Cenicienta ha muerto - Kalynn Bayron - E-Book

Cenicienta ha muerto E-Book

Kalynn Bayron

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Beschreibung

Cenicienta ha muerto anuncia la llegada de una nueva voz épica a la narrativa fantástica infantil y juvenil. Esta original aproximación al cuento clásico hará que los lectores se cuestionen las historias que les han contado y empaticen con las chicas que rompen los esquemas del mundo que les rodea. "Cenicienta lleva muerta doscientos años. Estoy enamorada de mi mejor amiga y los soldados me persiguen". Han transcurrido doscientos años desde que Cenicienta encontrara a su príncipe, pero el cuento se ha acabado. Ahora las jóvenes adolescentes son requeridas para asistir al baile anual, donde los hombres del reino seleccionan a sus esposas en base al despliegue de galas y atuendos de las jóvenes. Las chicas que no son elegidas desaparecen sin dejar rastro. Sophia es una joven de dieciséis años que preferiría más que nada en el mundo casarse con Erin, su mejor amiga, antes que desfilar delante de los pretendientes. Al llegar al baile, toma la decisión desesperada de huir y acaba ocultándose en el mausoleo de la princesa. Allí conocerá a Constance, descendiente de una de las hermanastras de Cenicenta.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Dedicado a TK

1

Cenicienta llevaba muerta doscientos años.

Yo llevaba enamorada de Erin los últimos tres.

Y ahora estaba a punto de encontrar una muerte segura.

Cuando los guardias de Palacio den conmigo, que lo harán, moriré en el bosque de la frontera este de Lille. Pero eso ya no importa. Lo único que me preocupa es Erin, que está oculta tras un árbol, justo enfrente de mí. Los guardias de Palacio aún no la han visto, aunque se dirigen hacia donde está, deteniéndose a unos pocos pasos de su escondite. Veo cómo sus ojos se abren desmesuradamente en los sombríos confines del bosque. Nuestras miradas se cruzan a través de la ancha franja de tierra habilitada para el paso de carruajes que nos separa.

«No te muevas, Erin. No hagas ningún ruido».

—Anoche me quedé dormido en la torre —comenta uno de ellos—. Alguien me despertó, pero, aun así, tuve suerte. Si el rey se llega a enterar, mi cabeza estaría ya clavada en una pica.

—¿Vais a ir al baile? —pregunta otro.

—No —contesta un tercero—. Me temo que para mí supondría más trabajo que diversión.

—Es una pena. He oído que las chicas del grupo de este año son el lote más bello desde hace una generación.

—En ese caso, ¿sufrirá tu mujer algún «accidente» imprevisto? Sería una lástima que ese primer peldaño que conduce a tu bodega estuviera súbitamente suelto.

Las carcajadas son tan estruendosas que, por el sonido que hacen, resoplando y escupiendo, parece que estuvieran a punto de tirarse por los suelos de la risa. Sus voces se alejan hasta que dejo de oírlos. Me incorporo y corro hacia Erin, que aún está refugiada detrás del árbol.

—Ya se han ido —digo. Agarro su mano y trato de calmarla.

Erin mira desde detrás del árbol, con el rostro tenso por la rabia, y se aparta de mí.

—De todas las cosas imposibles que me has convencido para hacer, venir aquí ha sido la peor. Los guardias casi nos descubren.

—Pero no lo han hecho —le recuerdo.

—Me pediste que nos encontráramos aquí —dice con ojos entornados y suspicaces—. ¿Por qué? ¿Qué es tan importante?

He ensayado una y otra vez lo que quería decirle, repasándolo todo en mi cabeza, pero ahora que la tengo delante me siento perdida. Está enfadada conmigo, y no es eso lo que quiero.

—Ya sabes que me importas más que nadie. Quiero que seas feliz. Quiero que seamos felices.

Permanece callada mientras yo balbuceo, sus manos colgando a los costados.

—La mayor parte del tiempo todo me parece inútil, pero cuando estoy contigo…

—Déjalo —ordena; su expresión es una genuina máscara de rabia—. ¿Es esa la razón por la que me has traído aquí? ¿Para decirme lo mismo que llevas diciéndome desde siempre?

—No es lo mismo. Ahora falta muy poco para que se celebre el baile. Tal vez esta sea nuestra última oportunidad de marcharnos de aquí.

El ceño de Erin se arquea por la sorpresa.

—¿Marcharnos? —Se acerca un poco más, mirándome directamente a los ojos—. No hay marcha posible, Sophia. Ni para ti, ni para mí, ni para nadie. Vamos a asistir al baile porque es la ley. Es nuestra única esperanza de tener algún tipo de vida decente.

—Viviendo la una sin la otra —replico. La sola idea hace que me duela el pecho.

Erin se endereza, pero clava su mirada en el suelo.

—No hay otro modo.

Agito la cabeza furiosa.

—No lo dices en serio. Si corremos, si lo intentamos…

Unas risas lejanas cortan de golpe mi súplica. Los guardias están dando una nueva vuelta. Erin se esconde otra vez detrás del árbol, y yo me oculto entre la maleza.

—Es imposible trabajar en Palacio si no sabes decir que sí a todo y mantener la boca cerrada —observa uno de los guardias mientras se detiene justo enfrente de mi escondite—. Si no tienes estómago para hacer algunas de las cosas que él manda, estás mejor aquí fuera con nosotros.

—Probablemente tengáis razón —contesta el otro.

A través de las ramas, distingo el árbol tras el cual se ha escondido Erin. El bajo de su vestido se ha quedado enganchado en una gruesa corteza y está la vista. El guardia mira en su dirección.

—¿Qué es eso? —pregunta. Y da un paso hacia allí, su mano apretando la empuñadura de su arma.

Doy una patada al matorral. Sus ramas se sacuden regándome con una cascada de hojas color óxido.

—¿Qué ha sido eso? —dice otro de los hombres.

Todos vuelven su atención hacia mí. Cierro los ojos con fuerza. Estoy muerta.

Pienso en Erin. Confío en que pueda salir corriendo. Confío en que logre salir de aquí. Todo esto es culpa mía. Solo quería verla, hacer un último intento para convencerla de que deberíamos marcharnos de Lille de una vez para siempre. Ahora ya no volveré a ver su rostro.

Alzo la vista hacia la línea de árboles. Podría salir corriendo hacia allí y atraer la atención de los guardias lejos de mi amiga. Quizá logre librarme de ellos en los bosques, pero incluso si no lo consigo, al menos Erin podrá huir. Mi cuerpo se tensa y tiro de mi falda para remeterla entre las piernas y recogerla en mi cintura, y luego me descalzo.

—Hay algo allí —indica un guardia, ahora a apenas un brazo de distancia de donde estoy.

