Este destino cruel - Kalynn Bayron - E-Book

Este destino cruel E-Book

Kalynn Bayron

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¿TENTARÍAS AL MÁS PELIGROSO DE LOS DESTINOS PARA SALVAR A AQUELLOS QUE AMAS? Briseis tiene una oportunidad de rescatar a su madre de las garras de la muerte, pero necesitará conseguir lo imposible: encontrar el último fragmento del letal Corazón de Absyrtus. Para localizar la pieza perdida, deberá confiar en unas parientes a las que nunca ha visto, aprender todo sobre sus poderes secretos y ocupar su lugar en el antiguo linaje. Pero Briseis no es la única que desea el Corazón, y sus enemigos no se detendrán ante nada para lograr sus propios y despiadados planes. Las parcas han augurado un viaje realmente peligroso, uno que puede acabar en más dolor y más muerte. Fortalecida por esa hermandad de magia antigua, ¿podrá Briseis enarbolar su poder para salvar a la gente que más quiere? Kalynn Bayron, autora superventas de Cenicienta ha muerto, continúa la historia de Briseis y la magia única de su familia en la continuación de Este corazón venenoso.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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CAPÍTULO 1

Chrysanthemum sinense. Nombre común: mum o de pompón.

Los crisantemos de pompón blanco simbolizan tristeza, muerte y una pena inagotable. La fachada de la casa del 307 de Old Post Road se había cubierto con docenas de ellos, todos retorcidos y orondos como capullos. Unas buganvillas moradas se habían deslizado cual serpientes para entrelazarse con las ramas de la garra del diablo, de espinas carmesíes afiladas como colmillos y hojas de un púrpura oscuro casi negro. En los oscuros pasillos, la estructura de madera parecía gemir en protesta por el asfixiante abrazo del follaje. Las plantas me habían rodeado para proteger mi dolor, pero era como intentar contener la marea: un acto inútil y, en definitiva, imposible.

Amá estaba muerta. La propia diosa Hécate iba a retenerla en alguna parte del inframundo durante un ciclo completo de la luna. Tenía la posibilidad de recuperarla, pero solo si conseguía hacer lo que no se había logrado nunca: reunir las seis partes del corazón de Absyrtus. Una misión imposible. O al menos así me lo había parecido hasta que llegué a la escena que se desarrollaba en la habitación delantera.

Circe, la hermana de mi madre biológica, a la que creía muerta hasta ese mismo instante, estaba frente a mí como una aparición. Sin embargo, no era una presencia espectral, estaba viva y respiraba, un tanto alterada quizá, si es que la expresión dolorosa de su cara reflejaba lo que sentía en su interior. Las lágrimas empañaron mi visión e hicieron más difuso su contorno.

No lograba distinguirla bien. Se parecía a mí: la misma piel marrón oscura, ojos de un castaño intenso, incluso llevaba unas gafas enormes como yo. No había estado delante de alguien con quien compartiera los mismos lazos de sangre desde que era un bebé y, además, no conservaba ningún recuerdo de aquella época.

La mirada de Circe me recorrió de arriba abajo y sus labios se separaron para volverse a cerrar, como si luchara por encontrar las palabras correctas.

—¿Cómo es posible…? Se supone que no deberías estar aquí —dijo con voz ahogada por la emoción—. No lo entiendo. ¿Qué está pasando?

La doctora Grant, directora de la Oficina de Seguridad Pública de Rhinebeck, se adelantó y se alisó la chaqueta antes de hablar con mucha suavidad, como si le preocupara la reacción de Circe.

—Sabíamos que algo no iba bien, pero no teníamos claro de qué se trataba. He estado muy atenta, intentando encajar todas las piezas.

Circe se sulfuró, como si la voz de la doctora Grant hubiese irritado cada fibra de su ser. No volvió su rostro hacia ella y, en su lugar, mantuvo los ojos clavados en mí.

Ma me rodeó con su brazo.

—Creo que antes necesitamos presentarnos —sugirió conciliadora.

Circe miró a Ma y su expresión se suavizó de inmediato.

—Por supuesto. Lo siento, soy… Soy Circe Colchis, y ella es Perséfone Colchis.

Señaló a la alta mujer con trenzas que estaba al lado de Marie y de Nyx, su… no estaba segura de cómo definir su empleo, pero «guardaespaldas» parecía lo más adecuado.

Perséfone.

Ese era un nombre que conocía, e incluso en medio del millón de complicados sentimientos que me abrumaban, no pude evitar emitir un jadeo.

Circe parpadeó varias veces y respiró hondo.

—No esa Perséfone —sonrió nerviosa—. Ella es tu…, bueno, una pariente lejana.

—Esta es mi madre, Angie —indiqué, agarrando a Ma por la cintura—. Y yo soy Briseis Greene.

—Lo eres —dijo, con un suspiro—. Realmente eres tú. Briseis. Y estás aquí, de pie, delante de mí.

Abrió la boca y luego la cerró, como si le faltaran las palabras.

Dirigí la vista a las dos urnas cerradas que había depositadas en la entrada. El pulso que emanaba de ellas me ponía nerviosa. Podía sentir cómo los lentos y regulares latidos reverberaban en mis huesos.

—¿Posees otras partes del corazón? ¿Cuántas? ¿Dos? —pregunté.

Circe asintió. Hice recuento de todas las piezas en sus distintas formas. Teníamos el elixir de la vida, las dos nuevas piezas en sus urnas, y también a Marie, que había sido transformada por el poder del corazón. No sabía si eso aún contaba, pero es lo que había, y en total sumaban cuatro partes. Necesitábamos las seis si queríamos tener alguna esperanza de traer a mi madre de vuelta de dondequiera que Hécate la retuviera.

Circe se volvió hacia la doctora Grant.

—Creo que deberías marcharte.

La doctora sacudió la cabeza.

—Ella nos ha estado ayudando —expliqué.

—¿Ayudando? —repitió Circe. Dio un paso hacia la doctora—. ¿Y de qué modo has estado ayudándolas, Khadijah?

La doctora Grant se abanicó con la mano.

—Circe, por favor. Me he dejado la piel para intentar descubrir lo que estaba sucediendo aquí. Sabía que no era posible que estuvieras implicada, pero no logré atar cabos hasta que fue demasiado tarde.

Circe se apartó de ella. Sus ojos centelleaban con lágrimas furiosas.

—Por favor, no me dejes fuera otra vez —dijo la doctora Grant. Su tono era de súplica, como si le hubiera roto el corazón—. Sabes que intenté ayudar a Selene. Daría cualquier cosa por traértela de vuelta.

