Cerebro y silencio - Michel Le Van Quyen - E-Book

Cerebro y silencio E-Book

Michel Le Van Quyen

0,0

Beschreibung

Septiembre de 2017: Michel Le Van Quyen se despierta con una parálisis facial. Le diagnostican agotamiento y le prescriben reposo absoluto. En un principio le agobia esta inacción, pero luego se produce la sorpresa: el silencio en el que se ha sumido le sienta bien y le ayuda a superar su trastorno. Entonces decide investigar. Si ya teníamos la intuición, ahora lo explica la neurociencia: cuando promovemos el silencio acústico, pero también atencional, visual o meditativo, nuestro cerebro cae en un estado muy particular. Esta desconexión es la que le ayuda a regenerarse, a expulsar las toxinas que conducen a las enfermedades neurodegenerativas. Y lo mejor es que el silencio, en todas sus formas, resulta beneficioso para la creatividad, la memorización e incluso la construcción de nuestro "yo". Si las grandes sabidurías de Oriente y Occidente ya lo habían comprendido, hoy la ciencia atestigua los asombrosos poderes del silencio; a nosotros nos corresponde apropiarnos de ellos.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 231

Veröffentlichungsjahr: 2019

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Cerebro y silencio

Las claves de la creatividad y la serenidad

Michel Le Van Quyen

Traducción de Pablo Hermida Lazcano

Título original: Cerveau et Silence, publicado en francés por Flammarion, en Francia, en 2019

© Flammarion, París, 2019

Primera edición en esta colección: octubre de 2019

© de la traducción, Pablo Hermida Lazcano, 2019

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2019

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-17886-01-1

Diseño de portada: Berta Tuset

Diseño y realización de cubierta: Grafime

Fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Para Tanguy, Olivier y Henri.

Para mi madre, Eva-Maria.

El verdadero silencio es reposo para la mente; el silencio es para la mente lo que el sueño es para el cuerpo; es también alimento y estimulante.

WILLIAM PENN

Índice

Prólogo

1. El silencio corporal

El cerebro en reposo

La energía oscura del cerebro

El desafío del perezoso

Holgazanear supone sentirse inútil

Los males de la hiperactividad

Aumento del riesgo de enfermedades

Respirar mejor para vivir mejor

Las buenas ondas del corazón

Estrés: «Tan regular como los golpes de un pájaro carpintero»

Sumergirse en el mundo del silencio

A la escucha de tu cuerpo

El poder de la relajación diferencial

2. El silencio acústico

Eso me crispa los nervios

Cuando el ruido mata

El oído interno en peligro

El mito del silencio total

Los sonidos que sientan bien

El silencio de la naturaleza

¡Estimula tu creatividad en el bosque!

Una habitación con vistas

Los pequeños ruidos de la naturaleza

Aprender el silencio con Thoreau

3. El silencio atencional

Cuando el cerebro se sofoca

Presión y rendimiento: el buen equilibrio

Preservar el córtex prefrontal

¿Queda algún piloto en el avión?

Cuando el cerebro se consume

Una mala gestión del estado de ánimo y de las emociones

Tu cerebro debe descansar

Una «ducha neuronal»

¿Prevenir el alzhéimer?

¡Deja crecer tus neuronas!

Cuando los sabios inspiran a las empresas

4. El silencio de la ensoñación

El sueño de Kekulé

Sacar partido de los ensueños

El espectro de los pensamientos negativos

¡Alto al sueño!

Encontrar sin buscar

La arborescencia del pensamiento

Un levantamiento de la inhibición

¡Supercerebro!

Cómo triunfar en el deporte

Distráete (un poco)

El misterioso estado de reposo

El vagabundeo mental, secreto de la memorización

En los arcanos de la memoria

Viajar en el tiempo

La «memoria del futuro»

Soñar con ser alguien

Una fuente de resiliencia a cualquier edad

5. El silencio de la escucha

Cállate para que te escuche

Hacer el vacío para llenarlo mejor

Ocho segundos de atención

Nuestras voces interiores

Cuando los cerebros entran en resonancia

La empatía en el teatro

La capacidad de escucha posee un interés biológico

Un impacto sobre la supervivencia

La oxitocina: calma y seguridad

6. El silencio de los ojos

El descanso pasa por los ojos

¿Sabes cerrar los ojos?

