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En 1755 Mary Jemison, teniendo 13 años, fue secuestrada por los indios, junto con todos los miembros de la familia. Fue la única superviviente a la matanza que perpetraton los nativos, tras la que arrancaron el cuero cabelludo a todos ellos. Mary fue adoptada felizmente por otra tribu, los séneca, que la acogieron como un miembro más entre ellos. Mary vivió con ellos hasta su muerte, negándose a ser liberada, cuando se lo ofrecieron, pues ya tenía varios hijos y estaba casada con un guerrero. Esta es una historia de supervivencia que no dejará al lector indiferente, y nos habla de los años de colonización por parte de los blancos y del final de la vida salvaje de los indios.
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Seitenzahl: 156
Veröffentlichungsjahr: 2024
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MARY JEMISON
Cautiva entre los seneca
Mary Jemison. Cautiva entre los seneca
Título original: A narrative of the life of Mrs. Mary Jemison ... Life of Mary Jemison: Deh-he-wä-mis
Editor: James E. Seaver.
Primera edición: Miller, Morton y Mulligan, 1856
Edición revisada y actualizada por Ediciones Casiopea, 2024
Corrección: CaryCar Servicios Editoriales
Maquetación: CaryCar Servicios Editoriales
Diseño de cubiertas:
Imagen de portada:
La vida de Mary Jemison estuvo marcada por las vicisitudes. Tomada cautiva a la edad de trece años, e instruida para cumplir con los deberes ordinarios de la mujer india, Mary Jemison quedó imbuida de la vida de los indios y se transformó en una más de ellos. Nacida en el mar, hija por así decirlo de un accidente y huérfana por el hacha de guerra de los salvajes, su destino fue convivir con la raza a la que debía aborrecer, pero que terminó transformándola hasta el punto de convertirse en esposa y madre de indios.
A pesar de la gravedad de algunas calamidades familiares, de sus dificultades y de la vida que se vio obligada a llevar, Mary Jemison enfrentó sus pruebas con fortaleza y vivió hasta los 91 años. Su vida no estuvo exenta de felicidad. Halló amigos fieles entre sus parientes seneca y siempre fue tratada por ellos con consideración y amabilidad. La estima y el afecto con que fue querida quedan probados por la provisión que le hicieron los jefes seneca: le cedieron de pleno derecho y para su uso individual la Reserva Gardeau sobre el río Genesee, que contenía más de diecinueve mil acres de tierra, elevándola a ella y a su posteridad a una riqueza más allá de los mayores sueños de la imaginación. Cuando finalmente le ofrecieron e insistieron en la libertad y el regreso a su mundo civilizado, descubrió que aquello llegaba demasiado tarde para su aceptación y cumplió su destino viviendo y muriendo, como mujer seneca.
El relato de su vida no puede dejar de despertar nuestras simpatías y nos recuerda los peligros que rodearon a muchas familias durante el período de colonización. A medida que pasa el tiempo, tendemos a olvidar las amenazas que rodearon a los fundadores de las colonias, desde el período de la guerra francesa e india hasta el final de la guerra de Independencia. Es bueno no perder de vista esta cuestión y reconocer la deuda de gratitud con aquellos que afrontaron tales peligros para asegurarles a sus descendientes el país del que ahora disfrutan. Esta narración, si bien saca a la luz algunas de las situaciones más oscuras de nuestra historia temprana, no deja de ofrecer algunas enseñanzas.
Esta obra se publicó por primera vez en 1824, en vida de la Sra. Jemison. Poco después, el editor falleció. En 1842, la obra fue revisada por Ebenezer Mix, quien también añadió los capítulos V, VIII y XV, y algunos artículos del Apéndice.
Las frecuentes consultas sobre la obra desde que se agotó le indujeron a emprender la publicación de la presente edición. Como el progreso de las investigaciones indias realizadas desde aquel día ha revelado algunos errores en el texto, se han añadido numerosas correcciones que ahora, por primera vez, se publican con el texto.
James E.Seaver
Rochester, K. Y., marzo de 1856
James E. Seaver
La paz entre los Estados Unidos y Gran Bretaña, celebrada en 1783, condujo a una amnistía entre los Estados Unidos y la confederación india conocida como «Liga de las Seis Naciones», que tuvo lugar en Fort Stanwix1 en 1784. La firma se llevó a cabo entre representantes de los Estados Unidos y guerreros y jefes de las Seis Naciones2 por la parte nativa. Según dicho tratado, todos los prisioneros que habían sido tomados y retenidos por los indios debían ser puestos en libertad. Por ello, aquellos que habían escapado del hacha de guerra y el fuego a modo de sacrificio, fueron liberados y devueltos a la sociedad. Aunque su número resultaba escaso en proporción a los muchos que habían sido capturados, eran tan numerosos que su regreso desencadenó leyendas de actos de tortura y métodos de muerte inimaginables que se difundieron en todo el país.