—Es la última vez que pronuncias su nombre delante de mí —advirtió Circe con un tono tan afilado que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Más valía no meterse con esta mujer—. No digo que no hablemos, pero no será ahora mismo, y menos cuando intentas hacerme creer que me estás haciendo un favor. Necesito que te marches.

La doctora Grant asintió y se deslizó despacio por delante de Circe. Al pasar, posó una mano en mi hombro.

—Lo siento mucho, Briseis. Pero si alguien puede ayudarte ahora mismo, esa es Circe.

Hizo un gesto de asentimiento hacia Ma y se marchó sin decir nada más.

Nos quedamos un momento en silencio mientras el coche de la doctora Grant abandonaba el sendero de entrada.

—Khadijah me contó que alguien fue a buscarte —comentó Circe—. Dijo que apareciste aquí convencida de que yo quería que vinieras.

Su voz despertó algo en lo más profundo de mi memoria, algo que no fui capaz de identificar. Era una sensación familiar y a la vez desconocida. ¿Acaso la conocía? ¿Acaso mi mente conservaba algún recuerdo de ella? ¿Algún recuerdo de su voz?

—Hubo una mujer —repuse—. Se hacía llamar Melissa Redmond, pero su verdadero nombre era Katrina Valek. Ella admitió haber matado a Selene.

Ma jadeó. Al principio me sorprendió su reacción, pero enseguida caí en la cuenta. Mientras yo iba por ahí mintiendo a mis madres, algo que nunca se me había dado bien o que no había tenido motivo de hacer a menudo, comprendí que no había considerado una información muy importante. Ma no apareció en la botica hasta después de que la madre de Karter admitiera en voz alta que había asesinado a mi madre biológica, Selene, con el propósito de obligar a Circe a rescatar el corazón encerrado en el Jardín Venenoso.

—¡Bri, Dios mío! ¿Por qué no me lo dijiste? —protestó Ma con un sorbetón, mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos—. ¿Cuánto tiempo has estado ocultándolo?

—Me lo dijo justo antes de que… antes de que… —Me mordí el labio hasta que el sabor metálico de la sangre inundó mi boca. Me negaba a decir las palabras «justo antes de que matara a Amá» en voz alta. Era demasiado duro.

Las hiedras que revestían la casa se arrastraron a través de la ranura inferior de la puerta de entrada, para llegar hasta mí. La mandíbula de Circe se tensó en una dura línea al observar a las plantas reaccionar a la oleada de tristeza que me atravesó. De pronto se tambaleó y las piernas se le doblaron bajo su peso. La mujer a la que había llamado Perséfone estuvo a su lado en menos de un pestañeo. Cruzó la habitación a una velocidad inhumana y agarró a Circe antes de que se desplomara. Intercambié una mirada con Marie, quien asintió a su vez, confirmando lo que ya sospechaba. Aquí había otra persona transformada por el corazón. Otra parte viviente del mismo. Ahora sumaban cinco en total.

Ma miró hacia el suelo y sacudió la cabeza confundida. No solo debía asumir todo lo que estaba viendo y conociendo por primera vez, sino que tampoco había sido testigo nunca la velocidad de movimientos ni la fuerza sobrehumana de Marie. Necesitaríamos tener una conversación seria en algún momento, lo antes posible.

Apreté su mano.

Perséfone llevó a Circe hasta el sofá y se inclinó para mecerla entre sus brazos. Era evidente que aún seguía llorando a su hermana Selene, y mi corazón se apenó por ella. Yo también lo lamentaba como nunca hubiera imaginado. Estaba procesando demasiadas cosas a la vez, y me preocupaba no poder soportar mucho más.

—¿Dónde está ahora esa tal Redmond? —increpó Circe entre dientes, con ojos entornados.

Un escalofrío me recorrió cuando la imagen de los pavorosos y enloquecidos ojos de la mujer regresó a mi mente.

—Está muerta.

Circe alzó la vista. El pañuelo marrón oscuro que cubría su cabeza resaltaba el tono castaño de sus ojos; unos ojos muy parecidos a los míos.

—¿Muerta?

Afuera se oyó un crujido, y una maraña de enredaderas se pegó a la ventana. Los rojos colmillos de la garra del diablo arañaron el cristal como unas afiladas uñas. Circe levantó una mano y, sin siquiera mirar hacia allí, agitó la muñeca. Las enredaderas se apartaron del cristal. Ejercía un control absoluto sobre su poder, que parecía ser el mismo que el mío.

—Después de todo este tiempo, creí haber dejado atrás el pasado y avanzar, pero… —dijo casi para sus adentros, y se detuvo de golpe antes de inclinarse hacia delante—. ¿Qué es lo que sabes? No quiero hacer o decir nada que pueda disgustarte, pero son muchas cosas.

Ma parecía entrar y salir de un estado de confusión. La conduje hasta el sofá frente a Circe y nos sentamos.

—Te diré lo que sé —propuse—. Y así tal vez puedas llenar los huecos.

Circe asintió y yo traté de ordenar mi mente.

—La señora Redmond descubrió mi existencia. No sé exactamente cuándo ni cómo, pero hace unas semanas se presentó en nuestro apartamento de Brooklyn. Dijo que habías fallecido y que me habías dejado la casa y las llaves. También comentó que me habías escrito unas cartas para que solo yo las leyera. —Me quité el cordón que colgaba de mi cuello con las llaves y lo dejé sobre la mesa—. Me mintió en todo, y ahora no sé lo que debo hacer.

Circe sacudió la cabeza y empujó las llaves hacia mí.

—Puedes quedarte con la casa, Briseis. Puedes quedarte con todo lo que me pertenece. Nada de eso me importa ya. Me marché de este lugar hace muchos años —suspiró pesadamente—. No sé cómo decirte esto, y espero que no lo tomes a mal, pero no dejé la casa ni a ti ni a nadie. Obviamente no estoy muerta y no escribí esas cartas.

—Lo sé. Todo eso ya lo suponía. Bueno, la mayor parte. Aunque no esperaba que aparecieras. Eso puedo asegurártelo. Creí que estaba viendo a un fantasma.

Ma cerró los ojos con fuerza.

—¡Oh, Dios, no permitas que sea un fantasma!

Circe apretó los labios y se ajustó las gafas.

—No te preocupes. No lo soy.

Por la forma en que lo dijo, no parecía que no creyese en fantasmas, sino que no era uno de ellos. Tuve que contenerme para no pensar en lo que significaba aquello. Después de todas las cosas que había visto, nada era imposible.