Una conexión visual de banda ancha

La siesta sin sueño de Dalí

Micropausas cerebrales

Parpadeos sincronizados

Un extraño vínculo con la empatía

Expertos en reconocimiento vocal

La amplificación emocional

Un sentimiento de inseguridad

Recordar mejor

El lujo de la desconexión

7. El silencio de la meditación

El país en el que el silencio es el rey

Saber sentarse

La presencia de sí mismo

Dos prácticas diferentes

Cuando el cerebro va al cine

Conciencia plena

Alternar relajación y vigilancia

Y la red por defecto toma el control…

La metáfora del pescador

Cómo protegerse de las rumias

¿Cuáles son las consecuencias de estas rumias?

Los traumas infantiles perturban el modo por defecto

El poder de la meditación

Curar con la atención

Un mayor bienestar psicológico y físico

8. El silencio de sí mismo

Acallar el ruido

El gran silencio

El sentimiento de sí mismo por defecto

Las zonas cerebrales del «sí mismo»

El color de la meditación profunda

Un «presente profundo» vasto como el cielo

Epílogo:

¡Atrevámonos con el silencio!

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Epígrafe

Índice

Cerebro y silencio

Notas

Colofón

Prólogo

Recuerdo el cielo como si fuese ayer. Como si hubiese ido a ver una exposición de los impresionistas y un cuadro hubiera quedado impreso para siempre en mi retina. Sin embargo, es un cielo banal del final de un día de septiembre. El sol poniente incendia el horizonte y las nubes de lluvia se acumulan a lo lejos, en el campo. Abro la puerta de la terraza para tomar el aire, pero renuncio a caminar un poco en el exterior porque hace frío. Presiento la llegada del mal tiempo. Esa noche estoy preocupado y me voy a acostar temprano. No dejo de pensar en la conferencia en la que he sido invitado a intervenir la semana siguiente. Estoy atascado en mi introducción y he decidido dejar reposar mis ideas.

Pero no es inspiración lo que me trae la noche.

Una sensación extraña me embarga al despertar. Ya no puedo hablar y los músculos de mi cara están paralizados. Pero ¿qué sucede? «Me han puesto una mascarilla de barro mientras dormía», me digo estúpidamente. Me toco las mejillas: están estáticas. Es sencillo, desde el cuello hasta la parte superior de la cabeza, mi cuerpo ya casi no responde: mi ojo derecho permanece desesperadamente abierto y las comisuras de mis labios parecen petrificadas. La silueta tumbada sobre esta cama no es un ser vivo y libre de movimientos, sino un muñeco de cera.

Un accidente cerebrovascular. El pensamiento atraviesa inmediatamente mi mente. Tengo todos los síntomas: los trastornos del habla, la boca que se tuerce, la fatiga. Soy investigador de neurociencia en el Hospital de la Pitié-Salpêtrière y he visto con frecuencia estos mismos signos en los rostros de mis pacientes. Un principio de pánico se apodera de mí. Para ser más exacto, no son los síntomas de un ACV, sino solamente los primeros signos. Si llego rápidamente al hospital, puede que consigan limitar los daños… Con el corazón palpitante, me precipito hacia el servicio de urgencias más próximo. Jamás habría imaginado que de este mal nacería un bien.

Llevo media hora esperando los resultados del examen. Aguardo en la sala de espera con un nudo en el estómago. Por fin se presenta el médico en el marco de la puerta, con una sonrisa confiada en los labios. Me gratifica sin tardanza con un: «Puede usted respirar tranquilo, señor Le Van Quyen, no tiene nada grave». Me comunica que los exámenes han revelado una simple lesión del nervio facial, una afección de las más benignas. Las causas de este tipo de parálisis siguen siendo desconocidas, pero, en numerosos casos, se sospecha un vínculo con el estrés y la fatiga, precisa el doctor. Pensándolo bien, es cierto que vivo a doscientos por hora desde hace algún tiempo. Corro sin parar a diestra y a siniestra, trabajo en un número incalculable de proyectos a la vez y debo hacer frente a una montaña de preocupaciones profesionales. Estoy claramente al límite de mis fuerzas.

