Centella - Diego David Alarcón - E-Book

Centella E-Book

Diego David Alarcón

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Beschreibung

Una obra profunda y conmovedora del novelista argentino Diego David Alarcón. En Centella asistimos a la historia de Matías, un joven vapuleado por la vida. Él es el hijo de Nicanor, al que apenas pudo conocer. Con una narración que va intercalando fragmentos nebulosos y oníricos, Matías avanza por la vida enfrentándose a sus ansiedades y a criaturas semi-irreales que brotan de un fondo oscuro acechante. Llegar a buen término con ellas supondrá su única posibilidad de redención,

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Seitenzahl: 209

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Diego David Alarcón

Centella

 

Saga

Centella

 

Copyright © 2019, 2022 Diego David Alarcón and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726975710

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

a M. y J.

Qué dios, o qué terrible rey sin conciencia, me ordena para que, a pesar de los naturales deseos del amor, continúe sintiéndome empujado y arrastrado a hacer lo que mi corazón no puede ni siquiera concebir.

Herman Melville. Moby Dick. Capitán Ahab.

I

1.

Durante el día Matías tenía una frase en la cabeza que no alcanzaba a recuperar. Se la había escuchado o adivinado al perro de un sueño, pero no estaba seguro.

 

Matías se fue de casa a los 17 años. Trabajó para un expreso, hacía mudanzas. Con eso se mantenía en una pieza en una pensión. Era un rectángulo en donde estaban la mesa y la cama, y no mucho más. La ropa en cajas, un televisor sobre la mesa. La cocina y el baño eran compartidos, estaban en otra parte, cruzando una especie de patio común.

En ese tiempo, calcula Matías, de dos años más o menos, no vio a nadie. No pisó más su antigua casa. Su madre, su hermana, su hermano, querían visitarlo pero él no los dejaba. Después se le pasó la tara y se relacionó nuevamente.

Su vida fue una ruina a partir de ese momento, pero antes también lo era, y últimamente ha descubierto que siempre ha buscado la ruina, como un raro e inevitable norte magnético.

Su cabello se volvió tenuemente ondulado desde entonces. Aún hoy tiene unos rulos incomprensibles y al parecer definitivos.

Todo esto fue hace mucho.

Hace poco ha localizado a Nicanor, su padre. Eso parece al menos.

Vive en un departamento, por Cañada, en un complejo de edificios. Matías camina todos los santos días por ahí. Dos veces al día, al menos.

Un tiempo atrás tenía algo de plata (no gasta en nada, eso ahorra) y contrató a un detective privado con el encargo de encontrar a su padre. Para localizar personas, tanta plata; pagó.

Y lo localizó el desgraciado, pensaba Matías.

Tiene que agarrarle la mano a los horarios porque cuando pasa por el frente siempre encuentra la persiana baja. Es el 2º A del primer edificio, el que da al frente. Cuando pasa nunca está Nicanor.

Nunca toca el timbre. Solo pasa caminando por el frente en algún momento de sus paseos.

Como ve cerrado deduce que no está. Si viera abierto deduciría que sí está, y seguiría caminando.

Salvo que su padre viva con la persiana baja, cosa rarísima.

No lo ha visto todavía desde que lo localizó. Pero a veces se sienta en la Cañada y se queda contemplando horas su ventana. Le da la impresión que algo saca con eso. Está enganchado.

Ocasionalmente se prende un pucho. Fuma poquísimo.

Esto va a ser largo, presiente Matías. Esto va a terminar en cualquier cosa.

Mira la persiana y le golpea el corazón en el pecho. Él podría ser de cualquier manera. Pero es posible que sea como en la foto que le mostró su madre cuando niño, aunque más viejo.

Su vida ha cambiado en un solo golpe. Va a tener que vigilar el departamento.

Aquí comienza todo. El día está más transparente que lo normal. Y Matías temblando.

Debería vivir como mendigo acá para vigilar tranquilo, piensa Matías.

Si me viera no me reconocería. Estoy viejo, flaco, con los ojos rojos.

Como mendigo es una exageración, piensa Matías. Además ya no existe ese concepto, indigente es otra cosa. Y tendría que cambiarme de ropa, ensuciarme, aparentar un mendigo.

Simplemente podría vigilar recostado en la Cañada.

O sentado, apoyado contra su muro.