—¿Qué decían esas cartas? —preguntó.

—Eran instrucciones. Como una especie de búsqueda.

Comprendí que en realidad la señora Redmond no tenía ni idea de lo que yo podía, o no, hacer. Ella supuso que había heredado mis dones de mi madre biológica, aunque no estaba segura del todo. Entrar en el Jardín Venenoso habría podido matarme de no haber sido inmune, pero se había arriesgado al considerarlo como parte del juego. Esa idea me hizo odiarla todavía más. Apreté las manos hasta que me dolieron los nudillos.

—Tú…, es decir, la señora Redmond en tu nombre —proseguí— me decía que había un lugar en el bosque donde podría encontrar las respuestas que estaba buscando. Seguí las instrucciones y encontré el jardín y todo lo que está oculto en él.

Circe se recostó de nuevo en el sofá y se llevó una mano a la boca, antes de cruzar y descruzar las piernas. Luego giró la cabeza hacia la botica.

—¿Y encontraste las respuestas que andabas buscando?

Vacilé un instante. Lo que encontré fue un lugar que me hizo sentir que no estaba sola, un lugar donde liberarme; encontré un objetivo para mis extraordinarias dotes y un poco de estabilidad para mis madres. Pero también descubrí un secreto tan profundo que incluso la amenaza de su revelación había provocado la intervención de una diosa viva y que respiraba.

—Encontré el corazón.

Saqué el vial con el elixir de la vida y lo sostuve al trasluz. El viscoso líquido rojo se pegaba como miel al cristal. La expresión de Circe y de Perséfone se torció hasta convertirse en una máscara de absoluta y pura conmoción. Marie cerró los ojos y agitó la cabeza.

Circe se levantó y se acercó hasta agacharse frente a mí. Mientras sus ojos observaban el vial, pude contemplarla con detalle. Parecía ser tan solo un poco mayor que Ma, aunque por la fecha de nacimiento en su lápida debía tener diez años más. Dos arrugas gemelas rodeaban la comisura de su boca, y unos cuantos rizos, que habían escapado de su pañuelo, mostraban una mezcla de pelo negro y canoso. Tenía el aspecto de alguien que sabía de primera mano lo que era sentirse agotado. Deposité suavemente el elixir en su mano extendida.

—La señora Redmond, Katrina Valek, o comoquiera que se llamara, me obligó a punta de cuchillo a coger el corazón. —Decir su nombre era como formular una maldición, como si pudiera conjurarla del mundo de los muertos para que nos hiciera a mí y a mi familia todavía más daño del que ya había causado—. Me hizo un corte en la mano para que mi sangre cayera sobre él. Y este empezó a latir.

Alcé mi mano vendada. La sangre había empezado a empapar la gasa. La sensación física que el corazón me había causado, mientras la señora Redmond me obligaba a tocarlo con las manos desnudas, aún permanecía en mis huesos. Me dolía.

—Me hizo traerlo hasta aquí —continué—, transfigurarlo, y luego… mató a mi madre.

Las palabras sonaron como si las estuviera pronunciando otra persona. No parecían reales. No quería que lo fueran.

Circe miró a Ma y de nuevo hacia mí.

—Lo… lo siento mucho. —Se echó a llorar. Entonces se rodeó la cintura con los brazos y se meció atrás y adelante como si intentara calmarse—. El corazón no deja nada intacto. Afecta a todo y a todos los que entran en contacto con él. Trae la muerte, aunque no siempre como resultado del veneno que corre por él. Soy incapaz de enumerar todas las muertes de este retorcido árbol familiar causadas por otras personas que han intentado hacerse con él y que no cejan en su empeño. Personas que no cesan de perseguirlo —añadió, secando sus lágrimas.

Nos quedamos así durante un momento, mientras yo trataba de rehacerme de la espiral de dolor y pena. Intenté encontrar las palabras para explicar lo que había sucedido después, pero no podía pensar con claridad.

—Hécate estuvo aquí. —Fue todo lo que pude decir. Confiaba en que tuviera sentido para ella porque aún no lo tenía para mí.

Circe me miró a los ojos, y en ese instante supe que, si bien estaba sorprendida, me creía. Sus grandes ojos marrones centellearon en la penumbra. Posó una mano en mi rodilla.

—¿Se te reveló? ¿Pudiste verla?

Perséfone se apoyó contra la pared como si fuera a caerse.

Asentí.

—Había un gigantesco perro negro con ella. Me dijo que era la madre de Medea, que todos veníamos de ella. Y se llevó a mi madre.

Los dedos de Circe presionaron mi rodilla.

—¿Qué quieres decir con que se la llevó?

—Le pregunté a Hécate si podíamos utilizar el elixir de la vida para traer a mi madre de vuelta, pero me contestó que no funcionaba así. Dijo que retendría a mi madre, y que si encontraba el modo de hacer algo que nunca se había logrado…

Los labios de Circe se abrieron lo suficiente para susurrar en un tono que sonó como el crujido de hojas muertas arrastradas por el viento.

—Quiere que reúnas todas las piezas de Absyrtus.

Ella tenía ya un conocimiento profundo de todas las cosas que yo acababa de descubrir, pero aun así lo pronunció de tal forma que me hizo pensar que era algo imposible.

Me incliné hacia ella.

—¿Podemos hacerlo? —Un nudo subió hasta mi garganta. No sabía si podría soportar más decepciones. Me llevó un instante comprender que su vacilación no era porque lo creyera imposible, sino porque quizá estaba pensando en cómo podríamos conseguirlo—. Es posible, ¿no es cierto? Por favor, dime que hay algo que podamos hacer.

Circe y Perséfone intercambiaron una mirada.

—El Absyrtus completo podría convertirse en el señor de la muerte —explicó—. Puede hacerse, pero no es tan sencillo como suena.

—Y además conlleva algunos sacrificios —intervino Perséfone, sin rodeos—. Ya hemos perdido mucho. El corazón toma y toma, pero ¿qué es lo que da?

—Este no es el momento, Sef —la cortó Circe.

Perséfone retorció una de sus trenzas con el dedo y suspiró, a la vez que asentía.

—Tenemos todo un ciclo completo de la luna para hacer lo que quiera que vayamos a hacer —comenté—. Eso es lo que Hécate dijo.

Perséfone resopló y miró a otro lado.

—Una trampa —afirmó—. ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? No es tiempo suficiente.

