que sucedía a su alrededor, y pensar que lo que tenía con Dani pudiese llegar a desaparecer le producía cierta angustia.

En sus planes mentales tenía la certeza de que aquello era un simple bache en su noviazgo, algo que se podía solucionar con el tiempo, por lo que apartarse de él no entraba en la ecuación de su presente.

Aquella noche apenas fue capaz de pegar ojo. Aunque se esforzó por alejar de su mente la idea que Sandra había sembrado en ella, la de considerar que no todo valía por el hecho de mantener una relación que no lo parecía en absoluto, las raíces de aquel planteamiento ya se habían agarrado con fuerza en su psique. Debía mantenerlo bajo control.

2

 

 

 

 

 

Esperar nunca había sido su fuerte y ya llevaba allí más de veinte minutos sin que nadie fuese a por ella. Se había dado un par de paseos por la sala, se había acercado a las ventanas para ver a la gente luchar con sus paraguas y el viento mientras intentaban no mojarse con la que estaba cayendo. Ella misma había tenido que coger un taxi para llegar hasta la Academia de Arte y Diseño, pues no disponía de automóvil e iba siempre andando de un lado a otro. Había pensado en comprarse una moto, pero aún tenía que hacer números.

Trató de distraerse con su teléfono móvil, mirando correos e intentando adelantar algo de trabajo, pero su concentración en una situación así brillaba por su ausencia. Se sentó de nuevo en la silla y se cruzó de piernas, resoplando y mirando el reloj para ver que habían pasado otros diez minutos sin que nadie diese señales de vida. Creyó incluso que se habían llegado a olvidar de ella. Bebió un poco de agua y sintió la necesidad de fumarse un cigarro. Solía ser muy tranquila y se tomaba las cosas con calma, mirándolas con perspectiva y adaptándose a las situaciones según le iban viniendo, pero jamás había soportado que le hicieran perder el tiempo de aquella manera.

La paciencia no era una de sus cualidades, pero con aquel tema estaba acopiando más de la que habría esperado. Adoraba su trabajo, era una de sus grandes pasiones, pero jamás pensó que le iba a costar tanto encontrar a alguien para poder realizar un simple reportaje como los que ya había hecho miles de veces.

—Hola, ¿Eva?

Miró a aquel hombre que abrió la puerta como si se tratase de su verdadero salvador. Se puso en pie, asintiendo y deseando salir de allí para poder entrar un poco en acción.

—Sí, soy yo.

—Bien. Acompáñeme, por favor.

Eva siguió al hombre y se preguntó a qué venían tantos formalismos para hacer una simple consulta y encontrar un contacto que le fuese útil. Recorrió los pasillos de la academia en silencio, observando a su alrededor y deseando pararse a mirar los coloridos cuadros que adornaban las paredes. Se detuvieron ante una puerta a medio abrir y, haciéndose a un lado, aquel señor le indicó que pasara.

Abrió la puerta del todo y se adentró en aquel despacho lleno de grandes ventanas a un lado y estanterías con libros y esculturas al otro. Un gran escritorio de madera oscura repleto de papeles y cuadernos presidía la estancia. Tras él, la directora de la academia, Pilar González.

—Buenas tardes, Pilar. Soy Eva, de la Gaceta La Tribu —se presentó extendiendo la mano para estrecharla con la de ella.

—Hola, Eva. —Le devolvió el apretón—. Perdona que le haya hecho esperar, pero es que tenía una reunión bastante importante y se ha alargado más de lo previsto.

—No se preocupe.

—Bueno, siéntese y cuénteme qué necesita.

Eva dejó sus cosas en una de las sillas y se sentó en la que quedaba frente al escritorio. Observó por un instante a aquella mujer de pelo canoso y gesto risueño que la trataba de usted y no le dio la impresión de ser la directora de una academia de prestigio como aquella, sino más bien la señora que te vende pastelitos en la confitería de la esquina. Apartó sus absurdas cavilaciones de la mente y se centró, por fin, en el meollo de la cuestión.

—A ver, soy la coordinadora de la sección de mujer y feminismo de la gaceta. Solemos hacer reportajes hablando del empoderamiento de las mujeres, de sus logros en cualquier ámbito…

—¿Y me buscan a mí? —se sorprendió la mujer.

