Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
UNA EXTRAÑA MAGIA FLORECE TRAS UNA PUERTA ENVENENADA... Briseis tiene un don: con un solo toque puede hacer crecer las plantas a partir de minúsculas semillas hasta convertirlas en hermosas flores. Un extraño don, a veces, difícil de controlar. Cuando su tía fallece y descubre que es la heredera de una descuidada finca en una zona rural al norte de Nueva York, cree que es la oportunidad para dar rienda suelta a ese don y descubrir su alcance. Pero su nuevo hogar resulta ser un tanto siniestro, y además viene con un misterioso manual de instrucciones, un jardín amurallado repleto de las más letales especies botánicas del mundo y generaciones de secretos. De la autora del best seller Cenicienta ha muerto ahora nos llega esta arrebatadora historia sobre una joven con el poder necesario para derrotar las oscuras fuerzas que se ciernen sobre ella.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 498
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Para los amantes de las plantas
Rosas blancas. Género: Rosa. Familia: Rosaceae. Nombre común: Evening Star (estrella nocturna).
Cada fin de semana, lloviera o hiciera sol, el señor Hughes depositaba una docena de ellas en la tumba de su esposa. Así había venido haciendo durante el último año. No le importaba el genus o la especie, solo que fueran doce rosas las que le esperaran cada domingo, envueltas en papel de estraza y atadas con un cordel. Mi madre iba a tener que decirle que el camión que las traía no había llegado la tarde anterior, como se suponía que debía hacer, al haber volcado en la autopista Brooklyn-Queens. El conductor había salido ileso, pero nuestro cargamento de «estrellas nocturnas» había quedado desparramado por los seis carriles de circulación.
—Lo siento mucho, Robert —dijo mi madre cuando el señor Hughes, vestido con su mejor traje de domingo, entró en la tienda—. Ha habido un accidente y no hemos podido recibir nuestro cargamento habitual. Tendremos un nuevo envío en los próximos días.
El hombre se estiró las solapas de su recién planchada americana azul marino, con el labio superior temblando, mientras se llevaba la mano a la boca y suspiraba. Parecía como si fuera a plegarse sobre sí mismo. Su pena era obvia y aparente. A veces tenía ese efecto en una persona.
—Pero tenemos unas preciosas peonías —sugirió Amá—. De la variedad Prima Ana. Son magníficas, Robert. Puedo hacerte un ramo ahora mismo.
Empujé mis gafas por el puente de la nariz echando un vistazo al arreglo floral en el que estaba trabajando.
La frente del señor Hughes se frunció.
—No sé, Thandie. Las rosas blancas eran sus favoritas.
Mi madre posó una mano sobre la del señor Hughes mientras este sacaba un pañuelo para secarse los ojos. Tan solo quedaba una rosa blanca en un jarrón del mostrador trasero, un resto de un ramo de novia que tuve que preparar el día anterior. Bajé la vista a mis manos, abriéndolas y cerrándolas. Quería ayudar. Pero no podía. Era demasiado peligroso.
—La echo tanto de menos, Thandie —comentó el señor Hughes con voz ahogada por la tristeza.
—La gente que amamos nunca se va de nuestro lado —dijo Amá—. Procura recordarlo. Sé que es duro. Uno siente como si el mundo entero debiera dejar de girar, pero no es así. Y tenemos que encontrar el modo de recoger los pedazos.
Amá siempre sabía qué decir. El señor Hughes y su esposa solían venir juntos a la tienda. Ahora, ya solo lo hacía él, y me daba tanta pena que me costaba soportarlo. El arreglo de mesa delante de mí estaba empezando a marchitarse.
—Espere un momento, señor Hughes —intervine.
Me miró intrigado. Mis ojos se posaron en mi madre durante un segundo más del necesario. Su rostro se tensó por la preocupación.
Saqué la solitaria rosa del jarrón y corrí por el pequeño vestíbulo para salir por la puerta de atrás. El limitado espacio de tierra de ocho por diez metros que nuestro casero tenía la osadía de llamar «jardín» era donde depositábamos las plantas más grandes que no cabían en la tienda. Un reciente cargamento de agnocastos abarrotaba ahora el lugar, con sus espinosas flores violeta empezando a abrirse por el húmedo calor del verano.
Mis manos temblaban mientras me arrodillaba e iba despojando a la rosa de sus aterciopelados pétalos, hasta llegar al pistilo, el sórdido corazón de la flor. Cualquier parte de la planta habría sido suficiente para crear otra igual, pero tener el pistilo lo hacía todo más fácil. Un hormigueo familiar bajó por mi brazo. Había empezado en mi hombro haciéndome cosquillas hasta el codo, y después por el antebrazo. Alcé la vista hacia las recién instaladas estacas de madera de la valla trasera. Me recordaron lo que podría suceder si perdía el control, aunque solo fuera durante un segundo.
Cavé un pequeño hoyo en el suelo y coloqué el pistilo en el interior. Tras cubrirlo con la tierra suelta, posé mis manos sobre él, hundiendo los dedos en la tierra y cerrando los ojos.
«Solo respira».
Un cosquilleo, cálido y extrañamente reconfortante, se extendió por la yema de mis dedos. Una ola de anticipación me atravesó mientras un robusto tallo de hoja perenne surgía de la tierra e inmediatamente brotaban de él un montón de pequeños vástagos. Comenzaron a crecer entre mis dedos separados. El sudor humedecía mi espalda y mi frente. Apreté los dientes hasta que me dolieron los músculos de las sienes. Los nuevos tallos se desplegaron hacia el sol, con sus troncos engrosando y las espinas irrumpiendo, aunque nunca lo suficientemente cerca como para pincharme los dedos. Los capullos florecían blancos como la nieve entre nuevas hojas verdes como esmeraldas. Justo antes de que los pétalos se desplegaran, retiré las manos, apretándolas de nuevo contra mi pecho. Una sensación de vértigo me recorrió. Diminutos orbes de luz bailaron por el borde de mi visión mientras aspiraba profundamente y llenaba mi pecho del pegajoso aire veraniego, antes de expulsarlo. Mis latidos se ralentizaron hasta adoptar un ritmo normal.
Seis rosas blancas moteaban las recién formadas ramas. Hice un repaso del resto del jardín. Un arbusto de agnocasto había echado nuevas raíces como tentáculos, provocando fisuras en su tiesto de plástico. Sus brillantes flores lavanda se extendían hacia mí. No podía arriesgarme a crear otro macizo de rosas para ofrecerle al señor Hughes la docena que necesitaba. Tendría que bastar con esas.
Saqué unas tijeras de podar del bolsillo de mi delantal y corté las rosas. Me apresuré de vuelta al interior. Mientras se las tendía a mi madre, el rostro del señor Hughes se iluminó.
—Primero me dices que no queda ninguna y luego Briseis se marcha y encuentra las flores con aspecto más radiante que haya visto nunca —comentó feliz.
—Las estaba guardando especialmente para usted —respondí—. Solo tengo seis. Espero que le sirvan.
La sonrisa de su cara hizo que mi pequeña mentira piadosa valiera la pena.
—Son perfectas —declaró.
Amá me lanzó una prieta sonrisa.
—Voy a preparártelas.
Envolvió las rosas en un fino pliego de papel marfil y marrón, extrajo una tira de yute blanco de la bobina grande del mostrador e hizo un nudo de tres vueltas.
—Angie y yo estamos aquí por si necesitas cualquier cosa —dijo, tendiéndole las flores—. No dudes en llamarnos.
—No quiero molestaros —respondió él.
—No —negó mi madre con firmeza—. No digas eso. No es ninguna molestia.
Asintió frotándose los ojos.
—Dile a Ma que te he dado las gracias por la cena de la otra noche. Os la debo.