Salgo del hospital sin dejar de mostrar mi cara de póker, que envidiaría cualquier jugador en Las Vegas. La prescripción del médico me ha sumido en una profunda tristeza. Los medicamentos me van a ayudar a recuperar el uso de mis músculos faciales, pero debo cesar asimismo todas mis actividades y guardar reposo. Las autoridades médicas acaban de condenarme a varias semanas de prisión mental. Soy de temperamento activo y la sola perspectiva me asusta. Voy a tener que quedarme en casa, encerrado entre los muros de mi silencio.

Proyectos, viajes, conferencias: lo anulo todo desde el día siguiente. Luego paso los días abatido mientras doy vueltas en círculo. Despacho con rapidez las películas y los libros atrasados. Dedico horas enteras de pie frente al espejo a practicar un deporte que jamás figurará en los Juegos Olímpicos: intento mover la mitad de mi cara, esbozar un simple guiño, pronunciar algunas palabras. En vano. La impotencia que siento viene acompañada por su cortejo habitual de nubes negras: culpabilidad por permanecer inactivo, primeros signos de depresión y fatiga extrema. Mis pensamientos giran en bucle. Examino la situación desde todos los ángulos para buscar una escapatoria…, sin encontrarla, porque no existe. Salgo físicamente extenuado de estas machaconas repeticiones. Nunca en mi vida me he sentido tan vacío. Al cabo de cinco días, no se aprecia ningún cambio en mi rostro.

Entonces se produce la sorpresa. A partir de la segunda semana de parálisis, las cosas cambian poco a poco: la falta de actividad comienza a ser más fácil de soportar, más llevadera. Mejor aún: deviene placentera. Mis pensamientos se vuelven también más sosegados. Me entrego a la ensoñación, al vagabundeo mental y a la contemplación de la naturaleza. Recupero el tiempo de respirar, de ahuyentar los pensamientos negativos en los que está atrapado mi cerebro. En ese momento comprendo hasta qué punto el espíritu sereno engendra «pensamientos que curan»; lo experimento en mi propio cuerpo.

Para terminar, este tiempo de silencio interior me resulta tan reparador como una alimentación saludable, unas buenas noches de sueño o unas horas de deporte… Poco a poco, me ayuda a recobrar mis fuerzas, mi energía. Permite que mi cuerpo se apacigüe y expulse todo el estrés acumulado, para curarse finalmente. Y se produce el pequeño milagro: ¡cuatro semanas después del accidente, logro mover todo el lado derecho de la cara y hablo casi con normalidad!

El libro que tienes en tus manos es el fruto de ese episodio. Había experimentado en carne propia los beneficios del silencio. Mi espíritu cartesiano no me permite afirmar que me haya curado solo el silencio, pero mi experiencia de él me ha demostrado que esconde tesoros de beneficios tanto para el cuerpo como para la mente.

Este descubrimiento había abierto en mí una puerta a un mundo desconocido, una puerta hacia la que el especialista en el cerebro que soy se sentía irresistiblemente atraído. Y las preguntas se agolpaban en mi cabeza. ¿Mediante qué mecanismo estos momentos de calma me han ayudado a activar el proceso de curación? ¿Era acaso el tiempo de inactividad física que había cultivado en el transcurso de esas semanas de retiro forzoso? ¿O era tal vez el silencio interior el que había actuado sobre mi cerebro para regenerarlo?

Me puse a investigar y mis descubrimientos superaron mis expectativas. El silencio, físico o mental, posee beneficios asombrosos para la salud. Me dirás que esto no tiene nada de extraño. Todos necesitamos tranquilidad para regenerarnos. Salvo que la neurociencia llega hoy a demostrarlo, a descifrar los procesos biológicos responsables. Lejos de tratarse de una simple experiencia personal, el silencio se ha convertido, pues, en un objeto de estudios científicos.