Los guardias se aproximan cada vez más, están tan cerca que casi puedo oír su respiración. Miro por encima de ellos y veo un destello azul claro entre los árboles. Erin ha logrado escapar. Un sonido metálico corta el aire, un sonido de metal contra metal, de espadas al desenfundarse. Por encima del zumbido nervioso que atruena en mis oídos y de los latidos de mi propio corazón, un cuerno emite tres agudas llamadas.

—Tenemos a un fugitivo —grita una voz ronca.

Me quedo paralizada. Si me atrapan en lo más profundo del bosque, los guardias me utilizarán como ejemplo. Ya me imagino desfilando con grilletes a través de las calles, tal vez incluso encerrada en una jaula en el centro de la ciudad, donde la gente de Lille a menudo debe soportar la humillación pública de verse exhibida como escarnio por salirse de los límites permitidos.

Las voces y pisadas de los hombres se alejan.

No soy el fugitivo del que están hablando. Yo ni siquiera he empezado a correr. Mi corazón se desboca confiando en que no puedan atrapar a Erin.

Cuando están lo suficientemente lejos, aprieto los zapatos sujetos bajo mi brazo y corro hasta la sombría cobertura del bosque. Oculta por un árbol, espío desde detrás del tronco mientras nuevos guardias se unen a los anteriores. Han capturado a una mujer mayor, a la que ya han atado las muñecas. Suelto un suspiro de alivio e inmediatamente me reprendo, sintiéndome culpable. Esta mujer está ahora a merced de los hombres del rey.

Me doy la vuelta y trato de huir de allí. Con las piernas bombeando y los pulmones ardiendo, me parece escuchar los chasquidos y gruñidos de los sabuesos, aunque no estoy segura. No me atrevo a mirar atrás. Tropiezo y me golpeo la rodilla contra una piedra, desgarrándome la piel. El dolor es cegador, pero me obligo a levantarme y continúo corriendo hasta que los árboles empiezan a escasear.

En el camino que lleva de vuelta al centro de la ciudad, me detengo a recuperar el aliento. Erin no parece hallarse por ninguna parte. Está a salvo.

Pero esto es Lille.

Nadie está realmente a salvo.

2

De regreso a casa lo único en lo que puedo pensar es en Erin. El bosque es profundo y peligroso y, lo más importante, se halla fuera de los límites. Sé que ella no permanecerá escondida, que logrará volver a su casa, pero necesito confirmar que está a salvo.

La torre del campanario de la plaza mayor marca la hora con cinco sonoros tañidos. Se supone que he quedado con mi madre en la tienda de la costurera para que me hagan una prueba. Ella me insistió en que me presentara aseada, con el pelo limpio y el rostro lavado. Bajo la vista para comprobar mi aspecto. Mi vestido está manchado de tierra y sangre, y llevo los pies desnudos cubiertos de barro. He logrado escapar de los hombres del rey, pero, cuando mi madre me vea, será ella quien probablemente acabe conmigo. Hay guardias vigilando las calles. Ahora que el baile se aproxima, las patrullas son más numerosas de lo habitual. Mantengo la cabeza gacha al pasar por delante. No parecen fijarse en mí. Están en alerta máxima a causa de lo que la gente de Lille ha llamado «el incidente».

Sucedió dos semanas atrás, en la ciudad norteña de Chione. Corrían rumores de que una explosión había dañado el Coloso, una réplica de seis metros del salvador de Mersailles, el Príncipe Encantador, y que la gente responsable del acto había sido capturada y trasladada a Lille bajo la cobertura de la noche, para luego llevarla a Palacio y ser interrogada por el propio rey. Lo que quiera que sucediera una vez allí, los detalles que el monarca pudo sonsacarles le hicieron entrar en un estado de pánico. Durante la primera semana tras el incidente, ordenó suspender el correo, nuestro toque de queda se adelantó dos horas, y se distribuyeron octavillas en las que se aseguraba que el incidente no había sido más que un intento de vandalizar la famosa estatua perpetrado por una banda de malhechores. También se proclamaba que sus autores habían sido ajusticiados.

Cuando llego a casa, la encuentro vacía y en silencio. Mi padre aún está en el trabajo y mi madre seguramente me espera donde la costurera. Durante un momento me quedo plantada en el centro de la habitación, mirando los carteles que cuelgan por encima de la puerta.

Uno de ellos es un retrato del rey Stephan, ojeroso y macilento; en él aparece tal y como era antes de morir hace apenas unos años. El otro es del rey Manford, el monarca actual de Mersailles, a quien le faltó tiempo para encargar su retrato oficial y exigir que fuese colgado en cada casa y espacio público de la ciudad. Nuestro nuevo rey es joven, apenas unos años mayor que yo, pero su capacidad para ejercer la crueldad y sus ansias por poseer el control absoluto rivalizan con las de su predecesor y están claramente reflejadas en el tercer marco que cuelga sobre la puerta: los Decretos de Lille.

1.Cada hogar deberá poseer al menos una copia original de Cenicienta.

2.El baile anual será un evento obligatorio. Las asistentes podrán acudir hasta tres veces, tras las cuales se considerarán proscritas.

3.Los integrantes de uniones ilegales o no sancionadas se considerarán proscritos.

4.Todos los miembros de los hogares de Mersailles deberán designar a un hombre, en edad legal, como cabeza de familia, y su nombre será registrado en Palacio. Cualquier actividad llevada a cabo por algún miembro del hogar deberá ser autorizada por el cabeza de esta.

5.Para su protección, mujeres y niños deberán permanecer en su lugar de residencia a partir de las ocho de la tarde.

6.Una copia de todas las leyes y decretos aplicables, junto con el retrato autorizado de Su Majestad, será exhibida en cada hogar de forma permanente.

Estas son las duras e implacables reglas establecidas por nuestro rey. Las conozco de memoria.

Me dirijo a mi habitación y enciendo la lumbre en la pequeña chimenea del rincón, mientras considero quedarme allí hasta que mi madre venga a buscarme. Sin embargo, me preocupa que a estas alturas esté pensando que ha podido sucederme algo malo. No estoy donde debería estar. Me vendo la rodilla con una tira de gasa limpia y me lavo la cara en la jofaina.

Mi copia de Cenicienta, una versión bellamente ilustrada que me regaló mi abuela, descansa en un pequeño pedestal de madera en una esquina. Mi madre la ha abierto por la página en la que Cenicienta se prepara para asistir al baile, y su hada madrina le proporciona todo lo que su corazón desea. El precioso traje, la carroza, el caballo y las fabulosas zapatillas de cristal. Todo aquel que asista al baile tendrá que repasar ese pasaje para recordar lo que se espera de ellos.