—No —negó Eva, viendo la desilusión en los ojos de Pilar—. Verá, estamos buscando a una mujer artesana, si puede ser. Alguien que trabaje con las manos y que con ello haya logrado…, no sé, vivir. Que haya hecho su sueño realidad.

—Ya veo… —Cabeceó la mujer desviando la mirada—. Una vieja directiva no es tan interesante.

—No es que no sea interesante, Pilar, es solo que el enfoque de la revista es distinto —intentó Eva salir del paso.

—Si lo entiendo, es mucho más atractivo que verme a mí sentada detrás de esta mesa —terminó riendo, lo que aligeró un poquito el ambiente que Eva notó cargado de repente—. Entonces, ¿qué es lo que quiere de mí?

—No logramos encontrar a nadie con unas características que nos sirvan para el reportaje, y Darío, mi compañero, me dijo que quizás aquí me podrían ayudar a encontrar lo que busco.

—¿Un contacto?

—Sí. —Se irguió en la silla viendo que al fin se encaminaba la conversación en el rumbo correcto—. Pensábamos que quizás entre las alumnas de la academia habría alguna que cumpliese los requisitos.

—Pues podría ser…

Eva vio cómo Pilar se levantaba de la silla y se dirigía hacia el mueble que tenía tras ella. La observó abrir un par de puertas y sacar una caja llena de archivos viejos, cómo la colocaba sobre la mesa y se sentaba de nuevo, rebuscando entre ellos sin prestar atención a la mirada curiosa de Eva, ansiosa por saber lo que allí se escondía, deseosa por conseguir su contacto y salir de aquel lugar para poder empezar a trabajar. Le dio tiempo a pensar incluso en el atraso de aquel lugar al no tener digitalizados sus contactos. «Por favor, en pleno siglo XXI».

—Hace años tuvimos a una alumna brillante, y ahora, si mi memoria no me falla, tiene un pequeño taller —habló Pilar sin levantar la vista de los archivos—. Es artesana y siempre tuvo muy buena mano para la alfarería. No sé realmente a qué se dedicará ahora, si seguirá el taller abierto o no, pero sí sé que vivir de su arte era su sueño.

Eva observó cómo sacaba uno de los archivos y lo abría con una sonrisa, como un niño cuando encuentra sus regalos de Reyes bajo el árbol de Navidad. Apartó la caja y dejó las hojas sobre la mesa frente a Eva, quien se inclinó para echar un vistazo, muerta de curiosidad.

—Su taller se llama Nunkui, aquí está. —La mujer señaló con el dedo sobre el folio amarillento—. Supongo que podrá buscar la dirección por internet, tenemos algunos datos incompletos.

—¿Y tiene algún teléfono o algo?

—Sí, se lo copio en un post-it —dijo alcanzando un bolígrafo.

—¿Y se llama…?

—Nora. —Elevó Pilar el rostro y Eva juró ver hasta cierto brillo de ilusión en sus ojos—. Nora es tu persona.

Eva salió de aquel despacho con la sensación de que se iba con la mejor respuesta que aquella mujer le podría haber dado. Pilar no dudó en recomendarle única y exclusivamente a aquella artesana, por lo que supuso que la impresión que debió de dejar en la academia, y en ella, fue demasiado buena como para olvidarla.

Llegó a la redacción y se dirigió rápidamente a su mesa para comenzar a indagar sobre la tal Nora y su taller. Necesitaba saber cuanto antes si aún continuaba abierto, si sería capaz de localizarla y si su perfil sería el adecuado para el reportaje que tenía en mente. Pegó el post-it con el número de teléfono que Pilar le había dado en una esquina de la pantalla del ordenador y se metió en el buscador para teclear Nunkui. No pudo evitar sonreír al ver los resultados de su búsqueda, pues de primeras ya se encontró con que el taller seguía abierto y que, además, tenían tienda física y virtual, lo que ampliaba aún más su campo de trabajo y sus posibilidades de cara al reportaje.

—Oye, Eva —se colocó su compañero Darío junto a su mesa—, ¿qué tal te ha ido en la academia?

—Bastante bien. —Giró su silla para mirarlo con una enorme sonrisa en los labios.

—Eso espero, porque has tardado toda la mañana, guapa. —Se cruzó de brazos, apoyándose con la cadera en la mesa—. ¿Has conseguido algún contacto?