Hasta fechas recientes, los científicos mostraban escaso interés por la actividad del cerebro en reposo. Este se ha analizado desde hace mucho tiempo desde la perspectiva de la acción, de la actuación, del intelecto, y solo se consideraba la posibilidad de repararlo o de mejorar su funcionamiento pidiéndole más. Se le incitaba a trabajar en exceso, se lo empujaba más allá de sus límites naturales, se recurría incluso a estimulaciones externas.1 Pero ¡los neurobiólogos comienzan a entender que esa no es siempre la manera adecuada! Con frecuencia, se trata de lo contrario… Por paradójico que pueda parecer, para mejorar el funcionamiento del cerebro a veces resulta útil hacer menos, abandonarse de vez en cuando a la inmovilidad, al vagabundeo mental; en otros términos: al silencio.

Un silencio acústico en primer lugar: no es preciso ser especialmente clarividente para percatarse de que el ruido, en el sentido general del término, es un mal que aqueja a nuestras sociedades modernas. Las perturbaciones acústicas se citan a menudo en las encuestas como uno de los primeros problemas que padecen los franceses,2 por ejemplo. Según un estudio reciente,3 París sería una de las ciudades más ruidosas del mundo. En esta clasificación, ocupa la novena posición, por detrás de Pekín o México, y es la segunda ciudad más ruidosa de Europa después de Barcelona. Este ruido es imputable sobre todo al tráfico automovilístico. En París, la plaza de la Estrella se lleva la palma del ruido con picos de ciento veinte decibelios registrados una tarde entre semana, hacia las ocho, que es el equivalente sonoro de un taladro neumático. Si tomamos como referencia las normas de la OMS, ¡el once por ciento de los parisinos vive en un entorno potencialmente peligroso para su audición!

La constatación resulta igualmente inquietante para el alboroto cerebral. Estamos en un zapeo permanente, hacemos mil cosas a la vez y todo nos empuja al régimen excesivo y a la hiperactividad. En toda esta agitación, ya no tenemos tiempo para dejar madurar los valores que conforman nuestra humanidad y nuestra interioridad. Espontáneamente, el niño pequeño que juega es absorbido por sus sensaciones, se imagina un mundo propio y vive totalmente en su ensoñación. Sin embargo, la vida moderna va a sumergirlo muy pronto en una turbulencia de estimulaciones artificiales. Parece conveniente recordar algunas cifras: entre los jóvenes, la duración media de concentración ininterrumpida en un ordenador ha pasado de tres minutos en 2004 a un minuto y quince segundos en 2012, hasta los cuarenta y cinco segundos actuales…4

El entrenamiento para el silencio ayudaría a nuestros hijos, demasiado dispersos, demasiado ansiosos o demasiados estresados, a centrarse y a apaciguarse.5 Afortunadamente, esta educación ya se ha puesto en marcha en numerosos colegios: cada vez son más los docentes que comienzan con un período dedicado a serenar el espíritu de los niños. Mediante pequeños ejercicios corporales ejecutados en silencio, estos momentos permiten —y no solo para los más pequeños— aliviar las tensiones del recreo, de las peleas antes de entrar, de una actividad física, etcétera. Son unos minutos «perdidos», pero que permiten ganar muchos más a continuación.

Incluso de manera intermitente, la búsqueda del silencio es una verdadera necesidad, tanto en el plano fisiológico como en el psicológico. Procurarse tiempo para uno mismo, escapar del ambiente ruidoso para relajarse, permitirse la ensoñación, no supone en modo alguno un momento desperdiciado. Antes bien, es una pausa absolutamente necesaria para la renovación, la creatividad y la exploración de la interioridad. Estos períodos de desconexión y su beneficio para el cerebro: he aquí, en resumen, el objeto de este libro. Quiero mostrarte por qué estos momentos son un hábito saludable, por qué los necesitamos para recuperarnos y renovarnos, por qué son cruciales para la creatividad, la memorización y la construcción de nuestra interioridad.

Exploraré las diferentes formas que puede adoptar el silencio. En particular, me centraré en sus declinaciones interiores. Analizaré las virtudes sobre el cerebro del famoso «dejarse llevar», que es una forma de relajación del cuerpo y de los sentidos. Pero existe asimismo una forma diferente de serenidad interior en la que se moviliza más la atención: el silencio de la meditación. Practicarla con regularidad agudiza la conciencia y el discernimiento, favorece el equilibrio emocional y nos permite aprovechar al máximo nuestras capacidades intelectuales. Finalmente, no olvidaré el «gran silencio» de la experiencia mística en la que se disuelve el sentimiento del yo. Este es algo excepcional, pero innumerables testimonios muestran que efectivamente existe. E incluso se está comenzando a descifrar su complejidad neuronal.