—Se lo diré —replicó mi madre—. Y no nos debes nada, salvo, quizá, un poco de tu famoso pastel de melocotón.
El señor Hughes se rio, con los ojos aún húmedos por las lágrimas.
—Os tendré surtidas. Lo hago siguiendo la receta de mi abuela. No hay nada parecido en el mundo entero.
Sonrió. Mi madre rodeó el mostrador y le dio un abrazo.
Yo me escabullí tras mi arreglo floral y respiré hondo. Esta vez había podido ayudar, pero eso no debía convertirse en costumbre. La última vez que llevé mis habilidades hasta el límite fue después de una discusión que tuve con mi madre. Ni siquiera recuerdo por qué fue, pero mi exagerado trasero estaba enfadado y decidió sentarse en el jardín y hacer crecer un poco de manzanilla como distracción. Cogí un puñado de hojas de té sueltas y las esparcí por la tierra.
Y entonces, apreté demasiado fuerte. Hice crecer docenas de margaritas como las de la planta de la camomila, pero también hice que las raíces del arce noruego de nuestro vecino se extendieran por el suelo, agrietando el jardín y haciendo un agujero en la valla. Ma tuvo que contarle al tipo de la puerta de al lado que a veces los árboles atraviesan una etapa de crecimiento rápido, como la de los niños cuando alcanzan la pubertad, y por alguna razón, que no conseguí explicarme, ese maldito idiota la creyó.
Ayudé a Ma a reparar la valla, pero cada vez que miraba la nueva, con sus pálidas estacas, un pellizco de vergüenza atravesaba mi cuerpo.
Las flores de mi arreglo estiraron sus suaves pétalos hacia mí. Cada vez que estaba triste o asustada o feliz, parecían advertirlo y reaccionaban en consecuencia. El dolor y la tristeza las hacían marchitarse; la felicidad, reanimarse, y con miedo y rabia parecían dispararse.
Llevaba criando plantas en envases de cartón de leche reciclados y tarros vacíos de cristal desde que era una niña. Amá solía decir que tenía más mano para las plantas de la que había visto nunca, incluso desde que era una bebé. Descubrió exactamente hasta qué punto estaba dotada una vez que me dejó en el solario de la casa de mi abuela. Tenía yo tres años. Se fue a coger su bolso, y cuando regresó, yo estaba enredada entre los vibrantes y verdosos tallos de un filodendro de aterciopeladas hojas, una planta que estaba muerta y marchita cuando salió de la habitación.
A partir de ese momento, Amá y Ma empezaron a ponerme pequeñas pruebas. Primero me colocaron al lado de una planta muerta, que al instante reverdecía y crecía dando nuevos brotes si yo le prestaba atención. Más adelante, cuando me hice un poco mayor, me entregaron semillas que yo plantaba haciendo que brotaran en minutos. No sabían cómo ni por qué podía hacer esas cosas, pero lo aceptaron, lo nutrieron y dejaron que creciera, al igual que las plantas, hasta que tuve unos doce años.
Después de eso todo cambió. Pasé momentos muy duros tratando de mantener mi poder bajo control. A cualquier parte que fuera, si había algo verde y creciendo, era como si se disparara una alarma que alertaba de mi presencia. La flora buscaba mi atención y, para ser sincera, yo también quería prestársela.
La campanilla de la puerta sonó cuando el señor Hughes abandonó la tienda, y volví al trabajo, al arreglo que vendrían a recoger en menos de una hora. Corté unas cuantas ramitas de paniculata y las coloqué junto con los manojos fucsias de mirto de crespón e hipericum y las rosas de tono rosáceo en un jarrón alto. Pasé los dedos por las rosas y estas se abrieron.
Mi madre encendió el altavoz bluetooth y la voz de Faith Evans flotó en el aire mientras ella ladeaba la cabeza al ritmo de la melodía.
—Tiene buen aspecto —indicó, mirando el arreglo que tenía delante—. Me gustan los colores.
—Gracias. Llevo trabajando en él desde ayer. Debería estar listo en breve.
Se acercó y me rodeó con el brazo.
—Gracias por lo que has hecho con el señor Hughes. Significa mucho para él tener esas flores, pero… —dirigió la vista al vestíbulo, hacia la puerta trasera— debes tener mucho cuidado.
—Lo sé —repuse, leyendo la preocupación en sus ojos—. Lo he tenido. He conseguido las seis de un único pistilo.
—¿En serio? —Mi madre bajó la voz y se inclinó aún más a pesar de que solo estábamos nosotras en la tienda—. Eso es casi un récord, ¿no?
Asentí. Ella siempre se había sentido fascinada por lo que yo podía hacer, pero su curiosidad estaba mitigada por la preocupación. No podía culparla.
Alzó la vista hacia mí.
—¿Cómo te sientes? ¿Mareada?
Asentí de nuevo. Una sombra de incomodidad cruzó su rostro.
—¿Hay algo más que quieras que te haga hoy? —pregunté evitando sus ojos.
—No, pero hay algo que puedes hacer cuando acabes este arreglo. —Posó la mano en mi mejilla—. Trata de relajarte un poco. El instituto estará cerrado durante el verano, cielo. Sé que este ha sido un año duro.
Alcé las cejas con burlona sorpresa.
Mi madre entornó los ojos hacia mí.
—Está bien. «Duro» sería subestimarlo mucho.
Este curso había puesto a prueba mis dotes como actriz. Y no solo por mi deseo de subirme a un escenario, sino por la hilera de plantas en maceta que mi profesora de Literatura mantenía en el alféizar de la ventana, a las que les salieron raíces tan altas como yo, o por los árboles del patio que se arquearon hacia la ventana junto al pupitre que tenía asignado en la clase de Ciencias, algo que todo el mundo había advertido. Tuve que fingir que estaba sorprendida, como si pensara que aquello era muy extraño, y especular en voz alta sobre el asunto. Quizá se trataba de algún producto químico que se había filtrado en la tierra procedente de algún vertido tóxico. O quizá todas las hormonas que el Gobierno inyectaba en nuestra comida estaban escapando de los cubos de basura del comedor, empapaban el suelo y conseguían que los árboles crecieran de forma extraña e inusual. No tenía ningún sentido, pero algunas personas se aferraron a la idea, y ahora tenía que hacerme ver en las distintas protestas para exigir que se analizara la tierra que rodeaba el colegio, como si no hubiera inventado todo aquel embrollo solo para impedir que me descubrieran. Si alguien hubiera prestado más atención, habría averiguado que en cada colegio al que había asistido se había producido una «contaminación» similar.
—Me encanta tenerte en la tienda —dijo Amá—. De verdad que sí. Pero no te sientas obligada a ello.
—Me encanta trabajar aquí —respondí—. Ya lo sabes.
—Quiero que te diviertas un poco este verano. Podemos arreglarnos.
—Pero quiero ayudar. Ya sabes a lo que me refiero.
Amá sacudió la cabeza. A mis madres les gustaba fingir que les parecía bien que yo bajara el ritmo durante el verano, pero la verdad era que necesitaban ayuda extra. Los pedidos no paraban de llegar y entraban un montón de clientes, y aunque el negocio parecía asentado, los impuestos y el alquiler estaban consumiendo nuestras ganancias. No podían permitirse contratar más personal, así que yo debía asumir mi responsabilidad.
La campanilla de la puerta volvió a sonar, y Ma entró balanceando un recipiente de plástico lleno de cruasanes encima de una endeble bandeja de cartón con tres tazas de café. Me apresuré a agarrar los cafés antes de que se volcaran.
—Bien hecho —dijo Ma.
Me dio un beso en la frente y dejó la comida sobre el mostrador.