—Sí, lo tengo, y creo que es bastante bueno. Y he tardado porque la señora se ha hecho de rogar. —Puso los ojos en blanco a la vez que hizo girar la silla para coger el teléfono.

—Te imagino comiéndote las uñas como una posesa.

—Casi —respondió marcando el número del post-it—. ¿Te puedes creer que la señora directora se había creído que queríamos hacerle el reportaje a ella?

—¿En serio? ¿Y sobre qué, exactamente? —rio sorprendido.

—Pues eso digo yo. —Se encogió de hombros al escuchar el primer tono.

—¿A quién llamas?

 

—A la chica de la que me ha dado el contacto. He buscado en Googley es el número de su taller. —Se giró para mirarlo de nuevo.

—Pues dudo que te lo coja ahora mismo, la verdad. Son las dos y media de la tarde, Eva, la mujer estará comiendo. Vamos, digo yo.

—Joder, es verdad. —Colgó con el ceño fruncido—. He estado tanto tiempo allí metida esperando que no sé ni la hora que es.

—Pues la hora de que te invite a comer y tú pagues las cervezas. —Se separó de la mesa.

—¿Yo las cervezas? Eso no es justo. Tú bebes más que comes, me vas a arruinar —dijo poniéndose de pie y colocándose el abrigo.

—Y tú también, Eva, no quieras engañarte a ti misma, corazón.

—Touché.

Eva y Darío salieron de la redacción y entraron en el bar que tenían justo en el edificio de enfrente, su sitio de reunión habitual al terminar la jornada laboral. Normalmente se marchaba a casa a comer, pero aquel día se le había ido el santo al cielo y, sin darse cuenta, se le había hecho tarde. No era la primera vez que Darío y ella comían en aquel bar, o se tomaban el café, o las copas los viernes por la tarde… El ambiente del sitio era inmejorable y Santiago, el dueño, estaba más que acostumbrado a sus reuniones improvisadas con un par de mesas y a sus largas horas de debate entre vinos y cervezas.

Darío también era periodista, como ella, y entró a trabajar en la gaceta un par de años después. A Eva le llamó la atención su actitud despreocupada y jovial, sus ganas de aprender y, sobre todo, de integrarse con los demás. Y Eva siempre había sido una persona muy abierta, por lo que le resultó muy fácil entablar una conversación con él, congeniando desde el primer día a la perfección, siendo uña y carne, apoyándose en todo lo que habían necesitado a nivel laboral, hasta que terminaron por hacerse amigos de verdad. Darío ya no concebía su vida sin la compañía de Eva, y Eva ya no entendía un día a día sin Darío.

Eva no era de la ciudad, sino que se había mudado hacía unos años desde un pequeño pueblo a una hora de camino, y al principio lo pasó mal por no tener a nadie conocido con quien pasar sus buenos y malos momentos. Así, cada vez que congeniaba con alguien, aunque fuese solo un poquito, intentaba regar a diario aquella incipiente amistad para que pudiese terminar floreciendo. A veces le salía bien y otras no tanto.

Con Darío le había salido bastante bien, todo hay que decirlo, porque a veces le daba la impresión de que el chico había salido de alguna de sus costillas. Se parecían tanto en algunos aspectos y pensaban de forma tan similar que le asustaba y gustaba a partes iguales.

—¿Este fin de semana vas a hacer algo?

—Pues tenía pensado salir el sábado un rato con la bici y poco más —dijo encogiéndose de hombros.

—Tía, eres un rollo. —Puso los ojos en blanco.

—Hace mucho que no hago deporte con este tiempo de mierda que está haciendo y se me está poniendo el culo fofo.

—Tú no tienes el culo fofo.

—Lo que tú digas. —Se metió un trozo de tortilla en la boca—. El fin de semana pasado fue un poco intenso y este quería tomármelo para mí. Ya sabes, deporte, leer, ver alguna serie…

—¿Intenso? —Se inclinó sobre la mesa mirándola de cerca y haciendo un bailecito con las cejas—. ¿A qué te refieres con intenso? ¿Algo que me tengas que contar?

—Poca cosa, la verdad. —Apartó la mirada—. El sábado salí con Lucía y las demás y estuve con una chica.

—¿Con una churri? —preguntó, emocionado de repente.