En aquellos días, las crueldades indias eran tema habitual en los hogares, los salones y los foros. El tiempo, sin embargo, fue arrojando dudas sobre la credibilidad de dichos relatos y, hoy, el objetivo de obras como esta es rescatar del olvido y preservar algunas de esas leyendas en su justa medida, legando para la posteridad un fiel retrato de los rasgos propios de los iroqueses.
Por dicho tratado, las Seis Naciones quedaron en posesión de la mayor parte del estado de Nueva York, y los Estados Unidos les garantizaron el derecho de posesión de todo el territorio al oeste de una línea llamada lalínea de propiedad, que discurría casi paralela y a menos de treinta kilómetros al oeste del río Hudson, con la excepción de dos pequeñas extensiones. En aquella época, Mary Jemison llevaba veintinueve años con los indios, siete de los cuales habían transcurrido durante la guerra franco-británica en la que la Liga de las Seis Naciones alzó el hacha de guerra contra los ingleses, así como contra los americanos; y otros siete durante la guerra de la Independencia en la que los indios se pusieron del lado de los británicos. Hubo un intervalo de «tregua» de quince años en que se batalló contra otras tribus indias, al sur y al norte, y al oeste hasta las Montañas Rocosas.
En este tiempo, Mary Jemison había estado casada dos veces con jefes indios y tenía un esposo y siete hijos vivos. Ella estaba a más de trescientos kilómetros de cualquier asentamiento de colonos y no sabía si aún tenía algún pariente o amigo blanco, por lo que resolvió no aceptar su emancipación, sino pasar el resto de sus días con los indios, donde sí tenía parientes y amigos. Esta decisión la llevó a cabo hasta el fin de sus días convirtiéndose en su propia cronista durante más de setenta y cinco años.
Durante mucho tiempo, no se establecieron asentamientos de colonos al oeste del Cherry, río tributario del Susquehanna3 y Mohawk4, ya que esos territorios estaban situados muy al oeste de la línea de propiedad estipulada, y eran tantos y tan recientes los ataques a manos de los indios, que estos eran vistos con recelo, incluso cuando los colonos no eran molestados ni provocados. En tales circunstancias, los colonos más pacíficos se mostraban poco dispuestos a invadir sus tierras, o darles el menor pretexto para un altercado. Por esta razón, ningún blanco visitó sus aldeas, excepto algunos comerciantes, aventureros o malhechores que, huyendo de la ley, optaron por refugiarse en los bosques.
El título sobre las tierras que rodeaban la residencia india de Mary Jemison no fue vendido a los blancos hasta el gran Concilio celebrado en 1797, cuando puede fecharse la primera vez en que ella se relacionó con un hombre blanco, después de cuarenta y dos años. Aun así, había conservado su lengua materna y recordaba las costumbres de la sociedad blanca.
Poco a poco, la riqueza del suelo estimuló la emigración. Aquí y allá las familias se establecieron en zonas que habían sido propiedad de los nativos. De esta forma, pronto conocieron a La Mujer Blanca, cuya historia despertaba gran curiosidad. Ella, sin reservas por su parte, compartió algunos pormenores de su vida.
Aunque su compañero en aquel periodo era un antiguo guerrero y sus hijos y amigos eran todos indios, hacía gala de su hospitalidad para con los blancos. Su casa era la casa de un extraño pero en ella daba la bienvenida al fugitivo sin hogar o al vagabundo. Muchos de ellos lo agradecieron habiendo sido prisioneros y atribuyeron su liberación de los indios a la mediación de La Mujer Blanca.
El público quiso conocer la narración de su vida, unos para perpetuar el recuerdo de las atrocidades de los nativos en tiempos pasados, otros para preservar hechos históricos que de otro modo se perderían.
Habían pasado cuarenta años desde el fin de la guerra y casi setenta de la vida de Mary Jemison con los indios, cuando Daniel W. Banister resolvió, en el otoño de 1823, recopilar las vicisitudes por las que ella había pasado, —mientras fuera capaz de recordarlas y narrarlas—, a fin de publicar un relato preciso de su vida.
Me contrataron para reunir el material y preparar el trabajo para la prensa. Nos reunimos en la casa del editor, quien consiguió que la protagonista de la historia se uniera a nosotros y hablara de su vida. Mary Jemison llegó acompañada de Thomas Clute, a quien consideraba su protector, y que se quedó varios días tomando notas de su narración.