—Hoy tenemos un día ajetreado —informó mi madre—. He recibido una llamada respecto al paquete básico de boda. Querían saber si podríamos tenerlo para el viernes.
—Podemos tenerlo para el viernes —aseguró Ma dando una palmada, y luego se volvió hacia mí—. ¿Te toca trabajar hoy, cariño?
—Sí.
—De eso nada —rechazó Ma. Me cogió de la mano y tiró de mí hasta sacarme de detrás del mostrador. Me desató el delantal, me lo quitó y se lo lanzó a Amá—. Te quiero mucho, pero tienes que salir de aquí y hacer cosas propias de adolescentes.
—¿Como qué?
—No lo sé. —Se giró hacia mi madre—. ¿Qué hacen los jóvenes hoy en día?
—No me lo preguntes como si fuera una vieja —dijo Amá—. Les gusta ver Netflix y relajarse, ¿no?
—Me marcho. —Cogí uno de los cafés y dos cruasanes—. Por favor, no vuelvas a decir «Netflix y relajarse» nunca más.
—Ah, y también les gustan los vídeos de bailes de TikTok —añadió Ma—. ¿Cuál era el nombre de uno de ellos? ¿El Renegado?
Hizo un movimiento raro con el brazo, y luego se agarró el hombro haciendo una mueca de dolor.
—Puedo hacerlo, pero por la forma en que mis ligamentos han sonado…
—No me lo perdería por nada del mundo, Ma —dije—. Gracias.
—De nada, cariño. —Sonrió.
Mientras Amá y Ma se reían hasta que se les saltaron las lágrimas, yo cerré la puerta de la tienda y subí la escalera hasta el tercer piso de nuestro edificio.
Amá había comprado prácticamente cada pieza de mobiliario de nuestro apartamento en IKEA. Ma lo odiaba porque a pesar de que los productos eran sólidos, tener que ensamblarlos a veces requería un nivel de paciencia que ninguna de ellas poseía. Aun así, Amá estaba obsesionada con hacer que el espacio pareciera más amplio, lo que no era fácil de conseguir en menos de setenta y cinco metros cuadrados.
Enderecé los desemparejados cojines del sofá y organicé el correo aún sin abrir en una pila sobre la mesa antes de dirigirme a mi habitación. Cuando empujé la puerta, el cálido y húmedo aire me golpeó en el rostro y empañó mis gafas. Necesitaba con urgencia un aparato de aire acondicionado, y Amá había pegado una nota junto al interruptor que decía: «¿Tienes el dinero para el aire acondicionado?». No lo tenía, así que debía soportar unos tibios veintiséis grados. Los carteles y fotografías que había colgado de las paredes se habían enroscado por los bordes. Todo estaba perpetuamente húmedo. La única ventaja era que mis plantas adoraban esa atmósfera tropical.
Las plantas bajo la ventana se volvieron hacia mí. Los jacintos de los bosques se abrieron como pequeños gramófonos, y los ramilletes de paniculata que ocupaban toda una esquina de la habitación pareció como si realmente estuvieran respirando. Los tajetes y las bocas de dragón se giraron todos hacia mí. Estas eran plantas tranquilas. Las plantas tranquilas podían reavivarse a mi lado, pero no se soltaban de sus raíces ni destruían vallas para acercarse a mí. Y tampoco perdían sus colores naturales cuando yo estaba cerca.
Me dejé caer sobre la cama. La hiedra que había estado cultivando en la ventana serpenteó hacia mí, deslizándose a través del suelo y trepando por el poste de la cama, a la vez que echaba nuevas hojas y rizados zarcillos mientras trataba de alcanzarme. La hiedra no era una planta tranquila. Era reactiva y ruidosa. El único lugar en que podía tenerla era en mi habitación, donde nadie pudiera verla salvo mis madres y yo.
Era agotador tener que contenerme todo el tiempo, observando constantemente cada uno de mis movimientos y poniendo mucho cuidado en no provocar la respuesta de algún roble rojo o helecho de maceta. Lo único que funcionaba era ignorarlas, y ni siquiera esto servía tanto como me hubiera gustado. Lo peor era que me sentía mal por tener que ignorarlas, como si negara algo que formaba tan parte de mí como el color de mis ojos o los rizos de mi pelo. Pero en los confines de mi abarrotado dormitorio podía dejarme llevar, y el alivio que eso traía consigo era algo que estaba deseando sentir más que cualquier otra cosa.
El sol se filtraba a través de mi ventana y proyectaba un gran rectángulo vacío en el suelo de madera. La vaporosa luz inundó mi habitación. Dejé que la deslizante enredadera rodeara las puntas de mis dedos y que se abriera paso por mi brazo. Siempre me he preguntado por qué las plantas me preferían a la luz del sol cuando estaba en su naturaleza extenderse hacia esta. Ma me contó una vez que era porque yo era la luz. Ella era así de sentimental y yo la adoraba por ello, pero pensaba que tal vez se tratara de otra cosa, algo para lo que no tenía todavía una explicación, razón por la cual había solicitado seguir un curso de botánica de grado universitario en el City College durante el verano.
Cuando pasé a secundaria Amá me regaló un libro de botánica. Pensó que si me convertía en bióloga, quizá podría descubrir de dónde venía mi poder y para qué servía exactamente. Me pareció una buena idea la primera vez que lo mencionó, pero a medida que había ido creciendo, ese «para qué» se había vuelto menos importante que «el porqué». No estaba segura de que las respuestas que necesitaba pudieran encontrarse en un libro de texto, aunque tampoco sabía por dónde más empezar.
Abrí mi ordenador portátil y entré en el portal del instituto para comprobar mi correo. Un nuevo mensaje de mi tutora me esperaba en la bandeja de entrada.
A lo largo del curso, sus mensajes habían sido siempre de dos tipos: o bien recordatorios de que necesitaba esforzarme más para subir las notas si quería graduarme a tiempo, o bien para decirme que estaba destacando en la clase de Ciencias Ambientales y sugerirme que dedicara esa misma energía a las otras asignaturas. Pero dado que el instituto estaba cerrado durante el verano, el mensaje debía de tratar de mi curso de botánica. Mi corazón se aceleró.
Hola, Briseis:
Espero que estés pasando un verano estupendo. Recibí tu solicitud para asistir al Curso Introductorio de Botánica en el City College, pero, lamentablemente, ese curso exige que los participantes tengan una media de bachillerato de un 3.0 o mejor. Se trata de un curso universitario para obtener créditos universitarios. Tu media de secundaria era de 2.70 al final del semestre, así que me temo que no reúnes la calificación requerida. Sin embargo, eres una estudiante de Ciencias Ambientales increíble, así que vamos a trazar un plan para que puedas subir tu nota de bachillerato y así poder asistir al curso más adelante. Por favor, no pierdas la esperanza, Briseis. Sigue intentándolo. Sé que vas a hacerlo muy bien en tu último año.
Con mis mejores deseos, Casandra RodríguezCONSEJERA ESCOLARINSTITUTO MILLENNIUM BROOKLYN
Cerré la tapa del ordenador y lo aparté a un lado, tragándome las lágrimas. La paniculata se hinchó, las bocas de dragón se retorcieron y la hiedra se enroscó en el cabecero metálico de la cama con tanta fuerza que chirrió en protesta. Inspiré hondo y las plantas se calmaron.
Nada había ido bien en este año de instituto. A pesar de ser muy buena en Ciencias Ambientales y en los talleres de Botánica, eso no me había servido para librarme de Educación Física. Intenté convencer a Amá y a Ma de que correr por la pista de atletismo y jugar al bádminton eran formas de tortura, pero aun así tuve que ponerme la ropa de deporte y codearme con gente que pensaba que usar desodorante era algo opcional. Sin embargo, Educación Física fue el menor de mis problemas en el instituto. El miedo que arrastraba conmigo porque alguien pudiera descubrir lo que era capaz de hacer, o peor aún, por perder el control y hacer daño a alguien, era una carga muy pesada.