Tendría que dejar el trabajo para vigilar, piensa Matías. Eso sería una exageración también. Pero si no, ¿cómo hacer? Tarde o temprano, y va a ser más temprano que tarde, voy a tener que pasar todo el día acá. Con una semana full time ya sabría sus horarios. Tendría entonces que zafar una semana del laburo. Veremos, piensa Matías.

 

Se alcanza a ver personas bajas, marrones, opacas. No les da la luz del sol a esta hora, o a ninguna.

La torre es de ladrillo visto. Lindo. Una plaqueta que dice algo. La entrada está protegida por rejas y hay un puesto que a la noche debe ocupar un guardia. Es una suposición. Hay arbustos y césped brilloso. La luz alcanza a uno de esos arbustos. Las paredes comunes, única parte distinta al ladrillo visto, alcanzan hasta el primer piso, son blancuzcas, sucias. Manchadas por franjas oscuras. Los vidrios de las puertas de la entrada reflejan la Cañada.

Esta sombra en la que me encuentro es buena, piensa Matías. Está fresco y corre aire, mientras que fuera de su protección hace calor. Estos árboles son enormes, coposos, rebosantes, piensa Matías. Los troncos se retuercen ominosamente. Y todos se inclinan con misterio sobre la Cañada. ¿Buscan el agua? ¿Esa agua turbia con algas en el fondo que corre tan despacio y arrastra una botella de plástico? Despide un perfume mohoso, algoso y pesado. Como si viniera de cavernas y acueductos, selvas, y en su arrastrarse se filtrara, y llegara hasta aquí solamente con la suciedad elemental.

Las palomas bajan de las ramas de los árboles y, como lo ven quieto a Matías, caminan sin cuidado cerca suyo. Hay otros pájaros a los que no les sabe el nombre. Inhala profundamente. Puede pasar del constante murmullo de autos que transitan, al del agua que corre y viceversa.

Las palomas deben pensar que soy otro árbol, piensa Matías. Deben pensar: si no se mueve es un árbol, y deponen todo recelo.

No hay mucho que ver en la ventana. Las persianas bajas hasta el tope, como en un galpón o en un negocio cerrado.

Mi viejo es un tipo extraño, parece, piensa Matías. No es fácil de ver. Seguramente llegará a partir de las cinco. No sé. Pero me tengo que ir. Hay cosas que hacer. Hay que comer, es la hora.

 

¿Será ese que entra ahí ahora?, piensa Matías. No, no encendió la luz ni abrió la ventana ni subió la persiana. Hizo mal, le parece, en rechazar las fotos del detective sin mirarlas. Fue lo que se llama un impulso.

Entra gente rara en este complejo. Nicanor es abogado, según el detective. O sea que sigue siendo abogado, su madre le había dicho que su padre era abogado.

¿Ese dato de dónde lo habrá sacado el detective? ¿Le habrá preguntado? ¿Lo siguió a Tribunales y dedujo? ¿Le vio un sello en algún papel? No importa.

¿Quién es esa mujer?, se preguntó Matías.

Salió del edificio, miró un momento un departamento y siguió andando. La zona en que miró era la del departamento de Nicanor. Al segundo A, primero A, o tercero A. Cuarto A, como máximo; pero no, hubiera levantado más la cabeza.

¿Será algo de Nicanor esa pendeja?, se preguntó Matías. Pendeja era otra exageración.

Empezó a seguirla a mediana distancia. En una parada de colectivo esperó con ella. Le preguntó si hacía mucho que esperaba. Era hermosa y simpática, y de unos treinta, veintinueve, veintiocho años. Conversaron. Él podía ser bueno con las mujeres cuando la ocasión lo requería.

Subió al ómnibus. Pasó la tarjeta. No tenía crédito. Pidió prestado y una mujer le dio la suya. El chofer lo fusiló con la mirada. La mirada que tienen, la cara que ponen para con los pobres diablos, la autoridad que tienen, pensó Matías.

La chica se sentó en un asiento de la fila de un asiento solo. Matías, tres más atrás, en la misma fila. La chica se bajó, él también, e inmediatamente se metió en la entrada de un negocio para ganar distancia. La siguió con prudencia. Ella entró en el único edificio en varias cuadras a la redonda.

Vivía con su familia, parecía, con los padres, o con la madre y alguna hermana, o con el padre solo. También podía ser casada, tener hijos y vivir con ellos. Pero no parecía. Matías volvió al centro y a la Cañada.

Decidido. Viernes y sábado la vigilaría desde las 22hs. Muy probablemente ella saldrá. Es una chica joven, o una mujer joven. Si no, veremos, pensaba Matías. Él la seguiría.