Cuando era pequeña, solía leerlo una y otra vez, confiando en que el hada madrina me trajera todo lo que necesitase cuando llegara mi turno de asistir al baile. Pero, al hacerme mayor, y a medida que los rumores de la gente visitada por el hada madrina empezaron a escasear cada vez más, comencé a pensar que el cuento no era más que eso, un cuento. Cuando le comenté a mi madre lo que pensaba, se quedó desolada y me dijo que ahora sin duda no recibiría la visita del hada, dado que mostraba tantas dudas. Nunca más volví a mencionarlo. Llevo años sin mirar el libro y sin leerlo en voz alta como mis padres querrían que hiciera.

Pero aun así conozco cada frase de memoria.

Un sobre color marfil con mi nombre garabateado en él en tinta negra descansa en la repisa de la chimenea. Lo cojo y extraigo la carta doblada de su interior. El papel es grueso, teñido de un intenso tono obsidiana. Leo la carta tal y como he hecho un millón de veces desde que llegó la mañana de mi decimosexto cumpleaños.

El envés de la invitación es bonito. Conozco a chicas que sueñan con el día en que les llegue la invitación y no piensan en otra cosa. Pero, cuando le doy la vuelta, leo la parte de la carta que muchas de esas ansiosas jovencitas pasan por alto. A lo largo del borde superior, en un diseño que me recuerda a la hiedra abriéndose paso a través de una celosía, unas palabras escritas en tinta blanca anuncian una alarmante advertencia.

Se requiere su presencia en el baile anual. La no asistencia supondrá pena de prisión y la incautación de todos los bienes pertenecientes a su familia inmediata.

Estamos a 1 de octubre. En dos días, mi destino quedará decidido. Por muy terribles que sean las consecuencias que recaerán sobre mí si no soy elegida, el peligro de ser seleccionada podría ser aún peor. Aparto esos pensamientos de mi mente y vuelvo guardar la carta en el sobre.

Salgo de casa y me dirijo hacia la tienda de la costurera tomando el camino más largo y confiando en tropezarme con Erin. Estoy terriblemente preocupada por ella, pero sé que también mi madre debe de estarlo por mí.

Las tiendas a lo largo de la calle del mercado están iluminadas y llenas de gente haciendo los últimos preparativos para el baile. Una pequeña cola sale del establecimiento del fabricante de pelucas. Echo un vistazo al escaparate. Realmente se ha superado este año. Unas estilosas y elaboradas pelucas se alinean en sus estanterías. Me recuerdan a los pasteles de bodas con una capa tras otra de pelo de distintos tonos. Aquellas de la balda superior representan figuras que semejan nidos de pájaros con réplicas de huevos en su interior.

Una chica joven se está probando una de las creaciones, una pieza de cuatro capas que el diseñador en persona le coloca sobre la cabeza. Cubierta de resplandecientes peonías rosas y coronada por un modelo en miniatura de la carroza encantada de Cenicienta, la peluca se balancea precariamente mientras la madre contempla orgullosa a su hija.

Apresuro el paso, atajando entre la multitud de gente y tomo una calle lateral. Las tiendas de este lado no son las que mi familia y yo solemos frecuentar. Son para gente con suficiente dinero para comprar las chucherías más extravagantes e innecesarias. Realmente no me siento de humor para agobiarme sobre lo que me puedo o no me puedo permitir, pero este camino es el modo más rápido para acortar y llegar a la plaza Mayor, donde confío en encontrar a Erin antes de reunirme con mi madre.

En el escaparate de una zapatería iluminado por candelabros, las zapatillas de cristal de Cenicienta descansan sobre un cojín de terciopelo rojo. Un pequeño cartel reza: «Réplica aprobada por Palacio». Sé que, si mi padre tuviera el dinero, los compraría inmediatamente, confiando en que me hicieran destacar. Pero dado que no poseen el hechizo del hada madrina, no veo la necesidad. Unos zapatos de cristal son un artículo de lujo que tendrá que esperar.

Un poco más adelante, me encuentro con otra cola que sale de un pequeño comercio con las contraventanas cerradas. El letrero que cuelga por encima de la puerta dice: Pócimas Milagrosas Helen. Otro cartel enumera los nombres de hechizos y pociones que su dueña es capaz de crear: encontrar un pretendiente, eliminar a un enemigo, amor eterno. Mi abuela me contó que Helen era una simple aspirante a hada madrina y que sus pociones probablemente eran agua teñida de vino. Pero eso no impedía a la gente depositar su confianza en ella.

Cuando paso por delante, una mujer y su hija, que parece tener mi edad, se apresuran a salir de la tienda. La mujer lleva un frasco en forma de corazón en la mano. Quita el corcho y lo presiona contra los labios de su hija, quien, echando la cabeza hacia atrás y mirando hacia el cielo del atardecer, se lo bebe de un trago. Espero, por el bien de esa pobre chica, que las cosas que mi abuela me contó no fueran ciertas.

3

Doblo rápidamente la esquina y me encamino hacia la plaza Mayor. Las celebraciones del Bicentenario comenzaron hace ya una semana y culminarán con el baile anual. Hasta entonces, los festejos continúan cada noche. Antes del toque de queda, la gente se acerca a la plaza para oír música y beber, y esta tarde no es una excepción. Mientras me abro paso tratando de llegar directamente al otro lado, veo a varios vendedores mostrando sus mercancías a la sombra del campanario, una brillante estructura blanca de cuatro pisos coronada por una cúpula dorada. Exhiben joyas y vestidos de la ciudad de Chione, más al norte, guantes de satén, afeites y perfumes de la ciudad de Kilspire, en el sur.

Al zigzaguear entre los puestos buscando el rostro de Erin entre la multitud, advierto a una joven de pie en un estrado. Está recitando pasajes de Cenicienta. El lujoso volumen proporcionado por Palacio descansa en un atril frente a ella.

—Las feas hermanastras siempre habían sentido celos de Cenicienta, pero, al ver el adorable aspecto que la joven lucía esa noche, comprendieron que nunca podrían ser tan bellas como ella y, en un ataque de rabia, rasgaron su vestido hasta hacerlo jirones.

La gente congregada abuchea y silba. Continúo caminando, aún sin ver a Erin, mientras un miedo devastador trepa por mis entrañas. Me digo que está en casa, pero tengo que ir allí para asegurarme.

Un puesto mucho más atestado que los otros se erige en medio de la plaza, donde una multitud de personas bloquea mi paso. Al ir a rodearlo, advierto que todo el ajetreo deriva de un juego que está teniendo lugar en el tenderete. Hay un montón de zapatos apilados, y las niñas pagan una moneda de plata para que les pongan una venda en los ojos mientras eligen un par de zapatillas y se las prueban. Si les quedan bien, ganarán un pequeño premio, un brazalete de cuentas o un collar, además de un pergamino en el que puede leerse: «Yo fui la elegida en la celebración del Bicentenario». Una niña coronada por espesos tirabuzones castaños sonríe cuando sus pequeños pies se deslizan en un zapato de tacón alto color violeta. Todo es muy divertido hasta que otra chiquilla escoge los zapatos equivocados y gana un trozo de papel con un pequeño retrato de las hermanastras de Cenicienta, con sus caras retorcidas en repugnantes sonrisas.