Eché un vistazo a mi escritorio, que era poco más que una tabla de madera apoyada sobre unos cajones de plástico que Ma había encontrado en una tienda de segunda mano. Ahí estaba mi microscopio junto a mis revistas de investigación y cuadernos con coloridos pósits pegados entre las páginas. El libro de botánica que Amá me había regalado yacía abierto, sus páginas gastadas y las esquinas dobladas, con párrafos enteros resaltados y subrayados. Yo no quería seguir una carrera de ciencias. Solo quería entenderme un poco mejor, y algo que había encontrado durante mi investigación me conmocionó de un modo como nada lo había conseguido antes e hizo que se me erizara el vello de la nuca.
Hacia el final del libro de botánica había una sección titulada «Envenenamientos» —una subdisciplina de la botánica que implicaba el estudio de las plantas venenosas—. Eso había aguijoneado mi curiosidad y despertado algo muy profundo en la boca de mi estómago: una mezcla de miedo y excitación.
Cuando tenía ocho años, una niña llamada Tabitha Douglass me desafió a que comiera cinco brillantes bayas rojas que colgaban de un arbusto bajo por detrás de nuestra escuela de primaria. El fruto era amargo y manchó mis labios y mi lengua, pero lo hice. Me comí las cinco. Tabitha se comió seis, una más para superarme. Para cuando nuestra profesora salió a avisarnos de que era hora de entrar en clase, Tabitha estaba hecha un ovillo, gritando agónicamente y vomitando todo lo que tenía dentro. Tuvieron que llevarnos corriendo al hospital. Amá irrumpió en la sala de urgencias como si alguien le hubiera dicho que su hija estaba a las puertas de la muerte, gritando y sollozando con Ma a su lado, pero yo estaba bien. No tenía calambres en el estómago, ni dolor de cabeza, ni latidos de corazón irregulares. Tabitha sufrió una diarrea incontrolable durante una semana y no pudo comer nada más que sopa y gelatina.
El médico concluyó que yo no había tomado tantas bayas como ella. Técnicamente era cierto, pero solo había tomado una menos. Sin embargo, debía haber tenido los mismos síntomas. Debía haber sentido algo.
Ese incidente me marcó. Pensaba en él cada vez que tocaba algo ligeramente tóxico: ambrosía, hiedra venenosa, estramonio. Todas me hacían sentir como si hubiera metido la mano bajo un grifo de agua fría, y esa misma sensación de frescor fue la que se había extendido por mi estómago el día en que tomé esas bayas estando en segundo de primaria. Aún no había explorado todos los aspectos de ese extraño don, pero ese recuerdo permaneció siempre en el fondo de mi mente: las plantas venenosas.
Una ola de excitación me recorrió cuando el recuerdo afloró de nuevo. Esa era la otra cosa por la que estaba deseando que llegara el verano: para buscar una muy específica y tóxica planta. Agarré mi bolsa, bajé a la tienda y asomé la cabeza por la puerta.
—Me voy al parque un rato —anuncié.
El rostro de Amá se tensó.
—¿Al parque?
El miedo en su voz era demasiado sutil para que nadie salvo yo pudiera reconocerlo. En su mente, estar en un lugar tan verde como un parque, con todos esos campos a cielo abierto y árboles y flores silvestres, era una tentación demasiado fuerte, y quizá también una amenaza. Le preocupaba que llevara las cosas demasiado lejos y que algo pudiera suceder sin que hubiera forma de ignorarlo o arreglarlo. Ma, en cambio, no estaba tan segura de que tuviera que poner tanto cuidado constantemente. Ella y Amá no dejaban de pensar en ello. Ambas querían que yo estuviera a salvo, pero siempre había miedo a lo que pudiera pasar, de cuáles serían los límites de ese poder, o de dónde venía. No tenían respuestas ni tampoco yo. Aún no.
—¿Llevas el móvil? —preguntó Ma mientras envolvía una docena de tulipanes papagayo en brillante papel dorado.
—Sí —repuse.
—Entonces te veré a la hora de cenar.
Paré delante del monumento conmemorativo al Marqués de Lafayette a las puertas del parque Prospect, tratando de reunir el coraje para entrar en él. Un hombre con un sombrero tipo safari colocó a sus hijos delante de la estatua y empezó a sacar fotos mientras estos sonreían. Los turistas pululaban alrededor de la entrada del parque haciéndose selfis y causando todo tipo de molestias, totalmente ignorantes del peligro que corrían al estar tan cerca de mí. Clavé los ojos en mis zapatillas y en el sendero enladrillado bajo estas.
«Mantente centrada. Deja la cabeza gacha. Ve directamente a La Cañada».
Bordeé la estatua de Lafayette y me interné en el parque. La hierba se extendía como una amplia alfombra verde moteada por campos de sóftbol y retoños de árboles. Cogí un sendero que atravesaba Long Meadow, la enorme pradera verde donde la gente ya estaba disfrutando a placer. Entendía por qué les gustaba practicar yoga, correr u observar a los pájaros en el parque, pero tuve que sacudir la cabeza ante un grupo de padres del barrio de Park Slope apostados con letreros, dispuestos a echar a los vendedores de helados y polos para que sus hijos no se sintieran tentados por esas chucherías a base de lácteos.
Me detuve en la línea de árboles al otro lado de la pradera, donde comenzaba La Cañada. Ese era el único bosque de Brooklyn, y el único lugar suficientemente recóndito para probar algunas de mis teorías más peligrosas sobre lo que yo era capaz de hacer.
Me adentré por el camino principal y continué moviéndome. El lugar al que me dirigía no estaba en el sendero marcado, y mi corazón se aceleró a medida que me acercaba.
«Mantente firme».
Los árboles que flanqueaban el sendero se sacudieron como si los hubieran despertado de un profundo sueño. Sus gruesas y frondosas copas se enredaron entre sí por encima de mi cabeza. Ignoré el gruñido de sus ramas mientras trataban de alcanzarme.
Manteniendo los ojos en el suelo, viré bruscamente y me desvié del camino trazado hasta un frondoso macizo de helechos por el que nadie, aparte de mí, se hubiera atrevido a pasar.
Cuando alcancé mi destino, el árbol frente al que me planté conservaba un aspecto tan corriente como la última vez que estuve allí. El imponente olmo era idéntico a las otras docenas que se erguían a su alrededor, pero esa era precisamente la cuestión. No quería que nadie pudiera llegar a lo que estaba ocultando. Ni niños sin helado en busca de algo dulce, ni perros liberados de sus correas. No había nada ni nadie que mereciera la clase de muerte dolorosa que mi secreto podría desencadenar. No debería estar criándolo en absoluto. Ir al parque suponía un riesgo, pero no podía mantener la planta en casa, donde Amá y Ma pudieran reconocer lo que era y obligarme a deshacerme de ella. Los sombríos e inexplorados senderos sin rastro de presencia humana de La Cañada eran mi única opción.
En la base de ese olmo vulgar, a bastante distancia del sendero principal, y con el suficiente monte bajo de por medio para que incluso el vagabundo más curioso no se atreviera a acercarse, me arrodillé y separé la hierba alta, dejando a la vista un pequeño arbusto moteado de flores blancas con forma de paraguas. Los parasoles me recordaban un encaje. Parecían la clase de flor que podría integrar en un ramo de boda de la tienda.
Pero solo si quisiera matar a la novia.