—No, no es ninguna churri —le aclaró clavándole la mirada—. Ni siquiera dormimos juntas.

—¿Te acuerdas al menos de cómo se llamaba? —se burló el chico.

—¡Claro que sí, idiota! Se llamaba Luisa.

—¿Y vas a volver a ver a Luisa? —habló con retintín.

—No.

—¿Le pareció a Luisa que tenías el culo fofo?

—¡Darío!

—¡Perdón! —dijo en medio de una sonora carcajada—. No lo he podido evitar.

—Si se lo pareció, no me lo dijo. —Sonrió Eva de medio lado.

—¿Estás segura de que lo comprobó bien? A ver si es que va a ser que Luisa te dijo algo de tu culo y ahora te ha dado por volver a hacer deporte como una loca.

—Luisa estuvo muy contenta con mi culo, ¿vale? Y el deporte lo hago porque quiero, que te pones muy tonto, Darío.

—Lo que te digo, eres un rollo.

Eva miró a Darío y sonrió sin querer. A veces le entraban ganas de matarlo, pues cuando se ponía pesado no había quien lo aguantara, pero le quería más de lo que le incordiaba, así que recordaba la suerte que tenía por tenerle en su vida y sonreía. Le pasaba igual con todas las personas de las que se rodeaba. No eran muchas, no, pero consideraba que con el tiempo había aprendido a atesorar las amistades más importantes. Porque había veces que lo que importaba no era la cantidad, sino la calidad.

 

 

Aquella mañana de viernes Nora decidió perderse en su viejo torno nada más llegar al taller. La noche anterior había dado de sí más de lo que se había esperado, además de que las dos botellas de vino que se habían bebido entre Sandra y ella la saludaron con una bonita resaca nada más despertar. Se tomó una pastilla después de desayunar y se encaminó como cada día al trabajo intentando hacer acopio de energía, esa mañana más que nunca, pero no le dio mucho resultado. Así, tras abrir el taller y meter en los hornos las piezas que había dejado preparadas el día anterior, se sentó delante de su herramienta favorita y se puso a moldear arcilla, intentando dejar de pensar.

Ignoró la agenda y el reloj, algo difícil de concebir para ella, pero lo necesitaba. Siempre que se sentía abatida o nerviosa, Nora se refugiaba en aquel artilugio, el primero que compró nada más inaugurar su taller. Le encantaba la sensación de sentir la arcilla entre los dedos, siendo nada para terminar convirtiéndola en algo nuevo. No sabía por qué, pero la reconfortaba de alguna manera ver con sus propios ojos cómo iba surgiendo de aquella aleación de minerales naturales una pieza que, posiblemente, terminaría decorando el hogar de cualquier desconocido.

Ese día Nora necesitaba olvidarse de todo. Necesitaba dejar de pensar en Dani y su relación, en la probabilidad de que aquella tarde terminase discutiendo con él, de nuevo, cuando lo viese por fin después de varios días de morros. Necesitaba dejar de pensar en la conversación de la noche anterior con Sandra, en los golpes de realidad que su amiga le dio con tan solo cuatro palabras. Y necesitaba dejar de pensar en lo débil que se volvía cuando se trataba de intentar cambiar, ya fuese a mejor o a peor. Daba igual. La ansiedad que le producía la posibilidad de vivir con incertidumbre hacía que se quedase estancada y se conformase con lo que tenía, intentando solucionar unos problemas que ya dudaba que tuviesen solución.

Su trayecto diario en el coche de su abuelo, en aquella aura del pasado que la envolvía durante un rato, no la había animado lo suficiente esa mañana. Ni su olor, ni su música, ni la chica del puente que pisaba con fuerza el asfalto le habían insuflado ni una pizca de aliento. Más bien todo lo contrario. La envidia que sintió en el pecho al ver sonreír a la mujer del pelo rojo mientras hablaba por teléfono y cruzaba el puente fue devastadora, creando en ella un anhelo mayor del que jamás habría esperado. Se daba cuenta de que realmente no sabía cómo era ella, pero quería ser como ella.