Al menos ese era el plan. Si resultaba, se sacaría mucho del intento. Saber quién es. Cómo es. Qué es la pendeja de Nicanor, si es algo, pensaba Matías. Por ende, algo de cómo es Nicanor.

Se consideraba un excelente lector.

 

El viernes se mantuvo hasta las cuatro de la madrugada parado en una esquina. Por suerte no había guardia en esa cuadra, de lo contrario se hubiera complicado un poco. Era un barrio muy cobarde, con guardias por todas partes.

No salió nadie. O sea, la chica no había salido esa noche.

Sábado. A las dos de la mañana frenó un taxi. Ella salió del edificio, subió y desapareció. Matías veía alejarse el auto amarillo y pensaba en lo estúpido que era. ¡Qué se creía! ¿Que se iba a ir caminando?

Lo más natural del mundo era que se moviera en taxi o en auto o en moto o que la pasaran a buscar en auto, en moto o en taxi. Lo menos natural del mundo era que a esa hora (o incluso más temprano, a la una, a la cero) se fuera caminando a tomar el bondi, que ya no pasaba a esa hora; e incluso si pasara, sería lo más innatural del mundo que ella hiciera eso.

Así que la perdió. Se tomó vacaciones en su vigilancia. Volvió el otro viernes en la moto del Tigre, un amigo (reacio a prestársela).

No salió.

Volvió el sábado. Salió a la una y veinte. Matías miró al cielo y el cielo de madrugada parecía ominoso.

Tenía la moto escondida bajo un árbol. Le dejó una cuadra y pico de ventaja. Siguió el taxi a prudente distancia. Por suerte el taxista iba tranquilo, no se volvía loco manejando. Todo el trayecto estuvo lleno de una expectativa silenciosa, como un animal de caza. No sabía lo que hacía. Pensó que bien podría no obtener ningún resultado. Era consciente de que cada acto podía caer en el vacío. Pero algo iba a conseguir.

En cierto momento el taxista agarró por Cañada y Matías se estremeció, pero la chica bajó en la puerta de un pub.

Saludó y abrazó a unas tres amigas, ruidosamente, dando grititos. Las amigas parecían más jóvenes. Fueron hasta la esquina, compraron cigarrillos, volvieron y entraron. Para seguirlas en ese traslado (temía que se fueran a otro lugar) Matías realizó una peligrosa maniobra, con la moto apagada, de avanzar y retroceder con ayuda de los pies, y recibió uno o dos bocinazos en el retroceso.

Bien, sería en ese pub nomás la cosa. Fue a dejar la moto en un estacionamiento, preguntó el precio por toda la noche y volvió, caminando, despacito. Tenía toda la noche. No suponía nada. Solo sabía que hacía calor y le palpitaba el corazón.

Le cobraron 50 mangos para entrar, le dieron un plástico para cambiarlo por una cerveza. Había ido muchas veces. Sabía cómo era. Pero hacía mucho que no iba. Hacía mucho que no iba a ningún lado. Que no iba hacia ningún lado.

Había algo de gente, pero nada que ver con lo que sería más tarde. Se llenaba de una manera obscena. Uno se movía entre grumos de gente, calor y aire viciado.

Pero ahora no. Había unas pocas personas. Su objetivo estaba en una mesa con sus amigas. Su objetivo tenía más o menos su edad, y sus amigas menos que su edad, ahora era evidente. Matías pidió su consumición.

—Cerveza —dijo.

Le llenaron un vaso gigante. Se sentó en una butaca contra la barra. Le invadió un placer intenso. Tomó un trago. Se encontraba incentivado, sereno, en control y contento.

Miró a la gente. Eran fascinantes. De noche todo era fascinante. Miró las pantallas de las teles. Un partido de fútbol en una, un video de música en otra. La televisión era hermosa sin su sonido propio. Ya lo había experimentado. En la intimidad, miraba mucho la televisión en absoluto silencio. En mute. Pero acá no era silencioso. Todo el recinto estaba gobernado por la música. Las imágenes de las pantallas, los movimientos, la cerveza, las almas de las personas, todo era manipulado por la música. Y se rendían ante ella, para eso habían venido. Para sacarse. Para dejar entrada libre al veneno, a condición que sea dulce.