De estatura baja, considerablemente inferior a la media, Mary Jemison se mostraba erguida, con la cabeza inclinada hacia adelante al haber estado habituada durante largo tiempo a llevar cargas pesadas gracias a una correa colocada sobre su frente. Su tez era muy blanca para una mujer de su edad y, aunque las arrugas propias de sus ochenta años estaban marcadas en sus mejillas, la juventud no había abandonado aún su rostro. Sus ojos eran de color azul claro, algo descoloridos por la edad, pero siempre brillantes y chispeantes. Su vista había decaído, aunque podía realizar su trabajo sin la ayuda de gafas. Sus pómulos se conservaban altos y prominentes y su dentadura sana y en buen estado. Cuando levantaba la vista su semblante era muy expresivo, pero debido a su larga estancia con los indios, había adquirido la costumbre de observar por debajo de las cejas, como lo hacen ellos, con la cabeza inclinada hacia abajo. Su cabello, antes de un castaño claro, se había vuelto gris, pero conservaba sus rizos, que llevaba anudados detrás.
Hablaba un inglés ligeramente teñido del idioma irlandés y empleaba palabras bien escogidas para hacerse entender sobre cualquier tema. Su recuerdo y su memoria superaron mis expectativas. No puede entenderse que una persona de su edad haya mantenido los recuerdos de setenta años en una cadena tan completa como para poder asignar a cada uno su debido momento y lugar. En todos los casos en que intentó dar fechas, acertó y coincidió exactamente con la historia, excepto en la rendición de Fort Du Quesne5 por parte de los franceses a los ingleses, pero ello debe atribuirse más a su ignorancia en aquel momento que a la traición de su memoria, pues el fuerte siempre fue visitado por comerciantes, tramperos, cazadores y forajidos ingleses o yanquis, y los indios de Ohio poco sabían o apenas les importaba quién mandaba en él, siempre y cuando pudieran comerciar allí. En tales circunstancias, no es sorprendente que una joven de quince o dieciséis años, cautiva de los indios y residiendo a seiscientos cincuenta kilómetros del fuerte, ignorara la fecha exacta en que se arrió la bandera francesa y los ingleses izaron la suya en su lugar.
Mary Jemison caminaba aún con paso rápido, sin ayuda de un bastón, y podía cruzar un arroyo sobre un tronco con firmeza. Sin duda, había sido una mujer apasionada. En varios momentos de su narración, las lágrimas corrieron por sus mejillas y algunos suspiros detenían sus palabras.
La laboriosidad es su seña de identidad. Muele, cocina, recoge y corta leña, alimenta al ganado y a las aves de corral y realiza otros trabajos. La temporada pasada plantó y recogió su maíz. Siempre está ocupada.
En el momento en que la vi, su vestido estaba hecho al estilo indio y llevaba mocasines de ante. Sobre sus hombros llevaba una manta india y en la cabeza un viejo paño de lana a modo de sombrero para el sol.
Su vivienda, situada al oeste del río Genesee está construida en madera, con techo de tejas y un porche. En el centro de la casa hay una chimenea de piedra con dos hogares. Tiene un granero bien abastecido, posee una excelente reserva de ganado vacuno y caballos. Además de lo antes mencionado, es dueña de varios edificios ocupados por inquilinos.
Mary Jemison fue consciente de su ignorancia respecto a los modales de la gente blanca, y se mostró reticente a la hora de decir algo que pudiera perjudicarle a ella o a su familia. Pero su estilo fue franco y libre, habló sin ataduras, con un grado de sencillez que eliminó las posibles dudas sobre su veracidad. Demostró justificar el modo de proceder de los indios y pareció enorgullecerse de ensalzar sus virtudes. Una especie de orgullo familiar la inclinó a ocultar cuanto pudiera manchar el carácter de sus descendientes, y tal vez ello la indujo a obviar algunas cosas que hubiera sido interesante conocer.
Antes de dejarnos, se mostró muy cordial. Su semblante fue amistoso y animado por una franca sonrisa.
Sus vecinos hablan de ella como alguien con un temperamento feliz, y afirman el hecho de que nunca haya incurrido en un acto censurable. Sus hábitos son los de los indios: duerme sobre pieles, se sienta en el suelo y cuando come, sostiene los alimentos en su regazo o en sus manos.
Sus ideas sobre la religión corresponden a las de los senecas. Aplaude la virtud y condena el vicio. Ella cree en un estado futuro en el que las gentes de bien serán felices y los malvados miserables, pero es ajena a las doctrinas de la religión cristiana.
Sus hijas son mujeres activas y emprendedoras, y sus nietos, que han llegado a la edad adulta, son considerados hombres capaces y respetables en su tribu y en la sociedad blanca.
Habiendo introducido someramente el tema principal de las páginas siguientes, procedo a la narración en primera persona, de una vida que será leída por el público, seguro que con gran interés. Momentos de placer y dolor, de alegría y tristeza, de ansiedad y satisfacción se alternan en la historia de Mary Jemison.