La pequeña mira a su madre.

—Mamá, no quiero ser como ellas. —Su labio inferior empieza a temblar y trata de ahogar un sollozo. Un guardia de Palacio se ríe estruendosamente, mientras la madre la coge en brazos y se la lleva de allí.

Me deslizo por una abertura entre la gente y dejo el puesto en dirección al centro de la plaza, donde hay una fuente, una réplica a tamaño real de la carroza de Cenicienta, hecha enteramente de cristal, que brilla bajo el sol evanescente. El agua brota de los caños y, al fondo de la pila, descansan cientos de monedas. Es tradición pedir un deseo, de forma parecida a como hizo Cenicienta muchos años atrás, y lanzar una moneda, preferentemente de plata, a la fuente. Recuerdo haber arrojado monedas cuando era más pequeña, pero hace años que no lo hago.

—¡Sophia!

Liv camina hacia mí; su largo cabello castaño está recogido en un moño alto, y sus sonrosadas mejillas recuerdan a rojizas manzanas en su pálida piel. Me mira de arriba abajo.

—¿Qué te ha pasado?

Bajo la vista a mi vestido, que no me he molestado en cambiar.

—No preguntes.

—¿A dónde vas? —inquiere.

—Estoy buscando… —Vacilo. Es demasiado peligroso hablar en público sobre lo sucedido en los bosques—. Voy camino a mi prueba.

Liv tuerce el gesto y me mira con incredulidad.

—Se supone que tendrías que haberla hecho hace semanas. El baile será en dos días.

—Lo sé —digo—. He estado posponiéndola. —Encuentro un hueco entre la multitud y me dispongo a marcharme, pero Liv enlaza su brazo con el mío.

Sacude la cabeza.

—Eres tan cabezota. Tu madre debe de estar tirándose de los pelos. —Se ríe y me muestra algo envuelto en una brillante tela plateada—. Nunca creerás lo que he ganado en uno de esos puestos. —Desenvuelve el objeto.

Es un palito.

Miro a Liv y luego de vuelta al palo. Ella está sonriendo, aunque yo la miro confusa.

—¿Te encuentras bien? —Poso mi mano en su frente para ver si tiene fiebre.

Ella se ríe y aparta divertida mi mano.

—Estoy bien. Pero mira. Es una varita. Una réplica de la misma que utilizó el hada madrina.

Vuelvo a mirar el palo.

—Me parece que se han aprovechado de ti.

Frunce el ceño.

—Es una réplica real. El hombre me dijo que provenía de un árbol del Bosque Blanco.

—Nadie se adentra en el Bosque Blanco. —Erin aparece por detrás de Liv, y casi se me detiene el corazón. Tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no agarrarla y atraerla hacia mí.

—Cierra la boca antes de que te entre una mosca —advierte Liv, mirando a su alrededor nerviosa.

—Estás a salvo —exclamo aliviada.

Erin asiente.

—Y tú estás hecha un desastre.

Desearía haberme tomado más tiempo para adecentarme un poco antes de salir de casa.

—Aunque sigues estando encantadora —añade rápidamente—. No creo que eso puedas evitarlo.

Miro hacia ella.

—Tal vez Liv pueda usar su varita para ayudarme a estar más arreglada.

Liv apunta la varita hacia mí y da un golpecito. Entonces, frunce el ceño.

—Siempre confié en que un día desarrollaría poderes mágicos. Pero supongo que hoy no es ese día.

Le doy una palmadita en el brazo.

—Nadie ha vuelto a ver ese tipo de magia desde los tiempos de Cenicienta. Dudo que ni siquiera exista ya.

Ambas guardan silencio mientras intercambian miradas de preocupación.

—Pues claro que existe —dice Erin en un susurro—. Conoces la historia tan bien como cualquiera. Si somos diligentes, si nos aprendemos los pasajes del libro, si honramos a nuestros padres, tal vez nos concedan las cosas que poseía Cenicienta.

—Y si hacemos todas esas cosas y no sucede nada, y no hay rastro del hada madrina, ni vestidos, zapatos o carroza, ¿entonces qué? ¿Seguiremos creyendo en ello?

—No cuestiones la historia, Sophia. —Liv da un paso para acercarse a mí—. No en público. Ni en ninguna parte.

—¿Por qué? —inquiero.

—Ya sabes por qué —contesta Erin bajando el tono—. Debes volcar tu fe en la historia. Y tomarla por lo que es.

—¿Y qué es? —pregunto.

—La verdad —contesta secamente Erin.

No quiero discutir con ella.

—Tiene razón —dice Liv—. Las calabazas del jardín real están creciendo en el mismo lugar donde se recogieron los restos de su carroza. Y he oído que, cuando su tumba aún permanecía abierta al público, las zapatillas todavía estaban dentro.

—Otro rumor —replico. Recuerdo conversaciones susurradas entre mi abuela y sus amigas en las que mencionaban la tumba. Sin embargo, desde hace muchas generaciones, nadie la ha visto en persona. Solo son historias para conseguir que las chicas jóvenes obedezcan. Liv y Erin ponen cara de estar hartas de mi escepticismo.

—Bueno, yo aún confío en haber hecho lo suficiente para ganarme el favor de mi hada madrina —contesta Liv.

El plan de Liv parece arriesgado. Mi madre también espera que nos suceda lo mismo, pero, por si acaso la mágica anciana no aparece en mi jardín la noche del baile, me ha buscado un vestido. Si alguna chica se atreviera a presentarse con un traje que no fuera digno de la mismísima Cenicienta, pondría en juego su propia seguridad, y no creo que al rey le importase si este proviniera de un hada, de una tienda o de algún otro lugar. Lo que importa es que nuestro aspecto sea el que tendríamos si un hada madrina nos hubiera bendecido con su magia.

—¿Tienen vuestros padres algún plan alternativo en caso de que ese no funcione? —pregunto. No quiero que Liv corra ningún peligro por haber esperado demasiado tiempo para conseguir el atuendo adecuado. Esta va a ser la segunda vez que asiste al baile. Y, aunque se permite una tercera, creo que su ánimo se desmoronaría, por no hablar de que su familia quedaría en una situación muy precaria.

—¿No te cansas nunca de intentar que te arresten? —pregunta Erin—. Hablar así va a hacer que te encierren.