El tipo que ponía la música estaba inspirado. Doors, Zepellin, Stone Temple Pilots, Nirvana, Purple, Red Hot, Sound Garden…, estaba nostálgico. Hacía rato que Matías no se sentía así, entonado, o no lo recordaba. Esas cosas no se recuerdan así como así. Pensaba que los del lugar eran un atado de muñecos de trapo maniatados por la música, él incluido.

Ahora había más gente. Su objetivo charlaba y reía con sus amigas. Cada tanto, una de ellas giraba la cabeza y miraba al medio ambiente.

Iba por la mitad de la cerveza cuando las amigas cambiaron de lugar. Matías tuvo que dejar su comodidad y bienestar para abrirse paso penosamente entre el tumulto, y, parado, chocado incansablemente por la gente que pasaba a uno y otro lado, observar, lo más disimuladamente posible, haciéndose el idiota, mirando a diestra y siniestra, moviendo la cabeza al compás de la música, zapateando delicadamente, la posición del grupo de niñas.

El lugar se había repletado. Matías se hartó, se sintió cansado, odioso, y decidió cambiar de estrategia. Se puso a mirar a su objetivo fijamente. Al cabo la chica se dio cuenta y lo miraba y desviaba la mirada. Le decía algo al oído a su amiga, esta a otra, esta otra a la última, y todas lo miraban, se reían, hablaban entre sí, y risoteaban. Matías estaba seguro que su objetivo lo había reconocido del encuentro en la parada de colectivo. Bajó la cabeza como rendido. No le importaba más el juego. Se daba por vencido.

En ese momento vino, como destinada, su oportunidad. Solo había que seguir la línea de puntos. Cosa de chicos. Ella se levantó y fue al baño. Solita, cosa épica para una chica, pensaba Matías. Eso es otra exageración, reconoció Matías.

La esperó a la salida del baño de modo que chocara con él al salir y le tuviera que hacer permiso para pasar. Salió, y Matías se lanzó.

—Hola.

—Hola.

Le tendió la mano galantemente. Estaba más allá de todo y todo se hundía melancólicamente en los pliegues de esta serenidad rara suya. Dijo un par de estupideces y ella se rió. Matías creía que ella lo veía como a un personaje simpático y triste, que la hacía sentirse cómoda y no amenazada, y que eso le gustaba.

Se llamaba Malena. Él se llamaba Matías. Mucho gusto. La tensión sexual hizo su entrada. No hablaban de nada grande, buscaban los puntos divertidos, las anécdotas.

Se terminaba la noche, prendían las luces, la gente salía. Ella lo besó en la mejilla. Matías le dio un beso hondo, largo. Una de sus amigas le tocó el hombro a Malena y le hizo señas de que era hora de irse. Y Matías vio a su objetivo alejarse, después de haberse concretado.

La cosa prometía. Cuando salió, una tormenta se desató repentinamente.

 

Matías fue a ver a su padre, es decir, al edificio. O mejor: fue a ver la ventana del departamento donde vive su padre.

Se asentó en su lugar de la Cañada y estudió bien la zona.

Le mandó un mensaje a Malena para preguntarle cómo andaba, si se acordaba de él, si quería que se viesen una noche de esas. La respuesta llegó a la hora más o menos. Que sí. Que el viernes creía que iba a andar por Córdoba. Matías le preguntó dónde vivía. En Tanti.

Bien. La investigación seguiría entonces por dos cauces: aquí, y con esta mujer. Hoy tocaba franco en el laburo.

Recién es mediodía, pensó Matías, es lógico que no encuentre a Nicanor. Se preguntó si de verdad deseaba verlo. Verle la cara y los zapatos.

Aparecieron signos de vida en una ventanita, de la cual no se había percatado, ubicada al costado del departamento. En ella vio colgado a la mañana un pantalón (supuso que recién lavado) y a la tarde del otro día la vio sin nada. Las persianas de la ventana principal, como siempre, completamente bajas.

Fue a visitar a su madre. Se la veía espléndida. Comieron. Hablaron. Lo terminó comprometiendo a pintar el techo y poner unas cortinas en el living y en el comedor. Quedaron en volverse a ver el fin de semana.

Matías estaba contento, pero percibía perfectamente cómo la claridad que emanaba de su madre se volvía penumbra cuando llegaba a él.

 

Al otro día se instaló frente al mentado edificio, todo el día. Se pasaba el tiempo quieto, olvidado de todo menos de su vigilancia obstinada.

En cierto momento se puso pálido, los ojos se le humedecieron y parecía congelado en un trastorno o en una furia muda. No se movió un centímetro, pero la transformación fue evidente.