El desaliento se apoderó de nuevo de mí. Marie se acercó y se sentó en el brazo del sofá, a mi lado. Empezó a acariciarme el hombro con suavidad.

—Me sorprende verte aquí —le dijo Circe, otra vez en pie.

Ma se enderezó en su asiento y paseó la vista entre Marie y Circe.

—¿Ya os conocéis?

—¿Sorprendida dices? —Marie evitó la pregunta de Ma y mantuvo la vista clavada en Circe—. ¿Por qué?

—No sé lo que has compartido con los demás, pero no actúes como si este lugar no te hubiera destrozado también —espetó Circe—. Creí que te marcharías tan lejos como te fuera posible en cuanto tuvieras la oportunidad.

—No todo es horrible aquí —repuso Marie.

Me miró y sonrió con afecto. Y durante una fracción de segundo pude sentir algo más que no fuera solo pena, lo que agradecí. Apoyé mi cabeza contra la suya.

Circe me observó y luego sus ojos pasearon de Marie a mí, antes de regresar a su asiento en el sofá.

—Marie. ¿Qué es lo que…? —comenzó Perséfone, pero Circe la cortó.

—Déjalo —ordenó—. Tenemos muchas preguntas. Y estoy segura de que vosotras también las tenéis, pero llevo sin dormir casi dos días, apenas puedo mantener los ojos abiertos. —Se volvió hacia mí—. ¿Podrías concederme unas horas de descanso?

Mi primer impulso fue decir que no. No teníamos tiempo para dormir. Necesitábamos encontrar la última parte del corazón para poder traer a Amá de vuelta.

Circe pareció percibir mi vacilación.

—Tú también tienes aspecto de necesitar un buen descanso —indicó.

—No creo que pueda dormir aunque quiera —repuse—. No después de lo que acaba de suceder.

La sangre de Karter —derramada cuando el perro de Hécate le apresó la pantorrilla entre sus fauces— aún seguía húmeda sobre el agrietado suelo de la botica. Las hojas de adelfa probablemente estaban empezando a curvarse. Sentí ganas de vomitar.

—Lo entiendo. Mucho más de lo que puedas imaginar.

Se quitó las gafas y se frotó los ojos antes de volvérselas a poner.

Entonces se giró hacia Ma.

—Puedo asegurarme de que duermas. Sin sueños. Solo descanso. Eso puedo ofrecértelo, si me lo permites.

Ma sollozó silenciosa.

—Por favor —pidió. Si quería un respiro en su agonía, podía tenerlo. Esta no se iría a ninguna parte. Era demasiado cruda, como un nervio expuesto, y cada roce nos hacía dar un brinco.

Me agarré a Ma. Marie, Nyx y Perséfone nos siguieron unos pasos por detrás. Liderábamos una procesión de lágrimas y corazones despedazados que recorrió el vestíbulo hasta lo que quedaba de la botica.

En el interior, Circe echó un vistazo alrededor, pero no dijo nada. Ma no quiso mirar al lugar donde Amá había muerto, pero yo, sin embargo, no podía apartar la vista de él. Los trozos de adelfa yacían esparcidos alrededor de donde se había desplomado. Un intenso dolor se enroscó en mi pecho con tal fuerza que me dejó sin aliento.

Circe examinó los restos astillados de la escalerilla. Algunos de los peldaños se habían partido por el centro y el armazón estaba totalmente desencajado.

—Perséfone, ¿podrías alcanzarme la belladona?

Perséfone asintió, se impulsó con el pie y saltó hasta la pequeña galería que rodeaba la parte alta de la habitación, donde aterrizó con un ruido sordo.

Ma me agarró del brazo y se colocó delante de mí.

Circe se ajustó las gafas.

—Lo siento. Debería haberos advertido.

—¡Desde luego! —gritó Ma—. ¿Cómo ha hecho eso? ¿Qué está pasando?

—Es el corazón —intervine, con intención de tranquilizarla, pero entonces recordé lo extraño que me había resultado ver a Marie usar ese poder la primera vez. Estuve a punto de saltar de un vehículo en marcha después del incidente del cementerio—. El corazón las cambia.

Los ojos de Ma se abrieron de golpe.

—¿Las?

Debía ser sincera con ella.

—A Perséfone y a Marie. —Miré a Circe, que asintió—. Ambas fueron cambiadas por el elixir de la vida hecho con otras partes del corazón.

—¿Qué significa exactamente «cambiadas»? —inquirió Ma.

—Se vuelven más fuertes, más rápidas, más… resistentes de lo que eran antes —contestó Circe.

Resistentes. Supongo que esa era una manera de describir la inmortalidad.

—¿Como… como superhéroes? —preguntó Ma.

—Yo soy definitivamente la villana —bromeó Marie.

Estaba intentando aligerar la atmósfera, pero Ma parecía estar a punto de desmayarse.

Marie hizo una mueca.

—Es broma. No soy tan mala, Ma. Lo prometo.

Ma no dijo nada y me preocupó que estuviera sufriendo algún tipo de shock. No conocía la historia de Perséfone, y la de Marie iba a necesitar más que algún comentario de pasada. Pero ahora no teníamos tiempo para eso.

Palmeé con suavidad el brazo de Ma.

—¿Estás bien?

—No, nada está bien —murmuró entre dientes.

Perséfone abrió la pequeña puerta que ocultaba las estanterías con muestras secas de las plantas más letales del jardín, extrajo uno de los tarros y descendió con la misma facilidad que había subido. Tendió el tarro a Circe, quien lo dejó sobre los destrozados restos del mostrador.

—Necesito un poco de agua caliente —indicó.

Perséfone desapareció por el pasillo en dirección a la cocina.

Circe se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo. Revolvió entre los escombros y pareció encontrar lo que andaba buscando: uno de los pequeños platos de cobre que el padre de la doctora Grant me pidió que sacara cuando se pasó por la tienda.

Nyx y Marie se quedaron a un lado, mientras yo observaba cómo Circe maniobraba con una confianza que indicaba que sabía lo que estaba haciendo. Sus estilizados dedos trabajaron para deshacer las partes secas de la belladona en el plato. Luego lo cubrió con sus manos y cerró los ojos. El vello de mi nuca se erizó. Yo no era quien estaba tocando el veneno, pero sabía lo que se sentía. No hizo ni una mueca ni se estremeció. Inhaló y exhaló despacio y rítmicamente.

—¿Crees que eres inmune? —me preguntó Circe de pronto.

—¿Cómo? —repliqué confusa.