Nora se pasó dos horas moldeando hasta que Sandra llegó al taller, sorprendiéndose de lo tranquila y callada que había entrado. Supuso que la resaca también había visitado a su amiga, así que simplemente se limitaron a saludarse y a seguir cada una con su trabajo. El día entero se les pasó bastante tranquilo, y justo antes de cerrar, Sandra entró como una loca en el taller tras ojear los últimos correos en el ordenador, haciendo que a Nora casi se le cayese una colección de platos ya terminados al suelo.

—Mira, se me llegan a caer y te mato. —La fulminó con la mirada.

—¡Perdón, pero es que es muy fuerte! —dijo agitada.

—¿Qué pasa? —Se acercó a ella una vez hubo dejado las piezas en una estantería.

—Ven y te lo enseño.

Nora siguió a su amiga hasta el ordenador que tenían sobre el mostrador de la tienda y se fijó en lo que le quería enseñar. Leyó aquel mail un par de veces y miró a su amiga con los ojos como platos. Sandra le devolvía la mirada con una sonrisa y gesto emocionado.

—Esto tiene que ser una broma.

—No lo es, Nora —negó, sonriendo aún—. Que está el sello de la empresa, que creo que es de verdad.

—Pero… ¿por qué yo? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Porque eres la mejor, tía. —Le dio un manotazo en el hombro—. A ver si empiezas a creértelo de una vez.

Nora esbozó una leve sonrisa de incredulidad y repasó aquel correo de nuevo, intentando descifrar si se trataba de alguna burla o de algún tipo de publicidad engañosa. Pero no encontraba nada raro, solo el hecho de que hubiesen pensado en ella para hacer aquello.

—¿Vas a decir que sí, no?

—Pues no lo sé… —La miró con recelo en los ojos—. Tendría que enterarme bien de qué va esto antes, ¿no crees?

—¿Pues de qué va a ser? Que quieren hacerte un reportaje, Nora. A ti.

—Ya, la cuestión es por qué. —Se cruzó de brazos.

—Te lo dice bien clarito, alma de cántaro. —Señaló la pantalla con cansancio y leyó—: «Por su excelente trabajo como maestra artesana, empresaria emprendedora en un ámbito tan complicado y la temprana edad con la que lo ha conseguido». ¿Te queda claro ahora?

—Pero es que… es muy fuerte, Sandra. —La miró con los ojos abiertos como platos, brillantes—. Que estas cosas no me pasan a mí.

—Pues ahora sí, amiga. —Se acercó a ella para abrazarla y Nora enseguida le devolvió el abrazo, dándose cuenta de que lo necesitaba de verdad.

Aquel día se marchó a casa con una sensación indescriptible en el pecho. Jamás había ganado nada y ni mucho menos se lo habían regalado. Todo lo que había conseguido había sido a base de esfuerzo y, sobre todo, cabezonería. Así, el hecho de que una revista se hubiese tomado la molestia de encontrarla e interesarse en ella y su trabajo la tenía en una nube.

En realidad tenía que pensar aquello bien, pues no tenía muy claro eso de dejarse avasallar con preguntas que no sabía si le iban a gustar o no. No es que fuese una persona muy abierta, así que contar sus cosas a desconocidos no le hacía mucha gracia. Pero se paraba a pensarlo y se trataba de trabajo, de algo que podría lanzar definitivamente Nunkui, una publicidad gratuita sin que ella la hubiese buscado. Cualquiera le diría que no había nada que pensar, que se lanzase y dijese que sí, pero ella siempre tenía que sopesar los pros y los contras.

Entró en casa y aún no se le había borrado la sonrisa de los labios. Se dio cuenta entonces de que las luces estaban encendidas y que olía a comida. Frunció el ceño, confusa, y dejó sus cosas en el banco de la entrada. Solo había dos personas que tenían la llave de su piso: la primera posibilidad era su madre, pero a esas horas del viernes estaría con su padre echando sus partidas en el bingo; y la segunda era Dani, la más evidente y probable.

—Hola —saludó cuando entró en la cocina y le vio concentrado en lo que estaba haciendo—. ¿Qué haces aquí?

Dani se giró y le vio sonreír a lo grande, como si nada hubiese pasado los días anteriores, cuando solo se habían hablado para pelear. Le pareció extraña su actitud a la vez que la sorprendió, pues Dani no era de los que se les pasaba el mosqueo tan fácilmente y tan solo había transcurrido un día. Vio cómo se acercó hasta ella y, sin dejar de sonreír, la acogió entre sus brazos.