James E.Seaver
Pembroke, 1 de marzo de 1824
Aunque es posible que haya oído hablar sobre mi ascendencia, mis recuerdos son demasiado imperfectos para permitirme rastrearla más allá de mi padre y mi madre, a quienes a menudo oí mencionar las familias de donde procedían como poseedores de riqueza y puestos respetables bajo el gobierno del país en el que residieron. Por otra parte, debido al tiempo transcurrido desde que fui separada de mis padres y amigos, no puedo afirmar con certeza cuál de los dos países, Irlanda o Escocia, fue la tierra de nacimiento y educación de mis padres. Sin embargo, tengo la impresión de que nacieron y se criaron en Irlanda.
El nombre de mi padre era Thomas Jemison y el de mi madre, antes de casarse, Jane Erwin. Su afecto era mutuo y de esa naturaleza que ayuda a mitigar los sinsabores de la vida y a aligerar las diferencias conyugales. A la vista de la educación que nos dieron a sus hijos, tengo la certeza de que aquello fue fruto de su relación matrimonial, un ejemplo de amor digno de imitar. Ambos eran estrictos observadores de los deberes religiosos y mi padre llevaba a cabo esa práctica diaria, tanto por la mañana como por la tarde.
Decididos a abandonar la tierra de su nacimiento, trasladaron su residencia a un puerto de Irlanda, donde vivieron poco tiempo antes de zarpar hacia este país, en el año 1742 o 1743, a bordo del barco William and Mary con destino a Filadelfia.
Las divisiones internas, las guerras civiles y la rigidez y dominación eclesiástica que prevalecían en aquellos días, fueron las causas de que abandonaran su patria para fundar un nuevo hogar en territorio americano bajo el gobierno de los descendientes de William Penn6; donde pudieran obrar y practicar su fe sin temor a ser molestados.
En Europa mis padres tuvieron dos hijos y una hija. Sus nombres eran John, Thomas y Betsey, con quienes se embarcaron, dejando un gran número de familiares y amigos en tierra. Durante el viaje nací yo.
Exceptuando mi nacimiento, a mis padres no les ocurrió nada extraordinario durante la travesía, desembarcando sanos y salvos en Filadelfia.
A mi padre le gustaba la vida rural y pronto abandonó la ciudad trasladando a su familia a una extensión de tierra situada en Marsh Creek, en el asentamiento fronterizo de Pensilvania. En ese lugar, durante siete u ocho años disfrutó de los frutos de su finca. La paz acompañó aquel periodo, no teniendo nada que nos alarmara, salvo el aullido de medianoche del lobo al acecho, o el aterrador chillido del puma cuando mi padre sacrificaba un cordero o un becerro.
Durante este tiempo mi madre tuvo dos hijos más, con una diferencia de unos tres años. El mayor se llamaba Mateo y el otro Roberto.
La salud y el vigor se reflejaba en cada miembro de la familia. Nuestra casa era un pequeño paraíso. Los días felices de mi infancia permanecerán siempre en mi memoria, a pesar de las muchas pruebas por las que tuve que pasar hasta llegar a mi situación actual.
Incluso en esta remota época, el recuerdo de mi hogar familiar, de mis padres, de mis hermanos y de la manera en que fui privada de todos ellos a la vez, me afecta tan poderosamente que siento un dolor insoportable. Sueño con frecuencia con aquellos días felices, pero quedaron atrás.
En la primavera de 1752 y durante las estaciones siguientes, las historias de las crueldades indias infringidas a los blancos provocaron en mis padres gran alarma por nuestra seguridad. Al año siguiente, se cometieron muchos asesinatos y numerosos cautivos estuvieron expuestos a hallar la muerte en su forma más espantosa, con sus cuerpos aguijoneados de astillas de pino que luego eran prendidas, mientras sus verdugos se regocijaban en su angustia y agonía.
En 1754, se formó una milicia para proteger a los colonos y hacer retroceder a los franceses y a los indios bajo el mando del coronel George Washington. En ese ejército tenía un tío, cuyo nombre era John Jemison, que murió en la batalla de Great Meadows. Su esposa había muerto tiempo atrás, dejando un niño pequeño al que mi madre cuidó hasta que la hermana de su madre se lo llevó.
Tras la rendición de Fort Necessity7 por el coronel Washington, los franceses y los indios se volvieron cada vez más hostiles. La muerte de los colonos y el saqueo e incendio de sus propiedades eran su único objetivo. Pero todavía no habíamos oído el grito de muerte ni visto el humo de una vivienda a manos de un indio.
* * *
El día de Año Nuevo nos halló tranquilos y, aunque sabíamos que el enemigo no estaba a gran distancia, mi padre aseguró que continuaría ocupando su tierra una temporada más, confiando en los esfuerzos del gobierno para doblegar al adversario y obligarlo a aceptar un tratado de paz.