—La primera planta venenosa con la que entré en contacto fue la belladona. Mi madre me la dio en una vieja lata de café cuando era pequeña. Me hizo jurar que nunca permitiría que ninguno de mis amigos la tocara. Siento decir que yo no era la niña más obediente del mundo. —Sus ojos se volvieron vidriosos en la oscuridad de la destruida botica—. Podía cultivar la planta, aunque había una conexión que no terminaba de entender del todo. Pensé que era solo otra faceta de mi don: controlar las plantas y no verme afectada por las venenosas.

—A mí no me afectan en absoluto —admití—. Sin duda soy inmune.

Circe sonrió con cariño, pero también percibí tristeza.

—Esa es la impresión que produce desde fuera, pero puedes sentir el frío, ¿no es así? Puedes sentir el hormigueo y el cambio de temperatura cuando entras en contacto con algo tóxico.

Asentí.

—Si fueras inmune, no te afectaría en absoluto, ¿verdad? No sentirías nada.

Nunca lo había pensado de ese modo, pero supongo que tenía razón.

—¿Qué estás insinuando? Porque la savia de la planta de cicuta entró en mi corriente sanguínea. Sostuve el corazón con mis manos desnudas y sentí que estaba muriendo.

Una intensa oleada de dolor y tristeza se asentó en la boca de mi estómago.

Circe presionó la palma de su mano contra la belladona.

—Cuando entras en contacto con plantas venenosas tu cuerpo filtra el veneno. Este entra dentro de ti; en esencia, te convierte en algo parecido a la propia planta, y por tanto no puede hacerte daño. Cuanto más venenosa sea la planta, más doloroso es. Medea fue la envenenadora con más talento de la historia por dos razones: la primera, porque estudió bajo la tutela de su tía Circe, sin lugar a dudas la bruja más dotada de todas; la segunda, porque heredó los mismos dones que ahora poseemos de Hécate. Eso es lo que permitió a Medea hacer su trabajo con tanta precisión. Y la razón por la que la gente la buscó.

Exhaló con fuerza mientras retiraba su mano y movía los dedos.

—No he asimilado suficiente veneno de belladona para que resulte peligroso —añadió—, pero el sueño va a estar tan cerca de la muerte como se puede soportar sin llegar a caer en brazos de Hades.

Perséfone regresó con la hervidora y cuatro tazas altas en una bandeja de plata. Lo depositó todo sobre el mostrador. Circe vertió un pellizco de belladona en cada una y, luego, las cubrió con agua hirviendo.

Estiré el brazo para coger una taza, pero Ma me agarró de la muñeca.

—Espera. No pretendo ser grosera, pero no te conocemos. —Miró a Circe con recelo—. Me refiero a que acabamos de presentarnos, ¿y ahora quieres darnos una extraña poción que va a dejarnos fuera de combate? Esto es… demasiado, sobre todo para Bri.

Se volvió hacia mí.

—Cariño, tú estás a cargo de lo que sucede aquí. No haremos nada con lo que no te sientas cómoda. Nada ha cambiado en ese sentido.

Por un instante, mis pensamientos regresaron a lo que habría dicho Amá, antes de recordar que ella ya no estaba. Ma me estrechó entre sus brazos mientras nuevas lágrimas brotaban en cascada de mis ojos.

Circe pestañeó y luego estiró el brazo y lo posó sobre el de Ma.

—Creo que tú y yo deberíamos hablar.

Ma me abrazó con fuerza.

—Desde luego. Pero cualquier cosa que quieras decir puedes hacerlo aquí, delante de Bri. ¿Te parece bien, cariño? —preguntó, y me acarició un lado de la cara.

Asentí.

Circe se mordió el labio inferior, se quitó las gafas y las dejó sobre el mostrador.

—No sé bien qué deciros a ninguna de las dos. Siempre pensé que no volvería a ver a Briseis. Selene nunca quiso que ella regresara aquí. Intentó con todas sus fuerzas ahorrarte todo esto.

—Tampoco Bri lo escogió —replicó Ma—. Esa mujer, la tal Redmond, fue la culpable de que viniéramos aquí al principio, pero… —Se detuvo un instante para aclararse la garganta, antes de continuar—. Ha sido muy positivo hasta ahora. Aquí ha podido ser más ella misma, sacar su verdadero yo, y eso es todo lo que siempre quisimos. Es evidente que sabes lo que es capaz de hacer, y nosotras…, Thandie y yo, hicimos cuanto estuvo en nuestras manos para que pudiera ser exactamente quien es. Con sus dones y todo eso. Incluso tenemos una floristería allá en Brooklyn.

Los ojos de Circe se llenaron de lágrimas. Perséfone se separó un poco y se entretuvo recogiendo los tarros del suelo para colocarlos en las pocas estanterías intactas. Nyx bajó la vista al suelo. Era evidente que no quería entrometerse en lo que parecía ser una conversación muy íntima. Marie, sin embargo, ni siquiera se molestó en fingir que no estaba escuchando.

—No quiero que ninguna de vosotras os sintáis incómodas —replicó Circe con voz tensa—. Me reafirmo en lo que dije. La casa es vuestra si la queréis. El que yo haya regresado de entre los muertos puede ser un obstáculo, así que quizá podríamos fingir que aún sigo muerta.

—No sé si podría funcionar —repuso Ma—. Pero escucha. Le he dicho a Bri que no tiene que elegir. Puede aprender más cosas sobre el lugar de donde viene sin tener que sentir que está pasando por encima de mí. Yo la apoyaré sin importar lo que ocurra. Pero necesito que prometas que vas a respetar eso. Sé sincera con ella, porque desde que estamos aquí he visto cosas que me dicen que todo esto me supera, pero no quiero que la fuerces. Aunque no te conozco bien, estoy segura de que no vas a hacerle daño. Mientras todo siga así, no habrá problemas.

Sonreí. Cuando ya creía que no volvería a hacerlo, sonreí. Ma no permitía juegos cuando se trataba de mí. Eso no había cambiado.

Circe se obligó a sonreír.

—¡Esta muchacha tiene suerte de contar contigo! Y siento que tengas que estar aquí en estas circunstancias, pero estoy de tu lado y voy a hacer cuanto esté en mi mano para ayudaros. No será fácil. Lo que debemos hacer es algo que hasta hace muy poco me parecía imposible.

—Últimamente he visto un montón de cosas imposibles —replicó Ma.

Circe nos pasó a Ma y a mí las infusiones.

—Bebed y descansad. Ya hablaremos más tarde.