Los dos días de lluvia precedentes habían transformado la tierra en una fangosa sopa, pero la planta aún se mantenía recta. Saqué fotos de ella con mi móvil, adjuntándolas a un documento de Google que había creado y llamado Cicuta de agua. Había estado supervisando su crecimiento y el aspecto que mostraba en las distintas fases de su desarrollo, además de las condiciones que la hacían crecer mejor, a la vez que anotaba lo que no funcionaba.
Llevaba criando la cicuta de agua durante un mes, intentando distintas variables. La marga arenosa y húmeda parecía funcionar mejor que el suelo seco y rocoso, y cuando enterraba mis dedos en la tierra cerca de sus raíces, el arbusto crecía más fuerte, más alto. Si me concentraba lo suficiente, brotaban nuevas flores, aunque no tan fácilmente como lo hacían en las plantas que no eran venenosas. Requería mucho más esfuerzo criar una cicuta de agua, y necesitaba concentrarme con más firmeza para estar segura de que nada saliera mal. El agotamiento y malestar que me sobrevenía era también mucho más intenso. Eso debería haber bastado para hacerme abandonar el peligroso trabajo. Pero no podía. Me tenía totalmente atrapada.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de Ma apareció en lo alto de la pantalla.
Ma: Vamos a pedir comida a domicilio para luego. ¿Te apetecen tallarines tailandeses?
Bri: Suena genial. ¡Solo verdura, por favor!
Deslicé el móvil en mi bolsillo y saqué una bolsa de plástico de la mochila. Esto era en lo que había acabado mi mes de trabajo. Iba a recortar uno de los tallos más pequeños y llevarlo a casa para estudiarlo. Solo lo conservaría lo suficiente para tomar algunas notas, apuntar mis observaciones, y luego me desharía de él. Unas pocas horas. Eso era todo lo que necesitaba para hacer la investigación.
Al pasar la mano a lo largo de uno de los tallos, una fría sensación de hormigueo afloró en las yemas de mis temblorosos dedos. Los pétalos y las hojas se estiraron hacia mí con una urgencia que no había visto en otras plantas. Era como si la cicuta de agua no pudiera esperar a tomar contacto con mi piel. La extraje de la tierra, poniendo mucho cuidado en no tocar la raíz, y la guardé en la bolsa.
Abandoné La Cañada con la planta metida en la bolsa que había ocultado en mi mochila y volví caminando a casa. Al llegar, me asomé para echar un vistazo a Amá y a Ma, que estaban muy ocupadas metiendo los arreglos prefabricados en la cámara frigorífica de las flores, antes de dirigirme a mi habitación.
Había estado debatiendo sobre si cultivar la cicuta durante meses, antes de reunir el valor para hacerlo. Me preocupaba entrar en el parque y no ser capaz de impedir que las otras plantas advirtieran mi presencia. Pero, sobre todo, tenía miedo de que mis madres pudieran descubrirlo. Estaba segura de que cultivar un arbusto venenoso en el parque no era precisamente lo que tenían en mente sobre cómo debía pasar mi verano. Querían que saliera por ahí con los pocos amigos que tenía e hiciera lo que fuera que solía hacer la gente de mi edad. Pensaba que no entendían lo duro que era para mí mantener un equilibrio entre las amistades y la necesidad de sentirme cerca de mis plantas, guardando en secreto lo que era capaz de hacer y navegando por el mundo de forma que no atrajera la atención de cada brizna de hierba, cada árbol, cada arbusto.
Una vez en mi habitación, cerré la puerta y dejé la mochila sobre la cama. Me planteé echar el pestillo, pero me imaginé a Amá quitando las bisagras y decidí no hacerlo. Me acerqué al microscopio y me senté frente al escritorio. Cambié de gafas —escogí unas con lentes de aumento— y me puse unos guantes de plástico. Al sacar la cicuta de la bolsa, corté una ramita que arrojé en una bandeja metálica de mi mesa. Abrí un cuaderno para apuntar mis observaciones.
Las plantas más altas podían crecer hasta dos metros de alto, pero esta muestra apenas llegaba a los treinta centímetros. Sus hojas ovaladas de unos quince centímetros de largo, dispuestas alternativamente, tenían forma dentada y afilada, y las venas terminaban al principio y no en la punta.
La raíz era la parte más letal. Con el tiempo, cuando las flores se hicieran más grandes, el veneno se acumularía en el tercio inferior de la planta, dejando las hojas y las flores prácticamente inocuas, mientras no fueran ingeridas.
Separé las raíces a un lado. Parecían como pequeñas y pálidas zanahorias y también olían como estas. Rezumaron un espeso líquido color pajizo cuando hice una incisión con un escalpelo. Esa era la sustancia que podría producir náuseas, vómitos, convulsiones y, finalmente, la muerte.
Un par de manos me agarraron por los hombros.
El escalpelo resbaló cortándome el pulgar a través del guante.
—¡Oh, mierda, Briseis! ¡Lo siento mucho! —soltó Ma—. Solo intentaba darte un pequeño susto. No sabía que estuvieras estudiando.
Me quité rápidamente el guante. El tajo de mi pulgar se tiñó de rojo. La sangre cosquilleó la palma de mi mano y descendió por mi brazo en finas tiras.
Alcé la vista hacia Ma. No podía pensar con claridad.
—Yo-yo necesito…
—Traeré el botiquín. —Y salió corriendo de la habitación.
El miedo me agarrotó el pecho. La respiración se volvió rápida y entrecortada. Un dolor frío se abrió paso desde mi pulgar a la muñeca y luego al antebrazo. Miré la hora en mi móvil.
Los segundos pasaban veloces.
Ma regresó con el botiquín y me cogió la mano. Yo me aparté de ella. Ella no podía tocar el venenoso líquido, pues moriría, del mismo modo que estaba a punto de hacerlo yo.
—Necesito verlo, cielo —explicó.
—No… No, es… ¿Podrías pasarme unas gasas?
Me tendió unas cuantas gasas que presioné contra el corte. No me importaba la herida ni el dolor. El veneno ya estaba actuando. No había forma de detenerlo, ni forma de revertirlo. No lograba articular las palabras para hacérselo comprender. Ni siquiera sabía lo que yo estaba haciendo. Una ola de culpabilidad me arrolló. Cuando muriera, se echaría la culpa.
La hiedra irrumpió repentinamente de su tiesto de barro, rompiéndolo con un ruidoso chasquido. Ma dio un salto hacia atrás cuando las plantas doblaron su altura para llegar hasta mí, y rodearme los tobillos.
—Oye, Ma —conseguí mascullar—. Te… te quiero. Un montón.
Consiguió esquivar la maraña de enredaderas.
—¿Estás bien, cielo? Solo es un poco de sangre. Ni siquiera creo que necesites puntos. Espera. —Me tocó la mejilla —. ¿Estás en shock?
Sacudí la cabeza.
—¿Puedes avisar a Amá?
—Sí, claro —contestó, aún con mirada confusa. Se marchó y yo volví a mirar el reloj. Habían pasado tres minutos. El veneno solo necesitaría quince para matarme. Todo era por mi estúpida culpa. Había cedido a mi curiosidad en lugar de tener cuidado como Amá y Ma me habían enseñado.
Cuatro minutos.
Todas las plantas de mi habitación se habían girado hacia mí.
Amá entró en la habitación como una exhalación.
—Deja que lo vea… ¡Oh, Dios! ¿Te has cortado el dedo? ¿Dónde está? ¡Si lo ponemos en hielo, pueden volver a coserlo!
Ma apareció tras ella.
—Thandie, es un corte, no una amputación.
Cinco minutos.
Miré mi mano. El hormigueo había cesado y ahora estaba localizado en la punta del pulgar. Intenté respirar despacio para poder percibir cómo me sentía.