Si el recurso al silencio como un instrumento terapéutico y de desarrollo personal resulta novedoso para una sociedad ruidosa y habladora como la nuestra, coincide, de hecho, con las grandes sabidurías de Oriente y de Occidente, que conocían ya las virtudes del silencio para el cuerpo y el espíritu. Los antiguos lo respetaban; era para ellos un momento precioso, ya que abría la puerta a la vida interior. Hoy en día, la ciencia demuestra este poder. Lo descubrirás al hilo de estas páginas o, mejor todavía, encontrarás en ellas la manera de proceder para apoderarte de él.

1.El silencio corporal

Actúa sin moverte, obra sin implicarte, saborea lo que carece de sabor.

LAO TSE, Tao Te King

Uno no se percata de la importancia de su rostro hasta que ha perdido el control sobre él. Varios meses de parálisis facial me enseñaron a conocer cada uno de los músculos que lo componen. Hay una cincuentena en total, todos ellos están imbricados entre sí y suelen reaccionar de inmediato. Gracias a sus conexiones directas con el cerebro, un rostro muestra, en una fracción de segundo, una infinidad de expresiones faciales. Basta una mirada furtiva para descifrar su significado y para reconocer en el acto el estado emocional de la persona. Puedo dar fe de que la cara es el espejo del alma. En la situación de estrés crónico en la que vivía, los músculos de mi cara estaban siempre contraídos y apenas tenían reposo. Peor aún, sufría tensiones permanentes en las mandíbulas y en los ojos, con el ceño fruncido por la inquietud. He de reconocer que mi rostro decía mucho sobre mi modo de vida.

Tras mi parálisis facial, tenía que aprender a relajar mi cuerpo, así que decidí practicar la meditación de una manera regular. Aprendí, a lo largo del tiempo y de los encuentros, que existen tantas prácticas diferentes de meditación como meditadores. ¿Qué tipo me encajaría mejor? Dudé durante mucho tiempo. Por casualidad tuve noticia de la existencia de un centro de meditación zen en mi barrio, un dojo, así que me dije: ¡tengo que ir a verlo! Y aquello supuso para mí una auténtica conmoción…

Recuerdo la primera vez que participé en una sesión. Ese día me había levantado muy temprano. Era invierno y hacía frío en París. Cuando llegué a la sala en la que tenía lugar la sesión, todavía aletargado por el sueño, quedé profundamente impresionado: había una veintena de personas sentadas sobre unos extraños cojines. La mayoría de ellas vestían una larga túnica negra japonesa, el kesa. Era una sala oscura y despejada, salpicada tan solo por algunas velas. Me instalé sobre mi cojín. Un tintineo de campana sonó al inicio de la sesión, que duró entre una hora y una hora y media. Aquello no tenía nada de complicado ni de esotérico: bastaba con permanecer sentado mirando la pared blanca. Inmóvil y en silencio. Dicho de otro modo, practicar una forma de silencio del cuerpo.

Una vez instalado, sentado e inmóvil, en la meditación zen no hay ni visualización ni mantra; no se cuentan las respiraciones. En el fondo, no se hace nada en particular, tan solo dedicar tiempo a permanecer inmóvil. Existe un término japonés para describir esto: shikantaza, es decir, «sentarse simplemente».6 Formula precisamente la intención esencialmente no intelectual del zen.

FIGURA 1. En el zen, la meta última de la meditación es «no hacer nada». Se necesitan años de práctica cotidiana y asidua para lograrlo. Practicar consiste simplemente en sentarse.

Simplemente sentarse, observar, estar aquí y ahora, sin pretender conseguir nada especial. Es algo muy prosaico. Sentado en silencio, el cuerpo se relaja progresivamente y alcanza un estado de reposo profundo. Sobre todo, y eso fue una sorpresa para mí, todos los músculos de la cara se relajan y una leve sonrisa se dibuja a veces en los labios. Volveré a ello con más detalle al final de este libro (capítulo 7).