Ma cogió la taza y se la bebió en tres grandes sorbos. Se volvió hacia mí y abrió la boca para hablar, pero sus ojos se cerraron y se acurrucó hacia un lado como si hubiera olvidado el modo de permanecer de pie. Perséfone la agarró antes de que cayera al suelo.

—Ha sido rápido —comentó Circe—. El brebaje es fuerte. Estará bien. No te preocupes —aseguró, mientras sus dedos tanteaban la muñeca de Ma y miraba su reloj.

Cogí una taza y la acerqué a mis labios, pero Circe puso la mano sobre ella.

—No funcionará en ti —indicó—. No te afectará en absoluto.

—Eso suponía. —Volví a dejarla donde estaba—. ¿Qué puedo hacer?

Suspiró.

—No mucho. He probado todos los remedios botánicos conocidos para dormir y sigo sin encontrar uno que me funcione.

Marie se acercó y me dio un suave codazo.

—Yo me quedaré contigo. Siempre que me quieras a tu lado. Puedo llamar a Alec y pedirle que te hable. Eso debería dejarte grogui.

Cogí la taza aún humeante y me la bebí entre sorbos. Quizá no sirviera, pero me dije que al menos debía intentarlo. Esperé a que el sueño me venciera, como había ocurrido con Ma, pero tal y como Circe pronosticó, no sentí nada.

—Tenía que intentarlo —alegué.

Circe me mostró una sonrisa.

—Aun así, deberías intentar dormir, si puedes.

Perséfone se volvió, sin dejar de mecer a Ma, y las seguí por el pasillo. Ascendió la escalera, conmigo justo detrás. El cuadro del perro negro me observaba desde la pared. Los ojos de generaciones de la familia Colchis nos contemplaban mientras Perséfone depositaba a Ma en mi cama. Circe se entretuvo a los pies de la escalera y no nos siguió.

Le quité los zapatos a Ma y la tapé con las mantas. Marie se dejó caer en la mecedora junto a la chimenea y yo me acerqué a la ventana cuando Perséfone nos dejó a solas. Una figura se movió en la oscuridad, por el lateral de la casa. El corazón me dio un brinco en el pecho antes de advertir que era Circe, con las dos urnas en las manos. Entrecerré los ojos en la oscuridad y observé cómo se dirigía directa al sendero que llevaba al jardín.

Me quité las zapatillas y me tumbé a los pies de la cama mientras Ma permanecía totalmente inconsciente.

—Circe va a ayudarte, Briseis —comentó Marie, a la vez que recogía su maraña de rizos canosos por detrás del cuello con una goma que llevaba en la muñeca—. Sé que lo hará.

—¿Y qué pasa si no podemos encontrar la última pieza?

No quería que esos pensamientos negativos y terribles se apoderaran de mí, pero no conseguía sacármelos de la cabeza.

Marie no contestó. Y sentí como si fuera un silencioso reconocimiento de que, tal vez, las cosas no saldrían como pretendíamos.

Era posible que me viera obligada a vivir el resto de mi vida sin Amá.

Esa idea volvió a hacerme llorar. Casi de inmediato, Marie se plantó a mi lado y me alzó para que pudiera apoyar mi cabeza en su regazo. Trazó el rastro de mis lágrimas con los dedos. No había mucho más que decir o hacer.

Cerré los ojos.

CAPÍTULO 2

Abrí los ojos, a la mañana siguiente. O al menos eso creí, hasta que advertí que el sol entraba de forma oblicua a través de las cortinas de la habitación. Un susurro junto a mis pies me hizo dar un brinco. Las plantas dispuestas sobre la repisa se habían entrelazado durante la noche y ahora estaban enroscadas en los cuatro postes de mi cama. Mi mano había sido vendada de nuevo y un suave aroma a aceite de almendras dulces y mentol emanaba de ella. La señora Redmond me había rajado la palma, pero los ingredientes con los que estaba elaborado el bálsamo hacían que el dolor fuera casi imperceptible.

Ma aún seguía dormida, con el rostro relajado, y la respiración lenta y uniforme. No podía creer que yo hubiera conseguido dormir, pero ahora estaba despierta, y los horrores del día anterior volvieron a invadirme. Si al menos Ma pudiera seguir dormida, no tendría que padecer lo que yo estaba sintiendo. El peso de mi pena parecía anclarme a la cama y hacía que me costara respirar. Me dije que si no me levantaba, corría el riesgo de quedarme allí tendida para siempre.

Me obligué a ponerme en pie y salí de puntillas de la habitación para dejar que Ma continuara descansando todo lo posible. Merodeé por el rellano y descendí la escalera como un fantasma, como si mi cuerpo se moviera por inercia. Al doblar el recodo estuve a punto de chocarme con Perséfone. Cargaba con la mesa de café bajo el brazo. Ma y yo habíamos intentado moverla nada más llegar aquí, pero desistimos porque era maciza como una roca. Estaba hecha de roble y debía de pesar unos cincuenta kilos. Sin embargo, Perséfone la transportaba como si fuera el mueble de una casa de muñecas.

—¿Has podido descansar algo? —preguntó.

—Bueno… Sí. —De hecho sentía como si mi cuerpo se hubiera desconectado por completo. Ni siquiera recordaba haberme quedado dormida—. ¿Qué hora es?

—Casi la una de la tarde.

Mi corazón jadeó. Toda una mañana perdida.

—¿Dónde está todo el mundo?

—Marie y Nyx se marcharon hace un rato. Marie me pidió que te dijera que volvería pronto. Tenían un asunto que atender. —Reajustó ligeramente la mesa—. Voy a retirar esto de la habitación delantera. Se nos ha ocurrido que tal vez podríamos instalar una mesa grande y sacar todo lo demás afuera. Hemos trabajado un montón, Briseis. De hecho, hemos invertido demasiado tiempo buscando las otras piezas, y tal vez nos vendría bien a todos estar en la misma onda.

—¿Cómo pudieron separarse las otras partes del corazón? —inquirí. Necesitaba centrar mi mente en otra cosa, y ese parecía un buen lugar por donde empezar—. Hubo un momento en que estuvieron todas juntas, justo al principio, cuando Medea enterró las partes de su hermano.

Perséfone se estremeció.

—Lo… lo siento —dije de inmediato, y posé mi mano en su brazo.

Debía recordar que aquellas no eran historias cualesquiera. Eran la historia de una familia, mi familia.

Perséfone sacudió la cabeza.