No supe reconocer si mi pulso estaba acelerado debido a la cicuta o porque estaba asustada. Aún no había sudores, ni convulsiones, ni visión borrosa. El escalpelo descansaba sobre mi mesa. La sangre que se había vertido en ella había comenzado a ponerse negra. Ese era el veneno actuando sobre las células, rompiéndolas. Si estaba haciendo eso dentro de mi cuerpo, ya debería haber empezado a sentir algo.
Seis minutos.
Amá se arrodilló a mi lado.
—Bri, cariño, ¿te encuentras bien? —Miró la maraña de hiedra alrededor de mis tobillos.
Retiré la mano a un lado para que no pudiera tocarla.
—Yo… Creo que sí. —Aunque lo cierto es que no estaba nada convencida.
—Intentemos respirar hondo y calmarnos —sugirió Ma. Cogió a Amá por el brazo y la guio hasta mi cama. Luego se volvió para mirarme—. Briseis, cielo, lo siento.
—No, es culpa mía —respondí—. No pasa nada.
Nueve minutos.
Algo iba mal, pero no de la forma que esperaba. No estaba sucediendo nada.
—Me has dado un susto de muerte —le dijo Amá a Ma.
—Siéntate ahí y respira —la urgió esta—. Pareces más conmocionada que Briseis.
Amá le lanzó una mirada afilada, y luego se volvió hacia mí.
—¿Seguro que estás bien, cariño? —Asentí—. Ponte una tirita y un poco de pomada en la herida.
Ma se acercó y tomó mi cara entre sus manos.
—Voy a hacerte un letrero, para que lo cuelgues de tu puerta, que diga «Futura botánica trabajando», y así sabré cuándo no debo entrar de este modo.
Me obligué a mostrar una breve sonrisa.
—Te quiero —dijo.
Ella y Amá se marcharon. Me desenredé de la maraña de hiedra y me curé el dedo. Metí los trozos de planta y el ensangrentado escalpelo en una bolsa de plástico, lo guardé todo en una caja de zapatos vacía y lo arrojé por el conducto de basura del rellano.
Después me senté al borde de la cama en medio de una gran confusión. Habían pasado treinta minutos y… nada.
Cogí un libro de la estantería y pasé las páginas hasta llegar a una ilustración de la cicuta de agua. El contacto con el líquido de la raíz era letal cuando entraba directamente al torrente sanguíneo a través del corte. Según todo lo que sabía sobre la planta, debería estar sufriendo una muerte agónica. Las paredes de mis células tendrían que haberse desintegrado. Mi sangre, incapaz de coagular, fluiría como el agua, derramándose por cada orificio. Pero con cada momento que pasaba, respiraba con más facilidad. El hormigueo también había cesado. Solo quedaba un dolor sordo.
Las horas pasaron. Amá cerró la tienda. Me trajo un plato con los tallarines tailandeses y una botella de agua, y luego se marchó para ver con Ma una reposición de los capítulos de Penny Dreadful en el salón. Picoteé de mi comida, pero se me había cerrado el estómago. Repasé mi lista de contactos en el móvil y encontré el nombre de Gabby. Empecé a escribirle un mensaje, cambié de idea y, en su lugar, la llamé.
—Hola, Bri. Hace mucho que no hablamos —dijo Gabby, con una ligera entonación aguda en su voz—. ¿Qué te cuentas?
—Nada —contesté—. Solo quería llamarte.
Había pasado un mes desde la última vez que hablamos. Nos habíamos intercambiado algún mensaje, pero escuchar su voz me trajo un puñado de sentimientos encontrados que había intentado evitar.
Gabby sabía algo de lo que yo podía hacer, pero intentaba fingir que no era así. En el baile de graduación, yo estaba a su lado cuando su novio le regaló un ramillete con aspecto de estar recién salido de un contenedor. Volvió a florecer recuperando su aspecto fresco después de unos pocos segundos en mi presencia. El novio de Gabby estaba demasiado ocupado mirándole las tetas para advertirlo, pero ella se dio cuenta.
Se convirtió en un asunto tácito entre nosotras. No hablamos de que la hierba se ponía más verde por donde yo pisaba, ni de por qué el arce que crecía delante de nuestro edificio se mantenía verde mucho más tiempo que cualquiera de los otros árboles de nuestra calle, ni de cómo las flores que le di a su madre cuando se graduó en la Escuela de Enfermería se conservaron casi un año. Yo había intentado durante años contarle toda la verdad de lo que era capaz de hacer, pero nunca parecía ser el momento oportuno para entrar en más detalle.
—He pasado un día raro —comenté.
—Todos los días son raros para ti, Bri.
Eso me dolió. Quería contarle lo de la cicuta, pero supuse que este tampoco era el momento apropiado. Entonces decidí contarle la versión que no hacía mención a mi extraña habilidad.
—Ma me dio un susto mientras estaba diseccionando una planta. Casi me corto el dedo.
—Maldición —dijo, riéndose—. ¿Estás bien?
—Sí. Eso creo.
—Espera un momento. ¿Qué hacías diseccionando plantas en vacaciones?
—Eso es lo que me va.
—No tendría por qué ser así, ya lo sabes —insistió—. Podrías hacer algo que no tuviera nada que ver con las plantas. ¿Has intentado alguna vez…, no sé…, no ser tan misteriosa con las plantas?
Hubo un incómodo silencio. Pensé en maldecirla en voz alta. Ella tendría que devolverme el insulto, y entonces podría estar furiosa con ella en vez de decepcionada.
—Mis madres poseen una floristería —recalqué—. No puedo precisamente alejarme de ellas…, de las plantas, quiero decir.
Gabby resopló.
—¿Entonces eso significa que te vas a pasar el verano trabajando?
—Ese era el plan, pero Amá y Ma quieren que me tome un descanso.
—Ojalá mi madre me dejara tener un descanso —declaró—. Dice que voy a tener que pagar mi propio teléfono este verano, así que estoy haciendo de canguro para los vecinos de arriba.
—¿De canguro? Supongo que es algo sencillo. Dinero fácil, ¿no?
—Nada de eso. Ese niño es un auténtico demonio. El otro día le dijo a su abuela que cerrara el pico y nadie se atrevió a regañarle. Es un maleducado. Mi abuela me habría arrancado el alma.
Me pregunté si yo podría sobrevivir diciéndole a mi abuela que se callara. Probablemente no, pero nunca me habría arriesgado.
—Oh, vaya. Más vale que te andes con ojo.
—Más vale que él se ande con ojo. O pondré su pequeño trasero en el rincón de pensar.
—¿Cuál es el rincón de pensar?
—Chica, es el rincón de la habitación con cojines y mantas donde le mandas para que piense en su comportamiento. Es como un castigo light.
—¿Y funciona?
—No. Solo piensa en cómo ser todavía más malo cuando se levante.
Ambas nos reímos. Miré el corte de mi pulgar. Me palpitaba, pero no estaba tan mal.
—Oye, Briseis…
—¿Sí?
Suspiró.
—No sé, Bri. Quizá tengas que hacer caso a tus madres. ¿Y si intentas divertirte este verano? No tienes por qué cultivar brotes de soja o patatas o lo que sea. Al menos no todo el tiempo. No es eso lo que la mayoría de la gente hace, en todo caso. Podemos ir a algún espectáculo, o a un concierto, o algo. Sé que ya has visto casi todo, pero aun así…
Yo no cultivaba patatas ni brotes de soja. Me gustaba cultivar flores, enredaderas y, ocasionalmente, algún letal arbusto de cicuta. Tenía las palabras que quería decirle en la punta de la lengua. Podía soltarlas y quizá —solo quizá— por fin lo entendiera.
Gabby se rio.
—Si puedes alejarte de tus hierbajos…
No. Nada había cambiado. Y esa era la razón por la que ya no hablábamos tanto como solíamos.