—Hola, amor —susurró besándole la frente—. He venido a hacerte la cena.

—¿La cena? —preguntó, absolutamente fuera de la situación—. ¿Por qué?

—Pues…, a ver, creo que me he comportado un poco como un cretino —dijo al fin, separándose de su cuerpo, y Nora vio cierto arrepentimiento en sus ojos—. Y creo que te debía una disculpa.

—Ya… —Desvió la mirada y frunció de nuevo el ceño, reconociendo el patrón que se había repetido en su relación una y otra vez. Estaba cansada, pero aun así lo aceptó—. Creo que yo también te debo una disculpa.

—Sí, los dos tenemos de qué hablar, pero mejor ahora no. —Nora lo miró de nuevo y notó cierta condescendencia en su tono—. ¿Qué te parece si, mientras yo termino de preparar la cena, tú te das un baño y te relajas, y después hablamos?

—Me parece genial —respondió a media voz, casi de forma automática.

—Pues venga, que a esto le queda poco.

Nora observó cómo su novio volvía de nuevo hacia la encimera y se movía por la cocina como si fuese la suya propia. Se perdió por el pasillo hasta su cuarto y cogió ropa para meterse en el baño y darse una ducha bien caliente. Repasó el breve encuentro con Dani y le resultó absurda la situación, aunque siempre se desarrollara de la misma manera. Se enfadaban, sobre todo él, y mucho. Dejaban de hablarse y se comunicaban solo para echarse cosas en cara, sobre todo él, y muchas. Cuando Nora lo empezaba a ignorar de verdad, a hartarse de veras, él volvía con un perdón de boquilla, y ella, ilusa o conformista, se lo creía y le permitía entrar de nuevo. Una dinámica que sabía reconocer como tóxica, pero que su mente no dejaba de repetirle que era lo que les funcionaba.

Salió del baño ya cambiada de ropa y arrastró los pies hasta el salón, forzando a su mente y a su cuerpo a encarar aquella situación que para nada le apetecía en aquel momento. Se encontró de frente con la mesa repleta de comida, pareciendo aquello un verdadero festín, y presidiendo el improvisado bodegón un ramo de margaritas. «Tantos años juntos y ni siquiera es capaz de recordar que odio que me regalen flores», pensó con tristeza.

Se sentó en su silla y observó cómo Dani se sentaba enfrente, con su mirada clara y penetrante y con una sonrisa en los labios. Tenía la sensación de que estaba sonriendo demasiado y eso le chirriaba. Comenzaron a cenar después de que él sirviese un par de copas de vino y Nora se bebiese la suya casi del tirón. Y hablaron, o más bien él habló y ella escuchó. Le volvió a pedir perdón, cogiéndole las manos, y le aseguró que no pensaba nada de lo que le había dicho. Se excusó en lo que la había echado de menos, en las ganas que tenía de verla para hablar y en lo mal que le sentó que hubiese preferido quedar con su amiga en lugar de verlo a él después de tantos días. Y Nora, como siempre, fue capaz de ver su parte de razón.

Siguieron cenando y hablando de cualquier cosa, de cómo habían estado, de todo y de nada importante, en realidad. Nora se pensó si contarle la buena noticia, aquel correo sobre el reportaje que le querían hacer, pero prefirió esperar a tomar la decisión de hacerlo o no para contárselo a Dani. Además, no quería mezclar aquel buen sentimiento de orgullo propio con la forzada reconciliación que sabía estaban teniendo, pues incluso su novio siempre le decía que aquel trabajo no podía ser para siempre.

Terminaron de comer y ambos recogieron la mesa y se pusieron a ordenar la cocina y meter las cosas en el lavavajillas. Nora recordó entonces el plan que tenía para el día siguiente y, algo reticente, lo informó:

—Oye, mañana es el cumpleaños de mi tía Lola y comemos en la finca.

—¿Otro cumpleaños? Os pasáis la vida celebrando.

—Pues claro —dijo con obviedad—. Para eso son los cumpleaños.

—¿Y vas a ir? —preguntó, vertiendo restos de un plato en la basura.

—Te he dicho que comemos allí. Por la tarde irán también sus amigos a tomar café y tarta, así que estaremos allí todo el día.