En la vereda del frente un hombre de edad entraba con paso tranquilo al complejo edilicio. Un minuto después se levantaba un poco la persiana y se encendía una luz en el departamento vigilado.

El joven jadeó en silencio. Luego, fue recuperando su respiración corriente y su expresión era la de alguien que lentamente fuera asimilando un golpe o recuperándose de él.

Después, como no había probado nada en todo el santo día, se fue a comer y a considerar los acontecimientos.

En un bar pidió una hamburguesa con una Fanta, vio un partido (Lanús contra Newells, 1 a 1), y regresó a su lugar frente al edificio.

Pasó la noche sentado, contemplando, como alelado.

2.

La rutina de Matías es muy estrecha. Su día es un isósceles perfecto cuyos lados iguales son la centinela frente al edificio. El desigual, nada en particular. El hombre entrado en años entra y sale de su casa y Matías se turba, aunque ya sin sorpresa.

Ya sabe sus horarios, lo espera, lo antela con precisión, pero cuando el hombre hace acto de presencia no puede evitar tensarse como un cable de alto voltaje. Se pregunta: si tanto me interesa por qué no lo sigo o por qué no le toco el timbre y se terminó todo.

Lo de tocar el timbre es una gansada. No quiere ser notado, y lo aterra la idea de que se termine todo. Pero por qué no lo sigue.

Se ve que todavía me encuentro afectado, piensa.

Son las cuatro de la mañana. El viejo duerme, con una radio encendida al costado de la cama, roncando a pata suelta.

3.

Nicanor era abogado. Sus dominios eran Rentas, Registro de la Propiedad, Municipalidad, Tribunales, Catastro. Como un gestor, pero no. Se reunía en bares con otros abogados, hacía trabajos en conjunto. A veces almorzaba una porción de pizza gigante en el Mercado Norte o en cualquier lugar de su inspiración. Leía diarios. Conversaba con la gente. Parecía de un humor templado. Parecía cansado. Parecía melancólico. Parecía agradecido, y torturado. Su actividad intelectual era en cierta forma incesante y relajada.

Cocinaba para sí mismo, veía televisión, revisaba sus papeles. Parecía que por naturaleza estuviera acostumbrado a hacer diez cosas a la vez. Comía, tomaba café con leche. Le daba de comer a un gato de la calle que a la noche se acercaba a la entrada del edificio. Escuchaba radio, se dormía oyendo a alguien hablar por la radio. A veces se quedaba hasta tarde viendo alguna película, a veces se acostaba temprano, tipo diez. Dormía, roncaba, con el día se levantaba y hacía cosas en el tiempo que durara ese día.

Todo lo que puede haber en una vida cualquiera: movimientos, figuras bajo el haz de una linterna.

Ayer, por ejemplo, Nicanor se levantó varias veces por la madrugada, y después de dormir mal, finalmente a las siete salió de su casa. Fue a desayunar a un bar por Boulevard San Juan. Leyó deportes y la parte general y la parte de política del diario. Comió todo en pocos bocados y se quedó mirando la calle, al parecer haciendo tiempo. Entró al bar uno de los abogados amigos suyos y se sentó con él. Charlaron, intercambiaron papeles, siguieron charlando. El otro abogado se pidió una cerveza. Se levantaron, fueron hasta la barra del bar, pagaron, salieron y se separaron.

Nicanor fue a Tribunales. Entró a una oficina. Presentó unos papeles acerca de un caso de sucesión y otro de divorcio. Una secretaria o algo así archivó los papeles y Nicanor salió.

Parecía estar de vuelta en estas cosas. Sabía dónde iría a parar cada papel, dónde apretar, dónde insistir, cuándo esperar y cuándo hartarse y retirarse.

Todavía no era el mediodía y afuera el sol y la luna compartían el cielo. La luna pálida, en plena luz del mediodía, totalmente desubicada. El sol y la luna. Resplandecían sin que nada pareciese importarles un pito.

Nicanor caminaba lentamente. Cada tanto piaba el celular y él respondía a los mensajes. Se detenía en medio de la vereda y escribía mensajitos, con todo el ajetreado personal céntrico esquivándole.

 

Nicanor entró en el supermercado. Matías, de incógnito, también. Matías usaba una boina que le tapaba los ojos, y una bufanda que le tapaba la nariz, la boca y el cuello, un sobretodo, y vaqueros y zapatillas. No se lo podía reconocer a simple vista, parecía un actor cómico que hace de espía.