—¿Has hablado con Marlon últimamente? —pregunté.
—Ayer. ¿Y tú?
—Llevo tiempo sin hacerlo.
Marlon se había mudado a Staten Island con su abuela en las vacaciones de primavera y hablábamos cada vez menos. Pero con Gabby, nuestra amistad había alcanzado ese punto complicado que no tenía nada que ver con la distancia. Tenía la impresión de que todo el curso había sido una cuenta atrás para el final de algo. Como si estuviéramos a punto de bajarnos de una montaña rusa en la que llevábamos montadas desde quinto de primaria cuando nos conocimos y nos convertimos en las mejores amigas. Estábamos seguras de que ya no éramos las mejores amigas y que lentamente lo nuestro era algo que se parecía cada vez menos a una amistad y más a gente que ni siquiera se gusta entre sí.
Me recosté sobre la almohada, observando cómo la paniculata del rincón de la habitación se expandía y se contraía. Durante un minuto intenté olvidarme de mi pulgar y de la cicuta de agua. Intenté fingir que lo que yo podía hacer no se había ido abriendo paso hasta ocupar cada parcela de mi vida, como una mala hierba invasora. Quería poder controlar lo que fuera esta cosa, ayudar a mis madres en la tienda y, quizá, tener amigos que me entendieran mejor. No parecía que fuera mucho pedir.
—Podríamos encontrar algún sitio donde ir —propuse, tratando desesperadamente de mantener a raya mi tristeza—. ¿La biblioteca o el museo? Algún lugar tranquilo.
—Y sin ninguna planta —añadió Gabby.
Suspiré al teléfono. Eso era una pulla y ella lo sabía.
—Sí —dije sintiéndome derrotada. Y pasé a otro tema—. ¿Te he contado que han vendido nuestro edificio? La renta para el apartamento y la tienda volverá a subir.
—Mierda. ¿Y qué vais a hacer?
—No lo sé.
Había un montón de cosas en el aire y yo estaba preocupada sobre lo que sucedería si no podíamos ganar más dinero. Todo era un desastre.
Una voz llegó chirriante a través del teléfono.
—¡Gabby! ¿No has sacado el pollo del congelador?
—¡Mierda! —exclamó Gabby. Conocía ese tono de terror en su voz. Su madre, la señora Lindy, no bromeaba cuando se trataba de comida. Si le había dicho a Gabby que sacara el pollo y no lo había hecho, iba a haber problemas.
—Más vale que uses el secador o algo así.
—¡Mamá, lo siento! ¡Lo saco ahora mismo!
—Llevo todo el día en el trabajo, ¿y tú no has podido descongelar el pollo? —protestó la señora Lindy de fondo.
—Tengo que colgar, Briseis —dijo Gabby, y cortó.
Me tumbé en la cama sintiendo el latido de mi corazón y escuchando mi propia respiración. Quizá el veneno no entrara en el corte, o quizá era una cantidad tan pequeña que no me había afectado. Miré mi pulgar. El tajo estaba supurando a través de la tirita.
Mi mente regresó a cuando conocí a Gabby y a Marlon. Nuestro profesor de Educación Física, el señor Cates, nos colocó en el mismo grupo de carreras de relevos alrededor de la pista. Después de la primera vuelta, todos fingimos estar lesionados y pasamos el resto de la clase sentados en un banco bajo el fresco aire otoñal, hablando de nuestras películas favoritas y burlándonos del señor Cates porque vestía shorts de gimnasia demasiado pequeños y sus rodillas y codos tenían siempre el color de la ceniza. Los árboles que abarrotaban la zona exterior de la verja no tenían hojas, en preparación para el invierno. Todos excepto aquel que teníamos más cerca, que floreció mientras nos reíamos juntos. Gabby fue la primera en advertirlo. Dejó caer su mano sobre el hombro de Marlon y señaló a los árboles. Sus ojos se abrieron enormes y temerosos. Si tenían miedo de los árboles, también tendrían miedo de mí. Supe en ese mismo instante que tenía que ocultar lo que podía hacer.
Lo detesté. Tendría que haber dejado que surgiera y volver todos los árboles verdes o hacer que creciera la hierba y confesarlo. Quizá eso hubiera sido mejor que fingir. Quería saber lo que se sentiría siendo yo misma, total y completamente, desde el primer salto. Sin secretos, sin encubrimientos.
Pero ya era demasiado tarde para eso. Mis amigos se estaban apartando de mí, mis madres estaban preocupadas por mí, el instituto era un desastre, y este poder agazapado dentro de mí estaba intentando liberarse. ¿Cuánto más debería soportar antes de llegar a un punto de inflexión? ¿Antes de hacer algo que no tuviera vuelta atrás?
Ala mañana siguiente, me senté al borde de la cama con los pies desnudos apoyados en el suelo. Mientras miraba alrededor de la habitación, frotándome el sueño de los ojos, sentí palpitar el corte de mi dedo. Como si fuera una avalancha, el terror del día anterior me recorrió de arriba abajo.
Debería estar muerta.
Durante la noche, los trenzados zarcillos de hiedra habían ido extendiéndose por el suelo y entrelazándose unos con otros como una alfombra de hojas. Me tambaleé sobre ellas para coger mis gafas de la mesa y salí al pasillo para empezar mi rutina matinal. Me cepillé los dientes y husmeé entre los interminables productos capilares del armario buscando un acondicionador en espray. Mi peinado de rizos apretados realizado seis días atrás parecía un tanto encrespado, pero me dije que aún podría aguantar con un pequeño ahuecado al menos durante un día o dos más. Me levanté los laterales con un poco de fijador y un cepillo blando. Si los bordes estaban lacios, no importaba que el resto pareciera un tanto enmarañado. En el peor de los casos me haría un recogido y tiraría para adelante.
—¿Y cómo? —La voz de Amá atronó desde el salón, con tono entrecortado—. No podemos permitírnoslo.
Me acerqué sigilosa hasta pegar la oreja contra la puerta del baño.
—Ya se nos ocurrirá algo. Siempre lo hacemos —contestó Ma.
—Pero no podemos hacer que el dinero brote de la nada —comentó Amá—. Ya estamos reduciendo gastos. No podemos continuar así.
—Lo sé —contestó Ma—. Los costes de los pedidos han subido. La cámara frigorífica también necesita repararse. No está enfriando como debería y las existencias que se desaprovechan nos están costado más dinero. Pero es la renta que va a cobrarnos el nuevo propietario lo que acabará con nuestro margen de beneficios. Volveré a revisar las cuentas para asegurarme de que no estamos pagando demasiado por los suministros, y luego tendremos que reunirnos con nuestro contable y revisar los impuestos, los libros…
—Todo eso ya lo hemos hecho —replicó Amá.
Ma respondió con un pesado suspiro. Sus conversaciones sobre dinero habían ido haciéndose más desesperadas a lo largo de los últimos meses.
—Yo puedo trabajar por las noches, los fines de semana, lo que haga falta —dijo Ma.
—Y yo puedo aceptar más trabajos como autónoma —comento Amá, con la voz tensa, como si hubiera estado llorando—. Miraré en la universidad. Sé que han sacado varios puestos de adjunto para el otoño —suspiró—. Me gustaría saber cuándo se supone que vamos a poder disfrutar un poco de la vida. Llevarnos a Briseis de vacaciones o algo así.
—No lo sé, cariño —respondió Ma—. A mí también me gustaría.
Terminé de arreglarme en el baño y entré en el salón.
—Puedo coger un trabajo a tiempo completo durante el verano.
—No —rechazó Amá—. De eso nada. Has tenido que esforzarte mucho este año y sé que es porque has estado muy tensa. Necesitas descansar en alguna parte y relajarte.