El cerebro en reposo

Pero ¿cómo podría ser una virtud el silencio corporal? Uno tendería a decir que, en esos momentos, el cerebro funciona a cámara lenta y reduce al mínimo sus actividades biológicas, como si se pusiese en modo «ahorro de energía»… Pero ¡no es así! Incluso sucede justamente lo contrario: en reposo, nuestro cerebro es el escenario de una actividad espontánea muy poderosa.

Es en 1924 cuando Hans Berger, un neurobiólogo alemán, constata por vez primera la existencia de una actividad cerebral intensa asociada al silencio corporal. Con ayuda del mejor galvanómetro de la época, logra registrar minúsculas fluctuaciones eléctricas, del orden del microvoltio, en la superficie del cuero cabelludo. Mejor todavía: contrariamente a lo esperado, Berger observa que esta actividad eléctrica proveniente del córtex o corteza cerebral (la capa de sustancia gris con pliegues sinuosos que constituye la envoltura de los dos hemisferios) dista de ser un ruido anárquico: adopta la forma de una onda que se calma y se activa alternativamente, a imagen de un oleaje ondulante en la superficie del océano. El investigador comprende asimismo que estas ondas cerebrales específicas, denominadas ondas alfa, de una amplitud muy grande (diez ciclos por segundo, o sea, diez hercios), están presentes incluso mientras estamos durmiendo, soñando o mirando el techo sin pensar en nada. Así pues, mientras estamos en reposo, ¡el cerebro permanece activo!

Unas décadas más tarde, otros investigadores observan que estas ondas eléctricas son generadas muy especialmente por el cerebro durante la meditación zen. Es en Tokio donde tiene lugar este nuevo descubrimiento: en la década de 1960, Akira Kasamatsu y Tomio Hirai, dos médicos japoneses, fueron los primeros en estudiar a los monjes zen en su práctica meditativa cotidiana. Publicaron sus resultados en un artículo que hizo historia: uno de los primeros en su campo.7 ¿Qué observaron estos dos científicos? Que el cerebro de los monjes es la sede de un enriquecimiento progresivo de ondas alfa en la región situada en la parte posterior del cráneo. A medida que avanza la sesión, estas ondas se amplifican y conquistan las regiones situadas cerca de la frente. Un hecho destacable: este estado es diferente del sueño, de la hipnosis o de la relajación, caracterizados por ondas cerebrales distintas. En los novicios, sin embargo, estas ondas alfa duran apenas unos minutos, y el cerebro cae a continuación en las ondas asociadas al sueño.8

La energía oscura del cerebro

Pese a estas investigaciones puntuales, los neurobiólogos continuaban pensando que el cerebro entraba en un estado de suspensión mientras se hallaba en reposo. Para ellos, el flujo de ondas que se ponía de manifiesto en las experimentaciones pioneras no podía ser sino un ruido de fondo, sin gran interés. A su juicio, lo relevante era la actividad del cerebro en acción: consideraban que el resto carecía de importancia. Todo cambió con Marcus Raichle, un profesor de neurología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington. En 2001, Raichle fue el primero en medir no la actividad eléctrica de las personas en reposo, sino el consumo de energía de sus neuronas. Colocó cobayas humanas en un escáner de IRM y les pidió que no pensaran en nada en particular, y utilizó la técnica de imagen por resonancia magnética funcional (o IRMf, que registra las variaciones locales en la concentración de oxígeno, estrechamente asociadas al consumo de energía) para visualizar su actividad cerebral.

¿Qué fue lo que vio Raichle? Las imágenes captadas por IRMf presentan un fenómeno notable: grandes olas de energía recorren lentamente una vasta red de numerosas regiones cerebrales. Estas grandes olas de fondo se suceden a un ritmo de una cada diez segundos, y se producen siempre más o menos en las mismas regiones, y armonizan de este modo zonas alejadas entre sí. ¡Estas ondulaciones demuestran que, incluso en reposo, una importante actividad continúa recorriendo ciertas zonas del cerebro! Y no se trata de un ruido de fondo; antes bien, estas ondas están tan estructuradas que provocan la resonancia de una constelación de regiones cerebrales.