—Está bien —interviene Liv, colocándose entre nosotras y sacudiendo la cabeza—. Coged. —Busca en su bolsa y saca un puñado de monedas—. No son de plata, pero tendrán que servir. Formulemos nuestros deseos en la fuente, como solíamos hacer.

Me coge del brazo y me arrastra hasta la fuente.

Erin camina a mi lado, su hombro rozando el mío. Me parece oírla suspirar y agitar ligeramente la cabeza. Detrás de nosotras la música continúa sonando, la gente riendo y charlando. Los guardias de Palacio deambulan por la plaza, sus uniformes reales color azul pulcramente planchados, las espadas relucientes bajo la luz de las farolas. Liv nos entrega una moneda a cada una.

—Piensa un deseo —dice Liv. Cierra los ojos y lanza su moneda.

Miro a Erin.

—Desearía que abandonaras Lille conmigo. Ahora mismo. Que abandonaras Mersailles, dejando atrás todo esto y escaparas conmigo. —Y lanzo mi moneda al agua.

Liv jadea. Los ojos de Erin se abren de golpe, su frente se arruga y su boca se curva hacia abajo.

—Y yo desearía que simplemente aceptaras las cosas como son. —Arroja su moneda a la fuente—. Desearía poder decidir que nada más importa, pero no soy como tú, Sophia.

—Ni yo te pido que lo seas —replico.

Los ojos de Erin se empañan y el labio inferior le tiembla.

—Sí, lo haces. No todo el mundo puede ser tan valiente.

Siento como si mi pecho fuese a desmoronarse. Doy un paso para alejarme y Erin sale corriendo y desaparece entre la multitud. No me siento valiente. Me siento furiosa, preocupada, con grandes dudas de que las cosas vayan a cambiar alguna vez. Me dispongo a correr tras ella, pero Liv me retiene, agarrándome por el brazo y tira de mí.

—Tienes que dejarla ir, Sophia —aconseja Liv—. Eso no puede ser.

Me conduce lejos de la fuente, y yo me trago las ganas de llorar, de gritar. Cruzamos la plaza, rodeando un gran círculo de hierba ennegrecida. Liv baja la vista para observarlo.

—¿Qué es esto? —pregunto.

—Sucedió algo hace unas noches. Según se rumorea, alguien provocó una explosión y trató de destruir la fuente. Pero fallaron. —Se vuelve hacia mí, con la preocupación asomando a su rostro—. ¿Acaso no lo ves? No tiene sentido resistir. No podemos ir contra el libro o contra el rey.

Sacudo la cabeza. Me niego a aceptar que esto es lo único que hay para mí.

Liv echa un vistazo alrededor y entonces se inclina para hablarme al oído.

—Un grupo de niños ha encontrado un cadáver en los bosques junto al lago Gris.

—¿Otro? —pregunto—. ¿Cuántos van ya?

—Seis desde que las hojas empezaron a cambiar de color. Una chica, igual que las otras.

Trato de hacer recuento de cuántas chicas jóvenes han aparecido muertas en Lille estos últimos años, desde que fui lo suficientemente mayor para comprender estas cosas. Las muertes se cuentan por docenas, pero los desaparecidos son muchos más de los que puedo calcular.

—Vete a tu prueba, Sophia —dice Liv, apretando mi mano—. Quizá alguien en el baile te lleve muy lejos de todo esto.

Hay una nota estridente en su voz. Quizá Liv también desee que la lleven muy lejos. Y no puedo culparla, pero eso no es para mí. No quiero ser salvada por algún caballero de brillante armadura. Quiero ser yo la que luzca la armadura y la que lleve a cabo el salvamento.

~

Me dirijo al taller de la costurera a toda prisa, aunque llego con dos horas de retraso. Al mirar a través del escaparate, veo a mi madre charlando con otras mujeres. Se ríen y bromean, pero su boca está contraída en una tensa mueca, mientras su barbilla descansa en los dedos. Odio haberla preocupado. Respiro hondo y abro la puerta.

Mi madre se pone en pie y suelta un suspiro, dejando que el aire silbe entre sus dientes, al tiempo que su rostro muestra una mirada de alivio.

—¿Dónde has estado? —pregunta mirándome de arriba abajo—. ¿Y qué has estado haciendo?

—Estaba…

Alza la mano para indicar que me calle.

—No importa. Ya estás aquí. —Mira por detrás de mí, hacia la calle—. ¿Has venido sola?

—No —miento—. Liv y Erin me han acompañado hasta el final de la calle.

—Ah, muy bien. Seguro que te has enterado del incidente en el lago Gris.

Asiento. Ella sacude la cabeza y luego fuerza una breve sonrisa y da instrucciones a la costurera y a sus oficialas para que se pongan conmigo.

Las piezas de mi vestido ya están cosidas para asegurar que encajan perfectamente. Mi madre arma un buen alboroto por el color del ribete que adorna el borde del vestido. Aparentemente debería ser de un rosa dorado, no color oro, así que tiene que ser descosido y vuelto a colocar. Por lo que a mí respecta, todo el conjunto quedaría perfecto al fondo de un cubo de basura, o quizá empapado en aceite para lámparas y prendido fuego. Nadie me ha preguntado de qué color me gustaría que fuera ni qué forma quería.

Juntando las manos mientras pasea de un lado a otro, mi madre me observa con atención. Está terriblemente preocupada por cada detalle, como si mi vida dependiera de esas cosas. Trato de silenciar la voz interior que me dice que muy bien podría ser así.

—Es fabuloso, Sophia —exclama.

Hago un gesto de asentimiento. No se me ocurre nada que decir. Aún no puedo creer que este día haya llegado. A estas alturas tenía la esperanza de hallarme muy lejos de Lille, tal vez lejos de Mersailles, con Erin a mi lado, dejando al rey y sus reglas atrás. En su lugar, aún sigo aquí, preparándome para someterme a ese espantoso momento que ahora parece inexorable.

La costurera me ayuda a quitar el traje y se pone a envolverlo para que podamos llevárnoslo a casa. Un cardenal púrpura, que ha empezado a ponerse verde por los bordes, colorea el lateral de su cuello.

—¿Qué le ha pasado en el cuello? —susurro, aunque conozco la posible causa. Muchas mujeres de Lille lucen marcas similares.

La costurera me mira burlona y rápidamente se ajusta el cuello de su vestido.

—No te preocupes por eso. Desaparecerá en una semana. Como si nunca hubiese sucedido.

—Sophia —interrumpe mi madre—. ¿Por qué no sales a tomar un poco el aire? Pero quédate donde pueda verte. —Bajo la vista hacia la mujer cuya sonrisa apenas logra ocultar su dolor.