—Me sentiré menos estresada cuando sepa que podemos pagar las facturas —alegué—. Quienquiera que dijera que el dinero no resuelve los problemas era un mentiroso.
—Este no es un problema que debas resolver tú, mi brillante y preciosa niña —repuso Ma, mientras sus ojos se empañaban. Normalmente Amá era la llorona, no Ma. Ella era emotiva en un sentido diferente. Verla al borde de las lágrimas hizo que se formara un nudo en mi garganta—. Tendremos que hacer algunos sacrificios para poder mantener las cosas a flote después del verano. La nueva renta entrará en vigor a partir de otoño, así que quizá tengamos que conservar la tienda y mudarnos a un lugar más pequeño.
—Podemos buscar un apartamento de un solo dormitorio —propuso Amá, mirando a Ma—. Briseis podría quedarse con la habitación y nosotras dormir en un sofá cama.
Ma asintió.
—Y podemos dejar la plaza de garaje alquilada. Y quizá también el coche. De todas formas, apenas lo usamos.
—Mmm, ¿dormir en un sofá cama? ¿Deshacernos del coche? ¿Tan mal van las cosas?
Esas eran grandes decisiones. Quizá esto no fuera solo un bache en el camino. Amá y Ma se miraron la una a la otra solemnemente.
—Todo va a salir bien —aseguró Ma.
—No tenéis por qué mentirme. —Me senté entre ellas—. Sé que lo hacéis porque no queréis preocuparme, pero ya es demasiado tarde para eso. Así que dejemos de fingir que todo va bien cuando no es así. ¿Qué era lo que me solíais decir a todas horas? «Está bien no estar bien». Y ese es nuestro caso ahora.
Amá asintió y Ma sonrió. Ella y yo teníamos grandes ojos marrones. La gente decía que nos parecíamos, y era agradable tener a alguien tan encantador que cuidara de mí. Amá y yo no teníamos rasgos similares, pero sí el mismo sentido del humor y la misma risa.
—Compremos unos panecillos y abramos la tienda —dijo Ma, posando la mano en mi mejilla—. Esto es duro. Ya pensaremos en algo más tarde, pero ahora mismo estoy hambrienta.
Amá la miró pestañeando y le apreté la mano. Había estado pensando en decirles lo ocurrido con la cicuta de agua y cómo me costaba entender por qué seguía con vida, pero ese no era el momento.
Nos vestimos y fuimos andando hasta la panadería en la calle Bergen. El aire de la mañana era cálido y pesado, y nos cogimos de la mano conmigo en el centro para recorrer la primera manzana.
—Siento como si tuviera cinco años —comenté.
Amá me apretó la mano con fuerza.
—Tú siempre serás mi niña cabezona.
Lo bueno de caminar por Brooklyn era que la gente iba tan concentrada en llegar a donde tenía que hacerlo que no siempre prestaba atención a lo que sucedía a su alrededor. No advertía los robles que se reanimaban al verme pasar ni las flores que caían de los cestos colgantes erguirse de nuevo. La mezcla de la jungla del asfalto y de los preocupados neoyorquinos era la mejor combinación para poder mantener mi anonimato.
Dos grandes arces flanqueaban la entrada a la estación de tren directamente enfrente de la panadería, y había un escuálido roble un poco más adelante, pero aparte de eso, no había mucho más por lo que preocuparse. Si la cola de gente hubiera salido por la puerta, nos habríamos dado la vuelta para marcharnos. Pero no fue así, así que nos deslizamos en el interior y me quedé con la espalda apoyada contra el enorme escaparate. Con un poco de suerte, los árboles se ocuparían de sus asuntos.
La tienda olía a pan fresco, beicon y café. La gente hablaba entre sí mientras hacían la cola. Mantuve la vista baja. Cuando llegó nuestro turno, Ma pidió y nos movimos hacia un lateral para esperar la comida. Una furgoneta de reparto pasó traqueteando y alcé la vista a la calle. Fue una reacción natural ante el fuerte ruido, no había pretendido mirar. Vislumbré los dos enormes arces. Se estaban inclinando hacia delante, sus ramas arañando el pavimento; las raíces irrumpiendo bajo la acera, enviando trozos de escombros por los aires. Aparté rápidamente la vista. Un murmullo recorrió la tienda, susurros ahogados y miradas confusas. El cuerpo de Amá se puso rígido. Ma inhaló con fuerza.
—¿Nos marchamos? —preguntó Amá con un susurro frenético.
Ignoré los árboles mientras la gente empezaba a sacar sus móviles para hacer fotos. Una mujer soltó un grito cuando las ramas se arrastraron hasta la entrada. Cerré los ojos con todas mis fuerzas y apreté los puños.
Ahora no, por favor. Aquí no.
Una sensación de vértigo se apoderó de mí. Me tambaleé hacia un lado. Amá deslizó una mano alrededor de mi cintura.
—Están retrocediendo —comentó.
Ma recogió nuestra comida y salimos. La multitud salió rápidamente del local para observar anonadada los arqueados árboles mientras nosotros corríamos calle abajo. Al doblar la esquina, la sensación de mareo de mi estómago disminuyó, pero detrás de mí escuché el distintivo sonido de madera crujiendo y chasqueando como si la estuvieran retorciendo a punto de quebrarse. Necesité echar mano a todas mis fuerzas para no mirar atrás.
El trabajo no nos dio tregua hasta la una de la tarde, donde hubo un respiro. Comprobé mi teléfono. Gabby me había enviado un mensaje diciendo que probablemente no iba a poder quedar con Marlon y conmigo. Ni siquiera habíamos elegido una fecha. Era una excusa. Me guardé de nuevo el teléfono en el bolsillo y me acerqué al fregadero para intentar sacarme el polen y los restos de plantas incrustados en mis uñas mientras intentaba no llorar.
El teléfono de Amá sonó.
—¿Hola? —contestó.
Me miró lanzándome un rápido guiño antes de que su expresión cambiara abruptamente. A la mirada de genuina confusión le siguió otra de reconocimiento. Su boca se convirtió en una prieta línea, y dejó que su mirada paseara por el suelo.
—¿Puede esperar un minuto? —pidió. Apretó el hombro de Ma y rodeó el mostrador—. Necesito subir un momento.
Y se marchó.
Unos minutos más tarde, la campanilla de la tienda sonó.
—Hola, Jake —dije.
—¿Qué te cuentas, Briseis? —respondió Jake con una enorme sonrisa.
Ma solía hacer de canguro de Jake los fines de semana cuando su padre estaba fuera de la ciudad por negocios, y ahora él venía a la tienda para ayudar dos o tres veces a la semana. Se negaba a aceptar dinero, así que le pagábamos con bocadillos, wifi gratis y las mundialmente famosas cenas de domingo de Ma. Se conformaba con eso.
—¿Qué tal el instituto? —preguntó, dándome un gran abrazo.
—Cerrado por vacaciones.
—Yo también debería haber parado por vacaciones —comentó—, pero estoy haciendo tres cursos online.
—Eso es mucho trabajo —dije.
—¡A quién se lo vas a contar! —replicó—. He cogido la asignatura de Cálculo para repasarla porque debo cursarla en otoño y se me dio fatal el nivel de matemáticas de la universidad. Pero eso no tiene nada que ver con mi plan para convertirme en un gurú de la belleza.
—¿Y cómo es eso? —quiso saber Ma.
—No lo sé, pero he sabido que ganan mucho dinero —comentó Jake—. ¿Qué dificultad puede tener? Te pintas la cara, las cejas, te empolvas un poco y listo.
—Sí, pero estoy segura de que hay mucho más detrás de eso, pero oye, uno debe seguir sus sueños —aseguré.
—Exacto —c