—No pasa nada. Siempre me estremezco al pensar en la crueldad de lo que se le hizo a Absyrtus. He visto muchas cosas en mi vida, pero aun así su muerte está entre lo más violento que he escuchado nunca.

—Es terrible —reconocí—. Espero que Jasón recibiera lo que se merecía.

—Consiguió llegar a viejo, algo que parece de lo más injusto. Pero me consuela saber que fue infeliz y que los dioses le aborrecieron por lo que le hizo a Medea. Cuando ya era un anciano se quedó dormido bajo el mástil del Argo, que se pudría en un astillero, y le aplastó el cráneo.

Hice una pausa.

—Me alegro, maldita sea.

Perséfone sonrió, como si la idea fuera lo mejor que hubiera oído nunca.

—Me gusta pensar que durante unos momentos sufrió una terrible agonía antes de morir. —Se encogió de hombros—. De cualquier forma, no estoy muy segura de cómo se separaron todas las piezas del corazón. Sé que poco después de que Medea enterrara a Absyrtus, una de las partes se la llevó un semidiós por orden del mismísimo Jasón.

Pensé en qué criatura, estando en su sano juicio, podría o querría hacer algo así.

—¿Y quién se prestaría a hacerlo?

—¿Alguna vez has oído hablar de los doce trabajos de Hércules? —comentó Perséfone.

—No, creo que no. ¿Está en la película de Disney?

Perséfone soltó una risita.

—No la he visto. Pero ¿te suena la historia de Hércules?

—Sí.

—Le asignaron doce tareas que debía completar después de que matara a su mujer y a sus hijos.

—Espera un momento. ¿Qué es lo que hizo? Eso, desde luego, no sale en la versión de Disney.

Perséfone apartó con el pie una pesada mesita auxiliar como si fuera una pluma.

—Puedo entender por qué no incluyeron esa parte, pero sí. Mató a su mujer y a sus hijos y, como castigo, se le asignaron doce tareas imposibles; cosas como matar al monstruo de la hidra o capturar a Cerbero, la bestia de tres cabezas que custodiaba la entrada al inframundo.

—¡Uf!

—Cuando completó los doce trabajos, decidió embarcar y navegar por el mundo. ¿Adivinas cómo se llamaba el barco?

Ya podía imaginarlo. Si Jasón fue quien le dio la orden, solo podía tratarse de un barco.

—El Argo.

Perséfone asintió.

—¿Y quién iba en ese barco acompañando a su esposo mientras este perseguía el Vellocino de Oro?

Alcé la vista a Perséfone.

—Medea.

—Exacto —contestó—. Hércules disfrutó de un asiento en primera fila para contemplar el caos que se desató, y después de que todo hubiera acabado y Absyrtus yaciera muerto, Jasón le pidió que hiciera algo mucho más absurdo que todo lo que había realizado hasta entonces: robar una parte del cuerpo de otro semidiós de su lugar de descanso eterno.

Pensé que nada en la historia de mi familia podía sorprenderme, pero estaba equivocada.

—¿Y lo hizo?

—Supongo que sí —asintió Perséfone—. Pero no sé cómo. Y en cuanto a las demás partes, desconozco cómo llegaron a separarse.

—Pero Circe y tú habéis encontrado otras dos.

—Nos ha llevado años. Y nos ha costado mucho más de lo que pensábamos —admitió.

La miré a la cara y percibí el mismo cansancio que había visto en Circe, pero multiplicado por doce.

—Ahora solo falta encontrar una parte, ¿verdad? —pregunté—. Después de todo este tiempo, solo tenemos que encontrar una parte.

—La «madre».

—¿La «madre»? ¿Qué es eso?

—Ma dijo que teníais una floristería, ¿no? —preguntó Perséfone mientras cruzábamos el vestíbulo.

—Sí, así es.

—¿Alguna vez has cogido esquejes de las plantas para cultivar otras?

Lo consideré durante un momento.

—No exactamente. Quiero decir que lo hago a mi manera. Puedo crear una nueva planta a partir de cualquier parte de otra original.

Asintió, volvió a cruzar el vestíbulo y recogió la tumbona.

—Cuando Absyrtus fue enterrado, su corazón, su propio corazón, aún anidaba en su pecho. Fue el primero en florecer y producir la planta con forma de corazón. Este, a su vez, hizo germinar las otras partes del cuerpo con su magia, hasta ofrecernos las seis partes originales. La «madre» es la última y la más poderosa. Ya has visto lo que es capaz de hacer la que manteníamos aquí. Pues ahora imagina algo cien veces más letal.

No podía. No podía concebir que existiera otra planta aún más letal que la pieza del corazón de Absyrtus que había sostenido en mis manos. Perséfone dejó la tumbona en la habitación de al lado.

Eché un vistazo hacia el vestíbulo.

—¿Dónde está Circe?

—En el jardín. Se llevó las otras partes ahí fuera anoche. —Buscó algo en su bolsillo y sacó el vial con el elixir de la vida—. He visto que alguien ha instalado una caja fuerte en la torre. ¿Has sido tú?

—No —respondí—. Debió de ser la señora Redmond. Pero conozco la combinación. ¿Quieres que lo guarde ahí dentro?

—Si no te importa… Ya ha sido transfigurado, y es muy potente en esta forma líquida. Lo mejor por el momento es mantenerlo a salvo.

Me entregó el vial y me dirigí a la pequeña puerta al final del pasillo de la primera planta. Subí por la estrecha escalera y encendí la única luz que colgaba del centro de la habitación. Luego retiré el cuadro de Medea, dejé a la vista la caja fuerte y giré la rueda con la combinación: 7-22-99. Tras depositar el elixir en el interior, la cerré, colgué de nuevo el cuadro y me tomé un minuto para recuperar el aliento. Mi árbol familiar estaba entrelazado con el destino de dioses y semidioses. Había muchas cosas que asumir.

El polvo flotaba en los haces de luz que se filtraban por la ventana e iluminaba las páginas del gran libro dispuesto sobre el pedestal, en medio de la abarrotada habitación. Pasé las pesadas páginas hasta encontrar la ilustración del corazón de Absyrtus que Selene había dibujado con todo detalle. Las aterciopeladas hojas negras, los rosados lóbulos, los tallos como arterias. Había capturado a la perfección lo extraña e imposible que era la planta, y sin embargo, el dibujo no le hacía justicia. En la realidad, era hermosa y aterradora a partes iguales.