Pero hay algo más sorprendente todavía. Estas grandes olas de actividad consumen una enorme cantidad de energía. Puede que ya hayas experimentado esta sensación de estar cansado sin hacer nada en particular… Una impresión legítima: Marcus Raichle demostró que, de hecho, un cerebro en reposo consume casi tanta energía como cuando efectuamos una tarea cognitiva o concentramos nuestra atención. Así, la energía consumida en reposo corresponde a cerca del ochenta por ciento de la que el cerebro disipa cotidianamente. Esta energía, que no está vinculada a ningún pensamiento particular, fue denominada por Raichle «la energía oscura del cerebro»,9 en referencia a la energía oscura del cosmos, que constituye más del setenta por ciento de la energía total, pero cuyo origen resulta misterioso. La naturaleza de la actividad cerebral en reposo sigue siendo en buena medida desconocida, pero sabemos que es necesaria, incluso vital, para el buen funcionamiento del cerebro.

Hay un autor que supo nombrar y describir mejor que nadie la actividad de vagabundeo psíquico que caracteriza la mente en reposo, ese momento en el que estamos «en la luna»: se trata de Jean-Jacques Rousseau en sus Rêveries du promeneur solitaire (Las ensoñaciones del paseante solitario). Rousseau escribió este relato, a medio camino entre la autobiografía y el ensayo filosófico, en Suiza, donde se había refugiado en soledad para huir de la sociedad de su época. Fue ahí, a orillas del lago de Bienne, rodeado de montañas, donde acabó por vivir una experiencia única al contentarse con contemplar la naturaleza y dejar vagar sus pensamientos. Cuenta, por ejemplo, cómo un simple paseo en barca lo llevó a un estado hipnótico:

El flujo y reflujo de esta agua […] suplían los movimientos internos que la ensoñación apagaba en mí, y bastaban para hacerme sentir con placer mi existencia sin tomarme la molestia de pensar.

FIGURA 2. Cuando estamos en reposo, grandes olas de energía (en más oscuro) recorren ciertas zonas del cerebro. Estas regiones están situadas en la parte delantera del cerebro, en el córtex prefrontal, y en los costados, en las zonas temporales. Estudios posteriores a los de Marcus Raichle añadieron otra zona de actividad: el córtex cingulado posterior. El investigador designó este fenómeno como el default mode,10 al percatarse de que la red se activa «por defecto» cuando la atención del sujeto no está dirigida hacia estímulos exteriores precisos.

Recordemos a los pintores románticos, prácticamente contemporáneos de Rousseau, que también representaban este tipo de meditaciones profundas. A título de ejemplo, pensemos en Caspar David Friedrich, una de las figuras prominentes de la pintura romántica alemana. Friedrich pintó a un caminante que contempla desde la cima de la montaña un mar agitado de nubes en el que ve, por efecto de espejo, los meandros de su propia vida interior (ver figura 3). Las experiencias esbozadas por estos artistas concuerdan bien con el estado de reposo provocado por el silencio corporal, con el «no actuar» taoísta que describiré en un instante y con el silencio de la meditación cuyos beneficios veremos dentro de algunos capítulos, donde todos los pensamientos se encadenan, sin esfuerzo, movidos por un ritmo único.

El desafío del perezoso

El silencio corporal en el que me sumerjo cada vez que acudo al dojo está lejos de ser específico de la meditación zen. De hecho, este estado se integra en un concepto más general, el del wu wei, que puede traducirse como el «no hacer nada» o el «no actuar», y que ha influenciado al conjunto de la cultura asiática a lo largo de varios milenios. Según la leyenda, este «no hacer nada» fue el consejo lacónico y misterioso que dio el sabio Lao Tse a los soberanos del período de los Reinos Combatientes, que luchaban por la hegemonía en China y libraban guerras sangrientas en el siglo IV antes de nuestra era. ¿Qué hacer para salir del círculo vicioso de la violencia? La respuesta paradójica de Lao Tse fue no hacer nada en absoluto, permanecer en el wu wei