Me recojo las faldas y salgo al camino, delante de la tienda. El sol ha empezado a desaparecer en el horizonte mientras los faroleros emprenden su ronda nocturna dispuestos a iluminar las calles. Incluso en la creciente penumbra, las torres vigía proyectan sus amenazadoras sombras como unos centinelas de piedra con sus puestos de observación mirando hacia el interior.

Un mural del rey afea el lateral de un edificio al otro lado de la calle. En él aparece retratado a caballo a la cabeza de un ejército de soldados, su brazo extendido blandiendo una espada. Apuesto a que nunca ha guiado un ejército a ninguna parte excepto a través de un tablero de ajedrez.

Por más que lo intento, no consigo apartar los pensamientos de cómo será ser elegida. Dentro de dos días podría ser ofrecida a un hombre del que no sé nada ni nada sabe de mí. Mis propios deseos y necesidades silenciados en favor de lo que él crea que es mejor. ¿Pero qué pasa si no piensa en otra cosa que en hacerme un moratón en el cuello? Y si no resulto elegida, ¿qué sucederá entonces? Y Erin. Mi querida Erin. ¿Qué será de nosotras? Me estremezco mientras se forma un nudo en mi garganta. Mi madre sale a la calle y me echa un chal alrededor de los hombros desnudos.

—No querrás coger frío teniendo el baile tan próximo, Sophia. —Mira cautelosa alrededor y baja la voz—. Desearía que no tuviese que ser así, pero…

—Sí, lo sé. Esto es lo que hay —termino, apretando los dientes y ahogando las ganas de gritar por milésima vez. Alzo la vista hacia ella y, por un instante, advierto que ha dejado caer su máscara y puedo ver dolor en su rostro. Bajo la pálida luz del cielo del crepúsculo parece mayor. Sus ojos se desplazan un instante de mi cara a mi vestido, y luego los aparta.

—¿De pronto todo te ha parecido real? —pregunto.

Ella aprieta la boca formando una estrecha línea.

—Sí.

—Deseaba que este día no llegara nunca —comento.

—Y yo también —contesta tranquila—. Pero aquí estamos, y debemos sacarle el mejor provecho.

Vuelve a la tienda, pero yo me demoro un momento antes de unirme a ella y esperar a que la costurera y sus oficialas terminen de empaquetar mi vestido. Levanto la vista al cielo estrellado. A partir de ahora y para siempre las cosas serán diferentes. Una vez que el baile se haya celebrado, no habrá vuelta atrás. Una tristeza casi dolorosa amenaza con consumirme. Me ciño el chal con fuerza y regreso al interior.

4

El hijo del señor Langley, un amigo de la familia, ha accedido a conducir nuestro carruaje mientras mi padre está trabajando. Se reúne con nosotras en la carretera y nos ayuda a cargar el vestido. Sus ojos se encuentran con los míos y sonríe cuando me subo. Yo aparto la vista. No estoy de humor para fingir que me siento halagada.

Mi madre sube justo detrás de mí y el carruaje se pone en marcha, avanzando a trompicones por la carretera. A pesar de las gruesas cortinas que cubren las ventanillas, el gélido aire nocturno consigue colarse en el interior. Me ciño la capa alrededor de los hombros y echo la capucha hacia adelante para cubrir gran parte de mi rostro, pero mi gesto no parece señal suficiente para que mi madre advierta que no quiero hablar de nada en absoluto.

—Es un chico muy guapo, ¿verdad? —pregunta.

Observo a mi madre mientras me mira con atención.

—¿Quién?

—El hijo del señor Langley. Por supuesto, si él te encontrara agradable, tendría que hacer una petición formal por ti en el baile. Estoy segura de que no será el único interesado.

Sacudo la cabeza.

—¿Hay algún momento del día en el que no estés pensando en casarme con el primer hombre medio decente que puedas encontrar?

—Medio decente es quizá lo mejor que podemos esperar. —Baja la vista a su regazo, apretando los labios.

Abro la cortina de golpe y miro por la ventanilla, más para evitar poner los ojos en blanco que para admirar las vistas. No estoy especialmente enfadada con ella. Se comporta del mismo modo que la mayoría de la gente de Lille. Siempre buscando la manera de hacer que lo oscuro parezca brillante. Se le da bien, pero a mí no. No puedo evitar ver el baile como lo que realmente es.

Una trampa.

Recorremos las tortuosas calles de Lille. A lo lejos, las enormes torres de Palacio despuntan en lo alto de la ladera. Un despliegue extravagante y llamativo que sirve de recordatorio, para el resto de ciudadanos, de que, por mucho que lo intentemos, nunca seremos totalmente merecedores de esa clase de riqueza, de esos privilegios.

Nada más salir de los dominios de Palacio, al este de Lille, se encuentra la zona restringida, donde viven los miembros de más alto rango de la aristocracia. Lo suficientemente cerca del rey para hacer que se sientan especiales, pero convenientemente alejados para que no tengan la impresión de ser iguales a él. La gente que habita en esa exclusiva ubicación amasó sus riquezas incrementando su nivel de vida, mientras el del resto de la ciudad iba decayendo.

Cuando nuestro carruaje se adentra en la parte oeste de la ciudad, atravesamos adoquinadas calles con hileras de casas idénticas, tan pegadas unas a otras que parece que fueran a desplomarse sobre sí mismas sin ese apoyo añadido. Las horas nocturnas traen consigo una mezcla especialmente confusa de olores. El aroma a pan recién horneado y carne cocida se entremezcla con el inconfundible olor a excrementos, tanto humanos como de animales.

Ningún farol alumbra mi calle salvo los que la gente ha colocado en sus ventanas. Por fin nos detenemos y mi madre se apea. Yo me paro un momento en el estribo del carruaje, esperando poner algo de distancia entre nosotras. No va a dejar que me acueste sin soltarme primero una charla. Cuando llega a la entrada, se vuelve para mirarme y una expresión afligida cruza su rostro. El hijo del señor Langley deposita la caja del vestido en el umbral y, entonces, se aclara la garganta. Alzo la vista hacia él y veo que me muestra otra amplia sonrisa. Estoy a punto de decirle que tiene un aspecto ridículo y que está quedando como un tonto cuando mi madre me llama.

—Sophia, entra en casa.

Me conoce demasiado bien.

Justo cuando empuja la puerta para abrirla, las campanas suenan indicando el toque de queda para las mujeres de Lille. Su paso parece estar acompasado con el estruendoso repicar. Se supone que, cuando suena la campanada final que marca las ocho, debemos estar dentro, con las puertas cerradas. Yo a veces me quedo fuera con la última campanada, solo para ver lo que podría pasar. En esas ocasiones, mi madre comienza a pasear furiosa por la casa deseando encontrarme sentada en el comedor, en lugar de intentando que me arresten como una niñata estúpida. Cuando era pequeña, mi madre me decía que, si no estaba dentro cuando sonara la última campana, los fantasmas de las perversas hermanastras de Cenicienta aparecerían para llevarme. Ahora que soy mayor, sé bien que no es de esos espíritus vengadores de los que debo tener miedo. El rey y sus hombres suponen una amenaza mucho mayor.