—Pues que lo paséis bien —dijo, metiendo el plato en el lavavajillas, sin más.

—Ah, ¿no vienes? —cuestionó Nora sin una pizca de sorpresa en su tono.

—He quedado con los del equipo para un partido a las doce, y ya sabes que después nos gusta quedarnos a tomar las cañas. Y, bueno, que nos alargamos y eso.

—Ya…, pues que lo paséis bien.

Le respondió del mismo modo, pero es que ni siquiera le importó. Vio cómo se marchaba al salón y poco después ella lo siguió. Se lo encontró en el sofá bajo la manta y con la película que iban a ver en la pantalla. Nora se sentó junto a él como si se tratase de una autómata, repitiendo movimientos que su cuerpo tenía ya memorizados y sin importarle realmente lo que sucediese delante de sus ojos, pues estaba inmersa en sus pensamientos y no prestaba atención a nada más. Así, mientras miraba las imágenes en la pantalla y sentía los brazos de Dani rodeando su cintura, no dejaba de pensar en todas y cada una de las veces que se había traicionado a sí misma por aceptar su perdón, como aquella noche, y sintió rabia. Rabia por que estuviese allí, en su casa, y que le sonriera mientras le decía que había ido para disculparse; rabia por aceptar sus excusas, procesando después sus palabras, pensando que ya era tarde para hablar, rebatir cualquier cosa y correr el riesgo de que volviera a enfadarse.

Pero sobre todo le dio rabia el no haber tenido la suficiente fuerza de voluntad como para decirle que en aquel momento no necesitaba sus pretextos, que no le apetecía la pantomima de cena que habían tenido y, ni mucho menos, tener que acostarse con él para demostrarle que todo estaba olvidado.

Cerró los ojos y se aguantó las ganas de llorar. En realidad hacía ya muchos meses que las cosas habían ido así, pero era ahora cuando se había empezado a dar cuenta de que quizás no tenía la sensación de estar siendo feliz. Se había estado conformando, eso lo sabía, y continuaba haciéndolo porque no era capaz de encontrar en sí misma la valentía para cambiar. La buscaba, constantemente, y a veces casi la encontraba, notando incluso ese picor en la espalda que le anticipaba la salida de sus pequeñas alas que la llevarían hacia otro lugar. Pero cuando se daban situaciones como las de aquella noche en las que se le prometían cosas que tenía la esperanza de que se cumpliesen de verdad, ella misma se sacudía la espalda y dejaba que cayesen las plumas al suelo.

Y siempre siempre las miraba con decepción en los ojos.

3

 

 

 

 

 

Sin respuesta. Nada de nada. Cero. Había pasado un día entero con sus veinticuatro horas y todos sus minutos y segundos y aquel correo electrónico seguía completamente huérfano en su bandeja de enviados. Y aquello la tenía desesperada.

No estaba acostumbrada a tener que esperar en lo que a temas de trabajo se refería, siempre iba a la acción, pero las llamadas al número que la directora de la academia le había facilitado y el que aparecía en Googleno habían sido respondidas, así que no le quedó más opción que escribir un e-mail al contacto que aparecía en el buscador y esperar a que la tal Nora le contestara. Su última opción era presentarse ese mismo lunes en su taller si sus constantes intentos de ponerse en contacto con ella fracasaban.

Aquel sábado se había levantado de buen humor, como casi siempre, pero comprobar que seguía sin reportaje le frustró un poquito. Repasaba las noticias del día y el correo mientras se terminaba los cereales antes de cambiarse y salir con la bicicleta a ejercitar su culo fofo, una de sus cosas preferidas en el planeta Tierra, y nada ni nadie podía arrebatarle aquella aura de positivismo con la que había salido de la cama ese día.

Miró la hora para cerciorarse de que no era tan temprano como para molestar a nadie y, ni corta ni perezosa y con sus ansias por conseguir lo que quería al cien por cien, marcó de nuevo el número de la artesana y rezó por que en aquella ocasión descolgase el teléfono.

—¿Dígame?

Una voz un tanto chillona la saludó al otro lado de la línea y, como no se lo esperaba realmente, se quedó callada unos segundos. Le había costado tanto que no se lo creía. Reaccionó enseguida y respondió a aquella voz:

—Hola, ¿Nora?

—Hola. No, soy Sandra. ¿Qué necesita?