De vuelta en la primera planta, me asomé para ver cómo estaba Ma. Aún dormía, y no quise molestar más a Perséfone mientras se dedicaba a cambiar el mobiliario de sitio, así que bajé al vestíbulo, cogí mis deportivas y salí por la puerta principal. Rodeé la casa y atajé a través de la pendiente de hierba alta de la parte trasera. Al acercarme, la exuberante cortina de hiedra y ortigas que custodiaba el camino hasta el Jardín Venenoso se retiró y pude adentrarme en el sendero oculto.

Avancé con dificultad a través del bosque mientras las plantas se enroscaban a ambos lados del camino. Parecían ser muy conscientes de mi presencia. Desde que les había pedido ayuda para estrangular a la señora Redmond, cuando esta amenazó a todos los que yo amaba o por los que me preocupaba, era como si ya no pudiera prescindir de ellas. Intenté apartar esos pensamientos y centrarme en lo que debíamos hacer. Era imposible olvidar lo sucedido en días anteriores, pero lo que estaba por venir también parecía irreal. Desconocía lo que debía hacer más allá de llegar a la siguiente hora, al siguiente minuto, al siguiente segundo, y aun así tenía la impresión de no estar haciendo lo suficiente.

La vereda desembocaba en el claro con las flores de murciélago negro, que se irguieron al verme. Los árboles que custodiaban la verja de hierro, en el lado opuesto de la pradera, se retiraron y la buganvilla tiró de los barrotes de la puerta para abrirme el paso. Entré en el jardín y contuve el aliento. Podía sentir el dolor de lo que había sucedido allí, del mismo modo que sentía el lacerante efecto de las toxinas cuando entraba en el Jardín Venenoso, con la diferencia de que no era inmune a ese dolor. La señora Redmond había mancillado este precioso lugar, pero el jardín estaba luchando con fuerza para borrar cualquier señal de su presencia allí.

La acacia se erguía como un centinela que custodiara los crecidos parterres con todo tipo de plantas.

El jardín de Hécate había sobrepasado las vallas de madera. Eléboros y petunias púrpura trepaban por el muro más cercano al recinto. Las corolas amarillas de los eléboros semejaban unos ojos atentos y protectores.

Calas y dalias se habían expandido hasta cubrir el trozo de suelo donde mi madre había yacido inconsciente. Ahí se había vertido su sangre. No podía verlo, pero sabía que estaba allí, y sentí una abrumadora oleada de gratitud hacia las flores que lo ocultaban. ¿Acaso sabían que no sería capaz de soportarlo? ¿Que contemplar ese trozo de tierra oscura habría hecho que me rompiera?

Supuse que Circe no estaría en la parte delantera del jardín, así que atajé y me dirigí hacia la puerta circular. Al entrar en el Jardín Venenoso apenas sentí un poco de frío en la garganta cuando las toxinas transportadas por el aire invadieron mi nariz y mi boca. Circe tampoco estaba allí, pero la puerta oculta en el muro trasero estaba entornada. El rítmico golpeteo de un corazón resonó en mis oídos. El pulso se me aceleró.

Las lianas de garra del diablo se desplegaron de lo alto del muro para deslizarse por el suelo y rodear mis pies. Cualquier miedo o vacilación que tuviera desapareció. Me había apoyado en este extraño poder, lo había abrazado, y ahora ya no había vuelta atrás. Extendí el brazo e introduje el dedo en uno de los pequeños vástagos. El frío me recorrió la palma y la muñeca mientras de la letal enredadera brotaba un trío de dentadas hojas fucsia.

Me acerqué a la puerta y la abrí del todo.

—Ejem… ¿Circe? ¿Estás ahí abajo?

Se oyó una especie de susurro, como el chasquido de algo metálico, quizá de cristal.

—Aquí estoy —contestó con voz ronca.

Descendí por los escalones de piedra hasta el húmedo habitáculo de más abajo. La luz del sol se filtraba por el orificio cilíndrico del techo, pero aun así el lugar seguía casi en tinieblas y fresco. Circe estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Su pelo sobresalía a los lados de su cara en prietos rizos, y el pañuelo se le había deslizado hasta mitad de la cabeza. Las dos urnas de cristal, a modo de jaulas, que había traído consigo, descansaban contra la pared de enfrente. Me senté en el suelo a su lado.

Miré alrededor. Mi mente no dejaba de repetir la escena en la que la señora Redmond me había hecho un corte en la mano por encima del Absyrtus Cor, y cómo me había preguntado si ya la había alimentado. Aborrecí la sofocante y pequeña cámara, y un pellizco de rabia me encogió el estómago sin que pudiera entender la razón. Recordé que fueron sus engaños los que me trajeron hasta aquí. Circe no había escrito las cartas. No tenía nada que ver con el caos que la señora Redmond y Karter habían desatado. Sin embargo, algo seguía sin encajar. Después de un momento, por fin comprendí lo que me preocupaba. Si Circe no me había traído aquí, eso significaba que su intención era justo la contraria: no quería tenerme en este lugar, y eso me dolió más de lo que hubiera imaginado.

—Sé que no debería estar aquí —dije—. Que probablemente no me quieras aquí.

Giró la cabeza y se ajustó las gafas.

—Me resulta muy difícil mirarte. Te pareces tanto a ella que me da un poco de miedo.

—¿Te refieres a Selene?

Asintió.

—Siento como si estuviera hablando con ella.

—Yo no soy ella. —Eso mismo le dije a Alec cuando fui a verlo al hospital. En su confusión me tomó por Selene.

—No. Eso lo sé —repuso. Se mordió el labio inferior y sus cejas se juntaron. Me preparé por si hería mis sentimientos—. Déjame que sea muy clara al respecto. ¿Quería yo que estuvieras aquí? ¿Lo quería Selene? Sí. Por supuesto que lo queríamos. Pero era demasiado peligroso. Redmond no fue la primera que se acercó en busca del corazón. Pero tú eres parte de este lugar, lo que, sospecho, es el motivo por el que el destino te ha traído de vuelta.

—No tanto el destino —objeté—. Más bien una odiosa y mentirosa asesina…

—Ya lo pillo —me cortó Circe, pensativa—. Créeme. Me alegro de que esté muerta. Me habría gustado verlo.

—Yo lo vi.

Respiró hondo y dejó que sus hombros cayeran.

—Dios, ojalá no lo hubieras hecho. —Se quitó las gafas y las frotó con el dobladillo de su camiseta para limpiarlas—. Y para ser sincera, hay una parte de mí que estaba deseando que regresaras algún día, cuando esto fuera seguro.

—¿Por eso dejaste el mapa?

Circe resopló entre dientes.