Camino hacia la puerta, evitando la mirada de mi madre y encogiéndome al pasar a su lado, mientras ella cierra a mis espaldas y echa la llave. Voy directamente a las escaleras.

—Siéntate —ordena, retirando una silla de la mesa del comedor. Se desplaza al otro lado y toma también asiento.

Me gustaría subir y echarme en la cama, pero primero tendremos esta pequeña charla. Me uno a ella en la mesa y la miro desde el otro lado.

Mucha gente cree que mi madre y yo somos hermanas, por el parecido de nuestros rasgos. El pelo oscuro y rizado es idéntico, excepto que sus mechones están ligeramente salpicados de gris. Compartimos la misma tez oscura, aunque ella tiene algunas arrugas en la comisura de su boca. La gente las llama arrugas de risa, pero estoy segura de que las suyas son de preocupación.

—En mi primer año del baile fui escogida por tu padre, y fue un buen partido —comienza—. Era hijo de un terrateniente, y es un hombre decente, un buen hombre.

—Lo sé. —Ya me lo ha contado antes, pero ahora noto cierta urgencia en su voz, como si intentara convencerme de que hay algún asomo de esperanza.

—Sin embargo, algunas chicas no son tan afortunadas —continúa, con el tono letalmente serio—. ¿Comprendes lo que debe de ser eso? ¿No ser elegida? ¿Cuáles podrían ser las repercusiones en ese caso?

—Por supuesto que lo entiendo.

Esa posibilidad la asusta más que cualquier otra cosa. Las chicas que no son elegidas en su tercer baile son consideradas proscritas y terminan en asilos de pobres o como sirvientas. Pero en los últimos años, varias chicas han desaparecido en el castillo y nunca más se ha vuelto a saber de ellas.

Mi madre se alisa los pliegues del vestido y suspira.

—Quiero que me digas algo, Sophia. ¿Saben Erin y Liv lo difícil que puedes llegar a ser? ¿Lo tozuda?

—Sí —contesto. Y es una verdad a medias. Erin y Liv son mis mejores amigas, y con ellas puedo ser yo misma la mayor parte del tiempo. Pero incluso estando en su presencia siento que tengo que contenerme, porque Lille también ha dejado su impronta en ellas. Cuando me escuchan hablar de marcharme, de resistir a lo que se espera de nosotras, me piden que baje la voz. Esas cosas sencillamente no se hacen. Nadie se marcha. Nadie que no coquetee con la muerte se atreve a resistir.

—Espero que Liv encuentre una pareja este año —dice mi madre alzando la vista—. Sus padres están muy preocupados y, si no es elegida esta vez, solo le quedará una última oportunidad

Las chicas que no están casadas con dieciocho años están mal vistas y son consideradas solteronas; en cambio, que los chicos no tengan que asistir al baile hasta que les apetezca marca una repugnante doble vara de medir.

—No es culpa suya si no ha sido elegida.

Liv no fue seleccionada en el baile del último año. Erin y yo lo estuvimos comentando sin que ninguna de las dos consiguiera entender la razón. Liv apenas hablaba de ello, pero, por lo que he podido deducir, alguien la reclamó y, en el último minuto, eligió a otra chica.

Ahora Liv no para de blandir una réplica de la varita, confiando en conjurar un poco de ayuda mágica. Después de todo lo que vieron y vivieron el año anterior, Liv y sus padres aún tienen esperanzas de recibir la visita de un hada madrina. Están convencidos de que el hada no se presentó el año anterior porque no fueron lo suficientemente diligentes y piadosos a la hora de seguir el ejemplo de Cenicienta.

—No creo que yo vaya a recibir la visita de ninguna vieja bruja —afirmo, sintiendo cómo la frustración crece en mi interior.

—Tal vez no —responde mi madre en un susurro—. Pero harás como si la hubieses recibido, ya que eso es lo que más les importa a los pretendientes y al rey.

—Me gustaría que se preocuparan por mí o por lo que siento. —Comprendo que mis palabras están totalmente en contra del orden establecido, un orden con el que mi madre está de acuerdo.

—¿Por qué, en nombre del rey Manford, iban a pensar eso? —pregunta. Junta las manos como si estuviera rezando, pero la piel de sus nudillos está tensa—. Ahora tienes o, mejor dicho, tenemos una buena oportunidad. Debes encontrar una pareja. Asistir por segunda vez al baile sería una vergüenza.

Sus palabras me penetran como un cuchillo.

—¿Acaso Liv es una vergüenza? ¿Cómo puedes decir eso de ella? No es culpa suya si algún viejo asqueroso cambió de opinión.

Mi madre mira hacia otro lado.

—Liv sabe lo que está en juego. Unos deseos infantiles y la magia no van a salvarla. Debe conformarse, comprender cuál es su lugar y hacer lo que haga falta para encontrar una pareja, igual que harás tú. —Se inclina hacia mí—. Sé que eres diferente y que esto te va a resultar difícil, pero no tienes elección.

Diferente.

Así es como ella me ve y, cada vez que usa esa palabra, un inconfundible aire de desaprobación la acompaña. Lille ha dejado su impronta también en ella.

—Yo quiero estar con Erin.

—Lo sé —admite, mirando alrededor como si alguien pudiera oírnos—. Pero eso debes guardártelo para ti. —Su tono es plano, sin emoción. Esa es la forma que tiene de protegerse de la realidad a la que me estoy enfrentando.

Tenía doce años cuando les dije a mis padres que prefería encontrar una princesa antes que un príncipe. Ambos entraron en un estado de pánico del que emergieron con renovada determinación. Me explicaron que a fin de poder sobrevivir tendría que ocultar lo que sentía. A mí nunca se me ha dado bien disimular, y el peso de esa máscara ha ido acrecentándose con el paso de los años. Nada me gustaría más que poder apartarlo a un lado.

—No tienes que resistirte a cada pequeño detalle. Eso no te hará ningún bien y yo no pienso perderte —declara mi madre mientras se aferra al borde de la mesa—. No puedo. Tienes que asistir. Desempeñar tu papel. —Vuelve a recostarse en su silla como si estuviera agotada, y deja que sus hombros caigan hacia delante, exhalando lentamente—. Ahora mismo tu padre está trabajando sin descanso para mediar en otra venta y poder conseguir el dinero extra que necesitamos para… —Se detiene. La voz se atasca en su garganta. Sus ojos se nublan mientras posa su mano sobre la mía—. Te quiero muchísimo. Haré cualquier cosa para asegurarme de que seas la chica más bonita del baile cuando hagas tu entrada triunfal.