Aparte de que no se podía decir que helara, precisamente, en el supermercado, y uno, cuando entra en un recinto cualquiera, mínimamente se desabriga un poco, si no se quita un saco para llevarlo en el brazo, al menos se desabotona un poco, se desata la bufanda, no se esconde en la ropa como en un matorral.

Aun así, la gente ni siquiera le dedicaba una mirada. La sorpresa ha sido sistemáticamente, si no eliminada, al menos disimulada por entero de los rostros de los consumidores en esta sociedad.

Nicanor derivaba por las hileras y las góndolas. Matías espiaba, aparecía cuando la zona estaba despejada y cargaba en el changuito los mismos productos que el viejo.

En un momento en que Nicanor dejó su carro para ir a ver unos precios o productos, Matías, en una maniobra de riesgo, rápido y encogido en sí mismo, como si así se hiciera menos visible o más invisible, se asomó al changuito paterno y verificó los productos. Cuando aquél regresó, Matías estaba volteado de espaldas, examinando las toallitas femeninas, que era lo único a mano que había para examinar y salir del trance.

Minutos después Nicanor hacía la cola para pagar, Matías compraba algunas cosas más para sí y para que pasen los minutos.

Un día Nicanor se levantó a las siete, como tantísimas veces y salió a desayunar en un bar. Por detrás iba Matías. Se sentó en una mesa. Matías se sentó en otra. Pidió un desayuno. Matías pidió otro igual.

A mitad del desayuno (entre el primer criollo y el segundo, y a mitad del café con leche), Matías se levanta de su mesa (de su silla), se dirige a la mesa de Nicanor, le habla, dice solamente:

—¿Está leyendo la parte de espectáculos?

—No, llevála nomás —responde Nicanor.

A Nicanor le sorprendió verlo ahí al muchacho de la Cañada. Aparte tan normal, ya que parecía que algo extraño cargaba, nadie duerme por mero gusto en la calle. Uno o es loco, o lo más probable indigente, o borracho, o algún bichito le picó a uno, pero este chico dormía en la vereda, apoyado en la Cañada, sentado las más de las veces, acostado las menos. Eso por un lado. Y por el otro, desayunaba en los bares, o desayunaba ahora en este bar, y no se comportaba nada extraño, y era el tipo más común de entre los tipos comunes. El caso era raro, como mínimo.

Ahora era el viejo el que vigilaba al joven, y Matías lo sabía, había sido una jugada suya.

Ahora Nicanor vigila a Matías, no sabe quién es, no le cae mal el muchacho ni el caso. Le causa cierta gracia, no lo vuelve loco la curiosidad, es una cosa más, rara e incomprensible, en un mundo repleto de ellas.

Jamás le daría para preguntarle, menos siendo un perfecto extraño, qué hacés durmiendo ahí. Ni por asomo, no le da la curiosidad para preguntarle, el ánimo tranquilamente sí. Sería sencillo, se acercaría y le preguntaría con alguna sugerencia como excusa, seguramente, para que no resuene la pregunta sola, restallante, hola, disculpá, pero te vi durmiendo en la calle varias veces, yo vivo en el edificio del frente, hay una iglesia en tal lugar, o una casa en tal otro donde hospedan a gente así y asá, no sé si te interesa, por las dudas te digo, porque comienzan los fríos, y siempre hay casos de congelamiento, etc. Así o de otra forma, y esperaría a que el chico respondiera lo que sea, por ejemplo, gracias, pero duermo ahí por deporte, tengo plata, tengo casa, no te metás viejo de mierda, que sería lo peor que podría responderle. Pero también puede venir una respuesta develadora del enigma, que no se le ocurría cuál podría ser, en verdad.

El muchacho leyó de punta a punta la parte de espectáculos, pagó y se marchó.

Cuando Nicanor salió inmediatamente detrás, o así lo creía, no lo vio, porque aquel se había escondido muy a propósito, para esperar a unos metros de distancia y volver a acometer su seguimiento.

4.

Esa noche era noche de billar. El joven se metió media hora antes de la hora en que solían llegar los jugadores. Comió una pizzeta. Se distrajo con la tele. Estaba nervioso, pero la determinación lo mantenía en dominio de sí, y eso era una cierta tranquilidad.

Entró Nicanor con una campera de cuero, Matías pensó que se veía bastante bien. En los otros ni se fijó. Se encontraba libre la mesa de billar de al lado de donde estaba él. Al pasar Nicanor lo reconoció. Matías levantó las cejas.