—Toda mi vida ha sido construida en función de este momento. Esto no es un «pequeño detalle». Todo lo que hago, todo lo que digo, todo gira en torno al baile. Mi camino fue decidido desde que nací. Mi futuro ya está escrito, y no he podido decir ni una sola cosa al respecto.

—Así es. ¿Y? —Se queda mirándome sin comprender.

—¿No quieres que sea feliz? ¿Acaso no es eso lo más importante? —En ese breve instante antes de que responda, la imagino diciéndome que sí, que no es necesario que asista. Pienso en lo agradable que sería tenerla de mi lado.

—No. —Mi madre retira su mano de la mía y vuelve a recostarse en su silla. Siento cómo me envuelve una amarga decepción—. Lo que ahora nos importa es que estés a salvo. Que cumplamos las leyes. Unas leyes claras como el día. Ahí las tienes. —Hace un gesto hacia la puerta principal y señala hacia arriba—. La felicidad es un premio extra, Sophia. No tienes derecho a ella y, cuanto antes lo aceptes, más fácil será tu vida.

—¿Y si no quiero una vida fácil?

Mi madre se me queda mirando. Separa los labios para hablar, pero luego vuelve a apretarlos y baja la vista a la mesa.

—Ten mucho cuidado con lo que pides. Porque tal vez es lo que obtengas.

—¿Puedo retirarme ya? —pregunto.

Ella asiente, y yo vuelvo a colocar la silla de vuelta en la mesa y me voy arriba. Cuando llego al último escalón, oigo a mi madre llorar. Una parte de mí desea volver con ella, mientras que otra no se ve capaz. La quiero, y sé que ella también me quiere, pero eso no es suficiente. No está dispuesta a romper las reglas, incluso si estas me exigen renegar de todo lo que soy. Entro en mi habitación y cierro la puerta.

5

A la mañana siguiente, me despierto justo antes del amanecer. Mi padre ya se ha marchado, y mi madre ha comenzado con sus tareas diarias y está preparando el desayuno. Una masa recién hecha envuelta en un paño descansa junto a la estufa de leña, cuyo fuego atiza tras haber puesto agua a hervir. Me uno a ella en la cocina y me ato un delantal alrededor de la cintura. Mi madre deja un plato pequeño con dos galletas y una manzana troceada sobre la mesa y me habla por encima del hombro, mientras extiende un trozo de masa sobre la superficie empolvada de harina de la encimera.

—Los suelos necesitan ser barridos y fregados, como siempre, y hoy toca lavar las sábanas de arriba. Saca las alfombras fuera y dales una buena sacudida. Tu padre ha dicho que tal vez regrese pronto a casa, así que debemos ponernos a ello rápidamente. Cuando vuelva, asegúrate de recitar la historia tan pronto como puedas, porque imagino que estará cansado y querrá reposar.

—¿Quieres que la recite en alto? —pregunto. Aunque se supone que debemos hacerlo, es más una tradición que una regla, y hace mucho que no la sigo.

—Sí —responde mi madre secamente—. Tal vez la tengas un poco oxidada y, con el baile tan próximo, necesites refrescarla y memorizarla del derecho y del revés, en caso de que algún pretendiente quiera poner a prueba tus conocimientos.

Ni siquiera me molesto en responder. Es la cosa más absurda que he escuchado nunca. ¿Por qué van a querer ponerme a prueba los pretendientes? Contengo el impulso de decirle a mi madre que estoy casi segura de que los hombres que asistan al castillo no han leído la historia hasta el final, porque nada de eso tiene importancia para ellos. Solo tiene interés para el resto de nosotros. Pero me limito a asentir y empiezo a arrastrar las alfombras afuera.

¿De verdad va a haber pretendientes que quieran ponerme a prueba? ¿Y de verdad mi padre quiere escucharlo o es solo una precaución de mi madre para descartar la más mínima posibilidad de que alguien quiera engañarme una vez que esté en el baile?

—«La mujer de un hombre acaudalado se puso enferma y supo que su final estaba cerca…» —recito en alto. El cuento aún sigue intacto en mi cabeza. Cada palabra.

Estoy sacudiendo las alfombras cuando mi madre abre la puerta principal con una mirada preocupada en su rostro.

—Sophia, necesito que vayas a ver a la señora Basset. Temo haber olvidado en su tienda los lazos a juego con tu vestido, los que eran para tu peinado.

—¿No prefieres ir tú? —pregunto. Por primera vez en esa mañana, la observo directamente. Unas oscuras ojeras rodean sus ojos, como si no hubiese dormido.

—No, no me encuentro bien. He mandado a Henry a decirle al hijo del señor Langley que esté aquí dentro de una hora para llevarte.

Miro alrededor para descubrir si Henry, el hijo pequeño de nuestro vecino, se ha marchado ya.

—Puedo ir andando —sugiero—. ¿O podría conducir el carruaje yo misma?

Sacude la cabeza.

—¿Sola? Sophia, por favor. Tengo los nervios destrozados. No lo empeores con tu inclinación a incumplir las leyes.

—Esa no es una ley.

Da un pisotón en el suelo del pórtico haciendo un fuerte ruido seco.

—Te llevarán encadenada a Palacio si te pillan conduciendo el carruaje y, si vas andando sola, tal vez acabes en una situación peor.

Algo en su tono me llama la atención. Sus emociones, que suelen estar firmemente contenidas, parecen haberse desbordado con el paso de los días. No le cuento que ayer mismo estuve caminando sola por los bosques y la ciudad. Temo que no sobreviviría a la conmoción.

—El hijo del señor Langley estará aquí en cualquier momento —indica—. Él te llevará.

Desaparece dentro de casa y yo espero en el jardín. Tal y como estaba previsto, mi carabina surge a través de la niebla, que ha empezado a disiparse. Se inclina sobre la verja del jardín y me hace un pequeño gesto de saludo.

—Buenos días —dice. Y vuelve a mostrarme esa sonrisa pícara.

Se me da bastante bien descifrar los gestos de la gente, pero este chico es un rompecabezas. La curva de su labio y esa sonrisa engreída me hacen pensar que me estoy perdiendo algo.

—¿Preparada? —pregunta.

Asiento, mientras él saca el carromato de madera que llevamos al mercado en lugar del coche cubierto que utilizamos para otros desplazamientos. Su amplia caja nos permite transportar grandes sacos de grano y solo tiene un asiento corrido delante. Lo engancha a nuestro caballo y se sube.

—Hace frío —comento—. Deberíamos coger el carruaje.

—Pero ya he preparado este. ¿Es que no quieres sentarte a mi lado?